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Transcripción completa

Estamos en Galicia, en el noroeste de España.

En lugares estratégicos encontramos recintos amurallados

con extrañas construcciones circulares de piedra.

¿A quién pertenecieron?

¿De quién se defendían?

¿Cómo vivían?

Son los vestigios arqueológicos del pueblo castreño.

Este es el Castro de Baroña, en Porto Do Son,

en la ría de Noia.

Así era en su tiempo.

Pero antes de sumergirnos en la vida de los castreños,

vamos a viajar al pasado remoto.

En estas tierras de escabrosas costas

y enormes acantilados,

el mar fue desde antaño una vía de comunicación

entre los pueblos que habitaron el litoral del Océano Atlántico.

El hombre del Paleolítico buscó cobijo

en cavernas y abrigos naturales.

Su vida itinerante de cazador recolector

le permitió sobrevivir

en un entorno feraz y lleno de peligros.

Su forma de vida conoció un cambio radical

con la llegada de la agricultura.

Fue entonces cuando comenzó a dejar su huella en el paisaje.

En el Megalítico,

el mar se convirtió en una fuente de contactos.

Antes de la Edad de los Metales,

los pueblos de la Europa atlántica fueron los primeros

en construir grandes monumentos destinados a perdurar en el tiempo.

¿Qué significado tiene el alineamiento

de más de 3.000 Menhires de Carnac

en la Bretaña francesa?

Tardaron varios siglos en erigirlos,

alrededor del 3300 a. C.

¿Por qué lo hicieron?

En Irlanda, el túmulo funerario de Newgrange,

es uno de los monumentos megalíticos más importantes de Europa.

Se construyó siglos antes que las pirámides de Egipto.

Sus muros externos son de cuarcita.

El panteón y los menhires que lo rodean

están decorados con espirales, círculos

y misteriosos trazos en zig zag.

¿Se trataba tan solo de una tumba?

Hay estudiosos que lo describen

como un enorme observatorio astronómico,

al igual que el santuario de Stonehenge,

que supuso la extracción, tallado y transporte

de enormes bloques de piedra -algunos de hasta 30 toneladas-

desde una distancia de 70 km.

Todavía nos preguntamos el porqué de estas titánicas obras

en las que era necesaria

la movilización de grandes recursos humanos y económicos,

además de una gran capacidad de planificación y organización.

En Galicia, las primeras tumbas megalíticas

aparecen alrededor del 4500 a. C.

Consistían en cámaras funerarias construidas con enormes losas.

Se las conoce como dólmenes.

Colocadas verticalmente,

las ciclópeas piedras formaban el aposento funerario

y un pequeño corredor de acceso.

El dolmen se sepultaba formando un túmulo de tierra y piedras.

Las mayores losas se tallaban a medida

para sellar el enterramiento.

El cuerpo del difunto era inhumado en el interior del dolmen.

Los objetos de prestigio de sus ajuares funerarios

ponen de manifiesto la existencia de jerarquías sociales.

Aquellos dólmenes o mámoas, como se les llama en Galicia,

donde se enterraba

a personajes notables para la comunidad

funcionaban como auténticos mausoleos,

es decir, eran a la vez tumbas y santuarios

donde se celebraban

ceremonias de ofrendas a los ancentros

y de culto a los muertos.

La desintegración de los restos orgánicos

por el transcurso del tiempo y la acidez de la tierra

dificultan el estudio de estos enterramientos megalíticos.

La gran cantidad de fragmentos de cerámica

encontrados en los túmulos,

muchos de ellos restos de vasos del tipo campaniforme,

nos indican la existencia de libaciones en las ceremonias,

y la introducción de ritos funerarios importados.

El colosal esfuerzo invertido por estas sociedades

del final del neolítico

en la construcción de estos monumentos

y su profusa presencia en el paisaje

evidencian la importancia que tenían los antepasados

y su profunda creencia en el más allá;

en la vida después de la muerte.

Continuando nuestro viaje por la prehistoria atlántica

encontramos una de las manifestaciones artísticas

más singulares de esta época: los petroglifos.

El hombre siente la necesidad de plasmar en la piedra

aspectos de su vida y de sus creencias.

