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No recomendado para menores de 12 años Águila Roja - T3 - Capítulo 38  - Ver ahora
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-Una bola. ¿Es un número? Sea lo que sea lo averiguaré.

-El único heredero del trono no se muere.

Son los duques de Somoza. A él lo han matado de un golpe

en la cabeza y a ella parece que la han asesinado.

-La madre Isabel de Montejo, por fin llegada de las colonias

para serviros. Dice que ha sanado moribundos

con sus propias manos. Es cierto.

¿Por qué estás en esas peleas? -No te metas en mi vida.

-La madre Isabel ha venido a pediros algo.

-Dada la cercanía de su palacio con la morada del rey

me gustaría hospedarme aquí, si no tiene inconveniente.

-Ah, pero usted... a sumarlos. ¿A qué has venido?

-El rey me ha llamado para aliviar el dolor del infante.

No sé lo que pretendes, pero te quiero lejos de aquí.

-Eso será si Dios quiere. Sátur, Sátur, lo tengo.

Son las coordenadas de un mapa. Un lago.

Lucrecia, ten...

-Tenemos una cita con mis padres, ¿no te acuerdas?

Ahí dentro puede que haya algo que me ayude a entender

mis orígenes. -Tiene usted el alma

manchada de sangre, majestad. -¿Cómo se atreve a hablarme así?

-Un espléndido golpe de efecto, madre abadesa.

-Esta tarde vendrás al espectáculo, ¿no? Va a venir una bailarina

exótica, un tragafuegos... Ah, y la bestia humana.

(RUGE)

Tengo entendido que su hijo desapareció hace varios años.

-Y apareció ahogado en un pozo pocos días después.

Desde entonces descansa en el mausoleo familiar.

Miente. -Cada vez nos ven más tiempo

juntos, van a empezar a hablar. -Pues que hablen.

No hemos hecho nada. -Ni lo vamos a hacer.

Soy una mujer casada.

María Isabel...

-La bestia tiene los ojos del demonio.

Los ojos del heredero constituyen la manera más fiable

para reconocerlo. -Cada uno es de diferente color.

-¿Me está diciendo usted que el salvaje

es de rancio abolengo? Ni se te ocurra pedirme perdón.

¿Desde cuándo te has vuelto tan moralista?

-Vamos a liberarlo. -El cónclave portugués

exige con premura la firma de su majestad.

-Debemos gestionar su dolor con paciencia

o no conseguiremos nuestro propósito.

-Ah, ah... -¡Ah!

(GRITAN)

-Una mesa, seis participantes y seis pistolas.

Sólo una de ellas estará cargada.

-Cuenta conmigo.

-Están cifradas. Necesito saber qué dicen.

Disparo. -¡No!

La vida de un niño corre peligro. Necesito saber el lugar exacto

donde usted abandonó a su hijo.

Aquí es. Este es el lugar exacto que señala el mapa.

-¿No será esa cruz la pista que andamos buscando?

(GRITA)

Ahí está. -¿Está el qué?

El sitio al que tenemos que ir.

Tenemos que ir en esa dirección.

-La luz marca la dirección hacia la que ir. Eso está claro.

Pero ¿cómo vamos a saber dónde parar?

No lo sé. Lo lógico sería que la luz señalase

algún punto en concreto. -O no.

Que me lo estoy viendo venir.

Nos vamos a poner a cabalgar detrás de esa luz,

nos vamos a salir del mapa, vamos a cruzar un mar, otro mar

y acabaremos como Marco Polo, dando la vuelta a la Tierra.

Ese fue Elcano. Marco Polo fue a China.

-Perdóneme, pero sabré yo dónde viajó Marco Polo.

Que todavía recuerdo una vez en Venecia dando un paseo

en góndola con él, que me vendió un libro

que acababa de escribir sobre su viaje. Lo que me cobró.

Sátur, Marco Polo murió hace más de tres siglos.

-¿Tres siglos?

La cuestión es que sigue sin saber adónde.

Qué tontería. -El fraile escondió esta bolita.

Sería por algo, digo yo. Precisamente por eso tengo que ir.

Igual así averiguo quién era Agustín

y por qué quiso matarnos.

-Vamos...

Graznido. Mira eso.

(GRAZNA)

-Tápese los ojos, amo, que viene hacia nosotros.

(GRAZNA)

Tiene un mensaje.

-¿Un mensaje?

¿Quién nos ha podido enviar un mensaje?

Alguien que ha visto la luz y se ha creído

que éramos Agustín. -¿Me dice que el fraile

utilizaba esa bolita pa ponerse en contacto con alguien?

Hay que joderse. Es más retorcío que una balaustrada, amo.

(LEE) Nos vemos en dos días en el Pozo del Infierno.

A las seis.

-¿El Pozo del Infierno?

-Majestad, ¿cuándo deseáis hacer público el óbito

del infante?

-La muerte del heredero quebrará la poca esperanza

que le queda al pueblo.

Mañana a primera hora quiero que hagáis

el comunicado oficial.

se decretarán tres días de duelo, tal como se hizo

con la defunción del anterior heredero,

mi hijo Tomás Carlos.

Así se hará, majestad.

Señor, te pido por mi futuro hijo

que nazca sano y sea varón.

Es imprescindible para la supervivencia de la corona.

Acabaré con las guerras si así lo deseáis.

Pero concédeme un heredero.

-Majestad,

la reina ha tenido las primeras contracciones.

-Avisadme cuando se haya producido el nacimiento.

Tengo asuntos de estado que atender.

-Majestad, mi más sincero pésame.

-El rey ha pedido a Dios un varón sano.

Sólo en ese caso firmará la paz con Portugal.

Estamos en manos de la naturaleza.

-La naturaleza es tan manipulable como los propios hombres.

La reina tendrá un hijo varón.

-¿Y cómo está tan seguro? Podría ser una infanta.

-He dicho que tendrá un hijo varón.

Ruido. Ah...

-Señora...

Catalina... ¿Qué haces aquí?

-Disculpe, señora, es que me queda un rato más terminando.

Ya está durmiendo todo el mundo.

Bueno, todo el mundo excepto la madre abadesa,

que aún no ha vuelto. Ya lo sabía, Catalina.

