Los bosques han tenido un papel fundamental en el desarrollo de la historia natural, social y económica de España, desde los tiempos más remotos hasta la actualidad. Esta serie documental quiere concienciar a la opinión pública de la importancia de estos ecosistemas.

Serie emitida en "La aventura del saber".

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El bosque protector - A ambos lados de Peñalara - ver ahora
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A ambos lados de Peñalara

un manto de pinos se adueña del paisaje.

Un bosque de majestuosas coníferas se aferra a unas laderas

que siempre le han sido propias.

Es el territorio del pino albar o pino silvestre.

Aclimatado a estas sierras

se desarrolla como ninguna otra especie

en estas estaciones ecológicas.

Muy pocas especies se atreven a desafiarle.

Su corteza de color ámbar

señala que el dueño del bosque es el silvestre.

Vigorosos y altivos,

forman bosques maduros de ejemplares centenarios.

Los pinares de silvestre de la Sierra de Guadarrama

son, sin duda,

uno de los mejores bosques de esta especie

en la Península Ibérica.

Sus fustes rectos y la calidad de sus maderas

han hecho que estos pinos sean muy utilizados desde hace siglos

para carpintería y construcción.

En este capítulo mostraremos

de qué manera el hombre ha intervenido

en las dos grandes masas de pinares

que se encuentran a ambos lados de Peñalara:

Valsaín, en la vertiente segoviana

y El Pinar de los Belgas en la madrileña.

Y veremos cómo, mediante una gestión adecuada,

han llegado hasta nuestros días.

Peñalara mira de reojo a las cuencas del Tajo y del Duero.

La lluvia y la nieve que caen sobre ella

alimentarán a uno u otro río.

Con sus 2.428 metros es el techo de la Comunidad de Madrid

y el segundo pico más alto del Sistema Central

tras el Almanzor, en Gredos, con casi 2.600 metros.

700 km de barrera natural desde los Altos de Barahona

del Sistema Ibérico,

hasta la Serra da Estrela, en Portugal,

el Sistema Carpetano divide las cuencas

del Duero, al norte y del Tajo, al sur.

Peñalara preside el tercio oriental del Sistema Central.

Es como una solemne señora granítica

vestida con un traje largo de verde intenso.

Desde que se elevó,

la erosión ha esculpido lenta pero inexorablemente sus cumbres,

y ha cincelado los pliegues de sus faldas.

Solo un cortejo de líquenes se atreve a acariciarla.

El hielo perdió su oportunidad

y terminó de esculpir durante el Cuaternario

la fachada de Peñalara.

Circos, morrenas y lagunas

testifican un cercano paisaje glaciar.

Hace unos 10.000 años este macizo granítico

era un inmenso campo de hielo

que se encargó lentamente de moldear el paisaje actual.

La orientación noreste de Guadarrama

permitió que los glaciares se pudieran desarrollar

en altitudes menores que en otras cordilleras

de la Península Ibérica.

En los rellanos del fondo

se aprecian los restos de acumulaciones morrénicas

que reciben el nombre de Peñalara Eresma.

La glaciación dejó como fruto

la hoya de la Laguna Grande de Peñalara,

el Hoyo de Pepe Hernando

y los Hoyos de La Pedriza y el Brezal.

La presencia glaciar en esta zona despertó tanto interés

que muy pronto científicos de todo el mundo

comenzaron a formular hipótesis sobre el glaciarismo en Peñalara.

A finales del s. XIX Casiano de Prado

enunciaba el origen glaciar de la Laguna de Peñalara.

Algunos geólogos llegaron a postular que las montañas del Sistema Central

habían estado surcadas por grandes capas de hielos

similares a las de los Alpes.

Pero fue Albrecht Penck quien determinó

los verdaderos límites de los hielos cuaternarios.

Estableció que la actividad glaciar fue mucho menor de lo que se pensaba

y que realmente se trató de pequeños glaciares

que aparecieron en algunas depresiones

sujetos en su base por acumulaciones rocosas.

Lucas Fernández Navarro,

Juan Carandell,

Obermaier y Paul Vernet

describieron los pequeños circos glaciares

que están repartidos por la alineación montañosa

y sentaron las bases

de la morfogénesis que hoy conocemos.

Fruto de esa actividad glaciar hoy son visibles,

aunque cubiertas parcialmentede vegetación,

morrenas laterales y frontales.

Ni siquiera la dureza del granito se resistió a la dinámica glaciar.