Los dibujos se graban por percusión

con piedras punzantes de cuarzo o sílex.

Los surcos se ensanchan por abrasión.

Combinan símbolos de carácter religioso

con escenas de la vida cotidiana.

Las Rías Bajas gallegas son el principal foco

de arte rupestre del Atlántico,

presente también en las Islas Británicas

y en la Bretaña francesa.

En la Edad del Bronce aumenta la población

y los asentamientos se hacen más estables.

Viven de una agricultura sencilla.

La presión sobre el medio natural se acentúa:

talan los campos y queman la vegetación

para crear pequeñas parcelas de cultivo,

como se sigue haciendo

en las regiones menos desarrolladas del planeta.

Durante la quema

cazaban los pequeños animales que huían del fuego.

Labraban la tierra con azadas de piedra y de palo

para cultivar plantas leguminosas

y variedades primitivas de trigo y otros cereales.

Cada pocos años, tenían que cambiar de lugar.

La ganadería cobra mayor importancia como actividad económica.

Constituye una incipiente industria de carne, lácteos, pieles y lana.

Los asentamientos pasaron de ser meros núcleos familiares

a convertirse en aldeas y poblados estables

que más tarde se transformarían en castros,

como este de Castromao, uno de los más antiguos de Galicia.

En la costa se establecen en lugares estratégicos,

como puntas y penínsulas,

que les ofrecen

buenas condiciones defensivas naturales

reforzadas mediante terraplenes y empalizadas.

Son de pequeñas dimensiones y habitados por pocas familias.

Su ubicación les proporciona el acceso directo

a todos los recursos que les ofrece el mar.

Viven principalmente de la pesca, el marisqueo y las huertas.

Sus recursos se complementan con la ganadería

y la recolección de frutos silvestres.

El mar se convierte en una puerta abierta a contactos

e intercambios culturales y comerciales con otros pueblos.

La metalurgia,

la mayor innovación tecnológica en la historia de la humanidad,

provocó una verdadera revolución, un cambio global.

Algunas piezas metálicas se convierten en bienes de prestigio

y pasan a ser de gran valor.

Los útiles de piedra pulimentada

sirvieron de modelo a las nuevas herramientas de bronce.

Desde la aparición de la metalurgia, en torno al 2500 a. C.,

las manufacturas metálicas fueron objeto de intercambio

a lo largo de las costas atlánticas y más allá.

Un intenso tráfico marítimo unía la Península Ibérica,

las Islas Británicas y la zona del Canal de la Mancha.

Navegaban en embarcaciones construidas con mimbre

y revestidas de pieles impermeabilizadas con sebo.

Galicia posee una orografía muy abrupta.

Cuenta con numerosos sistemas de monte bajo, mesetas,

valles y montañas que se elevan a más de 2.000 m de altitud,

con sus laderas tapizadas por una exuberante vegetación

de especies de hoja caduca, como hayas, robles y alisos.

En las sierras centrales y orientales

nacen los ríos que jalonan su geografía.

Cauces que descienden desde sus nacimientos en las cumbres

y se abren paso esculpiendo el paisaje.

En sus riberas, cubiertas de helechos,

crece el bosque milenario que permanece en penumbra.

El paisaje se torna misterioso y secreto.

Las sociedades de la Edad del Bronce

sacralizaron la naturaleza

con divinidades asociadas a montañas, ríos, manantiales,

lagunas y bosques.

Chamanes y curanderos encontraron la inspiración de su don

en el corazón de estos bosques

que siguen siendo relato de brujas y sortilegios.

Muchos rasgos de las prácticas religiosas

de la Edad del Bronce

han llegado hasta nuestros días fosilizados en el folclore europeo.

Ninfas, trasgos, nomos, y otros espíritus

son entidades míticas que hunden sus raíces en esta época.

Posiblemente, los pescadores y cazadores

que se adentraban en estos parajes ocultos

se sometían a algún tipo de iniciación,

parecida a las que se realizan

en comunidades de creencias animistas

de África y América,

para protegerse de las terribles fuerzas sobrenaturales

que existían en estos lugares.

El marisqueo en las costas y rías gallegas

es una actividad que se remonta a la noche de los tiempos.

