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No recomendado para menores de 7 años Seis Hermanas - Capítulo 282 - ver ahora
Transcripción completa

Amo a Francisca.

Pero usted ocupa un lugar muy importante en mi corazón.

-¿Y qué lugar es ese, Luis?

Acláremelo de una vez.

-Francisca es mi esposa, sí.

Pero no concibo tenerla a usted lejos.

-¿Sospechan de mí? -Le he dicho al inspector,

que nunca nos harías daño. -Tiene un historial de violencia

y regresó al comenzar los primeros crímenes.

-Verá, si he recorrido medio mundo y me he jugado la vida

por encontrar y hacer esta fortuna,

ha sido por amor a Francisca.

-Carolina, despídete de Elisa, regresa a casa Silva.

-¿Otra vez?

-Ya regresará cuando le convenga.

-Ellas me lo han pedido.

-Quiero llevarme a Diana para que descanse.

-Le vendrá bien irse. -Aquí será imposible retenerla

para que descanse como quieren los médicos.

-Federica Artiles de Macua, enviudé

y, al no tener cargas familiares, decidí gastarme toda la fortuna

que amasó mi esposo viajando a lugares con encanto.

-Sabia elección. -Deseo casarme con su hija.

La amo y espero... -Desde que empezó a hablar

sé que me está pidiendo la mano de mi hija.

Cuando consiga la nulidad del matrimonio volveremos a hablar.

-Reuniré el dinero para comprar el Ambigú pronto.

-Bien, bien. -Pero antes tendrá que convencer

a los actuales propietarios. -¡Se lo vencemos, claro!

Faltaría más. -Y más teniendo en cuenta

que nos había hecho el favor antes de vendérnoslo.

Ahora le devolvemos el favor.

Cristóbal quiere que vuelva a casa hoy mismo.

Blanca, ya te pedí perdón por ese beso.

Y lo vuelvo a hacer ahora.

Pero necesito que te quedes más tiempo.

Ya has visto la prensa,

me reclaman en todos lados. No voy a ir solo.

No quiero tener más problemas con Cristóbal.

Déjame que yo hable con él.

Lo entenderá.

-Cristóbal Loygorri, le presento a mi amiga Inés Villamarta.

Encantado. Nuestra Inés es hija

de un grande de España

descendiente directo de los Pimentel.

-Señorita, aquí hay un sobre. -¡Ah!

¡Aurora!

(Sintonía)

(LEE) Imagino tu angustia y me siento fatal por ser la causa,

por eso necesito que sepas que estoy bien.

-Pero es una magnífica noticia, ¿cuál es el inconveniente?

-Al final de la carta.

(LEE) Aunque echo mucho de menos tus besos,

tus caricias,

tengo que olvidarme de ti

y espero que tú hagas lo mismo,

por eso no te diré dónde estoy.

Nuestra relación es imposible, aceptémoslo y sigamos adelante.

¿Ahora ves cuál es el inconveniente?

-Ah... No te preocupes.

Desahógate todo lo que quieras.

-Pensé que ya no me quedarían lágrimas

tras releer la carta toda la noche, pero...

-Los sentimientos siempre pueden más que la razón.

-La he leído tantas veces que pensaba que

la cabeza me iba a estallar.

Por eso te llamé, necesitaba hablar con alguien.

-Pues entonces tienes que hacerme un favor:

Que vas a intentar tranquilizarte.

-¿Cómo quieres que me tranquilice con lo que has oído?

-Comprendo el dolor que te causan esas palabras,

¿pero por qué no intentas ver el lado positivo?

-¿Acaso tiene un lado positivo?

-Si escribió esa carta está viva, es lo que importa.

El resto no son más que palabras. -No sé por qué me diría algo así.

-Vamos a ver, por lo que me has contado,

no has parado de buscarla, incluso ese inspector amigo tuyo

ha estado hablando con el hermano de Aurora.

-Sí. -Pues, entonces,

puede que Clemente se haya asustado y obligara a Aurora

a escribir esa carta para que dejes de buscar.

-Debería buscarla con más ahínco. -O puede que escribiera esa carta

para protegerte. -¿A mí de qué?

-De tu lealtad a un amor

que no tiene ninguna posibilidad de sobrevivir.

-¿Pero cómo puedes decir eso?

Yo la quiero igual que el primer día

y no pararé hasta encontrarla. -¿Cuánto tendrás que esperar?

¿Y qué pasará? No podrá abandonar a Clemente,

la ley lo ampara. -Lo averiguaré cuando la encuentre.

-¿Qué vas a hacer? -Avisar al inspector Velasco.

Quizás por el matasellos descubra su paradero.

-¡No sería lo único que descubriría!

Celia, esa carta es muy explícita.

¿Tú quieres que se entere de lo que hay entre Aurora y tú?

-Me da igual, solo quiero encontrarla.

-Debería importarte, podrías acabar en la cárcel.

-¿Y qué alternativa tengo?

¿Dejar a Aurora a su suerte?

-Nadie te garantiza que vaya a encontrarla.

-Pero tengo que intentarlo.

Velasco es el único que puede dar con ella.

-Celia, por favor, busquemos otra solución,

pero no le enseñes la carta.

Si te pones en peligro, arriesgas el único apoyo

que le queda a Aurora:

¿Y tú quieres eso?

-Bueno, pues otra vez tras la barra.

Y todo gracias a Gabriel.

-Sí, al menos has solucionado el problema que causé.

Pero lamento que tengas que volver a trabajar.

-¡Anda! ¿Por qué? Estoy aquí tan contenta.

¡Si es lo que quería! No sé estar sin hacer nada.

-Lo dices para contentarme. -Que no.

-Ah, te juro que si hubiera sabido lo que pretendía Wenceslao,

antes me habría cortado la mano que coger vuestro dinero.

-Déjalo, no merece la pena que te sigas torturando con eso.

-No puedo evitarlo, estáis así por mi culpa.

No podré perdonarme nunca lo que te he hecho pasar

estas últimas semanas. -Bueno...

Yo tampoco me he portado demasiado bien contigo.

Te dije cosas horribles y te pido perdón,

pero es que estaba muy rabiosa.

-Es normal, todo el mundo me habría dicho lo mismo.

-Ya, pero yo no soy todo el mundo,

soy tu hermana mayor y, en lugar de apoyarte,

pues me ensañé contigo.

No me di cuenta de que te había engañado

igual que a nosotros. -Me utilizó para robarnos, a todos.

-Si solo fuera eso... Te arrojó a un pozo

del que has estado a punto de no salir.

-No me lo recuerdes. -Lo haré siempre que pueda,

no quiero que vuelvas a caer. -No te preocupes, está solucionado.

