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No recomendado para menores de 16 años Reinas - Capítulo 6 - ver ahora
Transcripción completa

(MORAY) Tienes que abdicar.

Si quieres a tu hijo, rezarás para que yo dure muchos años.

Firma tu abdicación.

A partir de hoy serás confinado en la torre

sin correspondencia

y sin ninguna comunicación con el exterior.

-Eres un cínico. Encerradlo, vamos.

(ISABEL) El varón que completará nuestra familia

puede estar en camino. Un heredero.

En unos seis meses llenará el Alcázar de dicha.

El rey de España va a venir a verme.

Por alguna razón siempre ha estado de mi parte.

Isabel.

Si solo has venido por razones de Estado,

prefiero que no me lo digas.

Y tu ayuda a mis enemigos de los Países Bajos

y tus barcos piratas expoliando mi flota.

No tengo la menor idea de lo que me acusas.

La mujer nunca debe decidir por encima de la reina.

Adiós, Isabel.

Cada vez tengo menos que perder

y debo agotar cualquier posibilidad.

El hermano de mi carcelero, decidle que quiero verlo.

-La reina María escapó de su cautiverio.

(FLEMING) Somos muy vulnerables en campo abierto.

En Dumbarton tendremos más posibilidades

y ganaremos tiempo.

(HAMILTON) Hemos caído en una trampa. Huid.

(MORAY) Corred la voz. Un título nobiliario y tierras

para quien me traiga a María. -¿Viva o muerta?

-Me da igual. -Ven aquí.

(Dos disparos)

Si no puedes con todos tus enemigos,

pacta con el que te sea más útil.

-Una carta de vuestra prima, María. Partimos de viaje.

-María ha sido derrotada. Necesito recuperar mi trono.

No tengo más remedio que hacerte mi prisionera.

¡Soldados!

Espero que Dios te perdone.

Majestad.

Acabo de recibir una noticia de palacio.

Es...

Dejadme oírlo.

Vuestro hijo, el príncipe Carlos.

Ha muerto.

Preparad el funeral.

Volveré a palacio después de comer.

-¿Es todo cuanto se te ocurre?

Era tu hijo y... y ha muerto.

También era un traidor que se unió a mis enemigos holandeses.

No eran más que fantasías producto de su enfermedad.

¿Intentar apuñalar al duque de Alba es una fantasía?

Mantenerlo confinado ha sido la causa de su muerte.

Ha sido voluntad de Dios.

Calmaos, majestad, respirad.

Respirad.

(ISABEL GRITA DE DOLOR)

(MÉDICO) Respirad normalmente.

(CHISTA)

(ISABEL LLORA)

(MÉDICO) Respirad normalmente.

-No podemos negar la evidencia, majestad.

Estamos en guerra. Sublevación, rebelión,

guerra, llamadlo como queráis, pero saldremos victoriosos,

os lo garantizo.

-La casa de Orange cada vez recluta más adeptos.

Contaba con 12 000 hombres en Jemmingen.

Y el duque de Alba los derrotó fácilmente.

No están bien pertrechados.

Murieron más de 7000. Fue una auténtica carnicería.

Ahora, con Luis de Nassau huido,

podemos concentrar todo nuestro interés

en su hermano, Guillermo de Orange.

Así se lo he hecho saber al duque de Alba.

-Esa rata sabe esconderse bien.

El duque me ha prometido su cabeza.

Y no me cabe duda de que cumplirá su palabra.

-Majestad. ¿Sí?

La reina...

ha dado a luz prematuramente.

La criatura no ha sobrevivido.

¿Cómo está? Muy mal.

Hacemos cuanto está en nuestras manos.

(CHISTA)

(CHISTA, CHASQUEA LA LENGUA)

(Puerta abriéndose)

(Música de cámara)

Querido mío, tienes reacciones de novicio.

Siempre me sorprendéis, majestad. Es para que no bajes la guardia.

Estamos en público. Pues ni en público ni en privado.

No me defraudes.

Sabes que tienes mucha competencia.

¿Y eso os divierte? Hago lo que me satisface.

Y no me gusta nada la monotonía.

¿La monotonía?

¿No os habéis dado cuenta

de que la naturaleza ha sido muy generosa conmigo?

También lo suele ser con los asnos.

Y no tengo intención de acostarme con ninguno.

-Me tenéis que contar el secreto.

¿Cuál? Tengo cientos de ellos.

-Cambiad el gesto, amigo mío.

Nadie diría que gozáis de los favores de nuestra soberana.

-Es insaciable.

Y se complace destruyendo mi autoestima.

-Y a veces, manoseándola en público.

-Disfruta llevándome al límite.

-Cada vez son más jóvenes,

más apuestos y están más cerca de su majestad.

¿Cómo se consigue eso? Con puntería, querida.

Y siendo la reina.

-¿Y qué hay de lo de la reina virgen?

-Soy un caballero, ¿por quién me habéis tomado?

-Solo pretendía relajaros.

¿Somos amigos o no?

-Hay furcias más fáciles de complacer.

Dios.

Pero, majestad, ¿qué os sucede? No soporto el aislamiento

ni la injusticia ni la soledad

que la demente de mi prima no deja de imponerme.

Me pudro lentamente y sola. -Nos tenéis a nosotras.

¿Y mi hijo? ¿Y mi marido? ¿Y mi vida?

Llevo aquí confinada dos años y no puedo soportarlo.

No desesperéis, majestad.

Tenéis muchos amigos luchando por vuestra libertad.

¿Para cuándo? ¿Cómo puedo no desesperar?

Si estoy aquí por mi creencia en el dios verdadero,

¿por qué permite esta tortura?

