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2004760
No recomendado para menores de 7 años  Gran Reserva. El origen - Capítulo 80 - Adolfo despierta del coma y acusa a Jesús de ser un traidor por haberle robado a Sofía - ver ahora
Transcripción completa

Me pregunto por qué demonios te han soltado.

-La justicia me ha dado la razón.

Mi abogado ha podido demostrar que la botella de vino

pudo ser manipulada después de salir de las bodegas.

Así que el juez ha desestimado la prueba

porque llegó abierta al laboratorio

y cualquiera ha podido adulterarla. -Claro.

-Ahora que se ha quedado demostrado que mi padre es inocente

había pensado que tendríamos una oportunidad.

No sé si quieres disculparte o... -¿Disculparme?

¿Cuándo vas a abrir los ojos? -¿No puedes pensar por un momento

que estás equivocada? Esto será imposible de recuperar.

-Sí, ¿es que tenías alguna intención de recuperarlo?

-Sí, sí. -¿Cómo puedes ser tan cínico?

(CON DESPRECIO) Intentar recuperarlo después de haber estado con Asunción.

-¿Ha venido alguna visita incómoda?

-El panadero se dejó caer esta mañana para ver a la señora.

-¿Se quedó mucho rato? -No mucho, señor.

¿Crees que soy estúpido? -¡Quítame las manos de encima!

-Y tú quita la vista de encima de mi mujer.

Estás avisado.

-No voy a permitir que me amenaces. Ni a mí ni a ella.

-Ha sufrido una parada cardíaca.

Me temo que ha padecido una pequeña hipoxia.

¿Qué es una hipoxia? Falta de oxígeno.

¿Está diciendo que mi hermano...? No va a morir, ¿verdad?

-No, nadie ha dicho tal cosa.

Habrá que esperar las próximas 48 horas a ver cómo evoluciona.

¿Cómo hemos sido tan egoístas? Me cambiaría por él ahora mismo.

Pero te quiero, estoy enamorado de ti.

Pues yo me arrepiento cada minuto.

Dígame la verdad, madre. ¿Lo he perdido?

(LLORA) -Lo siento, cariño. -No, no puede ser.

(ALTERADA) Vámonos al ginecólogo. -No se puede hacer nada.

-¿Para qué quiere esa cruz ahora? -Para proteger a mi nieto.

Llévasela a Carolina antes de que se vaya.

¡Dile a tu padre que se meta la cruz por donde le quepa! ¡Ya no hay niño!

(SOLLOZA) Lo ha perdido esta tarde. -Lo siento mucho.

Carolina ha tenido un aborto repentino, ha perdido al niño.

Se ha quedado sin su adorado nieto.

(MUJER) No sé por qué te quiero.

Será que tengo alma de bolero.

Tú siempre buscas lo que no tengo.

Te busco en todos y no te encuentro.

Digo tu nombre cuando no debo.

(HOMBRE) No sé por qué te quiero.

Será que tengo alma de bolero.

Tú siempre buscas lo que no tengo.

Te busco en todas y no te encuentro.

Digo tu nombre cuando no debo.

(AMBOS) Querer como te quiero

no tiene nombre ni documentos,

no tiene madre, no tiene precio.

Soy hoja seca que arrastra el tiempo,

medio feliz

en medio del cielo.

Renata, ¿por qué no se va a casa a descansar un poco?

No ha dormido en toda la noche. No.

Si no se despertara,

no me perdonaría no haber estado con él estos momentos.

No diga eso.

Estoy segura de que aunque esté así nos oye.

Así que lo que tenemos que decirle es que luche por su vida,

que aquí lo queremos mucho. Ojalá nos pueda oír.

Y así sabrá lo mucho que le quieres.

(Llaman a la puerta)

¿Se puede?

-Hola, Inés. -Hola.

-Gracias por venir. -¿Cómo está?

Ha pasado buena noche, pero no ha salido de peligro.

Pobre hijo mío, debatiéndose entre la vida y la muerte.

-No te preocupes, Renata, que Ricardo no solo le estará viendo,

sino que le dará fuerzas para seguir adelante.

-Inés, es que...

si no se despierta hoy...

puede ser que no se despierte nunca.

(Música triste)

Pero...

Pero se tiene que despertar.

Y se va a despertar porque su padre...

Su padre está con él.

Y su padre le va a decir que...

Que vuelva aquí con su madre.

Que vuelva.

(SOLLOZA) Que vuelva, Inés.

(LLORA) Vuelve, Adolfo. Vuelve.

(LLORA) Vuelve.

¿No vas a levantarte o qué? ¿Eh?

Deberías ver las viñas a primera hora.

A este paso nunca lo harás.

No entiendo qué tiene de malo

que pases toda la mañana en la cama con tu mujer. ¡Ven!

Ojalá pudiera, me encantaría. Pero no puede ser.

Vaya...

D. Vicente Cortázar tiene muchas responsabilidades, ¿verdad?

No seas mala. (RÍE)

Si pudiera me quedaría, lo sabes. Y no solo la mañana, el día entero.

Pero, me es imposible.

Tenía que intentarlo.

Por lo menos, desayunaremos juntos, ¿no?

Pues no. Me temo que tampoco puede ser.

Hoy tengo todo el día ocupado. Iré a las reuniones de mi padre.

El pobre, con todo lo del aborto de Carolina, está destrozado.

