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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 989 - ver ahora
Transcripción completa

Tan solo tengo que dejarlas caer...

y todo habrá terminado:

mi miserable vida.

(Llaman a la puerta)

-¡Le hace flaco favor a mi amiga Celia y a su memoria!

-No voy a consentir que la mencione.

Lárguese de mi casa.

-Está bien, no hace falta que lo repita más.

-Tus padres ya tienen bastante con el incendio del teatro.

-Pues más motivo para ser artista.

Tengo que volver a levantar todo lo que se ha perdido.

Tengo que ayudarlos, sacarlos de esos apuros y retirarlos de una vez.

-Razón de más para que me cuentes lo que sucede.

-Es que no sucede nada. -Entonces dime qué quería Samuel,

por qué vino a casa.

-Mira, Rosina, no sé qué te pasa,

pero no tengo por qué aguantar esta desconfianza.

-Pero dime qué quería. -¡No!

-Sacar a don Felipe de su estado es imposible.

Con el paso de los años ha puesto a su esposa en un pedestal.

-¿Qué quieres decir?

-Pienso que lo que le ocurre al abogado

es que tiene a su difunta esposa como una santa,

por una mujer sin tacha, y la verdad es que estaba desquiciada,

y eso fue lo que la llevó a su amargo final.

-Eso es cierto.

-Si don Felipe pudiera ver a doña Celia tal y como era,

tal vez reaccionaría.

(SE QUEJA)

Deja de fingirte enferma.

¿Te crees que puedes manipularme con tretas tan manidas?

¿No eso es lo que llevas haciendo tú durante todos estos años?

No te voy a consentir que me... -Eres malo, ¡no pegues a mi mamá!

Quieto, Mateo. No le vas a hacer daño.

¿Qué pasa? No se meta en esto.

Vamos.

¿Quién se cree que es, estulta?

"Muchas gracias, amigo".

¿Te ha dado todo el dinero? Hasta el último real.

No se puede figurar cómo se enfadó padre

cuando le dije que nos íbamos a ir a vivir a Levante.

¿Qué le contaste?

Que Telmo, usted y yo nos íbamos a ir a vivir junto al mar,

para tener muchos barcos.

-Si abro esta puerta, es para matarle.

-Haga lo que tenga que hacer,... yo no voy a irme.

-No se lo repito más, ¡márchese de mi casa!

-No voy a marcharme hasta que no hable con usted, Felipe.

No le robaré más que unos minutos. -¡No tengo nada que decirle!

-Pero yo a usted sí.

Escúcheme, por favor, tengo que decirle algo de vital importancia.

Escúcheme,...

y después prometo no volver a dirigirle la palabra nunca más.

-¡Cállese! ¡Cállese de una vez!

Le juro por lo más sagrado que si abro esta puerta, será para matarle.

¡Acabaré con usted con mis propias manos y le juro que lo haré!

-Don Ramón,...

estaba en casa de mis señores y he "escuchao" los gritos.

¿Por qué no se va "pa" la pensión? Ya hablará con él en otro momento.

Por favor, don Ramón, se lo ruego, nunca había oído a don Felipe

tan "enfadao".

Váyase, no vaya a ocurrir una desgracia.

(Sintonía de "Acacias 38")

Úrsula, conteste.

¿Nos va a ayudar a escapar? ¿Lo hará?

Sí. Lo haré.

Les ayudaré. Gracias a Dios.

Gracias, gracias, gracias. Sabe que hace lo correcto,

¿verdad? No.

Lo correcto sería no permitir que una pareja

unida en sagrado matrimonio se separe,

pero aun así iré en contra de mis principios

porque don Eduardo no es una buena persona.

Sí, lo supe nada más verle. No.

Ahora se ha convertido en un hombre perverso y oscuro y...

no merece la felicidad.

En cambio, usted...

siempre ha sido bondadoso.

Le he visto...

desvivirse por los demás, ayudar siempre al que lo necesita.

Por eso sí,... haré todo lo que esté en mi mano

para que ustedes se alejen de este lugar

y de ese hombre para siempre.

Pongámonos en marcha, pues. Hay muchas cosas que hacer

y poco tiempo que perder.

¿Qué quiere que haga?

Debe distraer a Eduardo para que Lucía salga

y pueda reunirse conmigo.

Eso... no es fácil.

Don Eduardo no se separa de doña Lucía, siempre están juntos,

a sol y sombra. Pero tiene que pensar la manera.

Tenemos que hablar y preparar el plan de huida.

Nada puede fallar.

Está bien,... haré lo que esté en mi mano,...

encontraré la manera de distraer a don Eduardo.

(Música)

-¿Ya están otra vez esos dos? -Esa música

viene de casa de los Alday. -Como siempre.

Son los únicos que arman jaleo y jolgorio en este barrio.

-¿Qué pasa, qué es ese jaleo? -¿Tú qué crees?

Al parecer, a Genoveva le gusta tanto la música como a ti.

Podrías subir a bailar con ella un tango.

-Muy graciosa.

-No lo pretendía.

-Yo siempre he sido muy respetuosa con el silencio y la paz vecinales.

-Señoras. -Liberto, ¿has visto qué estruendo

hay en casa de los Alday?

-Yo solo oigo música. -¿Qué estarán celebrando esta vez?

-Liberto, ¿a qué esa cara? ¿Tú sabes algo?

-¿Yo qué voy a saber, Rosina? -Buenas tardes.

-Buenas tardes.

¿Qué tal va el negocio de las aceitunas?