Vosotros habéis recuperado el bar

y Gabriel hará que no os falte nada.

-Todo solucionado. -Yo hipotequé la casa,

así podré pagar a Adolfina el dinero que perdió.

-¿Cómo pagarás la hipoteca? -Salvador me ha contratado.

Con el dinero podré pagar la hipoteca e ir tirando.

-¡Pero eso es fabuloso, Germán! Bueno, qué alegría.

Adela tiene que estar mucho más tranquila ahora.

-Todavía no se lo he contado. -¿Pero cómo? Que es tu mujer.

-Si se lo digo, cogerá el coche de línea hasta Madrid.

-Puede enterarse por sus hermanas,

y se enfadará contigo por no habérselo contado.

-Es más importante mantenerla a salvo del asesino.

Y en Toledo lo estará con tía Adolfina.

-Bueno, así te ahorras tener que darle explicaciones.

-No, Antonia, se lo quiero decir cuando todo esté solucionado.

Tú, por favor, no le digas nada. -No, yo no le diré nada, descuida.

Pero luego no me digas que no te lo advertí.

-Todo irá bien, ya lo verás.

(Se oyen pasos acercándose)

-Salvador...

-Pedí que nos subieran el desayuno para que no tengas que levantarte.

-Me tienes muy consentida.

-Porque te lo mereces.

-Ojalá pudiéramos quedarnos aquí toda la vida

y no pensar más en los problemas de la fábrica,

ni de la familia...

-¿Y por qué no lo hacemos?

-¿Lo dices en serio? -Sí.

Venden el hotel con varias hectáreas de viñedos.

-¿Quieres comprar el hotel?

-Sí, ¿por qué no?

-La fábrica solo nos trae problemas.

Podemos dirigir este hotel y seguir trabajando si quieres.

-¿Piensas que la fábrica solo nos trae problemas?

-Es solo una forma de hablar. -Pero lo piensas.

-¿No podemos hablar de la fábrica sin discutir?

-Parece que no.

-Cariño, podemos cambiar de vida.

A ti te gusta este sitio y a mí me parece

una oportunidad maravillosa... -¿Para qué?

¿No te gusta nuestra vida? -Yo quiero formar una familia,

pasar más tiempo contigo y, a veces, los problemas

de la fábrica se convierten en muros infranqueables.

-La fábrica es muy importante para mí.

-¿Y yo soy importante para ti?

Porque a veces parece que no. -¡Claro que sí!

No son primos, estoy segura.

-¿Qué dices? -Federica y Tulio,

que no son primos.

Mira, están discutiendo. -Tú y yo estamos discutiendo,

¿qué más dará esa gente?

-Ella me hizo mil preguntas cuando fuimos al tocador

y ese hombre, no sé, no me gusta.

-¿Se puede saber por qué estás desviando la conversación?

-Para no discutir contigo.

-Quiero saber qué será de nuestras vidas.

-A mí me gusta nuestra vida. -¿No te importa que no me guste?

-Claro que me importa. -Pues demuéstralo.

Voy a desayunar abajo, a ver si tú descubres qué relación

tienen Tulio y Federica. -¡Salvador!

No sé cómo se te ocurre venir hasta aquí.

No deberías hacer esfuerzos. Solo estaré un rato.

Bueno, ¿cómo está madre?

Blanca le tomó la tensión, le había subido un poco.

Que siga con las tisanas y que no olvide...

Cristóbal, no he venido hasta aquí para hablar de madre.

Ya.

Bueno, pues tú dirás.

Se trata de Blanca, como supongo te puedes imaginar.

¿De Blanca?

¿Qué más quieres de ella?

Si tanto te preocupas por madre y por mí,

debería dejar de insistirle para que vuelva contigo.

Ah... Rodolfo, tú ya estás muy recuperado de tus heridas.

No es necesario que continúe allí.

Ese no es el tema. ¿Entonces cuál es?

Que no deberías obligar a mi mujer a hacer algo que no quiere.

Ah...

Rodolfo, vamos a ver, Blanca está casada contigo

porque lo pone en un papel,

porque madre intercedió para que no le diesen la nulidad,

nada más. Si ha decidido quedarse en casa

después del atentado deberías respetar su decisión.

Creo que tú no la estás respetando.

¿Ah, sí? ¿Y eso quién lo dice?

Creo que estás confundiendo un acto de generosidad al cuidaros

con algo más. Pero eso lo dices tú.

El sitio de Blanca está aquí, junto a mí, esta es su casa.

Y no porque lo diga yo, porque ella quiere.

Estás siendo un poco hipócrita, ¿no te parece?

Mucho preocuparte por madre y por mí pero,

cuando eso trastoca tus planes,

te importa un bledo lo que nos pase.

Estás perdiendo la perspectiva.

Cristóbal, tú no esperabas

que yo saliera así del atentado, ¿verdad?

¿Así cómo? Vivo.

¿Pero qué estás diciendo?

Que, en el fondo, te convenía mi muerte.

Claro, eso habría arreglado las cosas, ¿verdad?

Blanca viuda, tú soltero,

habríais tenido el camino libre para casaros.

Cuando yo me fui a África,

¿qué deseaste?

¿O me vas a decir que te entristeció

que todos me creyeran muerto?

De no ser por eso,

Blanca jamás se hubiera casado contigo.

Cristóbal... Escúchame.

Por más que te empeñes,

por más que lo intentes,

Blanca no va a volver contigo.

No estaría tan seguro. Bueno, ella me quiere a mí.

Y contra eso no puedes hacer nada.

Ahora, si no te importa, tengo mucho trabajo.

¡Ay, huele que alimenta! -¡Uh!

¡Ay, Merceditas, por Dios, menudo susto me has dado!

¿Pero qué haces aquí a estas horas? ¿No deberías estar en el café?

-Pues ya ve, que la echaba de menos y he pensado:

"Voy a ver a doña Rosalía y charlar un rato".

(RÍE) -Eh, ¿qué ha preparado de comida?

-Un guiso de bacalao. -¡Ah!

Uhm, ¿y las patatas?

-¿Me vas a decir cómo tengo que hacerlo?

-Ah, mujer, no se lo tome a mal,

solo se lo digo por si se ha olvidado de echarlas.

-Ojalá fuera eso.

Esta mañana he ido al mercado y no había.

Hace días que no reciben y no saben cuándo

van a volver a recibirlas.

-¿Y eso?

-Es por culpa de la guerra.

Parece ser que los ejércitos europeos pagan bien

y a los agricultores les compensa más

venderles a ellos que en el mercado.

¡Maldita guerra!

Si la escasez empieza así, tan de repente,

no quiero ni pensar en cómo va a acabar.