Claro, es comprensible.

Le va a costar levantar cabeza.

Primero la muerte de mi hermano,

ahora la pérdida de ese niño, que para él era como...

Como recuperarlo a él. Con esa obsesión que tenía.

Era como si recuperase a Gabriel.

Bueno, Vicente, la vida sigue. Y estamos tú y yo.

Nosotros le daremos esos nietos

que ocupen el lugar que iba a ocupar ese niño. Ven aquí.

Sí, ese va a ser su único consuelo.

Vas a tener que perdonarme,

otra vez nos hemos quedado sin ir a Argentina.

Bueno, no te preocupes. Ya tendremos tiempo.

A este paso no conoceré nunca a tu familia.

No me lo creo. Es como si alguien se hubiese empeñado

en no dejarnos ir. ¿No es raro?

Ahora lo importante es que estemos al lado de tu padre

para que se recupere cuanto antes del disgusto.

No puedo creer que seas así.

¿Por qué me dices eso?

Eres la generosidad personificada.

(RÍE)

Cada día doy gracias por haberme casado con una mujer como tú.

Tan generosa. Tan comprensiva.

Tan guapa. (RÍE)

Otra habría puesto el grito en el cielo.

O se habría enfadado con mi familia

porque no nos dejan visitar a la tuya, pero tú no.

Tú siempre estás con una sonrisa en los labios.

¿Se puede saber cómo lo haces?

Siempre que me preguntas te digo lo mismo.

Porque te quiero.

Te quiero. (RÍE)

Venga, que me tengo que ir. No.

Suelta, bicho. Suelta. (RÍE)

Y levántate de la cama.

(Llaman a la puerta)

¿Quién es? -Soy yo, Gato.

-Pasa.

-Me he escapado de comisaría para almorzar contigo,

y de paso te hago compañía un rato, si no te molesta.

-Me da igual.

(SUSPIRA) -Chispis, no puedes pasarte el día tumbada en la cama.

Así no vas a solucionar nada. Al menos hazlo por tu madre.

-No me hables como una niña pequeña, que ya soy mayor.

-Me he pasado a mirar el terreno donde harán la casa,

y el sitio cada vez me gusta más. Tendremos una casa preciosa.

-Pero es que no quiero terrenos. No quiero terrenos, ni casa, ni boda.

¿No lo entiendes? Acabo de perder a mi hijo.

-Lo entiendo, para mí también ha sido un mazazo.

Pero no podemos rendirnos ahora.

Si cada persona que le viniera una desgracia así se viene abajo,

el mundo no giraría. Tienes que asumir lo que ha pasado

y dejar de sentirte culpable. -No puedo.

-Carolina, somos jóvenes. Con el tiempo vendrán más niños.

Y nadie intentará robártelos, porque serán nuestros.

-Ya, pero eso no me devolverá al niño que acabo de perder.

Este niño ya no va a nacer, Ángel.

Yo ya no tengo ganas de vivir.

No quiero. -No hables así, Chispis.

Cásemonos, y seguro que lo ves todo de otra manera.

No pararé hasta devolverte la sonrisa más bonita de Lasiesta

y que seas la madre más feliz del mundo.

-No lo entiendes porque he sido yo quien ha perdido el hijo, no tú.

Pero este hijo era mío. Mío y de Gabriel.

No tienes nada que ver en esto.

Ni se te ocurra pedirme matrimonio porque no pienso casarme contigo.

-¿Por qué dices eso? Yo te quiero. -Me da igual.

Márchate.

Márchate, quiero estar sola.

-¿A que no has comido nada? Renata, que nos conocemos.

No hay manera, Inés. No me hace caso.

(INÉS SUSPIRA) -No.

No me voy del hospital. -Anda, venga.

Aunque sea salimos de la habitación un poco.

Damos un paseo y que te dé el aire, o a la cafetería.

A tomarte el potaje que he traído y he pedido que te calienten.

-Vamos, que si no a Inés le va a dar algo.

Adiós, hijo mío.

-Adiós, Sofía.

(SUSPIRA)

Adolfo.

Escúchame, sé que puedes oírme.

Sé que no te quieres despertar porque estás enfadado conmigo.

Y tienes razón.

Lo de Jesús y yo nunca debió pasar.

No quería hacerte daño, mi amor.

(SOLLOZA) Y te aseguro que...

si dudé cuando me pediste matrimonio es porque soy tonta.

Y me dan mucho miedo los cambios.

Pero me arrepiento mucho, ¿me oyes?

Me arrepiento muchísimo.

Por favor, mi amor, despiértate.

Despiértate, necesito mirarte a los ojos y pedirte perdón.

Por favor, mi niño, te quiero.

Te quiero, Adolfo. Despierta.

Despiértate, por favor.

¡Adolfo! ¡No, quieto, tranquilo!

Has tenido un accidente y estás en el hospital, pero estás bien.

Voy a llamar al médico.

La Gaceta da la noticia de mi puesta en libertad.

Que todos vean que S. Miranda vuelve con más fuerza que nunca.

Esto frenará la sangría de clientes que nos están robando los Cortázar.

-Por desgracia, no evita que ninguno de esos clientes

se resistan a volver con nosotros. Esto nos ha hecho mucho daño, padre.

-Todavía el escándalo está muy reciente.

