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No recomendado para menores de 12 años Documaster - La guerra en el mar: La batalla de los submarinos alemanes - ver ahora
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Antes de la Primera Guerra Mundial,

la Marina Real británica estaba obsesionada

con obtener el dominio en alta mar.

Los ataques desde debajo de las olas no los tomó demasiado en serio.

Los submarinos alemanes eran considerados “juguetitos”.

Pensaban que la guerra naval la ganarían los grandes acorazados

y la artillería pesada.

Pero tras la batalla de Jutlandia, en junio de 1916,

finalizó la guerra de los acorazados.

Los buques de guerra de la Armada Imperial alemana

apenas volverían a zarpar del puerto.

Pero al terminar la guerra de los acorazados dreadnought,

se intensificó de los U-boat.

Drásticamente.

La creciente flota de submarinos alemanes tenía la orden de aniquilar

a la marina británica.

Perdíamos doce buques al día.

Y era imposible reemplazar doce buques al día.

Gran Bretaña se vio obligada a idear intrincadas estrategias

para derrotar a los submarinos alemanes.

Los U-boat alemanes no eran ningún “juguetito”.

Llevaron a Gran Bretaña al borde de la rendición.

LA GUERRA EN EL MAR, La batalla de los submarinos alemanes

Diez semanas después del comienzo de la guerra,

el dieciocho de octubre de 1914,

el buque de carga Giltra zarpaba del puerto de Grangemouth

al oeste de Edimburgo.

Pasó bajo del puente del Forth hacia el mar

con destino a Stavanger en Noruega.

Transportaba una carga de carbón, hierro y petróleo.

Al cabo de dos días y a catorce millas de la costa noruega

un submarino alemán en superficie, el U―17, le ordenó detenerse.

Los alemanes subieron a bordo

y ordenaron a la tripulación embarcar en los botes salvavidas.

Minaron el buque y, después sorprendentemente,

remolcaron los botes salvavidas hacia la costa noruega.

El buque y su carga acabaron en el fondo del mar,

pero nadie, absolutamente nadie, resultó herido.

El desventurado Giltra acababa de convertirse

en el primer mercante hundido por un submarino alemán.

Este fue el primer conflicto submarino europeo

y el reglamento internacional de la guerra se adaptaba

a la nueva situación.

Las leyes de la guerra se redactaron a finales del siglo XIX

para proteger a los civiles.

Establecía una gran distinción

entre quienes vestían uniforme militar y aquellos que eran civiles

que no podían ser atacados,

en cuyo caso el submarino tenía la obligación de acercarse,

de dejarse ver, de advertirle de que va a ser atacado

y de dar al buque tiempo suficiente para evacuar a los civiles,

a la tripulación y, por supuesto, a los pasajeros

para que cuando hundieran el mercante no se perdieran vidas.

Dos semanas después de que el U-17 hundiera el Giltra y su cargamento,

el Primer Lord del Mar de Gran Bretaña

hizo unas crudas declaraciones a la prensa.

El dos de noviembre a las diecinueve horas y catorce minutos,

el almirante Fisher declaró que la Marina Real asumía el control

de todo el mar del Norte.

Los alemanes reaccionaron con indignación y asombro,

como si lo que estuviera haciendo Gran Bretaña

fuera imponer la situación del juego naval, en aquel momento,

en la superficie de los océanos.

La armada británica había ganado la carrera naval

desde antes de la Primera Guerra Mundial

y podía decidir quien podía navegar por encima del mar.

Pero por debajo era una cuestión diferente.

Allí, la Marina Real no tenía ninguna influencia.

Y los alemanes desplegaron sus submarinos.

Era el arma de la potencia naval inferior

contra la potencia naval superior.

Esta es la manera de entenderlo.

Gran Bretaña bloquearía las rutas del comercio alemanas

con su flota de superficie

operando desde las bases del mar del Norte.

Por su parte, los alemanes atacarían con su flota de submarinos

a los cargueros británicos que transportaban vitales mercancías.

En 1914 Gran Bretaña importaba dos tercios de los alimentos,

algodón para los uniformes,

madera para las trincheras y hierro para las armas.

Si los submarinos alemanes conseguían hundir

los suficientes buques de mercancías británicos,

Gran Bretaña no podría continuar en la guerra.

La flota de submarinos alemana era pequeña,

pero su amenaza era real y mortífera.

Navegaban surcando la superficie.

y podían permanecer en el mar cinco semanas,

dispuestos a atacar a los navíos indefensos con su armamento.

Se sumergían para atacar a los buques más grandes

y mejor defendidos, con torpedos.

Cada submarino transportaba, al menos, seis.

Irónicamente,

la primera inspiración para estos letales depredadores submarinos

vino del futuro enemigo de Alemania.

