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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 967 - ver ahora
Transcripción completa

Lo mejor que podría hacer es olvidarse de ella

y seguir con su vida. Márchese a otro lugar.

¿Le puede dar un recado?

¿Le puede decir que necesito verla?

Dígale que le espero en el callejón,

a última hora de la tarde, ¿de acuerdo?

Necesito dinero para enviárselo a Marlene.

Ella y las demás están en peligro,...

y quiero ayudarlas, Samuel.

-"El prior Espineira será juzgado por delitos de corrupción".

"El padre Bartolomé, arrepentido por haberle ayudado,

confesó al borde de la muerte todo lo que habían hecho".

-Pero ¿qué es lo que habían hecho?

-"Los dos religiosos habían robado la herencia de los Válmez

e hicieron creer a todo el mundo que el padre Telmo

era el culpable".

-¿Es que nadie va a abrazar a su niña?

-¡Claro que sí, mi chica! -¡Mi niña!

-"Siendo su hija," seguro que también es artista.

-¡Uh!

Ni hablar del peluquín, doña Felicia.

Si algo tengo claro, es que mi Cinta nunca subirá a un escenario.

-¿Son esos los terroristas que buscan a doña Rosina?

"Les he 'preguntao' que 'pa' que la estaban buscando,

y me han dicho que tienen una cosa 'mu' especial 'pa' darle a usted".

-¿Muy especial?

-Sí, exactamente. -¿Qué cosa?

-No lo sé. -Quiero que le den la espalda

a don Ramón Palacios en cuanto pise el barrio,...

por el recuerdo de mi esposa.

-Tengo un negocio y debo ser amable con todos mis clientes.

-¿Cuento con usted,...

doña Susana?

-Sí, don Felipe.

"No tengo ningún interés en darle coba a un asesino".

-Bueno, padre,... pues ya hemos llegado.

-(GIMOTEA) -No pasa nada, Camino,

tranquila, solo ha sido un tropezón, solo eso, no hay de qué preocuparse.

Era inocente.

¿Dónde está Úrsula?

Tengo que hablar con él, pedirle perdón.

Telmo ha marchado.

Me piropea, me aborda y me insulta, y todo en un minuto. Menudo barrio.

-El mejor, lo que pasa es que a lo mejor no está usted acostumbrada

a los sitios con clase.

-No estoy acostumbrada a los berzas como usted.

"¿Dónde está Lucía?". La señora no quiere verlo,

quiere que se marche.

¿Por qué en sus cartas nunca me contó que Lucía estaba casada?

¿Por qué nunca me dijo que tenía un hijo?

¿Algo habría sido diferente?

Quizás sí. Ni usted ni yo podemos saberlo.

¿Qué hubiera hecho distinto de saber que Lucía se había casado

y había tenido un hijo?

Puede que todo. O puede que nada.

Lucía no quería verlo,... ni siquiera recordarle.

Usted ha hecho muy bien en no desfallecer

hasta limpiar su nombre.

Quizá no lo hubiera logrado de saber que Lucía

había rehecho su vida. No me venga con vanas retóricas.

Tenía derecho a saberlo, y usted me ha traicionado, Úrsula.

Dios me libre. Siempre le he sido fiel,

de principio a fin. No, no, no, no, no, no.

Fiel no.

Ha sido capaz de enviarme cartas durante 10 años,

Úrsula, 10 años,... sin decirme la verdad.

Tampoco le he mentido. Pero sí engañado.

Me ha mantenido engañado,...

en Babia, como a un imbécil. No hable así, se lo ruego.

¿Por qué, Úrsula?

Dígame por qué decidió mantenerme en la ignorancia.

No quería hacerle más daño. La verdad,...

la verdad, aunque me duela.

Márchese, se lo ruego.

Ya ha limpiado su nombre,...

todos conocen el complot que tejieron en su contra.

¿Y contra Lucía? Eso ya da igual.

Ella está casada, y tiene un hijo al que quiere.

Su presencia en el barrio solo le causará problemas a usted

y a ella también.

He sido calumniado, despreciado, engañado,

creo que tengo derecho a hablar con ella,

aunque solo sea una vez. Déjela vivir

la vida que ha elegido.

Quizá no habría elegido esa vida de haber sabido la verdad.

Ya es igual,...

no tiene remedio, y su insistencia

solo causará más dolor.

¿Sabe una cosa, Úrsula?

Todos estos años...

no me ha movido mi honor, ni mi apellido,

si he llegado hasta el final es porque creía que,

demostrada mi inocencia,... volvería a reunirme con ella,...

volveríamos a querernos.

Si pudiera... Piénselo, se lo ruego.

Podría terminar en tragedia.

Mi vida entera es una tragedia.

Si no hablo con ella,...

si no es ella misma la que me rechaza,

mi lucha perdería su sentido.

No me voy a ir, por mucho que usted me lo pida.

No sin antes reunirme con ella.

(Sintonía de "Acacias 38")

-Ay, mi niña guapa, preciosa. Dios mío.

Deja que te vea.

Oye, pero ¿no estás muy flaca?

Pareces la Virgen de los Tormentos después de un ayuno.

-Estoy bien, que ya no se llevan las carnes orondas.

-¿Qué te importa lo que se lleve? ¿No está muy magra, José?

-Puede que una miaja, pero preciosa como siempre,

mi canelita en rama.

Pero venga, vamos a sentarnos y nos cuentas, venga.

Ven aquí.

-Oye, pero ¿es que no te dan bien de comer?

Solo faltaba que en el mejor internado escatimaran en la comida.

