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4200318
Los gozos y las sombras - Capítulo 2 - ver ahora
Transcripción completa

Subtitulado por TVE.

(NARRADOR) -Doña Mariana dijo a Carlos

que se diese una vuelta por su casa

para ver cómo estaba, le avisó que la encontraría abandonada.

Carlos no recordaba cómo se iba y ella le indicó el camino.

-Sigue el camino de la playa recto, no hay pérdida.

Muy bien, hasta luego.

-Tienes suerte, parece que no lloverá.

Arre caballo.

So.

So.

(RÍE) Siempre torcido.

Aleteo y pájaro piando.

Toca notas en el piano.

Pájaros piando.

Zumbidos de insectos. (TOSE)

Imagina música de feria.

(NARRADOR) -Don Fernando Deza, el padre de Carlos,

pasó los últimos años de su vida

escribiendo una historia de la familia Churruchao,

y lo hizo en esta habitación,

en la llamada habitación habitación de la torre.

Carlos encontró lo que buscaba,

unas cartas.

Eran de su padre dirigidas a doña Mariana.

Por ellas supo que su padre amó a doña Mariana toda su vida

y que no se lo dijo nunca, acaso por timidez.

Después de pasarse la mañana leyendo las cartas

decidió comer en soledad

en el desvencijado cenador del jardín.

Ahora estaba seguro de que doña Mariana

no comprendió el amor que su padre sintió por ella ni le amó.

Hasta hoy creía que doña Mariana había amado a su padre

y que todavía le amaba.

Al fin entendió que solo había habido entre ellos una gran amistad,

una amistad de hombre a hombre,

Leyendo las cartas comprendió que a doña Mariana

solo le importaba la libertad,

y que sabía que si se hubiese casado con quien fuese

la habría perdido.

-Carlos. ¿Sí?

Tienes visita.

Es Rosario, la hija de tus caseros.

¿Qué debo hacer? -Recibirla, naturalmente.

Pasa, Rosario.

Siéntate. ¿Yo?

-Sí, naturalmente, en el sofá.

Vamos, mujer.

Siéntate.

Mi madre me encarga venir a verle porque está en cama con reúma.

Mi padre tampoco puede venir porque trabaja en el astillero.

Mi madre le pide que cuando pueda pase por el lugar y lo vea,

todo está cuidado y bien labrado,

este año hemos plantado maíz y verduras.

Mi madre...

y no haga caso si mi madre llora

porque la renta es justa y podemos pagarla,

pero la vieja no hace más que quejarse.

Esto se lo dice servidora no de su parte, pero...

Esto se lo manda ella para Nochebuena.

Una pobreza, lo que mandábamos a la difunta que en gloria esté.

Bien, muchas gracias.

Y dígale a su madre que ya iré a ver la finca.

Debo pedir al señor que no me trate de usted, una servidora...

Buenas tardes.

Mañana pasaré a por el cestillo.

Gracias.

¿Quiere usted explicarme esto?

-Muy sencillo, has recibido tu primer regalo de Pascua. Trae.

A ver...

Una taza de manteca cocida,

un pollo pelado y limpio,

huevos, lo menos dos docenas,

Sí, pero ¿y todo lo demás?

¿Por qué no quería sentarse? ¿Y por qué tanta ceremonia?

-Querido Carlos, tú puedes ser amigo de ellos,

robarles o hacerles caridad,

respetarlos o acostarse con sus hijas...

Guardarán las distancias mientras tú permanezcas sentado

si dejas que te llamen señor y tú les tuteas.

¿Entonces por qué mandó usted que se sentase?

-Hice una prueba.

Quería saber si a esa niña

se le habían subido los humos a la cabeza

por ser la querida de Cayetano.

Has visto que pasó un mal rato, desde ahora cuanta con mi simpatía.

Y por lo que veo también con la tuya.

¿Con la mía, por qué?

-Lo digo por tu forma de mirarla.

Reconozco que es muy bonita, pero es que dabas la impresión

de no haber visto una mujer en años.

Simple curiosidad.

Ya el otro día cuando la vi en el autobús me sorprendió,

parece una francesa.

-¿No sabes que aquí cuando una moza es grande y rubia

dicen que parece una francesa?

-Señora. -Lleve eso a la cocina.

Hay muchas como Rosario, ya las verás de cerca, ya.

Por lo menos media docena de tus renteros tienen hijas mozas

y si no han venido a verte es porque me temen,

pero quédate aquí solo unos días y empezará la procesión

y con ella las lamentaciones.

