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Fortunata y Jacinta - Capítulo 9 - ver ahora
Transcripción completa

¿Qué saca usted cavilando sobre si el alma es esto o aquello?

¿Tienes jaqueca? No.

Es algo que no conocía. Nuevo.

Antes, cuando subía por la escalera, perdí la memoria.

No me acordaba de tu nombre.

Me paré y gritaba: «¿Cómo se llama? ¿Cómo se llama?».

Y no me venía tu nombre a la memoria.

A ratos me siento muy estúpido.

Creo tener en la cabeza un trozo de granito.

Nada se me ocurre. No salta ni una idea.

Y sin embargo, otras veces se me ocurren cosas

tan extraordinarias, tan sublimes que no las puedo expresar.

No puedo ni acordarme de ellas. Acuéstate y descansa.

Ven.

Qué fuerza tienes.

¿Y yo soy el sexo fuerte? Valiente sexo el mío.

Ven.

Si no fuera por ti, la vida no me importaría

que se me acabara.

El mundo no vale nada sin ti.

Nada.

-Quedó en venir entre las 10 y las 11.

Puede que esté llegando.

Esto de meterme en vidas ajenas no lo hago yo

más que por ti, ¿eh? Anda, anda.

Debes ir marchándote. No vaya a ser que te pille aquí.

No me voy. -¿Estás loca?

Me esconderé. Quiero oír lo que diga.

-No, no. Eso no te lo consiento.

¿Vamos a hacer ahora escenas de comedia?

¿Pero qué mal hay? Te digo que no me voy.

-No me gustan estas cosas. En serio, anda, vete.

Déjame. Mira, yo me meto ahí.

Campanilla. -No, no. De ninguna manera.

Ah, era usted. No la esperaba.

Pase. Pase y tome asiento.

Si quiere que seamos amigas, no me oculte nada

por feo y malo que sea sobre cualquier cosa

que le pregunte.

Cuando se determinó a casarse, ¿no hizo en el fondo

de su pensamiento la reserva de que el matrimonio

la permitiría pecar libremente con el que usted quería?

¿No había esa reserva? Busque bien.

Puede que sí.

Pero le diré que yo no contaba con volverle a ver.

Él me buscó. Rompió mis propósitos.

Sin saber cómo, el matrimonio y mi marido se me pusieron

a cien leguas de distancia.

No sé cómo explicarlo.

-¿Pero y su conciencia? Mi conciencia no se alborotaba.

Le diré a usted más. Me daba la razón.

Me decía que mi verdadero marido... -No, no siga usted. Es horrible.

A mí me parecía que ese hombre me pertenecía a mí.

Y que yo no pertenecía al otro. -Cállese, por Dios.

Me había dado palabra de casamiento.

Y me la había dado antes de casarse.

Y yo había tenido un niño.

Me parecía que estábamos atados para toda la vida.

Y que lo que vino después no vale.

-Tendremos que hablar otro día. Todo lo que me dice es muy grave.

Cierto. Cierto que una promesa liga a algo.

Pero el tiempo y la sociedad...

y sobre todo los derechos que usted podía tener,

los ha perdido con su mala conducta.

Si él no me deja tirada en la calle

con el niño dentro, no habría sido mala.

-No vamos a juzgarle a él.

Vamos a pensar que ha pasado el tiempo.

Ese hombre se ha casado con una mujer que es un ángel

y que no se merece... Todo lo ángel que usted quiera,

pero no puede tener niños.

Y una esposa que no puede tener hijos, no es tal esposa.

-Cállese. Es un ángel, pero incapaz

de darle un hijo. Y yo se lo he dado

y se lo puedo dar otra vez. -Cállese.

Está condenada. Todo lo que usted quiera.

Llaman a la puerta.

-Perdón.

-¿Está ahí Jacinta? -¿Jacinta?

No, no, aquí no está.

Lo siento. Está usted alucinada.

Tendrá que dispensarme por hoy. Otro día.

¿Tiene usted que salir?

-Sí. Bueno.

Volveré.

Yo necesito contarle a alguien lo que me pasa.

A veces creo que me voy a volver loca.

Sueño, pienso y me da vueltas en la cabeza la idea

de que le voy a volver a ver otra vez.

-Otro día me lo contará. Me quiero resistir.

Pero se me ha metido una idea en la cabeza.

