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3700712
Curro Jiménez - Con las horas contadas - ver ahora reproducir video 49.29 min
Transcripción completa

-Pase, la puerta está abierta.

Buenos días, abuelo.

-Hijo, qué alegría...

Nunca pensé que volvieras. Pues ya lo ve, se equivoca,

he vuelto. Usted no ha cambiado nada.

-Tú tampoco. -¿Cómo has llegado hasta aquí?

Muy fácil.

Con esto

y con un testigo de buena amistad.

Bueno, y con ayuda de su vecino.

¿Y Carmen?

-Está bien, gracias a Dios.

Ahí fuera la tienes, junto al pozo.

¿La vio el médico? -Sí.

¿Y qué dijo?

-Tuvo que operarla. Pero, ¿corre peligro su vida?

-No. Eso es lo que realmente importa,

¿no?

-¿Has venido solo? No, el Algarrobo me acompañó.

Está fuera, con los caballos. -¿Y Curro?

Trabajando. -Ah...

¿Y su nietecito?

-Está en un colegio, en Córdoba.

Encontramos un tesoro, ¿no lo recuerdas?

¿O sea, que lo encontraron?

-Sí.

Vamos, anda,

dile al Algarrobo que pase.

Tengo un vino que le gustará.

Relincho.

Algarrobo. ¿Qué?

Ven.

Anda, ve a saludar al viejo, que está esperándote

con un trago de vino. ¿Adónde vas?

Perdona. ¿Cómo está ella?

Bien, el médico ha dicho que no tiene nada.

Canto de gallo.

Carmen.

-Ah...

Ah...

Ah, ah...

Ah...

Ah...

Ah, ah...

(SUSPIRA)

¿Te encuentras bien? -Sí, me encuentro bien.

Ahora. (RÍE)

¿Hasta cuándo te vas a quedar? Hasta siempre,

si pudiera. -¿Quién te lo impide?

Tantas cosas... El abuelo, entre ellas.

No le encontrado muy dispuesto.

Además, sigo siendo un bandolero.

-Oh, vamos, no es eso.

Mi padre tiene celos, eso es todo.

Parece mentira lo poco que os conocéis los hombres

los unos a los otros. Hasta hoy me tuvo sólo para él.

(SUSPIRA)

Me siento tan feliz que... que me gustaría correr,

saltar...

Pero sigo siendo una inválida.

Eso no tiene importancia. Ya me tienes a mí

para que te ayude. ¿No lo ves? (RÍE)

-¿Y después, cuando te vayas? No pienses en el mañana.

Lo dicen las Santas Escrituras:

"No hay que pensar en el día venidero.

Le basta a cada día su propia afán".

San Mateo, versículo del mon... No, no, sermón del monte...

Versículo... Bueno, un versículo, no me acuerdo cuál.

(RÍE) -Eres un bandolero muy curioso, ¿sabes?

No, no soy un bandolero ahora. (RÍE)

Ya está. (RÍE)

(CARMEN RÍE) -¿La oyes?

-Hacía mucho tiempo que no oía reír a mi hija.

El Estudiante tiene mucha gracia. Es capaz de hacer reír

a las piedras. Hoy, cuando veníamos,

me ha contado un cuento que... Verá usted,

era un hombre que iba por... -No, no es de un cuento

de lo que se ríe mi hija. ¿Ah, no?

Ladridos.

Ah...

Es hora de dormir.

Ladridos.

¿Vienes? -¿Dónde vais?

¿Dónde vamos a ir? A las cuadras. -¿A las cuadras?

¿Por qué no os quedáis aquí? Ah, me parece muy bien, muy bien.

Yo no me acostumbro a dormir en una cama.

A mí me dan un saco de heno y no lo cambio

por el dormitorio del rey. -¿Quieres el último vaso de vino?

No, ya llevo la bota.

Venga, hombre, vamos.

-Quedaos aquí. Si no molestáis, hay sitio de sobra.