-Fetén. Venimos del almacén.

Esta noche sale el primer cargamento hacia el puerto

y de ahí al resto del mundo. -Qué buena noticia,

enhorabuena, estoy seguro de que se van a vender como rosquillas.

-Parece que... alguien está celebrando una fiesta.

-Alguien no, los de siempre. Aunque don Samuel

parece que tenga últimamente más cara de funeral que de verbena.

-Comisario Méndez, ¿qué le trae por aquí?

No sé si se conocen:

doña Bellita del Campo, don Jose Domínguez,

el comisario Méndez.

-¿Es usted la gran Bellita del Campo?

-La misma que Dios tuvo a bien poner en este mundo y agasajarnos.

-Disculpe a mi esposo, siempre exagera.

-Ni un poco.

Soy un gran admirador suyo desde siempre, es un placer conocerla.

Y a usted, su excelso guitarrista: Jose Domínguez,

el Choco de Garrucha.

-Agradecido.

-Comisario, hacía mucho que no le veía por aquí, ¿ha ocurrido algo?

-Nada en especial, solo venía a interesarme por cómo iban las cosas

por el barrio. -Pues mal.

¿No oye esa música atronadora? Adivine de quién es.

Debería volver a llevarse a esa mujer presa,

antes de que vuelva a liarse a botellazos con todos

y mate a alguien.

-Y hasta que eso no suceda, aquí se va a quedar.

Escuchar música no es ningún delito.

-A no ser que sea muy mala.

-Bueno, que tampoco es para tanto, que darse una alegría

de vez en cuando es saludable. -Lo malo es que ese matrimonio

se da alegrías un día sí y al otro también.

-Mañana, tarde y noche.

-La verdad es que no paran, las cosas como son.

-Don Liberto, por favor.

¿Han vuelto a tener ustedes algún problema con los Alday?

-No. Vamos, no desde el altercado de la botella, claro.

¿Es que ha ocurrido algo?

-No. Simple curiosidad.

-Mira qué aroma, qué cuerpo.

Qué sabor.

-Ay, y qué envidia no poder hincarle el diente.

-Porque no quieres. El jamón está de gloria y mal no te puede hacer.

-Estoy a dieta, comeré ensalada.

-Tú come lo que te dé la gana, pero no necesitas perder ni un gramo

de esa carne salerosa que tienes.

-Ay, calla, zalamero.

Tú no eres fiable, que me miras con buenos ojos.

-Yo veo la realidad, y tú eres perfecta.

De los pies a la cabeza. Mi Venus, mi sirena, mi faraona.

Y si engordaras un poquillo... -¿Cómo?

-Una miajita,...

pues mejor, más carne para disfrutar.

-No me requiebres que la liamos, anda que la liamos.

-Otra cosa no haría, mi vida. -Siéntate a comer.

Cómo nos ha cambiado la vida, ¿eh, Jose?

Y de la noche a la mañana. -Los cambios son siempre buenos,

siempre.

-Oye, ¿tú te has dado un cosquis en la mollera?

Teníamos un gran teatro y ahora tenemos un almacén,

¿en qué mundo es eso bueno?

-En nuestro mundo.

Ya verás, me da en la nariz que esto es el inicio de algo grande.

-Que la Virgen de la Cinta te oiga, que hemos invertido

todos nuestros parneses en esto de las aceitunas.

-No nos podemos quejar de lo bien que nos ha tratado tu virgen,

que nunca nos ha faltado nada. -Hasta ahora,

pues llevamos una rachita que son todo desgracias.

-¿Qué rachita? -¿Te digo?

Lo del incendio.

-Un incendio en el que no murió nadie.

-Pero perdimos todo el dinero. -Ya.

Después de indemnizar a los trabajadores,

y hasta nos quedó algo para iniciar un nuevo negocio.

-Echaron a tu hija del internado.

-Y ahora está centradita y estudiando con madame Olenka.

-Ay, mi hijo, a optimista no te gana nadie.

-Ni a ti a hermosa y resalada.

-En lo de la niña te doy la razón, y no sabes qué contentura

tengo con eso.

Está tan aplicada, tan estudiosa, tan responsable.

-Y el barrio nos gusta, y los vecinos nos quieren,

y nos llevamos requetebién con todo el mundo.

-Desde luego.

No podemos decir lo mismo de doña Genoveva.

Hay que ver la tirria que le tienen todas las vecinas a esa mujer.

-Hasta por demás, diría yo.

Que la muchacha estaba poniendo un poquito de música nada más.

-¿Has visto qué simpático es el comisario?

(Llaman a la puerta)

-Sí, lo que he visto es el buen gusto que tiene:

admirador tuyo.

-Buenas noches, señor. Un poquito tarde, ¿no?

-Ya, lo sé. Paso.

-Pase, pase. -Buenas.

-Buenas. -Disculpen las horas.

-¿Eso que traes ahí no será lo que yo estoy pensando?

-Recién salido del horno, el primer frasco de la producción.

-Olé,... olé y olé. -¡Es divino del todo!

-Y lo mejor de todo: ahora mismo está en camino hacia el puerto

el primer cargamento de aceitunas. -Ay.

-En unas horas estará en la bodega de un barco

rumbo a Argentina. -Ea, pues a celebrarlo.

-Vivan las aceitunas... y viva la madre que las parió.

-¡Viva!

-Susana.

-¿No está Liberto? ¿Y Casilda?

