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Para todos los públicos Grandes documentales - La ruta de la seda, capítulo 1 - ver ahora
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Esta es la historia de una ruta comercial que cambió el mundo.

Una ruta de más de 8000 kilómetros de recorrido.

Comenzó con una sola mercancía,

un material obtenido del capullo de una polilla

que llegaría a convertirse en vestimenta de emperadores.

Esta... era la Ruta de la Seda.

Desde la antigua capital de China, pasando por toda Asia Central,

por ciudades míticas como Samarcanda o Persépolis,

hasta llegar a los bazares de Estambul,

a los mercaderes de Venecia.

Atravesaba desiertos y oasis.

En la Ruta de la Seda voy a visitar los tesoros de Irán,

que vuelven a mostrarse a viajeros como yo.

Creo que he podido ser un mercader iraní en una vida anterior.

La ruta cruzaba valles y pasos de montaña.

Desde Alejandro Magno hasta Gengis Kan,

emperadores y princesas lucharon por tener el control

de la Ruta de la Seda. Merecía la pena luchar por ella.

A lo largo de sus miles de kilómetros

podía ganarse mucho dinero; pero las gentes no solo compraban

e intercambiaban mercancías, también ideas y técnicas,

de las cuales iba a depender un día Europa occidental:

el papel, la pólvora... y los instrumentos musicales.

La Ruta de la Seda cruzaba fronteras,

ponía en contacto culturas y generaba conflictos.

En este episodio viajaré a lo largo de más de 3000 kilómetros,

siguiendo los pasos de un antiguo emisario chino,

el primero en hacer posible la Ruta de la Seda.

Visitaré a la diosa que descubrió la seda, y averiguaré

que ni la muerte paraba los negocios de esta ruta.

Esperaba cobrar estos préstamos... en la otra vida.

"La Ruta de la Seda".

Soy historiador y, Venecia siempre ha ejercido

una fascinación especial sobre mí.

No solo ocupa un lugar fundamental, en la historia de Europa,

sino que además tiene algo extraño, un halo misterioso.

Charles Dickens la describió una vez como una alucinación.

Cuando vino aquí en el año 1844,

confirmó su impresión de que de alguna extraña manera,

Venecia no tenía nada de europea,;

era una ciudad oriental “preocupada por los enloquecidos

y lujosos caprichos de Oriente”, según sus propias palabras.

Escribió a un amigo: "Las visiones más increíbles

de "Las mil y una noches" no son nada comparadas

con la plaza de San Marcos. Ni el opio podría crear

un lugar semejante".

Donde quiera que mirara, veía Oriente.

Por todas partes, ventanas que remitían al mundo árabe

Venecia está llena de rastros del comercio

en el que se basaba su riqueza;

reminiscencias de una red de conexiones comerciales

que hoy se conoce como la Ruta de la Seda.

En una época, recorría toda la costa del mar Mediterráneo y, se adentraba

en el corazón mismo de Asia.

Identificado los rastros visibles, te los encuentras por todas partes.

El Palacio Ducal, en la plaza de San Marcos.

Los ornamentos de la línea del techo y el patrón recurrente

de cuadrados en su fachada....

no son desde luego motivos europeos.

Están basados en estilos arquitectónicos musulmanes.

Al norte del Gran Canal, cerca ya del extremo de Venecia,

nos encontramos con esto:

¿A ustedes les parece italiano? Yo diría que no.

Estatuas como esta anunciaban la presencia de personas

que comerciaban con productos y artículos exóticos

que no pertenecían a Europa, sino a un mundo completamente distinto.

Al volver la esquina nos encontramos con un tipo de aspecto curtido,

con una extraña nariz metálica y un fardo cargado al hombro.

Una inscripción medio borrada, dice: "rabarbaro",

la palabra en italiano para el ruibarbo,

una planta que llegó procedente de China.

Sin la Ruta de la Seda, no habría tarta de ruibarbo.

Y esta es mi preferida.

Una casa que, según cuenta la leyenda,

fue construida por tres hermanos moros en torno al 1120.

El Palacio Mastelli, o Palacio del Camello.

Pero no es solo una cuestión de adornos y tallados;

está bajo la piel de esta antigua ciudad.

El comercio casi siempre va más allá del acuerdo económico.

Cuando me alejo con unos cuencos chinos, un barril de pólvora,

una resma de papel o un texto que explica

los principios del álgebra, es evidente que me estoy llevando

algo más que esos objetos mismos: me llevo ideas.

Ideas que pueden cambiar mi vida o la de mi país,

a veces de una manera radical., esté o no dispuesto a admitirlo.

Por tanto, me pregunto: ¿Cuánto le deben exactamente,

Venecia y el resto de Europa, a la Ruta de la Seda?

Voy a emprender un viaje desde China cruzando toda Asia Central,

a través de Irán hasta Turquía, y de ahí volveré aquí, a Venecia.

Un recorrido muy parecido al que hizo Marco Polo,

el extraordinario comerciante, explorador

y escritor de viajes veneciano, hace más de 700 años.

Cuando Marco Polo regresó a esta gran ciudad

escribió un libro. Yo he decidido llevarme uno para escribir

durante el viaje, mi diario.

Va a ser un álbum de recortes, con fotografías de los lugares

y las personas que vaya conociendo. Además, incluiré algunos dibujos

de las gentes y las criaturas que espero encontrarme.

