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La galería - Alberto Oliart - ver ahora
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"Alberto Oliart confiesa

que tras cada uno de los cargos públicos de alto nivel

que ha ocupado

en la puerta le cobijaba la sombra del rey Juan Carlos.

Oliart es una mezcla de extremeño y catalán

con cierta opacidad gallega y humor inglés.

Un político todoterreno

que demostró que la edad no es ningún obstáculo.

Pero de lo que más le gusta presumir

es del cerdo ibérico puro,

raza que se dedicó a recuperar

durante los años que median entre su último ministerio

y la presidencia de Radiotelevisión Española."

Cualquiera pensaría que es usted catalán,

pero realmente nació en Extremadura.

Sí.

Extremeño nacido en Mérida.

En la misma cama que nació mi madre

y en el mismo sitio dormía continuamente mi abuela.

Mi abuela, que sabía bien, decía:

"Ahí nació tu madre, en el sitio que te acuestas tú".

El Gobierno de Rodríguez Ibarra le dio la medalla de Extremadura,

que es la distinción más importante de esa comunidad autónoma.

Me la dio después de leer mis memorias.

El primer tomo.

Ese es el premiado por el premio ese

que también tenía Carlos Barral y otros.

Entonces, al leerlo,

descubrió que yo no era como él creía que era.

Y me dio la medalla.

Carlos Barral, que era amigo íntimo suyo,

igual que Gil de Biedma,

decía de usted que era un buen poeta.

He publicado, pero he publicado ahora.

Primero, unos que encontré

en aquellas libretas antiguas que tenían las señoras

para que firmara alguien una dedicatoria o lo que sea

y que firmara gente importante, ¿no?

Pero me encontrado unos poemas que mi madre recogió míos,

y me hizo pasar a mí a una libreta preciosa.

Lo que pasa es que no la tengo aquí.

Seguramente, se ha quedado en Galicia.

Entonces, esos poemas los edité en homenaje a mi madre,

que fue la que me enseñó a recitar cuando yo tenía tres años

a Antonio Machado.

Y, de ahí, a otras cosas. A Bécquer y tal.

Mi abuela tocaba el piano y recitaba a Bécquer.

Precioso.

Como en el siglo XIX, vamos.

Era muy guapa mi abuela.

En juventud, señor Oliart, tuvo amigos envidiables

que creo que ha conservado toda la vida.

Verás.

De Carlos soy amigo desde los 17 años

que entró en la universidad.

Jaime se incorpora al año siguiente y se viene derecho a mí.

"Alberto, ¿no te acuerdas de mí?".

Digo: "Pues, mira, no".

Venía muy elegante con la corbata

e igual que Alberto llevaba la insignia en plata

de Juan de Borbón.

Don Juan, el que vivía en Estoril. Sí, sí, sí, sí.

Igual que yo era demócrata y republicano.

No había vivido otra cosa.

Claro.

Y me dice eso y le digo:

"Pues no.

"Pues no. Me suena tu cara. Quiero recordarlo, pero no...".

"Soy Jaime".

"Soy...".

Jaime Gil de Biedma. Jaime Gil de Biedma.

Digo: "Hombre, claro,

tú eras el que quería quitarme a mi novia".

Pero eso que me está contando está en contradicción

con que Gil de Biedma era homosexual.

Un día me dijo que quería hablar conmigo a solas.

Yo dominaba la universidad.

Yo tenía matrícula siempre.

En todas las asignaturas o casi todas.

Y, claro, era un poco una referencia.

Yo personalmente digo:

"Vente conmigo al lado de...".

"Hay un sitio al lado de la biblioteca.

Vamos ahí y me cuentas lo que quieras".

Y entonces me contó que él había ido con mujeres

y que lo pasaba muy bien.

A alguna de esas mujeres yo la conocí después

y le comenté que conocía mucho a Jaime,

que era buen amigo, y me había hablado bien de ella.

Dice:

"En la cama era extraordinario".

Pero yo le dije una cosa,

y me adelanté 50 años al papa actual,

cuando me dijo que por qué.

Que a él le pasaba

que no se enamoraba de verdad y profundamente

mas que de los hombres.

No lo puedo juzgar.

Creo que no debe ser un obstáculo para ser amigos.

Yo no lo enjuicio,

y no es obstáculo para que sigamos siendo amigos.

