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No recomendado para menores de 7 años Seis Hermanas - Capítulo 279 - ver ahora
Transcripción completa

Quedé con Wenceslao

para que me devolviera el dinero de Antonia y de Adolfina.

-Entonces ha accedido a hacerlo. -Sí, sí, bueno, a regañadientes.

El caso es que quedamos esta mañana y no apareció.

-¿Pero tú te das cuenta de lo que significaba para nosotros?

Que era todo lo que teníamos, que ahora nos has dejado

sin el Ambigú, sin un duro. ¡Vamos, sin nada!

(LEE) Aquí he empezado una nueva vida

y no voy a regresar a España.

Trabajo en una hacienda domando caballos

y he formado una familia.

Mi mujer espera ya un hijo.

Sé que con el tiempo seré para ti

lo que tú ya eres para mí, un bonito recuerdo.

Tuyo afectísimo, José María.

-Este contrato nos dará unos meses de seguridad.

-¿Y esos? -Es la primera vez que los veo.

-Pues yo creo que no y espero equivocarme.

-Alemania debe fijarse en España

y España debe fijarse en Alemania.

Un país que ya hace siglos era nuestro hermano.

Hoy, con esta firma, retomamos ese pasado

y plantamos la semilla para un futuro en común.

(Explosión)

¡Madre! Madre, ¿está bien?

¡Míreme a los ojos y dígame por qué me mintió!

-Quería que ese miserable pagara por lo que hizo.

-Él no mató a esas mujeres.

-Mató a mi hijo.

-¿Quién era su hijo? -Basilio, señorita.

¿Qué ha pasado? Entraron unos hombres

con explosivos, Miguel los descubrió

y luego sacaron una pistola. ¿Y le han disparado?

Sí, quiso detenerlos, pero no pudo.

-Diana, ¡eh! ¡Eh! ¡Por favor, ayuda!

¡Hay que llevarla al hospital cuanto antes!

-Rodolfo, ¡hijo! Madre...

¿No estará...? Está bien. Vaya al despacho

y llame al hospital. Que manden ambulancias. Rápido.

¡Mi hijo está muerto por su culpa!

Y yo también creo en la ley del Talión, inspector.

¡Y ese canalla pagará con su sangre por la sangre de mi hijo!

Señorita, ¿se encuentra bien?

Está sangrando, ¿por qué no pidió ayuda?

La Policía no puede saber que estoy aquí.

Necesito que me cure en otro lugar. ¡Vamos!

¡Vamos! (TOSE)

(Sintonía)

Ni se le ocurra acercarse, ¿me oye?

Si hace alguna tontería, no voy a dudar en dispararle.

Tontería es no haberla llevado a un hospital.

No voy a ir a un hospital. Y, ahora, cúreme la herida.

Por favor, túmbese.

Ah... (TOSE)

¿Qué le he dicho? ¡Apártese!

¿Cree que hablo en broma?

(TOSE)

¡Ah!

Ahora puede acercarse.

No le puedo mirar la herida si me apunta con una pistola.

Por favor, baje el arma. Si no se pasa de listo,

no le voy a disparar. No tiene que temer.

Hágame una cura rápida y me iré.

Cuanto antes termine, antes desapareceré.

Vale, tranquila. Primero le miraré la herida.

Le tengo que levantar la camisa, no se ponga nerviosa,

no se asuste y no haga movimientos con esta mano.

Permítame.

Ah... Sé que le va a doler,

pero tengo que palpar la zona.

(TOSE) (GRITA) ¡Ah, ah!

¡Ah, ah...! Vale, tranquila, tranquila, ya.

¿Qué es eso? Un anestésico.

No, no quiero un anestésico. Voy a limpiar

y hurgar en su herida. Le va a doler mucho.

Si no le inyecto esto, no lo resistirá.

Quiere que me quede dormida

y pierda el conocimiento para llamar a la Policía.

Si no toma nada se desmayaría del dolor

y podría llamar a la Policía, créame.

Prefiero arriesgarme. (TOSE)

Como quiera.

Primero le voy a limpiar la herida con alcohol.

Después trataré de sacar la bala.

Le pondré gasas dentro para que se empapen de sangre.

Coseré y haré un vendaje como pueda.

Es lo único que puedo hacer aquí.

Insisto, esto le va a doler.

Adelante, hágalo.

Muerda esto todo lo fuerte que pueda.

¿Preparada? Ajá.

(GRITA DE DOLOR)

-Mi vida, tienes que poner bien.

Tienes que salir de esta, no me puedes dejar solo.

Espero que me estés escuchando.

No quiero que las palabras que te dije ayer

sean las últimas que oyes de mis labios.

-¡Diana!

-Está inconsciente.

-¿Pero está viva? -Sí, sí, está viva.

-Ah... Al verte así pensé que...

-Eh, ven aquí.

-Llevo horas en la sala de espera.

No querían informarme, no me dejaban entrar porque...

Porque decían que iba a operarla.

¿Qué ha pasado, Salvador?

-La alcanzó la onda expansiva de la bomba.

-Ah...

-Todo pasó muy deprisa.

Estábamos celebrando la firma con los alemanes

cuando, de repente, entraron unos desconocidos de la calle.

Se hicieron pasar por obreros.

De pronto, Miguel se abalanzó sobre ellos.

-Miguel, ¿por qué hizo eso?

-Llevaban una bomba, Celia.

Creo que Miguel intentó protegernos.

-Pero no llegó a tiempo.

Y detonaron el artefacto.

Acto, seguido, la fábrica se llenó de polvo,

de gritos...

Gente corriendo por todos los lados.

Fue terrible.

-¡Ah, Diana!

-Elisa, te dije que no vinieras,

que esto te iba a impresionar mucho.

-¿Qué le pasa? -Ha sufrido un golpe en la cabeza,

pero se va a poner bien.

(LLORA) Celia, ¿me lo estás diciendo de verdad?

No me estás engañando, ¿no?

-Tu hermana tiene la cabeza muy dura.

Y ya verás que se va a despertar.

-Ay, menos mal.

Por un momento pensé que ella estaba muerta.

-¿También?

¿Por qué dices "también"?

-¿No te has enterado? -¿Quién ha muerto, Elisa?

-Ay...

Miguel.

Lo han dicho por el pasillo.

-¿Miguel?

-Ah... Es normal que el vendaje apriete,

pero tiene que hacer compresión

para que los puntos no se abran. Entiendo.

Gracias. Ahora necesita descansar, ¿eh?

No puedo descansar. Bueno, tiene que hacerlo.

Ni el material ni el lugar han sido los adecuados.

Si se abren los puntos y vuelve la hemorragia,

podría morir. Debe descansar. ¿Descansar?

¿Después de lo que ha pasado hoy? (TOSE)

Es usted muy joven para colaborar en un acto terrorista.

No, doctor, hay que ser joven para algo así,

pero yo no he hecho nada. ¿Ah, no?