Pero si hacemos las cosas bien todo volverá a ser como antes.

Los clientes tiene que entender

que si me han puesto en libertad es porque soy inocente.

(SANTIAGO RÍE) -¿Piensas que se lo van a creer?

-Les viene bien, saben que nuestros vinos son los mejores.

Solo necesitan una buena razón para volver a distribuirlos.

-He quedado con los Montalván, no podemos perder sus restaurantes.

Les dejaré unas partidas de reserva a precio de crianza pero...

si sacan el tema del vino adulterado no sé cómo lidiarlo.

-Es muy fácil.

Si cualquiera pudo adulterar la botella con metanol

nos presentaremos como víctimas de un sabotaje.

De las maniobras de nuestros enemigos.

No hay necesidad de nombrar a los Cortázar, no hace falta.

-Ya, usted quiere que los Cortázar paguen

por lo que hizo Ormaechea, ¿no? -Pues sí.

Es la guerra, ellos la empezaron.

-Luis, cariño, tienes una visita. Ha venido Asunción a verte.

-¿Y qué hace que no pasa? -He pensado que no era conveniente,

estabais hablando de negocios. -Anda, dile que pase.

Esa chica es como de la familia. -No, Elvira.

Dile que luego iré a verla yo.

Tengo la reunión a las 11h, no quiero llegar tarde.

-Luis, tienes tiempo de sobra, no le hagas este feo.

Dile que pase. (ELVIRA SUSPIRA)

¿Te das cuenta cómo te quiere? Te quiere por encima de todo.

-Pasa, Asunción, cielo. -Buenos días.

-¿Un café? ¿Quieres algo? -No, muchas gracias.

No sabía que estaban desayunando. -No te preocupes.

¿Quieres sentarte con nosotros? -No, gracias.

Venía a hablar con Luis.

Voy a ir a Logroño a comprar unos zapatos,

he pensado que igual te gustaría acompañarme.

-Sí, sí, claro. Casualmente tengo una reunión allí.

-Luis, ¿por qué no te vas con Asunción

y después de la reunión te tomas el día libre?

(RÍE) Yo me encargo de los cosecheros.

¿Sí? Muchísimas gracias. -Sí.

-¿A ti te apetece? -Claro.

Entonces sigue igual.

Sigue inconsciente.

Ahora están con él mi madre y Sofía, pero eso no es lo peor.

Se le paró el corazón, consiguieron reanimarlo

pero no se sabe lo que puede pasar. Madre mía.

Lo siento, Jesús.

Pero no hay que perder la esperanza.

Todo depende de las ganas que tenga de vivir.

Sí, es muy vital. A eso me agarro para no pensar en lo peor.

Da gracias, tú por lo menos puedes hacerlo.

Cuando murió Gabriel no tuve esa oportunidad.

Es terrible tener la sensación

de que pudiste hacer algo más.

Lo intenté todo con Gabriel, pero...

No me quito la sensación de culpa. Sofía tampoco.

Jesús, ya te lo dije. Tú no eres culpable de nada.

El que va al volante es el responsable.

Que os viese a ti y a Sofía besaros...

Lo podría haber tomado diferente. Puede ser.

Supongo que sí, pero no me alivia. Y Sofía está traumatizada.

Sentirte así no te ayuda, ni a tu hermano.

Jesús, fue un accidente. (SUSPIRA)

Tú no pisaste el acelerador. No hay que buscar culpables.

Hoy no puedo estar con vosotros, empezad a desnietar la cepa sin mí.

Es lo más urgente, ¿verdad? Jesús, ayer terminamos de hacerlo.

(SUSPIRA) Tienes razón.

En fin, perdonadme. Podéis iros a casa.

Mañana limpiaremos las finas.

Bueno... -¿Adónde vas, Elvira? Siéntate.

Quiero hablar contigo.

Bueno, ya ves. Las aguas vuelven a su cauce.

He salido de la cárcel...

Recuperamos el control de nuestro negocio.

Y Luis sale de nuevo con Asunción.

¿Estás contenta? (ELVIRA RÍE)

¿De esto querías hablarme?

-Pareces la única que no se alegra de que las cosas vayan bien.

-No me interesan tus triunfos.

Para celebrarlos te basta con tu propio ego.

-¿Y la visita que le hice ayer a tu amigo el panadero te interesa?

-¿Qué quieres decir?

-De momento solo ha sido una visita de cortesía.

Pero si te vuelves a encontrar con él, tendré que tomar medidas,

que pueden ser muy desagradables, contra él.

-Ni la cárcel te ha hecho cambiar.

Siempre con tus amenazas. -No lo dudes.

-No, te creo capaz de cualquier cosa.

Hasta de las más terribles.

-Y no me temblará el pulso.

Qué ilusos.

Os creéis que hay una regla escrita que nos hace buenos o malos.

Algún día os daréis cuenta de que las reglas

las escribimos nosotros.

-No hace falta que me digas que tú dictas esas reglas.

-Las dicta el que puede, y el que no, las obedece.

Si ya sabes lo que le conviene a tu amigo el panadero...

debes dejar de verle.

-Santiago, no le hagas nada. No se lo merece.

(RÍE) -Ahora dirás aquello de que es un ser limpio,

sencillo, incapaz de hacerle mal a nadie...

-Exacto, así es.

-¿Te parece bien robarle la esposa a otro hombre?

