Adaptación de una de las Novelas Ejemplares de Miguel de Cervantes. Macarena García y Carles Francino encarnan a la pareja protagonista, mientras que Lola Herrera es Isabel I de Inglaterra y Miguel Rellán, Cervantes. 'La española inglesa', una producción de TVE en colaboración con Globomedia

es una gran historia de amor y aventuras ambientada en los últimos años del agitado siglo XVI. Dirigida por Marco Castillo, tiene guión de Pilar Nadal, Felipe Mellizo y Guillermo Cisneros.

www.rtve.es /pages/rtve-player-app/2.0.0/js
3355691
Para todos los públicos La española inglesa
Transcripción completa

(Música de violín)

(Explosión de cañón)

(Griterío)

¡Ah!

LEONOR: (ATERRORIZADA) ¡Isabel! ¡Isabel, hija mía!

¡Isabel, por favor!

¡Isabel!

¡Isabel!

¡Isabel, hija mía!

¡Isabel, por favor!

(Música dramática)

¡Isabel! ¡Isabel!

¡Isabel! ¡Isabel!

¡Isabel! ¡Isabel!

HOMBRE: ¿Dónde está Isabel? ¿Dónde está Isabel?

LEONOR: (LLORANDO) Isabel... ÉL: ¡Leonor!

"Entre los despojos que los ingleses

se llevaron de la ciudad de Cádiz

en uno de los asaltos que se sucedieron

al final del reinado de Felipe II..."

CERVANTES: "Clotaldo, un caballero inglés,

capitán de una escuadra de navíos de guerra

a las órdenes del conde de Essex,

se llevó secuestrada

a una niña de unos siete años de edad poco más o menos..."

No es necesario que siga, don Miguel.

Me lo llevaré para leerlo con calma.

Pues ponga usted el dinero sobre la mesa y se lo entregaré encantado.

DON JUAN: Deje que lo juzgue primero.

Tengo miedo de que no esté a la altura de su "Quijote".

Entonces no saldrá de aquí.

Quizá tenga que buscarse otro editor.

(ALTIVO) ¡Le aseguro que mañana puedo tener seis en mi puerta!

(OFENDIDO) ¡No se hable más!

DON PEDRO: Sea paciente, don Juan.

Deje que don Miguel siga con la lectura

y, si es necesario, yo adelantaré el dinero.

¿Les parece bien?

-(PROTESTA) Pero señor conde... -Siga. Siga usted, don Miguel.

Está bien.

¿Por dónde íbamos?

Por la desaparición de la niña.

Ajá. (CARRASPEA)

"Clotaldo,

fascinado por la belleza de Isabel,

había decidido quedársela por encima de cualquiera

de los tesoros

que hubiera conseguido en aquel asalto,

dejando a sus padres

tristes y desconsolados."

Para cuando llegaron a Londres,

a la joven ya no le quedaban lágrimas

que dejar escapar de sus ojos.

CATALINA: ¿Qué ocurre? CRIADA: No se quiere vestir, señora.

Dejadnos solas.

Pero quiso la fortuna que todos los de la casa de Clotaldo

fueran católicos en secreto,

aunque en público mostraban seguir la opinión de su reina,

muy especialmente su mujer, Catalina.

Entiendo que estés triste.

Pero eres muy joven, lo superarás.

ISABEL: Tengo miedo.

No tienes porqué.

Somos católicos, como tú.

Pero nadie debe saberlo.

Será nuestro secreto.

Con el paso del tiempo, la pequeña Isabel

aprendió a valorar aquella prisión como un hogar

porque Clotaldo, por temor a su reina,

decidió mantener su existencia en secreto.

Pero, a pesar de su condición de sirvienta,

Isabel fue educada como una hija,

aprendiendo a leer, escribir y cantar;

siempre bajo la curiosa mirada de Ricardo,

el hijo varón de los señores.

Lo que no podían preveer era el efecto que tanta virtud

tendría en el corazón de Ricardo,

un sentimiento de admiración que, con el tiempo,

creció hasta convertirse en sincero, profundo

y secreto amor.

(Gruñido de cerdo)

¿No sabéis llamar? ¿Qué hacéis aquí?

Perdón, Isabel.

GUILLARTE: ¡He ganado, he cogido al cerdo antes que él!

No es verdad, me ha enganchado bajo el carro cuando lo tenía.

Voy a llevarlo a la cocina y que lo preparen para la cena,

pue por una vez el siervo invitará a comer al señor.

¿Cenarlo? Pobrecillo, ¿no?

¡Qué bruto que eres! ¡Anda, tira! ¡Tira!

Vaya aspecto. (RÍE)

Lo siento.

Isabel,

tengo una cosa para que me perdones.

Mira, la cogí ayer para ti.

Toma.

No es mucho para un experto cazador de cerdos, pero acepto tu disculpa.

Gracias.

GUILLARTE: ¡Ricardo!

Adiós.

Pero Clotaldo y Catalina

tenían planes muy diferentes para el joven Ricardo.

(AMBOS GRITAN DE ESFUERZO)

(RÍEN)

Gracias.

Padre.

CLOTALDO: Estoy muy orgulloso de ti, hijo.

Eres todo un hombre.

Y tengo una gran noticia que darte:

hemos puesto fecha a tu boda y fijadas las propiedades

que te corresponden por ello.

Ya sabes que la familia de Clisterna,

tu prometida desde que eras niño,

es católica, como nosotros,

y merece toda nuestra confianza.

-(ILUSIONADA) Haremos un encuentro en primavera,

pero podrás verte con Clisterna antes.

-La boda será en cuanto la reina lo autorice.

Pero, padre, dijimos que... que era un poco pronto para...

Y dijimos que no era el momento, que no es lo mismo.

¿No te hace ilusión?

Sí, sí, me hace mucha ilusión.

Gracias.

Se ha puesto nervioso.

-Lo normal... en estos casos.

Pero harán muy buena pareja,

no me cabe duda.

En los días siguientes,

Ricardo se fue apagando

y los médicos que trajeron no acertaban a remediarlo

ni él osaba confesar

el origen de sus males.

Pero, ¿dónde habéis estado? ¿Qué habéis hecho?

-Nada. Hemos salido a montar a caballo, como siempre.

Y no se ha dado un golpe ni nada. -¿Y habéis comido algo extraño?

-No, el señor Ricardo no tenía apetito.

(DELIRA)

No te preocupes, Catalina.

Encontrarán una cura.

(RESPIRA CON DIFICULTAD)

Ricardo.

Isabel.

Isabel.

¿Eres tú?

Sí. ÿ

Pensaba que no volvería a verte.

(FRENÁNDOLE) No te levantes.

No conseguirán curarme con sus estúpidos remedios.

¿Cómo lo sabes?

Porque muero de amor, Isabel.

Muero de amor por ti.

Y si me quitan lo que más quiero, casándome con Clisterna,

no podré sobrevivir.

Pero, Ricardo, yo soy una criada

y tus padres me han tratado como a una hija.

