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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capitulo 971 - ver ahora
Transcripción completa

Ojalá pudiera yo decir lo mismo.

Daría mi mano derecha por no venir de donde vengo.

Por no ser quien soy en realidad.

Lástima que no siga sus pasos.

-Mi niña no va a seguir mis pasos ni hacia el baño.

El regreso de don Ramón ha alterado la convivencia.

Era de suponer que nos traería problemas.

-Tiene razón, ojalá nunca hubiera vuelto.

Doña Susana se ha empeñado en causarnos la ruina.

Le ha dicho a las señoras que no me compren.

Tú ya sabías que don Ramón dio muerte a la esposa del abogado.

-Claro que sí, no traes ninguna noticia nueva.

-Hasta ahí, bien, lo que ignoras

es que tal escabechina ocurrió en esta misma casa.

Espero que mis padres recapaciten.

Sería absurdo que perdieran esa casa por una superstición.

-¿Cree que podrían llegar a venderla?

-Eso le he escuchado decir a mi padre.

¿Ha visto a don Telmo?

Ayer por la tarde fui a pedirle que se marchara.

Y él me dijo que me seguía amando.

Que no había dejado de hacerlo ni un solo día.

Y yo permanecí en silencio.

No le dije que sentía lo mismo.

¿Cómo se te ocurre mandar el dinero con un mensajero cualquiera?

¿No te das cuenta de que has levantado la liebre?

Tenía que hacerlo. Sus vidas estaban en riesgo.

Y ahora lo están las nuestras.

Van a averiguar dónde estás.

Estamos en peligro.

¡Huy!

Una tirada más. Solo una, ¿eh?

¿Por qué los mayores siempre quieren terminar de jugar?

¿Y por qué los niños no queréis terminar nunca?

Una.

¡Huy, casi!

La última, la última.

Venga, la última.

Tensar.

Apuntar.

El aire.

Y...

¡Bien! Como un fusilero. Tienes mucha puntería.

Mateo.

Una cosa.

¿Cuántos años tienes?

Nueve.

Vaya, eres todo un hombrecito.

Mi padre dice que solo soy un niño.

Por eso me gusta jugar en la calle.

Y también, con usted.

(RÍE)

Vaya, agradecido.

¿Sabes? Me gustaría hacerte un regalo.

¿Un regalo? Sí.

¿Cuándo es tu cumpleaños?

En octubre, el 19.

¿Le pasa a usted algo?

No, no, nada.

Creía que...

Pensé que eras más pequeño.

Tienes que irte a casa.

¿Por qué? ¡Siempre igual!

Mateo, no quieres que te regañen, ¿verdad?

No. Yo tampoco.

Venga, tira.

Me riñen siempre, haga lo que haga.

Cuanto más tardes, peor será.

Venga, va, para casa.

Luego nos vemos.

Bueno, adiós.

Las alubias.

La morcilla y el pimentón. Más cositas.

-Dame un hueso de jamón, que mañana pondré cocido.

-Ahora mismito.

-Sigue sin venir gente, ¿no?

-Yo me lo he buscado, Carmen.

-Tú solo has defendido a tu suegro.

Como es de ley. -Y no me arrepiento.

Cargaré con lo que me toque.

-¿Cuánto crees que podrás aguantar sin tus clientas adineradas?

-Espero que más que doña Susana en levantarme el castigo.

Es una mujer avinagrada, pero no debí romper la baraja.

En el pecado llevo la penitencia.

-Lolita, lo siento mucho, de verdad.

-Lo sé, Carmen, gracias de corazón.

Vaya con Dios. -Que él quede contigo.

Hola.

-Vaya, qué bien me vienes.

Tengo que poner una balda en las estanterías.

Y me va a venir bien que me eches una mano.

O dos tan fuertes como las tuyas.

-Tengo una reunión, solo he venido a que me des un beso.

Necesito ánimo.

-Ven, anda, ven.

-Ahora ya me puedo poner el mundo por montera.

-¿Qué pasa, has vuelto a discutir con tu padre?

-Sí, prácticamente, lo he abandonado a su suerte.

-Ya haréis las paces.

-No sé, lo veo tan resignado... Y eso me ataca los nervios.

-Si es que acaba de salir del penal.

Es normal que se comporte como un animalillo asustado.

Dale tiempo.

-Cualquiera saldría de la cárcel queriendo gritar su inocencia.

Yo solo quiero que se defienda,

que cuente la verdad y calle a los maledicentes.

-Poco a poco, Antonio.

Por ahora, se ha decidido a escribir a tu hermana Milagros.

Eso es un paso muy grande. -Sí, pero no es suficiente.

-Después, cuando salga la libertad,

va a querer hasta ir a verla. Volverá a vivir.

-No lo tendría yo tan claro.

(LOLITA SUSPIRA)

Las cosas no están siendo tan fáciles como esperábamos.

(ANTONIO RÍE)

-Pasará.

Ya lo verás.

Pronto pasará todo.

(RECUERDA) "Tenía que hacerlo".

Sus vidas estaban en riesgo.

Y ahora lo están las nuestras.

Van a averiguar dónde estás.

Estamos en peligro.

Señora.

Señora.

-Sí, Carmen, dígame.

-¿Vendrá el señor a cenar?

-No, tenía que ver a un cliente.

Déjele algo de fiambre por si llega con apetito.

-Creía que estaba en la ventana esperándole.

-Solo miraba.

Querría ser una más en esas calles.

-Le preocupan las vecinas, ¿verdad?

-Ya llevo tiempo aquí y siguen sin aceptarme.

Son duras de roer.

-No está una en posición de dar consejos.

Pero quizá sí alguna sugerencia.

-Mal no me va a hacer. Dígame.

-Verá usted.

No ha de tratar de caerle en gracia a todo el mundo.

