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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 927 - ver ahora
Transcripción completa

(GRITA)

-¿Qué ha pasado? Sosiego. Respira y tiene pulso.

¿Dónde estaba? La he encontrado en el suelo,

parece que se ha caído. ¿Qué hacemos?

Démela. No es momento.

¡Démela!, yo iré con ella al hospital.

Le ayudamos, amigo. Gracias.

-"¿Se puede saber cómo tienes"

los escalones en semejante estado, por favor, Servando?

Que no me llego a fijar y yo también me pego una tarascada

que me parto el peroné. -Esto no estaba así,

que lo barrí y lo fregué para el acontecimiento.

-Eso nos lo cuentas cuando te llamemos a capítulo.

-Pero... que es verdad, señora,

que hasta he utilizado un alambre para limpiar la pelusa

que se queda por los rincones.

(Suena la campana)

-Diez,...

ocho, siete,...

seis, cinco,...

Cuatro... -Ya.

"Para lo que podría haber sido," todo ha quedado en un susto.

Ha sido un susto con esguince.

Y unos cuantos moratones, pero ni un hueso roto.

¿Cree que corriendo y escondiéndose de mi primo va a camelárselo?

-No se ría usted, que ya llevo yo mi procesión por dentro.

Y, sobre "to",

no le diga "na" al Jacinto, se lo pido.

¿Me lo promete?

-Está bien. -(SUSPIRA)

Usted y yo vamos a hacer historia en el mundo del boxeo.

Y os digo más,

no me extrañaría nada que se hiciera en la Sociedad Gimnástica

para decorarla,

¡pero un busto así de grande de Tito!

¡Tito!

-A ver, que sí, que ha estado contundente,

pero eso no lo es todo en el boxeo, Leonor, ¿quién te dice a ti

que no se encontrará con otro adversario más ducho en esquivarle?

-Pues si es así, deberíamos bajarle un poco los humos a Íñigo.

-No lo sé, igual hay que esperar a los próximos combates,

a ver cómo evoluciona.

Soy responsable de lo que le ha ocurrido.

¿Por qué?

¿Qué me estás ocultando?

Nada, padre. Mientes.

¿Se trata de Espineira?

Tenía que haber cuidado de Lucía.

Debería haber estado más pendiente de ella.

No te pregunto eso.

¿Qué me estás ocultando, Telmo?

Nada. ¿Está detrás de todo esto

el prior de la Orden del Cristo Yacente?

No.

Telmo, mírame a los ojos. ¿Estás dispuesto a mentir?

No me haga esto.

Contesta a la pregunta, ¿qué me estás ocultando?

No puedo decírselo. ¿Prefieres que vaya a ver

al prior y le exija la verdad?

Ya sabes que no le tengo miedo,

quizá sea el único que no le tiene miedo.

Amenazó con hacerle daño a Lucía

y parece que ha cumplido con su amenaza.

Sabía que estaba en peligro

y no he sido capaz de hacer nada para protegerla.

¿Seguro que ha sido él?

No tengo pruebas, pero sí, estoy seguro.

No sé hasta dónde es capaz de llegar ese hombre.

No sé si es su venganza o solo se trata de un aviso.

No merece vestir el hábito, no merece ser llamado hombre de Dios.

¡Es el demonio!

Debo proteger a Lucía.

Y yo debo impedir que siga haciendo el mal en la Iglesia.

Por favor, hermano, no haga nada.

Temo su reacción, y no por mí, por ella.

¿De qué sería capaz ese hombre si se siente señalado?

Alguien tiene que enfrentarse con él, Telmo.

También me amenazó con hacerle daño a usted si contaba sus planes.

¿A mí?

Yo no le tengo miedo, Telmo.

Lo más que podría hacerme sería robarme la vida.

Me presentaría cara a cara con el creador.

Llevo soñando este momento desde que tengo uso de razón.

Por favor, hermano, nunca me lo perdonaría.

Está bien.

No vamos a hacer nada precipitado.

Nos encomendaremos al Señor, que nos guíe,

y mientras tanto, vamos a rezar

para agradecer que a esta chica no le haya ocurrido nada irreparable.

Sí, hermano.

Pero tú tienes que mantener la calma.

No debes confraternizar con Lucía más de lo que lo haría un sacerdote

con su feligresa.

Es mi más firme intención.

Es lo que debes hacer.

(Sintonía de "Acacias 38")

Doña Trini, que lo va a tirar por los suelos.

-Estate quieta, que ya no eres criada,

eres mi nuera. -Lo que quiera,

pero se le va a caer la bandeja y lo va a tirar todo.

Con lo bonita que es y se va a romper.

-Tiene razón, Lolita.

Esta vajilla no es barata, es la que mandamos traer de Sevilla.

-Menos sollozos, que no he roto nada.

-De milagro.

-Me da igual. ¿María Luisa y Víctor no vienen a desayunar?

-No. Se han marchado temprano.

Tenían que confirmar los billetes en la estación.

-¿No se quedan unos días? -Tienen que volver a París.

Bastante esfuerzo han hecho con venir a la boda.

Al parecer, la fábrica de bombones va viento en popa

y no pueden ausentarse muchos días.

Tengo que hablar con él para que nos hagan importadores en España.

-Ramón, por favor, deja de hablar de negocios y a desayunar.

Ay, Lolita,

tu primer desayuno como señora de Palacios.

-Bienvenida.

-Gracias. Es un honor "pa" mí.

-El honor es nuestro.

Mi hijo no podría haber encontrado una esposa mejor.

¿Te sirvo el café? -No, no, le sirvo yo a usted.

-De eso nada. Acerca la taza.

Acostúmbrate a que ya no eres una criada.

Eres un miembro más de la familia, y por lo tanto, igual a los demás.

-Bueno, yo no soy ni mejor ni peor que ayer.

