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Para todos los públicos En Portada - Las dos vidas de Béatrice - ver ahora
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Esta es la historia de una persona corriente

cuya vida da un giro improbable.

La transformación de una mujer.

La historia de encuentros que cambian a personas y a lugares.

La historia del viaje desde el miedo o la indiferencia a la solidaridad.

La historia, en ocho capítulos,

de una frontera que ahoga muchas esperanzas

justo cuando están a punto de alcanzar la meta.

La historia de las vidas que cambia el Canal de la Mancha.

Es sábado por la tarde de un día singularmente soleado y cálido

en el norte de Francia.

Nuestra protagonista, Béatrice, y su madre

han invitado a Véronique y a Joffrey a una barbacoa.

Suelen hacerlo a menudo: reunirse los días de buen tiempo

para comer en el jardín y alargar las sobremesas.

Los amigos nos ayudarán a conocer mejor a la anfitriona.

La vida de Béatrice Huret es digna de una novela,

y, de hecho, así es.

Su historia ya se ha publicado como libro.

Una chica de provincias que se casó a los veinte años

con un hombre diecisiete años mayor.

Un policía de fronteras que votaba al Frente Nacional,

el partido de ultraderecha de los Le Pen.

Inducida por el marido, llegó a ir en una lista municipal del partido.

Aquella Béatrice sumisa terminó el día que su marido murió en 2010.

Béatrice rehace con nosotros el camino

que la llevó por primera vez a la jungla.

Sólo había visto ese lugar en televisión,

pero una tarde se apiadó

de un joven sudanés perdido bajo la lluvia

y lo llevó en el coche.

No podía imaginar cómo ese gesto iba a dar un vuelco a su vida.

Las emociones se le revuelven porque aquí nació la nueva Béatrice.

Una mujer que, tal vez, nunca habría existido

de no vivir en este lugar de Francia.

Calais, una ciudad marcada por la geografía:

está a 34 kilómetros de la costa de la Gran Bretaña.

De aquí parten los ferrys y el Eurotúnel

que cruzan el Canal de la Mancha.

Por eso es el destino de miles de migrantes

que quieren ir al Reino Unido.

A finales de los noventa hubo una primera ola de migrantes

que huían de Kosovo y Afganistán.

La Cruz Roja les abrió un centro que el gobierno francés,

a petición del británico, cerró en 2002.

Pero la geografía no varió y siguieron llegando migrantes.

Su presencia por toda la ciudad llevó a crear un nuevo campamento.

Creció, se cerró, se reabrió y volvió a crecer

hasta alcanzar proporciones, sin precedentes, en 2015,

el año en que la ola de sirios en busca de asilo

desestabilizó la Unión Europea.

Huían de guerras o del hambre,

y al llegar a Calais topaban con un muro de agua.

Entre intento e intento para cruzar ese mar

habitaban en eso que llamaban La Jungla,

un nombre de ecos salvajes.

Ver con sus ojos la Jungla la transformó,

y la viuda de policía y excandidata del Frente Nacional

se convirtió en activista por los migrantes.

Llegaron a ser diez mil extranjeros en una población de setenta mil.

Despertaron solidaridad y rechazo.

Béatrice colaboraba en una cocina de la Jungla,

y animaba a sus amigos a ir para que al ver la realidad

experimentaran el mismo cambio que ella.

Eran nueve iraníes.

Al coserse los labios empezaron también una huelga de hambre

que duró veinticuatro días,

hasta que se paralizó el desmantelamiento.

Sus historias se perdieron en la Jungla

hasta que un día a Béatrice le pidieron

que alojara a dos migrantes en apuros.

Mokhtar, uno de los iraníes a quien había visto con los labios cosidos,

era ahora huésped en su casa.

Y una noche, después de cenar, ocurrió lo que Béatrice temía

tanto como deseaba.

Beátrice vivía y vive con su madre, que se une a la conversación

y nos ayuda a recomponer aquella convivencia.

Thérèse, cocinera de oficio, lo es también en su casa

y lo fue de los dos iraníes.

Pocos supieron, en su momento, de esta historia de amor singular.

Mokhtar. El hombre por quien Béatrice cometerá un delito.

Tan cerca y tan lejos.

No es un espejismo, en días claros desde la playa

se avistan los acantilados blancos de Dover.

La costa inglesa.

Para alcanzar esa meta hay que salvar una barrera de agua.

