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No recomendado para menores de 7 años Curro Jiménez - El indulto - ver ahora
Transcripción completa

(RELINCHA)

Trino de los pájaros.

-El Excelentísimo señor ministro,

delegado directamente por la Corona para esta entrevista.

El señor Espinosa, secretario de su Excelencia.

En nombre de la Corona venimos a... Un momento...

¿Usted no se presenta, general De los Heros?

-¿De qué me conoce usted?

Le vi varias veces, cuando los dos luchábamos por sacar

a los franceses de Andalucía.

-De España. Me alegro que me lo recuerde.

Se presenta otra oportunidad de colaborar.

Qué inesperado... Echamos a los franceses

y la justicia española volvió a perseguirme.

Como si yo no hubiera hecho nada por mi país, general.

-Justamente, y en nombre de la Corona, venimos a ofrecerle,

con los amplios poderes que detenta el señor ministro, un indulto.

¿Un indulto?

-Sin limitaciones. La Corona renuncia a querellarse

contra usted y todos su agravios quedan abolidos.

No puedo creerlo.

¿Por qué se han acordado de mí ahora?

Pudieron hacerlo hace años. Es un premio un poco tardío.

-Los gobiernos son máquinas lentas. Desmemoriadas.

-Lentas y pesadas.

A veces necesitan un estímulo, un motivo para ponerse

en funcionamiento.

Acabáramos, así nos entenderemos mejor.

¿Qué pagan por el indulto?

-Un trabajo.

-Un trabajo que la Corona le encarece aceptar.

¿Invadir Portugal, Francia

o echar a los ingleses de Gibraltar?

-España tiene también enemigos interiores;

hombres que quieren su ruina, la disolución de sus instituciones,

el derrocamiento del Rey.

¿Españoles? -Ellos se llaman así.

Ya...

También se llaman liberales.

Durante la Guerra de Independencia defendían al Rey.

-Las cosas han cambiado. Hoy le atacan.

Se han convertido en un verdadero tumor

que es necesario extirpar.

¿Y qué puedo hacer yo ante semejante peligro?

-Le proponemos una tarea muy concreta,

aquí en la sierra, que son un poco sus dominios,

¿no es así?

Un grupo de hombres... Estoy informado, general.

Hace varias semanas una veintena de ellos anda ocultándose

en la sierra, son hombres de ciudad,

tienen armas viejas, pésimos caballos,

no soportan la vida a la intemperie.

¿Qué dificultad representan para usted?

-El Ejército español, usted lo sabe mejor que nadie,

no conoce la sierra, puede caer tontamente

en una emboscada, exponerse a una derrota

que significaría el ridículo, mientras que a usted

le sería bien fácil dar cuenta de ellos.

-Son más peligrosos de lo que parecen a primera vista;

se organizan, agitan, seducen a los incautos,

planean ataques coordinados en toda España.

Hay grupos semejantes en Valencia, en Asturias y en otras regiones,

se trata de hacer un escarmiento.

-¿Y bien?

No cuenten conmigo.

No me presto a matar o mandar a la muerte a 20 hombres

que a mí no me han hecho nada.

Y no me hablen de política,

para mí, todos los políticos son iguales.

Pero hay algo más,

no quiero ningún perdón.

Soy bandolero y moriré como tal,

no me imagino labrando el campo en paz.

¿Me imagina usted, general? ¿A que no?

Pues bien... Agradézcaselo al Rey

en mi nombre, Excelencia, será para otra vez.

-Un momento. Usted puede, quizás,

renunciar personalmente al indulto

pero a su lado hay otros hombres;

hombres que le han sido fieles durante años,

a ellos también alcanza el indulto,

¿puede usted renunciar por ellos a labrar el campo en paz?

¿A reintegrarse a la sociedad de los hombres?

Pido 48 horas para pensarlo.

-¿Qué cree usted que decidirán?

No puedo saberlo. -Está bien.