El llamado "fenómeno de afloramiento"

provoca un gran aumento del fitoplancton en el agua

que convierte este litoral en un área de pesca y biodiversidad

única en el mundo.

Los pobladores de finales del Bronce y principios de la cultura castreña

capturaban crustáceos

entre las rocas de la zona intermareal.

También consumían percebes, mejillones, lapas

y caracoles marinos.

La pesca se documenta por los numerosos restos encontrados

como merluzas, caballas, jureles, besugos, congrios

y un sinfín de especies más.

Para su captura empleaban redes

y anzuelos de cobre, bronce y hierro.

El pulpo lo deshidrataban para su conservación,

y los pescados azules los secaban después de ahumados.

La mayoría de las comunidades castreñas

eran autosuficientes para cubrir sus necesidades básicas,

incluso tenían capacidad para producir excedentes.

En sus corrales, criaban animales domésticos

como conejos, cerdos y algunas aves.

Las necesidades que no podían satisfacer,

como la sal y los minerales destinados a la metalurgia,

motivaban trueques con otras aldeas.

El curtido de pieles era la base de la industria del cuero.

Con ellas confeccionaban todo tipo de accesorios del vestido,

correajes y calzado.

La molienda del grano la realizaban en molinos barquiformes

que exigían considerable esfuerzo.

Los poblados eran agrupaciones de familias

que compartían gran parte de sus recursos.

Muchos trabajos relacionados con el sustento

se realizaban para toda la comunidad.

Viajamos hasta La Lanzada, en las Rías Bajas,

la ermita y los restos del antiguo castillo

atestiguan el destacado papel que tuvo este enclave

en la historia de Galicia.

Habitado desde el s. VII a. C.,

es un rico yacimiento arqueológico que ha proporcionado valiosos datos

sobre la cultura castreña.

Desde sus comienzos se dedicó al comercio marítimo.

Aquí arribaban barcos del sur de la Península Ibérica

cargados con gran cantidad de mercancías.

En las inmediaciones de este asentamiento

existían vetas de estaño,

metal que los mercaderes recibían como pago

en sus transacciones comerciales.

En las excavaciones arqueológicas de La Lanzada

hemos encontrado evidencias de los intercambios comerciales

entre fenicios, cartaginenses y castreños.

Por ejemplo, aquí tenemos restos de ánfora.

Las traían los fenicios y cartaginenses en barcos

que se apostaban en La Lanzada.

Junto a estos objetos aparecían perfumarios, joyas, etc.

La Lanzada fue un enclave comercial importantísimo

en las relaciones entre el norte y el sur,

entre el Atlántico y el Mediterráneo;

gracias a la navegación fenicia que llegaba a La Lanzada.

A finales del Bronce

los fenicios fundaron emporios comerciales

en todo el Mediterráneo.

Viajaron hasta los confines del mundo conocido,

atraídos por la riqueza de las míticas Casitérides,

las islas del estaño,

que los relatos antiguos situaban en el tenebroso océano,

más allá de las Columnas de Hércules.

Las Casitérides eran para los mediterráneos

una especie de El Dorado,

un lugar de su geografía mítica que representaba

la proverbial abundancia de metales de las tierras atlánticas.

Comerciaron con los pueblos atlánticos

durante centurias,

hasta la caída de Cartago en el s. II a. C.

Traían vajillas, joyas, tejidos, conservas, sal y metales.

A comienzos del primer milenio antes de Cristo,

los fenicios ya habían introducido el vidrio y el hierro

en los circuitos meridionales del comercio atlántico.

Innovaciones como el molino giratorio

y el torno de alfarería

fueron rápidamente adoptadas junto con otras nuevas herramientas.

También asimilaron modas en el consumo de alimentos,

el vestido y el adorno personal.

Los pueblos atlánticos exportaban el estaño,

producían lingotes de pesos estándar

con los que pagaban las importaciones.

También ofrecían a cambio plata, oro y pieles de animales.

A comienzos de la Edad del Hierro,

en los poblados de altura de toda Europa,

se construyen defensas y murallas.

El colapso de civilizaciones mediterráneas,

como la micénica y la hitita,

provocó el hundimiento del comercio,

los metales comenzaron a escasear y se encarecieron.

