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No recomendado para menores de 7 años  Gran Reserva. El origen - Capítulo 75 - Jesús y Sofía se sinceran y se besan - ver ahora
Transcripción completa

-Tome asiento, Sr. Miranda. Enseguida vendrán a buscarle.

¿E ir a dónde?

-A la prisión de Logroño, hasta el juicio.

-¿Por qué miras tanto? ¿Tengo monos en la cara?

-Sabe, cuando llegué a este pueblo la gente me advirtió

que no me buscara problemas con el poderoso S. Miranda.

Y veo que el poder le ha servido de poco.

Cada uno termina donde se merece.

-De eso puedes estar seguro.

Insolente.

Puedes ir borrando esa sonrisita de la cara,

porque me verás en prisión mucho menos de lo que te crees.

-Pensé que no le vería dormir en el calabozo, y mire.

-Sr. Miranda, un coche de policía le espera

para su traslado a Logroño.

-Antes podré ir a casa

para asearme y recoger algunas cosas personales, ¿no?

-No va a ser posible. -¿Cómo que no será posible?

¿No puede hacer una excepción? -Lo siento mucho, pero...

no puedo tener ningún trato de favor con Ud.

-Está bien. Estoy cansado.

Cuanto antes me vaya, antes saldré de esta estúpida pesadilla.

-Padre...

-Lo siento, don Luis, tenemos que irnos.

-¿Adónde se lo llevan? -A Logroño.

Tengo que estar en la cárcel hasta el juicio.

-Llegamos tarde.

-Ortega, deme un minuto con mi padre, por favor.

Necesito saber cómo está. Un minuto.

Ortega, es mi padre.

-Ángel, avisa a los compañeros. Que esperen un momento.

El Sr. Miranda bajará enseguida.

Un momento. Y no puedo dejarles. -Gracias.

-No me creo, que no tengas media hora para comer con nosotras.

-Lo siento, pero hay que bregar lo mismo con uno menos.

La ausencia de Roberto se nota mucho.

-Y más que la notaremos, sobre todo Manuela.

Seis meses dan para mucho.

Y nada bueno. -No seas malpensada.

Roberto tiene la cabeza muy bien anclada en los hombros.

-Pero los hombres la perdéis rápido cuando una mujer se pone a tiro.

Y las extranjeras tienen una fama de ligeras de cascos...

-Si todas son como Brigitte Bardot... (RÍE)

(Golpe seco)

Bueno, vale. Me voy para la bodega.

-Más te vale, porque si no, la vamos a tener.

-Buenos días. ¿Padre, se marcha ya?

-Eh, por mi bien, sí. -¿Puede esperar un minutito?

Tengo algo importante que decirles.

Es sobre Roberto.

-Manuela, ayer ya te dejamos claro cuál era nuestra postura.

Ya lo sabes, no te puedes ir al extranjero con él.

-¿Y si es con mi marido?

Roberto me ha pedido matrimonio y le he dicho que sí.

(RECUERDA) "No quiero perderte. Tendrás que acostumbrarte.

Las cosas no serán como antes.

He intentado ser tu amigo mucho tiempo

y no aguanto más.

Me duele que digas eso. Y a mí me duele no estar contigo.

Pero lo tengo que hacer, por tu bien y por el mío.

Y sobre todo por el de Adolfo.

Si me disculpas,

tengo mucho trabajo por hacer".

Sofía. (SE SOBRESALTA)

Podrían entrar a robar y ni te enterarías.

Perdona, no te he oído.

¿En qué pensabas que ni pestañeabas?

Rosalía, ya no puedo más. ¿Qué te pasa?

Que... Que me ahogo.

Claro, está todo el día el horno encendido.

¿Vamos a tomar el aire? Que no es eso.

No es el calor ni el horno.

(SUSPIRA) Es... Adolfo...

(SUSPIRA)

No sé si me quiero casar con él.

No puedo tenerlo más tiempo así, no puedo posponer la decisión.

Sofía, tranquila.

Dime la verdad y piénsatelo, ¿eh?

Piénsatelo bien.

¿Estás enamorada de él?

Lo quiero muchísimo.

Valoro que ha cambiado por mí, él antes no era así.

Y no para de hacer esfuerzos... Te he hecho una pregunta clara.

¿Estás enamorada de él?

Tienes que responderme.

Ay.

No lo sé.

No lo sé.

No me vayas a decir que tú...

Cuando Vicente me cogió de la mano

y me pidió que me casara con él,

es que no dudé ni un instante.

Sabía que era él con quien quería pasar el resto de mi vida.

Rosalía, el resto de la vida es mucho tiempo.

No.

Cuando estás con la persona amada

el tiempo no existe, una vida te parece poco.

Sofía...

Si no estás segura de lo que sientes,

dile la verdad.

Sé sincera, no le tengas engañado más tiempo.

Anda que... (RÍE)

Es que que me digas esto tú, perdona...

Perdona. (RÍE)

No te preocupes.

Si tienes razón, Sofía.

Mírame, ¿no?

¿Quieres que tu vida gire en torno a una mentira como la mía?

Es complicado no sentir tu conciencia día tras día.

Pero lo peor

es sentirte como un ser despreciable.

