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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 930 - ver ahora
Transcripción completa

¿Me está usted amenazando?

Porque ese juego conmigo es peligroso.

Un juego al que usted empezó a jugar.

¿Quién empezó a amenazar a quién?

En eso tiene razón.

Y mantengo mi amenaza.

Samuel, a parte de un mentiroso, es un asesino.

Hay sospechas

de su implicación en la muerte de su padrino Joaquín,

y también en la del cochero Gutiérrez.

No tengo dudas, Lucía,

Samuel lo mató.

Sí, para evitar que contara

que todo fue una trampa. -Pronto volverán

Antoñito y Lolita del viaje.

-Pues sí, y la verdad es que tengo ganas.

Que a mí me gusta mucho estar a solas con mi Ramón,

pero también me gusta tener la casa llena de gente.

Estamos a una semana de nuestra boda y, yo estoy lleno de ilusión,

no de tristeza. Tenemos que mirar

hacia el futuro, Lucía.

¿O es que acaso ha sido Telmo quien está revolviendo todo esto?

-"Que los médicos" no dan con la dolencia del niño.

-Virgen santa, ¿y qué van a hacer?

-Pues... seguir buscando, supongo.

Asistiré a su boda.

Le aseguro que asistiré.

-Que también podríamos quedar luego "pa" dar un paseo más tarde.

-"Pos" no sé.

Quizá otro día, ¿eh? Hale.

"Lucho contra mis sentimientos" día y noche.

Ayúdeme, por favor.

Lo que debes hacer es alejarte de Lucía y olvidarla.

No sé si podré hacer eso.

Pues entonces tendrás que pedir el traslado a otra parroquia.

No.

He de proteger a Lucía de Samuel.

-Usted váyase a la Sociedad Gimnástica

por si estuviera allí esperando.

-De acuerdo, buena idea.

Y si no está,

pues trataré de convencer a los jueces para que retrasen el combate.

-Eso es, y yo voy a la pensión y si está allí, me lo traeré a escape.

¿De verdad cree

que me da miedo lo que pueda hacer usted, hermano?

No es más que un fraile,

por el amor de Dios.

Sí, lo soy, y tengo a Dios de mi parte.

Poco podrá hacer Dios por ayudarle.

En breve me casaré con la señorita Lucía Alvarado

y seré uno de los hombres más ricos de este país.

Eso, don Samuel, ya lo veremos.

Descuide, padre, en un santiamén tendrá preparadas las viandas

para llevarse consigo.

Se lo agradezco, Úrsula.

Pero no era menester que cocinara tanto,

el viaje que voy a emprender no es largo,

tan solo precisaba de un tentempié.

Quizá más tarde tenga usted más hambre.

Con todo lo que ha preparado podré convidar a todo el carruaje.

Úrsula, no se disguste,

tan solo estaré fuera unos pocos días.

No es el viaje lo que me preocupa, sino su regreso.

No la comprendo.

Padre,... créame que lo lamento, pero...

no pude evitar escuchar lo que habló con fray Guillermo.

¿Es cierto?

¿Va usted a colgar los hábitos, a abandonar el sacerdocio?

Le seré sincero. No lo sé.

Pero no puede hacerlo.

Es usted el sacerdote más piadoso que conozco,

los feligreses le necesitan a su lado.

No sé si aún sigo siendo digno de ellos.

Por supuesto que lo es.

No podrían tener un párroco mejor que usted.

Padre,...

no se deje llevar por la tentación del mal,

seguir el camino que le marca el diablo,

alejarse de la senda del Señor.

Descuide, Úrsula,

no será su camino el que siga, sino el que me indique

Nuestro Señor, el de la verdad y la honestidad.

Por ese motivo y no otro

voy a emprender ese viaje.

Necesito estar a solas para pensar,

para reunir el coraje necesario para afrontar mi decisión,

sea cual sea.

¿Cuántos días estará fuera?

Tampoco puedo contestarle a eso con certeza.

Mañana por la noche o quizá pasado.

El tiempo que precise mi alma.

Úrsula, por favor, no sufra por mí,

tan solo estoy haciendo lo que debo.

Así lo espero.

Rezaré todo el tiempo en su ausencia

para pedirle a Nuestro Señor

que le aclare el entendimiento

y que pueda usted volver a Acacias ya sin dudas.

Gracias.

(Sintonía de "Acacias 38")

-Ya te puedes marchar a casa, que ya vale de faenar por hoy.

Me quedo yo decorando la tarta que nos han encargado para mañana.

Estaba probando que el merengue estuviera en buen estado.

Me alegro de verte,

me estaba preguntando cómo habría ido el combate.

¿Tito ha dejado KO al gabacho de un mandoble en el primer asalto?

¿En el segundo?

¿En el tercero?

Ay, no me digas que ha sido él quien ha besado la lona.

-Flora,... ni nadie ha caído KO ni se ha intercambiado ningún golpe.

El combate no se ha celebrado.

-A ver,... no comprendo.

¿Acaso se ha suspendido?

-Pues sí, se ha suspendido porque Tito no ha aparecido.

-¿Cómo que no ha aparecido? ¿Qué le ha pasado?

-¡Pues no lo sé!

Pero me han puesto una multa de aúpa, y te puedo asegurar

que no va a ser nada comparado

con lo que le va a pasar en cuanto me lo encuentre.

-¿Has ido a verle a la pensión?

-Sí, pero no estaba allí.

-¿Y su perrillo? -¡Y yo qué sé, Flora, no lo sé!

Tito nos ha hecho una buena,

y ya puedo decir adiós a las ganancias obtenidas

en el anterior combate, porque las voy a necesitar

para pagar la dichosa multa.

-Bueno, el parné no es lo que importa.

Le ha tenido que pasar algo grave, él sabía la importancia del combate.

(Pasos)

-¿Por qué no se ha presentado Tito al combate?

