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No recomendado para menores de 7 años Seis Hermanas - Capítulo 159 - Ver ahora
Transcripción completa

Si te mantengo a mi lado es porque me resultas de utilidad,

así que, por muy leal que seas a las Silva,

te aconsejo que me sigas siendo útil a mí.

-Don Ricardo fue tajante, no quiere líos,

ni que las autoridades vengan

ni que las trabajadoras lleguen tarde.

-Yo iré a hablar con él.

-Si ellas están mañana delante de la comisaría,

caerá sobre tu conciencia que pierdan su trabajo y jornal.

Ese niño lo perdí por tu culpa.

Fue un accidente. Que tú provocaste.

No quería. Me da igual, es lo que pasó, Luis.

Desde que ese niño ya no está, lo que había entre nosotros cambió.

Mis clientas quieren telas nuevas, a la moda y de gran calidad.

No quiero perderlas porque no nos suministra el género

que antes solía producir. -Lo entiendo.

Si no le gusta lo que le ofrece Tejidos Silva,

usted puede buscar otro proveedor, hay muchas empresas textiles.

¿Por qué no le ha dicho antes a Salvador que tenía una hija?

Cuando nació o hace dos o tres años.

-Una no siempre hace las cosas cuando debería hacerlas,

¿no le ha pasado nunca?

-¿A usted no le ha pasado nunca intuir que le están mintiendo?

-Blanca, por las buenas o por las malas, pero vas a volver.

Estoy cansada de tus amenazas.

Te di la oportunidad de hacerlo por las buenas,

ahora atente a las consecuencias.

-Si la madre tiene dificultades, habrá visto la posibilidad

de conseguirlo con su hija. Legalmente puede reclamárselo.

-El caso es que he enviado un telegrama al sitio

donde supuestamente está la niña. -¿Un telegrama para qué?

-Para pedir información sobre ella.

-Si conseguimos que vuestros compañeros os apoyen,

don Ricardo no podrá hacer nada, no puede quedarse sin trabajadores.

Don Ricardo no se atreverá a despediros a todos.

¿Quién se suma a la protesta? -A ver, el que esté de acuerdo,

que levante la mano.

-En la edición de tarde acaban de publicar que el gobernador civil

va a abrir una investigación a la comisaría

donde murió la sufragista. -¿Y qué tiene que ver con esto?

-Es justo lo que piden los manifestantes,

las protestas van a terminar y no tendrá que preocuparse por nada.

-Así que los obreros me retan y tú me sugieres que reaccione

no haciendo nada. -Exacto.

-¡Esto es el colmo!

He ha denunciado por abandono del hogar.

Él dijo que lo conseguiría por las malas y aquí está.

La ley permite poner esta denuncia.

¿Qué puedo hacer ahora?

Podemos ir a juicio. Pero eso lleva mucho tiempo.

Sí, eso es cierto, pero, mientras tanto podríamos buscar

a otra persona que fuera su tutor legal.

Hasta que no se celebre el juicio tengo un tutor legal y no eres tú.

¡Esto no va a quedar así! Claro que sí, lo firmó un juez.

A media mañana no tenemos nada que hacer.

-Es normal en estas circunstancias, sin pedidos poco se puede trabajar.

-La Villa de París ha encargado telas a otra fábrica.

Germán era nuestro mejor cliente en la ciudad,

pero tras como le trató mi tío... -No es lo único.

Recibimos quejas de las tiendas de Valencia y Barcelona.

Por lo visto, se han buscado a otro proveedor.

-Es el principio del fin para Tejidos Silva.

-Han detenido al comisario. -No es posible.

-Ese hombre pagará por la muerte de la sufragista.

-Doña Dolores no dejará que pongas a la familia

en boca de todos, hará lo que sea para que vuelvas a casa Loygorri.

-¿Qué dices? ¿Quieres ser mi aliada?

Haría lo que fuera por ponerla en su sitio.

Cada vez estoy más segura de que es quien me conviene,

por eso no veo por qué tiene que someterse

al juicio de mi padre, yo ya estoy segura de mi opinión.

Estoy encantada con que me corteje.

-Las cosas hay que hacerlas como Dios manda.

-¿Y cómo es eso? -Siguiendo las normas.

-Está bien, si es lo que usted desea.

-¿Hasta cuándo vas a seguir obsesionada con que Olga me engaña?

-Es la verdad, mira.

Cuando lo recibí vine corriendo a enseñártelo.

-Era tan pequeñita cuando murió, es que tenía tres añitos,

solo tres añitos. (LLORA)

-¿Tres años? -Sí.

-Tú no eras el padre, si lo hubieras sido

te habría pedido ayuda desde el principio.

-Así que no te habías llevado nada, ¿eh?

Nunca debí confiar en ustedes, seguro que todo ha sido cosa suya.

Si fuese tan malvada como me pintas,

en este momento dejaría que los guardias te encarcelasen,

pero te voy a dar la oportunidad de rectificar

siempre que vuelvas a casa con nuestra familia.

Deme unos minutos para preparar mis cosas.

Desde luego, querida.

La paciencia es una de mis muchas virtudes.

-¿Usted sabe que Elisa recibe las atenciones de un caballero?

-Lo sé, ¿y qué tiene de particular?

-Que ese caballero es mi tío. -¿Tu tío?

-Sí. -¿Es algún hermano menor

de tus padres? -Es el hermano mayor de mi padre,

debe ser de su quinta, más o menos. -Está cegada por su dinero.

-Y por mucho que digamos que no puede entablar relaciones

con un hombre de esa edad, no nos hace caso.

-A mí tendrá que escucharme, dejadlo en mis manos.

-Yo creo que tiene fiebre. -¿Le has puesto compresas frías?

-Sí, y le he dado manzanilla, como hizo usted ayer,

pero nada, estoy muy preocupada.

-Vete a buscar al Dr. Loygorri, deprisa.

¿Tan grave es? Me gustaría traer buenas noticias,

pero lo siento, no he podido hacer nada por él.

Oh... Lo siento mucho.

¿Cómo? ¿Cómo no pudo hacer nada? ¿Cómo que no pudo hacer nada?