Que si la tierra da poco,

que si 20 duros son muchos duros,

todo mentira, para ablandarte. Rosario no dijo eso.

-No.

Rosario es orgullosa, no es como los otros.

Con la hija por delante como en ofrecimiento

cuentan toda clase de calamidades,

y si te enterneces te dejan si un cuarto.

Pero si te gusta la hija te dejan la hija.

Ya se encargarán ellos de sacarte un buen pedazo de tierra a cuenta.

Es el método acostumbrado para quedarse con las fincas.

Más barato desde luego que comprarlas.

¿Y usted lo encuentra moral? -A mí da igual,

la moral como yo la entiendo, no se para en pequeñeces.

Y si un hombre se deja dominar por sus pasiones más vulgares

y le cuesta la ruina es que se lo merece.

¿Y a Cayetano?

¿También le costará la ruina? -No.

Ese es duro y cruel, paga con la esclavitud.

Cayetano no regala tierras, da trabajo en el astillero.

Saca a la gente de la tierra y la mete en casas de cemento.

Y ahí tienes a una familia que ya depende de él para siempre.

Pitidos.

Pitido fuerte.

¡Carlos! ¡Carlos Deza!

(RIENDO) ¿Cómo estás, viejo amigo?

¿No me recuerdas? Soy Cayetano.

Cayetano Salgado. Ah, Cayetano.

Sí, ya supe que habías vuelto,

pero no fui a verte porque no me llevo bien con la vieja,

esperaba encontrarte cualquier día. Oye, qué bien te conservas.

Gracias. ¿Cuánto ha pasado, 15, 16 años?

18. Figúrate.

Y cuántas cosas, ¿quién nos lo iba a decir?

Tú hecho un sabio y yo... Bueno...

¿Oyes?

Son las remachadoras de mi astillero.

¿Ibas a alguna parte? La verdad...

Pues sube, ven conmigo, te enseñaré los barcos que construyo,

de más de mil toneladas desde hace un año.

Y los cascos son de acero, ¿sabes?

Y dentro de poco los haré de 25 000 toneladas.

Sirena de barco.

-Buenos días.

Mira, fíjate, Carlos,

ese que estamos construyendo pasa de las mil toneladas.

Graznidos de gaviotas.

(HABLA EN INGLÉS)

(RESPONDE EN INGLÉS)

¿Has visto? Este capataz lo he traído de Southampton.

Pasa, por favor.

¿Qué, qué tal, te gusta?

Confieso que me sorprende, en este pueblo...

Este pueblo...

ya no es lo que tú recuerdas.

y será mucho más.

En lo del despacho te doy la razón, es sorprendente.

Se lo compré entero a un lord arruinado.

Los libros iban incluidos en el lote,

pero siéntate, por favor. Gracias.

Como puedes suponer yo no tengo mucho tiempo para leer,

si necesitas alguno dispón de ellos.

Vamos a tomar algo.

¿Qué quieres, sherry, güisqui?

Un jerez, por favor.

¿Un jerez? Ah, claro, sherry.

Cristal de bohemia, naturalmente.

Ah...

A tu salud, por que te sientas a gusto aquí.

Salud.

Como te decía soy un hombre de negocios,

lo que me interesa es impulsar la industria,

añadir cada año una nueva grada al astillero

y meter 50 obreros más al trabajo.

Pueblanueva tiene un gran porvenir.

Desconozco la potencialidad económica del pueblo,

aunque siempre me había parecido...

un lugar pobre, ¿no?

Hasta que a mi padre se le ocurrió montar un pequeño astillero

nadie creía que pudiera ganar un duro

como no fuera arando

o pescando. Ya.

Y lo de mi padre no fue más que el principio,

dentro de diez años...

Pueblanueva entera vivirá gracias a mi industria.

Tengo grandes proyectos.

Y no hace falta decir que para ti también hay un puesto.

¿Para mí? Ajá.

(RÍE) No, yo no soy ingeniero, ni siquiera capataz.

Conozco la situación económica de todo el mundo

y sé que la tuya, no te enfades,

no es muy boyante. (RÍE)

Lo más que puedes sacar a las tierras,

preocupándote de ellas, son unas...

500 pesetas al mes,

eso el año que venga bueno.

Una miseria.

Tú, tú no querrás dedicarte a eso.

No, nunca lo he pensado.

Claro, lo suponía.

Yo te ofrezco el puedo de médico del astillero.

(RÍE)

Mira...

