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Curro Jiménez - En la boca del diablo - ver ahora reproducir video 58.13 min
Transcripción completa

-Empieza.

-Levántese todos

Vamos, arriba, arriba todos.

En pie.

Hagan una fila.

Vamos, deprisa, deprisa.

Vamos a ver, pasa.

Tú,

pasa.

También.

También, venga.

También.

Vamos.

Pasa, pasa.

Usted, señora. Pasa.

Tú también, pasa.

Pasa, pasa, también.

Venga, vamos.

Tú también. Pasa, pasa.

Tú también, señora. Pasa.

Pasa, pasa, vamos, venga.

¡Venga, adelante, adelante!

Parece que estáis dormidos.

¡Venga, a este paso se nos va a hacer de noche!

-¡Daros prisa!

-¡Esos de ahí atrás, que se muevan!

-¡Rápido, rápido!

-¡Venga!

Vamos.

-¡Vamos, deprisa!

¡Este es vuestro jornal! ¡Llegad hasta la marca!

¡Vamos, a trabajar!

¡Venga, venga, que nadie se quede atrás!

-Eh, vosotros, más deprisa, vamos.

-A ver qué pasa con ese. -¡Tú, muévete, muévete!

-Que ninguno se quede atrás. ¡Venga, moveros, moveros!

-¡Deprisa, deprisa!

-A este paso alguno no va a sacar ni para pan.

-¡Vamos, rápido, rápido!

-¿A ver qué pasa por ahí atrás?

¡Rápido!

-Vamos, señora, que aquí venimos todos a trabajar.

-¡Adelante, adelante!

-A este paso no vais a acabar nunca.

-¡Más rápido! -¿Qué pasa? ¿Ya te has cansado?

Sigue.

-A ver, ¿qué pasa con esos de ahí?

-¡Moveros, moveros!

-Nombre. -Victorio García.

-Siguiente. Venga.

-Nombre. -Rafael Márquez.

-Venga, el siguiente.

Nombre. -Luis Fernández.

Siguiente, venga. Nombre.

(MURMURAN)

-No hay derecho. Mirad lo que me han pagado.

Y, encima, nos descuentan la comida.

-A cualquier cosa le llaman comida. -Tenemos que protestar.

-¡Vosotros, a callar! -¡Todos juntos!

-Siguiente. Nombre. -Juan Díaz.

-Venga, otro. Nombre. -Pedro Martínez.

-Siguiente. Nombre. Felipe Gómez.

-Vamos, venga, otro. -¿Y esto nada más

después de todo el día trabajando? -¡No admito protestas!

¡Venga, venga, siguiente! Nombre. -Laureano Perera.

-¡Vamos, tú a la cola! -Otro.

Nombre.

Otro. -Contreras.

-Nombre.

-Esto no es lo convenido. Dijeron quince reales por...

-El día del Corpus no trabajasteis, y naturalmente se os descuenta

la comida y el vino también. -¿Comida?

Llaman comida a esa porquería. ¡Y se atreven a cobrarla!

-¿Qué dices tú? -¡Quiero mi paga completa!

-Villegas, paga lo estipulado, ni un real más.

-Sí, señor. -¿No habéis oído?

¿Os damos trabajo y aún queréis que os regalemos el dinero?

¡Haced la cola y se os pagará a todo el mundo!

-¡Es dinero nuestro! ¡Por quince reales nos contratamos

y nos dais menos de once! -Si no lo queréis, dejadlo.

Y marcharos a casa a moriros de hambre.

Villegas, recoge el dinero.

No nos faltarán brazos.

-Malditos...

¡Canallas, ladrones! Ah...

Ah, ah... -¡Canallas!

-Ah, ah...

Murmullos.

-Si no aceptáis lo estipulado os hago encerrar en la cárcel

por incumplimiento de contrato. Aquí está en señor alcalde,

que os dirá si la ley está de mi lado o del vuestro.

o del vuestro. -Cobrad, es buen dinero.

Si no, ¿de qué vais a vivir el resto del año?

Disparo. -Eh... es Curro.

Murmullos. Es Curro.

Murmullos.

-¡Quietos! Quietos.

Cobrarán,

pero a razón de quince reales.

-Todos a cobrar.

Págales, y sin descuentos.

Los que ya cobraron, a exigir la diferencia.

Tú eres el hijo del amo, ¿verdad?

Dame eso.

¡Dámelo!

Se ve que tu padre te ha educado con esmero.

Pero hay algo que olvidó enseñarte.

No se debe abusar de la fuerza.