Dibujos de princesas, de conquistadores...

Estas páginas están en blanco, pero vengan conmigo

y verán cómo las voy llenando. Y lo primero que voy a poner aquí

es un mapa.

Esto... es China, y aquí...

es donde empieza mi viaje, en una ciudad

de 3000 años de antigüedad que durante una época fue su capital

Xi'an.

Cada tarde, en la antigua ciudad de Xi'an,

el mercado cobra vida.

Xi'an fue desde siempre el punto de partida

de la Ruta de la Seda.

Sus calles son bulliciosas y estrechas,

pero me siento un poco como Charles Dickens en Venecia:

no tengo muy claro dónde me encuentro.

Veo escritura china por todas partes,

pero China y su comida son difíciles de encontrar.

Kebab de cordero; yo diría que más bien es cocina turca.

Mire adonde mire, hay hombres con el clásico gorro islámico.

Y no es una novedad ni responde a una ola reciente de inmigración.

Estarán de acuerdo conmigo en que mi confusión

era bastante comprensible.

El hecho de que aquí se asiente una comunidad musulmana

desde el siglo octavo se debe enteramente a la Ruta de la Seda,

a las líneas de comercio y comunicación que estableció.

Los musulmanes que vinieron aquí no eran ni turistas ni esclavos,

eran comerciantes.

Todo lo que me rodea en la antigua ciudad de Xi'an

es un mundo creado por la Ruta de la Seda.

El mercado, el comercio...

Y me recuerda que la sociedad de consumo no es una novedad.

Incluso algo tan sencillo como esto:

porcelana blanca con adornos azules.

La porcelana china era increíblemente fina,

pero más adelante, en la Ruta de la Seda,

encontraré versiones locales de una arcilla inferior, más basta,

pero con las mismas líneas básicas, y los mismos motivos decorativos.

Solo en este objeto podemos ver la influencia que tuvo

la Ruta de la Seda.

En la Ruta de la Seda todo se vende,

y adonde va el comercio le sigue la cultura.

A la mañana siguiente no hay actividad comercial en el mercado.

En los jardines contiguos, el mundo vuelve a parecer chino.

¿Qué puede haber más chino que esta colección de edificios?

Estos aleros, estos tejados,...

este dragón...

Pero, al llegar al edificio más grande en medio de estos jardines,

más plano que los demás pero aun así con un aspecto muy chino,

me encuentro con esto:

es una mezquita, la Gran Mezquita de Xi'an.

Siempre hubo una aquí desde el siglo octavo.

A pesar de los mensajes contradictorios,

debe de ser una de las más grandes que haya visto.

Ha superado mi capacidad de asombro;

por fuera es una cosa, por dentro...,

otra.

El comercio trajo a estas gentes aquí,

y la religión vino con ellas de forma tan inevitable y natural

como su equipaje. China era como un imán

para los comerciantes. Durante más de un milenio

fue un lugar de innovaciones e inventos.

Y, con una regularidad que, como occidental,

creo que debo tomármelo como algo personal.

Idearon cosas una y otra vez;

cientos de años antes de que lo hiciéramos nosotros.

Aún estoy en Xi'an visitando un museo dedicado

a uno solo de estos inventos tan trascendentales. ¿Pero a cuál?

No podemos deducirlo a primera vista.

Primero vemos a este hombre afanándose en aplastar con los pies

un montón de materia vegetal humedecida.

Luego pasa el trabajo a estas damas,

que retiran los últimos restos de corteza.

Y al final, un hombre lo vapulea en un baño

hasta que se deshace por completo. ¿Cuál es el objetivo final?

¡Ah! Es papel.

Uno de esos inventos que parecen tan evidentes después de tenerlos.

China podría haber creado el papel antes de Jesucristo

para envolver medicamentos; la escritura fue posterior.

Pero los relatos oficiales cuentan que se inventó en el año 105

después de Cristo, y citan a su inventor.

Fue un eunuco de la corte, un funcionario llamado Cai Lun.

Entre el funcionariado civil chino, carecer de testículos

se consideraba una ventaja; tenías menos distracciones.

Cai Lun estaba completamente dedicado a su profesión.

Se ha dicho que se atribuyó el mérito de un invento

que no era suyo, pero lo cierto es que fue ascendido

y, que se le ha recordado desde entonces.

Aquí tenemos una estatua reciente de él.

Como el papel, en China se inventaron otras muchas cosas

que después viajaron por la Ruta de la Seda

y transformaron la vida europea: anto en lo relativamente trivial,

la sombrilla, como en lo fundamental: la imprenta.

También la pólvora, la brújula modelos de puentes colgantes,

bombas extractoras, técnicas de perforación,

ventiladores, carretillas, ballestas, cometas,

la fundición del hierro, esclusas...

Ya establecida la Ruta de la Seda, hubo momentos trascendentales

de intercambio de ideas y mercancías El papel, por ejemplo.

Hasta el año 751, era una técnica exclusivamente china.

Entonces, fuerzas chinas y musulmanas se enfrentaron

en una batalla muy lejos de las fronteras occidentales chinas

en Talas. Los chinos fueron derrotados

y, entre los capturados, había un grupo de fabricantes de papel.