-Socialmente sí,

Lolita, aunque tú seas la misma.

-Yo soy igual que mis compañeras del altillo,

que la Fabiana, la Casilda, la Agustina.

Vamos, que no hay nadie mejor que nadie.

-Di que sí, Lolita, así se habla. ¿Una pasta?

-Gracias.

-Bueno, ¿qué? Contadnos, ¿qué tal anoche?

-Trini.

-Doña Trini, no haga esa pregunta, que me da vergüenza.

-Bueno, ya se lo cuento yo. Fue espectacular.

-Uy.

-Que no, que no, si entre el trajín de la boda

y el accidente de Lucía, no pude ni acercarme a mi esposa.

-Por favor, un poco de pudor.

-Ramón.

Lo tendría que haber visto, Servando, qué combate.

-No pude ir, pero la próxima vez procuraré estar.

-Cuéntale, Césareo, fue épico.

-Hay poco que contar, fue visto y no visto.

Me acerque para verlo y casi me quedo sin catarlo.

Nosotros estábamos en la esquina, y el otro rival, fuerte e invencible.

-Sí, sí, un tipo fuertote.

-Entonces, le dije: "Tito, a por él".

Túmbalo en el primer asalto. ¿Sabe qué me dijo?

-¿Qué? "Lo que mande".

-Y dicho y hecho.

Tito fue al centro del cuadrilátero, le pegó un sopapo y lo tumbó.

Bueno,

ya le habían declarado ganador cuando el otro se despertó.

-Pero ¿uno solo? -Pero menudo sopapo.

Habría agujereado el casco de un buque.

-Sin duda. Si en la guerra contra EE. UU.

hubiésemos mandado a Tito,

los americanos se habrían quedado sin armada.

-¿Seguís con eso?

-Sí, que yo no pude ir con eso del enlace.

-Mejor estaba aquí. ¿Sabe algo de Lucía?

-Sí. Anoche se encontraba algo...

mejor.

Está fuera de peligro, y menos mal, porque me echan a mí la culpa.

Y lo extraño es que yo no dejé ahí la cera.

De hecho, ayer ni enceré.

-Lo importante es que no haya que lamentar nada más grave.

-Me voy a recoger, que veo que aquí solo se habla de boxeo.

-Lo que no entiendo es como Tito, con esa pegada,

que es como la coz de un burro, no es famoso.

-Ni yo.

-A ver si va a ser un púgil de mandíbula de cristal,

de los que pegan fuerte, pero no sabe recibir un golpe.

-No, hombre, no. -El caso

es que no recibió ninguno. El otro ni se le acercó.

-Yo creo que no ha tenido un buen promotor, pero ahora me tiene a mí.

Les digo que le voy a convertir en campeón de España y de Europa.

-Y del mundo.

-De momento me conformo con el Viejo Continente.

Mire, ahí está. Campeón.

-Bueno, que ya nos han contado su hazaña.

¿Qué hazaña? -La de ayer.

-El combate.

-Ah. Eso, eso, eso fue fácil.

Doña Flora,

quería saber si quedan pasteles con guindas.

Le tengo preparado una bandeja y una bolsa con guindas.

-Gracias. -Y pan duro, le gusta a los perros.

-Qué maravilla.

-Tito, y también querrá su dinero, ¿no?

-Eh, ¿qué dinero?

Qué dinero va a ser,

el dinero del combate. -Ah. Sí.

-Tome.

-¿No lo cuenta? -No.

Seguro que está bien.

-Aquí está todo,

pasteles, guindas y chuscos de pan.

-Muy agradecido. A más ver.

-Venga. -A más ver.

No sabe el susto que me llevé al verla en el suelo.

Pensé que había ocurrido una tragedia mayor.

Ya sabe que fue usted quien la encontró.

En buena hora se lo agradezco.

No sé qué habría sido de mí si no hubiera aparecido.

Seguro que fue el Señor quien me guió para encontrarla.

No tengo ninguna responsabilidad en ello.

No se quite méritos, que le debemos mucho.

Lo que no sé es cómo se le ocurrió entrar en el edificio.

Tenía que decirle algo a Lucía, ¿no?

No, eso no es importante ahora mismo.

Ya. Lo importante es que está bien y puede decírselo ahora.

Es tan poco importante, que lo he olvidado.

Algo sobre la ceremonia, pero...

¿Le ha ofrecido café al padre Telmo?

Sí, pero me ha dicho que no. ¿Ha cambiado de opinión?

No, doña Celia.

Solo he venido para ver si se recuperaba y si necesitaba algo.

No quiero entorpecer su recuperación.

Hay que dejarla tranquila.

Ya ve que está muy bien atendida.

¿Verdad, Lucía? Sí.

Sí, no me puedo quejar.

Vaya días de emociones, la boda de Antoñito y Lolita,

la aparición sorpresa de María Luisa y Víctor,

tu accidente y tu compromiso con Samuel.

Sí, lleno de noticias mejores y peores.

Padre, ¿ha comprobado

la disponibilidad de la parroquia para la boda?

No quiero que la boda de mi prima se prepare en cuatro días,

como la de Lolita.

Quiero una boda por todo lo alto para ella.

Revisaré el calendario de la parroquia.

Pero todas las bodas ante el Señor son por todo lo alto,

se case quien se case.

No he querido decir eso, no me entienda mal.

Me gustaría que mis más allegados pudieran viajar para la ceremonia

y que llevaran sus mejores galas.

Bueno, ya veremos, prima.

Lo mismo decido casarme en secreto

solo mi prometido y yo

en un lugar apartado.

¿Nos casaría así, padre?

Cumpliré con mi obligación en todo momento.

Y hablando de obligaciones, debo visitar a unos feligreses,

así que marcho.

Celebro que usted esté tan recuperada.

Gracias por su visita.

Padre,...

¿no me bendice?