Ni pegarle a un hombre indefenso. Está muy feo.

¿Verdad que está muy feo?

No vuelvas a hacerlo.

Estos hombres no hay cometido ningún delito contra su propiedad.

Y usted no ha hecho más que pagarles lo suyo.

Cuidado con tomar medidas contra ellos

o me obligaría a volver y tomarlas contra usted.

¡Las armas al suelo!

¡Tú también!

Trae.

Curro, hay mucho dinero.

Esta es nuestra paga, señora alcalde.

Nosotros tampoco queremos pasar hambre el resto del año.

¡Yija!

¡Yija!

-Si no actúa usted rápidamente y con eficacia contra ese forajido,

iré a Sevilla y hablaré con el corregidor.

-¿Qué puedo hacer, sin hombres, sin armas?

-¡Sin redaños! Por lo menos póngale usted

la cabeza a precio. Estos mismos miserables

que él protege correrán a venderlo si la recompensa es buena.

Sólo les interesa el dinero. ¿Y no me diga que tampoco

tiene dinero? ¡Yo lo tengo!

-No olvidaremos lo que has hecho por nosotros.

Si sirviera para algo... -De momento, para que tu cabeza

y la de tus hombres tengan un alto precio

en esta región. Ya estamos acostumbrados, viejo.

Toma, repártelo entre todos.

-Es mucho dinero. No te preocupes por nosotros,

nos sobra. Además, no es nuestro,

es de don Raimundo, ese alma caritativa.

(RÍE) -Al fin por una vez

podremos hacerle frente. Eso pensaba.

Yo le he amenazado, pero no sirve de nada

mientras le sigáis teniendo miedo al hambre.

-Con esto, las mujeres y los niños tendrán para comer

y los hombres se podrán ir a la costa o a las minas

de las montañas, y encontrar otro trabajo.

Don Raimundo tendrá que ir a buscarnos allí,

y podremos ponerle condiciones.

Avísame si me necesitas. Estaremos unos días

en la Boca del Diablo descansando. -Conozco el lugar.

Escondido, solitario. Y a pocas horas de camino.

Allí estaremos.

Quedarse aquí sería muy expuesto. Tengo fama de generoso,

pero no quiero regalarle mi cabeza a don Raimundo.

-Gracias, Curro.

Por todo.

A ti por habernos llamado.

Una vez, en mi pueblo, pasó algo parecido.

Era una carrera contra el tiempo.

Al hacendado se le perdían las cosechas,

a los jornaleros, que se negaban a trabajar para él

porque era un cerdo como este, se les negaba el pan.

Ganó el hacendado, el hambre llegó primero.

Fue entonces cuando te marchaste de tu pueblo

y hacerte estudiante. A este no le gusta contar su vida.

Te equivocas, me gusta, la que me he inventado.

¿Qué vamos a hacer en la Boca del Diablo?

Esperar a ver cómo acaba esto. El viejo está muy entusiasmado,

pero las cosas no van a ser fáciles.

Tienen que estar todos de acuerdo, y muchos tiene miedo.

Y hambre. ¿Me necesitas en la Boca del Diablo?

¿Por qué? Estamos cerca de mi pueblo

y hace mucho que no veo a los míos.

No, no te necesito. Te esperaremos allí.

Muy bien, vuelvo atrás, conozco un atajo.

Cuidaros. Algarrobo, te traeré una de mis primas.

Guárdatelas, las de tu pueblo tienen fama de feas.

(RÍEN) Tienes razón, pero es hora

de que sientes la cabeza y así no te pasarás

la noche gruñendo. (RÍE)

-Manolo...

Oh... (RÍEN)

-Bendito sea Dios. Qué susto. Pasaba a muchas leguas de aquí

y me llegó el olor de tu cocido. Me entró un hambre terrible.

-Adulador. ¿Dónde está padre?

-El en patio. Ten cuidado, no le asustes.

No.

Padre...

-Ah...

Estamos de suerte. Me entraron ganas de veros.

-Por eso lo digo. Yo tengo ganas de verte

muy a menudo, pero no sé dónde encontrarte.

Os escribo. -Y nos mandas dinero,

pero no sé nunca dónde estás. Por aquí.

-Mientras sepa por lo menos que estás vivo...

Toma, sigue.

Esta mañana, entrando den el pueblo vi a una mujer muy parecida

a Luz Moyano. Como dos gotas de agua.

-Una gota. Es Luz Moyano.

Pero ¿no se había casado con uno de la costa

y se había ido del pueblo? -Sí, pero volvieron.

A él las cosas le marcharon mal.

