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Lorca, muerte de un poeta - Impresiones y paisajes (1903-1918) - ver ahora
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-Federico García Lorca.

Amartillan las armas.

(DISPARAN)

(NARRA) Y no quiero llantos.

La muerte hay que mirarla cara a cara.

Silencio. A callar, he dicho.

Nos hundiremos en un mar de luto.

¿Me habéis oído?

Silencio. Silencio, he dicho.

Silencio.

(SUSURROS) ¡Federico!

(SUSURROS) ¡Federico!

(SUSURROS) ¡Federico!

(SUSURROS) ¡Federico!

¡Federico!

¡Federico!

¡Federico!

-¡Federico!

(NARRA) En 1917, al final del verano,

fui en viaje de estudios con algunos de mis compañeros

de curso en la Universidad de Granada a Castilla.

Nos acompañaba, naturalmente, nuestro catedrático

de Teoría de Literatura y Arte don Martín Domínguez Berrueta,

que pertenece a esa noble clase de maestros

que consagran toda su alma a la enseñanza.

Y más que en las aulas, tiene su cátedra en el tren,

en los coches de postas, camino de las viejas urbes

donde él con sus alumnos busca una viva emoción del arte patrio.

Eso nos había dicho de él un gran poeta

al que conocimos en Baeza unas semanas antes,

don Antonio Machado.

-Don Antonio.

Tengo el gusto de presentarles a don Antonio Machado.

Gómez Moya.

Gómez Ortega. Luis Mariscal.

Castilla Abril.

Federico García Lorca. Señor.

-Siéntense, por favor.

Federico García Lorca y Antonio Machado

se conocen y saludan por primera vez.

Uno tenía 41 años. El otro 18.

Machado, desde que perdiera a su mujer, Leonor,

cuatro años atrás en Soria, impartía sus enseñanzas

en el Instituto General y Técnico de Baeza.

El lugar es el mencionado instituto.

La fecha: el 10 de junio de 1916.

(RECITA) -He vuelto a ver los álamos dorados.

Álamos del camino en la ribera del Duero,

entre San Polo y San Saturio,

tras las murallas viejas de Soria,

barbacana hacia Aragón en castellana tierra.

Estos chopos del río, que acompañan con el sonido

de sus hojas secas el son del agua cuando el viento sopla,

tienen en sus cortezas grabadas iniciales

que son nombres de enamorados,

cifras que son fechas.

La España de charanga y pandereta,

cerrado y sacristía,

devota de Frascuelo y de María,

de espíritu burlón y de alma quieta,

ha de tener su mármol y su día,

su infalible mañana y su poeta.

Más cada cual el rumbo siguió de su locura.

Agilitó su brazo. Acreditó su brío.

Dejó como un espejo bruñida su armadura y dijo:

"El hoy es malo, pero el mañana es mío.

Tú, juventud más joven,

si de más alta cumbre la voluntad te llega,

irás a tu aventura despierta y transparente

a la divina lumbre como el diamante clara,

como el diamante pura.

(APLAUDEN)

Hubo un acto en el casino de Baeza

y don Antonio Machado nos leyó algunos trozos de su poema

"La tierra de Alvargonzález".

-Me van a permitir que lea un poema más.

No es mío. Es de un gran poeta

que dejó este mundo hace unos meses.

Me refiero a Rubén Darío. (MURMURAN)

-En su recuerdo este trozo de poesía que él creara.

(RECITA) Dichoso el árbol que es apenas sensitivo.

Y más la piedra dura, porque esa no siente.

Pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,

ni mayor pesadumbre que la vida consciente.

Ser y no saber nada.

Y ser sin rumbo cierto.

Y el temor de haber sido.

Y un futuro terror.

Y el espanto seguro de estar mañana muerto.

Y sufrir por la vida y por la sombra

y por lo que no conocemos y apenas sospechamos.

Y la carne que tienta con sus frescos racimos.

Y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos.