¡Suba y siga intentándolo! Tenía la fiebre altísima.

Intenté bajársela de mil maneras diferentes,

pero me resultó imposible. ¿No me ha oído?

¡Siga intentándolo! Germán, por favor...

Mi hijo está bien, mi hijo está bien,

¡mi hijo está bien y usted se ha equivocado!

¡Germán, Germán! Adela, Adela...

Mi hijo está bien. (LLORA) Germán, por Dios...

Adela, el niño está bien.

(Sintonía)

(Puerta abriéndose)

-Germán, cualquier cosa que necesites.

-Sí, cuenta con nosotros.

-Gracias. Necesito estar solo.

¿Por qué no te echas un rato a descansar?

Adela tiene razón, deberías descansar un poco.

Adela, cualquier cosa que necesitéis, ¿eh?

Adela, yo sé cómo te sientes y sé que no hay consuelo posible,

pero debes saber que estamos con vosotros, no estáis solos.

Ah...

Ha sido todo tan extraño.

No era hijo nuestro,

ni siquiera era hijo mío.

Y este dolor aquí... Pero claro que fuiste su padre,

lo fuiste desde el principio y lo seguiste siendo

cuando descubriste la verdad.

No consigo hacerme la idea de que no volveremos a verle.

Pero nos quedan todos los momentos felices

que pasaste junto a él.

Eso no consuela. Claro que sí.

Esa felicidad que ese niño trajo a nuestras vidas es nuestra.

Me hablas del pasado.

Yo quería llevarlo a la escuela,

yo quería enseñarle cosas.

Yo quería que se sintiera orgulloso de su padre.

(LLORA)

(LLORAN)

-Señora, ¿necesita algo don Germán?

No, nada. Prepararé una tila,

les ayudará a descansar.

-Muy bien, aquí tiene su copa.

-No sé si mi hermano podrá superar esto, ¿eh?

¿Te has fijado en sus ojos? -Mujer, es normal que esté triste.

-No, Enrique, no es tristeza, tenía...

Como la mirada vacía. -No le des más vueltas, Antonia,

seguro que no ha dormido nada desde que pasó la desgracia.

-Hombre, hijo, estás aquí. -Hola, hijo.

-Pensé que te acercarías al cementerio.

-Alguien tenía que quedarse. -Cerramos un par de horas,

no pasa nada. Deberías haber ido, tu tío lo hubiera agradecido.

-¿Estaba Francisca en el entierro?

(CARRASPEA) Estaban todas las hermanas menos la pequeña.

-¿Y don Luis estaba también?

-¿Qué importa don Luis? Tu tío debe importarte,

ni siquiera has preguntado por él.

-No pregunté porque escuché lo que ha dicho al entrar.

No hay nada malo en que quiera saber de Francisca.

-No, ni malo ni bueno, me parece una impertinencia.

-¿Ha hablado con ella o no?

¡Pero bueno! Tampoco es para ponerse así, creo yo.

-No, no he hablado con Francisca. -Muy bien, no era tan difícil.

-No era el momento, no había necesidad

y no tengo nada que hablar. -Se acaba de morir tu primo.

Pase que no fueras al cementerio,

pero al menos podrías mostrar un poco de respeto.

-No era mi primo, padre, usted lo sabe tan bien como yo,

así que no sé por qué tengo que llorar su muerte.

-¿Te estás oyendo? ¿Cómo hablas así?

¿No tienes corazón? -Solo digo la verdad,

lo será se ponga como se ponga. -¡No le hables así a tu madre!

-Me reprocha que no tengo corazón.

¿Y dónde está su corazón o el suyo?

-Pero de qué hablas, Gabriel. -¿Han llorado la muerte de mi hijo?

-Ah...

Gracias, doña Rosalía.

Lo siento mucho, señora, lo siento mucho, señor,

les acompaño a los dos en el sentimiento.

Gracias.

¿Lo siente?

-Naturalmente que sí, señor, ha sido una desgracia horrible.

-Horrible y evitable.

¡Germán! No sé qué quiere decir, señor.

-Claro que lo sabe.

Mi hijo estaría vivo si lo hubiera cuidado como debía.

¡Germán, por Dios! Es la pura verdad.

Esta mujer es la culpable de la muerte de mi hijo.

Discúlpele, no sabe lo que dice. Sé perfectamente lo que me digo.

Confiamos en usted porque había cuidado a las hermanas,

confiamos en usted cuando dijo que no hacía falta

llamar a un médico, ¡pero usted no sabe nada!

Si hubiéramos llamado a un médico, ahora mi hijo estaría vivo,

¡esa es la verdad!

Germán, doña Rosalía no tiene la culpa, mi amor,

nadie la tiene. Nunca podré perdonárselo.

¡Germán!

Ah...

¡Germán!

Ah...

-Te agradezco mucho que me acompañaras al entierro.

-No quería dejarte sola en un momento así.

-Lo sé. Y por eso lo aprecio más.

Sé cómo te sientes por Magdalena.

-He sido un ingenuo.

Me había hecho demasiadas ilusiones.

Otro en mi lugar habría sabido mantener los pies en la tierra.

-Cualquier otro hombre se hubiera desentendido del tema,

y eso dice mucho de ti. -Puedes decírmelo.

-¿El qué? -"Te lo dije, Salvador,

te lo dije". -Ah...

-Y, ¿sabes? Todo esto me ha servido para darme cuenta de algo.

Me he dado cuenta de que quiero tener hijos,

y ya te figurarás con quién quiero tenerlos.

-Tal y como lo has dicho, parece que los quieras tener ya.

-Cuando tú estés preparada.

Vas a ser una madre magnífica.

-Ah, no sé de dónde has sacado esa idea.

-Diana, no es una idea, es un sentimiento.

-Es que no sé si tengo ese sentimiento, Salvador.

-¿Me estás diciendo que no quieres ser madre?

-No lo sé, lo único que tengo claro es que no quiero pasarme

el resto de mi vida en casa cuidando de los niños y bordando.

-Bueno, no tiene por qué ser así.

