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No recomendado para menores de 7 años Seis Hermanas - Capítulo 157 - Ver ahora
Transcripción completa

Se han manifestado ante la comisaría.

No me preocupa que descubran un nido de sufragistas,

me preocupa el opio con el que traficamos.

-Le entiendo.

-Recuerda que ese opio puede ser tu ruina

y la de la fábrica si se descubre lo que hacemos.

Todos, y ese todos te incluye a ti.

Cuando supe que Rodolfo podría haberme contagiado,

lo primero que hice fue buscarte para saber qué hacer.

¿Por qué no hablaste conmigo? Me encontré con Marina

y me dijo que tomara lo mismo que Rodolfo, ¿no es así?

Sí, pero vuestros cuerpos son muy diferentes

y las dosis de cada uno también.

¿Y Marina no se dio cuenta? Está visto que no.

Me exigió que las trabajadoras dejen de manifestarse.

-No es quién para controlar qué hacen las trabajadoras fuera.

-Sí, si es en horario de trabajo. -Solo fueron unos minutos,

y el tiempo se recuperó. -Esa no es la cuestión.

Él se agarra a eso para no llamar la atención de la Policía

sobre la fábrica. -Ya sabemos por qué.

-Sí, pero ahora la prioridad es el puesto de las obreras.

-Don Fernando nos daba un trato exclusivo.

Ya lo sé, y la calidad no es la de siempre.

Ni la calidad ni el trato, ¿qué pasa con Tejidos Silva?

Mi tío lleva las cosas de otra manera.

Los obreros trabajan a destajo, pero no se fijan en el detalle,

en hacer las cosas bien. Nos costó recuperar clientas

y las perderemos en dos días. Tenemos que hacer algo.

Mis clientas quieren telas nuevas a la moda y de gran calidad.

No quiero perderlas porque no puede suministrarnos

el género que antes producía. -Lo entiendo.

Si no le gusta lo que le ofrece Tejidos Silva,

usted puede buscar otro proveedor, hay muchas empresas textiles.

-¿Eso es todo lo que tiene que decir?

¿No le importa perder a la Villa de París como cliente?

-La Villa de París no es el centro del universo,

tenemos clientes con los que facturamos mucho más.

Ahora váyase. -Actué mal al no dejar

que Blanca te consultara, es cierto,

¿pero actuaste bien al acusarme de querer envenenarla?

-Ambos debemos poner de nuestra parte, no solo yo.

Sí, sí, es cierto.

Va, va, a trabajar, por favor.

-Les robaba cinco minutos para convocarlas a una manifestación.

-¿Otra? -Sí.

Mañana en la puerta de la comisaría, puede venir.

-A su tío esto no le va a hacer gracia.

-A él no el afecta. -Vamos, sabe cómo es su tío.

Llegó a sus oídos que las trabajadoras llegan tarde.

-Pero eso no volverá a pasar. -Él fue tajante, no quiere líos,

no quiere que las autoridades vengan

ni las trabajadoras lleguen tarde. -Iré a hablar con él.

-Te despacho con una advertencia,

si ellas están mañana delante de la puerta de la comisaría

caerá sobre tu conciencia que pierdan el trabajo y jornal.

-No me ha escuchado. -Ya le di la orden a Miguel,

la que llegue un minuto más tarde será despedida al instante.

-Todo tiene un límite y el tío Ricardo te lo ha marcado.

Sería injusto que las obreras perdieran su puesto de trabajo.

-No les pidas un sacrificio así.

-Y la muerte de Azucena Barbero quedaría impune.

De momento sí.

Sé que te apena y te da rabia, pero no podemos hacer nada más.

-Está bien, tenéis razón.

-Elisa está con usted por interés.

-No se piense que es por gozar de su compañía.

-Me confirmáis que Elisa tiene razón en todo lo que me dice,

sois unas malas personas.

Me queréis predisponer contra ella.

Tengo pruebas de que eso que decís es falso.

Os aviso que vuestra campaña de desprestigio

no ha hecho mella en mí. -Es terrible,

está... -Está completamente enamorado.

-Si Blanca no vuelve enseguida a casa, serás el hazmerreír,

no solo de las criadas y sus señoras,

sino de todos los clientes del banco, ¿lo has pensado?

-Es verdad, tiene razón.

Pero no sé cómo lo voy a hacer.

-Pues no sé, pero hazlo.

Y hazlo pronto, hijo, porque como me obligues a intervenir,

luego no quiero quejas.

-Doña Antonia, ¿usted está segura de eso del admirador?

-Completamente.

No sé por qué dudas tanto, Raimundo,

porque estarás conmigo en que estoy de muy buen ver.

-Sí, sí, por favor, yo eso no lo discuto.

Peor figurémonos que averiguo quién es,

doña Antonia, ¿qué hará después? -¿Eh?

-Será mejor dejarlo estar,

¿y si se entera don Enrique? ¿Y después qué?

-Pues después...

Después ya veo yo lo que hago.

Tú estate atento.

-Es increíble, ¿quién te ha visto y quién te ve?

-¿Me apoyarás? -Por supuesto que sí.

Cuenta con ese dinero que necesita la Srta. Viñas

para su gira americana y con una buena suma

para la manutención de Magdalena.

-¿Y cuándo podré disponer de él?

-Agilizaré las gestiones todo lo que pueda,

pero aun tardará unos días.

-Gracias. -No me las des, Salvador,

somos amigos. -¿Qué quiere usted de Salvador?

-Quiero que asuma sus obligaciones como padre, ¿eh?

-¿Por qué no le ha dicho antes a Salvador

que tenia una hija cuando nació? ¿O hace dos o tres años?

-Una no siempre hace las cosas cuando debería hacerlas,

¿no le ha pasado nunca?

-¿Y a usted no le ha pasado nunca intuir que le están mintiendo?

Ese niño lo perdí por tu culpa. Fue un accidente.

Que tú provocaste. Yo no quería.

Me da igual, es lo que pasó, Luis.

Desde que ese niño ya no está

lo que había entre nosotros cambió. Mi sacrificio es el mismo.

Lo que te prometí en el embarazo no tiene valor.

Tenemos un vínculo ante Dios.

El vinculo que había aquí ya no está.

Ha insinuado que Magdalena no es tu hija entre otras lindeces.

-¿Qué puedo hacer yo?

-Prométeme que la mantendrás alejada de mí y de Magdalena.

-Está bien, te lo prometo.

Hablaré con ella, no se inmiscuirá más.

-Te engaña para conseguir lo que le interesa:

Dinero para volver a ser actriz de éxito.

-Sé que dice la verdad.

-Me preocupo por ti, te quiero.

No quiero que sufras si descubres que...

Es mentira.

-Entonces deja que conozca a Magdalena.

No te quiero en mi vida y, como eso no puede ser, de momento,

no te quiero en mi cuarto.

A mí no me echas, yo me quedo.

¿Qué haces? Lo que ves, me obligas a irme.

Francisca... No hay nada que hablar, Luis.

Tú eliges quién se va. Ya sé que hoy en día los muchachos

cortejan sin reparos a las muchachas que les gustan,

pero yo quiero cortejarla, Elisa, como Dios manda.

-Oh, pero, don Hilario, esas son palabras mayores.

-Por supuesto que lo son,

por eso debo conocer primero a don Ricardo

y que él me dé permiso para hacerlo.

-¿Sabe qué es usted? Una cínica.

¿Por qué me trata así? Cuando el niño estaba vivo,

para tenerlo y mimarlo era de don Luis.

¿Y ahora que está muerto, para llorar y sufrir es de Gabriel?

Mire, no, ya tomó una decisión, apechugue con las consecuencias.