Es una idea muy perra.

Una idea negra, como las niñas de los ojos del Demonio.

Usted me tiene que ayudar a sacármela de dentro.

Usted, que es una santa.

Es una voz que me dice que no peco.

Que así debe ser. Que así está dispuesto y ordenado.

-¿Pero usted no reflexiona? Mientras más reflexiono, es peor.

Pero usted no tiene sentido moral.

Usted es una salvaje sin principios.

Tiene las pasiones del pueblo brutal.

Es como un canto sin labrar.

No más mentiras, Señor. No puedo.

Salva, Jesús, este alma que se quiere perder.

Y apártame a mí de la mentira.

Yo tengo la culpa de todas las atrocidades que ha dicho.

Usted pensaba que hablaba conmigo sola.

Pero... yo la he engañado.

-Perdona, querida, porque no sabe lo que dice.

Y usted bien comprenderá que debe retirarse.

Bribona. Infame.

No comprendo por qué no se la ha mandado a la cárcel.

Porque no hay justicia. ¡Ladrona!

La ladrona lo será usted. ¿Porque yo qué es lo que he hecho?

Llamarme a mí ladrona tú. Tú que me robaste lo mío.

Serás un ángel, pero los ángeles no tienen hijos y yo sí.

Rabia, rabia, rabia. ¡No!

No los tendrás nunca. ¡Cállese!

-Márchese. Hipócrita. Púa de sacristía.

Que te quieres meter en un confesionario

harta ya de retozar con los curas.

(LLORA)

Gritos.

Gemidos.

Ayúdame.

Mauricia.

(GIME)

No.

-Despierta. Despierta.

¿Qué te pasa?

Me has asustado.

Estaría soñando.

-¿Has salido hoy?

¿Dónde has estado?

Fui a comprar aquella tela.

-¿Dónde la tienes?

No sé.

-Parece que estás en Babia.

A ti te pasa algo.

Vamos, vamos, levántate. Vamos, levántate.

Me he arruinado, Fortunata.

Para mantener a mis padres y a mi mujer

trabajo en una oficina. Pretendo una plaza

de cobrador de tranvía. Mírame.

Mira mi traje.

Alma mía. Yo trabajaré para ti.

Tengo costumbre y tú no.

Viviremos juntos y contentos.

Tú y yo.

-¡Pablito! ¡Pablito! -¿Qué?

-¡Ven aquí! -Ya voy.

-Que tienes que bajar a la tienda.

-Ya voy. -Que te pasas el día en la ventana.

-¿Yo en la ventana? -Tú.

-¿Yo? -¿Que no me oyes?

Te voy a coger del moño. -¡Ay, ay! Ya está bien.

-Ya está bien, ya está bien...

(RECUERDA) Un botón blanco y de cuatro agujeros.

Es buena suerte.

Niña.

(DA DOS GOLPES)

Aplausos.

Aplausos.

Juan.

Se nos va a hacer muy tarde.

No importa.

No me voy a la guerra, niña.

Es la tercera vez que nos despedimos.

Espera.

Te van a echar de casa. No te preocupes.

Si al menos pudiera verte...

A finales de agosto estaremos de vuelta.

Te escribiré si quieres. Sí, escríbeme.

Puedes mandarme las cartas a las señas de mi tía.

O aquí, con la portera.

Yo vendré a buscarlas. No te preocupes.

Y ven pronto.

No me dejes sola mucho tiempo.

Campanilla.

Pasos.

-Qué horas de llegar. Se me hizo tarde.

-Ya. Tienes al pobre Maxi ahí en la cocina.

Hoy está peor que nunca. A ver si entre las dos

le damos la medicina. Voy a buscarla.

No debería haberme casado, tía.

Me seduce y me llama la vida religiosa.

Abstraerme. Renunciar a todo.

Anular por completo la vida exterior y no vivir,

sino para dentro.

Este es el único bien positivo. Lo demás es darle vueltas

y vueltas a una noria de la que no sale nunca

una gota de agua.

El hombre honrado no tiene defensa contra tanto enemigo.

La traición le rodea.

Aquellos en quienes más confía, le venden.

Dios es el único que no nos engaña.

El único que no se pone careta de amor para darnos la puñalada.

-Hoy es atroz. A ver si le podemos sacar de aquí.

Trae, yo llevaré eso. Sí.