-Pues si no necesita nada más la señora.

Puedes marcharte. -Con Dios, entonces.

Con Dios, Catalina.

Bullicio. -Una mesa, seis participantes

y seis pistolas. Sólo una de ellas estará cargada.

-Cuenta conmigo.

Llaman a la puerta.

Juan... -Pasa.

Acabo de acostar a Alonso y he venido a ver qué tal estabas.

-Si me das un momento me cambio y damos un paseo.

Venga, date prisa.

Este hombre...

Ay...

-Qué ganas de... Hola.

Buenas. -Qué ganas de llegar a la casa,

hija. No sé si me duelen más los pies de caminar

o la cabeza de escuchar a mi señora.

Si no lo sabes tú... Mira este hombre cómo lo tiene to.

Manga por hombro. -Espera, que te ayudo.

Ha tenido hoy un día fino la señora.

Como siempre.

-¿Y esto?

Ay, que ya sé lo que va a ser.

Una joya. Como te quedaste sin el anillo de pedida,

pues pa resarcirte. No, que Juan está en la alcoba

y puede bajar en cualquier momento. -Vamos a ver, si es una ojeadica.

A ver si es de diamante o de qué es.

Oye, ¿esta no es la noble aquella del baile?

Eugenia.

Juan me dijo que se conocían, pero... nunca me dijo

que hubiesen tenido una relación. -Bueno, mujer, tú tampoco

se lo has contao todo, todo a Juan. Que todo el mundo tiene un pasao.

Ya. -Además, ¿esta muchacha

no va a casarse, que le estás haciendo tú misma

el traje de novia? Pues ya está. Pero no entiendo por qué guarda

un retrato suyo. Yo no guardo ningún recuerdo

de ningún hombre de mi pasado. -No, tú sólo vives con uno.

-Amo, que yo ya sé que usted no cree en estas cosas,

pero que esto no son fábulas. Esto es la realidad.

Que todo el mundo sabe que en el Pozo del Infierno

fue donde Torquemada achicharró a miles de judíos.

Eso es una leyenda negra. Lo que sí hizo fue convencer

a los Reyes Católicos de que los expulsaran.

-Y en el camino no se ventiló a más de uno, ¿no?

Si el propio nombre lo dice, Torquemada,

que quema a to hijo de vecino.

Ese ha sido el peor de todos los inquisidores

que ha habido.

¿Usted no ha oído a hablar de que el olor a muerto allí

es tan fuerte, que todos los árboles alrededor

salen tronchaos? ¿Tú has estado allí?

¿Lo has visto? -No hace falta ver pa creer.

Que no se llama pozo del Placer, ¿a que no?

Se llama Pozo del Infierno. Por algo será.

Pues no te preocupes porque sólo es eso, un nombre.

-¿Y cómo explica usted que nadie sepa

dónde está ese lugar? Sátur, porque hace casi dos siglos

que no se utiliza. Y no insistas más.

Descubriré dónde está ese lugar e iré a buscarlo.

Y, ahora, anda, vamos, que es ya tarde.

-Eh, un momento.

Que hay una cosa que me va rondando toda la tarde en la cabeza

desde que he visto al pájaro ese. Dime.

-Usted se llama Águila Roja y, bueno, yo no tengo nombre.

Podía llamarme... el Halcón Rojo.

Suena bien, ¿no? El Águila Roja y el Halcón Rojo.

No.

-¡Fuego! ¡Fuego!

-¡Cuidado, Hernán! ¿Qué ha ocurrido?

¡El viento! Ha tirado la vela.

¿Quién ha dejado la ventana abierta?

Podría haber ardido todo el palacio y nosotros con él.

-Tranquilízate, Lucrecia. No puedo tranquilizarme.

Cuando pienso que una de mis invitadas

ha estado a punto de morir en mi propia casa.

-Gracias a Dios la abadesa no estaba.

Hernán, quiero que mañana a primera hora mandes azotar

al criado que dejó la ventana abierta.

-¿Qué ha pasado? Un accidente.

El candelabro ha caído y ha provocado un incendio.

Ha sido una suerte que no estuviera en la alcoba, madre abadesa.

-¿Tenía cosas importantes?

-Nada que no pueda ser reemplazado.

No tenga duda de que repondré todo lo que haya perdido.

Ordenaré limpiar este desastre enseguida.

Mientras podéis instalaros en mi alcoba.

-Marquesa,

no es necesario. Lo es, madre abadesa.

Después de este desagradable incidente mi alcoba es lo menos

que puedo ofrecerle.

Mandaré cambiar inmediatamente las sábanas. Me encargo yo.

Podéis volver a la cama.

Madre abadesa...

Llaman a la puerta.

-¿Cipri?

-Ah, ah... -Soy yo, Catalina.

¿Cipri? -Sí, sí.

Sí.

-Oye, que no son horas, que ya vuelvo en otro momento, ¿eh?

-No, no, si no es mala hora.

Yo suelo acostarme tarde.

Vamos, que soy de los que leen en la cama.

-¿Has aprendido a leer?

-No.

No, bueno, estoy... estoy en ello.

¿Eso es para mí? -Sí.

Nada, que me ha salido masa de más y digo:

"Pues voy a hacer dos bizcochos".

Pa que uno se me quede ahí reseco y eso, pues...

Claro, que a ti a lo mejor no te gusta.

-Me encanta. Me encanta el bizcocho.

-Bueno, pues yo ya no te molesto más. Me voy.

-Catalina...

Yo...

Ya sé que eres una mujer casada. -Cipri...

-No, déjame hablar. Porque lo que me tienes que decir

ya lo sé.

Eres una mujer casada.

Y, además, no estás casada con cualquiera.

Tu marido Floro, mi mejor amigo.

Pero yo...

Mira...

Ya sé que no está bien y...

Y entiendo que tú no sientas lo mismo por mí.

Pero yo

te quiero.

Lo siento, yo...

Ya sé que no puede ser, pero... -Yo también te quiero.

-¿Cómo?

Se comenta en el mentidero de San Felipe que la Inquisición

va a trasladar a un hereje a la cárcel de Toledo.