-Los hombres que son padres pueden desarrollar una carrera,

pero las mujeres que destacan en algo no tienen hijos,

es como si tuviéramos que elegir.

Y yo no sé si quiero elegir. -No te pido que elijas.

Y, además, no tiene por qué ser ahora, inmediatamente.

-Este no es el sitio adecuado para hablar de este tema, ¿no crees?

-Perdón. -¿Ocurre algo, Benjamín?

-Al contrario, vengo de la zona de empaquetado,

allí solo hay una obrera trabajando.

-¿Y las demás? -Ese es el caso.

Solo hay trabajo para una, normalmente hay tres o cuatro,

nos vamos a quedar sin pedidos. -Como no actuemos pronto,

don Ricardo conseguirá que perdamos

los pocos clientes que quedan.

-No hay nada más triste que el entierro de un niño.

Siempre has sido una mujer muy sensible, Blanca,

pero no deberías dejarte llevar por la pena.

Tu hermana y Germán tendrán sus propios hijos, ya lo verás.

La vida sigue.

¿La vida sigue?

Eso he dicho, sí. ¿Y cómo sigue?

A tu conveniencia, ¿no es así?

Ay...

¿Tienes que sacar este tema?

Sabías que no quería volver a casa y me obligaste a hacerlo

y de la forma más humillante y miserable que hay.

Me mentiste

y me tendiste una trampa.

¿Acaso me dejaste otra opción?

Blanca, te dije que volverías a casa, por las buenas o las malas,

has elegido tú. ¿Que yo he elegido?

¡Si nunca me das opción, las cosas se hacen a tu manera!

Blanca, soy tu marido,

el que tiene que tomar las decisiones.

Es que no has entendido nada.

No te quiero, Rodolfo, no te quiero.

No quiero estar a tu lado.

Volverás a quererme, Blanca,

aunque ahora no sientas nada por mí.

No he dicho que no sienta nada por ti.

Tanto mejor entonces. Me das asco.

Eso es lo que siento, ¿quieres saberlo? Me das asco.

El simple hecho de tenerte cerca me repugna.

¿Por qué no me dejas en paz de una vez?

Porque yo sí que te quiero, Blanca,

y no renuncio a tenerte a mi lado.

Eso no puede ser amor.

Sea lo que sea, es lo que te espera toda tu vida.

¿Qué clase de hombre eres?

¿Qué satisfacción encuentras en tenerme si no te correspondo?

Me quisiste una vez,

volverás a hacerlo. No, ya no.

Te di todas las oportunidades posibles,

y ya no me queda nada.

Lo que sientes por mí no es amor, no sé qué es.

Pero si han dicho que no querían comer nada.

-Si lo tienen delante, acabarán probándolo

y, además, las penas con pan son menos penas, ¿no dicen eso?

-Se dicen tantas cosas. -Ay, qué desgracia más grande.

Una criatura tan chiquita.

Mire que los niños a esa edad son bonitos,

con esos mofletes y esa piel tan suave.

Es que este era un angelote.

Todavía me parece verle ahí, entre sus brazos,

mirándola con esos ojitos mientras usted le mecía

para que se durmiera. -Deja que te ayude,

ya pico yo las verduras. -Ponga la cebolla en agua

porque, si no, acabará como una magdalena.

-Da igual.

-Ahora mismo iba a subirles algo de comer.

Gracias, Merceditas.

¿Puedes dejarnos un momento, por favor?

Sí, claro. Doña Rosalía, ya pone usted las verduras en la olla.

-Sí, descuida.

En el fondo, nunca me ha gustado cocinar.

No se puede ser perfecta, ¿no cree?

No, señora.

Doña Rosalía, no quiero que tenga en cuenta las palabras de Germán,

ahora mismo su dolor es tan grande que no sabe ni lo que dice,

pero en el fondo no la culpa a usted de lo ocurrido.

Claro que me culpa, y está en su derecho.

Yo misma siento que no hice lo que debía.

Pero eso no es verdad. Debí llevar a Germancito al médico

y no lo hice, debí dar importancia a lo que ocurría...

Y ahora está muerto.

Rosalía, tiene que quitarse esa idea de la cabeza,

Cristóbal lo dijo, fue algo imprevisible

y esas cosas, por desgracia, suceden, no se pueden evitar.

Es normal que don Germán no pueda perdonarlo,

tampoco yo me lo perdono.

(LLORA) ¡Doña Rosalía, por Dios!

(LLORA)

(Llaman a la puerta)

Ah...

Te he traído un vaso de leche y algo que comer.

No tengo apetito, llévatelo.

Francisca, estoy preocupado por ti.

Sé que el día de hoy no ha sido fácil

teniendo tan reciente la pérdida.

Déjame sola, Luis. No puedes tratarme así.

Soy tu marido.

¿Acaso no merezco otro trato?

Me desvivo por contentarte, te he pedido perdón mil veces,

he aceptado irme de nuestro dormitorio

y todo lo que me devuelves es desprecio.

Hemos hablado de esto ya cien veces, Luis.

¿Qué puedo hacer para arreglar las cosas entre nosotros?

Nada, porque nada va a cambiar.

¿No lo entiendes?

Es como si no tuvieras esperanzas.

Luis, dime una cosa,

¿por qué estamos juntos?

¿Que por qué estamos juntos? ¿Por qué?

Porque te quiero, yo siempre te he querido.

¿Y yo por qué?

¿Por qué estoy contigo?

¿Por qué acepté casarme contigo?

Por nuestro hijo.

Nuestro hijo que nunca fue nuestro,

ese hijo era mío y de Gabriel, Luis,

y tú te casaste conmigo para tenerme,

creías que en un futuro cambiarían las cosas,

y han cambiado, sí, pero a peor.

¿De verdad crees que no deberíamos habernos casado?

Eso creo, sí. Obramos con la mejor

de las intenciones, pero fue un error,

un grandísimo error.

¿Y ahora?

Luis, ahora no hay embarazo ni niño,

¿qué es lo que nos une entonces?

Si supieras lo triste que es oírte decir eso.

No es fácil aceptar la derrota. No, no es triste por eso.

