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No recomendado para menores de 7 años Documenta2 - El cerebro con David Eagleman: ¿Cómo decido? - ver ahora
Transcripción completa

En este quirófano se oyen muchos sonidos,

pero quiero que escuchen uno en especial.

Al preparar a este paciente

para una intervención de neurocirugía,

los médicos le han puesto electrodos en el cerebro

para registrar su actividad.

A través de un altavoz

podemos oír las descargas de neuronas individuales.

El paciente ha accedido a ayudarme

con un experimento sobre la toma de decisiones.

Bien,

¿puede decirme lo que ve?

Es muy sencillo.

Sin que él lo sepa,

su cerebro va a decidir si esto es un conejo o un avestruz.

Debería poder verlo como ambas cosas.

¿Qué me dice? ¿Un avestruz?

Cuando su cerebro toma una decisión,

hay un sutil cambio en el audio.

Está oculto en ese carraspeo.

Este es el sonido que hace una decisión.

Estamos espiando a neuronas concretas

que trabajan

con miles de millones de otras neuronas

para hacer una elección.

Así es como sonaban

todas las decisiones de la historia de la especie humana.

Cada propuesta de matrimonio, cada declaración de guerra,

cada brote de imaginación, cada misión que hemos emprendido,

cada acto de magia humana sonaba así.

Nuestro cerebro está tomando decisiones constantemente.

De algunas somos conscientes.

De la mayoría no.

Descifrar lo que oímos, vemos u olemos.

Todo eso son decisiones.

Como tener miedo, enamorarse, ceder, resistir...

La toma de decisiones es lo que nos permite

seguir un rumbo a través de la vida.

Y las elecciones de toda esa vida

han modelado a la persona que somos ahora mismo.

EL CEREBRO

¿CÓMO DECIDO?

Por muy poco que tengamos que hacer en el día,

nuestro cerebro siempre está ocupado

tomando decisiones y sopesando diferentes opciones.

Y a menudo se encuentra en conflicto,

enzarzado en una gran lucha de poder... consigo mismo.

Les mostraré a qué me refiero.

Ahora mismo tengo que tomar una decisión crucial.

¿Yogur helado de chocolate y menta...

o de limón?

Es una cuestión muy seria, porque me encantan los dos.

Y en el interior de mi cerebro

este dilema provoca un torbellino de actividad.

Las neuronas están comunicándose frenéticamente.

Están formando redes que compiten entre ellas.

Una se inclina

por la estimulante acidez del limón,

y la otra

por el frescor de la menta.

Cuando finalmente me decido por el limón,

realmente no sé por qué lo he elegido.

Pero si pudiera echar un vistazo bajo el capó de mi cerebro,

vería que la red del limón

ha luchado con más energía y ha vencido,

derrotando a la red de la menta.

Y no solo es menta contra limón.

Ahora estoy dudando si comerme el yogur o no.

Porque parte de mí sí quiere,

pero otra parte de mí sabe que engorda.

Y es debido a este tipo de conflictos

que a veces nos enfadamos con nosotros mismos,

nos castigamos o nos engañamos.

¿Pero quién está hablando con quién exactamente?

Los dos somos nosotros, ¿no?

Pero son diferentes partes de nosotros.

Estas rivalidades

se producen en todas las decisiones que tomamos.

Normalmente son tan fáciles de resolver

que nos pasan desapercibidas.

Pero en algunas ocasiones se dejan ver.

Podemos sentir el tira y afloja entre diferentes redes.

Les mostraré a qué me refiero...

si encuentro voluntarios.

Perdona, ¿quieres participar en un experimento?

Creo que no.

Perdonad, ¿os apetece participar en un experimento?

Solo serán 30 segundos.

Lo siento, tenemos prisa.

Vale, vale.

¿Quieres participar en un experimento?

Son 30 segundos.

Vale.

Bien, te diré lo que tienes que hacer.

Extiende las manos.

Vale.

Ahora voy a pedirte que me digas el color de la tinta.

Vale, ¿qué color es este?

-Rojo. -Bien. Vale, ¿qué color es este?

Azul.

Es una prueba bastante fácil.

Verde

Rojo.

Azul.

Pero si introducimos un conflicto

entre la palabra y el color en que está impresa

las cosas cambian.

Azul.

Amarillo.

Naranja.

Naranja.

Azul.

Verde.

- Azul... - Bien.

Naranja...

verde...

rojo.

Naranja...

azul...

verde...

¡He tenido que cerrar los ojos!

Sí, ya lo he visto.

Es difícil

por la competición que está teniendo lugar en el cerebro.