Y no saber adónde vamos

ni de dónde venimos.

(APLAUDEN)

"Danza de la vida breve" de Manuel de Falla.

(TOCA EL PIANO)

(NARRA) Yo aprendí música gracias a un hombre buenísimo y tímido:

don Antonio Segura Mesa.

Que había soñado en su juventud

con llegar a ser un gran compositor.

El bueno de don Antonio me enseñó piano, armonía

y me inició en la ciencia folclórica.

Es curioso que yo, tan torpe de manos

para cualquier otra cosa, llegara a tocar...

¿primorosamente sería la palabra exacta?, el piano.

(TOCA EL PIANO)

(APLAUDEN)

-Doña Vicenta, le ruego que abrace a su hijo por mí.

No sería correcto que lo hiciera yo.

Es que toca divinamente. Gracias.

Mamá.

-¿París? ¿Estudiar música en París?

¿Un jovencito que no ha salido aún de las faldas de su madre?

¿Mandarlo a París a él solo?

No, no, don Antonio, no insista, por favor.

-Me parece que usted, don Federico, no se da cuenta

del extraordinario talento musical de su hijo.

-Tiene muchos y variados talentos, aunque me esté mal el decirlo.

Pero su madre y yo queremos para él

lo mismo que para sus hermanos:

una carrera universitaria.

Algo que no hemos podido tener ni doña Vicenta ni yo.

¿No hay París? -No, no hay París.

Al menos por ahora. No debes desanimarte.

Tienes que seguir con la música. (HABLA EN FRANCÉS)

Y llegarás. Tú llegarás.

Que yo no haya alcanzado las nubes, no quiere decir

que las nubes no existan.

(NARRA) Aquel mismo verano de 1916

murió mi querido don Antonio.

Sí, don Antonio, las nubes existen

y París también.

Pero no para el bachiller Federico García Lorca.

A partir de aquel momento solo tenía que existir

la universidad para este músico descabalgado.

¿Y quién sabe si la literatura viene en mi vida a cubrir

el hueco de aquella pasión frustrada

por la negativa de mi padre a que yo siguiera

estudios superiores de música.

(TOCA EL PIANO)

Siendo Fernando de los Ríos

Presidente del Centro Artístico de Granada,

tuvo lugar un concierto en sus salones

del joven García Lorca.

(TOCA EL PIANO)

Piano.

(APLAUDEN Y VITOREAN)

Don Fernando, que tenía

la Cátedra de Derecho Político Español comparado

en la universidad, saludó efusivamente al pianista,

iniciando así una amistad entrañable

que duraría hasta el fin de ambas vidas.

Fernando de los Ríos pertenecía a la burguesía liberal

de la ciudad malagueña donde nació.

Ingresó en la Institución Libre de Enseñanza

y, posteriormente, en el Partido Socialista Obrero Español.

La influencia del joven profesor en Granada fue extraordinaria.

Con el tiempo Fernando de los Ríos será el blanco preferido

del odio de las derechas granadinas.

(NARRA) El viejo bibliotecario de la universidad fue mi guía,

un guía inteligente y entusiasta.

Y significó una gran ventaja para mí.

Nos quedábamos por las tardes hasta después de la hora de cerrar

y hablábamos y hablábamos.

Solo puedo leerlos de uno en uno. -Empieza con el "Werther".

Los demás esperarán a que acabes.

¿Cómo puede saber tanto? -¡Huy!

Llevo 40 años, hijo.

Encadenado como Prometeo

en este antro del saber.

(NARRA) Él sabe, y yo lo sé, lo mal estudiante que soy.

Y que si me he matriculado en Derecho

y en Filosofía y Letras, lo he hecho solo

por tener contento a mi padre.

Mi hermano Francisco sí que es buen estudiante.

Y yo... un joven poeta adolescente.

¿Puede leerle algunos poemas? -Sí, sí.

(NARRA) Con frecuencia le suelo leer

algunos de los poemas que constantemente estoy haciendo.