-Mira, Cesáreo, ¡no lo sé, no lo sé!

-Estás fetén, Marcelina.

El Jacinto no solo va a querer ir de paseo a la ribera del río,

cuando te vea, querrá acompañarte hasta el fin del mundo.

(SUSPIRA)

Arrojo, Marcelina,

valor y al toro.

O al pastor.

Arrea, si estoy temblando más que un flan.

-Marcelina, ¿estás bien, te has... "torcío" el tobillo?

-No, no, no, estoy bien,

si no ha "sío" "na".

-Ah, menos mal. Te has caído como un fardo al suelo.

Has "pegao" tal traspiés, que me has "recordao"

a cuando mi oveja favorita, la Rebeca, casi se quiebra una pata,

la pobrecita.

-Descuida, mi pata parece estar bien,

tanto que una estaba pensando en ir de paseo a la ribera del río.

-Uy, "pos" ten cuidado no vuelvas a tropezar, que acabas "empapá".

-No correría tal riesgo si vinieras conmigo

y pudiera cogerme de tu brazo.

Además, así recordamos tiempos "pasaos".

-No va a poder ser, Marcelina, estoy "ocupao".

-¿Aún te queda faena en el jardín del palacete de doña Rosina?

-Ah, no, no, no, no, nones, pero he "quedao" con don Liberto

"pa" echar unos naipes como hacíamos antes.

Y luego quería seguir dándole forma a la Ovidia, la talla, me refiero.

-Claro. -Ah, pero mira, Marcelina,

ya tienes quién te acompañe al paseo por el río.

-¿Qué hacen aquí, pelando la pava? -Poca cosa,

prima, de hecho, yo ya me iba.

Marcelina,... cuida esa pata.

-Ay, Casilda,

que parece que su primo ni me ve.

Ni una palabra bonita me ha "dedicao".

-Marcelina,...

hágame usted caso y no insista más.

Mi primo es un hombre "ocupao",

y lo mismo el día menos "pensao" se vuelve a su pueblo.

-Está visto que no me queda tiempo "pa" "na".

(SUSPIRA)

-¿Se quiere venir esta tarde al cinematógrafo con nosotros?

"Enseguro" que así se distrae un poco.

-¿Al cinematógrafo, dice?

-Sí. La Lolita nos ha "regalao" unas invitaciones,

y seguro que sobra alguna.

-Pero... ¿y su primo va a ir también?

-Ay, Marcelina, hija mía.

-¿No?

¿Tiene un momento, prior?

Señor Alday,...

Qué sorpresa, no le esperaba.

¿Acaso ha venido a verme en calidad de feligrés?

Digamos que tan solo como un vecino más de Acacias

preocupado porque nuestro párroco ha abandonado la iglesia.

La eucaristía de hoy la está celebrando fray Guillermo.

Pero parece sorprendido,...

¿no me diga que no estaba al tanto?

Siéntese.

Me sorprende que no esté usted al corriente

de lo que sucede en su diócesis.

¿O es que acaso el padre Telmo hace lo que le viene en gana

sin ni siquiera consultarle

y a pesar de su voto de obediencia?

Descuide,... su queja quedará reflejada.

Pero algo me dice que no ha venido hasta aquí solo para eso.

Lee en mí como en un libro abierto, prior.

Aprovechando la visita, también quería advertirle

acerca de su sacerdote.

¿Acaso ha hecho el padre Telmo algo más que también desconozco?

Lamentablemente, el párroco, sin tener en cuenta sus votos,

se ha enamorado de la señorita Lucía Alvarado,

mi prometida,

y no es mi deseo montar un escándalo,

pero creo que como superior suyo, debería tomar cartas en el asunto.

Creo que se le está yendo de las manos.

Le estoy muy agradecido por el interés que se toma en mis asuntos.

De su preocupación deduzco que una vez más cuento con su estima.

Permítame

que le pague con la misma moneda advirtiéndole.

Creo que está cometiendo usted un grave error.

¿Yo? Así es.

No solo debería preocuparse de los sentimientos de mi sacerdote

hacia su prometida,... también de los de esta por el padre Telmo.

Dígame,

¿está usted completamente seguro de que la señorita Lucía

saldrá de la iglesia de su brazo?

Es curioso, ya es la segunda vez que recibo la misma amenaza.

En tal caso, haría usted muy bien en no ignorarla.

Si lo piensa bien,...

tanto usted como yo tenemos el mismo problema.

Nuestro éxito depende de los sentimientos y las decisiones

de terceras personas.

Y usted sabe cómo solucionarlo.

Quizás.

Creo que ha llegado el momento...

de unir lazos, de recuperar...

un posible acuerdo.

Cualquier malpensado podría pensar que si usted

llega a hacerme esa propuesta, es porque se sabe derrotado.

No esté usted tan seguro. Lo estoy.

Ahora que me encuentro en la puerta del altar,

es cuando usted quiere llegar a un acuerdo.

Se arrepentirá de haberlo rechazado.

Lo dudo.

En pocas semanas, Lucía cumplirá los 23 años

y recibirá toda la fortuna de los marqueses de Válmez.

Demasiado dinero para una mujer tan joven.

Descuide,...

yo, como su esposo, me encargaré de administrárselo...

sin que usted pueda oler una mísera peseta.

Ha sido un placer volver a verle, prior.

Le daré recuerdos a fray Guillermo de su parte.

¡Quieta ahí, doña Celia!

-¿Qué sucede? -Si me hace caso, nada,

que el suelo está con cera, y lo último que quiero es que se caiga

y tengamos una nueva desgracia, que bastante tengo yo ya

con que me culpen de lo de su prima que, por cierto,

¿cómo está? Espero que mejor, la he visto salir.

-Sí, ya está recuperada de la caída.

Entonces, ¿qué, no puedo subir las escaleras de mi casa?

-Sí, sí, cómo no, cómo no, pero suba por el lado derecho,

que ese está todavía sin cera.