Precisamente por lo que te quieren,

no podrán negarse si ambos lo deseamos.

¿Tú lo deseas, Isabel?

Sí.

Creo que siempre le he querido, siempre.

Pero tus padres deben dar su aprobación.

¿Qué ocurre aquí?

Dije que no entrase nadie, Isabel. Puede que el mal os afecte a todos.

Tranquila, madre, ya estoy mejor.

Estás delirando.

No.

(SUSPIRA)

Necesito hablar con vosotros.

¿Podrías avisar a mi padre?

Está bien. Recoge un poco esto Isabel.

No.

Isabel también viene.

¿Sabes lo que representa anular un compromiso?

Lo sé. Y asumo toda la responsabilidad que sea necesaria.

¡Tú no asumirás nada!

Seré yo quien deba dar explicaciones.

Está bien.

Si vuestra madre no se opone, yo tampoco.

-Queremos a Isabel como a una hija.

No podemos negaros la felicidad.

Gracias.

Espero que hasta la boda...

vuestro comportamiento sea ejemplar.

(RESPETUOSO) Sí, padre. Por supuesto.

¡Ni hablar!

Ya has oído a tu padre.

Vamos.

Y vuelve a la cama,

no mueras antes de casarte.

Sí, madre.

¿Ricardo?

¡Ay!

¡Me has asustado!

No podía esperar para abrazarte.

Esto no está bien, no.

Eres preciosa, Isabel.

Y tú un idiota.

Faltó poco para que nos separaran. ¿Por qué no me dijiste nada antes?

Eso ahora ya da igual.

En unas semanas nos casaremos y nadie podrá alejarnos.

Eh...

¿Qué te pasa? No te veo muy contenta.

Que no dejo de pensar en mis padres, en que no me verán.

En cómo serán, si es que están vivos...

Cuando nos casemos, iremos a verlos.

¿Me lo prometes?

Te lo juro.

Ricardo...

Perdona.

...diez faisanes y algún pato francés.

Pero, Victoria, ya sabes, que no le pongan mucha pimienta.

Los candelabros ya sabéis cuáles son, los cubiertos también,

y me gustaría ver ya los manteles.

Ay...

Ay, horribles, no son para una boda.

CRIADO: Señora, este caballero viene del Palacio Real.

-A sus pies, señora.

-¿Qué desea? -Traigo una nota de su majestad.

-Avisa al señor, rápido.

Acompáñeme.

-Señor, un emisario real.

-¿Qué ocurre, Catalina?

-Gracias.

-(APAGADA) La reina quiere ver a Isabel.

-(GRAVE) Sabíamos que no podíamos ocultar su belleza

por mucho tiempo.

-¿Y nuestra fe?

¿Podremos seguir ocultándosela?

Si Isabel habla, rodarán nuestras cabezas.

-Debemos confiar en Dios

o dejarl que se escape y decir que ha muerto.

-¿Matando a tu hijo y perdiéndola a ella?

No tienen de qué preocuparse.

Con la ayuda de Dios sabré qué decir para que la reina no les condene,

sino que les valoren aún más.

-Bien. Si has de ir, lo harás.

Pero no como sirvienta,

sino como la futura esposa de un noble inglés.

Vamos, que no tenemos mucho tiempo.

Aquella noche y las siguientes

hablaron mucho de los riesgos que corrían

y de la posibilidad de que la reina los castigase

por haber ocultado a Isabel,

obligándoles a confesar su fe católica.

(TOSE)

DON PEDRO: Beba. Beba usted, don Miguel.

No me gustaría que se muriera de sed

antes de terminar este sorprendente relato.

-Más fantasioso que sorprendente,

no tiene lógica.

¿Acaso su vida la tiene?

Todo lo que sucede en el mundo es milagroso.

Pero ordenado.

¡Por Dios!

-Díganos, don Juan, ¿le gusta o no le gusta?

-(CONTENIÉNDOSE) Es un desatino entretenido.

¡Usted lo ha dicho, una mentira que satisface porque verdad parece!

Y está escrita con gracia.

Pero continúe usted, don Miguel,

que esa joven Isabel nos tiene en ascuas.

Está bien,

aunque no sé si don Juan estará preparado para lo que sigue.

(CARRASPEA)

"Todo estaba listo para el gran evento,

la visita a la reina de Inglaterra

en el mismísimo Palacio Real."

(Golpea cetro)

CHAMBELÁN: "Por deseo de nuestra queridísima reina Isabel,

se presentan Clotaldo de Collinwood y su familia."

REINA: Levantaos.

Clotaldo,

tu familia ha servido fielmente a esta Corona...

desde hace tantos años

como los que tienen estas piedras.

Eres un héroe

y tus hazañas han saneado nuestras arcas,

pero me has ocultado un tesoro...

y eso es algo que no puedo perdonar.

Disculpadnos, majestad.

Sólo hemos estado cuidándola para...

mostrárosla en toda su belleza.

¿A quién queréis engañar, Catalina?

Que se acerque la joven cautiva.

CAMARERA: Muy guapa la española, pero el vestido es horrible.

Ha sido una falta de mucha gravedad ocultármela.

Levántate.

¿Cómo te llamas?

Isabel.

Hasta tu nombre me parece correcto, jovencita.

Se quedará a mi servicio hasta que estime oportuno.

Mi camarera mayor se ocupará de ella en su estancia en palacio.

Majestad.

No puede hacer eso.

Perdonadle, majestad.

No, no Clotaldo.

Que se exprese.

Majestad, deseo pedir la mano de Isabel.

La amo.

(CON RESPETO) Queríamos contárselo a su majestad...

cuando conociera a la joven.

¿Y ella... qué dice de todo esto?

¿Aceptáis la petición del joven Ricardo?

Sí.

Sí, estoy de acuerdo y así lo hemos hablado con sus padres.

Me alegro,

pero yo no lo estoy.

Al menos hasta que demuestre que es

merecedor de tanta felicidad.

Majestad,

pedidme lo que queráis.

Eso haré.

En el puerto hay dos naves listas para partir

a las órdenes del barón de Lansac,

embarcaréis con él como capitán.

Majestad,

permitidme acompañarlo.

Es muy joven.

Si es merecedor de tal dicha,

no necesitará compañía, Clotaldo.

Ricardo,

despídete de Isabel

porque mañana partiréis.

No te importe llorar, Ricardo,

que una cosa es pelear con los enemigos

y otra con los sentimientos.

No le fallaré, majestad.

Ni a mí ni a ella.

Podéis marcharos.

Cuídate mucho, hijo.

Confía en Dios

tanto como en tu espada.

Yo rezaré por ti.

(Cañonazo)

Y quiso el Señor que a las pocas semanas de partir

la flota se encontrara con dos galeras turcas,

entrando de inmediato en combate con ellas.

¿Cómo está el barón?

MÉDICO: Está usted al mando, señor.

(Explosión)

La apoplejía

se había llevado al barón de Lansac

y, siguiendo las órdenes de la reina,

Ricardo debía completar la misión.