Fueron los británicos quienes popularizaron el submarino

por todo el mundo durante los primeros años del siglo XX,

quienes emplearon los pequeños sumergibles costeros

como un arma de defensa barata para defender la costa y el puerto.

Pero la evolución del motor, especialmente del motor diesel,

dotó a esta nueva arma de un alcance mucho mayor.

De modo que el submarino pasó de ser una defensa costera

a un arma ofensiva de largo alcance.

El submarino estaba lleno de maquinaria,

de sistemas de armamento, de lanzatorpedos,

de motores eléctricos, diesel, de municiones, etc.

Había mucho olor a diesel y a gas.

El interior estaba mojado y siempre entraba agua cuando emergía.

De manera que era una vida bastante estresante para los que iban a bordo.

Los submarinos alemanes iniciaron el conflicto

que siguió al reglamento de cortesía de la guerra,

reglamento que salvó a la tripulación del Giltra.

Pero el cuatro de febrero de 1915,

el káiser Guillermo II anunció

que su nación no cumpliría con ese reglamento.

La cortesía en la guerra se acabó.

Comenzaba la guerra de los submarinos alemanes.

Se llamaría “guerra submarina indiscriminada”.

Ahora, los hombres y los muchachos de la marina mercante

que componían las tripulaciones de los buques de carga británicos,

estaban en primera línea de fuego.

Tan solo tres meses después del anuncio del káiser,

muchas tripulaciones de civiles británicos,

pagarían el precio más alto.

El siete de mayo de 1915,

la Marina Imperial alemana tenía seis submarinos en el mar.

Cinco de ellos en las aguas que rodean Escocia.

Y uno, el U-20, en el sur de Irlanda.

A su capitán, Walter Schweiger, le quedaban tres torpedos.

A la una y veinte de la tarde,

Schweiger avistó un gran buque de pasajeros de cuatro chimeneas.

Lo que sucedió después generó la repulsa internacional

hacia los submarinos alemanes

que se dejaría sentir en todo el mundo.

Oliver, ¿quienes son las personas de estas fotografías?

-Pues, este es James Aitken cuando era joven.

Chrissie era su hija de diecisiete años

que se encontraba en cubierta con unos amigos.

Oliver Russell es primo lejano de Chrissie Aitken.

La familia había emigrado a Canadá en 1912.

Pero cuando el padre de Chrissie cayó enfermo en 1915,

regresaron a la granja familiar de Innerleithen.

Supongo compraron los billetes en Chicago

probablemente después de haber viajado en tren desde Canadá.

Los compraron para el Cameronia,

que zarparía desde Nueva York el uno de mayo.

En Nueva York, el Cameronia fue requisado por el gobierno británico.

Los Aitken fueron transferidos a otro buque:

el Lusitania.

Construido en Clydebank en 1906,

llegó a ser el buque más grande del mundo.

El uno de mayo zarpaba hacia Liverpool

con dos mil personas a bordo.

Los pasajeros habían sido advertidos por la prensa estadounidense

acerca del peligro al que se exponían al viajar.

A los seis días de haber zarpado desde Nueva York,

a las tres de la tarde del siete de mayo

a setecientos metros de distancia,

el capitán Schweiger apuntó al buque con su periscopio

y lanzó un único torpedo.

Chrissie se encontraba en cubierta con unos amigos

y los otros tres estaban abajo comiendo.

Y..., er, el torpedo impactó contra el buque.

Se produjo una explosión.

Había mucho humo y mucho polvo.

Chrissie bajó corriendo desde cubierta

para intentar reunirse con su familia.

No pudo encontrarlos y volvió a subir para ver que podía hacer.

Chrissie no encontró a su familia.

Abandonó el buque y consiguió llegar a la costa.

Al día siguiente tuvo que identificar el cuerpo de su padre.

Ciento veintiocho de las victimas eran estadounidenses,

un país neutral,

y la indignación norteamericana obligó al káiser

a terminar con su guerra submarina indiscriminada.

Pero el hundimiento del Lusitania había sido una demostración

del letal potencial de la flota submarina alemana.

Gran Bretaña necesitaba desarrollar

nuevas técnicas de guerra antisubmarina y rápido.

Navegando en superficie, como generalmente hacían,

los submarinos alemanes podían ser bombardeados.

Atacarlos bajo el agua era más difícil.

En 1915 la Marina Real introdujo las cargas de profundidad:

bombas subacuáticas.

Pero seguía abierta la cuestión

de cómo detectar a los submarinos sumergidos.

Para buscar una respuesta,

en el verano de 1915

el almirantazgo estableció un puesto de investigación aquí,

en Aberdour, en el río Forth, para desarrollar

lo que se convertiría en el precursor del sonar: el hidrófono.