Ay, perdone, perdone, disculpe un suspiro,

que se me olvidaba, que le tengo que dar algo.

Una carta para usted. -¿Quién la envía?

-Supongo que don Felipe, su esposo,

pero es que no he identificado el remitente.

-Rosina, ¿sabes si mi tía ha recibido telegrama

de Simón y Elvira? -Es de suponer que no,

de ser así habría venido a decírnoslo.

-Tienes razón,

entonces no nos demoremos más, vayamos a verla.

Ahora precisa de todo el apoyo que podamos prestarle.

-Pero, ¿tú no tenías partida de naipes con Jacinto?

-Así es.

Y la verdad me apetecía horrores distraerme aunque sea por un rato

de tantas preocupaciones, pero...

la he anulado, estando mi tía así no me parece correcto.

-Tu preocupación por Susana te honra, pero poco podemos hacer

por aliviar su sufrimiento. -Lo sé,

pero al menos intentemos que se sienta querida en estos momentos.

-Es que la pobre está viviendo un infierno, se siente impotente,

lejos de ellos, sin saber siquiera si le están contando la verdad

por no alarmarla aún más.

-Cariño, estar lejos de un ser querido es siempre duro,...

pero si uno de ellos está enfermo y tú tienes que estar aquí

atado de pies y manos sin ni siquiera poder verle,

eso es una tortura.

-Pues sí, así es, querido.

-¿Y sabes qué es lo peor de todo?

Que mi tía no haya viajado por placer para ver a sus hijos

y ahora tenga que hacerlo por necesidad,

para enterrar a un nieto que ni siquiera ha llegado a conocer.

-Ay, Liberto, no seas cenizo, no vuelvas a decir eso nunca más.

El pobre niño se salvará.

-Me gustaría estar seguro de eso.

-Dios no puede ser tan cruel.

Después de lo que han pasado Elvira y Simón, no sería justo.

-La enfermedad de un niño jamás lo es.

(Llaman a la puerta)

Voy a abrir.

-Disculpad que os moleste. -Usted nunca molesta, tía.

De hecho, estábamos preparándonos para ir a visitarla.

-¿Has recibido noticias?

-He recibido un telegrama de Simón.

-No son buenas nuevas.

-Eso parece indicar su rostro.

-Mi nieto sigue igual, ingresado en el hospital,

debatiéndose entre la vida y la muerte.

-Santo Dios.

-No quiero ni imaginarme el dolor

y el miedo que estarán sintiendo Elvira y Simón, allí solos,

en Italia, sin que nadie les apoye.

-Tía,... ¿por qué no se va de viaje a su lado?

Yo si quiere puedo acompañarla. -Por supuesto, Susana,

puedes contar con nosotros.

-Os lo agradezco, pero no sé qué hacer.

Si marchar o quedarme aquí esperando noticias.

No puedo pensar con claridad.

De lo único que me siento capaz ahora es...

de rezar.

Rosina, por favor, acompáñame a la iglesia,

quiero rezar allí un rosario, y encargamos unas misas

para el pequeño.

-Por supuesto que sí,

rezaremos juntas por la recuperación del niño.

(Pasos)

-¡No vaya por ese camino, doña Trini!

-¿Qué sucede, Servando?

-Nada, nada, simplemente que Servando ha encerado el suelo.

-No, no, baje, baje por este lado.

Para acá, que no quiero que se caiga,

y menos en su estado que,

por lo visto, la cera es más peligrosa que una escopeta.

-Agradecida, Servando.

¿Qué lees con tanto interés?

-Una carta de Felipe.

-¿Y qué se cuenta?

-Cosas de trabajo, pero lo más importante

es que pronto va a regresar. -Ay, Celi, cómo me alegro.

-Sí. Tengo ganas de darle la buena nueva.

Todos los días tengo que contenerme para no escribirle.

-No lo hagas, ¿eh?

-No, no lo voy a hacer.

Ya sé que es una noticia que se tiene que dar frente a frente.

Todas las noches

me acuesto pensando en la cara que va a poner.

-Ay, me encantaría ver ese momento por un agujerito, qué emoción.

-Lucía, pero ¿cómo vas tan cargada? Tienes que cuidarte,

que todavía te estás recuperando de la caída.

-¿Era necesario que salieras a comprar cosas?

Son materiales de restauración. Es que he retomado mis trabajos.

Está visto que no vas a quedarte quieta.

-Yo me voy a tener que ir,

que llego tarde a la iglesia.

¿Sabéis que el padre Telmo se ha ausentado?

Será Guillermo quien haga los oficios del día de hoy.

-Pues no, yo no sabía nada.

¿Habrá caído enfermo?

Lucía, ¿tú sabes algo?

-Dicen por ahí

que el párroco se ha ido de viaje, pero...

no se sabe cuánto tiempo va a estar fuera.

Tenga, buen hombre, hoy también le he traído las sobras

de la comida.

Úrsula.

Mire. Le traigo unas cuantas flores más.

Alegre con ellas también a Nuestro Señor.

Se lo agradezco, Fabiana.

Y, dígame, ¿sabe cuántos días va a estar fuera el padre Telmo?

Pues no lo sé con seguridad, creo que un par de días a lo sumo.

¿No le parece muy raro este viaje tan repentino?

Aunque, la verdad sea dicha,

no es la primera vez que nuestro párroco desaparece

de la noche a la mañana.

¿Se acuerda de cuando abandonó el barrio durante la procesión?

Lo recuerdo, Fabiana.

Bueno, esta vez ha tenido la delicadeza de dejar a alguien

a cargo,

porque en aquella ocasión nos dejó a todos compuestos y sin cura.

Y buen sustituto que nos ha "dejao", ¿eh? Sepa usted...

que las señoras que han "acudío" a la primera misa, comentan

que están encantadas con fray Guillermo. Al parecer,

ha sido una verdadera maravilla la homilía.