Alguna de esas morrenas frontales

dieron lugar al cierre de depresiones

que se convirtieron en lagunas glaciares.

Los materiales más finos fueron arrastrados por los arroyos

y se sedimentaron en el fondo de la cuenca del Lozoya

dando lugar a un amplio y fértil valle.

Asociada a la cuenca del río,

una exuberante vegetación de ribera

a base de chopos, alisos, avellanos y fresnos,

se encarga de acompañarlo hasta remansar sus aguas

en el primero

de los grandes embalses de su cuenca: el de Pinilla.

Lo mismo ocurre en la vertiente segoviana

donde el protagonista es el Eresma.

Sin solución de continuidad, los pinos se adueñan del territorio

y no lo ceden hasta que la altitud se lo prohíbe.

Las faldas se tapizan de pinos a ambos lados de Peñalara

y solo cuando sobrepasan los 1.900 metros pierden su dominio

y sus portes se tornan tortuosos, achaparrados, e incluso,

como consecuencia del viento frío, se abanderan.

Su lugar es ocupado por pastizales de montaña,

piornos y enebros adaptados a las duras condiciones alpinas.

Las fuertes oscilaciones térmicas, el frío y la sequedad

no permiten la presencia de vegetación arbórea.

A los mismos pies de Peñalara,

cerca de los canchales fruto del hielo,

aparecen las turberas y los pastizales higroturbosos.

La reducida presencia de oxígeno en estos hábitats

hace que escaseen los organismos de descomposición

y que se acumule gran cantidad de materia vegetal sin descomponer.

El agua no tiene prácticamente movimiento,

es un ambiente de carácter ácido, frío

y con muy poco oxígeno y nitratos.

Este hábitat singular es de gran interés científico.

Al ser una fuente de información sobre la evolución del clima

y la vegetación posglaciar a lo largo de los tiempos.

La naturaleza del suelo y la fuerte pendiente del macizo

hacen de Peñalara un lugar donde encontramos

multitud de hábitats con una gran biodiversidad

que el hombre ha aprovechado a lo largo de su historia

y en especial, El Pinar.

Como en otros lugares de la Península Ibérica,

la relación entre el hombre y estos pinares

no ha estado exenta de abusos y talas indiscriminadas.

A pesar de su proximidad, Peñalara ha contemplado

cómo los pinares de sus dos vertientes

han tenido historias muy diferentes.

En la vertiente segoviana, el monte de Valsaín,

con una superficie aproximada de 10.600 hectáreas,

alberga uno de los mejores pinares españoles.

A finales del s. XI

la mayor parte de la Sierra de Guadarrama,

incluyendo esta vertiente, la madrileña,

formaba parte de la Comunidad de Villa y Tierra de Segovia.

Esta Comunidad era una estructura territorial castellana

que tenía leyes propias, jueces elegidos por los pueblos,

y todos sus habitantes gozaban de los mismos derechos.

Tales eran estos que los pastos, los ríos y los bosques

eran considerados bienes comunales.

Más delante el disfrute de los montes quedaría en manos de unos pocos:

nobles y reyes.

Históricamente la gestión de Valsaín,

como la mayoría de los montes españoles,

era meramente productivista.

Se miraba al bosque como lugar de extracción de productos

que satisficieran las necesidades del momento.

La función de los bosques de Valsaín

era abastecer de madera y leña a la ciudad

y obtener la mayor renta posible.

Las únicas restricciones las imponían

el disfrute de la caza y la pesca.

En el s. XVIII la Corona compró el Pinar de Valsaín

por su mal estado de conservación.

A partir de ese momento se instaló un grupo de vigilancia estable

que redujo los riesgos de incendio y controló los aprovechamientos.

Así se logró frenar su deterioro.

No obstante, la Corona también se benefició de sus maderas

para garantizar la construcción de las obras reales,

como el Palacio de la Granja

o el abastecimiento de leñas de la Real Fábrica de Vidrio.

Con la creación del Cuerpo de Ingenieros de Montes

a mediados del s. XIX,

comienzan a introducirse criterios más racionales

en el aprovechamiento del pinar.

Pero a finales del mismo siglo se abandonó la ordenación

volviéndose a un enfoque productivista

para abastecer la serrería de Valsaín.

No fue hasta 1982 cuando el Pinar de Balsaín

dio un giro en su gestión pasando a manos

del Instituto Nacional

para la Conservación de la Naturaleza: ICONA.