-No me diga más.

Y vamos a ir a preguntarles a esos desalmaos

por el Pozo del Infierno. Exacto.

Así que cuando terminemos con esto preparas los caballos.

-Ah, también que va a liberar al hereje ese.

Claro, como es de los suyos.

¡Que manía con negar a Dios!

Si todo el mundo sabe que existe. Y que está en todas partes.

Hijo,

a lavarse. -Pero, padre, que me lavé

la semana pasada. Pues por eso mismo, venga.

-Tienen ustedes un vicio pa esto de la limpieza.

La falta de higiene es lo que provoca

la mayoría de las enfermedades. -Y el exceso de higiene también.

Que la roña cumple su función. -Ya, pero a ti un poco de agua

no te vendría mal, ¿eh? -¿Yo?

A mí nadie me se ha quejao del olor de mi cuerpo.

Buenos días. -Señora...

Dime. -¿Huelo yo?

Mal, quiero decir. Ay, Sátur, por Dios...

Campanas. Echas p'atrás.

-Será el niño. -¡El heredero ha muerto!

¡Se hace saber al pueblo que su alteza, Don Felipe Próspero,

ha fallecido! ¡Todas las iglesias celebrarán misas en su honor!

¡Sus majestades los reyes ruegan al pueblo

que rece por su alma! Pobre criatura y pobres padres.

Bendito sea Dios.

-Con lo sano que se le veía cuando estaba aquí, con nosotros.

Pobre Manolillo. -Yo no lo entiendo.

¿Por qué al rey se le mueren todos los hijos?

-Porque como se casan las primas con los primos,

las tías con los sobrinos, las abuelas con los cuñaos...

Pues eso bueno pa la sangre pues no es.

-¿Y ahora? Porque si el rey no tiene más sucesores

se acaba la monarquía. No, la reina está esperando

otro hijo. Ese será el futuro sucesor.

-Ya. Si es una niña...

Las mujeres no pueden reinar, padre.

Habrá que esperar a que la reina dé a luz.

Gritos de mujer.

(LLOROS DE BEBÉ)

-Ya pasó, tranquila.

-Es un varón, eminencia.

-¿Está bien?

Otra cosa no se podrá esperar de las mujeres de si condición,

pero al menos suelen dar niños sanos.

Cuídenlo hasta que vengamos a por él.

-Descuide, eminencia.

¿Puedo preguntarle por el destino del niño?

-Será entregado a una familia que le dará todo lo que necesita.

-Pero ¿y su madre?

-Díganle que su hijo nació muerto.

(LLORA)

-¡Levántate, escoria! (RELINCHA)

-¡He dicho que te levantes!

-¿A que últimamente está mohíno Alonsillo?

Se ve que le había cogido cariño al infante.

Lo sé. Incluso ha insistido en que quería ir a la ofrenda

del lago, a pedir por el futuro sucesor.

-¿Le habrá dicho que sí? No.

-Perdone que me meta, amo, pero ¿qué le cuesta?

Eso es ir al lago, echar las flores y listo.

(RESOPLA) -Y lo feliz que haría al chiquillo.

¿Eh? Iremos, pero esta tarde.

(RÍE)

-Con lo poco beato que es usted y lo creyente

que salió el muchacho.

Los niños necesitan creer en algo.

-Ya. Y los que no son tan niños, también.

A usted más le valdría por lo menos hacer como que cree.

Que no me gustaría que acabase como el hereje ese

que se llevan pa Toledo.

Se agradece la preocupación, Sátur.

-Tómeselo a chacota.

Pero no sabe cómo se las gasta la Inquisición.

¿Usted ha oído hablar de un aparato al que llaman

la cuna de Judas? No.

-Pues lo utilizan pa abrirte un boquete tan que así

en el mismísimo ojal.

Relincho.

¿Y el aplastacabezas?

¿No querrá que se lo explique? Sátur, ya están aquí.

-Maldito bastardo...

Ah...

Disparo. (RELINCHA)

-Ah...

-Ah, ah...

Ah, ah...

¿Dónde está el Pozo del Infierno? (JADEA)

¿Dónde está?

-No es ningún pozo. Es en las catacumbas que hay

bajo la Plaza Mayor. (JADEA)

Encárgate de colocar crespones negros en todas las puertas

de palacio. Sobre todo en la entrada principal.

-Sí, señora.

-Madre, ¿de verdad que es necesario todo esto?

El marquesado de Santillana debe de rendir homenaje

al difunto heredero. ¿Por qué no te has vestido

de negro, como te pedí? -Porque no me gustan esas ropas.

Hazle caso a tu madre, Nuño.

-Ya estuve demasiado tiempo de luto por la de mi padre.

Y, además,

la muerte del hijo del rey me da un poco igual.

Lo que quiere decir tu madre es que tiene que parecer

que te importa. -Ya, pero ¿eso no sería mentir?

No, eso sería política. Muy instructivo, Hernán.

Si me disculpáis, tengo mucho trabajo.

Al pueblo le afecta mucho esas muertes y suele comportarse

de una manera imprevisible.

Madre abadesa, ¿habéis conseguido descansar?

-Sí, muchas gracias, comisario.

Buenos días, Lucrecia.

Buenos días. Buen día, madre.

Si nos excusa, tengo que asegurarme de que mi hijo... Levántate.

Elija correctamente su indumentaria.

-Ay, madre, qué desgracia lo de nuestro heredero.

-Traigo una carta para la marquesa de Santillana. Es urgente.

-No te preocupes, yo se la entrego.

-Catalina, uno de los criados se ha caído colocando un crespón

en la puerta principal. -Válgame Dios.

-Creo que se ha roto una pierna.

-Con su permiso.

(LEE) Ya he descifrado las cartas.

La espero, como siempre, en el cruce del camino de Alcalá.

-Mi hijo...

-Chis, no gastes fuerzas.

Has perdido mucha sangre. -Quiero verle. ¿Dónde está?

-Nació muerto.

-No.

Yo le oí llorar.

-No te preocupes, pronto te recuperarás

y volverás a las órdenes del cardenal.

-No, por favor, con el cardenal no. Se lo suplico, por favor.