Los poblados tuvieron que fortificarse

para defender sus reservas y su producción metalúrgica

de los ataques de las bandas de pilaje.

En toda Europa se vive un ambiente de mayor actividad bélica.

Las nuevas herramientas de hierro permitieron a los castreños

perfeccionar las técnicas de cantería, carpintería

y construcción.

Al mismo tiempo que los poblados se amurallaron

convirtiéndose en pequeñas fortalezas,

las viviendas de barro se transformaban

en casas de piedra.

Un significativo aumento de la población

multiplicó los castros en el territorio.

La tecnología agrícola

permitió explotar con más efectividad

los suelos de los valles, mucho más productivos.

Los nuevos asentamientos se situaron en las tierras bajas.

Los intercambios económicos y culturales fluyen,

especialmente con las Islas Británicas,

hacia donde nos dirigimos ahora,

para saber cómo vivían sus antiguos pobladores.

Al borde de un acantilado de 100 metros de altura

encontramos Dún Aonghasa,

el mayor poblado fortificado prehistórico

de las islas Aran, en Irlanda.

Su sistema defensivo de murallas concéntricas

y piedras hincadas

es muy similar a los castros de Galicia.

La reconstrucción del poblado de Castell Henllys, en Gales,

pone de manifiesto la semejanza en usos y costumbres

que tenían los pobladores de los territorios atlánticos.

Sus casas, de planta circular,

paredes de piedra y techumbre cónica vegetal

son prácticamente iguales a las castreñas.

Las paredes enlucidas muestran

dibujos circulares y cruciformes de simbología solar.

En la desembocadura del río Miño, el monte de Santa Tecla alberga

uno de los castros más célebres del noroeste de España.

Fue construido hacia el siglo I a. C.

Desde el yacimiento arqueológico se ve un paisaje bellísimo gallego:

casas, escaleras, hogares,

vías empedradas y conducciones de agua

nos hablan de una sociedad

que llegó a un gran desarrollo técnico

para su época.

Los canteros labraban las piedras de diferentes maneras

para adaptar las construcciones al terreno.

Los grandes corrales que se aprecian en algunos yacimientos

nos indican la importancia que tuvo el ganado vacuno,

que les proporcionaba abono, fuerza de tiro, alimento y pieles.

En Galicia, la naturaleza se muestra con toda su fuerza.

Las grandes mareas dejan al descubierto

bancos de arena, estuarios y playas

que favorecen el desarrollo de especies de bivalvos marinos,

como almejas, berberechos, ostras, lapas, navajas y vieiras.

En las costas de aguas tranquilas y fondos arenosos,

las mujeres mariscaban todo tipo de bivalvos,

que constituían una alimentación complementaria.

El tamaño de las especies documentadas

por los arqueólogos

está muy por encima de las actuales tallas comerciales.

En aquel tiempo no existía la sobreexplotación.

Conocemos la dieta de los castreños del litoral

gracias a los vertederos de sus poblados

que los científicos llaman "concheros"

por su abundancia en restos de moluscos.

La actividad textil estaba a cargo de las mujeres.

Los numerosos restos de husos y pesas de telar

encontrados en las excavaciones

revelan que la confección de tejidos era de gran importancia para ellos.

El lino y la lana constituían la base de la industria textil

que también incorporó las innovaciones mediterráneas.

Telares compuestos y de placas, ruecas y sarillos

permitieron perfeccionar la hilatura y el tejido.

Del exterior llegaron nuevas influencias

en el vestido y adorno personal.

El afeitado se pone de moda.

Para preservar el grano de la humedad

fabricaban los cabazos de mimbre,

que fueron los precursores de los típicos hórreos gallegos.

Aunque el torno de alfarero ya era utilizado,

la cerámica moldeada a mano continuaba siendo de uso común.

Para su fabricación se elaboraban rulos de arcilla,

que eran colocados en espiral,

creando la forma básica del cacharro.

Después, se unían entre sí las tiras de arcilla,

se alisaba la superficie, y se daba la forma definitiva.

Luego, lo dejaban secar completamente

antes de someterlo al fuego.

Para cocer las piezas más finas

usaban hornos cerámicos especializados,

pero el primitivo horno de hoguera se seguía utilizando

para la cocción de pequeñas piezas de uso doméstico.