Terminaré renegando de todo.

No habléis así, majestad.

Diría que no os reconozco.

¿Queréis que mande ensillar los caballos?

El conde ya ha regresado de Londres y no pondría objeción.

Antes me sentía libre cabalgando

y ahora, con los guardias de Isabel escoltándome,

desearía que se desbocara mi caballo

y me estrellara contra un árbol. Señora, por favor.

-Majestad, el conde viene a veros.

¿Trae noticias? Por su expresión,

temo que no sean buenas. Esta situación acabará conmigo.

Deberíamos cambiar de estrategia.

¿Cómo?

-Puede que urgiendo a los leales a vuestra causa.

Sobre todo, España.

Tengo grandes y poderosos amigos allí.

Hablaremos de esto luego. Ahora dejadme sola.

(CONDE) ¿Permiso para entrar? Adelante.

María, lo sabe.

¿Qué? Isabel, tu posesiva prima,

sabe lo nuestro. ¿Cómo es posible?

Está obsesionada contigo. Nos vigila constantemente.

Debemos llevar cuidado. ¡Será bastarda!

Quiere que este encierro sea un retiro monacal.

¿A ella en qué le atañe?

Ya no lo aguanto más. Es celosa e implacable.

Parece más un hombre que una mujer.

Peor, no tiene moral.

La reina virgen, qué ironía.

Tengo que verla humillada y destronada.

Ten paciencia. Intento convencer a varios lores

para que le reclamen un juicio justo para ti.

¿Otra farsa? No fui encontrada ni culpable ni inocente

y mira dónde estoy. ¡Estoy desesperada!

María, te amo con todo mi corazón

y prefiero morir a seguir viéndote sufrir cada día.

Mejor morir que agonizar en este lugar.

Eso es.

Eso es.

Suicidémonos.

¿Cómo?

¿Cuándo?

¿Lo ves?

Es más fácil hablar que actuar.

Tranquilo.

No te obligaría a nada semejante.

Aunque sea sola,

lucharé hasta el final.

Eres magnífica.

Me ayudaría que tú lo fueras.

(Campanada)

(Campanada)

(Campanada)

(Campanada)

(Campanada)

(Campanada)

(Campanada)

Ridolfi, querido amigo. -Eminencia.

-Os alegrará saber que por fin he podido exponer vuestro caso

a su santidad. -¿Y?

-Su santidad accede, pero no financiará la operación.

-No esperaba menos de él.

-No seáis sarcástico. Si todo transcurre como esperamos,

os conseguirá un título y todo cuanto eso conlleva.

-No es un título lo que más me importa.

-¿Y qué es? -El restablecimiento

del catolicismo en Inglaterra.

-Ridolfi, por favor. Nos conocemos desde hace mucho tiempo.

Conmigo no debéis fingir.

-Pues digamos que también tengo cierto interés

en aproximarme a la Bolsa Real de Londres.

-Ya veo.

(Pasos acercándose)

Majestad. Ah, mi buen Guerau.

Siempre es una delicia veros.

¿Qué os parece? Impresionante.

Hagamos un descanso.

¿Cuándo partís hacia Inglaterra? La semana próxima, Dios mediante.

Espero que no olvidéis vuestras obligaciones

como buen católico y más aún en tierra impía.

Desde luego que no. La capilla de la embajada

siempre está abierta para quien lo desee.

Estoy muy preocupado por la guerra de Holanda,

pero no me olvido de Inglaterra.

Precisamente, majestad.

¿Habéis considerado el tema del que ya hablamos?

Ridolfi. Sí.

Gran hombre, ese tal Ridolfi, y un ferviente católico.

¿Qué necesita?

Hombres, majestad, los mejores soldados disponibles.

Los tendrá.

Gracias, majestad. Pero recordad una cosa.

Una Inglaterra católica no tiene por qué significar

una Inglaterra aliada. Hay que moverse rápidamente

para evitar su alianza con Francia.

Así se hará, majestad.

Nuestros hombres saben a quién deben obedecer.

¿Y a quién os referís?

A vos, majestad, ¿a quién si no?

No, mi querido Guerau.

Deben obedecer a Dios.

Él es quien guía cada uno de mis actos.

(DUQUE DE NOR) Tranquilos, es amigo.

¿Es de ella? -Firmada de su puño y letra.

-Bien.

Dadle de beber. Ha sido un largo viaje.

Caballeros, tengo una buena noticia.

Inglaterra va a ser católica de nuevo.

¿Ha venido alguien por aquí?

-A estas horas, apenas nadie. ¿Os puedo ayudar?

-Ponme una jarra de vino y cuatro copas.

-¿Y de comer?

-Embajador, gracias por venir.

-Con esta niebla tiene doble mérito.

Endiablado país. Vaya clima.

-Buenas noches, caballeros.

¿No había un lugar más cochambroso para nuestro encuentro?

-Hablad bajo, las paredes oyen. -Vos siempre tan dramático.

-¿Esperamos a alguien más? -A Jones.

-¿Y quién es ese? -Solo tenéis que suponer.

-Jones se ocupará de su muerte.

-Esperemos que sea más certero que puntual.

-He llegado mucho antes que vosotros.

-Bienvenido, porque no hay tiempo que perder.

Isabel debe morir.

¿Seréis capaz? -Esa pregunta

es una soberana estupidez. -Calmaos, caballeros.

La identidad del verdugo jamás debe saberse.

-Os alegrará saber que tras la bula papal,

Regnans in Excelsis, el asesinato de Isabel

pasa de ser un pecado a una misión de Dios.

Seréis recompensado en la otra vida.