Te aseguro que no sé ni entablillar una pierna rota,

Carlos, te voy a hacer una oferta en serio

en el caso de que quieras quedarte.

Mil pesetas para empezar... ¿Quieres?

No, gracias.

Y 20 000 duros para organizar la clínica.

Y un viaje al extranjero por cuenta de la casa todos los años.

Aquí, Carlos, aquí...

hay mucho chiflado.

Te aseguro que lo tendré en cuenta,

es lo más que puedo responderte por ahora.

Está bien, no tengo prisa.

Pero ya que hablamos de eso,

¿por qué vas a marcharte?

En Pueblanueva se vive bien

y la oferta que te he hecho es inmejorable.

Comprendo que hasta ahora solo has tratado con mis enemigos,

te habrán dichos cosas mías que te harán desconfiar.

Te habrán dicho pestes.

No hemos hablado de ti para nada.

Ya lo harán.

A ninguno de ellos le interesa que tú y yo seamos amigos.

Concédeme la discreción suficiente para saber elegir los míos.

Naturalmente.

Hablemos de otra cosa, ¿eh? Sí.

¿Me decías que en Pueblanueva se vive muy bien?

Ya lo creo.

¿Otra copa? Sí.

Mírame a mí, hombre.

Yo podría vivir donde me diera la gana.

En La Coruña o en Madrid,

pero aquí en nuestro pueblo encuentro de todo,

incluso mujeres.

Mujeres estupendas, chico, y fáciles.

No te puedes figurar.

Un hombre como tú podría acostarse con quien le diera la gana.

Aldeanas y de las otras.

Las bañas, les pones ropa limpia y como las de Madrid.

A ese idiota de Aldán

puede que no llegue a pegarle,

pero el día que me dé la gana...

me acostaré con su hermana Inés que es muy guapa.

Y al boticario...

al boticario...

aunque su mujer no vale nada y está medio tísica...

a ese le pongo un día los cuernos

para que se calle de una vez.

(DESPECTIVO) El boticario.

Carlos...

en Pueblanueva...

no hay más mujer decente que mi madre.

Bueno...

perdona, no quería ofenderte.

¿A mí?

Todos saben que tu madre era una gran dama,

no pensaba en ella, no, no,

Sirena muy fuerte. me refiero a las otras.

Perdóname, pero creo que tengo que marcharme.

No, no, no...

No te muevas, siéntate, siéntate, hombre.

Campanilla.

Tocan a la puerta.

Adelante.

-Con permiso, dígame, don Cayetano. Dile que entre.

-Sí, señor.

Ya verás qué bombón.

23 años como 23 soles.

23 añitos estrenados por mí.

(RÍE TRIUNFAL) Ya te dije que eso en Pueblanueva es cosa fácil.

Buenos días.

(RÍE)

¡Ven acá, buena pieza! (RÍE)

Este señor es el doctor Deza,

dale la mano. ¿La mano?

¿Darle yo la mano al señor? Claro.

Sí, ya la conocía.

Vinimos al pueblo juntos en el autobús.

¿Qué tal? Vamos, dásela.

Tienes que disculparla, no está al tanto de las buenas costumbres.

Pero es guapa, ¿eh? (RÍE SOBERBIO)

Palmada al culo.

¡Vaya, hombre, podría guardar las bromas!

Anda, dile a tu padre que te enseñe a saludar como una señorita.

¡Venga!

¡Váyase a paseo!

¡Venga!

(RÍE)

Arisca en público, pero en la cama, ¡muac, una gloria!

Si no me equivoco vive en una casa de tu propiedad.

¿Ah, sí? Sí.

Una casa vieja, la... Granja de Freame.

Pero por poco tiempo,

en cuanto terminemos el nuevo grupo de casas

ocupará una de ellas con su familia.

Me conviene sacar a la gente de la tierra y tenerla cerca de mí.

Y a estos por doble motivo. (RÍE)

Bueno, hombre, piensa en lo que te ofrecí por si...

por si decides quedarte.

Ah, y no comentes nada de esto con la vieja,

porque luego se lo cuenta a mi padre y luego tenemos líos.

A mí mi padre no me importa, pero mi madre...

es una santa. Sí, ya sé, una santa.

-Buenos días, Carlos. Buenos días.

-Quisiera que me acompañaras a misa.

¿A misa? -Sí,

aparte de ser una obligación social es la que cumplo con mejor gana.

Hay un lugar donde Cayetano no podrá vencernos nunca,

en la iglesia.