Con ganarse a doña Rosina y a doña Susana

tiene la mitad del camino hecho.

-Sí, ya me he fijado que tienen gran ascendente sobre las demás.

-Llegarle al corazón a doña Rosina es muy fácil.

Con bombones, un buen champán francés.

Y si le da coba, se rendirá a sus pies.

-No será difícil, entonces.

-Bueno, más complicada es doña Susana.

Su catolicismo a ultranza la hace intransigente.

-Su catolicismo y su estrechez de miras.

Aunque supongo que las dos cosas son una.

Esa mujer es una carcunda de libro.

-¿Son solo las vecinas lo que la tiene tan abstraída?

(Puerta)

Cualquiera diría que tiene usted miedo.

-Pregunta antes de abrir.

-Sí, claro.

Es Cesáreo, señora.

-Dígale que pase.

-Cesáreo, pase.

-Buenas noches, doña Genoveva.

-Usted dirá.

-Estoy pasando por casa de todos los vecinos

para informarles de que estaré unos días fuera.

-¿Y eso?

-Voy a hacer la ronda en un barrio de las afueras.

-¿Qué habrá hecho usted para que lo manden a los arrabales?

-Nada impropio, se lo aseguro.

-¿No es un castigo?

-Al contrario, es una recompensa por mi celo en el trabajo.

-Celo que le agradecemos.

-No es por alardear, pero mis jefes se han dado cuenta

de que hay menos disturbios nocturnos en el barrio.

Y quieren que transmita mi buen hacer

a los serenos de barrios más conflictivos.

-Habrá que darle la enhorabuena, entonces.

-Gracias.

-Anda algo preocupada.

Mucha suerte en sus nuevas calles.

-Espero volver a verla.

Cogeré el tranvía y vendré.

Buenas noches.

-Buenas noches.

¡Pase, doña Bellita!

Entre, entre.

Pasa tú primero.

¿Dónde dice que la había dejado? -No sé.

-Tendremos que buscarla.

-Husmea por los cajones

y vámonos de aquí como alma que lleva el diablo.

Ay, no debería haber nombrado a Pedro Botero.

-¡Déjese de supersticiones!

-No es superstición, es certeza.

-Podría tenerla cuando compramos lotería.

-Da la luz. ¿Cómo quieres buscar a oscuras?

-Echémosle una mano. Yo miro en las habitaciones.

-Ay, no, no te separes de mí, hija mía de mis entretelas.

En las habitaciones no está. Siempre la he guardado aquí.

-¿Y por qué no aparece? -Es el fantasma.

¿Te convences ahora?

El fantasma de esa mujer la ha cambiado de sitio.

-Se la habrá llevado al infierno. Aquí no la veo.

-Como vuelvas a hablar del inframundo, te doy un meneo.

-Por favor, haga memoria.

-¡Ni memoria ni nada, vámonos!

La difunta debe de estar empezando a hartarse.

-La difunta descansa en paz.

Es su desorden lo que nos entretiene.

-¡Yo no soy desordenada! -¡Por la Virgen de Begoña!

Me he pasado media vida buscando sus castañuelas.

-Es por mi temperamento.

Vámonos. -No, me falta el aparador.

(CHISTA)

¿No habéis oído ruido de cadenas arrastrándose?

-Será el vecino de arriba, que viene piripi.

Y se le habrán caído las llaves. -Sí.

Vosotras reíd, que luego ya vendrá el crujir de dientes.

-¡Ay!

-Señora, no les eches cuentas, que no saben lo que hacen,

como decía tu chiquillo.

-Aquí está.

-¡Ave María Purísima!

Dámela, dámela.

-Si ha sido el fantasma, no ha hecho muy buen trabajo.

-¡Guapa, guapa y guapa!

-¿Ya se siente más protegida?

-Más, no, protegida del todo.

Con la Virgen en el hotel y la Virgen del Carmen

nada malo ha de pasarnos.

Pero, por si acaso, vámonos.

¡Buenos días, Casilda!

Ese café levanta a un muerto.

-Enseguida se lo sirvo, señor.

-No, ponme una taza aquí mismo,

que me lo tomo con unos picatostes.

-Eso está hecho.

Ahí tiene. -Gracias.

¡Mmm!

Lo que yo te decía, está delicioso.

-Señor, déjese de cumplidos, que nos conocemos.

Ande, dígame qué es lo que quiere que le cuente.

-A ti no hay quien te la dé. -¡Hombre!

Llevo faenando en esta casa más años que una condena mediana.

Dígame.

-Verás.

Yo sé que Lolita y tú, aunque sea la señora Palacios,

seguís teniendo vuestras confidencias.

Y me gustaría saber qué pasó con mi tía.

-"To" y "na".

Su mujer ya le ha puesto al tanto.

-Exacto, pero solo tengo su versión y me gustaría saber la verdad.

¿Es cierto que Lolita la echó de la mantequería?

-Sí, echarla la echó.

Pero no le faltaron razones.

Su tía la trató como si todavía fuera una criada.

La llamó descarada, por no hablar de lo que dijo de su suegro.

-Conozco perfectamente a mi tía.

Y sé lo impertinente que puede resultar algunas veces.

-También es cierto que las dos tuvieron su culpa.

Pero la penitencia le ha caído a la Lola.

-¿Qué penitencia?

-¿No se ha enterado?

Su tía ha convencido a todos los señores

para que no manden a sus criadas a comprar a la mantequería.

-Pero eso es exagerado. Totalmente desproporcionado.

-La Lola está desesperada, como poco menos.

A ver, ¿qué va a hacer ella?

No puede hacer otra cosa más que defender a don Ramón.

Pero su tía se cree la Justicia personificada.

-Ya, no te falta razón.

Intentaré corregir este entuerto.

-¿En serio, y cómo lo va a hacer?