Váyase a su casa con su marido.

-Mire, cree las oportunidades para hacerse valer

y recuperará a la señora.

-Ni que fuera tan fácil.

-Pues mírelo por el lado positivo,

le ha tocado a usted el mejor cuarto de la casa,

caliente en invierno y fresco en verano.

-Gracias, Merceditas,

pones mucho de tu parte para consolarme.

Blanca, ¿podemos hablar a solas?

Estoy enferma por tu culpa.

Pero tu lugar está en casa, en nuestra casa.

Ya te lo he dicho, no quiero estar contigo,

no quiero estar con tu madre, no quiero estar en esa casa.

He aguantado muchas cosas y ni una más.

Blanca, por las buenas o por las malas, pero vas a volver.

Estoy cansada de tus amenazas.

Blanca, que lo vas a lamentar. ¡Vete, por favor!

Te he dado la oportunidad de hacerlo por las buenas,

ahora atente a las consecuencias.

(Sintonía)

-¿Qué tal ha dormido en su nueva habitación?

Le puse unas gotas de perfume en las sábanas cuando las planchaba

y le dejé abierta la ventana para que le entrara aire fresco.

-Te agradezco el detalle, Merceditas.

-Si la almohada le resulta demasiado blanda o dura

me lo dice, yo se la cambio. -Estaba todo bien,

no ha sido la mejor noche de mi vida, pero no por tu culpa.

-¿Le pongo más café? -No, gracias.

Buenos días, Merceditas. Buenos días.

¿Le pongo el café? Sí, por favor.

¿Cuánto tiempo más vas a seguir sin hablarme?

Me parte el corazón verte así, Francisca.

Si me hablaras, si me dejaras que te consolara,

si estuviera en mis manos retroceder en el tiempo

lo haría sin dudarlo. -Ojalá pudiera hacerse eso, señor,

las cosas cambiarían.

Lo sé, Merceditas, calladita.

-¿Qué más tengo que hacer para pedirte perdón?

Con esa actitud te haces tanto daño como me haces a mí.

Háblame, es bueno que te desahogues.

(GRITA) ¡Háblame, grítame! ¡Haz algo!

Algo antes que este silencio.

Si tan insoportable te resulta mi presencia, me marcho.

(SUSPIRA) Yo, perdone que opine,

aunque no me lo pregunten, pero me da mucha pena.

Merceditas...

Señorita, ¿no ve el esfuerzo tan grande que hace

para arreglar las cosas? Solo le pide una oportunidad.

¿No ve lo mal que lo está pasando? Yo tampoco lo estoy pasando bien.

Perdóneme, señora, pero es que...

Lo veo tan mal que se me parte el alma.

Y no se está portando bien, sino de forma cruenta.

Tienes el don de hablar en el momento más inoportuno.

Ya no tengo hambre.

Ah...

Buenos días.

¿Tan tarde es? -No.

Todavía es pronto, puedes dormir un poquito más.

-Te has despertado antes que yo.

No puede ser.

-Sí, tengo cosas que hacer.

Por cierto, me encantó que te quedaras ayer noche,

deberíamos discutir más a menudo.

-¿Por qué dices eso?

-Porque así nos reconciliamos

y una cosa lleva a la otra...

Me gustaría quedarme un poco más, pero tengo que irme a casa

y luego pasar por la fábrica.

¿Y qué son esas muchas cosas que tienes que hacer?

-Mirar casas. -Ah...

¿Te has aburrido de vivir en un hotel?

-No, el servicio de habitaciones me encanta, pero

creo que este no es sitio para una niña.

-Salvador, ¿no te estás precipitando?

-Diana, soy previsor. -Deberías esperar a conocerla

y, además... -No lo digas.

-Está bien, no lo digo. -Gracias.

-Quizá Olga te está mintiendo y esa niña puede no ser tuya.

-¿Vamos a discutir otra vez lo mismo?

-Te haces muchas ilusiones. -¿Te parece mal?

-No, claro que no, pero no quiero que sufras

y que te lleves desengaños.

-Está bien, prometo...

Prometo no hacer castillos en el aire ni precipitarme.

Pero, en cuanto la conozca, buscamos casa,

que a ti también te tiene que gustar.

-Pero prométeme que te lo vas a tomar con calma.

-Te lo prometo.

Utilizaré esta hora para otros menesteres.

-Debería irme.

-"Debería", esa palabra tan terrible.

-Sí.

Tengo que irme a casa,

desayunar con mis hermanas,

cambiarme,

ir a la fábrica... -Sí, no sea cosa que Rosalía

se entere de que no has dormido en casa,

llame a las autoridades... (RÍE)

-Y, por cierto,

doña Rosalía está cuidando del hijo de Adela y Germán, ¿no?

-Sí, mientras ellos se ocupan de la tienda.

-Tengo que buscar a alguien para que se haga cargo de ella

mientras yo estoy trabajando. -¡Salvador!

-¿Qué? -Lo primero es conocerla.

-Ya, pero alguien tendrá que cuidar de ella.

-¡Dios!

-Ah...

(RECUERDA LAS PALABRAS DE CARLOS) Se trata de mi tío Hilario,

no me parece bien que coquetees con él.

-¿Que yo qué? -Elisa, que nos conocemos,

no te hagas la ofendida.

Sé lo que haces, no me lo niegues.

No vas a aprovecharte de mi tío. -No me estoy aprovechando.

¿De dónde has sacado esa idea?

-¿Lo has convencido o no para que te lleve a un concierto al Real?

-Yo no le he convencido, él me lo propuso y yo acepté.

¿Qué hay de malo en que sea su amiga?

-Todo, Elisa, no puedes ser amiga de mi tío.

-¿Y por qué no? ¿Me lo prohíbes?

-Sí, te lo prohíbo. -Carlitos, no eres mi padre.

-No había probado una horchata más buena desde hace años,

cuando viví en Valencia. -¿También ha vivido en Valencia?

-Sí. Y allí no hay horchata mala.

Sin embargo, aquí el mérito no es tanto

del café donde hemos ido, sino de su compañía.

-Ah. Pues mi compañía se puede alargar un poco más.

¿Quiere que demos un paseo por el Retiro?

-Se nos hará tarde. ¿No estará preocupado su padre?

-No. Por mi padre no se preocupe.

Él confía mucho en mí.

-Se nota que tienen buena relación.

¿Pero no cree que va siendo hora de que nos conozcamos?

-¿Usted y él?

-Elisa, ¿qué quieres?

-Nada.

-¿Por qué no sales a dar un paseo, eh?

Llama a tus amigos y les dices que os invito

a tomar un chocolate.

-Padre, es que quiero contarle algo.

-No entiendo a quienes dicen que quieren contar algo

en lugar de contarlo, ¿no sería más fácil?

-Sí, si supiera cómo empezar con lo que quiero contar.

-¿Qué te ocurre? Me preocupa que

precisamente tú no sepas cómo contarme

lo que sea que te angustia. -¿Angustia?

-No, padre, no es eso, es... Es solo que...

Que...

Ah... -Estás angustiada, mírate.

-Estoy nerviosa porque nunca le he contado lo que quiero contar.

-¿Qué has hecho esta vez? -¿Yo?

-Sí, sí, ¿en qué lío te has metido? (RÍE)

-¿Por qué imagina que he hecho algo malo?

-Porque si fuese algo sin importancia la hubieses dicho,

una cosa buena también,

así que dime por qué estás tan nerviosa,

no soy adivino. -Verá, padre, es importante,

pero no es grave. Y yo no he hecho nada malo, conste.

-¿El tema está relacionado con algún muchacho?

-Eh, más o menos.