Vamos.

Lo que yo extraño, tía, es que usted también me quiera matar.

-Después hablaremos de esto.

Te explicaré y verás cómo son figuraciones tuyas.

No sé cómo me va a convencer usted, cuando yo tengo

oídos y ojos y ante la evidencia... Ten, anda.

Pero, tía, Fortunata, que me dan arsénico.

-María santísima. ¿Creen que se me puede ocultar

el gusto del arsénico? -Esto no se puede soportar.

¿Cómo piensas que te vamos a envenenar?

Tendré que dejarme morir de hambre.

Mi casa está llena de enemigos. A ver si nos morimos

de una vez los dos. Mira.

No creas que no me vendría mal que matara.

Maldita la gracia que tiene este mundo con las jaquecas

que me das y lo que nos haces sufrir.

Garantíceme usted, pues, que mi honor está intacto

y yo me tranquilizaré. ¿Pero quién diablos

se ha metido con tu honor?

Si todo es humo. Humo que hay dentro de esa cabeza.

Humo, humo. Claro que sí.

No pienses y no temerás nada.

Prométeme... ¿Qué?

Prométeme no salir, sino conmigo. ¿Salir yo?

Pero qué disparates se te ocurren.

No lo haré nunca más. Solo cuando tú me acompañes.

Te lo prometo.

No me quiero dormir. Porque te vas de la cama

y oigo pasos y cuchicheos por el pasillo. Los oigo.

Todas las noches anda un hombre por la casa.

Y no me jures lo contrario.

Pues que no tengo yo oídos.

¿Estoy tonto acaso? -Vamos.

Vamos.

Campanilla. Buenas tardes, Ballester.

-Qué milagro verla por aquí. Vengo a buscar a mi marido.

Quedamos en dar un paseo. ¿Dónde está?

-Se fue a dar una vuelta. Le mandé yo.

Porque pienso que hay que combatirle su abandono.

La lectura y esas depresiones melancólicas que le entran.

Yo siempre le hablo gordo.

Y créame, me ha cogido miedo.

Eso es lo que le hace falta.

¿Pero ve por dónde le ha dado?

Yo no he visto un desatinar semejante.

-No me preocupo mucho por él.

Con un buen tratamiento se irá arreglando.

Es usted la que necesita cuidados. ¿Yo?

-Hace días que está triste. No, no me lo niegue.

Leo las caras.

Pues en la mía poco habrá leído. -Más de lo que piensas.

Leo pasajes muy tiernos. Estrofas de despedida.

Lamentos de soledad.

Ay, qué disparates está usted diciendo.

-Perdone mi atrevimiento. Pero no son disparates.

Yo siempre las gasto así. Evito los rodeos.

Y cuando una idea quiere salir de mí,

le abro la puerta para que salga.

Porque si lo dejo dentro, estallo.

Le voy a decir otra cosa, si no se enfada.

No me enfado.

-Le tengo que decir que al que debiera usted querer, es a mí.

Ya ve que no me muerdo la lengua.

Me gusta usted por lo corto de genio.

-Al pan, pan, y al vino, vino. Así lo pienso y así lo digo.

Pero le advierto una cosa. ¿Qué?

-Usted no se decidirá. Pero si se decide a quererme,

tenga cuidado de no decírmelo así de sopetón.

Podría morirme de gusto. Sería como una descarga eléctrica.

Estese tranquilo. Se lo diré poco a poco.

Como cuando se dan malas noticias.

-No tanto, no tanto. Es usted malo.

¿Aquí, entre tanta medicina,

no habrá nada que le cure la cabeza?

-Ay, si la hubiera, si la hubiera...

Muchos creen que la peor cabeza de esta casa, es la de Maxi.

Cuando la mía es una pajarera.

Pero dos palabras me harían la persona más sana

y más feliz de la tierra.

Campanilla.

Le estaba diciendo a su mujer que le iba a preparar

unas píldoras. Dios, qué píldoras. ¿Para ella?

-No, hombre, para usted. ¿Y de qué son?

-Debo reservar el secreto. Es algo nuevo.

Es un específico. Este Ballester está ido. Vámonos.

Yo no tomo pastillas sin saber la composición.

-Está bien. Nada de píldoras.

Campanilla. Yo me río de tus males, Maxi.

Te quejas de vicio. Eso es lo que te pasa.