Y él me escucha con gran atención

y a veces se emociona.

Y me anima a seguir escribiendo.

Lo haré.

-Tienes que seguir escribiendo.

Son muy buenos. Gracias.

(NARRA) Al bueno del bibliotecario le preocupa

la estrechez del ambiente granadino.

Sí, tiene razón.

Pero también hay otros jóvenes como yo que sueñan grandes cosas.

Y empiezo a hablarle de mis amigos

de "El Rinconcillo" del Café de la Alameda.

-¡Ah, Paquito! ¡Sí!

(NARRA) Por las mañanas

y hasta las primeras horas de la tarde

los clientes del Café de la Alameda

son los bravucones de los mataderos,

la pescadería y el mercado de abastos.

Gentes de pelo en pecho.

Al atardecer van allí torerillos,

los aficionados al flamenco,

tocaores y cantaores del Café Cantante La Montillana,

situado en las cercanías.

Acude también el público del frontero Teatro Cervantes,

donde las compañías del género chico dan

en las primeras horas de la noche

zarzuelas morales para las familias.

Y en las últimas horas piezas pornográficas

para los prudentes caballeros que se dan,

de cuando en cuando, el lujo de echar una cana al aire.

Y siempre, a todas horas, un quinteto de piano

e instrumentos de cuerda tocando hasta las 12

música clásica.

En el fondo del café, detrás del tabladillo del quinteto,

plantaron su sede nocturna

un grupo de jóvenes intelectuales granadinos.

A esa tertulia se la conocía con el nombre de "El Rinconcillo".

Estos son mis amigos.

Gracias a ellos he podido escribir en uno de los poemas

que tengo entre manos, hoy, en 1917,

la siguiente fecha:

"Primer año en que salí hacia el bien de la literatura".

Luis Mariscal. José Mora Guarnido.

Ángel Barrios, compositor.

Hermenegildo Lanz, aguafuertes, dibujos,

escenografía.

Juan Cristóbal, escultor.

Mi queridísimo Manolo Ángeles Ortiz, pintor.

Pepe y Manuel Fernández Montesinos.

Pepe será filólogo. Y Manolo médico.

Se casará con mi hermana Concha y andando el tiempo

le elegirán alcalde de Granada.

Constantino Ruíz Carnero, llegará a ser director

del periódico "El Defensor de Granada".

Es mi amigo y siempre, esté donde esté, me apoyará.

Juan de Dios Egea.

Antoñito Gallego Burín.

Melchor Fernández Almagro.

Es el primero de nosotros que se marchará a Madrid

para ser allí nuestro cónsul general.

Yo le llamo Melchorete.

Paquito Soriano Lapresa, espíritu exótico y admirable.

"El Rinconcillo".

Nosotros arremetíamos con afán renovador

contra todo lo que considerábamos el arte falso,

trasnochado, sentimental y caduco.

Por eso nos habíamos inventado un poeta imaginario:

Isidoro Capdepón Fernández.

Cuyos versos, que hacíamos entre todos,

representaban la poesía que despreciábamos.

Murmullos.

(HABLAN A LA VEZ)

-Deben ser los asesinos. -¿De quién?

-Hace días mataron dos guardias civiles en la sierra.

-Ya.

-Te has puesto muy pálido. ¿Te encuentras mal?

No es nada. Ya se me pasa.

-"Por una galería blanca y seguido de monjas

avanza un señor muy bien vestido

mirando a derecha e izquierda con indiferencia.

Los niños se descubren respetuosos

y llenos de miedo.

Es el visitador.

Una campana suena.

La puerta se abre, chillando estrepitosamente,

llena de coraje.

Al cerrarse, suena lentamente

como si llorara.

No cesa de llover".

-Ese es mi hijo. Eso escribe.

Está decidido a publicarlo.

Y yo antes de financiar la edición,

quiero saber su parecer.

Adelante, señor Segovia.

-A mi juicio, tiene talento.

Un gran talento como escritor.