La contestación aquí mismo, pasado mañana.

Y en caso afirmativo... En ese caso...

-Emprendería la acción contra esos hombres inmediatamente.

No pensaba en la guerra, general, pensaba en labrar el campo en paz.

-Hermoso animal.

¿Quiere usted montarlo? -Me arrojaría al suelo.

No conozco más sillas que las de los despachos.

¿Por qué me está mintiendo?

-Espinosa, por Dios, vamos.

Este desierto, este sol...

Relinchos.

Dios mío, 48 horas más en este arrabal del mundo

por capricho de ese bandolero.

Hubiera preferido echarme un rato en la tienda

pero el general no nos ha invitado, se apresuró a despedirnos.

Los militares ignoran que la verdadera cortesía

empieza donde termina la etiqueta.

-Tal vez pensó que descansaría mejor en el pueblo.

La casa de los condes será confortable.

-No no lo creo, la aristocracia andaluza

es salvaje como su tierra.

¿Le he contado a usted la anécdota de los duques de Alamillo

en la corte francesa cuando yo era embajador...?

Señor Espinosa, no me está escuchando.

-Perdone, Excelencia.

-¡Una venta!

Detengámonos, descansaré mejor que en casa de los condes.

-No se lo aconsejo.

Me lo han dicho los oficiales en el campamento.

Las ventas de la comarca son focos de pestilencia.

-Dios mío.

Y los castellanos se quejan de su pobreza.

-¡Deténgase, cochero, deténgase!

-¡So! ¡So!

-¿Cambió de idea?

¿Quiere usted que paremos en ese lado de lazareto?

-Yo me quedo aquí, aprovecharé para visitar

a unos primos que viven a dos pasos.

-Señor Espinosa, ¡no puede dejarme solo!

-A penas 48 horas, Excelencia, tendrá la compañía de los condes.

-La vis... ¿Pero la vista a los medicamentos?

-Y el general ha prometido visitarle mañana.

-Ah... -Hace tiempo que no veo

a estos primos y es una oportunidad que no quiero perder.

-¡Sepa usted, señor Espinosa, que no creo en la existencia

de esos primos y que me temo haya pedido usted la alternativa

de acompañarme en esta misión, solo para abandonarme

en mitad del desierto!

-No se excite, Excelencia,

y cuidado con el sol, es inclemente.

-¡En marcha! -¡Arre, caballo!

-Agua, por favor.

Murmullo.

-Creía que no llegarías nunca.

¿De qué se trataba al fin?

-De lo que sospechábamos. Le ofrecen el indulto

a cambio de que los entregue vivos o muertos.

-¡Malditos!

¿Y ese hombre lo ha aceptado?

-Ha pedido 48 horas para dar una respuesta.

-Entonces no hay tiempo que perder. Le he alquilado un caballo

al ventero. -Magnífico.

-David... ¿Sabrás encontrarlos? Tenemos tan pocos datos.

-No te preocupes, los encontraré.

Aunque no es a tu padre a quien debo buscar primero.

-¿Y a quién? -A Curro Jiménez... Y ahora mismo.

-Pero... -Espérame aquí, en la venta.

Volveré.

¿Qué pasa?

¿Le han mandado para convencerme?

Ya les dije que esperaran dos días.

-¿Va a aceptar usted?

(SUSPIRA)

-No lo haga.

¿Por qué?

-Porque le van a utilizar y cuando usted haya acabado

con esos hombres, acabarán con usted,

de eso no hay duda.

¿Por qué me lo dice?

¿Qué le importa a usted de mí?

¿Eh?

¡Ah, claro!

No soy yo quien le importa, sino esos hombres.

De modo que es usted un... liberal, un espía.

-Es una palabra dura pero temo que se me aplica.

Aproveché mi cargo en el ministerio para enterarme

de los planes concernientes al legajo de Curro Jiménez,

y me las agencié para acompañar a su Excelencia en esta misión.