Hala, a divertirse.

Campanilla.

(TOCA EL PIANO)

-¿Tu marido? Fue al Variedades con Ballester.

Vendrá enseguida.

-¿Qué tal está? Tienes días.

-Ay, es un portento esta chiquilla.

Cada día lo hace mejor.

-No te asomes así, hija.

Deberías ponerte una toquilla o algo.

A ver cuál prefieren ustedes.

Esta es de la Plaza del Progreso. Y esta del Ozolla.

-Lo mismo da. -Qué equivocada está usted, amiga.

La de la Plaza del Progreso es algo más salubre.

Algunas veces también tengo del arroyo del Abroñigal

y de la Fuente de la Reina.

-Una manía. -La que usted tome, doña Casta.

-¿Cuándo abres por fin? -El 15 de septiembre.

Hoy hemos estado probando el gas.

Y están llegando las cajas de novedades.

Tenemos ya algunos encargos. Y sin abrir siquiera.

Dos trousers y varios ajuares.

Yo pienso que nos va a ir muy bien.

-Cuando se monta un negocio como los mejores del extranjero,

es para hacerse de oro.

-Ahora están todos en San Sebastián esperando al primo Moreno.

Cuando este llegue, todos se trasladarán a Biarritz.

Eso es lo que he oído decir en la tienda.

Pensé que te gustaría saberlo.

Has hecho bien en decírmelo, pero ya lo sabía.

-¿Te escribe? No.

Me lo dijo antes de irse.

En Francia van a un sitio que se llama San Juan.

-San Juan de Luz.

Eso.

-Debes pensar que yo soy medio tonta.

¿Por qué?

-Que no me entero de nada.

Que estoy aquí haciendo el papamoscas.

Todo se lo dice usted. -Si el pobre Maxi estuviera bueno,

él te arreglaría. Pero no lo está.

Y yo tengo que tomar a mi cargo el decoro de la familia.

Mi cabeza se está llenando de canas desde que veo

y siento lo que está pasando.

De aquí para allá, gobierna usted. Y de aquí para acá, son mis cosas.

Y en ellas no tiene por qué meterse.

-Espera.

Yo me pongo en el caso de una mujer que tiene

una pasión antigua, con raigones muy hondos

y que no se puede arrancar.

Hay casos así. Y verdaderamente hay que mirarlos despacio.

Por eso, si hubieras venido a mí y me hubieras dicho:

"Tía, esto me pasa. Me persiguen.

No sé si podré defenderme.

Soy débil. Ayúdeme usted".

La cosa variaba mucho.

Porque yo te hubiera dado fortaleza y ternura.

Pero no. Campas por tus respetos y te mueves

como una moza sin juicio.

Por eso, cuando recurras, ya tarde, a las personas

que podían haberte ayudado, esas personas,

yo misma, te diré: Húndete ahora.

Cúbrete de vergüenza y date a los demonios.

No entiendo lo que me quiere decir. -Intento ayudarte.

Sé que esa persona no está en Madrid.

Ahora es el momento de que juntas hagamos frente a esa enfermedad.

(RÍEN)

¿Tienes algo para mí? -No.

¿Qué haces aquí entonces?

-Tengo necesidad, hija. Mucha.

¿Has preguntado si llegó algo? ¿Hablaste con el cartero?

-Cada día le pregunto, pero nunca tiene nada.

Y yo no podía más de necesidad.

Sí, tía. Toma.

-En cuanto lleguen las cartas, vengo con ellas. No te preocupes.

-Buenos días, señora. Buenos días, don Francisco.

Campanilla.

Campanilla.

Con Paco. Yo bien. ¿Y usted?

¿Y doña Silvia y Rufinita, siguen tomando

los baños del Manzanares?

-¿Qué te trae por aquí a estas horas?

Nada, estoy de enhorabuena.

-¿Qué, te ha caído la lotería?

Es mucho más que eso. He encontrado lo que buscaba.

-¿Qué era lo que buscabas? ¿Se puede saber?

Sí. El problema era el de la emanación de las almas.

¿De dónde emana el alma? ¿Es parte de la sustancia divina

que se encarna con la vida y se desencarna con la muerte

para volver a su origen? ¿O es una creación hecha por Dios

que se mantiene siempre impersonal?

Ahí estaba el intríngulis y yo he dado con ello.