-Casilda está acabando la cena, y Liberto se está aseando

para sentarse... en la mesa y, bueno,...

mejor, porque así descanso.

-¿Ocurre algo?

-Llevamos unos días un poco tirantes y, la verdad,

empiezo a estar preocupada.

-Todos los matrimonios discuten, parece mentira que te lo tomes así.

No pasa nada, es normal.

-Normal que discuta yo, no él, que se me está poniendo contestón.

-¿Liberto?

Seguro que le has hecho algo, que te conozco y tienes mucho genio.

-Sí, el mismo de siempre, ni más ni menos.

-Vengo a hablar de otra cosa.

-Ya, ya, seguro que vienes a comentar lo de Genoveva,

ya me lo he imaginado.

Menos mal que esta vez no le ha dado por lanzar botellas.

-No, vengo a hablar de otra cosa. -¿De qué quieres hablar?

-Del tango.

-Uy, ¿otra vez con eso?

-Rosina, ¿no crees que ya te has divertido suficiente?

Esto tiene que acabar.

-¿Quién eres para decirme lo que tengo que hacer?

-Tu amiga. Y como amiga debo velar por tu alma,

no quiero que vayas al infierno como Genoveva.

-¿No me estarás comparando con esa perniciosa?

-¿Te queda mucho, Casilda?

-Pero ¿a ti qué te importa cuánto le queda a mi criada?

-Yo, en realidad, he venido porque quería contarles una cosa

que ha "pasao".

-Pues no es momento de tus tontadas y chismes sin interés, ¿no lo ves?

¡A la cocina! -¡No le digas qué tiene que hacer!

-Muchas gracias. -¡A la cocina, va!

-Hay que jeringarse, ¿eh?

-Susana, y tú deja el temita, mañana será otro día.

-Ni hablar.

Yo no me iré de aquí hasta que no me prometas que dejarás ese baile

y te saldrás de esa pendiente de pecado y perdición.

-¡No voy a prometerte nada!

-Será por las malas. ¿Dónde está ese disco?

-¡No se te ocurra tocarlo!

¡Susana!

¡Que no quiero, que me lo ha regalado...!

-¡Este disco se va conmigo! -¡Pero, Susana, que es mío!

-¡Quita! -¡Susana, que me gusta mucho!

-Ese disco me lo regaló Liberto, mira lo que has hecho.

-Algún día me lo agradecerás.

-Ya se ha ido la sastra.

Señora, ¿se lo puedo contar ahora lo que ha "pasao"?

Es que "tie" que ver con don Felipe y don Ramón.

-Bueno, dime, ¿qué ha pasado?

Buenos días, don Eduardo.

Si le parece bien, iré a despertar a Mateo.

Úrsula,... espere un momento.

Espero que no olvide lo que le dije que hiciera.

No debe perder de vista a mi esposa ni un solo momento.

Ni a mi esposa ni a Mateo.

Puedo confiar en usted, ¿no?

Sí, señor, puede contar conmigo.

¿Se te han pegado las sábanas?

Estaba un poco cansada.

Pese a todo, dormir de más es de gandules.

Vas a tener que desayunar sola, ya he terminado.

Úrsula.

lo que me dijo anoche, ¿era verdad?

¿Nos va a ayudar a escapar?

Sí.

Se lo prometí a don Telmo. No sabe cuánto le agradezco.

Eduardo cada día me da más miedo, y no quiero que Mateo

crezca al lado de ese monstruo.

He de reconocer que no ha sido una decisión fácil para mí,

pero quiero a don Telmo como si fuera un hijo.

Solo deseo su felicidad y...

sé que únicamente podrá ser feliz a su lado

y al lado de Mateo.

¿Qué ocurre?

Señora.

Eso no va a ocurrir.

¿Qué está diciendo?

Úrsula, hay algo que no le he contado.

Me está usted asustando.

¿Qué le sucede? Dígamelo, por favor.

Que me muero, Úrsula.

(CARRASPEA)

-Uy.

Ya ha "llegao" el cargamento al puerto, ¿verdad?

-A primera hora de la mañana ya estaba allí.

Don Jose y yo hemos estado hablando con los de la Naviera

y nos han dicho que en unas horas empezarán a cargar las cajas.

-En breve ya estarán surcando los mares hacia las Américas.

Las aceitunas del Cabrahígo de mi alma.

No me extrañaría que nos hicieran hijos predilectos del pueblo,

que tuviéramos que ir a recoger una medalla y hasta dar un sermón.

Así que vete preparando. -Sí, sí.

Si no hay más remedio, habrá que ir, claro.

-Vaya, qué alegría me da veros tan contentos.

-Como "pa" no estarlo, suegro. Enseña, enséñale a tu padre.

-Mire, padre,...

ya están en el puerto y casi camino de Argentina.

-Pero qué estupenda noticia, hijos, mi enhorabuena a los dos.

Aunque venía a contaros algo que no quiero

que sepáis por boca de otros.

-¿Qué ha pasado?

-No te apures, no es nada grave.

Ayer fui a ver a Felipe a su casa.

-¿Que hizo qué? -Quería hablar con él,

pero ni siquiera me abrió la puerta. Me dijo que me mataría si lo hacía.

Un encuentro muy desagradable.

-Usted no aprende nunca, ¿no? -Pero ¿cómo se le ocurre ir a verle?

¿No ha "entendío" que es mejor mantener las distancias con él?

-Si sé que tenéis razón, Lolita, pero tengo mis motivos

para hablar con él, tenéis que entenderlos.