Les escribiremos, ¿verdad, José?

-Sí, sí. -Comemos bien.

Deje usted ya de insistir en eso, que no hay caso.

-De todas formas, esta noche cenarás de aúpa.

Le diré a la tata Arantxa que te prepare unos huevos con jamón.

Tienes que recuperar lustre.

-¿Y ustedes, se adaptan a la tierra?

-Es la nuestra, hija, nos vamos haciendo, sí.

-Aunque no nos lo han puesto fácil. -Bueno, Bellita, nada de lamentos,

que no todos los días vuelve a casa el corazón de la familia.

-Mi niña. -Padre.

-Siempre te echamos mucho a faltar.

-También yo a ustedes.

-Si es que por ti respiramos, hija, como dice la "toná".

-Es como un sueño que estemos los tres juntos.

No sabes lo largo que se nos hacía esperar el fin de curso.

-¿Cómo es que te han dejado venir a vernos?

Te quedan seis meses para acabar.

-Habrá pedido permiso, ¿verdad, dulzura?

Una cosa es sabernos en Argentina y, otra, tenernos tan cerquita.

La sangre tira al monte, como las cabras.

-Quería verles, sí, pero no ha sido exactamente un permiso.

-¿No te habrás escapado? -No.

-Que eso no conviene, ¿eh? -No.

-Aunque estemos encantados de tenerte en casa.

-No digas sandeces, ¿cómo se va a escapar?

Las señoritas no se escapan, ¿eh?

-No, no, no, no, claro que no, no me he fugado,

sería impropio de una señorita de mi condición.

Por más que me guste verles y abrazarles,

estoy aquí por causas ajenas a mi voluntad.

-Qué bien habla,

parece que estamos escuchando al gobernador de Tucumán.

-Una cosa es hablar bien y otra, dar trigo.

A ver, ¿cuáles son esas causas?

-No se pongan ustedes en guardia, que no hay razón.

Nos han enviado con nuestras familias para cumplir la cuarentena.

-¿Qué cuarentena? ¿Ha caído alguna enferma?

-Unas cuantas. Al parecer, es gripe.

-Ave María purísima, gripe, pero ¿tú estás bien?

-No hay motivo de alarma, madre. Un doctor nos ha reconocido a todas,

y a las que gozábamos de salud, nos ha enviado con nuestras familias.

Para evitar el contagio. -Ea, pues no hay mal

que por bien no venga.

-Al parecer, es una gripe africana de lo más virulenta.

-¿Africana?

Pues los periódicos no han dicho "na".

-Como siempre.

¿Te quieres creer que ni siquiera informaron de que volvía a España?

-A mí se me hace raro que esa gripe, siendo africana,

haya entrado por el norte.

-Dicen que ha podido llegar en un barco.

-Pues no sé si te lo he dicho, pero te lo digo ahora:

aléjate de los marineros que no traen más que calamidades.

-El caso es que estás aquí y lo vamos a aprovechar.

¿Cuánto te quedas?

-La madre superiora nos escribirá cuando el peligro haya pasado.

-Ea, pues hasta entonces, te voy a comer a besos.

-Eso, alegría, alegría.

-¿Está todo lo que me pidió?

-Todo, Carmen, y no sabe cómo se lo agradezco,

que hoy ha "sío" un día de locos en la pensión.

Se presentaron de sopetón dos viajantes

y tenía las sábanas lavadas, pero sin planchar.

-Déjese de agradecimientos, que bastantes favores

me ha hecho usted a mí. Tenía que ir al mercado.

-¿Sabía que ya ha vuelto don Ramón?

Yo no lo he "guipao", pero dice Lolita

que está el hombre bien nervioso.

-Como para no estarlo.

No debe ser trago ver en la cara de la gente

que te consideran un asesino.

-Ese hombre es incapaz de matar a nadie, Carmen.

-Pues dígaselo usted a las malas lenguas.

También dicen que don Telmo ha vuelto por el barrio.

-Eso sí que puede traer cola, ojalá no le complique la vida

a la señora Lucía ahora que está más "apaciguá"

y lleva una vida más "reposá".

-¿Usted cree que don Telmo ha vuelto por ella?

-A la ciudad, a limpiar su nombre,

al barrio, a por doña Lucía como que hay dios, y créame,

que una ya ha vivido mucho, que donde hubo llamas,

queda rescoldo. -¿De tertulia?

-No, señora,

Fabiana ha venido a recoger unas viandas

que le he traído del mercado.

-La pensión, que es muy esclava, señora.

-No, si no me molesta que hablen, tampoco podría impedirlo,

si vamos a eso.

¿Cuál era el tema?

-La vuelta al barrio de dos fantasmas.

-Carmen, por Dios, no hable usted así.

-Es en sentido figurado, Fabiana.

Da la casualidad de que han regresado al barrio dos personas

que llevaban ausentes mucho tiempo.

-El cura enamoradizo y el tal don Ramón,

que sale del presidio.

-Donde ha pagado 10 años como 10 vidas, señora.

-No le arriendo la ganancia al pobre hombre,

estar preso es lo peor que le puede pasar a alguien.

La impotencia,

la desesperanza,

la soledad.

Me dan escalofríos. -Parece que sabe usted muy bien

lo que se siente dentro.

-¿Insinúa que he estado en la cárcel?

-No, señora, no,

no ha querido decir eso.

-Yo... hablo por hablar.

-No, Fabiana, para su tranquilidad,

le diré que no he estado ni siquiera detenida.