Y ahora lo tengo aquí. Pero temo que se me escape,

porque mi memoria es una jaula abierta

y los pájaros se vuelan. Hijo, por Dios.

No discurras esas cosas, que dan dolor de cabeza.

Querida mía, si este vía crucis de trabajo y persecuciones

tú no me quieres acompañar, lo sentiré por ti.

-Mire usted, amigo Maximiliano, yo creo que todo

lo que hay que saber sobre eso, ya nos lo han enseñado.

Y lo que no, más vale que no lo sepamos.

Porque el mucho apurar las cosas, quita a uno la fe.

Esta vida no es más que un mediano pasar.

Y por mucho que miremos arriba, no va a caer el maná.

¿Qué saca usted cavilando sobre si el alma es esto o aquello?

Basta, no siga usted. Si es usted materialista,

nunca nos entenderemos. Nunca.

-No, si yo lo que digo es que el alma tiene

el pago que merece. Y como el cuerpo no es más

que un cascarón, este se pudre. Comprendido.

Fuerza y materia, ¿no? Ya discutiremos eso.

Yo expondré mi doctrina y usted la suya.

Y la señora humanidad nos escuchará.

A ver quién de los dos se la lleva. A verlo.

Anda. Descansa un poco.

Bastante has trabajado hoy en esos cálculos tan difíciles.

Mañana seguirás y yo te ayudaré.

Tú también discurres, lo sé. Tú piensas porque sientes.

Y me comprendes porque amas.

Has pecado. Has padecido.

Tienes el sentimiento de la liberación.

Usando una parábola: te escuecen en las muñecas

el grillete de la vida.

Tú me ayudarás a propagar mi gran doctrina.

He tenido una revelación. Lo que sé, lo sé porque

me lo ha dicho quien todo lo sabe.

Tía, pase usted, que aquí no hablamos en secreto.

¿Cómo deja entrar en su casa a ese materialista?

-¿Qué mal puede hacerte don Francisco?

Ese hombre terminará intentando robarme el honor,

porque los de esa infame secta no me pueden ver

ni en pintura. Tiene razón.

Ese que no entre más aquí.

-Pues no entrará, hijo. No entrará.

¿Quieres comer algo? -No, no tengo ganas de comer.

Ni de dormir ni de nada. No necesito nada.

No tengo más que el esqueleto, y él se basta

para llevarme el alma.

Ahora vas a ayudarme a mí.

Sin hablar y sin pensar.

Quiero deciros algo.

Yo no soy más que el precursor de esta doctrina.

El verdadero mesías vendrá después.

Vendrá pronto.

Ya está en camino.

Quien todo lo sabe me lo ha dicho.

-Esto que he preparado es hachisina,

extracto de cáñamo indiano. Combate el abatimiento del ánimo.

Espero que quite también las ideas lúgubres

y las manías religiosas.

Dentro de unos días estará bien. Ojalá.

-¿Irá usted esta noche a casa de doña Casta?

Depende de cómo se encuentre mi marido. ¿Por qué?

-Yo no dejo de ir ninguna noche.

Pero me cuesta demasiado trabajo mantener la conversación

y estar amable cuando usted no viene.

¿Y qué quiere que haga? -Que vaya.

Y si lo hace sin Maxi, mejor.

Yo la atenderé y le daré conversación.

Qué malo es usted.

-En pago de su presencia esta noche,

yo le voy a dar una buena noticia.

¿Noticias a mí? -Y tan buena que le haré saber

mejor que los dulces de doña Casta.

Dígamela. -Le están paseando

a usted la calle.

¿Qué dice? -El niño ha estado rompiéndose

el pescuezo mirando para los balcones.

Y usted sin aparecer por ninguna parte.

Así durante una hora larga. Pobre hombre.

¿Quién? ¿Cuándo? -No se haga usted la tonta.

¿Quieres que le diga una cosa?

Así debería estar siempre ese hombre,

midiendo la calle, sin que usted apareciera por ninguna parte.

De esa manera, yo le ofrecería mi corazón,

aquí guardado y sin usar, virgen y generoso.

Termine eso pronto que tengo que volver a casa.

-Está bien. Está bien.

Está usted tan tocada como puede estarlo su marido.

Eso es lo que pienso.

Qué cosas dice.

-Las que oye, Fortunata. Las que oye.