Es triste porque, después de todo, parece que la pérdida del niño

es una buena noticia, ya no hay nada que te ate a mí.

Qué gran alivio, ¿no?

(Puerta cerrándose)

-Es una lástima que vengas sin avisar, Cristóbal no está.

No importa. Lo digo porque, si vienes a

llorarle tus penas, debes esperar. Vine a verte a ti, Marina.

¿A mí? Te imaginarás el motivo.

Pues así ahora mismo no caigo, la verdad.

De verdad que ayer, cuando viniste a hablar conmigo,

pensé que querías arreglar las cosas.

Me pareciste sincera y arrepentida.

Tenía que resultar convincente, y parece que lo logré.

La de veces que me habrás engañado, pero no vengo a reprocharte nada,

lo hecho, hecho está.

¿Y entonces?

¿Por qué lo hiciste, Marina?

¿Qué ganas tú con que vuelva a vivir con Rodolfo

en contra de mi voluntad? ¿Por qué me engañaste?

Estoy trabajando, Blanca.

¿En qué te beneficia a ti que viva con Rodolfo obligada?

Por más que intento buscar una explicación, no la encuentro.

Tú no ganas nada.

Claro que gano. ¿Ah, sí? Dime lo que ganas.

Déjame en paz. No pienso moverme de aquí

hasta que me des una explicación, Marina.

Tú deberías quererme lejos de esa casa,

lejos de ti, lejos de Cristóbal, ¿no es así?

Está visto que, lo que tú no has entendido

en todos estos años que nos conocemos,

Marina lo ha comprendido a la perfección en unos meses.

(Llaman a la puerta) -Adelante.

Me parece que esa tisana te hace más falta a ti que a mí.

-Ah, qué cosas tiene, señorita.

-¿Estás bien, Merceditas?

-Sí. -Merceditas, te ocurre algo.

Nunca contestas a una pregunta con una sola palabra,

eso es muy mala señal. -No me ocurre nada,

es doña Rosalía, está muy triste.

(SUSPIRA)

-Todas estamos muy tristes con la muerte de Germancito.

-Ya, pero es que ella se siente culpable

y lo que le ha dicho don Germán ha terminado de hundirla.

-¿Qué le ha dicho?

-Pues que, si ella hubiera cuidado bien al niño, ahora estaría vivo,

que tendría que haberle llevado al médico en el primer momento

y que es la culpable por haber dicho

que no era necesario, que no hacía falta.

(SUSPIRA) -Madre mía.

-Yo ya no sé qué hacer, señorita.

-Merceditas, Germán es una buena persona,

ha dicho una cosa terrible pero estoy segura

de que Adela le hará entrar en razón,

y verá que Rosalía no tiene la culpa de nada.

-Si yo pienso lo mismo, señorita,

pero, mire usted a doña Francisca y don Luis.

Ella le culpa y le sigue culpando, cuando a una se le mete

una idea así en la cabeza, ya no se va.

(Golpe) (GRITAN)

-¿Pero qué ha pasado aquí? -No sé.

-¿Un ladrillo?

-"Las muertas no votan".

-¿Qué quiere decir eso?

-Ah...

Quiere decir que yo pensaba que, con la detención del comisario,

las cosas se calmarían, pero no es así.

-¿Que le amenazan a usted? -Sí, eso parece.

-¿Pero por qué hacen esto?

-Porque me odian, Merceditas, por eso.

-¿A usted? Ah... -Mi nombre ha salido mucho

en los periódicos últimamente y saben que soy una sufragista.

Y saben dónde viven las Silva. -Esto tiene que denunciarlo

a la Policía, señorita. -Merceditas, te has cortado.

Dame, vamos a ponértelo abajo.

-Marina, en cuanto estés lista podemos irnos a comer juntas.

Te invitaría a ti también, Blanca, pero necesito comer apaciblemente

y contigo eso prácticamente es imposible.

He venido por una explicación. No tendrías que haber molestado

a Marina en sus horas de trabajo,

yo misma podría haberte sacado de dudas.

La escucho. ¿Quieres que te cuente ahora mismo

por qué Marina accedió a ayudarnos para que tú volvieras a casa?

Sí. Está bien, es muy simple,

porque ella sí ha entendido bien

que, para una Loygorri, lo primero es el bienestar de la familia.

¿Aunque sea a base de mentir

y de acusarme a mí de robar algo que no robé?

Marina me engañó y me hizo creer

que podía confiar en ella y colocó en mi casas sus acciones

para obligarme a regresar junto a Rodolfo, ¿le parece normal?

Bueno, no creas que me siento especialmente orgullosa

de haberle sugerido a Marina todo eso, pero en la vida

una a veces tiene que tomar decisiones drásticas y difíciles.

¿Y dónde queda la estricta moral de los Loygorri?

Pues, aunque no lo creas, la tengo muy presente

y más teniendo en cuenta la moral de las Silva.

Usted es capaz de hacer cualquier cosa con tal

de conseguir lo que quiere. En eso vuelves a equivocarte,

yo no actúo pensando en mi propio beneficio,

sino en el bienestar de la familia, y la familia somos todos.

Si tú humillas a mi hijo Rodolfo, nos humillas a todos.

Y eso lo ha entendido a la perfección Marina, ¿no?

Por supuesto que sí, la reputación de una familia

la puede destruir un solo miembro, por lo tanto,

los demás miembros están en su perfecto derecho

de hacer lo que sea por impedirlo.

¿Aunque sea a base de mentir y de difamar?

(HABLA EN FRANCÉS) Que quiere decir:

"París bien vale una misa".

Un día espero que sepas cuál es tu verdadero lugar

como una de las señoras de Loygorri.

Mi lugar no es el que usted cree.

Por supuesto que sí, tu lugar está junto

a mi hijo Rodolfo, que para eso eres su esposa.

-Perdón, lamento interrumpir,

pero, doña Dolores, se nos va a hacer tarde.

-Sí, tienes razón, hija, vamos.

Blanca, te veo luego en casa.

-No es el momento de maquillar las cosas.

La situación de la fábrica es crítica.

Los pedidos se han reducido

a casi un tercio respecto al año pasado.

