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La galería - Carlos Solchaga - ver ahora
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"Carlos Solchaga fue una voz discordante

en la primera etapa del PSOE en la transición y en el Gobierno.

Pese a todo, Felipe González le mantuvo siempre a su lado

en puestos de gran poder.

Ministro de Industria, ministro de Economía,

portavoz del grupo parlamentario en el Congreso...

Mientras, en su propio partido,

voces muy poderosas lo querían fuera.

Él fue quien bajó al PSOE de las musas al teatro

cuando, desde el Gobierno,

reconoció que no crearían el millón de puestos de trabajo

prometidos en campaña electoral."

Debe ser muy peculiar, señor Solchaga, una familia

en la que todos tienen la misma profesión.

Es verdad.

Y más bien es por casualidad.

No vaya usted a creer

que mis hijos acabaron estudiando Economía

como su madre y como yo mismo

porque les empujáramos a ello.

Más bien porque fueron desechando una y otra idea.

Mi hijo mayor, sobre todo,

quería ser algo relacionado con el teatro y el cine.

Luego, se dedicó mucho a la publicidad,

que es lo que está haciendo ahora profesionalmente,

pero yo siempre dije que era necesario

que tuviera una carrera universitaria en España,

que supiera lo que es la universidad,

la padeciera y la disfrutara,

y, por eso, por pura casualidad, casi desechando alternativas,

ha ocurrido que tanto Gloria, mi mujer,

como hijos, Miguel y Carlos,

todos ellos, como yo, seamos economistas.

Y, además, es hereditario

porque quería ser director de cine y no economista.

Es verdad.

Cuando yo era mucho más joven,

recuerdo que el descubrimiento que supuso allá por final de los 50

Ingmar Bergman y sus películas,

"El séptimo sello", "El manantial de la doncella"

y tantas cosas,

pues me hicieron creer

que el cine que era un medio muy poderoso

para explicar lo que uno sentía.

Que, de hecho, yo no estaba capacitado,

por ejemplo, para estudiar Filosofía a fondo,

pero que el cine sí te permitía hacer filosofía sobre las cosas.

Y, luego, con el transcurso del tiempo,

una vez matriculado en Económicas,

y, sobre todo, habiendo descubierto al que fue mi gran profesor,

Luis Ángel Rojo,

que luego fue gobernador del Banco de España...

Nombrado por usted, me parece, ¿no?

O propuesto. Para ser más exacto.

Pues lo cierto es que fui descubriendo también

el encanto que tenía el análisis económico.

No por cuánto fuera más bonito o más feo,

por ejemplo, que la física o las matemáticas,

sino porque estaba muy conectado con la historia política

y la historia social de un país.

Solo quería entender

cómo había sido el reinado de Isabel II

o quería entender un poco

por qué el proletariado español había sido a veces tan radical.

También tenía que entender

cuál había sido la evolución económica

de España en ese tiempo,

cómo el retraso económico

había significado con frecuencia la frustración del proletariado,

la tendencia al radicalismo y a la revolución

y cómo esto llevó, por ejemplo, en la época de la república

a representar una situación de inestabilidad

desde la izquierda para la democracia recién estrenada.

Mucho más fuerte fue la inestabilidad

que provenía de la derecha,

de los militares

y de quienes en última instancia dieron un golpe de Estado

alzándose en el años 1936.

Pero es cierto

que todos los fenómenos interesantes de la historia

tienen un trasfondo económico

que, sin necesidad de ser marxista,

uno comprende que ha tenido influencia decisiva

en el acontecer humano.

En ese sentido, nunca fui totalmente marxista,

pero sí me sentía un hombre de izquierdas

y un hombre que pensaba

que en última instancia la justicia social,

tratar de asegurar las posibilidades incluso a la gente más pobre,

a la que gente que, de otro modo, el capitalismo dejaba marginados,

orillados en el desarrollo de su propia evolución,

era una tarea importante

y una de las pocas

por las que merecía dedicarse a la política uno.

¿En política debutó usted

con el Partido Socialista de Euskadi?