-Desconsiderada, deberías agradecer a su eminencia

que se ocupe de alguien como tú.

Retira todo eso.

-No podéis quitarme a mi hijo.

-Catalina... -Cipri, ¿qué haces aquí?

Tú aquí no puedes estar.

¿Qué? -No podía esperar a que salieras.

Llevo toda la mañana...

Vamos...

No te me vas de la cabeza.

Catalina...

¿Qué hace aquí este hombre? -Nada, señora, ha venido a darme

un recado, pero ya se va. Gracias.

-Con Dios, señora.

Que sea la última vez que tratas tus asuntos en mi casa.

Si quieres verte con hombres lo haces en la calle.

-No volverá a suceder, sólo... ¿Esta es toda mi correspondencia?

-Sí, señora. Bueno, vino un emisario

con una carta urgente, pero la madre Isabel

me dijo que se encargaría de dársela.

Estúpida.

¿Cuántas veces tengo que decirte que nadie excepto yo

debe tocar mi correspondencia?

-Lo siento, señora.

(JADEA)

(JADEA)

Suba al caballo.

No podemos quedarnos aquí.

Suba al caballo.

(SUSPIRA)

Mierda.

(RELINCHA)

-Cipriano, estás sonriendo. -¿Yo? No.

-¿Cómo que no? Si te he visto yo que estabas sonriendo.

-Bueno, sí, ¿qué pasa?

-Pues que esta ofrenda no es como pa sonreír.

A ti no te he visto sonriendo en la vida.

Eres el hombre más apenao que me he echao yo a la cara.

-Sonrío porque soy feliz, ¿vale? -Estás raro, Cipri.

Estás mu raro. (RÍE)

Ten cuidado, hijo,

¿Estás bien?

Sí.

¿Por qué lo dices?

Por nada, pero si hay algo que te preocupa

sabes que puedes contármelo.

-Padre...

-¿Y ese carruaje?

-¿Tú qué crees? Estos vienen a lo que vienen.

Este sitio es conocido en toda la villa.

Aquí hay más movimiento que en una mancebía.

(RÍE)

-¿Te acuerdas? -¿De qué?

-Cuando cumplí catorce años. Nos escapamos de mi fiesta

y vinimos aquí. Y mis padres me retiraron

la palabra durante un mes. Un alivio, la verdad.

¿Qué pasa?

-Debemos irnos, tengo pacientes que me esperan en la villa.

-Mis padres no están. Podrías venir esta noche.

-¿Esta noche? Claro. Pero vámonos.

-Así me gusta.

Pacientes, sí; pero tu prometida, también.

¡Cochero, vámonos!

Relincho. -¡Jiá!

-Para que sea varón y esté sano.

¿Eso no es una mujer?

¿Dónde está el comisario? Llegas tarde, Lucrecia,

te estamos esperando para comer.

¿Ocurre algo? No, estoy perfectamente.

Entonces, ¿por qué no te sientas a comer?

No tengo hambre, Hernán. -Siéntate ya, que nos vas a matar

de hambre a todos. Está bien, Nuño.

-¿Un poco de agua? No tengo sed.

-No hay nada como dar de beber al sediento.

Perdone, pero Catalina me comentó que estuvo preguntando

por la carta. Se me olvidó dársela. Disculpe.

¿Ocurre algo? No.

Nada.

Es del zapatero, para que recoja unos escarpines.

Lo extraño es que yo no he encargado ningún escarpín.

Tienes tantos que ni siquiera te acuerdas.

(GRITA)

¡Ha sido ella!

¡Ha sido ella!

Ah, ah...

¡Juan!

Juan, la hemos encontrado en el lago.

¡Alonso! Margarita, llévatelo. Vamos para casa.

-Está muy débil.

Está muy débil.

Uh, uh...

-Ah...

-Parece que respira, Cipri.

-Aún es pronto para saber si va a vivir.

Habrá que esperar unas horas para ver cómo reacciona.

-Dios mío, cuánta sangre.

Juan, ¿qué le han hecho?

-Acaba de dar a luz.

-Si ha alumbrao, ¿dónde está el niño?

Serénate, no ha sido más que un accidente.

¡No ha sido un accidente! Ha sido ella. Ha querido matarme.

Por favor, Lucrecia, ¿te estás escuchando?

(JADEA)

(JADEA)

Encontré las cartas cifradas en su baúl. Ella sabe que las cogí.

(JADEA) ¿Y dónde están esas cartas?

No lo sé, Hernán, no lo sé. Había quedado con un hombre

esta mañana para que las descifrara.

Lo he encontrado muerto en el bosque, Hernán.

Lo ha matado también a él.

Vamos a ver, no sólo tiene unas cartas misteriosas

y ha intentado asesinarte, sino que ha matado a un hombre.

Por favor, se trata de una monja.

Ve a comprobarlo por ti mismo.

Llaman a la puerta.

-Señora...

Comisario.

Señora, los criados me han dicho que esta mañana han estado

limpiando la lámpara. ¿Lo ves? Un accidente,

como el de anoche.

¿Quién ha sido?

-No lo sé, señor. Reúne a los criados.

Puedes retirarte.

-Señora...

Alguien pagará por esto.

No me crees, ¿verdad?

No me crees.

¿Crees que me lo estoy inventando todo?

(JADEA)

(SUSPIRA)

Lucrecia, últimamente has estado muy nerviosa con lo del niño.

Estás muy alterada, es normal. (LLORA)

Te han pasado demasiadas cosas.

Supongo que es muy convincente

cuando estás entre sus piernas.

Isabel no es lo que parece, Hernán.

Todo esto es por celos, Lucrecia.

Debería sentirme halagado, pero ahora mismo me das pena.

¡Hernán! ¡¡¡Hernán!!!

-Ave María purísima.

-Llegáis tarde. -Lo siento, padre, pero la comida

se ha alargado más de lo normal.

-Ya. Mis hombres me han informado de eso.

Y también que habéis estado ocupada en otros menesteres.

-¿Ha mandado seguirme?

-La desconfianza es la debilidad de los que se mantienen vivos.

-Entonces le habrán informado de que el problema

está solucionado.