Un hidrófono trata de captar los sonidos

que se producen bajo el agua.

Tiene un micrófono receptor dentro de una carcasa estanca

para poder sumergirlo bajo el agua.

Cuando se produce un sonido,

la onda de ese sonido incide en el diafragma del hidrófono.

haciéndolo vibrar y las vibraciones se transforman en un sonido

que se puede recoger.

A cargo de la investigación del hidrófono

se encontraba el capitán Cyril Ryan.

Reunió un variado equipo que incluía a los científicos más destacados,

ganadores de premios Nobel y... ¡sopranos!

Los hidrófonos se utilizaban por parejas en las embarcaciones

para que por medio de ellos

una persona con el oído entrenado pudiera localizar

el posible emplazamiento del submarino enemigo.

Querían colocarlos

de modo que estuvieran los que captaban frecuencias bajas a babor

y los de frecuencias altas a estribor.

Y les pareció que los que mejor podían hacer esto,

y estoy segura de que los músicos estaban encantados

eran los músicos más destacados de la época.

De manera que contaron con Hamilton Harty,

director de la orquesta de Halle,

y con su esposa, Agnes Nichols, una intérprete famosa.

Los hidrófonos se fueron clasificando según sus frecuencias altas o bajas

para colocarlos a babor o estribor.

Golpeaban con un martillo los diafragmas y así los emparejaban.

En la guerra contra los submarinos alemanes no podía desecharse

ninguna idea por excéntrica que fuera,

por engañosa que fuera.

El almirantazgo demostró tener pocos escrúpulos.

Pintada recordando el camuflaje utilizado

en la Primera Guerra Mundial,

esta nave es el único ejemplo que queda

de una taimada táctica de guerra británica.

Todo comenzó en 1915.

Construido en Renfrew, cerca de Glasgow,

el HMS President era un buque Q,

diseñado para parecer un buque mercante inofensivo

y atraer a los submarinos alemanes hacia la superficie

donde le estaría esperando la Marina Real.

Se disfrazaban como miembros de tripulaciones de buques mercantes,

sin nada que recordara al uniforme militar,

ni a la disciplina naval.

Iban sin afeitar, desaliñados.

Algunos iban incluso disfrazados de mujeres

para parecer la esposa del capitán paseando por cubierta.

Todo lo más descuidado posible,

nada parecido a una tripulación de la Marina Real.

Esta película de 1928, “Los buques Q”,

dramatizada de un buque Q en acción.

Al avistar el periscopio de un submarino alemán,

la tripulación simulaba sentir pánico

y se lanzaba a los botes salvavidas

para hacer creer a la tripulación del submarino

que eran completamente inofensivos.

La idea era que los submarinos alemanes emergieran a la superficie

para hundirlos con la artillería.

Los torpedos eran muy caros.

Era mejor atraerlos a la superficie y hundir el submarino a cañonazos.

Mientras el submarino se acercaba,

la tripulación que permanecía escondida en el buque Q

aguardaba agazapada.

En el último momento izaban el pabellón blanco de la Marina Real

y el inofensivo buque mercante se transformaba al instante,

en un buque armado de la Marina Real.

Las armas se camuflaban

y se sacaban cuando aparecían los submarinos alemanes

para abrir fuego contra ellos.

La guerra que había empezado con un reglamento de cortesía,

en un año condujo a los horrores del Lusitania

y al engaño de los buques Q.

1916 empezó con la segunda campaña del káiser

de una guerra submarina indiscriminada.

Una campaña que finalizó con la indignación internacional

al ser torpedeado el ferry Sussex por un UB-29

donde al menos cincuenta pasajeros fueron asesinados.

Peroese año pasaría a recordarse más por la épica,

pero inconclusa batalla de Jutlandia.

Tres días después tendría lugar la infame emboscada

de un submarino alemán, el U-75.

El cuatro de junio Lord Kitchener,

secretario de estado de la guerra y soldado favorito de Gran Bretaña,

llegaba a Scapa Flow para dirigirse a una reunión de alto secreto

en Rusia.

Almorzó con el almirante Jellicoe,

comandante en jefe de la Gran Flota Británica.

El tiempo empeoró

y Jellicoe aconsejó a Kitchener que pospusiera su salida.

Pero Kitchener se negó, quería continuar con su viaje.

Poco después de las cuatro de la tarde

Kitchener regresaba a la cubierta de Iron Duke.

El momento quedó inmortalizado aquí, su última fotografía conocida.

A las cinco de la tarde su buque, el Hampshire,

zarpó con una escolta de dos destructores.

Jellicoe había ordenado navegar hacia el oeste de las Orcadas

para protegerse de la tormenta.

Pero los británicos ignoraban

que un submarino alemán había estado en esa misma zona

pocas semanas antes.

