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2003732
No recomendado para menores de 7 años Gran Reserva. El origen - Capítulo 78 - Vicente presiona a Bernardo para que traicione a Santiago - ver ahora
Transcripción completa

Les he contado a mis padres lo de irme a Holanda

y me han dicho que no. Que sin estar casados...

-Manuela...

¿Te quieres casar conmigo? -Sí.

Roberto me ha pedido matrimonio y le he dicho que sí.

-¿Y cómo ha sido eso?

-Porque nos queremos y tarde o temprano nos casaremos.

¿Para qué esperar? Así me puedo ir a Holanda con él

y les ahorro un disgusto.

-Que sea en hora buena.

-Me sacaré la plaza de policía

y trabajaré duro para que no os falte de nada.

Piénsalo bien.

No hagas tonterías. (ALEJANDRO SUSPIRA)

Tengo una amiga muy apurada porque su novio la ha abandonado

después de dejarla embarazada.

Muy parecido a lo que te pasó con el impresentable de Jimeno.

¿Qué tomaste para deshacerte del problema?

Pasad esta noche por mi casa.

Te daré el dinero que necesitáis tú y tu madre.

Y el billete para irte a Bilbao.

Te he preparado una tisana.

Bébetela, yo tengo otra.

Gracias.

Si no frenamos esto lo antes posible, luego será peor.

¿Frenar qué? ¿La boda o nuestra relación?

¿Nuestra relación?

Me acusabas de ponerte los cuernos

y tú me los ponías con mi propio hermano.

Solo quiero saber algo.

¿Cómo podréis confiar el uno en el otro?

¿Qué pasa, Ángel? Es Adolfo.

Su coche ha dado varias vueltas de campana.

Está en el hospital muy grave.

-Tiene lesiones en la cabeza

y el cerebro lo tiene más dañado de lo que pensaban.

Si Adolfo muere, no nos lo perdonaremos en la vida.

Estamos condenados a no estar juntos.

"La muestra analizada

contiene suficiente metanol como para provocar

la muerte de la persona que lo beba o lo ingiera por vía oral".

S. Miranda mató a nuestro hermano.

Eso no es lo que dice en este sobre.

Lamento comunicarle que está usted detenido.

-Me has sacado información para usarla contra mi padre.

Cómo he podido enamorarme de ti.

Me das asco, Elena.

Necesito saber la verdad.

-Fue Ormaechea.

Se le fue la mano con el metanol.

Gabriel Cortázar se enteró y me pidió un millón de pesetas

por guardar silencio.

Había quedado con él en la bodega de los Cortázar.

Estaba en el suelo, envuelto en un charco de sangre.

Muerto.

Tenía poco tiempo. Si me descubrían ahí,

me acusarían de su muerte.

-Cuando me acusaron de matar a Gabriel,

usted pudo contar esto.

Y no lo hizo.

¿Y usted se hace llamar padre?

Padre sigue detenido,

los clientes se van de la bodega

y la que era la mujer de mi vida apoya a los que me odian.

(MUJER) No sé por qué te quiero.

Será que tengo alma de bolero.

Tú siempre buscas lo que no tengo.

Te busco en todos y no te encuentro.

Digo tu nombre cuando no debo.

(HOMBRE) No sé por qué te quiero.

Será que tengo alma de bolero.

Tú siempre buscas lo que no tengo.

Te busco en todas y no te encuentro.

Digo tu nombre cuando no debo.

(AMBOS) Querer como te quiero

no tiene nombre ni documentos,

no tiene madre, no tiene precio.

Soy hoja seca que arrastra el tiempo,

medio feliz

en medio del cielo.

Hola, madre. Hola, hijo.

¿Y la faena en las bodegas?

Iré más tarde.

¿Y Sofía? ¿No ha venido contigo?

No, salí temprano y quise venir directo.

(ASIENTE) ¿Cómo está?

Igual. ¿Pero qué dicen los médicos?

Nada, que debemos tener paciencia

y rezar.

Sabes que padre no era

muy creyente con lo de las misas y los rezos, pero cuando...

peligraban las cosechas, se encomendaba a todos los santos.

Porque sabía que con sus brazos ya no podía hacer nada.

Estoy segura, pero segura,

de que Adolfo saldrá de esto.

Y nos acordaremos de esto como de una pesadilla.

Me gusta mucho oírla hablar así.

¿No quiere irse a casa a descansar?

-No, no.

Pienso que él nota cuando estamos aquí.

Incluso hasta creo que nos escucha.

Pienso que tenemos que estar siempre con él.

También puedo estar yo.

No es lo mismo, mi vida, yo soy su madre.

Y una madre es una madre. ¿O no piensas tú eso?

Por supuesto, pero Adolfo le diría lo mismo, que descanse.

O que eche una cabezada.

No, no.

He estado pensando.

¿En qué?

En el maldito accidente.

¿Has visto cómo ha quedado el coche?

Para el desguace.

Ana.

Sí.

Mi amiga se tomó una taza bien cargada de ruda,

como me dijiste.

No. No ha pasado nada de nada.

Nada, y ella está muy nerviosa.

Ya.

Ya lo sé, Anita, pero no puede continuar con el embarazo.

No.

Es una larga historia.

Dime una cosa.

¿La ruda es segura al cien por cien?

¿Qué?

¿Que no siempre funciona? Compré los billetes a Argentina.

En cinco días estáis en Buenos Aires.

Te dejo, gracias.

Hola. (DISIMULA) Hola.

Cariño.

Hola, don Alejandro, ¿cómo va todo?