-Y vinieron a probar fortuna aquí, imagínate.

No dio muestras de reconocerme. -No es ceguera, es vergüenza.

Cuando era novia tuya, era guapa y alegre.

No ha querido que la vieras en la miseria.

Cacareos.

Hola, Luz.

No, no te levantes, sigue cosiendo.

Esta mañana no me has reconocido.

¿Tanto he cambiado?

Para ti, sin embargo, no ha pasado el tiempo.

-No has cambiado nada.

Sigues siendo un embustero. ¿Ya vas a empezar a reñirme?

(RÍE)

-Sí habrá pasado el tiempo.

¿A que ya no me querrías como novia?

-No, no voy a ponerte

en esos apuros, Manolo.

Me casé.

¿No lo sabías?

Te esperé dos años

sabiendo que no volverías

y que no eres hombre para atarte a nadie.

Siempre he sido un estúpido.

(RÍE) -No te disculpes, todo está enterrado.

Conocí a un hombre y te fui olvidando.

¿Lo conozco yo? No, no creo, no es de aquí.

Es Daniel, mi marido. -Hola.

-Manolo es del pueblo, es el hijo de Manolo Revuelta.

Hola. -¿Cómo te fue?

-Nada nuevo. ¿En qué trabajas?

-En el campo, como todos. Antes vivíamos en la costa.

Yo tenía una barca, pescaba. Pero las cosas fueron mal y...

-No tendríamos que habernos ido de allí.

¿Tenéis hijos? -No.

Bueno, os dejo. -No, hombre, espera.

Para un amigo siempre hay un trago.

-Daniel conoce a tu padre. Le estima mucho.

Es un buen hombre. No sé a quién habré salido yo.

-Tu padre ayuda a todo el mundo.

Al pueblo entero, si puede. Con el dinero que tú le mandas.

-Toma, hombre. Bebe.

Gracias.

Pero ¿qué ha pasado? Esas tierras daban trabajo,

pero eran buenas. -Dos años de sequía.

La tierra endureció. Casi todos tuvieron

que malvenderlas y los que las compraron

no se han preocupado de cultivarlas.

Ahora trabajamos para los demás, para los grandes propietarios

de la comarca. -Cuando hay algo que hacer.

-Vamos, mujer, las cosas no van bien

en este momento, pero algo saldrá. Hay que confiar.

-¿En qué?

¿En morirnos de hambre?

Tendríamos que irnos de esta maldita tierra.

-¿Adónde? -No lo sé.

A América, adonde sea, pero irnos.

En el pueblo te quieren. -Procuro ayudar, nada más.

Pero no es mucho lo que puedo hacer.

El pueblo es como una casa demasiado grande para mis recursos.

Cuando llega tu dinero es un día de fiesta.

Procuraré mandar más a menudo, no sabía que las cosas

iban tan mal. -Bastante haces, hijo.

Tú no eres rico, y me imagino lo que te cuesta ganarlo.

Padre, quería decirte algo. -Deberías dormir,

si quieres salir al amanecer.

Pero es algo que nunca te he dicho. -Yo no te he preguntado nada.

Pero, padre... -La gente que se quiere

no tiene necesidad de decírselo todo.

Tú eres mi hijo y llevas tu propia vida.

Cuando quiera saber algo, te lo preguntaré.

Sí, padre. -Vamos, échate.

Por lo menos unas horas. Tienes que dormir.

(SUSPIRA)

Dolores, Dolores...

A la cama.

-Llámame antes de irte. Te prepararé unas tortillas

para el viaje.

-No tardes en volver.

Seguro que no, padre. Buenas noches.

-Buenas noches.

Hola, Luz.

Vengo a despedirme. Volveremos a vernos.

-No sé si nos encontrarás aquí la próxima vez.

¿Tendré que irte a visitar a América?

(RÍE) ¿Puedo ayudaros?

-Daniel es demasiado orgulloso. ¿Y tú también?

-Sí.

Era uno de los motivos por lo que siempre reíamos.

¿Te a cuerdas? Tú me llamabas orgullosa.

Y tú a mí cínico. (RÍE)

-Eran buenos tiempos.

De todos modos, gracias, Manuel. Y no te preocupes.

Además, nos has traído suerte. ¿Por qué?

-Daniel ha encontrado trabajo. ¿Dónde?

-En las tierras de don Raimundo Olivencia.

A un día de camino de aquí.

¿Y va a aceptarlo?

-¿Crees que estamos en condiciones de elegir?

Saldrán mañana por la noche.

¿Por qué no iba a aceparlo?