El estado de la mar y del viento eran muy malos

y los destructores no pudieron continuar.

De modo que el Hampshire

no tuvo más remedio que enviarlos de vuelta a Scapa

y seguir navegando solo.

Cuando llegó aquí, a las ocho de la tarde,

se topó con una cadena de minas

colocadas por un submarino alemán, el U-75

e impactó contra dos de ellas que estaban conectadas

y que produjeron dos o tres explosiones a bordo del buque

y en quince minutos se hundió.

Consiguieron lanzar tres botes salvavidas

y casi doscientos marineros jóvenes y fuertes pudieron subir a bordo

antes de que se hundiera el buque.

Algunos consiguieron nadar hasta la playa

pero muchos otros no lo consiguieron.

El bote salvavidas de Stromness estaba tripulado

y preparado para zarpar.

Pidieron permiso a la armada para hacerlo,

pero se les denegó.

La armada consideró que ya tenían bastantes salvavidas

y enviaron un yate armado y una trainera

y quince minutos más tarde, cuatro destructores,

incluyendo los dos que antes habían dejado al Hampshire.

Estos barcos no rescataron a nadie.

Los botes salvavidas ya habían llegado a la costa

pero nadie fue rescatado directamente del mar.

Sorprendentemente, dos jóvenes marineros ingleses

consiguieron llegar hasta esta granja.

En su interior se encontraban los abuelos de Jim Sabiston y su madre,

que entonces tenía veinte años.

Fue bastante impactante

encontrarse con estos pobres marineros agotados a la puerta.

Llamó a su marido para que viniera y a su hija, mi madre.

Les llamó a gritos para que se levantaran

y encendieran el fuego para hervir agua.

En aquella época no había hervidores eléctricos.

Hirvieron agua y les ofrecieron un té y algo de comer,

los acostaron y se quedaron allí hasta la mañana siguiente.

Entre tanto, mi abuelo había salido a buscar a los vecinos,

que se acercaron a la playa con cuerdas.

Mi abuelo, con una cuerda atada a la cintura,

rescató a otros tres supervivientes.

El abuelo de Jim y sus vecinos habían salvado tres vidas.

Sin embargo, por razones que se desconocen hasta el día de hoy,

se les ordenó parar.

Las teorías de la conspiración explican que las autoridades navales

daban más valor al secreto de los documentos de Kitchener

que a las vidas de los hombres del Hampshire.

A mi abuelo y a los demás se les ordenó que pararan

que no no intentaran rescatar a nadie más.

-¿Quién se lo impidió? -Fue la Marina.

Unos oficiales vinieron a Stromness parece ser.

-¿ Impidieron que los vecinos ayudaran a los supervivientes?

-Sí.

Los cuerpos de los marineros muertos fueron arrastrados

hasta la costa.

Los metieron en camiones.

Al día siguiente se los llevaron en unos camiones.

Sin ningún tipo de miramiento,

metieron los cuerpos en los camiones de cualquier manera

Terrible. Una historia terrible.

De la tripulación del Hampshire con más de setecientos hombres,

sobrevivieron doce.

Nunca se encontró el cuerpo de Kitchener.

Un submarino alemán y dos minas hundieron el Hampshire

y sumieron a Gran Bretaña en un estado de luto nacional.

Una cosa quedaba clara,

los buques de guerra británicos necesitaban una protección

todavía mayor contra los submarinos alemanes.

Para defenderse de los ataques era crucial detectar al enemigo

lo antes posible.

Con este fin una fantástica variedad de primitivas aeronaves

empezó a surcar los cielos.

La defensa aérea de la Gran Flota en Scapa Flow

contaba con más de mil hombres,

ahora, al mando del almirante Beatty.

Los buques patrulla de Beatty estaban acompañados por aerostatos

o dirigibles con base en Caldale, al oeste de Kirkwall.

Caldale también era la base

de un aparato de aviación todavía más aterrador:

un globo cometa biplaza sin motor

unido por un solo cable a la cubierta de un buque de guerra.

Podían elevarse más de novecientos metros

y ser remolcados a unos veinte nudos.

Es bastante peligroso, naturalmente,

porque dependes de las condiciones meteorológicas,

y se produjeron uno o dos relámpagos

Existe un informe que no creo que sea apócrifo,

de un globo que sencillamente se soltó y jamás se le volvió a ver.

Existe una fotografía muy reveladora de la tripulación de un globo cometa

y si nos fijamos en el hombre parece estar sumamente nervioso.

En la aviación moderna, las Orcadas son célebres por esto,

el vuelo programado más corto del mundo.

Alrededor de dos minutos entre Westray y Papa Westray.

Pero las Orcadas también son célebres por otro hito aéreo.