Ya tenemos fecha para ir a Argentina.

Se lo decía a mi padre,

será como nuestro viaje de novios.

Sí, tengo muchas ganas de conocer a tu familia,

a tus padres, viajar por Argentina,

ver dónde te criaste.

Esté bien plantearlo así, es lo mejor para todos.

¿Y lo de esa chica, Carolina?

Afortunadamente, bien.

Ha entendido que es lo mejor para su hijo.

Vino a buscar los billetes para Bilbao.

Tú hablaste con ella.

¿Hablaste con ella? Sí.

Sí, la vi en el despacho.

Me pareció de mala educación no saludar.

Imagino que lo que pasa esa chica

es muy desagradable.

¿Qué te dijo?

No creo que le hiciese gracia hablar contigo.

Hablar con la que, según ella, le quitará a su hijo.

Rosalía quería hablar con ella

para darle confianza.

Y que supiese que cuidaría al niño como si fuera suyo.

Por supuesto don Alejandro, así es. Y yo te lo agradezco.

Sé que a tu mujer esto le parecía un sacrificio.

Sí, y lo lamento.

Es normal, padre.

Toda mujer quiere que su hijo nazca de su vientre.

Vicente, ya no hablemos más de eso.

Haremos lo que haya que hacer y lo haré encantada.

Así se lo hice saber a Carolina.

Daré lo mejor de mí por su nieto, don Alejandro.

A desayunar, ¿no? Que se enfría el café.

Sí.

Hola.

Qué día más bonito que hace.

-Sí, pues que tenga buen día.

-Manuela, ya está bien.

No puedes seguir tratándome así.

Por enfadada que estés conmigo,

no tiene sentido que me trates como a un desconocido.

Soy tu amigo.

-¿Mi amigo?

No, no. Usted no es mi amigo.

-Somos amigos desde que naciste.

Nunca he sido el señorito y tú la criada.

-Eso creía yo.

Pero la vida ya me ha puesto en mi sitio.

Y usted me lo dejó claro. Yo soy la criada,

y usted es el señorito. -Iba en caliente.

Cuando alguien va en caliente,

dice cosas de las que se arrepiente

cuando la sangre le baja. Tú me dijiste cosas fuertes.

-Sí, le dije que no quería volver a verle.

Pero no me arrepiento.

Porque lo siento y lo pienso.

-No eres nada justa.

-Quien no ha sido justo has sido tú despidiendo a Roberto.

-Muy bien, puede que me equivocara echándole,

quizá me he excedido, lo siento. Me pasé.

Pero ese error no puede borrar de un plumazo

todos los años que hemos convivido y compartido cosas.

Como si lo bueno que compartimos no hubiera existido.

Manuela...

Hace nada me considerabas tu mejor amigo,

me decías que era una gran persona.

Y no parabas de agradecerme lo que he hecho por tu padre.

-Muy bien, muy bien. Muy bonito.

Muy bonito que ahora me restriegues los favores que me has hecho,

eso dice mucho de tu persona.

Serás muy rico, pero no tienes ninguna clase.

-No vayas por ahí.

No seas mala.

Lo único que intento decir es que el Rafael al que elogiabas,

es el mismo al que ahora odias.

Por Dios.

No he cambiado tanto.

De repente no me he convertido en un monstruo.

Y si me he equivocado con Roberto,

bueno...

es porque estoy sometido a mucha presión.

No sabes lo duro que es mi papel aquí.

-No, tú no sabes lo duro que es

ser un trabajador y que te echen por una rabieta de tu jefe.

-Perdóname.

Perdóname.

-Ha venido Genaro, el de la grúa a preguntar por él.

Y me ha dicho que cuando salió de la carretera,

era en un tramo que no había curvas.

La recta de Briones.

No entiendo como... como se salió

en una recta y se dio las vueltas de campana que se dio.

Son cosas que pasan, le puede pasar a cualquiera.

No lo entiendo.

Creo que él tenía que estar muy nervioso

cuando cogió el coche. Muy nervioso.

Iba a una velocidad tremenda,

y él es muy prudente, nunca corre.

Algo pasó, algo pasó seguro.

Se distraería con cualquier bobada,

se le cruzaría un animal...

No, no, no.

Tengo el pálpito

de que mi hijo cuando subió al coche

ya estaba nervioso, ya le pasaba algo.

No busque usted cosas raras, madre.

Además, acuérdate...

¿Tú crees que, no sé...

¿Sabes si habían discutido Sofía y él?

No, no tengo ni idea.

Es que fue muy raro.

¿Te acuerdas que vino Sofía a casa?

Venía buscándole, no sabía dónde estaba.

Yo la veo muy rara. Muy inquieta.

Muy inquieta.

Ya está, madre, no retuerza más las cosas.

A mí me mosquea mucho.

Aquella noche, que se fuera él solo, a esas horas,

sin decirnos adónde iba...

Muy raro, muy raro.

Por mucho que le dé vueltas eso no lo ayudará a curarse.

Lo sé, lo sé, pero es que este accidente...

No lo entiendo, hijo, no lo entiendo.

Es que no me lo explico, es un accidente que no me explico.

Bueno, pues...

Coma un poco de tortilla, le he hecho una de patatas.

No es la mejor del mundo, pero... Ay.

Si la has hecho tú, me sabrá a gloria bendita.

(RÍE)

-No puedo.

No puedo, de verdad, es que no...

Necesito tiempo.

Lo único que quiero es... -Sí.

Irte a Holanda cuando te cases con Roberto.

¿Así solucionarás las cosas?