No va a ser fácil que doña Susana dé su brazo a torcer.

-Ya se me ocurrirá algo.

-Yo le estaría muy agradecida, don Liberto.

Pobrecita Lola, vende menos que un frutero en la vendimia.

-¡Liberto! ¿Qué haces desayunando en la cocina?

¡Cada día nos parecemos más a los protestantes!

-Ahora nos sentaremos a la mesa.

-¿De qué hablabais?

-Le preguntaba a Casilda por el negocio de Lolita.

-¿Lo de negocio es un eufemismo? -Es una mantequería.

-¡Me parece muy mal lo que estáis haciendo!

Que sepas que desde hoy Casilda volverá a comprar allí.

-De eso nada.

-¡Es absurdo! ¿Es que no te das cuenta?

No tenemos por qué seguir a mi tía.

-Eso lo dices porque no tienes que aguantarla como lo hago yo.

¡En esta casa, en cuanto a intendencia se refiere, mando yo!

¡No pienso ser la primera que le compre a Lolita!

-¡Eso ya lo veremos!

-¡Casilda, picatostes y café con leche! ¡Ahora!

¡En el salón! Como los católicos.

Chocolate, seis pesetas.

Leche...

Tres duros.

Lavandería, dos duros.

-¿Mm?

-¿Qué?

Sí, sí, claro.

Sigue tú, tengo que atender a la clientela.

Buenos días. -Buenos días.

-¿Qué les apetece a las señoras?

-¿Un par de limonadas, hija? -Sí.

-En un periquete.

A ver si termina tu padre.

-Es buen vendedor.

-Huy, es el papa católico.

Tu padre es capaz de venderle un refresco a un esquimal.

Con esa labia y ese deje. ¡Ay, mi José de mi alma!

Además, el piso es una joya, se vende solo.

Si no cuenta lo del fantasma, claro.

-¿Quién se supone que es el comprador?

-El director de nuestro hotel. Mira qué casualidad.

En cuanto se ha enterado, se ha interesado.

-Madre, yo creo que se están precipitando con la venta.

Tanto la vivienda como el barrio son de lo más acogedor.

-Sí, no te quito razón.

Lástima que acoja también almas en pena.

-Buenas.

Hemos oído que se alojan en un hotel.

-"Pa" chasco.

Como para compartir la casa...

-A mi madre le ha impresionado saber que una señora murió allí.

-Dios la tenga en su gloria. -Eso.

Que la tenga, la acoja

y la conserve a su vera por la eternidad.

-Que así sea.

De todos modos, esa desgracia fue hace 10 años.

No murió de fiebres, el homicidio no es contagioso.

-Lo que Susana quiere decir es que nos entristece

que se marchen ustedes apenas recién llegados.

-Muchas gracias por el apego. Son la mar de resaladas.

-Espero que tengamos oportunidad de despedirnos.

-Nunca digas adiós del todo, que luego te me arrepientes.

Como dice el fandango. -Ah.

-¡Qué arte tiene, Bellita!

Lo dicho, con Dios. -Tengan ustedes buen día.

-Con Dios.

Madre, ha estado a punto de soltar lo del fantasma.

¿No ve que son señoras de misa diaria?

-Ni que los fantasmas hicieran distingos.

-No vuelva a mentarlo. -Chitón.

-Se quejará la mañana de tener dos lindas flores para alegrarla.

-¡Ay, qué pico tienes, bandido! ¿Has vendido el piso?

-El caballero me dará la respuesta luego.

-No tenías que haberle dado tiempo.

Quien piensa pregunta.

Si se pone a indagar, se enterará de lo del fantasma.

-Madre.

-Aquí tienen sus limonadas.

-No puedes llamar fantasma a la gente porque sea altanera.

¿No, padre?

-Claro, se les llama chulos y ya está.

-¿Qué desea tomar, don José?

-Póngame un café, Emilio.

El del hotel era aguachirri. -Ahora se lo pongo.

-Buenos días. -Buenos días.

Buenos días, Agustina. -Buenos días, Fabiana.

-¿Qué, cómo sigue su señor? ¿Sigue haciendo el calavera?

-Más que antes, si cabe.

El día que no llega antes del amanecer es que no llega.

Como hoy, que me he encontrado la cama sin deshacer.

-Bueno, por lo menos no ha tenido que echar a ninguna pelandrusca.

-Eso es lo que peor llevo.

Tener que decirle a esas mujeres que se vayan.

Y hasta pagarles, a veces.

Se lo quiera usted creer o no, pena me dan.

-Lo creo, Agustina.

Lo creo, las pobres en el pecado llevan la penitencia.

-Sé muy bien que una no es nadie

para ordenarle la vida al señor.

Pero no aguanto más.

(SUSPIRA)

Después de haber trabajado toda una vida,

no me merezco tanto sinsabor.

-Déjele caer algo como quien no quiere la cosa.

-¡Ni se me ocurre!

Capaz sería de alzarme la mano.

-Calle, mujer, que no llegará a tanto.

-¿Que no?

Debería escucharle gritar a toda hora y sin motivo.

He pasado momentos de apuro, no crea.

Se pone como un basilisco.

-Pues no sé qué decirle. Ni tampoco, si yo aguantaría.

-Me lo estoy pensando, no crea.

Por pena que me dé, todo tiene un límite.

Y creo que he llegado al mío.

Cualquier día me lío la manta a la cabeza y me marcho.

-Piénselo, Agustina, que fuera hace mucho frío.

-¡A las buenas!

¿No anda por aquí mi Jacinto?

-No lo he visto en toda la mañana.

-Si lo ven, díganle que se tome el cocimiento de damiana.

-¿Damiana? -Ajá.

-Yo sé de hierbas y esa no la había oído nunca.

-Será porque quedó usted soltera, doña Fabiana.

-O sea, que es solo para los hombres.