Por cierto, el otro día, cuando visité su pensión,

me fijé en una lámpara que tienen en la entrada.

¿Dónde la ha comprado? -Es bien rebonica, ¿verdad?

La he comprado en el Monte de Piedad.

Antes, cuando no tenía cuartos, iba allí a empeñar,

pero ahora acudo allí de vez en cuando "pa" comprar.

-Le echaré un vistazo al Monte de Piedad.

-¿Cómo se le ocurre insinuarle que ha estado en la cárcel?

-Por como hablaba, si hasta le ha "dao" una "sacudía" y "to".

-Pues tiene suerte que doña Genoveva sea como es,

porque otra le habría puesto en su sitio.

-Bueno, puede que sí...

y puede que no,...

pero a mí me apetecía tirarle de la lengua.

-Fabiana, no siga tentando a la suerte.

-A más ver, Carmen.

-Con Dios.

-Ya verá como se relame su marido, Sol.

Estas judías no se comen ni en las mejores fondas.

Ya verá, ya.

Se lo anoto.

-Vaya día, Lola. -¿Se ha instalado ya tu padre?

-Acabo de dejarlo en la cama, mirando a la pared,

como cuando estaba en prisión.

-No debe de ser fácil.

-Creo que le tiene miedo a la calle,

bueno, pánico.

-Normal, han sido muchos años.

-Ya.

Muchos años en los que caben una infinidad de pensamientos,

y a cada cual peor. Es que no quiere ver a nadie.

Bueno, ni una palabra del altercado de Felipe.

-No tienes ni que decírmelo,

ni que fuera tonta. -Ya, pero mejor

tenerlo todo amarrado.

Cualquier comentario podría hundirlo más,

incluso definitivamente.

-Descuida,... que le tendremos entre algodones hasta que se rehaga.

-(LLAMA A LA PUERTA)

No, no, no voy a estorbar, tortolitos,

pero he visto la luz "encendía"

y venía a preguntar por don Ramón.

-Se agradece, Fabiana. -Siempre le tuve estima al señor.

¿Está animado? -No del todo.

-Por no decir ni una miaja. -Bueno, es normal,

tendrá que hacerse.

-Y no va a ser cuestión de un día, claro.

-Tiene pavor a enfrentarse a la gente.

-No "to" el mundo le queremos mal. -Pero pesan más los que sí lo hacen.

En fin, él nunca se ha arredrado ante nada,

siempre ha demostrado tener fortaleza.

Esperemos que poco a poco, cuando se acostumbre a la libertad,

vuelva a ser el que era.

-Dios le escuche, don Antoñito. -Y, ojalá,

nosotros podamos escucharle a él.

Le va a venir muy bien desahogarse y soltarlo "to".

-Ya.

Entiendo que todavía no ha dicho esta boca es mía.

-Si no lo hizo para librarse del penal.

-Paciencia, Antonio, que "to" se andará.

-En fin,... marcho. Le dan recuerdos míos.

-De su parte.

¿No podía esperar usted hasta mañana?

Disculpe, señora, pero es que no es fácil hablar con usted a solas.

¿Don Eduardo está dormido? Sí.

No se lo tome a mal.

Lo que quiero tratar con usted es por el bien de su familia.

Es Telmo, ¿verdad?

He estado con él esta tarde.

Pero ¿no me había dicho usted que se había ido?

Le mentí. Lo siento, me pareció que era lo más sensato.

Yo solo quería protegerles a usted y a él, a los dos.

¿Y ahora?

Ahora sí. Como bien sabe usted también,...

que lo mejor sería que no se volvieran a ver, pero...

He intentado que se marchara.

Imposible.

No lo hará hasta haber hablado con usted.

¿Y qué,... qué le digo?

No sabía que estaba usted casada, y tampoco

que había tenido una criatura.

Normal, no sabe nada de mí,...

pero ya ha limpiado su nombre, ¿qué más quiere?

Él dice que solo hablar,...

pero usted sabe mejor que yo la respuesta a esa pregunta.

No, no, yo no puedo verle, no debería.

Esa es la voz de la razón, pero... le conozco.

Yo también le conozco. No cejará.

Lo sé.

Vamos a intentar que todo sea para bien.

Hable con él,... trate de que entienda

que usted tiene una nueva vida,

que lo mejor es que se marche para siempre.

Yo no sé si podré, Úrsula,

ha debido sufrir mucho durante todos estos años.

Eso ya no tiene remedio.

Le quiero como a un hijo, y se lo dije.

También le insistí...

en que debía marcharse,... que usted se debe a su marido,...

lo mismo que se lo digo ahora.

Hable con él,...

pero recuerde en todo momento que es usted una mujer casada.

Es todo tan triste.

Sé lo mucho que quiso a Telmo,... y lo que él la quiso a usted.

Por eso mismo hemos de conseguir que se vaya.

Si no,...

podría suceder una desgracia.

¿Lo hará?

¿Hablará con él?

-¿Ha visto cómo ha cambiado el barrio, padre?

Es el progreso.

Aunque siguen siendo las mismas calles por las que me perdía

cuando hacía novillos.

¿No se acuerda?

A usted se le llevaban los demonios cuando faltaba a clase.

Hasta llegó a perseguirme por los jardines cuando se enteró

que era allí donde me escondía.

-Vámonos a casa, hijo.

-Padre, estamos paseando, eso no ofende a nadie.

-¿No has visto cómo me miran?

-Bueno, con sorpresa.

-No, hijo, no es con sorpresa, es con desprecio,

por no hablar de odio.

-Son imaginaciones suyas, como mucho es curiosidad.