Piénsatelo bien.

No lo hagas por rabia o por castigarme a mí.

Por castigarnos a todos.

(Puerta, se cierra)

-¿Le has dicho a tu padre que irás a verlo?

No.

Quiero decir, sí.

Es que lo llamé pero no pude hablar con él.

Mi padre, que no para quieto nunca.

Mi madre siempre decía

que ese era uno de sus peores defectos.

Su obsesión por el trabajo, igual que tú.

Ahora, por lo visto,

está visitando haciendas en la región de Córdoba.

Eso es buena señal, significa que los negocios van bien.

Como estaréis varios días en Argentina,

buscará un hueco para veros.

Bueno, me cambio el apellido

como no lo deje todo por estar con nosotros.

Sobre todo el tiempo que esté Vicente allí.

Seguro que lo hará.

Es un sentimental.

Y le tiene apego a la familia, como usted.

Tengo muchas ganas de conocerle.

Y a tu hermano, sobre todo a tu hermano.

Me llama mucho la atención la afición de Matías.

Sí, sí, mi hermano siempre ha sido inquieto.

Tiene una agitada vida social.

Según Rosalía, mi cuñado es un gran polista.

¿Eso qué es? Un jugador de polo.

Esos que montan a caballo con un palo dándole a una pelota.

Sí.

Es el deporte más practicado entre las clases altas

en Argentina, sobre todo en Buenos Aires.

Mira,

en Logroño nos gusta el fútbol y el frontón.

Así nos ahorramos el caballo. (TODOS RÍEN)

-¿Más café, don Alejandro? -No, gracias.

Sabe qué Matías, mi cuñado,

llegó a jugar en un club nacional muy importante,

uno con un nombre curioso. ¿Cómo se llamaba?

Los Centauros, Vicente.

No. No, no. Los Centauros no.

Me dijiste otro nombre.

¿Otro nombre no? Te dije Los Centauros.

Que no, mujer.

Los Indios.

Me dijiste Los Indios.

Me acuerdo porque pensé en una película de vaqueros.

No te pude decir Los Indios.

Su equipo se llama Los Centauros.

¿Te dije Los Indios?

(RÍE) Qué más da, tampoco...

Uy. Perdone, doña Rosalía.

Mi vestido. ¿Serás torpe?

Mira lo que has hecho. Lo siento mucho.

No se preocupe, enseguida le quito la mancha.

-No pasa nada, se manda a limpiar y ya está.

Inés, ve a buscar un quitamanchas. Quitamanchas no, que será peor.

Habrá que lavarlo

y si se queda la mancha, habrá que mandarlo a la tintorería.

Voy a quitármelo.

Ahora vuelvo.

Me dijo Los Indios.

Qué más da, Vicente.

-No sé qué les pasa a los señores que cada día están más alterados.

Me ha echado una bronca Rosalía, porque sin querer la he empujado

y se ha echado el café encima. -Esa llegó a Lasiesta

con un palo metido en el culo.

-¿Qué forma de hablar es esa? ¿No ves que te pueden oír?

-Que me oigan, madre.

A veces, en vez de sus criados parecemos sus esclavos.

-Manuela, ya está bien. -¡Ya está bien, no!

Parece que no quiera reconocerlo.

No es que no la traten con cariño, a veces no tienen educación.

Tanto dinero y tanta tontería. -Bueno, ¡basta ya!

-"Basta ya", no, madre. Me da pena que la traten así.

(Tintineo)

(ALTERADA) Inés, a ver cómo lavas esto.

Como se quede la mancha, qué haremos.

No se preocupe que le quedará limpio.

Más te vale, si no, te lo descuento del sueldo.

O mejor te vas a la tintorería de Logroño, pero andando.

Fíjate lo que te digo. No trate así a mi madre.

¿Qué has dicho?

No le haga caso, hemos discutido y se le va la fuerza por la boca.

No se preocupe, que no tendrá queja ni del vestido ni de nada.

Eso espero.

Por Dios bendito. ¿Te has vuelto loca?

¿Es que no aprenderás nunca?

¿Crees que con lo que ha pasado con Roberto tendrán miramientos?

-No soporto ver cómo la pisa.

-Pero ¿cómo que me pisa?

Estás muy confundida, hija.

Les debo todo lo que soy, lo mismo que tú.

El mundo no es como a ti te gustaría.

Uno nace donde le toca, y bien está.

Y nosotros, dando gracias.

¿Te ha faltado algo en la vida?

Pues todo ha sido gracias a ellos. -No, ha sido gracias a ustedes.

Y a su trabajo.

-Trabajo que tenemos gracias a los Cortázar y a su casa.

O hubieran tenido otro mejor. -Nunca lo sabremos.

Así que, a callar. -Madre, lo hago por usted.

Porque no soporto ver... -No lo haces por mí.

Lo haces por ti, si lo hicieras por mí,

lo mejor sería callarte.

Por mí y por tu padre.

(Puerta, se abre)

(Puerta, se cierra)

¿Dándole vueltas a la cabeza?

Parece preocupado por algo.

¿Qué quieres, Vicente? Nada.

Sé que es usted un hombre de costumbres fijas

y he querido acompañarle en su cafecito de media mañana.

Tenemos una conversación a medias.

¿O ya se ha olvidado?

No, no la he olvidado.

Lo que me dijiste me pareció tal despropósito que no me lo creí.

Vaya.

Pensé que me conocía mejor.

¿Usted cree que me gusta bromear cuando hablo de negocios?

No acusaré a Santiago Miranda de la muerte de tu hermano.

