www.rtve.es /pages/rtve-player-app/2.17.1/js/
1681245
No recomendado para menores de 12 años
Transcripción completa

Si no faenamos perdemos toda la uva.

-Ha aparecido un cadáver en vuestras tierras.

-La vendimia sigue parada. Vienen lluvias

y los Cortázar nos daban seguridad. -¡Esto no se hace!

-Va a llover. No hay tiempo. -Las bodegas están terminando

la vendimia y han cedido algunos de sus hombres.

Gracias a todos. -Voy a hacerte una ecografía.

No me siento con fuerzas. -Srta. Reverte.

-¿Pasa algo? -La cita para la ecografía.

Se la ha dejado. -Cuando oigas el mensaje llámame.

¿Estás embarazada? No es asunto tuyo.

Sí es asunto mío. Quiero tener este hijo.

-Yo tenía lo que él más deseaba: tenía a Sofía.

-¿Por qué no nos dijiste nada? Ha pasado mucho tiempo.

-El forense cree que lleva muerto más de mes y medio.

-¿Puede ir a la cárcel papá? Juega contigo para tenerte

en su mano. -La policía tiene el cuerpo.

Dé un paso y no tardará en tener la pistola con sus huellas.

No sería la primera vez que sacase a alguien de la prisión

y poner en su lugar a un inocente. -¿Cuándo se produjo la llamada?

-Hace dos semanas. -Lleva muerto desde que se fugó

con usted. -No sé de qué habla.

-No me deja otra opción que detenerla por el asesinato

de Manuel Hernández. -Gustavo tiene la pistola

con mis huellas. Si se la da a Ortega...

No ocurrirá. Va a desaparecer. (LEE) Gustavo y Emma siempre.

-¿Cómo ha aparecido su alianza junto al cuerpo?

Dejarse las cosas tiradas por ahí es peligroso.

-¿Qué ha hecho con mi anillo? Defender lo que es mío.

Sólo tenemos que esperar a que salga de su escondite.

-Me ha desaparecido algo. -Tu alianza.

Le dispara, le carga el muerto a su mujer por haberle sido infiel

y mata dos pájaros de un tiro. -¿Dónde está, Emma?

-No sé de qué me hablas. -La pistola con la que mataste

a Manu. -No tienes que preocuparte.

-Hay una clínica con una técnica novedosa en pacientes como Sara.

-Es una operación muy cara. -Sólo se me ocurre vender

las tierras. No podemos arriesgarnos

a que las tierras terminen en manos de Paula y Gustavo.

-¿Quieres comprarlas? -Es una buena oferta.

-No creo que a Miguel le guste. -A tu hermano lo único

que le importa es no perder poder. -Necesito ese dinero,

pero no tanto como para poner el patrimonio de mi familia

en tus manos. -No me esperes,

tengo mucho trabajo. -Se ha ido con esa zorra.

-Ha ido a ver a un especialista. El médico le habló de una clínica

con un tratamiento para curar casos como el suyo.

Este es el contrato de compra. -¿Cuánto tardará ese Anselmo

en revenderte a ti las tierras? ¿Preferirías que fuesen

para Gustavo y Paula? -¿Es de la clínica?

-Sí, te han aceptado. ¿Qué has hecho?

-Ayudar a mi mujer. Todos tenemos un sitio

y es ahí donde tenemos que estar. Hasta que no entiendas

cuál es tu sitio, vamos a seguir discutiendo.

-¡Carlos, el vino, cierra la puerta!

-¿Por qué no me ha delatado antes? Eres un hombre con carácter

y decisión propia. Para mi hijo eso es una amenaza.

Llaman a la puerta.

-Qué madrugadora, jefa. -A quien madruga, Dios le ayuda.

Pero para este caso parece que al de arriba se le ha olvidado

poner el despertador. -Puede que esto le ayude.

El registro de llamadas del móvil de Manu.

Hay un mensaje que puede que le interese.

Justo ahí.

-Tráeme el informe de Mónica Robledano.

Creo que tenemos algo.

-Frío.

Estás perdiendo el tiempo, Gustavo.

No he escondido aquí la pistola. -¿Dónde está, Enna?

¡Dímelo! -¿Qué?

¿Me vas a meter en la cárcel?

Ah, no, que ya no puedes. No tienes el cadáver,

no tienes la pistola... Por no tener,

no tienes ni tu alianza. -Si crees que has ganado

la partida, estás muy equivocada. -Por cierto,

ya puedes ir buscando un sitio donde vivir.

No te quiero ver más. -Sigo siendo accionista

de las bodegas, vas a tener que verme

todos los días. -No si Ortega te detiene antes.

Ya puedes ir haciéndote a la idea, Gustavo.

Ya no tienes el control.

No te conozco, Emma.

-Pues eso sí que es raro, mira.

Porque eres tú el que me has convertido

en lo que soy.

-Buenos días, señor Arístides.

¿Se va de vacaciones?

-Un poco de sol no viene mal de vez en cuando.

-De momento se va a venir conmigo a comisaría

y ya decido yo si le viene mejor el sol o la sombra.

-¿Puedo ir en mi coche? -No.

Este es más seguro.

Pero ¿le acusan de algo? -No lo sé.

Sólo he visto cómo se lo llevaban. -Seguro que tiene que ver

con la muerte del secretario. No me extrañaría nada

que fuese cosa suya. -¿Y por qué iba a querer Gustavo

matar a ese hombre? -Es una historia muy larga, hijo.

Buenos días.

-Emma, ¿sabes algo?

-He llamado a comisaría, pero no han podido decirme nada.

Prefiero pensar que Gustavo no ha tenido nada que ver.

-¿Quieres que llamemos al abogado? No nos precipitemos.

Ahora lo más importante es ver qué piensa Ortega.

-Eso tendrá que decidirlo ella, no tú.

-Papá tiene razón, mamá. Es mejor esperar.

Además, ni siquiera estamos seguros de que sea por lo de Manu.

-Siéntese, siéntese.

Siéntese, hombre.

¿Quiere que le traiga una tila?

Le noto nervioso. -La tila se la toma usted

si quiere. Yo no he matado a nadie. -Me parece que ha habido

un malentendido. No le he traído aquí

en calidad de acusado, sino de testigo.

-No va a engañarme, Ortega. -Piensa el ladrón

que todos son de su condición. No, hombre, no.

Le he traído para hacerle una preguntas

sobre Mónica Robledano.

-¿Qué? ¿A qué está jugando? -Si quisiera jugar,

me iría con mi tía Toñi a echar una partida al cinquillo.

-Mónica y yo apenas teníamos relación.

-¿No se vieron ustedes el día que desapareció Manuel Hernández?

-No. ¿Puedo irme ya? -Por supuesto.

Pero, si no le importa, me gustaría

que me hiciera un favor.

¿Podría leerme en alto esto?

Es que no tengo las gafas de cerca.

Cuanto antes lo lea, antes se irá.

(LEE) Gustavo, a las 22 en la bodega.