Se vuelve a la ordenación del monte

y el aserradero comienza a depender de la capacidad productiva del pinar

y no al revés, como había sucedido hasta el momento.

Hoy en día es propiedad del organismo autónomo

Parques Nacionales,

quien lo gestiona a través del Centro de Montes

y Aserradero de Valsaín.

La gestión actual,

con una producción media anual de 30.000 metros cúbicos de madera,

pretende compatibilizar la explotación forestal y ganadera

con los aprovechamientos y usos tradicionales,

sin olvidar la conservación y el paisaje.

La vertiente madrileña de Peñalara está ocupada por un pinar

que perteneció desde la Reconquista y hasta 1675

a la Comunidad de Ciudad y Tierra de Segovia.

Ese mismo año la Corona lo entregó al monasterio de El Paular,

hasta que en 1837,

y debido a la Desamortización de Mendizábal,

se puso en venta el monte.

Adjudicado a Andrés Andreu,

este lo vendió en 1840 a la Sociedad Civil Belga

de Los Pinares del Paular,

predecesora de la actual sociedad propietaria.

Lejos de arrasar con todo el arbolado,

como ocurrió en gran parte de los montes desamortizados,

esta Sociedad ha conservado uno de los pinares de silvestre

más importantes de España,

mediante el aprovechamiento racional del mismo.

Con una superficie de 2.053 ha, produce actualmente

unos 5.000 metros cúbicos de madera de pino silvestre al año.

La madera que se obtiene

es procesada en el aserradero de la finca.

En esta serrería solo se trabaja con la madera

que se obtiene de este pinar,

de manera que constituye un ejemplo de integración

monte-industria.

A pesar de mantener estas dos historias tan diferentes,

los pinares a ambos lados de Peñalara

tienen un denominador común: su gestión sostenible.

El método de cortas empleado es por aclareo sucesivo uniforme.

Este método consiste

en ir abriendo pequeños huecos en el pinar maduro.

Los árboles que han alcanzado su madurez,

situada en torno a los 120 años, son cortados.

Este hecho que podría representar la muerte del bosque,

supone su regeneración.

En los huecos dejados por los gigantes del bosque

la luz vuelve a acariciar el suelo,

y con ella se produce una explosión.

Los piñones, que tanto tiempo han esperado,

comienzan a germinar.

El suelo se tapiza por un ejército de arbolillos

que en los primeros años pueden llegar

a las 100.000 plantas por ha.

Se van abriendo estos huecos alrededor del regenerado

y en muy pocos años el arbolado maduro deja paso

a una nueva generación de árboles.

Con el transcurso del tiempo,

estas densidades irán disminuyendo por mortandad natural

o de la mano del hombre mediante aclareos,

hasta alcanzar densidades de 250 árboles por ha.

Solo los mejores llegarán a la madurez.

Este tipo de cortas no se realiza en los territorios frecuentados

por algunas de las aves más amenazadas de la fauna ibérica.

Como el águila imperial y el buitre negro.

El objetivo es mantener la estructura

del dosel del bosque

y evitar así modificaciones de la cubierta

que perturben los territorios de estas especies.

La gestión del buitre negro

ha hecho que los pinares a ambos lados de Peñalara

acojan a la población más septentrional en España

y la octava colonia más importante de la Península Ibérica.

El buitre negro es la rapaz más grande de Europa

y aunque consigue su alimentación en espacios abiertos,

utiliza estos pinares para descansar y reproducirse.

Para esta especie el pino silvestre es su aliado

ya que sitúa sobre sus copas enormes plataformas

que pueden alcanzar varios cientos de kilos de peso

para sacar adelante a su único pollo.

Dado el estado desfavorable de conservación

del buitre negro a nivel mundial,

la colonia de Peñalara tiene una especial relevancia.

Aunque históricamente el aprovechamiento forestal

de los pinares de Valsaín y del Paular

recayó sobre nobles y señores,

los vecinos de ambos lados de Peñalara

siempre han disfrutado del derecho de cesión

de otros recursos del bosque, como el aprovechamiento de leñas,

los pastos para el ganado local,

o el derecho a aprovechar los pastos de verano

destinados al ganado trashumante.

Este reparto de productos ha dado desde la antigüedad

estabilidad a estos bosques

y la gente de este territorio mira al pinar

como una fuente de riqueza y vida.

Sobre los pinares de Peñalara se cierne la amenaza

de la masiva presencia del hombre.