He hecho de secretario, de enfermero, de lacayo...

¿Y todo eso por...? -Por salvaguardar a esos hombres.

¿Tanto valen? -¡Son los míos!

Y no son enemigos de la patria como ha dicho el ministro,

al contrario, son los que defienden el progreso y el bien en España

combatiendo contra los oscurantismo y la tiranía.

Usa usted unas palabras que cuando las oigo

me pongo en guardia.

-Perdone...

No quiero catequizarle pero si habrá algo

en lo que estaremos de acuerdo.

¡No se puede condenar a muerte a hombres

que solo defienden sus ideales,

que trabajan por la justicia y la libertad!

No les puede perseguir y acosar como hacía...

Contratar a un mercenario para que acabe con ellos.

-Esa es otra palabra dura.

Buena pareja hacemos. Un espía y un mercenario.

-Usted no lo es todavía, aún está a tiempo de decir que no.

Le propongo una cosa; busquemos juntos a esos hombres,

hable con ellos, conózcalos.

Seguramente les gustarán los discursos como a usted.

-Vería, decidiría por usted mismo y con conocimiento de causa.

Es más difícil matar a un hombre cuando se le conoce, ¿verdad?

Ocurre hasta con las gallinas.

Se cree usted muy listo.

Mataría a dos pájaros de un tiro;

el conocer a esos hombres influiría en mi decisión

y yo le ayudaría a encontrar a los suyos fácilmente.

Al fin y al cabo, usted también quiere utilizarme.

-Es posible pero yo lo hago por la causa de la libertad.

Y su Excelencia el ministro por la causa del orden.

-Un hombre como usted no puede dudar entre una cosa y otra.

Relincho.

Ya hemos hablado bastante.

Tengo que irme.

-¿Podemos hacer camino juntos?

Como quiera.

Aquí nos separamos, yo me voy por ese atajo.

-Adiós entonces. Hasta pasado mañana.

-No sé si estaré allí, mucho me temo que su Excelencia

me haya perdido la confianza y que el general

esté haciendo averiguaciones sobre mí.

Adiós.

¡Eh, secretario!

Si está usted empecinado en encontrar a su gente,

no pierda el tiempo preguntando por ahí,

remonta usted el río, vadéelo e intérnese en el monte,

en la espesura empezará a encontrar rastro, sígalos.

Sus amigos no son muy expertos en eso de esconderse.

(RÍE) -Gracias.

(ARREA EL CABALLO)

¿Cuántas veces nos perdonarían?

Con una basta, ¿no? Eso quiere decir que luego

tendríamos que comportarnos como personas honradas.

Pues claro que sí, animal. ¿Tú podrías?

¿Y tú? Yo soy gitano,

eso no cuenta para mí.

¿Crees que Curro podría?

Todos juntos trabajando la tierra, estaría bien.

Me huelo una trampa. ¡Tú siempre oliendo trampas!

¿Por qué no está Curro aquí?

Para que decidamos por nuestra cuenta.

No somos niños.

¿Qué crees que contestaría él?

¿Si hubiera estado solo?

Podía habérnoslo dicho, ¿no?

Ahora hablaremos con él.

Pasos.

(EN VOZ BAJA) Díselo. Curro...

¿Qué habéis decidido?

Que aceptes tú el indulto,

nosotros cogemos a esa gente,

los entregamos...

y nos despedimos.

Luego volvemos a la sierra.

¿Qué quieres decir?

Mira, este por gitano, este por bruto

y yo por bribón, no creemos en eso de formar parte

de la sociedad pero no queremos impedir que tú lo hagas.

De modo que me separáis de vosotros,

como un apestado, a eso se llama gratitud...

Pero está bien, si es lo que queréis.

Pero, Curro, ¡no es eso! Compraré un cortijo,

cultivaré berzas, me casaré con una solterona adinerada,

me haré amigo del aguacil y del cura, me sentaré en la plaza

a hablar de política... Bueno...