Campanilla.

Retírate de la ventana.

Va a caer el frío de un momento a otro. Ven.

Ven aquí. Siéntate.

Lee un poco.

Entretente con algo.

-Ayer por la mañana llegaron los Santa Cruz.

¿Qué ha dicho? -Bien has oído lo que te he dicho.

Ahora o nunca.

Estoy a tus órdenes, por si quieres un consejo.

O un plan de defensa en toda regla. Quiero que sepas una cosa.

Tengo la seguridad de que arrastrada y todo como eres,

loca y sin pizca de juicio, tus faltas nacen del amor

y no del interés.

Y los mismos disparates que haces por un hombre poderoso

que te da grandes cantidades de dinero, los harías aunque fueras

tú misma la que tuviera que comprarle el tabaco.

¿Pero qué dice usted de grandes cantidades?

-No vayas a creer que pretendo que me lo des para colocártelo.

¿Qué dices usted, señora? -Me repugnaría tocar ese dinero.

¿De qué dinero está hablando? -Si me quieres hacer creer

que no te da nada. ¿A mí? Darme a mí, ¿por qué?

-No me hagas tan tonta. Quiero que lo sepa de una vez.

No tengo nada. Me ha ofrecido, pero yo no he querido tomarlo.

-Por no saber, no sabes ni perderte.

Si hubiera un infierno para los tontos,

ahí deberías ir tú de cabeza.

¿Cómo te encuentras? Mejor.

Fortunata. ¿Qué?

La muerte es hermosa.

No digas eso, chiquillo.

No digas eso.

Campanilla. -Espérame fuera.

Venía a buscarte. Estamos en tu casa.

-Lo sé. Pero hace un rato han venido

los Santa Cruz y no quiero que te vean.

Te espero. -No tardo.

¿Le has visto? ¿A ese hombre?

Le conozco de algo.

-Es el primo de los Santa Cruz. Manuel Moreno.

El dueño de esta casa y de muchas otras.

El galán de Jacinta. ¿Qué dices?

-Lo que oyes. Vámonos.

¿Lograste ver a tu hombre? No, no sé nada de él.

Pero cuéntame algo de eso.

¿Ese hombre tiene algo que ver con Jacinta?

-Claro que sí. Le veo todos los días.

No quita los ojos del portal de los Santa Cruz.

Provocan encuentros que parecen casuales, pero no lo son.

El muy tonto. Ha pasado el verano con ellos y se ha chiflado.

Está solo. Y ella habrá puesto algo de su parte

para que las cosas ocurrieran.

No lo puedo creer. -Pues empieza a creerlo.

Yo le conozco muy bien.

¿De qué? -Fue mi novio.

Era mucho mayor, pero a mamá le gustaba.

Nos visitaba. Casi, casi le poníamos un palio

cada vez que cruzaba la puerta.

Tiene mucho dinero. ¿Y qué pasó después?

-Un día se fue. Y cuando volvió a aparecer,

yo estaba casada y me iba a marchar a Francia.

Me siguió y me encontró allá.

Mi difunto marido se había ido a París a hacer compras.

Él se divirtió lo que quiso y luego la del humo.

Me ha cedido el local... Me ha ayudado...

Pero pasa a mi lado como si no me conociera.

Pero eso me alegra tanto verle tan viejo

persiguiendo a su pariente, sufriendo.

Con Jacinta habrá tenido que sostener una lucha tremenda.

Pero al final ella se ha rendido. No te quepa la menor duda.

Niña.

¿Qué querías?

-¿Y Juan? Salió.

-Escúchame. Esta noche he tenido una idea.

Te la cuento antes de salir a la calle.

Piensas en ella y a la vuelta hablamos.

Muy bien.

-Se refiere al primo Manolo.

¿Qué es?

-Le he venido observando últimamente.

Se siente... deprimido.

Falto de afecto.

Está enfermo, mamá.

Acuérdate lo que nos dijo el médico.

Es el mismo solitario de siempre.

Lo que pasa es que no se encuentra bien.

Hay algo dentro de él que no funciona.

-No es eso. Tiene aburrimiento.

Mal de soltería.

Cásale y se le quitan diez años de encima.

¿Y quién se te ocurre que pueda ser su mujer?

-Tu hermana Bárbara. Pero...

-Piénsalo. Piénsalo.

