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No recomendado para menores de 7 años Seis hermanas - Capítulo 134 - ver ahora
Transcripción completa

Alonso es...

Su trabajo implica estar en contacto con documentos confidenciales

Bueno ¿y eso qué importa?

Pues que por su seguridad, por la mía... debemos cambiar de identidad.

Y nada de visitas.

Pensé que podía compartir tu misión, pero...

-Entonces esto es una despedida. -Quizá es nuestro destino.

Lo ocurrido ayer bien merece una explicación.

Fue... un impulso. -Entiendo...

-Tú no entiendes nada. -Has dejado a Alonso

porque te has dado cuenta

de que me quieres a mí. ¿Ves como lo entiendo?

-Deja de imaginarte cosas que no son.

-¿Y qué puedo pensar?

-Pues no pienses nada y deja a Alonso en paz.

-¡No me lo puedo creer!

Elisa... Venía a hacer un encargo,

pero creo que mejor me voy a otra tienda.

Espera, escúchame un momento.

Adela, no me vengas ahora con "eso no es lo que parece".

Dele una oportunidad para explicarse.

-Es que si se la doy, va intentar convencerme como sea

que lo que hizo no estaba tan mal.

Sí, hará como que está arrepentida

pero con la boca pequeña y hará de su capa un sayo.

Eso ya me lo conozco. -Si quieres

que me aleje de ti, lo haré. -Pues será lo mejor para los dos.

-Pues quizá sí.

Así te reconcilias con tu padre y no tre preocupas de lo que digan

o dejen de decir y todos contentos. -Sí, contentísimos.

-Perfecto. -Muy bien.

-Ahora que las aguas vuelven a su cauce

vamos a continuar con los envíos de opio.

-¿Cuándo? -No lo sé, en los próximos días

llegará un nuevo cargamento y actuaremos como de costumbre.

-Hay una cosa: con la Sra. Loygorri de por medio

creo que deberíamos tener cuidado.

Esa mujer no ha trabajado en su vida.

No creo...

Que vaya a meterse...

En el funcionamiento... de la fábrica.

Pues no me dió a mí esa impresión cuando visitó la fábrica.

¿Qué querías? Necesito hablar contigo,

pero con mi madre aquí es imposible.

Mira, esto es un pequeño pez, Blanca.

Muy discreto, cuando salga del hospital pasaré por aquí,

¿de acuerdo? Pondré como excusa que tendré que hacer alguna visita.

Perfecto.

-Tu padre es un hueso duro de roer,

pero Rosalía le acabó ablandando.

-No me lo ha parecido en la fábrica.

-Estará buscando el momento para hablarte.

-Ah, ojalá.

Ay, gracias. -Pero no te pongas así.

Si todo se va a solucionar.

Yo estoy enamorada de ti pero no me lo pones fácil.

-¿Sabes lo que pienso?

Que Bernardo es una tapadera y que yo sobro,

pero no te preocupe, pero desapareceré

y os dejaré el campo libre para que viváis la historia de amor.

Cristóbal ha alquilado una habitación de hotel

sin consultarme, por supuesto.

Blanca estaba al corriente de todo. -Ah... ¿Cómo?

-Lo ha hecho para trasladarnos mientras encontramos una casa.

Los esfuerzos por convencerle

para que monte su consulta han surtido efecto.

-No es normal que dos parejas de recién casados compartan casa.

¿Y por qué te pones así? Es por su forma de irse,

como si algo les empujara a hacerlo.

Más pronto que tarde me enteraré de qué pasó.

Espero que no tengas nada que ver. ¿Yo?

Lo que estás insinuando es de muy mal gusto y me ofende.

Entonces, ¿renuncias a él?

Sí...

¿Lo has pensado bien? Cásate con él...

No sufras por mí, yo no... diré nada.

Guardaré el secreto.

Carolina, el médico me ha dicho que no tenemos que según qué temas.

-Querrás decir según qué personas.

-Es por tu bien. -Yo estoy bien, Germán.

Qué ganas de volver a ponerme frente al mostrador.

Tendrás mucho trabajo estos días, ¿no?

No te preocupes, en seguida vuelvo a estar al pie del cañón.

Oh, ven aquí. No pasa nada, mi amor.

-Después de todo lo que vivimos, me lo debes.

¿No merezco una segunda oportunidad?

-El problema es que ahora yo también tengo amnesia,

tendrás que esperar a que se me pase.

-Diana, no puedo esperar.

-Lo siento.

-Está bien, ya sabes donde vivo.

-¿Quieres ser mi novia?

-¿Tú lo dices en serio? -¡Claro que sí, Merceditas!

Por favor, ¿pero cómo tengo que decir las cosas

para que se me tome en serio? Te saqué a pasear...

-Que sí que quiero. ¿Cómo no voy a querer?

Me casaré con él y tendremos los hijos

que Dios mande, al menos tres, porque los hijos traen felicidad,

¿no le parece? No, eso no es siempre así.

Que sí, mujer. No, no, mírame a mí.

La criatura que llevo en mis entrañas

es la causa de mis problemas.

Necesito a alguien que me acompañe al altar.

¿Rodolfo?

Blanca, por favor. Está bien.

No sé, me han contado en el mercado que había funcionarios conchabados

en apuestas ilegales.

El Director General de Seguridad decidió cortar por lo sano.

-Hay que ir con cuidado para que no se juegue,

-Hay que estar atentos para que no aparezca una baraja de estrangis

y se pongan a jugar. -Perdermos dinero.

-Más perdemos si nos cierran.

-Le queda perfecto, señorita, un toque de plancha y listo.

Y a poco que sonría, será la novia más hermosa del mundo.

-No te preocupes porque viera el vestido.

Ah, no. Tú y yo vamos a ser muy felices.

¡Francisca, tu anillo!

Ay, se me debió caer ahora.

-Me casé contigo a pesar de todo

y, si sigues a mi lado después de todo lo que ha pasado

con el regreso de Cristóbal es porque tienes un cometido:

Perpetuar el apellido Loygorri. Rodolfo, yo...

No, Blanca, Blanca.

Blanca.

No quiero más excusas.

Ya que es imposible que me des amor,

al menos dame un hijo.

Voy a prepararme esa tisana. No, Blanca.

No vas a preparar nada.