Por un antiguo privilegio,

los barones y las hembras de las familias Churruchaos

podemos sentarnos en un banco del presbiterio,

al lado del evangelio. Lo de los hombres no tiene nada de particular,

que nos sentemos las mujeres es algo tan extraordinario

como el derecho de no sé quién

a entrar a caballo en la catedral de Santiago.

Tu madre mientras vivió oyó misa a mi lado,

se sentaba en mi mismo banco, aunque sin dirigirme la palabra.

La madre y las hermanas de Aldán también pueden hacerlo,

pero no se atreven, van a otra iglesia.

Si me acompañas debes darte prisa. Enseguida estoy.

¿Pero y los curas?

-Ya te dije que la iglesia es nuestra,

mejor dicho, mía, y tengo derecho de presentación.

A los curas antes de ser nombrados

les parece muy bien el privilegio,

pero más adelante suelen indicarme que renunciar a él en mi nombre

y en el de todas las que puedan reclamarlo

sería un acto de humildad.

Como habrás observado no soy humilde.

Y aunque lo fuera tendría que aguantar

porque la única persona que se escandaliza de verme en el banco

es doña Angustias, la madre de Cayetano,

que como da muchas limosnas y dinero para el culto

los curas siempre quieren estar a bien con ella.

-Buenos días, señora.

Algarabía.

Campanas.

Cánticos de la iglesia.

-Buenos días, doña Mariana. -Buenos días.

Buenos días.

-Otro día, cuando entre acuérdese de ofrecerme agua bendita.

Perdone.

(EN LATÍN) -En nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, amén.

-Demos gracias a Dios.

Hermanos en Jesucristo,

el Señor está ya entre nosotros

conforme a las alegres profecías

y a las palabras de la Anunciación.

El Señor que nos vino predicando

durante el adviento, hijo de Dios,

redentor nuestro,

acaba de llegar.

Podéis contemplarlo ya y esperar que su presencia y su sacrificio

nos haga libres.

Hermanos en Jesucristo...

-Este es Eugenio Quiroga.

¿Qué te parece el fraile?

Estoy sorprendido.

-Tiene fama de loco.

(CURA) -...volverá la paz a vuestros hogares.

-¡Señor! ¡Don Carlos!

Dice el padre Eugenio que por favor le espere, que ya viene.

-Yo voy a dar una vuelta por la plaza

mientras hablas con él.

Hace años que no nos tratamos.

-Perdóneme que le moleste, pero era necesario.

Ante todo, bienvenido,

estoy verdaderamente contento de su llegada.

Y ahora quiero pedirle un favor.

Vaya a por doña Mariana y dígale que vaya a ver

la capilla de los Churruchaos ahora mismo,

que no le deja para mañana, ahora.

¡Doña Mariana!

El fraile ha dicho que la lleve ahora mismo

a la capilla de los Churruchaos.

-Destapa esto.

¿Qué es?

Parece cemento.

-¿Para qué demonios quieren cemento en la capilla de los enterramientos?

Don Julián....

(SORPRENDIDO) -¡Doña Mariana!

Usted dirá.

¿Qué pito tocan en la capilla de los Churruchaos

esos sacos con cemento?

¿Es que se ha caído algo? -No, señora, no se ha caído nada.

-¿Entonces?

-Vamos a hacer un altar a la virgen de Lourdes.

-¿Con el permiso de quién?

-Doña Mariana, no creo que haga falta permiso.

-¿Olvida que iglesia de Santa María de la Plata es mía?

-Es también de la iglesia. -¡Es mía!

Y yo no permito que se levante un altar encima de mis muertos.

Don Julián... -Dígame usted.

-¿Quién paga ese altar de la virgen de Lourdes?

-Los fieles, naturalmente.

-¿Qué fieles? -Eh...

-Vamos, dígalo.

-La mayor parte del dinero lo regala doña Angustias.

Es presidenta de la cofradía.

-Lo suponía.

¿Y cree que le importa el altar?

Lo que ella quiere es tapar las estatuas de mis muertos,

echarles tierra encima para ver si la gente los olvida de una vez.

Usted verá lo que hace. -El altar, naturalmente,

salvo si el señor obispo me lo prohíbe.

-Entonces puede estar seguro de que el obispo se lo prohibirá.

La iglesia es mía,

y la capilla de los Churruchaos más mía que nada.

-Si es tan suya la iglesia,

¿por qué no manda arreglar las goteras?

-¿Y usted por qué no me lo dijo? -Nunca pensé que le importara tanto.