Hasta nuestros clientes más antiguos nos abandonan.

-Y lo peor es que nada de esto es casual.

Fabricamos tejidos cada vez peores. No innovamos.

Esto no cambiará mientras don Ricardo esté al mando.

-De hecho, si la fábrica sigue abierta

es porque a mi tío le interesa para tapar su verdadero negocio.

-El opio. -El opio. El día que encuentre

una tapadera mejor, dejará morir a Tejidos Silva.

-Y todos nos quedaremos en la calle sin trabajo.

-Exacto. Tenemos que hacer algo.

-No se moleste, pero no es la primera vez

que se intenta parar a don Ricardo y nadie lo consigue.

-Además, don Ricardo es muy inteligente

y ya sospecha tanto de la señorita Diana,

como de mí, como del señor Montaner.

-Ya lo hemos intentado todo. -Todo no.

-Todavía contamos con algo.

O mejor dicho, con alguien.

-Uno de nosotros ha estado al lado de don Ricardo

hasta hace bien poco. Pero ahora es de los nuestros.

Y lo mejor de todo es que don Ricardo no lo sabe.

-Es la primera vez que te veo tan alterada

por la visita de un pretendiente.

Debe ser más serio de lo que creía.

-No sé si seria es la palabra.

Yo más bien diría especial.

-¿Y qué tiene de especial?

-Bueno, que don Hilario es un hombre chapado a la antigua.

-Así que chapado a la antigua, eh.

Bueno, como puedo serlo yo. No hay nada malo en ello.

-Es que él es un poco más que usted.

Verá. Es como si perteneciera a otra época.

-¿Y eso te supone un problema? -No. A mí no.

Temo que pueda suponérselo a usted. -Por supuesto que no.

-Debe estar al llegar. -Mira, hija.

A mí que un joven sea más tradicional

que sus contemporáneos, me parece una buena cosa.

No veo por qué estás tan nerviosa.

-Padre, hay algo que debo decirle antes de que don Hilario llegue.

-Muy bien.

-Verá. Es que don Hilario no es un joven tradicional.

-Es lo que me acabas de comentar. -Igual, me he explicado mal.

Don Hilario es tradicional, pero no es joven.

-Tanto mejor. Que el pretendiente sea algo mayor que la pretendida,

es incluso de buen augurio.

Él aportará tranquilidad y madurez a la relación.

-Ya. El problema es que don Hilario no es algo mayor que yo.

-Elisa, me tienes confundido.

-Verá. Don Hilario no es algo mayor que yo, así, en general.

Sino que puede ser de su edad.

-¿Y creías que no estaba al corriente?

Tus amiguitos me lo han contado todo.

-A ver. ¿Pero qué le han contado, exactamente?

-¿En resumen? Pues que don Hilario es un vejestorio

y que tiene una fortuna de consideración.

-Bueno, un vejestorio tampoco.

-Digamos que es un hombre de avanzada edad

con mucho dinero en el banco. ¿Eso se ajusta a la realidad?

-Sí.

-No sabes lo orgulloso que estoy. -¿De verdad?

-Pues claro. Has vuelto a demostrar que eres sangre de mi sangre.

Has dado con el marido perfecto.

-A ver. ¿Pero no me va a decir que es demasiado mayor para mí,

que no me puedo enamorar de una persona como él

y que solo busco su herencia?

-Cada uno busca en el matrimonio lo que quiere.

Unos buscan amor, otros tranquilidad, estabilidad.

Otros, dinero. ¿Y qué hay de malo en ello? Nada.

-¿Verdad que no? -No.

Don Hilario, no se figura las ganas que tenía de conocerlo.

-Lo mismo digo, don Ricardo. -Ricardo, por favor.

¿No le incomodará que yo le llame Ricardo?

-No, Ricardo. Lo que usted diga.

Esto es para usted. Son los mejores.

-Un detalle. Muchas gracias. -Querida.

-Eres el único en quien don Ricardo confía.

-Ya. Pero yo no puedo... -¿Quién más puede entrar

en el despacho de mi tío sin levantar sospechas?

-No es tan sencillo. Su tío desconfía de todos.

Él es así. -Miguel, te necesitamos.

Es en ese despacho donde don Ricardo

guarda los libros de contabilidad del tráfico de opio.

-Un momento. Si me piden que robe...

-Buscaremos la manera de hacerlo lo mejor posible.

Cuando don Ricardo esté reunido.

-No puedo. Se entera y soy hombre muerto.

-No desconfiará de ti. -Eso es muy fácil decirlo

cuando no es uno el que se juega el tipo.

-Miguel, eres el único en quien don Ricardo confía.

-Seré el primero del que va a desconfiar.

-Miguel tiene razón. Mi tío es un hombre sin escrúpulos.

No se lo puede pedir a nadie que sea un héroe

en contra de su voluntad. -Gracias, señorita.

-Nadie puede decidir por ti, Miguel.

-Así es. Y nadie más puede salvar

el futuro de esta fábrica.

-Eso es cierto.

-Miguel, el destino de Tejidos Silva está en tus manos.

La única decisión es tuya.

Nadie puede hacerlo por ti.

-Está bien. Lo haré.

(LLORA)

Perdón. Pensé que no había nadie.

Yo también pensé que no había nadie.

Espera, Blanca. ¿Qué te ocurre? ¿Estás bien?

Estoy desesperada, Cristóbal.

¿Has discutido con Rodolfo?

No quiero estar aquí.

Pensé que os habíais reconciliado.

No nos hemos reconciliado. Me han obligado a volver.

¿Pero cómo es posible?

Tu tutor legal es don Luis. No pueden hacer eso.

Hicieron creer a la policía que me llevé unos documentos.

Las acciones de Tejidos Silva de tu madre.

Y la policía se presentó en mi casa.

¿Pero quiénes? ¿De quién hablas, de mi madre?

¿Rodolfo también lo sabe? Sí.

¿Y Marina?

Si supieras la humillación

que supone para mí estar en esta casa.

Tu madre me desprecia con cada gesto y con cara mirada.

Y... Rodolfo.

Nunca debí casarme con él.