Al cabo de 50 años ya se fabricaba papel en Bagdad,

aunque no llegaría a Europa hasta el siglo XII.

Nada de esto habría sucedido sin la Ruta de la Seda,

y eso fue posible cuando China se convirtió

en un reino unificado.

En Xi'an se encuentra el Ejército de Terracota,

cuya construcción fue ordenada por el hombre responsable

de la creación de la China en el siglo tercero antes de Cristo.

China fue así llamada en su honor. Era el emperador Chin.

Al morir, en el 210 antes de Cristo,

toda su guardia de arcilla estaba lista para ser instalada

en una elaborada tumba. Ocho mil figuras de tamaño real,

130 carros, 600 caballos.

Arte y poder unidos.

Hace ya tiempo que se posó el polvo de la obra de construcción

del Ejército, pero esta empresa de Xi'an se dedica a hacer

réplicas exactas, usando arcilla roja de las mismas canteras.

Podríamos trasladarnos perfectamente al siglo tercero antes de Cristo.

El emperador Chin acaba de morir, todavía hay gente trabajando

en las últimas filas de su guardia funeraria.

Se intentó deliberadamente reflejar una diversidad de rostros.

Miren sus ojos.

He aquí un aguerrido veterano de las guerras de la conquista.

Y aquí, un hombre joven que acaba de alistarse.

Estos son soldados que defraudaron al emperador.

Y aquí, la figura del propio emperador.

Hay más que un asomo de autocomplacencia, ¿no creen?

Si suponemos que las caras de todos los soldados eran retratos,

quizá, esta también lo fuera.

Tal vez se conserve algún rasgo del hombre

que obligó por primera vez a China, a pesar de ella misma,

a convertirse en un solo reino. Y naturalmente, en la vida real,

estas túnicas eran de seda.

Por el Ejército de Terracota sabemos que la unificación

no fue accidental, sino que se logró por la fuerza de las armas.

Incluso después de muerto, el emperador quiso dejar

un recordatorio de que China estaba armada hasta los dientes

y de que él y sus sucesores aspiraban a más.

Nada es suficiente.

La corte del emperador Chin era peligrosa.

En una ocasión, un consejero despedido

huyó dejando este comentario:

"El rey de China es como un ave de presa.

No cabe esperar ninguna compasión de él. Tiene el corazón de un tigre,

o de un lobo. Si se cumplen sus ambiciones para el imperio,

todos los hombres serán sus esclavos."

Eso demuestra que un siglo antes de que se inaugurara

la Ruta de la Seda, China estaba lista para la conquista

y la expansión. Pero también demuestra otra cosa.

Las figuras humanas son de tamaño real,

pero los caballos son todos diminutos.

En los tiempos del emperador Chin, lo único que tenían eran ponis;

se diría que eran demasiado lindos para el combate,

y así continuó durante décadas tras su muerte.

Hasta que tuvo lugar un viaje que cambió el mundo.

Un viaje que China ha decidido hace muy poco conmemorar,

a las afueras de la antigua ciudad de Xi'an,

con un cuidado estilo antiguo en rotonda del distrito empresarial.

No estoy muy seguro de lo que estoy viendo,

no llevo en China el tiempo suficiente, pero sospecho

que el arte y el poder siguen yendo de la mano.

A los 50 años de la muerte del emperador Chin

subió al poder una dinastía nueva: la dinastía Han;

y hubo un emperador, Wu Di, dispuesto a comerciar

con los pueblos bárbaros que se agolpaban

en los límites de su territorio.

Los chinos los llamaban “los xiongnu”.

Los xiongnu, seguramente los conocidos hoy como los hunos,

eran expertos en la guerra ambulante y representaban algo más

que un incordio, una amenaza.

Había rumores de la existencia de otros pueblos lejos al oeste

con los que podrían aliarse en la guerra contra los xiongnu.

El emperador mandó a un emisario, Zhang Qian,

en misión de exploración. Y aquí está.

Fue un viaje largo y difícil,

y esta estatua se erigió para conmemorar lo que Zhang Qian

trajo después de más de diez años de ausencia.

Mientras que los caballos de China eran diminutos,

los nómadas tenían unos corceles magníficos;

eran tan sobresalientes que Zhang Qian los declaró "celestiales".

Cuando regresó con sus relatos sobre caballos celestiales,

soberbios de gran resistencia, que uno solo podían montar

si reunías el valor suficiente, descendientes de dragones

que sudaban sangre, el emperador no pudo resistirse.

Era el caballo ideal de batalla, lo que China necesitaba

para defender y expandir sus fronteras.

Casi de inmediato, envió de nuevo a Zhang Qian para llevar a cabo

el primer y emblemático acuerdo comercial de la Ruta de la Seda.

Cambiaría seda por caballos celestiales.

El viaje de Zhang Qian sentó las bases de la Ruta de la Seda.

Pero antes de recorrer sus pasos, voy a un lugar situado

a 1100 kilómetros de Xi'an , en las verdes colinas próximas

a la ciudad de Chengdú.

Quiero saber más cosas sobre la milagrosa materia prima

de aquel intercambio;

y también quiero presentar mis respetos la persona

que descubrió que las fibras del capullo de la polilla de la seda

podían desbrozarse y tejerse.