-Vámonos.

-Vamos.

Estaba pensando esta mañana, mientras me afeitaba, que...

a lo mejor podríamos traer de vuelta a Milagros, no definitivamente,

pero sí una temporada, ¿qué le parece?

-Pronto.

-Llenaría la casa de alegría, llenaría nuestras vidas de alegría.

-La quiero más que a mi vida, aunque eso no sea decir mucho, pero...

-Padre,...

-Me recordaría mucho a Trini.

Le he escrito una carta diciéndole que ya me he recuperado

de la grave enfermedad y que también la echo mucho de menos, pero...

para que regrese es aún pronto.

-Como quiera, pero de nada sirve esconderse.

Tarde o temprano tendrá que volver a hablar con los vecinos

y mirar a Milagros.

No sé, tarde o temprano tendrá que volver a vivir.

-Ya estoy viviendo, Antonio, que es lo que me ha tocado en suerte.

-Siempre ha dicho que la suerte se la fabrica uno mismo.

-Ya ves, así de ingenuo era uno en otros tiempos.

-No, era una verdad como un templo.

Usted no es como la gente piensa, ni como usted mismo se ve.

Lo que tiene que hacer para llevar la cabeza bien alta

es contar lo que pasó aquella tarde.

-Eso quedará enterrado para siempre. No insistas más, te lo ruego.

-Don Ramón,... que les he visto desde la ventana de la pensión

y no saben la alegría que me han "dao".

Está usted la mar de bien.

Me he "acordao" mucho,

mucho de usted. -Te creo,

Fabiana.

Yo también os he recordado mucho.

Aunque lo mío tiene menos mérito, pocas cosas hay que hacer

en una cárcel más que darle al magín.

-Pero eso se acabó, está usted hecho un mozo y tiene todavía

mucho tiempo por delante. -Más por detrás, Fabiana.

-Eso sí, la verdad,...

y que lo diga.

No sabe la de veces que se me viene

a las mientes... -Fabiana,...

tenemos que ir a casa, a recoger la cartera, debo llevarla a la reunión,

vamos. -Yo marcho también,

que una no quiere ser "pesá".

Y lo dicho, don Ramón,... bienvenido.

-Ve a tus negocios.

-Ya no soy como antes, padre, no pienso faltar a esa reunión,

pero antes quiero acompañarle.

-Prefiero quedarme solo.

-¿No ha dicho que no quería encontrarse con nadie?

-Me iré a algún lugar discreto donde nadie me vea.

Por favor.

-Ya podemos estar tranquilos.

Los guardias van a estar ojo avizor por si vuelven esos hombres.

-¿Has ido a la comisaría? -Sí.

El comisario se ha mostrado muy dispuesto.

Ha dado orden de que nos protejan.

-Ay, no sé yo. Esos anarquistas no temen a Dios ni al diablo.

-Señora, que no son anarquistas, que yo me habría "dao" cuenta.

-Ahora, además de señora, eres una experta

en la lucha contra el crimen.

Dile al comisario que contrate a Casilda

para que coja a los revolucionarios. -Yo no he dicho eso.

(Llaman)

-(GRITA) ¡Son ellos! -No, no armarían tanto escándalo

si fueran a cometer un delito. -"Pa" chasco que no,

las bombas son mucho más escandalosas.

-Casilda, ve a echar un ojo. -¿Yo?

¿Y así, vestida de señora? No, no, mejor vaya usted.

-Pero ¿no decías que eran almas de Dios?

Hala, a la puerta.

-Pero, señora, por favor. -Está bien,

ya iré yo.

-Buenos días, mi amor. -Buenos días.

-¿Vamos a dar un paseo? -Quería leer el diario.

-¿Y no permitir que me vean con el hombre más pinturero de España?

-Mira que eres zalamera.

Vamos a dar ese paseo.

Delicioso este jamón al horno, está buenísimo.

-Ojalá hubiese podido cocinar desde que nos casamos.

Al macho se le gana por el estómago. -A este...

ya te lo ganaste hace tiempo por toda clase de vísceras.

-Anda, deja, carantoñero.

Ay.

Don Ramón. Me alegro mucho de su vuelta a casa.

Y yo, don Telmo, de que haya podido demostrar su inocencia.

Han sido tiempos duros.

Esperemos que para bien.

Esperemos.

Buenos días. Buenos días.

-"Me da igual" que no hayas medido tus fuerzas,

así no se llama a la puerta de la gente de bien.

-Ya lo sentimos, pero mi Jacinto se ha "excedío"

de lo contento que está de poder echar una mano.

-Al cuello. -Que no, que ya verá

como le "semos" útiles.

Como mi costillita y yo estamos "to" el día en la rúa,

ella en el quiosco y yo en el portal,

que andaremos atentos ante cualquier "desconocío".

"Naide" entrará en el barrio

sin que nos cosquemos. ¿Quién dijo miedo?

-Bueno, pues yo, yo tengo miedo, lo repito, tengo mucho miedo.

-Quite, que no ha podido caer en mejores manos.

Mi Jacinto tiene instinto de perro pastor.

-En eso, mi prima tiene mucha razón, señora.

A mi primo, el lobo no se le ha "comío" ni una oveja.

-Chist.

Conmigo, será usted la más protegida del rebaño.

-¿Me estás llamando borrega? -Se está ofreciendo por afecto.

-Ya, pero hay amores que matan.

-Casilda, haz el favor de acompañarles

y que Marcelina te entregue los periódicos.

-Sube rápido, que si buscan a la señora, tienes que dar la cara.