TANSI: ¿Qué edad tenías cuándo te enamoraste de él?

La tuya, más o menos.

Vaya. Yo todavía no me he enamorado y...

me estoy haciendo mayor.

Aparecerá tu caballero, ya verás.

Y, cuando lo haga, te darás cuenta de inmediato, como me pasó a mí.

(Llaman a la puerta)

Voy.

¿Quién llama? -El conde Arnesto.

Hola, joven Tansi. -Hola.

¿Qué desea, señor conde?

Todos preguntan por qué no bajas al baile.

La música se escucha desde aquí.

Ya, es que no... no me encuentro muy bien.

Ah, quizá... prefieras dar un paseo.

Hace una tarde estupenda.

Es usted muy amable, señor conde, pero no me apetece mucho salir.

Es... por Ricardo, ¿no?

Bueno, no es fácil mostrarse feliz en público sin saber qué es de él.

No sabes cuánto lo envidio.

Váyase, por favor.

Disculpa si te he ofendido.

Tansi.

-Ojalá me lo hubiera pedido a mí. Es tan guapo.

Puedes bajar, si lo deseas.

No, prefiero que me cuentes más cosas de Ricardo.

Ya es suficiente, atienda a nuestros heridos.

MARINERO: Es el capitán. ¿Lo colgamos?

No,

que le den una barca, un barril de agua y se lleve a sus heridos.

Larache está a treinta millas, tardaréis dos días.

ARNAUTE: Muchas gracias, señor.

No, déselas a la reina.

Fue ella la que no pidió vuestras cabezas.

Señor.

Son católicos españoles, señor.

Que preparen una embarcación,

los dejaremos cerca de tierra española.

Como ordene.

DIEGO: Perdone.

¿Sí?

No vamos a volver a España, señor.

No le entiendo.

Salimos de allí para recuperar algo que nos arrebataron hace tiempo...

y moriremos, si es necesario, antes de rendirnos.

¿Y qué es eso tan valioso?

Nuestra hija.

-La más bonita joya de la cristiandad: Isabel.

-Se la llevaron de nuestro lado hace siete años, en Cádiz;

y desde entonces la buscamos a costa de nuestra vida y fortuna.

-Viajábamos hacia Inglaterra con la idea de pedir ayuda a su reina...

cuando nos apresaron los turcos.

El amor que sienten por su hija es admirable

y merece otra oportunidad. Les llevaré ante la mismísima reina.

¡Muchas gracias!

-Dios le bendiga. Gracias, señor.

Descansen.

Nadie osó contradecir a Ricardo.

Y aunque algunos lo tuvieron por valiente y magnánimo,

otros lo juzgaron como más católico de lo que debería

por liberar a los infieles.

Con las banderas de luto por la muerte del barón de Lansac,

Ricardo llegó al puerto de Londres,

desembarcando los tesoros

y encomendando a su fiel Guillarte

el cuidado de los padres de Isabel mientras decidía

qué hacer con ellos.

Y, sin perder más tiempo,

se presentó ante la reina.

Majestad.

Majestad, he fracasado,

he perdido a uno de sus mejores hombres.

No digas tonterías,

que tus hazañas han llegado aquí antes que tu barco.

Yo no hice nada, majestad.

Sólo cumplía las órdenes del barón, que en paz descanse.

Tu humildad te ennoblece, joven Ricardo,

pero, de no haber sido por ti,

habría perdido los tesoros

y a muchos de los mejores hombres de mi flota.

¿Es cierto que perdonasteis la vida

al líder de los turcos?

Me temo que sí, majestad.

No vi motivo alguno para colgarlo

y pensé que así tendríamos buena relación con sus gentes.

Bien pensado.

Y puesto que habéis cumplido con creces con vuestra palabra,

yo debo cumplir con la mía.

Aunque saldré perdiendo,

porque por muchas joyas y especias que trajerais,

no serán suficientes

para compensar la marcha de Isabel.

Levantaos.

Podéis ir a saludarla,

pero ella se quedará aquí

hasta que se celebre vuestra unión.

Por supuesto.

Contádselo a vuestros padres...

y mantenedme informada de los preparativos.

Isabel es como una hija para mí...

y como tal debe ser tratada.

Sí, majestad.

(EMOCIONADA)

Pensé que no volverías.

Lo habría hecho a nado si fuera necesario.

Pues, por tu aspecto, parece que lo hiciste arrastrándote.

El caballero Ricardo parece haber perdido los modales.

Discúlpeme, señorita Tansi. Discúlpeme.

Lo siento mucho, caballero,

pero creo que por hoy ya ha sido suficientemente recompensado.

Sí, señora.

Vámonos, Isabel.

Vámonos.

ARNESTO: ¡Madre!

Tienes que hablar con la reina.

O lo haré yo.

-¿Has perdido el juicio? -¡Isabel será mía o de nadie!

Arnesto, no cometas ninguna estupidez.

-Nuestra familia lleva muchos años sirviendo a la Corona con fidelidad,

¿para qué? -Shh.

¡Baja la voz!

La reina ha dado su palabra a Ricardo.

-¡Un inglés católico, aunque la reina no quiera escucharlo!

La reina nos lo debe.

-Hablaré con ella.

CATALINA: Será mejor quemar todas estas ropas.

(SUSPIRA)

¿Y los españoles que vinieron conmigo?

En el salón, esperando.

Les hemos alojado como si fueran de la familia,

como pediste.

Es que realmente lo son.

¿Qué dices?

Sé que os resultará extraño,

pero mis invitados son los padres de Isabel.

El Señor quiso que estuvieran presos en el barco turco que atacamos.

¿Y por qué no lo has dicho antes? Debemos atenderlos como...

¿Y si se oponen al matrimonio?

Ella les fue arrebatada por ti, padre.

Haz... lo que te dicte tu corazón.

Mi corazón lo tiene Isabel, madre.

Pues entonces que sea ella quien decida.

LLeváoslo.

Majestad,

os pido que detengáis la boda de la joven Isabel.

¿Y por qué debería evitar esa boda?

Es por mi hijo, majestad.

Arnesto está enamorado de la española

y sé que es capaz de cualquier locura para conseguirla.

¿Incluso forzar a su madre a humillarse

para conseguir sus objetivos?

Su amor es verdadero, mi reina.

Si no hubiera dado mi palabra

al joven Ricardo, no tendría inconveniente,

pero ya es demasiado tarde.

Podéis retiraros.

Marchaos.

Majestad.

¿Qué le trae a palacio de nuevo, joven enamorado?

Le traigo algo que encontré durante el viaje y que necesitaba enseñaros.

Pero antes, me gustaría pedirle que Isabel estuviera presente.

Llamad a la joven Isabel.

Me tenéis en vilo.

Cuenta, Ricardo.

Majestad, al hacernos con la embarcación de los turcos,

encontramos un grupo de españoles apresados.

Dos de ellos querían llegar a Londres desesperadamente.

El motivo de su viaje me dejó...

maravillado, majestad.