"Tú sigues siendo poeta, un poeta muy bueno, escribes bien,

y eso es una base para una amistad.

Además, ya lo somos".

Ya éramos amigos desde niños.

Pues vamos a seguir siendo amigos.

Antes de dedicarse a la política,

usted estuvo en el poder real

porque fue director general del Banco Hispanoamericano.

Ya antes fui director general adjunto

al presidente

y al director general, que era extraordinario.

El presidente y el director general eran extraordinarios.

Y además informaba en el Consejo

sobre la parte económica y financiera de Renfe.

Ah, bueno. Fui ferroviario.

Pero Renfe no era el poder real.

Le iba a hablar de Renfe después.

Pero conseguí dos cosas que sí fue por el real.

Pero a Extremadura no llegó.

La primera es que tenía una deuda de 3500 millones

que era en realidad del Estado,

y se la pasé al Estado y les convencí.

Era disparatado

que encima de Renfe pesaran 3500 millones

todos los años

desde que empezaron a meter como deuda del Estado,

pero a través de Renfe,

para que no diera un resultado negativo.

En un momento en que Hacienda, con la reforma fiscal,

en la que yo intervine en el Ministerio de Hacienda...

En el Ministerio de Hacienda

yo no acepté nunca un cargo en el que tuviera jurar

los principios del movimiento.

Ah.

Eso constaba en mi ficha policial.

Mi ficha policial empezaba diciendo que yo era extraordinario.

Que yo tenía seis hijos,

que no vivía más que para mi trabajo y mi casa

y mi mujer y mis hijos

y que me iba a comer para comer con mis hijos

y que iba a cenar para poder cenar con mi mujer

y para ver a mis hijos.

Pero que cerraba el ayuntamiento con el interventor general,

lo cual era verdad.

Nos hicimos íntimos.

Pero he hecho de todo. He hecho leyes.

La ley de liberalización de este país

la he escrito yo jurídicamente

en combinación con un grupo

en el que había un español importante.

Juan Serra, muy importante.

Con un grupo del Banco Mundial

que me daba las cosas técnicas que había que poner,

y yo luego lo tenía que hacer.

Después de que a las 09:00 me cogiera el subsecretario,

que era encantado y simpático y muy amigo.

Y entonces...

Aunque yo era más joven que él.

Entonces, me metió en una habitación.

"Te voy a encerrar en esa habitación.

A las 12:00

tienes que tener hecho el decreto de liberalización

porque el ministro va a enseñárselo a Franco".

Digo: "Muy bien, pues lo haré".

He vivido una vida... En el Ministerio de Hacienda era...

Lo que pasa es que yo no quería ascender.

No quería ser director general.

Me llegaron a ofrecer hasta ser director general.

Digo: "No, porque yo no juro en falso".

No juro aquello en lo que no creo.

En los principios del juramento nacional

no creo.

Yo soy demócrata.

No voy a jurar lo que no creo.

Bueno, nunca me ha pasado nada.

¿Franco lo sabía? Estoy seguro de que sí.

Un día, Adolfo, el presidente, me coge y me dice:

"Oye, Alberto, qué coño haces

que me hablan bien de ti los de izquierdas y los de derechas

y los sindicatos.

Todo el mundo habla bien de ti.

¿Qué les das?".

Le dije:

"Presidente, a lo mejor yo soy de centro".

Claro.

Soy de centro y soy demócrata.

Pues hazlo con todo el mundo,

porque el demócrata tiene que hablar con la gente.

No puede decir:

"No le hablo

porque lo que dice es una barbaridad".

Tiene que enterarse.

Señores consejeros,

desde la emoción en el recuerdo a Franco,

¡viva el rey!

(A LA VEZ) -¡Viva!

-¡Viva España!

(A LA VEZ) -¡Viva!

¿Su amistad con el rey Juan Carlos

se consolidó a partir de ese ministerio

o antes?

Es anterior.

¿Es anterior? Sí, claro.

Porque yo le puse en una carta

cuando dijo en el discurso

ante las Cortes franquistas todavía...

Sí.

Cuando oí al rey lo que dijo

de que las tres cosas claves eran que hay que estar todos unidos

para que España pueda avanzar

en una senda de crecimiento, de mejorar

y de arreglar una serie de cosas que han estado mal,

porque ha estado desunida.

Que hay que crear puentes de comunicación.