-Pues no, no lo entiendo,

pero ahora ni nunca.

Cada vez que se cruza con él acaba malparado.

No quiero que vuelva a verle, y en esto no voy a apoyarle,

¿entendido?

Pero eso no puede ser.

Ha de tratarse de un error.

¿Cómo lo sabe? Me lo dijeron los médicos.

Ya, pero también puede ser que los médicos se equivoquen.

Me hicieron todo tipo de pruebas antes de sentenciarme.

No hay cura para mi dolencia. Un tumor se come mis pulmones,

Úrsula.

¿Un tumor?

¿Qué tumor?

Me voy a morir muy pronto,...

y no hay nada que pueda hacer para evitarlo.

Pobre Telmo,

piensa que va a vivir una vida feliz a mi lado,

y al lado de Mateo,... pero eso no va a pasar.

Ahora, lo importante es que Telmo y Mateo consigan huir de aquí.

¿No va a marchar con ellos?

¿Para qué? ¿Para que me vean morir?

¿De qué serviría? Eso acarrearía más sufrimiento

y yo no quiero que sufra,...

y usted tampoco lo quiere, Úrsula.

Por eso me va a ayudar.

¿Qué quiere que haga?

-Nos lo ha regalado don Antoñito.

Mire, Agustina, mire usted qué primor.

-Sabía que llegarían lejos.

-Y hasta la Argentina, nada más y nada menos, que se dice pronto.

-Ese sí que es un negocio con cabeza, Servando,

y no los que usted emprende. -¿Y por qué se mete conmigo?

-No, digo que tome usted ejemplo de los Domínguez y de los Palacios,

que lo han hecho muy bien y van a ganar buenos dineros.

Ahora,... usted no intente poner su cara en ningún "lao",

que la cosa no funciona lo mismo con su cara, que con la hermosura

que tiene Bellita del Campo.

-¿Hermosura?

A mí me parece vulgar poner la cara de una en un frasco de ultramarinos.

-Doña Susana, ¿y usted qué hace aquí?

-Venía buscando a Marcelina, ¿la habéis visto?

A ver esto.

Qué chabacanería, por Dios.

-¿No es un poco exigente con los gustos musicales de los demás?

Eh. -No exageres, Servando.

-A los buenos días por la mañana. ¿Han visto ustedes a don Ramón?

-Salió hace un rato. Si corres, lo pillas donde la Lolita.

-¿Y cómo estaba, se encontraba bien?

-"Pos" como "tos" los días, hija. ¿Por?

-No se han "enterao", ¿no?

-Enterarnos, ¿de qué?

-¿Y usted tampoco, "señá" Agustina? -¿Yo?

Pues es que, verán,...

ayer, don Felipe y don Ramón tuvieron un encontronazo.

Y su señor, "señá" Agustina, amenazó con matarlo.

-¿Ayer?

¿Y nos lo cuentas ahora? ¿Cómo no nos lo has dicho antes?

Eso lo cuenta una en el momento, ipso facto.

-Ah, pues precisamente ayer yo lo quería contar,

cuando usted y mi señora estaban discutiendo, pero usted me dijo

que no eran más que "tontás" y chismes.

¿Y qué pasa? Que ahora mis chismes son de su interés, ¿no?

-Contestona.

-Bueno. -Liberto, ¿qué es eso?

-Me lo acaba de regalar don Jose Domínguez en el rellano.

Al parecer, dentro de muy poco, muchos como estos

llenarán las estanterías de los argentinos.

-Hay que ver qué favorecida sale Bellita,

parece más joven y delgada de lo que es, ¿no crees?

-Desde luego, tú siempre tan aguda en tus apreciaciones.

-¿Es un reproche?

-Es un halago. -Ah, me alegra verte de buen humor.

¿Has hablado ya con don Ramón? -No.

¿Por?

-Porque te conté lo que me había dicho Casilda.

Tú quedaste en averiguar por qué Ramón fue a ver a Felipe.

-Lo sé, lo sé, pero no lo he hecho. -Anda, pues apúrate.

Debe estar en la calle, seguro.

Ay, no lo veo.

Ah, debe estar desayunando. -Cariño.

Cariño, no voy a ir.

Y tú deberías olvidarte de eso. -¿Cómo?

-Pues...

no sé, que a veces...

te obsesionas con cosas que no son de tu incumbencia.

-Yo no hago tal cosa.

¡Se acabó! Tú y yo vamos a hablar.

-¿Hablar de qué?

-De lo que te pasa conmigo.

-A mí no me pasa nada contigo, es a ti a la que le pasa,

pero con los demás.

-¿A mí?

-Pero ¿no puedes dejar de controlar tanto a la gente?

-¿A la gente o a ti?

-Está bien, a mí, a mí, me controlas demasiado.

-Claro, porque soy tu esposa. -Tú lo has dicho, eres mi esposa,

pero ni mi señora ni mi madre,

y no soy tu criado ni tu hijo.

Es que...

cariño, no tengo que rendirte cuentas de todo lo que hago.

A veces me agobias.

-¿De veras?

Bueno, entendido, tranquilo,

que intentaré no estar tan encima de ti.

-Eso estaría muy bien.

(Llaman a la puerta)

-Ay, Susana.

-¿Aquí también tengo que encontrarme con esta vulgaridad?

Están por todas partes. -¿Me lo vas a romper?

-No. -Entonces ¿a qué has venido?

¿A traerme un disco nuevo, o a disculparte por tu metedura de pata?