Vaya, vaya. Pues sí que está usted torpona hoy.

Deje, deje, deje,

que ya servidora lo llena en la fuente.

-Úrsula, la estaba buscando.

Si no es mucha molestia, le agradecería que me ayudara

a repasar la agenda.

En un santiamén, pero solo será necesario repasar la de hoy,

mañana regresará el padre Telmo y él podrá ocuparse de todo.

Ah, eso mismo pienso yo,...

pero la fecha de su vuelta solo Dios la sabe,

así que más vale estar prevenidos.

¿Cómo ha sido usted capaz?

El padre Telmo confiaba en usted. No la comprendo.

Yo, sin embargo, creo que me entiende a la perfección.

Está empujando al padre Telmo a abandonar sus votos.

¿Qué? Está usted confundida, eso no es cierto.

No trate de negarlo, pude escucharle.

¿Acaso quiere quedarse con esta parroquia?

Este es el lugar del padre Telmo, no el suyo.

El padre Telmo tiene que regresar y ocuparse de sus fieles.

No, usted está confundiendo cosas. Nunca ha sido mi intención

arrebatarle nada.

¿Cómo se le ocurre alejarlo?

¡No le está aconsejando nada bien!

Déjelo, Úrsula, ya miraré por mí mismo la agenda parroquial.

-Ya está, Úrsula, ya.

¿Qué sucede?

Está usted... "demudá".

-Muchas gracias.

Espero que estos dulces animen un poco a mi tía,

la pobre está que no levanta cabeza.

-¿Las noticias que llegan sobre su nieto siguen siendo preocupantes?

-Así es, Leonor.

El tiempo pasa sin que haya ninguna mejora.

La vida de ese pobre niño pende de un hilo.

-¿Cómo es posible que un recién nacido pueda sufrir tanto?

Desde luego, este mundo no es justo.

Ay,... cariño.

¿Qué tal, cómo ha ido?

-Muy mal. Vengo de pagar la multa.

No te imaginas lo que me ha costado a mí desprenderme de tal dineral.

-No te creas, por tus modos ya me hago a la idea.

-A Tito ya le puede haber pasado un carruaje por encima, ya puede,

de lo contrario, esto no se lo perdono.

No es una cuestión de dinero, es una cuestión de que ayer teníamos

una oportunidad de oro para darle a conocer y, en lugar de eso,

hemos quedado fatal y sin blanca.

-¿Ha vuelto a buscarle a la pensión?

-Sí. Creo que me conviene coger una habitación del tiempo que paso allí.

-¿Y sigue sin haber noticias de él? -Nada.

Le he preguntado a la casera, a la gente, y nadie le ha visto.

-Desde luego, resulta cada vez más extraño.

-Yo ya no sé qué hacer.

-Pues me temo que solo puede hacer una cosa, Íñigo,

esperar a que Tito dé señales de vida, nada más.

En fin, yo me voy a ver a mi tía que, lo crean o no,

hay problemas aún más graves.

-Lo sé, Liberto, muéstrele todo nuestro apoyo.

Ojalá pronto lleguen buenas nuevas sobre su nieto.

-Luego iré a verla.

-(RESOPLA)

-Íñigo, por desgracia, Liberto tiene razón,

tú ya no puedes hacer nada más. -No es justo, Leonor.

Yo me las prometía tan felices triunfando como representante,

y ahora no tengo ni combate ni boxeador.

-¿Sabes qué creo?

Que a Tito no le ha pasado nada grave.

-Y en ese caso, ¿por qué no aparece?

-Sencillo, cariño,... lo mismo está avergonzado de lo sucedido.

-Ay, Marcelina, qué bien que la encuentro. Quería comentarle algo.

-¿Sucede algo?

-No, descuide, nada malo.

Es solo que sobra una entrada para ir al cinematógrafo

y todos en el altillo han decidido que sea usted quien nos acompañe.

No, no.

Jacinto no va a venir.

-Oh. -Ya me dijo Casilda

que usted me lo preguntaría. -Ay, qué lástima.

Cómo me hubiese gustado ir con él,

estar a oscuras a su "lao",

tan solo "iluminaos" por la pantalla del cinematógrafo.

-Perdone, pero está usted obsesionada con el pastor,

Marcelina. -¡Yepayaaaaa!

(Risas)

-Va a tener usted más razón que un santo.

Que ya hasta le oigo dentro de mi mollera.

-Dentro y fuera, Marcelina, que yo también he podido escucharlo.

Vamos, yo y todo Acacias. -A las buenas.

Me alegro de verlas.

-Me parece que el sentimiento es mutuo.

-Ah. -Sobre todo en algunas.

Bueno, ya sabe, Marcelina, si quiere usted ir al cinematógrafo,

le guardamos la entrada.

Les dejo solos, que...

tres son multitud.

Con Dios. -Ay.

-Marcelina,... ¿está bien?

(CHASQUEA LOS DEDOS) Que te has "quedao" "alelá".

(RÍE) -Sí, sí, sí, estoy bien,

pero... ¿qué haces aquí? ¿No tenías partida de naipes?

-Ah, sí, pero don Liberto tenía quehacer.

Al parecer, el nieto de su tía anda pachucho.

-Ay, me alegro. -Uy.

¿Y eso? ¿Tanto mal le desea usted

a la sastra y a los suyos? ¿Qué le ha hecho esa criatura

para que le tenga tamaña inquina? -Perdón, perdón, perdón,

lo que quería decir era que me alegro

que no hayas ido a jugar a las cartas.

Así he "podío" verte.

-Ah. Menos mal, menudo susto me habías "dao",

con lo buena persona que tú eres.

-¿Eso piensas de una?

-A ver, que me ha hecho mucha ilusión verte.

Estoy deseando volver al pueblo para hablarle de ti a la Ovidia.

-¿La Ovidia, como tu talla?

-Sí. -¿Es acaso una de tus ovejas?