Una red se encarga de nombrar colores,

pero la otra

lleva toda una vida de entrenamiento leyendo palabras.

Rojo...

azul...

Para dar la respuesta correcta

hay que suprimir activamente la lectura de las palabras

para nombrar el color.

Cuando estas dos redes se están enfrentando

podemos experimentar directamente el conflicto.

En el campo de la toma de decisiones,

dos grandes sistemas

que con frecuencia entran en conflicto

son los que para entendernos llamamos razón y emoción.

Estos sistemas colaboran,

por lo que no solemos ser conscientes

de que es más de una cosa

lo que determina nuestras decisiones.

Pero en ciertas situaciones

podemos hacer que se manifiesten por separado.

Como con el llamado dilema del tranvía.

Hola.

Me gustaría invitarte a entrar en esta cabina,

y vamos a ponerte un vídeo

y te haremos una pregunta

sobre lo que harías en una situación similar.

Vale.

Vemos un tranvía que se ha quedado sin frenos.

Avanza por la vía sin control a toda velocidad.

En su camino vemos a cuatro trabajadores.

Están demasiado lejos para avisarles,

pero si no hacemos algo les espera una muerte segura.

Entonces vemos una palanca.

Si la accionamos,

desviaremos a la máquina a otra vía

y los cuatro trabajadores se salvarán.

Pero hay un problema.

Hay un hombre trabajando en la otra vía.

Si accionamos la palanca será ese hombre quien muera.

¿Accionamos la palanca?

Supongo que ahora...

Bien, así que has subido la palanca.

Bien. Ahora viene el segundo escenario.

Hay uno más. Bien, vamos allá.

Esta vez el dilema es ligeramente diferente.

Sigue habiendo cuatro trabajadores

en el camino de la máquina sin control.

Pero ahora no hay palanca,

no hay forma de desviar el tranvía.

Pero hay un hombre muy corpulento

sobre un depósito de agua junto a la vía.

Si lo empujamos a la vía,

su peso sería suficiente para detener el tranvía.

Seguiríamos sacrificando a un hombre para salvar a los otros cuatro.

¿Lo empujaríamos?

Vale, ¿has empujado al hombre?

Claro que no.

Bien, ¿qué hiciste en el primer escenario?

¿Accionaste la palanca?

Accioné la palanca.

Porque era cambiar una vida por cuatro, ¿verdad?

¿Cuál es la diferencia entre los dos escenarios?

El contacto físico de causar una muerte...

aunque podía ver que era lo mismo

y que tendría el mismo resultado...

me producía ...

una sensación de rechazo.

Todos los voluntarios reaccionaron de la misma forma.

Accionaron la palanca, pero no empujaron al hombre.

-No. -Vale.

Es el mismo dilema ético en ambos casos.

¿Cambiarías una vida por cuatro?

En el primer escenario es un simple problema matemático.

En el segundo,

hay que interactuar físicamente con el hombre,

empujarlo causándole la muerte,

y esto hace intervenir a otras redes del cerebro

que tienen que ver con las emociones.

¿Qué es lo que está ocurriendo entre bastidores?

El conflicto se está reproduciendo en el cerebro.

Al principio domina el sistema lógico,

pero si introducimos la idea

de matar a una persona con nuestras propias manos,

el sistema emocional entra en acción inclinando la balanza.

Nos vemos atrapados entre sistemas en competición,

con el resultado

de que nuestra decisión puede cambiar radicalmente.

El dilema del tranvía

ilustra lo que ocurre en situaciones reales.

Pensemos en la guerra moderna.

Si lanzamos un misil de largo alcance,

o pilotamos un dron,

o programamos un ciberataque,

estamos provocando destrucción a distancia.

Las redes racionales están activas,

pero no necesariamente las emocionales.

La distancia reduce los conflictos internos.

Se parece más a accionar la palanca que a empujar al hombre.

Es más fácil hacer la guerra a distancia.

Pero si somos capaces de ignorar nuestros sistemas emocionales,

¿para qué los tenemos?

A menudo en neurociencia

cuando más aprendemos sobre el cerebro

es cuando algo va mal.

Durante dos décadas

Tammy Myers tuvo una exitosa carrera como ingeniera

y un matrimonio feliz.

Pero hace dos años tuvo un accidente.

Aquella mañana salimos

y llevábamos como una hora de viaje.

Por lo que me cuentan mis amigos,

tomamos una curva muy cerrada que no estaba señalizada.

Hicimos lo posible por no salirnos de la carretera,

pero acabamos cayéndonos.