Claro, nos quedamos aquí. No seas señorito.

Nuestro sitio son las cuadras, allí estamos más seguros,

junto a los caballos. Tenemos que dormir

con un ojo abierto y otro cerrado, nunca se sabe.

No exageres. (RÍE)

Campanadas. No es para tanto.

No sigas metiendo la pata. Buenas noches.

Anda, vamos, a la cuadra. A tu sitio, animal.

Relinchos.

¡Carmen!

Carmen...

-Chis, no hagas ruido.

¿Qué pasa? -Carmen, ha pasado muy mala noche.

Ahora está durmiendo. Pero...

-No te preocupes, está un poco débil aún.

Y la emoción de tu llegada... Ya sabes, las mujeres.

¿Y esto qué es? Un juego, las damas.

Disculpe un momento, abuelo.

¿Te encuentras mejor? -Sí, no ha sido nada.

A veces me mareo un poco. ¿Quieres que salgamos

a tomar el aire? -Bueno.

-Anda, siéntate ahí. Vamos a jugar.

Es que yo no sé jugar a nada, no... -Si es muy fácil.

Aprenderás en unas horas. No se confíe, abuelo,

otros tardan unas horas, pero este puede tardar lo menos

unos diez días. Qué gracioso.

(RÍEN)

¿Y cómo empezamos? -Pues colocando las fichas primero.

Mira, fíjate.

Esta no me la puedo comer...

Esa tampoco me la puedo comer...

Esta me la como.

¿Todavía estás con eso? No aprenderás nunca.

Llevas dos días sin separarte del tablero.

Tampoco tú te apartas de tu dama.

A los dos nos gustan las damas.

Vaya, hombre, también habrás aprendido

a hacer chistes, ¿eh? Es verdad.

(RÍE) (RÍE SARCÁSTICO)

Es verdad. (RÍEN)

Si la hubiera conocido hace unos años...

Este es un buen lugar para vivir. Pues yo prefiero la sierra.

He cometido muchos errores, demasiados para querer borrarlos

en pocas horas.

Pero si pudiera... Esa mujer te está volviendo loco.

Esta es una buena tierra.

¿Nos dejarías?

¿Tú qué crees que haría Curro si pudiera?

No sé. Hace mucho tiempo que somos amigos, ¿no?

Y lo seguiríamos siendo, pero... la vida que llevamos

no se la deseo a mis amigos.

No te la deseo a ti ni tampoco se la deseo a Curro.

Sí, claro.

Tú has leído muchos libros.

Eso no está en los libros, pero no te preocupes.

Aunque quisiera quedarme, el abuelo no me dejaría.

El abuelo te quiere mucho.

Es verdad,

pero quiere más a su hija.

Y yo soy un bandolero. También lo soy yo.

¿Qué tiene eso de malo?

No sé.

-Así no, te he dicho. En diagonal.

¿En qué?

-Así.

Para mover y para comer siempre en diagonal.

¿Para comer también? Entonces me tendré que aprender

bien este juego.

Oiga una cosa, abuelo,

¿le gustan los bandoleros? -¿Los bandoleros?

No, pero les comprendo. Y si el Estudiante se quedara,

¿qué? -Hum...

Le ha dado fuerte con su hija.

Dice que... dice que si pudiera que...

-No podrá. Es un buen muchacho, yo le quiero mucho

y le debo mucho, pero sé que no vivirían juntos

mucho tiempo.

Ahí va...

-¿De veras no te aburres?

Tanta paz durante tanto tiempo...

Me gustaría continuar así toda mi vida.

(SUSPIRA)

-Jamás pensé que pudiera llevar a ser tan feliz.

Aquí.

No, aquí no puedo comer.

Deja eso, te he dicho mil veces que no aprenderás nunca.

(OLISQUEA)

Huele a guiso. Me voy a comer en diagonal.

Vaya, otro chiste. Muy gracioso.

(RÍE) ¡Otro chiste!

(RÍEN)

-Me voy al pueblo a comprar unas cosas.