Y me olvidaré de que vosotros existís.

De que os conocí nunca. No es eso, Curro.

Estás equivocado, lo que nosotros queremos

es que tú tengas en cuenta que tenemos razones

para hacer lo que estamos... Mañana mismo iré a...

(RÍE) (TODOS RÍEN)

Risas. A tirarles el indulto a la cabeza.

¡Curro!

¡Curro!

Mira, ¿no es el secretario del viejo?

¿Le zurro la badana? -¡Dile que me suelte, Curro!

¿Qué haces aquí? ¿Qué quieres que haga? Espiarnos.

-¡Dile que me suelte! Suéltalo.

Algarrobo, ve a buscar los caballos.

(ENTRE DIENTES) Traerle el caballo...

¡Este mocoso...! Bueno... Pero no te dejare marchar

hasta que no me digas qué haces aquí.

¿No encontraste a los tuyos? -Sí, seguí tus indicaciones

y di con ellos ayer. ¿Por qué los abandonaste?

-Les informé de cuanto ocurría y tomamos una decisión;

hemos bajado todos juntos de la sierra.

Vais a entregaros.

-¡Atacaremos el campamento! ¡Estáis locos! ¿Presentarle batalla

al general De los Heros cuatro gatos como sois?

-Somos 17 hombres armados, y caeremos sobre ellos

por sorpresa, todo está planeado,

hay un militar entre nosotros, caeremos sobre ellos

apenas llegue su Excelencia y no tiraremos

a matar si no es necesario. ¿Qué dices?

-Queremos coger vivos al ministro y al general,

con ellos de rehenes podremos exigir la libertad

de todos nuestros hermanos. Eso es un disparate. Monta.

Toque de corneta.

Disparo.

Griterío.

(GRITAN)

Disparos.

Gritos y disparos. -¡Vamos!

Hemos llegado tarde, esos locos ya están ahí.

¿Quiénes son? Liberales.

¿Liberales? -¡Adelante!

Gritos. -¡Vamos!

-¡Adelante!

Curro, ¡se escapa! Ve por él. ¡Atájale!

(ARREA AL CABALLO)

¡Alto! ¡Alto!

(ARREA AL CABALLO)

Se ha escapado. Qué atajo de inconscientes.

Disparos. -¡Deténgase!

¡Alto!

¿Vamos en su ayuda? No.

No podemos hacer nada.

Griterío.

Gritos. -¡Vamos!

-¡Rodeadlos! -¡Quietos, tirad las armas!

Vámonos.

-¡Quietos!

-¡Ay!

Curro, ahí hay un hombre caído.

(RELINCHA)

No está muerto, respira.

Levántalo. Avisad a un barbero y llevadlo al refugio.

-No me atribuya ningún mérito, Excelencia,

nuestro mejor aliado ha sido el fanatismo de esos infelices.

-Al fin y al cabo, aunque no hayamos echado el guante

a Zúñiga, buena parte de los propósitos

que me trajeron aquí se han cumplido satisfactoriamente

y, ahora, con un pequeño golpe de efecto...

-¿Cuál?

¿Puedo saberlo? -Por supuesto.

A usted corresponderá parte de la misión, conducir a Sevilla

a los ocho prisioneros, yo me adelantaré,

preparé un juicio a sumario, los ejecutaremos

en la plaza pública,

previo consentimiento de Madrid, naturalmente.

Bueno, nos veremos en Sevilla, general.

Espero que allí se coma mejor que en casa de los condes.

Una sola recomendación;

que se ocupe usted personalmente de la custodia de los presos.

-¡Capitán!

Acompañe a su Excelencia.

-Adiós.

Ha llegado la hora de la entrevista, general.

Han pasado ya las 48 horas

y vengo a...

-¿Cuál es la repuesta?

Afirmativa.

Mis hombres quieren el indulto.

Pero temo que el ofrecimiento haya quedado en nada.

-¿Por qué?

No hemos concluido con el enemigo todavía.

