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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 931 - ver ahora
Transcripción completa

Padre, no se deje llevar por la tentación del mal.

Necesito estar a solas para pensar.

Para reunir el coraje necesario para afrontar mi decisión.

-"No hubo combate".

-¿Acaso se ha suspendido?

-Sí, a la fuerza, porque Tito no ha aparecido.

-¿Cómo que no? ¿Qué le ha pasado?

-No lo sé.

Está empujando al padre Telmo a abandonar sus votos.

Está confundida, eso no es cierto.

¿Acaso quiere quedarse con esta parroquia?

Este es el lugar del padre Telmo, no el suyo.

La Ovidia es una moza hecha y derecha.

Sí, más buena que el pan. Andamos ennoviados.

¿Marcelina?

Eh.

"Creía que fray Guillermo"

se estaba encargando de todo.

Así es, señorita. Pero una antes vio cómo Úrsula

discutía fuertemente con el fraile por dicho motivo.

Para mí, que hay algo bien raro en todo este asunto.

-El párroco no deja de ignorar la obediencia que me debe.

En cuanto a usted,

nos veremos las caras antes de lo que se imagina.

-Lamento mucho si con mi olvido le he provocado algún trastorno.

-¿Algún trastorno, Tito?

¿Algún trastorno, Tito?

¿Algún trastorno, dice?

¿Está mal de la cabeza o qué le pasa?

La Sociedad Gimnástica ha tenido que devolver el dinero

a todos los que habían acudido a su pelea.

¿Y sabe qué es lo peor?

¡Que la organización me ha impuesto una multa altísima!

-Solo me alivian las jaquecas las infusiones de lavanda.

Es mano de santo.

Solo se pueden comprar en una botica que está alejadísima.

-Tranquila, Trini, que yo voy.

-¿Telmo?

¿Estás de vuelta?

¿Qué quiere? Le he hecho una pregunta.

(TRINI) "Celia, ¿qué te pasa?".

-Se ha dado una buena caminata, y no le ha sentado bien.

Disponía a subirla a casa.

-¿Su casa? Si no hay nadie. Además, está ardiendo.

Es mejor que la llevemos a un hospital.

Llama a un coche. -No es sencillo.

Apenas hay coches en la calle.

-¿Cómo que no hay coches?

¡Ay, Celia, por Dios! ¡Ay, Celia!

¡Celia! ¡Celia!

¡Celia, por Dios! ¡Celia!

¿Está...?

¿Ha estado usted aquí toda la noche?

Cuando me acosté, dejé a fray Guillermo rezando.

(LLORA) ¿Por qué?

¿Por qué?

No, a él no.

¡A él no!

(Risas)

Es verdad, el zagal era más guapo que un sol.

-Se dice galán, y no era tan apuesto.

Lo que sí era es un calzonazos.

-¿Porque le perdona a ella la infidelidad?

-Ay, pobre muchacha. No debía tener ni 18 primaveras.

-¿Usted que sabrá si no ha podido leer los títulos?

-Yo los he leído.

La perdona porque ella le creía muerto.

-Ah, ¿sí? No había caído en eso.

Que me da igual,

que a un amado hay que serle fiel aunque esté fiambre.

-Ay, Servando, cómo se ve "ande" le duele la herida.

(ELLAS RÍEN)

(SERVANDO RÍE IRÓNICAMENTE)

¿Eh?

Gracias, comisario, por acudir tan presto.

-Es nuestro deber.

Mis hombres ya están preguntando casa por casa

si alguien ha visto algo extraño esta noche o en días anteriores.

Por el momento, sin resultados.

Yo también aprecio su diligencia, comisario.

Ya sé que se lo he preguntado antes.

Pero haga memoria, se lo ruego, ¿no vio nada?

Lo siento.

Por mucho que me esfuerzo,

no puedo, mi cabeza sigue en blanco.

Ya. Las dichosas hierbas.

No podía prever que se me necesitará esta noche.

Llevaba días durmiendo muy mal.

¿Quién le proporcionó esas hierbas tan eficaces?

Fabiana.

¿La del quiosco?

No irá a sospechar de ella.

Yo diré de quién sospecho y de quién no.

Fabiana no tiene nada que ver.

Ya me había tomado esas hierbas en otras ocasiones.

Y lo cierto es que esta vez me afectaron más.

-Con todos mis respetos, señor comisario,

padre, ¿se puede saber qué ha pasado aquí?

Mi maestro, fray Guillermo...

Una desgracia. Cuando...

Quisiera hacerles unas cuantas preguntas.

¿Dónde estaban ustedes hace dos horas?

-En el cinematógrafo, comisario.

Nos invitó la Lolita.

-¿Los cinco? -Sí, sí, comisario.

-Fabiana, ¿acostumbra usted a proporcionar hierbas sedantes

a sus amistades?

-Acostumbrar... acostumbrar, señor comisario...

Bueno, si alguna me pide algo para la nervadura

o para planchar la oreja, sí que le doy alguna, sí.

¿Qué tienen que ver mis hierbas?

-Úrsula dice que no recuerda nada

porque la infusión que se tomó le privó de los sentidos.

-No sé, a cada uno le afecta de una manera.

Normalmente, te amodorran, pero nada más.

Me cuesta hasta tenerme en pie.

Eso sería porque puso de más.

Mira que se lo tengo dicho, Úrsula, un manojito.

¡Quía! Pues ni eso.

Dos pellizquitos, y va que chuta.

Es que estaba en un ay, Fabiana.

(LLORA) No podía dormir.

Lo siento, padre.

Sé que debería ocuparme de usted, y más hoy, pero...

estoy muy afectada con la muerte de fray Guillermo.

No piense en mí ahora. Vaya y procure descansar.

Todos ustedes procuren estar localizables

a partir de ahora.

La investigación será exhaustiva. -Pierda cuidado, inspector.

Por aquí podrá encontrarnos a todos.

Ni que nos fuéramos a tomar las aguas de vez en cuando.

-Llegaremos al fondo de este asunto, padre.

El crimen no quedará impune.

(Sintonía "Acacias 38")

No deberías ponerte así, mi amor.

Ni siquiera sabemos con certeza qué ha pasado.

Lo has escuchado, igual que yo.

Se comentaba que han matado a fray Guillermo.

¡Celia! Probablemente, ya esté acostada.