Consistía en un hoyo excavado en el suelo

dotado de un tiro transversal en dirección al viento dominante.

Más tarde, la pira se cubría parcialmente con tierra

para concentrar el calor.

Para muchas comunidades del noroeste,

la actividad bélica ocupó un lugar destacado en su vida.

Desde jóvenes, se preparaban para la guerra.

Los castros perfeccionaron su aparato defensivo

con una sucesión de fosos y parapetos que rodeaban la muralla.

También se reforzaron las defensas en las puertas de acceso

con muros y torreones que las flanquean.

Estaban construidos para ver y ser vistos.

En poblados de última época,

como en este de Viladonga, en Lugo,

las murallas poseían una intencionada monumentalidad

que prestigiaba el conjunto.

Los forjadores cobran un papel muy importante.

La guerra y la defensa de los bienes comunales

ante el pillaje

les otorgan un estatus especial.

De ellos depende la producción y la mejora de las armas.

También son importantes,

por favorecer la expansión de la agricultura,

gracias a la fabricación de herramientas de labranza.

Los guerreros galaicos ceñían un puñal al cinto,

y portaban un escudo redondo llamado "caetra".

Podían llevar una espada o varias lanzas.

Se protegían con cascos, corazas y grebas,

y se adornaban con torques, brazaletes y diademas.

Los hombres, las mujeres y los niños que vivían en los castros

formaban parte de la sociedad guerrera y campesina.

La guerra era muy importante en estas comunidades,

y eso se refleja en el hecho de que sus poblados, sus castros,

están fortificados con fosos, con parapetos, con empalizadas;

como vemos en este poblado.

Era una guerra importante,

una guerra para buscar botín de distintas aldeas.

Había captura de ganado, de mujeres...,

y eso parece muy bien reflejado

en las referencias de los geógrafos latinos y griegos

cuando nos hablaban de las comunidades castreñas.

En las sierras de Galicia pastan en libertad

caballos de razas autóctonas con rasgos arcaicos.

Son descendientes de los que habitaron aquí

hace más de dos milenios.

Los caballos eran un símbolo de poder y riqueza,

nunca formaron parte de la dieta.

Se utilizaban para la guerra y en los sacrificios.

El autor clásico Diodoro de Sicilia

nos habla de las bandas de pillaje:

"Cuando sus jóvenes alcanzan la plenitud de su forma física,

aquellos que son pobres en riquezas materiales

se reúnen en lugares montañosos y de acceso difícil,

donde forman bandas de talla considerable,

y después bajan a Iberia,

y juntan riquezas gracias al pillaje".

Por su importancia,

los caballos constituían un magnífico botín.

Los valerosos jóvenes de estas bandas

capturaban los caballos derribándolos.

Posiblemente,

esta forma de atraparlos halla perdurado hasta nuestros días

en la popular fiesta de Rapa las bestas,

en la que una vez al año bajan los caballos del monte,

los apresan, y les cortan las crines.

El historiador grecolatino Estrabón, al que debemos

las mejores descripciones de ese periodo,

describe a los jóvenes castreños:

"Son hábiles en emboscadas y exploraciones,

ligeros y capaces de salir de los peligros".

Al parecer,

tenían un gran conocimiento de las técnicas militares,

matizadas por sus propias reglas,

que enfatizaban el valor personal,

la intimidación, la bravura y la ferocidad.

Se supone la existencia de ceremonias iniciáticas.

Para ser aceptados como guerreros,

los jóvenes debían superar una prueba:

la caza de algún animal salvaje, como un oso, un lobo o un jabalí,

o matar a un enemigo.

Parece sacada de un cuento.

En esta pequeña península, en la ría de Muros y Noia,

batida por el mar y los furiosos vientos oceánicos,

se encuentra la recoleta ciudadela de Baroña,

uno de los yacimientos prehistóricos

más espectaculares y visitados de Galicia.

Es un lugar enigmático.

El visitante experimenta un magnetismo

comparable al que se percibe en el famoso cromlech de Stonehenge.

La monumentalidad de sus estructuras y su situación geográfica

hace que sea un yacimiento excepcional

entre los más de 3.000 que existen en Galicia;

más o menos la mitad que existe en toda la Europa atlántica.