-Elisa, ¿o me lo cuentas ya o me voy a leer

la prensa a otro sitio? -No, no, padre, espere.

Verá, tengo un pretendiente.

-¿Un pretendiente? ¿Eso es todo?

-Sí. -¿Qué pasa? ¿Quieres presentármelo?

-Él quiere conocerle, sí.

-Eso significa que es un joven educado

que no tiene nada que ocultar. -Es muy educado, sí.

Y... Y dice que...

Que, si usted no le da el visto bueno,

no puede empezar a salir conmigo. -Cada vez me gusta más.

-Es muy... muy tradicional.

Le gustan las cosas como... se hacían antes.

-Por mí puedes traer a ese pretendiente

a comer o a cenar, cuando quieras,

y así haces las presentaciones, a no ser que sea como Leopoldo.

-No, no, es lo contrario. -No entiendo tanta preocupación

porque un joven te corteje, es lo más lógico a tu edad.

¿A ti te gusta?

-Es un hombre muy interesante.

-Cuéntame algo más. -¿Algo más?

-Si es el joven con el que piensas tener un futuro,

necesito saber a qué se dedica, cómo os habéis conocido...

-Me lo presentó Carlitos. -¿Ah, sí?

Eso es una garantía.

¿Son amigos? -Parientes.

-Mejor me lo pones. -Entonces, padre, le digo que...

Que no puede venir porque está muy ocupado.

-Estoy deseando conocerle.

Si ese joven te quiere bien, será bienvenido.

-Pero, padre, sus negocios... -Elisa, no te preocupes,

mis negocios no van a impedir que le conozca.

Ya sé por qué estás tan preocupada.

-¿Ah, sí?

-Porque piensas que voy a decir algo que te va a avergonzar.

(RÍE) Eso que hacen los padres con los novios de las hijas.

(RÍEN) -¿Y no...?

-En absoluto, me limitaré a escuchar a ese joven.

-Ah... -Pues entonces todo arreglado.

Ahora déjame leer la prensa, por favor.

-Ah...

(Llanto de bebé)

Chis...

Ya, Germancito, ya...

¿Qué te ocurre? ¿Te duele la tripita?

Eso de que no puedan decir lo que les duele es desesperante.

Pues, no sé, serán gases, un cólico, qué sé yo.

Ay... Sígueme contando,

¿qué le dijo el tío a Germán?

Bueno, fue muy desagradable.

Germán le dijo que no entendía cómo llevaba la fábrica,

que las telas no tenían la calidad de antes,

que había entregado menos cantidad de la que pedimos...

¿Y él qué le contestó? Que se buscara otra fábrica,

así se lo dijo, sin pestañear. Hunde la fama de la fábrica.

Le dio igual lo que le dijo Germán, le dio igual y, francamente,

yo no entiendo esta actitud, tanto que luchó para quedarse

con la fábrica, ¿para qué? ¿Para hundirla?

El tío es la cara opuesta de padre.

Totalmente.

Nuestro padre luchó toda su vida porque Tejidos Silva

fuese la mejor fábrica y nosotras nos dejamos la piel

intentando hacer lo mismo. Es un desaprensivo.

La fábrica es un juego para él.

Y nosotras no podemos hacer nada.

Bastante que yo puedo trabajar allí

y traer algo de dinero. Si sigue así acabará cerrando.

Germán y tú os tenéis que buscar otra fábrica,

es vuestro negocio, vuestra forma de vida.

Ya lo sé, ya.

Pero vender telas de otro sitio... Ah...

Por mucho que os duela, tienes que hacerlo,

eso o arruinar la Villa de París.

(Llanto de bebé) Chis...

¿Qué le pasará? -Bueno, ¿a quién tenemos aquí?

(RÍE) Va a ser tenor, doña Rosalía,

apunta maneras. Sí, Germancito, por qué lloras.

No sé... Bueno, me tengo que ir a trabajar.

-Adiós, señorita.

-Ay, pobre... Adiós.

¿Por qué lloras?

No lo sé, doña Rosalía, ni Germán ni yo sabemos

ya qué hacer. ¿Duerme aunque sea a ratos?

No durmió en toda la noche, ni por agotamiento.

Yo creo que deberíamos llevarlo al médico.

Si cada vez que un bebé llora se le llevara al médico,

estarían las consultas abarrotadas.

Será un cólico, todos los niños los tienen.

¿Y qué hacemos? ¿Le preparamos una manzanilla?

Ahora se la preparo, y usted puede irse a la tienda.

Ya me encargo yo de esta preciosidad.

Gracias, doña Rosalía.

No sé qué haría sin su ayuda.

No sabe cuánto me gusta poderla ayudar, señorita.

Vaya, vaya tranquila.

Adiós, chiquitín.

Me da una pena separarme de él. (RÍEN)

(Llanto de bebé)

-Me da mucha lástima vez cómo trata doña Francisca a don Luis.

El pobre tiene una cara de perro apaleado...

-Las cosas en los matrimonios son así.

-¿Así cómo, Raimundo?

¿Uno se pasa todo el día pidiendo perdón

y el otro no abre la boca ni para contestar?

-Bueno, así es, ¿no? -Pues no, Raimundo, no, no es así.

¿O tú te imaginas estar en tu casa con tu esposa

y no dirigirle la palabra? -Mujer, eso tampoco.

-Pues así están ellos dos, y yo en medio.

Y, encima, doña Francisca me ha dicho

que yo me meta en mis asuntos. -Ya.

-"Ya". ¿Pero qué contestación es esa?

"Ya". Al menos dime una frase completa.

-Perdona, mujer, pero es que...

Estoy muy preocupado con una cosa del café

y, además, afecta a más personas y no quiero meterme en líos

pero tampoco meter en líos a nadie.

-¡Desembucha!

-Ah... Que doña Antonia tiene un admirador secreto.

-Ay, ¿pero quién es?

-Nadie. -¿Cómo que nadie?

-Nadie, yo creo que ese admirador secreto no existe

es una invención de doña Antonia y encima va y me encarga

que vigile a los clientes porque seguro que es uno de ellos.

Y yo no veo nada raro.

-Ay, pero eso es emocionantísimo.

Estás investigando, como los detectives

de los folletines del periódico.

-Igualito. -¿Y sospechas de alguien?

-No, mujer, ¿cómo voy a sospechar de nadie?

Además, se le ha metido en la cabeza que su admirador

es una persona de mundo, adinerada, interesante,

inteligente, elegante... Y no se cree que pueda ser,

pues yo qué sé, el boticario, mira, que tiene 80 años,

es cojo y bizco de un ojo.

-Raimundo, qué cosas tienes.

Doña Antonia se merece algo mejor.

-Sí, mujer, yo admito que doña Antonia está de buen ver,

con carácter, con sus buenas caderas...

-¡Raimundo! -Con sus buenas maneras,

para caderas las tuyas, Merceditas.

-Eso.

Y el caso es que, si no lo encuentro,

pues malo para mí, doña Antonia me echará la bronca.

-Seguro que aparece alguien. -Y entonces peor,

seré cómplice de adulterio. -¿Pero qué adulterio?

-Sí, ayer doña Antonia se puso toda elegante

y no lo hizo por don Enrique, lo hizo por el admirador secreto.

Ahí se va a armar una buena y no quiero que me pille en medio.

-No, no va a pasar nada. -¿Y tú cómo lo sabes?

-Porque ella es una mujer casada. -¡Por eso mismo!

Con ganas de engañar a Enrique con el admirador.

-Yo creo que ella se siente halagada,

¿y qué hay de malo en sentirse halagada?

Todos tenemos ojos en la cara y podemos fijarnos en alguien,

eso no significa nada.