A partir de ahí no recuerdo nada.

Tammie se recuperó del accidente.

Pero uno de sus efectos no desapareció.

Vamos a necesitar cuatro...

Ahora tiene grandes dificultades

para tomar la decisión más insignificante.

No... No sé...

No sé... Me da igual...

Voy a echarme a llorar, y no quiero llorar...

Hay demasiadas cosas ahí...

Hay días buenos y días malos.

Y cuando te levantas por la mañana

no tienes ni idea del tipo de día que va a ser.

Sigo esperando el día que...

vuelva a ser ... normal.

No soy capaz de...

Son demasiadas cosas

para que mi cerebro las procese, es totalmente ridículo.

Tammie tiene una lesión en la corteza prefrontal.

Sus sistemas lógico y emocional se han desconectado.

Todavía funcionan,

pero sus emociones ya no están unidas a su intelecto.

El caso de Tammie

nos muestra que incluso en las situaciones más básicas,

la emoción

es un componente necesario de la toma de decisiones.

Para comprender mejor su problema

el neurólogo de Tammie, el doctor Eslinger,

la ha traído a este hipermercado.

Tammie todavía experimenta cierto grado de expresión emocional,

solo que es muy elemental en cierto modo.

Y no está conectada al sistema lógico.

No entiendo la diferencia entre todas estas cosas...

si me olvido algo vendrá mi marido a buscarlo.

El doctor Eslinger

quiere ver cómo se enfrenta a las decisiones más básicas.

¿Qué va a comprar para la cena?

Ahora tienes que tomar varias decisiones.

¿Cómo decides lo que quieres comprar?

Miro las diferentes cosas que tienen, los precios, y...

No me gustan las patatas grandes,

creo que voy a comprar una bolsa de...

quizá de patatas rojas o...

Estaba absorbiendo adecuadamente la información

sobre lo que estaba viendo,

y el hecho de que había diferentes precios,

formas y colores.

De modo que su cerebro

estaba procesando toda la información lógica.

Pero su sistema emocional no entraba en acción

conectándose con ese sistema lógico.

Hay tantas...

¿Para qué hacen falta tantas patatas?

Es verdad.

Me agobia cuando pienso en todo esto.

- ¿Por qué crees que es? -Es el estrés...

Es una decisión que...

Aquí hay demasiadas cosas.

Tammie se sentía desbordada inmediatamente

por una información que no era capaz de priorizar.

Y el camino que tomó fue decir:

"me llevo cualquiera y nos vamos".

No puedo procesar la información. Es demasiado.

¿Eso ya te ocurría antes del accidente?

No, no, yo era ingeniera.

Podía hacer de todo, pero ahora...

no puedo ni comprar patatas sola.

¿Tomar diez decisiones en la próxima hora?

Quizá necesite una semana.

La situación estresa a Tammie,

pero no puede hacer que le importen las decisiones.

Para tomar una decisión

tiene que favorecer de alguna forma una opción sobre las demás.

Es mucha información para procesar... Eso es lo que pasa.

Y eso solo puede hacerse con ayuda de las emociones.

Es información que tienes que meterte en la cabeza.

El sistema lógico del cerebro sigue siendo muy fuerte,

y queremos obligarlo a conectar con el sistema emocional.

Una de las cosas que vamos a hacer hoy

es descartar opciones, algo muy importante.

Y a veces son las emociones

las que nos ayudan a hacer esa separación.

Haciendo que el sistema lógico trabaje en ese proceso,

podemos favorecer al menos de alguna forma

que estos sistemas se reconecten.

No sé qué pasará mañana...

¿Voy a estar mejor o voy a estar peor?

Parece que las piezas del puzzle

podrían ir recomponiéndose gradualmente,

pero es muy lento...

Al menos para la persona que yo era antes.

La historia de Tammie

ilustra lo importantes que son las emociones

en la toma de decisiones.

Pero eso no es todo.

Las emociones

no solo se producen dentro del cerebro.

Nuestros sistemas emocionales

interactúan con el resto de nuestra fisiología.

Cuando tenemos que tomar decisiones

nuestros músculos se tensan imperceptiblemente,

nuestros niveles hormonales fluctúan.

Son reacciones físicas automáticas, viscerales.

Y las necesitamos.

Estoy intentando decidir qué sopa quiero,

pero es una elección muy difícil,

hay muchos detalles que mi cerebro tiene que valorar.

Están las calorías, el precio, el sabor,

la sal y el envasado.

Hay millones de detalles,

y podría pasarme todo el día aquí paralizado por esta montaña de datos.