(SUSPIRA)

Alcalde, usted tiene las pruebas que demuestran que ese cacique

fue el responsable de las muertes de R. Reverte y del cura,

y usted sabe que yo lo sé.

Reverte y el cura murieron por causas naturales

y tú deberías saberlo.

No empiece con la misma cantinela y no me mienta, Bernardo.

Acepte lo que le ofrezco.

El 10% de Bodegas Cortázar. El 10%, alcalde.

Y la posibilidad de librarse de la cárcel el resto de su vida.

Es una buena oferta, muy buena.

Si le queda un mínimo de sensatez, aceptará.

Si no, se cubrirá de mierda hasta el cuello.

Y le aviso que la mierda ya empieza a oler.

No dices más que incongruencias.

Sabes muy bien que el 5% de Bodegas Miranda vale mucho.

Mucho más que el 10% de las Bodegas Cortázar.

¿Qué carajo es eso?

Una lista.

¿Una lista de qué?

De antiguos clientes de los Miranda que vienen con nosotros.

Con las Bodegas Cortázar.

Es lógico, nadie quiere vino intoxicado con Metanol.

Bodegas Miranda no vende vino intoxicado.

En cuanto el juez levante el precinto,

todo volverá a la normalidad.

Santiago Miranda no reflotará su negocio.

Alcalde, usted lo sabe, yo lo sé.

Su imperio se hunde.

Y más ahora que está en la cárcel. En su mano está.

Hundirse con él o saltar del barco y aprovecharse de la situación.

Santiago Miranda es mi amigo, es el mejor bodeguero de la comarca.

Y es inocente.

Es inocente. ¡Ah! ¿Y por qué le tiembla la pierna?

Muy nervioso le veo a usted.

Me cuesta mucho imaginarme a su santa esposa y a su hija

visitándole en la cárcel.

Vaya espectáculo, menuda vergüenza.

Se convertiría en el comentario favorito de Lasiesta.

Tienes una ambición desmedida.

Y muy peligrosa.

Yo no dejaría pasar la ocasión. Ahí está Ortega.

Yo le diría que S. Miranda es responsable

de la muerte de R. Reverte y del cura.

Vamos, Bernardo.

Acabe con esta pesadilla. y le parará de temblar la pierna.

Señor Alcalde, don Vicente, buenos días.

-Buenos días, Ortega.

-¿Qué le ocurre, don Bernardo? ¿Está usted bien?

-No me pasa nada, está todo bien.

Quizá me vendría bien tomar un poco el aire.

Llevo mucho tiempo metido en este local.

-Que me aspen si no le pasa algo.

Sí, eso parece.

Ortega,

¿dónde estará usted hoy?

¿Dónde estaré? Haciendo el registro de las Bodegas Miranda.

¿Qué pasa? ¿Va a fiscalizarme usted el trabajo?

No, pero me deja más tranquilo saber por dónde andan

las fuerzas del orden. No se sabe cuándo se las necesita.

Déjese de vainas, don Vicente.

¿Pasa algo que deba saber? No.

De momento.

Me tomaré mi cafecito. Muy bien.

Señora, tiene usted visita.

-¿Quién es? -Dimas, el panadero.

-Ah, sí.

Debe de ser por el encargo que le hice.

Cuando vuelva el señor

quiero recibirle con una maravillosa tarta.

Hazle pasar, por favor.

-Por aquí, por favor.

Señora. -¿Qué tal, Dimas?

Gracias, Chelo. Puedes seguir con tus labores.

Limpiabas las ventanas del piso de arriba, ¿no?

-En eso estoy. (ELVIRA ASIENTE)

-Con permiso. -Gracias.

(SUSPIRA) Ay, Dimas. -¿Qué?

-Dimas, que ya te dije ayer que no podías presentarte así

en mi casa. -Chelo no sospecha nada.

-¿Cómo no va a sospechar?

Estoy convencida de que me vigila.

Seguro que le cuenta a mi marido lo que hago o dejo de hacer.

-Qué más nos da.

Tu marido está en la cárcel, no le dirá nada.

-Ah.

Dimas. -¿Qué?

-Por desgracia, mi marido estará en la cárcel menos de lo esperado.

-Elvira, tenemos poco rato para estar juntos.

Y no hablaremos del animal de tu marido.

Tenemos cosas más interesantes de las que hablar.

-París. -Hoy elegí el folleto de la agencia.

Cuando vi la foto, me acordé de ti.

Me acordé de nosotros, siempre he querido ir a París.

Me haría muy feliz hacerlo contigo.

-Dimas, por Dios.

Ay.

Es que las paredes oyen. -Bueno.

Cuando nos oigan y no nos miren, qué más da.

¿Cuándo nos vamos? Me quiero ir. -Por favor. (CHISTA)

Déjame hablar, déjame hablar, Dimas.

Estoy muy nerviosa.

Verás, eh...

Ir a París contigo, sería para mí un sueño,

pero, de momento, cariño, no va a poder ser.

-Ayer no hablabas así.

-Después de vernos,

y pensando en todo lo que me propusiste,

me fui a Logroño para hablar con mi marido en la cárcel.

Allí le dije que quería separarme.

No te imaginas cómo reaccionó.

No lo permitirá nunca. -Si no te quiere,

por qué no te deja en paz.

-Porque es un Miranda.

Y vive pendiente de las apariencias.

Nunca me podré separar.

No lo va a permitir.

-Nunca es mucho tiempo.

No me resignaré a perderte,

sobre todo sabiendo lo que los dos sentimos.

-Por favor, cariño.