No, a algunos nos dijeron que era un simple acto de protesta,

una llamada de atención, eso dijeron.

Pero sin muertos ni heridos. Iban armados hasta los dientes.

Llevaban explosivos, ¿qué pasa? ¿que no les conocía?

Era la primera vez que colaboraba en algo así.

Y el problema no es que yo sea demasiado joven,

el problema es creer en quien no debes creer y ser...

Ingenua. Ah...

¿Quién me lo iba a decir?

Una terrorista ingenua.

Yo no soy una terrorista. ¿Ah, no? ¿Y entonces qué es?

¿Usted cree en algo? ¿Yo?

Por supuesto. Creo en la libertad.

Creo en una sociedad civilizada, sin armas, sin bombas.

Y creo en la gente.

Por lo general, suelen tener buen fondo.

Ah, ¿ve como no es una cuestión de juventud?

(TOSE) Usted es aún más ingenuo que yo.

Está muy débil. Será mejor que no hable.

La causa que nosotros defendemos es justa.

Y, si no peleamos por ella, seguirá igual.

Ciertas cosas se cambian luchando.

Y no estoy defendiendo la violencia,

no creo que ese sea el método para lograrlo.

El fin no justifica los medios. Exacto.

Pues ojalá sus compañeros pensaran igual que usted.

Ojalá tuviera usted razón y la gente tuviera buen fondo.

Ah... ¿Qué está haciendo?

Ahora no puede moverse.

Si me quedo tumbada, me voy a dormir.

Es lo mejor que le podría pasar, necesita recuperar fuerzas.

Para que llame a la Policía. Escúcheme.

Ahora mismo es mi paciente,

solo quiero que se recupere.

Yo tengo que irme de aquí.

Por favor, hágame caso. Ah...

Prometo que no llamaré a la Policía, pero...

Ni se...

-Gracias.

-Pobre Miguel.

Todavía me cuesta aceptarlo.

Qué manera más cruel de morir.

-Yo no paro de pensar en eso,

en las tardes que he pasado con él y con Petra.

En lo celoso que estaba de mí,

en lo mucho que la quería a ella.

Era tan bruto que le daba mucha vergüenza que se le notara.

Por eso hacía tantas tonterías.

-Sí, hizo muchas tonterías.

Y cometió muchos errores.

Pero era un buen trabajador.

Un buen hombre y todo el mal que podía haber hecho

lo arregló de la forma más generosa posible.

Con su vida.

Murió como un héroe.

-¿Como un héroe?

-Consiguió que la bomba que pusieron los anarquistas

hiciera mucho menos daño de lo que ellos pretendían.

-Ah... Una bomba en la fábrica.

¡Qué horror! -Habría sido una masacre.

-Gracias a Miguel, Diana y yo estamos vivos.

Y mucha más gente.

-Yo no puedo dejar de pensar que la vida es muy injusta.

Justo ahora que Miguel se estaba olvidando de Petra.

-¿Por qué la muerte nos ronda tanto?

-No lo sé, Elisa.

Me gustaría ejercer de hermana mayor y consolarte,

pero tengo tan poca fuerzas como tú.

Primero la enfermedad de Blanca,

luego ese asesino que nos amenaza a todas

y ahora anarquistas en la fábrica.

¿Por qué?

-Lo importante es que estáis vivas.

-Ah, ¿pero y si Diana...? -Despertará.

Ya lo verás. -¿Pero cuándo, Salvador?

-No lo sé.

-Salvador, con nosotros puedes ser honesto.

No podía haber nada peor que esto, así que...

Tú has hablado con los médicos,

¿qué te han dicho?

-Salvador, necesitamos oír la verdad.

-Dicen que es muy difícil valorar las consecuencias,

que las próximas horas son de vital importancia.

Podría despertarse hoy,

en los próximos meses... -¿Meses?

-O nunca.

(LLORA)

-Ah, Rodolfo, hijo, ¿cómo está, Marina?

-Está bien, ha tenido suerte.

El disparo no afectó a ningún órgano vital.

-Alabado sea el Santísimo. ¿Cómo te encuentras?

-Estoy bien, madre, estoy bien. (RÍE)

-Por favor, doña Dolores, Rodolfo necesita descansar.

-¡Por Dios, deja que le dé un beso a mi hijo!

-Aunque le vea con buen aspecto, está delicado.

-Ya está, madre, ya está.

-Menudo susto me has dado.

-Blanca...

Acércate.

Me alegro mucho de verte. Y yo también.

No sabes el miedo que tenía.

Pero tienes buena cara.

Pues, oye, si te gusto así, me llevo la vendas a casa.

Sería mi nuevo aspecto,

vendas en lugar de corbatas. (RÍE)

¿Cómo está tu hermana? Pues mal.

Sigue inconsciente, no sabemos si se despertará o no.

Todo esto es una locura.

Hijo, ¿qué ha ocurrido dentro de esa fábrica?

-Doña Dolores, les dejé pasar

pero si no le sobresaltaban, por favor.

-Madre, esperaba que usted me trajera respuestas a mí.

Porque, la verdad, no recuerdo mucho.

Recuerdo que estaba hablando con los invitados

cuando, de repente, aquello estalló.

Y luego llegaron los disparos.

No sé, supongo que fui de los primeros heridos.

Cuando los anarquistas empezaron a disparar,

dos de los asistentes que iban vestidos de paisano

dispararon también.

Ah, supongo que serían agentes de la embajada alemana

que venían a proteger al agregado mercantil, ¿no?

-¿Y los terroristas? Se escaparon.

Sí. Y, que yo sepa, no han detenido aún a nadie, no sé.

Iban a por mí. -No digas eso, hijo.

-Madre, era mi nombre el que gritaban.

La bomba, los disparos

iban dirigidos a mí.

-Rodolfo, hemos quedado que esta visita iba a ser corta.

-Toda esa carnicería ha sido por mi culpa.

Los únicos responsables son los que han disparado

contra gente inocente, no es culpa tuya.

En esta ocasión estoy totalmente de acuerdo con Blanca, hijo.

Marina tiene toda la razón. Ahora tienes que descansar.

Sí. Ya pensarás eso cuando

te hayas recuperado del todo.

Tengo que investigar qué es lo que ha pasado.

Será lo primero que haga cuando salga.

-Pero yo me quedaría más tranquila

si estuvieras en manos de tu hermano.

¿Dónde se habrá metido...? ¡Estoy aquí, madre!

Estaba atendiendo a otros heridos, la fábrica era un caos.

¿Cómo te dedicas a los obreros de la fábrica

cuando el primer evacuado fue tu hermano?

Él ya estaba bien atendido.

Ah...

¿Estás bien?

Sí. Dios...

No sabes el miedo que he sentido

solo de pensar que te podía haber pasado algo.

Estoy bien.

Creí que te había perdido.

Eso nunca.