-Lo que piense o lo que sienta es cuenta mía.

Y ahora acompáñenos.

Quiero que vea la capilla don Carlos Deza.

-¿No pretenderá usted que aparte los sacos de cemento?

-No, pero tiene un sacristán que puede hacerlo.

(CARRASPEA INCÓMODO)

Puede también terminar el desayuno, esperaremos.

-Ya pueden entrar.

-Que venga don Julián.

(CARRASPEA)

Haga el favor de acompañar a don Carlos a ver la capilla.

yo estoy cansada. -Cuando quiera usted.

Usted primero.

Aquí la tiene, véala a su gusto.

¿Qué, ha terminado? ¿Nos vamos?

Escuche, no es necesario que me acompañe si tiene prisa,

sé que es una hora intempestiva.

-Está loca.

Y además tiene el demonio en el cuerpo.

Quizá solo sea un poco brusca de palabra.

-Tirana, eso es lo que es.

No se le ocurre pensar que después del desayuno

tenga uno ganas de echar un cigarrillo.

Creí que le había molestado lo del altar.

-A mí me es igual, allá ellas se entiendan.

Bah, gentes como ella o peores, ¿a qué guardarles tanto respeto

si estarán en el infierno?

No hubo un Churruchao bueno.

Me parece que soy uno de ellos.

-Pues cuidado con lo que lleva en la sangre.

¿Usted cree?

-Por lo pronto no se sabe de ninguno que haya sido decente

y buen cristiano.

Me gustaría conocer el remedio para no ser como ellos.

-¿Lo dice de veras?

Sí, claro.

-En ese caso váyase del pueblo,

aquí ninguno de ustedes tiene nada que hacer,

los tiempos no son los de antes y manda otra gente.

Música de piano.

-Mañana mismo me voy a Santiago,

no quiero que Angustias consiga su altarcito.

De paso veré cómo va mi derecho a enterrarme en la iglesia.

Tengo entendido que las autoridades civiles lo prohíben.

(RÍE) -Eso lo arreglaré también,

un gobernador republicano es mucho más fácil de manejar que un prelado.

¡Rucha!

-Avise al taxista que mañana me llevará a Santiago.

-Sí, señora.

Campanas.

-No hablé jamás con un prelado y no sé qué hacer,

si arrodillarme o decir buenos días.

-Siéntese, haga el favor. -Gracias.

-¿Ha estudiado ya los motivos de mi visita?

-Sí, los he estudiado.

En parte tiene usted razón y en parte no.

Claro está que el cura se ha pasado de la raya,

ya que ese altar no se hará jamás,

porque aunque la capilla no fuera de propiedad particular

tiene un valor artístico que no hay que estropear.

Pero...

¿y la iglesia?

También tiene valor artístico

y sin embargo cualquier día se desmoronará.

¿Es que no le importa?

Tiene usted la obligación de restaurarla,

si es que tiene dinero para hacerlo.

-Entonces yo le prometo prohibir expresamente

que se levante el altar de Lourdes

si me promete arreglar la iglesia para que aguante otros 600 años.

-Prometido, pero con una condición.

-Que cuando esté arreglada irá usted a inaugurarla.

(RÍE) -Las iglesias no se inauguran,

se bendicen o se consagran.

-Pues a consagrarla que suena más solemne.

-No puedo prometerlo,

porque estoy viejo y enfermo.

Y como lo de la iglesia tardará bastante tiempo,

igual ya he muerto.

-¿Pero si está vivo?

-Oh, en ese caso se lo prometo.

-Te aseguro que el arzobispo es un tipo simpático,

con curas así puede una entenderse.

De manera que ha ganado usted.

-Puede decirse que un pleno.

¿Qué piensas hacer hoy?

Nada.

¿Queda muy lejos la casa de la Galana?

-¿Por qué lo preguntas?

Había prometido ir y pensé hacerlo hoy.

-Si vas en el carricoche cuestión de diez minutos.

¿Qué podría regalarles?

-¿A quién a la Galana? No, a sus padres.

Veo correcto corresponder al que me han hecho.

-¿Lo dices por el pollo y los huevos?

No, eso forma parte de la renta, no ha de corresponderse.

Pero quiero que sepan que no soy un señor feudal,

tampoco ellos deben regalarme nada.

-Entonces pensarán que eres tonto. No me importa.

-Pues allá tú.

Puedes comprar un pañuelo de cabeza para la Galana vieja.

Frente al ayuntamiento los encontrarás.

Algarabía del mercado.