-Prefiero ser recompensado en esta,

por si acaso.

-Supongo que tendréis todo bien planeado.

-En cuanto se conozca la muerte de Isabel

liberaré a María Estuardo, nos casaremos

y nos proclamaremos legítimos reyes católicos

de Inglaterra y Escocia.

-¿María Estuardo está al corriente de nuestro plan?

-Por supuesto. -Y de acuerdo, supongo.

-¿Cómo si no? Los lores del norte nos apoyarán y se sublevarán.

-¿Quién los capitaneará? -Yo mismo.

Aplastaremos cualquier resistencia que encontremos hasta Londres.

-En estos momentos, 20 buques de nuestra armada real

se dirigen a las costas de Hastings con más de 2000 soldados.

-¿Y cuándo tenéis previsto que lleguen?

-Me tendrán informado.

A su llegada, se pondrán a las órdenes de Norfolk

para garantizar el reinado de María Estuardo

y acabar definitivamente con cualquier brote de protestantismo.

-Que así sea.

-Pues aguardaré vuestras órdenes. -Será ahora.

Su santidad me ha dado el beneplácito a la operación.

Conque brindemos por nuestro éxito.

-¡Por una Inglaterra protestante!

-¡Bastardo traidor!

-¿Y Ridolfi? -Ha huido.

-Tomad vuestros mejores hombres y perseguidlo. Que no escape.

Es hora de rendir cuentas de vuestros actos a la reina Isabel,

la única y auténtica reina.

¿Estáis herido?

-Y ellos, muertos. Rápido, huyamos.

Qué gran decepción, mi señor.

Os asociáis con una rata española y una sanguijuela romana.

Tendréis buenas razones.

-Sí, que sois una hereje indigna de ocupar ese trono.

Vuestro reinado está llegando a su fin.

Resultáis entre penoso y conmovedor.

Maniatado y humillado entre mis soldados,

¿os atrevéis a amenazarme?

Eso es valor o es que creéis en los milagros.

Vuestro comportamiento ofende a la Corona.

Y el vuestro está acabando con mi paciencia.

Ejecutadlos

inmediatamente.

-Pero, majestad, Guerau es el embajador de España.

Si lo matáis, Felipe puede declararnos la guerra.

Y nuestra economía y nuestras fuerzas no nos lo permiten.

Expulsadlo del país.

Decidme. Si acabo ejecutando al duque de Norfolk

debo temer represalias de alguno de sus amigos?

Llevadlo a la torre y disponedlo todo para su ejecución.

-No. No. Piedad, majestad.

Piedad. ¿No os avergüenza pedir piedad

a una hereje? No. ¡Soltadme!

-Permitidme que os presente a mi nuevo colaborador,

Francis Walsingham.

Es quien ha descubierto la conjura que se preparaba contra vos.

Obviamente os lo tengo que agradecer,

pero no me gustan los espías. -Soy un simple informador

muy interesado en que el equilibrio que más me beneficia no se rompa.

Buena respuesta.

Os felicito por vuestro trabajo.

Es un honor serviros, majestad.

-Pero hay más complicaciones, majestad.

Ridolfi también está contra vos. Lo sé.

Y también que ha logrado escapar.

Los esbirros de la Santa Sede son peligrosos y escurridizos.

-Vuestra prima es más peligrosa. Es el origen del complot.

-Gana la voluntad de todos.

Los hipnotiza con su... dulzura y amabilidad.

Sabe manejar sus armas de mujer. -Olvidadla de una vez.

La tenéis completamente controlada. -No estéis tan seguro.

Haciéndose la víctima

promete honores, un país mejor y grandes sumas de dinero.

-La codicia crea más enemigos que la religión.

¿Tenéis pruebas precisas?

Tal vez Norfolk confesara si nos dierais más tiempo.

Pero sin cabeza lo veo complicado. Moderad vuestra ironía.

No estoy de buen humor.

Se considera indestructible. -Yo no lo creo.

Puede ser miedo.

-¿Isabel, miedo?

-No os preocupéis. María no se rendirá fácilmente.

Volverá a sus conspiraciones y caerá en su propia trampa.

Lo tengo todo bajo control.

(Redoble de tambores)

¡No, no, no!

¡Clemencia, majestad! ¡Me equivoqué!

¿Qué tendrá la muerte que vuelve a los hombres tan cobardes?

(CECIL) ¿Solo a los hombres?

¿No creéis que deberían alegrarse de reunirse con su dios?

Eso si no se encuentran a Satanás en el camino.

En efecto.

-Este es el final para los traidores a su majestad

y a Nuestro Señor Jesucristo.

(Gritos de espanto)

¡Dios salve a la reina!

(MUCHOS) ¡Dios salve a la reina!

Vayamos a comer.

Las ejecuciones siempre me abren el apetito.

Nos han descubierto.

Alguien nos espía.

Los apresaron en el lugar del encuentro.

-Ridolfi es el único que logró escapar.

¿Y vuestro señor, el duque de Norfolk?

Muerto.

(MARY) Debéis ser fuerte, majestad.

Otra muerte sobre mi conciencia. -Todos conocíamos el peligro.

Nunca me dejará salir de aquí.

(Puerta abriéndose)

¡No! ¡Por favor, no! Que Dios me perdone.

(MARY) ¡Señor, no! ¡Ah!

-Todos los hombres que se os arriman acaban muertos.

Debería servir de ejemplo para alguno.

Parece que los traidores no vuelan.

Tenedlo en cuenta la próxima vez que conspiréis contra la reina.

No pienso consentir ese tono. -¿Quieres comportarte?

-Tú, a callar.

