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Para todos los públicos Otros documentales - Jesse Owens-Lutz Long: un abrazo que hizo historia - ver ahora
Transcripción completa

Cuatro de agosto de 1936.

Juegos Olímpicos de Berlín.

Dos hombres se enfrentan en la prueba de salto de longitud.

Jesse Owens, el joven atleta afroamericano que se convertirá

en el héroe de estos juegos al llevarse cuatro medallas de oro,

y Lutz Long, deportista alemán y favorito de Adolf Hitler.

Parece que todo les enfrente y sin embargo,

cuando llega la hora de la verdad, estos dos hombres ofrecen al mundo

una imagen de deportividad y de generosidad sorprendente,

dando lugar a una leyenda

que ha perdurado a lo largo del tiempo.

Jesse Owens, Lutz Long.

Ochenta años después,

¿qué sabemos en realidad de aquel episodio tan excepcional?

¿Quiénes eran estos dos hombres para desafiar así al Tercer Reich

y mostrar al mundo entero que el deporte puede unir a hombres

sin distinción de raza o color de piel?

En una época difícil, su abrazo hizo historia.

Uno de agosto de 1936, Estadio Olímpico de Berlín.

Declaro inaugurados

los decimoprimeros Juegos Olímpicos.

Aquel día, Jesse Owens y Lutz Long

participan en la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos.

Desfilan con sus respectivas delegaciones, bajo la atenta mirada

del Führer y sus lugartenientes.

Como los cien mil espectadores del estadio,

los dos contemplan la llegada de la antorcha olímpica.

Por primera vez en la historia de los Juegos,

numerosos corredores se han relevado para llevar la llama Olímpica

desde el lugar donde se prendió, hasta Berlín.

Un ritual creado por la Alemania nazi y que aún mantiene.

Jesse Owens y Lutz Long no se conocen,

pero saben que pronto tendrán que competir.

Ambos tienen veintitrés años y viven intensamente este momento.

Pisar la tierra de uno de los estadios más impresionantes

del mundo es un gran logro para este nieto de esclavos.

Nació en el sur.

Recogía algodón,

sus hermanos y él recogían el algodón

y sus hermanas se ocupaban de la casa, barrían el suelo,

ese tipo de cosas.

Era muy joven, pequeño y no gozaba de muy buena salud.

Comenzó a correr en Alabama.

En uno de sus libros, habla de lo que sentía cuando corría,

esa sensación de libertad,

de no pensar en nada, la libertad absoluta.

Mi padre era un hombre excepcional, amable, cariñoso.

Y además fue campeón olímpico,

pero eso no es más que una parte de su maravillosa vida.

Jesse y Carl Ludwig, apodado Lutz, nacen en 1913,

Sin embargo, sus vidas no pudieron ser más diferentes.

Jesse creció en una familia pobre y comenzó a trabajar

a los seis años,

Lutz nació en el seno de una acomodada familia

de farmacéuticos de Leipzig.

A mi tío no solo le interesaba el deporte.

También le gustaba tocar el piano, era un gran bailarín.

Sabía divertirse, le encantaba gastar bromas.

Era un hombre que disfrutaba de la vida,

nada propenso a la melancolía.

Su enfoque de la vida era siempre positivo.

La vida en el campo dentro de esta gran finca

favorece la práctica de todo tipo de deportes.

Lutz tiene doce años cuando construye en el jardín

su propia pista de salto de longitud.

A los dieciséis, se inscribe en el Club Deportivo de Leipzig,

donde pronto se convierte en un atleta completo,

gracias a su dominio de varias disciplinas,

Velocidad, lanzamiento de peso, salto de altura y salto de longitud.

Allí es donde conoce a Georges Richter,

el entrenador que hará de él un campeón.

Primero quería ser esprínter,

pero luego se concentró en el salto de longitud.

Era un joven inquieto,

le gustaba el deporte y la competición.

Lo llevaba en la sangre.

Así es como quería vivir.

Quería ser el que llegara más lejos, el que corriera más rápido.

Y creo que fue ese carácter suyo lo que le convirtió en un campeón,

por eso consiguió tan buenas marcas.

Al otro lado del Atlántico,

Jesse también conoce a alguien que será determinante en su vida.

Como muchos otros afroamericanos, deja el sur para huir de la miseria.

Su familia pone sus esperanzas en los estados del norte

y en su fuerte desarrollo industrial.

Se instalan en Cleveland, en el estado de Ohio,

y Jesse se matricula en el Instituto Fairmount.

Es allí donde conoce a Charles Riley,

su primer entrenador.