Más claro, agua, ¿no?

"Se acabó la Guerra Civil.

Ahora tenemos que estar unidos todos

y comunicados los que no estén unidos,

porque sin eso no podemos seguir adelante.

No podemos seguir creciendo.

No podemos ser el país que debemos ser".

Y, por último, al final, dice:

"Y hay que respetar el sagrado derecho

de aquellas partes de España

que tienen diferencias suficientes para considerarlas".

El sagrado derecho.

Claro,

le escribí una carta de folio y medio

que decía:

"Majestad,

yo, Alberto Oliart Saussol,

que soy en este momento consejero y director general

del banco hispanoamericano,

¿qué he conocido yo?

Pues he conocido la república

y he conocido la dictadura

de la que creo que hay que salir,

porque, si no, no vamos a entrar nunca en la OTAN

ni vamos a entrar en Europa

ni vamos a entrar en todos los sitios

que se nos está diciendo

'ojalá entren ustedes, pero tienen que ser demócratas'".

Y no éramos demócratas.

"Y con lo que ha dicho vuestro majestad

yo sé que ahora

vuestro majestad va a traer democracia a España.

Y, por lo tanto, como ciudadano, estoy a su disposición enteramente.

Ojalá salga usted tal como yo creo.

Firmado, Alberto Oliart".

Y a partir de ahí empezaron unas conversaciones

con uno de los once que se educaron con él

cuando vino a España.

Era Javier...

Era vizconde.

Vizconde de...

No me acuerdo ahora.

Javier Carvajal. Carvajal.

Su padre era un hombre

de los que mandaba dinero de vez en cuando a Estoril.

Jaime me llama un día y me dice:

"¿No crees que tú debes conocer al rey?".

Digo: "Sí, claro. Pero ¿qué hago? ¿Pedir audiencia para conocerle?

¿Cómo se hace eso?".

Dije Jaime: "No te preocupes, yo te lo arreglo".

48 horas.

"Alberto, el rey nos espera a tal hora de la mañana".

Me llamó muy temprano.

Jaime, el...

Jaime Carvajal. Jaime Carvajal.

El que ha estudiado con él. Sí, sí, sí.

Bueno, entonces digo: "Pues muy bien, ¿a qué hora?".

"Pues a las 12:00. Nos espera a las 12:00.

Yo te acompañaré".

Voy con él,

y el rey lo primero que hace es cambiarse.

Se sienta a mi lado y me pone la mano en la pierna.

Imagínate que estás aquí y me pones la mano.

Y me dice:

"Alberto, tú y yo, por generación, republicanos, ¿no?".

Digo: "Yo sí, señor".

El señor no puede.

No puede ser republicano.

Yo sí.

Así fue la entrada.

Y, entonces, me dijo: "Bueno, ahora en serio".

Se sienta en su sitio.

"Dime qué opinas del momento económico".

"Digo que va a ser muy malo, señor, y va a empeorar en el 78".

Eso lo recibió el rey muy bien, toda esa información,

porque a partir de ahí... No me quitó la vista de encima.

A partir de ahí, empezaron cosas que se iban legando.

Claro.

De pronto, una llamada de Adolfo.

"Alberto, yo quiero que tengas...". "Quiero que tal", "yo quiero...".

"Quiero que hables conmigo".

Digo: "Bueno, voy a hablar contigo".

"Quiero que...".

"Tengo que cerrar la crisis que hay ahora

y quiero que seas ministro de Industria".

Digo:

"Hubiera preferido

que me ofrecieras ser diputado por mi tierra,

pero si te empeñas en lo de ministro de Industria...".

Yo pensé: "Ya sé de dónde viene".

No, no.

Claro, venía de...

"Es que he despachado con el rey,

y también estaría muy contento

de que tú aceptaras el ministerio de Industria".

Ya me jodió.

"Ya sé por dónde viene el tiro".

"Muy bien, acepto.

Pero te advierto

de que tendré que tomar decisiones fuertes,

porque sí sé cómo están las cosas.

Desde el banco se aprende mucho.

Se aprende de todo.

Sé que están muchas que...

Y, sobre todo, que tenemos un disparate,

y que tendré que corregirlo.

Hemos aceptado

que toda exportación tendrá una ayuda del Estado.

Y no sigo porque el rey ya me ha manado recado

para que me prepare para irme a...