No. (ASIENTE)

No quiero que tu vida sea así.

Un auténtico calvario.

No te lo recomiendo, no te lo mereces.

Perdona, no debí decirlo. Que no.

Estoy muy nerviosa. Tranquila, guapa.

(LUIS) ¿Cómo está?

-Me duele todo el cuerpo de dormir en el calabozo.

-Siento que pase por todo esto, me parece injusto.

-Habla con el abogado, Javier Escamilla.

-Lo haré. -Es el mejor abogado que conozco

y, sobre todo, es una persona de toda confianza.

Su número de teléfono está en la agenda que hay

sobre la mesa de mi despacho. -Sr. Miranda, debemos irnos.

-Lo llamaré en cuanto salga.

Sea fuerte, no se venga abajo.

Removeré cielo y tierra para liberarlo.

No pararé hasta que vuelva a casa.

-Por favor.

-Suélteme, Ortega, que no saldré corriendo.

-¿Qué pasa? ¿No se alegran? -Cómo no nos vamos a alegrar, hija.

Claro que sí, lo que pasa es

que nos ha pillado por sorpresa.

¿Y cómo ha sido eso?

-Porque nos queremos y tarde o temprano nos casaremos.

¿Para qué esperar? Así puedo irme a Holanda con él

y les ahorro un disgusto.

-Ya.

Bueno, es que...

dicho así parece bastante precipitado.

Bueno...

Enhorabuena, hija.

Ay, mírala. (SUSPIRA)

-¿Y usted, padre? ¿Qué dice?

(BALBUCEA) -Claro, hija, enhorabuena.

Lo dicho, no me esperéis a comer.

(Puerta, se cierra)

-Le ha sentado a cuerno quemado, ¿no?

-No digas disparates. -¿Por qué no ha dicho nada?

-Ya lo conoces, no es muy dicharachero.

Hay que sacarle las palabras con sacacorchos.

Bueno, y lo del casamiento, ¿para cuándo?

-No lo sabemos, aún no hemos puesto fecha.

Si padre no está conforme, no me caso.

-¿Qué dices, mujer? Lo que le pasa es que le cuesta ver

que su niña pequeña ya se ha hecho

toda una mujer y que ahora necesita echar a volar.

(MANUELA ASIENTE) -Dale un poco de tiempo.

Es todo lo que necesita para asimilarlo.

-Ya lo decía padre: "nadie se hace rico jugando limpio".

-¿Qué sabes de por qué detuvieron a S. Miranda?

Quizá es un error, como cuando detuvieron a Luis.

-Da igual si ha sido un error.

En menos de lo que canta un gallo, Miranda está en la calle.

Puede pagar a quien sea.

La vida es así de injusta.

-Injusto es que no dejes probar las magdalenas a tu hermano.

Jesusín, ven a desayunar, que el tragaldabas este

se comerá todas las magdalenas.

No tengo hambre.

No le haré el feo.

Un momento.

Mirad lo que le regalaré a Sofía.

-Pero bueno...

Es una máquina de retratar, ¿no? -Ahí, ahí.

-Muy bien, pues a ver si me compras

una cosa así para mí en mi cumpleaños.

Y no el triste azucarero que me regalaste el año pasado.

-Que era de porcelana de la China. (RÍE) -De la China,

pero si era de barro, de Navarrete. Venía en la etiqueta.

-¿No estará celosilla, madre?

-No, mi vida, estoy feliz de verte tan contento.

Me voy al horno a dársela.

Ya verá como le alegraré el día.

Adiós. -Adiós, hijo.

Bueno...

¿Y qué? ¿No me lo vas a contar?

¿El qué? Lo que hace que no luzcas

esa sonrisa maravillosa que tú tienes.

No me digas que es por tu hermano o por las bodegas.

¿Sabes qué te diría padre si estuviera?

"Hay algo que duele más que el dolor de muelas:

el mal de amores".

Padre era un sabio.

¿Cuándo podré visitarlo en la cárcel?

¿Cuándo lo sabrá con seguridad?

Sí, sí, lo entiendo, lo entiendo.

Le agradezco el esfuerzo, Escamilla.

En cuanto lo sepa, llámeme.

Sí, sí, estaré ahí.

De acuerdo, muchas gracias. Estamos en contacto.

-Perdone, Srto. Luis, tiene una visita.

-Hola, Luis. -Asunción.

¿Cómo estás?

-Preocupada. Me he enterado de lo de tu padre.

¿Cómo te encuentras?

-He hablado con el abogado, cree que podré visitarlo esta tarde.

-Estás preocupado, ¿no?

-Es mi padre, Asunción.

Discutimos mucho porque no vemos las cosas igual,

pero desde que era un niño él se ha preocupado por mí.

Es justo que ahora yo me preocupe por él.

Que esté a la altura.

-Lo estarás.

Espero estarlo yo también.

-¿Tú? -Sí, yo.

Mira, Luis, quiero que sepas

que a pesar de lo que ha pasado entre nosotros,

Si necesitas algo, mi familia y yo estamos a vuestro lado.

Si necesitas hablar, compañía,

o alguien que te destripe

los finales de las películas de Hitchcock

aquí me tienes.

