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Transcripción completa

En el club naútico del callao

se llevaron a cabo los últimos preparativos

para dejar lista la nave.

Había que montar mástiles y espadillas

o timones laterales

tan empleados en los comienzos de la navegación.

Con ayuda de una grúa

se pusieron ambos mástiles que se mantendrían en pie

apoyados y amarrados

sobre dos complejas piezas de madera

atadas a su vez al casco de juncos.

Los marinos trabajan sin parar en la balsa

organizando todo el aparejo.

Los dos timones fueron llevados con mucho cuidado

a la nave.

Poco a poco

la balsa fue quedando lista para su gran odisea.

Pero había una sorpresa mantenida en secreto

hasta el último momento.

Un impresionante mascarón de proa

construido en Totora

por el mismo artista que pintó la vela

terminaría de dar vida a la balsa.

La escultura reproduce un felino de la iconografía muchina.

En estas vasijas de la cultura del norte del Perú

vienen siempre representadas las balsas

o mascarones de proa y popa

con forma de cabeza de puma.

No se sabía si estos motivos eran de barro o madera,

ahora sabemos que se podrían realizar en totor.

Era el primer descubrimiento científico

realizado por la expedición.

El Perú entero había tomado como suya la aventura.

El 29 de junio día de la expedición,

había mucha gente en el puerto del callao

y en el club naútico

dispuestos todos a dar la despedida a la balsa

y a verla navegar.

Un sacerdote misionero español de Navarra,

bendijo la balsa deseándole un buen viaje.

Me escuchas? cambio.

Trae todas las provisiones. Estamos listos para salir.

El constructor de la balsa

viajó desde el lago Titicaca en los altos Andes

para ver navegar y despedir también

a su balsa.

Había mucha actividad en torno al guru.

Un momento muy emocionante

fue la llegada de explorador noruego

que venía acompañado por la arqueóloga

nacida en la isla de Pascua.

En 1947 zarpó desde el mismo puerto

en su balsa con Kitin

apretó la mano de Kitin Muñoz

que se lanzaría 41 años después

a la aventura,

en otro tipo de balsa para apoyar la misma teoría.

Periodistas del mundo entero

filmaron y fotografiaron el gran momento

e hicieron preguntas al científico

sobre la nueva expedición.

Lo que más le interesó fue el mascarón

la cabeza de puma realizada en toto.

Ambos expedicionarios

recorrieron la balsa viendo todos los detalles.

El funcionamiento de los timones

las velas, los dos mástiles...

El doctor felicitó a Kitín Muñoz

por su trabajo

y éste le hizo unas últimas preguntas

antes de emprender la gran aventura.

Para mí era muy importante su presencia,

él era la primera autoridad mundial

de navegación primitiva

y en contactos transoceánicos entre diferentes culturas.

Sus declaraciones

sobre la seriedad científica del experimento

eran todo un aval para la expedición

que por encima de la aventura

pretendía aportar respuestas serias

sobre los posibles contactos entre América y la Polinesia.

El embajador de España en Perú José Luis Dicenta,

entregó la bandera española.

Todo estaba listo para la partida.

En la balsa había gran desorden de cajas.

Introducimos lo necesario para nuestra vida a bordo.

Una radio y una balsa salvavidas

eran todos los recursos ante un posible desastre.

La gran vela se izó

mientras los barcos de vela y a motor

giraban impacientes en torno a la uru.

Un fuerte sirenazo indicó el momento.

Los peruanos acompañaban eufóricos a la balsa

gobernada por unos extranjeros

que pretendían recordar al hombre contemporáneo

la grandeza de un imperio olvidado.

El Perú.

Hace 1500 años

una flotilla de balsas con hombres extranjeros

salían del Perú rumbo al sol.

Ahora nosotros, también extranjeros,

pretendíamos probar

que la leyenda también fue realidad.

Los dos dirigieron la nave en sus primeras millas.

Los barcos que habían acompañado a la uru

se despidieron ya con continuos toques de sirena.

Uno a uno fueron desapareciendo.