¿Crees que está bien mentir, y usurpar el lugar de otro?

¿Entonces de qué sirven los códigos, las normas, las leyes...?

Tú estás casada conmigo.

Y está castigado por la ley

el abandono de hogar,

la infidelidad, el adulterio...

-Solo defiendes las leyes cuando te conviene.

Está claro que esas leyes las hacen hombres.

Estáis convencidos de que las mujeres somos objetos.

¿Dónde está la dignidad? Ante todo soy un ser humano.

-Aléjate de él...

si quieres que siga vivo.

De pequeños nos peleábamos por ver quién pisaba la uva.

Quien pisara la uva no tenía que trabajar en el campo.

La pisábamos los dos porque mi padre se compadecía.

¿Qué ha pasado, Vicente?

¿Cómo hemos llegado aquí?

No lo sé.

Supongo que de niño te imaginas la vida de forma idílica, irreal.

También echo de menos cuando jugaba con mis hermanos,

y entre nosotros todo era perfecto.

No sé, la vida era como un juego constante

en el que nos divertíamos por igual, y fíjate.

Con mi hermano Gabriel no podía ni hablar y ahora...

me paso el día a la gresca con Rafael y con Elena.

Eran fáciles las cosas de niños.

Si hacías alguna trastada, un par de gritos

y se acabó el problema. (RÍE) A mí no me castigaron nunca.

Bueno, sí. Una vez.

Mi madre nos dejó una semana entera sin salir de casa

a mis hermanos y a mí porque fuimos a buscar luciérnagas

y llegamos a casa casi a medianoche.

Querían iluminar la casa para que la vieran los extraterrestres.

Pero es cierto, sí. (SUSPIRA)

Una reprimenda y se acabó.

¿Qué echas más en falta de aquellos días?

A mi madre.

Me costó mucho hacerme a la idea de que no la iba a ver nunca más.

(SUSPIRA)

Era una madre maravillosa, Jesús. Solamente puedo decirte eso.

Yo echo de menos ese mundo idílico donde no podía pasar nada malo.

(Teléfono)

¿Sí, dígame?

Sí, soy yo.

Voy para allá.

¿Qué ocurre? Mi hermano, ha despertado.

(ALIVIADO) Por favor.

Me alegro.

Está fuera de peligro, pero debe permanecer en observación.

Volveré para ver cómo evoluciona. -Muy bien. Gracias, doctor.

Ay, mi vida. Qué alegría, qué contenta estoy.

¿Estás tú contento, mi amor? -¿Cómo no voy a estar contento?

Yo siempre he sabido que ibas a salir de esta.

¿Verdad, Sofía, que sí? Sí, claro que sí.

Ay, cariño... ¿Cómo está?

Pregúntaselo tú mismo. Vaya susto nos has dado, hermanito.

¿Cómo estás?

Está estupendamente, dentro de nada nos vamos a casa.

Madre, usted vaya a casa ya, si no nos vamos a enfadar los tres.

Tiene que descansar. Ahora que está despierto me quedo.

Madre, que no es de hierro. Tiene que descansar.

Sofía, ¿puedes acompañarla tú? Claro que sí.

Adiós, mi amor.

¡Mi amor! Vamos, Sofía. Claro.

Descanse y coma, por favor.

(Se cierra la puerta)

(SUSPIRA)

Elvira. -Dimas.

-Si alguien te ve y se lo cuenta... Tenemos que tener más cuidado.

(SUSPIRA) -No he podido evitarlo, he tenido que venir

porque Santiago me ha contado que vino a verte

y te amenazó.

-¿Cómo pudo enterarse que nos vimos mientras estaba en la cárcel?

-¿Y tú te lo preguntas? Parece mentira que seas de aquí.

Sabes que está lleno de cotillas que no hacen

más que criticar y meterse en la vida de los demás.

Pero de quien más desconfío es de Chelo.

-Pero Chelo no sabe hasta qué punto hemos...

-No, no. Ni ella, ni Santiago, ni nadie.

Espero, pero si mi marido se enterase de que tú y yo...

hemos hecho el amor...

ahora mismo estaríamos muertos. -A mí no me da miedo.

Yo por ti soy capaz de plantarle cara.

-Sé que eres capaz, y eso es lo que me preocupa, Dimas.

Santiago no soporta que nadie se le enfrente.

Es un Miranda, no puede permitirlo.

A él le da igual que yo le sea infiel o le engañe,

lo único que no puede soportar es el qué dirán.

Que se rían en su cara.

Que todos le consideren un marido engañado.

Eso no lo permitirá nunca. -No puedo aceptar que te torture.

Y te obligue a estar con él.

No me puedo quedar con los brazos cruzados.

Tenemos que hablar. No me apetece hablar.

Sé que no es el momento pero tarde o temprano tendremos que hacerlo.

No podemos hacer como si no hubiera pasado nada.

Necesito contarte lo que pasó. No me hace falta.

Vi con mis propios ojos como Sofía y tú os besabais.

Lo que pasó en la bodega fue muy violento

pero me gustaría que intentaras verlo de otra manera.

No me arrepiento de nada, porque te hablé de frente, Jesús,

cosa que tú nunca has hecho conmigo.

Adolfo, quiero a Sofía desde el segundo en que la conocí,

cuando me preguntó cómo se iba a Lasiesta,

pero me he apartado y me he callado porque apareciste tú

y ese fue mi error.

