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La forja de un rebelde - Capítulo 5 - ver ahora
Transcripción completa

(NARRA) Cuando trataba de procurarme alivio

con el pañuelo, veía al tío José metiendo el suyo,

cuidadosamente doblado,

entre la nuca y el cuello almidonado,

mientras esperábamos la diligencia.

Habían pasado 30 años.

En los diez últimos, ocurrieron muchas cosas:

unas, de buen recuerdo y otras que, de sólo pensarlas,

estremecían de tristeza.

En 1931, llegó la tan deseada República;

ese mismo año, había muerto,

trabajando sin descanso hasta el final, a los 72 años,

mi madre, la señora Leonor.

Pasé una mala época, aliviada por la relativa prosperidad

que me proporcionaba mi trabajo.

Después de una larga separación, volví con mi mujer;

había pesada en el acercamiento la razón de los hijos,

pero pronto resurgió la antigua incompatibilidad.

Tenía, al mismo tiempo, una relación amorosa con María,

la secretaria de la Oficina de Patentes

donde trabajaba.

La vida con las dos mujeres me forzaba a una comedia constante.

Lejos, casi imposibles,

aquellos deseos de ser ingeniero,

aquella vieja obsesión por escribir y contar

todo lo que ocurriera a mi alrededor.

Vivía la vida que yo mismo había creado

y, en ella, no existía salida alguna.

Estaba en una crisis que me tenía sumergido

en un marasmo intelectual y físico;

me sentía impotente ante los hechos:

los míos personales y los generales del país.

Algunas veces, muy pocas,

pensaba y creía que tenía que existir la mujer

con la cual pudiera compenetrarme

y que las antiguas ambiciones estaban aún

al alcance de mis posibilidades.

En aquel tiempo y en aquellas circunstancias,

llegué a Novés, un pueblo de la provincia de Toledo,

donde había alquilado una casa para mi familia.

Pretendía pasar allí los fines de semana,

lejos de las inquietudes

y de la vida acelerada de la capital.

Para mí, Novés significaba una huida de todo esto;

era reconocer el fracaso,

la desilusión y la desesperanza.

El país estaba gobernado, desde dos años atrás,

por la derecha;

el ejército se había empleado con especial dureza

en la represión de un levantamiento obrero

en Asturias; se vivía un momento político de tensa calma,

una calma que podía hacerse trizas en cualquier momento.

(LAS LLAMAS HACEN RUIDO)

Además de alumbrar, el enebro se llevará el olor a cerrado.

Llanto de niña.

(EL LLANTO DEJA DE OÍRSE)

¿Qué le pasaba? -Nada.

¿Por qué no duermes?

No lo sé,

extraño todo;

no estoy acostumbrado a tanto silencio.

-No me refería a esta noche;

siempre duermes muy poco.

Me ocurre desde niño; duermo poco.

Pero no pasa nada por eso.

-¿Por qué hemos venido aquí?

Creí que estábamos de acuerdo en buscar un pueblo,

huir del calor de Madrid estar tranquilos y todo eso.

-Sí, estábamos de acuerdo, sí.

Pero creo que tú tienes otras razones.

Seguro que las tengo.

¿Y qué?

-Yo haré lo que tú quieras,

hasta que pueda aguantar.

Tienes que depender de tus decisiones,

hacer lo que quieras tú.

-Seguirte...

O no.

-Tratar de entenderte.

Es muy difícil.

-¿Por qué?

Porque yo no me entiendo.

-Arturo...

(SOLLOZA)

¿Has hecho lo que querías hacer?

¿Cuándo?

-No sé, en tu vida.

(HABLAN A LA VEZ)

Gracias.

(DETIENE EL CABALLO) So, so.

-Señor Barea.

Buenos días. -Buenos días.

Soy Heliodoro, el dueño de la casa que tiene alquilada.

Ya me acuerdo. -No puede acordarse;

trató con uno de mi confianza, no conmigo.

Pero he oído hablar. -Eso sí, habrá oído hablar.

¿Qué tal la mudanza? Terminada.

Ya vamos cogiéndole gusto a la casa.

(RÍE) -Me alegro. Hemos salido a comer;

recogíamos ya. -¿Les acerco al pueblo?

No se moleste, iremos andando. -A los niños, digo.

Espere un momento.

¿Os apetecer ir en carro? (NIÑOS) Sí.

Venga. -Venid antes un momento, niños.

(LOS NIÑOS HABLAN A LA VEZ)

Ahora vienen.

¿Quiere?

Es lamentable ver esto así.

-¿Cómo? El campo, parece abandonado.

-Y lo está,

pero de poco tiempo; en cuanto se le cuide,

se pondrá bueno otra vez.

¿Y por qué está así? ¿Quiénes son sus dueños?

-Los dueños somos varios del pueblo

y los campos son muchos, no sólo estos;

y están abandonados porque no aguantamos imposiciones

de nadie. Ahora, los que trabajan

quieren discutir los jornales, las horas... Todo.

Tienen un montón de derechos... Lo que no tienen es tierra

y cuando vienen a imponer sus condiciones,

les digo: "¿No queríais república? Pues tomad república;

sólo que ella no os da trabajo".

El trabajo depende de los que tenemos la tierra,

que somos gente que no gusta de obligaciones,

ni estamos acostumbrados a discutir con nadie sobre lo que es nuestro.

Pero tiempo habrá de que vea usted los campos cultivaos otra vez.

Se lo dice Heliodoro.

Ya no me queda más que hacer;

si surge algo nuevo, me hace llamar y aquí me vengo.

Espere.

Quería hablar de un par de cosas.

La primera: Que a no ser que a usted le importe,

yo quisiera tenerle con nosotros.

-Bueno. Venga.

Ladridos.

Mi idea es arreglar esta entrada

y adecentar todo esto con unas cuantas plantas y flores.

-Bien. La segunda es una curiosidad.

¿Qué piensa de mí?

-Yo, desde luego, no tengo por qué pensar nada.

¿Le extrañó que hablara con Heliodoro?

-No.

Me dio una explicación acerca de las tierras sin cultivar.

-Todos conocemos esa explicación; no se le cae de la boca.

Cuénteme, ¿de qué vive la gente aquí?

¿Qué hacen? -¿Y qué quiere usted que hagan?

Callarse la boca y apretarse el cinturón;

después de la rebelión de Asturias, se llevaron a varios

con los grillos puestos

y ahora, nadie se atreve a decir ni mu.

Mañana mismo empiezo con esto.

Cuando quiera.

Chirrido de puerta abriéndose.

Murmullo de hombres hablando.

-Buenas noches, don Arturo.

Buenas noches. -¿Qué? ¿Ha venido a hacerse socio?

Pero pase, pase usted.

A don Heliodoro ya le conoce, ¿no?

Buenas noches. -Por fin se ha decidido

usted a visitarnos.

Aquí unos amigos: don Anselmo y don Julián,

los médicos del pueblo.

Hola. Encantado.

-¿Un café? Gracias.

-¿Qué le tiene tan ocupado?

El no hacer nada, precisamente.

La lectura y cosas así;

el tiempo pasa rápido.

-Sí.

-¿Cuántos son ustedes?