Asombrado por las aptitudes físicas del joven,

decide dedicarle más tiempo

y enseñarle las técnicas más básicas.

Cómo correr más rápido, cómo progresar dentro de un mundo

donde los descendientes de los esclavos

deben trabajar más duro que nadie para demostrar que pueden ser

tan fuertes como los blancos.

Pop Riley le enseñó muchas cosas, cosas sobre la vida,

sobre las personas,

sobre las relaciones entre las personas

y sobre la competición,

quería que aprovechara todo su potencial.

En el corazón del estadio olímpico,

Jesse vuelve la vista hacia la tribuna de honor.

Adolf Hitler acaba de hacer su entrada en el estadio

y un público enfervorizado ovaciona a su guía, a su Führer.

Aquel ambiente le intriga y también le preocupa,

no está acostumbrado a ese tipo de demostraciones

dentro de un estadio, al revés que su adversario, Lutz.

El alemán ya ganó su primer título de campeón nacional

en salto de longitud en 1933, el mismo año en que Adolf Hitler

fue nombrado canciller del Reich por el presidente Hindenbourg.

El año que Lutz se reveló como uno de los atletas

más prometedores de su generación,

se aprobaron en Alemania las leyes xenófobas y antisemitas:

los judíos quedaron excluidos de los clubes deportivos.

Como Lutz creció en una familia en la que la educación y el humanismo

desempeñaban una función fundamental.

Él, en varias cartas escritas a su madre,

le habla de que la raza, el color de la piel

no tienen la menor importancia.

Según él todos los pueblos tienen sus propios héroes

y sus puntos fuertes.

Dice que los logros de un pueblo no dependen de su raza.

La raza, el color de la piel no tienen importancia.

Al otro lado del Atlántico,

la vida no deja de recordarle a Jesse que en Estados Unidos

sí que la tienen.

Trabajaba como limpiabotas,

hacía todo lo que podía para ganar algo de dinero y ayudar a la familia.

Así era la vida entonces, apenas se lograba sobrevivir.

El deporte va a romper sus cadenas;

Jesse es rápido, muy rápido.

En 1933, se lleva tres títulos en los campeonatos inter-escolares

de Estados Unidos, y varias universidades se fijan

en aquel joven tan bien dotado para el atletismo.

Elige la universidad de Ohio

y es allí donde conoce a Larry Snyder,

el entrenador que le llevará lejos,

muy lejos, hasta los mismos Juegos Olímpicos,

aunque la política segregacionista en vigor por entonces

en Estados Unidos, prohíba a los negros

vivir en el campus, frecuentar los mismos restaurantes

que los blancos y ducharse en los mismos vestuarios.

Mi padre estaba muy orgulloso de ser estadounidense,

aunque en aquella época hubiera muchas cosas que no podía hacer

por el color de su piel.

Jesse está condenado a ser el mejor y se convertirá en el mejor.

En 1935, en los campeonatos nacionales de Estados Unidos,

a pesar de una lesión en el muslo, bate tres récords del mundo

en una hora.

Su nombre acapara los titulares de los periódicos,

y su fama se hace mundial.

La primera vez que le vi fue en un periódico local de Pittsburgh.

Los titulares decían algo así como: “Un hombre negro, Jesse Owens,

bate tres récords mundiales”.

Era la primera vez que se veía algo así,

que veíamos a un afroamericano en las portadas de los periódicos.

El estilo de Jesse Owens era tan natural, que creo que nadie,

jamás, ha corrido como él.

Lo hacía con una facilidad increíble, Jesse era grácil.

Era uno de los nuestros y lo había conseguido,

y eso significaba mucho para nosotros.

Cuando yo era un chaval le decía a mi madre que quería ser exactamente

como él, sin saber muy bien en realidad

que es lo que eso representaba.

Era el tipo de persona que inspiraba a los demás, alguien a quién imitar.

Y creo que si Jesse Owens no hubiese existido, yo jamás habría conseguido

lo que conseguí.

Al igual que otros dieciocho afroamericanos,

Jesse es seleccionado para unirse al equipo olímpico estadounidense.

Sin embargo se ve obligado a tomar una decisión crucial

en su vida: la de participar en el acontecimiento más importante

para un atleta, o boicotear unos juegos

organizados por un régimen antisemita y racista.

Por definición, el boicot no funciona casi nunca.

Para que así sea, es necesario que no acuda al evento

ningún atleta realmente importante.

Es necesario que el nivel sea considerablemente bajo

y la verdad es que eso no suele ocurrir.

Los atletas se quejan con frecuencia de que los usan como correveidiles,

por así decirlo.