Estoy impaciente.

Entiendo vuestro idioma.

Hablad.

Gracias, majestad.

Sabemos que tiene importantes asuntos que atender,

no le robaremos mucho tiempo.

Hemos venido buscando a nuestra hija,

una niña que fue secuestrada hace años en Cádiz y traída a este reino,

dejándonos sin alma.

Su pelo era negro y suave, y su piel...

entre blanca y dorada.

La joven más bonita de toda la cristiandad, majestad.

¿Y cuál era su nombre?

Isabel, majestad. (SOLLOZA)

Señora,

bien querida debe de ser esa niña...

para que hayáis recorrido medio mundo por ella.

Vuestro valor es encomiable.

Y estoy segura de que Dios, nuestro señor,

que es el mismo aquí que en su tierra,

os ha escuchado,

poniendo en el camino

a este valeroso joven al que debéis la vida...

y que precisamente pensaba casarse

con una preciosa joya...

que está aquí mismo.

Ese lunar...

Gracias, señor.

(LLORANDO) ¡Es ella, Isabel!

¡Isabel!

¡Madre!

¡Isabel!

(LLORAN)

Joven Ricardo,

considérate afortunado de que no te mande azotar.

Gracias, majestad.

Y ahora que se ha producido el emotivo reencuentro,

no podría evitar

que decidieran llevársela a su país.

¿Qué opináis de eso, joven Ricardo?

Que lo acataría, aunque me llevase la muerte, majestad;

si es lo que ella desea, por supuesto.

¿Y qué opinan los padres de Isabel?

¿Dan su consentimiento para que se case?

Si es lo que ella quiere,

aceptaremos de buen gusto.

Será una gran boda, pues.

Enhorabuena, Ricardo.

Arnesto, muchas gracias.

Te has ganado el respeto de la reina

y la mano de Isabel en poco tiempo. Es increíble.

Suerte y ayuda de Dios.

Sí,

porque merecimientos has hecho pocos.

¿Algún problema, Arnesto?

Era yo quien debía acompañar al barón de Lansac...

Sabes que obedecía ordenes de la reina.

...y quien tiene que casarse con Isabel.

¿Qué quieres?

Quiero que demuestres que te la mereces... en duelo conmigo.

En algo estoy de acuerdo contigo.

Y es que no me la merezco,

como tampoco se la merece nadie de este mundo.

Y no tengo nada contra ti, Arnesto.

Cobarde.

(Pasos aproximándose)

(Desenvaina)

¡Arnesto!

(Envaina)

CAMARERA: ¡Venga, vamos!

-Ya ves, es imposible aclarar este asunto aquí,

pero, si eres hombre, me encontrarás;

y si no, te encontraré yo a ti.

¡Te lo juro!

Pero, ¿tú te has vuelto loco?

No sé qué hacer.

Pues tienes que decidirte, te casas mañana.

¡Madre! Llegas justo a tiempo, ayúdanos.

Da igual el que te pongas, vas a estar preciosa.

Tal y como me imaginaba que serías.

-Pues menuda ayuda...

(SUSPIRA) ¡Éste!

Menos mal. Mira que te ha costado, ¿eh?

(ISABEL Y LEONOR RÍEN)

Ay...

Viéndote así,

es como si te fuera a perder otra vez.

Madre, no digas eso.

Perdóname, cariño. Estás tan feliz...

No quiero estropearte este momento.

No nos separaremos nunca más. Nunca. Te lo prometo.

Pues ya sólo queda que los sastres nos vistan también a las madres.

¿Vienes conmigo, Leonor? -Por supuesto.

¿Cómo está Ricardo?

Pues... lo cierto es que no le he visto en todo el día.

Esperemos que llegue a tiempo para la boda.

(Relincho)

Pensaba que no vendrías.

Y yo que no te encontraría.

Nunca me creí tu historia del turco.

Creo que era un plan de los católicos para volver a este país.

¿Católicos?

Todo el mundo conoce vuestras simpatías.

Todos, menos la reina.

Entonces nuestras espadas dirán quién está en lo cierto.

(Música dramática)

(JADEANTE) Habilidoso,

pero no lo suficiente.

Yo no confiaría tanto en tu suerte.

(Golpe)

(Relincho)

-¡Alto!

¡Alto en nombre de la reina!

-¡Ricardo!

¡Ricardo!

¡Traidor... y cobarde!

CLOTALDO: Ricardo,

no lo hagas.

-Esto no acaba aquí.

-Déjalo, ya me ocupo yo.

-Eres la novia más bella de toda Inglaterra.

¿Tú crees?

-Déjanos solas.

Bueno,

ya sólo quedan unas horas para el gran momento.

Sí.

¿Nerviosa?

Un poco, sí.

Bebe un poco.

Te tranquilizará.

Gracias.

Espero que seas muy feliz.

Sí.

Muchas gracias.

¡Majestad!

Isabel...

(LLORA)

Majestad.

La han envenenado, majestad

-Sé quién lo hizo.

¡Isabel!

Majestad... Majestad, ¿qué ocurre? ¿Qué ha pasado, majestad?

Señor, es mejor que descanse.

Por favor, déjenme verla. Por favor, sólo quiero verla.

Tiene que descansar.

¡Por favor, Isabel! ¡Isabel, por favor!

(Música gregoriana)

Has ido demasiado lejos.

¡Deténganla!

Lo hice por el bien de mi reina... y mi país.

Tu celo no justifica

una atrocidad semejante.

(La bandeja golpea el suelo)

(ESTUPEFACTA)

(SOLLOZA)

¡No!

(LLORA)

Isabel había salvado milagrosamente la vida,

pero su bello rostro quedó desfigurado,

quemado.

Por su seguridad, la trasladaron al palacio de Clotaldo.

Isabel... Isabel... Isabel...

La joven se negaba a ver a Ricardo

y él estaba cada vez más desesperado.

Isabel...

Isabel, por favor, ábreme. Soy yo, Ricardo.

Ábreme, Isabel, por favor.

Ya es suficiente.

¡Quiero verla!

Pero señor, ella... Y su cara.

No me importa, ya lo sabes.

Pero a ella sí.

Puede que todavía no esté preparada para verle.

Dele tiempo.

(Música romántica de piano)

El tiempo pasó y, los padres de Ricardo,

tratando de ayudarle y acallar las críticas

por casarlo con una católica española,

decidieron terminar con aquello de forma definitiva.

¿Querías verme?

He escrito a los padres de Clisterna. Vendrán...

Quizá no sea el mejor momento, padre.

Te vas a casar con ella.

No puedes obligarme.

Espero que no sea necesario.

Tu bisabuelo luchó a las órdenes de Enrique VIII.

Tu abuelo tuvo que soportar a la reina María.

Y ahora servimos a la reina Isabel.

¿Y eso qué tiene que ver conmigo?

Todo.

La principal preocupación de un noble es su sucesión.

Y yo sólo te tengo a ti.

Sólo tú puedes asegurar la continuación de nuestro apellido.