Supongo que no tendré que hacer socios a toda la familia.

(NARRA) Una noche, fui al casino de los ricos;

consistía en el obligado salón grande,

presidido por una barra.

Había hombres jugando a las cartas en los rincones

y los más notables dejaban pasar el tiempo,

sentados en los sillones de mimbre, frente a la entrada.

Pretendieron tomarme el pelo,

obligándome a suscribirme a la iguala médica,

sin que yo opusiera resistencia alguna.

-Así dormirá tranquilo, don Arturo.

Yo siempre duermo muy tranquilo, don Heliodoro.

-Mejor que mejor,

eso es que está usted en paz con su conciencia.

-Está hecho.

-Mañana será otro día, señores. (AMBOS) Adiós.

-Heliodoro.

Te vendo la mula.

-Te doy... 500 pesetas por ella.

-No vendas la mula, Valentín.

-Con mi mula, puedo hacer lo que me dé la gana, ¿no?

-De acuerdo, te doy 1000 pesetas por ella.

-¿Ahora, tío Juan? -No, ahora,

no tengo dinero; mañana.

Silbido.

Chasquidos con los dedos.

-Buenas noches a la compañía. (HOMBRES) Buenas noches.

Murmullo de hombres hablando.

-Usted es el madrileño, ¿no?

Me ha llegado un informe sobre usted.

¿Quién lo pidió?

-¿Qué importa eso?

Le voy a dar a usted un consejo:

Aquí nadie va a oponerse a que usted haga

lo que le venga en gana,

pero nada de política;

no quiero señoritos comunistas.

-¿Cuántas tienes?

-Buenas noches. -Buenas noches, señores.

-Muchas gracias.

(HOMBRES) Buenas noches.

-Ya veo que te has desquitado. -Sí.

Y si no llega a acabar la partida, recupero lo de toda la semana.

¿Qué me das? -Las 500 pesetas.

-No me debes nada.

Bueno, sí, me debes la mula.

-¿Pero tú crees que te voy a dar, por 500 pesetas,

una mula que vale 2000?

-No me la vas a dar; ya me la has dado.

Tú querías vender la mula y yo te la he comprado;

todo el casino es testigo, así que no hay más que hablar.

Buenas noches, señores. (FURIOSO) -¡Eres un hijo de puta!

(JUAN) Déjate de tonterías; le has vendido la mula

y ya no hay nada que hacer. (GRITAN A LA VEZ)

-¡Soltadme, coño!

¿Te has caído de la cama?

-No, quería hablar contigo

y anoche, me dormí esperándote.

Adelante. -En este pueblo,

nadie se digna ni a saludarme,

como si fuera una apestada.

Se les pasará.

-Mientras tanto, voy a dedicarme a poner en orden ese jardín

que le has encargado a Mariano.

Tráeme rosales y enredaderas, todo lo que puedas encontrar.

Y esta semana, en Madrid, dedícate a buscarme

madreselvas y madroños. ¿Lo harás? Lo haré.

-¿Qué hay que hacer para que la gente de aquí

Canto de un gallo. me dirija la palabra?

Si te refieres a una clase de gente,

no hay que hacer nada;

basta con hablarles.

La otra, las buenas familias,

te saludarán si se enteran de que asisto

a la tertulia del cura, oigo misa

y, de vez en cuando, invitamos a la mujer de Heliodoro.

-¿Vas a hacer eso?

No.

Hay plantas que se pueden trasplantar ahora,

pero otras, no; explíqueselo a su mujer.

Yo le llevaré esquejes de rosales y todo lo que haga falta,

pero hay que esperar al invierno, que vaya preparando la tierra

y cuando esté todo listo,

me llama y allí voy.

Gracias, tío Juan, se lo diré.

¿Está funcionando?

-No.

Funciona muy poco en estos tiempos.

Lo hizo mi abuelo;

en un principio, puso máquina de vapor,

ahora funciona con motor eléctrico.

¿Y gana usted dinero? -Se ganaba.

Aquí molíamos el trigo de Torrijos y también de Santa Cruz;

en tiempos, hasta el de Valmojado y Navalcarnero.

Pero todos los pueblos fueron poniendo su propio molino

con los años y ahora, vive uno del pueblo y agradecido.

No me quejo.

Hay épocas malas, como ahora;

no hay nada que moler, porque las cosechas

que no se plantan, no se recogen.

¿Y qué va a pasar? -Yo tengo muchos años;

quiero morir en paz, si me dejan.

Cuando me pongo a pensar, me da miedo,

porque parece que todos nos hemos vuelto locos.

Esto acabará mal,

muy mal;

la gente está muerta de hambre.

Se sientan por la mañana en la plaza

o en la muralla de la carretera y esperan, callados.

Por la tarde, van al bar de Eliseo y tampoco allí dicen nada.

Miseria y miseria.

La media docena que pueden dar trabajo no lo dan,

el campo está abandonado y la gente no tiene qué comer,

¿qué cree usted que puede pasar?

Cualquier cosa. -Pues eso digo yo;

por eso, sólo de pensarlo, me da miedo.

Hasta hace poco, don Ramón, el tendero del pueblo,

fiaba a la gente;

es un buenazo y no le importaba ayudar al que lo necesitaba.

Entonces, intervino el Heliodoro con amenazas

y don Lucas, diciendo que es pecado mortal

ayudar a los enemigos de Dios y se acabó la ayuda de don Ramón.

Campanillas de ganado. Voy a apuntar lo de los rosales

de su mujer, antes de que se me olvide.

Campanillas de ganado.

¿Don Lucas es el cura?

-Sí, ya tendrá tiempo de conocerle.

Así están las cosas; lo de morir en paz,

cada vez lo veo más difícil.

Campanada.

Campanada.

Campanada. Buenos días.

-Hace tres cuartos de hora que te espera

el gerente de la alcoholera.

Le dije que estabas en el ministerio y le hice pasar.

¿Cómo estás tú?

-Mal. Me paso la semana trabajando y, cuando puedo estar contigo,

tú ya has cogido el autobús y no te veo hasta el lunes.

Barea, quiero una copia de esa patente.

Está en trámite

y no puedo dársela sin una orden del inventor.

-Aquí tiene su autorización

para que me entregue usted una copia.

¿Qué opina usted de la patente? ¿Funcionará?

En principio, el inventor no es ningún don nadie,

sino todo un catedrático de Química

en la Universidad Central.

Y en segundo lugar, yo mismo he sido testigo

de una demostración en el laboratorio:

De las melazas de caña y de remolacha

ha logrado obtener un 90% del azúcar,

cinco veces más que por los procedimientos al uso.

-Planteará usted un pleito de nulidad de esa patente.

No vamos a hacer eso;

sería una deslealtad.

Además, es un pleito perdido;

la patente es sólida y real y no podrá ser anulada.

-Compramos a la azucarera todos los residuos de sus melazas

para la fabricación de alcohol;

esas melazas contienen un 85% de azúcar,

pero si el método de esa patente llegara a prosperar,

contendrían el 5 solamente.

Comprenderá que estamos en nuestro derecho

al defender el negocio. Ya, pero la patente

no la anulan ustedes. -No, claro que no,

pero ese inventor es un catedrático de universidad,

usted lo ha dicho, y vive de un sueldo;

y nosotros tenemos millones y todo el tiempo que haga falta.