Un año después de Jutlandia

el comandante de escuadrón Edwing Dunning de veinticinco años,

subió a su biplano Sopwith Pup y despegó.

La aviación llevaba ya mucho tiempo operando desde buques de guerra

en movimiento.

Después de su vuelo, aterrizaban en el mar o en tierra.

Pero aterrizar

sobre la cubierta de un buque de guerra suponía un enorme reto.

El comandante Dunning maniobró sobre Scapa Flow

para acercarse a la pista de aterrizaje de sesenta y siete metros

del HMS Furious diseñada para despegar, no para aterrizar.

La velocidad era de unos veinticinco o veintiséis nudos

con viento en contra.

Al comandante Dunning le estaba costando mucho esfuerzo

evitar la estructura del Furius

e intentar hacer descender su Sopwith sobre la cubierta de proa

donde el espacio era muy reducido.

Los intentos de Dunning quedaron reflejados

en una serie de fotografías.

Esta muestra el momento crucial

en que su avión se encuentra justo encima de la cubierta.

Algunas oficiales agarran las cintas de cuero

para intentar bajarlo al suelo.

Dunning acababa de convertirse

en el primer hombre en aterrizar sobre un buque en movimiento.

Cinco días después intentó el mismo aterrizaje.

Su avión resbaló por el lado de proa del HMS Furious y cayó al agua.

El comandante Dunning murió.

Días despues, en una carta dirigida a la madre de Dunning,

el almirantazgo admiraba su valentía

reconociendo que sus pioneros aterrizajes en Scapa Flow

harían de los aviones algo indispensable para la flota.

El treinta y uno de enero de 1917,

Alemania anunció una nueva campaña de guerra submarina indiscriminada.

La tercera.

Pero ahora, contaba con más de cien submarinos de largo alcance.

Se conocería como “el tiempo de matar”.

Todos los buques

sospechosos de transportar suministros para Gran Bretaña,

eran hundidos.

Para los hombres de la marina mercante británica,

los meses posteriores serían aterradores.

Para Alemania,

la guerra submarina indiscriminada era la única oportunidad que tenían

de impedir que Gran Bretaña continuara en la guerra.

Su flota de superficie había perdido la ocasión

en la inconclusa batalla de Jutlandia hacía un año.

Los soldados alemanes y la nación se morían de hambre

a causa del bloqueo naval británico.

Jutlandia había demostrado a los alemanes

que no podían desafiar a la Marina Real en el mar del Norte;

por lo tanto, no podían romper el bloqueo económico.

Debían encontrar otro modo de impedir

que Gran Bretaña continuara en la guerra.

El alto mando de la armada promete hundir

unas seiscientas mil toneladas de los buques aliados cada mes.

De hecho, en abril superaron esa cifra

hundiendo casi ochocientas cincuenta mil toneladas de los buques aliados.

Abril de 1917 fue el mes más cruel,

con la escalofriante cifra de quinientos dieciséis barcos hundidos

por submarinos alemanes.

Henning von Holsendorf, comandante de la marina

y verdadera fuerza impulsora de la campaña submarina alemana,

realizó un cálculo aproximado.

Si los submarinos alemanes hundían unas seiscientas mil toneladas

de los buques aliados,

Gran Bretaña no sería capaz de recuperar los buques.

Calcula que en los primeros seis meses podría hundir

alrededor del treinta y nueve por ciento de los barcos británicos

y llegados a ese punto, Gran Bretaña, no podría continuar en la guerra.

En abril de 1917 en una carta dirigida al gabinete de guerra,

el Primer Lord del Mar de Gran Bretaña, Jellicoe, declaraba:

“Continuamos en esta guerra

como si tuviéramos el control absoluto del mar.

No lo tenemos, hace ya varios meses que no lo tenemos”.

Subrayó: “Nuestra política actual nos lleva de cabeza al desastre”.

En junio de 1917 Jellico anunció al comité de política para la guerra

que, debido a la escasez de buques,

a Gran Bretaña le resultaría imposible seguir en la guerra

hasta 1918.

La crisis británica se convirtió en propaganda alemana.

Este documental de 1917, “El Círculo Encantado”,

narraba los triunfos de un solo submarino alemán

contra las embarcaciones británicas del Mediterráneo.

Para los marineros de los mercantes británicos

esta fue una época aterradora.

De cuatro buques mercantes británicos que zarpaban

en una travesía internacional,

solo tres regresaban intactos.

Perdíamos doce buques al día a causa de los submarinos alemanes

y era imposible reemplazar doce buques al día.

Solo quedaba suministro de alimentos para tres semanas

y Jellicoe no veía ninguna salida.

La respuesta, naturalmente,

era la idea de los convoyes del siglo XVIII.

Pero Jellicoe estaba totalmente en contra de los convoyes.