-Sí.

Y también de que habéis dejado tras de vos

el rastro de un asesinato.

Pero no os aflijáis, ya me he ocupado

de ese molesto asunto.

-Se lo agradezco, eminencia.

-Guardaos las gracias y sed más cuidadosa.

No seré tan condescendiente si volvéis a poner en peligro

mis aspiraciones.

Por cierto, ya tenemos niño.

-¿Y de quién es?

-De Dios, como todos.

El rastro de sangre llega desde el lago hasta aquí.

Pero las huellas se pierden en este punto.

-Pobre Inés...

Y pobre Cipri.

Porque si ya es duro que tu señora te abandone imagínese

lo que tiene que ser descubrir que ha parío el crío

de otro pollo.

Que Cipri es de los que se sube al campanario.

¿No cree que deberíamos volver con él?

Margarita ya se ocupa de él.

Eh, ahora te necesito aquí.

Si Inés acaba de dar a luz puede que el bebé

aún siga con vida. -Pero ¿dónde está ese bebé?

¿Y si no lo abandonó? O si lo abandonó, ¿por qué?

No sé.

Quizá estaba huyendo.

¿De quién iba a huir Inés? Amo, usted siempre viendo

cosas raras. Qué afición.

Fíjate en esa rama.

Tiene una tela. Ahí.

-¿Y por qué le interesa tanto ese trozo de tela roto?

Parece un trozo del sayo de Inés.

No tengo ni idea de lo que le ha ocurrido a Inés

ni de dónde ha estado durante todo este tiempo,

pero te aseguro una cosa, ninguna madre abandona a su hijo.

Al menos no en circunstancias normales.

-En eso lleva usted razón.

Que sólo de pensar que ese crío andará por ahí solo

se me pone un nudo en la boca del estómago que...

Amo, por Dios...

Agárrese bien a la cuerda, a ver si por buscar al hijo

de Inés va a dejar huérfano al suyo.

(RESOPLA)

(SUSPIRA)

(SUSPIRA)

-¡¡¡Amo!!!

¡Amo!

¡Amo, suba ya, que nos vamos los dos!

Ah...

-Cuando volvimos a la celda ella ya no estaba, eminencia.

-¿Mis generosas donaciones a este convento

no os han parecido suficientes?

Me asegurasteis que podía confiar en vos y yo os creí.

Veo que me equivoqué.

-En su estado no llegará muy lejos.

¿Cómo se encuentra el niño? -Le está cuidando la novicia

que ayudó en el parto.

-Podéis retiraros.

¿Cómo está la reina? -Según los pronósticos médicos

dará a luz mañana por la tarde.

-Bien, ya está todo preparado para hacer el cambio.

-Eminencia, introducir a un recién nacido en el palacio real

no es fácil. ¿Cómo vamos a hacerlo?

-Mañana a primera hora mis hombres le entregarán

al niño en el pasadizo que une el convento

con el palacio real. Llevaréis al niño

oculto a palacio. Unas gotas de belladona

le adormecerán lo suficiente para que no llore.

Jadeos.

Una vez en la alcoba de la reina encontraréis a sus médicos

y a su dama de confianza. Ellos ya saben cuál es su papel.

-Lo está haciendo muy bien, majestad.

-¿Seguro que no nos traicionarán? -A todos nos conviene

que sea un varón. Os recuerdo que le estamos haciendo

un favor a la corona. -¡Ya está aquí, ya está aquí!

-En cuanto la reina dé a luz, sustituiréis a la infanta

por el niño que lleváis. -Ha sido un varón.

(LLORA) -Y se lo pondrán en sus brazos

como el futuro rey de las Españas.

-¿Y si finalmente la reina da a luz un varón?

¿Qué vamos a hacer con el niño?

-Madre Isabel, el interés de la corona

está por encima de todo. No será difícil deshacerse

de un recién nacido. ¿Acaso no leéis la Biblia?

Recordad a Herodes.

-Sí, amo, sí, antes de hacer una locura hay que asegurarse.

Porque usted es héroe, pero también es padre.

Si no llego a estar allí pa agarrar la cuerda

nos vamos los dos. Y to por un trozo de tela

mugrienta. Sátur, no es un trozo de tela

mugrienta, es un sayo. -Pues haber pensao otra manera

de cogerla, leche. Porque seguimos sin saber

ni dónde venía Inés ni por qué huía

ni dónde está su hijo.

Fíjate en esto.

Parecen iniciales.

-Iniciales.

¿De quién?

Sátur, no lo sé. -Ah.

Pero si encontramos la otra mitad quizá averigüemos

de dónde venía Inés. Vamos.

Buenas. -¿Qué tal está?

Tiene mucha fiebre.

¿Y el niño? No lo hemos encontrado.

-¿Estará bien, padre?

Espero que sí.

Claro que sí, Alonso.

Los recién nacidos parecen seres muy indefensos,

pero luego son mucho más fuertes de lo que pensamos.

-¡Imbécil!

-¡Cipri!

Ya he salido.

-Ha vuelto Inés.

Está... moribunda.

-¿Moribunda? ¿Dónde?

-En la botica.

Aún no se sabe si... sobrevivirá.

-¿Y tú qué haces aquí? ¿Por qué no estás con ella?

-¿Por qué?

-Pues porque es Inés, Cipri.

Lo que te hizo estuvo muy mal, pero...

Es tu mujer.

-No.

No lo es.

Me abandonó.

-Pero, Cipri, aunque sólo sea por caridad,

tienes que estar con ella. -No.

No voy a ir.

Aquí está.

Trae un poco de agua. -Sí.

Traiga, que ya lo limpio yo. Espera, espera, espera.

Una corona.

Es el escudo de una orden religiosa.

-¿Cómo de una orden religiosa?

No entiendo nada. ¿Qué pinta Inés entre religiosas?

Porque monja ya sabemos que no era. Hay que encontrar este convento.

Seguro que allí saben lo que le pasó al niño.

-Pues a ver por cuál empezamos. Porque conventos en la villa

hay tantos como mancebías. No, Inés en su estado

no pudo andar mucho, así que el convento

tiene que estar cerca del lago.