-Es la transcripción de un mensaje que le mandó Mónica Robledano

a usted el día que murió Manuel Hernández.

No le di importancia porque ella falleció

tres días después, pero ahora que la muerte

de Manuel le apunta a usted, todo cobra nuevo sentido.

-Ese mensaje no significa nada.

Mónica quería verme para que le ayudara a acabar

con Miguel y por supuesto me negué. -Creíble, sí.

Mónica estaba obsesionada con su cuñado.

-Pues nada, dele recuerdos a su tía Toñi.

-Creíble, pero imposible.

Siéntese.

(SUSPIRA)

-Siéntese.

(SUSPIRA)

-Usted sí estuvo en las bodegas ese día,

pero no con Mónica Robledano. Estuvo con Manuel Hernández.

-No sé de qué me habla.

-Este es otro mensaje que le envió Mónica Robledano

a Manuel Hernández segundos después de enviar el suyo.

Pero no hace falta que me lo lea, porque este me lo sé de memoria.

"Gustavo ha caído en la trampa. En una hora en las bodegas.

Acaba lo que empezaste." Tómeselo por el lado positivo,

no ha venido usted en balde.

Según esto, se le sitúa a usted al lado de la víctima

el día que desapareció. -Yo no vi a Manu.

Es su palabra contra la mía. ¿Qué va a hacer?

-Pues yo, tomarme un café.

Y creo que usted debería llamar a un abogado.

-Pensaba que no estaba detenido. -Eso es que iba de farol.

Me lo ha enseñado mi tía Toñi.

-Sí, claro, lo entiendo.

Gracias por llamar.

-¿Algo nuevo, hija? -Sí.

Ortega ha acusado a Gustavo del asesinato de Manu.

-Todo esto tiene que estar resultando muy duro para ti.

Pero piensa que al final el destino acaba poniendo a cada uno

en su lugar.

¿Por qué no te echas un rato? -No, de verdad.

Estoy bien, estoy tranquila. Emma,

ven un momento, por favor.

Mamá, ¿estás bien?

-Han llamado de comisaría. Gustavo está detenido.

La única que podría sentir su detención es Emma.

-No sé cómo lo ha hecho, pero ha vuelto a ganarse

su confianza. Papá siempre ha sabido manipularla.

-A Pablo también, con la compra de las tierras.

Está ganando posiciones, Miguel.

Si no queremos que se haga otra vez con esta familia,

hay que volver a ponerle en su sitio.

-Hola, Miguel.

Así me gusta, Paula, que te tomes las derrotas

con buen humor. -¿Derrotas?

Creo que me estás confundiendo contigo.

¿No te has enterado?

Han detenido a Gustavo por el asesinato de Manu.

Ah, y tú vas a ser la próxima en salir.

-Pero ¿por qué se lo han llevado, si no han encontrado la pistola?

Quizá Ortega nos lo vaya a poner más fácil de lo que pensamos.

-Entonces, ¿no vamos a hacer nada? Tenemos a Gustavo

justo donde queríamos. Aprovechémoslo para que te devuelva

sus acciones y firme los papeles del divorcio.

-Gustavo sólo aceptaría una cosa así a cambio de algo.

Y ni tú ni yo tenemos dinero suficiente.

Podemos ofrecerle algo mejor: su libertad.

-Su libertad no depende de nosotros, papá.

Vamos a hacerle creer que sí.

-Tenemos la pistola, pero no tenemos sus huellas.

No sé qué podemos hacer.

-¿Quieres que te venda las acciones a cambio de nada?

Estaba empezando a creer que no eras tan tonta

como pensaba, pero ya veo que me equivoco.

-No creo que estés en situación de poner condiciones, Gustavo.

-En cuanto pasen las setenta y dos horas reglamentarias

Ortega va a tener que soltarme, no tiene nada contra mí.

-Pero yo tengo la pistola. Con tus huellas.

-Eso es imposible, jamás la he tocado.

-¿Te acuerdas cuando te quedaste inconsciente en casa?

Si firmas la cesión de las acciones y el divorcio me desharé de ella.

Si no, me parece que vas a estar mucho tiempo en la cárcel.

-¿Cómo sé que no se la entregarás a Ortega en cuanto firme?

-Porque un trato es un trato.

-Tu palabra ya no vale nada, eres igual que tu padre.

-Sí, soy una Cortázar.

-Y por eso no puedo fiarme de ti. -¿Eso qué quiere decir,

que no vas a firmar?

En un par de horas volveré con la pistola.

Ese es el tiempo que tienes para recapacitar.

¿Dani? -¿Lu?

¿Qué tal?

-Bueno, no tenemos tanta uva como otros años,

y puede que no sea nuestra mejor cosecha,

pero al menos hemos podido empezar la fermentación sin problemas.

Lo conseguimos, Dani. Papá estaría orgulloso de nosotros.

-Bueno, ¿y a ti qué te pasa? Hacía tiempo que no te veía

tan optimista. Ha llegado carta del juzgado.

-¿Y qué? ¿Buenas noticias?

No, hay fecha para juicio ya.

-Pero esto es antes del parto.

Ya lo sé.

Estoy cansada de vivir angustiada, Dani.

Tengo una familia, un negocio y un bebé por el que luchar.

No sé qué pasará después del juicio,

pero no voy a dejar que me amarguen este momento.

-Ven aquí.

Te quiero, hermanita.

Y yo a ti.

-Amelia, puede retirar los cubiertos de mi marido,

no va a venir a comer. -¿Otra vez?

-Sí, señora.

-Disculpad, tenía que atender al teléfono.

Era Sofía. El juicio de su hija se celebrará en un par de meses.

-Muy pronto. -Para luego digan

que la justicia va lenta.

Cuando antes sea el juicio menos tiempo tendrán

de encontrar a Raúl. Y, según tú, eso es bueno.

¿Me vas a reprochar que no quiera ver a un hijo mío en la cárcel?

Ese hijo tuyo va a destrozar la vida de una persona inocente.

-Es la palabra de Lucía contra la de Raúl.

Raúl ya no es el crío que dejaste. No tuvo problema en robar

en esta empresa, así que no es muy difícil creer a los Reverte.

Ese es tu defecto, Miguel, prefieres luchar por extraños

en vez de defender a los tuyos. -De alguna forma ahora

los Reverte son también familia nuestra.

Lucía está embarazada.

-Vamos, una joya Raúl.

Pobre chica.

Esto cambia las cosas.

Ese niño es un Cortázar.

Lucía dice que no.

Comprendo la ingenuidad de los Reverte, pero no la tuya,

Miguel. Tu madre lo ha dicho antes,

ahora los Reverte también son nuestra familia.

Por favor, deja en paz a Lucía. ¡Haré lo que tenga que hacer!

Mi caso lo llevaba Alfonso Rey. -Es bueno.

Y muy caro. No he podido seguir pagando su minuta.

-Lucía, sabes las dificultades que tenemos para concederos

un crédito. No necesito dinero,

necesito el mejor abogado, y ese eres tú.