La comunidad arqueológica ha descubierto y datado

con la técnica del carbono, rastros de la manufactura de la seda

que se remontan unos 5000 años atrás;

aunque, si me disculpan, son meros datos científicos.

Los chinos prefieren pensar que su descubrimiento lo hizo una diosa,

unos 2000 años antes de Cristo.

Buenas tardes, Madre de la Seda.

La Madre de la Seda domina este verde y frondoso paisaje,

que está a dos horas de carretera desde Chengdú.

El culto a la Madre de la Seda tiene unos 4000 años de antigüedad,

y aún sigue vivo. Esta estatua es reciente.

La Madre de la Seda no siempre fue una diosa.

Hace más de 4000 años era una simple humana,

esposa de un emperador, llamada Lei-Tsu.

Un emperador que también tuvo más de mito que de realidad,

ya que según la leyenda reinó desde el 2697

al 2597 antes de Cristo.

Un siglo entero.

En mitología, los emperadores duraban eso.

Cada año los fabricantes de seda cosechan sus capullos

en la misma época.

He tenido la suerte de estar aquí justo a finales de octubre.

Casi parece como si cada año representaran el descubrimiento

de la Madre de la Seda.

Los agricultores locales acuden con sus capullos,

la única fuente de la seda.

Hace 4000 años, antes de que se estableciera la Ruta de la Seda,

era imposible ver esto en ninguna otra parte del mundo.

Solo en China podían encontrarse polillas de la seda.

Dentro de cada uno de estos capullos hay una oruga viva

transformarse en polilla.

No sé muy bien qué impresión me causa este lugar.

Lo primero que te impacta es el olor; huele un poco a granja;

y luego ese ruido inquietante, como chasquidos,

que hacen mientras... van pasando por las mesas.

Los capullos se clasifican por su color y calidad.

Y luego, sucede esto...

Cada capullo es una tragedia en miniatura.

Se sumergen en agua hirviendo

para ablandar las fibras de las que están hechos.

La fabricación de la seda, por tanto, produce dos cosas:

una pila de minúsculos cadáveres de oruga,

y este hilo satinado de una belleza extraordinaria.

Parece cabello humano;

como si un millón de niñas Rapunzel hubieran donado su cabellera.

La seda era, y es, mágica.

La resistencia de sus hebras compite con cualquier material

que seamos capaces de sintetizar.

La tela fabricada con ella posee un lustre natural.

Sus fibras pueden transformarse en lujosos tejidos

con suaves y untuosos pliegues o volutas casi transparentes.

Una invitación a portarse muy mal.

La propia seda se utilizaba como moneda de cambio,

y estaba rodeada de leyendas.

Se intercambiaba por joyas y jade, por armas y cosméticos,

por esclavos... Se comercializaba de este a oeste.

Los romanos quisieron conocer su secreto y, finalmente,

después de envidiar el invento durante siglos,

lo consiguieron por la vía del espionaje.

Llegó a ser la mercancía más deseada.

Este extraordinario hilo fue el motor del comercio

en la Ruta de la Seda y, desde el año 200 antes de Cristo,

aproximadamente, hasta el 1400 después de Cristo,

fue trascendental, no solo para la historia de China

o de Asia Central, sino también para la historia del mundo.

Sin los contactos culturales que inspiró, cambios que originó,

las ideas y los inventos surgidos a lo largo de la Ruta de la Seda,

los occidentales seguiríamos contando con los dedos,

escribiendo sobre cuero...

y pensando que la Tierra... es plana.

Cuando Zhang Qian puso rumbo al oeste,

hacía al menos 2000 años que China conocía la seda.

Su viaje pondría fin a este monopolio.

La seda viajaría al oeste, como el propio Zhang Qian.

Fue un viaje duro, arriesgado y lento.

El mío será más cómodo.

Quiero llegar a uno de los sitios por donde pasó, o cerca de allí.

Una ciudad que, en su época, estaba en el límite occidental de China.

Un lugar llamado Dunhuang.

Mil setecientos kilómetros, 24 horas y dos trenes.

No es un tren bala; más bien va pisando huevos.

¡Un tren tortuga!

Después de Zhang Qian, este viaje al oeste se hizo habitual.

No solo por los caballos,

sino por una de las primeras cosas que surgieron:

una asociación comercial con otra raza

que iba a tener una importancia primordial para la historia

de la Ruta de la Seda. Zhang Qian entabló relación

con unas personas cuya especialidad era el propio comercio:

los sogdianos, que vivían en el corazón de Asia Central.

Lo vendían todo.

Si hoy estuvieran vivos, Alan Sugar tendría donde elegir.

Contrataría el lote completo.

Los sogdianos eran de ascendencia persa.

Aquí los vemos rindiendo tributo al emperador persa,

acompañados de un camello, su animal de carga favorito.

Los chinos mandaron más emisarios a presentarse ante los comerciantes.

China llegó al fin al oeste.

El comercio empezó a fluir y, con él, las ideas,

las religiones y mercancías de todo tipo;

cosméticos, aceites, obras de arte, armas de guerra...

y esclavos.

En la Ruta de la Seda todo y todos estaban a la venta.

Habría acuerdos, habría batallas,

y el futuro de Europa, al descubrir las cosas nuevas y asombrosas

que la ruta les ofrecía estaría más cerca.