Entablaremos un pleito contra él que recorrerá

todas las instancias y que va a durar años.

No, la patente no la anulamos,

pero a su inventor le buscamos la ruina.

¿Le pasa a usted algo?

No. -¿Seguro?

Estaba pensando en mi madre.

Durante un montón de años, se despellejó las manos

lavando ropa para sacar a sus hijos adelante

y, a lo largo de su vida, sólo se permitió un lujo...

O lo que ella creía que era un lujo:

Beberse cada día media docena de tazas de café de recuelo.

Parece que la estoy viendo,

cuidando de que no se le fuera la mano,

cuando hundía la cucharilla en el azucarero.

Porque el azúcar era muy caro

y lo sigue siendo.

(IRÓNICO) -Conmovedor, Barea,

pero con todos los respetos a la memoria de su señora madre,

el negocio del azúcar está en crisis en el mundo entero

por exceso de producción;

en los Estados Unidos, ya no saben qué hacer

con el azúcar de Cuba.

Y usted quiere convencernos de que nos estemos quietos,

mientras un insensato trata de fabricar

cinco veces más barato un artículo que no se vende.

Disparo. ¿Qué ha sido eso?

(POLICÍA) ¡Circulen!

¡Circulen!

¿Qué ha pasado? -No lo sé.

-Han matado a un chico que vendía "Mundo obrero", don Arturo.

En esta acera, arman jaleo, todos los días,

los falangistas que venden su revista

y los obreros que gritan su periódico.

Hoy, se han pegado y un falangista ha sacado la pistola.

-Bien hecho; hay que acabar con esa basura.

Van a la terraza del acuario; allí paran los de Falange.

¿Por qué nos tenemos que meter en este jaleo?

(TODOS GRITAN A LA VEZ)

(GRITAN)

Disparos y gritos.

Disparos.

(MARIANO) ¿Qué hay? Buenas tardes. Hola.

Eliseo, danos algo de beber, anda. ¿Qué hay?

-Cuando llegó al pueblo y empezaron a pasar los días

sin que se dignara a aparecer por aquí,

todos nos dijimos: "Otro hijo de puta".

(RÍEN) "Como si no tuviéramos bastantes".

Luego, nos enteramos de su problema con los guardias.

Mariano nos ha dicho que es un compañero.

Aquí está usted en su casa,

ya lo sabe. Gracias.

El tío Juan te traerá los rosales en enero.

-Dejaremos hueco para ellos.

(NIÑA) ¡Papá!

¡Papá!

¿Sí? -El cura me ha preguntado por ti.

¿Quién? -El cura.

Estaba en la puerta de la iglesia

y me ha dicho que le gustaría verte.

¿Ahora mismo? -No lo sé.

Está bien.

-¿Don Arturo?

La verdad es que cuando ustedes se instalaron, me dije:

"Parece buena gente;

el Señor lo quiera".

¿Me he equivocado?

Pues mirado con esa simpleza, es normal que usted se equivoque.

-Ya sé que mañana no le veré por la iglesia,

ni a usted ni a los suyos,

y también sé por qué:

Porque es usted un socialero que le gusta mezclarse

con todo lo peor del pueblo.

Hay una razón por la que no frecuento la Iglesia.

-Hable, hombre, hable, a mí me gusta la sinceridad.

Pues, con toda sinceridad,

porque, en la Iglesia, están ustedes

y ustedes y yo somos incompatibles.

-Y somos nosotros los que debemos cambiar.

Sí.

-Y según usted,

¿qué deberíamos hacer?

¿Qué debería hacer yo?

O mejor... Eh... ¿Qué haría usted de estar en mi lugar?

Utilizaría el púlpito para hablar de la Palabra de Cristo

y no para hacer política en favor de quien sólo se ha propuesto

acabar con la República y con la esperanza

de los millones de españoles que la votamos.

Y trataría de que nadie, en este pueblo, pasara hambre,

mientras unos pocos se permiten

el lujo de dejar las tierras yermas.

-¿No pretenderá enseñarme mis obligaciones?

Yo he defendido, defiendo y defenderé, en el púlpito

y en donde sea,

a los hombres que intentan poner orden en este país

y que, a despecho de resentidos como usted,

harán una España grande.

Yo quería hablar con usted por si existía alguna posibilidad

de entendimiento, pero ahora, debo anunciarle

que nunca podremos ser amigos,

así que

cada uno en su lado.

Y ya vendrá lo que tenga que venir.

Está usted magnífico.

Pero, dígame, Rodríguez, ¿a usted qué le va y le viene

en esta cuestión de los nazis?

-Es una distinción por parte de mis jefes, un honor.

Han quedado tan satisfechos de cómo ataqué la patente

de los rodamientos que no sabían cómo agradecérmelo.

Y fui yo el que les pidió el ingreso en el partido,

porque soy de los convencidos de las doctrinas de Adolfo Hitler;

vea usted lo que ha pasado con lo de Asturias,

si no se hubiera sentado la mano cómo se sentó,

a estas horas, tendríamos un Lenin

y seríamos vasallos de Rusia.

¿Y no le parece que, con ese uniforme,

se ha convertido usted en un vasallo de Hitler?

-¿Qué más quisiéramos que los alemanes nos civilizaran?

No estamos de acuerdo y usted sabe mejor que yo

lo que pasa en Alemania

y lo que puede esperarse de esos peces gordos

de la industria pesada, que son los que mangonean el país,

porque son sus verdaderos amos.

-Barea, en este mundo, no hay más que dos posiciones:

o que le coman a uno o comerse a los demás.

Y yo no quiero que me coman a mí, ¡ni que se coman a mi patria!

Y para evitarlo, se endosa usted un uniforme alemán.

-No es ningún disfraz; es una manera de hacer patria,

como lo es el trabajar por que España

llegue a ser una nación fuerte.

Y también estamos en ello.

¿Quiénes? ¿Quiénes están en ello?

-Los alemanes y un puñado de españoles

que nos hemos hecho cargo de la realidad de los hechos.

Y no crea usted que soy yo el único nazi que hay en España.

Lo sé; sé que, desgraciadamente, son bastantes,

con uniforme y sin él.

(RADIO) Nosotros somos parte de las fuerzas

que combaten por la democracia.

Ovaciones por la radio. Toda Europa, hoy,

es un campo de batalla entre la democracia y sus enemigos,

¡y España no se exceptúa!

Ovaciones por la radio.

Vosotros tenéis que escoger entre democracia,

con todas sus lenguas, con todas sus fallas,

con todas sus equivocaciones o errores,

¡y la tiranía, con todos sus horrores!

No hay opción,

la nuestra está hecha.

En España, se habla frívolamente, vanidosamente de dictadura;

nosotros la repugnamos no sólo por doctrina,

sino por experiencia y por buen sentido.

Y de experiencia, los españoles tenemos alguna, en este particular.

La dictadura es una consecuencia

o una manifestación política de la intolerancia;

su motor es el fanatismo

y su medio de acción: ¡La violencia física!