Yo empecé en política en el año 74

cuando unos pocos en Madrid...

Cuando nos reuníamos por la mañana,

éramos parte de la agrupación local de Madrid,

o la agrupación local de uno de los distritos de Madrid,

y, por la tarde, éramos parte de la UGT

en mi caso de banca.

Y por la noche a mí me hicieron presidente,

o secretario, esta es la definición correcta,

del grupo intelectual del Partido Socialista Jaime Vera

y, entonces, yo allí reunía a los principales intelectuales

del PSOE en la época.

Les pedía trabajos

pensando cómo, después de la muerte de Franco,

y una vez que esta hubo ocurrido como camino de la democracia,

había que llenar al Partido Socialista

de una serie de contenidos programáticos

para que la gente pudiera reconocerse en él,

darle su confianza a través del voto

y permitir que antes o después

llegara el Partido Socialista al poder.

Así que empecé trabajando en Madrid.

Pero en el año 1976,

ya habían transcurrido seis meses desde la muerte de Franco,

me ofrecieron un gran puesto de trabajo

como director del servicio de estudios económicos

del Banco de Vizcaya que se encontraba en Bilbao

y, entonces, después de mucho dudar sobre qué debía hacer yo,

si debía o no

dedicarme exclusivamente a la política

cuando esta tenía en aquellos momentos

tantas incertidumbres,

no sabía siquiera si se iba a implantar la democracia

después de la muerte de Franco,

cuando significaba renunciar también a lo que,

quizás está mal decirlo,

pero era una brillante carrera la que yo tenía.

Decidí probar a seguir

por la carrera profesional en Bilbao,

pero el venenillo ya se me había metido

y pocos meses después

cuando Txiki Benegas que entonces era el secretario,

del Partido Socialista de Euskadi,

me llamó para formar parte de la ejecutiva en un congreso,

creo que fue en febrero de 1977 o 78,

ya no recuerdo muy bien,

le dije que sí.

Y al cabo de poco tiempo

me vio otra vez tan metido en la vorágine de la política

que lo que era ya difícil era seguir siendo un alto empleado

del Banco de Vizcaya,

de modo y manera que al final hube de resolver eso

dedicándome exclusivamente a la política.

Y usted fue consejero de Comercio en el Gobierno preautonómico vasco.

En el segundo Gobierno,

porque el primero quizás algunos recuerden

que lo presidió Ramón Rubial, un socialista.

El segundo ya era evidente que el PNV había avanzado

y como se formaban estos Gobiernos

en proporción a los resultados

que se habían obtenido en las elecciones generales,

teniendo en cuenta los alcanzados en marzo de 1979,

el siguiente presidente ya fue Carlos Garaikoetxea.

Y allí estuve yo como consejero de Comercio

tratando de ver

cómo se empezaban a ir tomando muy lentamente,

porque todavía no existía el Estatuto de Guernica

que es el que, de alguna manera, reconoce las competencias

del Gobierno de Euskadi.

Cómo se iban asumiendo algunas de las pequeñas competencias

que había en la época.

Aquí en el Congreso de los Diputados

usted fue portavoz del grupo de los socialistas vascos.

Lo explicaré

porque es muy curioso cuál fue el origen de esta división

que se hizo de los socialistas entre socialistas en general,

socialistas catalanes y socialistas vascos.

Ahí la queja de Alfonso Guerra,

en general, en el partido socialista,

era por qué los llamados socialistas andaluces

hablan en nombre de Andalucía

y nos podemos hablar nosotros los del PSOE

en nombre de Andalucía igualmente

o por qué solamente cuando hablan del País Vasco

parecen los únicos representantes los del PNV.

Así que se convenció,

no me pregunte usted cómo,

pero se convenció a la mayoría en el Congreso

de Unión de Centro Democrático

de que se pudieran formar estos dos grupos parlamentarios,

el de los socialistas vascos y el de los catalanes.

Y esto coincidió exactamente con mi llegada aquí.

El grupo socialista vasco estaba constituido por seis personas

y tres de las cuales eran muy importantes.