Por nada.

¿Cuántos hombres son? -Unos cincuenta.

Pero ¿qué pasa con ese trabajo?

Nada.

Adiós, Luz.

-Adiós.

-Me traes malas noticias.

Si eso es lo que pasa siempre, nunca falta alguien

que tenga más hambre que tú.

De eso se alimentan las aves de rapiña como don Raimundo.

Sí, pero ¿qué pasará? -Pues que él cosechará su esparto

y nosotros nos quedaremos con nuestro orgullo

el tiempo que nos dure ese dinero. Que no será mucho.

Y en la próxima cosecha os hará hacer lo que se le antoje.

-Si es que nos llama y no sigue buscando brazos

allí donde haya más hambre.

Qué pena. Si hubiéramos una vez al menos ganarle la partida...

No está todo perdido. -¿qué vas a hacer?

No sé, algo se me ocurrirá. -¿Vas a avisar a Curro?

No, no hay tiempo que perder, es cuestión de horas. Adiós, viejo.

-Cuando le veas dile que no me equivoqué.

Don Raimundo ofrece una fortuna. ¿Una fortuna por qué?

-Por la cabeza de Curro. Por la de todos vosotros.

Por un simple dato que le permita atraparos.

Andad con tiento, la miseria es mala consejera.

¡Adiós, viejo!

-¿Qué estás diciendo? ¿No te das cuenta?

Es importante para ellos, pero también lo es para vosotros.

Una vez por lo menos ganarles la partida a esa gente.

Que se den cuenta de que no estáis en sus manos,

que os podéis hacer valer. -Perdona, Manolo,

pero hablas como un rico. No sabes lo que es la miseria.

No me hubiera atrevido a hablarte de esto si no te trajera

la solución. Yo soy famoso, y tú sabes muy bien qué clase

de fama es la mía, ¿verdad? -En el pueblo no se habla de eso.

Por respeto a mi padre.

Pero pregúntale por mí a don Raimundo Olivencia.

-¿Qué tienes que ver tú con ese hombre?

Seguramente está dispuesto a pagar por mí mucho dinero.

-¿Pagar por ti? A quien me entregue.

No es que yo sea tan importante, entendámonos.

Él a quien quiere es a Curro. Pero a falta de Curro,

cualquiera de sus hombres puede ser una buena presa.

-¿Y por qué me cuentas a mí todo esto?

Está claro, por dinero.

Mucho dinero. Más que tú y esos cincuenta hombres

podéis sacar reventándoos los ojos y las manos en el esparto.

-Pero... Y ese dinero puedes tenerlo

mañana mismo. -¿Cómo?

Entregándome.

-No le hagas caso.

Está loco.

¿Desde cuándo dejas que tu mujer decida por ti?

Tú no te preocupes por mí, que yo me las arreglaré.

Tú a lo tuyo. Ofreces estregarme,

pides la recompensa y mi caballo y te largas.

-¿El caballo? ¿Para qué? Lo vas a necesitar.

Llevas el dinero al pueblo, hoy mismo, y lo repartes

con la condición de que nadie vaya a trabajar a las esparteras.

Luego te diriges a la Boca del Diablo.

¿Conoces el lugar? -Sí, una vez naufragamos allí.

Encuentras allí a Curro y se lo cuentas todo.

-¿Que te he entregado? Me mata. Que me entregas porque quiero

ganarle la partida a don Raimundo. Y, además, tenderle una trampa.

Le dices a Curro que aguantaré unas veinticuatro horas,

pero después cantaré. El tiempo necesario

para que se prepare. D. Raimundo creerá

que puede cogerle desprevenido. -¿Y entonces?

Será Curro quien lo coja a él, porque se lo habrás contado todo.

¿Comprendes? Métete esto en la cabeza.

Yo aguantaré veinticuatro horas.

-Necesito hablar con don Raimundo Olivencia.

-¿De qué se trata? -Es un asunto personal.

-A don Raimundo no le interesan los asuntos personales

de gentes como tú. -El mío sí.

Tengo un amigo que sabe dónde está Curro Jiménez.

-Pasa.

-¿El Estudiante?

-El que te apuntaba a la cabeza, padre.

-Quiero el dinero y su caballo, en el momento de entregarle.

-¿Para qué quieres el caballo? -Para escapar a Portugal.

Las cosas siempre se saben. No quiero encontrarme

con Curro Jiménez. -¿No podrías llevarnos hasta él?

-El Estudiante podrá hacerlo mejor que yo.

El conoce el lugar, el camino. Me lo ha dicho.