Acabo de encarcelar al traidor que os servía de mensajero.

¿Vos, a mi mensajero? ¿Con qué derecho?

Con el que me otorga la reina Isabel de Inglaterra.

La persona que tutela mi custodia. Sí.

Era mi marido que, refocilándose entre vuestras sábanas,

traicionó a la reina, a mí y a mis hijos.

-Vas demasiado lejos. -Cállate, necio.

Te dejaste embaucar por esta zorra y has podido lleva a tu familia

a la desgracia. Exijo el máximo respeto, condesa.

Ah, ¿sí?

¿Como el que habéis tenido vos por mí fornicando con mi marido?

¿O por la Corona? -Soy tan responsable como ella.

-Eres un pobre semental que depende de mí para seguir vivo.

Si vuestro odio e insolencia es por mi relación con el conde,

llevadla a sus últimas consecuencias.

Porque hace años que no sois más que un ama de cría para él.

Os desprecia, condesa. No podéis ni imaginaros

lo mucho que gozaré haciéndoos la vida imposible

hasta que la reina decida qué hacer con vos.

Debo hablar con mi prima inmediatamente.

-Lo procuraré. -¿Adónde vas, infeliz?

La reina está esperando que te acerques a 20 millas de Londres

para cortarte la cabeza. ¿Qué le habéis contado?

Para vuestra desgracia fue ella quien me lo contó.

-No os preocupéis, señora, yo lo aclararé todo.

-Pero ¿no comprendes que cuanto más me humillas

peor va a ser para su encierro?

Eso no puede depender de vos. Ah, ¿no?

Vuestras visitas quedan restringidas a vuestros sirvientes

o a quien yo autorice. ¿Cómo os atrevéis?

Yo soy la reina. ¿De qué?

¿De dónde? ¡De Escocia!

Desde hoy solo sois mi prisionera.

Y si fuera vuestra prima, ya os habría hecho callar para siempre.

Para matar a una reina hay que tener muchas razones

y demasiado coraje, y mi prima no lo tiene.

Qué poco la conocéis.

Dejadme en paz.

Y vos, mi señor, os ruego

que me concertéis un encuentro con la reina.

Me temo que no vais a coincidir

ni en el infierno.

Majestad.

Guerau de Spes desea ser recibido.

Muy bien. Hazlo pasar ya.

-Majestad.

Cuánto lo siento, majestad.

No me gustan los fracasos

y mucho menos hacer el ridículo.

Fuimos traicionados.

Norfolk lo pagó con su vida.

Norfolk nunca fue un auténtico católico.

Cambiaba de dios a conveniencia.

Ahora que he sido expulsado de Inglaterra,

os pido permiso para viajar a Bruselas.

Sé que Ridolfi se encuentra allí intentando reactivar el plan.

Olvidadlo.

Pero, majestad... Digo que lo olvidéis.

Venid.

El sol no se pone en nuestros dominios.

Buenos Aires, Veracruz, Nápoles, Flandes, Manila.

Sin embargo, hay algo que nos impide dominar el mundo

tal y como Dios, Nuestro Señor, me ha encomendado.

Inglaterra.

Exacto.

Si controláramos Inglaterra, controlaríamos el océano Atlántico

y nuestras riquezas del Nuevo Mundo llegarían a nuestras arcas

sin problema alguno.

Me estáis dando la razón, majestad. Isabel debe ser eliminada.

Quien tiene la razón es el duque de Alba.

Él cree que debemos conquistar Inglaterra sin conjuras

ni asesinatos. Oh, majestad...

¿Conquistar Inglaterra? ¿Cómo?

Con la ayuda de Dios, por supuesto.

Y de esto.

Voy a construir una armada que será...

invencible.

Nuestros enemigos católicos son cada vez más numerosos.

-Siento disentir, majestad.

El saqueo de Amberes de los amotinados españoles

ha hecho mucho daño a Felipe.

Prácticamente ha perdido todas las provincias

del norte de Flandes. -Y no olvidéis

que aún no se ha recuperado de la quiebra de su tesoro.

Ese monasterio lo arruinará.

-No es el monasterio lo que le vacía el tesoro.

Es el enorme ejército que tiene.

Nuestro tesoro es igual de precario,

pero no disponemos ni de la mitad de la fuerza.

Y deberíamos gestionar mejor el gasto.

¿Volvéis a cuestionar mi estilo de vida, lord Cecil?

No, no, no, no, majestad.

-Nuestro tesoro crecerá en la misma medida

que crezcan nuestros corsarios.

Sir Francis Drake y sir Walter Raleigh

os enriquecerán con mi gran estrategia.

Confiad en John Dee, majestad. -Ya, pero en rigor no es estrategia

sino piratería.

Y, majestad, contaminaría la imagen de la Corona para siempre.

-¿Tenéis alguna idea mejor?

-Hay algunos impuestos que pueden revisarse.

No incrementaré más los impuestos.

No quiero presionar más a mi pueblo.

Ya les he pedido demasiados sacrificios.

-El pueblo os adora, majestad. Hará lo que sea por vos.

Es hora de verlo.

Las noticias de las barbaries católicas

no solo llegan a mis manos. El pueblo está inquieto.

Desean saber que su reina está dispuesta

a defenderlos de sus enemigos. -¿Qué sugerís, majestad?

Una gira.

Greenwich, Northampton,

Leicester, Norwich.

(CECIL) El feudo del duque de Norfolk.

Eh... ¿Creéis que es conveniente? Pues claro.

Si queda algún católico en Inglaterra,

se convertirá al ver el poder y el esplendor de su reina.