-Eres muy amable. Muchas gracias, Asunción.

Por todo menos por eso.

Tenías una muy mala costumbre.

(RÍE) -Lo sé, pero me conoces.

Me pongo a hablar y a hablar y no hay quien me pare.

No puedes quejarte.

Siempre te invitaba a un mosto o dejaba que me robaras un beso.

-Entonces, ¿estás enamorado?

Como un chiquillo, madre.

Lo estoy pasando mal, la verdad.

Muy mal por...

esa mujer.

Lo que no está en los escritos.

Hijo, así es el amor. Muchos momentos de felicidad

y algún que otro momento de tristeza.

Usted y padre no discutían.

(RÍE)

Claro que discutíamos.

Como todos los matrimonios.

Más de una vez he estado a punto de salir por esa puerta

y desaparecer.

Luego me decía a mí misma: pero ¿dónde vas?

Si tu quieres a este hombre con locura.

No entendía la vida sin padre.

Jesús,

lo que tienes que hacer es querer con sinceridad,

pero querer. Eso no te lo quita nadie.

Y los sinsabores, como si no pasaran.

Las cosas no son tan sencillas. Sí, hijo.

Lo que pasa que nosotros las complicamos mucho.

Puede ser, no digo que no.

Yo que tanto critiqué a Adolfo y ahora quisiera ser como él.

Un picaflores sin más preocupación que recordar el nombre de la chica.

Y hala...

Pero si ya ni Adolfo quiere ser así.

Ya te lo he dicho.

Un día encontrarás a una mujer que te quiera tanto

como Sofía quiere a tu hermano.

Y ahora, ¿me vas a decir quién es?

¿O es una mujer casada? No.

No la conoce usted, madre. No es del pueblo.

Me voy a las bodegas.

Nos vemos a la comida, ¿no? Sí.

Si te sirve de consuelo, me han dicho

que tu madre te quiere muchísimo.

Ya le pueden decir a ella

que su hijo también le quiere mucho.

(LANZA UN BESO)

(Puerta, se abre)

-Cosas de niñas. Lo recuerdo y me entra la risa solo de pensarlo.

Lo que ocurre es que yo...

cuando te miraba, no veía a Luis Miranda.

Veía... a John Wayne.

-¿A John Wayne, en serio?

-Sí. Bueno, no veía a John Wayne físicamente.

pero te miraba y veía a un hombre

seguro de sí mismo, fuerte,

y que siempre tenía todo bajo control.

-Ya.

Yo también me veía como un tipo duro y capaz de todo

y al final la vida te pone en tu sitio.

-Bueno, Luis,

tener algo aquí dentro

y sentir no es malo, ni vergonzoso;

indica que eres una buena persona.

No te digo esto solo por decir, lo digo porque es lo que pienso.

Igual que pienso que te vendría fenomenal dar un paseo.

Así que puedes acompañarme a casa,

si no es mucho sufrimiento.

(RIENDO) -No, no lo es. Estaré encantado de acompañarte.

Asunción, gracias por todo.

-Solo hago lo que haría cualquier amiga.

¿Nos vamos? -Sí.

Usted primero.

Buenos días.

Señora.

Quiero hablar contigo.

Si es por un asunto oficial, estoy en mi momento de descanso.

Quiero hablarte de Carolina.

Sé que ha firmado renunciando a su hijo en favor de los Cortázar.

Pero todavía estáis a tiempo,

podéis iros de Lasiesta... Mire, Carolina lo ha pensado.

Y ha tomado una decisión que debo respetar, así que adiós.

Si la renuncia a su hijo ha sido dura,

¿qué crees que va a sentir cuando vea a su niño por la calle

y no pueda acercarse a él? ¿Crees que va a aguantar eso?

No hay madre que pueda soportar ver a su hijo

y fingir que no es suyo. ¿Por qué no se quita esa careta

y reconoce que le da igual lo que pueda sufrir Carolina?

Ud. quiere que nos vayamos porque le interesa.

Pues sí me interesa, no te voy a mentir.

Pero yo, al menos, os pongo las cosas fáciles.

He intentado ayudaros. No, ha intentado comprarnos.

Bueno, llámalo como quieras.

Lo grave será que os quedéis, que le deis el niño a mi suegro,

eso será terrible, para Carolina y para el niño.

No voy a entrar en si es grave, o no, solo déjenos en paz.

Por que si no, visitaré a su suegro

y le diré que quiso pagarnos para que nos fuéramos.

Vaya... ¿Ahora me vienes con amenazas?

Es el lenguaje al que están acostumbrados los Cortázar.

Escúcheme, señorita, yo quiero a Carolina,

y vamos a vivir en este pueblo, cerca de su madre, como ella quiere.

Y ustedes nos van a dejar tranquilos porque, si no,

juro que viviré para arruinarles la vida a todos los Cortázar.

Como quieras, allá tú.

Pero os vais a arrepentir.

Ahora es usted la que me amenaza.

Es el lenguaje al que estamos acostumbrados los Cortázar, ¿no?

Mira, en eso sí que tienes razón.

Sofía, bonita. ¿Qué?