Por favor, vete.

Si nos viera Chelo...

-Con una condición.

En cuanto puedas, te pasas por el horno.

(ELVIRA CHISTA)

(SUSPIRA)

-¡Elena!

-Hola, buenos días, Asunción.

Qué bien huele. ¿Es una de tus empanadas?

-Sí, se la llevo a Luis.

-¿A Luis?

-Sí, lo está pasando fatal con lo de su padre.

Voy a las bodegas a ver si come un poco y le animo.

-Muy bien, pues seguro que le encantará.

-Elena, espera un momento.

Si tienes un minuto me gustaría comentarte algo.

No querría que te enterases por otros.

-¿Enterarme de qué?

-Ya sabes que detesto la mentira y la traición entre las amigas.

-Eso ya me quedó claro, te pedí disculpas

y todo eso estaba olvidado. -Sí, sí, está olvidado.

Por eso no ha ocurrido nada entre Luis y yo

mientras habéis estado juntos. Yo valoro mucho tu amistad

y no habría sido capaz de interponerme entre vosotros.

-No sé si te estoy entendiendo.

-Luis y yo hemos vuelto.

-¿Cómo?

-Sí, ahora que ya no estáis juntos.

Pero bueno, es diferente,

una relación más madura y pasional, me imagino que no querrás escucharlo.

-Me alegro mucho por ti.

Si no tienes nada más que decirme, es que tengo prisa.

-Elena, no te vayas, por favor. Eh...

¿Estás bien? -¿Por qué no iba a estarlo?

Luis es adulto y puede hacer con su vida lo que quiera.

Además, ya hemos aprendido...

que un Cortázar y un Miranda nunca podrán estar juntos.

-Es un alivio que te lo tomes así,

no me gustaría que mi relación con Luis

interfiriese en nuestra amistad.

Yo te sigo valorando mucho como amiga.

-Me tengo que ir. Adiós.

-Hasta luego.

-Nada sospechoso que reseñar.

-¿Y de qué ha servido todo esto? No habéis encontrado nada.

-No, ni rastro de metanol.

-Ya se lo dije a Ortega y no me creyó.

-Usted podía decir misa pero teníamos que comprobar

que no tuviera más vino envenenado en las barricas.

-Muy bien. Ya puedes levantar el precinto de mis bodegas,

la empresa no puede seguir desangrándose

porque queréis jugar a los detectives.

-No sabe cuánto lo siento, pero levantar ese precinto

no depende de la Policía sino del juez.

Pero no se preocupe, que mi tío ha ido a hablar con el juez.

-Claro, claro.

Si ya has terminado, por favor.

-Lo paga conmigo pero su padre ha provocado esta situación.

Debería pedirle cuentas a él por haber jugado sucio.

-Hola, Luis. -Hola, Asun.

-He pensado que te gustaría hacer una pausa en tu trabajo

y te he traído una empanada de las que hago yo.

-Te lo agradezco pero no tengo tiempo.

Debo seguir llamando para evitar que los clientes

se vayan a la competencia. -Te conozco

y estoy segura de que no has probado bocado en todo el día.

No se puede trabajar sin reponer fuerzas.

-La verdad es que ha sido un día horrible.

No he comido nada ni me dio tiempo a desayunar.

-Esto tiene fácil solución. -Asun, de verdad, déjalo, no quiero.

-Vaya, creí que te encontraría de mejor humor.

Después de lo de anoche...

-Asunción, en cuanto a lo de anoche quería comentarte algo.

-Fue maravilloso, ¿verdad?

La verdad es que...

Bueno, fue muy bonito y...

pensé que para ti también había sido algo especial.

-Sí. Sí, sí, claro.

-Fue como siempre soñé que sería mi primera vez,

porque fue mi primera vez, Luis,

aunque no estuviéramos casados como le hubiera gustado a mi madre

y aunque fuese aquí.

No sé...

-Bueno, anoche me dejé llevar, Asunción.

-Ya, pero, ¿te gustó? -Sí, sí, claro.

Pero fue todo muy confuso, muy precipitado.

-No sé, lo dices como si te pesara.

Sin embargo yo soy tan feliz...

Me hiciste...

Me hiciste tocar el cielo y sentir cosas que...

Que jamás pensé que podría sentir.

He estado pensando en ello todo el día y estoy como en una nube.

-No quiero que vuelva a haber malos entendidos entre nosotros,

no quiero que creas

(Teléfono) que por lo que pasó anoche tú y yo...

-Cógelo, Luis. Igual es importante.

-Luis Miranda, dígame.

-Escamilla. ¿Alguna novedad sobre mi padre?

Dios... Muchas gracias.

Sí, salgo ahora para Logroño.

Gracias, ahora le veo.

Dejan libre a mi padre ahora.

-¡Qué alegría, Luis! ¡Cuánto me alegro!

-Te dejo que me está esperando el abogado.

-Te acompaño al coche. -Claro.

(SUSPIRA)

-¡Hombre! Menudas horas...

Todo el día fuera por ahí

y yo inventándome excusas con los pacientes.

-Aparte de médico soy el alcalde y no me puedo desdoblar.

-Déjate de pamplinas.

Seguro que andabas detrás de alguna mujerzuela.

-Oh... Pero qué cansina puedes llegar a ser con ese tema.

¡Estoy para andar con amantes por ahí con la que tengo encima!

-Tenía el corazón en un puño porque no sé nada de ti en todo el día.

-Me fui a dar un paseo por la viña a tomar aire fresco.

-¿Y eso? ¿Qué ha pasado?