Y un espléndido porvenir literario.

El padre de Federico aceptó la decisión de sus consejeros:

el maestro Andrés Segovia, Miguel Cerón

y Seco de Lucena, director entonces

del periódico "El Defensor de Granada".

Editaría gustoso el primer libro de su hijo.

Eran los últimos días del año 1917.

(NARRA) Ese es mi primer libro.

Lo acaban de poner a la venta hoy.

Es una edición que ha pagado mi padre.

"Me ha salido un hijo poeta", habrá suspirado.

Cuando lo que quiere es que yo termine una carrera,

la que sea, pero una carrera.

Bueno, ahí está. "Impresiones y paisajes".

Una flor más en el pobre jardín de la literatura provinciana.

Unos días en el escaparate y después...

al mar de la indiferencia.

Mis amigos en los periódicos locales han escrito

cosas muy agradables para mí y elogiosas para mi libro.

También he recibido algunas cartas.

Una muy graciosa de mi tío Enrique en la que me presenta

a un poeta de Huelva que se llama Adriano del Valle,

que me escribe a su vez y me compara

nada menos que con Rubén Darío.

No. Yo soy un pobre muchacho apasionado y silencioso,

que casi, casi como el maravilloso Berlén

tiene dentro una azucena imposible de regar.

Y presento a los ojos bobos de los que me miran

una rosa muy encarnada con el matiz sexual

de la peonía abrileña que no es la verdad de mi corazón.

Mi tipo y mis versos dan la impresión de algo

muy formidablemente pasional.

Y sin embargo, en lo más hondo de mi alma,

hay un deseo de ser muy niño, muy pobre,

muy escondido.

Cuando yo era niño vivía en un pueblecito muy callado

y oloroso de la Vega de Granada.

En ese pueblo yo nací y se despertó mi corazón.

En ese pueblo tuve mi primer ensueño de lejanías.

En ese pueblo yo seré tierra y flores.

Ese pueblo se llama Fuente Vaqueros

y está en la Vega de Granada.

Allí nació Federico García Lorca el día 5 de junio de 1898,

en plena Guerra de Cuba.

Pertenecía este lugar a una espaciosa finca

llamada el Soto de Roma.

Estaba situada a ambos lados del río Genil

y al correr de los años las Cortes de Cádiz

se la donaron en perpetuidad al primer Duque de Wellington,

vencedor en Salamanca de las tropas de Napoleón.

Federico García Rodríguez, padre de nuestro poeta,

se había casado con una mujer rica.

No tuvieron hijos y a los 14 años de matrimonio

la mujer murió, pasando la casa

y una considerable suma de dinero a incrementar la fortuna del viudo,

que por aquel entonces ejercía de juez municipal.

Tres años más tarde se casó con la maestra del pueblo,

Vicenta Lorca Romero, natural de Granada.

(NARRA) Mi infancia es la obsesión de unos cubiertos de plata

y de unos retratos de aquella otra que pudo ser mi madre:

Matilde de Palacios.

(RÍEN) -Ahora vamos a cantar los tres.

Vamos a ver.

(TOCA LA GUITARRA)

La palma que en el bosque

se mece gentil

y tu sueño arrulló.

Un beso de la brisa al morir la tarde

te despertó.

La palma que en el bosque

se mece gentil.

(NARRA) Mi infancia es aprender letras y músicas con mi madre.

Ser un niño rico en el pueblo. Un mandón.

Dulce es la caña,

pero más lo es tu voz.

Que la amargura

quita del corazón.

Campanadas.

Un día de fiesta en el pueblo Federico se encontró de pronto

ante algo nuevo y desconocido para él.

Algo maravilloso. Un teatro de títeres.

-¿Te gustan? Sí, mucho.

(TÍTERE) El estrujarte, que tengo reconcomio.

-Anda, Federico, vámonos. No, yo no me voy.

-Déjelo, señora. -Dolores, por favor.