-Mi bufete quebró hace mucho tiempo.

Y no ejercito desde entonces. Vamos, Mar,

fuiste el primero de tu promoción. Llevaste el tema del consorcio

como nadie. Tenías una carrera brillante,

pero tuviste mala suerte. -Me enamoré de la mujer equivocada.

Sabes que no fue culpa mía, Mar. -Los dos hemos pagado el precio

de relacionarnos con los Cortázar. No conozco a nadie mejor que tú

para llevar mi caso.

Aquí está toda la información.

No te pido que me conteste ya, pero, por favor, échale un vistazo.

-No te aseguro nada.

¿Qué hace aquí, Vicente? Me he enterado que tienes fecha

de juicio y vengo a ver si necesitas algo.

Sí, que le diga a la policía dónde está Raúl.

No sé dónde está. Ya.

Si lo supiera ya lo habría dicho, ¿verdad?

Jamás perjudicaría a nadie de mi familia.

Eso también vale para mi hijo.

Y para el tuyo.

Sé que vas a tener un hijo, es decir, un nieto mío.

Por eso me voy a encargar en persona

de que te declaren inocente. Vas a tener los mejores abogados.

Porque un Cortázar jamás pisará una cárcel.

No se moleste. Este niño no es un Cortázar.

Creo que estás confundiendo el deseo con la realidad.

Lo mismo digo.

Por lo visto, no nos vamos a poner de acuerdo.

Pero no importa, hay tiempo. En cuando nazca el niño,

le haremos una prueba de ADN y saldremos de dudas.

Para eso tendría que acercarse a él.

Y aquí estaré yo para impedirlo. Todavía no ha nacido nadie

que me impida acercarme a uno de los míos.

-Te estaba esperando. ¿Algún problema?

¿Tú quién eres? -Mar Celaya, el abogado de Lucía.

Ah, claro, claro. Hacía mucho que no nos veíamos.

Tú fuiste abogado del consorcio, ¿no?

-El mismo que usted y su familia se encargaron de hundir hace años.

Creí que estabas trabajando en el banco con tu padre.

-Pues ya ve, he vuelto.

Bienvenido al campo de batalla, hijo.

Como ya sabes por experiencia, enfrentarse a los Cortázar

no resulta fácil. Vicente,

adiós.

Cuídate, Lucía.

Volveremos a vernos.

Gracias, Mar. -A ti, por confiar en mí.

-Pablo, ya están los depósitos llenos.

-Muy bien, pues ya hemos acabado. Enhorabuena.

-¿Vamos a comer algo?

-Pues no, no puedo, la verdad. Tengo que tomar los datos

de la temperatura y densidad de los depósitos

para ir controlando las fermentaciones.

-Pues me quedo. Ahora mismo me pongo a ayudarte.

-Gracias, Mar. Eh...

Estoy muy contento con tu trabajo. -Don Pablo,

quieren hablar con usted de una clínica de Madrid.

Podrían operar a su mujer mañana.

-¿Seguro? -Será mejor que llame cuanto antes.

-Mar, vas a tener que encargarte tú

de las fermentaciones. Sólo tienes que seguir

las indicaciones de temperatura que te he marcado, ¿de acuerdo?

-Claro.

Suerte. -Gracias.

(SUSPIRA)

-Sara... -¿Qué pasa?

-Han llamado de la clínica. -¿Y?

-Te han aceptado en el programa.

-¿Ya?

Pero todavía no estoy preparada. -Escucha,

no podemos perder esta oportunidad, ¿de acuerdo?

Amelia, vaya a hacerle la maleta a mi mujer, por favor.

-Enseguida, señor.

-Eh... Me alegra mucho. Por los dos.

Sara, tienes que ser fuerte, es una operación muy delicada.

-Gracias por preocuparse, Vicente.

No hay de qué.

Esto se merece un brindis. ¿Me acompañas a buscar

unas botellas? -Sí, ahora mismo.

Sara, todo va a ir bien, ya verás.

-Sí.

Enhorabuena, Pablo. Lograr que Sara se recupere

es el primer paso para conseguir una vida mejor.

-No hubiera sido posible sin tu ayuda.

Te lo agradezco.

No tienes por qué darme las gracias.

Al contrario, soy yo quien te tiene que agradecer

que hayas confiado en mí. Tú y Emma habéis dejado atrás

vuestro rencor.

-Nuestra confianza no se puede comprar, papá.

Espero que lo tengas en cuenta.

Los días que he pasado lejos de esta casa

han sido los más amargos de mi vida.

No estoy dispuesto a repetir mis propios errores.

Sólo espero que tu hermano Miguel acabe acercándose a mí.

-Eso va a ser difícil.

(RÍE)

Cosecha del 89.

Para disfrutar de las pequeñas cosas de la vida

sólo hay que tener un poco de paciencia.

¿Y esto?

-Bueno,

por fin operan a Sara.

Enhorabuena, Pablo, sé lo mucho que significa para ti.

-Acabamos de brindar con papá.

Nuestra padre brindando por su nuera.

Pero ¿no os dais cuenta de que lo único que quiere

es hacerse con vosotros de nuevo. -Es lógico, somos sus hijos

e intenta recuperarnos. No lo intenta, lo ha conseguido.

Todo lo que hicimos para echarle de casa no ha servido de nada.

-Creo que hemos sido muy duros con él.

Papá se ha equivocado muchas veces, pero todo lo que ha hecho

en su vida lo ha hecho por nosotros.

Emma, hay amores que matan.

-Sí, y él nos ha protegido de ellos.

-Yo creo que por el bien de todos nosotros,

deberíamos empezar a reconciliarnos con papá.

-Sí, por favor, estoy cansada de pelear, Miguel.

No, no pienso cometer el mismo error una y otra vez.

Está jugando con vosotros. -Miguel, espera.

Pablo, no.

-Señor Arístides, ha venido a verle su abogada.

-¿Se puede saber quién es usted? -Será mejor que escuche

con atención, no tenemos mucho tiempo.

-¿Quién la ha llamado? -Una buena amiga suya.

-Ha cometido un error acusando a Gustavo

del asesinato de Manu. Es imposible que él lo hiciera.

-Conociendo al señor Arístides, imposible, imposible...

Así que, si me permite...

-Esa noche la pasó conmigo.

-¿Toda la noche?

-Toda.

-¿Sabe usted que dar falso testimonio es delito?

-Yo sería incapaz de hacer algo así.

-Desde luego, no encaja con su personalidad,

pero me ha recordado de repente a Vicente Cortázar.

Es curioso, ¿eh?, a veces los enemigos más íntimos

se convierten en las dos caras de la misma moneda.

Lo que no entiendo es cómo el Sr. Arístides

no me ha hablado de su encuentro nocturno.

-Por esas fechas estaba a punto de casarme con Joaquín Belmonte.

Pero ahora que he reconocido mi infidelidad estoy segura

de que él le dará la misma versión.