Vas a subir arriba, a la habitación,

te vas a acostar en la cama y me vas a esperar.

Yo me voy a tomar una copa

y ahora subo.

(Sintonía)

-Conozco muy bien a mi padre y, aunque esté de espaldas,

ya sé si está de buen humor o no.

Hoy no parecía que quisiera arreglar las cosas.

A ver, ¿le he echado azúcar ya? -Tres veces, vas a tomar un sirope.

Petra, vas a hablar con tu padre que es lo que querías, ¿no?

-Sí, pero me sorprende que doña Rosalía

le haya convencido porque con lo testarudo que es.

-Doña Rosalía es... No sé cómo lo hace,

pero consigue decirte las cosas que no querías escuchar.

-Bueno, se lo agradezco, al menos podré explicarme.

-¿Y qué le vas a decir?

-Uf...

¿Pues qué le voy a decir?

Pues lo que siento por Bernardo,

que estoy enamorada y que...

¿Por qué pones esa cara? ¿He dicho algo malo?

-Petra, ¿por qué te echó tu padre de casa?

-Porque me vio con Bernardo.

-También te vio muchas veces con Miguel

y no tuvo problema en que os hicierais novios.

Por supuesto no te echó de casa.

Tu padre no puede asimilar que te veas con un hombre casado.

-Bueno, Bernardo ya no es un hombre casado.

-Pero a sus ojos sí, o recuerda lo que te dijo.

-Sí, que estábamos empezando la casa por el tejado.

-Da igual que tú hayas hecho las cosas bien,

que no hayas hecho nada malo,

si tú lo que quieres es solucionar las cosas con tu padre

no intentes convencerlo y no le digas que está equivocado.

-Ya, pero está equivocado. -Eso ahora da igual

si quieres solucionarlo. -¿Entonces qué le digo?

-"Usted tenía razón y yo estaba equivocada".

-Ya., pero, Celia...

-"Usted tenía razón y yo estaba equivocada".

Y ahora no me hago la idea de perder a mi padre para siempre.

Él tiene que ver que tú estás dispuesta

a hacer las cosas bien, en el orden correcto.

Según su criterio, claro.

-¿Y luego? -Y, luego, dale tiempo.

Poco a poco se hará a la idea.

Y yo estoy segura de que acabará aceptando a Bernardo.

-Ojalá.

-Si tú quieres solucionar las cosas con tu padre,

no intentes llevarlo a tu terreno,

déjate tú llevar al suyo.

Buenos días. Buenos días.

Podemos sentarnos a desayunar cuando quieras.

¿Y no esperamos a tu madre?

No, se ha ido a ver al padre Dimas,

algo de la preparación de Todos los Santos o algo así.

En verdad, yo quería dejarte desayunando con ella,

mis hermanas me esperan.

¿Se puede saber para qué?

Tenemos que preparar la casa para mañana.

Pero... ¡Es la boda de Francisca!

¿No te acuerdas? Ah, pues no, no,

la verdad es que no me acordaba.

Recuérdalo, quedé con ella es que seremos sus padrinos.

¿Sí? ¿Sin contar conmigo? No hay que hacer nada en especial,

solo firmar el acta nupcial y acompañarla, claro.

Pero...

¿En qué cabeza cabe que sea el padrino de esa boda

si ni siquiera voy a asistir?

¿No vas a ir a la boda de Francisca?

Desde luego que no. ¿Y en qué lugar me dejas a mí?

¿Cómo va a ir la madrina sola sin el padrino?

Por eso no tienes por qué preocuparte,

tú tampoco irás.

-Los padrinos de la novia, que son Blanca y Rodólfo,

los del novio que ya están aquí también.

Nosotras, eh... ¿Vas a invitar a los del café?

¡Por Dios! No sé en qué estaba pensando, perdóname.

¿Y a la gente de la fábrica? No lo he pensado aún.

Pues eso sí hay que pensarlo,

hay que pensar si invitaremos a Salvador Montaner.

Ay, pues pensadlo vosotras,

solo os pido que no juntéis a una muchedumbre,

no quiero llamar mucho la atención.

Algo tendrás que llamarla, que no te casas todos los días.

Perdonad el retraso, tenía que hacer una llamada.

¿De quién hablabais? De Salvador Montaner.

¿Lo invitamos o no? Cualquier opinión se acepta.

Por supuesto, él nos dio el dinero de la hipoteca.

Si no llega a ser por él estaríamos viviendo en la calle.

A mí me parece una razón más que suficiente.

¿Diana?

No sé, es tu boda.

Como tú quieras. Ah...

Pues apunta. Salvador Montaner.

Salvador Montaner, apunta.

Habrá que llamarlo por teléfono para invitarlo formalmente.

¿Cuál es el número de su habitación?

¿Su habitación?

Sí, la habitación del hotel Excelsior donde se aloja.

¿Cuál es el número de la habitación?

Diana, ¿cuál es el número de la habitación del Sr. Montaner?

¿Qué? Eh... No sé.

¿Cómo voy a saber yo la habitación en la que está él?

Bueno, llamaré a la fábrica para salir de dudas.

La tía Adolfina llamó esta mañana. -¿Y qué dijo?

-Desgraciadamente, no va a poder venir a la boda.

-Ah, ¿y por qué? -Tiene que guardar reposo absoluto.

No se encuentra bien, tiene la rodilla mal

algo de los cartílagos. -Ah, benditos cartílagos.

-"Malditos cartílagos" querrás decir.

-Ay, sí, naturalmente. La vamos a echar mucho de menos.

Pues solo queda una persona por decidir:

Elisa. ¿La invito o no?

Rodolfo, por favor, recapacita, es mi hermana.

Sí, para tu desgracia y para la de toda mi familia.

No seas injusto. Por su culpa estuvimos

en boca de todos, ¿te recuerdo las aficiones de Bella Margarita?

A mí tampoco me gustaba que cantara en ese sitio,

pero eso se acabó.

Francisca se casará con un hombre respetable.

Sí, con muchas prisas.

Y las prisas siempre son sospechosas.

No digas eso, nosotros hicimos lo mismo.

Y bien sabes por qué.

Blanca, solo digo lo que comentará todo el mundo.

Rodolfo, por favor,

ya sé que debería habértelo dicho antes,

pero es mi hermana,

¿qué menos que acudir y ser sus padrinos?