Y te lo ha dicho a ti además.

No me lo has querido decir, pero yo lo sé.

Que me mandéis a Venezuela a preparar la ida del rey".

Se me quedó mirando.

"¿Y tú cómo lo sabes?".

"Porque tengo un pajarito que me cuenta las cosas".

¿Y qué pasó

para que después saltara al Ministerio de Sanidad?

Me hicieron una encerrona.

Yo me escondí.

Después de eso no quería seguir siendo ministro,

porque me hicieron una encerrona entre Leopoldo Calvo-Sotelo

y el...

Que era vicepresidente entonces.

De manera que yo llegué aquí, que no quería...

Y por eso fuiste a Sanidad.

Cuando estaba saliendo, gritó Adolfo:

"El rey al teléfono".

Volví, cogí, el rey.

"Alberto, por Dios, no te...

Quédate.

No dimitas".

"Señor, estoy a sus órdenes.

Si usted me lo pide, no me voy".

Entonces, me quedé.

De todas formas,

el ministerio más complicado fue el Defensa,

que le colocó el presidente del Gobierno nuevo,

Calvo-Sotelo,

justo después del 23-F.

En Sanidad

hay un momento en que Adolfo dimite.

Pero no es el Adolfo que sale dimitiendo

y diciendo "por el bien de España".

Eso empieza tres o cuatro meses antes.

Adolfo le dice al rey:

"No puedo.

El partido se me ha ido de las manos.

Ahora tengo que discutir cada cosa que decido".

He llegado al convencimiento

de que hoy y en las actuales circunstancias

mi marcha es más beneficiosa para España

que mi permanencia en la presidencia.

Me voy, pues, sin que nadie me lo haya pedido,

desoyendo la petición y las presiones

con las que se me ha instado a permanecer en mi puesto.

Y me voy con el convencimiento de que este comportamiento,

por poco comprensible que pueda parecer a primera vista,

es el que creo que mi patria exige en este momento.

Un general le ha dicho al teniente coronel,

que fue después coronel

y que estuvo implicado en el 23-F y perdió la carrera,

un tipo muy inteligente,

que...

Le dice que el rey va calmando a los militares

diciendo:

"No os preocupéis

porque el próximo ministro de Defensa

va a ser Alberto Oliart".

Me voy a ver a Leopoldo y sale diciéndome:

"El rey y yo pensamos

que en este momento

el ministro de Defensa tienes que ser tú".

Digo:

"Cualquier otra cosa que me hubieras dicho...

Estaba a punto de abandonar la política,

pero al final me iré, ¿eh?

Pero en este momento, de lo que sea, voy.

Y voy

porque la democracia está en peligro grave.

Este alzamiento no es un alzamiento cualquiera.

El Ejército no sabe en este momento dónde está

y hay que situarlo.

Y hay que luchar y lo voy a hacer".

Entré, juré y me fui al ministerio.

Llegó y me encuentro un ambiente que se cortaba con un cuchillo.

Ahí estaban todos los generales pensando "qué hará este".

Un poco pringados estaban todos.

Todos habían reaccionado de unas maneras aceptables,

de unas maneras medio aceptables y de unas maneras no aceptables.

Pero yo no entendí eso y desde el primer momento...

Primero, llegué y dije:

"Señores, tranquilos.

Iré llamando a la gente para enterarme de lo que ha pasado

y en cuanto me entere sabrán la decisión que yo tomo.

Adelanto que no voy a juzgar a nadie por lo que piense,

sí por lo que haga.

Si es algo contra la ley,

ordenaré a los órganos competentes de este ministerio

que procedan a que se imponga la ley.

No permitiré ni una sola infracción".

¿Le dieron instrucciones con respecto al juicio del 23-F?

Yo le dije al rey lo que iba a hacer.

No hice nada sin decírselo.

Pero dije:

"No convierto esto que fue un alzamiento

y que tenemos...".

"Ya ha venido el juez a verme".

Eso lo hizo el rey para tantearme.

Estoy seguro.

El rey se las traía.

Era un político de primera.

Pero le debemos la democracia.

Esa es la verdad.

Me manda, y yo le hablaba de todo.

Pero viene el juez.

Esa fue una decisión que tomé yo como alguna otra.

Inmediatamente llamaba al rey.

"Acabo de tomar esta decisión.