Claro.

En el nombre del Padre,... del Hijo

y del Espíritu Santo, amén.

Le acompaño.

No le esperaba aquí en casa.

-¿Qué forma es esa de saludar a un socio?

Se diría que no soy bienvenido.

Sabe que debemos mantener la discreción.

Debemos equilibrar nuestras cuentas lo antes posible,

eso es lo que debemos hacer.

Por cierto, magnífico el café que me ha servido su criada.

Se lo diré. Dígale también...

que no compre el más caro del mercado,

al menos, mientras usted no haya saldado sus deudas conmigo.

Tiene usted una casa...

muy bonita.

Ya le dije que el compromiso con Lucía

se cerró en firme. Ya.

Lo que no me dijo es que estuvo a punto de quedarse viudo

antes de casarse.

Dicen que fue un accidente.

Dicen. ¿Y usted qué piensa?

¿Está seguro de ello?

No, no lo creo.

Es muy raro que quedara cera en la escalera.

Servando es una calamidad, pero no cometería errores tan groseros.

Pudo romperse la crisma cualquiera, no solo ella.

Pero fue ella quien salió afectada,

y no puedo dejar de pensar que no fue casualidad.

¿Sospecha de alguien?

No. No tengo pruebas.

Vamos, esto es una charla entre amigos y socios,

no hacen falta pruebas

para calumniar a alguien.

Sospecho del prior Espineira.

De un hombre de Dios.

Ese hombre sabe de fe, esperanza y caridad,

lo mismo que los hombres que usted usa para cobrarse las deudas.

Que uso yo y que usa usted,

Alday.

No se crea mejor que nadie.

¿Sabe lo que me preocupa? Dígame.

Espineira es peligroso,... y no podemos eliminarlo.

Si él ha decidido que la vida de Lucía es contraproducente,

ella tiene los días contados.

Hay que acelerarlo todo.

Explíqueme a qué se refiere.

La boda, su noviazgo no puede eternizarse,

debe casarse lo antes posible,

la semana que viene mejor que la siguiente.

Va a ser difícil de convencerla.

El premio es lo bastante grande como para aguzar el ingenio.

Tras la boda,

el heredero de hecho de los bienes de los marqueses es usted.

En ese caso, dará igual lo que pase con Lucía Alvarado.

Hasta podremos sonreír

si los planes del prior Espineira dan resultado.

Quién sabe,

a lo mejor hasta conviene que les demos un empujoncito.

Y los cacharros están en los armarios, como en toda las casas.

-Me imagino. No te preocupes, que yo encuentro lo que me haga falta.

-Tiene suerte de que Felipe esté de viaje,

que es más tiquismiquis con los horarios.

Doña Celia es más de pedir las cosas cuando le vienen en gana.

Quiero decir, que le va a decir cuándo quiere desayunar.

No hay problema, y don Felipe tardará en volver.

Y ya habrá criada atendiendo esta casa, o eso espero.

-Sí, Fabiana ha bajado a hablar con la Antonia, la del segundo.

Su señor ha fallecido

y se ha quedado sin trabajo.

-¿No le ha puesto problemas don Samuel?

-No.

Él no suele recibir visitas.

Aunque bueno, esta mañana si vino alguien a casa.

Un hombre con muy mala facha.

-¿Un mendigo? -No.

Un tipo que parecía peligroso. Claro,

no todo el mundo es lo que parece, lo mismo era una bellísima persona.

-Pues como yo, que voy de señora, pero me siento la misma de siempre.

-Lolita, tú eres una señora.

Y lo eras hasta cuando llevabas delantal y cofia.

-(RÍE) Eso lo dice "pa" consolarme.

-No.

-Yo no sé si me voy a acostumbrar a ir vestida de señora, así,

como si todos los días fueran el día de la Virgen del Pueblo.

Esta mañana las he echado mucho de menos a todas las criadas.

He "añorao" el desayuno en el altillo.

-Pues esta mañana hacía un frío,

que no sé cómo no nos han salido sabañones.

-Hasta el frío se echa de menos

cuando lo que hay es cariño "pa" dar y regalar.

-Lolita, ¿qué haces aquí, no deberías estar con tu marido?

-"Pos" contándole sus manías a la Carmen.

-¿Tengo manías?

-No, señora, se refiere a las peculiaridades.

Así lo llamamos las criadas, manías.

-No tengo ninguna manía. No la hay más normal que yo.

-Claro, doña Celia, es una manera de hablar.

La Carmen ya sabe que si tiene alguna duda,

me llama y yo estoy aquí "isidrofacto".

-Eso, "isidrofacto".

-¿Cómo está Lucía?

-Está bien, gracias a Dios.

Qué suerte tuvo de que apareciera el padre Telmo y diera aviso.

-El tío Genaro me ha traído

este ungüento.

Es "pa" los golpes, mano de santo. -¿Ah, sí?

(TOSE) Por Dios, Lolita.

Esto huele a muerto. ¿De qué está hecho?

-Mejor no se lo digo.

Pero si la señorita Lucía lo necesita, aquí lo tiene.

-Llévatelo, y si veo que empeora, te lo pido.

-De acuerdo. ¿Se queda aquí, Carmen?

-Sí. Voy a hacerme con la cocina.

-"Pos" a mandar, doña Celia.

Me voy a ver a mi esposo.

No me acostumbro a llamarlo así.

-No había olido algo tan horrible en mi vida.

-Bueno, señora, en su estado es normal.

¿Vuelve del mercado?

Sí. No sé qué pasaba hoy, pero estaban los puestos llenos.

Vaya, quería pedirle que trajera ingredientes

para preparar un plato.

¿Un capricho? Dígame qué, y marcho antes de que cierren.

Bienmesabe.

Estamos de suerte.

Justo he comprado todo lo que se precisa para hacerlo.