Sentémonos un rato. Tengo que conocer el suceso, voy...

-No deberían dejar la puerta abierta,

y menos en días como hoy.

Cesáreo, ¿sabes algo? ¿Qué le ha pasado a fray Guillermo?

Ahora le cuento.

Tengo noticias más urgentes "ex profeso" para usted, señorita.

¿Qué noticias? ¿Es verdad que el fraile ha muerto?

¿Cómo está el padre Telmo? No, no es eso.

¿Y qué es? Lucía,

por favor, deja que el hombre hable.

Es su prima de usted, señorita.

¿Dónde está? ¿No está en la cama?

La he tenido que llevar al hospital, lo siento.

¿Al hospital? ¿Por qué? ¿Qué ha pasado?

Habla de una vez, Cesáreo. Me la encontré en la calle.

Venía de un recado, estaba cansada.

Al ayudarla, al venir a casa, le dio un vahído.

¿Se desmayó?

Sí, algo así, señorita.

Ay, Dios mío.

En su estado...

¿Y qué le han dicho los médicos?

No lo sé, yo he venido a escape.

Doña Trini me pidió que viniera a buscarla.

Voy a verla. Contente.

Te acompañaré, pero es inútil salir sin tener abajo un coche.

Yo he tenido suerte.

He encontrado uno al vuelo, pero hoy andan esquivos.

No hay necesidad de pasar frío. No tardo.

Cesáreo, no te separes de ella.

Si no he entendido mal, doña Trini estaba contigo, ¿no es así?

Así es. Pero no le permití venir al hospital,

está de muchos meses,

y ahí me veía yo con dos preñadas y sin saber qué hacer con ninguna.

¿Y se veía muy mal a Celia?

Como dormida.

Abrió los ojos un par de veces, pero los volvió a cerrar.

Quizá sea solo cansancio.

Ojalá.

¿Y qué sabes de fray Guillermo?

Poco, lo que los demás.

Que le han asesinado

y que la policía anda preguntando por el barrio.

¿Y el padre Telmo? En casa estará.

¿Con quién? ¿Alguien le acompaña?

Su ama.

También algunos criados que venían del cinematógrafo

y se apiadaron de él.

No sé, el hombre parecía muy triste.

Abajo nos espera una calesa.

(Puerta)

Ramón, ¿se puede saber qué es ese escándalo

que se oye desde aquí?

-Ven, siéntate ahí conmigo.

-Ramón, por Dios, dímelo ya,

que parece una desgracia y de las gordas.

-Trini, tienes que mostrarte entera.

-No me asustes, no me digas que es por Celia.

-No, no es por Celia, después hablaremos de Celia.

Es por fray Guillermo.

-¿Qué? -Ha fallecido.

-¿Cómo? ¡Ay, Dios mío!

-Al parecer, no ha sido de muerte natural.

Se está investigando como un asesinato.

-¡Ay, Dios!

-Pobre hombre, pobre hombre. -Ay, pobre don Telmo.

Bueno, Ramón, ¿qué sabes de Celia? Cuéntame, por favor.

-Trini, son días aciagos estos.

Me he encontrado con Lucía y Samuel en el portal,

que iban al hospital a ver a Celia, y me lo han contado.

-Ay, Ramón.

-Que fue a buscarme la lavanda y, a la vuelta, se desmayó.

-Y sin Felipe.

-La culpa es mía.

No debí permitir que fuera a buscármela en su estado.

Hemos de ir a verla. -No seas tan impulsiva, Trini.

Siéntate.

Samuel y Lucía están en el hospital con ella.

Si fuera necesario, pasarán la noche allí.

Trini, algunos embarazos son peores que otros.

-Pues espero que solo sea eso.

-En cualquier caso, tú no eres culpable de nada.

Mañana, si aún no ha vuelto del hospital, iremos a verla.

Venga, y ahora vete a descansar.

Tanta emoción no puede ser buena para ti.

-¿No vienes conmigo?

-Me quedo un rato por aquí, a ver si viene alguna noticia.

-Está bien.

Pero, si te enteras de algo, me vienes a despertar.

-Sí. -Aunque no creo que pueda dormir,

me duele horrores la cabeza.

La impresión, el desasosiego... Venga, échate.

Le diré a Fabiana que te cuele una infusión

con la lavanda esa.

-Que no, no quiero probarla más. La culpa es mía.

No debí dejar que fuera. -Trini, Trini...

Venga.

Venga, mi amor.

-(LLORA)

Agustina, ¿todavía está usted alzada?

Ya la hacíamos en la piltra.

-Veníamos comentándolo. No creíamos que nos iba a esperar.

Es tardísimo, agustina.

-Pasadas las doce, que ya lo ha dicho el sereno.

-¿Cómo está el padre Telmo? -Pues pocho.

-Ahí lo hemos dejado al pobre hombre, atormentado.

-Solo le faltaba darse golpes en el pecho y decir: "Mea culpa".

-¿Y Casilda? ¿Se ha quedado haciendo compañía al padre?

-Está ayudando a Úrsula a recoger un poco. Ahora subirá.

-Gracias a Dios.

-Úrsula no daba pie con bola.

Es la primera vez que veo yo a alguien

que le afectan tanto mis hierbajos. -No serán solo sus hierbas, Fabiana,

que la nochecita se las trae.

La mujer se ha despertado con un cadáver en su salón.

Al contrario, puede que no se le doblen las piernas

precisamente por su infusión.

-Ahí lleva usted razón, Agustina.

(CARMEN) Gracias.

-Que mis brebajes también dan algo de paz y sosiego,

cuando no te tumbas a planchar la oreja.

-A las buenas.

¿Se han enterado de lo que le ha pasado a doña Celia?

-Nos lo ha comentado Cesáreo, sí. -¿Se sabe algo?

-Nones.

Todavía no han llegado del hospital don Samuel y la señorita Lucía.

-Qué desgracia también.

-Ni que nos hubiera mirado un tuerto con el ojo tonto.

-Y don Felipe, a verlas venir. -Digo yo que le dirán algo.

-¿Tiene usted frío, Agustina?

¿Le traigo una mantita? -No.

Estoy bien. Gracias.

-Lo que estará usted es "asustá".

Como "toas" nosotras.

Yo misma, viniendo de la casa parroquial,

estaba pensando que por poco no nos hemos cruzado

con el asesino del fraile.