Pero el coste... Tal vez incluso llegue a Sheffield

y visite a mi prima, si estoy de buen humor.

(DEE) Hasta que haya una guerra,

este será el mayor triunfo de Isabel.

-¿Cuál? ¿Exhibir sus vestidos por todo el país

con una comitiva de 200 carros como va siempre?

-No.

Hacer creer al mundo que somos poderosos.

25 años desde que inicié el proyecto.

Muchas cosas han pasado en este tiempo.

He enterrado a dos esposas y a cinco hijos.

He librado toda clase de guerras.

He visto caer reyes, reinas y papas.

25 años,

pero he construido algo que perdurará 25 siglos.

Caballeros, ¿qué me resta aún por hacer?

-¿Pacificar Flandes?

-¿Extender nuestro imperio por Asia?

-¿Conquistar Inglaterra?

Borrar a los heréticos de la faz de la tierra.

El rey Jacobo VI de Escocia.

-Majestad, es un honor conoceros al fin.

Es un placer para mí también.

Sois más apuesto de lo que había oído.

Seguramente necesitáis refrescaros.

Hace poco he recibido una nueva carta suya.

¿Queréis noticias de vuestra madre?

Yo no tengo madre.

La persona que mantenéis en el encierro

no es más que una conspiradora que mató a mi padre.

Duras palabras para la mujer que os dio la vida.

Sí, me dio la vida

y luego me la llenó de violencia, soledad y dolor.

Lo único que persigue es quitarme el trono

que por derecho me corresponde. -Ella ostentó ese derecho antes.

-Sí, y demostró no estar preparada para ejercerlo.

Los comentarios sobre vuestro carácter os hacen justicia,

como vuestra facilidad de palabra.

La capacidad de decisión de un rey es tan importante

como su preparación y habilidad de comunicación,

tanto con sus colaboradores como con sus súbditos.

¿A qué se debe vuestra invitación?

Como sabréis, nos vemos abocados a una guerra contra España.

Eso nos preocupa.

Ahora disfrutáis de una Inglaterra más fuerte y poderosa.

Para eso hemos trabajado.

Pero si, Dios no lo quiera, los españoles nos vencieran,

no se detendrían en Londres.

¿Estáis insinuando que...?

(CECIL) Que continuarían hasta Edimburgo.

-El rey Felipe os derrocaría

y pondría a vuestra madre en el trono.

-¿Qué os hace pensar eso?

Con una reina frívola y débil, camparía a su antojo,

sin tener que prolongar la guerra contra nosotros.

Y supongo que ya habéis pensado alternativas que proponerme.

En efecto. Creemos un tratado de defensa entre ambos países.

Históricamente, los tratados entre Escocia e Inglaterra

os han beneficiado de forma inaceptable.

Este nos beneficiaría a ambos.

Es el único modo de defender nuestras costas.

¿Y qué ofrecéis a cambio de mi apoyo?

-¿No habéis oído a la reina?

(WALSINGHAM) Inglaterra os ayudaría

si los españoles extendieran la batalla

a las costas escocesas.

-¿Sois siempre tan impertinente o infravaloráis mi inteligencia?

Está tenso. No se lo tengáis en cuenta.

(Graznidos)

Los españoles son tan necios...

Nunca atacarían Escocia antes.

Si Felipe os derrotara y Dios no lo evitase,

nombraría a mi madre reina de Inglaterra

y pactaría conmigo una paz para ambos países.

Hace un momento decíais que no teníais madre.

Porque hace un momento no habíais perdido la guerra.

Es cierto.

Sois más inteligente de lo que me esperaba.

No nos atacarán.

Si firmáis el tratado,

tendría que restablecer la línea sucesoria de los Estuardo.

Es decir, seréis mi heredero.

Ponédmelo por escrito y firmaré.

Aquí lo tenéis.

¿Sabéis? Con vuestra juventud y mi experiencia,

seríamos imbatibles.

¿Qué me sugerís?

El matrimonio perfecto.

Me halagáis, majestad.

Y ahora brindemos por este histórico momento.

Por nuestros grandes países.

Y por nosotros.

Ahora os mostraré el palacio.

Pero no os vayáis a ilusionar con ocuparlo pronto.

No tengo intención de morirme.

-Oh, es muy lista.

-Y rápida.

Se salió con la suya.

-Nunca se casará.

-Tampoco tendrá hijos.

-Y Jacobo será rey de Inglaterra.

¿Qué os preocupa?

-El tiempo.

-No os sigo.

-40 barcos tienen más posibilidades de defensa frente a 100

que 80 contra 200.

-Hay que precipitar la batalla,

pero atacar a España sería un suicidio.

-María Estuardo.

-¿Cómo? -Tengo el cebo.

-Al grano, por amor de Dios.

-Hay un joven católico llamado Babington...

Y esta vez implicaré a María de tal manera

que Isabel no tendrá otra salida que ejecutarla.

-Bueno...

Ahora me gustaría enseñarte mi colección de pinturas.

Yo creo que te agradará. (HOMBRE) Majestad.

Majestad. ¿Qué ocurre?

El rey Sebastián de Portugal ha muerto

en la batalla de Alcazarquivir.

Dios lo acoja en su seno.

Era un buen cristiano.

Al no dejar descendencia,

su tío abuelo, el cardenal Enrique, ocupará el trono.

-¿Un cardenal... rey?

-Quiere pedir una dispensa papal para casarse

y así, poder asegurar el linaje.

Eso raya en lo indecente. No lo logrará.

-¿Por qué estás tan seguro?

Oh, el santo padre ocupa su puesto gracias a mí.

Y no es un hombre que olvide favores.