He sacrificado mucho por esta familia.

¡También tu madre y yo!

Los escoceses son muy poderosos en el norte.

Clisterna es escocesa, católica...

y de una familia muy influyente.

Y además, ella es muy guapa.

Pero no la amo.

Me da igual, Ricardo. Ya no eres un niño.

¿Y qué pasará con Isabel?

Isabel...

Isabel está enferma.

No podría darte hijos sanos en ese estado.

Cometí un gran error al traerla a esta casa...

y me ocuparé de solucionarlo.

Soy un monstruo.

No digas eso, hija.

Es la verdad.

No tendrían que dejarme salir nunca de esta habitación.

Isabel, he estado hablando con Clotaldo.

Creo que es hora de volver a España, hija mía.

Quizá allí mejores.

-Tu padre tiene razón.

Ricardo se casará con la joven escocesa,

es lo natural. Volvamos a casa.

Pero ésta es mi casa,

es la única que recuerdo.

Pero ahora... ahora es diferente.

Ahora estamos juntos de nuevo.

Te gustará España.

Está bien.

Si Ricardo va a casarse con otra,

entonces me da igual estar encerrada aquí que en otro lugar.

Señor.

¿Qué haces aquí?

Pues esperarle. ¿Qué voy hacer?

¿Cómo le ha ido con Clisterna?

Bien.

Pero, ¿bien bien, o bien de salir corriendo?

He ido por obligación.

Obedecía ordenes de mi padre, nada más.

Lo sé, lo sé,

pero tiene que reconocer que es una chica muy guapa y un rato lista.

Ni una centésima parte que Isabel.

¡Ay, los nobles! Siempre caéis de pie.

Después de una buena oportunidad, os llega otra mejor.

Pero lo menos vosotros tenéis libertad de decidir.

¿Decidir?

Nunca he decidido nada. Ni la hora a la que me levanto ni lo que como,

ni la ropa que tengo que llevar. Nada.

Lo siento, perdona. Tienes razón.

No se moleste, señor.

Gracias.

(SUSPIRA)

Yo le aprecio como señor,

pero usted manda y yo obedezco. Las cosas son así.

¿De qué se queja? Lo tiene todo.

Es que no dejo de pensar en ella.

Todos sentimos lo ocurrido, pero hay que mirar hacia delante, al futuro.

La he traicionado. Si es que todo es culpa mía, todo.

En todo caso, será culpa de su padre, que fue quien la trajo.

Ahora todo se va a arreglar, Isabel regresa a España con su familia.

¿Cómo? ¿Cómo que regresa a España?

Sí, oí cómo lo decían sus padres. Se van mañana.

Es lo mejor para todos. Ha sido muy generosa quitándose de en medio.

(Se abre puerta)

Isabel.

¡Vete!

Tranquila, tranquila.

¡Vete! ¡Vete de aquí!

¡Ricardo, no me mires! ¡Vete!

Isabel, de verdad que no... Que yo sólo quería decirte...

¡No tenemos nada de que hablar! ¡Vete!

O sea, que es verdad que me has engañado.

¿Yo?

¿Yo te he engañado?

Sí.

Dijiste que me amarías siempre y ya ni siquiera puedo hablar contigo.

Te vas a casar con otra, Ricardo.

Isabel, por favor, déjame verte.

Isabel, déjame verte por última vez. Te lo pido.

Isabel, tranquila.

Por favor.

(SOLLOZA)

Soy un monstruo.

No.

Para mí sigues siendo la mujer más bella de este mundo.

Ricardo,

¿qué voy a hacer? (LLORA)

Nada, Isabel.

Y nada ha cambiado en mí.

Yo deseo casarme contigo.

Si tú quieres, claro.

Sí,

quiero.

Isabel,

oigas lo que oigas y pase lo que pase, de verdad, confía en mí.

¿De acuerdo?

Sí.

Escúchame.

CATALINA: Eres un bruto.

Sólo le dejé las cosas claras.

Si le obligas a casarse, será capaz de todo.

Buenos días, madre.

Padre.

¿Estás...?

¿Estás bien?

Sí, he dormido estupendamente.

¿Tenemos caza? ¿Venado?

¿Ahora tienes antojos?

-¿Se puede saber cuál es el misterio, hijo?

Padre tenía razón. Hoy anunciaré mi compromiso con Clisterna.

Pero, ¿cómo avisas con tan poco tiempo?

¿Dónde están los lacayos? Hay que prepararlo todo.

Madre, tranquila.

Antes de casarme, deseo hacer algo.

Quiero ir a Roma,

postrarme ante el Pontífice y confesar mis pecados.

Después de lo ocurrido, es algo que necesito.

Bien.

Bien, creo que has tomado una decisión muy valiente.

Gracias, padre.

Llevarás algunas de nuestras joyas ante el Papa

en nuestro nombre.

¿Cuándo partirás?

Mañana. Cuánto antes salga, antes volveré.

(Se abre puerta)

Sólo queríamos despedirnos,

nuestro barco zarpa en unas horas.

Gracias por devolvernos a nuestra hija.

-Gracias a vosotros.

Yo...

Yo nunca debí hacer lo que hice.

Mis disculpas... nuevamente.

-Nunca debió suceder,

pero lo importante es que estamos juntos de nuevo.

Isabel...

Sabes que te he querido como a una hija.

Lo sé.

No se preocupe, doña Catalina, estaré bien.

DIEGO: Enhorabuena por tu boda.

Gracias. Y que tengan un feliz viaje.

Isabel.

Adiós.

La reina, quiere vernos.

A mi camarera mayor...

la desposeo de todos sus títulos

y la condeno a pagar

diez mil ducados para Isabel,

que es la verdadera víctima.

Al conde Arnesto,

por el desafío,

lo destierro por seis años de Inglaterra.

¡Majestad, por favor! Seis años es demasiado tiempo.

¡Callad!

Conserváis la cabeza por los años que servisteis a mi lado,

pero no tentéis a la suerte.

¿Satisfechos?

Su majestad... ha sabido ser dura

y compasiva al mismo tiempo,

como siempre.

Pues que así sea.

Da igual donde te escondas, juro que te mataré.

Te estaré esperando.

(Música dramática)

Y la joven Isabel regresó a Sevilla con sus padres,

guardando para sí

el secreto pacto que había firmado con Ricardo.

¡Isabel!

Sabedores del sufrimiento de su hija,

sus padres retiraron todos los espejos de la casa,

temerosos de que, al verse de nuevo,

pudiera perder el juicio.

Isabel estaba encerrada de nuevo,

con la única alegría de compartir sus desdichas

con su prima Clara,

religiosa de un convento cercano.

Una vez cumplida la palabra

de confesarse con el Papa en el Vaticano

y habiéndole entregado las joyas que sus padres le dieran,

Ricardo y Guillarte

iniciaron el largo camino de vuelta.

Y la Plaza de San Pedro, ¿qué me dice?

Impresionante toda esa gente.

Nunca había visto tanta humanidad junta y tan distinta.