Lo peor de todo es que lo sabe y parece no importarle.

Y yo me ahogo en esta casa, Cristóbal.

Esto no puede continuar, Blanca. Pero no sé qué hacer.

Es que no puedo hacer nada. No tiene solución.

Hablaré con ellos. No servirá de nada.

No atenderán a razones. Eso depende de las razones, ¿no?

Toma.

Gracias.

Sana, sana.

Besito de rana. -Mira que eres bobo.

-¿Qué? Los besitos de rana lo curan todo.

-¿Seguro? -Sí.

-¿Crees que me quedará marca? -¿Y eso qué más da?

-Te dará igual a ti. No quiero que me queden marcas.

-Las cicatrices dicen que dan personalidad.

-Huy. A mí personalidad ya me sobra.

Lo que no quiero son cicatrices.

-Oye. ¿Dónde está doña agonía? -Ay.

No hables así de doña Rosalía, que está sufriendo mucho.

La pobra hace horas que no sale de su cuarto.

-¿Qué le pasó? -Pues qué le va a pasar.

Lo del crío, que le ha roto el corazón.

-Ay, sí, también. Qué desgracia, eh.

-Yo creo que se echa ella la culpa de todo. Ya ves tú.

Ella, que siempre se ha desvivido por él.

-A los muertos hay que llorarlos. Ya verás cómo sale del pozo.

-Dios mío. ¿Qué te ha sucedido? -Es solo un corte.

-¿Y con qué te lo has hecho? -Con un pestillo de una puerta.

-¿Un corte con un pestillo de una puerta? Merceditas.

-Con una cristal en la habitación de la señorita Celia.

-Vaya. Se ha roto un cristal. -Bueno, más bien, lo han roto.

Han tirado un ladrillo desde la calle.

-¿Un ladrillo? -Sí. Un ladrillo con un mensaje.

-Bueno, con una amenaza para la señorita Celia.

-¿Y qué decía ese mensaje?

-"Las muertas no votan".

-¡Oh, Dios mío!

¿Cómo he permitido que las cosas llegaran hasta ese extremo?

-¿Qué extremo, doña Rosalía? Ni que fuera culpa suya

lo del ladrillo. -Lo es, Merceditas.

No debí dejar que llegara tan lejos el asunto de los pasquines

y de las reuniones de sufragistas.

Pero qué inconsciente he sido.

-Pero si usted intentó persuadirlas.

Si usted habló con la señorita Celia y con esa amiga.

Lo que pasa es que no le hicieron caso.

-No debí ceder.

No tenía que haberme dejado convencer.

¿Y sabes una cosa, Merceditas?

Hace un año ni la señorita Celia ni ninguna de sus hermanas

habría hecho nada así.

Pero esta casa ya no es lo que era.

En algún momento, se me escaparon de las manos las riendas.

Y ahora estamos como estamos.

-Perdóneme, doña Rosalía.

Pero es usted el ama de llaves.

No se puede exigir como si fuera la madre.

-No.

Muerta su madre y muerto su padre,

a quién si no a mí correspondía ese deber.

-Bueno, yo creo que bastante bien lo ha hecho usted,

dada las circunstancias.

-Ojalá fuera cierto lo que dices, Merceditas,

pero no lo es.

¿Has lavado bien esa herida? -Sí.

-Mantenla bien seca.

-Nunca había visto así a doña Rosalía.

Es como... vulnerable.

-Ya ves. Con lo que ha sido ella, la mujer más fuerte de esta casa.

-No te preocupes. Saldrá de esta.

-Pues yo ya no estoy tan segura, Raimundo.

(SUSPIRA)

-Elisa, ¿y esa mala cara?

¿Qué te ha pasado? -Lo peor que me podía pasar.

-Ay, Elisa, no nos asustes. ¿Qué ha ocurrido?

-Mi padre me ha echado de casa.

Me ha dicho que me va a repudiar legalmente.

-¿Pero por qué? -Porque alguien le ha hablado

de don Hilario, de nuestra relación

y de nuestra diferencia de edad.

-¿Alguien? -No me ha dicho quién.

-¿Y por eso te repudia?

-Me ha dicho que se avergüenza de mí y que...

Que soy una cazafortunas.

Es que no sé qué va a ser de mí ahora.

¿Dónde voy a ir? No puedo ir a casa de mis hermanas

después de todo lo que ha pasado.

¿Qué va a ser de mí? -Tampoco te pongas en lo peor.

-No. Estas cosas se arreglan, Elisa.

-Seguro que te lo dijo en el calor del momento,

pero verás cómo se le pasa y te deja volver.

-No lo creo.

¿Quién puede haberle ido con el cuento?

¿Cómo pueden existir personas así?

-Pues eso me pregunto yo. -Y yo. Y yo.

-¡Traidores!

-¿Traidores? No sé por qué dices eso, la verdad.

-Ni yo. -Es que ya lo decía mi padre.

Bueno, mi tío Fernando.

"Hay personas a quienes deberían de privar del derecho a hablar".

¿Cómo pudisteis contárselo a mi padre?

-¿Te dijo que fuimos nosotros? -Claro que sí.

-¿Qué se supone que teníamos que hacer?

¿Callarnos mientras hacías de las tuyas?

-Por supuesto que sí. -Pues no.

-¿Por qué no? -Porque las cosas claras.

Y eso que te ha dicho tu padre de que eres una cazafortunas,

no está mal traído tampoco.

-Por favor. -Sí. Será mentira

que estás con don Hilario por su fortuna.

-No nos quedaríamos de brazos cruzados.

-Así aprenderás a que no siempre te puedes salir con la tuya.

-Igual siempre no. Pero lo que es esta vez.

-¿Cómo? ¿Que no te ha echado de casa?

-Claro que no.

-¿Tu padre no te ha prohibido hablar con don Hilario?

-Mi padre nos ha dado las bendiciones a Hilario y a mí.

Y después, los tres juntos

hemos comido en mi casa. Tan a gusto.

-No puede ser cierto. -Pues lo es, Carlitos.

Igual de cierto, de hecho,

que pronto dejarás de llamarme Elisa

para llamarme tía Elisa.