-Vos, como nieto del rey Manuel, deberíais reclamar ese trono.

Y eso haré.

Y no solo el trono, sino todas sus posesiones de ultramar.

Dios empieza a recompensarme por una vida llena de sacrificios.

-¡Ah! -¡Soldados, soldados!

-¡A mí la guardia! -¡Soldados!

¡Ha querido apuñalar a la reina!

¿Por qué habéis esperado tanto? Tenía que quedar creíble.

De haberme apuñalado no sería más real.

Os aseguro que no habéis corrido peligro.

-No estoy tan seguro.

¿Cómo os llamáis?

-Babington.

Anthony Babington.

Bien, Babington.

¿Y por qué queríais matarme?

Porque no sois la legítima dueña del trono de Inglaterra.

Lo decís con mucha confianza.

Y entonces, ¿quién es, según vos?

Contestad si no queréis que ruede vuestra cabeza aquí mismo.

Eso es algo a lo que no temo.

Pues contestad.

María Estuardo,

que os sobrevivirá más allá del trono,

por encima de todo impedimento.

¿María Estuardo es quien os ha enviado?

La reina de Inglaterra os ha preguntado.

Decid, ¿María Estuardo os envió a asesinarme?

(VARIOS) ¡Responded! -¡Responded!

(VARIOS) ¡Responded! ¡Responded!

(VARIOS) ¡Responded! ¡Responded! -¡Sí!

(VARIOS) ¡Responded!

-¡Sí!

(BABINGTON LLORA)

Que firme su confesión...

y ejecutadlo.

Este es mi trono.

Y nadie me lo arrebatará mientras viva.

Ni el rey de España

ni María Estuardo,

ni el mismísimo Satanás si aquí se presentara.

Pienso proteger Inglaterra de cualquiera de sus enemigos.

-¡Dios salve a la reina!

(MUCHOS) ¡Dios salve a la reina!

Lord Cecil.

Arrestad a mi prima,

a la que he demostrado tanta generosidad.

-Sí, majestad.

Que la fiesta continúe.

-Las palabras de ese chico me han helado la sangre.

Este juicio es una farsa.

Como reina, solo Dios puede juzgarme.

Ahorraos la grandilocuencia, señora. Vos ya no sois reina de nada.

Se nace y se muere reina, aunque me hayan robado mi trono.

¿Estáis llamando ladrón a vuestro hijo?

Él solo es un juguete en manos de mis enemigos.

Dios es mi testigo, lord Cecil, y no os libraréis de su justicia.

(HOMBRE) Por favor, lord Cecil.

Prosigamos.

-Estas son las pruebas, señorías.

La confesión de Anthony Babington.

El motivo agrava el delito,

porque la pretensión de la acusada era usurpar el trono

y proclamarse entonces reina de Inglaterra y Escocia.

(ASISTENTES) ¡Oh!

(Murmullos)

Cartas incriminatorias,

de su puño y letra,

tanto...

a Anthony Babington... (ASISTENTES) ¡Oh!

-...como a su alteza real, Felipe, rey de España,

que está, no lo olvidemos,

en guerra con nuestro país.

(ASISTENTES) ¡Oh! -Muy graves acusaciones.

¿Qué tenéis que decir, señora?

Solo responderé ante Dios.

-Pero, desgraciadamente, Dios no os juzga,

y sus señorías tienen que emitir su juicio.

Vos ya estáis condenado.

Sí, muy bien, podría ser,

pero en este momento, la acusada sois vos.

(Murmullos)

(JUEZ) ¿No deseáis decir nada en vuestra defensa, señora?

Mis razones son profundas y he actuado en legítima defensa.

-¿Legítima... defensa?

¡Legítima... defensa!

¿Es que acaso alguna vez

la reina Isabel ha tratado de asesinaros?

(Risas)

Peor.

Isabel me ha sometido a una agonía lenta

de persecución, frustración y privación de libertad.

Esto es inaudito.

¿No es más cierto

que cuando fuisteis expulsada de vuestro país,

os ofreció protección y refugio?

¿Llamáis "refugio" a estar encarcelada

durante más de 15 años

mientras se asesinaba a mis amigos, se me mantenía incomunicada

y se urdía toda esta trama para matarme legalmente?

Un lujoso castillo como el de Sheffield,

con sirvientes de confianza,

con libertad para montar, para... tañer música,

disfrutar de un sinfín de actividades

y recibir a vuestros amigos.

¿A eso llamáis incomunicación?

A lo largo de mi vida he sido acosada,

humillada, traicionada y derrocada,

simplemente por defender mi trono y mi religión.

La reina Isabel hace lo mismo

y nunca ha estado implicada en un asesinato como cómplice.

¿Cómo podéis ser tan cínico?

Un montón de cadáveres son los cimientos de su trono.

¡Moderad ahora vuestro lenguaje, desvergonzada!

Yo soy la reina de Escocia.

Represento a mi país y es mi deber defenderlo de mis enemigos

hasta la última gota de mi sangre.

Señorías, con el debido respeto,

no encuentro razón alguna para alargar este juicio.

Las pruebas son irrefutables.

Y su actitud no admite ninguna duda.

No vais a conseguir nada matándome.

Si ser reina de Escocia y profesar la religión católica

me convierte en culpable,

desde luego que lo soy.

(ASISTENTES) ¡Oh! (HOMBRE) ¡Culpable!

(MUCHOS) ¡Culpable! (CECIL) Señorías,

emitan su veredicto.

No muestra ni el menor asomo de arrepentimiento.

(VARIOS) ¡Culpable!

-¡Culpable! -¡Culpable!