Ya verá cuando volvamos a Londres, no se lo van a creer.

Yo no volveré a Londres.

¿Qué dice, señor? Le espera una boda estupenda. ¿Se está acobardando?

No.

Me voy a España para reunirme con Isabel, embarcaré en Génova.

¿Isabel? ¿España? Pero, ¿se ha vuelto loco?

Nos vamos a casar, lo juré ante Dios. Y tú se lo dirás a mis padres.

Y luego serás libre para hacer lo que quieras.

No, señor, no puede ser.

Sí que puede ser, sí que puede ser. Escúchame, Guillarte.

La quiero con toda mi alma.

Y si no juntos en esta vida, estaremos en la otra.

Iré con usted.

Juré que te protegería y es lo que voy a hacer.

Cuando se reúna con Isabel,

ya veremos.

Gracias.

Y ahora comamos, nos espera un largo viaje.

Sí, señor.

-¡Isabel, traen cajas de Londres! ¡Corre!

¡Corre!

¿Qué pasa?

Son regalos de la reina de Inglaterra, los envía para ti.

¿Hay cartas?

No, hay joyas,

paños de seda, especias, vestidos...

Hasta cristalería de Bohemia.

-Y un pagaré de diez mil ducados,

como compensación de lo que te hizo la camarera mayor.

-Deberían haber colgado a esa bruja.

Con esto, no volveremos a pasar penurias nunca más.

Podré volver a mi antiguo negocio de mercader.

LEONOR: ¿Lo oyes, Isabel?

¿Estás contenta?

Era éste, ¿verdad?

¿Tu vestido?

Sí.

(OFF) Es el que me pusieron cuando me presentaron a la reina.

LEONOR: Debías de estar guapísima.

Pruébatelo.

No, no, no.

Isabel, por favor, hazlo por mí.

Yo no te lo vi puesto aquel día.

Debiste de dejarlos a todos impresionados aquel día.

Ese día no llevaba este velo ni estas vendas.

Quítatelo todo. ¡Traed un espejo de mi alcoba!

¡No, no, no, madre! Es ridículo. Por favor, es ridículo.

Isabel... Isabel, eres mi hija.

Déjame verte.

(SUSURRANDO) Déjame verte.

¡Dios mío, Isabel!

¿Tan mal estoy?

Dejadlo ahí.

Ven conmigo.

Ven.

(EMOCIONADA) Mírate, estás preciosa.

¡Es un milagro!

Es un milagro.

¡Madre!

(LLORANDO) ¡Madre!

¡No tendrás que esconderte nunca más!

Nunca más.

(Disparo de arcabuz)

(Griterío lejano)

(Choque de espadas)

¡Señor!

¡Señor, nos atacan! ¡Los turcos!

¡Mierda!

Tu espada, ¿dónde está? ¡Vamos!

LEONOR: Isabel, ven.

Te presento a Ana María de Guzmán y a su hijo,

José Pérez de Guzmán, señor de Vejer.

ANA MARÍA: En persona eres aún más guapa de lo que me dijeron.

Ahora queda comprobar si estarás a la altura de tanta responsabilidad.

-Puede que sea yo quien no esté a la altura, madre.

LEONOR: Lo estará, se lo aseguro.

-Tenemos que irnos.

Aún es pronto, pero la catedral me parece el lugar más indicado

para un evento de tanta importancia.

Y...

ya organizaremos eventos para que os vayáis conociendo, hijo,

que veo en ti esa mirada ardiente que tenía tu padre

hace ya mucho tiempo.

-Estaré encantado de llevarla a conocer nuestras tierras.

-Leonor. -Ana María.

Leonor.

Isabel.

Madre, ¿qué está pasando? ¿Qué es esto?

¿Esto?

Esto se llama suerte, hija mía.

Es una de las más grandes familias del reino.

Y el joven José es guapo y cortés.

No puedo casarme.

¿Y eso por qué?

Madre, antes de volver de Inglaterra,

Ricardo me juró que vendría a buscarme

y yo le juré que le esperaría.

¿Qué dices?

Qué partió a Roma para escapar de su casa.

Nos dimos el plazo de dos años.

Y no veo el momento de volver a estar con él otra vez.

¿Y si no viene?

Hija mía,

los hombres tienen mala memoria para las promesas.

Vendrá.

Estoy segura, vendrá.

No puedes poner en riesgo tu futuro por una simple promesa.

Y casi se ha cumplido el plazo que te dio.

No puedes obligarme a casarme con alguien que no quiero.

¡No puedes!

Está bien, respetaremos tu promesa.

Pero si Ricardo no aparece, que es lo que va a suceder,

te casarás con José.

¿Qué?

¡Y no se hable más!

Algún día entenderás

que lo hago por tu felicidad. 01:27:22.559 --> 01:27:24.320 (JADEA DE CANSANCIO)

Guillarte, vamos a escapar.

Escúchame bien. En cuanto salgamos de aquí, cogemos los caballos.

Estaremos más o menos a una hora del puerto

y ahí nuestros hermanos trinitarios siempre tienen un barco.

¿Después de lo que hemos pasado?

(JADEANTE) ¿Cómo vamos a escapar?

CARRETERO: ¡Arre! ¡Arre!

¡Ahora!

(GRITA EN ÁRABE)

¡Ricardo!

(GRITA RESIGNADO)

Le ha pasado algo, lo sé.

Deberías quitártelo de la cabeza,

porque no se puede ser mujer de dos hombres, Isabel.

Me lo juró,

me dijo que vendría.

Piensa un poco, prima mía.

Ha tenido tiempo de sobra para hacerlo, aunque fuera andando.

Y José es un buen hombre y muy buen cristiano.

Vas a tener muchos hijos con él, ya verás.

Va a venir, va a venir, va a venir.

Va a venir.

(Canción triste en árabe)

Tranquilo, Guillarte.

Teníamos que haber luchado hasta morir, señor.

Eso ya da igual.

Lo siento, Isabel.

Lo siento.

¡Infieles!

Como sabéis, la pena por fugarse está castigada con la muerte,

salvo que alguno de los presentes quiera pagar por vuestras vidas.

¡Espero que sirva de escarmiento para todos!

Mírame, mírame.

Estoy aquí, estoy aquí contigo.

Estoy aquí contigo, mírame.

(GRITA EN ÁRABE)

(Hachazo)

(LLORA)

(HOMBRE HABLA EN ÁRABE)

¿Me reconoces?

(SORPRENDIDO) Tú eres el capitán de la galera que apresé hace años.

Alá ha querido que nos volvamos a encontrar.

Sí,

te recuerdo.

Combatiste con honor.

Creo que mi Dios te envía para ponerme a prueba.

Y si tu Dios me liberó,

el mío no será menos.

Sois libre.

Gracias.

GUILLARTE: Gracias.

De ese modo, el destino premió las buenas obras de Ricardo

o quizá, simplemente,

estaba alargando su sufrimiento.

Los dos jóvenes ingleses

embarcaron rumbo a España.