-Ni lo sueñes.

-En fin. Me voy.

Hilario me prometió darme un paseo en calesa.

Ah.

Y en cuanto a la asignación mensual que recibes de Hilario,

francamente, Carlitos, me parece excesiva.

Aún no lo he hablado con él,

pero puedes ir haciéndote a la idea

de que disminuirá considerablemente.

-¿Qué tal? ¿Cómo se encuentra?

-Todavía tengo el miedo en el cuerpo.

Menos mal que lo de Merceditas quedó en un rasguño,

porque podríamos lamentar otra desgracia.

-Vengo de comisaría de poner una denuncia en su nombre.

-Si cree que servirá de algo...

-Si le soy sincero, no creo que sirva.

Pero el oficial ha tomado nota de todo

y dice que no ve motivos

para abrir una investigación. -¿Que no ve motivos?

¿Y qué necesita? -Lo sé.

Pero dice que puede haber sido obra de una banda de malhechores.

Hubo varios hurtos en el vecindario.

-Esto no ha sido cosa de ningún ladrón.

Hay mucha gente en contra del sufragismo

y mi nombre ha salido demasiado en los periódicos.

-Puede haber sido obra de algún exaltado.

-O algo peor. -¿Peor?

-¿Y si es la propia policía la que está detrás?

-¿Pero qué sentido tiene eso? -Todo el del mundo.

Yo fui la que promovió las manifestaciones

y la que pidió que se investigara la muerte de Azucena Barbero.

-Y al final, el comisario acabó detenido y acusado de torturas.

-¿No podría ser que la policía me esté amenazando?

¿No cree que puedo tener razón?

-Espero que no, porque si no, se habrá buscado un enemigo

algo más que temible.

-Madre. -Rodolfo, ¿cómo estás?

-¿Ha pasado buena tarde? -Pues no. Francamente, no.

-¿Alguna contrariedad? -Pues tú, por ejemplo.

Llevas todo el santo día fuera de casa.

-Tenía asuntos pendientes en el banco,

de esos que no pueden esperar.

-¿Y no crees que, por encima de esos asuntos,

debería estar tu salud?

-Así que se trata de eso. -Naturalmente que se trata de eso.

¿O es que has olvidado que aún estás convaleciente?

-Cualquiera que la oiga, pensará que he escapado de la muerte.

-¿Quién te dice que no haya sido así?

-No exagere, que me encuentro perfectamente.

El tratamiento no pudo funcionar mejor.

Los síntomas han remitido.

-Me gustaría que te ocupases más de tu salud.

O también espero que hayas aprendido alguna lección

de todo ese enojoso asunto.

-Indirecta captada, madre.

-Hijo, Rodolfo, sé que eres un hombre

y no te puedo pedir imposibles, pero, al menos,

deberías ciertas precauciones. ¿Comprendes?

-Claro que sí. Siempre he admirado su capacidad

para hablar de las cosas sin nombrarlas.

-Cristóbal, hijo. ¿No viene Marina contigo?

Sigue en el hospital. Me he adelantado

porque quiero hablar con usted. Y contigo.

Es un asunto importante.

Bueno, dinos de qué se trata. De Blanca.

¿Y qué tienes tú que decirnos sobre Blanca?

Quiero pediros algo para ella.

Si Blanca tiene algo que pedirnos, ¿por qué no lo hace ella misma?

Lo ha hecho, pero no la tuvisteis en cuenta.

¿Por qué no vas al grano de una vez?

Vais a dejar que Blanca se marche de esta casa.

Tal y como es su deseo.

Anda, échame una mano con esto, padre,

que no hay quien lo mueva. Soy yo.

¿Qué haces aquí? Entré por la puerta de atrás.

No quería que esta vez tus padres me negasen poder verte.

¿Es que ya habías venido? Sí. Hace unos días.

Yo lo...

Lo siento mucho.

Imagino que lo debes estar pasando muy mal.

Y tú también.

Bueno, yo la verdad es que he llegado a pensar

que esto podía ser lo mejor para todos.

Más sencillo así, ¿no crees?

Lo siento. No debería haber dicho eso.

Gabriel, ese hijo era fruto de nuestro amor.

Nuestro amor. Yo no sé qué es eso.

No hables así, por favor. Es que es la verdad.

Contigo no sé a qué atenerme.

Tan pronto das un paso adelante, como dos atrás.

No entiendo nada. Me estás volviendo loco.

¿Cómo vas a entenderlo, si tampoco lo entiendo yo?

Mi familia tenía razón.

Debería haber seguido mi vida y tú con la tuya.

Ni siquiera deberíamos haber hablado.

Escúchame, por favor.

Cada día intentaba obedecer a mi cabeza.

Intentaba convencerme de que hacía lo correcto para este niño.

Y cada día me levantaba muerta de pena.

Y echándote muchísimo de menos.

Ya es tarde para justificaciones, ¿no crees?

No he venido a justificarme.

He venido a hacer lo que tenía que haber hecho hace tiempo.

Gabriel, te quiero. Y nunca he dejado de amarte.

Sé que no estoy en posición de pedirte nada,

pero me gustaría saber si tú sientes lo mismo.

Como si no lo supieras.

Entonces, me gustaría saber

si estás dispuesto a intentarlo otra vez.

Porque yo no puedo estar ni un minuto más sin ti.

Ahora eres una mujer casada. ¿Y qué?

Ya es tarde para nosotros. No lo es.

Podemos huir y construir una vida juntos.

Vámonos. Vámonos muy lejos, por favor.

¿Quién eres tú para exigir algo así?

Es mi mujer. Tú lo has dicho.

Tu mujer, no tu prisionera. No digas tonterías.

El lugar de mi mujer está aquí.

Y tú no tienes nada que decir.

Tenéis a Blanca contra su voluntad.

No es de tu incumbencia. ¿No te da vergüenza

emplear la fuerza para retenerla a tu lado?

Mira... -Cristóbal. ¿Todavía no la conoces?

Es una mujer veleidosa. Hoy quiere lo contrario

de lo que quiso ayer. Quién sabe lo que querrá mañana.

No justifica lo que hacen. Desde luego que sí.