-Claro, porque soy muy buena "pa" que me la partan, ¿verdad?

-Casilda. -Ya arreamos, ya.

-He quedado con mi tía para ir a ver a Lucía.

-¿Y eso? -Queremos hablar de Felipe,

a ver si podemos solucionar la situación.

Si ya estaba mal,...

con la vuelta de don Ramón se ha desquiciado.

-Es que no es para menos. -Rosina, eso no ayuda.

-Liberto,...

no puedes obligar a un hombre a que conviva con el asesino de su esposa.

-Nadie va a obligar a nadie para que conviva con nadie,

y respecto a lo de asesino, ya te lo he dicho mil veces,

me cuesta creer que don Ramón sea culpable.

-Otro que ahora es juez y parte.

(SUSPIRA)

Telmo,...

lo siento.

Y yo.

Te juzgué mal.

Ah,...

eso.

Es para lo que estás aquí, ¿no?

Lucía,... no te engañé.

Sí. Sí, ahora lo sé.

Telmo, entendería que me odiaras.

No, no, no,... no te odio,...

ni es momento para reproches.

Te acusé de ladrón, de oportunista, de traición.

Los dos fuimos víctimas de Espineira.

Tú fuiste víctima,

pero después de ser su enviado. Si llegaste a mí,

fue para conseguir mi herencia para la orden.

Vine por orden del prior, sí,...

pero mi misión duró lo que tardé en conocerte.

Me enamoré de ti desde el primer instante, Lucía.

Sí, supongo que sí.

Ese "supongo" ¿es incredulidad, desprecio, qué es?

Telmo,... ¿qué más da?

No, claro que da.

Has accedido a hablar conmigo, pero solo después de buscar argumentos

para desentenderte de mí,

para ahuyentarme. ¿Y qué si fuera así?

¿Qué puedo hacer, excepto afirmarme en mi situación actual?

Te he pedido perdón, Telmo, ya no tengo resentimiento.

Es todo lo que te puedo ofrecer.

Lucía... No.

No, vete. Vete, márchate, por favor.

Ya no es tiempo para nosotros. ¿Es por tu hijo?

Deja en paz a mi hijo.

No vuelvas a mencionarle.

"Me enamoré de ti desde el primer instante, Lucía".

(Se abre una puerta)

-Gracias. -Gracias.

(Se cierra una puerta)

-No, no te levantes, bastante incómodo es el asunto que nos trae.

Siéntense.

¿Quieren, quieren un té? -Sí, por favor.

¿Cómo se encuentra don Felipe? -¿Y cómo se va a encontrar?

Desolado, ¿verdad?

Sí, supongo, todavía no he hablado con él.

Pero ya bramaba cuando se enteró de que el preso salía.

No es plato de buen gusto, claro. ¿Y a ti?

¿A ti qué te parece la liberación del Palacios?

Mi opinión no es importante,

ha sido una decisión de las autoridades y hay que acatarla.

Eso y nada es lo mismo, hija.

Susana, mi prima Celia no volverá,

aunque encarcelaran a don Ramón mil años.

Y aun sin ser rencorosa,

no sé si podré perdonar.

Desde luego, no olvidaré.

-No es momento de darle vueltas a la libertad de don Ramón.

Ahora debemos preocuparnos de Felipe.

En su momento, ayudó a muchos de nuestros vecinos

y ahora debemos reconocerle sus desvelos.

-Debes estar pendiente de él, querida,

y pedirnos ayuda si lo necesitas.

Que no se sienta solo, que nos sepa detrás.

Gracias. Les informaré.

Mi esposo y yo fuimos a verle, pero no estaba.

Le dejamos un recado para que viniera aquí.

Descuiden, que por nosotros no quedará.

Cada día que pasa, admiro más a tu Eduardo.

Un hombre serio,

casi diría que hasta solemne,

e imperturbable

ante los desaires del pasado.

¿Qué desaires, doña Susana?

-Será mejor que nos marchemos, tía,

que no quiero dejar mucho tiempo a Rosina sola.

-Ah. Les acompaño.

-No, no será necesario. Gracias por venir.

Ha sido un placer.

-Cuando vengas "pa" quedarte, ya lo apañarás a tu gusto.

Yo nunca me he dado arte para la decoración.

-No se preocupe, no hay nada que arreglar,

el cuarto está de lo más acogedor.

Y usted tiene arte en la forma de llegarle a la gente al alma.

-Ay, no me digas esas cosas, que se me pone la piel de gallina.

-¿Qué hay de comer, Arantxa? -Te he hecho fritura.

-Eres un sol. Un solete.

-Anda, quita, que no es de señoritas ir abrazando por ahí.

-Me muero de hambre. -No se dice "hambre",

se dice apetito. El hambre la pasan los jornaleros.

A saber lo que te enseñan en esa escuela.

-Pero come sin miramientos, que estás en familia.

-En casa,

solo en casa, cuando salgamos a los salones

a conocer embajadores, será otra cosa.

Oye,... sí que huelen bien estos camarones, sí.

-Como que todavía estaban vivos cuando los he "comprao".

Hola.

-Se me remueven las entretelas al ver a la familia junta.

-Pues siéntate a comer, que eso va a ser gazuza.

¿De dónde vienes? -De echar una carta para Osvaldo.

-Ese no puede ser uno de la "troupe".

-Calla, calla, no me nombres a esos malajes.

-Dijo el malaje mayor.

-Osvaldo es el gerente del teatro.

Quiero que me informe de cómo va la temporada.