-Una oveja, dice. No, no, qué va, mira, mira,

la Ovidia

es una moza hecha y derecha, sí,

más buena que el pan, sí. Andamos "ennoviaos".

(AHOGA UN GRITO)

Marcelina,

¿estás bien? Te has vuelto a quedar ahí "pasmá".

Me estás empezando a preocupar, ¿eh?

(CHASQUEA LOS DEDOS)

¿Qué diantres le pasa a esa mujer?

-Tenías que habernos visto a Trini y a mí,

por poco nos llevamos toda la tienda.

No me extraña, estas ropitas son un primor.

Estoy deseando poder ponérselas a mi niño.

Nueve meses se me van a hacer muy largos.

Me alegra verla tan ilusionada.

Después de todo, me cuesta creer que haya sido bendecida de esta forma.

Aunque tú no dejas de preocuparme, Lucía.

¿Yo, por qué motivo?

Está claro.

Estamos a unos días de la boda y no muestras ninguna ilusión.

Prima, eso no es cierto. Pero ¿cómo que no?

Si casi ni has ido a hacerte la prueba del vestido.

No muestras ilusión por el banquete, todo te parece bien, es como si nada

te importara en absoluto. Se equivoca.

No es así, de verdad.

Deseo con fuerza que llegue el día de mi boda.

Bueno, en ese caso, lo siento.

Será que pongo en ti mis propios reparos ante el próximo enlace.

¿No se alegra por mí?

Sí, claro que sí, nada deseo más que tu dicha, pero compréndeme,

en muy poco tiempo voy a perder toda la compañía que tengo en esta casa.

Primero Lolita y ahora tú.

Prima, no lo considere así. Yo siempre volveré por esta casa.

Eso es cierto.

(Pasos)

-A las buenas.

Antonia me ha abierto la puerta. -¿Deseas algo?

-Apenas "na", no se me inquiete, señora.

Tan solo venía a interesarme por usted, ofrecerme

por si necesitaba algo en ausencia de Lolita.

Antonia es una criada con mucha experiencia y bien dispuesta,

pero no conoce los secretos de esta casa.

-Te agradezco mucho que estés pendiente, Fabiana.

Efectivamente, me ha preguntado dos cosas

y no he sabido responderle.

He tenido que decirle que esperara a que regresara Lolita.

Me sonroja reconocer que no conozco los intríngulis de esta casa,

pero es que Lolita apenas me dejaba entrar en la cocina.

-Arrea, pues como "tie" que ser, ese no es su sitio, señora,

pero descuide usted que una servidora está al tanto de "to"

y ya se encargará una de poner al día a la Antonia.

Y ahora,

disculpen mi atrevimiento, pero aprovechando,

¿puede una preguntarles por don Telmo?

Sé que desde que pasaron

aquellas malas fiebres le tienen mucha confianza.

-Sí, así es.

-En tal caso, quizá puedan decirme si conocen el motivo

de tan repentino viaje y que está causando

tanto malestar.

-Pues me temo que de ese asunto sabemos lo mismo que tú.

Pero, disculpa, Fabiana,...

¿por qué dices que está causando malestar?

Tenía entendido que fray Guillermo se estaba encargando de todo.

Sí, si así es, señorita, pero una antes vio cómo Úrsula

discutía fuertemente con el fraile por dicho motivo.

"Pa" mí que hay algo bien raro

en todo este asunto.

-Disculpen, pero tengo que hablar con fray Guillermo.

-Lamento... Mañana intentaré seguir resolviendo

dentro de lo posible sus dudas. Lo siento.

¿Qué desea?

Debe ser urgente para interrumpir

de esa manera la labor pastoral.

-Cada vez se parece más a Nuestro Señor,

rodeado de discípulos divulgando la palabra.

-¿Acaso no es esa la misión de todos nosotros,

tratar de seguir humildemente sus pasos?

-Quizás lo logre más de lo que podría desear.

No preciso recordarle cuál fue su final.

-En el seminario, cuando estudiábamos juntos,

nuestros maestros siempre le reprobaban.

Lamento comprobar que sigue dando motivos para ello.

El final de Nuestro Señor no fue la cruz, sino la gloriosa resurrección.

-Créame, no tengo tiempo ni ganas de discutir con usted sobre teología.

Dígame dónde está el padre Telmo.

Me han informado que está usted

oficiando los servicios de la parroquia.

-No le han engañado,

el padre Telmo ha tenido que salir de viaje.

-Eso ya lo sé,

lo que le estoy preguntando es dónde se ha ido y cuándo volverá.

-No puedo contestarle a ninguna de las dos preguntas.

-¿Va a negarme que está usted detrás de ese extraño viaje?

Desde que llegó,

el párroco no deja de ignorar la obediencia que me debe.

Su influencia sobre él no puede ser más nefasta.

¿No se da cuenta que puede ser expedientado

por abandonar la parroquia sin previo aviso?

-No debería.

La iglesia no ha quedado descuidada ni un momento

y con el favor de Dios, el padre Telmo

volverá hoy mismo

o, a lo sumo, mañana. -Por su bien,

espero que así sea.

En cuanto a usted, no crea que esto va a quedar así.

Nos veremos las caras antes de lo que se imagina.

-Y cuando yo le digo: "Orejones, salta, el animalillo salta".

Si es que es más listo que el hambre.

Nada más verme sabe si ese día estoy dichoso o tristón.

-Hay que ver, ¿eh? "Ende" luego, hay perricos

que son mucho más inteligentes que las personas.

-¿Qué hace usted aquí, Tito?

¿Pelando la pava? -A las buenas, don Íñigo.

Le estaba contando a la Casilda de mi perrito.

-Sí, Tito, lo he oído ya, lo que me pregunto es cómo tiene usted

tan poca vergüenza.

Es capaz de venir como si tal cosa,

después de no haber ido a la pelea, ¿no?