No decirte desde el principio que había conocido a una mujer

que me había tocado el alma, antes de que la conocieras tú.

Pero decidí callarme y sufrir lo que no está en los escritos.

Ya vi cómo sufrías mientras la besabas.

Lo hice porque habíais roto.

Solo hacía unas horas, te faltó tiempo para abalanzarte sobre ella.

Siento mucho que te enteraras de esa manera,

no quería hacerte daño.

Perdóname, Adolfo.

¡Encima tienes el cuajo de pedirme que te perdone!

Déjame en paz. Me has traicionado de la peor manera posible.

Intenté que no sucediera, de verdad,

pero no pude.

Seguirás siendo mi hermano,

por desgracia eso no se puede cambiar,

pero nunca te perdonaré lo que me has hecho.

Por favor.

Está bien,

pero no nos culpes a mí y a Sofía de tu accidente.

Ella no lo merece.

Tenemos que dejar de vernos.

-No me puedes pedir eso.

Tu marido puede ser el hombre más poderoso de la comarca

pero no puede hacerme renunciar a ti.

-No me lo pongas más difícil.

-No, puede quemarme el horno, quitarme la casa,

mandarme las siete plagas de Egipto si quiere...

¿Por qué no nos vamos tú y yo y ponemos un negocio?

(RECUPERA EL ALIENTO) -¿De verdad...

estarías dispuesto a dejar todo lo que tienes por mí?

-Te lo estoy diciendo.

-Dimas...

No.

(SOLLOZA) ¡No puede ser!

¡No puede ser, no hay otra solución!

Santiago... Tú no lo conoces;

nos perseguiría como una maldición allá donde fuéramos.

Viviríamos con el alma en un puño.

A mí no me haría nada,

porque querría recuperarme como a una de sus propiedades...

...pero a ti te destrozaría sin ningún tipo de compasión.

Y yo...

Yo te quiero demasiado y no podría soportarlo.

-¿Entonces me estás diciendo que es mejor que lo dejemos?

-Es lo mejor para los dos.

Yo nunca olvidaré...

todo lo que me has dado.

El cariño, tus caricias, los besos...

Esa noche que me hiciste tuya.

Tú me has hecho sentir por primera vez en mi vida

una mujer amada, una persona amada.

-Y yo te amaría toda la vida, si tú quieres.

(LLORA) -Por favor, no me digas estas cosas,

porque si no no voy a poder... No voy a poder salir de aquí.

-Entonces...

-Solo quiero decirte una cosa:

Estos días han sido...

Han sido los más felices de mi vida.

Pero ahora tiene que terminar, para siempre.

-¿Esto es una despedida?

(CON VOZ DÉBIL) -Sí.

-¡Buenos días! Doña Elvira. (ELVIRA) -Buenas.

-Hola, Dimas.

-Hola.

-Es que he terminado pronto y he pensado pasar de camino

y así cojo el pan... -Sí, ¿te esperas un momento?

Aquí tiene, Doña Elvira, recién salido del horno.

-Gracias.

Adiós. -Adiós.

(VOZ TEMBLOROSA) -Adiós, Ortega.

-Ponme unas rosquillitas y se las llevo a Isabelita.

¡Eh!

¡Unas rosquillitas!

¡Vamos!

¡Te quedas con la mirada pegada a Doña Elvira sin pestañear!

-No hables de lo que no sabes.

-Así que Don Santiago Miranda ha salido de la cárcel.

-Ya lo ves y sin cargos.

Pero ha sido un poco milagrito,

que alguien tan poderoso y tan rico como él

se haya pasado unos días a la sombra.

-Algo esconderá. Cuando el río suena...

Lo que pasa es que la justicia tiene un doble rasero,

todo depende del abogado que te puedas pagar.

Santiago Miranda es un hombre ambicioso,

capaz de cualquier cosa con tal que nadie le haga sombra.

Hay veces que el mejor atajo no es el camino más fácil.

-¿El camino más fácil?

Si le acusaban de engañar al Consejo Regulador con vino adulterado.

Yo no le veo capaz de apostar el pellejo por eso.

-Allá usted, si no quiere ver más allá de sus narices.

-Sin faltar, yo solo sé que está fuera de la cárcel,

digan lo que digan, verdad o mentira.

-En este mundo de mierda el dinero lo soluciona todo,

por eso ha salido libre, no porque sea inocente.

-Que no, que el dinero no lo es todo.

Hace muchos años, cuando yo era joven,

el Miranda me ofreció trabajo.

Y pagándome mucho más que los Cortázar.

Pero ahí le tuve un mes o así,

con la oferta en la mano. -¿Y fue tan tonto de decir que no?

-No es ser tonto, no me digas eso.

Que hay cosas más importantes que el dinero, el afecto...

Sí, el afecto que nos une a Don Alejandro y a mí.

El Miranda no me hubiera tratado tan bien

como nos ha tratado Don Alejandro a mi familia y a mí.

-Claro, por eso no deja que Roberto venga a ver a Manuela

sabiendo que son novios. -No mezcles las cosas.

Que Roberto le pegó a un Cortázar y ahí se cerró las puertas.

Y eso que el chaval es muy bueno,

tan bueno como yo o más, cuando yo era joven.