Cuídala.

Regresaré por la mañana. No me esperéis a desayunar.

¿De verdad las hay gordas? Entonces vamos.

Oiga, abuelo, ¿cuánto tiempo va a estar en el pueblo?

-Mañana estaré de regreso. Entonces voy a buscar mi caballo.

Relincho.

Un día no creo que sea suficiente.

Relincho.

Espero. (RÍE)

Abuelo...

¿Y el Algarrobo? -Hizo unas amistades en el pueblo

y decidió quedarse. Ya me imagino qué clase

de amistades serían. Estaba arreglando unas herramientas

que encontré en la cuadra. Hay un arado que con muy poco

trabajo puede quedar en perfectas condiciones.

-¿Y Carmen?

Duerme.

¿Sabe una cosa, abuelo? He decidido quedarme.

-¿Quedarte dónde? Aquí, a vivir aquí.

Al menos eso le he dicho a Carmen.

-¿Y tú qué piensas realmente?

Bueno, no sé, me quedaré mientras pueda.

Por estas tierras nadie me conoce.

Y los demás a lo mejor con el tiempo se olvidan de mí.

-Puede ser peligroso. No importa.

Estoy acostumbrado a vivir en peligro.

-Ah... ya estoy mejor.

Ahora me levantaré. -Estás pálida, como siempre.

Te pasará, no te preocupes, tienes que comer más

y descansar más. -A veces pienso

que me habéis engañado. -¿Engañado? ¿Quiénes?

-El médico y tú. (RÍE)

-Pues... no.

Te pondrás bien.

Ya lo verás. -Hum...

Ahora lo deseo más que nunca.

-Ya me dijo el Estudiante que piensa quedarse a vivir

con nosotros. -Oh, creo que le obligué a decirlo.

Pero es que... es que ya no podría vivir sin él.

-Anda, hombre, déjalo ya, compraremos otro.

No, no, este tiene que servir, me estoy volviendo muy ahorrativo.

Relincho.

Alguien viene.

Pregúntele qué quiere.

-A la paz de Dios.

Mi caballo está cojo, se ha herido en una pata.

He andado muchas leguas y... ¿Podría...?

-Puede dejar su caballo aquí. Y descansar un rato, si lo desea.

-Seguro que un vaso de vino no le vendrá mal.

-Al contrario.

-¿Le conoces?

-¿Temes que... que él? Chis.

¿Cómo quieres que sepa yo nada? (SUSPIRA)

-Creo que... creo que voy a ir a echarme un rato.

¿Qué te pasa? ¿Te encuentras mal?

-Estoy un poco... Un poco mareada.

¿Enfadada? -No, no.

Perdona, pero la presencia de ese hombre me ha hecho pensar

en cosas que trato de olvidar. -No debiste venir.

Si tengo que elegir entre tu vida y mi felicidad, márchate.

No he pensado abandonarte, nunca lo haré.

Mi presencia aquí pone en peligro vuestra seguridad,

pero debo encontrar una solución definitiva, te lo prometo.

Te juro que la encontraré cueste lo que cueste.

-Sí, y yo mientras tanto aquí, con el corazón en la boca,

sin saber si te han cogido o si te han matado.

No, me iré contigo. No digas eso,

esa vida no es para ti. La sierra es muy dura.

-Ya.

A veces me olvido de mis posibilidades, ¿no?

Pero yo sé que hay mujeres que viven allí con vosotros.

No vuelvas a repetirlo. Lo que ocurre es que tú no mereces

esa vida. -Tú tampoco la mereces.

Yo he cometido muchos errores que me han condenado a eso.

Nos hemos conocido demasiado tarde.

(SUSPIRA)

-Conozco el lugar, de joven yo era muy viajero.

He recorrido casi toda Andalucía. -Yo también he andado mucho

por esos caminos. Pero no por placer,

sino por trabajo. Mi patrón cría reses bravas

y yo soy el mayoral del cortijo.