¿Esto qué quiere decir? ¿Qué es eso?

Pues nada, las rosquillas para el santo de Doña Paquita.

¿A quién se le ocurre dejar el saco de harina

encima de las rosquillas? ¿En qué pensabas?

Lo siento, Dimas.

No pasa nada, no se va a parar el mundo por esto,

pero hemos perdido horas de trabajo y un pico para la caja.

Soy una persona horrible. No eres horrible,

pero estarías pensando en otra cosa. Pues como cuando empezaste aquí.

Que no, que todo lo hago mal.

¿Qué pasa? ¿Adolfo Reverte?

Sí. Pero no es él, soy yo.

Ay, Dimas...

es que por mucho que lo quiera y que me convenza día a día...

Yo no estoy tan enamorada de él. ¿Ah, no?

Yo no me puedo casar así.

No lo puedo engañar, no me puedo engañar.

Y me ha costado mucho,

pero he tomado una decisión.

Aquí está la persona que endulza mi vida,

y Dimas, no te des por aludido, ¿eh?

-Mira que eres ganso. Bueno, voy a ver si puedo rescatar algo.

-Toma, para ti.

Un regalo. Sí.

No tenías que hacerlo. La vi en el escaparate

y pensé que así recordaríamos nuestros mejores momentos juntos.

(SUSPIRA)

Ah, hola, Luis.

¿Vienes de la comisaría?

-No, estuve a primera hora de la mañana.

Vengo de dar un paseo, lo necesitaba.

-¿Y qué tal? -Ha sido duro, la verdad.

Él intentaba hacerse el fuerte,

pero lo vi tan vulnerable y frágil...

-Ya. Pero yo decía que qué tal el paseo.

-Nadie se merece estar en la cárcel por algo que no ha hecho.

Y tú no deberías fingir que todo te da igual.

-No, finjo, Luis.

Nunca he estado más tranquila en mi vida,

es como si despertara de una pesadilla.

-Y yo que pensaba pedirte que vinieras conmigo a verlo.

-Lamento que te duela mi actitud, lo siento,

pero no fingiré que mi matrimonio era un camino de rosas,

era lo más parecido a un infierno.

Y tú lo sabes, no sé de qué te sorprendes.

-Sé cómo es mi padre, sé que tiene mucho carácter,

pero creí que las cosas os iban mejor.

Mi padre se estaba esforzando por controlarse.

Incluso salíais juntos.

-Si salía conmigo era para vigilarme.

Y si me regaló esos pendientes de oro

fue para pedirme disculpas

porque no sé si recuerdas que unos días antes me partió la cara,

y me dejó un moratón.

Tu padre es cruel, Luis.

Mantenemos las apariencias en público de milagro,

porque en privado el fuego es cruzado.

Estoy cansada de hipocresías,

no quiero fingir que me duele que esté en la cárcel,

para mí es mejor que esté allí.

-Siento no estar de acuerdo.

Mi padre es inocente, lo vi en sus ojos.

-Lo que viste en sus ojos es miedo. Y si tiene miedo por algo será.

-¿Le crees capaz de estar detrás de la muerte de Gabriel?

-Lo siento, señorito, ha entrado como un torbellino...

-No te preocupes.

-Hola, Elena.

Chelo, acompáñame a la habitación, que quiero que me ayudes.

-¿No te gusta?

Sí...

A mí las máquinas no me van, guárdala tú.

Si no tiene tanto misterio, cuando salgas te enseño a usarla.

Tienes que aprender para nuestra luna de miel.

Perdóname, te prometí no volver a hablar de la boda...

Adolfo, no va a haber boda.

Si tienes dudas, lo entiendo,

puedes tomarte tiempo, no te voy a presionar...

No es una cuestión de tiempo.

Si no frenamos esto ahora luego va a ser peor...

Espera, no te entiendo.

¿Frenar qué? ¿La boda o nuestra relación?

¿Nuestra relación?

Pero, ¿por qué?

Lo siento mucho.

Si he hecho algo mal, dímelo y no lo volveré a hacer.

No, si no eres tú, es mi culpa, soy yo.

¿Cómo que eres tú? Esto no puede ser.

Me ha costado mucho pero he tomado una decisión.

No. Vamos a hablarlo tranquilamente. Por favor...

No insistas, no hay más que hablar.

Por favor.

No lo entiendo, Sofía.

No lo entiendo. Lo siento.

¿Qué haces aquí?

-Bueno, anoche en mi casa dijiste cosas horribles.

He venido porque me gustaría saber si lo dijiste por el nerviosismo

o porque realmente lo crees.

-Repetiría cada una de las palabras que dije.

-Crees que soy una indeseable y que te he estado utilizando.

-Y que los Cortázar, todos vosotros,

habéis provocado esta situación para encarcelar a mi padre.

-Tu padre se merece todo esto, es culpa suya.

Gabriel descubrió lo de los vinos intoxicados,

le chantajeó y casualmente después apareció muerto.

-Tu hermano era un canalla,

en este pueblo más de uno se la tenía jurada.

Además mi padre no estuvo esa noche en las bodegas.

Estaba en el casino de Logroño, un camarero lo confirmó.