-¿No echan de menos aquello? -Al salir de allí

lloramos, claro,

y al llegar aquí, tuvimos nuestra nostalgia.

Nada comparado con tenerte cerca.

-Tu madre, la "saboría", que creía que aquí

se habrían olvidado de ella. Ya ves tú.

Yo sabía que no, porque no es artista que se olvide fácilmente.

Pero con su temperamento, se nos vino

un poquillo abajo, pero ya está.

-Menos mal que vino tu padre al rescate.

¿A que es eso lo que ibas a decir? -Iba a decir la verdad.

Le organicé una fiesta por "to" lo alto.

-Con duquesas, con condesas

y el no va más.

-Y tu madre se metió a la concurrencia en el bolsillo.

-Se echó un cante y un baile que les dejó patidifusos.

Mira ahora, la celebridad del barrio.

-Tiene a los vecinos rendidos a sus pies, como siempre.

-Me alegro mucho, si viera lo que presumo de usted en el internado.

-Menos presumir y más estudiar, tunanta.

Lo mío es fácil, lo difícil es ser una señorita sin tacha.

-Pero cuenta, hija, que solo has contado eso de la puñetera gripe.

-José Miguel Domínguez,

esa boquita.

-Deje que me olvide del internado por unos días.

Ahora solo quiero disfrutar de ustedes.

Bueno, y de las viandas de mi Arantxa.

-No debería haber hecho ninguna referencia a Telmo.

-Y no la he hecho.

Me he limitado a hablar del pasado. -Sí, como una afrenta a don Eduardo.

-Ese matrimonio no sanará, hasta que no se enfrenten a lo sucedido.

-¿Y usted qué sabe si no lo han hecho ya?

No le corresponde a usted tomar la iniciativa.

-¿Tú crees que don Eduardo sabe que don Telmo ha vuelto?

-No tengo ni la menor idea, y tampoco es de mi incumbencia.

-Qué atragantado te pones a veces.

-Y usted, una metomentodo. Con Dios, tieta.

-Don Liberto, don Liberto, menos mal que ha llegado.

Subía a su casa para darle las nuevas.

-¿Qué nuevas? -Los guindillas.

Vamos, los guardias que estaban merodeando por aquí,

se han "marchao".

-¿Cómo que se han marchado? ¿Adónde? Era una orden firme del comisario.

-Les han "llamao" de comisaría,

un asunto urgente. -Vaya por Dios.

Pues es muy importante tu vigilancia y la de Marcelina.

Cualquier cosa rara, me avisáis.

-No se preocupe,

que si el lobo no se me escapa en lo más espeso,

menos lo harán unos patibularios.

-Ya.

Jacinto, a mi lado.

-¿Qué pasa? -Por ahí vienen.

Si la cosa se pone muy fea y pasan el primer retén,

nos hacemos fuertes al pie de la escalera.

-No se preocupe, que... no pasarán.

-Haz lo que yo y pon cara de navajero.

-¿Grito, a ver si se espantan?

-No, no, espera a que se manifiesten.

Va. -Por ahí vienen, por ahí vienen.

Puf...

No se han "atrevío".

-Pero ¿tú no decías que estabas acostumbrado a lidiar con lobos?

-Lo que son las cosas, ¿eh? -"Así se lo he dicho".

No podemos permitir que don Felipe pase por esa prueba él solo.

-Ha hecho usted bien. Yo no tengo cercanía con él,

pero es deber de todo buen vecino amparar a los suyos.

-No estoy segura de que Lucía sea capaz de darle el apoyo

que ese mártir necesita.

Más bien, la veo con la cabeza en otro sitio,

probablemente, en su antiguo cura. -No sea usted así.

Doña Lucía es una mujer de lo más formal y felizmente casada,

no parece que tenga en la cabeza pájaros.

-Sí, sí, fíese usted.

-En fin, quiera Dios

que todo sea para bien. -En Él confiamos.

Voy a ver a Rosina, que no quiere salir de casa

desde que aparecieron esos hombres misteriosos.

Ya le cuento.

Me sorprende mucho verle por aquí.

-Me alegro de saludarla, doña Susana.

Comprendo su sorpresa, las autoridades han tenido a bien...

-No, no me sorprende su presencia.

Ya he sabido de sus intrigas para conseguir el indulto,

pero me parece inaudito que venga usted a Acacias como si tal cosa.

-No crea.

En cierto modo, me siento un extraño

en la que siempre fue mi calle. -Es lo mínimo.

Don Ramón,...

¿no se da cuenta de que su presencia reabrirá todas las heridas?

-No es mi intención, se lo aseguro. -Y le creo,...

pero no creo que cuente su intención si se topa con don Felipe.

Sigue inconsolable, sépalo.

No querría yo estar en el pellejo de usted.

-Nadie querría estarlo.

-Ramón,...

se lo pido en nombre de la que fuera...

su santísima esposa, mi querida amiga Trini,

se lo pido en nombre de su recuerdo, márchese.

Aléjese de estas calles. Es lo mejor para todos.

-"No, no lo conozco,"

ni siquiera me lo han presentado.

Espero, por su bien, que no me lo presenten.

Le diría lo que pienso de él y de su puesta en libertad.

-Gracias. Dice mucho de usted.

-Siempre he sido un hombre de ley, pero todo tiene su límite.

Si el gobierno de su majestad sigue concediendo indultos

así como así, me tendrán de frente. Y tanto que me tendrán.

-He estado recabando firmas entre mis compañeros de profesión.

Muchos opinan como usted. -Hombres de honor.