-¡Culpable! -¡Culpable!

-¡Culpable! -¡Culpable!

-¡Culpable! -¡Culpable!

-Culpable.

(OTRO JUEZ) Culpable.

(OTRO JUEZ) Culpable.

(OTRO JUEZ) Culpable.

(ASISTENTES) ¡Culpable!

-Solicitaré a la reina...

vuestra ejecución.

Lord Cecil, me odiasteis desde el principio

y siempre quisisteis verme muerta, ¿por qué?

Os equivocáis.

Solo odio lo que representáis.

Una amenaza contra la perfidia de Isabel,

del gobierno del despotismo y el terror.

No.

Sois...

solo un problema para que avance nuestro país.

Representáis a una religión en declive,

con un papa corrupto y degenerado

que tiene una legión de fanáticos que...

bueno, no piensan.

La Reforma es una herejía,

y Dios os castigará por los crímenes que cometéis.

Se han cometido tantos crímenes en su nombre

que seguramente uno más no le importará.

No tenéis fe en Dios. Tengo fe en Inglaterra

y en la reina Isabel, y no necesito nada más.

Estáis penado. Creo...

que lo estamos los dos.

Pero si de repente vuestro Dios aparece,

a lo mejor nos salvamos ambos. Es lo que creéis, ¿verdad?

Según vos, nos está observando.

¿De verdad va a permitir la atrocidad de ver...

vuestra hermosa cabeza

sanguinolenta, yaciendo sobre un cadalso?

Si es así,

entonces es que Él prefiere que le sirva como mártir.

Bueno, pues que así sea.

Por fin dejaré de esperar.

Ya soy libre.

(Puerta abriéndose)

¿Qué estás haciendo aquí?

Sería mejor pensar en todas las razones antes de usar ese tono.

A estas alturas poco me queda por pensar.

Dejadnos. Pero, majestad...

He dicho que nos dejéis.

Te he hecho una pregunta.

¿A qué has venido?

¿Deseas gozar de mi sufrimiento más cerca?

Tu sufrimiento no me satisface para nada.

Por supuesto.

No es suficiente.

Has venido a verme morir.

Si deseara tu muerte, hace tiempo que no estarías aquí.

Has preferido torturarme encerrándome...

¿Para llegar a esto?

No me has dejado otra opción.

¿Es arrepentimiento o alevosía? Es cansancio.

Demasiada violencia y traición.

No tengo energía para tanto odio.

El odio que tú has creado.

Yo debería estar reinando en Escocia.

Y tú has destruido los mejores años de mi vida.

Los has destruido tú, con tus traspiés y frivolidades,

conspirando abrazada a tu religión solo para destruirme.

Protestantismo, catolicismo...

Oh. ¿Qué importa ahora?

Desde que llegué a Escocia me quisiste imponer tu voluntad,

con violencia, con engaños y traiciones.

Nunca me trataste como a una igual. Porque nunca lo fuiste.

Somos tan distintas como Escocia de Inglaterra.

Entre mis súbditos y los tuyos hay una generación

de educación, cultura, refinamiento...

Claro, por eso no me querías en el trono,

para que Escocia no creciera y avanzara

con la ayuda de Dios y mi preparación.

Esta conversación no lleva a ningún sitio.

Pídeme perdón... y no morirás.

¿Perdón, dices?

¿Por arruinar mi vida?

¿Por quitarme mi reino y alejarme de mis seres más queridos?

¿Perdón?

Déjame morir con dignidad.

¿Es tan difícil entender que no quiera tu muerte?

Curiosa manera de demostrarlo.

Te volviste un peligro para nuestra unidad

y para la corona.

No seas obstinada.

Solo necesito que retires tus ofensas.

¿Y qué alternativa me ofreces?

¿Mi humillación con más años de encierro

hasta que me pudra entre cuatro paredes?

Estoy en mitad de una guerra con España.

Tu aliada.

Con cierta paciencia, igual cumples tus objetivos.

Pero viva.

Cúmplelos viva, no seas estúpida.

No puedo creerte.

Estás esperando mi humillación,

pero una vez a tus pies, firmarás la sentencia

y además, con mi dignidad completamente destruida.

¿Consejo de Cecil, tal vez?

Como desees.

Arrogante e irreflexiva hasta el final.

En mi final está mi comienzo.

Sí.

Tu mayor error es que te has implicado más como mujer

que como reina.

Por eso no has ganado esta batalla.

Y el tuyo es que te has dedicado a vivir sin alma

y que para poder reinar a cualquier precio,

te olvidaste de ser mujer, madre, esposa, amiga...

y hasta ser humano.

Vives en una nube.

He venido para intentar evitar

que terminaras en las manos del verdugo,

pero no he sabido convencerte.

Te lo he dicho.

Ya no me puedes arrebatar más que la vida.

La reina mártir.

Qué fantasía.

La reina virgen.

Qué sarcasmo.

Tu dios y el mío saben

que lo he intentado de corazón.

Mi querida prima.

Mi final será mi comienzo.

-Majestad, os enfriaréis. Poneos esto.

-¿Ya se ha llevado a cabo? -Aún no, majestad.

Será al alba.

¿Estáis bien, majestad?

-Es una locura.

Apenas la conocía y ahora me duele en las entrañas.

-Es lógico, señor, os dio la vida. Es vuestra madre.

-Me vi obligado a ignorarla, casi a odiarla.

Y ahora siento que parte de mi vida se va con ella.

-No debéis sentiros culpable. -Y no lo hago.

Pero ¿es que su sacrificio tiene sentido?

-No os torturéis, señor.

Voy sois el rey

y ella ha sido víctima de su destino.