A, porque se trataba de un hecho histórico

que no creía que pudiera aplicarse en el siglo XX.

B, existían razones técnicas

por las que los buques mercantes no podían permanecer alineados

en una flota compacta.

Además, estaba el factor de la disciplina.

Estos capitanes de buques mercantes, por lo general,

eran hombres bastante desaliñados y mal vestidos.

Era imposible

que pudieran comportarse como oficiales de la marina,

Un convoy presenta grandes ventajas, sobre un submarino alemán.

Y si los convoyes van con escolta,

los submarinos alemanes no pueden atacar en la superficie

con su armamento, más barato que los torpedos.

Tras la introducción de los convoyes en mayo de 1917,

el número de cargueros hundidos

por submarinos alemanes disminuyó espectacularmente.

Pero la víctima más destacada de esta nueva estrategia

fue el hombre que se había opuesto a ella: el almirante Jellicoe.

Elegido por Churchill para comandar la Gran Flota

a principios de agosto de 1914,

Jellicoe fue despedido de su cargo en la Nochebuena de 1917.

Muchos oficiales de la marina se escandalizaron

porque para ellos era un héroe.

Pero otros respiraron aliviados,

pensaron: ahora podemos dedicarnos a ganar la guerra.

Y a partir de abril de 1917, Gran Bretaña tendría un nuevo aliado

Frustrado por la pérdida de sus buques

a causa de los submarinos alemanes,

los Estados Unidos entraron en la guerra.

Sus ingenieros navales no tardaron en idear estrategias

para uno de los proyectos más ambiciosos de toda la campaña naval:

un campo de minas de cientos de kilómetros de longitud

entre Escocia y Noruega.

En 1917 los estrategas de la Academia Naval de Estados Unidos

calcularon que podría costar doscientos millones de dólares.

El equivalente a diez mil millones de libras de hoy en día.

Hay que entender lo que significaban los Estados Unidos en 1917.

Era el lugar donde todo se producía en masa.

De manera que al pensar en cómo contribuiríamos a la guerra,

pensamos en números.

Y al entrar en la guerra alguien dijo:

mirad, si queremos eliminar los submarinos,

sellemos el extremo del mar del Norte

para que no puedan salir al Atlántico.

Pongamos una barrera.

El proyecto fue respaldado

por un futuro presidente de los Estados Unidos: Franklin Roosevelt.

Roosevelt era secretario adjunto de la marina,

por tanto era responsable del aprovisionamiento.

No fue idea de Roosevelt,

sino de alguien de la agencia de artillería que acudió a él

para exponerle la idea y Roosevelt dijo: ¡sí, sí!

convirtiéndose en su principal defensor

y presentándola ante su gobierno.

La idea también se defendió ante el almirantazgo británico,

que lo consideró una idiotez.

A pesar de las reservas británicas el plan salió adelante.

Implicaba la producción de setenta mil minas,

de las cuales cincuenta mil se fabricarían en los Estados Unidos.

Una fábrica de armamento naval en Washington se encargaba

de la mayoría del trabajo de artillería.

También fabricaban los mecanismos.

Las carcasas venían de Detroit, donde se producía en masa.

Las fábricas de coches se reconvertían en otra cosa.

Era uno de los grandes recursos de Estados Unidos y lo aprovechamos.

Los componentes se entregaban

en los astilleros de la marina en Norfolk,

para ser transportados por el Atlántico

a través del canal de Caledonia.

Las minas se montaban en las destilerías de whisky

transformadas para tal efecto, en Inverness y en Invergordon.

También se modificaron un gran número de buques

para la instalación de las minas.

La Marina Real se encargó de la logística

pero los instaladores eran americanos.

El campo de minas tenía múltiples capas superpuestas.

Atravesaba el mar del Norte desde el este de las Orcadas

hasta una posición justo al norte de Stavanger en Noruega.

Una distancia de cuatrocientos treinta y cinco kilómetros.

Las minas se instalaban bajo la superficie a tres profundidades,

algunas por debajo de la profundidad máxima

en la que operaban los submarinos alemanes.

Cada mina contenía ciento treinta y cinco kilos de explosivos.

Las minas a mayor profundidad tenían unas indetectables antenas

que detonaban al contactar con un submarino.

En total se instalaron setenta mil doscientas sesenta y tres minas.

El proyecto se finalizó en el otoño de 1918,

cuando el esfuerzo de la guerra alemán empezaba a colapsar.

Se preguntaban qué lógica tenía todo aquello.

La marina de los Estados Unidos de la época

todavía no había madurado lo suficiente

para que se pensara automáticamente en estas cosas.

La Marina Real había evolucionado mucho más y se notaba

Una de las principales conclusiones extraídas

por la marina estadounidense de la Primera Guerra Mundial

es que nos creíamos muy buenos antes de la guerra.