-No digas "tontás", Casilda.

-Ahí se iba a mostrar el asesino, para que tú lo vieras.

-Ay, déjenlo ya.

-Agustina, usted no está buena. Ya le traigo la mantita.

-Bueno, habrá que ir acostándose.

¿No, Agustina? A ver si pasa ya esta condenada noche.

(CASILDA) Pues sí.

Seguro que nuestros señores querrán ir al hospital.

Entonces, tendremos que madrugar más.

-Y usted puede que no tuviera que levantarse mañana.

No tiene buena pinta tanto repeluzno.

-Ya veré cómo pasó la noche.

Pues, hale, vámonos para la piltra.

-Echad todas los cerrojos de vuestros cuartos.

-Bueno, venga, salid.

Recojo un poquito y cierro la puerta de la escalera.

Hala.

Venga.

No es necesario que te lo diga, pero estate ojo avizor

y no dejes pasar a nadie del que desconozca su identidad.

Toda precaución es poca. -Descuide, don Ramón.

A mí no se me despinta un asesino. Los calo a lo lejos.

-Lástima no estuvieras anoche en la casa parroquial.

-¿Qué, comentando el suceso?

-Dándole algunas instrucciones de seguridad a Servando.

-Sí, como si yo las necesitara.

-Lo malo es que anoche no solo hubo un suceso,

sino que fueron dos.

-De la muerte del fraile acabo de enterarme.

Pero del accidente de Celia me enteré antes de acostarme.

¿Hay alguna novedad? -No, ninguna.

Carmen acaba de pasar,

y me ha dicho que don Samuel y la señorita Lucía

siguen en el hospital velando a la enferma.

-Si no han regresado mañana, iré a visitarles y traeré noticias.

-Y todos se lo agradeceremos.

¿Se sabe qué le ha ocurrido a fray Guillermo?

-Lo acuchillaron.

-Bueno, unos agujeros como puños en la tripa.

Algún "desalmao". Eso cuentan. -¿Y el motivo?

-Ni idea.

-No lo sé, se lo pueden preguntar al comisario,

que lleva aquí desde temprano.

Ha debido de dormir menos de tres horas,

porque ayer se alargaron sus indagaciones.

Yo apenas le conocía,

pero parecía un hombre muy entregado a su ministerio,

afable y, aparentemente, sin enemigos.

-Entonces ¿cómo ocurrió?

-No lo sé.

-Dicen que estaba solo en casa.

Bueno, estaba también Úrsula, pero estaba acostada.

-¿Y don Telmo? -Fuera.

-Qué mala suerte.

-Y todo, por culpa del pisacharcos ese del sereno,

que no vigilo como Dios manda.

-No puede estar en todos sitios.

-Bueno, pues para eso le pagan. -No seas difamador, Servando.

Al parecer, Cesáreo fue quien atendió a Celia

y le acompañó al hospital. -Eso,

ustedes defiéndanle a él.

Y a mí, que me dejó la vida en la faena, que me parta un rayo.

Si me disculpan,

voy a seguir con la escoba.

-Y ahora, que no hay oídos indiscretos,

¿usted cree que la indisposición de Celia

pueda retrasar la boda entre Lucía y Samuel?

-Quiero pensar que no.

Pero todo va a depender del estado de gravedad de Celia.

Espero que solo sea una disfunción propia de su estado interesante.

-Para Samuel sería una hecatombe.

Con lo que le ha costado que le diera el "sí".

-Esperemos que la cosa no vaya a mayores

y todo salga con bien para la parejita.

Liberto, le dejo.

Tengo que ir a la botica. -¿Doña Trini?

-De momento, no es nada preocupante, está un poco afectada

por los acontecimientos.

Ha dormido poco con lo de Celia y le duele la cabeza.

-Vaya, amigo. No la deje sola mucho tiempo.

-Gracias. -Don dios, don Ramón.

-(SUSPIRA)

-"Ayer, a última hora"

y esta mañana a primera,

mis hombres han estado preguntando por aquí y por allá en las calles.

No al azar, pero casi.

Nadie ha visto nada, claro.

Nadie.

Ahora, que los vecinos están levantados,

comenzaremos las entrevistas en profundidad.

Rece usted por que alguien haya visto algo.

Por oraciones, no tendrá usted queja.

Sí.

Ojalá pudiera decir lo mismo en cuanto a testigos.

No tenemos ninguno.

Ni tampoco suposición alguna

con respecto a los motivos de la agresión.

Por otra parte, está la autopsia.

Aunque el informe final llegará esta tarde,

la primera impresión de los forenses

es que la muerte sobrevino por incisión en órganos vitales

causada por arma blanca.

¿Cuándo podré disponer del cuerpo?

Se lo estoy diciendo, esta tarde.

En cuanto obre en mi poder el informe definitivo.

Quiero cuidar mucho el funeral.

Supongo que se lo merecía.

Por lo demás, no se ha encontrado el arma del crimen

ni, de momento, huellas que pudieran darnos algo de luz.

(SUSPIRA)

Gracias por venir a informarme.

En realidad, he venido a solicitar su permiso

para registrar esta vivienda.

Especialmente, la habitación de fray Guillermo

y sus efectos personales.

Claro, cuente con él.

Gracias.

¿Y qué buscan?

Indicios, padre.

Cosas que no estén en su lugar.

Es el procedimiento.

Quizás, entre los objetos que llevaba fray Guillermo,

hay algo que nos permita hacer suposiciones

sobre quién querría hacerle mal.

Dile lo que considere necesario.

Y no dude en preguntarme si lo necesita.

Bien.

Comencemos ahora, entonces.

¿Qué hacía fray Guillermo en esta casa?

¿A qué vino?

A ayudarme. ¿En qué?

¿Por qué?

Es largo de contar.

Le conocía desde que yo prácticamente era un niño.

Al menos lo era desde el punto de vista de la experiencia.

Vaya al grano, padre, hay apremio.

Fue mi mentor.

Para bien o para mal, él hizo de mí lo que soy.

¿Por qué estaba en esa casa?

Ya se lo he dicho.

Me estaba ayudando en un momento muy delicado para mí.

Una crisis vocacional, existencial o como usted la quiera llamar.

Su compañía era un bálsamo para mi corazón atribulado.

No parece motivo suficiente

para que alguien quisiera acuchillarle.