-¿Ah, sí? -Sí.

-¿Me puedo ir un momento? Tengo que hacer un recado.

-¿Así tan rápido? -Tranquilo, esto lo arreglo luego.

(FARFULLA) -"Lo arreglo luego".

-Me da pena que no hayamos paseado más por Logroño.

Estoy harta de pasear siempre por Lasiesta.

Cuando nos casemos podríamos ir a vivir a Logroño.

-¿No crees que te estás precipitando hablando de casarnos?

-Lasiesta no te pillaría tan lejos.

Y podrías ir y venir todos los días a las Bodegas.

Así yo no me aburriría tanto. -No me has oído, ¿verdad?

Yo no he hablado en ningún momento de casarnos.

(DUDA) -Bueno, pero yo pensaba...

Estos días hemos estado muy bien, recuperando el tiempo perdido.

Ahora es todo como cuando éramos novios.

Bueno, incluso mejor.

¿Por qué no puedo hablar de nuestra boda?

-Porque no va a haber boda.

-¿Qué? -Tú y yo ni siquiera somos novios.

-¿Cómo que no?

He estado a tu lado cuando tu padre estaba en la cárcel.

Y te he apoyado en todo. -Sí, te lo agradezco mucho.

Para mí siempre serás una amiga especial, pero nada más.

-¿Una amiga? El otro día no me trataste como una amiga

cuando nos acostamos y me entregué a ti, eso no es de amigos.

-Fue un momento de debilidad y tú lo sabes.

-¿De debilidad?

Yo nunca me había entregado a un chico, Luis.

-Lo sé, hicimos el amor, pero decías que no esperabas nada de mí.

-Me entregué a ti pensando que serías el hombre de mi vida.

-No quiero volver a hacerte daño,

pero no voy a permitir que planees una boda por tu cuenta.

Yo no te quiero como tú esperas y nunca te he querido así.

-¿Quién crees que soy? ¿Una cualquiera? ¿Una furcia?

-¿Dónde va ese tan deprisa?

-Ya sabes lo alocado que es.

Te habías dejado olvidada la fiambrera.

-Ya sabes.

-Y traigo buenas noticias. -¿Ah, sí?

-Adolfo ha despertado del coma. Parece que todo está bien.

-Me alegro, porque estaba harto de tantas malas noticias.

-¿Se puede saber qué te pasa?

-Que estoy dándole vueltas a la cabeza

con que Manuela y Roberto se vayan a Holanda.

¡Y además, que se case tan joven! (RENIEGA) -Ay, Eduardo,

que tu hija lleva en edad casadera ya hace tiempo.

Y estabas encantado con la idea de que se ennoviaran y se casaran.

-Las cosas no son como esperaba.

Manuela, ahí lejos de nosotros. ¿Y si le pasa algo?

Mira a Adolfo Reverte.

Es que las cosas pasan cuando menos te lo esperas.

-Ay, no llames al mal tiempo. No tiene por qué pasarles nada.

-¿Y si me pasa algo a mí?

No quiero pasarme ni un día de mi vida sin ver a Manuela.

-No te lo tomes así.

Son solo seis meses, no es para toda la vida.

Y seis meses pasan en un santiamén.

Además, lo propio es que los chicos recorran su camino,

y puedan elegir cuál es.

-¿Aunque sea el camino equivocado?

-Aunque sea el camino equivocado, sí.

-Pero eso tú no lo decías antes.

Me acuerdo, antes decías que Manuela debía quedarse con los Cortázar

y seguir en tu puesto.

-Bueno, pues he cambiado de opinión. ¿Pasa algo?

-Pues que no se cambia de opinión así como así, ¿no?

-Es que yo sé que Manuela va a ser feliz con Roberto, lo sé.

Y para mí esa es razón suficiente para que se vayan donde quieran

y hagan lo que quieran.

¡Ay!

(LE ANIMA) Venga. -Sí, sí.

Tienes razón.

Y-Mira la tortilla, sin hacer.

y mira que le digo a tu tía que me gusta la tortilla bien hecha.

¡Pues nada, no hay manera! ¿Cómo está la tuya?

-Me la he dejado en la fonda cuando he visitado a Carolina.

Pero no me la habría comido después de lo que me ha dicho.

-¿Qué ha pasado ahora? ¿Habéis vuelto a reñir?

Es que las mujeres...

es que como no tengan riña no saben vivir.

Y ya verás tú cuando te cases.

-Es que ahí está la cosa. Me ha dicho que no quiere casarse.

-¿Cómo que no quiere casarse? ¿Qué es lo que ha pasado?

(RÍE) -Brindemos, Bernardo,

por mi puesta en libertad. Y por ti y por mí.

-Brindemos, brindemos.

-¿Qué? ¿No te alegras de verme de nuevo y en libertad?

-Claro que me alegro, pero eso no va a impedir

que los Cortázar sigan investigando el asunto del vino adulterado.

Pueden descubrir la verdad sobre la muerte de Reverte y Genaro.

-No encontrarán una prueba mejor que esa botella

y he conseguido que el juez la invalide. No te preocupes.

-Vicente y Elena no abandonarán.

Y yo como alcalde y como médico tengo mucho que perder.

-Todo está bajo control, anda, siéntate.

Ya puedes dormir tranquilo.

-No me puedo quitar de la cabeza a Ormaechea.