Yo no voy a ir.

Está bien.

Si tú no quieres ir, estás en tu derecho,

pero no faltaré en un día tan importante para mi familia.

Tu familia soy yo, te has convertido en una Loygorri

y obrarás en consecuencia.

No permitiré que pongas en entredicho mi apellido.

Suéltame, por favor, me haces daño.

Blanca, ante Dios me juraste respeto y obediencia

y no vas a romper ese compromiso.

Así que llama a tus hermanas

y excusa tu presencia en esa boda, ahora.

-Nos vendió, eso es lo que hizo.

Bastante mal estábamos, ¿y quién nos dio la puntilla?

-Ponte en su lugar... -No, no me pongo en su lugar,

Le faltó tiempo para ir al tío Ricardo a contarle

lo de la muerte de padre. ¿Y qué pasó después?

Perdimos la fábrica, detuvieron a Adela...

Y la cosa fue en picado.

Todo esto le superó, solo tiene 17 años.

Solo tiene 17 y es un bicho. -A la boda de Blanca...

-¡A la boda de Blanca vino para restregarnos que

si necesitábamos el dinero ella nos lo podía dar!

Y os recuerdo que todas estabais deseando que se fuese.

Yo la vi ayer.

¿A Elisa? En la tienda.

Y la verdad es que se comportó de una manera...

De lo más grosera, la verdad.

Razón de más para no invitarla.

¿Tú qué dices, Francisca? Yo quiero que sea un día tranquilo.

¿Y qué tranquilidad habrá si viene ella? Ninguna.

Yo no estoy de acuerdo. No estás de acuerdo

porque te empeñas en que no nos odia,

y no es así, Adela.

No tenemos que darle motivos para que nos odie.

No es más que una niña que equivocó el camino.

Tenemos que hacer lo posible porque vuelva.

Esa niña, como dices, nos dio la espalda

y cuando le pedimos ayuda se mostró altiva y despiadada.

Diana tiene razón, no la disculpes.

No la defiendas.

¿Sabéis en quién pienso cuando la defiendo?

En padre, él siempre hizo lo posible porque nos quisiéramos.

¿Os acordáis lo que decía cuando nos enfadábamos

las unas con las otras? ¿Qué decía?

Que teníamos que hacer las paces de corazón antes de ir a dormir.

Si no, tendríamos pesadillas. Y yo las tenía, vaya que sí.

¿Que creéis que diría padre ahora?

Que hay que invitar a Elisa a la boda de Francisca,

como si lo viese. -Entonces habrá que invitarla.

Diana, invítala tú. ¿Yo?

¿Por qué yo?

A ver, dame una razón. No, te doy tres:

Francisca está indispuesta,

Celia va tarde a la escuela de maestras y yo voy a trabajar.

Yo también voy a trabajar.

Si estás aquí es que no tienes el primer turno, tienes tiempo.

-Se lo agradezco mucho, padre. -Ya hablaremos después del trabajo.

Volvamos a nuestras obligaciones.

-¿Voy esta tarde a casa a verle? -Ajá.

Petra, un momento.

¿Gabriel no ha venido todavía?

-No, últimamente llega tarde

pero, bueno, mientras no se entere Miguel.

-Ahí está.

-Ah... Si pregunta Miguel, estaba en el almacén.

-Ya, pero a ver... Está todo...

-Chis...

-¿Acabas de llegar ahora?

-No, estaba en el almacén.

-¿Haciendo qué?

-Revisando el inventario,

ayer me pareció que faltaba hilo de algodón.

-Yo soy quien decide quién hace qué, ¿estamos?

-Estamos. Estamos, estamos.

-Has estado bebiendo. -No.

-¿A esta hora, Gabriel?

-¿Me vas a decir qué he desayunado?

Ha sido solo un trago, estoy bien para trabajar.

-A ver si es verdad.

Sé que ayer también llegaste tarde.

(ACTIVA LA MÁQUINA)

-A ver, los encargos para la modista.

El vestido de la viuda de Mendoza:

Que le coja la cinturilla en la segunda marca.

Se empeña en meter tripa cada vez que viene

y luego pasa lo que pasa.

El resto, coger los bajos y que se dé prisa, sobre todo,

con el ajuar de la hija de los Sánchez de Blas.

Hace dos semanas que deberíamos tener las sábanas bordadas

y se nos echa el tiempo encima. Muy bien.

¿Te acordarás de todo? Son tres cosas, Germán, no 300.

Ah... Voy a buscar el dinero para que le pagues.

(Llanto de bebé)

¿Qué dices tú, gordinflón?

¿Qué dices tú? ¿Qué?

Como sigas engordando no cabrás en el moisés.

(Llanto con fuerza) Huy, huy, huy, huy.

No quería ofenderte yo a ti, chiquitín.

Pero si tú eres muy guapo, ¿eh?

Buenos días.

Doña Dolores. ¿Adela?

Ah, esta es la mejor época,

cuando te necesitan a todas horas y no saben hablar.

Luego ya, cuando crecen, empiezan a tener su propia opinión.

¿En qué puedo ayudarla? No he venido a comprar nada,

solo quería constatar que el rumor que corre

por todo Madrid era cierto y veo que, efectivamente, lo es.

Ya que vino, puedo enseñarle alguna tela.

Solo por curiosidad, Adela,

¿no se te cae la cara de vergüenza

de estar ahí tras ese mostrador despachando?

No hay nada indigno en lo que hago, doña Dolores.

Bueno, eso depende de lo ancha que tenga una la moral.

Y dime una cosa, ¿solo ejerces de dependienta

o también de madre y de esposa?

Solo ayudo a Germán con los pedidos, me ofende usted.

¿Que yo te ofendo? ¡Qué desfachatez!

Eres tú quien nos ofende a todos e intentas tomarnos el pelo.

Mire, no voy a consentirle... No tendrás ocasión, no te alarmes,

no pienso volver a poner un pie en esta tienda y, además,

me aseguraré que mis amigas, que no son pocas,

hagan todas exactamente lo mismo.

-Buenos días, doña Dolores.

-Buenos días. Y adiós, Germán, ya me iba.

-Perdone, ¿no cree usted que es una torpeza decirle

a sus amigas que dejen de comprar en nuestra tienda?

-¿Perdón? -Según tengo entendido,

desde ahora los Loygorri poseen parte de la fábrica.