¿Hay motivo suficiente para eso?

Para usted, quizá, no.

Yo he visto de todo.

Piénselo bien.

¿Sabe de alguien que deseara hacerle mal a su mentor?

¿Nadie?

(RECUERDA)"Si se atreve, Lucía no será la única perjudicada".

Despídase de fray Guillermo.

Para mí, será un placer perder de vista a mi viejo amigo.

No lo olvide.

Quede con Dios.

-En fin...

Si recuerda algo, no dude en mandarme recado.

Daré con quien lo hizo, padre. No le quepa duda.

Por el momento, trabajaremos con la hipótesis

de que un ladrón entró en esta casa

pensando que estaba vacía, y se topó con su mentor.

¿Me tendrá al tanto?

Naturalmente.

No tiene usted buen aspecto, padre.

Debería descansar.

(LLORA)

-Marcelina..., olvida a mi primo.

¿Qué te dije?

Él es un culo inquieto.

En cuanto le dé un aire, se va a marchar para el pueblo.

-Ojalá se marchará de una vez.

Lo último que quiero es que me vea así,

tan "desconsolá".

-Ay.

Tienes que dejar de pensar en él... por tu propia salud.

-Claro, dicho así es muy fácil.

Pero del dicho al hecho hay mucho trecho.

¿Te puedes creer que ni me atrevo a salir

para no encontrarme a ese bárbaro?

-Ay, Marcelina, no desesperes.

Debes ir al "mercao", hacer tus labores,

porque, si no, tus señores te van a poner de patitas en la calle.

-Pues me da lo mismo.

¿Para qué quiere una buscarse la vida

si la tiene que vivir sin ese tenorio?

-Eh, eh, tampoco es para tanto.

Mi primo no es un mujeriego, Marcelina.

-Ah, ¿no?

¿Y esa tunanta que tiene en el pueblo, qué? La tal Ovidia.

¿Qué tiene Ovidia que no tenga yo, eh?

¿Qué tiene la Ovidia? -¡Y yo qué sé! No la conozco.

De todas formas, no te amostaces, mujer.

Si ya sabes lo que dicen: el amor es ciego.

O sea que no para en mientes en "na".

-¡Ay! Soy la más "desgraciá"

de la Tierra.

(LLORA) -Ay, Dios mío.

Marcelina, Marcelina, hija mía, no hables así, ¿eh?

Fíjate que hay otros que tienen peor suerte.

¿No has oído lo que le ha pasado al fraile,

al amigo del padre Telmo?

-No.

-Pues le han atravesado con una navaja hasta los entresijos.

-Pues, hala, el hombre ya ha "acabao".

¡Ay, si me hubiera pasado a mí, ya no tendría más pena!

-¡Bueno, venga, ya basta de "salvajás"!

-(LLORA)

-Marcelina, arriba, venga, que tienes que ir a la calle,

a hacer los recados.

Apechuga, que peor va a ser verte en la calle.

-No puedo. -Vamos.

-Me es imposible.

Que apenas me sostienen las canillas.

¡Si me echan, que me echen!

-Ay, Dios mío, qué lástima.

Ven aquí.

Ay.

¿Y no han venido a interrogarles a ustedes?

-Que interroguen a los malandros.

A mí que me pregunten, y a ver si respondo.

-Tampoco se lo tome así.

Los policías hacen su trabajo, igual que usted.

Además, se trata de esclarecer el asesinato de un buen hombre.

-Disculpe mi exceso, hoy no tengo mi mejor día.

-Ya, ya se nota.

-Dos cafés, tres chocolates y cinco de churros.

Y friega esto, que ya me van faltando tazas.

-No faltarían si trajeras tazas sucias

en cada viaje qué haces.

-¿Y qué te crees que estoy haciendo? -Vaguear.

Mira, desde aquí, veo dos platos sucios y un vaso.

Es que aquí parece que trabajo yo solo.

-Menuda mañanita, no has parado de darme la tabarra.

-Porque eres una incapaz. -Como sigas, me vas a escuchar.

-Luego te escucho, Ve a por eso.

-Está que no hay quien le aguante.

-Desde luego, Flora lleva razón. Está usted muy alterado.

-¿Y cómo quiere que esté?

¿Usted sabe lo que he tenido que pagar

por el atolondrado de Tito? Un dineral.

-Sí, nadie quiere tener que pagar una multa.

Pero tampoco lo puede pagar con Flora,

que no tiene la culpa de nada.

-Es que aquí las culpas están muy repartidas, ¿sabe?

-¿Qué quiere decir?

-Flora no tiene la culpa del boxeo, claro que no.

¿Sabe por qué?

Porque la culpa la tiene usted.

-¿Yo? -Sí, usted. Y no me mire así.

Usted.

Para empezar, fue quien me metió en este mundillo.

Y no contento con eso,

me convenció para que me asociara con el pocas luces de Tito Lazcano.

-No quiero discutir, ahora no.

Calme sus nervios, ya hablaremos con más calma.

-Ah, calma. ¿Solo se le ocurre eso?

Que sepa que con la calma no se come.

-Pero se conservan los amigos. -Ya está, para usted la perra gorda.

Me voy a que me dé el aire, ya está.

-Está insufrible.

Comisario, ¿se sabe ya algo?

-Podría contestarle que aquí las preguntas las hago yo.

Pero le responderé.

No. Todavía no.

¿Ha recordado usted algo de esa noche?

-Ya le dije que estábamos en el cinematógrafo.

-Me refiero a los días anteriores al hecho.

¿Vio algún merodeador,

alguien que no cuadrara en esta calle?

-No, lo siento.

Y eso que le he estado dando muchas vueltas,

pero no me fijé en nada extraño.

Debería usted preguntar

a los propietarios de la chocolatería.

Ellos suelen salir a la terraza.

-Hacia allí iba.

Pero me ha venido bien encontrarla

porque tenía pensado tener una charla con usted

a lo largo de la mañana.

-¿Conmigo especialmente, por qué?

-Salta a la vista que tiene usted una educación más elevada

que el resto de las muchachas y es inteligente.

-Comisario, hable claro.

-De acuerdo.

Quiero que esté usted atenta

a lo que se comenta entre las criadas.

-Ya le digo yo que ninguna sabe nada de nada.

-Pero podría saberlo en un futuro próximo.