-Ay, Dios mío, doña Rosalía, no diga eso que me asusta.

-Como si no hubiéramos tenido bastante con la de Marruecos.

-Raimundo no cree que esta guerra vaya a durar mucho.

-Pues ojalá tenga razón.

Así por lo menos el rey no tendrá que apoyar

a ninguno de los bandos. -Ya, pero...

¿Y si no la tiene?

-Bueno, no te preocupes, a vosotros el negocio os irá bien.

Cuando las cosas van mal dadas,

a la gente le da por disfrutar los placeres de la vida al máximo.

Y los bares y los cafés se llenan.

-Bueno, pues entonces me alegro por doña Antonia.

-¿Por Antonia?

-Sí, es que le hemos vendido el bar a doña Antonia y a don Enrique.

Nosotros no nos hacíamos con él y ella no se hacía a estar sin él.

-Ah, ¿pero si solo habéis durado un mes?

¿Qué ha ocurrido, Merceditas?

-Pues que yo ya no aguantaba a trabajar hasta tan tarde

ni ocuparme de tantas cosas: De los pedidos, los pagos,

los inventarios, los impuestos... ¡Ah, y los clientes!

¡Que algunos son tan maleducados

que me daban ganas de darle un sartenazo!

(RÍEN) -¡Menuda fama te habrías ganado!

-Por eso es mejor retirarse a tiempo

que lamentarse toda la vida.

Ah, y, además, que Raimundo es un hombre más bien de acción

y las cuentas pues no eran lo suyo.

-Ah...

¿Y qué vais a hacer ahora sin trabajo

y con una criatura en camino?

-Pues Raimundo se queda en el Ambigú como camarero y...

Yo, pues no sé, había pensado...

Bueno...

Como he estado trabajando aquí toda la vida

y ustedes ya me conocen, pues...

-Claro, no creo que las señoras tengan ningún inconveniente

en dar de ti las mejores referencias.

-¿Referencias? Ah...

Sí, claro, sí... Sería de agradecer.

Supongo que, entonces, ya habrán contratado a alguien

para sustituirme.

-Tengo a unas cuantas en cartera muy hacendosas

y menos metepatas que tú, por lo que se ve.

-Pues hoy en día no se puede fiar uno de nadie.

Las más modositas siempre suelen ser las peores.

Y a mí ya me conocen, ya saben que yo soy de ley.

¿Por qué no me contratan a mí?

-Desde que me has contado lo del Ambigú

he entendido perfectamente a qué habías venido.

Y también sé perfectamente qué te voy a decir...

¡Que estaremos encantadas de volver a tenerte en casa!

-¡Ay, doña Rosalía, qué alegría!

¡Muchas gracias! ¡Muchas gracias!

(RÍEN) -Bueno, bueno, mujer,

no aprietes tan fuerte que me vas a descoyuntar.

-Tiene usted el don de la ubicuidad.

Está en todas partes.

-Salí a dar un paseo.

-No son ustedes primos, ¿verdad?

-Creo que no debería contestar a esa pregunta.

-Pues ya me ha contestado.

-Le va a resultar extraño lo que le voy a decir,

pero váyanse de aquí. -¿Qué?

-Que se vayan, que recoja a su mujer

y que se vuelvan a Madrid cuanto antes.

-Eh, se ha vuelto usted loco.

-Mire, no puedo decirle mucho más,

pero debería usted hacerme caso.

-No le conozco de nada, pero me resulta raro

que vaya con su prima por ahí recorriendo mundo.

Tanto vino le ha afectado a la cabeza.

-Conocí a su padre.

-Lo sé. Ya me dijo que conoció a don Fernando.

-No, no hablo de don Fernando,

hablo de don Heliodoro Montaner,

su padre.

Me prestó dinero para una deuda que tenía yo de juego.

-¿Adónde quiere ir a parar?

No entiendo. Y no entiendo qué hacía mi padre

prestándole dinero para deudas de juego.

-Su padre me conocía de las tertulias del casino.

Me ayudó en un momento muy delicado de mi vida.

Y quiero ayudarle a usted.

-¿Ayudarme a qué? -Mire.

No puedo decirle nada más. No puedo arriesgarme.

Pero tendrían que irse de aquí cuanto antes.

Ah. Doña Blanca.

Gracias por recibirme. No sabía si podría.

Mi suegra está descansando todavía. No se preocupe.

¿Cómo se encuentra doña Dolores? Pues más recuperada.

Pero ser víctima de un atentado anarquista

y ver cómo hieren a tu hijo, no es fácil.

Y más aún, con un corazón tan débil.

Me alegro de que lo peor haya pasado ya.

Le tengo por todo un caballero, pero dudo mucho

que haya venido hasta aquí solo para preguntarme

por la salud de mi suegra. Y más, conociéndola.

No. Tiene razón. Estoy aquí en misión oficial.

Siéntese. Siéntese.

Disculpe, don Emilio, pero dígale a Su Majestad

que todavía no me encuentro

en disposición de acompañarla a ningún evento.

No. No es eso lo que quiere de usted Su Majestad. No.

Y, entonces, ¿qué es?

Es algo bastante más delicado.

Desde que empezó la guerra, en palacio se vive

una situación muy tensa.

Digamos que se vive otra guerra, pero soterrada.

¿Entre Victoria Eugenia y la Reina Madre?

Las mismas. Doña Victoria Eugenia apoya a su primo, el Rey Jorge.

Para algo es inglesa. Mientras que la Reina Madre

apoya al bando alemán.

Para algo se apellida Habsburgo-Lorena.

En ese caso, lo importante es lo que opine el rey.

Por ahora, nada. Pero Su Majestad teme

que pueda inclinarse hacia las tesis de su madre.

Oh. Las suegras.

¿Por qué siempre pasa igual?

No hay mujer, obrera o noble, que no haya pasado por lo mismo.

En esta pelea entre suegra y nuera,

está en juego la estabilidad de la monarquía

y el futuro de este país.

Esperemos que esta guerra no dure.

Como la del 70. Y que la sangre no llegue al río.

Sí. Pero ahora no se trata de una guerra entre dos estados

que pueda dirimirse en dos batallas.

Ahora Europa está en guerra. Y pendiente de lo que hace España.

¿Y qué es lo que puedo hacer yo ante algo así?

Hablar con su marido y convencerle

de que cambie su discurso

en el Parlamento a favor de Inglaterra.

Discúlpeme, don Emilio, pero no sé si podré cumplirlo.

Inténtelo, por favor. Su Majestad está desesperada.

Necesita apoyos que avalen su tesis sobre la guerra

y apenas tiene a quien acudir.

Haré todo lo que esté en mi mano. Se lo prometo.