Era importante Nicolás Redondo,

que había sido número uno por Vizcaya,

Lalo Albizu, el padre de Patxi López.

López Albizu, supongo. Sí, sí, sí.

Que era el número dos por Vizcaya.

Y Enrique Múgica.

Cualquiera de los tres eran, digamos,

grandes personajes dentro del PSOE.

Habían sido históricamente importantes

y seguían siendo de la dirección.

Pero yo creo que ninguno de los tres,

por las tareas que afrontaban,

quería hacerse cargo del grupo socialista vasco,

así que me vieron joven y con ganas de trabajar y dijeron:

"Bueno, que este sea el secretario del grupo socialista vasco".

Pero eso me permitió

que, cuando en la primavera se votara

de manera inesperada para el Gobierno

la moción de censura del presidente Suárez

y, luego, más adelante, la cuestión de confianza

planteada por él mismo,

yo hablara en nombre del grupo socialista

y me diera mucho a conocer,

de manera que, por la razón que fuera,

mis discursos en aquellos debates y en otros posteriores

fueron muy seguidos por la gente

y eso me hizo ser mucho más conocido dentro del Partido Socialista.

¿Cuánta huella tiene

el Estatuto de autonomía de Euskadi suya, señor Solchaga?

Allí donde hubo disputa, en la mayor parte de los casos,

se llevó el gato al agua el Partido Nacionalista Vasco

porque tenía más votos.

Pero es verdad

que nosotros también influimos en la configuración final

y luego en la negociación aquí,

porque ya sabe usted

que en la época, y de acuerdo con la Constitución,

el título octavo de la misma,

una vez que se aprobaba

por las autoridades correspondientes de una autonomía

cuál iba a ser el estatuto,

este se venía a negociar a las Cortes

y solamente adquiría verdaderamente poder de ley

cuando las Cortes lo aprobaban y luego se ratificaba

mediante referéndum en el País Vasco.

Esto ocurrió en la primavera, marzo aproximadamente,

del año 1980.

Una persona que era la que,

por el Partido Socialista de Euskadi

representaba a Álava en el Congreso de los Diputados,

pasó a ser vicepresidente de la nueva Asamblea

o Parlamento vasco,

y como ambos puestos eran incompatibles

y lo siguen siendo ahora,

él tuvo que ceder su puesto en el Congreso de los Diputados

al siguiente de la lista que había sido yo.

Y esta es la razón

por la cual el 14 de abril del año 1980

me convertí en diputado por Álava

en el Parlamento de la nación en este lugar donde estamos ahora.

Señor Solchaga, ¿cuándo y cómo supo usted

que iba a ser ministro del primer Gobierno socialista

que iba a haber en este país?

Hombre, tenía algunos pálpitos,

que hubiera dicho Felipe González que le gustaba mucho esta palabra.

Tenía el pálpito de que posiblemente iba a ser así

porque recuerdo que en el Congreso

inmediatamente anterior a que ganáramos las elecciones

yo quería formar parte de la comisión ejecutiva

y Felipe González me mandó un recado con José Luis Corcuera

para decirme

que los que habrían de formar parte del Gobierno,

entonces ya estaba bastante claro que íbamos a ganar las elecciones,

no deberían estar en la ejecutiva

porque él quería separar las dos cosas,

de manera que me sugirió que no insistiera

en estar en la batalla por la ejecutiva.

Pero esto, si usted quiere, ya era un pálpito,

una indicación de por dónde podían ir las cosas.

Luego he sabido

que Felipe González llamó en primer lugar,

una vez que ya se habían ganado las elecciones,

a Miguel Boyer para que se hiciera cargo

del Ministerio de Economía y Hacienda

y en segundo lugar a mí para que me hiciera cargo

del Ministerio de Industria y Energía.

Supongo que también tuvo contacto con otros,

pero entre los primeros en ser llamados,

como diría el Evangelio, estaba yo.

Así se fue formando en unas pocas semanas

un Gobierno que, en mi opinión, ha sido uno de los mejores.

No lo digo por mí.