Tu hermano no puede estar sujeto a esas veleidades.

Es su esposa para toda la vida

y hasta que la muerte los separe.

Es lo que pretendemos que entienda.

No voy a discutirlo con usted ni contigo.

No quiere seguir viviendo aquí.

Vais a permitir que se marche.

Olvídalo. Blanca se queda.

Muy bien. O la dejáis irse,

o iré a la policía.

Fue, precisamente, la policía la que la trajo de vuelta.

Por sus argucias. Míreme.

Blanca no robó sus acciones.

La acusó de algo que era falso, mentira.

No voy a tener ningún reparo en ir a comisaría

y denunciarles a los dos. ¿Y qué vas a denunciar?

La policía descubrió mis acciones de la fábrica

en casa de las Silva. Blanca fue la única

que pudo llevárselas. No.

No será eso lo que yo denuncie.

¿Ah, no? ¿Y qué, entonces?

Que usted la envenenó. Y puedo probarlo.

El desmayo de Blanca nunca pudo producirse

por su tratamiento. Es médicamente imposible.

El cuerpo suyo ya contenía altas dosis de arsénico.

¿Pero serías capaz de denunciar a tu propia madre?

No me obligue a hacerlo.

Y tú lo sabías y callaste.

Cristóbal, piensa muy bien en las consecuencias

de lo que quieres hacer. Lo he pensado detenidamente.

Eres indigno de esta familia.

Me tomaré eso como un cumplido.

(LEE MENTALMENTE) Mis queridas niñas,

sé que se van a llevar un disgusto al leer esta carta.

Pero sé que estoy haciendo lo mejor para todas.

Me marcho.

No he encontrado el valor para decírselo personalmente.

Y les ruego que me perdonen por ello.

Ustedes han sido el centro de mi vida.

Durante estos años, hemos pasados por algunos malos momentos,

pero también he vivido muchas alegrías.

Las que me han dado cada una de ustedes.

Siempre he gozado de su confianza,

como antes tuve la de sus padres.

De ahí sacaba fuerzas para cuidar de todas ustedes

y para intentar educarlas.

Pero ya no merezco esa confianza. No soy digna de ella.

Debería haber sido mejor consejera, más firme.

Y algunas desgracias no habrían llegado a suceder.

La muerte de ese pobre inocente ha sido la última prueba

y me pesará hasta el fin de mis días.

(OYE RISAS INFANTILES EN SU CABEZA)

(LEE MENTALMENTE) Hasta ese último instante,

las llevaré a cada una de las seis en mi recuerdo,

pegadas al corazón donde siempre las he tenido a todas.

Adiós, hijas mías.

Que Dios las bendiga.

Siempre suya, Rosalía.

-Se sentía responsable. Pues no lo es.

Tenemos que hacérselo ver.

-No podemos hacer nada por ella si no está aquí.

-Una vez me habló de una prima que tenía en Sevilla.

-¿Y tú, Merceditas? Eres la que más relación tenía con ella.

¿Sabes dónde está? Dínoslo. ¿Dónde está?

No está a gusto. Está insegura.

No permitiré que sigáis reteniéndola contra su voluntad.

Antes, os envío a la cárcel.

No voy a dejar que nos hagas esto.

¿Y qué harás? Lo que haga falta.

-Llamaré a mi padre, si es lo que desea.

Espero que sea importante. -Lo es. Es muy importante.

Yo sé que estás sufriendo mucho.

Pero culpar a doña Rosalía no va a aliviar tu dolor.

No lo hago para aliviar mi dolor.

Esa mujer es la culpable de la muerte de Germán.

Cada vez que pronuncias su nombre o me pides compasión,

lo único que consigues es avivar mi dolor.

-Gracias.

Es de Aurora. -Ah. Parece que le hace

a usted mucha ilusión. -Sí.

Es la primera carta que me escribe

desde que se fue al pueblo. -¿Y qué dice?

-Don Ricardo no dejará que te acerques

ni a 100 metros de su despacho. -No me acercaré a él,

sino a mi hermana Elisa. Fingiré que me quiero reconciliar.

Así podré ir cuando mi tío no esté.

-Cuando miramos a nuestros hermanos a los ojos,

en ese reflejo hay algo de nuestros padres

y de nosotros mismos. Es una pena que lo haya perdido.

Quizás, algún día, si todas ponen un poco de su parte,

pues pueda recuperar la relación que tenía.

Estaré aquí siempre que lo necesites.

Para hablar, escucharte y entenderte.

Me encantaría quedarme, pero no puedo fugarme.

¿Fugarte?

Mi amigo está enamorado de una mujer casada

y ella le ha pedido que se fugue con él.

-¿A qué viene esto?

-Es que yo no sé nada, señora, de verdad.

Pero si no le digo que sepa.

Tal vez, hablando con ella, le haya hablado de alguien

o le haya dicho algún lugar. No.

-He estado consultando con un abogado

sobre el asunto de mi tío y Elisa.

-¿Y por qué hablas con un abogado, si tú estudias leyes?

-Quise consultar con un experto en herencias.

-¿Qué te ha dicho? -Lo que nos temíamos, es cierto.

-Las hermanas Silva se están convirtiendo

en mis principales clientas últimamente.

-Veo que uno cría la fama y otras cardan la lana.

-No sabía que mis hermanas viniesen tanto por aquí.

-Sí. Bueno, sobre todo, su hermana Elisa.

Viene todas las tardes con su pretendiente.

-Bueno, mi hermana está en edad de ser cortejada.

No debemos meter las narices. -Bien.

-¿Y quién es ese pretendiente?

-Ha sido una de las decepciones más amargas y más difíciles

que he tenido que tomar en mi vida.

Pero aunque me parta el corazón, sé que he hecho lo mejor

para mí y para las Silva. -Ellas no piensan eso.

-¿Cómo lo sabe usted? -Doña Adela estuvo

esta mañana en la fábrica y me preguntó por usted.

-Ambigú, dígame. Sí. Soy yo.

-Ah. Ahora sí.

-Sí, claro. Dime dónde y cuándo.

  • Capítulo 159

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