Tiene 18 años. Y Moreno ronda los 50.

-Cierto. Cierto que hay diferencia de edades.

Pero es un gran partido.

Piénsalo. Luego hablamos.

Tengo mucha prisa.

¿Cuánto tiempo lleva ahí con esa flor?

-Acabo de llegar.

Rafaela iba a avisarla, pero antes ha ido a buscar algo

para colocar los nardos.

Me cambio y vuelvo. -No.

No se vaya.

Sería capaz de vestirse de negro solo para desanimarme.

Hoy he tenido suerte y no quiero que se me escape

de entre los dedos.

Se cierra una puerta.

-¿No quiere saber en qué consiste mi suerte?

Ya sé lo que va a decirme.

-Haberla encontrado sola es una suerte.

Ya lo sabía.

-Pero, claro, cosa que le diga a usted,

es como si la escribiera en el agua.

Siempre que nos visita a esta hora es para anunciarnos su partida.

-Oh, sí. Así es.

¿Se va de nuevo?

-Ya no lo sé.

Hay algo que me retiene con mucha fuerza.

Pero tendré que superarlo.

Estoy segura de que no le costará mucho.

¿Cómo se siente?

-¿Quiere que le diga la verdad? Claro.

-Por primera vez en mi vida me siento confuso.

Ya no sé qué pensar.

No sé dónde diablos se me ha ido la razón.

Hago y digo tonterías.

Por dentro me siento cansado.

Y creo que algo serio me empieza a fallar.

Está exagerando para preocuparme.

-A lo mejor tiene razón. ¿Pero qué le falta a usted?

Nada, no le falta nada.

Lo que pasa es que está criado a caprichos,

como los chiquillos.

Bueno, tengo que cambiarme. Espere aquí.

Le mando a la doncella. Pídale lo que quiera, ¿eh?

El primo Manolo está ahí detrás. -No lo puedo creer.

Pero si él... Qué cosa.

Anda que no le ha costado entrar en una iglesia.

Se ha convertido en un hombre muy raro.

Nunca ha sido así.

(JADEA)

-¡Oh!

(HABLA EN LATÍN)

Música y bullicio.

Ya no te gusta estar conmigo.

¿Quién ha dicho eso?

Buscas cualquier excusa para no subir a la casa.

Pasamos dos horas aquí y luego te vas.

Tienes ganas de perderme de vista.

De todas las conversaciones que podemos tener...

Esta es la que más te molesta, lo sé.

Pues vamos a dejarla.

Durante todo este tiempo intento llegar pronto a casa

porque mi mujer no se encuentra bien. Y me necesita.

No se encuentra bien desde que murió

el señor Moreno, ¿verdad?

Siempre creíste en la virtud de tu mujer.

Claro. Y sigo creyendo.

¿Qué intentas decirme? Que ella es como las demás.

Te faltaba con aquel pariente.

Y la suerte tuya es que dio el estallido.

¿Pero qué estás diciendo?

Todo eso me lo contaron personas que lo sabían.

Eso es una infamia.

Mi mujer es sagrada. Está por encima de toda calumnia.

¿Qué te figuras, que es como tú?

Si es tan sagrada, ¿por qué la engañas?

Escucha. Si vuelves a pronunciar una palabra referente a mi mujer,

cojo el sombrero y no me vuelves a verme

en todos los días de tu vida.

No te lo tomes tan a pecho.

Podrá ser mentira. Yo qué sé.

¿Te vas ya? ¿Te parece temprano?

¿Vendrás mañana? No lo sé.

Ya empiezas. Escucha.

Si rompemos, no me eches la culpa porque eres tú la culpable.

¿Qué quieres decir? Que esa patochada ordinaria

me ha dolido y me está doliendo.

Está bien.

Lo que quieras.

Campanilla. Padilla, salgo un momento.

Esté atento a la puerta.

Eh, ¿no olvida algo?

Me llamo Segismundo Ballester. Soy el encargado de la farmacia

donde trabaja su marido, cuando no tiene alucinaciones.

Esta mañana me encargó unas pastillas.

Como usted no ha venido, aquí estoy yo.

Venga conmigo.

A ver, criatura, no puede llegar a casa en el estado en que está.

Vaya tranquilizándose un poco.

No pretendo que me confíe sus penas

y que me diga lo que le ha ocurrido.