-¿Sabe?,

la creía de gustos más elevados.

-Un desliz lo tiene cualquiera.

-Parece que hoy es su día de suerte, señor Arístides.

-¿Ya se ha dado cuenta de su error, Ortega?

-No soy yo la que ha cometido un error.

Y no voy a tardar en demostrarlo.

-¿Entonces? -Alguien asegura que no pudo

estar en las bodegas la noche del asesinato.

-Paula se lo ha dicho, ¿no?

Si he callado hasta ahora ha sido para protegerla.

-Un detalle precioso. Pero ahora va a tener que cambiar

su declaración. -¿Entonces estoy libre?

-Sí.

Pero no se acostumbre, es sólo cuestión de tiempo.

-Miguel,

no me gusta nada verte así.

Ya sé que tu relación con papá es distinta,

pero lo único que quiero es que se arregle todo.

Emma, no quiero que te sientas mal.

Y menos por papá.

¿Y tú cómo estás? -Si me preguntas por lo de Gustavo,

bien.

Hace un par de años hubiera hecho todo lo posible

por ayudarle,

pero ahora lo único que quiero es que se haga justicia.

-Pues estás de suerte, acaban de liberar a un inocente.

(RÍE) -Creo que esto es tuyo.

¿Qué has hecho, Paula? -Velar por los intereses

de las bodegas.

No podemos perder a un socio tan valioso.

Ya sabes que soy una mujer de recursos.

-No entiendo por qué me has hecho esto, Paula.

¿Por qué? -Por nacer

en la familia equivocada.

(RÍE)

-Qué bien huele la libertad.

Y todo esto te lo debo a ti. -¿Qué haces?

-¿No me digas que no te excitaría hacerlo sabiendo que Miguel

y mi mujer están en el despacho de al lado?

-No hay nada que me excite menos que tú.

-¿Entonces por qué me has sacado de la cárcel?

¿Para qué te has arriesgado a mentir a la policía?

-Siempre te he dejado claro que sólo quiero una cosa de ti:

que me ayudes a acabar con Miguel. Y lo que he hecho hoy por ti

no te va a salir gratis. -Paula, baja a la tierra.

Podemos ponerle las cosas difíciles,

reírnos un rato a su costa

(SUSPIRA)

Pero nunca permitirán que acabemos con uno de los suyos.

-Entonces tendremos que acabar con todos.

-Claro, no sé cómo piensas hacer eso.

-En realidad, lo vas a hacer tú. Quiero que acabes

con la producción de las bodegas. -Yo vivo de las acciones

de esta empresa. -Como ellos.

-No. -O se hunden las bodegas

o te pudres tú en la cárcel. Sólo tengo que retractarme

de lo que acabo de decir en la comisaría.

Seguro que Ortega estaría encantada.

(SUSPIRA)

-Hola, quería hablar con D. Pablo. -D. Pablo no está ahora mismo

disponible. Puedes darme el recado y cuando venga se lo digo.

-Es muy importante, no creo que pueda esperar.

Llámele por teléfono. Por favor.

(SUSPIRA) -Sobre qué tema es. -Es sobre los depósitos

de la bodega. Creo que hay un problema.

-¿Puedo ayudarte?

-Pues...

Es que quería hablar con don Pablo.

-Voy a verle ahora mismo. Si quieres, puedo darle

yo el recado.

Acompáñame, por favor. -Sí.

-Pasa, siéntate, por favor.

Tú dirás.

-Yo no quiero meterme en problemas, señora.

-Claro, lo supongo.

Puedes confiar en mí y contarme cualquier cosa que te preocupe.

Y si es lo que tú quieres, quedará entre nosotros.

Soy una de las socias de la bodega. ¿Qué es eso tan importante

que no puedes contarme?

-Acabo de ver a alguien manipulando los depósitos del vino

en la bodega. Si no se dan prisa se perderá toda la producción.

-¿De qué estás hablando? -Estaba en la pasarela de arriba

y vi a don Gustavo manipular los termostatos del depósito.

-¿A quién? -A don Gustavo.

-¿Estás seguro de eso? Señalar a un socio de la bodega

es una acusación muy grave. -Estoy seguro, señora.

Si no, no se lo diría. -¿Y por qué crees que don Gustavo

iba a hacer algo así? -No los sé.

Yo sólo puedo contarle lo que he visto.

Si no hacen algo, se perderá el vino.

-Tu lealtad con la bodega será recompensada.

Pero ahora tienes que ser discreto y no hablar de esto con nadie.

Ya me ocupo yo, ¿de acuerdo? -Claro, señora.

-Gracias, puedes marcharte.

-Jefa, no ha comido. ¿Quiere que le suba algo?

-No, gracias, Pascual. La coartada de Gustavo Arístides

se me ha atragantado. La verdad es que hay que estar

muy loco para creerse...

-¿Adónde va? -Al psiquiátrico.

A desmontar la declaración de Paula Muro.

-Gustavo...

-Bueno... A ver, ¿qué he hecho ahora?

-Fastidiarla, como siempre. -¿ah, sí? ¿Se puede saber en qué?

-¿Manipulaste los termostatos de los depósitos?

-Claro. -¿Te aseguraste de que nadie

te viese? -¿Tú te piensas que soy idiota?

-¿De verdad quieres que responda a esa pregunta?

Un trabajador te vio haciéndolo. -¿Cómo lo sabes?

-Porque iba a decírselo a Pablo y me lo contó a mí.

Le convencí de que yo me ocupaba de todo.

-Entonces, ¿dónde está el problema? -Cuando se descubra que el vino

está estropeado y que no hice caso de su aviso le contará a todo

el mundo que tú manipulaste los depósitos.

(SUSPIRA) -¿Qué quieres que haga? -Lo que mejor sabes hacer.

-No está bien que yo lo diga, pero si quieres quedamos luego

y te demuestro mis habilidades. -Me refiero a amenazarle,

idiota.

-Era broma. Joder, cómo estamos hoy.

(SUSPIRA)

Bernardo...

-Don Gustavo, dígame.

-Me han dicho que esta mañana me has visto en Logroño.

-Si yo no he estado en Logroño. -Sí, sí que has estado.

Has estado en Logroño y yo también.

De hecho, nos hemos encontrado y te he invitado a un vino allí.

Lejos de aquí. Muy lejos de los depósitos, ¿me entiendes?

-Pero... -¿Pero?

-¿Has dicho "pero"?

-Don Gustavo, hay compañeros que me han visto aquí.

-No te preocupes por ellos. Preocúpate por ti.

Y por tu familia.

-No puede ser.

Pero ¿qué está pasando aquí? David...

-Sí. -Ve a buscar a don Pablo.

Por favor, rápido.

Paula y Gustavo juntos. ¿Quién podría creerse eso?

-Evidentemente, ni ellos mismos. Pero luego me puse a recordar.

Claro, Paula no podría haber estado esa noche con Gustavo,

¿y sabe por qué? ¿Porque estaba ingresada

en la clínica? -Parece fácil, ¿no?