El boicot debería ser decisión del Estado, y no del atleta.

El atleta no debería ser el que tuviera que posicionarse.

Mientras el congreso de la juventud estadounidense le pide a Jesse

que dé su punto de vista en un mitin,

su entrenador Larry Snyder le avisa:

“estás en condiciones de llegar a lo más alto,

pero si hablas en esa reunión, no serás nada.

Y te pesará toda la vida”.

Creo que todo el mundo que practica un deporte de forma profesional,

daría lo que fuera por participar en unos Juegos Olímpicos, por decir:

"soy olímpico”.

Y si encima tienes posibilidades de ganar eso es algo inolvidable,

Ser olímpico.

Participar en los juegos y competir contra los mejores.

Ese es también el sueño de Lutz desde que era un adolescente.

Y esa fantasía se hace realidad cuando es seleccionado

para representar a Alemania.

Participar en representación de Alemania frente al mundo entero

era para él muy importante.

Era un ciudadano alemán más.

Es decir, se consideraba como un miembro más

del pueblo alemán.

No era especialmente crítico con el régimen,

jamás dijo nada en contra del gobierno.

Tampoco se unió a voces que lo consideraban dictatorial.

Rígido y abusivo.

No buscaba complicaciones.

Era un hombre de su tiempo.

Sin dejar de lado sus estudios de Derecho

en la Universidad de Leipzig, Lutz se entrena intensamente

y se convierte en un ejemplo,

un modelo a seguir para numerosos alemanes.

Forma parte de la máquina de guerra que ya ha puesto en marcha

el III Reich con la intención de educar a los jóvenes

y prepararlos para futuros combates.

El deporte usado como una herramienta propagandística

al servicio de la ideología nazi, el deporte como un arma.

Una idea que Adolf Hitler ya desarrolló con claridad antes,

en 1926 en su libro “Mein Kampf”.

Hay que fijarse bien en los términos utilizados;

no se habla de deportistas, no se habla de soldados,

no se habla de jóvenes, se habla de cuerpos.

Y esto dice mucho del concepto que tenían los nazis del deporte.

Durante ese período de tiempo en el que Alemania

no se podía rearmar,

cuando los nazis todavía no tenían ejército,

el deporte se convirtió en una herramienta,

una forma de entrenar a los jóvenes

y prepararlos para el servicio militar.

A bordo de U.S Manhattan los mejores deportistas

viajan a los juegos olímpicos de Berlín.

El viaje en barco desde Nueva York a Hamburgo dura ocho días.

Durante todo ese tiempo, Jesse anota sus impresiones en un diario.

No hay ni una palabra sobre la segregación en el barco,

los afroamericanos comen y duermen aparte,

pero eso es lo que conoce desde que nació.

Piensa sobre todo en la competición y está feliz.

Es la primera vez que sale de Estados Unidos.

Pronto descubrirá que en Europa todo el mundo le espera,

allí se coronará como el mejor.

Porque el nieto de esclavos, el afroamericano,

no se dejará humillar,

no piensa doblegarse ante el nacional socialismo.

Sin embargo, nada de lo que ha imaginado le prepara

para la reacción del público cuando llega a Berlín.

Estaba muy orgulloso y honrado de estar allí.

Y la acogida fue calurosa y amistosa.

Quedó tan sorprendido que casi ni se lo podía creer.

Le costaba asimilar que en Alemania no sentía la misma discriminación

que había vivido siempre en nuestro país.

Era realmente increíble.

La atmósfera que reina en Berlín en aquel verano de 1936

es cordial y festiva.

Las banderas con las cruces gamadas adornan las fachadas

de los edificios, pero los signos más explícitos

de la política antisemita y racista del III Reich

no aparecen por ninguna parte.

Todo está pensado para seducir a los atletas

y al público extranjero.

Pero no es más que un lavado de cara.

En la radio, por consideración hacia los extranjeros,

se escucha menos música militar.

Aumentan los minutos dedicados al jazz y al swing.

Se pretende recuperar el espíritu de los años 20 y dar la impresión

de que Berlín es una ciudad cosmopolita y pacífica.

Todo era paz, paz, paz y como sabemos ahora.

Y muchos lo intuían ya por aquel entonces,

detrás de aquella fachada tan pacífica,

se ocultaba otra Alemania,

una Alemania en la que no existía oposición política,

donde todos los que podían haber levantado la voz contra el régimen

estaban encarcelados o se habían exiliado.

De hecho, ya había campos de concentración,

como por ejemplo el de Sachsenhausen, a solo unos kilómetros

al norte de Berlín.