-Arrea. El combate. Lo había olvidado por completo.

-Ah, y lo dice usted así, tan tranquilo.

-Marché con el perrillo a jugar a un parque, pero de repente

el animalillo salió corriendo y me pasé toda la noche buscándolo.

Luego me quedé dormido en un banco del parque.

Se ve que con la angustia, se me fue el santo al cielo.

-Casi servidora se va a ir marchando, don Íñigo,

así ustedes dos pueden hablar de sus cosas.

-Sí, Casilda, déjanos solos.

No quiero testigos.

-Con Dios, Tito.

-Lo lamento mucho si con mi olvido le he provocado algún trastorno.

-¿Algún trastorno, Tito? ¡¿Algún trastorno, Tito?!

¡¿Algún trastorno, dice?!

¡¿Está mal de la cabeza o qué le pasa?!

¡La Sociedad Gimnástica

ha tenido devuelto el dinero a todos los que acudieron a su pelea!

¿Y sabe lo peor?

¡Que la organización me ha impuesto una multa altísima!

¿Sabe qué? ¡Su carrera ha terminado

mucho antes de haber empezado!

-Yo...

(Golpean la puerta)

(Golpean la puerta)

-Antonia, abre.

(Golpean la puerta)

-Ay, Dios, ¿dónde se habrá metido esta mujer?

Ya va.

(Golpean la puerta)

Ya va, ya va, ya va.

-Celi, has tardado una eternidad en abrir.

-Perdona, que...

me he quedado traspuesta y no sé dónde está mi criada. Pasa.

-No, no, si tan solo será un momento.

-¿Qué tienes, Trini, estás bien? -¿Cómo voy a estar bien?

Tengo la cabeza que me duele horrores.

-Vaya, lo siento, ¿puedo ayudarte en algo?

-Espero que así sea.

Las criadas no están, han ido al cinematógrafo

con las entradas que les regaló Lolita.

-Se me había olvidado.

-Ramón tampoco, ha ido al Ateneo a una reunión con no sé qué cliente.

Me han dejado más sola que la una. -Bueno, no te preocupes,

que yo te doy algo que te alivie. -Ojalá sirviera.

Con esta jaqueca, lo único que me alivia es una infusión de lavanda

de Cabrahígo, es mano de santo.

-Y no tienes en casa.

-Si fuera así, no habría subido a molestarte.

No la encuentro en el barrio,

Celia.

El único sitio que puedo comprarla es en una botica

que está alejadísima.

-¿Y no puedes tomar mientras tanto árnica, como todo el mundo?

-Eso sería como el que tiene tos y se acuesta con la abuela.

No serviría de nada.

¿Tu criada no podría ir?

-No sé dónde está, para eso tendría que encontrarla.

-Ay, Celi.

Es que como no salga alguien ahora mismo hacia la botica,

no la va a encontrar abierta.

¿Lucía no está? -No, ha salido con Samuel.

-Ay, qué mala pata.

Celi,... te juro que me va a reventar la cabeza.

Ay, mataría ahora por un poco de esa infusión.

-Tranquila, Trini. Iré yo.

-¿De verdad?

-Claro. -¿Harías eso por mí?

-Qué remedio, no puedo ver a una amiga sufrir.

No quiero que tu hijo crezca con dolor de cabeza en tu vientre.

-Ay, Celia.

Muchísimas gracias, pero tendrás que coger un coche.

La botica está bastante alejada.

Ay, Celia, eres canela en rama.

-No te preocupes, que no voy a tardar.

Dame la dirección de la botica. -Bajamos juntas y te la doy,

que la tengo en casa. -Pasa, anda, cuidado.

(Campanadas)

-Las 10 de la noche y sereno.

-Cesáreo, haga el favor,

ayúdeme con el cierre.

-Al momento. Parece apurada,

deme la llave. -A ver, se me han hecho las tantas.

Estamos atareadas

con el vestido de novia de la señorita Lucía,

pero doña Susana tiene un problema familiar y no levanta cabeza,

así que la faena se nos ha retrasado mucho.

-Y ya veo a quién le toca pagar el pato.

-Así es, a una servidora.

Ay, madre mía, las 10 de la noche que se me han hecho.

-Bueno, no se queje tanto y dese prisa, hace horas

que sus compañeras marcharon al cinematógrafo.

-Ay, lo sé, Cesáreo, por eso estoy que rabio.

Vinieron a dejarme la entrada.

-Quizá le dé tiempo a ver la última función,

no creo que al resto le importe entrar con usted de nuevo.

-Ojalá tenga razón.

Me hacía mucha ilusión ir. Nunca he ido al cinematógrafo.

-No se entretenga y corra, yo la acompañaría gustoso,

pero debo quedarme a hacer la ronda.

-No le envidio, no hace noche para pasarla a la intemperie,

con este frío que cala los huesos.

-Al menos está todo tranquilo.

Hoy no se atreven a salir ni las moscas,

así que aprovecharé para sentarme a descansar un rato en el callejón.

-Que le sea leve, y le agradezco su ayuda.

Me voy corriendo.

-Con Dios.

Doña Celia, ¿se encuentra bien?

Tenga cuidado, por poco se cae de bruces en el suelo.

-Señor Dios, Nuestro Señor, te ruego des a este humilde siervo

la sabiduría para llevar por el camino correcto a mi discípulo.

(Se abre una puerta)

¿Telmo?

¿Estás de vuelta?

¿Qué quiere?

Le he hecho una pregunta.

Por todos los santos.

¡Deténgase!

-¿Qué le ocurre, doña Celia?

Contésteme, se lo ruego.

-He ido a hacer un recado...

y como no he encontrado un coche me he ido caminando.

He ido rápido porque he temido que me cerraran la botica.

-Y ha vuelto caminando, con la mala noche que hace.

-Tenía miedo que me cerraran la botica.