Y cuando abandonaron la balsa,

los expedicionarios quedaron por fin solos,

ante la aventura.

El 30 de junio fue nuestro primer día de navegación.

Amaneció con sol y buen viento.

La luna llena nos había acompañado toda la noche

y la tripulación estaba muy optimista.

El viento era constante.

Nuestro rumbo era 250 grados oeste

con dirección del viento sur sureste.

Pero la corriente nos derivaba hacia el norte.

Nuestra proa tendría que mirar siempre al oeste

durante muchos meses.

La principal ayuda de la balsa en su navegación

serían los constantes vientos alisios

y la fuerte corriente subecuatorial

que fluye como un río a cuarenta millas por día

desde Perú

formando una gigantesca curva que lleva a la Polinesia.

Allí tendrían un abanico de posibilidades

de llegar a cualquiera de los archipiélagos

de los mares del sur.

Pero ahora,

están todavía muy cerca de las costas del Perú.

La primera preocupación

es comprobar si todo funciona correctamente

y aprender a gobernar la nave.

También tendrán que aprender a convivir.

Durante los primeros días,

los miembros de la tripulación van conociéndose

y adaptándose unos a otros

para afrontar lo mejor posible los próximos meses.

Para evitar la monotonía

seguí el criterio de seleccionar hombres

que entre ellos no se conociesen,

de manera que tendrían mucho de qué hablar

antes de agotar los temas.

Elegí cada hombre por sus cualidades,

tanto a nivel profesional como humano.

Cada uno tendría su labor particular.

Pero los trabajos relacionados con la navegación

serían comunes.

Pepe de Miguel era el cámara que filmaba toda la aventura

y tuvo mucha iniciativa para reparar averías.

Kiko Botana procedía de las Canarias.

Había dado dos veces la vuelta a España

como regatista

y sería el encargado de la navegación.

Juan Ginés García era Teniente de boinas verdes.

Su experiencia en este cuerpo de élite

del Ejército

la utilizó en la expedición.

Y Enrique ayudaba en las tareas de abordo.

Todos viajábamos y compartíamos la aventura

con la balsa

que nos llevaba en nuestro intento por llegar a Polinesia.

Pero el viaje no iba a ser fácil.

La continua escora a estribor debido al viento del sureste

hace inclinar la caseta que el equipo intenta enderezar.

La balsa navega todavía hacia el norte.

Han recorrido ya 50,4 millas en cuatro días.

En la noche del 3 de julio ocurre el primer accidente.

Debido a la fuerza del viento y de las olas,

el timón de estribor se rompe.

Como consecuencia

la balsa se atraviesa a las olas

que inclinan peligrosamente la nave.

La situación empeora

cuando otro fuerte ruido indica una rotura

que sostenía la mayor.

Debido a esto

la tripulación del uru trabaja sin descanso

después de pasar toda la noche

luchando por enderezar la embarcación.

La balsa navegaba ahora con la menor

y había llegado ya frente a la costa del norte del Perú

donde se encontraba Chanchan la capital del imperio.

Los chimús tenían la costumbre de navegar a lo largo de la costa

sobre embarcaciones de juncos de dimensiones prodigiosas

desde el 500 después de Cristo.

Este antiguo pueblo

que levantó ciudades como Chamcham

y las grandes pirámides preincaicas del Perú

tenía representaciones del antiguo héroe civilizador

de piel blanca y largas barbas

hechos en arcilla

o pintadas en cerámica

y conocido como contiki lacviracocha.

Navegábamos ahora en aguas chimús

y en una balsa idéntica a las suyas

con la esfinge de ese dios blanco en nuestra vela.

Nos sentíamos una herencia del pasado

transportada al presente.

Y recordábamos la época de los grandes viajes

de las civilizaciones preincáicas a otras tierras.

Los vientos seguían siendo del sureste,

y la corriente del Perú continuaba hacia el norte

antes de girar

frente a los acantilados de las galápagos

en su viaje hacia el oeste.

La balsa seguía en dirección norte

debido a su problema de escora y la falta de uno de sus timones.