Blanca, había ido a la fábrica

para pedirte que volvieras a casa conmigo.

¿De verdad? Sí.

Sí, no puedo más.

Ahora que todo esto ha pasado... ¡Dios mío!

-¡Madre! -¡Ayuda!

-Madre, ¿qué le ocurre? ¡Cristóbal! -¡Ayuda!

¿Qué ocurre? Madre, ¿qué le ocurre?

Me duele el pecho. A la silla.

Como si me lo estuvieran aplastando.

Desabróchale. Sí.

-Ah... Ay, hijo, no puedo respirar, mi corazón.

Madre, respire. Tranquila. Respire tranquila.

Gabriel, gracias por venir.

-No se preocupe, siéntese, por favor.

-Parece que no están los tiempos como para ir tranquilo por la vida.

¿Ha leído lo del atentado? -Sí, sí, es horrible.

No sé cómo el ser humano hace cosas así.

-Estará pensando en cómo está Adela:

Sola, preocupada por sus hermanas, sin tener noticias de nada.

-Sí, tengo que llamarla. -¿Todavía no la ha llamado?

-No, ha hablado con sus hermanas.

Yo te aseguro que tengo problemas más graves ahora mismo.

-Si lo que necesita es que le preste mi automóvil

para viajar a Toledo, por supuesto.

Lo primero es lo primero. Vaya a ver a su esposa

y póngala al corriente de todo. -No, eh...

Gabriel, necesito tu ayuda.

-Sí, bueno, usted dirá.

-Necesito dinero. Mucho dinero.

-¿Qué ha pasado, tío?

-Me han estafado.

He invertido en bolsa de la mano de un desgraciado

que se ha largado con todo el dinero.

-¿Ese hombre del que me habló? -Sí, ese hombre.

Hiciste bien en no querer invertir.

El caso es que no son solo mis ahorros,

también son los de la tía de Adela y...

Y los de tus padres.

-Un momento, ¿está diciendo que ese pájaro se ha llevado

los ahorros de mis padres? -Sí.

El dinero de la venta del Ambigú. -¡Por el amor de Dios!

¿Y no puede localizarle? -No contesta al teléfono

y no tiene oficina o, si la tiene,

no sé dónde está, nunca me dio la dirección.

-Un momento, ¿me está diciendo que lleva días haciendo negocios

con un hombre que nunca le ha recibido en sus oficinas?

¿Pero dónde negociaban, si se puede pasar?

-Siempre quedábamos aquí o en el Ambigú.

-¿Pero cómo ha dejado que le engañen de esta manera, tío?

¿Cómo se puede ser tan iluso

de confiar en alguien a quien acaba de conocer?

-No necesito que nadie me repita lo estúpido que fui,

me lo digo yo a todas horas. -Ah...

-El caso es que me volveré loco si no puedo devolver ese dinero.

Si tú me lo prestas... -¿De cuánto estamos hablando?

Bueno, está la parte de tus padres. -No, por eso no se preocupe,

cuente con ello. Yo me encargaré de que

no les falte de nada. -Gracias.

Bueno, pero hay más gente implicada.

Tengo que tapar varios agujeros.

-Si no me dice la cantidad es porque será alta,

¿de cuánto estamos hablando, tío? -Decenas de miles de pesetas.

-Tía Adolfina invirtió 50 000 pesetas.

-¡Por el amor de Dios!

-Yo te lo devolveré no sé cómo pero, con el tiempo,

te lo devolveré. -No le puedo prestar esa cantidad.

Lo siento, pero la mayor parte de mi fortuna está invertida

y no puedo disponer de ello.

No creo que la solución sea que me haga cargo de

los agujeros que ese sinvergüenza dejó a quienes confiaron en usted.

-Entiendo que esté preocupado y que tenga miedo,

pero la solución no es que otro lo pague y ya está.

Busque a ese hombre, llévelo ante la justicia

y que devuelva ese dinero.

-Gabriel, no...

No me obligues a suplicártelo.

-Tío, no se trata de suplicar.

Yo me haré cargo del dinero de mis padres.

Hasta ahí puedo asumir. Lo que debería hacer

y urgentemente, es ir a ver a su esposa.

Tiene muchas cosas que contarle.

-Gabriel, por favor, me han estafado.

Necesito que me dejes ese dinero.

Ni sé cómo decírselo a la gente que me dio su dinero.

-No encontrará a nadie que le preste ese dinero.

Lo mejor es que acepte que su responsabilidad era

velar por los intereses de esas personas y que dé la cara.

Siento no ser de más ayuda.

Gracias por traerme a casa.

Necesitaba asearme y cambiarme de ropa.

-Para una vez que me dejan un vehículo,

no ha sido molestia. -¿Me podría llevar a Madrid?

-Acabamos de llegar. -Quiero estar

con mi hermana Diana y darle un relevo a Blanca.

-La llevo. Pero ahora se va a tomar un buen desayuno.

Me he permitido hacer café y pan tostado.

Así que, sin excusas, se va a sentar usted a la mesa

y va a descansar y a relajarse.

(LLORA)

Señorita, ¿por qué llora?

-No me puedo creer que Miguel esté muerto.

Y que Diana y Blanca casi también.

-Pero están vivas.

-No sé lo que va a pasar con Diana.

Y eso va por todas nosotras,

porque seguimos amenazadas por un asesino.

¿Hasta cuándo va a durar esto? -No lo sé.

Pero ahora es imposible que vea las cosas claras. Está agotada.

Permítame que le sirva un poco de café.

¿No ha pensado que, a lo mejor, las dos cosas están relacionadas?

El atentado en la fábrica y el Asesino del Talión.

-No. No veo cómo.

-En el momento del atentado,

dos de sus hermanas estaban en la fábrica.

-Sigo sin entenderle.

-Pensemos.

El asesino da un paso en falso.

Mata a una mujer pelirroja que se llama Francisca.

Es evidente que se equivocó de víctima.

-Y que estaba mal informado.

Francisca está en Roma. -Correcto.

Lleno de rabia, se infiltra en ese grupo anarquista

y asalta una fábrica donde sabe

que van a estar dos de sus hermanas.

Los anarquistas irían contra don Rodolfo Loygorri

y el resto de autoridades.

Pero ese asesino iría a por sus hermanas.

-Pues no le ha salido muy bien.

-¿Ha leído usted algunos de los cuentos de Auguste Dupin?

Ese detective tiene una frase que es muy interesante.

"La verdad no siempre está en el fondo de un pozo".

Y en otro de los relatos, "La carta robada",

Edgar Allan Poe demuestra que la mejor manera

de esconder algo, es dejarlo a simple vista.

-Creo que me he perdido, inspector.

-Muy sencillo, señorita.

Qué mejor escondrijo para un asesino,

que en medio de un grupo de pistoleros anarquistas.

Voy a investigar el entorno de la fábrica

y el pasado de su hermana Francisca en el Ambigú.