Hoy mismo se lo preparo. No lo quiero para mí.

Ya sabe que a la señorita Lucía le apasiona.

Entonces, prepararé una ración doble y le llevaré un plato.

No hace falta, iré yo personalmente.

Así veo cómo evoluciona.

Como guste. Esta tarde lo tendrá.

Gracias, Úrsula.

Necesito pedirle un favor.

Dígame, hermano.

Que me prepare la bolsa de viaje

y encargue un coche para que me recoja.

¿Se marcha?

Solo será un día. ¿Precisamente ahora

que el padre Telmo le necesita?

No le faltaré, es como un hijo para mí.

Úrsula, ¿ha notado usted algo?

Dios me perdone por lo que voy a decir, pero...

creo que el padre tiene dudas vocacionales.

Sí, yo también lo pienso.

Pero no debe preocuparse,

todos las sufrimos alguna vez en la vida.

La dedicación al Señor es muy exigente

y, a veces se producen ciertos desasosiegos,

pero es normal

que se superen afrontando la vocación con más fuerza.

Dios le oiga.

Sí.

Ahora mismo le preparo su bolsa de viaje.

Procuraré estar fuera solo una noche, ponga lo imprescindible.

Mañana estaré de vuelta con el padre Telmo.

La señora Olmedilla tiene hoy la segunda cita para pruebas, ¿no?

-A primera hora de la tarde. -Es tan pesada...

-¿Quiere que me encargue yo? -Luego vemos.

Tienes que terminar el pantalón del señor Colmenar.

Me queda terminar de coser el bajo, que solo está hilvanado.

-Muy bien.

-Su nieto, doña Susana.

-Me voy al almacén, así les dejo charlar a sus anchas.

-Gracias, Agustina, eres muy discreta.

Víctor, ¿qué tal, hijo?

-Muy bien, abuela. ¿Y usted, cómo está?

-Con mucho trabajo, como siempre.

-Usted ya no necesita trabajar.

No sé por qué no traspasa el negocio.

Así nos visitaría en París cada vez que quisiera.

-Esta sastrería es mi vida. De aquí me sacan con los pies

por delante. -Anda que no queda para eso.

Enséñeme un retrato de su nieto, que deseo ver a mi primo.

-Uy. -Es la viva imagen de Simón.

-Le veo más parecido a Elvira.

-Uy. Los hombres no tenéis ni idea.

Madre mía, mi segundo nieto.

Hasta que vosotros os decidáis a traer otro al mundo.

-Cualquier día le damos la sorpresa.

-Pues ya estás tardando, tunante.

¿Y qué tal?

Cuéntame, ¿qué tal por París? ¿Qué tal tu padre?

-Muy bien.

Mi padre sigue en los grandes almacenes

encargado de la sección de moda.

Y mi madre y yo enredados con la fábrica de bombones.

Por cierto,

carta de mi padre. -Ay.

-Pero se la lee cuando esté a solas, que no quiero que llore

porque echa de menos a su hijo.

-Mi Leandro siempre será un niño para mí, aunque tenga canas.

-¿Y La Deliciosa qué tal sigue?

-Un desastre, ni punto de comparación

con los tiempos en los que la llevabais vosotros.

Íñigo y Flora siempre andan perdidos en 1000 cosas, sin atender

a lo que tienen que atender.

-Yo la he visto como siempre. Y el convite estuvo delicioso.

-Bah, eso es lo que parece, pero ni punto de comparación

a cuando la regentabais tu madre y tú.

Ahora andan con bobadas de pugilismo, ¿te imaginas?

-Una vez fui yo a un combate de esos en París.

Es muy popular allí la versión francesa.

Pelean con puños y pies. "Savate" le llaman.

-Qué barbaridad. -Un poco, sí, la verdad.

No me veo yo practicándolo.

-Pues sabes que Liberto ha peleado una vez.

Pero Rosina se lo ha prohibido, menos mal.

-¿Liberto?

A ver si le veo y me cuenta.

-Ay, estás hecho todo un hombre.

Pensar que no hemos podido hablar como abuela y nieto

hasta hace poco...

-Eso no merece la pena ni recordarlo.

-Anda, pues dame un abrazo.

(RÍE)

Sí. Pero ¿no habría descuento por meses?

¿No? Pues en otras pensiones me lo hacen.

No, no, mire, no lo dude usted.

Si supiera quién es la persona que pretendía dormir ahí,

se arrepentiría.

Quédese su maldita habitación, ¿entendido?

Malditos... estafadores.

-¿Qué pasa?

-¿Te puedes creer que llamo a una pensión

y me dicen que vale una peseta por día,

pero que si pago por meses, vale seis duros por mes?

-Menos los meses de 31 días, que le costaría siete duros.

-Seguro.

-¿Y para qué necesitas tú una pensión?

-Ah, no es para mí, es para Tito.

-Pero ¿no estaba ya en una? -Sí,

pero he tenido que ir a ajustar unas cuentas,

y eso no es una pensión, es una pocilga.

-Pobre hombre.

-No conoces esa calle, es la que está...

por detrás de las vías del tren.

-¿La de las tabernas? -Sí, sí, esa.

-La pensión es un cuchitril,

que tiene que estar llena de pulgas.

-Pues no te me acerques hasta que te bañes, ¿eh?

-Si yo me contagio de pulgas,

lo mismo nos tenemos que rascar juntos.

-Claro que sí, eso es amor. Hale.

-He decidido buscarle otra pensión.

Quiero que mi púgil viva en un lugar saludable.

Me haré cargo de los gastos.

Quiero que se preocupe por entrenar y cuidarse.

-Bien hecho.

-¿No se está precipitando?

-Es una inversión.

-Solo le ha visto pelear una vez.

-Si le dio tal guantazo al adversario,

que todavía hoy se pregunta cómo se llama.

-Tal vez fue suerte.