Lo digo por el conjunto de gente que participó en el mismo

y que luego demostraron a lo largo de muchos años

una capacidad de gestión y sensibilidad política importante

y que de alguna manera puso en marcha

el impulso necesario en un país

que acababa de salir del golpe de Estado

del 23F de 1981

y que todavía estaba inmerso en una grave crisis industrial

para transformar el país.

Del Ministerio de Industria usted saltó

al Ministerio de Economía y Hacienda,

pero en Industria se comía todos los marrones

y en Economía también.

Pero, si quiere, vamos por orden.

Uno puede tener las aspiraciones que tenga desde un partido

para llegar al Gobierno y hacer una política,

pero lo que es verdad es que, le guste o no le guste,

tendrá también que enfrentar a los problemas

que hay en aquel momento

y no solamente hacer lo que le gustaría hacer.

Uno de estos, si quiere usted, más contradictorio

era la reconversión industrial

porque era verdad como a veces reprochaban

mis compañeros del partido y los compañeros de la UGT

que nosotros, un Gobierno del PSOE, estaba haciendo la tarea sucia

que la burguesía y los partidos de derecha

no habían querido hacer.

Y tenían razón.

Pero ¿qué podíamos hacer

si queríamos estar en cuatro o cinco años en Europa

con una industria que estaba quebrada?

O la ajustábamos

y la poníamos otra vez competitiva y capaz de producir

o, por el contrario, nunca entraríamos en Europa.

O, si entrábamos,

habría de desaparecer el perfil industrial de España;

de manera que, al final, uno no elige totalmente su agenda.

Lo primero que tiene que hacer

es tratar de resolver los problemas del país

y el de la reconversión industrial era muy importante.

Pero había otro, por ejemplo, que ha pasado muy desapercibido,

que la gente siquiera ha sido consciente de él,

y era la quiebra financiera

en la que estaba toda la industria eléctrica,

de manera que, si aquello no lo resolvíamos,

la verdad

es que no solamente desaparecía la industria,

es que desaparecía también la banca española.

Era un problema gravísimo, pero del que el país se enteró poco.

Se fijaba mucho más

en que había que cerrar Altos Hornos en Sagunto

o que había que reducir el personal

en tal o cual astillero o en las minas de potasa de Navarra

que es por donde empecé precisamente

para que nadie dijera que yo empezaba por otras tierras

y me olvidaba de las mías

donde también había que ajustar para bien o para mal.

Pero lo cierto

es que donde estábamos jugándonos la supervivencia financiera

de España en aquel momento

era fundamentalmente en la industria eléctrica.

Conseguimos que poco a poco

la industria eléctrica recobrara la sanidad financiera

y de esta manera evitamos o una nacionalización

que nos hubiera arruinado a todos

o una ruina del sistema financiero español

que en ambos casos nos hubiera impedido entrar

en 1985, como hicimos, en la Unión Europea.

Y de propina le tocó también Rumasa

aunque fuera Boyer

el que se comiera lo del "¡que te pego, leche!",

pero usted estaba detrás de lo de Rumasa también.

Una vez que saltó la liebre,

hubo que tomar la decisión sobre qué cosas intervenía.

Pero la información era incompleta

porque una razias del grupo Ruiz-Mateos

era su falta de transparencia,

la opacidad fiscal con la que trabajaban,

de manera que sabíamos casi todo, pero no todo,

de lo que eran los activos de Rumasa en España,

pero no sabíamos los que tenía en el extranjero.

Conocíamos algunos, pero otros muchos ni sabíamos,

de manera que aquello

a lo que tenían derecho los españoles

una vez intervenido

porque nos iba a costar mucho a todos los contribuyentes

no necesariamente estábamos seguros de poder reclamarlo

porque ni siquiera lo teníamos claramente detectado.

Pero se hizo

y fue a lo largo de un extenso consejo de ministros.

El consejo de ministros empezó a las 09:00 como solía

y a las 14:00 cuando nos retiramos a comer

era evidente que no habíamos tomado una decisión.

Yo creo que la mayoría se inclinaba por la intervención,

pero todavía había muchas dudas

por los riesgos que esto implicaba, ¿no?