Me sería muy útil que usted me informará de los comentarios.

Los dimes y diretes, todo lo que me pueda ser útil.

-¿Cree usted que si alguna llega a enterarse de algo

no correría a contárselo a usted o a sus subordinados?

A fray Guillermo no lo conocíamos mucho.

Pero todas estimamos al padre Telmo. -Sí,

no lo pongo en duda, pero ya sabe lo que dicen.

La policía no está muy bien vista entre las clases subalternas,

¿no es cierto?

Algunas quejas hay, no le digo yo que no.

Además, las muchachas podrían haber visto

algo de relevancia para la investigación,

y ni siquiera ser conscientes de ello.

Usted tiene más visión.

Podría ayudarme mucho.

Créame que necesito de esta ayuda.

-Se entonces.

Le informaré de cualquier dato

que contribuya a arrestar el asesino.

-Se lo agradezco.

Tal vez su ayuda sea determinante.

Que tenga buenos días.

-Igualmente.

Perdone, don Ramón, ¿cómo está la señora?

-Así, así. -No me extraña.

Debió llevarse un buen susto, al verla perder el sentido.

-No se lo quita de la cabeza.

Por eso voy al hospital, a indagar noticias esperanzadoras para ella.

-Si puede usted decirle a don Samuel

que, si necesita asearse o comer algo, lo tengo todo dispuesto

-Así lo haré.

-Y transmítele a doña Celia

y, bueno, también después a doña Trini mis mejores deseos.

-De tu parte, muchas gracias.

-Con Dios.

Uf, una nochecita toledana.

Pero ¿quién puede matar a un fraile?

-En seguro que Dios lo acoge en su gloria.

Pues dicen que fue para robar. -¿Para robar?

¿Robar el qué? Ni que el cura tuviera escondido un tesoro.

-No sé. Tampoco va a saber usted

más que el comisario, "señá" Fabiana.

-Yo tampoco digo nada, que conste.

-Y doña Celia, "pobrecica" mía, con lo contenta que estaba.

-Contenta y sin novio, que el marido lo tiene por ahí "perdío".

-Que no, que está de viaje de negocios,

que es obligación.

¡Ay, señor! ¡Ay!

-Bueno, ¿qué?

¿Me lo vas a contar? -(SUSPIRA)

Sí, es que he tenido que hacer un sobreesfuerzo

para ayudar a alguien

y se me ha quedado los riñones al jerez.

-¿Qué sobresfuerzo?

-A ver, ¿dónde está esa tubería incontinente?

-Ay, ¿dónde quiere que esté, Servando?

A ver si se cree usted

que aquí nos dedicamos a cambiar la cañería de sitio.

-Las cañerías, no, pero el aguardiente, sí, ¿eh?

(CARRASPEA)

¿Se han enterado ustedes de lo del Íñigo?

-¿Lo de la multa? -Dicen que sube a miles.

-Claro.

Y ustedes ya podrán.

Una en el quiosco y otro en la portería,

se enteran de "to"·

¿Qué multa?

-De los organizadores del torneo.

Al parecer, no se presentó el púgil del chocolatero al combate.

-Ay, Tito, pobrecico mío.

-Parece ser que el hombre se despistó.

-No, lo que es... es un informal.

-Es un buenazo. -¡Buah!

-Pues sí.

¿A que dan ganas de acunarlo, "señá" Fabiana?

-Pues sí que se deja querer, sí.

-Eso dígaselo al chocolatero, que está que trina con él.

-Yo tampoco hubiera "acudío"

si hubiera sido para darme guantazos con otro "desgraciao".

Eso no le pasa ni a la bestia.

-De verdad, qué mala es la ignorancia.

Los hombres necesitamos desfogarnos de vez en cuando.

Por eso, los señoritos, que son más listos que nosotros,

que todo hay que decirlo, inventaron el "box",

un "sport" de caballeros.

-Ya, pero no son ellos los que pelean, pelean los pobres.

-Nadie les obliga.

¿O a Tito le han puesto una pistola en la cabeza para que combata?

Él se lo ha buscado.

-Servando, no tiene usted corazón.

-Desde luego, no sé para qué hablo con ustedes.

No entienden nada.

La cañería esa estaba en el "sobrao", ¿no?

-¿Dónde va a estar? -Ea.

Pues me voy con mi cañería,

que siempre me entretienen ustedes con sus charlas.

Buenas, comisario. ¿Desea algo?

-Sí.

¿Podría contestarme usted a unas preguntas, señorita?

Además de un café.

-Si es así, no se apure usted. Pregunté por esa boca.

-La supongo enterada del fallecimiento de fray Guillermo.

-Supone usted bien,

no se habla de otra cosa esta mañana.

-¿Estaba la chocolatería abierta a la hora de los hechos?

-A la hora de los hechos, no sé, porque no sé a qué hora sucedieron.

Pero, a la hora del alboroto, cuando se enteraron,

ya nos habíamos ido.

-¿Y por la tarde?

¿O en días o noches anteriores?

¿Vio usted algo que no le cuadrara?

-En este negocio una siempre ve cosas que no le cuadran.

-Usted me comprende, señorita, pero seré más concreto.

¿Vio usted ayer o en días anteriores,

en la calle o en su negocio,

a alguien que, a la vista de los hechos,

pudiera considerar sospechoso?

-A nadie en particular.

Normalmente, los clientes son los vecinos.

Aunque siempre viene algún que otro desconocido.

No, pero no. Nadie que despertara mis sospechas.

-Gracias.

-Siento de no ser más ayuda.

-¿Podría hablar con usted un momento, comisario?

-Dígame usted.

-Si ya ha terminado conmigo, voy a por ese café.

-Vaya, vaya.

-¿Le importa que me siente?

-Por favor.

¿Qué se le ofrece, sereno?

¿Tan secreto es lo que tiene que decirme?

-Podría ser.

Me he acordado de que anoche,

cuando debió suceder el alunamiento y posterior homicidio,

vi a una de las criadas del 38 pasar cerca de la iglesia

y, por consiguiente, de la casa parroquial.

-¿Cuál de ellas?

-La señorita Agustina, ¿la ha interrogado ya?

-Lo haré de inmediato. ¿Había alguien más por la calle?

-Doña Celia, que bajó a la botica.

Pero tuve que llevarla al hospital,

así que no creo que pueda servirle de mayor ayuda.