-Para que ejerzan el matrimonio y este dé sus frutos.

-Ganas de nido tenemos. -No le digo que no.

Que ya va siendo hora.

Además, estoy en mis días fecundos y por intentarlo, que no quede.

-¿No se anima Jacinto tan a menudo como merece?

-¡Uuu! Se anima, se anima. Y mucho.

Pero el Señor no ha querido que prenda.

A ver si con las hierbas le ayudamos.

-Cuando del cielo no viene...

-Que no, que hay otra forma de verlo.

-Si el cielo no ha querido dejarme preñada,

puede que sea para que redoblemos los intentos.

-La que no se contenta es porque no quiere.

-¡Ay!

-Buenos días, don Felipe.

-Reunión de pastoras.

Oveja muerta.

Lo que le decía, Fabiana.

Perdido del todo está el hombre.

(RECUERDA) "¿Cuándo es tu cumpleaños?".

"En octubre, el 19".

Si es verdad que me quiere como un hijo, explíqueme algo.

¿Por qué en sus cartas no me contó que Lucía estaba casada?

¿Por qué nunca me dijo que tenía un hijo?

"No le he preguntado eso".

¿Usted ha mirado los ojos de doña Lucía?

Porque yo ya no veo la misma luz que había antes.

Y es una pena porque iluminaban la calle entera.

¿No se ha dado cuenta?

"Yo también siento el mismo deseo".

Lucía.

Lucía, por favor.

¿Podemos hablar un momento?

Don Telmo, por favor, vamos a misa.

No nos haga llegar tarde.

Todavía están sentándose, hay tiempo.

Mi marido y mi hijo nos esperan dentro.

Te lo pido por favor. No tendrán que esperar mucho.

¿Es que no escuchas? Mi marido me espera.

No nos amargue más. ¡Déjanos en paz!

Y con eso incluyo a Mateo. Ayer llegó tarde y estaba contigo.

Déjalo tranquilo, ¿me oyes? Déjanos tranquilos a todos.

Hágale caso.

¿Podría usted pasar a verme?

¿Para qué, para empeorarlo todo?

Venga a verme, se lo ruego.

Está bien, iré a visitarle.

Gracias.

(SUSPIRA)

Una calamidad, Fabiana.

Los jamones y la chacina aguantan, pero lo fresco se echa a perder.

Por no hablar del pan, que hoy ni he ido al obrador.

-Bueno, tú no te desesperes.

Ya mismo le entra cargo de conciencia y te levanta la veda.

-Dios le escuche.

-Pidámosle que le diga a la sastra que mire la viga en ojo propio.

Ni que ella no tuviera pecados de los que arrepentirse.

¿Sabe tu suegro que no te compran? -No le he dicho nada.

Bastantes penas tiene el hombre como para echarle las mías.

-Esta mañana ha salido a desayunar más cabizbajo que de costumbre.

Y ya es decir.

-Es que discutió con Antoñito.

Debe de ser eso.

Se han dicho de todo.

-¿Y cuándo no es Pascua?

-Esta vez ha sido peor.

Mi Antonio le ha dicho que no le volvería a hablar.

-Pues que temple.

Que no se le puede faltar al respeto a un padre.

El desprecio de un hijo es lo peor que le puede pasar a alguien.

Bien sé de lo que hablo.

-No es por defenderlo, pero lo hace para ayudar.

-Pues que lo haga con más tiento.

Y tú deberías mediar para que se apacigüen.

(Puerta)

-Buenas, Fabiana.

-Hola.

-¿Qué, cambiando impresiones?

-Ya me ha contado Lolita que ha regañado con su padre.

-Es que hace oídos sordos a todo lo que le digo.

Se está dejando humillar.

Es como si muriese en vida.

-Nadie puede juzgar a nadie, salvo el Altísimo.

-Yo no lo juzgo, ya lo juzgaron y cumplió la condena.

Podría llevar la cabeza bien alta si quisiera.

Pero no le da la gana.

Mientras, arrastra a su familia. Al menos, a Lolita y a mí.

-No digo que don Ramón lleve razón.

Pero no le dé usted la puntilla.

Si todo el mundo le da la espalda, no se la dé usted también.

Se quedaría sin nada.

¿No lo entiende usted?

-Iré a verle esta tarde. Que por mí no quede.

-Ese es mi marido.

Recto, a la derecha.

Ahí, ahí, recto.

Recto.

¿A mí me vas a decir cómo sellar ventanas,

que llevo más inviernos de los que tú tienes haciéndolo?

Si las chicas no se han helado de frío,

es gracias a mi menda. -Pues venga, al lío.

-Eh...

Este es un trabajo muy ingrato, Jacinto.

No sé tú, pero yo no me puedo poner con la ventana

sin pegarle un tiento al vino.

-A ver si se va a caer por el patio de luces

y hacemos un pan con unas hostias.

-Tengo más equilibrio que un volatinero.

-Rece a la Virgen y no corra.

-¡Ay!

Y si me cayera al vacío, ¿sabes de quién sería la culpa?

-Del vino. -No, no.

Del arquitecto que hizo este edificio.

No recibió bien las ventanas del altillo.

No como las de los señores, que no pasa una corriente.

Podrido mundo este.

-Ni que hubiera nacido ayer.

Sea el arquitecto que sea, siempre es igual.

Los pobres, a pasar frío con tabiques de papel de fumar.

Y los señores, con chimeneas como alcobas.

-Pero tendré razón.

No, no, pero un día esta tortilla dará la vuelta.

-No hable usted como un anarquista.

Más de uno ha ido al penal por mucho menos.

Ahí tiene a los sindicalistas. La mitad, presos.

-De sindicatos no entiendo, pero tengo ojos en la cara.

Si las muchachas tuvieran mejores condiciones,

mejor trabajarían.