La dictadura conduce a la guerra

y allana los caminos de la revolución

en contra de aquello mismo que la dictadura

se propone defender,

entontece a los hombres o los enloquece.

Y antes de todo en la vida,

incluso antes del régimen político,

¡es la libertad de juicio y de independencia de espíritu

a la que nosotros no estamos dispuestos a renunciar!

-¿Quiere que se los pase? -No, déjelos aquí.

-¿Necesita algo? -No, gracias, hasta mañana.

-Hasta mañana.

-¿Qué haces ahí?

Descanso.

Es muy tarde. -Como todos los días.

¿Acabaste el trabajo?

No hay nada que acabar.

Se trata de contar a un juez

que el gerente de una sociedad alcoholera

trata de despojar a un inventor de su trabajo

y al país entero de tener el azúcar cinco veces más barato.

Si el inventor no tiene los millones necesarios

para enfrentarse con la sociedad,

eso no es culpa ni del juez ni de las leyes,

sino mala suerte del inventor.

Mi informe no vale de nada.

Luego, le cuento a otro juez

que el abogado de la embajada alemana

ha obtenido la orden de compra de varios millares

de rodamientos especiales

para la Compañía española de Ferrocarriles del Norte.

La patente de los rodamientos es francesa,

pero la usa descaradamente el Estado alemán.

Al abogado español le han hecho

miembro del Partido Nacionalsocialista

como premio y él está "como niño con zapatos nuevos".

-No entiendo nada de eso.

Yo tampoco,

cada vez, menos.

-¿Te vas a ir mañana a Novés?

Supongo que sí.

-¿Por qué no te quedas?

Aunque sólo sea una vez.

Este arreglo no me gusta.

¿No estás bien conmigo?

Sí.

-Podemos ir al cine o a bailar.

Podíamos viajar a El Escorial y pasar la tarde allí.

No te pido tanto.

(NARRA) Hacia finales de 1935,

estaba en un estado de desesperación

e irritabilidad agudas;

evitaba el contacto con ambas mujeres

y no podía escapar de ninguna.

Por aquella época, comenzó la campaña electoral

para las elecciones próximas

y durante algunas semanas, la excitación de las masas

y el conocimiento de lo que estaba en juego,

borraron de mi mente todos los problemas privados.

Se anunció la fecha del 16 de febrero

para celebrar las nuevas elecciones;

comenzó la batalla de propaganda.

Las derechas izaron la bandera del anticomunismo

y comenzaron a aterrorizar a los futuros electores

con visiones horribles de lo que sería el país

en el caso de victoria de las izquierdas.

Predecían el caos y dieron colorido

a sus predicciones multiplicando

los incidentes callejeros provocativos.

Los partidos de izquierda formaron un bloque electoral.

Yo me incorporé a la lucha en Novés.

(ELISEO) Hemos decidido prepararnos para las elecciones

y montar un comité electoral.

Pero como no sabemos cómo se hace y, además, apenas queda tiempo,

habíamos decidido que nos ayude usted.

-Heliodoro y los suyos ya se han organizado

y están prometiendo a la gente todo lo que hay bajo el sol.

Y a la vez, amenazándolos,

si no se comportan como ellos quieren.

-Nosotros no podemos hacer nada;

es difícil encontrar a alguien

que no se deje intimidar por el cabo de la guardia civil,

que sepa buscar oradores,

organizar mítines y hacer propaganda.

Acepto la tarea; estoy con vosotros.

-Gracias.

Carlos Rubiera, por favor.

-Al fondo, a la derecha. Gracias.

-Adelante.

Rubiera.

(ALEGRE) -Hombre, Barea. ¿Qué hay?

¿Cómo estás?

¿Qué tal? -Siéntate.

Dame. Gracias.

-Me dirás qué te trae por aquí;

tengo muy buen recuerdo de cuando trabajamos juntos,

pero ya han pasado años.

Fue en el 31.

-Y ahora, con motivo de las elecciones,

vuelves a la política, ¿es eso? Algo así.

-Da la sensación de que todos hemos caído en la cuenta

de que esta vez va en serio,

que nuestro futuro pasa por el 16 de febrero.

Te escucho, empieza por el principio.

Bueno.

Desde este verano, vivo en una casa alquilada

de un pueblo de Toledo; se llama Novés.

Los vecinos del pueblo han formado un comité electoral.

-Cuenta conmigo y con mi partido, en Novés y donde haga falta;

tenemos que evitar las disensiones

entre los partidos que formamos el bloque electoral.

Si estamos unidos de verdad, venceremos, arrasaremos;

tiempo habrá luego de hacer la revolución.

¿Cómo te encuentras?

-Bien.

No fumo,

ni bebo, ni frecuento mujer alguna.

Unas cosas me las han prohibido los médicos;

la otra me la he impuesto yo, por miedo a morir, se conoce.

Toda mi vida está dedicada al partido

y estoy conforme.

(ENFADADO) -¿Cómo se le ha ocurrido venir?

Le mandé recado de que yo pasaría por su casa.

Eso me dijeron. ¿Pero qué importancia tiene que venga?

Soy socio, ¿no?

-No, ya no; la junta le expulsó hace semanas,

por ahí tengo la carta.

La junta ha sido consecuente. ¿Qué quieren de mí?

-Darle un consejo: No se mezcle en las elecciones;

deje a la gente que se las arregle como pueda

y no haga el quijote.

Si se le mete en la cabeza liarse con la banda de Eliseo,

lo único que le va a quedar que hacer

en cuanto terminen las elecciones, es coger un autobús

y no volver por aquí en su vida.

Eso será si ganan las derechas. -O las izquierdas.

Usted cree que ganando las izquierdas

las cosas van a cambiar y está equivocado;

la tierra y el dinero no saben de elecciones.

¿No entiende?

Dígale a Heliodoro que seguiré con esos hombres

y les ayudaré,

aunque tenga que marcharme del pueblo.

Dígaselo.

(LA GENTE HABLA A LA VEZ)

(MUCHACHO) ¡Ya vienen! ¡Ya vienen!

(TODOS HABLAN ALEGRES)

-¡Don Arturo! ¡Don Arturo! ¡Ya están ahí!

(HABLAN A LA VEZ ALEGRES)

(NARRA) Tuvimos problemas con los permisos,

con el alquiler del salón de baile,

con la colocación de la propaganda

y con cualquier iniciativa que tomábamos.

Pero, finalmente, pudimos sacar adelante

la celebración del mitin.

Vinieron cuatro oradores de Madrid:

mi amigo Rubiera representaba al Partido Socialista;

Antonio, al Comunista;

vino un orador de Izquierda Republicana

y un joven anarquista.

Pensábamos que los problemas se habían terminado,

pero volvieron a aparecer en cuanto nos pusimos en marcha.

Si le preocupa el orden,

sepa que tenemos nuestro propio servicio.

-Me preocupa, claro que me preocupa.

Yo soy el responsable,

así que, a la menor alteración, suspendo el mitin.

No habrá lugar, cabo;

al menos, por nuestra parte.

-¡Viva el Frente Popular! (HOMBRES) ¡Viva!

-¡Viva el Frente Popular! (HOMBRES) ¡Viva!