Si el maestro Poe tiene razón,

en uno de esos dos lugares puede estar la clave del misterio.

Es la segunda vez que veo morir a un hijo.

Porque eso es lo que era Miguel para mí, un hijo.

-El Señor nos pone continuamente a prueba, Benjamín.

Y a veces, resulta insoportable cómo nos aprieta la cuerda.

Pero nuestro deber es aceptar su voluntad

y continuar viviendo.

-Ojalá Miguel siguiera viviendo.

Si es que era un crío, por Dios.

Si no le dio tiempo a vivir. Solo a trabajar, a trabajar.

A llorar la pérdida de mi pobre Petra y nada más.

-¿Cómo es posible que exista tanta violencia en este mundo?

-Ya ni en el puesto de trabajo se está seguro.

En unos segundos, aquello era la guerra.

La gente corriendo, gritando. Humo, disparos.

-Y el pobre Miguel se llevó la peor parte.

-Nunca se dejó aconsejar, pero a mí me tenía respeto.

Yo no he podido hacer nada por él.

-Benjamín, no se culpe por lo ocurrido.

-Si es que no puedo ni pagarle un entierro decente.

-Señora. ¿Cómo se encuentra?

Estoy agotada, pero no puedo parar.

Tengo tantas cosas que hacer. Siéntese un momento, por favor.

Benjamín, Miguel va a tener un entierro como Dios manda.

Ha sido un trabajador muy leal durante muchos años.

Y se comportó como un verdadero héroe.

Yo misma le debo mi vida.

No sabe cuánto se lo agradezco, señora.

Es lo mínimo que podemos hacer.

¿Y su hermana, doña Diana, cómo se encuentra?

Sigue inconsciente. Pero, al menos, he conseguido

que Salvador saliera conmigo a dar un paseo.

No se ha movido de su lado. Es lógico

que quisiera estar cerca de su esposa.

-¿Y por qué no baja a tomar algo? Le sentaría bien.

Ha tenido que irse a la fábrica. Quería evaluar los daños.

Entonces, yo tendría que estar allí con él.

Si me permite.

Señora, de verdad que muchas gracias

por hacerse cargo del entierro de Miguel.

De nada.

Benjamín, por favor, cuídese

y descanse un poco. Hágalo por mí.

Beba un poco, señora. Le sentará bien.

Yo subiré enseguida a preparar la cama

para que se eche un rato. No puedo.

Tengo que salir a ver a doña Dolores.

¿Pero cómo? ¿Un día como hoy? Ha sufrido un ataque al corazón.

¡Pero qué dice! ¡Oh, Dios mío!

Es que no ganamos para disgustos.

Y dice que prefiere convalecer en casa.

Le he prometido a Rodolfo que iría a visitarla.

Claro. ¿Su marido está bien? Sí. Él está bien.

La que me preocupa mucho es Diana.

No, no. Señora, no debe preocuparse.

Su hermana es fuerte. Saldrá adelante. Ya lo verá.

Quiero creerlo, Rosalía, pero me cuesta.

Oh, vamos, vamos.

Me voy.

(SUSPIRA)

¿Hola? (TOSE)

¿Hay alguien?

(TOSE)

No debería levantarse.

No tengo fuerzas. Páseme el brazo por el cuello.

Le llevaré al sofá. Vamos.

¿Dónde está mi pistola?

No lo sé. ¿Ya la ha perdido?

Si es que es muy joven para jugar con armas.

¿Cuánto tiempo llevo inconsciente? Unas ocho o nueve horas.

Me dio tiempo a salir y regresar antes

de que usted volviese en sí. ¿Me ha denunciado?

¿Usted ve a la policía? Le di mi palabra

de que no lo haría y no lo he hecho.

Tengo que irme de aquí. Escúcheme.

No puede levantarse. De hecho, debería verle los puntos.

¿Es una estrategia para que denuncie a mis compañeros?

Habló con la policía y quieren que me saque información.

No soy experto en la forma de proceder

de la policía, pero me da que no suelen tener paciencia.

Permítame. Me pasé la noche atendiendo a los heridos.

Volví para ver cómo estaba. Debería darme las gracias.

¿Por qué no me denuncia? No lo entiendo.

Lo que me temía. Se le han abierto los puntos.

Voy a tener que volver a coserle.

Quizás, esta vez, sin una pistola en la cabeza,

pueda hacerlo mejor. No me ha contestado.

Primero, voy a curarla. Ya tendrá tiempo usted

de rendir cuentas con la justicia.

¿Quiere un anestésico? No.

Le vendrá bien para calmar el dolor.

Me gusta ver su cara de concentración mientras me cose.

Déjeme su pañuelo e intentaré no dejarle sordo con los gritos.

(GRITA)

(GRITA)

¿Cómo se encuentra, Benjamín? -Ya se lo puede imaginar.

¿Qué tal la señora Diana? -Sigue inconsciente.

Siento mucho lo de Miguel.

-No sé cómo voy a hacer para estar trabajando,

girarme y ver que no está. -Lo sé.

¿Sabe qué creo? Que el mejor homenaje

que podemos darle a Miguel,

es poner las máquinas en funcionamiento.

-¿En un día como hoy? -Sí. Cuanto antes.

Tenemos entregas pactadas con los alemanes.

Sé que es duro, pero la vida sigue.

Escuchadme, por favor.

Gracias.

Gracias a todos por venir en un día como hoy.

Os miro y me parecéis héroes, como Miguel,

vuestro compañero que ya no está con nosotros.

Sé que estáis asustados por lo que pasó ayer.

Yo también lo estoy. No podemos vivir con miedo.

Vamos a demostrarles a esos asesinos

que somos más fuertes que ellos.

Y para ello, quiero que pongamos todas las máquinas

en funcionamiento lo antes posible. -Ya lo habéis oído.

Hay que ponerse a recoger y limpiar

para empezar a trabajar cuanto antes.

Es duro. Pero Miguel estaría orgulloso de nosotros.

Él dio la vida por esta fábrica.

-Y por todos nosotros, Benjamín.

No le vamos a olvidar nunca.

Sé que os estoy pidiendo un esfuerzo enorme.

Y sé que esto que os voy a decir, no va a ayudar a mitigar el dolor.

Pero vais a recibir una paga extra por el esfuerzo de hoy.

-Pues venga, a trabajar.

-Gracias.

¿Quién es usted? -Soy periodista británico.

Estoy cubriendo el atentado anarquista.

-No ha venido en el mejor de los días.

-Perdone, señor. Solo dos preguntas.

¿Es verdad que el atentado está relacionado

con un contrato con los alemanes?

-No tengo esa información.

¿Por qué no se lo pregunta a la policía?

-Tal vez, lo sepa la directora

de la fábrica. ¿Está en el hospital?

-¿Quiere hacer el favor de marcharse de aquí?

-Señor, solo hago mi trabajo. Y si tiene usted noticias

del estado de doña Diana Silva y don Rodolfo Loygorri...