Precisamente ahora vengo de Jaén de tasar veinte novillos.

Que no es tarea fácil.

¿Y qué hace usted solo por aquí? -Quise coger un atajo

porque tengo muchas cosas que hacer en el cortijo.

Nunca pensé que pudiera ocurrirme este percance.

Sí, a veces los caminos más cortos se convierten en los más largos,

¿verdad? -Lleva usted razón.

Se abre la puerta.

¿Qué hay? ¿Có...?

¿Tú qué haces aquí? -Yo, nada.

Pasaba por aquí, pero enseguida me voy.

No, tú no vas a ninguna parte. -Llévatelo, mételo en las cuadras.

Vamos.

Vamos.

-¿Qué piensas hacer con él?

No lo sé.

-¿Estás...?

Estás pensando en marcharte, ¿verdad?

Déjame ir contigo.

Ya hemos hablado de eso. No insistas, por favor.

-Pronto descubrirán que estás aquí.

Tienes que tomar una determinación.

Tengo miedo por ti. La tomaré.

No te preocupes.

Me la como en diagonal.

Te toca a ti.

Este es peor que yo, no tiene ni idea de la diagonal.

Vamos, decídete.

¿Estás nervioso? No te vamos a hacer nada.

Al menos, por ahora. -Bueno,

si te empeñas...

Me las come todas.

¿Todas? -Claro.

Vamos, esas manitas a la espalda, que te las voy a atar.

Este tío...

Diagonal, te voy a dar a ti diagonal.

-¿Qué pensáis hacer? ¿Con este?

Ya decidiremos. -Creo que tendría que decidir yo,

porque está en mi casa.

(RONCA)

Venga, arriba, vamos.

Monta a caballo, nos vamos.

Venga.

(RONCA)

Desmonta.

(RELINCHA)

Acércate.

Es una lástima que hayas pasado por allí.

Una lástima. Claro, que si no hubieras sido tú,

hubiera sido otro.

Ten. Venías buscándome, ¿no?

Vamos, cógela.

Quiero terminar de una vez con todo esto.

Sólo voy a pedirte una cosa: que me lleves a Posadas

y me entregues al alcalde. Hay una recompensa.

-No entiendo. ¿Que yo te entregue?

Creí que ibas a matarme y resulta que...

Relincho.

Nunca he matado a nadie porque sí.

Y menos iba a hacerlo ahora.

Es muy largo de explicar.

Tu llegada me ha hecho tomar esta determinación.

-Pero yo... No, tú no tienes la culpa.

La culpa es mía.

Es una culpa muy vieja.

Me entregarás, me juzgarán.

No soy un asesino, y tal vez con unos años...

-¿Qué dices? No sabes lo que hablas.

Te colgarán, si es que no te matan apenas te vean.

El alcalde de Posadas es mi amigo.

No permitirá que me maten sin juicio.

-Te utilizarán como cebo para atraer a Curro Jiménez.

Y os colgarán a los dos. Si me cuelgan,

cuando Curro se entere será tarde. Y si no lo hacen...

-Te colgarán, si te entregas.

Ten.

Toma tu pistola y vuelve.

Yo no diré nada. Nunca pensé decir nada.

No soy un delator. Antes o después

pasará otro cualquiera, y no será como tú.

Debo aclarar las cosas de una vez para siempre.

-¿Lo has pensado bien? Vuelve a la sierra.

Si te entregas, estás perdido. Todo está perdido ya.

El Estudiante es incapaz de matar a una persona indefensa.

Nosotros no somos asesinos. -Lo sé.

Pero a veces se cometen locuras.

(SUSPIRA) No te preocupes, volverá.

Algo se le habrá ocurrido, él sabe lo que hace.

(RELINCHA)

-Ha ido a entregarse.

Debe estar loco. Yo traté de convencerle

para que no lo hiciera.

¿Dónde ha ido? -A Posadas.

-¿Por qué le dejó marchar?