Imaginen que este tren transporta, no pasajeros,

sino ideas e inventos que llegarán a Europa

y lo cambiarán todo. Imaginen que contiene papel,

estribos para montar, pólvora, brújulas...

Ese es el poder de la Ruta de la Seda:

trajo el cambio, un cambio parable,

un cambio evitable.

El cambio en la Ruta de la Seda podía ser fundamental

y podía viajar casi en cualquier dirección.

El viaje de Zhang Qian lo trajo hasta Dunhuang.

Estaba cerca de lo que se convertiría

en el medio de la Ruta de la Seda,

un territorio ocupado por un pueblo tras otro,

conquistado, reconquistado, tomado y perdido.

En el siglo II después de Cristo,

ese proceso de cambio constante trajo el budismo a China.

En los tiempos de Zhang Qian, Dunhuang era un dinámico centro

de atracción cultural, con un complejo de casi 500 cuevas

repletas de imágenes, estatuas y arte budista:

las cuevas de Mogao.

Desde el año 1987 figuran en la lista

del Patrimonio Mundial de la UNESCO.

Por dentro son monumentales, descomunalmente variadas.

Hay budas que podrían aplastarte bajo sus pies

sin que te dieras cuenta.

Y en medio de todo había lugar para las imágenes

que evocaban las realidades de la vida,

en ocasiones desagradables, a lo largo de la Ruta de la Seda.

Aquí tenemos una prueba de que la actividad comercial

no siempre era juego y diversión. Vemos a bandidos con sus espadas

tendiendo una emboscada a unos comerciantes.

Pero la lección que puede extraerse de sus moradores

tiene más que ver con las relaciones entre Oriente y Occidente,

y hasta qué punto no se ha reconocido aún

todo lo que Europa le debe a la Ruta de la Seda.

Al final del siglo XIX se descubrió aquí un gran depósito de documentos

que databan del periodo comprendido entre los siglos III y X

después de Cristo.

Arqueólogos de Europa, Rusia, hasta de Japón,

acudieron en masa a Dunhuang.

Imagine por un momento que usted es uno de esos arqueólogos.

Es un explorador y arqueólogo nacido en Hungría

y británico de adopción.

Corre el año 1907 y se llama Aurel Stein.

Aquí está, bien arreglado, recién lavado y peinado;

la representación de la civilización occidental

y todos sus valores.

Usted se entera de que las Cuevas de Mogao

están a cargo del abad de un monasterio taoísta cercano.

Se reúne con el abad y, le hace una fotografía;

parece un poco simple y miserable,

y así es como lo trata: miserablemente.

Se dedica un tiempo a engatusar al abad,

hasta que por fin consigue tener acceso a la cueva

donde han aparecido los documentos.

Allí descubre una masa ingente de fardos de manuscritos

de unos tres metros de alto.

Más tarde calcula que son realmente casi 15 metros cúbicos de documentos

Descubre también que, en otras cuevas,

hay pinturas que corresponden a la dinastía Tang.

Son del siglo VII al siglo IX;

y escoge las que quiere, arrancándolas de las paredes;

y elige también a placer entre los documentos,

incluido "El sutra del diamante", el libro impreso más antiguo

descubierto hasta la fecha, que data del siglo IX;

y luego convence al abad Wang de que de 130 libras esterlinas

es más que suficiente por esos tesoros.

Y se marcha.

Carga a lomos de camellos las 29 cajas

con los bienes que ha expoliado y se lleva todo a Gran Bretaña.

Al parecer, así era nuestra conducta en 1907.

Aurel Stein no era peor, ni mejor, sin duda,

que los demás arqueólogos llegados de Alemania, Francia o Rusia,

que vieron en la debilidad de China la oportunidad

de expoliar su historia.

Aurel Stein regresó muchas veces a Dunhuang

para despojarla de sus antigüedades.

En su segunda visita descubrió en el desierto

una saca de correo perdida en el siglo IV

que contenía cartas sin entregar; varias de ellas escritas

por legendarios comerciantes de la Ruta de la Seda:

los sogdianos.

Traducidas, nos descubren las fórmulas de cortesía

y buena voluntad que empleaban en sus transacciones.

"Buen día tendrá sin duda quien pueda veros feliz.

Buen día tendrá sin duda quien pueda veros sano, y en paz".

Y mi preferido: "Cuando recibo noticia de vuestra buena salud,

me considero a mí mismo inmortal".

Escritas por sogdianos, la mayoría trata de negocios:

informes a los patrones sobre lo que debían vender,

lo que se vendía bien, o lo que apenas se vendía:

plata, lino, tejidos, pimienta, plomo blanco en polvo,

cosméticos... Todo esto se menciona en las cartas;

y todas datan de principios del siglo IV.

Nos hablan a través de una brecha de 1700 años.

Una la escribió una mujer sogdiana llamada Munei

a su díscolo esposo, Nanai Dhat,

quien la había abandonado.

Después de los formalismos de buena voluntad,

expresaba sus verdaderos sentimientos.

"Mire, vivo malamente,

nada bien, a duras penas,

y me considero muerta. Una y otra vez le envío cartas,

pero no recibo una sola por su parte,

y ya no tengo esperanzas respecto a usted.

Esta es mi desgracia.

Llevo tres años en Dunhuang gracias a usted.