Entonces podrá detener a Gustavo. -Pues no.

Y creo que esto le afecta a usted de alguna manera.

Fui a la clínica para confirmar el dato...

¿Y? -Y su exmujer no estuvo allí

ni tres días. Se escapó.

-Miguel, perdón... Pasa, pasa.

-No quería molestar, pero ha pasado algo urgente.

Pablo te está buscando. -Vaya, vaya, que ya le he contado

todo lo que sé. Gracias por la información.

-Ortega, perdone...

¿Se sabe algo nuevo del caso de Manu?

-¿Algo nuevo? Pues no sé. Cualquier cosa que salpica

a los Cortázar es como las muñecas esas rusas,

que las abres y aparece toda la familia.

-El nivel del sulfuroso es demasiado alto.

Las levaduras así no pueden trabajar y las fermentaciones

no arrancan. Si no empieza la actividad

se echa a perder todo el mosto.

¿Quién ha hecho esta chapuza?

-Yo me he encargado de controlar el proceso, pero...

¿Has dejado que asuma la responsabilidad?

-Está capacitada. ¿Sí?

-Sí. ¿Entonces?

-Me ajusté a los porcentajes que me diste.

No sé qué ha podido pasar. Te has cargado la cosecha del año.

-No es momento de buscar culpables, sino de encontrar soluciones.

Como no recuperemos ese mosto perdemos la bodega, Pablo.

-Os vais a arruinar por mi culpa.

-Mar, escucha,

necesito que estés tranquila si quieres ayudarme a solucionarlo.

-Yo... pero ¿y cómo?

No tengo ni idea por dónde empezar.

-Vamos a calentar el mosto y vamos a echar más levaduras

en el depósito. Luego haremos un par de remontados

para que tomen oxígeno, ¿de acuerdo?

-Pablo, yo no voy a ser capaz de hacer todo esto sola.

-No vas a estar sola. Me voy a quedar aquí, contigo.

-Pero tienes que acompañar a Sara. -Ahora mismo no puedo moverme

de aquí. Cuando se haya solucionado todo esto, iré con ella.

-Gracias. -Tranquila.

Ya verás como esta noche podremos celebrarlo.

-Va a ser una noche larga.

Si quieres, traigo algo de cena. -Sí, está bien.

Pero ahora tengo que pasar por casa, ¿de acuerdo?

María, tu madre te tiene que decir algo.

-Ven, mi amor. Papá y yo vamos a estar

unos días fuera. -¿Te vas al médico

a ponerte buena? -Sí, mi amor.

Y cuando vuelva podré jugar contigo, como antes del accidente.

-¿Me voy a quedar sola? ¿Sola?

Vas a estar con toda la familia. Y el abuelo te va a llevar

todas las tardes al parque. Anda, ve con Amelia

a esperar a papá. Venga.

-Muchas gracias, Vicente.

Dale las gracias a Pablo, por vender las tierras.

-¿Cómo? Yo le ayudé a conseguir el dinero

para el tratamiento, tú volverás a andar

y él podrá liberarse. -¿Piensa que Pablo va a dejarme

cuando me recupere? No lo pienso, estoy seguro.

-Mi marido me quiere.

No, Sara, tu marido está atado a ti, lo mismo que tú

a esa silla de ruedas.

Ya va siendo hora de que os liberéis los dos.

-¿Dónde estabas? Vamos a perder el avión.

-Mira, Sara, lo siento, pero no puedo acompañarte.

-¿Qué? -Ha surgido un problema gravísimo

en la bodega con la fermentación. Si no lo solucionamos

podemos perder toda la cosecha. -Pero yo no puedo ir sola.

-Le he sacado un billete a Amelia. -No quiero ir con ella,

quiero ir contigo. -Sara, no puedes perder

esta oportunidad. Si no tendremos que esperar

mucho tiempo. Cuando solucione el problema

iré para allá. -O sea, que la empresa

es más importante que yo.

-La empresa paga estos billetes y el tratamiento.

Lo siento, de verdad.

Tengo que irme.

Se cierra la puerta. -Pablo...

-Señora, será mejor que salgamos, el taxi está a punto de llegar.

-Tranquila, Amelia, yo la ayudo. -Gracias.

-¿Sabes que ha quedado con Mar esta noche?

Cena romántica en las bodegas.

-Hogar, dulce hogar.

-¿Cómo puedes tener la cara dura de volver a esta casa?

-Has empezado una guerra, no puedes culparme por querer

tener al enemigo cerca. -Fuiste tú el que empezó todo esto.

-No te hagas la santa ahora. Fuiste tú la que me puso

los cuernos con ese niñato. Y la que le disparó.

-¿Sabes una cosa?

Me arrepiento tanto de lo que pasó.

Sí, es verdad, me equivoqué.

Aquella noche te apunté a ti,

pero mi puntería no es tan buena.

¿Alguna novedad, hija? -Va a ser imposible

que nos libremos de Gustavo.

Y todo gracias a la coartada de Paula.

Todavía tenemos la pistola. -Ya, pero sin las huellas

no podemos hacer nada, Papá.

Mira, la única forma de que Gustavo te deje en paz para siempre

es destruyéndolo, y yo sé cómo hacerlo.

-¿Qué tal, Mar? -He seguido todas tus indicaciones,

pero las fermentaciones no arrancan. Lo siento.

Lo siento mucho.

-Todavía hay una solución. Tenemos que encontrar un depósito

que justo haya empezado a fermentar.

-¿Y? -Tendrá un gran número de levaduras

en efervescencia y podremos aprovecharlas.

-Pero con el problema de los jornaleros

fuimos de los últimos en empezar el proceso.

Todas las bodegas estarán terminando las fermentaciones.

-Nosotros no fuimos los únicos en tener problemas con la vendimia.

Sé quién nos puede ayudar.

Tranquila.

-¿Así que queréis usar mis levaduras?

-Eso no afectaría en nada al proceso de fermentación

y nos ayudaríais a salir del paso. -Ya.

Ese es el problema. No tengo ninguna intención

de sacaros las castañas del fuego. -Daniel, me parece que me porté

bastante bien contigo cuando trabajamos juntos.

-Y por ti lo haría, Pablo. Si no fueras un Cortázar.

-Los Cortázar tu ayudamos cuando no tenías donde ir.

Te adelantamos el dinero de tu vino para que tirase adelante

la vendimia. -Si piensas que por darme trabajo

habéis saldado vuestras cuentas, estás muy equivocado.

No vais a utilizar mis depósitos.

Lo siento.

-¿En qué piensas? En que tengo que terminar

este pedido.

-Me gustaría hablar contigo.

Sólo será un momento.

Ahora no puedo, Adolfo. Tengo que terminar este pedido

de arrope, y cuanto más venda más dinero tendré

para los gastos del juicio de Lucía.

-Sofía, no puedes seguir huyendo de mí.

Más tarde o más temprano tenemos que hablar

de lo que pasó entre nosotros.