-Veo que las noticias vuelan.

-Como los rumores.

-Pero, en este caso, sí es una noticia.

Y, efectivamente, así es, veo que tiene quien le informe bien.

-¿Ha tenido ocasión de mirar los libros de cuenta de la fábrica?

-No, no tengo ni tiempo ni la menor intención de hacerlo,

para eso están los empleados. -Pues debería.

¿Sabe cuál es el establecimiento al que Tejidos Silva vende

más de la mitad de su género?

Así pues, si quiere usted hundir mi negocio

a la par que el suyo, adelante.

¡Ah...! He estado a punto de aplaudirte.

(RÍE)

El dinero para la modista. Trae.

-Señorita, ¿a que no adivina quién ha venido a verla?

(RÍE) Espero no molestarte.

Tú nunca molestas, Blanca.

¿Quieren que les traiga algo para tomar?

No. Por mí tampoco, muchas gracias.

Bien. Pues, con su permiso, me vuelvo a mis cosas.

Mañana es el gran día.

¿Estás nerviosa? Eh, pues no.

Supongo que cuando se acerque el momento.

Precisamente, de la boda quería hablarte, Francisca,

pero no sé muy bien cómo empezar, la verdad.

¿Qué pasa, Blanca? Estás muy seria, ¿es algo malo?

Sí, la verdad es que es algo malo.

No voy a poder acompañarte mañana.

Ah.

Ya sé que tuvimos nuestras diferencias,

pero para mí es agua pasada.

No tiene nada que ver con esto, de verdad.

Me hacía muchísima ilusión acompañarte en un día tan especial.

Los Loygorri, ¿no? Sí.

Rodolfo cree que asistir a tu boda

es poner en entredicho la reputación de la familia.

Vaya, que no olvidan. Y la verdad es que no lo entiendo.

Mira que he intentado disuadirle,

hasta le dije que iba a asistir yo sola.

Pero me ha dejado muy claro que yo tampoco.

Espero que no me guardes rencor.

No, claro que no, Blanca, pero te echaré de menos, eso sí.

Yo también.

Por desgracia, a veces una tiene que hacer justamente

lo contrario de lo que desea.

Íbamos a ser tus padrinos, ¿qué vas a hacer ahora?

Bueno, ya buscaré otros, no te preocupes por eso.

Muchas gracias. No tengo nada que agradecer.

Pues yo sí que tengo que agradecerte.

Me lo has puesto muy fácil

y yo no siempre he sido tan comprensiva.

¿Cuántas veces te he dicho que me avergonzaba de ti?

Pero es agua pasada, tú lo has dicho.

Pero nunca te he pedido perdón.

No tengo que perdonarte nada, la vida sigue,

para bien o para mal.

Ven. Ah...

(Música de piano)

-¿Sorprendida? (RÍE)

-Como para no estarlo.

(RÍE) -Es la primera vez

que no me toca esperarte.

-Eso es lo que quería, sorprenderte

y verte sonreír. (RÍE)

-Ya ves que no cuesta tanto.

-Es lo que me gustaría hacer el resto de mi vida.

-Pues aspiras a muy poco. -¿Tú crees?

A mí me gustaría estar contigo para siempre,

sorprenderte siempre y siempre hacerte sonreír

hasta que estemos arrugaditas como pasas.

Aurora, tú eres muy importante en mi vida

y pensar que pude haber dicho o hecho algo que pueda ofenderte...

-Celia, yo sé que ayer me excedí.

-Petra no significa nada para mí y tú...

No sé qué habría hecho si no estuvieras en mi vida.

-Soy yo la que tiene que pedir perdón.

Mira, que tuvieras a Petra tan cerca me...

Bueno, ya sabes, me entró un miedo horrible de perderte.

-Eso no va a pasar.

-Sé que perdí los papeles por completo,

pero te prometo que eso no va a volver a suceder.

Voy a respetar tu amistad con Petra

y no volveré a montar ningún numerito.

De verdad.

-Aquí están sus cafés. -Gracias.

Como a ti te gusta.

-¿Y esto? ¿Quién ha manchado esta tela?

Gabriel, ¡Gabriel!

Esta mancha es de licor. -¿Y?

-Que quien huele a alcoholazo eres tú.

-Yo no he manchado esa... tela, Miguel.

-Deja de mentirme, Gabriel.

-Oye...

Puede que se me haya derramado algo, ¿de acuerdo?

Pero esto se limpia fácilmente.

-O sea, que aquí también bebes.

-No, no, solo algún trago.

De vez en cuando, para aplacar los ánimos.

Oye, tampoco hay para tanto. -¿Ah, no?

¿Qué hacemos con esta tela?

-Tampoco será la primera vez

que nos toca apañar las cosas un poco, ¿no?

-Sí, por un buen motivo, no porque alguien se emborracha.

-Ya, ya veo.

Qué pronto se olvida uno de todo, en cuanto le dan un par de galones.

-¡Cuidado! -Tú también te has equivocado,

y has llegado tarde más de una vez.

-Solo cumplo con mi obligación.

-¿Te recuerdo que te salvé el culo hace dos años?

-No te da derecho a llegar tarde ni a emborracharte.

Agradece que no haga lo que debo. -¿Y qué deberías hacer?

-Echarte.

-Miguel, por favor.

-Qué mal le sienta a alguno mandar.

-¡Esto no lo voy a dejar pasar! -Déjalo, déjalo.

-¿Ah, sí? ¿Y qué vas a hacer?

¿Qué vas a hacer? -Ya te estás yendo.

Recoge tus cosas y te vas. Mañana no vengas a pedir perdón.

No hay vuelta atrás. (RÍE)

-Estás despedido.

(RÍE)

(Timbre)

-¡Ah, don Luis! -Buenas tardes, doña Rosalía.

-Voy a avisar a la Srta. Francisca. -No se preocupe, déjela descansar.

Solo vine a traer mis pertenencias. En las maletas hay ropa,

pero extreme el cuidado con este baúl.

Dentro hay objetos de valor para mí,

el violín de mi difunto abuelo. -¿Y no vendrá el abuelo dentro?

Porque esto pesa quintal y medio.

-¡Raimundo, por favor!

Entra el equipaje de don Luis.

Tendrá que disculparle.

-Ah, no se preocupe.