Yo no me metería en gastos extras,

y más cuando todavía está por determinar las ganancias

que le va a producir el boxeador.

-Estáis hablando de él como si fuera una bestia

que tiene que daros beneficios.

Tito Lazcano es un ser humano.

-Como boxeador es una inversión,

y yo hablo de tenerlo en las mejores condiciones.

-Eso me parce bien,

que le ofrezcas una pensión digna dice mucho de tu buen corazón.

-En los negocios, el buen corazón no tiene lugar, Leonor.

-Liberto,

le aseguro que voy a recuperar hasta la última peseta, pero con creces.

Ya lo verá.

Primo, ¿y qué, te vas a quedar mucho en la ciudad?

-Ya sabes que no soy de hacer planes.

Hoy estoy, mañana, que vienen bien dadas,

sigo, que no, me voy "pal" pueblo.

-¿Y las criaturicas? -Bien "cuidás",

si no, no me muevo.

Las quiero como sangre de mi sangre.

Todas las noches me acuerdo de ellas, una por una.

-Ah, y...

¿De qué más te acuerdas?

Quitando las ovejas, sabes que soy olvidadizo.

-¿Te acordabas de la Marcelina?

-Me había "olvidao" de ella hasta que recibí su carta.

-¿Y qué recuerdos se te vinieron al magín?

-La de padrenuestros que me hizo rezar por un besito de refilón.

Toda la tarde.

-¡Hay que ver!

Pues que sepas que ahora ya no es tan beata, primo.

-Ah, mejor le irá.

-Ahora hasta podríais hacer buenas migas.

-Bah, si hay tiempo... -Claro.

Tiempo hay siempre. Además,

estamos todos deseando de que te quedes en Acacias.

-En el pueblo también se me quiere.

Sobre todo la Ovidia, la de la casa gris.

-¿Qué te quiere? ¿Cómo que te quiere?

-Pues lo que te puedes imaginar, prima, que...

la Ovidia y yo tenemos más que palabras, hechos.

-Buenas tardes.

-Buenas tardes.

-Oh.

-Buenas, Casilda. ¿Cómo va todo?

-Muy bien. Aquí ando con mi primo.

¿Y usted?

-Aprovechando el tiempo hasta volver a París.

Manda recuerdos al altillo. -De su parte.

Que se me va el santo al cielo.

Primo, me tengo que ir,

que hemos quedado en ir a ver a la señorita Lucía.

-Muy bien. -Con Dios.

Siéntate aquí a mi lado, que tenemos preguntas que hacerte.

-París no ha cambiado. La que tiene preguntas soy yo,

que echo de menos el barrio.

¿Embarazada, Celia?

-Fíjate, con lo que lo hemos intentado.

Y después de la enfermedad, lo conseguimos.

Tenía muchas defensas y, la enfermedad se las llevó por delante.

-(RÍE)

-¿Y tú, Leonor?, me han dicho que eres mi sucesora.

-¿Tu sucesora? -Sí.

Yo también fui la novia del dueño de esta chocolatería.

-Te hemos echado de menos.

Siempre de tan buen humor.

-¿Humor? No te acuerdas de cómo me lo hizo pasar

cuando llegue al barrio? Ella y todas.

-Ya le pedí perdón por ello. -Eso, que agua pasada

no mueve molino.

Ahora lo importante es que tú y Víctor me hagáis bisabuela.

-(RÍEN)

-¿Os he enseñado el retrato que me ha llegado de mi nieto?

-(TODAS) Oh...

(HABLAN A LA VEZ)

-Es precioso.

Disculpen que las interrumpa.

Doña Celia, me gustaría pasar a ver a Lucía.

Le acompaño, que no quiero que Lucía esté mucho tiempo sola.

Luego nos vemos. -Muy bien.

Con Dios. -Con Dios.

-Clavadito a Simón.

-Es precioso, doña Susana.

-Sí, sí, sí.

De verdad, estoy bien, os lo agradezco.

Si quiere algo,

es pedirlo, señorita. -"Pa" chasco que sí,

lo que sea. Cualquiera de nosotras va a por ello.

Os lo agradezco.

Mi única queja es que me aburro.

Estoy harta de leer,

de coser y de todo.

Si quiere, le puedo enseñar...

a hacer pajaritos.

(RÍE)

-¿Esa es de mi Martín? -No, Martín las hacía mejores.

-Es que, el difunto esposo de Casilda hacía figuras de papel.

-Un artista era haciendo figuras.

¿Cómo le llamaba? -Papiroflexia.

Me hubiera encantado conocerle.

-Bueno, pues...

ya hemos venido a verla y le hemos deseado que se recupere pronto.

Así que nos marchamos para no cansarla.

Anda, vamos.

Gracias.

Con Dios. Con Dios.

-Doña Lucía,

yo quería decirle... Bueno,

más bien quiero jurar que yo no fui quien dejó la cera ahí.

Servando, no te preocupes, lo tomo como un accidente.

Pero como pille al que fue,

ese no lo cuenta. Olvídalo, de verdad.

Gracias por venir y gracias por la pajarita.

Voy a estudiar cómo está hecha y te voy a dar una hecha por mí.

Muchas gracias, doña Lucía.

A usted. Buenas tardes.

¿Llego en mal momento?

No, no, Servando ya se iba.

Sí. Con permiso, padre.

¿Cómo se encuentra hoy?

Espero que tenga apetito.

Le he traído bienmesabe hecho por Úrsula.

Se lo he dejado a Carmen en la cocina.

Qué bien, qué rico. ¿Y doña Celia?

Ha bajado con María Luisa y las vecinas a tomar un chocolate.

Lucía,

me alegro de que estemos solos.

Necesito hablar con usted de su compromiso de boda con Samuel.

Padre, no es un tema que quiera tratar.

Abra los ojos, Lucía, no debe casarse con él.