Yo recuerdo haber dicho en aquel consejo de ministros

mostrándome en favor de la intervención

"aunque esto represente para nosotros

crear nuestro Juan March".

Igual que Juan March fue la amenaza de la república,

pensé yo:

"Igual Ruiz-Mateos es la amenaza del Gobierno socialista ahora".

Pero aun aceptando ese riesgo,

yo creía que había que seguir adelante.

Y solo entorno a las 00:00 estaba ya la decisión clara.

Había que intervenir Rumasa.

No solamente las industrias, sino también la banca.

Por seguir en la anécdota,

cuando a la 01:30 o así nos separábamos los ministros,

todavía Miguel Boyer, el ministro Moscoso,

que por ser ministro de la presidencia

tenía a su cargo el Boletín Oficial del Estado,

y yo mismo

vinimos al Ministerio de Hacienda

donde nos esperaban el gobernador y el subgobernador

del Banco de España,

el presidente del INI, el presidente del INH,

el director general del patrimonio del Estado

y el director de la abogacía del Estado,

con todos los cuales acabamos de perfilar

el real decreto de intervención de Rumasa.

El PSOE llegó al Gobierno para cambiarlo todo,

pero sin ser revolucionarios.

En efecto.

Llegó para cambiar las cosas que se podían cambiar

y también con un horizonte

que no era una utopía socialista

donde todo el mundo tenía los mismos bienes

y todos eran iguales y todos era beatíficos.

No.

Pensábamos que el mundo era más complejo,

que el mundo nunca resolvería sus contradicciones

porque el PSOE estuviera unos años en el poder,

que no sabíamos cuántos habrían de ser

y luego resultaron ser muchos,

y que lo que hacía falta

era que en nuestro país se consolidara la democracia,

se aseguraran todos los derechos civiles

y al mismo tiempo

se fuera creando el estado de bienestar.

¿Cuánto le debía a usted el estado del bienestar?

A mí me tocó más bien el diseño de la financiación.

No nos engañemos.

Yo no podía discutir con el Ministerio de Sanidad

si la cobertura sanitaria llegaba hasta tal o cual nivel.

Yo le podía decir:

"Tenemos dinero hasta tanto.

Habrá que ir a este ritmo o a este otro".

Y lo mismo pasa con muchas cosas

relacionadas con la Seguridad Social,

con el sistema de pensiones,

con la cobertura del seguro de desempleo

y otra cosa

del estado de bienestar muy importante

que es obviamente la extensión de la educación gratuita

o la creación de un número muy grande de becas

suficientes para que, sobre todo la enseñanza superior,

tuviera un acceso democrático

y no fuera como en el pasado en España había sido

el campo de solos unos pocos.

Los de las familias con recursos suficientes.

Y en esas llegamos a la huelga general también del 88.

¿Sabes cuál es tu problema?

Tu problema son los trabajadores.

No es la banda salarial ni es el 7 %.

Son los trabajadores tu problema.

-Esta era la discusión que tuvimos

ante el estupor y la satisfacción supongo

del señor Cuevas que representaba a la Patronal

que también estaba allí

y de Marcelino Camacho que representaba a Comisiones.

Al final, solo hablábamos Nicolás y yo

y en plan de confrontación, ¿no?

"Te has equivocado de trinchera", llegó a decirme.

Esa fue la otra frase. Sí.

Y yo le dije:

"Mira, Nicolás, es posible que yo me equivoque,

pero sabe el presidente del Gobierno

que tiene mi puesto a su disposición.

Yo no conozco a ningún líder sindical como tú

que haya dimitido nunca, ¿eh?

Le contesté,

todo esto a los españoles les llamó bastante la atención,

pero era ya un signo de algo que era inevitable.

Un sindicato y un partido político,

sobre todo, cuando está en el Gobierno,

por muy fraternales que sean, no son la misma cosa.

El sindicato tiene la obligación

de defender los derechos de los trabajadores

y fijarse fundamentalmente en esto

aunque esto a veces cree problemas al Gobierno.