-Ha pasado que me encontré con...

el Sr. Vicente Cortázar, que me saca de quicio, ya lo sabes.

Ha estado mal hablándome de Santiago.

Dice que las Bodegas Miranda se están hundiendo y puede que tenga razón.

(SUSPIRA) En fin...

Está encantado con la posibilidad

de quedarse con la clientela de las Bodegas Miranda.

-¿Eso puede ser?

-No tengo ni la menor idea, Clotilde.

Solo sé que Santiago Miranda está en la cárcel por sus errores

y yo no pienso dejarme arrastrar en su caída.

Antes me alío con los Cortázar, mira lo que te digo.

-Eso no lo puedes hacer, eres amigo y socio de Santiago Miranda.

-Clotilde, yo pienso en el bienestar de esta familia.

-Ya... -Tú y la niña sois lo primero.

(Se abre una puerta) -¿Tan mal están las cosas

que tengamos que rehuirle como si fuera un apestado?

No me asustes, ¿no saldrá de esta? -¿Quién no saldrá de esta?

-Eh... Este muchacho, eh...

Adolfo Reverte. Me he enterado que sigue en coma.

Deberíamos hacerle una visita en el hospital.

-Mejor no molestemos, ya le pondré un par de velas a la Virgen.

Por cierto, hija. ¿Le has llevado la empanada a Luis?

-Sí, madre, le ha encantado. -Ah...

-Bueno, como todo lo que hago.

Ya les anuncio que Luis y yo volvemos a estar juntos como antes.

-¿Ah, sí?

Hija, ándate con cuidado, no te fíes.

Luis en cualquier momento puede volver a los brazos de la Cortázar,

basta con que esta se lo proponga. -¿Por qué eres tan mal agüero?

-Soy realista.

Bastante hemos sufrido en la familia con este asunto.

-Luis y Elena ya no son nada, padre.

-Pues yo no me haría ilusiones. -¿Cómo no me las voy a hacer?

Tenían que haber visto cómo me abrazaba

cuando le han dicho que liberaban a su padre.

-¿Qué? -¿Cómo?

¿Han soltado a Santiago? ¿Cuándo? -Ahora mismo.

Luis ha ido a recogerlo.

¡Iba tan contento!

-Ah... -Si no me necesitan para nada más

me voy a mi cuarto a cambiarme. -Anda, ve, corre, ve.

Ay, Bernardo, pero qué peso de encima nos hemos quitado.

Tú también, que estabas sin vivir en ti.

-Hombre... -Ay...

-Bueno, creo que me he dejado llevar por el pánico.

Pero Santiago es mucho Santiago. ¡Qué carácter!

-Ay, Dios mío...

-Bueno...

Creo que ya sé algo que tengo que hacer ahora mismo

y muy importante, no te creas tú.

-Anda, pues, ve.

Se te ha cambiado la cara y todo.

-Enseguida vengo.

-¡Sofía!

¿Cómo está Adolfo?

Me he enterado que de la operación ha salido muy bien.

Sí, la operación ha salido bien. Él sigue en coma, pero...

Pero tranquila, ese muchacho es un toro y se repondrá.

¿Cómo estás? ¿Te pongo unos dulces para el hospital?

No creo que vaya hoy. Voy a trabajar un poco.

Habíamos quedado que me encargo yo. No, Dimas. Déjame trabajar,

me va a venir bien y así pienso en otra cosa.

Para, anda, para.

(LLORA)

Me siento tan culpable, Dimas...

Pero ya no erais novios, lo habíais dejado.

No sabes lo que es verlo en esa cama inconsciente, no...

Pero tú no tienes la culpa de eso.

Sí...

Sí, si Adolfo se muere es por mi culpa.

Vamos a ver, pero cálmate, mujer. ¿Qué te pasa por la cabeza?

Adolfo...

nos vio besándonos a Jesús y a mí.

Se puso hecho una furia y nos dijo de todo,

luego salió de la bodega, cogió el coche...

Y se salió de la carretera. ¡Madre de Dios!

Pobre Jesús lo que tiene que estar pasando.

Imagínate, es su hermano pequeño.

Yo le he dicho que no tenemos futuro después de lo que ha pasado.

No, tranquilízate, ya verás tú como si Adolfo sale, que saldrá,

ya verás como todo vuelve a su cauce.

No, Dimas, es que yo...

Si Adolfo sale de esta ni siquiera seré capaz de mirarle a la cara,

si no he sido capaz de ir a acompañar a Renata al hospital.

Es que lo veo en la cama y me muero de la pena.

(LLORA) No, no, no.

Ahora mismo tú no puedes estar así, eh, muerta así.

No, vámonos, venga. Vámonos para allá, arreando.

No, Dimas... ¿Cómo que no? ¡Ya te digo!

Venga, hala.

No puedes cerrar el horno. ¿Que no puedo cerrarlo?

Soy el jefe, ¿sí o no? Pues ya está,

tengo que estar contigo en el hospital.

Si no vendo cuatro hogazas pues que hoy coman tortas.

Venga, tirando.

¿Qué haría yo sin ti?

Pues eso digo yo, ¿qué harías sin mí? Hala, adelante.

Espera, que cierro.

Estas de aquí son para Bilbao y ese montón de ahí es para Sevilla.

Hola, Vicente.

Hombre, señor alcalde.

Qué alegría verle por aquí.

Quería hablar contigo en privado. Claro, por supuesto.

Bueno, daos prisa. ¿Qué imagen vamos a dar a los clientes

si el primer pedido les llega tarde? Vamos,

que el camión espera fuera,

que para cobrar sí que nos damos prisa.