Pero no puedo asegurarle que Rodolfo vaya a escucharme.

Le aseguro que para Su Majestad, eso es más que suficiente.

Gracias.

Menudo lío tienes aquí montado.

-Estaba comprobando el pedido.

¿Qué te parecen las telas nuevas? -Eh... Bonitas, ¿no?

-Podrías ser un poco más explícito. ¿Cuál te gusta más?

-Eh... No sé. Están todas bastante bien.

Pero tampoco hay mucha diferencia entre ellas.

Son todas en tonos gris perla, beis, champán.

-Bueno, los colores normales para una novia en segundas nupcias.

No estoy para casarme de blanco virginal.

-¿Son para ti? -Quería sonsacarte

cuál te gustaba más, sin decírtelo.

Pero sí. Se me ha escapado.

Lo tengo todo pensado. La iglesia, el cura que nos casará,

los invitados al convite, todo.

-¿No te estás precipitando? Todavía no tengo la nulidad

y ni siquiera he hablado con Purificación para contárselo.

-Bueno, si eso te violenta, puedo hacerlo yo.

Entre mujeres nos entendemos mejor.

-¿Con Purificación? Huy, no, no, no.

Menuda es ella. Prefiero que te mantengas al margen.

Esto es algo que nos concierne a ella y a mí.

-Como quieras. Solo espero

que no lo utilices como excusa. -¿Por qué dices eso?

-Hace días que me pediste matrimonio

y todavía no has hablado con ella.

-Necesito encontrar el momento adecuado.

Tampoco quiero que se moleste

por contárselo sin delicadeza. Además, están las niñas.

-¿Y cuándo lo vas a hacer?

-Solo te pido que tengas paciencia.

¿De acuerdo?

-Padre, qué sorpresa verle por aquí.

-Tenía una reunión muy importante cerca de aquí.

Me ha dado por pasar a verte a ti.

-Llega justo a tiempo para ayudarme.

Dígame. ¿Cuál de estas telas le gusta más

para mi vestido de novia? -Carolina, ¿no es un poco pronto?

-Solo estoy recabando opiniones. ¿Cuál le gusta más?

-Tengo demasiadas preocupaciones, como para estar pendiente

de los detalles de una boda que a saber si se celebra.

-No se ponga así. -Créame cuando le digo

que me tomo esto muy en serio.

-No pretendíamos importunarle. -Pues lo habéis conseguido.

-Bueno, yo me voy al almacén,

que tengo mucho trabajo pendiente. -Sí. Será lo mejor.

Y usted, ¿me va a decir qué le ocurre?

Y no me diga que nada, o que es por Bernardo,

porque sé que le pasa algo más.

-¿De verdad quieres saberlo?

-¿Ha terminado ya su desayuno?

Vaya por Dios. Pero si no ha probado bocado.

-No tengo hambre. -Tiene que hacer un esfuerzo.

Anoche tampoco quiso cenar. Como siga así, va a caer enferma.

-Es que no me importa.

-¿Ni siquiera quiere probar un pedazo del bizcocho

de Merceditas? Lo acaba de hacer.

-¿De Merceditas? -Sí.

Ha vuelto hoy mismo de buena mañana,

para quedarse. ¿No la ha visto?

-No. -¿A que le apetece probarlo?

Siempre ha sido su favorito. -¿Cómo tengo que decírselo?

Que no tengo hambre. Se lo puede llevar.

-¿Por qué no me cuenta lo que le pasa, señorita?

Tal vez, pueda ayudarla. -Nadie puede.

Igual, si se lo cuento, se alegra de mi desgracia.

-¿Pero cómo puede pensar eso? -Porque todas tienen la culpa.

Tanto usted, como Merceditas, como mis hermanas.

Si no hubieran hecho lo que hicieron,

él no se habría casado con otra.

-¿De quién está usted hablando? -¿Pero de quién va a ser?

De José María. Es que se fue hace nada

y ya me ha olvidado. Y yo no puedo parar de pensar en él.

-Vamos, vamos, señorita. No esté usted tan triste.

-No se lo voy a perdonar en la vida.

-Aunque ahora le cueste creerlo, tal vez sea lo mejor

que le haya podido pasar.

-Eso lo dice porque no es Benjamín.

-Si mi relación con Benjamín fuera imposible,

yo intentaría olvidarle por todos los medios.

Y que él se casara, sería un medio bastante eficaz de lograrlo.

-¿Y qué pasa si no quiero olvidarle?

-¿Después de lo que le ha hecho?

¿Pero no se da cuenta de que él ya no siente lo mismo que usted?

Hágame caso y pase página.

-Es que, igualmente, no sé si encontraré a alguien como él.

Rosalía, yo creo que voy a ser una amargada el resto de mi vida.

-No. No, señorita. El mundo no se acaba.

El tiempo siempre acaba poniendo las cosas en su sitio.

-¿Y usted cuánto tiempo tardó en olvidar a mi padre?

-Pues... más del que tardó él en olvidarme a mí.

Pero lo olvidé. De modo, que no cometa usted el mismo error.

No pierda ni un instante lamentándose.

Levántese de esa silla

y tome las tiendas de su propia vida.

-Es que no sé por dónde empezar.

-¿Qué le parece vestirse, arreglarse y llamar

a sus amigos para salir a dar un paseo?

-No. No quiero ver a nadie.

Yo creo que me voy a volver a mi cuarto.

-No, no. La quiero demasiado como para permitirle hacer eso.

-Pero, Rosalía, usted no es nadie para darme órdenes.

-Tiene razón. Yo no soy nadie.

Pero usted será una insensata, si permite que el tiempo

se le escape como arena entre los dedos,

con todo lo que está sucediendo.

-¿A qué se refiere? -¿No lee usted los periódicos?

Europa está en guerra.

Miles de mujeres quedarán viudas.

Y otras tantas, perderán a sus hijos.

-¿Eso qué tiene que ver conmigo, Rosalía?

-Si España acaba participando en la contienda,

vendrán tiempos muy duros, señorita.

Y, entonces, lamentará usted haber desperdiciado

este breve tiempo de paz, sufriendo por un hombre

que ni siquiera piensa en usted.

-No lo entiende. -Hágame caso.

En la vida, suceden demasiadas desgracias,

como para perder el tiempo sufriendo por un hombre así.

Vívala y disfrute.

Ahora que puede.

No ha habido manera de convencer

a Carlos Terán, el amigo de Elisa.

Se niega a hacer negocios conmigo.

-¿Qué piensa hacer? ¿Va a desistir?

-Todavía no ha nacido quien me frene

cuando un negocio merece la pena.

Si no es en esa fábrica de Núremberg,

ya encontraré otro socio en Alemania, Suiza, donde sea.