Espero que no les moleste que traiga todo hoy,

no me gusta dejarlo para el último momento.

-Hace usted muy bien. Eso sí.

De momento, tendremos que meter su equipaje

en el cuarto de la plancha,

porque estamos acabando el dormitorio de matrimonio.

-Se lo agradezco, igualmente.

-Estamos cambiando algún detalle y hemos puesto cortinas nuevas.

-Pues si en su noche de bodas se fija en las cortinas,

apaga y vámonos. -¿No hay manera de que te calles?

-Con estas maletas, ya está todo, doña Rosalía.

-Bueno, pues muchas gracias y hasta mañana en el gran día.

-Don Luis, disculpe. Antes de que se vaya,

hay un tema que me gustaría comentar con usted.

Aunque me da mucho reparo.

-Doña Rosalía, por favor. Adelante.

-Hemos de afrontar ciertos gastos derivados de la boda.

-Claro que sí.

¿Será suficiente con esto?

-Bueno...

Gracias. Muchas gracias, don Luis.

No sabe cuánto me alegro de que esté usted aquí.

Si algo nos hace falta en esta casa, es un hombre.

-Buenas tardes. -Hasta mañana.

-Así que en esta casa hace falta un hombre.

-Por descontado que sí. -¿Y yo qué soy? ¿Eh?

-¿De veras quieres que te responda a esa pregunta, Raimundo?

-La mesa habrá que ponerla aquí.

Y el escritorio habrá que arrimarlo más para allá.

Deben ser los de la comida.

Cuando traigan los canapés, hará que ponerlos aquí.

Ya era hora. -Esto es lo que yo llamo

un buen recibimiento.

-¿Qué quieres? Estoy ocupada.

-Necesito hablar contigo de algo importante. No tardaré.

-¿Nos puedes dejar solas?

Tú dirás.

-Mañana celebramos en casa la boda de Francisca.

-Y no tenéis dinero ni para flores. Es eso, ¿no?

-No. No es eso. He tenido para invitarte a la boda.

-¿A mí? -Sí. A ti.

No te preocupes por el vestido.

Será una celebración íntima. Solo los más allegados.

-¿Y yo estoy entre ellos?

-Llevas nuestro apellido. No sé si te acuerdas.

Pero hemos compartido habitación durante años.

-No podría olvidarlo ni aunque quisiera.

Por tu mal humor por las mañanas.

-No estoy aquí para aguantar impertinencias.

A ella le hubiese gustado que estuviésemos juntas.

-No la metas en esto.

-¿Vas a venir a la boda, sí o no?

-No.

Yo solo voy a los sitios donde me siento cómoda.

Sinceramente, en casa con vosotras no me voy a sentir así.

-Otra vez haciéndote la víctima. -No me hace falta.

Lo soy. -Si te sientes herida

por lo que sucedió, a nosotras también nos ha dolido.

Aunque no te lo reprochemos y tienes parte de la culpa.

-¿Quieres que vaya a la boda por remordimiento?

-Pues puedes ahorrarte el esfuerzo.

-Sabía que no vendrías.

Te conozco. No tienes buen corazón.

-Entonces, ¿para qué vienes?

-Si he venido, es porque las demás me lo han pedido.

Me hubiese gustado que vinieras a la boda.

No por mí. Mucho menos, por ti. Sino por Francisca.

Y por madre. -Basta.

-A ella le hubiese hecho muy feliz.

-Diana, tú no tienes ningún interés en que vaya a la boda.

Y yo tampoco tengo ningún interés en ir.

Madre no está aquí para verlo.

Y si Francisca de verdad hubiese querido que yo fuera,

habría venido ella a invitarme.

Así que asunto resuelto. -Asunto resuelto.

-Ahora, si me disculpas, tengo una fiesta que preparar.

-Cuidado. Aquí, aquí. Siéntate aquí. Tranquilo.

-¿Pero qué ha pasado?

-Yo no he sido. Ha sido Miguel, madre.

-¿Está borracho? -Me temo que sí.

Iba a casa y lo encontré que lo echaban de la taberna.

-¿Qué ha hecho? -Calentársele la boca

con quien no debía. -Miguel.

-Lo han echado de la fábrica.

-Eso no puede ser. -Pues sí. ¿Qué le pasa?

En los años que he estado de encargado,

jamás ha tenido un mal gesto, siempre cumplidor.

Nunca lo he visto así. Y menos, en la fábrica.

-Ya. Es que mi hijo lo está pasando mal. Mal de amores.

Qué te voy a contar. -Esperemos que vuelva a ser

el buen muchacho que ha sido siempre,

antes que se haga daño. -Eso esperamos.

-Me tengo que ir.

-Gracias, Benjamín. -Gracias.

-Ay, hijo mío.

¿Tú no ves que así no puedes seguir?

Vas a acabar mal. Lo vas a perder todo.

-Madre, ya lo he perdido todo.

-La culpa de lo que le pasa, no la tiene nadie más que él.

-Enrique. -¿Qué? Ya hemos tenido

bastante paciencia con él. Sobre todo, yo.

Siempre lo justifico. Pero esto...

¿A quién se le ocurre ir al trabajo borracho?

-No estaba borracho. -No es el momento.

-Lo es. Tú, escúchame bien. Irás a la fábrica.

Hablarás con el encargado y le pedirás disculpas.

Si tienes que arrastrarte, te arrastras.

Tienes que recuperar el empleo.

-No le besaré el culo a ese.

-¿Te estás oyendo? -No tiene por qué arrastrarse.

El asqueroso ese lo ha humillado. -¿Y qué?

No es una cuestión de orgullo. El orgullo no te paga un jornal.

Necesitamos ese dinero. -No me digas lo que ya sé.

-Buenos días. (AMBOS) Buenos días.

-Habrá que buscar otra solución. -Claro. Otra. ¿Cuál?

-Pues mira. Él.

-¿Carolina? -Doña Dolores, qué sorpresa.

-No creo que tenga muchas visitas y he pensado que ahora es justo

cuando más las necesita. -Gracias.

-Le he traído unos bombones.

Les he dicho que era usted mi sobrina

para que me dejasen pasar.

Espero que no le parezca mal. -Claro que no.

-Bueno.

¿Y cómo se encuentra, Carolina? ¿Está bien aquí?