Pero sí quiero que piense que el mejor médico

para curarlo todo soy yo.

Lo siento, Ballester, no estoy para bromas.

-Lo creo. Tiene usted el corazón

como si lo estuvieran apretando con una soga.

Sí. -Yo me quedaré aquí

hasta que se le pase y pueda irse a su casa.

No necesito nada. -Lo sé.

Pero si quieres desahogarse, hágalo conmigo.

¿Por qué se mete donde no le importa?

-Me importa todo lo suyo.

Sé de dónde viene. Sé la calle, el número, el piso.

La taberna de la esquina. Y si me apura un poco,

sé hasta lo que ha ocurrido.

¿Estas son las píldoras que le van a curar?

Siempre me dice lo mismo.

-Esta vez creo que he dado con el remedio.

A usted también le vendría bien tomarse una.

¿Yo?

Lo mío no va con píldoras.

Quédese con Dios. Me voy a mi casa.

-Consuélese. El mundo es así.

Hoy una pena, mañana una alegría...

Hay que tener calma y tomar la vida como viene.

Y no liar todo nuestro ser a una sola persona.

Cuando una vela se apaga, debe encenderse otra.

Gracias por todo. -Estoy a sus órdenes.

Soy amigo diligente, reservado y buena persona.

Agur.

Lluvia.

-¿Qué? ¿Estáis haciendo los tortolitos?

Más cuenta os tiene comer. Vamos.

No te muevas. Yo te traeré la comida.

-¿Por qué no dejas en la calle tus agonías?

Y cambias un poco esa cara de viernes por otra más alegre.

Para espectáculos tristes, bastante tenemos en casa.

Déjeme en paz. Que no me meto con usted

ni me importa la cara que tiene.

Estamos listos que no pueda ni siquiera estar triste.

Me pondré a bailar, si le parece.

-Si crees que toleraré ese cantonalismo en que vives,

estás fresca. Ya te voy a arreglar a ti.

Ten cuidado, que derramarás el agua.

Mejor. -¿Sí? Ya te arreglaré yo.

Arréglese sus narices. -No quiero incomodarme

ni alzar la voz porque no se entere ese desventurado.

Tú mete bulla, para que no descanse el pobre.

Pero si es usted la que chilla.

Bien callada que entré, pero se empeña en buscarme el genio.

-Mete ruido, mete ruido. Hago lo que quiero.

-Eso es lo que más me subleva, tu terquedad.

Ese empeño en gobernarte sola. Esa independencia estúpida.

Bien empleado te está lo que te pasa. Bien empleado.

Es verdad que yo debiera contarle a usted, pero...

no me parecía propio venir a esta casa con cuentos.

Hasta llorar aquí por lo que lloro, es una canallada.

Pero no puedo remediarlo.

Yo necesito decirle a alguien que ya no puedo más.

Que me estoy muriendo de pena.

Y si no lo digo, reviento.

Usted crea lo que quiera, pero soy muy desgraciada.

Ya sé que soy mala, mala de encargo,

pero soy muy desgraciada.

-Si hubieras seguido mis consejos este verano, no te verías así.

Serénate, que nadie te va a reñir.

Tampoco necesitas explicarme lo que te pasa.

Tenía que suceder. Porque los malos pasos

siempre acaban en malos fines.

Otra vez te da carpetazo ese hombre.

¿No es así? Sí.

-Vamos, que estáis buenos los dos. Tal para cual.

Las relaciones criminales siempre acaban así.

Uno se encarga de castigar al otro.

Y el que castiga, ya encontrará su trancazo en alguna parte.

Aguanta, que te lo tienes merecido.

Yo no quiero vivir sola.

Dígame usted al menos que tenga paciencia,

que me porte bien. Lo haré si me lo pide.

-No, hija. Has venido muy tarde.

Resultaría así como que soy cómplice de tus crímenes.

No puedo.

Anda, llévale la comida a tu marido.

Eso es lo que tienes que hacer.

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Fortunata y Jacinta - Capítulo 9

30 ago 2017

Fortunata y su marido viven con Doña Lupe en la nueva casa, cerca de la farmacia donde trabaja Maxi. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que Fortunata viera a Juan Santa Cruz, pero empieza a dar señales de vida, y finalmente vuelven a tener relaciones discretamente.

Histórico de emisiones:
30/03/2009

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