Ya sé que le pagaste para que desapareciera,

pero removerán cielo y tierra hasta encontrarlo.

O él irá hasta ellos por su propio pie.

(RÍE) -Eso no pasará.

-¿No?

¿Y si contara lo que sabe a cambio de más dinero?

-¡Olvídate ya de Ormaechea,

ya te he dicho que no será un problema!

Te aseguro que no volverá a abrir la boca.

-Bueno, tú lo dices y yo tengo que creerlo.

-Alegra esa cara, las bodegas vuelven a ser lo que eran

y tú como socio tienes que estar satisfecho.

-Bueno.

¿Y qué pasa con los clientes que estábamos perdiendo?

-Luis está consiguiendo que acepten que todo ha sido

una maniobra de la competencia para perjudicarnos.

Y además hay una cosa incontestable,

que nuestros vinos son los mejores.

-Quiero decirte una cosa: puedes estar orgulloso de Luis,

es un auténtico Miranda.

Va a ser un gran empresario.

-Sí, últimamente me da muchas alegrías

y no solo como empresario.

Te voy a decir algo

y vamos a tener otra razón para brindar.

-¿Qué ha pasado?

-Parece ser que Luis y Asunción

han reanudado su noviazgo.

-Sí, algo me ha contado Asunción, pero yo no me hago ilusiones.

-Con Elena fuera de combate

el noviazgo de nuestros hijos sigue por buen camino.

Ya lo verás: los Miranda y los Cela emparentarán,

como habíamos previsto.

-Bueno, no voy a dejar pasar la oportunidad de brindar por eso.

-¿Quién anda ahí?

-Venía a tratar un asunto con usted, si no es inconveniente.

-Santiago, yo tengo cosas que hacer, me voy.

Acuérdate de presentar esos papeles para los permisos de riego.

-¿Qué mosca te ha picado?

¿Estás buscando un dinero extra?

Pues soy la persona equivocada, ya no te necesito.

-No vengo por mí.

Vengo a proponerle algo. -¿El qué?

-Contratar al mejor trabajador de las bodegas Cortázar.

La persona destinada a ser el sucesor de Eduardo.

Seguro que no se arrepentiría.

-Carolina ha tenido un aborto, ha perdido el niño.

-¡Madre del amor hermoso!

Lo siento mucho, hijo.

Yo estoy fatal, pero ella, ni le cuento, está destrozada.

-Ya sé que no es un consuelo, pero sois muy jóvenes,

aún os queda mucha vida, podéis tener más hijos.

-No, ya me ha dicho que no quiere casarse conmigo.

Parece que me hayan echado mal de ojo.

-¿Pero qué bobaliconadas son esas?

¿Por qué dices eso?

-Ya le conté que en Madrid conocí a una chica, Sara.

Ella sí que era un ángel.

Era buena, simpática, cariñosa.

Me enamoré de ella hasta las trancas, tío.

Fue mi primer amor y el único hasta que conocí a la Carolina.

Empezamos a salir...

Mi madre estaba encantada porque estando con ella

no iba con malas compañías. Congeniaban muy bien las dos.

Pero una mañana todo se torció.

Habíamos quedado, pero ella no llegaba.

Al final recibí una llamada por teléfono

y me dijeron que había tenido un accidente de coche

y que había muerto.

Desde entonces no levanté cabeza. Me metí en toda clase de líos.

Estaba cabreado con el mundo por quitarme a Sara.

Ella lo era todo para mí

y la había perdido, igual que ahora he perdido a la Carolina.

Estaba dispuesto a sacar lo mejor de mí para hacerla feliz.

-Pero es distinto, Carolina sigue ahí.

Está pasando un momento duro.

Está cabreada con el mundo, como estabas tú entonces.

¿Tú qué vas a hacer? Es natural, tienes que aguantar el chaparrón.

-¿Quiere decir que esto es pasajero? -¡Pues claro que sí!

Tienes que tener paciencia,

yo siempre estaré a tu lado, como si fuera tu padre.

-Gracias, tío.

-Tengo ganas de ver a las holandesas,

me han dicho que son muy altas. -¡Oye, que te doy!

-Es broma.

-A mí lo que me preocupa es el idioma.

¿Cómo voy a ir a comprar al mercado? ¿Cómo voy a pedir un filete?

No sé, se me hace raro.

Dejar a mis padres, la casa, el pueblo...

-Tranquila, mi niña. Saldremos adelante, seguro.

Y dentro de seis meses volveremos y todo será igual.

-Bueno, esperemos que mejor,

porque ahora no tienes trabajo.

Para entonces, a lo mejor los Cortázar se lo piensan

y te vuelven a contratar.

-Si no lo han hecho ya, no lo van a hacer. Ellos son orgullosos.

Y yo tampoco sé si quiero volver allí, tendré que buscar otro sitio.

Aunque ahora las cosas están difíciles.

-¿Te duele? Después de todo lo que has hecho por ellos...

-Tampoco creas que tanto.

Me da pena por las personas que dejo.

Tu padre, que me lo ha enseñado todo, Andrés...

que ahí donde le ves, con la mala baba que tiene,

nos estábamos haciendo amigos.

-Pero podrás seguir viéndolos fuera de las bodegas.

Y por el trabajo, tranquilo, porque todos saben cuánto vales.