¿Se refiere a los grupos de otras tierras?

-No. Me refiero a los que consiguieron

escapar, entre ellos está el que más importa de todos;

el general Zúñiga, aunque no debería llamarle general,

el Rey lo ha degradado. ¿Cómo pueden dos generales

del ejército militar en campos opuestos?

-Zúñiga ha puesto sus ideas por encima de la disciplina

y, a juzgar por el ataque disparatado de esta mañana,

la pasión por delante de la estrategia.

Eso no lo hace menos peligroso.

Es un hombre de prestigio, con ascendiente,

tanto al ministro como a mí nos interesaría muchísimo

poder comunicar al Rey,

a Madrid,

que le hemos dado caza.

¿Soy bastante claro?

Prepare usted el indulto. -Ajá.

Toma.

¿Quieres que te ayude? -Sí, sujétale las piernas.

(GRITA) -¡Aaah!

(GRITA) ¡Aaah!

-Ya sabes lo que hay que hacer.

¿Cómo está? -Bien.

Reposo, líquidos, no se te ocurra darle aguardiente.

En pocos días estará bien pero no le dejéis hablar

hasta que no le haya bajado la fiebre.

Algarrobo, acompáñale.

(EN VOZ BAJA) -Leonor...

(SE QUEJA)

(DELIRA) Leonor...

Te conozco, ¿quién eres? Nadie, un amigo.

-¿Quién eres? Calla, calla.

Ya hablaremos mañana.

-Tengo sed. Tengo sed...

(SE QUEJA)

-¿Quién eres? Descansa.

-Me vais a entregar, ¿verdad?

¿Me vas a entregar al general de los Heros?

¿Por qué habría de hacerlo? -Porque te ofrecen

el indulto a cambio. Tú no eres tan importante.

-¿Qué les pasó a los otros?

Varios murieron.

Ocho fueron hechos prisioneros. -¿Y el general?

¿El degradado? Escapó con algunos otros.

-¿Vas a buscarlos y a capturarlos? No lo sé.

Puede... -No lo hagas... ¡Ah!

Quieto. -Ah...

Quieto o volverás a desangrarte.

-Necesito irme de aquí. Quédate tranquilo.

Nada ganas con estas tonterías. -Hay algo que debo hacer.

Ya, ya...

Buscar a tu general, ¿verdad? No te apures,

mis hombres lo están buscando.

-¿Tus hombres? Sí.

-Entonces, ¿piensas entregarlo?

Oye, secretario, eso es lo que le he dicho

al general de los Heros para que no me retire su confianza.

Pero no esperes más colaboración de mi parte.

-¿Me harías un favor si te lo pidiera?

Depende de lo que sea.

-El caballo ha regresado a las cuadras solo y agotado.

Algo le ha pasado a David.

-No deberíamos haber salido de Madrid.

-¿Qué pretendes, que no mueva ni un dedo?

Se trata de mi padre y del hombre al que quiero.

Mañana al amanecer saldré a buscarlos, te lo advierto,

y no me detendrán tus ruegos.

-No deberíamos haber salido de Madrid.

-Parece que está triste la niña.

-Iremos a consolarla.

(RÍE) Tú a la vieja.

-No, no, ni hablar, eso habrá que echarlo a suertes.

-Esos no hacen más que mirarnos.

-Cara la vieja, cruz la niña.

(RÍE) Te tocó.

-Este no es un lugar para mujeres decentes.

Nos confunden.

Vamos a retirarnos, niña. -Vete tú a dormir

y a rezar tus oraciones, yo me quedo aquí.

-Pero, ¿qué dices?

-Son gentes del lugar y... deben saber algo.

Les dejaré que se acerquen y les tiraré de la lengua.

-¿Te has vuelto loca? -No.

-Nos gustaría invitar a la señora.

-Por favor, caballeros. -Vámonos.

-¡Ay, Dios mío!

-Es una descortesía... -¡Déjeme!