El pasado es mejor olvidarlo, Adolfo.

-Yo no quiero hacerlo.

Y necesito que me resuelvas una duda.

Ah.

-Si en esas cartas

que nunca llegaron

te hubiera pedido que vinieras a Argentina,

¿lo habrías hecho?

Me debes una respuesta, Sofía.

(SUSPIRA) A la única persona que yo le debo algo es a mi marido.

El hombre con el que pasó los mejores años de mi vida.

Y no voy a contestarte a tu pregunta.

Voy a por más botes.

¿Entonces vamos a perder la cosecha?

-Me temo que sí.

A no ser que encontremos otra solución.

Pablo...

¿Qué haces aquí?

Te hacía con Sara camino del aeropuerto.

-Hemos tenido un problema grave en la bodega.

¿Qué problema? -El nivel del sulfuroso

es demasiado alto para que arranquen

las fermentaciones. ¿Has intentado

subir la temperatura? -Sí.

¿Y? -No funciona.

La única posibilidad es encontrar un depósito que haya empezado

a fermentar. Y el único que queda es de los Reverte.

Yo puedo convencerles, si me dejas.

No.

-Miguel,

no tenemos otra solución. Hijo, déjame intentarlo.

No puedes pedirme que me quede encerrado en casa

viendo cómo el negocio de toda la vida se va a pique

sin poder hacer nada.

Está bien, habla con ellos.

Gracias, hijo.

¿Qué haces? ¿Qué es eso?

-Las cartas de amor que Adolfo mandó a mamá desde la Argentina.

¿Y las estás leyendo? -Las he encontrado en la basura.

¿Las tiró mamá?

-No, nunca las leyó.

Por lo visto fueron devueltas sin abrir.

Qué raro, ella siempre nos dijo que no había tenido más noticias

de él desde que se fue. -¿Entiendes ya

por qué las estoy leyendo? Alguien no jugó limpio

en esta historia. ¿Crees que nos mintió mamá?

-No, no fue mamá.

Fue papá.

Se la mandó al tío Adolfo.

(LEE) Tal como me pediste, le he entregado a Sofía tus cartas,

pero se ha negado a abrirlas.

Dice que no quiere saber nada de ti y yo tampoco.

A partir de ahora no somos hermanos.

Eres una vergüenza para la familia.

-Mintió.

Nunca le entregó esas cartas. Papá era buena persona, Dani.

Yo le veo incapaz de hacer algo así.

-Ya.

¿No crees que igual utilizó la excusa del robo a los Cortázar

para alejarlo de mamá?

No sé. Pero los Cortázar siempre en medio, ¿eh?

¿Sabes qué te digo?

Que ya va siendo hora que mamá se entere de esto.

Hola, hija.

Hola, mamá.

Deberías ver esto.

Son las cartas que Adolfo te mandó desde Argentina.

Tu tío no me mandó ninguna carta desde Argentina.

Que no las recibieras no quiere decir que no te las enviara.

Las habrá escrito ahora. Porque cuando tuvo que hacerlo,

no lo hizo. Mamá, sí lo hizo.

Pero papá te lo ocultó. ¿Eso es lo que te ha dicho?

Él ni siquiera sabe que las tengo yo.

Entonces, ¿de dónde sacas lo de tu padre, hija?

-Vamos a espera un poco para la poda.

Sí, aún hay mucha hoja.

Hablamos luego.

-¿Quién soy?

(RÍE)

-¿Por qué tenías tanta prisa en verme?

-Quería hablar contigo. -Ah, que ahora se le llama hablar.

(RÍE)

Yo también tenía ganas de hablar contigo.

Pero tenía una entrevista de trabajo.

Cariño, pensé que te alegrarías al saber que estoy intentando

quedarme en Lasiesta. -Me alegra mucho,

pero... tengo que contarte algo.

-¿Qué te pasa?

-Es sobre el accidente de Lorena. -Dani, no quiero

hablar de ese tema. -¿Y si ella no hubiera tenido

la culpa, Ana? -¿A qué te refieres?

-¿Nunca te has planteado que ella a lo mejor

no conducía ese coche?

-No creo que alguien fuera capaz de hacer algo así.

-Mira, Ana...

Mierda.

¿Por qué no hablamos más tarde? -¿Quedamos esta noche?

-Sí.

(SUSPIRA)

Hola. Tú debes ser la hermana de Lorena, ¿no?

-¿Y usted? Yo me llamo Vicente Cortázar.

Sentí mucho lo de tu hermana.

-Gracias. Adiós. Adiós.

Es tan guapa como su hermana.

No tienes mal gusto. -¿Qué quiere, Vicente?

Necesito que nos ayudes con la fermentación.

-¿Don Vicente Cortázar pidiéndome a mí un favor?

No te estoy pidiendo un favor, te lo estoy exigiendo.

-¿Qué pasa? ¿Que ahora que ni pinta nada en sus bodegas

intenta manejar las mías? Lárguese por donde ha venido.

Aquí no obedecemos órdenes de ningún Cortázar.

Verás, Dani, no me gustaría verme obligado a revelar

quién conducía realmente el coche en el que murió Lorena.

-Bueno, haga lo que tenga que hacer.

Si quiere decirle a Ortega que me libré de todo aquello

porque usted me encubrió...

No, en serio, adelante, así nos haremos compañía

en la cárcel. Ya lo veremos, hijo.

-Amelia, ¿qué hace usted aquí? ¿Y Sara?

-Se puso muy nerviosa y no quiso que la acompañara.

Y pensé que era mejor que se fuera sola antes de que perdiera

el vuelo. Lo siento. -Está bien, muchas gracias.

Pablo...

-Papá, ¿has hablado con Daniel? Sí, ya sabes que es muy testarudo.

Pero no te preocupes, acabará cediendo.

-Ya, pero no tenemos tiempo. Es cuestión de horas.

Disculpa.

Sara, ¿puedes hacer el favor de llamarme?

No tendrías que haberte ido sola, y lo sabes.

-Los depósitos 6 y 7 parece que aguantan

sin forzar la fermentación.

Pero con el resto... lo he logrado, Pablo, están fermentando.

-Pero ¿qué dices? ¿Cómo lo has conseguido?

-Me acordé de que las levaduras del cava son especialistas

en trabajar en condiciones adversas.

Y está dando resultado. Todos los depósitos

han comenzado a fermentar. -¿Me estás diciendo que has echado

levaduras de laboratorio a nuestros vinos?

-Sí. -Pues no sé qué va a salir de ahí,

pero desde luego no va a ser un vino Cortázar.

-¿A qué te refieres? -Que en estas bodegas

no usamos levaduras de laboratorio porque adulteran el sabor del vino.

-Lo siento, no lo sabía. -¿Cómo tomas una decisión así

sin consultarme? Ahora has echado a perder

la cosecha.

Por favor...

Pablo... ¿Qué pasa? ¿Siguen el vino sin fermentar?

-Hay un par de depósitos que podrían salvarse.

El resto están fermentando, y ese es el problema.