Mokhtar llegó a Calais desde Irán por la ruta de los Balcanes

en aquella ola de 2015.

Una vez aquí, hizo como todos,: intentó cruzar dentro de un camión.

Pagándole a un traficante o por su cuenta.

Como siempre lo detenían decidió probar otro método,

cruzar en barca.

Béatrice será su cómplice necesaria.

Comprado el barco de pesca por mil euros,

lo siguiente fue elegir la playa y el momento.

La madrugada del 11 de junio de 2016.

Béatrice quería quedarse en la orilla

hasta que la embarcación, donde iba el hombre que amaba,

desapareciera en el horizonte,

pero temió que los pescadores que había

se dieran cuenta y la denunciaran.

Dos meses después de dejar a Mokhtar en la playa, detuvieron a Beátrice

y la ficharon por presunto peligro para la seguridad del Estado.

El juicio, en junio de 2017, saca a Béatrice Huret del anonimato

que un titular que se repite: Una exsimpatizante del Frente Nacional,

juzgada por tráfico ilegal de inmigrantes.

Béatrice se exponía a diez años de cárcel.

Su abogada se los evitó con estos argumentos:

En octubre de 2016 desmantelaron la jungla de Calais.

La presencia masiva de migrantes cambió a Béatrice y a Calais.

Recorremos kilómetros de vallas y muros,

financiados en gran parte por el gobierno británico.

Este blindaje y el descenso en la llegada de migrantes

han reducido drásticamente los intentos de cruzar el Canal,

pero no los han eliminado.

Los migrantes no nos dejan grabar de cerca sus campamentos,

pero comprobamos que sobreviven en condiciones deplorables.

Insalubres.

Son reacios también a hablar delante de la cámara.

No ha vuelto a haber en Calais ningún asentamiento como la jungla

porque lo impiden.

Varias veces por semana la policía destruye

los campamentos incipientes.

En los barrios que lindan con esas acampadas

tampoco nos resulta fácil

que los vecinos hablen ante la cámara.

Están hartos, dicen, de la prensa y de quedar como racistas.

Hay mucha policía en las áreas de servicio

de las autopistas que llevan al puerto y al túnel.

Los camiones que van a cruzar el Canal

deben abandonarlas al caer la noche

para evitar que nadie se meta en ellos.

Sólo pueden quedarse los camiones que vuelven de Gran Bretaña.

Ahora hay menos.

Lo que había aquí, ¡vamos! Aquí no se puede estar.

¡Que te abren la puerta! y no puedes hablar.

-¿A usted le pasó? -Sí. Anteriormente sí,

pero ahora ya es menos.

Los chicos no están fuertes, o sea, no están....

anteriormente lo que había aquí...!

El Reino Unido financia también un Centro de Control Conjunto

donde monitorizan los accesos al Eurotúnel y al puerto de Calais.

Londres da dinero a Francia para que haga de muro de contención.

El mensaje que nos transmiten las instituciones de Calais

es que, con las medidas tomadas estos últimos tres años,

la situación de los migrantes está bajo control.

Ya no es un problema.

Habla el adjunto al alcalde de Grande-Synthe,

en la periferia de Dunkerque, a unos 30 kilómetros de Calais.

Aquí el ayuntamiento,

gobernado por una coalición de ecologistas y socialistas,

lleva una política distinta al de Calais,

gobernado por la derecha.

Para evitar las mini-junglas

este ayuntamiento ha dedicado a los extranjeros un polideportivo

con unos servicios mínimos de aseo y comida.

Aquí están más protegidos

mientras esperan el momento oportuno de cruzar a Gran Bretaña.

Hoy las ONGs siguen teniendo trabajo.

Ana Rodríguez viene de México

y no se esperaba lo que ha encontrado.

-Había leído varias cosas sobre la situación y todo eso,

pero... cuando la ves es muy diferente.

Un poco difícil de creer que personas puedan vivir así...¡en Europa!”

En este almacén de varias ONGs oímos casi más inglés que francés,

y es notable la presencia de británicos.

Es el equivalente en voluntariado de la cooperación policial

de Francia y el Reino Unido.

El activismo en favor de los migrantes

pelea también en el campo judicial.

En Calais han conseguido que el Estado francés esté obligado

a dar una ayuda mínima a los migrantes.

La demanda que ganaron se llama “demanda libertad”.

Apela al lema de la República Francesa.