Padre, es una decisión ya tomada

y voy a mantenerla.

Así que le ruego que no insista más.

Padre, qué alegría verle.

Buenas tardes, padre.

¿Le ha dicho Lucía que planeamos

casarnos en un ermita a las afueras?

Un lugar encantador.

Espero que no le importune el cambio de planes.

Espero que no hayas cambiado de opinión con respecto a la ermita.

Va a ser una boda preciosa.

¿Otro filete? -Sí, otro.

-¿Sabes lo que vale cada filete? -Dinero bien gastado.

Ah,

y pon puré de patata, que no quiero que se quede con hambre.

-Tu boxeador nos va a llevar a la ruina.

-Tito, no se hinche usted a pan, ahora le traerán otro filete.

-Gracias, don Íñigo.

Es usted pan de Dios.

-(RÍE) Mire,...

hay una cosa que le quería comentar,

y es que,... no me ha gustado nada su pensión.

-Hombre, "pa" dormir...

-Sí, pero tiene que vivir de una forma higiénica, confortable.

-Ya, si mejor un palacete, pero no lo tengo.

Tenía que ver donde vivía en Valencia.

-¿Era peor que la pensión de esta mañana?

-A las ratas las llamabas por su nombre.

-Tito, eso se ha acabado ya.

He encontrado una pensión en la que usted tendría

una habitación individual, le lavarían la ropa,

tendría agua caliente...

-Eso será caro. -Sí, sí.

Vale más que la pensión que tiene usted ahora.

-No la puedo pagar.

-No, que la pago yo, Tito, como la comida.

-¿Dos filetes todos los días?

-O tres, Tito.

-Sea. ¿Cuándo me cambio?

-Pues hoy mismo, en cuanto recoja sus cosas.

-Hale, qué aproveche.

-Gracias. Descuide que daré buena cuenta.

-El perro. -El perro.

-¿Se quiere comer un perro? -No, no, no,

que si me lo dejarán llevar a la pensión.

-Sí, sí, supongo que sí.

-Sin Orejones no voy a ningún sitio.

-No, no, usted no se preocupe, Tito, yo ahora mismo llamo...

No creo que haya problema.

A lo mejor veo esta tarde a Jacinto.

-O a lo mejor no.

Ya sabe usted cómo es. -No mucho.

Pero me gusta tanto que me hable de él.

-Pues poco más le puedo decir, Marcelina.

Tampoco lo conozco tanto.

-Más que yo.

-Porque es mi primo, a la fuerza ahorcan.

Pero es muy raro, ¿sabe?

-Con lo que me gustan a mí los hombres originales.

-Ya, pero... no para todo es original.

Para algunas cosas es muy, muy aburrido.

-Mejor.

Que si no sería "to" como un "tornao".

Cosas originales, y otras, de las de toda la vida.

-Ya, pero es que así una no sabe cómo amanece el día,

si lluvioso o "soleao".

-Pues si es lluvioso, se saca el paraguas,

si es "soleao", se coge el abanico.

-Ya, ya. Lo veo todo muy desorganizado, Marcelina.

-Es tener ganas, con ganas, "to" se logra.

-Ah.

Perejil. Vaya usted para su casa, que tengo que volver al "mercao"

a comprar perejil.

Márchese. -Yo traigo perejil de sobra,

le presto. -Que no, que no,

que también se me ha "olvidao" comprar huevos.

Váyase. -Uy,

pero si yo la he visto comprarlos.

-Pero solo he comprado una docena y me hacen falta dos. Hale.

-Sí que comen huevos sus señores.

-Eso pienso yo, que sería mejor comprar una gallina.

Váyase "pa" su casa, que yo vuelvo al "mercao".

Venga. -Con Dios.

-Con Dios. Adiós, Marcelina.

¿Tú qué haces aquí?

-Pensando. -Ah.

¿Y en qué estás pensando?

-En que en los Jardines del Príncipe

podría pacer mi rebaño un año entero.

-"Pos" muy bien. Terminaríais en la cárcel tú y tus ovejas.

-Ya, es lo malo.

-Te tienes que ir a tu pueblo.

¿Esta mañana querías que me quedara y ahora quieres que me vaya?

No hay quién te entienda.

-Ya, pero esta mañana yo no sabía que tú te entendías con la Ovidia.

Y ahora sí que lo sé.

Y no puedes dejarla sola, así que "na",

te tienes que marchar. -La Ovidia me espera, tranquila.

-¿Eh?

(SE QUEJA)

¿Le ayudo?

¿Qué hace aquí? Pensé que se había marchado.

A mi pesar, cuando llegó Samuel Alday.

Ayúdeme a acostarme.

Lucía,...

es importante que retomemos la conversación que mantuvimos.

Ya le he dicho todo lo que tenía que decirle.

Por favor,

debe replanteárselo.

Lucía, no se case.

¿Y ahora me dice esto, padre?

Le recuerdo que estuvo en sus manos impedirlo.

Ahora ya es tarde.

Casarse con ese hombre es un error.

No más que el de haber confiado en usted.

Sé que me quiere hacer daño.

Y tal vez lo merezco, pero por favor, escúcheme.

¿Qué me va a decir,

que no me ama,...

que solo busca mi dinero, que es un hombre sin principios?

Padre, todo esto ya se lo he escuchado decir.

Es cierto. Y aunque lo fuera...

No se da cuenta del motivo por el cuál me caso.

No la entiendo.

Padre,...

yo me caso con Samuel Alday... para salvarle a usted.

¿Cómo?

¿A mí?

Usted tiene una vocación

y se debe a ella.

Ya me lo ha confirmado.

Pero, pero yo le amo, tanto como usted me ama a mí.

Y ya sé...

que hizo unos votos,

y que nuestro amor no puede prosperar.

Pero ese no es motivo para que usted contraiga matrimonio

con Samuel Alday.