Esta vez Mar se ha equivocado. Ha utilizado levaduras de cava

sin permiso. Voy a tener que despedirla.

No, no lo hagas. -Pero ¿cómo que no, Miguel?

Vamos a tener que tirar todo ese vino.

Pablo, me he estado documentando. Hace unos años tuvimos un problema

parecido y precisamente las levaduras de cava

nos ayudaron a salvar la producción.

-Eso era antes, Miguel. Nadie notó la diferencia.

-Lo hicisteis a mis espaldas. Eran otros tiempos, Pablo.

Hacíamos las cosas a nuestra manera.

Nadie confiaba en nadie.

-¿Y ahora qué, Miguel?

Tú no eres el mismo.

¿Qué hacemos?

Mira, Pablo, Mar ha actuado por su cuenta

y puede que eso salve la cosecha. Decídelo tú.

-Yo sólo quería ayudar, pero lo he estropeado.

-Estás aprendiendo, es normal que cometas errores.

-Pero no tantos. Ni tan graves.

No valgo para esto.

Soy un desastre de enóloga. -Pablo nunca te hubiera dado

tanta responsabilidad si no hubiera visto

potencial en ti. -Mira cómo se lo he pagado.

Hundiéndole las bodegas. Mañana mismo presento mi dimisión.

No quiero esperar a que me despidan.

-Tranquila, no te van a echar. -Si hubieras visto

cómo me ha hablado Pablo, no pensarías lo mismo.

-Mar, la cosecha estaba a punto de irse al garete.

Y había que tomar una decisión. ¿Y dónde estaba Pablo, hum?

Eh, dime, ¿dónde?

Mar, te dejó sola.

Y él lo sabe.

No te va a despedir, ¿vale? Tranquila.

-Seguro que me odia.

-A ti es imposible odiarte, Mar.

(RÍE) Eh...

(RÍE) -¿Qué?

Oye, ¿y si cenamos esta noche?

Oh, bueno, no sé, igual tienes algo mejor que hacer.

-Ya no.

-Bueno, entonces podemos quedar tú y yo,

y así te distraes un poco. (RÍE)

-¿Qué? -Vale.

-¿Sí?

(RÍE) -Perfecto.

No te vas a arrepentir.

Ana...

-Hola. Qué casualidad... Ah, no, no es casualidad.

Te estaba buscando. -¿Sí?

Sí, verás, yo que tú me andaría con cuidado.

-¿Por qué? Ese chico no te conviene.

-¿Dani?

Lo menos que pudo hacer fue socorrer a Lorena

y no dejarla morir, ¿no crees?

-¿De qué está hablando?

-Vale.

-Avánzate tú, ahora te alcanzo.

Justo ahora iba a llamarte.

-¡Te odio! -¡Ana!

-¡Eres un hijo de puta! -¡Ana, tranquilízate!

¿Qué te pasa? -Vicente me lo ha contado todo.

¡Suéltame!

-Te lo iba a contar, te lo juro. Me asusté, no quería perderte.

-Me das asco, Dani. Asco, ¿entiendes?

-Ana... -Nos has jodido la vida.

Y me has dejado odiar a mi propia hermana.

-Lo siento. -Eres un asesino.

Y te juro por mi vida que vas a pagar por esto, Dani.

Te lo juro.

Risitas.

-Hijos de puta.

-Ah...

-¿Qué ha pasado?

-Perdóname, Pablo.

Yo quería ir, te lo prometo.

-No te enciendo, Sara.

Creo que por alguna razón no quieres curarte.

-Sí, Pablo, me encanta ser una inválida.

Me encanta aguantar tus miradas de compasión.

-Entonces, ¿por qué no has ido?

Creía que estabas con Mar.

-Acabas de perder la oportunidad de curarte.

Tardarán meses en darte otra cita. Todo por tu puta obsesión con Mar.

Me lo dijo Carlos.

-¿Cómo? -Me engañó.

Me dijo que tenías una cita esta noche con Mar,

pero en realidad había quedado con él.

-¿Y tú eso cómo lo sabes? -Les he visto.

En el laboratorio. Estaban habiéndolo.

-Sólo quería saber si era verdad.

Lo siento.

Llaman a la puerta. Sí.

Pablo...

-Tenías razón con Carlos.

Es un miserable.

¿Qué ha hecho? -Sara no ha ido a la clínica.

¿Por?

-Carlos le contó que yo tenía esta noche una cena con Mar

en el laboratorio. Este tío es imbécil.

-Y se le ha ido de las manos.

Sara fue allí y los descubrió follando.

Miguel,

no lo quiero ver más por casa. Cuenta con ello.

-¿Se puede saber qué le has hecho a Pablo?

-¿De qué estás hablando? -No sé lo que te traes

con esa tal Mar, pero Pablo lo sabe todo

y está muy enfadado. -Yo no he hecho nada con Mar.

Es él el que está enamorado. -Pero ¿cómo se te ocurre

decir algo así? Es un hombre casado.

-¿Y qué? -Que aunque fuera verdad.

¿Por qué te metes por medio? -Yo no he hecho nada.

Es él el que está paranoico. Se cree que todo el mundo

está con ella.

-Pablo no es así. -¿Tú qué sabes? No lo conoces.

A mí sí. -Estoy empezando a dudarlo.

-Que soy yo, tu hijo.

El único que ha crecido contigo.

¿Le vas a creer a él antes que a mí?

(SUSPIRA) -Yo ya no sé a quién creer.

-¿Qué dices?

Hola, mami. Hola, hija.

Te han traído un paquete. ¿Para mí?

Ajá.

¿Y de quién es? Ah, no sé.

(LEE) No os dejaré que os pase nada malo.

Ni a ti ni a mi hijo.

¿Quién lo envía? En la tarjeta no pone nada.

Pero sé perfectamente de quién es.

¿Crees que con esto vas a conseguir ablandarme?

Lucía... No, Miguel, por favor, basta.

Te lo pido por favor, déjame en paz.

Este regalo no es mío.

Prometí respetar tu decisión.

Entonces, si no es tuyo...

¿Raúl?

En la empresa de mensajería no han querido darme detalles

del envío, pero estoy segura de que es de Raúl.

-¿Entonces tienes un hijo?

Bueno, aún no.

Me enteré hace poco de que estoy embarazada.

-¿Por qué no me lo habías dicho? ¿Cambiaría algo?

-¿Cómo ha podido enterarse Raúl de tu embarazo?

Su familia lo sabe. -Eso quiere decir

que alguno de ellos está todavía en contacto con él.

¿Quién crees que puede ser?

Miguel, Vicente, Emma... Cualquiera, son todos iguales.

-Hay que averiguar desde dónde han mandado este paquete.

Será mejor que hable con Ortega. -No. Seamos discretos.

Cuando menos gente conozca nuestros avances, mejor.

Este paquete se ha tenido que mandar desde algún sitio.

Y voy a averiguarlo.

Gracias, Mar. -No se preocupe, capitán.