-Los dos están vivos. Es lo único que le puedo decir.

-"Thank you".

¿Los terroristas hicieron explotar un artefacto?

-Si la bomba no hizo más daño, fue por la intervención heroica

de uno de nuestros obreros.

-Ah. Eso es interesante. ¿Cómo se llama este señor?

-Miguel Esparza. -Miguel Esparza.

No le molesto más. Muchas gracias por su colaboración.

Qué buenos amigos sois. Gracias por venir a verme.

-Solo faltaría. ¿Cómo te vamos a dejar sola en un momento así?

-Sí. Menuda racha llevas.

Primero, la carta de José María y ahora esto.

-Te olvidas de lo más espantoso.

El ataque del Asesino del Talión.

-Bueno, pero la policía está investigando

y en unos días, habrán detenido a los responsables del atentado.

Y el Asesino del Talión no tardará en caer.

-El asesino me da igual. Lo que me preocupa es Diana.

-Pero, Elisa, se pondrá bien. Solo ha sido un golpe.

-Los médicos han dicho que puede que tarde meses

en despertar y que, a lo mejor, no despierta nunca.

-Los médicos se ponen en lo peor.

-¿Y si no es así?

-¿Sabéis qué podemos hacer? Mira.

Vamos a ir a la floristería a comprarle

las flores favoritas de Diana.

Me han dicho que los olores conocidos

activan la mente con más eficacia que otras cosas.

-¿Sus flores favoritas? -Me parece muy buena idea.

¿Por qué no vamos ahora? -No sé cuáles son

las flores favoritas de Diana.

-Pero no pase nada. No llores por eso.

-¿No te das cuenta? No conozco a mi hermana.

Me pasé la vida discutiendo

y haciéndole rabiar y no sé cómo es.

-No te culpes, porque yo no sé cuáles son

las favoritas de mi madre. -La última conversación

que tuve con ella, fue una discusión.

Vino a buscarme a casa de mi padre

y yo la eché con las peores palabras que os podáis imaginar.

-Es normal. Las hermanas discuten.

-Yo la veo y me salen groserías de la boca,

como si las palabras tuvieran vida propia.

Ahora me doy cuenta de que es porque, de todas las hermanas,

Diana es la que más se parece a mí.

-Bueno, las dos tenéis genio y es normal

que la relación entre vosotras sea difícil.

-Juro que cuando Diana despierte, seré más simpática con ella.

Es una pena que me haya tenido que dar cuenta

en un momento así, pero así soy.

-¿Por qué no vamos a la floristería?

Y podemos comprar un ramo de cada tipo de flor.

Se lo das a oler y ves con cuál reacciona mejor.

-Carlos, es una buena idea. -Me parece buena idea

para empezar a conocer a tu hermana.

-¿Por qué no vamos ahora? -Sí. Vamos.

Por estas cosas me enamoré de ti.

Yo también quiero que me compres mis flores favoritas, eh.

-Tus flores favoritas. Sí.

Todavía no sé nada de Wenceslao.

-Ya. Me extraña que aún aspires a encontrarlo.

-No pienso rendirme. -Asúmelo. Te han timado.

Ese hombre frecuentó el Ambigú hasta encontrar

a un pardillo al que desplumar. -Te devolveré tu dinero.

Hasta la última peseta. -Ya me han contado

cómo intentabas conseguirlo. No me parecen maneras.

-Veo que tu hijo ya te fue con el cuento.

Qué poco tardó el señor conde en chivarse a mamá.

-No te pases de listo, porque no me contó nada.

Conozco a los camareros del Continental.

Tienen el oído fino y la lengua larga.

-No me ha gustado de qué manera me ha tratado tu hijo.

-¿Pretendes que te dé palmaditas en la espalda?

Asúmelo. Asume tu culpa, en lugar de buscar dinero

por las esquinas. -No es lo que hago.

-¿Has denunciado a la policía? -No. Todavía no.

-Pues yo sí lo he hecho. -¿Cómo?

-Si no haces nada, alguien tendrá que hacerlo.

-¿Por qué no me consultaste

y no me dejas que hagas las cosas a mi manera?

-A mi manera. -Confía en mí.

-¿Cómo voy a confiar, si te han timado?

Se llevaron todos mis ahorros.

Los míos, de Adela, de Adolfina.

¿Te das cuenta de lo que has hecho? -¿Diste mi nombre a la policía?

-No. Pero no tardarán en dar contigo.

-No deberías haber ido a la policía.

Como me consideran cómplice... -¿Cómplice de qué,

si a ti también te han desplumado?

Y da gracias de que no haya querido llamar a Adela.

-Ni se te ocurra. -Ganas no me faltan.

Tampoco se lo conté a Enrique.

El pobre, en el sanatorio, voy a contarle

que estamos arruinados por tu culpa.

-Las inversiones parecían seguras.

No sé cómo pude confiar en ese canalla.

-No sé cómo he podido confiar en ti.

Te conozco, Germán. Eres un ingenuo.

Lo has sido toda la vida. Eres un buenazo.

De bueno que eres, eres tonto.

Me voy porque no puedo ni mirarte. -Antonia.

Antonia, dime qué puedo hacer y lo haré.

-Ya nada, Germán. Ya no hagas nada.

No has arruinado a todos.

Otro chocolate. -Gracias.

-La veo muy sola hoy, señorita.

-Estoy esperando a una amiga, pero se retrasa.

Y es raro, porque la familia Morgado son muy puntuales.

-La puntualidad no es una de las virtudes españolas.

-¿Tú crees? -No. Yo no creo nada.

Me han dicho que el propietario de un café debe filosofar.

Pero lo de filosofar no es lo mío. -¡Raimundo, por Dios!

¿Pero qué desastre has hecho con los pedidos?

-Lo de llevar un café, tampoco es lo mío.

-Paciencia, Raimundo.

-Has pedido leche para parar un tren.

-La leche es el mejor alimento que hay. Lo dicen todos.

-Pero esto es un café. Aquí la gente no viene

a beber leche. Ahora tendremos que tirar la mitad.

-La ofrecemos más barata. -Ah, muy bien.

Muy buena solución. Hemos comprado el negocio

para ganar dinero, no para perderlo.

-Ya. Tranquila. No te preocupes.

Estamos empezando. Verás cómo nos sale bien.

-De momento, no lo veo. Trabajo más que con las Silva,

con la diferencia de que aquí no sé si ganaré dinero.

-Te recuerdo que fuiste tú la que me convenciste

de que comprásemos el Ambigú.

Que había que buscar un futuro para el niño

y no sé qué monsergas más.

-Monsergas. Monsergas son las que te voy a dar yo ahora.

Acompáñame al almacén, por favor.

-Que Dios me coja confesado.

-Sofía. ¿Esperas a alguien?

-Pues estoy esperando a una amiga,

pero si quieres sentarte y me haces compañía.