Tranquila, ¿un traguito? Probaré yo primero.

Buen vino.

-¡Ay!

(GRITA) ¡Ay!

-¿Estás mejor? -Sí, sí, qué horrible.

-Gracias.

El dueño de este reloj me ha enviado a buscarla.

Cálmese, estoy seguro de que no han cogido a su padre.

-Le conozco, no se contentará con ponerse a salvo,

no abandonará a esos amigos que han caído prisioneros.

Y ese general de los Heros no cesará hasta atraparle.

Lo sé. -Incluso ha llegado a ofrecerle

el perdón del rey a Curro Jiménez, el bandolero,

a cambio de que este... Me consta, me consta.

-¿Por qué se refugió en su casa?

Ese muchacho no curará de sus heridas

hasta que usted no esté a su lado.

Relinchos. Ya hablaremos luego. Vamos.

Allí arriba.

-¡David!

¿Cómo estás? -Estoy bien, no te preocupes,

lo peor ha pasado ya.

-Este no es lugar para un herido.

Habrá que sacarte de aquí. -No puedo moverme,

ha dicho el médico que no me mueva hasta que pase un tiempo.

¿Y Curro? -¿Qué Curro?

-El que te fue a buscar.

-¿Curro dices?

¿Curro Jiménez? -Sí.

-Gracias por cuidar de David.

Esto significa que...

¿Que no ha aceptado usted el indulto?

-No, no lo ha aceptado. -¡Entonces es de los nuestros!

-Él cree que no. Mis hombres han hecho

algunas averiguaciones; se ha dictado sentencia

contra los ocho prisioneros.

Serán ejecutados en Sevilla.

-¡Dios mío! -¡Canallas!

El general De los Heros saldrá con ellos pasado mañana.

-Tenemos que hacer algo. ¿Con esa escolta?

Quítatelo de la cabeza.

También convendría quitárselo de la cabeza al general Zúñiga,

que está conspirando por todos los pueblos.

-¿Qué sabe usted de él?

Que va a volver a meterse en la boca del lobo.

Si usted, como hija, le escribiera una carta,

yo podría llevársela. -¿Adónde?

A la botica, donde se reúne todas las noches

con otros que están tan locos como él.

-¡No soy un fenómeno de circo!

¿Queréis dejar de mirarme?

(RESOPLA)

No puedo...

¡No puedo pedirle a mi padre que actúe como un cobarde

y deje a su compañeros abandonados a su suerte!

Se avergonzaría de mí.

-Háblale tú. ¿Yo?

-Sí, a ver si la convences.

Yo no puedo, no tengo argumentos. Pienso igual que ella.

¿Cómo dijo Curro que se llama la botica donde se reúnen?

Botica, no hay otra en el pueblo.

-¿Tú sabes el camino que van a llevar?

¿Quiénes? -La cuerda de presos hacia Sevilla,

¿lo sabes? Claro que lo sí.

-¿Sabrías dibujar un plano?

¿En qué estás pensando?

¿Qué es lo que intentas? -¿Me puedes hacer un plano?

-Usted dijo que mi padre era un loco,

pues bien;

yo he heredado su misma locura.

Lo dije, sí,

pero no lo pienso.

Me gustaría entenderlos... ¿Saber por qué personas

que saben leer y escribir actúan contra toda razón

y hasta contra su propio sentimiento?

-La mayor parte de los hombres actúan por móviles egoístas;

la ambición, el amor, el orgullo...

Pero hay otros, como mi padre o David,

que actúan por móviles desinteresados;

la libertad, la justicia, no para ellos, no,

sino para todos... Para todo el mundo.

Por eso no les entiendo.

A mí siempre me ha movido el hambre, la miseria,

el miedo, la persecución. -¡Mentira!

Usted luchó contra los franceses, ¿no?

Eso era un ideal.

Eso era distinto, eso fue por España.

-También nosotros luchamos por España.