-Sí, un poquito nada más. Yo lo llevo luego.

Déjelo conmigo. -Bien. Un ratito, ¿eh?

-¿Ves qué bien? -Dolores, vamos.

Angelina, venga.

-Haré dos mil locuras. Manda prisa.

-Pues esta noche, amigo, es la precisa.

De modo que el rocín de mi marido, que es cierto duende,

está persuadido. (RÍE)

-Y para asegurarle que esto pasa, quiero te quedes

esta noche en casa oculto en este cesto.

-¡Uh! Eso, perdona, amiga, lo protesto.

¿Yo? ¿Agazapado?

Ya nadie pudo arrancarle de allí.

Y allí se estuvo hasta bien entrada la noche.

Hasta que terminó la fiesta y los títeres enmudecieron.

Aquellos títeres avivaron en Federico

su gusto innato por los disfraces,

por representar funciones que él mismo inventaba

y en las que hacía intervenir a sus amigos

y a las criadas de la casa.

(RÍEN)

Y una vez doña Vicenta trajo de Granada

como regalo a Federico un verdadero teatro de títeres.

Un teatro para los sueños de Federico.

(NARRA) Mi clase la presidía un Cristo de yeso

sobre dosel morado y varios carteles

con las letanías que se dicen al entrar y salir de la escuela.

La escuela era un gran salón con ventanas al frente

y muchos bancos.

En las paredes había colgados escritos

con máximas morales y religiosas.

Al fondo estaba la tarima con la mesa,

donde se sentaba el maestro con su gorro bordado

y su palmeta. (EL MAESTRO GOLPEA LA MESA)

(NARRA) A uno de mis maestros los niños le llamaban

el Tío Camuñas. Alto, encorvado...

Y tenía unas barbas tan pobladas que ponían el alma

en suspenso cuando nos miraba de frente.

Era hosco por naturaleza y le gustaba pegar en las manos

con su palmeta.

-A ver, pon la mano.

Mi sitio estaba en el segundo banco,

delante de Pepe y Carlos, dos muchachos muy pobres,

pero muy limpios. Yo les llevaba golosinas y dulces

y ellos me traían frutas verdes que en casa no me dejaban comer.

Tomad.

-Dame. No te los quedes todos.

(NARRA) Y topos de terciopelo que cazaban en las choperas.

Niñas cantando.

A veces oíamos las voces de la escuela de niñas

que estaba al lado y toda nuestra clase

se llenaba de cuchicheos y de risitas mal reprimidas.

Risas.

-Mira que si pusieran a todas las niñas desnudas

y a todos los niños desnudos... ¿Te gustaría?

Sí, me gustaría mucho.

Niñas cantando.

(NARRA) En el verano de 1909 mi familia se instaló en Granada.

Nuestra casa tiene varias plantas, un patio y un jardín.

Al fondo del cual hay una pequeña cuadra y corral.

Un jardín umbrío con un espacio finamente empedrado,

donde hay un pequeño surtidor.

Allí, en nuestra casa de Granada, seguía la vida del campo.

Venían parientes y amigos de Fuente Vaqueros

a hospedarse con nosotros.

Y sobre todo, nunca faltaban las criadas de la Vega.

Aquí están Anilla la Juanera y Dolores la Colorina.

Sobre todo mi Dolores, la más santa,

por lo buenísima que es.

Ellas, las criadas, traen a los niños ricos

romances, canciones y cuentos.

El niño rico tiene la nana de la mujer pobre,

que le da al mismo tiempo, en su cándida leche silvestre,

la médula del país.

Mi tía Isabel empezó a darme clases de guitarra.

Mamá no está. Ha enfermado después de dar a luz

a mi hermanilla Isabel,

y la cuidan en una clínica de Málaga.

Así que aquí estamos Paquito, Concha y yo

al cuidado de la tía Isabel y de Dolores la Colorina,

que es la que lleva la voz cantante.

-¡Vamos, a merendar!

Levantaros, venga. -Estupendo, Dolores.