¿Has ido a ver a Diana? -De ahí vengo.

-¿Y qué tal está? -Igual.

Pero con un montón de flores que dan colorido a la habitación.

Muchas gracias. Me dijo Elisa que fue idea tuya.

-Bueno, más bien, de Carlos.

Pero me alegro de que podamos ayudar.

-He salido del hospital para airearme un poco

y para tomar algo caliente. ¿No está Merceditas?

-Pues creo que está poniendo firme a Raimundo.

Mira. Entre nosotras. Desde que han cambiado los dueños,

el servicio ha empeorado mucho.

-Bueno, ya saldrán.

¿Tú estás bien? -Pues sí, bien. Como siempre.

¿Y tú? Qué racha estáis pasando.

-Sí. La verdad es que es una detrás de otra.

-Lo de la explosión de la bomba es espantoso.

Pero lo de Elisa con el Asesino del Talión...

Eso sí que no me lo saco de la cabeza.

Qué susto debió pasar. -Si te refieres a cuando entró

ese hombre en casa, era un vulgar ladrón.

Ya lo han detenido. -No. Me refiero al asalto

que sufrió anteayer. Cuando la vi ahí tendida

en el hospital, en esa cama, pensaba que se nos iba.

-¿Elisa tendida en una cama del hospital?

¿Pero un ataque del asesino del Talión anteayer?

Sí, en el parque.

¿No os lo ha contado?

No, es la primera noticia que tengo.

Supongo que no quería preocuparos después

de todo lo que estáis pasando.

Sí,...

es una de la mayores virtudes de Elisa,

ser siempre tan considerada.

Bueno...

Me ha llamado Benjamín

porque estaba preocupado por ti.

Me ha dicho que has puesto a toda la plantilla a trabajar.

Así es.

Les he hecho limpiar y recoger los escombros

para poner las máquinas en funcionamiento

para que todo vuelva a la normalidad.

Conozco el procedimiento, Salvador.

¿Entonces a qué has venido?

¿A regañarme?

¿Te parece mal que esté haciendo mi trabajo?

No, simplemente me sorprende.

Tú siempre estuviste en contra del contrato con los alemanes.

Y ahora lo conviertes en una prioridad

en un día de luto.

Sé que Diana lo habría hecho así.

Comprendo, lo haces por ella.

¿Qué me remedio me queda?

Ojalá pudiera hacer algo

para que Diana volviese a la vida.

Salvador, yo no he venido a regañarte.

Benjamín me ha pedido que le ayude a organizar

el entierro de Miguel.

Sí, quiere que Miguel tenga un entierro digno.

Y lo tendrá, déjalo de mi mano.

Muchas gracias por venir a ayudarme.

No sabe la bronca que me ha caído

por no llevar bien los proveedores y las cuentas.

Tienes que tener un poco de paciencia.

Merceditas está embarazada, y en su estado hay mujeres

a las que se les agria el carácter.

Merceditas ya era así antes de quedar embarazada

si le digo la verdad. -No te arrienda las ganancias.

¿Estas son todas las facturas que tienes?

¿Por qué lo dice?

Porque tienen que faltarte muchas.

Echo en falta un montón de proveedores.

Ah, pues no sé...

Yo es que...

no sé dónde las habré metido.

Raimundo, tampoco es tan difícil.

Sólo tienes que guardar todas las facturas

en la misma carpeta.

Ya, pero que a veces la carpeta no está a mano

y la meto en el bolsillo, o en la caja de la fruta.

Bueno, bueno, tú no te pongas nervioso.

Para llevar un negocio como este

tienes que hacer dos cosas: llevarte bien con los clientes

y llevar un poco bien las cuentas.

Y tú lo primero pues lo haces muy bien, pero...

Sí, no, si yo con la gente sé que soy bastante "salao".

Sí, eres muy "salao", eso no te lo quita nadie.

Pero te falta el llevar

un poco más de orden con las facturas.

Y con las sumas, porque esto no está bien sumado.

Doña Antonia, ¿por qué no recupera el Ambigú?

Se lo vendo por menos dinero del que lo pagamos.

Pero yo es que ni me apaño.

¿Ya te estás arrepintiendo?

De lunes a miércoles me arrepiento yo,

de jueves a sábado se arrepiente Merceditas,

el domingo, los dos juntos.

No os rindáis tan pronto. Llevar un negocio como este

pues no se aprende en dos días, ni en dos semanas.

Es normal que estéis un poco sobrepasados.

Yo sé que a usted le ha dado pena

desprenderse el Ambigú.

Pero si no tengo ni un duro.

Pero lo tiene su hijo. -Ya estamos.

Desde que Gabriel es rico todos los problemas

se solucionan llamando a su puerta.

si el niño va cagando duros por la calle.

No seas ordinario, Raimundo, por Dios.

Además, te recuerdo que fue

Gabriel el que me insistió para que soltara el café.

Pero seguro que lo dijo con la boca pequeña.

No, no, que lo dijo bien clarito.

Ya está hecho, no hay vuelta atrás.

A ver, míreme, que yo es que ni duermo.

Yo, que siempre he dormido como un leño.

A ver, ¿a usted no le ha pasado eso de hacer algo

y ya al segundo arrepentirse?

¿Que si me ha pasado?

¿Qué me estás contando, Raimundo?

Mira, ahora mismo me dan ganas de subirme a un taburete

y empezar a dar voces ahí a los cuatro vientos.

Me arrepiento de haber vendido el Ambigú,

me arrepiento de haberle dado

todo el dinero a mi hermano Germán.

Pero ya está, también te digo, no va a volver a pasar.

Que mi marido está enfermo y mi hijo está aquí ya

pero para lo que me sirve...

Un día estamos bien y luego estamos dos días sin hablarnos.

Cada uno tiene lo que se merece.

Yo no quiero meterme en sus problemas,

que ya veo que los tiene y muy grandes.

Pero lo suyo tiene fácil solución.

Pues ya me dirás cómo.

Pues primero hable con Gabriel y aclare las cosas,

que es su hijo y esto ya le tenía que venir dado.

Segundo, Gabriel llama al banco y fin de los problemas.

¿Y tú eres el que no sabe llevar las cuentas?

Yo...

Yo si no le parece mal salgo un momento

a atender unas mesas y vuelvo. -Que sí.

Porque si no las atiendo luego Merceditas

me arranca la cabeza. -Sí, ve, ve.

Ah, pero de verdad, muchas gracias por ayudarme.

Que sí. Anda, ve.

Y tú deberías irte a casa a descansar.

No puedo.

Pero Diana te necesita

con todas tus fuerzas cuando se despierte.

Y si te pasas el día del hospital a la fábrica

te vas a caer redondo.

Bernardo, hasta que Diana no despierte

no puedo pensar en mí.

No puedo pensar en nada.

Pues entonces acepta el consejo de tu mejor amigo,

vete a casa y descansa un par de horas.