En el corazón de la Villa Olímpica

situada a unos quince kilómetros de la capital,

los atletas no saben nada de aquella siniestra realidad.

Allí la vida es un sueño, y Jesse y sus compañeros

van de sorpresa en sorpresa.

Los trescientos doce miembros del equipo estadounidense

se alojan en trece casas, todos juntos,

sin distinción de raza, y comen en las mismas instalaciones.

Cuando uno lee los diferentes testimonios,

los artículos de los periódicos, ve las fotografías y las películas.

Te das cuenta de que había una atmósfera muy distendida

e informal.

Hay que decir que para muchos atletas que participaban en los juegos,

aquella era la primera vez que visitaban Europa o Alemania.

Entonces no era como ahora, y resultaba muy curioso ver

a tantas personas llegadas de todos los rincones del mundo,

reunidas en un mismo lugar.

El ambiente era en general muy bueno.

De nuevo, Jesse anota sus impresiones en el diario,

habla de sus encuentros con otros atletas de países diferentes

“pero que hablan muy bien inglés” como puntualiza.

Resalta que en la Villa Olímpica no hay segregación racial;

negros, mestizos, blancos, todos comparten

las mismas instalaciones.

Una experiencia increíble que le marcará profundamente.

Toma conciencia de que en Europa su fama es inmensa.

Cuando participa en los primeros entrenamientos,

toda la villa olímpica acude a verlo.

El público le aguarda con expectación.

Lutz, espera también con impaciencia la prueba de salto de longitud,

la competición de su vida.

Es uno de los pocos atletas que no reside en la villa olímpica.

Prefiere hospedarse en un hotel, allí se concentra mejor,

lejos de las multitudes y el jaleo.

Y por fin llegó la hora de su enfrentamiento,

el momento esperado por todo el mundo.

Estamos a cuatro de agosto, son las diez de la mañana

y el público se agolpa a las puertas del estadio para asistir

a las rondas clasificatorias de la prueba de salto de longitud.

Hay cuarenta y cuatro participantes, pero el público solo tiene ojos

para dos hombres: Lutz, el nuevo recordman europeo

de la prueba

y Jesse, el hombre que ostenta el récord del mundo.

Los periodistas auguran un duelo intenso.

Jesse Owens se había convertido en el favorito del público

y eso se notaba porque coreaban su nombre en las gradas

del estadio olímpico de Berlín.

Y también era evidente su fama porque todo el mundo

le pedía autógrafos.

Cuando uno lee las crónicas de la época,

se constata que había una gran expectación

y que todos los berlineses que veían a un negro,

creían tener delante a Jesse Owens.

Todo comienza bastante mal para Jesse ante la mirada incrédula

de los otros participantes.

Pisa la línea blanca, cuando aún ni ha saltado.

Solo le quedan dos intentos más.

La víspera, sin embargo, fue todo un éxito.

Ganó su primera medalla de oro en los cien metros

superando a su compatriota Ralph Metcalfe.

Metcalfe se acerca pero Owens gana.

Seguido de Metcalfe y el holandés.

Es, sin duda, una de las sensaciones más fuertes que puede experimentar

un atleta olímpico.

Estar en el podio y escuchar tu himno.

Adolf Hitler está presente y abandona la tribuna

tras el final de la prueba, irritado,

sin ni siquiera felicitar al vencedor.

El día anterior, sin embargo, las cámaras lo filmaron estrechando

la mano de los medallistas de los diez mil metros,

tres atletas finlandeses que, por supuesto,

se ajustaban mucho más a los criterios raciales canonizados

por la ideología nazi.

El Comité Olímpico Internacional le recordó a Hitler

que debía felicitar personalmente en la tribuna oficial

a los vencedores, sin importar quiénes fueran estos.

A partir de entonces, Hitler pidió a algunos atletas

que fueran a verlo a una salita que se encontraba detrás

de la tribuna oficial, allí, los felicitaba en privado,

lejos de la mirada de los espectadores.

No, nunca estrechó la mano de Hitler, de hecho,

más tarde dijo algo así como:

“yo fui a los Juegos Olímpicos a correr.

¿Dónde está Hitler ahora?

Me da igual, yo estoy aquí, ante vosotros y seguiré

defendiendo lo que he defendido siempre”.

Realiza el segundo intento en busca de la clasificación,

pero Jesse vuelve a pisar la línea blanca.

El público contempla atónito la escena.

Si Jesse Owens, el favorito de la prueba,

vuelve a pisar la línea,

Lutz Long tendrá todas las posibilidades

de ganar la medalla de oro.

Bueno, yo no estaba allí, claro, pero sé lo que contaba Jesse.