¿De qué les sirve bajar a los pisos de los señores

si no han entrado en calor a mediodía?

-Dígaselo a don Felipe.

-No mientes a la bicha. Vamos a echar otro chato.

-Eh, eh.

Rematemos la faena, no vayamos a tener una desgracia.

-Como sigas profetizando, ni me asomo.

Además, debe ser la hora de comer. Dejamos eso para luego.

-¿La hora de comer? No me he tomado el mejunje.

-¿Qué mejor mejunje que este? -No tiene nada que ver.

Se llama damiana.

La Marcelina me capa si no me lo bebo.

-¿Qué tiene que ver en esto su costilla?

-La damiana sirve para...

Para que uno cumpla.

-¿Que no...? -Sí, sí.

Pero, una vez cumplido, que la cosa cuaje.

Que eche la semilla. -Ah.

-La Marcelina anda obsesionada con hacer rebaño.

-¿Y tú? -Me adapto.

-A las buenas.

Vengo muerto.

-Más trabajo en los arrabales que en Acacias.

-Ni un minuto libre, es un no parar.

-Eso es lo que tienen los cacos.

Que salen por la noche.

Vamos, Jacinto, a nuestras ventanas.

-Pero ¿no decía usted...? -¡A callar!

Y agarra de ahí, venga.

-Vamos, para arriba.

-A ver.

Cesáreo, ¿no le importaría echarnos una mano?

-Si no hay más remedio.

-Agarre de aquí, haga el favor.

Ahí.

Yo enseguida vuelvo.

-Tire para allá.

-¡Jacinto, la damiana!

-¡Leche!

¿Le importa?

¡Yepa!

Bueno, señor Santamaría.

Una lástima.

-¡Por las lágrimas de la Virgen!

Que alguien haga callar a ese energúmeno.

-Es el portero, el garante de nuestra seguridad.

-Parece un tártaro. -Mírelo de otro modo.

Quizá espante a los fantasmas. -Eso, tú nombra a la bicha.

(SUSPIRA)

-¡Vaya sieso!

¡Así no encuentre acomodo y duerma debajo de un puente!

-¿No le ha gustado el piso? -Sí.

Lo que no le ha gustado ha sido el balcón.

-Ni que lo quisiera para saludar como el monarca.

-Lo quiere para poner macetas.

Tiene tantas su mujer que no le cabrían.

Ni que comieran geranios.

¡Anda y que se vayan a los jardines del Buen retiro si quieren verde!

-Eso va a ser que están a dos velas los jardineros.

-¿Y el director del hotel no le ha hecho la oferta?

-Otro que tal baila.

Me ha mandado el recado de que se lo está pensando.

Y que, mayormente, quiere una casa con jardín.

-¡Les ha dado por el verdín!

¡Que compren en plena selva

y les hinchen los mosquitos a picotazos!

-Como dice madre, lo mismo es cuestión de precio.

-Bájalo aunque sea un poquito, José.

La cosa es venderla.

-No se puede, nos ha costado un potosí.

-¿Y si empezamos de nuevo?

Ustedes están a gusto aquí, también lo estoy yo.

Si venden, es porque creen que hay un fan...

-¡Eh! No lo digas, no lo digas.

-Iba a decir un fantasma.

-¡Hala! -Los fantasmas son un cuento.

No hay por qué vender. -¡Huy!

Un cuento, dice.

Teníamos nosotros en la troupe un palmero

que llegaba todas las tardes con la carita moradita.

Se le aparecía una tía abuela que no estaba en camposanto.

¿Es o no es? -Sí, sí.

Moradito, lo que se dice moradito sí que llegaba.

(RÍE)

¿Quieres un Jerez, mi reina? -Digo, echa.

-Se va a echar a las vecinas encima.

Creer en fantasmas va contra la religión y son muy beatonas.

O la Virgen o los fantasmas, todos no caben.

-Me da igual, si no caben, que se apiñen.

A Dios rogando y con el mazo dando.

Gracias, hijo.

(SUSPIRA)

-He oído lo del Jerez y traigo unas almendras.

-Anda, que lo que tú no oigas...

-Mi madre decía que tenía oído de tísica.

Y también me ha llegado que no han colocado el piso.

-Los clientes, que nos han salido floricultores.

-No es por meterme donde no me llaman.

Pero ¿han pensado adónde vamos a ir si venden el piso?

-A terreno consagrado, si hace falta.

-Piénselo bien, por favor.

Este es el mejor edificio que hemos visto en esta tierra.

Y usted no merece menos.

¡Ojo!

Y yo tampoco.

-Pues díselo a la aparición, que se empeña en vivir realquilada.

-Si quiere, ya se lo digo.

-Eso, tú dale alas.

-En serio te estoy hablando.

He oído... -Mira, Arantxa.

Como dice mi gitana, tienes las orejas desabrochadas.

-Dicen que hay un hombre que expulsa a los malos espíritus.

Como hizo Jesucristo en el templo con los mercaderes.

-Eso puede ser una solución, ¿no?

(SUSPIRA)

(Puerta)

¿A qué has venido, Antonio?

-No hace falta que conteste a esa pregunta, padre.

Lo sabe perfectamente.

-Me dijiste que hiciera con mi vida

lo que me viniera en gana y eso es lo que estoy haciendo.

(SUSPIRA)

Perdón, padre.

Lo siento mucho.

-No soy un cura para absolver.

-De acuerdo, pues dejémonos de indulgencias.

Pero creo que deberíamos poner las cartas sobre la mesa

y hablar de hombre a hombre.

-Quizá sea hora, sí.

-Padre, yo...

Lo pasé bastante mal cuando mi madre nos abandonó.

Me negaba en rotundo a creer que fuera una mala persona.

-¿A qué viene ahora darle vueltas al pasado?