Pero las dificultades se incrementaban.

Kitín Muñoz alarmado por la fuerte escora

decide echar la zodiac

para observar con Pepe de Miguel la altura del agua.

El problema es preocupante y hay que poner freno.

El equipo de la uru

deja las reparaciones de la berga y el timón

y se disponen a distribuir el peso

para equilibrar la balsa.

La proa será despejada

y las provisiones se estibarán en el costado de babor.

Los mil quinientos litros de agua también irán al mismo lado.

El trabajo lleva todo el día pero merece la pena.

La inclinación ha mejorado mucho.

El 8 de julio después del desayuno

apareció por babor a lo lejos el primer barco que veíamos.

Eran americanos, de San Diego,

se dirigían al Perú.

Habían visto la balsa en los periódicos

y se acercaron curiosos.

Lanzaron varias cajas de cerillas y nos desearon suerte.

Eran las últimas personas que veríamos los próximos meses.

Los días pasan rápidamente.

El sol se oculta pronto

y las jornadas se hacen cortas a pesar de los trabajos.

Todavía no han logrado establecer contacto de radio

y en el Perú

dan a la expedición por perdida.

Pero en la balsa, a pesar de las averías,

se respira tranquilidad.

El viento es constante y siempre sureste.

Debido a la escora y a la falta del timón

la posición en la que se encuentran es más al norte de lo previsto

por lo que los trabajos de arreglo se aceleran.

Después de una laboriosa reparación se coloca el timón de estribor.

La verga de la mayor está también reparada

y la tripulación se dispone a colocarla,

aparejando la vela de nuevo.

Entre todos suben la gran vela.

De nuevo todo funciona en la uru.

La tranquilidad reina en la balsa

y los expedicionarios disfrutan de los rayos del sol y del descanso.

Un sistema por el cual los timones van solos

atados con nudos flexibles

permite a la tripulación navegar durante muchas millas

sin tener que preocuparse de la dirección de la balsa.

En su viaje

llevan recorridas ochocientas cincuenta millas

y se encuentran a ciento veinte millas

al sur de las Galápagos

con vientos muy del sureste.

El salvavidas de seguridad que llevan

a veinte metros de la popa

sigue a la balsa en su recorrido hacia Polinesia.

Los tripulantes de la uru acostumbrados a la naturaleza

conviven con el mar como auténticos robinsones.

La balsa ha pasado a ser su hábitat natural

y sólo la dejan muy de vez en cuando

misión arriesgada

pues cualquier error

podría dejar a la deriva como náufragos

a los tripulantes del pequeño bote de goma

en medio del desierto pacífico.

En la posición en la que se encuentran

tendrían que cambiar ya el sentido de la navegación,

alejándose del todo del continente americano.

Los días se suceden

y los expedicionarios se van curtiendo

al viento y al sol del Pacífico.

Poco a poco se van haciendo más expertos en el dominio de la nave

pero ésta siempre les da una sorpresa nueva.

Ya han conseguido hablar con el grupo internacional de apoyo

que han formado los radioaficionados,

y ya saben que no están olvidados del mundo.

Navegan en una balsa de una época muy lejana

que el hombre de hoy no conocía.

Navegan ya en un mar

que les aleja de todo indicio de civilización.

Están suspendidos en el tiempo y en el espacio

y el único cordón umbilical que les une con el mundo

es la radio

que funciona dependiendo de la climatología.

Depende de la naturaleza

y de su instinto de su supervivencia.

De vez en cuando

consiguen pescar el sabroso dorado del Pacífico

y ese día el equipo disfruta del festín.

El tiempo es algo que sobra en la uru

y los expedicionarios no dudan en prologar la digestión

con largas siestas.

La balsa sigue avanzando

hacia un clima cada vez más confortable.

La temperatura comienza a subir

el agua va cambiando de color de azur oscuro a verde esmeralda

y las puestas de sol cada vez son más bellas.

El 29 de julio se cumple un mes de navegación

y la tripulación sigue igual de animada,

conviviendo en armonía,

disfrutando la aventura de sentirse robinsones del siglo XX.