Le matarán. -¿Qué quería usted que hiciera?

-Padre, tienes que hacer algo.

Ha sido por mi culpa.

Te marchabas sin despedirte.

Déjame y no te metas en mis cosas. ¿Adónde vas?

Lo sabes muy bien. Déjame. Pues no comprendo nada.

Anda, échate un trago.

Tengo un mensaje de Carmen para ti.

¿Cómo está? ¿Qué te ha dicho? Baja y lo sabrás.

Nada de bromas, ¿eh? Hombre...

Venga, vamos, ¿qué te ha dicho?

Ah, bebe primero.

¡Uh! ¡Ah!

Relincho.

Lo siento.

Ah, ah...

Eres un cochino traidor.

Ahora recuerdo que no te he dicho el mensaje de Carmen.

¡Suéltame! Sí, ahora, espera sentado.

Pero ¿qué piensas hacer? No te preocupes,

Curro te hará entrar en razón. ¿Es que no puedo entregarme

si quiero? Entregarse...

A veces el amor hace cometer locuras.

Ah, ah...

Voy a por agua.

Ah...

A ver si te ahogas.

(SUSPIRA) No me acostumbro a que seas mi prisionero.

Vamos, levanta.

Ven aquí.

Ah...

Ah...

Oye,

dame un cigarro de aquí, del bolsillo.

Ah, ah...

Ah...

Relinchos.

¿Echamos una partidita?

Mira.

¿De dónde has sacado eso?

Me lo dio el abuelo.

¿Cuál muevo de las tuyas?

Esta, la de la izquierda.

¿Está? Ajá.

(RÍE) No, esta no, que me ganas

la partida. Bueno, pues mueve tú

la que quieras entonces.

Esta.

Me la como en diagonal y me la como en diagonal.

(RÍE) Dame el cigarro, anda.

Pues ahora mueve la que quieras, que tienes la partida perdida.

Anda, date la vuelta.

¿Y ahora por qué me sueltas? Me has ganao.

Pero estate quietecito, ¿eh? Si tengo que atizarte otra vez,

a lo mejor no tienes que entregarte.

¿Jugamos otra partida?

Ah...

Anda, pero ¿te has vuelto loco?

Me lo había dao el abuelo.

Me cago en la leche que te han dao...

Ah...

Ah...

Relincho.

¡Eh! Eh, ¿dónde vas?

(RELINCHA)

(JADEA)

Si no te hubieras ido te daría un puñetazo...

-Aquí hay un señor que quiere hablar con usted.

-¿Cómo se llama? -No ha dicho su nombre.

-Está bien, dile que pase. -Pase usted.

-¿En qué puedo servirle? Muchas gracias, señor alcalde,

pero es inútil.

Soy el Estudiante, el lugarteniente de Curro Jiménez,

y he venido a entregarme. -Alguacil, llévele al calabozo.

¿Por qué lo has hecho? No lo sé.

La verdad es que no he encontrado otra solución.

-¿La muerte te parece una solución? No.

Espero un juicio legal y estoy dispuesto a pagar

por mis culpas. -Debiste hablar conmigo

antes de entregarte. Os conozco bien

a Curro y a vosotros. Conozco vuestras culpas.

Pero yo no soy el que va a juzgaros.

Quien lo haga sólo verá la posibilidad

de dar un escarmiento. O, en el mejor de los casos,

emplearte como cebo para que Curro Jiménez

intente ayudarte.

En fin, has cometido una locura que no consigo entender.

Sólo hay una cosa que comprender. Quiero vivir como una persona,

no como un animal perseguido. -Está bien, si tú lo quieres así...

Estoy dispuesto a ayudarte en todo lo que pueda.

Lo sé.

-¿Estaba enterado Curro de lo que pensabas hacer?

No, qué va.

-En buen lío estamos metidos.

Suerte, alcalde.

-Nos va a hacer falta.

Nada pude hacer. Se presentó de sorpresa y...

-¿Y Curro? ¿Dónde está Curro? -No, Curro está bien.