Necesito una especie de resumen, una lectura rápida,

y eso es lo que me proporciona el estado fisiológico de mi cuerpo.

Me ayuda a dar un valor a esta opción y otro a esta otra,

y eso es lo que me permite tomar una decisión.

Esta conversación entre el cuerpo y el cerebro

es constante.

Pero cuando se manifiesta más claramente

es cuando estamos estresados o en peligro.

Piensen en esta situación.

Antes de pensar racionalmente en lo que está pasando

reacciono físicamente.

Mis glándulas sudoríparas se abren...

Mi ritmo cardíaco se acelera...

Mis pupilas se dilatan.

Mi cuerpo está gritando un mensaje muy simple.

¡Sácame de aquí!

Cada día experimentamos estados emocionales como este,

pero la mayoría son tan sutiles e inconscientes

que normalmente nos pasan desapercibidos.

Pero resulta que esos estados

son cruciales para tomar todas las decisiones de nuestra vida.

La mayoría de nosotros tendemos a desconfiar

de las decisiones basadas en sentimientos,

y no en el intelecto.

Por eso puede ser sorprendente

comprobar hasta qué punto pueden ayudarnos las emociones.

Richard Tunney es psicólogo experimental.

Estudia la formación de las decisiones inconscientes.

Está haciendo un experimento conocido como

"el juego de azar de Iowa".

Intenta no mover las manos,

porque afectaría a las mediciones que vamos a tomar.

La voluntaria tiene que tomar una carta de uno de cuatro montones.

Cada vez que elige una carta

gana una cantidad de dinero, pero pierde otra.

El objetivo es ganar tanto dinero como sea posible.

Mientras juega

está conectada a una máquina similar a un detector de mentiras

que monitoriza cambios imperceptibles

en las glándulas sudoríparas de su piel.

Lo que no sabe es que las cartas no salen aleatoriamente,

están trucadas.

Si sigue eligiendo los montones A y C

es como acabará ganando más dinero.

La cuestión es cuánto tardará en darse cuenta.

Los participantes van probando los montones

y eligen cartas de los cuatro,

pero realmente

no empiezan a darse cuenta conscientemente

de cuáles son los buenos

hasta que han sacado entre 20 y 30 cartas.

Pero lo más interesante

es que el monitor indica que los sujetos descubren

cuáles son los montones buenos y malos

mucho antes.

Después de solo diez intentos

hay un pico de actividad, una señal de advertencia,

cada vez que elige uno de los montones malos.

Ella no se da cuenta,

pero eso es el comienzo de un presentimiento,

es algo que su cuerpo ha registrado antes que su mente consciente.

Lo que estamos viendo aquí

es una respuesta fisiológica anterior a la decisión.

Este pico de hecho

predice la elección que va a hacer la participante.

Según el presentimiento se va fortaleciendo,

la voluntaria conecta la lógica

con lo que su cuerpo le está diciendo,

qué montones elegir y cuáles evitar.

Elena, ¿puedo interrumpirte un momento?

Quiero preguntarte,

si tuvieras que elegir uno de los cuatro montones

para el resto del experimento,

¿cuál elegirías?

- Creo que elegiría el C. -Muy bien, continúa.

Puede parecer una deducción lógica,

pero está construida sobre una base física.

El cuerpo y el cerebro están integrados entre sí.

Todo es parte del mismo sistema.

Si la fisiología

siempre desempeña un papel en la toma de decisiones,

¿eso que dice de nosotros?

¿Actuamos siempre de una forma puramente racional,

o eso es simplemente una ilusión a la que nos aferramos?

Les daré un consejo.

Si alguna vez tienen que presentarse

ante una junta de libertad condicional,

no pierdan de vista el reloj.

Todos queremos creer que la justicia es imparcial,

pero hay estudios que indican lo contrario...

en un sentido que puede sorprendernos.

Dos hombres comparecen

ante la junta de libertad condicional el mismo día...

pero con tres horas de diferencia.

Los dos han cometido el mismo delito y cumplido la misma sentencia.

¿Cuál es la decisión del juez?

Esto es lo que ocurrió.

Al primer recluso se le concedió el tercer grado,

y al segundo se le negó. ¿Por qué?

Dado que el delito era el mismo,

¿qué influyó en la decisión?

¿Fue la raza, la edad, el aspecto?

Un estudio ha analizado

un millar de dictámenes de diferentes jueces

y han descubierto

que lo más importante no eran esos factores.

Se trataba de esto.

Según la investigación,

era tres veces más probable

que los presos consiguieran el tercer grado

justo después del almuerzo,

cuando los miembros de la junta estaban satisfechos,

que justo antes, cuando tenían hambre.