Las esperanzas de la joven Isabel

se desvanecían con las horas

y la boda con el joven José parecía algo inminente.

LEONOR: Súbele un poco más. Así.

Cuidado con la puntilla, ¿eh?

Todo estaba preparado para la boda.

LEONOR: Irá sin velo,

mi hija no llevará velo nunca más.

PESCADERA: ¡"Pescaíto" rico, "pescaíto" barato!

¡Mira qué barato lo tengo!

¡"Pescaíto" fresco, "pescaíto" rico!

¡Mira qué barato lo tengo!

-¡Al fin tierra firme, señor!

¡No me lo puedo creer, lo hemos conseguido!

Aún queda mucho camino.

Sí, necesitaremos caballos y armas.

(Bullicio de mercado)

Guillarte.

¿Sí, señor?

¿Y si Isabel está con... con otro hombre?

Es que no podré decirle nada, no podré recriminarle nada.

Isabel le estará esperando, estoy seguro.

¡No hemos recorrido medio mundo para nada!

-¡Ricardo!

(ESTUPEFACTO) Arnesto...

Meses siguiendo tus pasos,

preguntando por ti en cada puerto.

Arnesto, esto no tiene sentido. Ya ha pasado mucho tiempo.

Tú me quitaste todo lo que tenía.

Ahora me toca a mí.

GUILLARTE: ¡No!

-Tú le dirás a todo el mundo que he cumplido mi venganza.

-¡Señor!

¡Señor!

¡Ayuda, no se nadar!

¡Señor!

CLARA: La boda es dentro de una semana.

¿No te sientes dichosa?

José es un buen hombre, te quiere con locura.

LEONOR: ¡Isabel!

Isabel, ha llegado una carta de Londres.

¡Una carta de Londres!

¡Isabel, espera!

¡Isabel!

¿Es Ricardo? ¿Va a venir?

Es de Catalina, Isabel.

(LEE) "Hija de mi alma: Guillarte, el paje de Ricardo,

entró en nuestra casa ayer mismo con una...

triste noticia."

CATALINA: "Arnesto ha acabado con la vida

de nuestro hijo Ricardo,

cuando pretendía ir a España para casarse contigo.

Nuestro dolor es infinito,

como nos imaginamos que será el tuyo

cuando leas esto.

Te pedimos que reces por su alma, así como nosotros rezamos,

porque tanto tú como tus padres

tengáis una larga vida."

¡No!

Sé que es una terrible noticia,

pero la vida sigue.

También para ti.

Isabel no tuvo duda de que era cierto

y, teniéndose por viuda, renunció al matrimonio;

y, muy a pesar de sus padres,

decidió tomar los votos,

ingresando en el mismo convento que su prima Clara.

(Campanas)

Tras seis meses de encierro y ejercicios religiosos,

llegó el día de ponerse el hábito.

La noticia se había extendido por la ciudad de Sevilla

y las calles se llenaron de curiosos

que, conociendo la historia,

querían contemplar por última vez

la belleza de Isabel,

"La española inglesa".

¡Detente, Isabel!

No te encerrarás en un convento mientras yo siga vivo.

Isabel. (SUSPIRA)

¡Eres un fantasma!

No,

soy yo. (RÍE)

¡Ricardo!

Pero... Pero estabas muerto,

lo decía la carta.

Muerto para todos, menos para ti, Isabel.

Después de que Arnesto me disparara, me arrastró la corriente

y tuve la fortuna de quedarme enganchado en unas redes.

Después desperté en casa de unos pescadores.

¡Benditos sean!

Benditos sean, claro que sí.

Isabel, te lo prometí

y he cumplido mi palabra.

Isabel,

¿querrás aún ser mi esposa?

Sí, por supuesto.

Si eres la mitad de mi alma y mi verdadero esposo.

Y te llevo grabado profundamente en mi corazón.

HOMBRE: ¡Viva "La española inglesa"! TODOS: ¡Viva!

"La boda de Ricardo e Isabel

todavía se recuerda en Sevilla por su esplendor,

tanto, como por la belleza de la joven Isabel,

que, con ayuda de Ricardo, mostró

cuánto puede la virtud y cuánto la hermosura

cuando van juntas;

y de cómo el cielo

sabe sacar de las mayores adversidades

nuestros mayores provechos."ÿ

Y bien,

¿qué les parece?ÿ

DON JUAN: Bueno, yo diría...ÿ -Felicidades, don Miguel.

Estoy sobrecogido.ÿ

-Sí, sí, eso quería decir yo también.

Que la obraÿtiene calidad, está fuera de toda duda, pero...

poner en marcha la imprenta para tan pocas páginas, pues...

-Tiene razón don Juan.

Desde luego, no sería un negocio rentable.ÿ

Les daré más, descuiden,

pero que conste que estas letras son mías propias,

no imitadas ni hurtadas.

Mi ingenio las engendró, las parió mi pluma,

e irán creciendo en los brazos de la imprenta.

¡Primero el dinero!

A medida que usted las vaya pagando,

yo las iré entregando.

Yo adelantaré el pago de éstas.ÿ

-(LEE) "Novelas ejemplares".

Les va a encantar a las damas de la corte.

Pasaremos cuentas, don Pedro.

Señores, un placer.

(Bolsa con dinero)

Así podrán cenar a gusto usted

y todas las mujeres de su familia,

(IRÓNICO) que no son pocas.

Gracias, don Pedro.ÿ

(TOSE)

(Sopla un viento frío)

Puesto el pie en el estribo,

con las ansias de la muerte,

gran Señor, ésta te escribo.

El tiempo es breve,

las ansias crecen,

las esperanzas menguan...

y, con todo esto,

llevo la vida sobre el deseo que tengo...

de vivir. 01:27:22.559 --> 01:27:24.320 (JADEA DE CANSANCIO)

Guillarte, vamos a escapar.

Escúchame bien. En cuanto salgamos de aquí, cogemos los caballos.

Estaremos más o menos a una hora del puerto

y ahí nuestros hermanos trinitarios siempre tienen un barco.

¿Después de lo que hemos pasado?

(JADEANTE) ¿Cómo vamos a escapar?

CARRETERO: ¡Arre! ¡Arre!

¡Ahora!

(GRITA EN ÁRABE)

¡Ricardo!

(GRITA RESIGNADO)

Le ha pasado algo, lo sé.

Deberías quitártelo de la cabeza,

porque no se puede ser mujer de dos hombres, Isabel.

Me lo juró,

me dijo que vendría.

Piensa un poco, prima mía.

Ha tenido tiempo de sobra para hacerlo, aunque fuera andando.

Y José es un buen hombre y muy buen cristiano.

Vas a tener muchos hijos con él, ya verás.

Va a venir, va a venir, va a venir.

Va a venir.

(Canción triste en árabe)

Tranquilo, Guillarte.

Teníamos que haber luchado hasta morir, señor.

Eso ya da igual.

Lo siento, Isabel.

Lo siento.

¡Infieles!