No sé. Si ahora lo intentaras,

a lo mejor te contrataría algún bodeguero y nos quedaríamos.

-¿Y a qué viene eso? Tú no quieres marchar a Holanda.

-A ver, yo soy muy aventurera y tengo muchas ganas de viajar,

pero es un poco precipitado. -¿Precipitado?

¿Estamos hablando del viaje o de nuestra boda?

Manuela, habla. No es el momento para callar lo que uno piensa.

-Pues sí, también hablo de la boda.

No es que no quiera casarme,

es que me gustaría hacer las cosas de otra manera.

con un poco más de tiempo para elegir nuestra casita,

para...

-Yo no he elegido esta situación.

-Ya lo sé, mi amor. Ya lo sé.

-¡Roberto!

Te tengo que decir una cosa.

Ya no te tienes que ir a Holanda. -¿Qué?

-Le he propuesto a Santiago Miranda que te contrate y ha aceptado.

-¿Por qué? -Porque tú no lo ibas a hacer.

-¡Muy bien, eso es un amigo! ¿No estás contento?

-No lo sé si estoy contento o no.

Por un lado sí...

No sé qué deciros, no quiero más líos con los Cortázar

y ahora ir a trabajar con los Miranda... Y está tu padre.

-A los Cortázar que les den. Y tu padre seguro que lo entiende.

-Sí, lo entenderá porque es una gran oportunidad.

Y tú no les debes nada a los Cortázar.

-Claro que no. Santiago Miranda te espera.

¿Lo tomas o lo dejas?

(LEE) Un par de cucharadas de ruda por vaso de agua.

Cuánto tardas, luego dicen que las mujeres...

Rosalía, ¿qué es esto?

No lo sé.

No me mientas.

Estaba en tu armario, con tus cosas.

Y esta nota tiene tu letra. ¿Qué es esto?

Yo, verás...

En la bolsita... ¿Para qué quieres la ruda?

Es buena para las encías.

No me sueltes tonterías, que trabajo con las proporciones

y la ruda en esta proporción puede ser muy dañina.

¿Para qué la quieres?

¡Contéstame!

Lo hice para que... Carolina perdiera el niño.

¿Qué?

Lo hice por ti, cariño. Por nosotros.

Por nuestro matrimonio.

A ti también te parecía una locura que criásemos a ese niño,

pero no querías contradecir a tu padre.

¿Tú te das cuenta de lo que has hecho?

No.

Tu padre no quería un nieto, quería un sustituto de Gabriel,

tú mismo lo dijiste.

Se estaba equivocando y quería hacernos pagar su error.

Déjame, déjame...

(LLORA) No me hagas esto, Vicente, por favor.

¡No me hagas esto!

Si tu padre quiere nietos nosotros se los daremos,

pero no podía dejar que un bastardo heredara las bodegas.

Tu padre se habría arrepentido si se hubiera enterado de que...

¿Por qué no me lo contaste?

No quería que tú te sintieras culpable también

y me vieras como un monstruo.

No te reconozco.

No te reconozco, Rosalía.

Ni siquiera yo habría sido capaz de algo así.

(SOLLOZA)

Es la mejor opción que tengo.

Seguiría haciendo vino, que es lo que me gusta,

lo que sé hacer.

-Y Santiago Miranda lo sabe y por eso te quiere.

-¡Pero, corre! ¡Vete a casa de Santiago Miranda!

-Ea, pues para allá voy. Ya no tenemos que ir a Holanda.

-¿Es decir que te han contratado? -Sí.

(EXCLAMA) ¿Sí? -Sí.

Sin Ormaechea, Santiago Miranda no corría peligro,

así que ha hecho lo lógico: eliminarlo.

No aparece por ningún lado, nadie ha vuelto a verle desde que se fue.

Lo que deberíamos buscar no es a Ormaechea, sino su cadáver.

Lo nuestro no puede avanzar si no descubre la verdad

sobre la muerte de mi hermano y sobre el vino intoxicado...

Y tú eres el único que puede sacar la verdad de todo esto.

-¿Cómo?

-Dile a tu padre que Ormaechea ha llamado.

-¿Pero para qué?

-Porque si tengo razón, tu padre se pondrá nervioso.

-Antes en las bodegas sonó el teléfono y preguntaron por Ud.

-¿Un antiguo cliente?

-No, Joaquín Ormaechea.

-¿Te pasa algo, padre?

-No, estoy bien.

Ortiz y Asociados Sociedad Anónima.

¿Cómo que no hay ninguna empresa con ese nombre?

¿Y alguna otra empresa a nombre de Salvador Ortiz?

Necesito que me digas qué es lo que oculta Rosalía

porque está claro que su padre no es quien ella dice que es.

Necesito que me digas la verdad, por favor.

Esto es algo que deberías hablar con ella.

¿Para qué?

¿Para que me siga mintiendo?

Porque eso es lo que siempre ha hecho y ahora te pregunto:

¿Vas a hacer lo mismo conmigo?

No, Vicente, yo no te voy a mentir.

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Gran Reserva. El origen - Capítulo 80

23 ago 2013

 Vicente descubre la ruda con la que Rosalía provocó el aborto de Carolina. Rosalía se sincera con su marido asumiendo que fue ella la responsable. Adolfo despierta del coma y, en el primer encuentro con Jesús, le acusa de ser un traidor por haberle robado a Sofía.

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