-Visto así...

Eh, Merceditas, tú tienes ojos.

-Sí, a Dios gracias. -¿Y en quién te fijas tú?

-Yo en nadie, Raimundo, solo me fijo en ti.

-Ah, ya me siento yo más tranquilo.

(RÍE) Venga, date prisa, o llegaremos al mercado

y solo tendremos lo que nadie quiere.

(Música de ambiente)

-¿Es que esperas a alguien? -Eh, no.

Sí, le dije a Raimundo que viniera antes

a echarnos una mano, pero no ha venido, no sé...

-Oye, Antonia, estás muy...

-Sí, dime... (RÍE)

-Muy... -Hijo, qué don de palabra tienes.

-Guapa, quería decir guapa. -Ya, ya, eso me lo dijiste ayer.

-Dirás que no te digo cosas bonitas.

-¿Cosas bonitas? ¿Cuándo me las dices?

¿Cuándo me has escrito una carta de amor?

-¿Cómo que no? Te mandé una desde el pueblo.

-Sí, para decirme "lo siento mucho,

no tengo tiempo de escribirte". -Ah, pero escribí.

-¿Las cosas bonitas cuándo me las dirás?

-¿Qué cosas bonitas te voy a decir que no sepas?

-Pues todas, Enrique, todas, a una mujer hay que decírselas,

si no, corres el riesgo de que venga otro

y se las diga por ti. -¿Otro?

-¿Qué otro? -Ah...

-Me voy a servir los cafés que se me enfrían.

-Ya, bien.

-Es que lo pienso y no entiendo,

¿cómo tu tío siento tan mayor es tan ingenuo?

-Ya ves, dijera lo que dijera de Elisa, ni caso,

y mira que le dijimos, ¿eh? Es una manipuladora,

que es mi amiga, cierto, pero que lo sea no me convierte a mí

en una ignorante. -Mi tío dijo cosas

que te hacen pensar... -Bueno...

Aquí los tienen.

-Muchas gracias, Enrique.

-A mandar.

-¿Pensar el qué, Carlos?

-Pues el discurso que nos dio, Sofía, reconoce

que eran argumentos muy defendibles.

-"Argumentos defendibles", ya salió el estudiante de notaría.

¿Dónde los ves en que un hombre mayor

se case con una jovencita. -¿Mi tío lleva muchos años solo?

-Cierto. -Y, cuanto más mayor eres,

más solo te sientes, ¿o no? -Pues no lo sé,

cuando sea mayor ya te lo diré.

-Si sigues en ese plan, me callo. -Ah, venga, sigue.

-Que Elisa es muy interesada, sí, porque lo es,

pero le hace compañía a mi tío. -¿Y eso qué más da?

Cuando se case verá que todo es mentira,

ya será demasiado tarde. -Lo que quiero decir

es que mi tío es una persona mayor y lleva muchos años solo

y ha encontrado a alguien que le hace compañía,

y si ese se aprovecha de él es problema suyo, no nuestro.

-¿No podemos hacer algo? -¿Como qué?

-No sé, impedir que sigan juntos.

-No, porque mi tío es un hombre adulto

y toma sus propias decisiones.

-Es que veo un fallo en tu argumentación.

-¿Cuál? -Tú has dicho que si Elisa

se casa con el tío Hilario, el problema lo tendrá él,

pero también lo tendremos nosotros

porque perdemos la herencia. -Ya

-Tú no tienes más tíos millonarios por ahí, ¿no?

-No. -Pues ya está.

(Llanto de bebé)

-Necesito su ayuda, Benjamín. -Pase, pase, ¿qué le pasa?

-He sacado a pasear a Germancito y, desde que hemos salido,

no ha parado de llorar. -Mi Petra también era muy llorona.

-Le he tocado y está ardiendo y, como pasaba por aquí cerca...

-Si me dice lo que puedo hacer...

-Lo primero sería bajarle la fiebre,

¿podría usted mojar un paño en agua fría, por favor?

-Enseguida se lo traigo.

-Yo creo que, además, tiene cólicos.

La Srta. Elisa y Diana también los tenían de niñas.

Es muy común, pero, pobres criaturas,

lo pasan fatal, ¿y quién puede oír llorar a un niño así?

Yo no puedo, yo no puedo. -¿Me dice cómo se lo pongo?

-Aquí, aquí, deme, deme. Se lo pondremos en la frente

y a ver si le bajo un poco la fiebre.

-Venga, chavalín, ya verás como te pondrás bien enseguida.

-Yo he criado a las seis niñas Silva,

pero no recuerdo que lloraran tanto.

-Con el paso de los años estas cosas se olvidan,

las noches en blanco con llantos sin motivo.

Luego crecen y echamos de menos cuando eran críos.

-Vaya, parece que se va calmando. Huy, qué alivio.

-Se ha tranquilizado. -¿Le importa si me quedo

un ratito aquí hasta que le baje la fiebre?

-¿Cómo me va a importar? Mejor aquí que en la calle.

-Sí, muchas gracias, Benjamín. Lo siento...

Usted con lo suyo y yo vengo aquí a molestar...

-No, no, Rosalía, no, usted no molesta,

ni usted ni el niño, ¿estamos?

(RÍE)

-Pero no sé qué podemos hacer porque hablamos con mi tío...

-Y no funcionó. -Hablamos con Elisa...

-Y tampoco funcionó.

-Lo que tenemos que hacer es desenmascarar a Elisa,

pero es muy lista.

Mi tío está obnubilado por su belleza y su juventud.

-¿Su belleza?

-Sí, Elisa es manipuladora, egoísta, interesada,

pero no podemos negar que es guapa.

-Bueno, sí, que es resultona, pero eso da igual.

Ese dinero es tuyo, que sois familia.

-Ya, pero si se casa con mi tío, ella pasaría a ser su familia.

-No quiero ni pensarlo.

-Lo que nos lleva a una conclusión, Sofía,

hay que esperar a que se canse de él, porque se cansará.

Se cansará y encontrará a un joven pues más guapo y más interesante.

-Sí, ¿y crees que se va a olvidar de él?

-No. -Ah...

-La verdad es que no porque mi tío tiene mucho dinero,

es precisamente lo que le interesa. ¿Es viejo? Sí.

¿Podría ser su padre? También. Le da igual.

-Eso es.

-¿Eso es qué?

-Has dado en el clavo: Su padre.

-¿Don Ricardo? -Ajá.

-Hablaremos con él y le contaremos que su hija está saliendo

con un hombre muy mayor. -Claro.

Porque un padre no va a permitir

que su hija se case con un viejo.

¿Te he dicho ya lo lista que eres?

-Nunca está de más que me lo repitas.

Llegó esta mañana y no me lo podía creer. Es una denuncia.

¿De su marido?

Me ha denunciado por abandono del hogar.

Él dijo que iba a conseguirlo por las malas y aquí está.

Yo no sé cuáles son los motivos que tienen ustedes

para separarse, pero, por desgracia,

la ley permite poner esta denuncia.

¿Por qué se empeña en que regrese, si no quiero vivir allí?

¿Qué puedo hacer ahora?

En fin. Una opción es volver a casa.

No, por favor.

Todo menos eso.

¿Qué pasa si no vuelvo? Entonces, Rodolfo podría obligarla.

Se podría presentar aquí con la policía.

Pero tiene que haber otra opción.

Sí. Hay algo que podemos hacer.

Pues dígamelo, por favor, porque estoy muy desesperada.

Podemos ir a juicio. Pero eso lleva mucho tiempo.

Sí. Eso es cierto. Pero, mientras tanto,

podríamos buscar a otra persona que fuera su tutor legal.