Así que si no tienes nada más que decir, sal de mi casa.

-Deje que le ayude. -¡Pero tú estás chalado!

-¿Por ayudarle? -No, por presentarte aquí.

Te ve uno de los Cortázar y arde Troya.

-Sí, lo sé, pero necesito hablar de algo importante con usted.

-No, no. Tengo que ir a las viñas de vuelta y no puedo.

-Eduardo, un minuto.

Ya sé que Manuela les ha dicho que le he pedido matrimonio.

Y sé que tenía que haber ido a hablar con usted antes.

Me dio un impulso y me dejé llevar.

Ya sé que le parecerá precipitado. -No, me parece una locura.

-Eso es lo que me parece. -Eduardo, yo quiero a su hija.

De verdad.

Y me imaginaba todos estos meses sin verla y me partía por la mitad.

Y me lancé.

Eduardo, yo ya no sé pasar un día de mi vida sin verla,

sin escuchar cómo se ríe,

cómo mira las cosas, Eduardo,

que parece que a su paso las cosas se iluminen.

Si paseo con ella de la mano y soy el hombre más feliz del mundo.

Le juro que yo pongo mi vida encima de la mesa para hacerla feliz.

Dígame algo, hombre.

-Pues no sé, que son las palabras más bonitas que he escuchado

en toda mi vida.

-Oiga, que no son estudiadas, que es lo que me sale,

que ya sabe usted que las palabras no son mi fuerte.

Y que yo no tengo tierras, ni dineros,

ni la mitad de la mitad de lo que otros tienen,

pero tengo una declaración de amor como esta

que darle a su hija cada día del resto de mi vida.

Eduardo Matute, señor, ¿me da usted la mano de su hija?

-Ay... Ven aquí, hombre.

Pero suéltame, hombre. ¡Que me estrujas!

-Perdone, que me ha dado el ímpetu. -Ya, ya, ya,

pero viene Don Vicente y me deja viuda... a la niña.

-Bueno, yo marcho. Gracias, suegro.

-Lárgate ya. -Ya voy.

-Es un alocado este hombre.

-Buenas.

¿Aquí no atiende nadie? -No están.

-Ah. ¿Pues sabes lo que voy a hacer?

Me voy a meter en la despensa,

voy a coger el jamón y lo voy a dejar temblando, ¿eh?

¿Qué tal, Jesús?

Hum.

Madre de Dios,

la de gente que se va a emigrar a Suiza.

Dicen que allí un jornal es como tres de aquí.

Bueno, que a mí tampoco me importa cómo se poda, ¿sabes?

Ni tampoco me importan las denuncias que tenéis,

pero un poco de confraternidad, que somos vecinos, ¿no?

Perdona, ¿qué has dicho? ¿Yo? Yo nada.

Ah.

(Puerta cerrándose)

-Hola.

-¿Dónde estabas?

-Estaba donde el Ángel, recogiendo el magro para el cocido.

¿Qué te pasa?

-La mujer de Vicente Cortázar me ha insistido para que nos vayamos

pero tranquila, que esos "milloneti" no nos molestarán más.

(ASIENTE) -¿Qué te pasa?

-Que estoy mareada.

-Vamos arriba y descansas un poco. -Sí, mejor.

-Perdón. -No, yo ya he terminado, adiós.

-Espera. Espera un momento.

-¿Quiere algo?

-Que dejes de tratarme como si fuéramos desconocidos.

-Para mí lo es.

-Ya sé que últimamente he tomado decisiones complicadas,

que se pueden entender de muchas maneras,

pero te aseguro que no ha sido fácil tomarlas.

Lo que no puede ser es que sigamos así, de morros,

vivimos en la misma casa. -Por poco tiempo.

Roberto se va a Holanda a recoger tulipán y yo voy con él.

(INSINUANDO) -¿Y tus padres te dejan irte sola... con tu novio?

-Mi marido. Nos vamos a casar.

Nos queremos y ¿para qué esperar?

¿Qué pasa?, ¿que le molesta?

-Bueno, me sorprende.

Desde pequeña habías dicho que nunca te casarías,

que querías ser libre como un pájaro.

-Las personas cambian. Usted también lo ha hecho.

Antes era bueno y ahora es igual que Vicente.

-Soy un Cortázar, hice lo que tenía que hacer.

Aunque no sé por qué intento que lo entiendas, solo eres...

-No, no, dilo.

Dilo: una simple criada.

(SUSPIRA)

Hubo un momento en que no tenía claro qué sentía por ti,

incluso pensé que podíamos ser algo más que amigos,

pero no, ahora sé quién eres.

Y lo único que siento por ti es desprecio.

Estoy deseando irme para no volver a verte nunca más.

Vaya cara que traes.

¿No le gusta el regalo o qué? Me ha dejado.

¿Por qué? Eso me gustaría saber a mí.

¿No te ha dicho el motivo?

Me ha dicho que es por ella, que no por mí.

No me lo creo, Jesús.

La he pifiado pidiéndole que se casara conmigo.

Me he precipitado y eso ha sido el acabose.

No lo sé...

A lo mejor es cuestión de tiempo. No es cuestión de tiempo.

Imagínate que tienes delante a la mujer de la que estás enamorado.