Yo no convierto esto en una caza de brujas".

"Y haces muy bien", me dijo el rey.

Bueno, pues viene el juez, y me llama.

Acababa de llegar.

Había despachado con el jefe del del Estado Mayor.

Había despachado con el capitán general

que paró militarmente aquí la...

¿Cómo puse...?

Dijo el juez:

"Yo, verdaderamente, tendría que meter en el proceso

a 4000 hombres de la División Acorazada

y 4000 hombres de la división de Valencia".

Y yo le dije:

"Bajo mi responsabilidad no siga usted por ese camino.

Yo no convierto en una caza de brujas

el procesamiento de...".

Con tenientes y todo cuántos son.

¿37? 37.

"La cabeza sí, pero ni uno más.

Y es una orden que le doy; y si no, lo ceso en el acto.

Presénteme usted su dimisión

si no está de acuerdo con lo que yo digo.

Y es una orden mía a usted.

Luego se lo diré al rey y se lo diré al presidente,

pero ahora a usted.

¿Está de acuerdo?".

"Sí, claro".

4000 y 4000 son 8000 hombres.

Más de los que hay.

Más 37 que hay.

"Son 37, ¿no?

Pues eso, se acabó.

Y si sale alguno más, me lo mete usted,

pero con pruebas".

Bueno, nada más irse, llamo al rey.

"He hecho esto".

"De acuerdo.

De acuerdo, ministro, has hecho bien".

Llamo a Leopoldo.

"He hecho esto".

"Pues, hombre, realmente era un disparate.

¿Cómo metes a 8000?".

"Claro, no, no.

Yo no lo he dudado. Le he dicho que lo haga o dimita".

¿Por qué no los 200 que entraron en el Congreso?

Los 200 que entraron en el Congreso y no estuvieron procesados.

Porque se escaparon.

¿Y no se logró identificarlos?

Les protegían los guardias civiles

que les estaban esperando para llevárselos con ellos

y evitar que los procesaran.

Y tenía entonces que meterme en otro terreno

tan peligroso.

Dígame la verdad.

¿Le mató a disgustos el juicio del 23-F?

No.

Pero sí la sentencia del Consejo de Guerra del 23-F

que le trajo directamente en mano el segundo presidente del tribunal,

el general Gómez de Salazar,

y que fue recurrida ante el Tribunal Supremo

por el propio Gobierno del que formaba parte

y a propuesta suya.

Llegó con la sentencia.

"Esta sentencia hay que llevársela al rey,

pero los jóvenes capitanes a veces tienen...".

Llamaba al rey capitán.

"Tienen, ya sabes, salidas.

No tienen el debido control.

No ven que esto no corre por todas partes,

así que te la dejo a ti".

Yo cojo la sentencia.

El joven capitán era el rey.

Y llamo al rey y le digo:

"Tengo que verte.

Cuando quiera, vuestro majestad".

Dice:

"Me imagino para qué. Es por una sentencia, ¿no?".

Digo: "Es por una sentencia que tengo en mi mano".

Dice: "Enséñasela primero a Leopoldo".

Me río

porque el rey era de tal naturaleza

que sabía las cosas antes de que se las contaran.

Tenía que tener un servicio de información.

Pero, vamos, iban a contarle cosas todos.

Demasiados.

Y digo:

"Ya comprendo por qué me dice que se la dé al presidente.

No crea que no procedía que la cogiera vuestro majestad;

pero se la voy a dar al presidente, que es mi obligación también".

Llegué al presidente, se la entrego, y me llama el presidente.

"Ven aquí.

Estoy con el líder de los socialistas."

Que era el que iba a gobernar. Con Felipe.

Íbamos a ir a elecciones

y ya se había ido Adolfo

y se había ido...

Llego con la sentencia, y la mira el...

"Mira, es lo que...

Contened a todos

menos a los guardias civiles que se escaparon".

¿Algún general o algún coronel

se le subió en algún momento a las barbas

cuando era ministro?

Al revés. ¿No?

El único que me dijo algo, y podía ser una inconveniencia,

ante mi reacción...

"Por Dios, ministro, no creas que me refería a eso".

¿No?

Nadie.

Todos los ascensos que he hecho tenían algún riesgo

y, sin embargo, han funcionado.

¿Cómo lo ves?

El Ejército dicen que está más tranquilo.

Pues por qué ha sido.