¿Quieres merendar? -Vida mía, qué guapo.

(NARRA) Quiero llorar porque me da la gana.

Como los niños del último banco.

Sí, yo era siempre niño del último banco.

Mi madre no para de decirme: "Federico, estudia".

Y parece ser que no hay más que dibujar y llenar

mis cuadernos de figuras y caricaturas.

Creo que el director ha dicho que soy buen compañero,

de carácter fácil y dulce. Casi como una niña.

Porque yo no soy un hombre ni un poeta ni una hoja.

Pero sí un pulso herido que ronda las cosas del otro lado.

Llaman a la puerta.

-Pase.

Señorito Federico.

Aquí este joven, que quiere hacerle

una cháchara de esas pa salir en los papeles.

-Solo un par de preguntas. Trabajo en "El Noticiero"

Muchas gracias. -De nada.

No te conozco.

-Soy un recién llegado como quien dice.

¿Quieres que hablemos aquí o prefieres que vayamos al patio?

-A mí me da igual. Aquí mismo está bien,

pero con un poco más de luz.

(RÍE) Claro.

Parece que estamos jugando a las tinieblas. Espera.

Siéntate.

Por favor.

Bueno, ¿qué quieres de mí?

-Leí su libro y me gustaría charlar sobre él.

Hablar, sin ningún objetivo concreto.

¿Sobre qué? -Sobre usted.

Sobre su formación.

Mira, te hablo de lo que quieras

a condición de que me quites el usted.

-Lo que usted diga. Oh... Perdone.

Hay demasiada luz, ¿no?

Un momento.

-Sé que naciste en la Vega. Sí.

Así está mejor.

-Verás, yo quisiera que me hablases...

-Huy, qué oscuro estáis ustedes aquí.

-Háblame de las personas que has conocido.

De las influencias, las lecturas...

Todo aquello o aquellos que te han hecho ser como eres.

Te debes encontrar muy a gusto.

Y quieres pasar la tarde aquí.

Porque esa pregunta es muy grande y tiene una respuesta muy larga.

-Gracias.

Gracias.

Ella es una de esas personas.

Su nombre es Dolores.

Pero todas la llaman la Colorina.

Vino a amamantar a mi hermano Paco y se quedó.

Habla mucho, se ríe mucho y cuenta historias sin parar.

Como si hubiera tenido treinta vidas.

Es analfabeta, porque nadie ha sido capaz

de enseñarla a leer. Mi madre lo intentó, sin resultado.

Pero sabe más que todos nosotros.

En lo que se refiere al sexo,

tiene una moral natural.

Sin hipocresías ni severidades.

Ella me ha enseñado a vivir.

Ella y también Víctor Hugo, Galdós,

Juan Ramón Jiménez, Berlén,

Machado...

y sobre todo... Rubén Darío.

Rubén, Rubén.

Deja de apuntarlo todo.

Vamos a hablar y luego pones lo que recuerdes.

¿De acuerdo?

Hay un libro de Rubén Darío titulado "Los raros".

¿Lo conoces? -No.

Pues deberías.

Es mucho más importante que conocerme a mí.

En él habla de muchas personas a las que admiraba.

Sus ídolos y también los míos.

-Lo leeré.

Así pasaría horas y horas, contándote cosas.

-Sigue, por favor. No.

Llevamos mucho tiempo aquí.

Te propongo que subamos a la azotea.

Mi hermano está allí cuidando a las palomas.

O podríamos acercarnos al café y estar un rato

con mis amigos de "El Rinconcillo".

Ah, Paquito Soriano es otra de esas personas

por las que me preguntabas.

Tiene en su casa una biblioteca formidable.

Y no pone reparos en prestarnos libros a todos.

-¿No podríamos quedarnos aquí un poco más?

No me canso de escucharte.

¿Toco un poco el piano?

Me viene bien practicar.

Y no molestamos a nadie.