Su muralla,

dispuesta en varios circuitos a diferentes niveles,

posee un intencionado sentido escenográfico.

Esta audaz obra pública refleja una decisiva voluntad

de alcanzar prestigio sobre las comunidades vecinas.

En el castro de Borneiro, en La Coruña,

como en la mayoría de los yacimientos,

observamos que la disposición de las construcciones

en el interior de los recintos

estaba condicionada por el trazado de la muralla,

los desniveles del terreno y la planta curva de las viviendas,

que no compartían paredes medianeras,

dejando muchos espacios muertos entre ellas.

En los poblados de última época hacen su aparición

los trazados rectilíneos

y las construcciones de planta cuadrangular,

que aprovechan mejor el espacio adosándose unas a otras.

Las viviendas tenían puertas resguardadas por machones

y tejados a dos aguas.

El urbanismo castreño alcanzó un gran desarrollo

en el área meridional,

desde las Rías Bajas hasta el río Duero, en Portugal.

Aquí surgieron los grandes poblados denominados "citanias",

como las de Briteiros y Sanfins.

Eran protociudades que concentraban una gran población

y cumplían un papel central en la organización territorial.

En la misma época se construyen los llamados "monumentos con horno",

o "saunas castreñas",

como esta de Punta dos Prados en Ortigueira,

en la provincia de La Coruña.

Una de las mejor conservadas es la del castro de Briteiros.

Estrabón nos cuenta

que los galaicos tomaban baños de vapor

y luego de agua fría.

Estaban construidas con grandes placas de piedra,

que las aislaban del exterior.

La cámara de vapor se cerraba con la llamada "pedra formosa",

decorada con rosetas, sogueados,

esvásticas, reticulados y entrelazados.

De forma pentagonal,

en su base tenía un pequeño hueco semicircular

por el que se accedía al interior arrastrándose.

Así se evitaba que la fuga de vapor fuera excesiva.

La sauna castreña era de planta rectangular

parcialmente soterrada, con tejado a dos aguas,

y dividida en tres cámaras y un atrio.

El agua se canalizaba hacia el interior

para ser calentada en contacto con piedras candentes

en la cámara del horno.

Otro magnífico ejemplo de sauna lo encontramos en Sanfins, Portugal.

Según algunos autores,

la práctica termal castreña tenía un marcado carácter religioso

relacionado con ritos iniciáticos, guerreros y de purificación.

Se las llamó "pedras formosas"

por la belleza que poseía la primera que se encontró en Briteiros,

a finales del s. XIX.

Los elementos decorativos combinaban motivos

que recuerdan a la orfebrería.

Algunos se consideran protectores, como las esvásticas,

un símbolo de buen augurio que se mantiene en la Galicia rural.

Los diseños decorativos castreños son geométricos,

con un predominio de la línea curva.

Se cree que estos elementos arquitectónicos

buscaban la ostentación

para expresar el prestigio social de los moradores de las casas.

Se conocen una treintena de estatuas de guerreros galaicos.

Representan figuras masculinas en pie, en actitud de parada,

exhibiendo sus atributos militares.

Ocultos en los más profundo de los bosques

se encontraban los santuarios castreños

dedicados al dios Lugh,

el más importante del panteón céltico.

En lugares determinados de los ríos,

que simbolizaban las puertas al otro mundo,

se practicaban los rituales de ofrendas de armas

dedicados a la diosa Navia,

protectora de la comunidad y vinculada a la reencarnación.

Los guerreros se despojaban de sus armas

ante la presencia de chamanes consagrados a esta deidad.

Creían en dioses hacedores del mundo,

en divinidades relacionadas con la guerra,

el vigor físico y la fuerza.

Y en deidades relacionadas con la producción y la abundancia.

Existía una clase sacerdotal especializada,

con gran influencia sobre la comunidad.

Druidas, chamanes y adivinos eran consultados y reverenciados

por ser hombres sagrados, portadores del conocimiento arcano

que veían más allá del mundo de los vivos.

Sus predicciones y consejos los seguían nobles y guerreros.

Las sociedades antiguas no conocían el laicismo,

y como todavía sucede en África,

casi todo en la vida tenía una dimensión mágico religiosa.