Pero voy a meterme en el negocio de las armas.

Y no de cualquiera. Fabricaré armas químicas.

-¿Y eso qué es?

-Cloro y otros gases.

-Pues hágalo, padre. No veo cuál es el inconveniente.

-Hay escasez de cloro en Alemania

y tendré que mandarlo desde España.

-Eso no será fácil. -Ya lo sé.

Hay muchas fronteras que cruzar.

Y la primera, la nuestra, que, por ahora, es neutral.

Hay que tener mucho cuidado

para que ese envío no levante sospechas.

-Como hace con el opio. -Algo así.

Pero el opio va a Inglaterra,

que domina los mares. No a Alemania.

Esto no va a ser tan fácil.

-¿Y entonces? -Bueno, tengo un plan

para camuflar el cloro y meterlo de contrabando en Alemania.

Aunque es muy arriesgado. -Me da miedo preguntar

en qué está pensando. -En utilizar Tejidos Silva.

-¿Después de lo ocurrido con el opio?

¿Pero se ha vuelto loco?

-El cloro se utiliza para blanquear telas.

Mandaré esos bidones a través de la fábrica.

No levantará ninguna sospecha.

-Lo dice de una manera tan fría.

Como si ese cloro fuese inofensivo.

Pero morirá mucha gente con esas armas.

-Morirá gente con todo tipo de armas.

El cloro no es más letal. Es más rentable.

¿Quieres que deje pasar todo ese dinero?

-Supongo que no.

Pero tengo una duda más.

¿Cómo piensa conseguir su propósito sin que nadie

en la fábrica se dé cuenta?

-Ya te he dicho que no sería fácil. Pero tengo un plan.

Y ya está en marcha.

Los alemanes llamaron para pedir que enviemos cloro.

-¿Cloro? ¿Nosotros? -Sí.

-¿No les saldría mejor buscar proveedor local?

-Eso les dije. Pero dijeron que no.

Que cuando enviemos las telas, también cloro.

-¿Qué explicación te dieron? -Andan escasos

y no se quieren quedar sin él para blanquear telas.

-Si las mandamos blanqueadas.

Allá ellos. El cliente manda. ¿Cuánta cantidad necesitan?

Esto es mucho, ¿no? -Es lo que me han dicho.

Nosotros no tenemos suficiente. -¿Y qué hacemos?

-Pues no lo sé. Pero no enviarlo, no es opción.

Han dicho que, o cumplimos, o rescinden el contrato.

-Eso es una fanfarronada. -¿Por qué dice eso?

-Tal como está Europa, dudo que encuentren un proveedor.

-Tiene razón. -Lo primero que hice

al incorporarme, fue revisar los contratos.

Ese servicio no está incluido en las condiciones.

Se lo vamos a cobrar. -¿No deberíamos llamar

a don Salvador y a doña Diana? Ellos sabrán qué hacer.

-Me dejaron al cargo. No vamos a molestarles.

-¿Y si perdemos el contrato?

-No lo perderemos. Llamaremos a los proveedores

hasta que alguien consiga el cloro y se lo venderemos.

-Si cree que es la mejor opción. -¿No confías en mí?

-No se trata de eso. -¿Entonces?

-No me gusta ocultarle a los patrones lo que ocurre.

-No hablo de ocultarles nada.

Quiero demostrarles que soy merecedor de la confianza

que depositaron en mí. -Lo entiendo.

Pero no garantiza que consigamos el cloro.

-Entonces, les llamaremos.

De momento, haremos las cosas a mi manera.

-Está bien. Usted manda.

Va a ser una gran cosecha.

Los viñedos estaban llenos de brotes.

-Sí. Eso parece.

Aunque yo no sé mucho de campo.

Quizás, Salvador sepa algo más.

-¿Decías? Perdona. Estaba algo distraído.

-Su marido no parece hoy muy dicharachero.

¿La excursión no es de su gusto? -Sí.

Sí que lo es. -Entonces, ¿por qué está tan serio?

Y no solo usted. También su esposa.

Se diría que preferirían estar muy lejos de aquí.

-Bueno, es solo que Salvador y yo hemos tenido

una de nuestras discusiones. Pero nada importante.

-Vaya. ¿Ahora vas a dedicarte a airear nuestros problemas?

-Solo trataba de ser sincera.

Pero parece que eso tampoco te vale.

-No quería desatar entre ustedes una tormenta con mi pregunta.

-No se preocupe. No es culpa suya.

Solo que mi esposo y yo estamos en desacuerdo con algunas cosas.

-Aun así, no debería haber dicho nada.

Pero es que con lo enamorados que parecían ayer,

me ha sorprendido verles hoy tan distantes el uno del otro,

sin apenas mirarse a la cara.

No crean que lo he hecho por cotillear.

-No. Quédese tranquila. Ni a Diana ni a mí

se nos ocurriría pensar tal cosa.

Por cierto, me encontré con su primo esta mañana.

Y no le he vuelto a ver. -Tuvo que irse.

Soy una tonta. Me olvidé de darles saludos suyos.

Le molestó mucho no poder despedirse de ustedes.

-Son primos por parte de madre, ¿no es así?

-Más que primos, somos amigos. ¿Continuamos con el paseo?

Hace una tarde muy agradable. -Claro.

-Si no le importa, prefiero retirarme a la habitación.

Me duele un poco la cabeza. -¿No nos acompañas?

-Creo que no me necesitáis para disfrutar.

Os veo en la cena.

-No sé lo que habrá pasado entre ustedes,

pero lamento que su marido se lo esté tomando así.

-Yo también lo lamento.

-Las mujeres de mi edad tenemos una gran virtud.

Se nos da muy bien escuchar.

¿Por qué no me cuenta qué les tiene así?

-Se lo contaré, si usted me cuenta

por qué abofeteó a su primo en el jardín.

-¿Qué está haciendo, señorita Beatriz?

-Eh... Nada. ¿Necesita algo?

-¿Por qué se guardó lo que tenía en la mano cuando he entrado?

-Nada. Ha sido por inercia. -Ajá.

Entonces, supongo que no tendrá inconveniente en enseñármelo.

Vamos.

El láudano.

¿Y por qué el frasco está vacío?

Esta misma mañana le he mandado a comprarlo.

-Sí. Ha sido un accidente. Sin querer, lo he derramado todo...

-Y por eso pretendía llenarlo con ese té, ¿no?

No, no, no. No intente mentirme.

Porque la he visto.

Por eso, mis dolores habían empeorado.

-Don Luis, deje que le explique... -¡Basta ya!

No pienso seguir escuchando ninguna de tus mentiras.

Ahora entiendo por qué no me hacía efecto,

a pesar de que el doctor aumentó las dosis.