-Este lugar es como una pesadilla.

Solo que nunca te despiertas.

-Mujer, no parece un sitio tan desagradable.

Hay mucha luz. -Lo peor son las noches.

Con los llantos y los gritos.

Unos gritos que te hielan la sangre.

-Siento que esté usted pasando por esto.

-Yo no estoy loca, doña Dolores.

Por mucho que me quieran convencer de que lo estoy.

Le juro que yo no estoy loca.

Pero por las noches me atan a la cama como a los demás.

Y esos llantos, esos gritos.

Al final, harán que enloquezca. Y, entonces, tendrán razón.

-Yo la creo, Carolina. Creo que no debería estar aquí.

-Yo vi lo que vi.

Y sé muy bien lo que sentí.

-¿Y qué vio, Carolina? ¿Qué sintió?

-Que mi marido y Adela Silva estaban juntos.

Me da igual que me digan que solo pasa en mi cabeza.

Pasó de verdad. -Lo sé.

-¿Lo sabe? -Sí. Usted está en lo cierto.

No pensaba contárselo, pero viéndola sufrir de esta manera,

creo que es mi obligación decírselo.

Verá. Esta misma mañana me he acercado a ver unas telas

a la Villa de París y allí estaban, los dos.

Juntos, con el bebé cerca.

Y cualquier que los viera podría pensar

que eran una familia feliz.

Siento decírselo, Carolina,

pero me temo que Adela Silva está ocupando su lugar.

Y no solo en el negocio.

También como madre.

Y me figuro que como esposa también.

(RÍE)

-Caroli... Enfermera.

Enfermera. ¡Enfermera!

¡Enfermera! ¡Enfermera!

-Usted es un cliente habitual y sabe que desde que se fue

la Bella Margarita, no llenamos el local.

-Sin el sueldo de Gabriel, no nos salen las cuentas.

No podremos salir adelante. -Me hago cargo.

Pero las cosas en la fábrica han cambiado.

Y hoy por hoy, no puedo imponer nada.

Tampoco que readmitan a su hijo.

-Pero usted es el director.

-Sí. Eso es lo que pone en mis tarjetas de visita.

Pero los asuntos del personal los lleva don Ricardo.

Así como todo lo que le pueda costar un duro.

-Pero algo habrá que pueda hacer.

-Hablaré con Miguel o con don Ricardo

y haré lo que esté en mi mano para que vuelva.

-Muchas gracias. -Pero conviene esperar

a que la tormenta pase y que se le enfríen

los ánimos a Miguel. ¿No les parece?

-Sí. Sí, sí. Como usted vea que es mejor.

(Bullicio)

-La gente no para de comentar que qué fiesta más extraña.

-¿Gente? Yo aquí solo veo hombres.

No entiendo cómo ninguno dice nada.

Ay, Carlos. No sé qué hacemos aquí.

-Aburrirnos más que una tarde de compras.

-¿No decías que en la guerra echabas de menos

las cosas que hacías en la ciudad? Mira.

-Empiezo a echar de menos la guerra.

Fíjate. -No deberías bromear con eso.

-Si no conocemos a ningún hombre en esta fiesta.

-Me pregunto de dónde los habrá sacado Elisa.

-Creo que son hijos o familiares de conocidos de don Ricardo.

¿A quién se le ocurre organizar algo así?

-Ya la oíste. Busca un pretendiente y no le vale cualquiera.

-Yo creo que Elisa ha perdido el juicio. El poco que tenía.

-Buenas tardes a todos.

Quería darles las gracias

por su asistencia. Y decirles que espero

que, en las próximas horas, nos conozcamos mejor.

Bienvenidos. Que empiece la fiesta.

Ay, qué emoción. ¿Os dais cuenta

de que uno de estos invitados es mi futuro marido?

-¿Pero cómo ha podido pasar? ¿Cómo...? ¿Se ha herido?

¿De qué visita mi habla?

No. Mi mujer no tiene familia en Madrid.

Está bien. Está bien.

Ahora mismo voy.

¿Ocurre algo? No, no. Todo bien.

Bueno, llevo media tarde en la trastienda ordenando

y no hay nada que me guste menos.

Falta encaje y tul. Hay que llamar a la fábrica.

¿Te puedes encargar tú? Sí.

Si no puedes, lo hago yo. Tengo que salir.

Si es a llevar un pedido, puedo ir yo.

Lo prefiero. Así evito que la gente me vea aquí.

No. Es que voy a tomar medidas

a casa de una de nuestras mejores clientas, Rebeca Galán.

No sabía que ibas a las casas a tomar medidas.

Sí. Bueno, es que es una mujer muy mayor

y casi no puede salir de casa. Igualmente, puedo ir yo.

No. Prefiero ir yo.

Es que es muy huraña y cargada de manías.

No te preocupes. Es casi la hora del cierre. No creo que entren.

Bueno.

¡Germán!

¿Y con qué vas a tomar medidas?

-Al menos su padre ha querido hablar con ella.

Ya es un paso adelante. A ver si se arreglan.

Este asunto me está apartando de Petra.

Apenas hablamos. Y cuando hablamos discutimos.

Está tan nerviosa, que salta por cualquier cosa.

-Las de veces que te oí decir eso, pero de Purificación.

-No digas eso. -Con Petra has llegado a ese punto

de discutir mucho antes que con Purificación.

-No bromees con esto, hombre.

-Usted perdone.

-Ponte en el lado de Petra. Su padre la ha echado de casa.

-Por lo que has dicho, mejor esperar

y las aguas volverán a su cauce.

-Sí. Eso espero.

En fin. Habrá que seguir trabajando.

-Bernardo, voy enseguida.

Diana, ¿cómo estás?

-Bien. ¿Y tú?

-Bien también.

-Pues qué bien.

-Sí. Tu hermana Adela me ha llamado esta mañana,

para invitarme a la boda de Francisca.

-¿Y vas a ir?

-Si no te incomoda. -¿A mí?

¿Por qué me iba a incomodar?

-No sé. Tú sabrás. -Pues no. No me incomoda.

Eres muy libre de hacer lo que te plazca

y con quien te plazca. -Voy a ir solo.

En la fiesta ya está quien yo quiero.

Por cierto, me puedes reservar todo tu carné de baile.

-Lo siento, pero por explícito deseo de la novia, no habrá baile.