Porque yo he prescindido de las ideas.

He ido a la parte militar.

"Militarmente, ¿cómo era?".

"Muy buena".

"Descienda".

Además, lo dije.

"Yo no voy a juzgar a nadie por lo que piense,

porque todos los que eran coroneles, generales, comandantes y capitanes

eran de la época de Franco".

¿Voy a pedir de pronto que todos sean antifranquistas

y que todos sean demócratas?

Había muchos más de los que la gente cree

que eran profundamente del rey y de lo que estaba haciendo el rey

y de la democracia por lo tanto.

Pero no eran todos.

A los otros había que tenerlos en cuenta.

La mayoría en ese tiempo eran de Franco.

O no eran de Franco.

Le debían a Franco todo lo que habían sido

y no les podías pedir que se cagaran en Franco

porque era insensato y porque además no era justo.

Sin embargo,

usted no logró resolver el problema de la UMD.

De la Unión Militar Democrática.

No.

El que se oponía

a que no se juzgara como se juzgó...

Y es verdad

que quedaba una serie de gente que lo había sido

y que estaban fuera,

y que los detenidos eran...

Venía continuamente a verme Fernando...

Reinlein.

Fernando Reinlein.

Él fue continuamente.

Y le decía:

"Fernando,

el general Gutiérrez Mellado se opone

a que pase lo que ha pasado.

Que le han dejado fuera".

Él dice que hay que evitar a toda costa

la división dentro del Ejército.

Que eso es otra guerra civil.

Y, como es usted un hombre de múltiples facetas,

también, según he leído,

es usted el que regeneró el cerdo ibérico.

La joya de la corona de la ganadería española

es tener el jamón que tenemos del cerdo ibérico puro

alimentado con bellota y con hierba del campo.

Alguien me dijo:

"La mayoría de los cerdos ibéricos de este país

son de Oliart".

Los puros.

Solo los puros. Solo los puros.

Que no me meta con los que son mezclados

porque ahí no estoy yo.

¿Por qué aceptó usted, señor Oliart,

venir de presidente con 82 años a Radiotelevisión Española?

A esta casa.

Porque hubo una llamada.

Me dijo la voz:

"Gracias, Alberto, por haber aceptado".

No había aceptado.

Le había dicho al presidente, entonces un socialista,

nos hicimos amigos y tengo una gran idea de él:

"¿Cómo me hacen esto?".

Dimitió cuando tenía que dimitir.

Eso es muy difícil, y lo hizo.

Después de haber dicho:

"Sé lo que va a costar y sé lo que me va a costar".

Y, cuando llegó el momento de "me estaba costando",

dimitió.

Eso lo hacen muy pocos.

Es un hombre realmente honesto, y yo le voté.

Como voté a Felipe.

En eso no he tenido dudas

de quién era el mejor en aquel momento.

Claro.

Tuvo esa llamada.

Para mí.

Si me he equivocado, lo siento.

Y después tuvo una llamada que llevaba corona encima, ¿no?

Tuve una llamada que me dijo:

"Gracias por haber aceptado".

No le digo que quisiera, pero le dije:

"Bueno, ya veo que le han tocado.

Por lo tanto, dé por supuesto que voy a aceptar.

Pero voy a imponer condiciones.

Voy a decir que yo soy yo.

Y sepa, señor,

que, cuando digo que yo soy yo,

quiero decir que ya me pueden pedir lo que sea y el que sea,

incluido el señor,

que en la televisión no se imponga lo que voy a imponer.

La televisión pública está para informar,

no para formar opinión.

Eso lo voy a exigir con un rigor total".

Se decía

que había dado una alegría a la tercera edad en ese momento.

Qué mala es la gente.

"De vocación, conciliador.

Siempre sorprende con su desparpajo y sus salidas inesperadas.

No oculta su aprecio por Joaquín Sabina,

su yerno durante una larga temporada y padre de dos de sus nietas.

Alberto Oliart escribió unas memorias

tituladas 'Contra el olvido'.

Eso mismo hemos procurado en esta galería."

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La galería - Alberto Oliart

01 nov 2019

Programa de entrevistas con grandes personajes de la política que ya viajan de vuelta tras haber vivido en primera línea situaciones que pasaran a la historia de nuestro país. Todos ellos protagonistas de nuestra Transición política, social y cultural a la democracia.

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