-Lo he hecho por... -¿Cómo has podido hacerme esto tú?

Tú, que conoces perfectamente mi sufrimiento.

-Lo he hecho por tu bien, Luis. -¿Por mi bien?

-Sí, porque estar dormido todo el día

por la medicación, no te hace ningún bien.

-¿Y sentir como si 10 000 alfileres te taladran el cerebro sí?

-Luis, yo solo quería...

-Tú eres como todas.

Solo quieres destruirme.

Por eso debería acabar contigo con mis propias manos.

-Luis, me estás asustando. -Pero no voy a arruinar

mi vida por tu culpa. Por supuesto que no.

No quiero volver a verte. Estás despedida.

-¡No, Luis! -¡Suéltame! ¡No seas patética!

¡Suéltame! -Lo siento.

-Maldigo el día en el que llegaste a esta casa.

Y aun maldigo más el momento en el que te arrastraste

entre mis sábanas. ¡Suéltame! -¡Por favor!

¡Luis, espera!

(LLORA)

Somos primos lejanos. Pero eso no significa

que no seamos algo más.

Una mujer de mi edad no puede permitirse tener

un amante tan joven. Las habladurías se convertirían

en una carga demasiado pesada para él,

que todavía cree que puede encontrar esposa.

-Suponía que su relación no era estrictamente familiar.

-Me enamoré de él siendo un joven de 20 años.

Vino a mi casa a pasar unas vacaciones.

Mi marido no era lo suficientemente cariño conmigo y yo...

-Pero usted enviudó. ¿Por qué no se casó con él?

-Yo no he enviudado. Mi marido vive.

-Ah. -El bofetón de hoy

es porque se puso insolente.

Le entraron los celos porque dice que yo miro

a su marido de una manera lasciva.

Qué estupidez.

Y ahora le toca a usted.

Y por favor, olvide lo que le he dicho.

Me inspira confianza y por eso lo he hecho.

Salvador me ha propuesto un cambio de vida.

Quiere comprar este hotel y los viñedos.

¿Y usted no está dispuesta a cambiar nada?

Yo soy la directora de la fábrica.

Y ahora requiere toda mi atención.

Con media Europa en guerra

no va a ser fácil salir adelante.

No quiero tirar el esfuerzo

de todos estos años a la basura.

Quiero que la fábrica vaya bien.

¿Han aumentado su negocio por la guerra?

Bueno, digamos que las cosas han cambiado.

Todo ha cambiado con la guerra.

Sí. -Hacen telas, ¿no es así?

Sí, todo tipo de telas,

desde sábanas hasta tapetes para billares.

O telas de uniformes militares.

Sí, lo que haga falta para salir adelante.

Ya veo.

No sé por qué, pero me apetece pedirle consejo.

¿Usted cree que debo ceder ante Salvador?

Si usted es feliz con la fábrica

no debería ceder.

Pero si mantener su fábrica le cuesta perder a su marido...

Eso parece.

Piénselo bien, esa fábrica le está dado muchos problemas.

Y los problemas terminarán con su matrimonio.

Está claro que quiere a Salvador.

Y tarde o temprano tendrá que elegir.

Marina, puedes marcharte, a mí aún me queda un rato más.

Siento interrumpirle entonces.

Inés, ¿qué está haciendo aquí?

Está en mi lugar de trabajo.

Tranquilo, no he venido a importunarle.

Sólo quería pedirle un pequeño favor

después de nuestro encuentro de ayer.

¿No cree que ya le he hecho bastantes favores, Inés?

Sí, pero este será fácil de cumplir.

Sólo necesito que sea discreto

con lo que vio y con lo que hizo.

¿Acaso no lo fui ayer ante su amiga Sofía?

Se lo pasó muy bien lanzándome indirectas.

Un mínimo cobro por todo lo que usted me hizo.

¿O ya no recuerda que me apuntó con una pistola?

No disparé contra su hermano al que odio,

jamás lo habría hecho contra usted

que me ha salvado la vida.

Sabe, cuando conversé con usted mientras le atendía

me sorprendió que alguien con su sensibilidad

y su conciencia se aviniera a participar

en un acto terrorista.

Pero con su posición, educada en la Sorbona.

Mi posición no me impide ver las injusticias

y las desigualdades de la sociedad.

Y mi educación sólo las ha hecho

más claras a mis ojos.

Pero hay muchas formas de paliarla.

¿Por qué elige esta?

¿Está dispuesta a ir contra los suyos?

Nadie elige su familia, doctor Loygorri.

Pero sí su destino.

Y el mío está del lado del anarquismo.

Sinceramente no la entiendo.

He conocido a muchos compañeros y con todos ellos me he sentido

mucho más querida que con los míos.

Por eso le rogaría que no le hablase a nadie

de mi verdadera identidad.

Bueno, al menos le honra

querer proteger a su familia del escándalo.

Ellos me dan igual. Me refería a mis camaradas.

Si supieran de dónde vengo me repudiarían

y no podría soportarlo.

Entonces esos camaradas no son tan perfectos.

Pero pierda cuidado, a nadie le diré quién es usted.

Su origen no me interesa,

me interesan sus actos.

¿Se va a poner paternalista conmigo?

Intento que comprenda que la violencia

no es la solución a la injusticia.

¿Y cuál es entonces, doctor? ¿Pedir las cosas por favor?

No se lo tome a broma.

Aprenda a respetar las opiniones de los demás

como yo respeto las suyas.

Acudiendo a la violencia para defenderlas

pierde toda la razón. ¿No se da cuenta?

Es la única manera

de que la gente humilde se haga oír.

¿Matando inocentes?

Sabe perfectamente que yo no quiero matar.

Y mucho menos inocentes.

¿Pero si el gobierno viene a por nosotros con policía

y con armas qué otra cosa podemos hacer? Luchar.

Me parece increíble que no haya aprendido nada.

En todas las guerras por nobles que sean las causas

muere gente inocente.

Y créame, esto se lo digo con conocimiento de causa.

Cada avance social a lo largo de la historia

se ha conseguido luchando, con sacrificios y con sangre.

Si no aún estaríamos bajo los dominios de un rey

que podría yacer con su esposa si quisiera.

Ya sé que conseguir una sociedad más justa

donde todos tengamos los mismos derechos

y posibilidades no será fácil.

Y quizá yo jamás la vea.

Pero daré mi vida por ella si hace falta.

No la delaté pensando que lo ocurrido

le haría reflexionar.

Pero ya veo que...

¿Va a entregarme a la policía?

Si vuelve a las andadas, no lo dude.

Mientras tanto mantendré mi palabra.

Para ser un burgués no está mal.

Con eso me basta.