-¡Viva la República! (HOMBRES) ¡Viva!

-¡Viva el Frente Popular! (HOMBRES) ¡Viva!

(TODOS HABLAN A LA VEZ)

¿Qué hace usted ahí?

-Represento a la autoridad.

-Es el alcalde; no discutas. ¿Qué hacemos?

-Tenemos que seguir adelante.

(TODOS HABLAN A LA VEZ)

Ciudadanos de Novés, amigos trabajadores,

quiero explicaros, en el comienzo de mi intervención,

cuál es el programa del Frente Popular.

Una de las grandes finalidades de esta alianza de las izquierdas,

la primera obligación, es liberar a nuestros prisioneros.

Todos tenemos un preso a quien libertar,

un asesinato que recordar con dolor.

¡En el nombre de los que fueron asesinados en Oviedo...!

Aplauso y ovaciones.

(GRITAN EUFÓRICOS) (ALCALDE) ¡Silencio!

Aplauso. ¡Silencio!

(GRITANDO) ¡Silencio!

Si usted vuelve a mencionar Asturias, suspendo el mitin;

yo soy aquí la autoridad.

(LE SUSURRA)

(NARRA) Le dije a Antonio que se limitara

a la propaganda electoral y que se dejara de Asturias;

todo mejor que perder el mitin.

-Nos nos permiten hablar sobre Asturias...

(NARRA) Pero el alcalde tenía sus instrucciones

y estaba dispuesto a llevarlas a cabo.

Desde aquel momento, se dedicó

a interrumpir al orador en cada sentencia.

-¿Cómo permaneceremos indiferentes

ante la ley de Contrarreforma Agraria

que manda devolver las tierras que, en su día,

se expropiaron porque no se cultivaban

a los mismos que las abandonaron por años,

condenando a los campesinos al paro y a la miseria?

Para ellos son las tierras de nuevo.

Y si no les gusta esta fórmula,

el gobierno ofrece grandes indemnizaciones

a estos aristócratas indolentes y reaccionarios.

¡¿Cómo vamos a permanecer indiferentes?!

¡¿Cómo vamos a dejar que gobiernen los mismos?!

(APLAUDEN Y LE ACLAMAN) -¡Viva la República!

Aplauso y aclamaciones. -¡Silencio!

¡Silencio!

(CESA EL APLAUSO) -Estoy a punto

de suspender el mitin.

-Déjeme hacerlo; yo soy zorro viejo en estas cosas.

Yo hubiera querido hablaros y explicaros mi opinión personal

que, en muchos puntos, coincide con la de mi compañero,

a quien acabáis de oír,

pero tenemos que respetar a las autoridades,

como nuestro buen amigo el señor alcalde,

y como yo no quisiera que mis palabras

fueran interpretadas por él en mal sentido,

voy a hablaros únicamente con palabras de don Manuel Azaña,

palabras reproducidas por la prensa

y que hoy son ya históricas.

Fueron pronunciadas en el gran mitin de Comillas.

Yo no creo que el señor alcalde me vaya a negar este derecho.

-No, no, no, desde luego.

-Bien, pues con la venia de vuestra señoría...

Don Manuel Azaña, en Comillas, dijo:

"Recuerde ahora el trabajador que, durante el bienio,

se creía o le hacían creer,

que estaba desengañado de la República

y mal servido por la República.

Recuerde ahora el trabajador cuál era entonces su suerte

y cuál ha venido a ser

después de que aquella república desapareció".

Aplauso y aclamaciones.

"Recuerde ahora el cultivador,

a quien se hizo creer...

¿Qué no se hará creer a la gente inocente e ingenua?

Que por culpa de la República,

y más especialmente del Gobierno republicano,

no podía vender su fruto.

Recuerde ahora el cultivador

y vea si le ha traído más ventajas haber caído indefenso

en las garras de la usura dirigida desde el poder

y en el olvido de los dueños de las tierras.

Recuerden ahora

y digan si están mejor defendidos ahora,

cuando se ha reducido la gran mayoría

del pueblo español al hambre

y a comer yerbas del campo

y cortezas de los árboles, porque así hay...

(NARRA) Aquel hombre, que tenía una memoria fabulosa,

comenzó a hilvanar pasajes de los discursos de Azaña,

pasajes que denunciaban crudamente la política de la Iglesia,

la situación actual del país, la opresión de Asturias,

las torturas a las que se había sometido

a los presos políticos,

los escándalos y la corrupción de Lerroux y los suyos,

aliados de las derechas,

las violencias cometidas en los últimos meses.

El público rugía a cada rato.

El alcalde consultaba con el cabo

por si hubiera alguna fórmula para acabar con aquello;

el cabo movía la cabeza.

-¡El 16 de febrero, votamos por la República!

Aplauso y aclamaciones.

¡Viva la República!

Aplauso y aclamaciones.

(NARRA) El mitin resultó un éxito y el nombre de Novés

corrió de boca en boca por toda la comarca.

La izquierda ganó las Elecciones Generales

del 16 de febrero, al igual que lo había hecho

en España entera; el Frente Popular logró la mayoría absoluta.

-Gracias, hija.

Venga, nos vamos.

Bueno.

Venga.

(NARRA) Unos días después,

me despedí de Novés para siempre.

-Muchas gracias, don Arturo. (NARRA) Y en la despedida,

no fui sólo yo el único que se emocionó.

Trueno.

-De esta, hemos salido bien;

me asusta qué es lo que va a venir ahora

Trueno. no tardando mucho,

"no se hace una tortilla sin romper los huevos".

Suerte. (NARRA) Como llegué a saber

más tarde, Heliodoro y su gente celebraron mi marcha.

Y como aquel que dice, al día siguiente,

comenzaron a dejar caer sin contemplaciones,

sobre los nuevos administradores de la política comarcal,

todo el mucho peso de su poder económico

y sus influencias.

Sucedía pues lo mismo que en todas partes,

porque, en todas partes,

todos los Heliodoros y sus gentes se pusieron en pie de guerra

contra la República.

No podían tolerar que, con ella,

sucediera lo que ya estaba sucediendo:

Que gobernasen las izquierdas, sencillamente,

porque habían arrasado en las urnas;

sencillamente, porque esa y no la suya,

había sido la voluntad popular.

Aurelia nunca pudo saber si hasta su jardín

había llegado la primavera;

la vida había dado un nuevo giro,

Novés iba quedando lejos.

Claxon repetidas veces.

(NARRA) Había alquilado un piso amplio y barato

en la calle del Ave María,

cerca del centro y, sobre todo, de mi oficina.

Claxon. Me atraía, además,

porque es una de las calles que llevan a Lavapiés,

el barrio de mi niñez.

Por las noches, oía dar la hora en el reloj de la torre

de mi vieja escuela,

las Escuelas Pías de San Fernando.

Y por si fuera poco,

tres calles más abajo, estaba aún la buhardilla

en que vivió mi madre.

Son ustedes cinco, ¿no? -No, señor, cuatro.

¿Cómo que cuatro?

-¿Pero no le ha llamado usted?

No. -La verdad, creíamos

que era uno de la familia.

-Yo le explicaré lo que ha pasado.

Pues yo soy Ángel García,

Angelillo para todos.