Tener que tomar decisiones durante toda una mañana

es mentalmente agotador.

Y los jueces sufrían

lo que se denomina "agotamiento del ego".

Su cerebro estaba bajo de energía,

y eso afecta especialmente a la corteza prefrontal,

que está relacionada con la toma de decisiones.

Hemos dado por sentado

que los humanos tomamos decisiones racionales,

que captamos información,

la procesamos y buscamos la mejor respuesta.

Pero los seres humanos, incluidos los jueces,

no funcionamos así.

Somos criaturas biológicas.

Se supone que el sistema judicial es racional y equilibrado,

por lo que es bastante inquietante que esté a merced

de la química básica de nuestro cuerpo.

Incluso los jueces pueden ser prisioneros de su biología.

De hecho

la evidencia indica

que algunas de nuestras decisiones más complejas,

las que queremos pensar

que hemos sopesado más cuidadosamente,

están programadas, condicionadas por nuestro ADN.

Apenas hay libre elección.

Si te sientes mínimamente incómoda

aprieta el mando que tienes en la mano

y pararemos y te sacaremos.

Read Montague utiliza la neurociencia

para analizar y predecir patrones de voto.

Resulta que la ideología política tiene un poderoso respaldo biológico

que podemos heredar de nuestros padres.

Montague ha descubierto un vínculo

entre las ideas políticas de una persona

y una reacción muy básica:

la repulsión.

Hace a sus voluntarios resonancias magnéticas

mientras ven una serie de imágenes.

Les muestro a alguien

con un cuchillo en la garganta de otra persona,

estímulos físicamente amenazadores, como un cadáver...

Cosas repulsivas,

como moscas en una ensalada o cosas así.

Estas cosas provocan respuestas en el sistema nervioso

y registramos su actividad cerebral.

Después les pedimos, y no todos lo hacen,

les decimos:

"Mira tenemos otro experimento que nos gustaría que hicieras".

Y entonces entran en una cabina

y rellenan un cuestionario sobre ideología política.

Qué piensan sobre

el control de armas, el aborto, el sexo premarital, cosas así.

Y los resultados que obtiene son asombrosos.

Cuanto mayor es la reacción de repulsión del cerebro,

más conservadora tiende a ser la persona.

Una menor respuesta

se corresponde

con unos puntos de vista más progresistas.

La relación

entre la respuesta neuronal y las opiniones políticas

no es consciente, pero es muy poderosa.

Si preguntas a la gente por la calle

cómo decidió votar por el candidato X,

nueve de cada diez te darán una larga explicación

sobre lo que les parece importante,

las ideas que defiende ese candidato, las que tienen ellos,

y cómo esa persona les representa,

pero eso solo es la mitad de la historia.

Lo más sorprendente es que

nuestra respuesta a una sola imagen repulsiva

puede predecir nuestros resultados en la prueba

con un 95 por ciento de probabilidades de acierto.

La fiabilidad de la predicción es insólita.

Te enseño una imagen repugnante,

y sé en qué sentido vas a votar el año que viene.

Podemos refinar nuestros argumentos políticos,

podemos hacerlos más sofisticados,

pero la decisión sobre nuestra orientación política básica

ya está tomada.

Hasta ahora hemos estudiado las decisiones

en el aquí y ahora.

¿Qué sopa quiero?

¿Acciono la palanca?

¿Por quién voto?

Naranja...

Verde...

Pero hay otra parte diferente de la historia de las decisiones.

Las predicciones sobre el futuro.

Tenemos que sopesar distintas opciones

e imaginar cómo pueden salir las cosas...

en un momento que no se ha producido.

¿Cómo puede hacer algo así nuestro cerebro?

Hoy tengo una hora de tiempo libre,

y estoy intentando decidir qué hacer.

Sé que tengo que hacer la compra.

Por otra parte

tengo que ir a un café para solicitar una subvención

porque termina el plazo,

y también me gustaría ir al parque a jugar con mi hijo.

¿Cómo lo decido?

Idealmente me gustaría saber

cómo sería cada uno de esos futuros posibles,

pero no puedo viajar en el tiempo.

¿O quizá sí?

Puede parecer el argumento de una película,

¿pero no sería increíble poder tomar decisiones

después de volver del futuro?

Eso es lo que está intentando hacer nuestro cerebro todo el tiempo,

construir simulaciones del futuro

y darle a cada una un valor diferente.

Piensen en las valoraciones como etiquetas de precio neuronales

que nos dicen cuánto creemos que algo va a valer.