-Tampoco. -Entonces ¿qué quieres,

a qué vienes? -Vengo a que me cuentes algo más

sobre el chisme de don Ramón y don Felipe. ¿Alguna novedad?

-Ninguna.

Solo sé lo que me contó Casilda. Liberto quedó en sonsacar a Ramón,

pero no ha querido.

Yo le azuzaría, pero no me atrevo, es que ya me ha regañado

porque dice que le mando mucho.

-Y tiene razón, que no paras de darle la turra, mujer.

-Ah, ¿tú también lo crees?

-Yo y todo el mundo, sobre todo porque es la verdad.

Y cuídale, que maridos tan buenos como Liberto

no crecen debajo de las piedras.

-¿Sabes qué? Creo que tienes razón.

-En eso y en todo. En lo de dejar de bailar el tango,

también.

¿Quieres una copa?

No, no se apure.

Supongo que has venido a hablar del episodio de ayer con Ramón, ¿no?

Te lo han contado.

Me acabo de enterar cuando venía de camino hacia aquí.

Pero ¿cómo se atreve a presentarse en mi casa?

Es una provocación y una falta de respeto.

¿Le importa que me siente?

Has venido a hablar de eso, ¿verdad?

No.

Y entonces, ¿cuál es el motivo de tu visita?

Mírese, Felipe. Mire a su alrededor.

¿No le da pena verse así?

Lucía, si has venido a echarme una reprimenda...

No, no he venido para eso.

He venido porque creo que se lo debo a Celia.

Felipe, entiendo su dolor, pero debe aferrarse a la vida,

es lo que querría ella.

Ella no está.

Felipe,...

si yo muriera, no me gustaría que a las personas que más quiero

se les rompiera la vida,...

y no me gustaría que se convirtieran

en lo que usted se está convirtiendo.

Me gustaría que,... pese a todo,...

superaran el dolor por mi muerte y fueran felices.

¿No es lo que querría usted también?

Pero lo que más quiero no está.

Se fue hace mucho tiempo y...

no es fácil superar su pérdida.

Lo sé, sé que no es fácil,...

pero tampoco es imposible.

Hay que intentarlo, Felipe.

La vida es... un bien preciado,...

un regalo,...

y no es justo desperdiciarla,...

no es justo cuando a otros se la arrebatan.

Aproveche el tiempo que le queda de vida,

es lo que querría Celia.

Puede convertir su vida en... en algo bonito, luminoso,...

o en un infierno.

Está en su mano.

Y ahora, será mejor que marche,...

Eduardo está esperando en el rellano

y no quiero que se impaciente y luego se enfade.

-Muchacha.

-Pero ¿qué hace usted aquí? -He venido

porque tengo que darte una buena noticia.

La semana que viene ha quedado un hueco en el cartel y podrías actuar.

¿Cómo lo ves?

-Lo veo que me caigo de culo de la alegría.

-¿Cómo?

-Quiero decir, que será un placer actuar.

-Lo cierto es que tu actuación despertó mucho interés

entre los asiduos al local, sobre todo tras la noticia del periódico.

-Voy a preparar pasos nuevos, los voy a dejar a todos encantados.

-Perfecto, pero yo te lo decía porque esta vez

me gustaría hacer carteles y anunciarte

a bombo y platillo desde ya. -¿Carteles?

-Sí, con tu cara y tu retrato bien grandes.

Empapelaremos la ciudad. -No.

-¿No, por qué no? -No, porque, como ya le dije,

el secreto de mi personaje es el misterio.

Y cuanto menos sepa el público de mí, mejor que mejor.

-Pero eso no me hace vender entradas.

-Ahora, pero luego venderá muchas más.

El factor sorpresa es el secreto, eso despertará la curiosidad

del público y su ansia de verme actuar.

-Quizá funcione.

-Funcionará, ya lo verá. -De acuerdo,

lo probaremos así esta vez, y veremos cómo nos va.

A propósito, ¿dónde vives exactamente?

Siempre que he de hablar contigo, me paso un rato

dando vueltas. -Sí, es que también

forma parte del misterio, así si algún día llego a ser famosa,

podré guardar mi intimidad.

-No sé si te entiendo, pero por lo pronto me diviertes.

Ya nos veremos.

-¿Quién era ese?

-(SE SOBRESALTA) Me ha asustado.

-¿Quién era? -¿Y a usted qué le importa?

-Parece que le daba buenas noticias.

-De eso nada, yo no conozco a ese hombre de nada,

simplemente me ha preguntado por una calle

y le estaba dando indicaciones.

-Pues no debe haberle indicado muy bien porque ahí viene.

Algo se le habrá olvidado decirle.

-Emilio. 9¿Dónde está su madre?

Le traigo un frasco de aceitunas

para que las ponga en el restaurante, donde puedan verse.

-Eh... ¿Por qué no me acompaña usted y se las da usted mismo?

Y así, de paso, escogemos un sitio donde ponerlo.

-A ver, Cinta, cuando...

-(SUSURRA)

¿A qué hora has quedado con Ojeda Tapia?

En una hora en un café del centro.

No te inquietes, aún tenemos tiempo.

Esto no me gusta, Samuel. Ese hombre me turba.

Para mí tampoco es plato de gusto tener que pagar una deuda

que no es nuestra, pero hemos de solucionarlo cuanto antes.

No te apures, todo saldrá bien.

-¿Marchan ya? Así es.

Regresaremos en un par de horas.

(Llaman a la puerta)

-Don Ramón.