Y el Gobierno no puede gobernar

solo pensando en su sindicato hermano

y los derechos de los trabajadores que este representa.

Tiene también que gobernar pensando en todos los españoles.

Y esta dialéctica que era inevitable,

que estaba en la naturaleza de las cosas,

pues fue creando una tensión cada vez mayor

entre la UGT y el PSOE y el Gobierno por el otro lado.

Y acabó desembocando, como usted hacía antes referencia,

en la huelga general de 1988

que sin duda fue el mayor fracaso político

del Gobierno de González

y fue el mayor éxito político de la Unión General de Trabajadores

y, si quiere usted, de los sindicatos

porque aquella huelga fue generalmente seguida.

Y esos tiempos fueron tiempos de grandes pelotazos económicos.

Los fueron. Los fueron.

Los ricos de antaño solían ser discretos

incluso en su manera de comportarse,

pero aparece un nuevo tipo

que personifica muy bien Mario Conde.

Ese joven triunfador que acaba ganado muchísimo dinero,

que incluso si quisiera,

como vino a sugerir en algún momento,

podría ser el líder de la derecha.

¿Por qué no?

Lo haría mucho mejor que Aznar

o que todos estos del PP que lo hacían fatal.

No olvide usted

que mucho más que yo o que Felipe González

odiaba al señor Conde Aznar.

Muchísimo más.

Y por estas razones, ¿no?

Es esa especie de empresario triunfador.

Pero no triunfador

porque ha hecho un esfuerzo de innovación, de trabajo,

de incorporación de nuevas cosas al proceso productivo,

sino porque ha hecho operaciones que le han dado mucho dinero.

Ha comprado otra cosa, pero lo ha vendido un 50 % más caro.

Ese es el que empieza a predominar

con algunos personajes que no hace falta citar aquí

mas que el que acabo de hacer

y produce en un país donde esto no había existido

estupor y una cierta sensación de escándalo.

"¿Esto cómo es posible que ocurra?".

"¿Esto es lógico que ocurra y tal?".

Y por estas en todas las batallas

también estuvo en la de los renovadores

y los guerristas.

Yo le pedí a Felipe González que me apoyara

para ser el jefe del grupo parlamentario en la época.

Fue precisamente esa pelea que había entonces.

Había salido ya Alfonso Guerra del poder del Gobierno,

pero se había refugiado como vicesecretario general

en Ferraz, en la sede del Partido Socialista,

y por supuesto eso significaba

que empezaba a haber ciertos enfrentamientos,

ciertas disfunciones,

en lo que podría ser la marcha general normal

entre Ferraz y Moncloa.

Yo pensé que el grupo parlamentario había sido dominado

durante muchos muchos años

por Guerra,

que en última instancia era el que dominaba las listas.

Entonces, pensé que era necesario remover el grupo parlamentario,

promover dentro de él a otra gente que no fuera guerrista,

pero fuera capaz,

mantener a aquellos de los guerristas que eran buenos

como en algún caso hice

y, de alguna manera,

tratar de que el grupo parlamentario también tuviera una influencia

en la configuración de la política.

Que no fuera solo el partido y el Gobierno.

Y al hacer esto pensaba yo

que en la medida en que los parlamentarios

tuvieran un perfil propio cada vez mayor,

habrían de depender menos de quedar bien con el partido

para formar parte luego de las listas.

Se impondrían, por decirlo así, por su propio peso específico,

por su perfil.

Y esto es en realidad el propósito que yo tuve

al venir aquí como jefe del grupo parlamentario.

Y de ahí le tocó dimitir por el caso Ibercorp

y los problemas con Mariano Rubio

que había sido gobernador del Banco de España.

No tanto por el caso Ibercorp.

Por el caso Ibercorp desde luego había irregularidades

y fueron subsanadas

y, por supuesto, a la gente le cayó lo que le tenía que caer.

Y aquello vino a juntarse a otros dos aspectos muy importantes

y que hicieron mucho daño a la imagen del Partido Socialista

y del Gobierno.

El primero obviamente

era el del director de la guardia civil.