De nada sirve que nuestros jueces dicten sentencia,

si luego otras instancias van a decidir el destino de los reos.

Estamos con usted, Felipe,... para lo que disponga,

no lo olvide. -No lo haré.

Me da mucha fuerza su solidez y coherencia.

Espero que los vecinos se comporten de igual forma.

-Haremos todo lo posible porque así sea.

-He hablado con doña Susana, íntima amiga de mi esposa,

y con Felicia, la dueña del restaurante.

Les he pedido que ignoren al asesino,

que no le den cabida en este barrio.

-Muy bien hecho,

que sepa ese asesino que no es bien recibido.

Felipe,...

las señoras actuarán como crean conveniente,

pero a usted le convendría alejarse de esto

un tiempo. Nunca.

Solo faltaría.

Es don Ramón quien debe desaparecer

como alma que lleva el diablo,

él... es quien debe abandonar la ciudad para no regresar.

Le haría bien distanciarse.

El peso que lleva usted encima acabará por aplastarle.

Gracias a los dos por el interés,

me siento menos solo.

Con Dios.

Voy a acompañarle a la puerta.

(TOSE)

Vuelva usted cuando se le eche la casa encima,

será bien recibido.

He visto a Telmo. ¿Sabe tu marido que ha regresado?

Díselo cuanto antes.

-¿Te ha dicho algo más?

No. Pues se te ha puesto

muy mala cara.

Has estado muy blanda con respecto a ese asesino.

Si fuese Felipe, yo sí te hubiese cantado las cuarenta.

Telmo está en Acacias.

¿Lo has visto?

Ha... conseguido demostrar su inocencia.

Es... lo que le ha traído hasta aquí.

No me has contestado. ¿Lo has visto?

Le he pedido que se marche.

No quiero que cruces ni una palabra más con él.

Solo... Ni tú ni Mateo.

-No sabía que te gustaban esas antiguallas.

-Está preciosa. -No en todas.

-En todas se le nota el talento.

¿Cómo era, madre?

Eso de viajar de país en país, de ciudad en ciudad,

recibiendo cariño, admiración, aplausos.

-Cansado. -Madre, en serio.

-En serio te lo digo.

Cansado hasta reventar.

Y, al principio, ni siquiera se recibía suficiente cariño

como para compensar.

Hemos fatigado mucho tu padre y yo

por esos mundos.

-Pero ha valido la pena, no me diga que no.

-Valió la pena "pa" dos muertos de hambre

que se echaron el mundo por montera, que viniendo de donde veníamos,

era para estar agradecidos.

Por suerte,... tú no tendrás que pasar por eso.

Bueno, ya está bien de hablar de otros tiempos, doña recuerdos,

que me voy, me espera tu padre para dar el paseo.

-Voy con ustedes. -Ah, no, tú ahí quieta

y "pará". Tienes que estudiar.

Con gripe o sin gripe, llegan los exámenes.

-Lleva razón, me pondré con los libros.

-Esa es mi prenda. No tardaremos.

-¿Que te pondrás con los libros? Tienes una caradura

que no te la parte un martillo, ¿eh? ¿Con qué libros te vas a poner,

si en el equipaje solo hay dos y uno es el horario del ferrocarril?

-Con las prisas, se me han olvidado los textos.

Pero no pases apuro,...

que no se van a enterar si tú me guardas el secreto.

¿Lo harás?

Iré a la biblioteca, te lo prometo.

(Se abre y cierra una puerta)

(Pasos)

¿Lo has conseguido?

No.

Aún tardarán unos días en pagarme.

No podemos esperar mucho más, lo necesitan, Samuel.

Cariño, ten un poco de paciencia.

Mejor que paciencia es tener iniciativa.

Se me ha ocurrido que, si a ti te parece bien, claro,

quizá podríamos vender algunos cachivaches antiguos

que tenemos en casa.

Por supuesto.

Todo lo que pienses y me digas me parece bien,

pero no nos precipitemos, esperemos un par de días.

Tienen que pagarme esa venta y lo harán,

pero no tienes que pedirme permiso.

Todo lo mío es de los dos.

¿Entiendes ahora por qué te quiero tanto?

¿Has salido hoy? ¿A qué?

¿A encontrarme con esas bobas que tenemos por vecinas?

Menuda pereza. No sabes lo bien que te entiendo.

De todas formas, no te has perdido nada interesante,

a no ser que te gusten los chismorreos.

¿Te refieres a lo del asesino y el cura que no es cura?

Pero ¿cómo te has enterado de eso?

Lo escuché que lo hablaba Carmen con la mujer esa de la pensión.

No se habla de otra cosa en todo el barrio.

Fabiana se llama la de la pensión.

Pues Fabiana me ha preguntado si había estado en la cárcel

alguna vez.

Pero ¿cómo se atreve?

Imagino que Carmen le ha contado lo de mi cicatriz

y ella estaba tanteando.

No, no, Carmen no ha contado nada, eso seguro.

No le eches más mientes.

No quiero que nadie indague sobre tu pasado.

Vamos, que no es para tanto.

Es solo la dueña de una pensión de una ciudad lejana.

No debería inquietarnos. Y no lo harán.

Voy a cambiarme y salimos a dar un paseo.

-Llévelo tranquilamente, que se lo van a agradecer en casa.

Ya verá como vuelve a por más pan de higo.

Con Dios.

-Qué día, Lola, qué día. -Uy.

Ven "p'acá", que te voy a quitar las penas en un periquete.

-Como nuevo.

-Claro, ya te lo he dicho.