No tengo trabajo,

con que veo el camión con los muebles y me digo:

Voy a echar una manita, que algo caerá,

aunque no sea más que un vaso de vino.

Si vosotros no queréis soltar mi quinta parte,

estáis en vuestro derecho,

aunque yo haya trabajado como el que más.

Y en cuanto aquí,

tampoco puedo reclamarle nada,

porque el señor creía que yo era uno de vosotros.

En fin, que unas veces pierde y otras, se pierde también.

Salud. Un momento.

Tengan ustedes.

No se vaya usted así, hombre.

Cierto es que podía haber preguntado antes,

pero vamos a ver si lo podemos arreglar.

Tenga usted.

-Déjese convidar a un chato. Vamos.

¿Es usted del barrio? -Sí.

Ahora, les dejo a ustedes, señores militares,

señores representantes de las patentes,

distinguidos periodistas,

con el doctor Schwanzer,

que es el encargado de explicarles con detalle

este último orgullo de la ingeniería alemana:

El trimotor Junker.

-Ahora que han visto ustedes el aparato,

les voy a mostrar algo mucho más interesante.

Como ven ustedes, basta con desatornillar

estos remaches falsos,

para descubrir estos zócalos roscados.

Aquí y aquí,

se pueden colocar las patas de una ametralladora.

Se quita el panel de cristal

y el cañón sale por la abertura.

Los sillones de la cabina de los pasajeros

se levantan y, en pocos minutos,

se coloca todo el equipo para transportar tropas

o, si es necesario,

para depositar bombas y los instrumentos para lanzarlas.

Ahora, les voy a enseñar

dónde se colocan las grandes bombas.

Como ven ustedes, en una hora, podemos transformar

los aviones de una línea comercial,

en cualquier aeropuerto de Alemania

y bombardear con ellos las capitales enemigas.

Y si somos nosotros quienes declaramos la guerra,

cinco minutos después de la declaración,

ya los tienen colgados encima de sus cabezas.

¿Qué les parece? (ALGUNOS HOMBRES) Muy bien.

Aplauso. Es usted un hijo de puta.

-¡Acabar con toda autoridad!

El capital, la Iglesia y el Estado

están sobre el hombre, acogotándolo,

impidiéndole vivir en libertad.

Bueno, pues acabar con todo eso

y crear una sociedad de hombres libres;

esa es nuestra meta.

¿Hay alguien que no lo entienda?

(ÁNGEL) ¿Quién te enseñó esas cosas?

-Los libros, los compañeros y la vida.

-A mí me gustaría aprender;

creo que soy socialista, aunque no he leído nada.

Lo soy sin saber cuándo me hice, ni de qué manera...

Pues como lo somos todos, ¿no?

Porque, un mal día, nuestra madre nos echa al mundo,

sin que nos enteremos ni de lo que ha pasado

y cuando te empiezas a dar cuenta de dónde estás,

tu padre está sin trabajo, tu madre espera a otro hermanito

y el puchero, vacío.

Te mandan a la escuela,

para que los frailes te den de comer de limosna

y cuando te empinas un poco y apenas sabes deletrear,

te dicen que ya eres un hombrecito... Y a trabajar.

Y aprendí sin una gorda

a cumplir sin rechistar

los caprichos del maestro y los oficiales.

Y ya eres un hombre

y ganas un duro,

¿y qué es lo que te pasa?

Pues que te sale la torería. (RÍEN)

-Se te suben los humos,

te encaprichas de una mujer, te casas con ella

y empiezan a venir los chicos.

Y de la noche a la mañana, te ves en medio de la calle,

porque te han echado del trabajo. ¿Y qué puedes hacer?

La mujer, a fregar suelos;

los chicos, a los frailes, a comer la sopa boba;

y tú, a dar vueltas y revueltas por la calle

y a acordarte del día en que tu madre te parió.

¡Por eso, soy socialista!

Basta ya con tanto Bakunin, tanto Marx y tanta leche.

U.H.P.

¡U.H.P.!

¿Sabéis lo que quiere decir?

Unión de Hermanos Proletarios. (HOMBRES) Sí, señor.

-Eso es lo que cuenta; lo demás son pamplinas,

que sólo sirven para revolverle a uno los sesos

y darnos patadas en las espinillas los unos a los otros.

¡Y mientras, los de enfrente nos sacuden de firme!

-¡Angelillo! -¿O no?

-¡Angelillo! -Angelillo, ven para acá, hombre.

(NARRA) Ángel había sido despedido de su trabajo

dos años atrás, por haber apoyado la huelga

que originara los sucesos de Asturias.

Uno de los proyectos del Frente Popular

era la readmisión de los despedidos con ese motivo.

Pero pasaban los días y todas las promesas hechas

en la campaña electoral se iban demorando.

Aunque las derechas habían perdido puestos en el parlamento,

sus partidarios estaban dispuestos a batallar contra la República

en todos los terrenos posibles;

contaban con la mayor parte del Ejército,

con el clero, el capital interno y extranjero

y el soporte desvergonzado de Alemania.

Era una cuestión de tiempo;

el país iba de cabeza a una catástrofe.

¿Pasa algo? -¿No se ha enterado usted, Barea?

Han asesinado a Calvo Sotelo. ¿Cómo?

-Es un crimen contra Dios;

un hombre tan bueno y tan inteligente,

un caballero, un cristiano ejemplar,

muerto como un perro rabioso.

-Les arreglaremos las cuentas

y se les va a quitar la alegría en seco.

-No más sangre; Dios castigará a los asesinos.

-Pero nosotros le vamos a echar una mano.

(RADIO) Y se dirigen contra los sediciosos,

para reducir este movimiento insensato...

(RADIO) Defendiendo con su prestigio

la legitimidad del liderazgo de la República.

En este momento, las fuerzas de aire, mar y tierra,

salvo la triste excepción señalada,

permanecen firmes en el cumplimiento de su deber

y se dirigen contra los sediciosos,

para reducir a este movimiento insensato...

(RADIO) Absoluta tranquilidad...

(RADIO) El Gobierno de la República domina la situación y afirma

que no tardará mucho en dar cuenta al país

de haber logrado la normalidad absoluta.

(RADIO) Habla el gobierno para confirmar

la absoluta tranquilidad de toda la península.

El gobierno estima las adhesiones que ha recibido

y, al agradecerlas, manifiesta que el mejor concurso

que se le puede prestar es garantizar la normalidad

de la vida cotidiana, para dar un elevado ejemplo

de seguridad y de confianza en los resortes del poder.

(RADIO) Siguen las noticias confusas sobre el levantamiento

de parte del ejército en Marruecos.

Por el contrario, la escuadra marcha hacia los puertos africanos

sin haber encontrado oposición en el cumplimiento

de las órdenes del restablecimiento de la paz,

que pronto será conseguida.

De nuevo, se hace saber a todos los españoles

que son absolutamente falsas las noticias circuladas

de haber sido declarado el estado de guerra en España.

La autoridad es únicamente la civil

y a ella han de estar sometidas todas las demás,

para el servicio de la República.

El gobierno tiene la situación en sus manos.

-¡En las nuestras tenía que dejarlo!