Pero padre, si seguimos libres,

no venceremos a la tentación.

Pecaremos una y otra vez.

(LLORA)

Pero Samuel Alday lo impedirá.

Él se interpondrá entre nosotros dos.

Eso es una locura.

Es la única solución.

Padre, padre, si no le importa,

márchese, por favor.

(LLORA)

Me dijo Leonor que quería verme.

-Sí. Siéntese, por favor.

¿Un chocolate? -No, mejor un café con leche.

-Merceditas, un café con leche para don Liberto cuando puedas.

Ay, válgame Dios, don Liberto.

Mire, cuando uno se decide a apoderar a un púgil,

no se imagina la cantidad de gastos que tiene:

la comida,

la pensión... -¿Le paga la comida?

-La alimentación es fundamental para ganar los combates.

Además, se come los filetes de tres en tres.

-Ya se conoce, así está de fornido.

-Mire,

ahí está. -Buenas tardes.

-¿Qué tal, Tito? ¿Le apetece un chocolate?

-Y bollos.

-Merceditas, por favor

un chocolate y un suizo para Tito. -Eh, dos.

Dos suizos.

Y una ensaimada, si no es mucha molestia.

-Por favor, siéntense.

Verán,...

les he pedido que vinieran para darles una buena noticia.

-Vaya, estoy deseando oírla.

-El combate de ayer no pasó desapercibido para los empresarios.

Y me han llamado para decirme

que está en España el campeón de Francia

y que quiere una pelea con Tito.

-¿No se está precipitando un poco?

-Es una gran oportunidad. ¿Qué opina?

-Lo que usted diga.

Si hay que pelear, se pelea.

-¡Pues ya está! Resuelto. Ahora mismo voy a llamar

para aceptar el combate.

-En ese caso, habrá que entrenar mucho a Tito.

-Tito, ya ha escuchado a Liberto,

entrenamiento y disciplina.

-Lo que diga, lo que diga.

-Gracias.

(TARAREA)

-¿Qué haces? -Pasar el plumero.

¿No lo ves?

-Ya, pero es que eso no es asunto tuyo.

Lolita, ya no eres una criada.

-No me cuesta "na". Fabiana ha ido a ver a Lucía,

y no le ha dado tiempo. -Ya, pero no es tu trabajo

y no debes hacerlo.

Y Lucía es una vecina, igual que tú.

Ya no tienes por qué llamarla señorita Lucía.

-"Pos" no me acostumbro.

-Ven, siéntate.

Te acuerdas que antes de estar casados

me contabas las costumbres de Cabrahígo, y yo las respetaba.

-A regañadientes.

-Bueno, pero ahora eres tú quien debe respetar las mías.

Ahora soy un señor Palacios.

Hijo de un señor Palacios y nieto de otro.

Mi hijo y mi nieto también serán señores Palacios.

-No entiendo tu intríngulis.

-Para que mi hijo pueda ser un señor Palacios,

necesito que mi esposa sea una señora de Palacios.

¿Lo entiendes?

-¿Quieres que tengamos un hijo?

-También, pero no, no me refería a eso.

Me refiero a que tienes que comportarte

como una señora.

No puedes pasar el plumero

ni servir la mesa, ni tratar a otras vecinas

como si fueran superiores.

-Lo entiendo.

Muy bien, pues, señora de Palacios...

Ven.

Dame un beso.

-¿Y si alguien viene?

-Eso es otra cosa que tenemos que solucionar,

que más que marido y mujer, parecemos dos monjas de clausura.

-Con el lío de las señoritas Lucía y Celia...

-Celia y Lucía.

Y los líos de ellas son líos de ellas.

Nosotros nos vamos de luna de miel.

-¿No deberíamos de esperar? -No.

Debemos irnos a Santander. Quiero disfrutar de mi esposa.

-Ya. Si yo también tengo ganas.

Pero doña Celia tiene que encontrar una criada para...

-Lolita, me da exactamente igual lo que le pase a Celia.

-Y a mí.

¡Aléjese de Telmo!

-¿Se ha perdido la educación

de llamar antes de entrar en una estancia?

-No se debe educación a quien no la merece.

-Hábleme con más respeto

o llamo para que le pongan en la calle ahora mismo.

Haga el favor de tomar asiento.

-Se me revuelve el estómago de ver en qué se ha convertido, Espineira.

-Lo único que hago es velar por los intereses de la orden.

Algo que usted parece no darle importancia.

-¿Robando la herencia de esa joven, de Lucía Alvarado?

-Esa herencia pertenece a la orden.

Es una deuda moral de los marqueses de Válmez.

Ese dinero no puede ir a parar

a manos de una bastarda, de una hija del pecado.

-Pero ¿quiénes somos nosotros para decidir eso?

Nuestro Señor nos ha dado la facultad de poder perdonar,

no de castigar.

-Pensando como usted, la Iglesia no habría llegado demasiado lejos.

-La Iglesia sería más poderosa

sin codiciosos como usted dentro de ella.

-Lo dudo. Y, dígame,

¿a usted le interesa salvar la herencia de esa muchacha

o propiciar los amores pecaminosos del padre Telmo?

-No sé cómo se atreve.

-¿Va a negarme que ese incauto se ha enamorado

de la señorita Alvarado?

¿Esa es la Iglesia que usted pretende,

sacerdotes amancebándose con sus feligresas?

Qué vergüenza.

-Telmo no se ha amancebado con ella.

-Espere a que ella tenga el dinero, ya verá,

al final, va a resultar que Telmo es mucho más listo

de lo que parece.

¿Le ha contado

lo de su juicio eclesiástico de hace unos meses?

Fue declarado culpable.

-¿Qué juicio? -¿A que no sabe

quién estaba implicada en la acusación contra el padre Telmo?

La señorita Alvarado.