¡Los he visto más rápidos, venga, venga, venga!

¿Sabe para quién es este pedido?

Para los hoteles Reina Victoria.

Los dueños eran clientes de las Bodegas Miranda,

eran.

No voy a aceptar tu propuesta, Vicente.

Va a regatearme,

el 10% le parece poco.

No es cuestión de porcentajes, no acepto y punto.

Bernardo, no sabe lo que hace.

Santiago Miranda es un lastre

y le arrastrará a usted en su hundimiento.

Santiago Miranda es mi amigo y tú lo sabes.

A estas horas debe de estar por la carretera camino de Lasiesta.

No pongas esa cara, Vicente.

Lo han puesto en libertad.

Eso es imposible.

No hallaron nada en su contra excepto una botella de vino en mal estado.

Y dos muertos, sin contar a mi hermano.

Eso nunca vas a poder probarlo, Vicente.

Te voy a dar un consejo, gratis.

Olvídate de una vez de ese asunto del vino intoxicado.

Consejo por consejo, alcalde.

Prepárese, porque no pienso olvidar este desplante.

Me encargaré de acabar con Santiago Miranda

aunque sea lo último que haga en mi vida

y debajo de su cadáver estará usted, en uno de mis viñedos, además.

Hola, don Bernardo. -Hola, Elena.

Buenos días.

-¿Qué hace aquí el alcalde?

Ha venido a traer las últimas noticias.

Han puesto en libertad a Santiago Miranda.

¿Qué?

¿Pero por qué? ¿Qué ha pasado? No han hallado cargos contra él.

Con lo diablillo que eras,

temblabas como una hoja cuando te pillaba en una travesura.

Como aquella vez que te subiste a un chopo muy alto,

el que está al lado del molino.

Cuando llegaste arriba no te atrevías a bajar.

Nosotros estábamos merendando al pie del chopo

y de pronto te oímos llorar, parecías un gatito asustado.

Yo me puse muy nerviosa,

pero te hablé con mucha calma,

y te convencí para que bajaras

igual que habías subido.

Entonces tú, poco a poco,

ramita a ramita, fuiste bajando.

Y aquello quedó solo en un susto.

Pues es lo que quiero que hagas ahora, mi vida,

que bajes,

poquito a poquito.

Quiero que bajes aquí con tu madre.

Baja, mi vida,

baja aquí conmigo, no te quedes ahí.

Ah, hola, hija...

¡Dimas! Has cerrado el horno.

-¿Qué menos podía hacer por mi clienta favorita?

¿Cómo ha pasado la noche?

Bueno, pues ya sabes.

Te he echado de menos esta mañana cuando ha venido Jesús

porque te esperaba aquí. -La culpa ha sido mía, Renata.

Tenía un pedido enorme esta mañana, le he pedido que se quedara ella

a cargo del horno y no sabe decir que no.

-No es un reproche. ¿Cómo le voy a reprochar algo a ella?

Para mí es una alegría tenerla, no es un reproche.

Es que es por Adolfo,

sé que él se siente muy bien cuando la siente a su lado

y yo también.

(Pitidos)

Dimas, llama a una enfermera. Adolfo, ¿qué pasa?

-¡Enfermera! ¡Date prisa, Dimas!

¿Pero qué le pasa?

Adolfo...

¡Adolfo!

-Se ha salvado de milagro, ha sobrevivido de casualidad.

Ha tenido que ser espantoso aquello.

Ayer retiraron el coche y no veas.

Nada, para el chatarrero. -Iría borracho.

-Cree el ladrón que todos son de su condición.

-¿Cómo se salió de una carretera que te puedes hacer

con los ojos cerrados? Además, circulaba solo, hasta un tonto lo ve.

-A mí me duele por Renata, Jesús y Sofía.

Hacen tan buena pareja... -Están hechos polvo,

de repente un golpe así, de sopetón, te da algo, es que no puede ser.

-Tú sí que tienes suerte con tu sobrino, ¿eh, Ortega?

Menuda tienes liada últimamente en la comisaría:

accidentes, vino intoxicado...

y ahora con el cacique Miranda en chirona.

-Ese durará menos en chirona

que un caramelo en la puerta de un colegio.

-Por mí como si se cae la llave al río y se queda ahí

hasta que las ranas críen pelo. -Pues esta vez Andrés tiene razón,

ya está liberado Miranda,

viene camino de Lasiesta. -¡Lo ves! Si estaba cantado.

Bueno, cóbrate.

¿Y esa flor?

¿Para la Virgen? Uy, si aquí no hay ninguna.

-Andrés, no te arranco la cabeza porque está mi tío delante.

-Pide perdón ahora mismo o te rompo la cabeza contra esa columna,

¡mamarracho, que eres un mamarracho! ¡Lárgate!

-Bueno, bueno, bueno, que no se pueden hacer bromas.

Adiós.

-¿Y esa rosa blanca tan bonita?

-Pues es para la Carolina, ya no sé qué hacer para no verla triste.

-Anda, sube, hijo. Súbesela que ya verás cómo se alegra.

No ha querido salir en todo el día de su cuarto.

Ay, Ortega, pobre hija mía.

Ojalá hubiera conocido a tu sobrino antes de que el Cortázar

se le hubiese cruzado en el camino.

-Pilar, las cosas pasan cuando tienen que pasar, ¿o no?

Estos son jóvenes, se quieren...

Todo irá bien.

(Llaman a la puerta)

Adelante.

Hola...

-¿Qué tal estás?