La población de Madrid se acerca en busca de ocio

y actividades al aire libre

y esto supone una gran presión para la conservación

de este singular espacio.

De hecho, la Laguna Grande,

uno de los humedales de origen glaciar más representativos,

refugio de algas y crustáceos,

desde los años 80 ha sufrido una importante alteración

como consecuencia de la afluencia de visitantes.

Se ha producido una variación en el ph

que se manifiesta con valores de clorofila

doce veces superiores a los normales

y que afecta a toda la vida acuática.

La erosión del depósito morrénico que hace de dique en la laguna

ha alterado las comunidades biológicas

e, incluso, se han extinguido algunas especies

y se han introducido otras

que han dañado el equilibrio ecológico.

El acercamiento masivo del hombre

a estos parajes de la Sierra de Guadarrama

dista mucho de la llegada de aquellos primeros visitantes

de finales del XIX y principios del s. XX,

atraídos por estas cumbres como un laboratorio natural.

En 1913 doce amigos fundaron la Asociación Peñalara,

actualmente Real Sociedad Española de Alpinismo,

grupo de amantes de la naturaleza

que construyen y acondicionan los refugios de la sierra.

Así nace un movimiento científico y cultural

ligado al excursionismo

y se popularizan los deportes de montaña.

Este descubrimiento del Guadarrama

fue acompañado de un desarrollo de infraestructuras

como el tren eléctrico que uniría a Cercedilla con Navacerrada

en 1923.

Como consecuencia de esa atracción

que el macizo despertaba en científicos, naturalistas,

montañeros, artistas o deportistas,

Peñalara se declaró en 1930 Sitio Natural de Interés Nacional.

Con esta figura se comenzaba a proteger un espacio

que años más tarde se convertiría en su vertiente madrileña

en el Parque Natural Cumbre, Circo y Laguna de Peñalara.

Desde su declaración, en 1990,

se establecieron una serie de objetivos

que pretenden proteger la integridad de los ecosistemas

de fauna y flora silvestres;

la geomorfología, las aguas y el paisaje.

Una de las actuaciones más emblemáticas

fue el desmantelamiento de la estación de esquí de Valcotos.

La construcción de dicha estación causó durante más de 30 años

importantes alteraciones en la flora y en el suelo.

Su desmantelamiento, llevado a cabo en 1999,

ha cambiado radicalmente el paisaje de este rincón de Peñalara.

Pero todavía habrá que esperar varios años

hasta que las laderas que albergaron las pistas

recobren el esplendor que un día tuvieron.

Peñalara seguirá presidiendo el devenir de los acontecimientos

y, sin duda, será testigo mudo de sus bosques.

La gestión de esos pinares es un ejemplo a seguir

en la compatibilidad de valores ecológicos

y explotación maderera.

Estamos seguros

de que si se mantienen las directrices actuales de gestión

avalada por la experiencia de más de un siglo,

estos pinares, además de continuar siendo productores,

seguirán desempeñando su papel de bosque protector.

El bosque protector - A ambos lados de Peñalara

24:54 26 jun 2016

Los pinares de silvestre de la Sierra de Guadarrama, son sin duda unos de los mejores bosques de esta especie en la Península Ibérica. Sus fustes rectos y la calidad de sus maderas han hecho que estos pinos sean muy utilizados desde hace siglos, para carpintería y construcción. En este capítulo se muestra de qué manera el hombre ha intervenido en las dos grandes masas de pinares que se encuentran a ambos lados de Peñalara, Valsaín, en la vertiente segoviana, y el Pinar de los Belgas en la madrileña y veremos cómo mediante una gestión adecuada han llegado hasta nuestros días.

Histórico de emisiones:
19/11/2011
22/12/2012
08/03/2014

Los pinares de silvestre de la Sierra de Guadarrama, son sin duda unos de los mejores bosques de esta especie en la Península Ibérica. Sus fustes rectos y la calidad de sus maderas han hecho que estos pinos sean muy utilizados desde hace siglos, para carpintería y construcción. En este capítulo se muestra de qué manera el hombre ha intervenido en las dos grandes masas de pinares que se encuentran a ambos lados de Peñalara, Valsaín, en la vertiente segoviana, y el Pinar de los Belgas en la madrileña y veremos cómo mediante una gestión adecuada han llegado hasta nuestros días.

Histórico de emisiones:
19/11/2011
22/12/2012
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