-Viene a que ya sufrí bastante con una decepción.

Yo creo en su inocencia, padre.

Ciegamente.

Pero si usted no la defiende,

me temo que también va a decepcionarme.

-Siento mucho por lo que estás pasando, hijo.

Siento mucho lo que estáis pasando Lolita y tú.

Os pido perdón por ello.

Pero no puedo hacer otra cosa.

-Pero ¿por qué?

¿Por qué se deja arrastrar?

-Confía en mí, hijo. Callar es lo mejor.

-¿Lo mejor para quién, padre?

¿Para Felipe, que puede tener a alguien a quien odiar?

¿O para Susana, que puede demostrar su rectitud de pensamiento?

No es lo mejor para Lolita y para mí ni para usted.

-Quizá algún día, ni cercano ni lejano,

me encuentre preparado para hablar sobre lo que sucedió.

Pero hoy no.

-¿Ni siquiera a mí, padre?

-Me duele como un cuchillo, hijo.

Pero no.

Ni siquiera a ti.

Te quiero con toda mi alma.

Estaría dispuesto a pudrirme en una cárcel

si eso te ayudara en algo.

Pero no puedo.

No debo.

-De acuerdo, padre, yo voy a estar a su lado.

Olvide lo que le dije.

Voy a estar junto a usted.

-Antonio, quizá nunca llegue el momento de hablar.

-No importa.

Esperaremos lo que sea necesario. Usted calle.

Pero, por favor,

por favor, no se deje avasallar.

-Lo intentaré.

(SUSPIRA)

¿Trae algo de interés el vespertino?

-Las vilezas y los pecados de cada día.

Dios, que abandona al mundo. Y bien merecido que lo tenemos.

-No sea usted tan sombría, también hay gente buena.

-Pero no salen en los periódicos.

¿No tiene usted faena?

-No hay mucha parroquia hoy.

Por cierto, ¿ha visto usted a doña Genoveva?

-Entre nosotras, el doña sobra, que no se lo tiene ganado.

-Con el doña o sin él, no se ha lucido en todo el día.

Y eso que pasearse es lo que le gusta.

-Pingonear, querrá decir.

Espero que su esposo le haya puesto en su sitio.

-¿Usted cree? -Claro.

Samuel es de buena familia.

Ejerce un oficio en el que la opinión de los demás,

la buena opinión, es capital.

Un mercader, que es para lo que ha quedado,

debe mostrar una apariencia intachable.

-A mi modo de ver,

don Samuel aprueba de todas la conducta de su mujer.

-¿Ah, sí?

¿Y por qué cree que nos reunió el otro día

para pedirnos a la desesperada que la acogiéramos?

Hay que estar muy desesperado para rebajarse y mendigar así.

-A ver, doña Susana, no me pareció que suplicara.

Simplemente, defendía su dignidad y la de su mujer.

Y hablando de eso,

¿no deberíamos dejar de despreciarla?

-De ninguna manera.

No ha hecho ningún mérito para tal.

-Quizá no, pero tampoco es para tanto.

Y yo regento un negocio

que necesita de los vecinos para prosperar.

-Merecería que le soltara una fresca por blandengue.

Pero tiene suerte de que yo sea la que mejor sabe

lo delicado que es llevar un negocio.

-El bolsillo se resiente cuando una es cicatera.

-Que se lo digan a la mantequera.

Le están saliendo telarañas en los estantes.

-No quiero ni pensarlo.

-Ella se lo ha buscado.

Que se lo hubiera pensado antes

de ir en mi contra y de las buenas costumbres.

Mi sobrino dice que quiere hablar conmigo.

Seguro que la quiere defender, pero no voy a dar un paso atrás.

(Pasos)

Buenas tardes. Buenas tardes.

¿Tiene usted el caldito para mi señor?

Deme, enseguida hago que se lo traigan.

Mano de santo mi caldo de gallina.

Don Eduardo dice que cuando está revirado

nada le asienta el estómago como su caldo.

Úrsula.

¿Sabe algo de Telmo?

¿Piensa quedarse en el barrio?

No me hace partícipe de sus decisiones, lo siento.

Pues para algo habrá regresado.

Supongo que no le habrá sentado nada bien a sus señores.

Disculpe, doña Susana.

A mis señores no les compete. ¿Ah, no?

Pues a ellos, como a cualquiera,

se les podría pasar por la cabeza

que después de aclarada la inocencia,

el apóstata quisiera acercarse... No siga.

Y le voy a dar un consejo.

Si extiende falsos rumores sobre mi señora,

don Eduardo tomará cartas en el asunto.

Y no le arriendo la ganancia.

Para ambos, su matrimonio es lo más importante.

No he querido yo decir otra cosa.

-Voy a ver si le tienen preparado ese caldito.

Espero que hayan disfrutado la velada. Buenas noches.

Buenas noches. -Ya me iba, señor.

-No, por favor, quédate.

El banco no es de mi propiedad.

Aunque me he acostumbrado a venir aquí cuando quiero pensar.

-Le dejo tranquilo, entonces. -No, no.

Todo lo contrario, por favor.

Me paso los días enteros sin apenas hablar.

Ha cambiado mucho el barrio en estos años.

-Sí.

Se nota menos cuando los has vivido aquí.

Perdone, señor, no quería recordarle nada que...

He hablado sin pensar.

-No tienes por qué disculparte.

No me has recordado nada que no tenga presente día y noche.

-Al menos, todo ha pasado.

-Bueno, algunas arrugas más y más canas.

Tú estás igual.

(RÍE)

No sea lisonjero, señor.

Los años no pasan en balde para nadie.

-Cuéntame novedades del barrio.

Dime todos estos cambios.

¿Qué tal el restaurante donde estaba la chocolatería?

-Pues no sé, señor.

No lo he probado. Ya quisiera yo.