-Claro. -De otro modo,

habría visto algo más. -Claro, claro.

¿Sabe usted dónde está ahora la tal Agustina?

(Puerta)

Pase, doña Susana. Pase.

-¿Por qué abres tú?

-Casilda está en la compra.

No se preocupe, no se me caen los anillos por abrir.

Siempre es un placer verla.

-Susana, siéntate, estábamos picando algo.

Si no, hasta el almuerzo se hace largo.

-¿"Estábamos"?

Doña Susana, siéntese.

-Querida, qué raro es verte por aquí a estas horas.

¿Ya crees que Agustina está lista para hacerse cargo de la sastrería?

-¿Agustina? Me ha mandado recado de que está pachucha.

Estas criadas son unas melindres.

Y no me atrevo a dejar sola a la planchadora.

Total, entre eso y lo de fray Guillermo,

he preferido cerrar.

-Haces bien, el asesino anda suelto

y no se sabe quién puede ser su próxima víctima.

-No me digas esas cosas,

que bastante tengo yo con mi imaginación.

-Pierda cuidado, doña Susana.

Que el asesino ya estará bien lejos del barrio.

-Dicen que los homicidas siempre vuelven al lugar del crimen.

-¿Y usted se cree que esto el comisario no lo sabe?

Ya habrá adoptado medidas.

-Espero.

Sabes lo de Celia, ¿no? -Ay.

Ay, pobre, con lo ilusionada que estaba

con el milagro de su preñez.

Porque eso es un milagro, después de tantos años.

Esperemos que solo haya sido un susto.

-Yo he rezado por ella,

bueno, y por él, por su marido también,

aunque ande de picos pardos.

-¿"De picos pardos"?

Doña Susana, qué exageración. -Ya sabes cómo es Susana.

Querida, ¿a qué se debe tu visita?

Bueno, aparte de sugerir que Felipe es un poco viva la Virgen.

-Simón no ha contestado aún a mi último telegrama.

Eso es que el niño sigue enfermito. -Entereza.

Doña Susana, entereza. -Bien que la necesito.

-Estoy que no vivo.

(SUSPIRA)

Perder al chiquillo ahora sería... -No, no.

No hay que ponerse en lo peor. -Pues me pongo, Rosina, me pongo.

Estoy pensando en hacer una promesa a la Virgen de los Milagros.

Lo que sea por salvar a mi niño.

Un sacrificio,

una penitencia de las más costosas, lo que sea por mi niño.

-¿Qué promesa?

-"Un chocolatito"

bien calentito para asentarle el cuerpo al sereno.

Y corre a cuenta de la casa. Que anoche tuvo que ser de perros.

-Ya puede decirlo bien alto. Al volver del hospital,

lo único que me faltaba era encontrarme

con que habían asesinado a un hombre mi jurisdicción.

Y, para colmo, un fraile.

Vaya noche aciaga. -Pobre fray Guillermo.

Bebe, bebe y entónate.

-Vaya, ¿te has sosegado un poco ya?

-Déjalo estar, Flora.

-¿Sigue usted dándole vueltas a lo de su pupilo?

-Y le da vueltas porque no puede darle mamporros.

-¿Tú lo has visto? -Por aquí no ha pasado.

-¿Dónde se habrá metido este ahora?

-Quizá sea lo mejor para usted.

Ese hombre, con sus descuidos, no es de fiar, ya lo ha visto.

-Por una zorra que mató, matazorras que lo llamaron.

-No se ha presentado a combatir una vez, eso es verdad,

pero no hay más que verle

para saber que no se puede hacer carrera de él.

-¿Por qué? ¿Porque es amable y buena persona?

-Estamos hablando de un boxeador, no de un maestro de escuela.

Un boxeador debe ser despiadado,

y, si me apuran, hasta brutal. ¿Sí o no, Íñigo?

-Por otra parte, les aconsejo que no se encariñen con él.

Sobre todo usted, Flora.

Por una cosa o por otra, este hombre no va a triunfar, se lo digo yo.

-Mira que eres gafe.

-Y no es que lo diga yo,

es que es así.

Ya tiene una edad y muchos golpes encima.

No está hecho para el Olimpo, ¿sí o no, don Íñigo?

-"Como te lo digo, que sí",

me arreó un bofetón que casi me alzó un palmo del suelo.

Esta de atar la Marcelina. -Bueno, sí, tiene sus cosas, primo.

-Y hablo de la "bofetá"

por no hablar de que casi se rompe una pata en un traspié,

y quería curárselo caminando por la ribera del río.

-A mí qué me cuentas, fuiste tú el que fue con ella.

-¿No te digo que está "chiflá"?

No sé lo que pasa, ni quiero, pero haz que me deje en paz.

¿Sabes a santo de qué la tiene tomada conmigo?

-Tampoco es eso, tampoco es que la haya tomado contigo.

(RECUERDA) -"No le diga nada al Jacinto,

se lo pido".

-Pues no sé, a lo mejor debería.

Así saldríamos de dudas.

Total, el no ya lo tiene. -¡No, no, no, no!

No, por favor se lo pido, deme tiempo.

Sí el Jacinto me dijera que no, "pue" que...

hasta me quitar la vida y "to".

-Quien la conozca, que la compre.

-No te lo tomes a mal.

Todo el mundo tiene derecho a tener un mal día.

Además, que la Marcelina es una mujer muy sentida.

¿Sabes? -Ya.

¡Rediez!

¿Qué le pasa a nuestro cancerbero?

-Si parece que no ve lo que tiene delante.

Ay, doña Celia.

Servando, ¿le ha pasado algo a doña Celia?

-A doña Celia, no.

Nada que yo sepa.

-¿A usted entonces?

-Tampoco.

-Servando, hable, díganos qué pasa, que nos tiene en ascuas.

-(LLORA)

Ha muerto.

Mi Paciencia.

-¡Ay!

-Ha muerto.

-¿Quién dice eso?

-El mulato.

-¿Y se fia usted?

Mire, que Cuba está donde Cristo perdió el gorro.

-Yo...

Él me dice eso en este telegrama, digo yo... que algo sabrá, ¿no?

-¿Y quién le ha leído ese papel?

Porque usted no junta dos letras.

-El cartero.

-Pero ¿y eso cómo ha podido ser?