Llaman a la puerta.

(SUSPIRA)

-Podéis iros ya si queréis. Me quedo con ella.

(SOLLOZA)

-Estaba muy sola.

Y luché con todas mis fuerzas para que no pasara, pero...

Pero le quiero.

Lo siento mucho.

(SUSPIRA)

Puerta.

-Ah, ah...

Ah...

-Madre, que sólo quería saber cómo estabas.

Lo siento, hijo, perdóname. -Madre, que sólo quería saber

cómo estabas. ¡Déjame!

Que es sólo un rasguño.

Ah... ¿Qué te pasa, Lucrecia?

¿Es que ahora duermes con una daga debajo de la almohada?

No voy a permitir que haga conmigo lo que le hizo a aquel hombre

en el bosque. Ya está bien.

Mis hombres han rastreado el bosque y no hay ningún muerto.

¡Yo le vi! Ella lo mató. ¡Basta! Se acabó.

Has estado a punto de matar a mi hijo.

¿Es que te estás volviendo loca?

-Tal vez debería irme.

No tiene nada que ver con usted.

Lucrecia últimamente está pasando por momentos muy duros.

-He visto muchos casos de gente que en situaciones de tensión

reaccionaban de la misma manera. Agresividad, obsesiones,

delirios. Ya, no sé qué hacer.

Nunca la había visto así.

-Los médicos suelen recomendar internar al paciente

en un sanatorio.

Lucrecia jamás dejaría que la internáramos.

Jamás.

-Para curar a alguien a veces hay que ir

en contra de su voluntad.

Aunque en este caso bastaría a lo mejor

con que fuera tratada en casa. Yo conozco un médico de confianza

que puede venir ahora mismo.

-Venga, corazón, que aquí vas a estar muy bien, ¿eh?

Y mañana, antes de irme a palacio me paso a darte un achuchón, ¿eh?

Besos.

-Murillo, Murillo, venga, vamos, que tengo

el campamento preparado en la alcoba.

¿Qué campamento?

-El campamento español, tía. Ni español ni de las indias.

Venga pa la cama que son las tantas.

Y a rezar, que os oiga yo desde aquí.

(SUSPIRA) -Qué felices son.

-Muchas gracias, Margarita. De nada, mujer.

Estando Inés como está lo mejor es que se quede el niño aquí.

-Sí. Dios mío...

Ladridos.

-Mira, tu Juan.

¿Y dónde irá a estas horas? -Mujer, ¿dónde va a ir?

Lo habrán llamao de alguna urgencia.

¿Estando Inés como está? -Margarita, para el carro,

que te veo venir. Inés tiene que descansar.

¿Qué va a hacer Juan por ella?

Margarita, ¿dónde vas?

¿Qué vas a hacer?

-¡Ah! Oh...

Sátur...

-Madre...

Ah...

Ah...

Usted, con un saltito de na lo tiene fácil.

(JADEA) Yo, te tanto escalar, parezco una salamandra.

No me veía en una así desde que tenía que trepar

en los muros pa vigilar a las novicias en pelota picá.

Sátur, tengo que entrar ahí dentro a ver si encuentro al bebé.

-Ya, claro.

¿Y cómo piensa usted hacerlo?

Porque si las monjas ocultaran algo no se lo iban a decir a usted.

Aprovecharé para registrar el convento ahora,

que están todas dormidas.

-Mu bien, mu bien.

Y yo mientras tanto, si le parece bien,

le voy a echar un ojo a las novicias

pa que no se despierte ninguna. No, Sátur, tú mejor te quedas aquí.

Por si acaso.

-Ya estamos...

No...

No grite, por favor.

No se asuste, no... No voy a hacerla na.

Sé que le parecerá raro verme aquí a estas horas,

pero es que... es que estoy buscando a un niño.

Su madre llevaba un sayo de este convento.

¿No le habrá visto usted por aquí?

-Yo no sé nada, márchese. -¿Está segura, hermana?

Si sabe algo, por favor...

Es que es muy importante.

-¡Un hombre!

¡Un hombre!

-¿Dónde vas?

Está ahí.

Pero ¿qué sitio es este?

-Pues un sitio de esos de hombres.

¿Y qué hace Juan en un sitio como este?

-Pues, ¿no lo ves?

Curar a estos pobres infelices.

Anda que también, el pobrecico mío...

En las que se tiene que ver a veces.

¿Cómo he podido pensar mal de Juan?

-Anda, vámonos, que este no es sitio pa nosotras.

Virgen santísima.

-¡Silencio! ¡Silencio!

¡Silencio!

Seis pistolas,

una para cada tirador.

Sólo una de las pistolas estará cargada.

Sólo uno de los tiradores perderá la vida.

¿Quién será el elegido por el azar?

Podéis apostar.

-No ha podido salir, estaba aquí hace un momento.

(SUSPIRA)

¿Qué pasa? Tranquila. ¡Cogedla!

Lucrecia, Lucrecia. ¡No, suéltame!

Es por tu bien, Lucrecia, escúchame.

Tranquila. Doctor... Ah, ah...

Doctor... ¡No!

No, no... Por favor, doctor.

Ah... Tienes que tomarte esto.

Ah, ah...

Ah...

Ah, ah...

Está bien, soltadla.

Espero que esto sea lo mejor para la marquesa.

-Necesitamos relajar su sistema nervioso.

En su situación podría volver a hacer daño a alguien.

Incluso a sí misma.

-¿Cómo se encuentra?

-Necesita mucho reposo.

Yo me quedaré con ella. -Señor comisario,

vaya usted a descansar. No se preocupe.

Yo me ocupo de que nadie la moleste.

Doctor...

-Tranquila, Lucrecia.

No estás sola.

Voy a cuidar de ti.

-¡Apartaos los apostadores!

Sólo una pistola estará cargada.

Sólo un tirador

perderá la vida.

Cuando suene la campana disparad.

¡Coged las armas!

¡Apuntad!

Campanada.

Gatillos.

Gatillo.

Disparo.

-Pobre señora...

Normal que se haya roto, con todo lo que está pasando.

Han estao a punto de ajusticiar a su hijo y eso...