Entonces fue contra un opresor extranjero,

ahora contra los opresores de dentro.

¿De qué le sirve a España ser libre y soberna

si no lo son sus hombres,

si no hay justicia?

¿Cree usted que puede haberla?

-Claro.

Yo he vivido mucho más que usted,

conozco a los hombres, la vida...

¡Justicia...! Cuando uno se la toma por su mano.

-Si los españoles hubiéramos sido tan pesimistas cuando nos invadió

Napoleón, a estas horas estaríamos todos

hablando francés... -¿Interrumpo?

-No deberías moverte tanto. -Déjame, me hace bien.

Además, algún día tendré que marcharme de aquí,

¿verdad, Curro? No hay prisa.

-Sí, ya pero... no voy a quedarme aquí hasta que me eches.

¿Qué te parece Leonor?

Como todos los locos;

muy lista.

(LEONOR RÍE)

(RONCA)

(RESOPLA)

Bufido.

(RELINCHA)

-Este es el campamento del general De los Heros,

tenemos que intentar cortar el camino aquí.

Golpean la puerta. -¡Quietos!

¡Quietos! ¡Chis!

-¡Ya va, ya va! Bonitas horas de llamar.

Golpean la puerta. Se estará muriendo alguien, ¿no?

¿Quién es?

¡Oiga! ¿Adónde va? ¡Pero, oiga!

-General Zúñiga, soy David Espinosa.

-¡Hijo mío! -General, no hay tiempo que perder.

Este es el plano por donde pasará la cuerda de presos

hacia Sevilla. -¡Dios te bendiga!

-¿No dijimos que Dios no existe? -No sé decirlo de otra manera.

Que Dios te bendiga. -Este es el campamento

del general de los Heros, él irá al frente de la tropa,

pasarán por aquí.

Si tú hiciste bien tu maldito plano, y esos tíos

no son completamente insensatos, se habrán ocultado por allí.

Pero los harán pedazos de todos modos.

Habrá que intervenir antes.

Si es que estáis de acuerdo.

Yo no os puedo obligar.

No vamos a ganar nada con esto.

¿Ningún indulto?

Ninguno. ¿Y por qué lo haces?

No lo sé.

Nosotros tampoco lo sabemos pero lo vamos a hacer igual.

Bien.

Nos quedan todavía unas horas.

Vamos a intentarlo.

Graznidos.

Graznidos.

Buenos días, mi general...

Dígale a sus hombres que tiren las armas y dense presos.

Antes de hacer eso, mire a su alrededor.

-Nunca debí fiarme de la palabra de un forajido.

Yo solo dije que preparase el indulto,

no que aceptaba el trato.

Además, en confianza, ¿usted cree que yo podía fiarme

de la palabra del señor ministro?

-Tirad las armas.

-Tirad las armas.

-Atentos.

¡Pero si es Curro! -¿Qué Curro?

-Curro Jiménez.

(GRITA) ¡Curro!

¡General Zúñiga,

sus hombres!

(GRITA) -¡Viva el general Zúñiga!

(TODOS) ¡Viva! -¡Viva el general

Gritos de alegría. -¡Viva!

Bullicio.

Leonor te espera en la venta.

-Gracias, Curro.

¿Volveremos a vernos?

No lo sé.

Pero si alguna vez llegáis al gobierno,

no te olvides de ofrecerme un indulto.

-Pero, ¿no nos considerabas unos locos?

No he cambiado de idea. Pero me gusta vuestra locura.

-¡Están todos libres!

-¿Y mi padre?

-También.

(RÍE)

-Sabía que lo conseguirías.

-No fui yo... Fue Curro con sus hombres.

-¿Por qué lo ha hecho?

-No lo sé.

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Curro Jiménez - El indulto

18 ago 2016

El rey Fernando VII envía un emisario a Curro Jiménez, el indulto a cambio de ciertos servicios.

Histórico de emisiones:
15/08/2012
09/08/2013

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