¿Cuánto tiempo tardarías en saber que quieres compartir tu vida con ella?

Ni un segundo. ¿Lo ves?

Cuando se ama de verdad no hay nada que pensar.

Está claro lo que pasa, Sofía no me quiere, no está enamorada.

¿Aquí no atiende nadie o qué?

Eh...

No sé qué decirte, hermano.

No necesito palabras de consuelo,

solo un trago tras otro y olvidar este maldito día.

Tú misma me has dicho cientos de veces que te gustaría

reunirte con tu familia en Argentina.

Pero en otras circunstancias.

Mi padre es un hombre tradicional, ¿crees que le gustará que participe

en una mascarada como la que está organizando tu padre?

No te preocupes, Rosalía.

Estoy seguro que mi consuegro lo entenderá perfectamente.

Solo dile que quiero que mi nieto se críe como un Cortázar.

Padre, en eso estamos de acuerdo,

pero es que puede hacerlo como lo que es: el hijo de Gabriel.

En este pueblo hay lenguas afiladas y pueden hacer mucho daño si quieren.

No quiero que mi nieto crezca como el bastardo de los Cortázar.

Pero... Será vuestro hijo y no se hable más.

Pero es que no lo es, don Alejandro.

Tendréis que hacer un esfuerzo para que todo el mundo se lo crea,

¿o queréis perder el privilegio que supone llevar el apellido Cortázar?

Está bien, si es su decisión se hará así.

El agente Ortega quiere hablar con usted.

-Perdone que me presente a la hora de comer,

pero no he tenido otro momento. -No se preocupe. ¿Qué pasa?

-Debido a que fueron ustedes los primeros en dar la voz de alarma

sobre el vino intoxicado me veo en la obligación de comunicarles

las novedades... Déjese de formalismos y suéltelo ya.

Pues don Santiago Miranda

ha ingresado en la prisión de Logroño

y hemos procedido al cierre de sus bodegas hasta nueva orden,

hasta que se compruebe que no hay más vino intoxicado.

Padre, recuerde qué día es hoy

porque vamos a tener que celebrarlo año tras año.

Buenos días. -Ahora son mucho mejores.

Estás especialmente espléndida, siempre estás guapa pero hoy más.

-Mi marido, el gran Santiago Miranda,

está de camino a la prisión de Logroño.

Tienes delante de ti a una mujer feliz y liberada.

Ay, Dimas, contigo voy a ser sincera, no te pienso engañar,

me siento como...

Como si me hubieran quitado una losa de encima.

-Lástima que haya sido de esta manera,

pero te ha tratado muy mal. -Mucho,

no te puedes llegar a imaginar cuánto.

Por vergüenza no te he dicho ni la mitad.

Tú sabes que mi vida ha sido siempre muy complicada...

Que me ha pasado de todo, pero siempre logré ser una persona alegre.

Pero fue casarme y...

Y convertirme en un ser...

acobardado,

triste,

siempre con esta amargura,

una muerta en vida. -No sabes cómo lo siento.

-Dimas...

No lo sientas, Dimas, no lo sientas, porque quiero recordar unas palabras

que tú me dijiste un día que no quiero olvidar. Eran...

Ah, sí:

"No es momento de lamentarse por las cosas del pasado".

(ELVIRA RÍE)

(SUSPIRA) Es verdad, el pasado...

El pasado solo es eso, pasado.

Ahora tenemos que centrarnos en el presente,

en lo que está por venir.

El tiempo perdido no se puede recuperar pero el que queda...

ese lo quiero vivir...

con toda la pasión y la intensidad que se merece.

Ay, Dimas, ¿sabes? No quiero volverme a reprimir, quiero...

Quiero vivir la vida, quiero dejarme llevar, porque lo necesito,

lo necesito.

-Eh... -A los buenos días.

-¿Qué le sirvo, doña Clotilde? -No, no...

Atienda mejor a la Sra. Miranda que estaba antes.

-Está esperando a que salgan las empanadas del horno.

-Claro, mientas tanto le da a la sin hueso en lugar de estar

en su casa preocupada por la tragedia de su marido.

-La procesión va por dentro, doña Clotilde.

(CLOTILDE RÍE)

-Tengo derecho a salir para que me dé el aire.

-Ya, bueno, aquí mucho aire que digamos...

Yo me callo, que luego todo se sabe.

-¿Qué me ha dicho que le ponga? -Un par de barras.

-Aquí tiene.

-Justo.

Ea, con Dios.

-Eso, eso, con Dios.

-Jesús... Clotilde.

Buenos días, hijo. Buenos días.

Buenos días, eh... Buenos días.

¿Sofía está? Hace un rato ha salido.

Iba a las bodegas a buscarte que quería hablar contigo.

Buenos días. Adiós, Jesús.

-No nos dejan ni un momento para nosotros solos.

-Ay, no te preocupes, Dimas.

Muy pronto...

tendremos todo el tiempo del mundo.

-Gracias.

¿Cómo se encuentra?

-Bien,

cansado, pero bien.

¿Has hablado con el abogado, con Escamilla?

-Sí, antes de venir.

Está haciendo todo lo posible para sacarle de aquí.