La guardia civil sencillamente había robado,

había llevado dinero de los presupuestos del Estado

para la guardia civil,

y hasta del colegio de huérfanos de la guardia civil

por lo que tengo entendido,

y cuando empieza a caer sobre él la investigación, huye.

Esto y algunos otros problemas de menor cuantía

como era el caso Filesa también de menor cuantía,

pero quizás habían llamado menos la atención,

puso al Gobierno muy contra las cuerdas.

Entonces, era yo, como usted ya ha dicho,

esto es en el 94

y yo en el 93 dejo el puesto de ministro de Economía y Hacienda,

persuadiendo a Felipe González de que podía hacer una buena labor

en el Parlamento como jefe del grupo parlamentario.

Y en esa calidad le dije al presidente del Gobierno:

"Mira, Felipe, creo que debo dimitir para darte un margen de maniobra.

Ya tienes bastante lío con el Ministerio de Interior

y si yo dimito, este tema quedará más tranquilizado

aunque yo no tenga, digamos, ninguna responsabilidad directa".

Y es lo que hice.

Él...

Felipe nunca me dijo que lo hiciera

y en el fondo creo que le disgustó que lo hiciera.

Pero a mí me parecía

que aunque yo no era responsable de que no pagara sus impuestos

o no declarara sus patrimonios

el señor gobernador del Banco de España,

quizás era mejor por aquello de las connotaciones,

o las contaminaciones que diríamos ahora,

que yo presentara la dimisión.

Y eso lo hice en los primeros días de mayo de 1994

pensando entonces que ese era un acto político más,

pero que antes o después yo volvería a la política.

Cosa que no hice.

¿Le gustaba a usted ser el malo de la película?

Porque lo era incluso en esta casa que estamos hablando.

Yo creo que no me gustaba nada ser el malo de la película.

Lo que pasa es que es verdad

que quizás he estimado menos que otros compañeros

a quienes he visto moverse en el partido

y en las responsabilidades del Gobierno.

He estimado menos el peligro de quedarse solo.

El peligro de ser, como alguna vez me definí,

una especie de llanero solitario.

Entonces, había dos razones, digamos, para eso.

Una, digamos, que yo no estaba

en lo que ha sido la corriente más obrerista del partido.

No creía tanto en ella.

Solía decir Jorge Semprún:

"El socialismo tiene dos almas".

Un alma que en los años 30 representaba Indalecio Prieto,

que era mucho más próxima a la socialdemocracia,

a las transformación poco a poco de la sociedad

para la mejora de la misma;

y otra alma que ha sido siempre más radical.

Con más tentaciones revolucionarias.

Bueno, yo siempre me he agrupado en la primera,

pero a la hora de discutir políticamente

y a la hora de hacer retórica política

esa nunca ha sido la mayoría en el partido.

Luego la gente ha actuado como si fuera de esa línea, ¿verdad?

Entonces, esa es una de las razones

por las cuales yo he estado más bien en posiciones minoritarias

que en posiciones mayoritarias.

La segunda y no menos importante

es porque nunca he sido capaz de aceptar,

fácilmente al menos,

que porque una cosa era mayoritaria ya era buena.

Yo podía restar margen de maniobra

tanto a mi partido como a mi Gobierno

si continuaba en este puesto.

Y esta es la razón

por la cual yo he decidido renunciar

tanto a mi puesto de portavoz o presidente del grupo parlamentario

como a mi propia acta de diputado.

Esa fue la mejor noticia que pudo regalar a los guerristas

en momentos de plena reyerta con los renovadores.

Había tenido soliviantada a UGT

y Alfonso Guerra le llamó profeta de malas noticias.

Nunca volvió a la política activa

ni parece que tenga intención de hacerlo.

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La galería - Carlos Solchaga

28 dic 2018

Programa de entrevistas con grandes personajes de la política que ya viajan de vuelta tras haber vivido en primera línea situaciones que pasaran a la historia de nuestro país. Todos ellos protagonistas de nuestra Transición política, social y cultural a la democracia.

Entrevista a Carlos Solchaga.

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