Navegan buscando el sol

la totora no presenta indicios de haber absorbido mucha agua

pero les preocupa llevar un solo timón

que cuidan mucho

pues el otro lo perdieron en una noche movida.

La balsa está demostrando ser muy marinera.

Deja tiempo a los aventureros a vivir en ella

realizando todo tipo de actividades

encontrándose todos ellos con excelente salud

cuando ya han recorrido la mitad del camino.

En su intento por probar

que los hombres de las civilizaciones

más brillantes de la historia

tenían embarcaciones para abrirse camino

a través de los océanos

como verdaderos portadores de cultura,

se han internado poco a poco en el océano Pacífico,

y se encuentran

a mil ochocientas millas al norte de la isla de Pascua.

La isla de Pascua,

la legendaria isla de Pascua,

muchos se había escrito sobre los misterios

de este pequeño trozo de tierra

solitario y alejado en medio del océano

del resto del mundo.

Pero todavía sus enormes estatuas guardaban mudas la respuesta.

¿Quién levantó aquellas gigantescas cabezas de piedra

con facciones de hombre blanco y mandíbulas barbadas?

Cuando los primeros europeos visitaron la isla

vieron misteriosos hombres blancos con luengas barbas en la playa.

También vieron indígenas que eran morenos.

Y éstos últimos contaron que habían emigrado

de otras islas de Polinesia 22 generaciones atrás.

Pero la primitiva raza de la isla

los primeros en llegar

habían venido del este

en grandes y extraños buques 500 años después de Cristo.

A la raza que había venido desde oriente

les llamaban los orejas largas

porque se alargaban artificialmente los lóbulos

hasta hacerlos llegar a los hombros.

Construyeron por toda la isla estatuas de piedra

con las orejas alargadas

reflejando en las cabezas esta extraña costumbre.

En el centro de la isla

está uno de los cráteres apagados del volcán Velrrano Rabat.

En el fondo de este cráter

están los talleres y canteras de estos arquitectos.

Con hachas de piedra

los escultores cortaban bloques de diez o más metros de largo

y muchas toneladas de peso

que después de darle la forma humana

distribuyeron por toda la isla.

Pero no fue esta

la única gran obra de los habitantes de la isla.

En la ladera del cráter más alto

se asoma como una gran ventana al Pacífico

un pueblo entero de casas llamado Orongo.

Este fue un centro ceremonial

a lo largo de los tres periodos culturales de la isla.

Los primeros y más antiguos habitantes

lo usaron como observatorio solar,

y registraban la posición del sol al amanecer.

En el pueblo de Orongo

se reunía la población entera de la isla

en el periodo inmediato al equinoccio de primavera

para ver la competición anual

en la que los participantes nadaban

con pequeños botes de junco de totora,

hasta las islas llenas de aves marinas,

en busca del primer huevo de golondrina de mar.

El ganador sería el hombre pájaro del año.

La totora para los botes la obtenían de los lagos

de los cráteres de la isla.

Pero la apacible convivencia de estos dos pueblos de razas diferentes

se deterioró.

Los orejas cortas de piel oscura y superiores en número

exterminaron en una cruel batalla en la llanura del Poique

a los llamados orejas largas.

Los supervivientes rompieron y tiraron las estatuas.

El pueblo polinesio quedó como único en la isla.

Pero las evidencias culturales de los primeros habitantes

quedaron para siempre.

Incluso las leyendas y tradiciones

cuentan que la tierra de donde vinieron los primeros habitantes

está situada a sesenta días de navegación hacia el este.

Se llamaba el lugar de enterramiento.

En aquella tierra

el clima era tan extraordinariamente cálido

que a veces la gente moría por efectos del calor

y durante determinadas estaciones

las plantas y todo cuanto crecía

quedaba marchito por los rayos quemantes del sol.

Yendo hacia el este

en la dirección y la distancia que señalan tradiciones pascuenses

y similar a la descripción

lo único que se encuentra es la costa desértica del Perú.