¿Y eso qué significa? A efectos legales,

ese tutor ocuparía el lugar de su marido

y no tendría que volver a casa.

Cuando se celebre el juicio, el juez determinará

si debe volver a casa o no.

¿Y quién puede ser ese tutor legal?

Las mujeres casadas pasan a formar parte de la tutela de sus esposos

y esa tutela solo puede cambiarse por otro hombre adulto.

Es que no se me ocurre quién podría ser.

Entiendo. Si tuvieran ustedes un hermano mayor, sería perfecto.

O un familiar varón, un primo...

-Perdón. Pensaba que no había nadie.

Luego vuelvo. -Don Luis, espere un momento.

¿Podemos hablar con usted un segundo?

-Por mucho que muevas las cosas,

la habitación es la habitación.

Le doy un aire nuevo. Así consigo olvidarme de él.

Si pudiera cambiar las camas de sitio, lo haría.

¿Te das cuenta que nos acostamos cada día viendo las mismas cosas?

Sí. Me tranquiliza. Me recuerda que estoy en casa.

Prefiero la variedad. Ver cosas nuevas, aunque no lo sean.

¡Por fin! ¿Qué pasa?

Lo ha publicado. ¿El qué?

La entrevista que hice en la fábrica.

¿De verdad? Mira. Pone mi nombre.

La reapertura del caso de la sufragista Azucena Barbero,

hecho que reclaman dichas manifestantes,

está muy lejos de suceder.

Pero desde estas líneas quiero ensalzar

las cualidades de la señorita Silva y le animo

a seguir luchando por lo que cree.

Qué bonito eso que dicen.

¿Ves? Hay gente que me anima a seguir.

Pensaba que no había nada que hacer,

que no iban a publicar la entrevista, que estaba sola.

Ya ves que no estás sola. Y eso me anima.

¿Y ahora qué vas a hacer?

Me dan igual las amenazas del tío Ricardo.

No es momento de parar. Quiere despedir a las obreras.

Lo sé. Hablaré con ellas.

Encontraremos el momento de manifestarnos,

de noche, madrugada. Tiene que haber otra solución.

Me encanta verte así, animada, fuerte.

Perdóname por pensar solo en mí. No. No importa.

Es importante para ti. Pero tú no estás bien

y me necesitas. Nos necesitamos.

Antes siempre estábamos juntas.

Te echo mucho de menos.

Me encantaría que volvieras aquí al cuarto.

¿Te gustaría volver?

A mí también me gustaría, Francisca.

Pero Luis es tu marido y vive en esta casa.

No le sentaría bien. Me da igual.

Francisca, no digas eso. Algún día os reconciliaréis

y verás las cosas de otro modo. Eso no va a pasar.

Quiero a Luis fuera de mi vida y de mi vista.

Está bien.

Vendré con una condición. ¿Cuál?

Que no toques las cosas. Me gusta donde están.

Deja que quite lo que me recuerda a Luis.

¿Trato hecho?

De momento, voy a buscar mis libros de estudio.

Voy contigo. Luego recojo todo esto.

Por supuesto que acepto ser el tutor de Blanca.

Puede quedarse a mi cargo sin problema.

Muchas gracias. Eres muy amable.

Cualquier cosa, con tal de ayudar a mi cuñada.

Así que ya no tendré que volver con Rodolfo y mi suegra.

No. Gracias a Dios. Y gracias a ti.

De verdad, no sabes lo que estás haciendo por mí.

Puedes contar conmigo para cualquier cosa.

La familia Silva es mi familia.

-Bien. Hay que informar el juez del cambio de tutela.

Debería acompañarme, ya que va a ser el nuevo tutor.

Qué bien que os veo a las dos. Así os lo cuento.

Podré quedarme aquí con vosotras.

¡Qué gran noticia!

Luis será mi nuevo tutor legal,

así que ya no tendré que volver a casa de mi marido.

Pues me alegro mucho por ti.

Estarás muy bien aquí. Lo sé.

Lo más probable es que Rodolfo la lleve a juicio,

pero, hasta entonces, puede estar tranquila.

¿Tardará mucho tiempo? Puede que varios meses.

No sabe el peso que me quita de encima.

Muchas gracias, Luis. Tu marido es muy amable.

En fin, hay que hablar con el juez antes de que sea tarde.

Y usted deberá firmar. -Claro. Le acompaño.

Supongo que necesitaré mi documentación.

-Sí, por supuesto. -Voy a buscarla.

¿Qué? ¿Por qué me miráis así?

Sé que es difícil. Pero si aguantáis ser tratadas

de manera distinta a vuestros compañeros,

colaboráis con la injusticia.

-¿No habían terminado con las manifestaciones?

-Me dijo que no habría más protestas,

que no arriesgaría el puesto

de las trabajadoras. No sé qué ha cambiado.

-¿Y cómo se solucionan las injusticias?

Haciendo que se oiga vuestra voz.

Sé que es muy difícil porque don Ricardo

ha amenazado con despediros.

No os puedo pedir nada, porque no trabajo aquí.

Pero sí os puedo prometer que no os van a despedir.

Y os lo puedo prometer porque tengo una solución.

Si conseguimos que vuestros compañeros os apoyen,

don Ricardo no podrá hacer nada,

porque no puede quedarse sin trabajadores.

-Es una idea magnífica. Mi hermana tiene razón.

Todos juntos podemos conseguirlo.

-¿Quién se suma a la protesta?

-No sé. Las noto ásperas. Como si fueran telas de uniforme.

-Lo siento, pero ya le he enseñado las telas que tenemos.

-¿Ya no hay más? Pues yo necesito otra cosa.

Necesito un traje elegante hecho con una tela elegante

para una cena elegante con unos hombres elegantes.

-Lo entiendo, pero esto es todo lo que su padre nos entregó.

-Vaya. Pues lo siento mucho pero tendré que ir

a otra tienda. Hasta otra.

¿Qué? ¿Has vendido alguna pieza?

No. He recibido críticas de tu hermana Elisa.

No puedes imaginar la cara que ha puesto

cuando ha tocado las telas. Y la entiendo.

No son dignas de esta tienda.

¿Qué haremos? No queda más remedio

que romper la exclusividad que nos ligaba con Tejidos Silva

y comprar a otra fábrica. ¿No hay otra salida?

No. Las clientas se quejan y no compran.

Pues si mi tío no hace nada por el negocio,

poco podemos hacer nosotros.

Pero es una lástima que Tejidos Silva termine así.

Buenas tardes. Aquí les traigo a Germancito.

Ay, dormido como un ángel.

Si es que tiene usted una mano para los niños, doña Rosalía.

Qué guapo es. -Vigílenlo.

Esta mañana tenía un poquito de fiebre.

Igual tenemos que llevarlo al médico.

Últimamente, llora mucho. No creo que tenga importancia.

Los niños a veces tienen cólicos. Ahora está bien.

-Yo acabo de volver, la verdad.

No quiero quedarme sin trabajo

otra vez. -No. Ni tú ni nadie.

-¿Pero no lo entendéis? Se trata de que nos unamos todos.

Todos juntos somos más fuertes que don Ricardo.

-No, señorita. Eso no es así.

Y, además, a nosotros eso del sufragismo

ni nos va ni nos viene. -Escuchadme, por favor.

No se trata de que apoyéis el sufragismo,

ni tampoco que os manifestéis por nuestra compañera

que murió en los calabozos y nadie quiere investigar.

Se trata de que las apoyéis a ellas,

a vuestras compañeras, a las que tenéis al lado.

Porque vuestras mujeres solo conseguirán

que se haga justicia si vosotros las apoyáis.