Tuvo dificultades durante la prueba clasificatoria de salto de longitud

y Lutz Long, por lo que tengo entendido, le dijo a Jesse

que se retirara un poco, que comenzara el salto

algo más retirado.

Yo también he sido saltador de longitud y sé que se siente

cuando das la zancada, te quedas corto y acabas pisando la plancha.

Pero bueno, en cualquier caso, Jesse al final lo consiguió,

Lutz Long le dijo que se lanzara desde más atrás.

La amistad en los Juegos Olímpicos.

Los juegos reúnen a gente de todas partes,

y poco importa adónde vayas, todo aquel que haya formado

o forme parte de un equipo olímpico te acoge con cariño

y Lutz Long ayudó a Jesse Owens a clasificarse.

Una vez terminada la fase clasificatoria,

los periodistas piden a los dos atletas

que se coloquen a un lado de la pista de salto

y que posen juntos.

Estas fotografías siguen siendo hoy en día el testimonio del encuentro

de dos hombres a los que parece que todo les enfrente.

El color de la piel, su extracción social.

El nieto de esclavos y el heredero de una familia burguesa.

Y sin embargo, durante la sesión fotográfica,

sus expresiones van cambiando y estos dos hombres que al principio

no se miran, de repente cruzan las miradas y parecen entablar

una conversación.

Y como se aprecia en las imágenes, surge entre ellos

una evidente complicidad.

Dos deportistas que han llegado hasta allí con mucho esfuerzo

y sufrimiento, que comparten la misma pasión por el deporte,

y reconocen el valor del adversario.

Estas fotos inmortalizan más que un encuentro,

suponen el nacimiento de un mito.

El de una amistad entre un atleta afroamericano

y uno de los campeones de Hitler.

Una relación que podría acabar con la carrera de Lutz.

Lutz Long era ante todo un buen deportista

y se benefició de la promoción activa del deporte del III Reich.

En ese aspecto, estaba de acuerdo con el sistema,

pero yo no diría que fuera nazi.

Que después se adhiriera al partido, puesto que quería trabajar

en el mundo jurídico,

era casi una condición necesaria si quería tener alguna posibilidad,

si pretendía ser alguien en ese ambiente.

Mi tío, como deportista, debía seguir el movimiento,

no podía estar contra Hitler,

eso le habría convertido en un enemigo y él quería participar

en las competiciones.

El ambiente en el estadio es tenso.

A las cuatro y media de la tarde,

Adolf Hitler vuelve a la tribuna de honor.

La prueba puede retomarse, ya solo quedan dieciséis atletas

compitiendo por un puesto en el podio.

Como en un ballet aéreo, los saltos se suceden.

Pronto solo quedan seis: el japonés Tajima,

el italiano Maffei, los alemanes Teichlum y Long

y los estadounidenses Clark y Owens.

A las seis solo dos luchan por la medalla de oro.

Owens siete metros ochenta y siete.

Long, siete metros ochenta y siete,

en el estadio el público está al borde del delirio.

Owens siete metros noventa y cuatro.

Long va a por su último intento.

Owens ha ganado pero aún le queda un último salto.

Ocho metros cero seis.

Bate el récord olímpico.

Lutz es el primero en felicitarlo.

Corre a abrazarlo,

olvidándose de la tribuna oficial, donde contemplan atónitos

semejante demostración de afecto.

Lo que hizo Lutz fue increíble,

un acto de gran generosidad y bondad.

Jesse Owens era la estrella.

Y claro está, aquello molestó muchísimo a Goebbles

que había escrito cosas terribles en su periódico,

cosas como era imposible que los negros ganaran medallas

para Estados Unidos.

Después de aquel gesto,

surgieron todo tipo de especulaciones.

Se dijo que Lutz fue castigado y excluido del equipo de atletismo,

que durante la guerra lo enviaron al frente ruso.

Pero nada de eso es cierto.

En un artículo publicado en la prensa algunos días más tarde,

Lutz cuenta que la competición se desarrolló

“bajo la mirada amable del Führer”, dijo haber dado lo mejor de sí mismo

y que, gracias a él,

la bandera alemana ondeaba en el cielo de Berlín.

Una bonita forma de convertir el fracaso en victoria.

Sin embargo la madre de Lutz Long aseguró que Rudolf Hess,

uno de los más próximos colaboradores de Adolf Hitler,

le dijo a su hijo que no se le ocurriera abrazar

a un negro nunca más.

Un gesto totalmente fuera de lugar cuando el III Reich

pretendía mostrarse al mundo como una nación conquistadora.