Cuando he regresado he notado que me faltaban las fuerzas

y, ahora, estoy como débil.

-¿Se ve con fuerzas para subir a su casa?

No hace noche para que usted se quede aquí. Vamos.

Apóyese en mí. Iremos poco a poco.

Vamos.

Ahí, despacito.

-Celia, querida.

Bajaba precisamente a ver si alguien te había visto,

que estabas tardando demasiado. -Tu lavanda.

-Gracias.

Celia, ¿qué te ocurre? -Al parecer,

se ha dado una buena caminata y no le ha sentado nada bien.

Me disponía a subirla a casa. -¿A su casa?

Si no hay nadie, además, está ardiendo.

Será mejor que la llevemos a un hospital.

Llama a un coche.

-No va a ser fácil, no sé qué pasa esta noche, pero apenas hay coches.

-Pero ¿cómo que no hay coches? ¡Ay, Celia, por Dios!

¡Ay, Celia! Celia. Celia, por Dios.

Celia, Celia, ¿qué te pasa?

Habla. Por favor, Celia.

Está ardiendo.

Celia, por favor, abre los ojos, Celia, estoy aquí, estoy aquí.

Mírame, ¿qué tienes? Dime.

¿Celia? Cesáreo,

busca un médico, di que necesitamos transporte,

y si te encuentras un coche, tráelo. -Ahora mismo.

-Gracias.

Celia, por Dios, por Dios, Celia, ¿qué tienes?

Por Dios, Celia, ¿dónde te has metido?

Celia, por favor, ¿qué tienes? Celia,

¿qué ha pasado? Celia.

Celia, por favor. -Ha habido suerte, traigo un coche.

Bajaban unos señores del 34. -Gracias a Dios.

Ayúdame a levantarla. -Lo hará el cochero.

Usted suba a casa. -No, de ninguna manera,

yo voy con ella al hospital. -No sin el permiso de su marido.

-Que mi marido no está en casa, Cesáreo.

-Pero cuando vuelva, me acusaría de dejarla coger peso,

de salir a la calle...

-Está bien, tienes razón.

Ve tú con ella y, cuando salgas, busca a la señorita Lucía,

ha salido con don Samuel. Por favor,

cuéntale todo lo sucedido. -Así se hará.

Y suba a casa, que hace un frío que pela.

-¡Me importa un ardite! ¡Vaya a por el coche, por Dios!

Fray Guillermo. ¿Está en casa?

Tenemos que hablar.

He tomado una determinación.

Fray Guillermo, ¿qué diantres?

Dios mío.

No. No.

Dios, Dios.

¡No!

(LLORA)

¿Por qué, Dios mío?

¡¿Por qué él?!

¿Por qué?

¡Úrsula!

(LLORA)

¿Qué ocurre, padre?

¿Está...?

¡¿Por qué?!

¿Ha estado usted aquí toda la noche?

Cuando me acosté, dejé a fray Guillermo rezando.

¿Ha escuchado algo?

No, nada.

Me tomé una infusión para poder dormir.

¿Nada, ni una voz, ni un crujido?

No es posible.

No así.

No es posible.

Acoge, Señor, en tu seno...

a tu siervo Guillermo.

No, no.

(LLORA)

¿Por qué? ¿Por qué?

¿Por qué?

No, no.

A él no.

Gracias, comisario, por acudir tan presto.

Es nuestro deber.

Mis hombres ya están preguntando si alguien ha visto

algo extraño esta noche o en días anteriores,

aunque sin resultados.

Todos ustedes procuren estar localizables a partir de ahora,

la investigación será exhaustiva.

Comentan que han matado a fray Guillermo.

No deberían dejar la puerta abierta nunca, y menos en días como hoy.

Cesáreo, ¿sabes algo? ¿Qué le ha pasado a fray Guillermo?

Ahora le cuento, tengo noticias mucho más urgentes

ex profeso para usted, señorita. ¿Qué noticias?

Es su prima de usted, señorita.

¿Dónde está, no está en la cama?

La he llevado al hospital, lo siento.

¿Al hospital? Pero ¿por qué, qué ha pasado?

-Por fray Guillermo.

-¿Qué? -Ha fallecido.

-¿Cómo? Ay, Dios mío.

-Al parecer, no ha sido de muerte natural.

La policía lo está investigando como un asesinato.

-Ay, Dios.

-Pobre hombre, pobre hombre. -Ay, pobre don Telmo.

-Que la nochecita se las trae.

La mujer se ha despertado con un cadáver en su salón.

Al contrario, puede que no se le doblen las piernas

precisamente por su infusión.

-¿Cree que la indisposición de Celia puede retrasar la boda de Lucía?

-Quiero pensar que no, pero todo va a depender

del estado de gravedad de Celia.

Espero que solo sea una disfunción propia de su estado interesante.

-Desde luego, para Samuel sería una hecatombe,

con lo que le ha costado al pobre que le diera el sí.

-¿Qué hacía fray Guillermo en esta casa?

¿A qué vino?

A ayudarme. ¿En qué?

¿Por qué?

Es largo de contar.

Vaya al grano, padre, hay apremio.

Fue mi mentor.

Para bien o para mal, él hizo de mí lo que soy.

Piénselo bien, ¿sabe de alguien que deseara hacerle mal a su mentor?

-"Marcelina,..."

olvida a mi primo. ¿Qué te dije?

Él es un culo inquieto, y en "cuantico" le dé un aire

se va a marchar "pa" el pueblo. -Ojalá se marchara de una vez,

que lo último que quiero es que me vea así,

tan "desconsolá". -Ay.

Tienes que dejar de pensar en él, por tu propia salud.

-Claro, dicho así es "mu" fácil, pero del dicho al hecho

hay mucho trecho.

¿Te puedes creer que ni me atrevo a salir a la calle

"pa" no encontrarme a ese bárbaro? -"Está usted muy alterado".

-Pero ¿cómo quiere que esté?