-Eso hay que pensárselo bien antes de echarse a la calle;

sólo con movernos, nos echarán las culpas de muertes,

desórdenes y cualquier cosa que ocurra.

-Ellos, los fascistas, han sido los primeros;

se han echado a la calle el mismo día

que ganamos la República.

Y ahora, se querrán meter en nuestras casas

¡y no quedará nadie para echar culpas de nada!

-¿Qué es lo que pueden hacer media docena de jefes militares?

Y cuando saquen las tropas a la calle,

les fusilan sus propios soldaos.

Unos cuantos señoritos que se han emborrachado

y creyéndose que están en los tiempos antiguos,

se levantan en armas... ¡Bah!

Pon un vino. -Te equivocas;

esto va en serio. Sonó la hora de sentar la mano a los fascistas;

eso, lo primero. Y de la revolución, ya hablaremos.

-Voy a la casa del pueblo, a ver qué se dice.

¿Viene alguien conmigo?

-Yo iría con vosotros...

(RADIO) Aviso urgente:

Se ordena a todos los miembros de los grupos políticos

y de los sindicatos que se enumerarán a continuación,

que se presenten inmediatamente

en el domicilio de sus respectivas asociaciones.

Izquierda Republicana,

Unión Republicana,

Partido Socialista, Unión General de Trabajadores,

Partido Comunista, Juventudes Socialistas...

(ALGUNOS HOMBRES GRITAN ENFADADOS) Armas. Armas. Armas.

(TODOS GRITAN ENFADADOS) ¡Armas!

¡Armas! ¡Armas! ¡Armas!

¡Armas! ¡Armas! ¡Armas!

¡Armas! ¡Armas! ¡Armas!

¡Armas! ¡Armas! ¡Armas!

(AURELIA) ¿Dónde has estado? Cuéntame qué pasa.

-Quemaron San Cayetano, San Nicolás, San Lorenzo

y la Escuela Pía.

Dicen que disparaban desde las torres;

la gente las asaltó y llevan ardiendo toda la tarde.

Vengo enseguida.

(VOZ BAJA) A mí no me gustan las sotanas,

pero los escolapios eran buena gente;

había un cura que nos daba perras y hasta mi madre le besaba la mano.

Pero se juntaron con una asociación de escuelas católicas o algo así

y vinieron a mangonear los jesuitas;

empezaron eso que se llama la adoración nocturna

y, desde los balcones, veíamos a un montón de jóvenes

hacer la instrucción con fusiles.

Y esta mañana, han estado tirando

con una ametralladora desde la torre.

Disparos.

¡Izquierda, derecha! ¡Paso ligero!

Disparos.

¡Alto! ¡Media vuelta!

Disparos. ¡Vamos, de frente!

-¡Izquierda, derecha, izquierda! ¡Media vuelta, ar!

Disparos. -¡Vamos, izquierda, derecha!

-¡Izquierda, izquierda, derecha, izquierda!

-¡Vamos, seguid! ¡Media vuelta, ar!

Vamos, vamos.

¡Alto, ar!

-¡A la izquierda, ar!

¡Firmes, ar!

Disparo. ¡Derecha, ar!

-¡Izquierda, derecha, izquierda!

Disparo. ¡Media vuelta, ar!

¡Oblicuo derecha, ar!

Disparo. ¡Carguen armas!

(CARGAN LAS ARMAS)

-¡Alto! ¡Media vuelta! Sujeta el arma, eso, muy bien.

Tú, levántala. Levántala.

¡Apunten armas!

-¡A la derecha, media vuelta!

Disparo.

Disparo. Apóyala así. Apóyala.

Eso es, muy bien. -¡Media vuelta, ar!

Tú también, apóyala, apóyala.

Disparo. Apunta.

Disparos. Atentos, descansen armas.

Sargento.

Hazte cargo de ellos.

-¡Oblicuo derecha, ar!

-¡Izquierda, izquierda, derecha, izquierda!

¿Qué hay?

-Franco le ha exigido al Gobierno la rendición incondicional

y el Gobierno le ha contestado

con una declaración de guerra formal.

Lo sé, lo he oído en la radio.

-¡Media vuelta, ar!

-¿Te pasa algo?

Que estoy harto de todo esto, Antonio;

creo que puedo ser más útil en cualquier otro trabajo

que instruyendo a reclutas.

-Por eso vine a verte: Sabes idiomas, ¿verdad?

Estudié idiomas, sí. -Te llamaré a la oficina;

hay algo para ti.

¿Conoces a Rubio Hidalgo? No.

-¡Media vuelta, ar!

-Está en el ministerio de Estado,

jefe de la sección de Prensa Extranjera;

el trabajo le empieza a desbordar y ha pedido ayuda.

Ya hablaremos.

Llaman a una puerta.

(MUJER) Don Arturo, ¿está?

Por favor, necesito verle con urgencia;

soy la hermana de don Pedro. -Pase, pase.

(NERVIOSA) Soy la hermana de don Pedro,

el del ministerio; esta mañana le han sacado de casa

y vengo a pedirle a usted, porque él mismo me lo dijo:

"Si me pasa algo, ve a ver a Barea".

Confía en usted, don Arturo, ciegamente;

no le defraude, se lo suplico.

¿Sabe usted adónde se lo han llevado?

-No, señor, y yo no sé nada.

-Aún estamos a tiempo, Barea; sobre todo, tú.

Según cuentas, es un derechista y, además, lo sabe todo el mundo,

así que nadie puede hacer nada por él.

Pero yo voy a intentarlo y tú me vas a ayudar.

-Es un fascista; ha tenido a un cura escondido en su casa.

Lo es, pero si a mí me buscaran

los fascistas para "darme el paseo"

y yo fuese a llamar a la puerta de su casa,

también me escondería.

-La denuncia asegura que has dado dinero a la CEA.

-Eso es mentira; yo no me he mezclado nunca

en política. Soy comerciante y lo único que he hecho

en mi vida es trabajar.

-La denuncia es anónima,

pero hemos podido averiguar quién la envió.

Ahí le tienes.

(SORPRENDIDO) -¿Juan? Tú...

¿Tú me has denunciado?

Pero... ¿Pero qué tienes contra mí?

¿Qué tienes contra mí? ¡Contesta!

-¿Le has prestado alguna vez dinero a este hombre?

-Sí.

Más de una vez;

ha estado en apuros.

-Y uno de ellos, gordo.

Esto es un pagaré de 2000 duros,

por cierto, que vencido.

Y esta es la denuncia que, curiosamente,

ha sido escrita por la misma mano

que escribió el pagaré.

-¡Juan! ¿Cómo has podido hacerme...?

-Tú puedes irte y este pájaro se queda aquí.

-No...

No le van a matar, ¿verdad?

Es un tarambana que se juega las pestañas y está desesperado;

por eso hizo lo que hizo, pero...

-Retírese usted o le hace compañía.

-Yo le... -¿Me ha oído?

El siguiente. Un momento.

-¿Qué es lo que se te ofrece?

Tengo algo que decir sobre el siguiente.

-¿A qué esperas, entonces?

Trabajo en una agencia de patentes;

hace tres o cuatro años, un compañero de otra agencia

cayó enfermo de tisis.