Eso destroza a cualquiera.

-Catalina, Catalina...

Ya está bien.

-Bueno, madre, pues...

Si dice usted que se queda con ella...

-Sí. -Yo me marcho.

-Lucrecia...

¿Te acuerdas cuando éramos criadas

y nos obligaban a bañar a nuestra señora? ¿Hum?

Nos daba tanto asco...

Lucrecia,

mírame.

Mírame.

Que Dios te acoja en su seno.

O no.

-Ah...

Joder con las monjitas.

Son devotas hasta haciendo daño.

Me han dejao el cuerpo con más cardenales que el Vaticano.

Y podría haber sido peor, suerte que escapé de allí,

que si no... Ah. No me ha quedado ni un solo rincón

del convento por mirar.

Es imposible que el niño estuviera allí.

-Ya, amo, pero se le olvida un pequeño dato.

Que Inés llevaba el sayo de ese convento.

Sí, pero eso no significa nada.

Se lo pudo dar cualquiera. -¿Dónde estará ese pobre niño?

No lo sé.

Pero a veces las cosas son más simples y duras

de lo que parecen.

Puede que simplemente.

esté muerto.

-No se torture usted más.

Que nosotros hemos hecho lo que hemos podío.

Sí. Anda, Sátur, vamos, que ya es de día.

-Espere, espere, espere. Espere un momento, que...

Quisiera remendarme yo algo la camisa.

Que mire cómo la han dejao las escolapias.

¿Y esto?

(LEE) El ni..

(LEE) El niño está aquí.

Al mediodía se lo llevarán.

Sátur, tenemos que volver al convento ahora mismo.

Prepáralo todo.

¿Por qué ha dejado sola a la marquesa?

Se había comprometido a cuidarla.

-He tenido que ausentarme.

Si no llego a entrar Lucrecia ahora estaría muerta.

¿Por qué se ha ido?

-Me atacó y tuve que ir a vendarme.

Y, ahora, si me disculpa...

Voy a preparar mi equipaje.

Abadesa...

-¿Dónde está el niño? (JADEA)

-No lo sé.

(JADEA)

Ella lo cuidaba.

Ella debe saber dónde está.

(JADEA)

Ella lo escondió.

-¡No os lo llevaréis!

Hoja. -Ah, ah...

-¡No! -Ah, ah...

Ah...

-O me dices dónde está el niño o tu hermana correrá

la misma suerte que la madre superiora.

Hoja.

-Ah, ah...

-¡Ah, ah!

-Ah... -¡Ah!

-¡Ah!

Disparo.

-Ah. ¡Ah! Ah, ah...

Disparo. -Uh...

-Hermana, hermana. -Ah...

-No se mueva. -Ah, ah...

¿Y el bebé? ¿Dónde está el bebé? -Aguante, por Dios.

(JADEA)

-Ah... -Allí.

Sea más precisa.

(JADEA)

Sátur, el pozo.

(SUSPIRA)

Lloros de bebé.

(LLORA)

(LLORA)

-Ay, la alegría que se va a llevar Inés cuando vea al crío.

Después de cómo las has tratado no me extraña que quiera abandonar

el palacio con tanta urgencia. Por favor, no me digas

que aún la defiendes. No tenemos ni una sola prueba

de lo que dices, Lucrecia. Tú lo sabes.

Yo no la ataqué.

Si hubiera tenido fuerzas para atacarla,

¿no crees que antes hubiera intentado salir

de la bañera? Te he visto tantas veces

sacar fuerzas de dónde no me imaginaba...

Hubo un tiempo en que no te costaba tanto creerme.

Hernán...

Quédate conmigo, por favor.

Soy un caballero, ¿recuerdas?

Debo despedir a la abadesa.

Si vuelves a obligarme a tomar algo en contra de mi voluntad,

te juro que no volverás a ver a Nuño en tu vida.

-Pero, muchacha, ¿qué haces en penumbra,

con la tarde tan bonita que hace?

Piadas.

¿Te acuerdas cuando éramos crías y nos pasábamos la vida en la calle

jugando a los caballeros y a las princesas?

Y tú, como eras la más chiquitaja, siempre había que dejarte

que te rescataran a ti la primera.

Inés...

Inés.

No, no, no, no, no, no, no, no, no.

¡Inés!

Inés.

(LLORA) Inés...

(LLORA)

(LLORA)

(LLORA)

-¡El niño ha aparecido!

(LLORAN)

-Majestad, la reina acaba de dar a luz.

Es un varón.

-Por fin Dios ha escuchado mis súplicas.

Avisad a los embajadores para que informen

a todos los reinos. -Como ordenéis, majestad.

-Las noticias vuelan por los pasillos de palacio,

majestad.

Parece que Dios ha sido generoso con vos.

-Dios actúa siempre con justicia.

Deberías saberlo muy bien.

-Majestad, si Dios ha sido tan benévolo,

¿quizá no debería tener un gesto de agradecimiento con él?

-Madre abadesa, a pesar de sus piadosos consejos

no voy a ceder ante los deseos de Portugal.

España ya tiene un heredero

y voy a dejarle un reino fuerte y unido.

Ahora, si me dispensa,

voy a ver al futuro rey de las Españas.

-Siempre más terco que una mula.

Con su ánimo y mira que querer ir él mismo a avisar al párroco

p'al velatorio... Que pa eso estamos nosotros, amo.

Quiere asegurarse de que a Inés no le falte de nada.

-Eso es verdad. Pobrecillo...

Y pobre Inés, morirse así, sin despedirse de su hijo.

Menos mal que se lo va a quedar su hermana, la de Finisterre.

Aunque Finisterre no sé yo si es un buen sitio

pa criar a un niño. Que eso está lleno de pulpos

y de peñascos.

Eso y que allí se acaba la Tierra. Sátur, la Tierra es redonda.

-Por fin reacciona.

Que está allí sumergido en sus pensamientos a perpetuidad.

¿Me puede decir qué es lo que le tiene así?

No sé, Sátur...

Le he dado mil vueltas. No entiendo nada.

¿Por qué querían a un recién nacido? ¿Para qué?

-Vaya usted a saber. En estos últimos tiempos

la villa está llena de gente mu rara.