Si voy a la compra,

tendré el frigorífico lleno de comida.

Digamos que para mí eso vale diez puntos.

Si pido la subvención

tendré financiación para mi laboratorio,

digamos que eso son 25 unidades.

Y me encanta ir a jugar al parque con mi hijo,

así que eso son 50 unidades.

La cuestión es que esos precios pueden cambiar con el tiempo.

Si vamos al parque,

nos encontramos con amigos y es mejor de lo que esperaba,

la valoración será más alta la próxima vez.

Si llegamos allí y los columpios están rotos y llueve,

eso hará que baje mi valoración para la próxima vez.

Y eso es importante.

Eso es lo que nos permite priorizar a la hora de tomar decisiones,

basándonos en las apuestas del cerebro para el futuro.

Y resulta que hay un diminuto y antiguo sistema en el cerebro

cuyo trabajo consiste

en actualizar constantemente nuestras valoraciones del mundo.

Estoy hablando del sistema dopaminérgico.

La dopamina es una sustancia química que se libera a un ritmo constante.

Pero cuando algo resulta ser mejor de lo esperado

se produce un pico de dopamina

que dice a otras partes del cerebro

que deberían incrementar el valor de esa opción.

Cuando algo es peor de lo esperado,

la dopamina desciende y el valor de la opción baja.

En la mayoría de nosotros este sistema funciona bastante bien,

pero depende de un delicado equilibrio.

Demasiada dopamina

hace que ese bucle de retroalimentación positiva

se descontrole.

Y esa es la raíz de la adicción.

La neuropsiquiatra Valerie Voon estudia el comportamiento adictivo.

Está interesada en pacientes con la enfermedad de Parkinson.

Estas personas producen menos dopamina de lo normal,

por lo que se les suele administrar medicación para subir sus niveles.

Lo que ocurre con la medicación para la dopamina

que toman los pacientes con Parkinson

es que potencialmente puede secuestrar el sistema.

Pacientes que anteriormente tenían un comportamiento moderado

de repente desarrollan adicciones, al juego, la comida o el sexo.

Estas drogas que estimulan la producción de dopamina

sobreestimulan las regiones

que se ocupan de la recompensa y la motivación.

Cuando ves la señal,

tus expectativas de la recompensa

se vuelven mucho mayores de lo que deberían ser.

Cuando les quitas la medicación

siempre se quedan bastante desconcertados

al ver la forma en la que se han estado comportando.

Entonces siempre que nuestro sistema dopaminérgico

funcione bien,

debería ser fácil controlar nuestros impulsos,

¿verdad?

No es tan fácil.

Pensemos en la crisis de las hipotecas subprime de 2007.

Entre los banqueros que ansiaban un beneficio rápido

y los prestatarios que ansiaban una casa de ensueño

demasiado buena para ser verdad,

se formó una tormenta de decisiones desastrosas.

Como neurocientífico,

lo que me fascina es

cómo todos los que estuvieron involucrados

infravaloraron las consecuencias futuras

y se dejaron seducir por lo que tenían delante.

Los tipos de interés excepcionalmente bajos

activaron los circuitos del "lo quiero ahora".

La idea era:

"Compra esta casa ahora mismo.

Vive mejor de lo que nunca imaginaste.

En algún momento en el futuro subirán los tipos de interés,

pero eso será dentro de mucho".

Y dado que la atracción del ahora es muy difícil de resistir,

la economía mundial estuvo a punto de colapsarse.

Este preciso momento

es una rica experiencia multisensorial

que estoy viviendo ahora,

pero el futuro no es más que una idea.

Es una simulación que se produce en mis circuitos neuronales,

y no es más que una sombra comparado con la experiencia inmediata.

Ejerce una menor atracción emocional

que lo que tengo delante ahora mismo.

Así que una vez más, hay un conflicto en el cerebro.

Diferentes redes

tienen que elegir entre el presente y el futuro.

¿Gratificación instantánea o recompensa a largo plazo?

Cuando nos vemos frente a este tipo de decisiones,

¿qué hacemos?

Recurrimos a la fuerza de voluntad.

Piensen en la fuerza de voluntad

como eso que nos permite pasar de esa galleta,

o eso que nos permite entregar un trabajo a tiempo

aunque habríamos preferido estar dando una vuelta.

Todos sabemos lo que es tener fuerza de voluntad,

y también lo que se siente

cuando simplemente no tienes suficiente.

En un experimento se proyecta a los sujetos

un vídeo de animales que están sufriendo.