-Es asqueroso.

Toda la vida me han acompañado amarguras y enigmas.

Traed noticias lo antes posible. -Sí, majestad.

Isabel disfrutando de su triunfo.

De lo que puede ser capaz esa maldita hiena...

Y pretendía ser mi esposa.

Madre.

(Golpes en la puerta)

(Puerta abriéndose)

Es la hora.

Estoy lista.

(MARY SETON LLORA)

Señora...

No llores, querida Mary.

Alégrate de que mi sufrimiento ya llega a su fin.

Estoy a punto de encomendar mi alma a Dios.

Reza por mí.

Todos los días, hasta el fin de mi vida.

(AMBAS LLORAN)

Desesperante y terca mujer.

Prefiere morir antes que reconocer

que ha sido inútil enmascarar su ambición

en ese fanatismo religioso.

(HOMBRE) María,

Isabel I de Inglaterra os sentencia a muerte

por los delitos de alta traición, conspiración criminal

e intento de regicidio,

por los que habéis sido juzgada y considerada...

culpable.

Eso no es cierto.

Solo Dios puede juzgarme.

Sentencia firmada y sellada por Isabel I de Inglaterra

en el día de ayer,

7 de febrero del año de Nuestro Señor de 1587.

(CURA, REZA EN LATÍN) Señor,

apiádate de aquellos que,

cegados por el mal que nos rodea,

ponen en duda la obra de tu Iglesia.

Y también te pido para que guíes a mi hijo Jacobo,

que ha sido educado en el protestantismo,

al camino verdadero de la fe católica;

y te ruego también que ilumines a mi prima, la reina Isabel,

para que continúe su reinado sirviéndoos adecuadamente

y sin cometer crímenes crueles

como el que está a punto de perpetrar.

-Por favor, majestad.

Arrepentíos y acabaremos con esto.

Más quisierais vos y la bastarda hereje de mi prima.

No seáis cómplice de vuestra propia muerte.

Cortándome la cabeza no solo asesináis a una reina,

también mataréis un símbolo.

Está en vuestra mano evitarlo.

Los católicos de todo el mundo no perdonarán esta agresión.

Se levantarán en armas y arrasarán estas islas

como las plagas que envió Dios para castigar a Egipto.

-Continuad.

Dile a quien te pregunte que he muerto reina,

como una auténtica católica y una verdadera escocesa.

-Por mi vida que lo haré. (HOMBRE) Continuad.

(Pasos acercándose)

Os perdono de todo corazón.

-Gracias por su clemencia, señora.

Eh... ¿Permitís?

Quiero las joyas en mi último viaje.

Es... Es nuestro salario, señora. Ganaréis...

más a mi manera.

-Esto dobla el valor del collar.

-Gracias, señora.

No lloréis.

Necesito que las lágrimas no os impidan ver la injusticia

a la que vais a asistir.

Solo como mártir ayudaré a mi pueblo.

-Señora, por amor de Dios.

Mi señora.

A ti, Dios, encomiendo mi alma.

"In manus"...

"'tuas, Domine'".

"'In manus'...

"tuas, Domine".

"In manus"...

No me dejó alternativa.

"In manus tuas, Domine".

(Golpe seco)

(VOZ DÉBIL) Tráeme un espejo.

Pero, majestad... Cálmate.

Nunca me ha sorprendido mi belleza.

La muerte es repugnante.

Los humanos somos muy torpes.

-¿Cómo estáis, majestad?

John.

Vais a sobrevivir a vuestra reina.

Por una vez,

me gustaría equivocarme en mis predicciones, pero...

No obstante, creo que os voy a seguir pronto.

Qué larga agonía y qué corto...

el recuerdo de mi vida.

Que os acompañe es el sentimiento

de ser la mayor reina de la historia de este país.

No sé.

Vencí una batalla perdida.

Dicen que ayudó la tormenta.

Si no tuve que ver, ¿qué sentido tiene la victoria?

Ahora no es el momento.

No permitáis que tales pensamientos atormenten vuestro espíritu.

¿Me encontraré a todos los que antes se fueron?

Duele muchísimo...

matar a quien amas. Sabéis...

que la vida de un rey es casi siempre inhumana, majestad.

Me enseñasteis bien esa teoría.

Pero no me disteis antídoto para tanto sufrimiento.

No es exactamente cierto.

Pasé muchos años intentando poneros en contacto

con los ángeles.

¿Cómo se os ocurrió tal cosa?

Yo solo habría hablado con Dios.

El sentido del humor es otra prueba de vuestra inteligencia.

Descansad, señora.

Descansad.

No lo sé.

No lo sé.

-¿Queréis que llame al médico? No.

No.

Estoy mejor.

Dame de beber.

Qué gran mentira todo esto.

Ambición,

odio,

muertes,

sufrimiento...

Para defender ¿qué?

Para llegar ¿adónde?

Esa es la mayor decepción.

Estaría dispuesta...

a dar todo mi...

reino...

por...

por...

¿Por qué, majestad?

Por vivir.

Ningún dios nos enseña a morir.

Por eso no sabemos...

vivir.

(CRIADA, LLORA)

-Inclinaos ante el rey.

Arrodillaos ante el hijo de María.

  • Capítulo 6

Reinas - Capítulo 6

28 feb 2017

María no se resigna e intriga para recuperar su reino. Pese al éxito de sus políticas, Isabel sigue preocupada por las maniobras de su prima. Felipe II recibe cada vez más presiones para enfrentarse a Inglaterra, pero, además, el Rey está inmerso en sus conflictos familiares.

Contenido disponible hasta el 28 de febrero de 2027.

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