Si todavía la "señá" Paciencia no era añosa.

¿Cómo ha sido?

-Un rayo.

La tormenta.

Que le ha "partío" un rayo.

Señor, deje que me lleve sus cosas.

-Gracias, Fabiana. Dile a la señora que ya estoy en casa. Enseguida.

-No, no es necesario, ya he oído la puerta.

¿Y bien? ¿Traes noticias?

-Sí, Celia ya está en casa.

-¡Ay! ¡Ay, alabado sea Dios!

Ay, ha sido todo un susto.

¿Cómo está?

-De salud, está bien, sí, está bien. -(SUSPIRA)

Voy a subir a verla. -Espera.

-¿Qué? -Don Ramón...

¡No!

¡No!

-Lo ha perdido, Trini.

Ha perdido la criatura.

Padre.

Oh.

Son ustedes.

Queríamos acercarnos para darle nuestro más sentido pésame.

Gracias.

Ha sido una gran pérdida.

No le conocíamos mucho,

pero sabiendo quién fue y lo que hizo por usted

y lo que usted le quería... Era un buen hombre.

Con eso debería estar todo dicho.

Pero este mundo no suele conformarse con tan poco.

Era también un hombre sabio

y, a su manera, un hombre de acción.

Hasta incluso valiente.

Hubiéramos querido venir antes a acompañarle en el sentimiento.

Pero no sé si sabrá usted

que mi prima ha perdido el niño que esperaba.

¿De verdad?

Lo siento, no sabía nada.

Estará destrozada.

Sí, muy triste.

¿Y cómo ha sido?

Pues un accidente, mala suerte.

¿Ya han avisado a don Felipe?

Ayer noche, le enviamos un telegrama.

Probablemente, esté de camino. Llegará por la tarde.

Me acercaré a confortarla.

Lucía.

Seguro que el padre Telmo

está muy ocupado con las exequias de su amigo.

Es cierto.

Debo marchar.

Con Dios.

Samuel, creo que deberíamos posponer la boda.

No, Lucía, no, ni lo mientes.

El barrio está de luto.

Y mi prima no creo que quiera acudir a celebraciones.

Lo estaba esperando.

Sabía que vendrías con esas.

Pues a mí me parece de lo más lógico.

Celia, no puede... No, no te escudes en Celia.

¿Qué pretendes? ¿Darme largas otra vez?

¿Es eso lo que quieres?

No te escabullas, Lucía.

¿Qué es lo que quieres? ¿Aplazar la boda?

¿O quizás quieres cancelarla?

No, Samuel, en ningún caso quiero suspender nuestro enlace.

¿Entonces?

Solo hablaba de la posibilidad de aplazarlo.

No sé, han sucedido acontecimientos

que impedirían a muchos vecinos ser felices.

Lucía, solo debe importarnos nuestra propia felicidad.

La tuya y la mía.

Y, de cualquier forma, entre tanto sufrimiento,

un momento de dicha, como es una boda,

agradará a los vecinos.

Sí. Quizá estés en lo cierto.

Mantendremos la fecha.

Será una boda maravillosa.

Y alegrará los tiempos difíciles en Acacias.

Se hará como tú deseas.

Y ahora me encantaría quedarme aquí contigo

y dar un paseo por los Jardines del Príncipe,

pero no quiero dejar a mi prima sola.

Claro, claro, ve.

Luego me pasaré a visitaros a las dos.

Te acompaño.

Con permiso.

Don Samuel.

(SUSPIRA) Sabe que no me gusta que nos vean juntos en público.

Caminemos hacia un lugar más discreto.

Me encanta verle departiendo con Lucía.

¿Le he dicho alguna vez

que me parece que hacen una pareja magnífica?

Ahórrese el sarcasmo.

¿Está usted de mal humor?

Y yo que pensaba que estaba cerrando los detalles de la ceremonia.

A punto ha estado de retrasarlo otra vez

por los últimos hechos.

La pérdida del hijo de doña Celia, la muerte de fray Guillermo...

No se le escapa que la muerte de ese fraile

es una buena noticia para nuestros planes.

Soy consciente.

Deja al padre Telmo fuera de la partida una temporada,

conmocionado y débil.

Quizá no reaccione hasta después de mi boda con Lucía.

El destino, querido amigo, que ha venido en nuestra ayuda.

Sea quien sea quien lo haya matado,

lo ha hecho para mayor gloria de nuestros objetivos.

Sea quien sea.

De lo que estoy seguro es que muchos aplaudan su muerte.

¿Qué dice de todo esto doña Lucía?

Ya se lo he comentado.

Se pregunta si es mejor atrasar la celebración.

Pero la he convencido de lo inapropiado que es

hurtar los motivos de festejo a los vecinos

en tiempos tan procelosos.

Haga usted una boda por todo lo alto.

No escatime gastos.

Se recordará durante años.

Y yo le dejaré una buena dádiva.

Aunque no me haya invitado.

Lo que le ha ocurrido a Celia es una desgracia,

pero la vida sigue.

-Ay, Ramón.

Si yo no la hubiera dejado que fuera a hacerme ese recado.

-Trini, ¿qué me estás diciendo? ¿No te considerarás culpable

de la desgracia que le ha sucedido a Celia con lo de la criatura?

-Es que lo soy, Ramón.

(Puerta)

Buenos días.

-Buenos días.

Usted tome asiento, Agustina.

Fabiana, necesito hablar a solas con su compañera.

¡Asesino! ¡Espero que ese Dios,

al que tan poco honra, le dé su merecido!

¿A qué vienen esas voces? Lo ha matado.

¿A quién?

Haga el favor de tranquilizarse o haré que lo saquen de aquí.

Ha matado al hermano Guillermo.

¿Fray Guillermo ha muerto?

Por lo que sé, estaba usted fuera del altillo

en el momento de la muerte de fray Guillermo.

¿Vio usted algo raro por la calle?

-Nada. -¿Está segura?

¿Nadie que llamara su atención?

¿Algo que fuera poco habitual por el barrio?

-Estoy segura.

-No sé, tengo la sensación

de que hay algo que no quiere contarme.

-"Estoy pensando en dejar el boxeo".

En romper el contrato con Tito, olvidarlo todo.

-Cariño... Tú sabes que a mí nunca me ha gustado esa actividad.

Me parece buena idea que renuncias a ella.