-Bueno, no me acabo de sentir demasiado bien como para irme,

pero...

Tenía muchas ganas de verte.

-Y yo también.

Ya veo que el Cortázar tiene prisa para que te vayas.

-Sí.

Sí, salgo mañana.

Pero antes quería despedirme de ti.

¿Y esta flor?

¿Es para mí?

-Era para que adornaras la habitación,

pero si te vas mañana...

-Me encanta, Ángel.

Es preciosa.

Pero ven. Ven, siéntate aquí conmigo.

Tú y yo tenemos un tema de conversación pendiente.

-¿Sobre qué?

-A ver, Ángel,

tú me pediste matrimonio porque estaba embarazada,

y eso dice mucho de ti porque lo hiciste para protegerme,

para evitar las habladurías.

Pero ahora que le voy a entregar a mi niño a los Cortázar,

ya no hay ninguna razón para que nos casemos.

-¿Estás diciendo que no quieres casarte conmigo?

-No, por Dios, claro que quiero, pero tú ahora no tienes por qué.

No sé, cielo, yo...

Yo creo que deberías replanteártelo. -No tengo nada que replantearme.

Yo te quiero.

Si no podemos casarnos ahora esperaré el tiempo que haga falta.

Además, te recuerdo que ya he dado la entrada para el terreno.

-¿Pero cómo lo voy a olvidar si no paro de pensar en eso?

-Yo tampoco puedo pensar en otra cosa.

Te quiero, Chispis, te quiero.

-Voy a echar de menos que me llames Chispis.

-No quiero que estés triste.

Se me ha ocurrido una cosa. -¿Qué?

-¿Qué te parece si le pido el coche a mi tío y nos vamos a cenar a Haro?

-Pues me parece muy bien.

Me pondré mi vestido de lunares

y esta flor en el pelo.

-Estarás guapísima, como siempre.

Ahora me tengo que ir.

-Adiós.

-Te pasaré a buscar a las 21:00. -Sí.

-Elvira, puede que este no sea el mejor momento para volver a verle.

-Hola, cariño.

Libre y tú feliz de verme, ¿a que sí?

-¡Ah!

¡Ah!

¡Madre!

¡Madre!

-El juez ha desestimado la prueba porque llegó abierta al laboratorio

y cualquiera ha podido adulterarla. -Claro.

Sin Ormaechea, Santiago Miranda no corría peligro,

ha hecho lo más lógico: eliminarlo. No aparece por ningún lado.

Nadie que le conoce ha vuelto a verle desde que estuvo aquí.

Para mí que no debemos buscar a Ormaechea sino su cadáver.

-Esto va a ser imposible de recuperar.

-¿Ah sí? ¿Tenías alguna intención de recuperarlo?

-¡Sí, sí!

-¿Cómo puedes ser tan cínico de intentar recuperarlo después...

de haber estado con Asunción?

-No quiero volver a hacerte daño pero por nada del mundo permitiré

que organices una boda que solo quieres tú.

Yo no te quiero como tú esperas y nunca te he querido así.

-¿Pero quién te has creído que soy, una cualquiera, una furcia?

-¿Crees que no sé que Elvira viene a verte en cuanto puede,

que viene a refugiarse en tus brazos en cuanto la pierdo de vista?

¿Crees que soy estúpido? -¡Quítame las manos de encima!

-Aléjate de ella o tendré que regalarte otra paliza.

-Solo hay una cosa que podamos hacer,

que tenemos que hacer.

Tenemos que dejar de vernos.

-Tú sabes que eres maravillosa, ¿no?

Y generosa y me voy a esforzar mucho en merecer tu amistad.

-Siento mucho que hayamos llegado a este punto.

-¿Entonces me perdonas?

-¿Tú qué crees?

-Si no te hubieran echado

y no te tuvieras que ir a Holanda, no te casabas. Te has ido contento.

-Le propongo algo que le puede interesar.

-¿El qué? -Contratar al mejor trabajador

de las Bodegas Cortázar,

estoy seguro de que no se arrepentirá.

-Ha sufrido una parada cardiaca, una pequeña hipoxia.

¿Qué es una hipoxia? Falta de oxígeno.

¿Dice que mi hermano...? No va a morir, ¿verdad?

-No, señora. Nadie ha dicho tal cosa.

Habrá que esperar las próximas 48 horas a ver cómo evoluciona.

Si dudé cuando me pediste matrimonio es porque soy tonta

y me dan mucho miedo los cambios.

Pero me arrepiento mucho, ¿me oyes?

Te quiero, Adolfo, despierta.

Despierta, por favor.

¡Adolfo! ¡Adolfo!

¿Lo he perdido?

Dígame la verdad, madre. ¿Lo he perdido?

-Lo siento, cariño. -No, no, no...

-Carolina ha tenido un aborto repentino.

Ha perdido al niño,

se ha quedado sin su adorado nieto.

-No lo entiendes porque he sido yo quien ha perdido a mi hijo, no tú.

Así que no se te ocurra pedirme matrimonio

porque no pienso casarme contigo.

¿Para qué la quieres?

¡Contéstame!

Lo hice para que Carolina perdiera al niño.

¿Qué?

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Gran Reserva. El origen - Capítulo 78

22 ago 2013

 Rosalía está cada vez más nerviosa viendo que no se va a poder librar del viaje a Argentina. Por su parte, Carolina prepara su marcha a Bilbao. Vicente usa todo su poder de persuasión para presionar a Bernardo y convencerle de que traicione a Santiago. El alcalde parece a punto de ceder.

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