No lo hacéis por vosotros, lo hacéis por ellas.

Porque no es justo que amenacen con despedirlas.

Y porque todos juntos somos más fuertes.

Don Ricardo no se atreverá a despediros a todos.

(APLAUDEN)

-Yo os apoyo.

-Cuenten conmigo también.

A ver, el que esté de acuerdo, que levante la mano.

-Bien. (APLAUDEN)

-¿Estos aplausos a qué vienen? ¿Hay un circo?

-No, Miguel. No es un circo. Hemos decidido apoyar

a nuestras compañeras para que sigan con las protestas.

-¿Qué? ¿Pero os habéis vuelto locos?

-Eso parece. -Sí. Nos vamos a unir a ellas.

Y te lo advierto, estamos todos de acuerdo.

-Lo siento por ti, pero como encargado

te tocará hablar con don Ricardo para comunicarle nuestra decisión.

-Venga, a trabajar.

-Te vienes a casa conmigo. Me haces daño.

He dicho que te vienes a casa. ¡No pienso volver! ¡Suéltame!

Sé que te llegó el requerimiento policial.

Tengo derecho a llevarte. Te equivocas.

No tienes derecho a nada. Vete a tu casa.

¡Mi casa es tu casa! ¡Esta es mi casa!

No me importa ni tus requerimientos

ni tus denuncias. Vendrás por las buenas

o por las malas. ¿Pero por qué lo tienes

que poner todo siempre tan difícil?

-¿Qué pasa aquí? Acompaña al señor Loygorri

a la puerta, por favor, Merceditas.

Yo no me muevo de aquí. Soy tu marido.

Y vendrás conmigo, lo quieras o no.

No. Señor Loygorri, por favor.

-Merceditas, no te metas. Vete a la cocina.

Merceditas, ve al despacho y trae el auto del juez.

¿Qué auto del juez? Cuando lo leas, lo entenderás.

No tienes ningún derecho a tratarme así.

Y yo no tengo por qué volver a casa, si no quiero.

Blanca, yo no quiero tratarte así, pero me obligas tú

con tu cabezonería y tu comportamiento.

¿Cuándo vas a entender que esto no es ningún capricho?

No voy a volver a casa.

No quiero volver. Dámelo, Merceditas.

Hasta que no se celebre el juicio,

tengo tutor legal y ese no eres tú.

Esto no va a quedar así. Claro que va a quedar así

porque lo ha firmado un juez.

Y ya no puedes hacer nada más.

Bueno, sí puedes. Aceptar la situación y marcharte.

Vete.

¡Ay! Gracias a Dios.

Qué nervios he pasado, señora.

-Bernardo. -Diana.

-Por fin. Qué tarde sale hoy. -Sí.

Eso es por culpa de su familia, que me he tenido

media mañana en el juzgado. Pero ya está resuelto

el trámite de la tutela de Blanca. -Qué bien.

No sé qué haríamos sin usted.

-Pues arruinarse en abogados, seguramente.

-Pues yo voy a abusar un poco más de su amabilidad.

-Miedo me da. -Tranquilo.

No le voy a pedir ningún favor.

Solo que necesito desahogarme. Es por Salvador.

-Casi hubiera preferido lo del favor.

-Desde que Olga apareció y le dijo que tenía una hija,

él no ha dejado de ilusionarse.

-Eso es lógico. ¿No le parece?

-Sí. Todo eso lo entiendo. Pero no me fío de Olga.

Tanto tiempo desaparecida y ahora que no tiene dinero,

resulta que tiene un hijo de Salvador.

¿Todo esto no le resulta muy sospechoso?

-Si la madre tiene dificultades, vería la posibilidad

de conseguirlo a costa de la hija.

Legalmente, puede reclamar al padre.

-El caso que he enviado un telegrama al sitio donde,

supuestamente, está la niña.

-¿Un telegrama para qué? -Para pedir información sobre ella.

-Diana, si Salvador se entera, se va a molestar y mucho.

Usted verá lo que hace.

-Lo sé. Pero solo pensar en el disgusto

que se llevará Salvador si esa niña no existe...

Eso temo, que Olga le está engañando.

-¿Y si dice la verdad y usted está equivocada?

-Necesito pruebas.

-Está bien. Pero no veo de qué manera puedo ayudarla.

-No. Si ya lo ha hecho.

Solo necesitaba desahogarme. Es todo.

-Espero que se equivoque. -Sí. Yo también.

-Veo cómo soluciona los problemas de la fábrica.

Leyendo el periódico. -Ya se ha enterado.

-Es inconcebible que todos los obreros vayan a manifestarse

por una mujer que ni conocían.

-Se pusieron todos de acuerdo.

Poco pude hacer para evitarlo. -No comprendo.

Te dije que atajaras el problema y veo lo bien que lo hiciste.

-El problema lo creó usted.

Si dejara que las obreras se manifestaran,

no estaríamos así. -¿Y arriesgarme a que un policía

siga a una y lo traiga aquí?

-Corremos un riesgo mayor. -Gracias a ti.

-No pude hacer nada por impedirlo.

Don Ricardo, las obreras pueden recuperar las horas

y la fábrica seguirá como siempre. -¡Yo mando en mi fábrica!

Solo faltaba que los obreros decidiesen cuándo se trabaja

-Serán solo unos días. -¿Tú de parte de quién estás?

Porque yo soy el que te paga. -Sí. Lo sé perfectamente.

-Ya que no dan marcha atrás,

no tendré más remedio que despedirlas a todas.

-Con eso no arreglamos nada. No es tan fácil encontrar

a obreras con experiencia textil. -Ya veremos quién gana ese pulso.

-Don Ricardo, los hombres se han sumado a las protestas.

Si las despide, se pondrán de su parte.

-¿Y eso qué quiere decir? -Que se pondrán en huelga.

Y la fábrica no puede permitirse eso.

-Hay mano de obra en la calle más barata.

-Don Ricardo.

En la edición de tarde acaban de publicar

que el Gobernador Civil va a abrir una investigación

en la comisaría donde murió la sufragista.

-¿Y eso qué tiene que ver con todo esto?

-Es lo que piden los manifestantes.

Así que las protestas van a terminar.

Y usted no tendrá por qué preocuparse por nada.

-Así que los obreros me retan y tú me sugieres

que reaccione no haciendo nada.

-Exacto. -Esto es el colmo.

-Ah. Eres tú.

Sí. Soy yo. No sé. Si le molesta, me voy.

Qué cosas se te ocurren. Por supuesto que no me molestas.

No ha puesto cara de alegrarse mucho.

Es que estaba esperando a tu hermano con Blanca

y me ha sorprendido. Eso es todo.

Estoy tomando té. ¿Te apetece? No. Gracias.

Solo he venido a recoger el vademécum.

¿Dónde está Blanca? -En casa de las Silva.

-¿Por qué sigue ahí? ¿No habías ido a por ella?

-Sí. Pero me ha venido con estas.

-¿Qué es? -Una copia de un poder judicial

donde explica que ya no soy el tutor legal de Blanca.

Se ha buscado a otro, don Luis,

el profesor de música, el marido de Francisca.

-¿Qué? ¿Ese mequetrefe tutor de Blanca?

Pero tú eres el marido, el cabeza de familia.

Y ella tiene que estar aquí, junto a ti.

-Ya no. No puedo luchar contra el dictamen de un juez.

-¿Y por qué? Un juez sigue siendo un hombre.

Ya deberías saber que con un hombre se puede hablar o negociar.

-Que no, madre. Las cosas no son tan fáciles.

Tendremos que esperar al juicio de apelación.