No perdamos más tiempo. No va a esperarme un día entero.

-Salid enseguida. Ve tú con otros tres.

-¿Y el dinero? -Yo lo llevaré, espera fuera.

-En el momento de la entrega, ¿entendido?

No quiero que me vean más por este pueblo.

-No se te ocurra matarlo

o robarle la recompensa.

-Es mucho dinero.

-Pero no podríamos invertirlo mejor.

Hay que alentar a los delatores.

Estos desgraciados por dinero venden a su madre.

Ya verás si el propio estudiante

no nos entrega a su jefe.

-¿Vas a ofrecerle dinero a él también?

-Con él pienso usar otros procedimientos.

-¡Quieto, no te muevas!

Levántate.

¡Ah! Oh...

-Venga. -Andando.

-¡Vamos, camina!

Sigue.

-Toma, lo tuyo. -¿Y el caballo?

-Ahí lo tienes, cógelo. Ah...

-Vamos.

¡Camina! Oh...

-¡Alto!

-Creo que mi padre se equivocó en la cuenta.

A ver tu bolsa. -¡Yija!

-¡Seguidle, quitadle el caballo y el dinero!

-Si te entrego a las autoridades te ahorcarán en la plaza

y expondrán tu cabeza en el primer cruce de caminos.

Más te conviene hablar. No le entiendo.

Anoche bebí demasiado.

-No me engañas.

No hay como un susto para quitar la borrachera.

Usted sabrá. ¿Estaba usted borracho

el día del pago en la plaza? Ah...

Vamos, saque una botella de aguardiente de esa

que sólo beben los hacendados. Ah...

-¿Dónde está Curro Jiménez? "¿Dónde está Curro Jiménez,

que lo busco y no lo encuentro? Cuando llego, ya se fue,

cuando me voy se presenta". ¿Dónde he oído yo esa copla?

(RÍE)

(SUSPIRA)

-Qué loco...

-Los hombres del pueblo ya tienen el dinero.

Me han prometido no presentarse al trabajo.

Ahora tengo que cumplir la otra parte de la misión.

-Ten cuidado, Daniel, tú nunca te has metido

en estas cosas. -Pero una vez metido en ellas

no puedo fallarle a Manolo. Él ha hecho esto por nosotros.

Por todos nosotros.

Y hay varias vidas que salvar.

La suya, ante todo.

Ya deben ser más de las 9.

Han pasado quince horas.

Me dijo que aguantaría veinticuatro.

No tengo tiempo que perder.

-Tendrás que atajar corriendo por la montaña.

-Lo intentaré.

-Te doy de plazo hasta el amanecer. Si entonces no me dices

dónde está Curro, acabo contigo.

¿Puedo dormir las horas que me quedan?

Después le daré la dirección de Curro con pelos y señales.

-Padre,

este hombre está ganando tiempo. Déjelo un rato en mis manos.

-¿En tus manos? -Yo no le tocaré,

pero daré las órdenes.

Vaya a darse un paseo, y así no tendrá que oír sus gritos.

-Está bien. No se te vaya la mano.

Primero tenemos que coger a Curro. ¿Te das cuenta de cuál sería

su represalia su a este le pasara algo?

Vaya tranquilo.

Yo me entiendo mejor con las personas mayores.

-No te preocupes, estos amigos míos

conocen un lenguaje que cualquiera puede comprender.

¡Ah!

¡Ah, ah!

¡Ah!

¡Ah!

¡Ah!

Un gallo canta.

-¿Qué? ¿Nada? -Nada.

-Bueno,

pues se te acabó el plazo.

Llevo veinticuatro horas en sus manos, ¿verdad?

-Sí. Es cierto, veo la luz del alba.

Y oigo el canto del gallo.

Y el olor a Rocío llega hasta la Boca del Diablo.

-¿Qué dices?

Curro está en la Boca del Diablo.

Es un lugar apartado, nunca va nadie.

Él, con dos hombres. Desprevenido, descansando.

(SUSPIRA)

Toma, dame la cantimplora.

Ese es mi caballo. -Pretendía llevárselo

el que te delató, pero se lo quitamos.

Con él nos llevarás hasta Curro Jiménez.

Ah...

-En marcha.

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Curro Jiménez - En la boca del diablo

11 ago 2016

Un cacique y su hijo, al mando de unos hombres armados, se dedican a reclutar trabajadores para la recolección de productos, explotándoles míseramente y no pagando lo convenido. Curro Jiménez tendrá que intervenir.

Histórico de emisiones:
26/07/2012
25/07/2013

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