Quizá Telmo ha olvidado detallarle

cómo fueron sorprendidos juntos.

¿Se lo ha contado,

hermano Guillermo?

Se encontró a Lucía y a Telmo

en una ermita abandonada de la orden casi desnudos,

yaciendo juntos.

-No puede ser. Él no haría una cosa así,

no cometería un sacrilegio como este.

-Siento mucho ser yo quien le abra los ojos,

es evidente que el padre Telmo no está siendo sincero con usted.

Hemos estado hablando con el sacerdote que oficiará la boda.

¿Y qué tal, alguna novedad?

Ha ido de perlas.

Es encantador. Seguro que oficia una ceremonia preciosa.

Ahora tenemos que elegir la fecha del enlace.

Está muy solicitado.

Tan solo nos ha dado dos fechas para que elijamos.

Podemos casarnos en 10 días

o en un mes y medio. ¿Qué es lo que prefieres?

"Don Ramón, me alegro de verle".

Verá, es que mi boxeador va a competir en unos días

contra un púgil francés y, me gustaría que acudiera.

-Me gustaría ver una velada de ese sport, sí.

-Además, si apuesta, fijo que dobla su dinero.

Esto es una mina de oro

casi mejor de las que tiene usted.

-¿Nos invitarán a nosotras?

La señorita Lucía siempre se ha llevado bien con las del altillo.

-No cuentes con ello.

La señorita Lucía es muy buena y muy sencilla,

pero don Samuel es más tieso que un palo.

-Sea como sea, nos tendremos que alegrar por el casamiento

de la señorita.

Pero no entiendo qué perra les ha entrado

con eso de casarse tan pronto.

Perdón. ¿Se casa la señorita Lucía?

(RÍE)

-Bueno, ¿qué, qué te parece?

-Qué me va a parecer, fetén.

-Bueno, dejar algo para la noche, ¿no?

-Es que, Antoñito me ha enseñado una cosa que me ha puesto muy contenta.

-No mal piensen ustedes,

le he enseñado unos billetes de tren,

que nos vamos de viaje de novios esta misma noche.

-¿Qué pasa?

¿No le parece a usted buena la señorita Lucía?

Si "na" más que había que verla cuidando a los desgraciaos del Hoyo.

Eso es cierto.

Pero también es cierto que tendría que haberse alejado del padre Telmo

y no lo ha hecho.

Siempre le andaba detrás. Impropio de una señorita.

Me deja usted de piedra, Úrsula.

Jamás se me hubiera "pasao" por la cabeza

que quisiera tentar a un sacerdote.

He fijado la fecha de boda con la señorita Lucía Alvarado.

Eso sí que es una gran noticia. Brindo por ello.

Seré uno de los hombres más ricos de este país.

Me alegro por usted.

Su situación no era precisamente buena.

Eso es cosa del pasado.

Ahora tendré a mi disposición una fortuna inmensa.

Por fin ha llegado su gran día.

No quiero engañarle,

pero me alegro de que se hayan cambiado las tornas

y que ahora sea usted quien esté a mi merced.

Le recomiendo que mida sus palabras. No tengo por qué hacerlo.

Cuando la deuda esté saldada,

usted y yo vamos a hablar largo y tendido.

Durante mucho tiempo me ha estado apretando las tuercas

sin compasión, pero ahora soy yo quien maneja las riendas.

A ver cómo soluciono el "embolao" entre mi primo y la Marcelina,

porque cuando esa mujer se entere de que mi primo ya no está disponible,

quiera Dios que no haga alguna barbaridad.

-Esa mujer no anda muy bien de la cabeza.

Seguro que este asunto no acaba en boda.

-"¿Puedo tomar churros?"

-Sí, claro. Pídaselos a Flora, que está en la barra.

Ah, tome los que quiera. Si le da fuerzas...

Eh... Liberto, le veo menos entusiasmado que a nuestro púgil.

¿No me diga que ha perdido fuerza en la pegada?

-Para nada, sigue dando golpes como coces de una mula.

-Entonces, ¿qué es lo que le preocupa?

-Pues que Tito es muy despistado, Íñigo.

Puede parecer que va a romper el saco a mamporros, como que,...

de repente le hacen una pregunta baladí,

y se tira toda la tarde hablando.

-Se distrae con una mosca.

-Y eso no es lo peor.

-Está mal que lo yo lo diga, pero...

me salen algunas piezas de mucho mérito.

-(TARTAMUDEA) ¿Y te gusta mucho tallar?

-Me ayuda a soportar la soledad del campo.

A ver.

Lo que salga de aquí ya tiene nombre puesto.

Ovidia.

Querida. -Ay, Rosina.

Vengo descompuesta.

-No es para tanto, has hecho vestidos de novia

en mucho menos tiempo.

-No es por el traje, Rosina.

Es por mi nieto. He recibido un telegrama de Simón.

El niño está muy enfermo.

Lleva mucho tiempo fuera de casa. Sí, así es.

Tengo que suponer que ya ha visitado al prior.

¿Por qué me has mentido?

¿Por qué me ocultaste que fuiste juzgado por un tribunal eclesiástico

después de yacer con Lucía?

Le pido perdón por no haberle dicho nada de este asunto.

Quería mantenerle al margen de esta ponzoña.

Ha pasado el momento de andarse con melindres.

Quiero que me cuentes toda esa historia.

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Acacias 38 - Capítulo 927

14 ene 2019

Lucía rechaza la proposición de Samuel; necesita ordenar sus pensamientos y cuenta a todos que todavía no formalizará el compromiso con Samuel. El Alday ya no tiene dudas sobre el interés romántico de Telmo por Lucía. Casilda se niega a enamorar a Ceferino. Trini intenta convencerla. Leonor cuenta a Rosina y a Liberto que se ha reconciliado con Íñigo. La pareja decide hacer una excursión al campo.

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