-Vamos a ver. Tú eres el marido y los jueces no deberían tener

que opinar en un asunto familiar, privado.

Esto es privado. Rodolfo, buenas tardes.

¿Qué os pasa a todos hoy? Nada.

¿Dónde está tu mujer?

Bueno, es evidente que no está aquí.

Ah, entiendo. Quizás deberíais dejarla tranquila.

Al menos, un tiempo. ¿No os parece?

Cristóbal, querido. Tu consejo será bienvenido

cuando sea solicitado. Claro, madre.

Bueno, ya tengo lo que buscaba. Me voy al hospital.

Tiene que haber alguna manera para traerla de vuelta a casa.

-Si tuviéramos hijos o si Blanca

se hubiera llevado alguna propiedad de la casa,

el juez me daría la razón.

-¿Y vas a esperar? -No tengo más remedio.

-Eso ya lo veremos.

-Madre, déjelo estar.

-No me pidas que lo deje estar, Rodolfo.

Blanca se va a separar de ti legalmente.

Ahora con esto se va a hacer evidente

que te ha abandonado y que sigue viviendo

en casa de sus hermanas. Así que no me pidas semejante cosa.

-¿Dónde quiere que le deje los libros?

-Déjalos por aquí. Luego los colocaré.

¿Podrías ayudarme mañana a traer el resto de mis cosas?

-Le ayudo en lo que haga falta.

-¿Pero? -No he dicho ni esta boca es mía.

-Hay veces que no hace falta hablar. Tu cara lo dice todo.

-Bueno, si tanto se me nota, se lo voy a decir.

Si no, reviento. No me gusta nada nada

lo que está haciendo su hermana Francisca con su marido.

Y usted la está ayudando.

-¿Te has quedado a gusto? -Mucho.

Y ahora, discúlpeme por meterme donde no me llaman.

-Si en el fondo razón no te falta.

-De siempre se ha dicho que el casado, casa quiere.

Y en el caso de su hermana, ni casa ni habitación ni nada.

Y eso no está bien. -Lo que no debería haber hecho,

es casarse con Luis. -No diga eso.

-Siento decirlo. Pero no me gusta ver a mi hermana así.

-Pero esta no es la solución. Echar a don Luis

de su habitación de matrimonio solo empeorará las cosas.

-Me lo ha pedido ella. -Claro.

Y como don Luis no es santo de su devoción,

usted ha visto el cielo abierto, ¿no?

Usted quiere ayudar a su hermana. -Por supuesto que sí.

-Pues, entonces, ayúdela a mejorar su relación con su marido.

-¿Cómo? Es imposible comunicarse con él.

-Pues para empezar, no eche más leña al fuego.

-Tienes razón.

-Entonces, ¿llevamos las cosas de vuelta?

-No. Yo le he dicho a Francisca que vendría a dormir aquí

y lo haré. No quiero que se enfade conmigo.

-Bueno. Pues ya veremos cómo se lo toma

don Luis cuando se entere.

-Aquí tienes lo que me pediste y algo más de mi parte.

-Salvador, esto es justo lo que necesito

para comenzar una nueva vida y te lo voy a deber a ti.

-Tienes para pagar el pasaje a Argentina

y para asentarte ahí hasta que empieces la gira.

-Gracias. Yo no sé qué habría sido de mí sin tu ayuda.

-Eres la madre de mi niña.

No tienes por qué darme las gracias.

-¿Te importa si...? -No. No, por favor.

¿Cuándo la voy a conocer? -Mañana mismo.

Sí. Ella ya lo sabe y está deseando conocerte.

-No sé cómo voy a poder manejarme.

Soy hijo único, no tengo sobrinas ni nada parecido.

-Y tu amigo Bernardo tenía hijas, recuerdo.

Sí. Gemelas. Pero son unos demonios.

-Magdalena tiene muy buen carácter.

-¿Ah, sí? -Sí, sí, sí.

-Bueno, cuéntame más cosas. ¿Qué le gusta hacer?

¿Cuál es su comida favorita? -El chocolate.

Le encanta. Es muy golosa.

Cuando me enfado con ella, la castigo diciéndole:

"Magdalena, nada de chocolate".

-¿Su juguete favorito? -Su juguete...

Una muñeca que le regalé cuando tenía un año.

Desde entonces, no se separó de ella.

Está destrozada pero no le importa.

-¿Y qué más? -Qué más... Pues cuando tenía

dos años y medio se hizo una brecha en la barbilla.

Se cayó por unas escaleras.

¿Te puedes creer que ni lloró?

-Tiene que ser una niña muy especial.

-El médico me dijo que era la niña más valiente

que había pasado por la consulta.

¿Te estoy aburriendo con tanta anécdota?

-¿Aburriendo? No. Quiero escucharlas todas.

-Su cuento favorito, por ejemplo,

era una niña que tenía un gato invisible.

Ya la puedes ver a ella buscando

por toda la casa ese gatito invisible.

En la habitación nos poníamos a buscar debajo de la cama.

Dentro de las cazuelas, en la cocina.

-Eh. Olga, no estés triste.

-Es que la voy a echar mucho

de menos, Salvador. -Lo sé.

Pero conmigo no le faltará de nada.

Y le hablaré de ti todos los días.

Te escribiremos cartas todas las semanas.

También tienes que escribirnos para contarnos qué tal va la gira.

-Sé que va a estar muy bien contigo.

-No sé si podré esperar a mañana para conocerla.

No voy a poder dormir ni una hora.

-Bien. Suficiente por hoy. Sí. Mañana más.

Buenas tardes. ¿Usted quién es?

-Don Joaquín Estévez. Mi profesor de canto.

Y gracias por la lección de hoy.

Mañana a la misma hora. Ha sido un placer.

-¿Me puedes explicar quién era?

Mi profesor de canto, ya te lo he dicho.

Hoy ha sido la primera clase.

Tienes que despedirle. No.

Estoy harto de tus desprecios,

que no me hables, que me ignores.

Esto es un golpe bajo. Lo has hecho solo

para hacerme daño. Lo hago porque quiero cantar

y no quiero tenerte de profesor.

Estás siendo injusta. Fue un accidente.

¿Cuántas veces te lo tengo que decir?

Ni una. Da igual. Nada cambiará lo que pasó ni cómo me siento.

Me estoy esforzando. Me esfuerzo mucho.

He aceptado ser el tutor de Blanca para que no nos separemos.

Llámala a ella para que te dé las gracias.

Despide a ese hombre, por favor. No pienso hacerlo.

Por cierto, Celia va a instalarse otra vez en el cuarto.

Esto lo arreglo en menos que canta un gallo.

-No quiero que tengas problemas por mi culpa.

Y menos ahora que Salvador Montaner ha conseguido

que recuperes tu trabajo. -Para estar mano sobre mano.

Últimamente, lo que se dice trabajar, poco.

Apenas hay encargos y parece que don Ricardo

no se preocupa por buscarlos.

-¿Tan mal están las cosas? -O cambian pronto

o tendré que buscarme otro empleo. Yo y todos los demás.

-¿Cómo es posible que a media mañana no tengamos nada que hacer?

-Es lo normal, teniendo en cuenta las circunstancias.

Si no entran nuevos pedidos, poco se puede trabajar.

-La Villa de París le encargó telas a otra fábrica.

Era nuestro mejor cliente.

Después de cómo lo ha tratado mi tío...

-No es lo único. Recibimos quejas

de las tiendas de Valencia y Barcelona.

Se han buscado a otro proveedor. -Esto es el principio del fin.

-¿De qué quería hablarme? -Sí.

Vine porque tengo que darle una gran noticia, señorita.