-Todavía no entiendo por qué me han encerrado.

Yo soy inocente.

-Ha llegado el momento de que usted y yo hablemos.

-¿A qué viene ese tono y esa mirada?

-Necesito saber la verdad.

-Fue Ormaechea,

se le fue la mano con el metanol.

Por eso le despedí inmediatamente y me deshice...

de toda la partida de vino intoxicado.

-Y Gabriel Cortázar se enteró,

y eso era muy peligroso para las bodegas.

-¿Estás insinuando que yo asesiné a ese tarambana?

Estuve en el casino de Logroño,

un camarero lo ha confirmado. -Sí...

Zacarías.

He estado hablando con él hace una hora.

Me ha dicho que esa noche...

usted no pisó el casino.

-¡Qué tonterías dices!

-Me ha costado mucho arrancarle la verdad,

concretamente 300 pesetas.

Como usted dice, todo el mundo tiene un precio.

Así que dígame, padre,

¿qué precio pagó usted para que él mintiera a la Policía?

-¿Han presentado cargos contra Santiago Miranda

por la muerte de nuestro hermano? -De momento no tenemos pruebas,

solamente tenemos una botella con exceso de metanol.

-¿Y qué se cree que es eso? Ese vino es la razón

por la que Santiago Miranda mató a Gabriel.

-Es solo una hipótesis, Srta. Cortázar, nada más.

-¿Y qué más necesitan? Pues él no sé,

pero este pueblo está claro: otro policía.

Soy yo el primer interesado en dar carpetazo a este caso, Sr. Cortázar.

Comprendo que Santiago Miranda tenía un móvil para cometer el asesinato

pero no tenemos ninguna prueba contra él.

Bueno, pues ya sabe lo que tiene que hacer, Ortega:

encontrar la prueba.

Gracias, Ortega, por la deferencia de venir a decírnoslo.

-Con su permiso.

Pues esto se merece un brindis.

No entiendo qué celebráis. El fin de los Miranda.

Después de este varapalo será difícil que levanten cabeza,

sus bodegas se hundirán y las nuestras subirán... (SILBA)

como la espuma. No me lo puedo creer,

en un momento así solo piensas en el dinero.

Ya estás tú para preocuparte por la parte humana.

Por el futuro que le aguarda a nuestras bodegas,

las más poderosas de La Rioja.

(RAFAEL BORRACHO) Eso es, venga ahí, ¡por las jodidas bodegas!

Y por el poder, que es lo único que nos importa en esta familia.

-Rafael, te acompaño a la habitación. -¡No!

-Qué sí, vamos. -¡No!

Yo también formo parte de esta familia y me apetece brindar.

-Pues cállate y no me avergüences.

-Y vosotros no sé qué estáis celebrando.

Hemos perdido a Gabriel y a un buen amigo de la familia

por culpa del vino tóxico. Elena...

¡Todos hemos salido perdiendo, Vicente!

Para que un globo suba al cielo hace falta soltar lastre,

eso es lo que hemos hecho, ¿contenta?

¿Qué dices?

Pues sube tú con el globo, yo me quedo en tierra.

Pues muy bien.

¡Eh!

¡Por los Cortázar!

-Sí, le pagué mucho más.

Le pagué para que declarara a mi favor.

Pero te juro que yo no asesiné al pequeño de los Cortázar.

-¿Entonces para qué demonios necesitaba una coartada?

Mire,

yo siempre he creído todo lo que me ha dicho sin dudar,

enfrentándome a mucha gente para defenderle.

Soy su hijo,

y creo que aunque solo sea por una vez,

merezco que sea sincero conmigo.

-Es que hay cosas que son muy difíciles de explicar.

-Mi visita dura una hora,

tiene tiempo más que suficiente para aclararlo todo.

¿Qué pasó esa noche, padre?

-Gabriel Cortázar se enteró no sé cómo...

de lo del vino intoxicado con metanol.

Me pidió un millón de pesetas por guardar silencio.

Aquella noche,

había quedado con él en la bodega de los Cortázar,

para entregarle el dinero.

Cuando llegué allí me sorprendió no verlo,

si uno chantajea a alguien al menos debería ser puntual.

Pero teniendo en cuenta que era un viva la virgen

no le di mayor importancia.

Así que hice lo que hubiera hecho cualquiera en casa de un enemigo:

curiosear.

Di un paseo por las bodegas Cortázar,

hasta que detrás de una barrica enorme encontré a Gabriel.

Estaba en el suelo, envuelto en un charco de sangre, muerto.

Instintivamente le toqué para saber si seguía con vida.

Me asusté cuando vi mis manos manchadas de sangre.

(Golpe) Entonces oí un ruido.

-Me la vais a pagar, vamos si me la vais a pagar.

¡Malditos Cortázar!

¿Qué es esto?

¡Sangre!

-Lo habían descubierto.

Tenía que hacer algo o pagaría por un crimen que no había cometido.

Tenía poco tiempo, si me descubrían allí

o averiguaban que había estado allí, me acusarían de su muerte.

Solo podía hacer una cosa:

meterlo dentro de uno de los depósitos

para que el ácido del vino hiciera desaparecer mi presencia allí.