¿Cómo está tu padre?

-Creo que un poco mejor. Antes, Fabiana le ha saludado

y eso le ha demostrado que todavía hay gente que le quiere.

-Ella misma me lo ha dicho.

Se le caían los lagrimones pensando en Trini.

-Ya. -Y como ella, hay más, muchas.

-¿Qué hace aquí, padre? ¿No prefiere quedarse en casa?

-Me marcho.

-Espere, que echo el cierre y le acompañamos.

-Me voy de Acacias.

-¿Adónde?

-Eso es lo de menos. La decisión ya está tomada.

-¿No es una decisión importante

como para tomarla así en caliente? A lo mejor debería esperar.

-¿Ha "discutío" con alguien? Con don Felipe.

Dígamelo, que cuando me lo eche a la cara...

-No, no he hablado con nadie.

Puede que, como tú dices, hijo mío,

dentro de unos días no me importaran las caras largas de los vecinos.

No me voy por vergüenza,...

Es,...

es por Trini, hijos.

Es por ella.

Cada rincón de este barrio me la recuerda.

Menos protestas. Y los deberes ¿qué?

Sabes que debes acabarlos antes de la cena.

Aguafiestas.

Más respeto.

¿Dónde has aprendido eso?

Déjala.

Los niños deben jugar, Úrsula. ¿Puedo?

Vaya,...

eres bueno en balompié.

Con esta pelota es muy fácil.

¿Te gusta?

¿A que no sabes dónde la compré?

¿En la capital? No, mucho más lejos.

En un lugar donde solo se puede llegar en barco.

¿Tenían más? Me gustaría mucho ir allí.

Claro que sí,

tenían pelotas para aburrir.

Tendrás la tuya, pero en su momento.

Basta ya de asunto, vamos. No, iba a meterle un gol.

Váyase.

¿Por qué tanta prisa, Úrsula?

Voy a quedarme en el barrio,... así que tendrán que acostumbrarse

a mi presencia. Eso no lo puedo impedir,...

pero se lo advierto, no se acerque a mi familia.

-A veces pienso que a lo mejor no fue buena idea sacarle de la cárcel.

Allí no era feliz, Lolita, pero por lo menos estaba más tranquilo.

-Tranquilo, en peores hemos "estao" y hemos "sacao" fuerzas.

"Carmen,"

¿doña Genoveva ha empeñado un jarrón en el Monte de Piedad?

Yo de eso no sé nada.

No mientas, Carmen.

-Ya me habría gustado a mí llevar un vestido suyo el día que actué

ante el presidente de la República Argentina.

-Y a mí que lo hubiera llevado,...

pero nunca vestí artistas, no era mi público,

yo más bien vestía señoras.

-Tu sitio está donde estén las señoras.

Ya, pero... No voy a discutirlo más.

Como tú digas.

¿Es él?

-¿No quiere vivir sin odio,...

sin violencias, sin rencores? -Sí, sí, sí, claro que sí,...

y lo vamos a conseguir, Lolita.

-Pues no hay nada que me gustaría más en este mundo.

-Lo conseguiremos cuando vea el cuerpo de don Ramón en una fosa

y pueda echarle una última maldición para que no descanse en paz.

-En mal día volví, no sé qué hago aquí.

-Me ha dicho Lolita que se quiere marchar.

-Lo que no sé es adónde.

-En ningún sitio va a estar mejor que aquí, rodeado de su gente.

(RÍEN)

Es Telmo.

-Le he visto hace un rato y estaba muy tristón.

Se iba a pasar para que le enseñáramos la pensión.

Cómo me gustaría poderle echar una mano.

-Pues "pa" mí que vamos a poder,

pero no le digo cómo.

Chismes baratos de vecinas desocupadas y malintencionadas.

¿Está usted al tanto de la venta?

Pues claro, Liberto.

Es mi salón, mi jarrón y mi esposa,

¿o alguien tiene alguna autoridad para meterse en mi vida?

Que sepan todas esas vecinas

de lengua larga,

que mi mujer es más honrada que cualquiera de ellas.

¿Lucía es feliz con su marido?

Yo,... lo único que puedo decirle es que a doña Lucía

nunca más se le volvió a ver sonreír

desde que usted se fue.

-Me he "cruzao" con ellos, con los hombres misteriosos.

Me han dicho que tienen una cosa para usted.

Solamente la entregarán en manos de don Liberto o de usted.

Esperarán en la puerta de la iglesia.

"Genoveva,"

tenemos que hacer algo para parar las habladurías de las vecinas.

¿Estás molesto conmigo? No, mi amor,

contigo no, con ellas.

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Acacias 38 - Capítulo 967

11 mar 2019

Cinta cuenta a sus padres que se ha decretado cuarentena en el internado. A Arantxa le extraña que Cinta haya viajado con tan pocos libros.
Genoveva indaga con las criadas dónde puede vender algún objeto. Carmen sorprende a su señora cogiendo un jarrón de casa de Samuel.
Ramón se resiste a contar qué le sucedió a Celia diez años atrás. Susana es muy dura con el Palacios y le invita a abandonar el barrio. Ramón decide que lo mejor es marcharse.
Dos guardias vigilan el barrio para proteger a Rosina. Jacinto y Marcelina se unen a la vigilancia y el portero, junto a Liberto, se “enfrenta” a los hombres que buscan a Rosina.
Lucía pide perdón a Telmo, pero le ruega que se aleje de ella. Lucía cuenta a Eduardo que Telmo ha regresado y este se enfrenta al exsacerdote.

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