Como sabéis, la pena por fugarse está castigada con la muerte,

salvo que alguno de los presentes quiera pagar por vuestras vidas.

¡Espero que sirva de escarmiento para todos!

Mírame, mírame.

Estoy aquí, estoy aquí contigo.

Estoy aquí contigo, mírame.

(GRITA EN ÁRABE)

(Hachazo)

(LLORA)

(HOMBRE HABLA EN ÁRABE)

¿Me reconoces?

(SORPRENDIDO) Tú eres el capitán de la galera que apresé hace años.

Alá ha querido que nos volvamos a encontrar.

Sí,

te recuerdo.

Combatiste con honor.

Creo que mi Dios te envía para ponerme a prueba.

Y si tu Dios me liberó,

el mío no será menos.

Sois libre.

Gracias.

GUILLARTE: Gracias.

De ese modo, el destino premió las buenas obras de Ricardo

o quizá, simplemente,

estaba alargando su sufrimiento.

Los dos jóvenes ingleses

embarcaron rumbo a España.

Las esperanzas de la joven Isabel

se desvanecían con las horas

y la boda con el joven José parecía algo inminente.

LEONOR: Súbele un poco más. Así.

Cuidado con la puntilla, ¿eh?

Todo estaba preparado para la boda.

LEONOR: Irá sin velo,

mi hija no llevará velo nunca más.

PESCADERA: ¡"Pescaíto" rico, "pescaíto" barato!

¡Mira qué barato lo tengo!

¡"Pescaíto" fresco, "pescaíto" rico!

¡Mira qué barato lo tengo!

-¡Al fin tierra firme, señor!

¡No me lo puedo creer, lo hemos conseguido!

Aún queda mucho camino.

Sí, necesitaremos caballos y armas.

(Bullicio de mercado)

Guillarte.

¿Sí, señor?

¿Y si Isabel está con... con otro hombre?

Es que no podré decirle nada, no podré recriminarle nada.

Isabel le estará esperando, estoy seguro.

¡No hemos recorrido medio mundo para nada!

-¡Ricardo!

(ESTUPEFACTO) Arnesto...

Meses siguiendo tus pasos,

preguntando por ti en cada puerto.

Arnesto, esto no tiene sentido. Ya ha pasado mucho tiempo.

Tú me quitaste todo lo que tenía.

Ahora me toca a mí.

GUILLARTE: ¡No!

-Tú le dirás a todo el mundo que he cumplido mi venganza.

-¡Señor!

¡Señor!

¡Ayuda, no se nadar!

¡Señor!

CLARA: La boda es dentro de una semana.

¿No te sientes dichosa?

José es un buen hombre, te quiere con locura.

LEONOR: ¡Isabel!

Isabel, ha llegado una carta de Londres.

¡Una carta de Londres!

¡Isabel, espera!

¡Isabel!

¿Es Ricardo? ¿Va a venir?

Es de Catalina, Isabel.

(LEE) "Hija de mi alma: Guillarte, el paje de Ricardo,

entró en nuestra casa ayer mismo con una...

triste noticia."

CATALINA: "Arnesto ha acabado con la vida

de nuestro hijo Ricardo,

cuando pretendía ir a España para casarse contigo.

Nuestro dolor es infinito,

como nos imaginamos que será el tuyo

cuando leas esto.

Te pedimos que reces por su alma, así como nosotros rezamos,

porque tanto tú como tus padres

tengáis una larga vida."

¡No!

Sé que es una terrible noticia,

pero la vida sigue.

También para ti.

Isabel no tuvo duda de que era cierto

y, teniéndose por viuda, renunció al matrimonio;

y, muy a pesar de sus padres,

decidió tomar los votos,

ingresando en el mismo convento que su prima Clara.

(Campanas)

Tras seis meses de encierro y ejercicios religiosos,

llegó el día de ponerse el hábito.

La noticia se había extendido por la ciudad de Sevilla

y las calles se llenaron de curiosos

que, conociendo la historia,

querían contemplar por última vez

la belleza de Isabel,

"La española inglesa".

¡Detente, Isabel!

No te encerrarás en un convento mientras yo siga vivo.

Isabel. (SUSPIRA)

¡Eres un fantasma!

No,

soy yo. (RÍE)

¡Ricardo!

Pero... Pero estabas muerto,

lo decía la carta.

Muerto para todos, menos para ti, Isabel.

Después de que Arnesto me disparara, me arrastró la corriente

y tuve la fortuna de quedarme enganchado en unas redes.

Después desperté en casa de unos pescadores.

¡Benditos sean!

Benditos sean, claro que sí.

Isabel, te lo prometí

y he cumplido mi palabra.

Isabel,

¿querrás aún ser mi esposa?

Sí, por supuesto.

Si eres la mitad de mi alma y mi verdadero esposo.

Y te llevo grabado profundamente en mi corazón.

HOMBRE: ¡Viva "La española inglesa"! TODOS: ¡Viva!

"La boda de Ricardo e Isabel

todavía se recuerda en Sevilla por su esplendor,

tanto, como por la belleza de la joven Isabel,

que, con ayuda de Ricardo, mostró

cuánto puede la virtud y cuánto la hermosura

cuando van juntas;

y de cómo el cielo

sabe sacar de las mayores adversidades

nuestros mayores provechos."ÿ

Y bien,

¿qué les parece?ÿ

DON JUAN: Bueno, yo diría...ÿ -Felicidades, don Miguel.

Estoy sobrecogido.ÿ

-Sí, sí, eso quería decir yo también.

Que la obraÿtiene calidad, está fuera de toda duda, pero...

poner en marcha la imprenta para tan pocas páginas, pues...

-Tiene razón don Juan.

Desde luego, no sería un negocio rentable.ÿ

Les daré más, descuiden,

pero que conste que estas letras son mías propias,

no imitadas ni hurtadas.

Mi ingenio las engendró, las parió mi pluma,

e irán creciendo en los brazos de la imprenta.

¡Primero el dinero!

A medida que usted las vaya pagando,

yo las iré entregando.

Yo adelantaré el pago de éstas.ÿ

-(LEE) "Novelas ejemplares".

Les va a encantar a las damas de la corte.

Pasaremos cuentas, don Pedro.

Señores, un placer.

(Bolsa con dinero)

Así podrán cenar a gusto usted

y todas las mujeres de su familia,

(IRÓNICO) que no son pocas.

Gracias, don Pedro.ÿ

(TOSE)

(Sopla un viento frío)

Puesto el pie en el estribo,

con las ansias de la muerte,

gran Señor, ésta te escribo.

El tiempo es breve,

las ansias crecen,

las esperanzas menguan...

y, con todo esto,

llevo la vida sobre el deseo que tengo...

de vivir.

La española inglesa

10 nov 2015

Los últimos 4 programas de La española inglesa

  • Ver Miniaturas Ver Miniaturas
  • Ver Listado Ver Listado
Buscar por:
Por fechas
Por tipo
Todos los vídeos y audios

Programas relacionados