Las manifestaciones por la muerte de Azucena Barbero

han llamado la atención de las autoridades.

Tanto es así, que tomarán cartas en el asunto.

-¿Lo has olvidado? -¿Qué?

-Diana, voy a conocer a mi hija. -Sí.

Perdona. Lo había olvidado.

-Estoy nervioso. ¿Y si llora al verme?

¿Y si le caigo mal? Las hijas de Bernardo me odian.

-Eso es porque Purificación las puso en tu contra.

-Seguro. ¿Y cómo debo dirigirme a ella?

¿Cómo la llamo? ¿Hija?

-Unámonos. Hagamos frente común contra esa mujer.

Sé que no volveremos a llevarnos igual de bien.

Pero juntas podemos evitar que doña Dolores

siga metiéndose en nuestras vidas.

Por fortuna, a mí eso ya no me afecta.

¿Eso crees? Doña Dolores no consentirá que pongas

a la familia en boca de todos.

Hará lo que sea para que vuelvas a casa Loygorri.

¿Qué dices? ¿Quieres ser mi aliada?

-Eh, tú, que llevas evitándome toda la mañana.

¿Qué hay de lo mío? -¿Cómo de lo suyo?

-No te hagas el tonto. ¿Qué has averiguado?

-Nada. ¿Qué quiere que le diga?

-Bueno, ¿y que la trae por aquí?

Hace mucho tiempo que no honraba esta casa

con su visita. -La verdad es que no sé

muy bien por qué he venido.

Me ha pasado algo y creo que usted es la única persona

capaz de entenderme. -Últimamente, no entiendo nada.

-Ya verá cómo esto sí.

-¿Es la ropa del bebé? ¿La estás guardando?

Sí. ¿Para qué voy a dejar que ocupe sitio

algo que nunca voy a usar? Podríamos tener otro hijo.

¿Quieres sustituir a un hijo por otro?

Me da igual lo que te diga la señorita Blanca.

Tienes que dejarnos pasar a estos señores y a mí.

-Pero, doña Dolores, comprenda que yo solo hago mi trabajo.

¿Qué ocurre? Le juro que he intentado

que me dieran el recado. No te preocupes.

Puedes retirarte. Usted dirá a qué viene esta visita.

Lo sabes. ¿Dónde está? ¿Dónde está el qué?

¿Le preocupa algo? La noto inquieta.

-Es que debo contarle algo. -Solo hay una manera

de averiguar lo que le preocupa. Adelante.

-Verá. Hablé con mi padre, como usted me pidió.

Y le he transmitido su deseo por pedirlo permiso

para cortejarme. -¿Y qué ha dicho al respecto?

-Cuando he llegado, estaba en el correo.

Al ver el remite, casi me da algo.

¿Carmen de Burgos? ¿Te acuerdas de ella?

Como para olvidarla. Hablabas de ella día y noche.

¿Vuelve a Madrid? De momento, no.

Pero ahora viene la gran noticia.

-Necesito hablar contigo. -¿Qué quieres? Tengo prisa.

-Se trata de Olga. -No quiero seguir discutiendo.

Tengo que reunirme con ella. Es importante para mí.

Necesito estar tranquilo. -De eso se trata.

No sé a quién vas a conocer esta tarde,

pero no va a ser a Magdalena Viñas.

-Y eso lo sabes por una de tus corazonadas.

-Te lo puedo demostrar. -¿Hasta cuándo vas a seguir

obsesionada con que Olga me engaña? -Es la verdad.

Mira. En cuanto lo recibí, vine corriendo a enseñártelo.

-Yo creo que tiene fiebre.

-¿Has probado a ponerle compresas frías?

-Sí. Y le he dado manzanilla, como hizo usted ayer, pero nada.

Estoy muy preocupada. No sabía si ir a buscar al médico,

esperarla a usted o ir a la Villa de París

a avisar a la señora Adela. -Esto no es un cólico.

¿Dices que el teléfono no funciona?

-No. -Vete a buscar el doctor Loygorri.

Deprisa. -¿Cree que es grave?

-Pues no sé. A lo mejor es un simple resfriado,

pero más vale prevenir.

-Necesito hablar contigo. ¿Y esos modales?

¿Desde cuándo se entra sin llamar?

Desde que este es el cuarto de mi esposa.

Eso no es excusa. Estoy harto de esta situación.

Antes me he marchado, pero esta vez no me pienso mover

hasta que hablemos. -No os preocupéis.

Me voy a estudiar. Tú no te vas a ninguna parte.

No entiendo por qué quería hacerse con la fábrica

para dejar luego que se hunda. Creo que tu tío tiene

otros negocios de su época en América.

Son esos negocios los que le interesan.

Entonces, ¿la fábrica? ¿Quería que no la dirigiéramos?

¿Qué sentido tiene eso?

Merceditas, ¿qué haces aquí? Es que los teléfonos no funcionan.

He venido lo más rápido que he podido.

¿A qué viene tanta urgencia? Tienen que acompañarme.

Vamos, deprisa. ¿Qué pasa? ¿Es el niño?

Sí. ¿Qué?

¡Vamos!

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  • Capítulo 157

Seis Hermanas - Capítulo 157

02 dic 2015

Blanca consigue evitar a Rodolfo con la ayuda de Bernardo y Luis. Celia acude a la fábrica para pedir ayuda a todos los trabajadores y continuar con las manifestaciones a favor de la sufragista fallecida. Francisca ignora a Luis y contrata a otro profesor de canto para seguir con sus clases. 

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  1. Nancy

    Desde unas semanas solamente no he podido ver los videos de "las seis hermanas". Puedo ver otros videos entonces es que hay un problema solamente con estos videos de esta serie y algunas otras. Para mi es que Rtves no queren que veamos series nuevos. O asi da la impression.

    04 dic 2015
  2. Jacqueline Estevez

    Alguien mas esta teniendo porblemas para ver los videos fuera de Espana? No hay streaming desde la semana de noviembre 16. Alguien tiene alguna informacion?

    03 dic 2015
  3. matias

    hasta cuando el poder de Dolores y Ricardo???? es que nunca las hermanas van a tener un momento de paz????? las criadas que se meten en la vida de las señoritas en todo momento, pretendiendo hacerles pagar sus frustaciones. Es hora de que las hermanas, sean un poco felices. Es demasiado denso tanto poder concentrado en dos personas, es que no hay justicia lejitima???? son todos los jueces corruptos????

    03 dic 2015
  4. Mars

    Yo veo las novelas de TVE acacias 38 (que me parece tediosa y odiosa) y 6 hermanas desde México. Leo que muchos tienen problemas con la reproducción de los vídeos, yo lo veo desde mi móvil en el navegador Chrome y no he presentado problemas para verlos. Lo más probable es que sea problema de su navegador en PC o smartphone. Prueben verlo en este navegador ya que no todos soportan los complementos para la reproducción de vídeos. Y FELICIDADES POR ESTA MARAVILLOSA SERIE 6 HERMANAS.

    03 dic 2015
  5. Macun

    Casi todos los días hay un error en esta serie. A los 30 min aprox hay una falta de señal, sale una pantalla verde y después continua pero perdiéndose bastantes minutos del capítulo. Puede ser la cinta de magnetoscopio si es este el soporte que utilizan, que no esté bien pistada y no graben por ensamble. Hoy no tiene ese error pero sí ayer y muchos otros día,también lo he notado con un capítulo de Carlos I. Espero que se resuelva pronto. Muchas gracias.

    02 dic 2015
  6. isabel

    Cada día peor. Estoy trabajando y me desespera no poder ver los capítulos ni por el smart tv ni por el teléfono. ¿q esta pasando?

    02 dic 2015