Señora, me llevo este.

-Muy buen gusto. Gracias, ¿me lo da?

-Sí, señor.

Y este también. -Es precioso.

¿Esta boina qué vale? -Seis reales, señor.

Bien.

Sonidos de los animales.

¿Hay alguien?

Hola.

Buenos días, señor, ¿cómo no mandó recado de que iba a venir?

¿No están tus padres?

Mi madre está, sí señor, mi padre a estas horas trabaja.

Ah...

¿Puedo hablar con tu madre?

(RÍE) -Sí, señor, entre.

Usted delante, señor, pase.

Adelante.

Siéntese, señor.

Ahora vendrá mi madre. Tomará una taza de caldo, ¿verdad?

Sí.

(RÍEN AMBOS BAJITO)

Con permiso.

(RÍE)

Rasca una cerilla.

(RÍE)

Ladridos.

¿Qué es eso?

Una zaranda, es para que los ratones no se coman el queso.

Ah...

Pasos.

¿Pero por qué se molesta? Podría haber subido yo,

o si lo prefiere volver otro día.

-No faltaba más, señor, siéntese.

Rosario, hija, atiende al señor.

Ay, don Carlos, no sabe lo mal que lo estamos pasando.

El campo no da más que trabajo y privaciones.

Y este año con la lluvia no ha habido patatas ni maíz.

Ya le digo, señor, un desastre.

Si yo le contara. Tomará vino, ¿no?

Sí, gracias. -Lo malos que han sido

estos últimos años, tantas fatigas...

Claro, usted en el extranjero...

Además hemos perdido toda la cosecha del último año.

Tal como va este, tres cuartos de lo mismo.

Encima, tras tanto trabajo y sufrimiento, doña Mariana...

Pero, perdone, es mucho, no voy a tomarlo todo.

-Tómelo, señor, no nos haga el desprecio.

El caldo es la rey del cuerpo.

Además, don Carlos, la renta sigue siendo muy alta.

Ay, no se lamente más, madre, que de hambre no nos moriremos.

-Claro, por lo que tu padre y tus hermanos ganan en el astillero,

no por lo que le saquemos a la tierra trabajándola,...

porque... ¡Ay, déjelo ya!

Quería agradecerles su presente de navidad,

y yo les he traído el mío de Año Nuevo.

Don Carlos...

Así que esto es para usted.

-Ay, gracias, señor.

Y esto para ti.

¿Por qué lo hizo? El señor no tiene porque hacernos presentes.

-Déjalo, mujer, si es su voluntad...

Gracias.

-¿El señor tiene alguna ropa inservible?

Los hombres la gastan mucho en el trabajo.

Ya... Pues no lo sé, ya miraré.

-Gracias, señor.

Bueno, ya me voy, madre.

Si quieres te acompaño con el carro.

¿A mí? Sí, si quieres.

-No, déjelo señor. Si es que voy al pueblo y...

-Está aquí a un paso, llegará enseguida.

Bueno, otro día me llevará, señor, adiós.

Sí, otro día.

-¿Quiere, señor, terminarse el caldo?

Sí.

Está muy bueno. -Gracias, señor, si...

si quiere usted le enseño la casa.

Pues... -Venga conmigo.

Bien.

-Pase, señor.

Mire, esta es la habitación de Rosario.

Arriba... Perdone, pero he de irme,

doña Mariana me espera. -¿Tan pronto?

Sí, lo siento. -Espere que le abra.

Muchas gracias por todo. -Gracias, señor.

Adiós. -Adiós.

Sonidos de los animales.

Arre bonito, arre.

So.

A mi madre no le parecía bien que viniese con usted, ella...

No, no tienes que explicarme nada.

Señor, es que mi madre tiene miedo...

Bueno, no sé... Anda, dame eso, sube.

No, no, pero quiero decirle,

¿es cierto que el señor será médico en el astillero?

No.

¿Quién te lo ha dicho? Él.

No es cierto.

Ya lo sabía y...

muchas gracias por el pañuelo.

-Y quiero que se restaure ajustándonos a su pureza primitiva.

-¿Quiere decir restaurada por entero?

-Eso, como si la hiciéramos de nuevo.

-Pero es una locura, mire usted, con unas vigas de cemento,

unas manos de cal y tejas nuevas,

no hay viento que la tumbe.

-Ese no fue el trato que hice con el arzobispo.

La iglesia tiene mérito artístico y hay que conservarlo.

Bobadas, bobadas...

Entonces habrá que cerrar la iglesia.