¿Qué hace aquí? -¿Te molesto?

Puedo venir más tarde, no quisiera interrumpirte en tu faena.

-No, no se vaya, se lo ruego. Además, mis señores acaban de salir.

Pase.

-Supongo que te habrás enterado de mi nuevo enfrentamiento con Felipe.

No se habla de otro asunto, ¿verdad?

Lo cierto es que me acerqué a su puerta y llamé insistentemente...

-Don Ramón,... no tiene que darme explicaciones,

esas cosas solo le atañen a usted.

-Gracias.

He venido a traerte esto.

-"Los viajes de Marco Polo".

-Recordé que quizá estuviera en el desván de la casa de mi hijo

y pensé que te gustaría leerlo.

-Es usted muy amable. Lo leeré encantada.

-Lo cierto es que he venido a decirte algo más.

-Dígame, señor.

-Te estás convirtiendo en una persona muy especial para mí.

Me encantaría que hiciéramos un viaje

y recorriéramos juntos los exóticos lugares que describe Marco Polo

en su libro.

-Eso sería maravilloso.

-Carmen.

Carmen, ¿me estás escuchando? -¿Cómo dice?

-Estás como obnubilada, ¿te ocurre algo?

-No, no, estoy bien.

-Como te decía, estaba en el desván de la casa de mi hijo.

Puedes quedártelo, no hay prisa, y cuando lo termines,

lo comentamos, ¿te parece?

Bien, pues me marcho, no quiero molestarte más en tu trabajo.

-¿Dónde se habrá metido este hombre? ¿Por qué tarda tanto?

Servando, ya era hora, llevamos una hora esperándote.

-Si le soy sincero, casi no vengo.

Me ha dicho Casilda que la sastra ha roto el disco,

y sin música no podemos practicar.

-Y no lo vamos a hacer.

Tenemos el disco de Jacinto y yo he traído otro.

A ver si se cree esa beata que me va a decir

lo que puedo bailar. Ponlo.

-Es que hoy no voy a poder, no.

-¿Por qué no?

-Tengo mucho trabajo, y no quiero dejarle todo el trabajo a Fabiana.

-Pero si ella se apaña mejor sin "uste".

-Ya, pero tiene la espalda mal y...

-Pero si le he visto agacharse esta mañana.

-Servando,

¿qué te pasa? ¿Por qué no quieres darnos clase?

-Porque no quiero correr más riesgos y que la sastra me dé otra colleja.

-¡Serás cobarde!

-Bueno, a lo mejor merecería la pena correr el riesgo si...

-¿Si qué?

-Si yo ganara algo.

-¿Algo como qué? No le entiendo.

-Yo sí, yo sí que lo entiendo, Marcelina: pempins, guita, parné,

cuartos, dinero, Marcelina, dinero. Y no, Servando,

si tengo que pagar a alguien, contrato a un profesional.

-Toma, ¿y yo qué soy? -No me hagas decírtelo.

-Pero ¿qué ha "pasao", que no me he "enterao"?

¿Significa que no vamos a volver a bailar más?

Pues mejor, que yo ya me estaba aburriendo de tanto baile.

-Entonces, Hipólito cambió de idea y regresó justo en el momento

en que mi padre apareció por el otro lado.

-¿Y qué hiciste? -Cerré los ojos.

-¿Qué? -Me puse a rezar.

-¿Tú? -Yo.

No sé cuántas vírgenes ni santos mencioné para que me ayudaran.

-¿Y te ayudaron?

-No, el que me ayudó fue el malaje de Emilio.

-¿Emilio, el del restaurante? -El mismo.

Fíjate, con lo mala sombra que es, y se llevó a mi padre

hacia dentro del local, me lo quitó de encima.

-Y el empresario, ¿qué quería?

-Nada, asegurarse de que practicaba mis nuevos pasos.

-¿Qué pasos?

-Unos que me he inventado más afines. ¿Quieres verlos?

-Dale, dale.

-¿No te gustan?

-Pichí pichá.

-Tengo que deslumbrar a los espectadores, no me digas eso.

-Si les vas a dejar de pasta de boniato,

pero tienes que practicar como te dice el empresario.

-Ya, pues me voy a practicar a la habitación, en frente del espejo.

-Ay.

Esto, esto sí, a ver si nos saca de pobres a la familia, por favor.

Eh. Pero ¿qué cosa más rara es esta?

(TOSE) -Ay, amá,...

hay que detener ese barco. Hay que detener...

¡Hay que detener ese barco!

¿Lo ves? Te lo dije.

Todo iba a salir bien con Ojeda Tapia,

incluso nos ha invitado a merendar.

Con nuestras 3000 pesetas, era lo mínimo que podía hacer.

Le he echado un cable al viejo amigo juez de mi padre

y le he informado de que todo ha terminado bien.

Y por fin podemos volver a nuestra tranquila y feliz vida.

Si las vecinas no me criticaran a todas horas, ya sería perfecta.

Carmen me ha contado que se han pasado el día hablando de mí

por haber puesto la música muy alta.

Son unas viejas aburridas y sin nada que hacer.

Unas beatas chupacirios.

(RÍE)

(Llaman a la puerta)

Voy a abrir.

Comisario. ¿Ocurre algo?

Estaba de paso por el barrio y he decidido hacerles una visita.

Pase, por favor. Gracias.

¿Sigue todo bien con las vecinas? ¿Volvieron las aguas a su cauce?

Ahora hablábamos de ellas.