No dejo de pensar

en las últimas palabras que le dije.

Le dije que me arrepentía de haberme casado con ella.

Y tengo la sensación de que aún estando inconsciente

esa frase la tiene metida en el cerebro

como si fuera un martillo.

Vamos, Salvador, tú conoces bien a Diana.

Ella sabe que no lo decías en serio.

Pero lo dije.

Le has dicho muchas barbaridades

y ella a ti también.

He sido testigo de vuestra relación desde el principio.

Os gusta discutir, es el alimento de vuestro amor.

Pero por muy duras que sean las cosas que os digáis

a la cara siempre termináis en brazos el uno del otro.

¿Qué pasa si no vuelve?

Diana es fuerte.

¿Y si no vuelvo a verle los ojos...

ni ese mohín de sarcasmo que pone cuando se enfada?

Sí, es uno de sus gestos favoritos.

Y volverás a verlo, créeme.

Sabes que yo siempre he sido un espíritu libre.

Sí, doy fe de que lo eres.

Ya no lo soy.

Ya no soy libre, Bernardo.

Ya no puedo vivir sin Diana.

Si Diana se muere mi vida para mí se ha acabado.

Ella es todo mi universo.

¿Y sabes qué es lo más gracioso?

Que bendigo esas cadenas.

Contigo quería yo hablar.

¿Y tiene que ser ahora, Celia?

Ha sido un día de muchas emociones

y me gustaría descansar. -Te acompaño.

No hace falta. -Sí, sí hace falta, Elisa.

No vaya a ser que te vaya a atacar de nuevo

el asesino del Talión.

Has hablado con Sofía, ¿no?

¿Cómo se te ocurre utilizar

algo tan serio para una de tus chiquilladas?

Porque tenía que reconciliarme.

Estaba muy enfadada conmigo y no se me ocurrió otra cosa.

¿Pero tú no te das cuenta de que una mentira

de este calibre siempre acaba saliendo a la luz?

Por favor, no le cuentes a Sofía que me lo inventé.

Si se entera no me vuelve a hablar en la vida.

Eso debería hacer, no hablarte nunca más.

Esto es algo muy serio.

Ese asesino ha matado y nos ha amenazado a todas.

No me regañes ahora.

Tengo los nervios a flor de piel.

Estoy sufriendo mucho por lo de Diana.

Es que ya no sé si estás fingiendo o no.

¿No te das cuenta de que no se puede confiar en ti?

Pues te digo la verdad.

Llevo todo el día llorando imaginándome cosas horribles.

Elisa, esta es la última vez que te tapo una mentira.

Ya lo hice con el internado y lo he vuelto a hacer.

No habrá una tercera vez.

Se te ha agotado la paciencia conmigo,

como le pasó a Diana y a todas.

No te hagas la víctima que nos conocemos.

Ya sé que ninguna de las hermanas me soporta.

Así que adiós. -¿Dónde vas?

Te acompaño a casa, no quiero que vayas sola.

El asesino del Talión no me da miedo.

Es evidente que la que le interesa es Francisca.

Así que yo puedo pasear tan campante.

¡Elisa, ven aquí!

¡Elisa!

No sé qué has hecho con las cuentas,

pero antes no cuadraban y ahora cuadran como un guante.

Las he estado poniendo al día.

Bueno, pues no me lo puedo creer.

Yo no lo hubiera hecho mejor.

Pues ya estás retirando todos los improperios

que me has echado esta mañana, mujer de poca fe.

Que te crees que estás casada con un asno y soy un lumbreras.

Está bien, reconozco que me he equivocado.

Te pido disculpas.

Merceditas, ponme un whisky,

del mejor que tengas. -Sí.

¿Celebramos algo?

No hay nada que celebrar.

Ah, bueno.

Entonces necesitará algo de calor para el cuerpo.

Tiene usted mala cara, don Germán.

No es para menos. -Sí, sí, y que lo diga.

Qué horror lo de Miguel y lo de doña Diana.

Pues sí que tenía usted sed,

o frío, o lo que quisiera sacudirse del cuerpo.

¿Y qué tal están doña Adela y la pequeña Eugenia?

¿Ha hablado con ellas?

¿Les ha pasado algo?

No, están bien. Están en Toledo, lejos de mí.

No podrían estar mejor.

Está usted un poco raro, don Germán.

¿Quiere que le ponga otro whisky?

No, no. Bueno, me voy.

Si fuera un hombre yo me tomaría un trago con usted

para que me contara sus penas,

pero como no lo soy y además es que...

es que estoy embarazada.

¿Eso es verdad?

Tenía ganas de contárselo.

Es muy buena noticia, Merceditas.

Los niños son lo mejor que hay en el mundo.

Es muy bonito eso que acaba de decir, don Germán.

¿Tú estás seguro de que este whisky está bueno?

Como para no estarlo,

eso cuesta un riñón y un trozo del otro.

(Golpetazo)

¿Qué ha sido eso?

¡Ay, Dios mío!

(TOCA A LA PUERTA)

Señor Civantos, ya sé que es muy tarde

y que no son horas, pero tengo que hablar con usted.

(TOCA A LA PUERTA)

¡Don Luis, mañana tengo que hacer un pago en el mercado

y necesito el dinero!

¡Chis!

¿Se puede saber qué hace usted aquí a estas horas?

Eso no es asunto suyo.

¿Cuántas veces tengo que decirle

que esta es una casa decente?

Hable más bajo, don Luis está durmiendo.

Don Luis lleva todo el día durmiendo.

Ni siquiera he podido hablar con él para que me diera

el dinero como hace todas las semanas.

Eso es lo que estaba haciendo,

atender al señor Civantos en su enfermedad.

Sus dolores de cabeza se han puesto más intensos.

Lo mejor es que le dejemos descansar.

Lo mejor sería que le viera un médico.

Él prefiere que sea yo

la que me encargue de sus cuidados.

¡Oh!

¿Tiene usted conocimientos de medicina?

No se ponga insolente, doña Rosalía.

Don Luis no puede estar todo el día ahí encerrado

como si fuera un prisionero.

Seguro que ni siquiera se ha enterado

de lo del atentado de la fábrica.

Deje que yo le vaya informando de las novedades.

Muy bien, como usted quiera,

pero yo tengo que hablar con él.

Necesito el dinero para pagar mañana en el mercado.

Yo misma iré mañana al mercado a pagarlo. ¿Contenta?

Doña Francisca regresará en breve.

Espero que este comportamiento tan escandaloso

se termine de una vez por todas si no quiere usted

que la expulsen de esta casa.

Tenga cuidado con lo que dice, doña Rosalía,

no vaya a ser que la expulsen a usted primero.

(PROTESTA)

Gracias.

No me digas nada. ¿Han atropellado a don Germán?

No, ha habido suerte, por lo menos para él.

El automóvil lo ha esquivado

y se ha estrellado contra un banco.

¡Qué horror!