Por ello, las constantes ofrendas y sacrificios rituales

de marcado carácter céltico.

Desde su origen, en el norte de los Alpes,

la lengua celta se extendió por todo el occidente,

llegando a la Península Ibérica,

donde se hablaban variantes arcaicas de esta lengua.

En muchos lugares donde actualmente se ven cruces,

antiguamente había estelas dedicadas a los lares viales.

La Iglesia lo sustituyó desde el s. VI.

Eran deidades domésticas

relacionadas con los espíritus de los antepasados,

que se creía vagaban por los caminos.

Estrabón nos cuenta

que colocaban a los enfermos en los cruces de caminos

para ser curados por espíritus

de los que habían sufrido una enfermedad similar.

Muchos de los santuarios dedicados a estos dioses

fueron cristianizados mediante los cruceiros,

omnipresentes en toda Galicia.

El cuerno fúnebre suena desde lo más alto del acantilado.

Un poderoso guerrero ha muerto y va a ser incinerado.

Estos farallones que se adentraban en el mar,

al igual que las islas,

eran considerados territorios limítrofes

entre el mundo de lo terrenal y el sobrenatural,

situado en un lugar lejano en medio del océano.

Los ritos funerarios castreños continúan siendo un misterio,

pues apenas han dejado huella en el registro arqueológico.

Pero recientemente,

un importante descubrimiento realizado en Vilalba, Lugo,

de una necrópolis de pequeñas fosas con vasijas que contienen cenizas,

nos remite a la tradición de las incineraciones célticas.

El difunto era despojado de sus joyas personales

como pulseras, torques y su puñal de antena.

El oficiante entregaba sus armas y posesiones

al sobrino del finado.

En estas tierras del noroeste,

tradicionalmente las hijas heredaban de sus madres.

Los varones estaban ligados especialmente

a tu tío materno.

Una vez prendida la pira,

los congregados comenzaban a emitir el abellón,

un sonido gutural que recuerda el vuelo del abejorro.

Hasta hace pocas décadas,

se realizaba en algunos velatorios de Galicia.

El cuerno sonaba con fuerza

para llamar a los espíritus de los antepasados

para que acompañasen el alma del difunto

mas allá de la línea del crepúsculo marino,

donde se situaba el paraíso de los celtas.

Los recientes descubrimientos realizados en castros de Galicia

documentan que las cenizas del difunto

se enterraban en una cista o arqueta en el suelo de la casa familiar.

Este carro funerario del museo Martins Sarmento, de Guimaraes,

muestra cómo trabajaban el metal desde el tercer milenio a. C.

En la época castreña se alcanzó un exquisito refinamiento:

pulseras, pendientes, brazaletes y torques de oro

fusionaban los gustos europeos con las influencias mediterráneas.

El Tesoro de Caldas,

del que una parte se encuentra en el museo de Pontevedra,

está datado en el Bronce final.

Compuesto por lingotes en anillo, brazaletes, diademas,

cuencos ceremoniales y peines de oro,

pesaba en total 37 kg.

Todas las piezas se ajustan al sistema de pesos fenicios,

lo que indica que ya en ese tiempo

la orfebrería era objeto de exportación.

El castro de San Cibrao de Las, en Orense,

es uno de los más grandes y mejor conservados.

Vemos conjuntos de viviendas y almacenes

que abren sus puertas hacia un patio central enlosado.

La independencia social y espacial de estas unidades

denota la marcada autonomía económica de cada familia.

Las murallas son monumentales,

hay calles empedradas, aljibes y canalizaciones.

En esta última época, se cree que estos poblados

se encaminaban a la formación de ciudades-estado.

Venimos hablando de celtas,

pero, ¿existió realmente una nación celta?

Hoy en día, la teoría más extendida es que los celtas no fueron una raza

y ni siquiera un pueblo.

Se trató de un flujo lingüístico y cultural

con sus orígenes en el norte de Los Alpes.

Había comunidades que hablaban lenguas del grupo céltico

y que compartían panteones e ideologías de tipo indoeuropeo.

Lo cierto es que muchos pueblos de la antigua Galicia

se llamaban a sí mismos"celtas",

hablaban dialectos célticos,

tenían divinidades de origen celta

y fueron identificados por los clásicos como "celtas".