Durante aquellos Juegos Olímpicos, son sus atletas los que se llevan

el mayor número de medallas ante un público numeroso

y apasionado:

se vendieron cerca de cuatro millones de entradas.

Habrá que esperar hasta los juegos de 1968 en Méjico

para recuperar semejantes cifras.

La única mancha en aquel éxito del III Reich,

fueron las victorias de todos aquellos seres

que según la ideología nazi eran inferiores.

Se intentó buscar una explicación para justificar el éxito deportivo

de los negros, todo con fines políticos, claro.

Se dijo, por ejemplo, que al estar más cerca de la jungla,

más cerca del mundo animal, tenían una fuerza más salvaje

y visceral, por eso el hombre nórdico debía trabajar y esforzarse

con más determinación, entrenar de manera sistemática y lógica

para obtener los mismos resultados.

A pesar de aquella animosidad latente,

Jesse es la estrella absoluta de los juegos.

Todavía gana dos medallas de oro más, la de los doscientos metros

y la de los relevos 4 x 100.

No estaba previsto que participara en esa última prueba,

pero los entrenadores del equipo estadounidense decidieron

hacerle correr con Ralph Metcalfe con el pretexto

de que el equipo alemán se mostraba más fuerte

de lo que habían previsto.

En realidad se cree que los sacaron en sustitución de los atletas judíos

Marty Glickman y Sam Stoller, para no ofender a Hitler.

Jesse Owens estuvo ocho días en Berlín,

y participó en las pruebas durante seis.

Realizó cuatro carreras de cien metros, tres de doscientos

y dos de relevos, además de las pruebas clasificatorias

del salto de longitud y la final.

Y Lutz Long hizo lo mismo.

Se dice siempre que era un gran saltador de longitud,

pero en 1936 también participó en dos pruebas de triple salto,

una de ellas tuvo lugar

durante una de las jornadas de descanso de Owens.

Los dos estaban muy ocupados con sus compromisos

y nada indica que Lutz y Jesse se vieran antes de que este último

se marchara a Colonia y después a Londres

donde debía reunirse con el equipo estadounidense.

Sin embargo, en los años sesenta,

Jesse afirmará que se intercambiaron las direcciones

y que comenzaron a escribirse.

Según parece, en aquel estadio nació una amistad

que los mantendría unidos a partir de entonces.

Comienzos de septiembre, Jesse por fin regresa a Estados Unidos

donde se reencuentra con su familia, su mujer Ruth

y su hija Gloria, de tres años.

Lo reciben como a un héroe y participa en el desfile triunfal

por las calles de Nueva York

en honor de los medallistas olímpicos.

Los juegos del 36 fueron muy importantes para él

porque le cambiaron la vida por completo,

le convirtieron en una estrella.

Además, la comunidad afroamericana ahora tenía un héroe,

alguien a quién admirar.

Me acuerdo como si fuera ayer.

Él iba con un traje negro, una camisa blanca

y una corbata también negra,

y cuando el coche pasó a nuestro lado, nos miró,

nos guiñó un ojo y nos dijo: “Hola, chicos, ¿qué hay?”.

Para nosotros aquello fue lo más genial que nos había pasado

en la vida, nuestro ídolo nos había saludado.

Y cuando el desfile terminó, volví corriendo a casa,

casi atravieso la mosquitera de la puerta,

me planté en la cocina y le dije a mi madre:

Mamá, mamá, acabo de ver a Jesse Owens, y quiero ser como él.

Mi madre me contestó:

sí, hijo, y estoy segura de que lo serás.

Lutz, por su parte, siguió participando en competiciones

y se convirtió, un año después de los Juegos Olímpicos,

en campeón de Alemania y campeón de Europa

con un salto de siete metros noventa, un récord que se mantendrá

veinte años más.

También aparece en el documental “Los Dioses del estadio”,

de Léni Riefenstahl la directora favorita de Hitler.

Esta película propagandística,

filmada durante los Juegos Olímpicos de Berlín,

pretende demostrar, a través de la musculatura

y la belleza de los cuerpos, la superioridad de la raza aria.

Era el arquetipo de ario deportista.

Tenía buen cuerpo, era rubio con ojos azules, atlético

y además un hombre amable y muy simpático.

Justo todo lo que le gustaba a Léni, y por eso le buscó para su película.

En el documental no aparece ni una sola imagen de Lutz Long

felicitando a Jesse Owens.

Todo el mundo quería olvidar aquel gesto, aquel desliz

ya que el III Reich usaba al gran saltador,

como a tantos otros atletas populares,

para sus campañas propagandísticas de apoyo al sistema y al Führer.