-Eso sí que es un inconveniente. -¿Tú crees?

Perdona, pero va a empezar mi turno.

-¿Se puede saber qué te ocurre?

-Salvador, nada.

¿Me puedes devolver el brazo?

-¿Quieres explicarme qué te ocurre? ¿Qué ha cambiado?

-Salvador, ya te lo he dicho.

Ni preguntas ni explicaciones. ¿De acuerdo?

-¿Y Gabriel? -Lo llevé donde sus padres.

Otro que parece también que va por mal camino.

-¿Eso lo dice por mí, padre? -Pues mira, hija. Pues sí.

Por ti. No sé qué os pasa a los jóvenes de hoy en día,

que parece que no tenéis sentido común.

-Yo creía que íbamos a hablar tranquilamente.

Y si empezamos así, empezamos mal.

Perdón. Perdón. No quería decir eso.

Lo olvidamos todo y empezamos de nuevo.

Padre, creo que usted tiene razón.

Y que yo estaba equivocada.

-Me alegra oír eso, hija.

Que te lo has pensado mejor y que estás arrepentida.

-Bueno, arrepentida no sé si es la palabra.

-¿Pero cómo que no? O estás arrepentida

o no estás arrepentida. Si no lo sabes tú...

-Lo que quiero decir, es que sí.

No me gusta cómo he hecho las cosas.

Eso está claro. -Y tan claro.

-Que estoy arrepentida por haberle mentido

y por no haber hecho las cosas por orden.

-¿Cómo por orden? -Pues por orden, padre.

-Hija, me estoy empezando a poner nervioso.

-Yo también estoy muy nerviosa.

No quiero que se enfade y quiero que me entienda y...

Pero... -¿Pero qué?

-Padre, yo quiero a Bernardo.

Y cuando dos personas se quieren, pierden el juicio.

Y sí. Hemos empezado la casa por el tejado.

Y de eso sí que me arrepiento.

Pero de lo del querer, no. No me arrepiento.

-Todo eso está muy bien, Petra. Pero esa no es la cuestión.

-¿Cómo que no es la cuestión?

-El señor Angulo es un hombre casado y con hijos.

-Pero su mujer y él están separados.

-¿Y qué futuro te espera con un hombre casado?

¿Su amancebada? -No. No diga eso,

porque duele. -Duele porque es cierto.

-Bernardo pedirá la nulidad. -¿Y tú crees que se la darán?

Y aunque se la dieran, ¿cuánto tiempo tardará? Años.

Y mientras tanto, ¿qué?

-Parece que no me quiere dar esperanza.

-No, hija. No. Yo lo que no quiero,

es darte esperanzas sin sentido.

Las cosas cuando nacen torcidas, raramente se enderezan.

¿Comprendes?

-Ay, qué pena me da que doña Blanca no pueda venir a la boda.

¿Y eso por qué? -Merceditas, no seas curiosa.

Eso no es asunto tuyo.

La señorita tendrá sus motivos.

No tiene por qué darte explicaciones a ti.

-Pero no es por curiosidad. Es por pena.

Ahora ya serán dos las que falten.

Haré lo que ella me ha pedido.

No perderé detalle de nada de lo que ocurra,

para luego contárselo. Eso es.

Como no estará, te fijas en todo y luego se lo cuentas.

A ver si por no perder detalle, vas a dejar el trabajo por hacer.

Que todo podría ocurrir.

¿Has ido a recoger los zapatos de la señorita Francisca?

-Sí. Y con las tapas nuevas, parecen recién comprados.

Ah, y también he planchado el vestido.

Lo dejé colgado para que no se arrugue.

-La alcoba está casi preparada, señorita.

De momento, las cosas de don Luis las hemos guardado.

Me gustaría estar a solas un rato, si puede ser.

¿Se encuentra usted mal? No, no.

Es que me apetece un poco de silencio.

(SOLLOZA)

-¿Te aburres? -No, qué va, Sofía.

Yo contigo nunca me aburro. -Pues yo sí.

No es por ti. Estamos aquí... -Esto es una tortura.

Elisa nos ignora. Los invitados nos ignoran.

Yo no sé qué pintamos aquí.

-Ay, mira. Vayámonos. -Y sin despedirnos.

-Eso.

Ay, Elisa, qué bien que estés aquí.

Ahora te íbamos a buscar. Es que nos vamos.

-¿Por qué? -Porque nos aburrimos.

-No pintamos nada aquí. -Empiezo a pensar que yo tampoco.

-No me digas que ninguno de tus millonarios

te gusta ni un poquito. -Es imposible saberlo.

Están más preocupados en hacer negocios que de conocerme.

Habrá alguno que salga con un negocio cerrado.

No fue buena idea hacer esta fiesta.

-Esto ya te lo dijimos, porque como nunca escuchas.

-¿Ese quién es?

-No lo había visto en mi vida. -Te creo.

Si lo hubieras visto, te acordarías.

Qué galante.

-Y qué ojos. -Viene hacia aquí.

-Permítame presentarme. Soy Leopoldo Ariste.

-Yo soy... -La mujer más hermosa de la fiesta.

Ya me he dado cuenta. -Tampoco tiene mérito.

Solo somos dos. -Aunque fueran 200,

usted seguiría destacando. -Qué galante.

Y dígame, señor Ariste, ¿por qué no ha venido antes?

-Lo cierto es que me he retrasado.

Ahora que lo pienso, ni siquiera tengo una buena razón.

Aunque eso ya no importa.

¿No le parece, Elisa? Ahora estamos juntos.

-Tiene usted el don de la palabra, señor Ariste.

-Llámame Leo. Todos mis amigos me llaman así.

-Está bien, como quiera, Leo.

¿Quiere tomar algo de beber?

-¿Por qué no? -Le acompaño, pues.

-Y hasta el fin del mundo, si usted me lo pidiera.

-Pues yo creo que se nos está haciendo tarde, ¿no?

-Me pregunto por qué mi prometido nunca me dice cosas así.

-Porque tu prometido no es un cursi.

-No confundas lo cursi con lo lírico.

-No lo confundo. Eso era cursi.

Anda, vámonos, que se va a hacer de noche

y tus ojos como astros podrían desorientarme.

-Ah. ¿Ves cómo todo es ponerse? Te ha quedado precioso.