Los banquetes siempre han favorecido la fraternidad entre los comensales.

En aquella época, y según el cronista Estrabón,

en ocasiones especiales

los jefes castreños de diferentes clanes

celebraban banquetes que adquirían un carácter ritual.

El cronista grecolatino nos cuenta

que se sentaban en bancos construidos alrededor de las paredes

situándose según edad y dignidad.

La comida se la iban pasando en rueda,

mientras bebían el escaso vino del que disponían.

En sus recetas,

en lugar de aceite empleaban mantequilla.

También describe

que al final bailaban en círculo al son de la flauta,

dando saltos y cayendo de rodillas.

La sedante quietud de la naturaleza se ve alterada por un lejano son.

Bajo la bóveda vegetal se propaga el eco de un visitante.

La paz se ve amenazada

por la llegada de las legiones romanas.

Los romanos no eran desconocidos para los castreños.

Muchos mercenarios galaicos habían participaron con Aníbal

en su marcha contra Roma a través de Los Alpes.

En su inexorable avance encontraban vestigios de culturas milenarias.

En la comarca del Bierzo, lindando con la actual Galicia,

el fantasmal paisaje de Las Médulas

sobrecoge por su magnitud.

Sus paredes verticales son el resultado

de una demolición premeditada de la montaña

que existía antes de la llegada de los romanos.

Era el mayor yacimiento de oro del occidente romano,

donde se aplicaron procesos de extracción del metal

que se usarían hasta la Revolución Industrial.

Para acceder a los filones de oro de las profundidades,

los mineros romanos demolían enormes masas de tierra

mediante el sistema de ruina montium.

Creaban una red de pozos y galerías sin salida

en las que se introducía de súbito un enorme caudal de agua,

almacenado en grandes balsas a mayor altura.

Esto producía la compresión del aire en los túneles,

que actuaba como un explosivo.

La masa minada se desgajaba de la montaña

y se derrumbaba.

El oro galaico supuso un acicate

para las ansias de conquista del imperio.

Se calcula que en las minas del noroeste

los romanos extrajeron unos 200.000 kg de oro.

Los castreños han capturado a un tribuno romano

y se disponen a sacrificarlo

para utilizar su cuerpo en un ritual de adivinación.

Estrabón nos relata estas prácticas adivinatorias:

"Examinan las entrañas sin extraerlas,

examinan las venas del torso, y adivinan tocándolas.

Y consultan las entrañas de sus prisioneros de guerra.

Los cubren con sagos,

y después el hieróscopo golpea por encima de las vísceras.

Dan un primer presagio por la forma que cae el cuerpo.

Cortan la mano derecha de los prisioneros

para consagrarla al dios Ares.

La ocupación del territorio noroccidental peninsular

fue lenta y costosa.

La conquista se realizó en tres fases.

En el año 136 a. C., Bruto "el Galaico"

anexionó la zona entre los ríos Duero y Miño.

En el 61, Julio César llega al puerto de los árbatros

en una expedición marítima sin encontrar resistencia.

El emperador Augusto dirige en persona

las campañas de las guerras cántabras,

que finalizan en el XIX a. C.

Diodoro relata que los norteños cantaban himnos de victoria

cuando eran crucificados.

Los prisioneros se suicidaban y las madres mataban a sus hijos

antes que caer esclavos.

Preferían la muerte a la derrota.

La llegada de los romanos trajo el ocaso a los galaicos.

El poder imperial se apoyó en las estructuras existentes

para integrar a la población.

A finales del siglo I d. C.

se da por finalizada la cultura castreña.

Subtitulación realizada por Cristina Rivero.

Otros documentales - El legado celta de Galicia

50:26 07 oct 2018

Una ambiciosa producción que dará a conocer la singular cultura de los castros gallegos, abordaremos la historia del noroeste de la península ibérica desde la época megalítica hasta la romanización de la cultura castreña.

Contenido disponible hasta el 30 de junio de 2021.

Histórico de emisiones:
08/02/2013
01/05/2014
30/06/2014
07/01/2016
30/03/2018

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Histórico de emisiones:
08/02/2013
01/05/2014
30/06/2014
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30/03/2018

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