Por lo que dicen, es muy afamado.

Doña Felicia y sus hijos lo llevan con esmero.

-¿Cuántos hijos tiene? -Dos.

Hembra y varón.

La chica, Camino, es una preciosidad.

Pero la pobre es muda.

Y Emilio, el chico,

tiene desparpajo, es trabajador y tiene estudios.

Por lo que yo sé, no está ennoviado.

Dedica todo su tiempo al restaurante.

-Antes me ha parecido verlo en la puerta.

¿Y el quiosco?

Lo lleva Marcelina, ¿no? -Sí.

Mucha prisa para estar de vacaciones.

-No estoy de vacaciones.

-Sí, ya he oído lo de la cuarentena.

Vacaciones, al fin y al cabo.

¿De dónde vienes?

-De la biblioteca. Se me ha hecho tardísimo.

-¿De veras?

-Claro.

-¿No tiene que ver con el hombre con el que te vi hablando?

-No sé de qué me hablas.

-Te lo podría describir, si fuera necesario.

No es del barrio, pero su cara la tengo vista.

-¿Siempre metes las narices en los asuntos de los demás?

Porque es una costumbre bastante zafia.

-Es la segunda vez que te pones insolente conmigo.

-Eres un descarado.

-Y tú, antipática, más áspera que una lija.

-Me largo, boquerón en vinagre. -Tú lanza improperios.

Con tu madre, eres la más modosita del internado.

Pero verte con un hombre te ves.

-Mira, cansino, el hombre al que te refieres

es amigo de la familia. ¿Satisfecho?

Tengo que marcharme.

-Con Dios.

(SUSPIRA)

Ni una palabra a nadie.

Aunque amigo de siempre, no se habla con mis padres.

-Lo que tú digas.

-No me crees. -Sí, sí, de pe a pa.

-¿Callarás?

-Tu secreto está a salvo conmigo.

-Buenas noches.

No sabe lo que nos alegramos cuando Lolita montó la mantequería.

Era como si uno de nosotros hubiera ganado el gordo.

(RÍEN)

Está usted sonriendo.

-No se me escapa.

Han sido muchos años sin sonreír.

-Ya, pero ahora está usted en libertad.

No se amargue, aproveche.

(Campanadas)

-Se me ha pasado el rato volando.

-Dios mío, se nos han vuelto a hacer las tantas.

-Gracias por tu compañía, Carmen.

-Ay, don Ramón.

Si seguramente le he agobiado con tanto cuento.

-Todo lo contrario. Me ha sentado muy bien.

-Tengo que irme, señor. -Claro.

Buenas noches, Carmen.

-Con Dios.

(Puerta)

Pase.

Creí que ya no vendría.

El crío debía terminar sus deberes.

Siéntese.

Le he traído esto.

Es el bienmesabe canario que tanto le gusta.

(RÍE)

Es usted muy leal.

No, no es lealtad.

Yo no estoy de parte de nadie.

Pero a usted le debo agradecimiento y eso no se olvida.

¿Qué quería hablar conmigo?

Siempre al grano.

Así es usted.

¿Cree que se me escapan sus propósitos?

No, no, al contrario.

Quizá usted los tenga mucho más claros que yo.

Aun así,

querría que me contestara a algunas preguntas.

Le contestaré.

Siempre que mi conciencia me lo permita.

Señora.

No ha salido en todo el día.

¿Quiere que ponga el gramófono?

La música es buena para el ánimo sombrío.

-Déjame sola, por favor.

Te he metido en un buen lío.

Puede que no pase nada.

No tenía que haber mandado ese dinero sin consultarte.

Dejemos que pasen los días.

(Puerta)

-¡Voy!

Señora, han traído esto para usted.

Han insistido en que se la diera en mano.

Úrsula, ¿cómo lo conoció?

¿Y eso qué más da?

Claro que da, teniendo en cuenta la prisa con la que se casaron.

Fue un flechazo.

Venga, Úrsula, que soy yo.

Ese hombre ha apagado la pasión de la Lucía que yo conocí.

Lucía ha madurado.

Ha envejecido, como usted quiera decirlo.

Pero no creo que sea menos apasionada.

Simplemente, oculta su pasión.

Como toda mujer casada debe hacer.

Pero si no hay más que verlos.

Encuentre en ese matrimonio un poco de amor y me callaré para siempre.

Calle usted ahora. Será lo mejor.

No, por favor, no se vaya.

Solo una pregunta más.

Todo lo que usted debe saber

es que doña Lucía es una mujer casada.

Lo demás es superfluo.

¿Sí?

¿Todo lo demás?

¿Por qué se casó?

¿Por qué con tanta prisa?

¿Tuvo que ver con su embarazo, con Mateo?

He hablado con Mateo

y sé que cumple 10 años en octubre.

¿Cuánto lleva casada Lucía?

No vaya por ahí. ¡Explíquemelo!

Las cuentas no me cuadran.

Una buena cristiana sí soy.

Y bondadosa, las cosas como son.

-¿Entonces, va a hacer un poder por intentar arreglarlo con Lolita?

Anoche te vi con el muchacho ese.

-¿Qué muchacho?

-No te hagas la tonta porque no te pega nada.

-Si solo le saludé.

-Pues el saludo dio para rato y rato largo.

Ya hablaremos tú y yo.

Templa, que no sabemos que hay detrás de tanto agasajamiento.

Porque supongo que quiere pedirnos algo.

-Así es.

Tampoco se puede odiar a alguien eternamente.

-Todos, menos don Felipe.

Ese no está dispuesto a olvidar. Y menos, a perdonar.

Te lo digo yo, que intenté hablar con él.

-¿Qué?

Nuestros caldos son de gran calidad.

Puede que alguna bo...

-¿Me estás llamando mentiroso?

¿Ese es el trato que dan a sus clientes?