Será que los dioses están furiosos conmigo

desde el día en que os acepté. Preferiría ser la esposa de un perro

o de un cerdo, que ser su esposa."

Una tentadora mirada a su vida.

No sabemos más; y nos gustaría.

¿Le fue bien?

¿Llegó a casa? ¿Volvió a casarse?, ¿o murió aquí?

¿Habré caminado sobre su tumba?

Son vidas que podemos comprender; aquí se vivieron vidas reales

que comenzaron y terminaron aquí.

Dunhuang está lleno de recordatorios como este.

Y recordatorios de elecciones muy reales.

El hecho es que en cada oasis de cada ciudad

situada a lo largo de la Ruta de la Seda,

cada comerciante debía tomar decisiones trascendentales,

¿cómo cruzaré este desierto?; y también sobre otras cuestiones:

¿dónde podré vender mi mercancía?

¿Sobrevivirá mi mercancía?

¿Y yo?

Hoy los turistas pueden alquilar camellos

para hacer excursiones por las dunas.

Es el tipo de camello apropiado: el camello bactriano, de dos jorobas

Los chinos ya conocían su cría desde hacía siglos

cuando Zhang Qian emprendió su viaje.

Durante muchos siglos seguiría siendo el animal de carga

más importante de la Ruta de la Seda.

Sí, son los camellos adecuados;ç pero ahí es donde la autenticidad

empieza a perderse. “Que pase el 591;

su tiempo ha terminado”.

La excursión lleva a los turistas al lago de la Luna creciente,

un oasis bastante real, y una parada segura en la Ruta de la Seda.

Sin embargo, en torno a la década de 1990,

el oasis prácticamente se secó.

Al parecer, desde entonces se rellena periódicamente.

El desierto es muy real, pero lo hemos dominado

hasta el punto de poder pasear por él, de conducir por él...

Ya no es lo que era,

un lugar terrorífico.

El desierto al oeste de Dunhuang estaba rodeado de leyenda,

casi 340.000 kilómetros cuadrados de aridez máxima;

una verdadera tumba para los incautos que hacían

la Ruta de la Seda: el desierto de Taklamakán.

No se sabe de dónde proviene su nombre ni su significado exacto,

pero ninguna de las posibles traducciones

es muy agradable que digamos: “sitio en ruinas”,

“lugar abandonado”, “lugar que hay que dejar atrás”...

Era imposible atravesarlo. No había una gota de agua.

Al oeste de Dunhuang había que decidir:

o te dirigías al norte del desierto o al sur del desierto.

Al final llegabas a una puerta.

Aquí había una entonces, y la Gran Muralla China

se extendía a ambos lados. Estamos en Yang Guan,

“el paso de Yang”. Pagabas el peaje

y cruzabas al otro lado.

Si eras comerciante pensabas en regresar,

en lo que podías cambiar por tu seda, tus cosméticos,

tu papel.... Pensabas en los beneficios.

Pero también pasaban los exiliados. Era el extremo occidental de China,

y se convirtió en un lugar inspirador de poesía

sobre la pérdida, la dolorosa separación.

"Por el largo camino desde el paso de Yuan,

ni una sola persona regresa.

Solo las ocas del río vuelan al sur en invierno";

o "el sol de la mañana de Weicheng empaña el polvo.

La casa de huéspedes es verde, como el retoño del sauce.

Vaciemos una copa más de vino, querido señor.

Al oeste de Yanguán no encontrará más viejos amigos."

Aquí, en el límite del Taklamakán,

las autoridades chinas se han esforzado por compensar

lo que el tiempo ha destruido o la historia nunca ha traído,

con este mirador con sombra.

Carros abandonados por comerciantes de la Ruta de la Seda,

y la fortaleza de Yang, en ruinas tras soportar el clima desértico

durante siglos y, que ha sido reconstruida recientemente.

En su interior, pilares tallados con camellos y caravanas,

la señalización necesaria para seguir la Ruta de la Seda.

Y por descontado, otro ingrediente fundamental:

nuestro viejo amigo.

Aquí tenemos a Zhang Qian,

a lomos de otro de sus caballos celestiales.

Cuanto más sigo sus pasos y más avanzo en la Ruta de la Seda,

más consciente soy del esfuerzo que hizo China

para revitalizar todo el territorio. La razón evidente...

es que se está transformando en una ruta turística

y, requiere destinos turísticos.

Lo que no es tan evidente es que China está reabriendo

las puertas a su pasado, muchas de las cuales

permanecían cerradas desde los tiempos de Mao Tse Dong.

La historia vuelve a estar permitida.

He tomado una decisión. Voy a seguir la travesía del norte,

por el límite del desierto de Taklamakán.

Quiero llegar a una ciudad oasis, Turfán.

Me pregunto si podré ver un caballo celestial.

Llevo recorridos 800 kilómetros.

Todavía estoy bastante al interior de las actuales fronteras de China,

pero no lo parece. Tengo la impresión...

de haber ido mucho más lejos. La escritura de las paredes es árabe

Me sorprende, igual que me sorprendió

la Gran Mezquita de Xi'an.

Aquí, en Turfán, impera el islam.

Mezquitas y minaretes y, rostros sin facciones chinas.

Son uigures; y el de los uigures es un asunto espinoso.

Su historia no es nada simple.

Los uigures llevan aquí desde el siglo IX.