A la mitad de ellos

se les ha dicho que reaccionen normalmente,

que lloren si sienten el impulso.

A la otra mitad

se le pide que reprima sus emociones,

que utilice su fuerza de voluntad para suprimir sus sentimientos.

Lo interesante es lo que sucede a continuación.

Después de la película

se dio a cada participante una de estas pinzas de mano.

Y se les pidió que la apretaran tanto tiempo como fuera posible.

Los sujetos que habían reprimido sus emociones

resistieron menos tiempo que los demás.

Habían hecho un esfuerzo mental tan intenso

por no emocionarse

que había descendido su fuerza física.

Este tipo de autocontrol consume mucha energía.

Y resulta que resistir tentaciones,

tomar decisiones difíciles e iniciativas,

todo eso se alimenta del mismo pozo de energía.

De modo que la fuerza de voluntad no es algo que ejercitamos,

es algo que consumimos.

Es como un depósito de gasolina.

Así que hay una buena razón para que no siempre podamos fiarnos

de que la fuerza de voluntad

nos ayude a mantener nuestras decisiones.

Porque podría estar agotándose.

Todos sabemos que es difícil animarse a hacer ciertas cosas,

como ir al gimnasio.

Quiero estar en forma,

pero cuando llega el momento,

siempre suelo tener algo delante de mí que es más agradable.

La atracción de lo que está pasando ahora

es más fuerte que la noción abstracta de estar en forma en el futuro.

Así que para asegurarme de venir,

he seguido el ejemplo de un hombre que vivió hace 3.000 años.

En la mitología clásica,

el héroe Ulises se ató al mástil de su barco

para poder oír el irresistible canto de las sirenas

sin estrellarse contra las rocas.

Ulises sabía que su futuro yo

no iba a ser capaz de tomar una buena decisión,

por lo que estructuró las cosas para no poder tomar la mala decisión.

Este tipo de trato que hacemos entre el presente y el futuro

se conoce como el contrato de Ulises.

Mi contrato de Ulises consiste

en quedar con un amigo para venir juntos al gimnasio,

y de esa forma

la presión social es la que me ata a mi mástil.

Mi amistad es la garantía en el trato que estoy haciendo

con mi futuro yo.

Eso me permite ser la persona que quiero ser,

tomar buenas decisiones

y resistirme al poder seductor del ahora.

Nuestras cárceles están repletas

de personas que se enfrentan a este problema.

Son incapaces de atarse a ningún mástil,

de evitar las rocas.

Siete de cada diez reclusos de las cárceles de Estados Unidos

tienen dificultades para tomar decisiones a largo plazo.

Están allí a causa de las drogas.

Libramos desde hace cuatro décadas una guerra contra las drogas.

Estados Unidos

invierte 20.000 millones de dólares cada año

en esta lucha.

Pero nada indica que la estemos ganando.

El problema con la oferta de drogas

es que se comporta como un globo.

Si presionas por una parte, reaparece por otra.

Por eso en lugar de atacar la oferta,

una estrategia mejor es tratar la demanda.

Y la demanda está en el cerebro del adicto.

Si el problema está en el cerebro,

quizá la solución también lo esté.

A un par de kilómetros de mi laboratorio

hay un fumadero de crack.

Ahora está abandonado,

pero este fue en otro tiempo un lugar habitual para Karen.

Se me saltan las lágrimas.

Porque esto fue parte del momento más bajo al que llegué

cuando fumaba crack.

Y no puedo creer que haya sido parte de todo aquello.

Si no eres lo bastante fuerte no puedes resistirlo.

Es como si te arrastrara.

Karen ha sido adicta al crack desde hace muchos años.

Yo creía que lo tenía todo controlado.

Pero era por la droga,

en realidad yo no controlaba nada,

era un desastre.

Iba sucia, con el pelo enredado,

vestida como si acabara de revolcarme en el barro...

No podía creerlo.

Y entonces di un paso atrás y pensé:

"Dios, ¿cómo he podido caer tan bajo?".

La historia de Karen

la convierte en una candidata ideal

para un nuevo programa

que estamos realizando en mi laboratorio.

En lugar de obligar a los drogadictos

a pasar el síndrome de abstinencia,

estamos intentando tratarlos con neurociencia.

Intentamos que el cerebro

tome el control de su propia adicción.

Dentro de la máquina de resonancia magnética

mostramos a Karen

imágenes de uso de drogas y parafernalia.

Y le pedimos que dé rienda suelta a su ansia.

Entonces monitorizamos las redes de su cerebro

asociadas a esa ansia.

A continuación le pedimos que reprima el deseo.