(TOCA EL PIANO)

(TOCAN EL PIANO)

(NARRA) María Luisa.

Estoy muy enamorado de María Luisa Egea.

Su hermano, Juan de Dios, frecuenta "El Rinconcillo"

y nuestras familias son amigas.

Pero yo estoy muy enamorado de ella.

Aunque sé que nunca jamás se lo diré.

Es una mujer fría. Bueno, a mí me lo parece.

Y también me parece que juega conmigo.

A veces nos escribimos,

pero yo no quiero conmoverla con mis cartas.

Y estoy seguro de que podría hacerlo.

¿Para qué?

(TOCAN EL PIANO)

(APLAUDEN)

Muy bien. -Gracias.

-Bravo, María Luisa.

(NARRA) María Luisa me está haciendo perder la risa.

Y eso es malo.

Hay que estar siempre dispuesto para reírse de todo lo imaginable.

Incluso de María Luisa.

Flauta.

-¿Querías algo de mí?

¿Por qué lo dices? -Porque llevo unos días

que cada vez que miro hacia atrás, te veo.

Sí, es cierto.

Buscaba la ocasión para decirte que me gustaría mucho acompañarte.

Pero hasta ahora no me he atrevido.

-¿No eres amigo de mi hermano? Sí.

-Podrías habérselo dicho a él. Siempre me da tus recados.

¿Quieres acompañarme? Pues vamos.

Me gustaría explicarte cómo me siento,

pero no voy a saber.

-Inténtalo.

Verás... Pasear a tu lado me causa

una sensación, no sé, nueva.

Una sensación que no conocía.

Una especie de euforia.

-No vayas a gritar, ¿eh? Lo estoy deseando.

(RÍE) ¿No me crees?

-Trata de explicármelo. Es muy difícil.

Tienes que darme un poco de tiempo. -¿Cuánto?

10 o 15 años. (RÍEN)

No, fuera de broma.

Intentaré que lo entiendas. Ya lo verás.

-¿Tú crees?

-Federico, ¿qué haces?

Escribo, mamá.

-Está a punto de amanecer.

No me he dado cuenta.

(ESCRIBE) Más tú, cigarra encantada,

derramando son te mueres.

Y quedas transfigurada en sonido y luz celeste.

Sea mi corazón cigarra sobre los campos divinos.

Que muera cantando lento por el cielo azul herido.

Y cuando esté ya expirando,

una mujer, que adivino, lo derrame con sus manos por el polvo.

Y mi sangre sobre el campo sea rosado y dulce limo.

Donde claven sus azadas los cansados campesinos.

Cigarra, dichosa tú,

pues te hieren las espadas invisibles del azul.

Para María Luisa.

(RECITA) Aquí se han dado las manos

sobre tu alambre de trino como si fueran

melancólicos hermanos y bulliciosos latinos.

Lo último de Capdepón.

Todo está escrito en ripios perfectos.

Adiós. -Buenas noches. Hasta mañana.

-Hasta mañana. Buenas noches.

-Federico. No he tenido ocasión

de hablar contigo hasta ahora.

¿Y qué me quieres contar? -Se trata de mi hermana.

Ah. No la veo desde hace días.

La busco por todas partes. -Eso quería decirte.

María Luisa se ha ido.

¿Adónde?

-Va a estar fuera de Granada mucho tiempo.

¿Por qué? -El porqué no lo sé.

Porque ella es así, supongo.

Yo creo que es mejor para ti.

Sin tenerla cerca, podrás olvidarla antes.

María Luisa Egea era hija de un rico industrial,

oriundo del pueblo de Alomartes.

Ella fue la gran pasión de Federico en su adolescencia.

Pero no le hizo caso y desapareció de Granada.

Esa pasión, al frustrarse, se convirtió

en uno de los temas principales de los primeros poemas lorquianos.

Campanas.

(LEE) -La última ofensiva del Ejército imperial alemán

en el sector noroeste

no ha conseguido totalmente sus objetivos.