-Sí, pero queda la parroquial.

Carlos... Sí.

-Creo que muy bien podrías llevar la restauración de la iglesia.

Lo siento, pero yo carezco de la preparación...

-Eso no importa.

Puedes pedir ayuda a los frailes del monasterio.

Mira, a Fray Eugenio que es algo pariente nuestro.

Doña Mariana... -Nada, ya está decidido,

mañana mismo hablas con ellos.

Graznidos de gaviotas.

Campanas.

So.

-Buenos días, Carlos. -Buenos días.

Buenos días. -¿Qué tal se encuentra?

Perdón.

Tú... tú tienes que ser la hermana de Juan, ¿verdad?

-¡Claro! ¿Pero no se conocían?

Te hubiera reconocido donde fuera.

-Venimos del monasterio, como todos los días,

de escuchar el modo de entender la religión del padre Osorio.

-No es su modo, sino el de la iglesia.

El padre Osorio no inventa nada, repite las palabras del Señor

y lo que la iglesia nos ha enseñado siempre,

no vaya a pensar que es un loco o un hereje como muchos.

-Hija, yo no quise decir eso,

pero no me negarás que es un cura distinto.

-Ya lo verá cuando lo conozca, un santo.

-Por favor, doña Lucía, la santidad no es una profesión,

todos debemos serlo.

-Ay, hija, contigo una tiene que medir las palabras.

Algún día de estos iré a visitar a tu madre y a tu hermano también.

Adiós, doña Lucía.

Adiós. (TODAS) -Adiós.

(SUSPIRA) -Ay, ¿vamos?

Cantos gregorianos.

-Ave María Purísima. Quiero ver a fray Eugenio.

-Pase, pase. Gracias.

-Sígame, haga el favor.

Tocan a la puerta. -Adelante.

(CARRASPEA)

(RÍE) -¡Carlos, querido Carlos!

Buenos días. -Buenos días.

Siéntese. Gracias.

-Me alegro mucho de que haya venido.

Usted dirá qué es lo que le trae.

¿Qué? Ah, verá...

Doña Mariana me ha pedido que dirija

la restauración de la iglesia de Santa María de la Plata,

y como de eso tengo un gran desconocimiento

he venido a pedirle consejo. -Ajá.

Yo sé muy poco de estas cosas,

pero Fray Osorio es muy versado y con mucho gusto le ayudará.

Vamos a verle, su celda está aquí cerca, en la galería.

Acompáñeme, por favor.

-Tienes un recado de Cayetano

de que acudas al casino para tratar de algo que interesa a los dos.

¿Y para qué podrá ser?

No puedo imaginarme para qué te quiere,

pero ve allá, no vaya a pensar que le tiene miedo.

¿Miedo?

Ahora voy.

Música del casino.

-Buenas tardes.

Deme la chaqueta.

-Buenas tardes, don Carlos, ¿qué? A hacernos una visiteja, ¿eh?

¿Quiere sentarse con nosotros?

Hola. Hola, quiero hablar contigo, pasa.

Buenas tardes.

Siéntate.

¿Cuánto pides por la casa y las tierras que el Galano

te lleva en arriendo?

No te hagas el desentendido,

el Galano es el padre de Rosario...

Ah, sí.

...mi querida.

Ya.

Quiero comprarte la finca.

No se me había ocurrido venderla. Eso no importa.

Te ofrezco por ella 5000 duros.

No creo que valga arriba de 60 000 reales.

Haces un negocio redondo.

Te pagan de renta 14 duros anuales,

los 5000 duros en un banco al tres por ciento

te dan diez veces más.

Ni las 70 pesetas que me dan ahora,

ni las 700 que pudieran darme me sacarán de pobre.

Eso no es una razón,

ni una respuesta.

Quiero decir que no me interesa vender nada.

¿Quieres? No, gracias.

¿Y un cambio, eh?

Algunas fincas colindantes. Tampoco.

Tengo mis razones para querer comprártela,

supongo que se te alcanzarán.

No. Están bien claras.

Rosario vive en ella y tú eres el propietario.

Rosario vive en ella desde que nació

y hasta ahora no has querido comprarla.

Supón que quiero regalársela.

Por lo que me has dicho...

encontrarás otra por el mismo dinero.

(VIOLENTO) ¡Yo quiero esa!

No.

No quiero vender nada que fuera de mis padres.

¡Eso es una estupidez!

Tendrás que hacerlo si no quieres morir de hambre.