Se me ha vuelto a ir el santo al cielo.

-Lamento haberte entretenido.

-Yo no lo lamento.

He pasado un rato muy agradable con usted.

Lolita es de buena pasta.

Pero le pierden las formas.

Se nota que es señora reciente y que fue criada toda la vida.

-Bueno, lleva ya unos añitos siendo señora.

-El que nace cuadrado no muere redondo.

Y eso es así.

¿Qué hace hablando con mi esposa?

¿No le quedó claro lo que le dije?

Quizá su esposa no opine lo mismo.

No se confunda, mi esposa opina lo mismo que yo.

No quiero verle cerca de mi familia.

Estoy en un lugar público. No hago mal a nadie.

Me molesta a mí, entérese.

Váyase por donde ha venido.

(TOSE) ¿Y si no, qué?

Voy a tener que usar otros métodos para hacérselo entender.

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Acacias 38 - Capitulo 971

15 mar 2019

Telmo confirma que, por fechas, Mateo podría ser su hijo. Telmo quiere hablar con Lucía, pero ella no se lo permite. Telmo indaga en el pasado entre Eduardo y Lucía.
Bellita regresa a casa a por una imagen de la Virgen del Rocío y ve fantasmas por todos lados. Jose pone en venta el piso, pero a falta de compradores, los Domínguez se plantean llamar a un curandero.
Marcelina está empeñada en ser madre.
Antoñito arregla las cosas con su padre tras una conversación con Fabiana.
Emilio cuenta a Cinta que la vio hablando con un hombre, pero guardará el secreto.
Genoveva está nerviosa ante la posibilidad de que la gente a la que temen los encuentre. La señora de Alday recibe otra carta.

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  1. marga

    Cierto parece que el personaje de Úrsula no se entiende mucho, va al sol que más caliente, y se arrima al que le proporcione la "pitanza". Con el personaje de Telmo hay mucha injusticia, tanto Úrsula, que olvida que además la sacó de entre rejas, como Lucía, que lo priva de estar con su hijo... y encima de habla mal... Surgen dudas: Esas actitudes... son por la realidad de la aquella época?? Y otra cosa: de qué vivía Telmo? Y Susana, si ya no trabaja y están en el 1913? Tengo entendido que las primeras pensiones se dieron en el 1919...!

    17 mar 2019
  2. Mabi

    ¿alguien tiene problema para poder ver el capítulo por el móvil? pues yo si.... imposible subir o bajar la página y por ende darle play al video...ahora logré " sacar" de la computadora a mi hijo y así poder dejar mi comentario. Susana, Susana, Susana...cómo estará de insoportable que hasta Liberto se está cansando y no solo de su tía, de su mujer también !!!!! Pobre Lolita, en diez años no ha tenido paz , por lo visto, y encima su Sueño de Cabrahigo se desmorona? gracias a la Santa Susana???? en Acacias los únicos con dos dedos en la frente y agallas para enfrentar a los " señores" son los laburantes como ella, Lolita, Fabiana, Casilda, Servando,Carmen y ahora Arantxa; creo que llegaré ( no voy a incluir a los demás seguidores ) a la conclusión que los únicos rescatables en ésta novela, por su sensatez, solidaridad y compañerismo son las criadas, las ex criadas, en fin la gente de a pie que tuvo que lidiar con todo en la vida, que nada le fue regalado.

    16 mar 2019
  3. Eustaquia Taky Sánchez Grajera

    Úrsula ya ha olvidado el amor de madre que sentía por Telmo, que mujer más falsa, él la recogió de la basura inmunda cuando nadie la quería y todos la querían muerta, en esta historia hay algo que no sigue la trama como Dios manda. Antes no quería a Lucia, ahora no quiere a Telmo, hasta cuando vamos a soportar a Úrsula, no se dan cuenta que nuestros comentarios son reales? Úrsula ha cometido montones de crímenes, y siempre esta haciendo de su capa un sallo, es eso normal? Ha jugado con Cayetana, German, Teresa, Mauro, Jaime Alday, Samuel, Blanca y su otra hija, matado a un comisario, a Guadalupe, a Pablo, quemo la Deliciosa, suma y sigue, sigue y sumas. Hasta cuando? Creo que se ríen de todos los seguidores de la novela, señores, señora guionistas, ofenden nuestras inteligencias. Y Susana hasta cuando va a seguir gobernando a todos los vecinos de Acacias 38, recordemos que ella de cristiana tiene como Lucifer, y tiene una historia bastante sucia en su vida y ha quedado impune de ser criticada exactamente igual que ella critica a l@s demás, señores por favor, pongan coherencias en esta historia que falla más que una escopeta de ferias. Hagan un pequeño esfuerzo y libérennos de tanta incongruencia, óh es un pecado hacer las cosas bien y ponerlas en su sitio? Por hacerlo bien tendrán much@s más seguidores. Coherencia y sensatez, no borrachera de incoherencias.

    16 mar 2019
  4. Eustaquia Taky Sánchez Grajera

    ¿Pero las ventanas no las puso nuevas Lucia cuando era normal? Porqué ahora es un mueble andando y una amargada insufrible.

    15 mar 2019
  5. Pilar Méndez

    Sospecho yo también que Ramón y Carmen se van a enamorar.

    15 mar 2019
  6. Saro

    Cada día los capítulos suelen sorprenderme, si no es por una cosa es por otra. Por ejemplo hoy; nunca hubiera sospechado que Ramón y Carmen "se entendieran tan bien" ... ha sido increíble pero me ha gustado muchísimo. También me encanta oír nombrar a Canarias, ayer Telmo hablando de su padre con Mateo y hoy Ursula cuando le llevó Bienmesabe a Telmo. Para una grancanaria como yo, siempre es emocionante que se hable de las Islas. Gracias

    15 mar 2019