El empujo teutón ha sido, como siempre, brutal.

Y el número de bajas se calcula muy elevado.

El Ejército francés

han vuelto a demostrar su coraje y su patriotismo.

Cuando la patria reclama el supremo sacrificio,

nadie puede dar un paso atrás. El patriotismo siempre...

¡Patriotismo!

Desde niños siempre hemos entendido el patriotismo

como un sentimiento que tiene por espíritu a un trozo de tela

con los colores nacionales.

Por voz, una corneta desafinada.

Y por fin, defender las tumbas, las casas de nuestras familias.

A todos esos muchachos alemanes, franceses, ingleses

que destripan ahora en las trincheras,

seguramente les habrán obligado primero a besar una cruz,

una cruz infame,

formada por la bandera y una espada.

La cruz de las tinieblas y de la fuerza.

Hoy no tenemos religión porque no hay amor.

Amor con mayúscula.

Se predica la guerra en nombre del dios de las batallas.

Y se enseña a odiar refinadamente al que no tiene

nuestras mismas ideas.

-¿Y qué solución ves tú?

¿Solución?

Formar en las escuelas ciudadanos amantes de la paz.

Y que conozcan el Evangelio.

La única patria verdadera es la patria del amor

y de la igualdad.

-Le veo muy desasosegado.

Siempre encerrado en su cuarto escribiendo versos y cosas.

Y estudiar no estudia, ¿verdad?

Sí. Muy desasosegado.

¿Por qué? ¿Qué le falta? -No lo sé.

La suya es una edad difícil.

Se pregunta cosas.

Seguramente no debe saber la respuesta.

-¿Cosas? ¿Qué cosas? -No lo sé.

La vida... La muerte, el amor.

Cosas. Las mujeres... -¿Qué?

-Nada.

-Había prometido pasarme por la azucarera.

¿De verdad quieres que sigamos? -Sí, anda.

¿No te parece que "Cristo, tragedia religiosa"

es demasiado rimbombante? -No.

En fin.

Escena 14.

En esta escena cuento cómo Esther ama apasionadamente a Jesús

y cómo Jesús le confiesa a su madre su... Bueno.

Ahora lo verás al leerlo. ¿Lista?

Jesús: "Al salir ahora de su casa, Esther me estrechó la mano

fuertemente y mirándome de una manera infinita, dejó caer

dos lágrimas que resbalaron hasta sus labios".

-María: "¿Tú qué pensaste?"

Jesús: "Al momento pensé ser su esposo.

Amarla como ella me amaba a mí.

No era justo que un corazón sufriera,

teniendo yo en mis manos el ungüento que lo sanara".

-María: "Pobre hijo mío".

Jesús: "Venía yo por el camino

y en el silencio de la noche

quise amarla y la amé con todas mis fuerzas.

Esther, yo te amo. Sé, por favor, mi esposa.

Madre, yo imaginaba para mí

una vida tranquila y dulce.

Mi huerto lleno de lirios. Mi campo de trigo.

Y las risas de mis hijos.

Quise dar gracias al Señor.

Y al mirar hacia el cielo,

todas las estrellas que se ven y las que no se ven

cayeron sobre mí; y me taladraron

con sus puñales de luz el alma y la carne;

y me incendiaron de locura este corazón que era de fuego,

dejándome la carne fría

y dura como la nieve de las cumbres".

"¿Quién pudiera darte la tranquilidad

que tienen los lagos dormidos?"

¿Te gusta?

¿Tú entiendes...?

-Sí, Federico. Lo entiendo.

Lo entiendo.

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Lorca, muerte de un poeta - Impresiones y paisajes (1903-1918)

10 ago 2017

El gran talento musical del joven Lorca se frustró por el deseo de su padre de que estudiara una carrera. Pero esos años los dedicó a escribir y a disfrutar de la música y, en Granada, frecuenta la tertulia "El Rinconcillo" en el Café de la Alameda.

Histórico de emisiones:
26/08/2012

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