El Estudiante me ha dicho que nada sabe de esto.

-Es que algo tenemos que hacer, no podemos permitirlo.

-Tiene que haber una razón muy poderosa

para que se haya entregado de esta forma.

Tan poderosa como para no hablar de ella.

Por ahora, nada podemos hacer.

-So, so... Toma.

Espérame aquí, enseguida vuelvo.

-¿Estás seguro de que el alcalde es amigo de ellos?

-Él me lo dijo.

-Esta noche llegarán de Córdoba el juez y el fiscal.

El juicio se celebrará mañana y temo que sea muy breve.

La verdad es que las posibilidades de que no lo cuelguen son remotas,

por no decir... inexistentes.

Es un lugarteniente de Curro Jiménez

y eso la justicia no lo puede perdonar.

-¿Puedo pedirle un favor? -Sí, diga lo que sea.

-Mi hija quiere ver al prisionero. ¿Puede?

Hemos hecho un largo viaje sólo para eso.

-Ah, su hija...

Ahora comprendo.

No se preocupe, mientras el juez no esté aquí,

el responsable soy yo.

Se abre la puerta.

No debiste venir. -Ah... ¿Lo crees así?

¿A pesar de encontrarte en esta situación por mi culpa?

Tú no tienes culpa de nada.

Quiero que los dos vivamos en paz.

Ten confianza.

-¿Por qué has hecho esto sin avisarme? ¿Por qué?

(SOLLOZA)

Vamos, vamos.

Anda, vete a casa, no estás bien. -¿Qué importa eso ahora?

Quiero estar contigo... siempre.

Sabiendo que tú lo quieres

ya nada me apartará de tu lado.

Ten fe,

ten fe tú también.

De acuerdo.

-Mañana a primera hora daremos comienzo al juicio.

Espero que sea breve. -Señor juez,

sigo creyendo que tendríamos que haber trasladado al prisionero

a Córdoba. -Todavía estamos a tiempo,

¿no le parece? -El prisionero

se ha entregado aquí y aquí se le juzgará.

-Un juicio en Córdoba sería mucho más efectivo.

A través del prisionero juzgaríamos a Curro Jiménez.

Y condenando a Curro Jiménez condenamos a todos los que osan

levantarse en armas contra la justicia.

-¿Condenamos, señor fiscal? ¿No cree que se anticipa?

El juicio se celebrará mañana.

-Pero

no estamos juzgando a un vulgar salteador de caminos.

No, señoría.

Estamos juzgando al lugarteniente del peor facineroso de Andalucía:

Curro Jiménez.

-Hum...

-Creo, señoría, que hoy este tribunal

no juzga sólo a un delincuente,

sino a la delincuencia en general.

En mi opinión hay que dar un escarmiento de una vez

para siempre en la persona de este hombre

a todos aquellos que están acabando con la paz y la tranquilidad

de nuestras tierras.

Por eso,

yo pido para el acusado

la pena de muerte.

-¿Tiene algo que decir en su descargo el acusado?

No. -Póngase en pie el acusado.

Teniendo en cuenta los múltiples y comprobados delitos del reo,

este tribunal le condena a la pena de muerte.

-Le han condenado a muerte.

(SUSPIRA)

-Mira.

-Ah...

No, no.

Ah...

(LLORA) ¡No, no!

Ah...

(LLORA)

¿Y Carmen? ¿Cómo está?

-Mal.

Ha estado mal desde siempre.

Te he mentido. Carmen se muere.

El médico dijo que no hay remedio posible.

Hace tiempo que lo sé, pero guardé silencio

porque no quería correr el riesgo de que ella se enterara.

Cuando apareciste por aquí, estuve a punto

de contarte toda la verdad, pero no me atreví.

Pensé que si lo ignorabas

podrías hacerla verdaderamente feliz,

aunque fuera por poco tiempo. Y no me equivoqué.

He sido muy egoísta.