-La última casa era bonita. Eso no se puede discutir.

Pero está tan a desmano de todo.

En la calle Alcalá, sería perfecta. Sí.

Sería perfecta y costaría el doble.

Aunque tú ya sabes cuál es mi preferida.

Una que está fuera de nuestro alcance.

La casa del Retiro es... me encanta.

Tan elegante, espaciosa.

Hecha a medida para nosotros. Y para lo que venga en un futuro.

No puede ser. Quítatelo de la cabeza.

Y con la estancia ideal para poner tu consulta.

Dos entradas, una antesala. ¿Qué más se puede pedir?

¿Que la podamos pagar, por ejemplo?

¿Ya estás otra vez con eso? ¿Te parece poco?

Tendríamos que conformarnos

con algo que podamos pagar. Después, ya veremos.

Quizás, con el tiempo podríamos volver a mudarnos.

Ahora es imposible.

¿Y para qué está la familia?

¿Qué quieres decir con eso?

Digo yo que de algo servirá que tu hermano dirija

una de las principales bancas. No voy a pedirle dinero.

¿Y por qué no? Ya se lo pedí una vez y me lo negó.

No voy a darle la oportunidad de que me vuelva a humillar.

Me estás diciendo que tu orgullo

está por encima de nuestra vida juntos.

No mezcles las cosas. No quiero nada de Rodolfo.

Se lo pediré yo. No me pierde el orgullo

ni se me caen los anillos por pedirle nada.

No vas a hacer eso. No hago mal a nadie.

Cuando digo que no quiero nada de mi hermano, ¿qué no entiendes?

Pues otras veces no has tenido tantos escrúpulos

en tomar lo que era de tu hermano.

Y no creo que te molestaras en pedírselo.

Viviremos en una casa que podamos pagar.

Muy bien. Será como tú digas.

Pero si tu hermano pregunta por qué seguimos viviendo en un hotel...

¿Qué? ¿Qué le vas a contar si pregunta?

Claro que preguntará.

De hecho, ya ha estado preguntándole a tu madre

a qué se debe esa repentina marcha de la casa.

Si insiste, no tengo más remedio que contarle la verdad.

¿Serías capaz de hacer eso? Está en tu mano impedirlo.

Tú decides quién habla mañana con tu hermano, si tú o yo.

No te haces idea, cuñada, de la casa tan bonita

que encontramos. ¿Verdad? Sí.

Además, tiene un jardín maravilloso.

-Qué alegría. Con muchas habitaciones, espero,

para llenarlas de niños. Estoy deseando

que me hagáis abuela. Si me disculpáis,

he quedado con mi hermana Celia para unos recados.

Blanca, querida. No es muy cortés que te vayas ahora

que tenemos visita. ¿Dónde han quedado tus modales?

La consulta que montaré allí aumentará mis ingresos.

No tengas prisa en devolver nada. Gracias.

Y ahora que está todo aclarado, háblame de esa casa.

¿Lejos de aquí?

-No tiene padrinos para su boda. -Eso es imposible.

-Me ha pedido que yo sea su madrina.

Y he pensado que, si no te importa, quizás podrías ser tú el padrino.

¿Por qué me mientes? ¿Yo?

La propia Rebeca Galán llamó para decirme

que no has ido a tomarle medidas.

Me dijiste que ibas a ir. ¿Dónde has ido?

-He hablado con mi padre

y parece que esta tarde vuelvo a casa.

-Estaba convencido de que, tarde o temprano,

tendría que recapacitar. -Le hice una promesa.

-¿Qué promesa?

-¿A que no sabéis con quién he quedado hoy? Adivinad.

-Venga. Dilo yo. -Con Leopoldo Ariste.

Además de ser muy guapo y muy educado, tiene mucho dinero.

Voy a la boda de mi hermana. Es una broma.

No. Se casa en una hora y pienso estar ahí.

No, Blanca. No vas a estar ahí

y no irás a la boda de tu hermana,

porque es algo que hablamos en su momento.

¿Es que ya no te acuerdas? Lo recuerdo.

Y si quieres venir, todavía estás a tiempo.

Pero he fallado muchas veces a mi hermana

y no pienso volver a hacerlo. Te ponga como te pongas.

Haz el favor de subir a cambiarte. Mis hermanas me necesitan.

En especial, Francisca. No vas a impedirme ir.

¡No vas a ir a esa boda, Blanca! ¿Lo has entendido?

-Tienes que ser fuerte, hijo.

Ya verás como a la larga, acabarás olvidándola.

Porque en esta vida el tiempo lo cura todo.

-No, padre. Todo no.

-Estas obcecado, hijo. ¿Pero se puede saber

qué te ha dado Francisca que...? -Un hijo.

-¿Y Salvador? Todo tiene una explicación.

Es normal que la novia se retrase.

Y Diana se estará cambiando los zapatos.

Sabes cómo es. Lo único que espero

es que Salvador no nos deje en la estacada.

-Diana.

Necesito un milagro para llegar a la boda.

¡Dios!

-Salvador, que no aparece por ningún lado.

¿Usted no lo ha visto? ¿No ha venido ningún mensajero

a entregar un recado o ha llamado por teléfono?

-No. Nada de eso. Si le digo la verdad,

hoy estamos de un lado para otro como una peonza.

Si ha llamado, puede que no le hayamos oído.

-Llamaré a la fábrica a ver si está allí.

Pero si es mi padrino.

-Ya es demasiado tarde. -No. De eso, nada.

¿Qué pasa con tu hijo y con Francisca?

-No hay nada que hacer. A estas horas, se está casando.

-Tienes que impedir esa boda.

Si pronuncia el sí quiero, habrás perdido a tu hijo.

-Te tomo a ti, Francisca, como esposa.

Prometo serte fiel en lo próspero y en lo adverso,

en la salud y en la enfermedad, todos los días de mi vida.

¿Por qué no contesta?

Es tu turno, hija.

  • Capítulo 134

Seis hermanas - Capítulo 134

30 oct 2015

Elisa celebra su fiesta de pretendientes y conoce a Leopoldo. Rodolfo se niega a ser el padrino en la boda de Francisca y le prohíbe a Blanca que asista. Marina y Cristóbal buscan una casa a la que mudarse ellos dos solos pero no se ponen de acuerdo con el presupuesto. 

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