Mientras que Lutz encadena competiciones y recorre Europa,

Jesse, vuelve a convertirse en víctima de la segregación racial

en Estados Unidos.

A pesar de su éxito en los Juegos Olímpicos,

el presidente Franklin Roosevelt no le recibe en la Casa Blanca.

El presidente no quería perder votos en el sur, así que no hizo nada.

Él le admiraba, pero por razones políticas,

no quiso darle la mano, ni recibirle en la Casa Blanca.

Le invitaron más tarde,

cuando le concedieron la medalla de honor.

La medalla de la libertad.

Jesse recibe la medalla de la libertad de manos

del presidente Gerard Ford en 1976, pero hasta llegar aquí,

vive años muy duros.

A los veintitrés, tras firmar un contrato profesional,

su carrera deportiva como amateur se desvanece.

En Berlín le tentaron con jugosas proposiciones, pero a su vuelta casa,

tuvo que buscar diferentes trabajos para sacar adelante a su familia.

Disc jockey en Chicago, encargado de una lavandería,

incluso llegó a participar en exhibiciones donde competía

contra caballos.

Nada de aquello se parecía a lo que le prometieron en Berlín

unos años antes.

Lutz consigue su último título nacional

de salto de longitud en 1939, antes de caer gravemente enfermo.

Una afección renal lo aleja de las pistas de atletismo

durante varios meses, pero también le libra

de ser movilizado cuando estalla la Segunda Guerra Mundial en Europa.

Una vez recuperado, se incorpora a la Wehrmacth

como entrador deportivo con el grado de cabo primera.

Esperaba que el deporte le librara de la guerra.

Y durante un tiempo así fue.

Por aquel entonces, el deporte le ayudó a sobrevivir

y él se aprovechó de aquella oportunidad durante todo el tiempo

que le fue posible.

El deporte ya no le pudo proteger más cuando en 1943,

ante las derrotas del ejército del Reich,

le declaran apto para el combate.

Se marcha con la división Hermann Göring a Sicilia,

dónde tendría lugar la operación Husky,

o el desembarco de las tropas anglo-estadounidenses

en Europa.

Se le declaró desaparecido el catorce de julio de 1943.

Tenía treinta años.

Su compañía debía defender un aeródromo,

pero aquellos jóvenes se vieron totalmente superados

por la situación.

Se sabe que murió durante aquella operación anfibia.

Muchos deportistas de alto nivel fueron enviados a aquella unidad

y sí, uno se pregunta por qué le mandaron allí,

por qué lo destinaron a Sicilia, pero supongo que era su destino.

Y desgraciadamente todo terminó de forma trágica.

No fue hasta siete años después, en 1950,

cuando su familia conoce los detalles de su desaparición

y el lugar donde se encuentra su sepultura.

Lo enterraron en un cementerio militar alemán

de Motta Sant Anastasia, en Sicilia.

En 1960, Jesse Owens es el invitado

en el famoso programa estadounidense “This is your life”,

y se reencuentra con dos de los entrenadores

que cambiaron su vida, Larry Snider y Charles Riley.

Que podía ser como aquel hombre, pero que antes debía trabajar

muy duro y esforzarme al máximo.

Y es lo que he hecho toda mi vida.

Es el momento también en el que el gran público

conoce a su familia y a su mujer Ruth.

Ella siempre fue su gran apoyo.

Ella sabía bueno, Jesse era un hombre famoso en todo el mundo,

pero cuando entraba en casa, no era más que su marido

y nuestro padre y ella se aseguraba de que no lo olvidara.

A mi madre, a mis dos hermanas y a mí

nos llamaba sus cuatro medallas de oro.

Y no hablaba de las otras medallas, ¿sabe?

Las vimos, estuvieron colgadas por casa durante un tiempo,

pero él en realidad no nos habló del tema.

Mi abuelo nos animó a que estudiáramos,

y nos apoyó para que hiciéramos lo que quisiéramos.

Aunque no estuviera de acuerdo con nuestras elecciones,

sabíamos que teníamos su apoyo incondicional.

Sí, así era él.

Creo que su forma de ser tuvo una gran influencia en mí,

me inspiró en todos los aspectos de la vida.

Elegido mejor atleta de las últimas décadas,

embajador del atletismo de Estados Unidos, Jesse Owens

recorre el mundo.

Da conferencias y promueve el espíritu olímpico relatando

su experiencia en los Juegos de Berlín.

Él representaba al hombre negro que todos queríamos ser.

No solo por sus logros como atleta.

Sino también por las cosas que hacía por la comunidad.