El hijo de Inés debería ser importante para algo.

Niños hay por todas partes. ¿Por qué querían

precisamente a ese? -Tiene usted razón.

Con ir a un orfelinato lo tenían a puñaos.

Campanadas.

Las cinco.

Tenemos que darnos prisa. En una hora tenemos que estar

en el Pozo del Infierno. No, no vamos a ir.

Es el velatorio de Inés y ahora Cipri nos necesita

a su lado. -Sí. Nos necesita.

Cipri nos necesita. Pero usted tiene que saber

ya de una vez quién gaitas es.

Mire, hacemos una cosa: avisamos al cura,

nos vamos al encuentro del pozo y volvemos en un pestañear.

Vamos.

Venga.

-Parece que ha privado a un hijo de su madre para nada.

-No soy el único que debiera lamentarlo.

Saldréis de inmediato para Puerto Rico,

ese lugar infecto del que ni conun milagro

lograréis salir.

-Le recuerdo, eminencia,

que precisamente soy conocida por eso,

por mis milagros.

-Amo, esto es peor de lo que cuentan.

Aquí se palpa el sufrimiento.

Y hasta se pueden escuchar las ánimas de los torturaos

lamentándose.

¿Esto qué es?

Dios santo...

Si son dientes.

Ah, ah...

Roedor.

¿Qué ha sido eso? Tranquilo.

Es sólo una rata.

-¡¡¡Ah!!!

¡Ah!

-Me he perdido.

-Se ha esfumado.

-Esta mujer lo explica todo. Por eso se partía la cara

a golpes en aquel tugurio. Se sentía culpable

de jugar a dos bandas.

-¿Desde cuándo tiene faltas? -Desde hace dos meses.

-Tengo la peste, amo.

Estoy muerto. -¿Dónde está escondido el tesoro

de Richard Blake. -Jamás le diré dónde se esconde

el tesoro de mi marido. -Tenemos que olvidarnos

de todo lo que ha pasao. Se lo debemos a Inés, Cipri.

-Lo que están haciendo es muy peligroso.

Y, además, puede que no te volvamos a ver.

A su majestad le encantará saber que retenéis a una mujer

que conoce el paradero de un tesoro que le pertenece.

¿Me mandarías a la horca? ¡Ah, ah!

(RELINCHA) (GRITAN)

¡Ah! -¡¡¡Amo!!!

(GRITAN)

Disparo. -¡Ah!

Disparo.

-¡Ay, mierda!

Disparo.

-¡Sacadme de aquí! ¡Sacadme! -Voy a conseguir

lo que no ha conseguido ningún guardia del reino.

¡Voy a matar al Águila Roja!

Águila Roja - T3 - Capítulo 38

03 oct 2011

Tras la muerte del heredero al trono, el rey pide a Dios que la reina dé a luz un varón, está dispuesto a renunciar a la guerra con Portugal si escucha su plegaria. El Cardenal Mendoza urde un plan para asegurarse de que la reina tenga un niño. 

En palacio, La Madre Isabel descubre que la Marquesa le robo las cartas cifradas y ahora la vida de Lucrecia corre peligro. La Marquesa pide ayuda al Comisario, pero éste cree que ha perdido la razón al acusar a una religiosa de intentar matarla. La insistencia de la Marquesa hará que Hernán intervenga entre las dos mujeres dejando a Lucrecia a merced de su enemigo.

La historia de amor que empieza entre Cipri y Catalina se ve truncada por la inesperada aparición de Inés. Águila Roja intentará descubrir porque desapareció la mujer del posadero todo este tiempo.

 

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  1. Daostai

    No puedo ver los capítulos de la tercera temporada¿¿ Desde el 37 en adelante aparecen solo los comentarios! Xfavor solucionen el problema !! La serie está muy buena!!

    13 may 2016
  2. José Santiago

    Saludos desde el otro lado del mundo, he seguido esta serie desde hace poco y la historia esta muy buena, los personajes, los escenarios y todo en si es en verdad maravilloso, espero esta serie siga por mucho mas tiempo mas y muchas gracias por su trabajo a todos los que hacen posible esta serie.

    14 jul 2013
  3. Krispy

    La serie me encanta la veo desde el primer día y nunca me he perdido un capitulo,si por algún motivo no lo he visto lo he grabado o lo he visto en la web pero rara vez.Gracias por esta serie es buenísima !!!!hurra por los personajes,guionistas,directores,sonido....a todos los que hacéis posible esta serie!!!!

    23 oct 2011
  4. MARIA DEL PILAR

    yo con quien mejor me lo paso bomba es con Satur,es que tiene cada cosa que me mondo con el,se parece a mí todo le sale mal,pero al mismo tiempo tiene buenas ocurrencias.mis felicitaciones a esta serie.

    21 oct 2011
  5. Loli de Cartagena

    Enorabuena, a JOSE ALBERTO, por su actucación en el capitulo de hoy. (Su papel es el malvado que asesina a la monja). Es su primera actuacion en la serie, y espero no sea la última, es muy buen actor, y merece una oportunidad. Tambien mis felicitaciones a todo el equipio, una serie de lo mejor que hay actualmente.

    15 oct 2011
  6. estrellita delaffaille

    Que se puede decir de una serie que es como si uno viera una pelicula LOS FELITO , no puedo decir mas dedse Miami

    10 oct 2011
  7. caperoja

    me gusta aguila roja el primer dia que lo vi sabia que me gustaria

    10 oct 2011
  8. Avatar de Araceli Camerino Araceli Camerino

    El hijo de Ines es niño el que no sabemos es el del Rey que supongo que en el proximo capitulo lo sabremos. La serei es buenisima y me encanta. Realmente lo que engancha son las historias de los personajes y las frases de Satur que son buensimas!!!

    09 oct 2011
  9. rita

    porfin la cuarta temporada de aguila roja no me boi a perder esto por nada viva aguila rojaaaaa !!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

    08 oct 2011
  10. FRANCISCA de FRANCIA

    Bravo!!!!!!! es la mejor serie que hay actualmente, gracias por hacernos pasar momentos tan agradables.

    08 oct 2011