Y me puse a ello.

Eso es lo que ocurrió, Luis.

El asesino de Gabriel Cortázar está ahí fuera,

porque te juro que yo no soy.

-¿Por qué no contó toda esta historia a la Policía?

-Por Dios, Luis...

Yo, un Miranda, en la propiedad de mis enemigos reconocidos,

los Cortázar,

y junto al cadáver del hijo más joven de la familia...

¿Quién me hubiera creído? -Yo le creo.

-No podía arriesgarme a que nadie tuviera la más mínima sospecha.

Además, necesitaba ganar tiempo. -¿Tiempo para qué?

-Para recuperar el libro de mezclas...

que Gabriel Cortázar tenía en su habitación,

y eliminar así todo rastro del vino intoxicado.

Afortunadamente lo conseguí. -Déjelo, padre, déjelo ya.

-Querías saber la verdad.

En ningún momento te dije que era agradable lo que ibas a escuchar.

-¿Sabe qué es lo que más me duele?

No tiene ni idea.

Cuando me acusaron del asesinato de Gabriel Cortázar,

usted pudo contar esto,

y no lo hizo.

Antepuso sus intereses a mi libertad.

¿Y usted se hace llamar padre, padre?

Perdone, buscaba a Jesús Reverte. No le he visto en toda la mañana.

Gracias.

¿Te vas? Me acaban de decir que no estabas...

He hablado con Adolfo.

Me ha dicho que lo vuestro...

Que lo habéis dejado.

No me parecía justo seguir con él

cuando estoy enamorada de otra persona.

He intentado mentirme todo este tiempo, Jesús,

pensar que simplemente te tengo cariño y aprecio, pero...

Lo cierto es que estoy enamorada de ti,

y que solo quiero estar contigo.

Me encantaría dejarme llevar,

abrazarte con todas mis fuerzas,

decirte que quiero estar contigo toda mi vida.

Pues hazlo. Adolfo es mi hermano.

No te voy a decir que...

olvides esta conversación porque no me arrepiento de lo que he dicho,

pero hagamos como si no hubiera pasado y que todo siga igual.

Espera...

Desde niño he estado obsesionado con hacer siempre lo correcto,

con hacer siempre lo que se esperaba de mí

y he renunciado a muchas cosas. Esta vez no quiero.

No voy a sacrificar lo que siento por nada ni por nadie.

Te amo, Sofía,

te he amado cada segundo desde la primera vez que te vi,

con tu maleta junto al río.

Te amo.

Me alegro que se formen parejas en el pueblo.

-A lo mejor el próximo eres tú.

-Yo para vestir santos y para hacer pasteles.

-Eso nunca se sabe, Dimas, sino mira esta, que decía que nunca se casaría.

-Sí. -Que el matrimonio no iba con ella.

-Tú eres una chica que ha sido siempre diferente a las demás.

No soñabas con cazar un mozo en las verbenas, vestirte de blanco.

Lo que querías y lo que soñabas era en hacer cosas por ti misma.

-¡Eres un cabrón, Jesús! Y tú la desilusión de mi vida.

Sois tal para cual. Me acusabas de ponerte los cuernos

y tú me los ponías con mi propio hermano.

Eres una... ¡Cállate!

¿Que me calle? Ahora te haces el valiente, ¿no?

¿Qué pensará tu madre de mí? Mal no pensará y menos cuando sepa

que nos hemos mantenido en nuestro sitio para no herir a nadie.

Quizá ha llegado el momento de ser sinceros y consecuentes, así que...

Si hablas con Adolfo y con tu madre, quiero estar delante.

Te veo en casa esta noche.

Santiago Miranda está acabado.

Usted podría cambiar ese 5% de unas bodegas en ruinas

por el 10% de unas bodegas en auge. ¿A cambio de qué?

Sé que Santiago mató a mi hermano, pero no puedo demostrarlo.

Le creo, padre. Pero si es inocente como dice,

tiene que contarle toda esta historia a Ortega.

-Los Cortázar se echarán sobre mí como perros.

-Quieren entre rejas al asesino de su hermano.

-Ese sigue en la calle, libre. -Por eso tiene que contar la verdad.

Mi padre no tiene nada que ver con la muerte de tu hermano.

El delito de mi padre ha sido adulterar un vino

que por suerte no salió al mercado. -¿Eso te ha dicho?

¿Que nadie bebió de esa partida intoxicada? Te está mintiendo.

Se vendieron varias botellas de esa partida.

Bernardo Cela manipuló los informes. -¿Hasta dónde vais a llegar?

Haríais cualquier cosa para hundir a la familia Miranda.

-Con suerte y si su padre sigue las instrucciones que le he dado,

le pondrán en libertad inmediatamente.

-Gracias a Dios.

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Gran Reserva. El origen - Capítulo 75

20 ago 2013

 Santiago Miranda, que es trasladado a la prisión de Logroño, decide contar a su hijo Luis toda la verdad sobre lo que ocurrió con Gabriel Cortázar. Sofía, ante las dudas sobre su amor por Adolfo, decide romper el noviazgo. Tras ello, Jesús y la joven se sinceran y terminan besándose.

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