Lo único de lo que pueden quejarse esas brujas es de que algunas veces

ponemos la música un poco alta.

-Lo celebro.

Si todo está aclarado, estoy convencido

de que tiene usted millones de cosas que hacer.

No tantas.

Me gustaría hablar con ustedes sobre un tema.

¿Les importa si...? ¿Qué tema?

El pasado de su esposa.

He recibido tu nota.

¿Y tu marido?

¿No es esto muy arriesgado, Lucía?

Está en el baño, no tenemos mucho tiempo.

Don Eduardo acaba de meterse en la bañera, dense prisa,

les avisaré cuando vaya a salir.

Telmo,... rápido, atiende.

Mi esposo me somete a una extrema vigilancia,

y he pensado que lo mejor es salir del barrio por separado

y encontrarnos a las afueras. ¿Y cuándo vamos a hacerlo?

Cuanto antes.

¿Y cuándo es eso, Lucía? Mañana mismo.

No veo el momento de estar los tres juntos.

Llevo tanto tiempo esperando este momento.

¿Sabes el cruce de caminos que hay en el viejo molino?

Sí.

Pues nos encontraremos allí.

Yo iré en un coche que nos llevará hasta la costa.

Lejos de aquí,... lejos de todo esto.

Por fin juntos, mi vida.

Será mejor que te marches. Sí,

iré a prepararlo todo para partir.

Te quiero, mi amor.

Te quiero.

Te quiero.

(LLORA)

Espero haber satisfecho ya su curiosidad, comisario.

-No del todo, señora.

No es mi deseo incomodarles, pero quisiera saber más

sobre su pasado en Bilbao.

Me he podido enterar que estuvo usted detenida en dos ocasiones

por distintos altercados, ¿es cierto?

-Sí, por desgracia no le han informado mal.

Me vi envuelta en tales redadas.

Mi único delito fue no saber elegir bien mis amistades, nada más.

-¿Recuerda los nombres de aquellas personas

que tuvo el mal tino de frecuentar? Disculpe,

pero no comprendo el repentino interés en mi esposa.

¿Por qué le pregunta cosas que ya solo pertenecen a su pasado?

¿Acaso debo recordarle que Genoveva lleva ahora el apellido

de señora de Alday? Descuide.

No lo he olvidado, tan solo trato de cumplir con mi deber.

Lamento si la he ofendido, señora.

Mi mayor es desvelo es proteger a los vecinos

y, la mejor forma de hacerlo es conocerlos muy bien.

Ese y no otro es el motivo de mis preguntas.

No les entretengo más.

Le acompaño a la puerta.

Ya hablaremos en otra ocasión.

-¿Qué vamos a hacer, Samuel?

Tranquila, no tienes nada que temer.

¿Qué va a ser de nosotros si descubre todo sobre mi pasado?

Eso no va a ocurrir. Ya le has escuchado,

tan solo eran unas preguntas rutinarias.

Todo va a salir bien.

-Eh.

-Ves a la tienda y tráeme dos botellas de aguardiente.

-Ahora... no puedo, don Felipe.

-¿Cómo?

-Tengo tarea que hacer.

-Pues las dejas y obedeces.

-Con "to" el respeto, señor, no lo voy a hacer.

No... No solo porque creo

que no debería usted beber más, que...

a la vista está que ya ha bebido bastante, sino...

porque además no trabajo para usted,

trabajo para todos los vecinos,

y ellos quieren ver la escalera limpia y "aseá".

-¿Tú sabes con quién estás hablando?

Sí, ¿no? Entonces sabrás que puedo echarte a la calle si me da la gana.

-Haga lo que usted crea conveniente.

-¡He dicho que bajes!

-Don Felipe,... no me busque, que me encuentra.

-¿Qué pasa, que me vas a pegar? -No.

-Pégame.

-¡Vamos, he dicho que me pegues! -No.

-¡Felipe, deténgase!

Si tiene usted que pegar a alguien, pégueme a mí.

-El que faltaba. ¿Ahora va a defender al portero?

¿Es usted el defensor de la humanidad?

-No. Pero soy su amigo, y ya es hora de que me escuche.

Vete, Jacinto.

-¿Está seguro, señor?

-Voy a decirle algo que hace mucho tiempo tenía que haberle dicho,

algo que no sabe sobre Celia.

-¡A mi esposa, ni mentarla! -¡Puede ponerse como quiera!,

pero voy a decirle toda la verdad sobre ella.

Celia no era lo que parecía.

Mañana, Úrsula y tú vais a ir a dar un paseo al campo,

pero es muy importante que no se lo digas a nadie.

¿Ni siquiera a padre?

-Ay, pues sí que traéis la cara avinagrada.

Entonces,... ¿se han estropeado? -Hasta la última aceituna.

-Al parecer, mientras estaban en el tanque del almacén,

las aceitunas sufrieron una alteración

en el proceso de fermentación. -Y no se ha "salvao" ni una.

La aparición repentina de Telmo

me revolvió por dentro. No quiero ni que le menciones.

Eduardo, ya ha pasado todo.

Ahora sé que mi lugar está aquí, contigo y con Mateo.

¿Por qué no vamos mañana a pasear?

-"Para nosotros, esto" supone el final de esta aventura.

Hemos invertido mucho dinero y no podemos arriesgar más,

tardaríamos años en recuperarnos.

-¿Se retiran del negocio?

-Creo que es el momento de hablar con mis padres

y contarles lo de mi carrera.