¿Usted sabe lo que he tenido que pagar por el atolondrado de Tito?

Un dineral.

-Que sí, que no es plato de buen gusto tener que pagar una multa,

pero no lo pague con Flora, ella no tiene la culpa de nada.

-Es que aquí las culpas están muy repartidas, ¿sabe?

-¿Qué quiere decir?

-Flora no tiene la culpa del boxeo, claro que no, ¿sabe por qué?

Porque la culpa la tiene usted. -¿Yo?

-Sí, usted, y no me mire con esa cara, no, usted.

Usted fue el primero que, para empezar, me metió en ese mundillo

y no contento con eso me convenció

para que me asociara con el pocas luces de Tito Lazcano.

-Mire, Íñigo, no quiero discutir, ahora no.

Calme esos nervios y hablaremos con más calma.

-Calma, eso es lo único que se le ocurre, ¿no?

Pues que sepa que con la calma no se come.

-Comisario, hable claro.

-De acuerdo.

Quiero que esté usted atenta a lo que se comenta entre las criadas.

-Ya le digo yo que ninguna sabe nada.

-Pero podría saberlo en un futuro próximo.

Me sería muy útil que usted me informara

de los comentarios.

Los dimes y diretes, todo lo que pueda ser útil.

-¿Cree usted que si alguna llega a enterarse de algo

no correría a contárselo, o a alguno de sus subordinados?

A fray Guillermo no le conocíamos mucho,

pero todas estimamos al padre Telmo.

-Pero ¿quién "pue" matar a un fraile?

-Seguro que Dios lo acoge en su gloria.

"Pos" dicen que fue "pa" robar. -¿Robar?

¿Robar el qué? Ni que el cura tuviera "guardao"

un tesoro "escondío".

-No sé, pero tampoco va a saber usted más que el comisario,

"señá" Fabiana.

-Eh, eh, eh, que yo tampoco digo "na", que conste.

-¿Podría contestarme a unas preguntas?

Además de un café.

-Si es así, no se preocupe usted, pregunte por esa boca.

¿Vio usted ayer o en días anteriores en la calle o en su negocio

alguien que ahora pudiera considerar usted sospechoso?

-Agustina me ha mandado recado de que está pachucha.

Estas criadas son unas melindres.

Yo no me atrevo a dejar sola a la planchadora.

Total, entre eso y lo de fray Guillermo, he preferido cerrar.

-Haces bien, porque el asesino anda suelto y no se sabe

quién puede ser su próxima víctima.

-No digas esas cosas, que bastante tengo yo con mi imaginación.

-Me he acordado de que anoche, cuando debió suceder

el allanamiento y posterior homicidio,

vi a una de las criadas del 38 pasar muy cerca de la iglesia

y, por consiguiente, de la casa parroquial.

-¿Cuál de ellas?

-La señora Agustina. ¿La ha interrogado ya?

-Lo haré de inmediato. ¿Había alguien más por la calle?

-Servando, hable, díganos qué pasa, que nos tiene en ascuas.

-Que ha muerto.

Mi Paciencia...

-Uy.

...ha muerto.

(LLORA)

-¿Dónde se habrá metido ahora?

-Quizá sea lo mejor para usted, ese hombre con sus descuidos

no es de fiar, ya lo ha visto.

-Por una zorra que mató, matazorras que le llamaron.

-No se ha presentado a combatir una vez, eso es verdad,

pero no hay más que verle para saber que no se puede hacer carrera de él.

-¿Por qué? ¿Porque es amable y buena persona?

-Estamos hablando de un boxeador,

no de un maestro de escuela.

Un boxeador debe ser despiadado y si me apuran, hasta brutal,

¿sí o no, Íñigo?

Por otra parte, les aconsejo que no se encariñen con él,

sobre todo usted, Flora, por una cosa o por otra,

este hombre no va a triunfar, se lo digo yo.

-¿Y bien, Ramón, traes noticias? -Sí, Celia ya está en casa, sí.

-Ay. Ay, alabado sea Dios, ha sido todo un susto.

¿Cómo está?

-De salud está bien, sí, está bien.

-Ay, voy a subir a verla. -Espera.

-¿Qué? -Don Ramón,...

no, no. -¿Qué?

-Lo ha perdido, Trini,

ha perdido a la criatura.

(LLORA)

Samuel,... creo que deberíamos posponer la boda.

No, Lucía, no, ni lo mientes. El barrio está de luto

y, mi prima no creo que quiera acudir a celebraciones.

Lo estaba esperando,

sabía que vendrías con esas. A mí me parece de lo más lógico.

Celia no puede... No, no te escudes en Celia.

¿Qué es lo que pretendes, darme largas otra vez?

¿Es eso lo que quieres?

No te escabullas, Lucía. ¿Qué es lo que quieres?

¿Aplazar la boda

o quizá quieres cancelarla?

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  • Capítulo 930

Acacias 38 - Capítulo 930

17 ene 2019

Telmo se prepara para hacer un viaje. Úrsula está conmocionada pensando que el cura dejará los hábitos y se enfrenta a Fray Guillermo. La organización de los combates de boxeo ha impuesto una fuerte multa a Íñigo porque su púgil no ha comparecido. Íñigo descubre que a Tito no le ha ocurrido nada, sino que se le había ido el santo al cielo. Llega un nuevo telegrama con malas noticias sobre el nieto de Susana. Marcelina abofetea a Jacinto cuando se entera de que él tiene una amiga íntima en el pueblo. Felipe manda una carta diciendo que pronto estará en casa. Trini se encuentra mal y pide a Celia que vaya a hacerle un recado. A su vuelta, Celia se encuentra fatal y Cesáreo tiene que socorrerla. Celia sufre un desmayo. Alguien llega a la casa parroquial y blande un cuchillo para matar a Fray Guillermo. Cuando regresa a su casa, Telmo descubre horrorizado el cadáver de su mentor.

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