Y han gando otra batalla acogiéndose a otro concepto: la fraternidad.

Un cambio en la ley que, tal vez, hubiese beneficiado a Béatrice.

Es una historia universal:

cuando una ruta se complica se buscan alternativas.

A medida que la ruta clandestina en camiones se ha dificultado

han aumentado las travesías en barco.

Cuando lo hicieron Mokhtar y sus dos acompañantes en 2016

fue un caso aislado.

Desde finles de 2018 es un fenómeno creciente.

Son pescadores de Boulogne-sur-Mer, uno de los puertos cercanos a Calais

donde han reforzado la vigilancia

porque desde finales del 2018 ha habido robos,

o intentos de robo de barcos para cruzar clandestinamente.

Béatrice no se siente responsable si la notoriedad de su caso

ha animado a los migrantes a jugarse la vida en el mar.

Después de dejar a Mokhtar en la playa,

la angustia no dejó pegar ojo a Béatrice.

Enganchada al ordenador encontró una pista al cabo de catorce horas.

El artículo por el que Béatrice dedujo

que Mokhtar y sus dos acompañantes estaban vivos.

Los guardacostas británicos los rescataron

cuando estaban a punto de naufragar.

Mokhtar está vivo,

y ambos han mantenido su relación a distancia.

Cada tarde, nos cuenta Béatrice, se hablan por videoconferencia,

pero no hay manera de convencerla para que nos permita grabar.

El aperitivo nos ha ayudado a conocer mejor a Béatrice

y a este rincón de Francia.

Con la cena dejamos de ser periodistas,

nos integran como unos amigos más y dejamos de grabar.

Cada dos semanas, el viernes, al salir del trabajo

Béatrice pone rumbo a Inglaterra para ver a Mokhtar.

Medio día de viaje.

Pacientemente hace cola

y pasa los controles de la policía francesa y,

también, la británica en el muelle de Calais.

Es en este tramo donde se frustran

la mayoría de travesías clandestinas.

Cada día, sobre todo por la noche, hay varios intentos.

Zarpamos de Calais rumbo a Dover. Béatrice

Cruzar el Canal de la Mancha así, en fery,

cuesta apenas hora y media.

Un trayecto turístico donde muchos arriesgan la vida.

A medida que nos acercamos va creciendo y tomando relieve

la mitificada línea blanca de los acantilados de Dover.

Para los británicos son el símbolo de la vuelta a casa.

Para los migantes, el sueño de una vida mejor.

Para Béatrice el reencuentro.

Desde Dover,

Béatrice emprende carretera hacia el norte de Inglaterra.

Ha salido del trabajo a las once de la mañana

y calcula que llegará a Sheffield sobre las nueve o diez de la noche.

Legalizada su situación de refugiado,

Mokhtar vive de subsidios en la ciudad donde lo destinaron.

Antes de despedirnos, insistimos en querer conocer a Mokhtar,

pero no hay manera de quebrar su resistencia.

La última pregunta a Béatrice es

por qué ha querido compartir su historia

en un libro y en este reportaje.

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En Portada - Las dos vidas de Béatrice

10 oct 2019

En Portada descubre la vida de Béatrice Huret, una mujer corriente cuya vida dio un giro inimaginable cuando puso los pies en La Jungla de Calais: de esposa de un policía a delincuente.

El programa ilustra el impacto en el norte de Francia de la llegada masiva, desde 2002 de migrantes con rumbo al Reino Unido. Lo hace a través de la historia de la transformación de Béatrice Huret, una mujer del Paso de Calais: fue un año en las listas del Frente Nacional, el partido de extrema derecha, anti-inmigración, y acabó condenada por ayudar a la inmigración.

En Portada vuelve a Calais tres años después del desmantelamiento de la “jungla”, el campamento de migrantes donde llegaron a vivir 10.000 personas. El macro-campamento desapareció y se han tomado medidas para que no se vuelva a reproducir, pero los migrantes (de Irak, Irán y Afganistán, principalmente) siguen llegando y creando “mini junglas”.

Cada vez son más quienes se aventuran en barca. Un intento muy arriesgado porque el Canal de La Mancha es el estrecho con más tráfico del mundo. Béatrice fue de las primeras en explorar esa alternativa para ayudar a unos iraníes y acabó sentada en un banquillo y condenada. Ha compartido su recorrido vital de un extremo al otro de la vida política francesa para contribuir a la reflexión sobre la migración

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