Bien, Karen,

cuando estés pensando en reprimir tus ansias,

piensa en lo que te ha costado en dinero, en relaciones,

en oportunidades de empleo...

Le mostramos las mismas imágenes

y hacemos mediciones en las regiones de su cerebro

que se activan

cuando intenta resistir el deseo de tomar drogas.

Estas son las redes que se activan en el cerebro de Karen

cuando ansía el crack.

Pero cuando piensa en las razones que tiene para resistirse,

se activan estas redes que vemos aquí.

Y estas redes,

las del deseo y las de su supresión

están enfrentándose constantemente.

Y esta es la clave.

Ahora le superponemos en la pantalla un indicador

que le dice a Karen cómo va la batalla.

Su misión es desplazar la aguja

reforzando los circuitos de la supresión

frente a los del deseo.

Te enseñan fotos

y primero debes suprimirlas y después no.

Y hay un aguja.

La primera vez no he conseguido moverla,

pero la segunda

la he llevado hasta el final.

Me he concentrado mucho y he dicho:

"Se acabó".

Esto era lo que sentía que me faltaba.

Saber que tu cerebro

es el que te dice que necesitas el crack.

¿Entonces por qué no puedes entrenar tu cerebro

para que diga: "No".

Puedo suprimir otras cosas, ¿por qué no el crack?

Ahora está viendo esa imagen de crack al fondo

y está buscando

la manera de suprimir esa ansia y mantenerse firme.

La idea es que puede practicar esto en el escáner

y aprender a hacerlo mejor,

y que cuando vuelva a estar en el mundo real

y alguien le ofrezca crack

tenga las herramientas que necesita para poder resistirlo.

No voy a decir que esté curada,

¿porque cómo te curas de algo

que hace de repente tu cerebro, tu subconsciente?

Así que voy dando pasos para que, cuando surja la idea,

pueda rechazarla, suprimirla.

No puedo decir

que dentro de tres meses o un año estaré limpia,

pero eso es lo que intento día a día.

Para mí

Karen es un buen ejemplo

de cómo la neurociencia

puede ayudar a las personas con adicciones.

Karen está rediseñando sus circuitos.

Está remodelando su cerebro

para estar mejor alineada

con la persona que le gustaría ser.

El futuro es prometedor.

Estoy casada, tengo un marido increíble,

tengo una vida increíble

y no quiero ponerlo todo en peligro por una pipa de crack.

Quiero decir,

que es una razón más para dejar el crack.

Y me ayuda en mi estado de supresión,

porque realmente consigo parar,

y lo estoy haciendo por mí,

pero también por otros,

por mi marido, mis perros, mi familia...

Y eso es lo importante para mí.

Karen tiene esperanzas de resolver ese conflicto

que no cesa en el mundo oculto de sus redes neuronales.

Creo que un enfoque biológico tiene más posibilidades de funcionar

que el encarcelamiento masivo.

Según vayamos aprendiendo más sobre nuestro cerebro,

podremos liberarnos

de la esclavitud de nuestros impulsos

y ganarnos la libertad

que viene con una mayor capacidad de elección.

La toma de decisiones se encuentra en la raíz de todo.

Quiénes somos, qué hacemos, cómo percibimos el mundo...

Sin la capacidad de decidir

estaríamos atrapados en un limbo de deseos en conflicto.

No seríamos capaces

de navegar por el ahora ni de planear el futuro.

La neurociencia muestra que no somos un solo individuo.

Estamos hechos de múltiples impulsos en competición.

Y estudiando cómo combaten las diferentes opciones

en nuestro cerebro

podemos aprender a tomar mejores decisiones para nosotros

y para la sociedad.

Subtitulado por: María Victoria CEREZO OLIVARES.

Documenta2 - El cerebro con David Eagleman: ¿Cómo decido?

47:33 08 nov 2018

La toma de decisiones se encuentra en la raíz de todo: ¿quiénes somos?, ¿qué hacemos? ¿cómo percibimos el mundo?. Sin la capacidad de decidir estaríamos atrapados en un limbo de deseos en conflicto, no seríamos capaces de navegar por el ahora ni planear el futuro.

Contenido disponible hasta el 15 de noviembre de 2018.

La toma de decisiones se encuentra en la raíz de todo: ¿quiénes somos?, ¿qué hacemos? ¿cómo percibimos el mundo?. Sin la capacidad de decidir estaríamos atrapados en un limbo de deseos en conflicto, no seríamos capaces de navegar por el ahora ni planear el futuro.

Contenido disponible hasta el 15 de noviembre de 2018.

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