Las autoridades chinas los tratan como a una sola minoría,

pero un breve vistazo a sus rasgos permite intuir

una mezcla de herencias. Unos parecen caucásicos,

otros turcos, y otros mongoles.

Algunos incluso pueden ser chinos.

Llegaron aquí de territorios conquistados por los mongoles,

y se asentaron en los límites del desierto.

Su lengua estaba emparentada con el turco,

pero una vez aquí, se mezclaron con otras razas,

se convirtieron al budismo y, por último, fueron conquistados

y convertidos por fuerzas islámicas. A lo largo de la Ruta de la Seda

las tribus eran empujadas de un lugar a otro;

grupos étnicos completos, como si fueran bolas de billar.

Los uigures son historia viviente y, la propia Turfán

es un escaparate de múltiples herencias.

Una tradición ancestral es el vino chino.

He llegado en la época menos apropiada

para ver las uvas en sus parras.

En verano estaría sudando la gota gorda con los 40 grados

que suele haber; aunque es más habitual llegar a los 50.

Ahora se preparan para un invierno con heladas muy fuertes.

Retiran las cepas de sus estructuras para que no estén

tan expuestas al frío.

Les espera un día muy largo.

Aquí se cultiva la uva desde hace unos 2000 años.

Hay quien dice que la trajo hasta aquí Zhang Qian.

Para mí sería... demasiado perfecto,

como si todas las cosas trascendentales que ocurrieron

en la Ruta de la Seda hubiera que atribuirlas

a aquel milagroso emisario.

La verdad, al parecer, es que cuando Zhang Qian pasó por aquí,

las uvas ya estaban aquí; tal vez traídas

durante el breve mandato de Alejandro Magno.

Cuando Zhang Qian volvió a presentarse ante su emperador

en la antigua capital de China, llevaba consigo algunas cepas.

Pero algunos de los espíritus de Turfán tienen mucha más sustancia

El cementerio de Astana está a 40 kilómetros de Turfán.

Sus tumbas contenían cadáveres de más de un milenio de antigüedad,

momificados por el clima del desierto,

y junto a muchos de ellos había contratos y registros

de acuerdos firmados.

Uno de los arqueólogos que excavaron aquí fue Aurel Stein;

así que ya podemos imaginar la suerte que corrieron

muchos de estos fascinantes documentos; estarán en Reino Unido.

Estos cadáveres son de unos cónyuges del siglo VII.

Me siento un tanto incómodo. Después de todo,...

no me han invitado a pasar.

En otra tumba se descubrió el cadáver de un prestamista,

Zuo Chongxi.

Los contratos enterrados con él fueron muy ilustrativos

en cuanto a los negocios en la Ruta de la Seda.

Sabemos que aceptaba pagos en monedas de plata y rollos de seda

y que cuando murió, tenía atrapado a un agricultor local

con una deuda asfixiante.

Zuo era un avaro, un agarrado, vamos...

como Ebenezer Scrooge.

Tenía 57 años cuando murió, en el año 673,

y los contratos revelan que tenía pendiente cobrar

unos cuantos préstamos en el momento de su muerte.

De todo ello se deduce que esperaba cobrar estos préstamos

en la otra vida.

El sangrante interés al que solía cobrar sus préstamos

estaba entre el diez y el 15 % al mes.

En la Ruta de la Seda se había hecho un negocio

y, no cabían los escrúpulos.

Al menos hoy, si nos morimos, nadie acude al cementerio

para cobrar nuestras deudas pendientes.

Si realmente ya se hacía vino allí en los tiempos de Zuo,

no es difícil imaginar a su clientela

dando buena cuenta de él.

Bebían para olvidar sus deudas.

El fantasma de Zuo está entre los que me alegro de dejar atrás.

Llega el momento de avanzar por la carretera hacia el oeste

durante un par de horas, hasta las montañas Tian,

Estamos a unos 160 kilómetros al noroeste de Turfán,

en las montañas;

y hace un frío terrible; porque aquí vive un nómada

con cerca de 100 caballos, y quiero ver si alguno es

uno de esos maravillosos caballos celestiales.

No sé lo que me voy a encontrar.

Antes de que empezáramos a grabar he visto un par de caballos grandes,

pero han desaparecido. Los que ven detrás de mí

parecen los primos bajitos de los ponis de las Shetland.

Son todavía más pequeños que los del ejército de terracota;

aunque hay un montón. Me pregunto por qué.

Una tontería por mi parte, la verdad.

Señor, ¿por qué tiene tantos caballos?

Habla en chino

Traductora: Criamos los caballos en invierno

para vender su carne. Ahumamos la carne de caballo.

En otra época he llegado a tener más de 100 caballos.

¡Ah, vale!

Así que, a pesar de las apariencias, estoy en un matadero.

Tras un respetuoso silencio le pregunto

por los caballos más grandes y, el señor Ye me asegura que,...

en efecto, son de los celestiales.

En algún lugar de este bosque de cuento de hadas

hay un caballo celestial, y el señor Ye

ha mandado a sus chicos a buscarlos; estoy esperando su mágica aparición.

No me sorprendería que viniera también Caperucita roja.

Ahí está. No es muy grande.

Tal vez el caballo celestial fuera simplemente algo que Zhang Qian

no había visto en toda su vida: un caballo de tamaño normal.