Estábamos seguros de estar entre los mejores

y descubrimos que no lo éramos y aquello nos vino muy bien.

Pese a su enorme coste,

el equivalente a diez mil millones de libras de hoy en día,

solo se confirmó la destrucción de seis submarinos alemanes

por el campo de minas.

Uno de ellos fue el U-92.

A bordo se encontraba el ingeniero adjunto Wilhelm Koerver,

tío abuelo de Hans Koerver.

Se encontró al sur de las Orcadas, a 80 metros de profundidad.

He visto unas imágenes de sonar bastante precisas del buque.

Está casi intacto.

Me puse en contacto con algunos buceadores que lo habían visto

y me dijeron que el casco estaba intacto.

Así que supongo que lo alcanzó una mina

que destruyó los tanques de inmersión y se hundió

pero todavía sigue intacto.

De manera que mi tío abuelo y sus compañeros llevan ahí

desde hace casi cien años.

Al final hundieron alrededor de dos tercios de los submarinos.

La mitad de la tripulación de los submarinos,

de seis u ocho mil hombres que sirvieron a bordo,

se ahogaron con sus embarcaciones.

Me encontré con la historia de un submarino que se hundió

pero la tripulación seguía con vida

mientras el nivel del agua aumentaba en el interior.

Algunos sacaron las pistolas para intentar suicidarse.

Pero las pistolas estaban mojadas.

Otros intentaron asfixiarse a sí mismos

introduciéndose algo en la boca.

El testigo presencial que vivió esto,

consiguió escapar por las lanzaderas de los torpedos.

De esto no se habló nunca.

Al parecer había una especie de consenso sobre lo que hacer

en caso de que el submarino quedara en el fondo del mar

y no pudiera volver a emerger.

Se asfixiarían lentamente.

Creo que existía el consenso de utilizar las armas de a bordo,

las pistolas, para suicidarse.

Los submarinos alemanes tuvieron su último momento de gloria

en octubre de 1918.

El UB-116 con una carga de once torpedos puso rumbo a Scapa Flow.

Desde 1914 esta había sido la base principal de la Gran Flota

de Gran Bretaña, de los acorazados monocalibre,

comandados por los almirantes Jellicoe y Beatty.

En Hoxa, la entrada meridional a Scapa Flow,

un hidrófono detectó el ruido del motor del UB-116.

La tecnología desarrollada en Aberdour

por los científicos y cantantes del capitán Ryan,

localizó la posición y profundidad exactas del submarino alemán.

El UB-116 fue destruido por una mina electrónica.

Su objetivo, la Gran Flota Británica,

se encontraba anclada a 300 kilómetros al sur.

Su nuevo comandante, el almirante Beatty,

había trasladado toda la flota al Forth.

El último ataque de un submarino alemán resultó un fracaso.

En la base naval alemana de Wilhelmshaven,

el veintinueve de octubre, los marineros se amotinaron

y la revolución se propagó por todo el país.

El káiser había abdicado.

El once de noviembre de 1918 finalizó la guerra en tierra

con el armisticio de Compiegne.

La guerra en el mar finalizaría cuatro días después en Fife.

El quince de noviembre el crucero alemán Konisberg llegaba al Forth.

A bordo se encontraba el representante

de la Marina Imperial de Alemania, el almirante Meurer.

Acompañado por sus oficiales,

Meurer fue conducido al astillero de Rosyth

para embarcar en el Queen Elizabeth,

donde Beatty redactó los términos del armisticio.

Existe un cuadro famoso sobre esto pintado por Sir John Lavery.

Le vistieron con uniforme naval para que pudiera estar en la sala

sin que los alemanes supieran que era un artista

que iba a inmortalizar ese momento.

Allí Beatty leyó los términos bajo los cuales iba a recluirse

la flota alemana.

Las marinas aliadas vencedoras,

tenían derecho a una parte de los buques de la marina alemana.

Esa parte aún estaba por decidir

y hasta entonces los buques permanecerían en aguas británicas.

Los primeros en llegar fueron los submarinos alemanes.

El veinte de noviembre de 1918 zarpaban hacia Harwich.

La flota de superficie alemana se rindió al día siguiente,

el veintiuno de noviembre.

El Queen Elizabeth zarpó para salir a su encuentro.

El almirante Beatty agradeció la ovación.

Alejados de la desembocadura del Forth,

a cuarenta millas de la isla de May,

la flota de superficie alemana continuaba avanzando

y la flota aliada, compuesta por la Gran Flota británica,

el escuadrón estadounidense, representantes franceses,

370 embarcaciones formadas en dos líneas, esperaban.

Los alemanes y pasaron entre ellas.

Al principio la atmósfera era muy tensa.