-Por la Virgen de Izaskun, ¿no tienes sesos en la cabeza o qué?

Pero ¿tú no crees que ya tienen suficiente disgusto?

-Con el dinero que estoy ganando y con el que ganaré,

puedo sanear las cuentas.

-Mira, esas perras solo valdrían para pagar el entierro de tu madre.

Si se entera de lo tuyo, se nos queda ahí, seca.

-Liberto, ha sucedido algo de lo que tenemos que hablar ahora mismo.

-Vaya. Sí que dura poco la tranquilidad en esta casa.

¿Qué ha pasado ahora?

-Me había prometido a mí misma no inmiscuirme más en tus asuntos,

pero me resulta imposible ignorar lo que he descubierto.

-Rosina, ¿me quieres contar de una santa vez qué pasa?

-Liberto,... sé que tienes una amante.

-¿Cómo sabía que me encontraba en apuros?

-Solo había que verla para saber que no quería que su padre

y ese señor se conocieran. -No se equivoca.

-Lo que ya no puedo adivinar es quién podría ser ese caballero

para que se encontrara tan azorada. Descuide,...

si me va a responder con una mentira,

casi prefiero que no diga nada.

-¿Sabe? Si sigue siendo tan cortés, quizá algún día le cuente todo.

-No les entretendré mucho.

He sabido que guarda usted una estrecha amistad con Samuel Alday.

-Así es, me satisface considerarle mi amigo.

-Pues sepa usted que a mí no me satisface nada esa amistad.

-¿Por qué lo pregunta, comisario?

-Quería pedirle que me informara si observa algo extraño en su amigo.

-Que doña Rosina y tu Marcelina ya no practican tango.

-Uy, cuánto me alegra escucharlo. Nunca me pareció baile decente.

-Sí, pero esa no es la cuestión, la cuestión es quién me va a pagar a mí

las clases de tango. -Arrea.

¿Pretende cobrarnos las clases? -Qué menos.

Por mi esfuerzo y por mi sapiencia. -Ni lo uno ni lo otro,

que poco sabía y menos nos enseñó.

-Aquí está la artista más grande que ha dado este país,

¿y para qué había quedado?

Para poner su cara en unas aceitunas.

Pues de eso nada.

Yo soy la gran Bella del Campo.

Me he recorrido el globo llenando los teatros, y por mi familia

volveré a hacerlo.

Se acabó el retiro.

Estoy dispuesta a volver a los escenarios.

-Antes no he querido decirle nada delante de su esposa,

pero me temo que su amigo Samuel esté metido en serios problemas.

Es importante que piense antes de contestarme.

Considere que tan solo pretendo ayudarle.

-Dígame.

¿Sabe para qué le pidió Samuel el préstamo?

-Pues de lo único que me informó es de que lo necesitaba

para pagar una deuda, nada más. -Don Liberto,

¿ha oído alguna vez el nombre de Ariza?

La señora ha cambiado de parecer a última hora.

Me ha pedido que saliera con Mateo fuera de la ciudad

mientras ella distraía a su esposo.

No. Eso no era lo acordado. No quería levantar las sospechas

de don Eduardo y que todo el plan se fuera al traste.

Me ha pedido que marchemos a la costa.

Ella se reunirá con nosotros después.

"Telmo, amor mío:

Hubiese sido tan dichosa pasando el resto de mi vida

a vuestro lado, pero... una vez más compruebo que la felicidad

es algo que me resulta prohibido".

"Telmo,... mi vida se acaba".

"Me ha sido detectada una grave dolencia en los pulmones".

"El sufrimiento que he padecido estos años, lejos de ti,

ha terminado resultando fatal para mi cuerpo".

"Mis días están contados".

Doña Lucía me ha dado una carta

para que la abra cuando hayamos llegado.

¿Por qué? ¿Qué ha escrito en ella?

Tan solo las instrucciones de lo que debemos hacer

mientras esperamos su llegada.

-Si vuelve a decir algo de Celia, le juro por lo más sagrado

que voy a hacer lo que debería haber hecho hace mucho tiempo, matarle.

-No voy a callar ni un segundo más. ¡Tiene que saber la verdad!

-¡¿Saber el qué?! -¡Celia mató a Trini!

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Acacias 38 - Capítulo 989

10 abr 2019

Felipe echa del rellano a Ramón amenazándole de muerte. El Palacios decide acatar, pero cada vez tiene más claro que Felipe debe conocer la verdad de Celia. Pero pronto la visita está en boca de todos los vecinos del barrio ¿qué ocurrirá entre los dos antiguos amigos?
Úrsula accede a colaborar con Telmo y Lucía en su huida de Acacias. Lucía se lo agradece, pero ella no escapará junto a Telmo, confiesa a Úrsula que tiene una enfermedad terminal.
Susana descubre el disco de tango que Rosina intentaba ocultarle y lo rompe. Y Servando se retira como profesor de baile, a no ser que comience a cobrar por sus clases.
Cinta se encuentra en una encrucijada: su debut como cantaora fue lo mejor que le ha ocurrido en la vida, pero cada vez es más fácil ocultárselo a sus padres. Menos mal que Emilio le ayuda.
Cercanía entre Ramón y Carmen, él le regala Los viajes de Marco Polo y le deja caer que quizás deberían hacer un viaje juntos. Carmen no cabe en sí de la ilusión.
El éxito que los Domínguez con el negocio de las aceitunas se trunca cuando éstas se ponen malas ¡tienen que parar el barco antes de que envenenen a alguien en Argentina!

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