¿Y hay heridos?

No, no, pero no se ha llevado

a nadie por delante de milagro.

¿Y el conductor? -El conductor está bien.

El automóvil ha quedado

como el acordeón de Cándido el del bar.

Pero, don Germán,

¿cómo se le ocurre cruzar sin mirar?

No he visto el coche.

No lo he visto venir.

Este hombre no está bien, cuando lo recogí en la calzada

estaba diciendo cosas raras.

¿Cosas raras? -Sí.

Don Germán, ¿se encuentra usted bien?

¿Qué decía?

No sé, no le entendí.

Anda, ponle un whisky.

Salvador, he terminado mi turno.

Me voy a casa a descansar un poco.

Descuide, ya me ocupo yo.

Usted también debería descansar.

Sí, sí, ya lo sé.

Buenas noches.

Diana, despierta.

Despierta, tenemos que hacer un montón de cosas juntos.

Tenemos que firmar un montón de contratos.

Tenemos que hacer un montón de viajes.

Tenemos que discutir, reconciliarnos

y querernos aún más como siempre hemos hecho.

Quiero tener un montón de hijos contigo, ya lo sabes.

Si no despiertas no puedo pedirte perdón

por las tonterías que te dije el otro día.

Si quieres abre los ojos un segundo, ¿eh?

Un segundo y los vuelves a cerrar,

el tiempo necesario para decirte cuánto te amo.

(SUSPIRA)

Pesas mucho.

¡Mi amor!

¡Estás despierta!

¡Mi amor! ¡Ay, estás despierta!

¡Te quiero! ¡Te quiero!

¿Quién es usted?

¿Y cómo se atreve a besarme de esta manera?

Diana...

¿Dónde estoy?

Mi amor...

Mi amor, soy Salvador, tu marido.

¿Qué? ¿Salvador?

Yo no conozco a ningún Salvador.

¿No me reconoces?

Presta atención.

¿Qué es lo último que recuerdas?

¿Eh?

Yo estaba en el casino.

Era el compromiso

de mi hermana Blanca, la fiesta.

No.

No, no, no puede ser.

Mi amor, no...

Mi vida.

Perdóname, Salvador, pero te lo debía.

¡Ah!

Por lo mal que me lo hiciste pasar.

Me has dado un susto de muerte.

Mi vida, te quiero.

Y yo. -Te quiero más que nunca.

¡Ah! -Hey, ¿cómo estás?

Bueno...

¡Guerra en Europa!

¡Alemania declara la guerra a Francia!

¡No se pierdan la última hora!

Ha estallado la guerra. Sí, es horrible.

Lo que es horrible para los demás

puede ser muy beneficioso para nosotros.

Os digo yo que mi hermano

ha traído la desgracia a la familia.

Está siendo un poco dura con él, ¿no?

¿Pero no me estás oyendo?

Que te digo que Germán nos ha desplumado,

que ahora no tenemos dónde caernos muertos.

Ya, pero es su hermano. ¿No puede perdonarle?

Hermanos así valdría más no tenerlos.

Me enteré del atentado por la prensa.

Hace días que quería venir a ver cómo estabais,

pero últimamente lo estoy pasando muy mal.

Necesito tu ayuda.

El Secret Service Bureau la echará de menos.

Y yo...

No se preocupe, nadie sabrá nunca lo que hice.

¿Otra vez usted? -¿Lo conoces?

¿Me va a entregar cuando me haya recuperado?

De eso no tenga la menor duda.

No creo que vayan a tratarme muy bien entre rejas.

Quizás hubiera sido mejor que me hubiera dejado morir.

Yo le di mi palabra de curarla y es lo que estoy haciendo.

Si yo pudiera volver atrás me quedaría

con usted en la casa. Créame que lo haría.

Si en la casa estabas harta, Merceditas,

que yo te leía como un libro abierto.

Si antes estaba harta ahora estoy aterrorizada.

Y no sé qué es peor.

Yo quería pedirte que...

me prestes dinero para recuperar el Ambigú.

Madre, ya sabe lo que pienso de ese tema.

Padre sigue recuperándose en un sanatorio

y usted necesita descansar.

Ya lo sé, si por eso nos deshicimos de él.

Pero es que... -¿Pero qué?

Ese lugar es todo lo que somos.

Cristóbal, han atentado contra mi vida.

Es muy fácil entrar en un hospital.

Entiendo que estés preocupado por tu seguridad.

Pero necesitas las curas y no estás en condiciones

de desplazarte 3 veces al día.

Ya lo sé, pero eso no soluciona

el problema de la seguridad.

Creo que se me ocurre una solución.

¿Cuál? Yo puedo ser su enfermera.

Y también de doña Dolores ya de paso,

que desde el atentado está muy delicada.

Cada semana haces algo que nos mete en un lío;

o nos mientes, o haces que nos preocupemos.

Se avecinan tiempos difíciles

y si sólo piensas en ti misma lo vas a pasar muy mal.

Y nosotras también.

Cuando Francisca cantaba en el Ambigú

la adoraban Antonia, Enrique, Gabriel.

¿Pero recuerdas que también tenía un acosador?

Es verdad. Quizá Luis sepa su nombre.

Hablaré con él.

Luis, lo siento, lamento molestarte

cuando estás indispuesto,

pero necesito hablar contigo urgentemente.

(DROGADO) Habla lo que quieras. ¿Qué sucede?

Luis.

¿Qué ocurre?

Ah...

Acaba de tomar su remedio.

Le quita el dolor, pero le deja un poco aturdido.

¿Pero no es un remedio un poco fuerte?

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Seis Hermanas - Capítulo 279

02 jun 2016

Las hermanas Silva son el alma de las principales fiestas de la alta sociedad madrileña de la época, en el Madrid de 1920.

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  1. sara

    RTVE no sean tan egoistas, si no lo muestran en USA, deje ofrecerlo por otros medios,

    03 jun 2016
  2. Caridad perez llanes

    Porque no ofreces Los programas por una mensualidad igual que antenna tres. Me estoy perdiendo la tremenda programacion que ustedes ofrecen y ustedes una fiel usuaria.

    03 jun 2016
  3. Dolores Requena

    Por qué tienen bloqueados los programas para que no puedan ser vistos por internet desde otros países? Es vergonzoso!!

    03 jun 2016
  4. Blanca Lezama

    Soy una fiel seguidora de la serie, y por algún motivo que desconozco, no la puedo ver en Facebook, en YouTube y tampoco en la aplicación. Les agradeceré solucionar el problema para continuar viéndola. Gracias. Vivo en EUA

    03 jun 2016
  5. Blanca lezama

    Soy una fiel seguidora de la serie desde el día que empezó. El último capítulo que pude ver fue el 271 no puedo verla ni en la aplicación, en Facebook ni en Youtube. Por favor, les pido solucionen el problema que sea que exista. Gracias... Vivo en EUA

    03 jun 2016
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