-¿Y vamos a abandonar a ese hombre?

Pues no me parece bien.

-No sé qué hacer.

Por si fuera poco, no le veo desde que le eché la bronca.

No sé que puede estar haciendo ese hombre.

-Usted le dio unas hierbas a Úrsula. -Sí, señor comisario.

Para ayudarla a reposar y para los nervios.

-¿Tanto como para dejarla inconsciente?

¿Tan fuertes como para que no recordara nada?

-Pues según y cómo.

Sí toma una taza, ya le digo yo que no.

Ahora, ya si se toma tres, yo eso no lo he comprobado.

-¿Sospecha de ella?

-Mi nieto está fuera de peligro. -¡Ay, qué bien!

-Enhorabuena, tieta.

Pero siéntese y nos cuenta bien.

-(SUSPIRA) Esto ha sido gracias a mis rezos

a la Virgen de los Milagros.

-Sí, pero digo yo que los medicamentos

que le dieron los doctores habrán tenido algo que ver.

-No seas blasfemo, Liberto. -Algo de razón tiene tu sobrino.

Rezar está muy bien,

pero las pastillas también hacen su trabajo.

-Solo si Dios lo quiere así.

Y ahora cumpliré mi promesa.

-¿Y nos vas a decir de una vez cuál es?

-Ahora sí.

Ahora sí puedo hacerlo.

-No sé qué le pasa a la Agustina.

-Pues ya lo dijo, "señá" Fabiana.

Que está "resfriá".

Y ya sabe usted, el "resfriao" te deja como si un coche de caballos

te hubiera "pasao" por encima.

-Eso te deja "baldá", pero no nerviosa.

Y yo la estoy viendo más nerviosa que "apagá".

Sí hasta se ha "dao" cuenta el comisario.

¿De quién es?

De la Orden del Cristo Yacente.

Llévela de vuelta.

Y diles que esto es lo que pensamos de ellos

y de sus coronas.

¡Ahora mismo!

Trini.

Perdone por que haya tardado tanto. La criada ha ido a la botica.

¿No me vas a invitar a pasar?

-A mi Paciencia le ha partido un rayo.

-Eso es una forma de morir como otra cualquiera.

Como al que le cae un piano en la cabeza desde un quinto piso.

-Ya.

Pero yo nunca he dicho:

"Ojalá le caiga un piano en la cabeza",

yo siempre decía: "Ojalá le parta un rayo".

-¿Y?

-Pues que, en parte, me siento algo culpable.

-"No me gustan nada"

los velatorios. -Ni a ti ni a nadie.

-Mira, ahí llegan Samuel y Lucía.

Supongo que después de lo de doña Celia

retrasarán la boda.

-Ni idea.

Lo que no creo es que sea la madrina de la boda.

-"Don Íñigo",

le dije que me enteraría a través de los serenos.

-¿Has encontrado a Tito?

-No, le han visto. Anda por el barrio de El Junco.

-¡Puf!

-Explícame, que sabes que no soy de aquí.

-Malas noticias, no lo hay peor en la ciudad.

-Por ahí pasa lo malo de cada casa por lo menos una vez al día.

-O la noche, más bien. -Timbas de cartas,

bares clandestinos, compañía de todo tipo,

vamos, cualquier cosa puede encontrar en El Junco.

-¿Se puede saber qué hace ese hombre allí?

No sé, habrá que ir a buscarle.

Padre, sentimos mucho la muerte de su tutor.

Mi tutor...

y el mejor de los amigos.

Padre.

Querría estar a su lado y darle la fuerza

que necesita.

-Venía a preguntarle a la Casilda por Marcelina.

-Ni idea, aquí no está.

-Ya, ya, ya lo veo.

Ando buscándola por todo el barrio, y no aparece.

-¿Y tú para qué la quieres?

-"Será unas preguntas"

de manera informal.

No piensen que se trata de un interrogatorio.

Estamos a su disposición. Cualquier cosa que necesite

para esclarecer el asesinato, cuenta con nuestro apoyo.

Gracias. Muchas gracias.

Usted conoce bien al padre Telmo,

¿sabe qué relación tenía con fray Guillermo?

Magnífica.

El padre Telmo sentía veneración por ese hombre.

Si hay algo que le ha llevado a sospechar de él, olvídelo.

Querida, no predispongas en nada al comisario.

Él sabe cómo tiene que llevar la investigación.

No puedo ir al "mercao", imagínate que me encuentro al Jacinto.

-Pues le dices: "Buenos días, buenas tardes, buenas noches".

Le preguntas cómo le ha ido la faena.

-Que se me cortaría la voz de la vergüenza.

Han pasado muchas cosas estas semanas que ha estado fuera.

Me llegó el telegrama hablando sobre su ingreso,

pero no especificaba la dolencia.

Está bien, ¿verdad?

No, no lo está.

Su ingreso fue por un aborto.

Eso es...

Eso es imposible.

Celia estaba incapacitada para tener hijos.

Pues la naturaleza obró un milagro.

Celia estaba embarazada.

No lo supo hasta después de su partida.

Los médicos nos dijeron que no podíamos tener hijos.

Pues fue un milagro, Felipe.

Un milagro que acabó convirtiéndose en una pesadilla.

¿Cómo fue? "Dígame a qué venía".

Hablar con usted de la muerte de fray Guillermo.

A intentar que me ayude a esclarecerlo.

¿Sobre quién quiere interrogarme? Sobre Úrsula.

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Acacias 38 - Capítulo 931

18 ene 2019

Telmo destrozado tras encontrar el cadáver de su mentor. Méndez se encarga del caso y después de varios interrogatorios sospecha que Agustina sabe algo, pero la criada le evita. Telmo calla al inspector las amenazas de Espineira a fray Guillermo. Lucía se acerca a darle el pésame a Telmo, pero la presencia de Samuel impide que haya intimidad entre los dos. Trini y Cesáreo llevan a Celia al hospital. La Palacios se siente culpable porque todo lo originó su antojo. Celia salva la vida, pero ha perdido su embarazo. Tito sigue sin aparecer e Íñigo paga su enfado con los demás. Cesáreo recomienda al chocolatero que rompa su trato con él. Casilda paga el pato por estar en medio de la relación de Marcelina y Jacinto. A Servando le llega la noticia de la muerte de Paciencia en Cuba.

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