Como estaba casado y tenía niños pequeños,

siguió trabajando hasta que no pudo más.

En la oficina, le pagaron durante tres meses

y le despidieron.

Hicimos una colecta y, no sé cómo,

don Pedro, que es el siguiente,

se enteró de la desgracia.

Me mandó llamar a su despacho y me hizo prometer

que nadie se enteraría de lo que iba a hacer:

Consiguió el ingreso del enfermo en un sanatorio del estado

y mientras permaneció allí, que fueron dos años al menos,

le dio de su bolsillo a la mujer del compañero

una cantidad que hacía pasar

por el sueldo de la antigua oficina.

Creo que he hecho bien al romper la promesa,

pero no me gustaría que lo supiera.

-Todo eso está muy bien,

pero es un santurrón, ¿no?

Lo es.

-El siguiente.

Es usted libre; puede irse.

Que puede irse, ¿no me ha oído?

Alarma antiaérea.

Ya están aquí otra vez esos hijos de la grandísima puta.

Aviones acercándose.

Sonido de bombas que caen.

Explosiones.

Aviones alejándose.

Explosiones lejanas.

(ANTONIO) Tu nuevo trabajo.

Cualquier día de estos, por la tarde o por la noche,

te pasas por el ministerio de Estado,

departamento de Prensa. Te esperan.

Alarma antiaérea.

Claxon repetidas veces.

(HOMBRE) ¡Compañeros!

Cuidado, cuidado, cuidado. Cuidado, cuidado.

Cuidado. Venga.

Vamos.

¡Aurelia!

(ASUSTADA) -Nos vamos a casa de mis padres;

las bombas han caído muy cerca,

hay que alejarse del centro.

Yo no estoy muy seguro de que tengas que dejar la casa;

han caído bombas en Cuatro Caminos, en Argüelles, en Vallecas...

-En todas partes caen bombas; no hay un sitio más seguro

que otro. Vamos a casa, ¿eh?

Vamos, niños, venga.

Cláxones.

(NARRA) No podía continuar al margen de los acontecimientos;

sentía el deber y tenía la necesidad de hacer algo.

El Gobierno había declarado que el levantamiento

estaba sofocado, pero era evidente que lo contrario era la verdad.

-Hacía días que le esperábamos;

no tenemos suficiente personal con conocimiento de idiomas

y los pocos con que contamos no son lo bastante hábiles

para neutralizar las trampas de los corresponsales de prensa.

Los fascistas se acercan a Madrid, sería estúpido negarlo,

pero no con tanta prisa como alguno de esos reporteros

comunican a diario a sus periódicos.

Te pondrán al corriente del trato que hasta ahora damos

a todo lo que se escribe desde aquí.

(NARRA) Las tropas rebeldes estaban ya a las puertas de Madrid;

aquello era guerra,

una guerra civil.

Ruido de bombas cayendo. La elección, para mí,

Explosiones. estaba hecha durante toda mi vida:

O vencía una revolución socialista, o yo estaba entre los vencidos.

La vida burguesa a la cual había intentado resignarme

y contra la que había estado luchando

Bombas que caen y explosiones. en mi interior, se había terminado,

aquel, cada vez más lejano, 18 de julio de 1936.

-Les hemos obligado a que nos entreguen

una copia mecanografiada de la crónica

que van a transmitir y, al hacerlo,

tienen que someterse escrupulosamente a ella.

Nosotros tenemos que evitar que cambien una sola palabra

y, si lo hacen, les cortamos la comunicación.

No suelen hacerlo, pero...

Tienen claves que nunca son las mismas,

meten morcillas si te pillan despistado

o hablan con modismos que no conocemos.

Si "les cogemos con las manos en la masa",

"montan la de Dios es Cristo",

en nombre de la libertad de expresarse,

aunque esa libertad la usan para contar

que el mismo Franco, en persona,

entró en Madrid y se está tomando un café

en la Puerta del Sol.

Un momento.

¿Qué hace aquí? (JUAN) Nos metieron en una casa,

cerca. ¿A quiénes?

-A la gente del pueblo, de Novés;

me dijeron que podría encontrarle por aquí y...

Y le busqué.

Bajo con usted.

Hasta ahora.

Llanto de bebé.

Llanto de bebé.

Llanto de bebé.

-Están demasiado cansados para hacerle caso;

hemos caminado mucho.

Unos milicianos nos cogieron en medio de la calle

y nos metieron aquí; nos dan vales de comida.

Por lo demás, nadie se preocupa de nosotros.

Esto es el pueblo de Novés...

Mejor dicho... Los más pobres del pueblo.

A la mayoría, usted no les trató nunca.

Han pasado muchas cosas, don Arturo;

cuando estalló la revuelta, la gente se volvió loca.

Encerraron a todos los ricos,

fusilaron a Heliodoro y al cura,

se pusieron a repartirse las tierras,

hasta que corrió la voz de que el ejército rebelde

venía hacia Madrid desde Extremadura.

La mayoría se quedó, porque pensaban

que no tenían nada que temer;

los jóvenes se vinieron para acá con las milicias.

Hasta que la gente que venía huyendo pasó por allí

y empezaron a contar lo que hacían los fascistas

cuando entraban en un pueblo.

El miedo nos hizo escapar a través de los campos;

nos cazaban como a conejos.

Y al que cogían, le volaban los sesos;

a las mujeres las llevaban a culatazos al pueblo.

Los moros vigilaban los sembraos, buscándolas.

Un grupo de nosotros consiguió llegar a Illescas

y, desde allí, en una caravana de bestias y carros,

con pueblos enteros que huían como nosotros,

llegamos a Madrid.

Llanto de bebé. Vamos a resistir aquí

y todo se va a arreglar.

-Me había hecho la ilusión de que los pocos años

que me quedan iban a ser tranquilos;

mire usted por dónde las cosas que la vida

me tenía reservadas.

Y a mí no me importa mucho,

pero, por la noche,

oigo llorar a los niños

y me pregunto qué va a ser de ellos.

Explosiones y disparos.

Explosiones y disparos.

Gritos de personas acercándose.

Gritos de personas acercándose.

(GENTE) ¡No pasarán! ¡No pasarán!

¡No pasarán! ¡No pasarán!

¡No pasarán! ¡No pasarán!

¡No pasarán! ¡No pasarán!

¡No pasarán! ¡No pasarán!

¡No pasarán! ¡No pasarán!

¡No pasarán! ¡No pasarán!

¡No pasarán! ¡No pasarán!

(GENTE) ¡No pasarán! ¡No pasarán!

¡No pasarán! ¡No pasarán!

No pasarán.

No pasarán.

No pasarán.

No pasarán.

No pasarán.

No pasarán.

No pasarán, no pasarán, no pasarán, no pasarán.

La forja de un rebelde - Capítulo 5

27 abr 1990

1934. Arturo tiene 36 años, un trabajo de prestigio y bien remunerado, una mujer con la que mantiene una difícil relación y cuatro hijos, y además, una amante, María, su secretaria en la oficina de patentes. Después de tres años de República, España se prepara para unas nuevas elecciones, en las que Arturo participará activamente apoyando a las izquierdas.

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