Qué pensaría cuando vio por primera vez un caballo de ese tamaño,

acostumbrado a los ponis.

Comprendería que iban a cambiar su mundo.

Pero, si lo observas de cerca, te das cuenta de que este caballo

no está en las mejores condiciones.

Me habría encantado conocer un caballo celestial más distinguido

más libre, más sano y, no destinado al plato.

Seguramente, Zhang Quian no supo de la existencia

de los caballos celestiales hasta haber dejado muy atrás

la frontera occidental de China. Por tanto, me dirijo al oeste,

otros 500 kilómetros, hasta la ciudad de Jotán.

Claxón

Estoy cerca de la frontera, a unos 160 kilómetros de Pakistán,

al suroeste, y el Himalaya y la India hacia el sur.

Aquí, en torno al 90 % de la población es uigur,

y tiene unos vínculos históricos muy fuertes con la Ruta de la Seda.

Jotán fue uno de los primeros lugares fuera de China Central

donde empezó a cultivarse la seda.

Cuenta la leyenda que no se importó de manera oficial,

sino que se consiguió con una artimaña.

En el 1900, nuestro viejo amigo de Dunhuang, Aurel Stein,

encontró pruebas de esa leyenda en ruinas en el desierto,

a unos 130 kilómetros de aquí; y como siempre, las sacó,

las etiquetó y las trasladó al Museo Británico.

Tengo un dibujo.

Según la leyenda, una princesa china

había sido ofrecida en matrimonio al rey de Jotán

pero, como se sentía desgraciada por verse reducida...

a los términos de un acuerdo diplomático,

y temía la vida sin lujos que le esperaba

en esta remota provincia, decidió actuar por su cuenta.

Antes de partir escondió gusanos de seda y semillas de morera

en su tocado y, de esta forma, robó el secreto

del cultivo de la seda de su tierra natal china;

existe aquí desde entonces.

Los mercados y bazares de Jotán siempre han estado repletos

de tejidos de seda, hasta hoy mismo;

y al menos llevan un milenio fabricándola con un estilo propio:

la llamada “seda Atlas”.

He recorrido 3200 kilómetros para ver esto.

Estas sedas incorporan los colores con agreste dejadez.

No parece que importe si combinan bien;

lo esencial es que sea llamativo. Es tan brillante

que cuando apartas la vista, sigues viendo los dibujos durante un tiempo

No creo que puedan hacerse una idea de cómo esta seda Atlas

afecta a las pupilas.

Es como si decidieran los colores en función de sus probabilidades

de causarte un desprendimiento de retina. Me encanta.

Los resultados demuestran ―de manera contundente, sin duda―

que aunque los territorios de los uigures lleven más

de 200 años formando parte de los dominios de China,

los fabricantes de estas telas no tienen nada de chinos.

Muchos ni siquiera hablan chino.

Jotán se anuncia como ciudad de la Ruta de la Seda.

En todos los lugares de China que he visitado

he encontrado nuevas oportunidades turísticas y estatuas

que rinden homenaje a figuras de aquel fructífero periodo.

China necesita recordarse a sí misma, y recordarnos a nosotros

que en los tiempos de la Ruta de la Seda

era un lugar de comercio y creatividad.

Que con independencia de su comportamiento en el siglo XX,

ahora quiere hacer negocios, y no desea que importen otras cosas.

Más allá de los límites de la ciudad,

el desierto reafirma su presencia.

Pero, de momento, el Gobierno chino se niega a escuchar

lo que la arena tiene que decir.

Está corrigiendo el desierto, alisando las dunas;

sembrando pasto resistente, obligando al desierto a retroceder;

o al menos, eso intenta.

Han pasado más de 2000 años y siguen sin permitir que este lugar

dejado de la mano de Dios, se interponga en su camino.

En todo esto hay algo más que una parte del espíritu

de Zhang Qian. Aún se hace notar su vehemente presencia

cumpliendo el mandato de su emperador,

presionando hacia el oeste, estableciendo contactos;

cada contacto madurando en un acuerdo,

y cada acuerdo llevando consigo un cargamento adicional...

de intercambios culturales y relaciones.

Tras cruzar este desierto llegó a un paso de montaña

y, una vez que cruzó ese paso, llegó al reino de los sogdianos.

Un mundo diferente esperando a ver lo que China tenía que ofrecer,

lo que China tenía que vender.

Subtitulación realizada por Yolanda Fernández Gaitán.

Grandes documentales - La ruta de la seda, episodio 1

51:41 11 ene 2019

En el primer episodio, el Historiador Sam Willis comienza en Venecia explorando cómo su arquitectura y arte renacentistas fueron moldeados por el Este y por la influencia de los comerciantes, peregrinos y viajeros de la Ruta de la Seda. Desde Venecia, Sam viaja a la antigua capital de China, Xian.

Contenido disponible hasta el 18 de enero de 2019.

Histórico de emisiones:
04/05/2018

En el primer episodio, el Historiador Sam Willis comienza en Venecia explorando cómo su arquitectura y arte renacentistas fueron moldeados por el Este y por la influencia de los comerciantes, peregrinos y viajeros de la Ruta de la Seda. Desde Venecia, Sam viaja a la antigua capital de China, Xian.

Contenido disponible hasta el 18 de enero de 2019.

Histórico de emisiones:
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