Tomo nota.

Lo siento.

-¿Qué quería el jefe? -Me ha amenazado

con abrirme otro expediente. De ser así significaría

mi expulsión del cuerpo. -Pues habrá que olvidar el tema.

¿O no?

-Si es que estoy convencida de que con este caso

podríamos acabar definitivamente con Vicente Cortázar,

y no me resigno a perder esa ocasión.

-Debería hacerse a la idea, si no lo que va a perder

será su trabajo.

-Pascual...

Devuélvele esto a Vicente Cortázar.

Espera, dame la caja.

-Agente Ortega.

¿Ha pasado algo? -No, nada.

Quería hablar con su hijo Miguel. ¿Algún problema?

-No, no, quería comentarle una cosa.

Con permiso.

Dígame. (SUSPIRA)

-Mis superiores me han amenazado con abrirme un expediente,

señor Cortázar. Otro expediente. Ya sabe lo que esto significa.

Y usted sabe que detrás de esto hay algo. No puede dejarlo ahora.

-Me temo que tendrá que seguir usted solo.

¿Y qué quiere que haga con esto? -Dele la vuelta a la caja.

¿Qué es? -Esta caja no ha estado enterrada

en sus viñas durante cuarenta años.

Creo que hemos estado demasiado obsesionados

pensando que la clave era el reloj, y es posible que la clave

sea la pegatina.

Averigüe dónde ha estado guardada todo este tiempo y tal vez

encuentra lo que necesita.

Suerte.

-¿Qué nos ha pasado, Gus?

¿Cómo hemos llegado a esto?

-¿Qué más da, Emma? Ya no tiene remedio.

-Que hayamos dejado de ser una familia no significa

que tengamos que convertirnos en enemigos.

-¿Me estás ofreciendo una tregua?

¿Y eso por qué?

Porque esta mañana parecías muy segura de ganar la partida.

-Tengo la pistola, sí.

Pero no tengo tus huellas.

Así que estamos en tablas. -Ya.

Lo que no entiendo es por qué te da este ataque de sinceridad ahora.

-Porque estoy cansada, Gus.

Ya no tengo energía para continuar una guerra que ninguno de los dos

va a poder ganar.

Si seguimos así, vamos a acabar destruyéndonos el uno al otro.

Lo sabes, ¿verdad?

¿Firmamos la paz?

Nunca volveremos a ser pareja, ¿vale? Ni siquiera amigos.

(SUSPIRA) -Pero en las bodegas Cortázar

hay sitio para los dos.

Llaman a la puerta. Ya voy yo, mamá.

Hola, Mar. -Hola, Lucía.

Sofía... Cuánto tiempo.

Gracias por ayudar a mi hija.

-No hay de qué. De hecho, traigo buenas noticias.

¿De Raúl? -La dirección desde la que se mandó

el paquete. Pertenece a un hotel de lujo de Buenos Aires.

O sea, él pegándose allí la gran vida a costa del dinero

que nos robó, y yo aquí jugándome la pena de cárcel.

Ahora sabemos dónde está. Va a tener que pagar

por todo lo que ha hecho. -En realidad

no lo hemos encontrado exactamente.

Mi contacto nos ha conseguido una lista de clientes

que estaban alojados cuando se mandó el regalo.

Ninguno responde al nombre de Raúl Cortázar.

¿Está usando una identidad falsa?

-Era de esperar. Por eso se arriesgó

a mandar el paquete.

Sabía que no le íbamos a pillar. -Pues se ha pasado de listo.

Una de las habitaciones del hotel se cargó a la misma tarjeta

que el envío del peluche. ¿Está a nombre de él?

-No. Está a nombre de una tal Irene Salcedo.

¿De qué me suena ese nombre?

Pues...

Irene Salcedo es la identidad que ha estado usando Rosalía

durante todos estos años.

(RÍE) -¿De qué te ríes?

-Parecías un jugador de rugby.

-Bueno, eran los 80. Se llevaban las hombreras.

-Y esos pelos cardaos. -Fue una década muy mala.

-Sobre todo porque me conociste a mí, ¿no?

-No me arrepiento de nada.

Pasamos muy buenos momentos.

-No teníamos que haber dejado que las cosas se nos fueran

de las manos.

(SUSPIRA) -¿Qué te pasa?

-Creo que me ha sentado mal el vino.

(SUSPIRA)

-Te he puesto un somnífero.

-¿Me has...?

¿Por qué?

¿Qué vas a hacer?

¿Eh?

(SUSPIRA)

(SUSPIRA)

-No te asustes, no voy a matarte.

(SUSPIRA)

-Prefiero ver cómo te pudres en la cárcel.

Cámbiate, el resto lo tienes en el coche.

Adiós, Gus. Tú eres la única persona

de quien se fía Paula. -Y quiere que se lo pague

traicionándola. Baja los termostatos del 2 y del 3.

Va a hacerlo. Siempre admiré tu capacidad

para sobrevivir, Gustavo. Has hecho lo correcto.

-Te has aprovechado para manipularla.

No sé qué crees qué ha pasado entre tú y yo, pero estoy casado.

-Quiere a Miguel fuera de las bodegas tanto como yo.

¿Qué tengo que hacer? Tienes un trabajo y un sueldo,

que es más de lo que te mereces. -Será mejor que te vayas.

No me gusta en lo que te estás convirtiendo.

-¡Ah! ¿Hablaste con ella del accidente?

-Es tarde. Va a denunciarte.

Ortega cree que se paga a un cómplice.

-Podemos tenderle una trampa a Raúl.

-Vas a traicionar a mi hijo. ¿Cuánto te pagan los Reverte

para que declares contra él? -Puedo citar a Rosalía.

Rosalía sabía dónde estaba Raúl y consintió que te encarcelaran.

Ese reloj no ha estado todo este tiempo bajo tierra.

Hay una etiqueta en la base de la caja.

Es a un guardamuebles de Haro. ¿Adivina a nombre

de quién está uno de sus trasteros? Vicente Cortázar.

-Me dijo que Daniel Reverte conducía el coche

en el que murió Lorena. ¿Cómo iba a decir yo eso?

¿Buscas esto?

  • A mi lista
  • A mis favoritos
  • T3 - Capítulo 31

Gran Reserva - T3 - Capítulo 31

04 feb 2013

Emma vence la primera batalla a Gustavo. Gracias a don Vicente, y con la pistola que utilizaron para matar a Manu en su poder, Emma ha pasado a coger la sartén por el mango.

ver más sobre "Gran Reserva - T3 - Capítulo 31" ver menos sobre "Gran Reserva - T3 - Capítulo 31"
Programas completos (43)

Los últimos 394 programas de Gran Reserva

  • Ver Miniaturas Ver Miniaturas
  • Ver Listado Ver Listado
Buscar por:
Por fechas
Por tipo
Todos los vídeos y audios

El administrador de la página ha decidido no mostrar los comentarios de este contenido en cumplimiento de las Normas de participación

comentarios.nopermitidos