Como cuando se presentaba voluntario para ayudar en lo que fuera,

eso es lo que más admiraba y respetaba de él.

Cuando se encontraba con niños, pequeños o más grandes,

siempre les decía: ¡Eh, campeón!

Y se puede usted imaginar lo que eso representaba para los chavales.

Algunos negros estadounidenses intentaron desacreditarle

durante la lucha por los derechos civiles.

Acusándolo de no haber sido lo bastante agresivo,

de ser demasiado tolerante.

Pero lo que ellos no comprendían es que todo lo que hizo,

lo hizo entre bastidores,

ayudó a atenuar la retórica de ciertas personas que en realidad

se hacían daño a sí mismas.

Jesse Owens nunca se mantuvo alejado del atletismo.

Después de la guerra, asiste a varias olimpiadas,

a veces como comentarista deportivo.

En 1972, lleva a toda su familia a los Juegos Olímpicos de Múnich.

Más de treinta años después de los juegos del 36,

una verdadera leyenda para los alemanes.

Cuando se enteraron de que Jesse Owens iba en el avión,

los alemanes intentaron saltar las vallas para verle.

Y les oíamos gritar, ¡Jessse Owens! ¡Jesse Owens! ¡Jesse Owens!

Fue algo increíble,

indescriptible la admiración que los alemanes sentían por él,

y que quizá aún sientan.

El récord olímpico establecido por Jesse Owens

permanecerá vigente hasta 1960,

cuando es superado por su compatriota Ralph Boston.

Jesse entró en la historia

por ser el primer atleta afroamericano

en ganar cuatro medallas en una sola olimpiada.

Unos Juegos Olímpicos organizados

bajo el signo del nacional socialismo

que le enseñaron sin embargo, que la segregación

no era una ley universal y donde a pesar del color de su piel,

se convirtió en una estrella, en una auténtica leyenda.

Quizá por eso en sus autobiografías, en sus entrevistas,

hablará incansablemente de la amistad que le unió

a Lutz Long durante aquellos juegos de Berlín.

Una relación que se prolongó en el tiempo a través de cartas

hasta la muerte de Lutz.

Sus misivas siguen desaparecidas pero el contenido de una de ellas

alimenta el mito de aquella increíble relación.

Escrita por Lutz en un hospital británico antes de morir, decía así:

“Jesse, hermano, esta será mi última carta.

Una vez acabe la guerra, viaja a Berlín a ver a mi hijo.

Explícale quién era su padre.

Te lo suplico, Jesse, cuéntale como dos hombres pueden ser amigos".

Y para cumplir los últimos deseos de Lutz, Jesse regresa a Alemania

en los años cincuenta, y allí conoce a Kai, el hijo de su amigo,

con el que habla de su padre, de su amistad y de su gesto.

Jesse hablará de aquella improbable amistad hasta su muerte, en 1980.

Siempre dijo que en Berlín consiguió fama, gloria y honores,

pero sobre todo, el compañerismo de un hombre

que se atrevió a ayudarle, desafiando las ideas de su país.

En una época difícil, su abrazo hizo historia y dos hombres unidos

por un mismo espíritu olímpico demostraron que,

sea cual sea el color de la piel, todos somos iguales.

Fue algo realmente extraordinario, una bofetada a aquella idea

de la supremacía aria.

Les unió una bonita amistad,

algo de lo que no andamos muy sobrados en el mundo,

sobre todo ahora.

Y eso es lo que hace el deporte, unir a la gente.

Se quisieron, se respetaron.

Y, gracias a Jesse Owens, todavía tenemos a Lutz Long

muy presente en nuestra memoria.

Otros documentales - Jesse Owens-Lutz Long: un abrazo que hizo historia

50:35 08 nov 2018

Jesse Owens representaba a un estado liberal, Lutz Long a un estado totalitario; su abrazo, en plena competición, a la Humanidad. Owens, descendiente de esclavos negros, Long, de alemanes acomodados. Sucedió en la Olimpiada de Berlín de 1936. Testigo de los acontecimientos: Adolf Hitler.

Contenido disponible hasta el 15 de noviembre de 2018.

Histórico de emisiones:
17/08/2016

Jesse Owens representaba a un estado liberal, Lutz Long a un estado totalitario; su abrazo, en plena competición, a la Humanidad. Owens, descendiente de esclavos negros, Long, de alemanes acomodados. Sucedió en la Olimpiada de Berlín de 1936. Testigo de los acontecimientos: Adolf Hitler.

Contenido disponible hasta el 15 de noviembre de 2018.

Histórico de emisiones:
17/08/2016

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