Gracias.

Adela. Adela, tus hermanas están bien.

Así que deja de interrumpirme y escúchame.

¿A que no sabes desde dónde te llamo?

Desde el despacho de Tejidos Silva.

Salvador ha vuelto a contratarme.

Bueno, con don Wenceslao...

hemos tenido algunas diferencias.

No, no te preocupes por eso,

el dinero de tía Adolfina está a salvo.

Porque Wenceslao no invirtió bien,

pero he conseguido recuperar la mayor parte.

Y el resto costará un poco más pero lo conseguiremos.

Dile a tu tía que no se preocupe por nada.

(Llaman a la puerta)

Adela, un momento.

Adelante.

Si quiere puedo volver más tarde.

No, enseguida estoy contigo.

Adela, tengo que dejarte.

Dale un beso a Eugenia. Te quiero.

Qué dura se hace la distancia, ¿verdad?

Pues sí, pero hay que seguir adelante.

Me han dicho que quería verme.

Sí, llevo toda la mañana llamando a proveedores

para conseguir el cloro, pero no ha habido manera.

Vaya, entonces no hay nada que hacer.

No. ¿Quién ha dicho eso?

He conseguido el teléfono de un proveedor de Portugal.

¿Y tienen cloro suficiente?

Sí, llegará en unos días.

Pues todo solucionado. -Exacto.

Nos saldrá un poco más caro, pero no teníamos otra opción.

En cuanto llegue lo mandaremos con el pedido de telas.

Yo creo que habría que llamar a don Salvador.

Se alegrará mucho de que haya solucionado el tema.

No hace falta, están de vacaciones.

¿Para qué molestarles? Se lo diremos cuando vuelvan.

¿No te parece? -Bueno.

Elisa, me alegra mucho que hayas venido.

Te va a venir muy bien tomar un poquito el aire.

Pues como no sea para coger un resfriado.

Tampoco creo que te vayas a poner enferma.

¿Eres médico para estar tan seguro?

¿Vas a ponerle pegas a todo lo que digamos?

Porque no sé para qué has venido.

Para hablar con Rosalía.

Estaba harta de que me dijera que tenía que salir.

Espero no encontrarme ahora con mi padre,

si no ya lo que me faltaba.

Lo mismo digo. -¿Por qué dices eso?

¿Habéis tenido algún problema por la fábrica de Núremberg?

Tu padre no se ha tomado bien que rompa mi asociación con él.

Y estoy pensando en vender la fábrica.

¿Tú estás loco, Carlos?

Con la guerra ganarás una fortuna.

No me sentiría bien haciéndolo

a costa de la muerte de miles de personas.

Y eso es admirable.

Por eso estoy tan orgullosa de ti.

¿Vosotros no tenéis vergüenza o qué pasa?

Eso digo yo.

¿Qué pasa, que no puedo besar a mi marido?

Es que yo estoy sufriendo mucho por José María

y vosotros restregándome

vuestra felicidad por los morros.

Eso no es muy delicado que digamos.

Elisa, yo creo que estás un poquito susceptible.

Lo que estoy es harta de vuestro egoísmo.

¿Pero, Elisa, dónde vas?

Déjala, ya se le pasará.

Igual no hemos tenido mucho tacto.

Pero tampoco es para ponerse así.

Carlos, no te sientas culpable.

Es porque sigue afectada por lo de José María.

Hasta que no se olvide de ese mozo de cuadras

vamos a tener que seguir aguantándola.

¿Y vosotras no tenéis algún acto social pronto?

Dentro de dos días me han invitado

a una tómbola benéfica para los españoles

que están en guerra en otros países.

Pero no puedo llevarla. -¿Por qué?

La marquesa Silbela y otras damas de alta sociedad

se han negado a invitarla. -¿Por qué?

Por su conducta estos últimos meses.

Pues pobrecilla, cuando se entere...

Ya, por eso quiero que me ayudes.

No. -Aún no he dicho qué quiero.

No, porque seguro que me trae problemas.

Eres mi marido para lo bueno y lo malo.

¿O no recuerdas lo que dijo el cura en el altar?

Sí, pero no lo dijo en ese sentido.

¿Quieres dormir en el sofá?

Está bien, ¿qué hay que hacer?

Necesito que la entretengas el día de la tómbola.

Tampoco es tan difícil, ¿no?

Tal y como está de enfadada casi que prefiero

limpiarle los dientes al león

de la casa de fieras del Retiro.

Ay, Carlos...

¿Y a qué hora es?

No sé, por la tarde supongo.

Pues a ver cómo lo tengo.

¿Qué era eso tan importante

que tenía que pedirte don Emilio?

Pues...

tiene que ver contigo.

¿Conmigo? Sí.

Y lo pide su majestad.

Verás, necesita que hables en el parlamento

a favor del bando inglés.

¿Es que te has vuelto loca?

Le iría muy bien para frenar

la influencia de la reina madre.

¿Me harías ese favor?

¿Pero, Blanca, tú sabes lo que me estás pidiendo?

No, no puedo hacerte ese favor. ¿Pero por qué?

Todos ganaríamos si cumples con el deseo de su majestad.

¿Y se puede saber qué ganaría yo?

Que la reina se sentiría muy agradecida por tu ayuda.

Además, nunca se sabe cuando uno puede necesitar

la mediación de una reina.

Por favor, Rodolfo.

Desde que estalló la guerra le están poniendo las cosas

muy difíciles en palacio. No tiene ningún apoyo.

Y quieres que yo le dé el mío,

públicamente. Sí.

Blanca, a ver...

Cariño, todo el mundo sabe

que yo siempre he apoyado a los alemanes.

Pues por eso tendría muchísimo más valor.

Precisamente por eso no sería creíble.

Muy bien, me estás diciendo

que no vas a apoyar a su majestad.

Mira, lamento su situación.

De verdad, terriblemente.

Pero no puedo hacerlo.

Comprometería muchísimo mi situación en el partido.

¿Pero por qué? El rey y el gobierno

todavía no se han posicionado sobre qué bando van a apoyar.

Una declaración tuya podría ser muy influyente.

Por eso mismo no puedo hacerlo.

Pues no lo entiendo.

Blanca, la política es cosa de hombres.

Así que será mejor que os mantengáis al margen.

La reina y tú. Pues muy bien,

se lo voy a decir a la reina con tus mismas palabras.

A ver qué le parece.

No, no vas a hacer nada de eso.

Entonces apoya al bando inglés. ¿Me estás amenazando?

Yo he hecho por tu carrera cosas muchísimo más complicadas

que lo que te estoy pidiendo. Te aseguro que no.

Y no tienes ni idea de lo que me estás pidiendo.