Los estudiosos modernos

desecharon una influencia desde este lejano lugar

a pesar de las claras evidencias

con el argumento

de que las naves sudamericanas eran incapaces de cualquier viaje

por mar abierto.

Sin embargo nosotros habíamos sobrepasado ya

el paralelo de la isla de Pascua viniendo desde Perú

y en una balsa de totora

idéntica a las usadas por los orejas largas.

Pero el viaje

igual que a ellos no les debió resultar fácil,

para nosotros tampoco lo estaba siendo.

Debido al desgaste y a la fuerza del viento

la gran vela se ha abierto por varias zonas

y hay que bajarla para coserle parches

y evitar que las brechas se agranden más.

La vela de repuesto sirve de ancla flotante

para mantener la nave a favor del viento.

Antes de oscurecer

la gran vela se hincha de nuevo al viento

con algunos remiendos

empujando la nave hacia su destino.

El horizonte sigue siempre lejos.

Pero la Polinesia se encuentra cada vez más cerca.

La tripulación de la uru sigue viviendo su aventura

en armonía con la naturaleza.

Parece que lo único que han hecho en sus vidas

es navegar en balsas primitivas.

La noción del tiempo

ya no existen en medio de aquel sueño irreal.

Pero la realidad les ha llevado a una posición demasiado alta

para poder alcanzar las islas de Polinesia

y existe un alto riesgo de seguir hasta las Fiji

Tonga o Samoa

si no consiguen bajar al mismo paralelo de las Marquesas.

Pero las circunstancias parecen no querer ayudar a la expedición.

Debido a la escora crónica que ha sufrido el uru

en tantos días de navegación con el viento siempre del este,

los hombres de la tripulación

se ven obligados a proteger el costado de estribor

cosiendo lonas

para impedir la entrada del agua.

La balsa navega con dificultad para bajar unos grados hacia el sur.

El mar es fuerte, el viento también

y los días se suceden

mientras la balsa avanza rápidamente.

La velocidad con la que prosiguen su camino hacia el oeste

es demasiada

en proporción con los grados que consiguen descender diariamente

y el riesgo de pasar las Marquesas es muy alto.

Los problemas no terminan.

La rotura del único timón de la nave

incrementa las dificultades

en aquel difícil pulso

por ganar las islas más orientales de toda la Polinesia.

La tripulación del uru trabaja rápido

pues saben que en aquellas condiciones

tan solo en cuestión de horas

pueden perder las millas

que tan difícilmente consiguieron bajar hacia el sur

en los días anteriores.

Al no tener ningún timón

los cinco hombres se reparten la tarea

de gobernar la nave

y reparar la espadilla rota.

Con los vientos de la vela

dirigen la balsa

para no dejarla atravesarse de nuevo a las olas.

El trabajo es duro,

y la noche cae en el Pacífico

mientras la tripulación, agotada,

trabaja desesperadamente.

Es 16 de agosto,

llevan ya 49 días en el mar desde que salieron de Perú.

Han recorrido 3600 millas marinas.

Con el timón reparado en siete horas

la balsa sigue navegando con un fuerte mar

pero ya lo han conseguido.

Las islas Marquesas se encuentran ya frente a ellos

y los hombres luchan

por seguir ganando millas hacia el sur.

¿Conseguirán arribar a las islas

o terminará estrellándose contra los altos acantilados,

arrastrados por las fuertes corrientes?

Otros documentales - La expedición Uru: La gran travesía

50:29 11 ago 2018

En el club náutico del Callao se llevarán a cabo los preparativos para dejar lista la nave, había que montar los mástiles y las espadillas con ayuda de una grúa, tan empleados en los comienzos de la navegación pero aún nos quedará una sorpresa que terminará dando vida a la balsa.

En el club náutico del Callao se llevarán a cabo los preparativos para dejar lista la nave, había que montar los mástiles y las espadillas con ayuda de una grúa, tan empleados en los comienzos de la navegación pero aún nos quedará una sorpresa que terminará dando vida a la balsa.

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