He debido contártelo todo a tiempo para que no llegaras

a esta situación.

Carmen está fuera.

Quiere verte.

No he podido evitarlo.

Perdóname.

(LLORA)

-Oh...

Ah...

Tenía que verte.

Yo también quería verte a ti.

-No sé qué decirte.

Todo te lo he dicho ya.

Ah... Ven, siéntate.

(SUSPIRA)

(SUSPIRA)

(SUSPIRA)

Quiero que sonrías.

-Ah...

Eso es.

Cuando he sido más feliz es el tiempo que he estado contigo.

Eso lo vale todo.

-¿Y mañana?

¿Mañana? No, no, no pierdas la sonrisa, no.

Eso es.

-Hum...

Cuídate. ¿Lo harás?

-Uh...

(LLORA)

-Tenemos que hacer algo.

No podemos abandonarle en estos momentos.

El Estudiante, Dios mío...

Tan joven, tan lleno de vida...

Algo tenemos que hacer. -¿Qué quieres que hagamos, mujer,

si él mismo se ha entregado y no hará nada por huir?

Es como un suicidio. -Pero todavía no acabo de creerlo.

Y aquí, en nuestro pueblo.

Dios mío, no podemos quedarnos con los brazos cruzados, Juan.

-¿Crees que a mí me gusta saber que va a morir?

Pero no puedo hacer nada. Tú no puedes hacer nada.

Nadie puede ayudarle. -¿Nadie?

Llaman a la puerta.

¡Curro! Ah...

-Ah...

Hola, molinera. -Ah...

¿Qué hay, señor alcalde? -Bienvenido, Curro.

-Sabía que vendrías. No quise decirlo,

pero lo presentía. ¿Y Frasquita? ¿Sigue en Córdoba?

-Sí, pero... Tengo unos regalos para ella.

Después los traeré. ¿Y los estudios? ¿Bien?

-Sí. ¿Tiene novio?

-No, aún no. ¿Me sigue siendo fiel?

-Sí. (RÍE)

Estás más viejo, Juan. -Anda, anda,

pasa y tómate una copa. Y tú siempre tan buena moza.

Pon otra para Algarrobo, enseguida vendrá.

Está con los caballos. Por el señor alcalde.

(RÍE)

(RÍE) Alcalde, ¿quién lo diría?

(RÍE)

Este debe ser un mal pueblo, ¿no? Mala gente.

-¿Por qué lo dices? Haberte elegido a ti...

(RÍE)

¿Confías en alguno? -En casi todos.

A muchos tú los conoces. Bien.

Hablaremos con ellos.

-Debes tener fe. ¿En quién?

-En Dios. Ya.

-La vida no acaba aquí. Quisiera creerle.

-Sólo los arrepentidos disfrutan de ella.

Ni siquiera estoy seguro de qué he de arrepentirme.

-De los males que hayas hecho. Por ellos pago con mi vida.

¿No es bastante? -Para Dios no.

Sólo los que tienen fe pueden salvarse.

¿La tienes? Necesito tenerla.

Campanadas.

Redobles.

-Nadie.

-¿No le extraña? -A mí no.

-¡Alto!

-Perdóname para que Dios te perdone.

Te perdono.

Redobles.

(GRITA)

-¡No disparéis!

Disparo.

-¿Quién... quién es usted? Suéltelo.

Dé orden de que lo suelten.

-¡Soltadle!

Me quedaré con ella en resto de su vida.

Desgraciadamente será muy poco tiempo, al menos eso pienso.

Haremos correr la voz de que sigues con nosotros.

Así te buscarán por otro lado.

Es lo único que podemos hacer por ti.

(RELINCHA)

¡Carmen!

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Curro Jiménez - Con las horas contadas

21 ago 2016

El Estudiante vuelve a visitar a una joven enferma con la que ha tenido relaciones amorosas. La apacible vida hogareña y las exigencias de Carmen le deciden a dejar su vida de bandolero.

Histórico de emisiones:
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