Sabes de sobre que tus rentas no te dan para vivir.

¿Has echado la cuenta? Al céntimo.

Pagadas las contribuciones

te quedan libres unos 60 duros al mes.

Justamente me propongo vivir con ese dinero,

llamémoslo una experiencia.

¿De miseria? De libertad.

No lo entiendo.

(RÍE) Si acomodo mi vida a esos ingresos

puedo hacer lo que me dé la gana o no hacer nada.

¿Y llamas a eso libertad?

Lo es.

También tú eres un anarquista.

Las gentes como tú están de más en el mundo, pronto...

ya no quedarán ni como mal ejemplo.

¿Y las que son como tú?

Yo me levanto a las siete de la mañana,

y a las ocho estoy en mi puesto.

Y dirijo mi empresa.

¡Y doy de comer a cientos de familias!

Después de ocho horas de trabajo soy libre,

Golpe. ¡pero he conquistado mi libertad!

Verás, a mí no me interesa conquistar nada, ¿sabes?

Me basta con mantener lo que tengo.

(DESPECTIVO) ¿Tus propiedades?

Hablábamos de la libertad.

¿Es por eso por lo que rechazaste mi ofrecimiento?

No, no, porque...

aún no sabía a qué atenerme sobre lo que iba a hacer.

Ahora ya lo sé.

Si repitieras la oferta la rechazaría otra vez,

porque aceptándola dejaría de ser libre.

Según tú, los mendigos son libres.

Pues mira, indiscutiblemente, sí. (RÍE)

No os entiendo.

Pero me alegro de que ya no mandéis en el mundo.

Las gentes como yo haremos más felices a los hombres.

Pero no te he traído aquí para teorizar,

sino para pedirte un favor.

Supuse que te gustaría hacérmelo.

Y te advierto que no suelo pedir favores.

Creo que te pesará.

Escucha...

Quiero decirte que no deseo verme mezclado en vuestros líos,

o si lo prefieres de otra manera,

no estoy dispuesto a que me consideres uno de esos,

algo así como súbdito tuyo, ni tampoco como enemigo, no,

deseo permanecer al margen.

¿Eh?

Ya lo sabes.

Acabo de hablarte de mi libertad.

Eso no es posible.

Aquí no hay nadie libre.

Aquí hay amigos o enemigos.

Y el que quiere estar conmigo, ya sabe.

Sí.

Tiene que obedecerte, ¿no?

Llámalo como quieras,

pero el que no me obedece es mi enemigo.

(RÍE)

Bien...

Habrás visto que no te obedezco.

Siempre he oído decir que los sabios...

están un poco en Babia.

¿No ves que si quiero puedo hacerte la vida imposible?

Sin ir más allá...

ayer compré unos terrenos que lindan con tu pazo,

tus árboles les dan sombra y no dejan crecer la mies.

Te llevaré al juzgado

y te haré cortar los árboles.

No lo harás. (RÍE)

¿Me lo impedirás por la fuerza? No, no pienso,

pero vendré al casino todas las tardes,

y explicaré a tus súbditos con todo lujo de detalles,

que eres un pobre enfermo,

un neurótico aquejado del complejo de Edipo.

¿Qué? Ah, ¿no sabes lo que es?

Pues está muy de moda, pregúntale a cualquier médico de La Coruña.

Y...

posiblemente tus súbditos cuando lo sepan

no te obedezcan como ahora.

(VIOLENTO) ¡Vas a decirme ahora mismo qué es eso!

¡¿Qué enfermedad es esa?! ¡Dímelo!

No.

(MUY VIOLENTO) ¡Dímelo!

-¿Sucede algo? ¡Métase donde le llaman, coño!

¡¿Quién le ha dado vela?!

-Hombre, yo...

No pasa nada, don Baldomero.

No pasa nada, señores,

unas tierras que no quiero vender.

Buenas noches.

Buenas noches. -Buenas noches.

(FURIOSO) ¡Un coñac!

Retoman las conversaciones.

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Los gozos y las sombras - Capítulo 2

01 abr 1982

Carlos Deza vuelve a su casa y quita el polvo a viejos recuerdos. Recibe un regalo de pascua de La Galana, y él les llevará un obsequio. Se reencuentra con Cayetano, quien le enseña los astilleros y le ofrece un puesto de médico, que él rechazará. Esto hará que la relación entre ellos se enfríe.

Histórico de emisiones:
01/04/1982
17/03/2013

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  1. Pietas

    Los capítulos no tienen sonido

    22 ago 2019