Entonces no vuelvas a pedirme nada, nunca más.

No insista, el marido de Aurora está descartado.

Gabriel ni siquiera sabía

que ustedes eran un objetivo del asesino del Talión.

Y "La Cachetera" está en Sevilla.

¿Tienen nuevos sospechosos?

No. Ninguno, nada. Estamos como al principio.

No puede ser, para algo tiene que servir la investigación.

Sí, para tirarla a la basura.

Mi padre se va a enojar muchísimo conmigo.

Le insistí, casi le rogué, para que me diera este caso.

Y le estoy decepcionando.

Eso por no hablar de esas pobres mujeres

a las que han matado

y a las que no se las podrá hacer justicia.

No se ponga tremendista y se desanime.

Vamos a revisar todos los datos desde un principio,

sin ideas preconcebidas.

Veo que por lo menos mi recomendación

de leer a Sherlock Holmes no ha caído en saco roto.

No he aprendido de él, sino de usted.

Confíe en sus instintos.

¿Por dónde empezamos?

Bien, bien.

Ah, bueno, pues...

por los que tienen razones para odiarlas a ustedes.

A nosotras.

Sí, han recibido esos anónimos y siguen vivas.

Y espero que sea así por mucho tiempo.

¿Y quién nos puede odiar tanto?

Ah... ¿su tío?

Pero ya le hemos descartado una vez.

De todas formas no nos centremos en él.

¿Podría ser alguien que odia en concreto a Francisca?

Tendría que ser alguien del Ambigú

o del mundo de la música.

Sí. O alguien que vaya contra Adela.

No, eso significaría volver a sospechar de Carolina.

O Diana. No sé, alguien de la fábrica.

O de ese grupo anarquista.

Y su hermana pequeña Elisa es una experta

en buscarse problemas. -Sí.

¿Qué ocurre?

¿Y usted?

¿Alguien tiene algo contra usted?

Ya sabe quién, el marido de Aurora.

¿Pero por qué? Ha recuperado a su esposa.

No creo que tenga ganas de exponerse con una venganza.

Además, usted no es más que una amiga de su esposa.

Nadie mata a las amigas de su mujer

sólo porque les caiga mal.

¿O hay algo más?

Quizá sí haya algo más.

¿Qué?

Es algo muy delicado y muy difícil de entender.

Celia, su vida está en peligro.

La vida de sus hermanas.

Y, no sé, creo que puede confiar en mi discreción

y en mi comprensión. ¿No le parece?

Quizá cuando lea esta carta cambie de opinión

sobre los motivos que puede tener su marido en mi contra.

¿Le ha escrito?

¿Pero por qué no me ha dicho nada hasta ahora?

Porque temía su reacción cuando lo leyera.

Pero asumiré las consecuencias si sirve para atrapar

al asesino y recuperar a Aurora.

Sí, es lo que piensa.

¿Qué va a hacer?

Me voy a casar con Bernardo.

Te dije que era una buena noticia.

Sí, sorprendente.

Pero ya te he dicho

que no me importa lo que hagas con tu vida.

Me lo estás poniendo muy difícil

y yo quiero arreglar las cosas contigo.

Lo que pasó, pasó, y no lo puedo cambiar.

Pero quiero invitaros a Adela y a ti a mi boda

para poder empezar de cero.

Lo he estado pensando y...

me gustaría vivir aquí.

Y aún hay más, me gustaría que fuera cuanto antes.

¿Qué?

Es por Tulio Fernández de Bacua.

Me dijo que nos fuéramos de aquí.

No me pudo decir por qué

pero me dijo que nos fuéramos cuanto antes.

Y se puso tan intenso que la verdad

me dio un poco de miedo.

¡Extra, extra!

¡Un tren lleno de refugiados españoles colisiona

con un tren de municiones francés!

Dame uno.

¡Extra, extra! ¡Bélgica resiste!

¡Se sigue combatiendo en Lieja!

¡Se sigue combatiendo en Lieja!

Un día juró que me amaría hasta la muerte.

Pero luego se encaprichó

de la mujer de su hermano y me abandonó.

Yo no soy ningún capricho.

Yo tampoco lo era, y mira...

Cristóbal no es ese tipo de hombre.

¿No? Pues le he visto en este mismo despacho

besando a una mujer, y no éramos ni tú ni yo.

Señorita Elisa, perdóneme que la moleste,

pero tiene que venir conmigo a casa ahora mismo.

¿Ahora mismo por qué?

El tren en el que viajaba su hermana Francisca

ha sufrido un accidente.

Claro que su marido y yo nos vamos a casar.

Por eso la he llamado, para que no se extrañe

cuando Bernardo le pida la nulidad matrimonial.

Porque claro, es absurdo que sigan casados

cuando hace tanto tiempo que no viven juntos.

Pues sí, Bernardo me lo ha contado.

No sé por qué le parece tan raro cuando...

Huy, no te había visto.

La última vez que hablé con ella me dijo

que iba a coger el tren que salía a las ocho de Roma.

Y ese es el tren que ha sufrido un accidente en Ventimiglia.

Francisca siempre llega tarde a todas partes.

Lo más seguro es que lo perdiera.

¿Y por qué no ha llamado?

Usted no es una señora

que está de vacaciones con su amante,

ni tampoco es una ladrona...

¡es una espía!

Si no habla por las buenas

lo hará por las malas.

Le digo que no sé nada de Alonso.

Pues qué mala suerte,

porque entonces voy a tener que matarla.

Ay, pobres chiquillas.

Y para colmo doña Diana tampoco aparece.

Otra preocupación.

¿Ha llamado usted al hotel?

Sí, primero lo han hecho doña Blanca

y la señorita Celia y luego yo.

Pero no hay línea.

Estarás destrozado, ¿no?

¿Por qué dices eso?

Por lo de Francisca.

¿Francisca? ¿Qué le ha pasado?

Ah, eso no se sabe.

Y me parece que se va a tardar en saber.

¿Pero de qué me estás hablando, Raimundo?

Que viajaba en el tren este que ha tenido el accidente.

¿El Ventimiglia?

En uno que venía de Italia.

Por el amor de Dios, Raimundo...

Rodolfo está en la embajada italiana.

Están elaborando una lista con los supervivientes.

¿Y cuándo va a estar esa lista?

En cuanto la tenga me llamará.

  • Capítulo 282

Seis Hermanas - Capítulo 282

07 jun 2016

Por causa de una discusión entre Diana y Salvador, la identidad de Federica es puesta en duda. Blanca, por orden de la reina, le pide a Rodolfo que cambie de bando. Celia duda si revelarle a Velasco su relación con Aurora. D. Ricardo urde un nuevo plan que implica a Tejidos Silva.

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