Los buques alemanes habían sido desarmados

y se habían desmontado las pistolas

conforme a los términos del armisticio.

En los buques británicos el armamento no estaba cargado,

pero estaban preparados para cargarlo

y las tripulaciones listas para la acción,

porque nadie sabía qué podía pasar.

Existía el riesgo de algún gesto de desafío.

Estaban anclados por debajo de Inchkeith,

la isla cuya silueta se puede apreciar en el horizonte.

Se trataba de la espectacular derrota del poder alemán

y la gente se acercó para verlo de cerca.

Pero no hubo sentido del honor, tampoco.

Hubo cierto desprecio hacia la marina alemana

que había permanecido en puerto a expensas de la guerra submarina

que se consideraba una táctica de guerra deshonrosa.

De modo que los británicos sentían cierta repugnancia

hacia los alemanes.

El almirante Beatty dijo que sufría, que todos sufrían

por darles una dosis de su propia medicina.

El oficial de señales de Beatty describió la escena

como estar en el funeral de algún miserable

que había sido asesinada.

Y entonces Beatty envió la señal

de que al ponerse el sol los barcos alemanes arriaran sus banderas

para no volverlas a izar.

Y ese fue el final.

Días despues, la flota alemana fue escoltada hasta Scapa Flow.

El puerto donde la Gran Flota Británica había comenzado la guerra

fue donde se ordenó a la flota alemana que la finalizara.

Bajo el mando del almirante von Reuter,

los marineros frustrados, hambrientos e indisciplinados

a bordo de las setenta y cuatro embarcaciones alemanas

aguardaban el resultado de las conferencias de paz de París.

Y al cabo de siete largos meses,

el almirante von Reuter, tomó cartas en el asunto.

A las once y veinte de la mañana del veintiuno de junio de 1919

envió una señal desde su buque insignia, el Emden.

Las banderas indicaban: “Párrafo once confirmado”.

Este era el mensaje en clave para hundir toda la flota.

A las doce del mediodía,

a medida que se sumergían en el agua,

cada uno los buques izaba los colores

de la Marina Imperial alemana.

Para un oficial es cuestión de honor.

No entregas tus barcos.

Te hundes con tu barco combatiendo

o te aseguras de que el enemigo no se haga con él.

Algunas tripulaciones alemanas tomaron los botes salvavidas

enarbolando las banderas blancas de la rendición,

y se encontraron con miembros de la marina británicos.

A medida que se sucedían los acontecimientos,

un artista, Bernard Gribble, observaba.

Gribble reflejó lo que había presenciado

tanto en pintura como en prosa.

Escribió lo que pintó en la parte de atrás

para que no hubiera dudas de lo que representaba.

Dice: “en pocos minutos la embarcación empezó a hundirse

y a nuestros hombres se les ordenó abrir fuego

contra la tripulación que se acercaba negándose a volver a sus buques.

Los oficiales alemanes fueron muy valientes

al acercarse a nuestra embarcación

y exigir su derecho de que se les admitiera a bordo.

Fumaban puros y llevaban guantes amarillos

Perdieron a bastantes de sus hombres a causa de los disparos”.

Estos hechos no se hicieron públicos.

No es algo en lo que se regodearan el almirantazgo y el gobierno británico.

Sin embargo, esto fue un acto de guerra,

se violaron los términos del armisticio.

Los alemanes asesinados en el verano de 1919

están enterrados junto a más de 400 marineros británicos aquí,

en el cementerio de Lyness, en la isla de Hoy.

Estas tumbas representan

a las últimas víctimas de la Primera Guerra Mundial,

siete meses después del armisticio.

Desde entonces, las aguas de Scapa Flow han sido el hogar

de los restos de la Marina Imperial alemana.

Para su enemigo mortal, la Marina Real británica,

este gran puerto natural había sido su hogar durante cuatro años.

A finales de 1918, La Marina Real regresaba sana y salva

a la comodidad reconfortante de Portsmouth y Plymouth.

Sin embargo, la victoria se había conseguido

en estas aguas y en estos puertos escoceses.

Documaster - La guerra en el mar: La batalla de los submarinos alemanes

49:37 08 nov 2018

Tras la batalla de Jutlandia, junio de 1916, finalizó la guerra de los acorazados entre Gran Bretaña y Alemania. Gran Bretaña nunca había dado importancia a los submarinos alemanes hasta ahora. Los submarino tomaron el relevo con la orden de aniquilar la marina británica.

Contenido disponible hasta el 15 de noviembre de 2018.

Tras la batalla de Jutlandia, junio de 1916, finalizó la guerra de los acorazados entre Gran Bretaña y Alemania. Gran Bretaña nunca había dado importancia a los submarinos alemanes hasta ahora. Los submarino tomaron el relevo con la orden de aniquilar la marina británica.

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