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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 909 - ver ahora
Transcripción completa

Dice el bueno de don Telmo que el pulso de doña Celia

es cada vez más estable.

Y que el de don Felipe es casi normal.

-"Yo iré buscando a Jordi Baró para" que me aconseje por quién apostar.

-No, eso sí que no.

Usted haga lo que quiera, pero a mí me mantiene al margen.

-Si tú y yo rompemos con "to" lo que nos han "enseñao",

el destino se va a cebar en nosotros, eso dalo por hecho,

pero no es "na" "comparao" con lo que le "pue" pasar

al que impida que nos casemos. -¿Se "pue" quedar lelo?

-Peor.

¿No te dije que mi novia la espichó?

Precisamente por meterse entre tú y yo.

-"Va a ver a don Teodoro"

para renegociar el precio de sus productos.

-¿Y?

-Pues que he conseguido, después de mucho, hablar con Teodoro

y me ha dicho que Íñigo ha suspendido la reunión.

-¿Por qué? -Tiene que acercarse

a la sociedad gimnástica.

-No lo entiende, que no me puedo casar con su hijo,

que eso sería como atarle la soga al cuello.

Que...

o me caso con Ceferino,

o la maldición cae sobre nuestras cabezas.

-Muy dandi te veo yo para una reunión.

-Bueno, es que el aspecto, Flora, es fundamental en los negocios.

Abur. -Abur.

-Vamos tras él. -Antes muerta.

-Pues ahí te quedas.

-Flora. Flora, espera.

-Y como Paciencia no va a venir, yo voy a hacer lo mismo

que hizo Mahoma con la montaña, o sea, con Cuba.

Voy a ir a ella, por más mulatos que allí haya,

por eso necesito a alguien que me cuide el rododendro

que tengo en el patio.

-Allí está. -En la cabeza, en la cabeza.

(Vítores)

-Ya viene.

Bienvenido, padre.

(Aplausos)

Queridos vecinos, no puede ser pecado de orgullo

sentirse tan gozosa como me siento al reencontrarme con el padre Telmo.

Trini. -Ay, Susana.

Bienvenido, padre, gracias por salvar a mi familia.

Muchas gracias por todo.

Un santo, es un santo.

-Ha demostrado ser un verdadero hombre de fe,

ojalá muchos fueran como él. -Y que usted lo diga.

Hay que estar hecho de una pasta especial

para poner en jaque la propia vida. -Bueno, no me digas

que tú no lo harías. -Por ti lo haría,

pero no se trata solo de decirlo,

sino de hacerlo cuando llega el momento.

-Así es, y el padre Telmo

ha demostrado ser un hombre

que no se asusta ante los retos.

-Padre Telmo, gracias en nombre de todo Acacias y en el mío propio.

No me digan que esta merienda es en mi honor.

Es una muestra ínfima del agradecimiento

que sentimos por usted en el barrio.

No exagere, doña Susana.

Padre, fue usted un héroe en lo de El Hoyo,

y ahora ha demostrado ser un santo.

-Por supuesto que sí, es más, deberíamos escribir al Vaticano

para que lo proclamen santo en vida.

Sería el primero, desde luego, no me veo yo de santo.

Es mucho trabajo.

Pues yo firmaría donde hubiera que hacerlo.

-Y yo, sin ninguna duda. No se molesten en escribir

cartas y no exageren,

y no me traten como un héroe,

que no lo soy. Claro que lo es, padre.

Solo soy un siervo de Dios que ha cumplido

con sus obligaciones,

proteger y ayudar a sus semejantes.

Bravo, padre.

-Alabado sea el Señor.

(Aplausos)

Lo que tenemos que hacer es pensar en don Felipe

y doña Celia, y espero que muy pronto el doctor Quiles

les permita salir de su encierro.

Voy a proponer un brindis.

Por Felipe y por Celia...

y por el padre Telmo.

(Sintonía de "Acacias 38")

-Viva el padre Telmo. -¡Viva!

Bueno, basta ya, que me van a enojar.

No quiero cartas al Vaticano ni trato distinto.

Lo que quiero es que acudan a los ritos

y que abran el bolsillo para ayudar al que lo necesita.

El bolsillo y el corazón.

Y ahora, si me disculpan, necesito ir a casa.

Padre, ¿no toma nada?

Tiene todo un aspecto riquísimo y se lo agradezco,

seguro que darán buena cuenta de ello,

pero solo quiero descansar y tomar un buen tazón

de caldo caliente de los que me prepara Úrsula.

Queden con Dios.

A mí me gustaría hacerlo.

Santo, santo, santo.

Al final va a haber que cambiar el nombre de la parroquia:

templo del santo padre Telmo. Ahórrese las ironías.

Sé que hay gente

que habría preferido que nadie saliese con vida de esa casa.

No lo diga por mí, aprecio en el alma a don Felipe y a doña Celia.

Lucía, precisamente estaba felicitando al padre Telmo

por su arrojo y su valentía.

Sí, sí que se lo merece.

Padre, siento no dejarle ir a casa a descansar,

pero me gustaría preguntarle por el ánimo de mis primos.

Muy bueno, dadas las circunstancias,

se va recuperando poco a poco,

y doña Celia no hace más que preguntar por usted.

Tano y usted son lo único que tiene en la cabeza.

¿Y cuándo podría verla?

Cuando el doctor Quiles lo estime razonable.

Pero ya están bien. Quiero entrar hoy mismo.

Ni se le ocurra. Imagine que, por precipitarnos,

despertamos de nuevo la epidemia.

Un poco de paciencia,

que es una gran virtud.

Lucía,...

tendrá que esperar a que los sanitarios

desinfecten el edificio. Aunque ellos ya estén bien,

la enfermedad puede seguir entre esas paredes.

Sí, tienen razón,

me pueden las ganas de abrazar a mi prima.

Vaya, padre, vaya a casa a descansar,

que se lo ha ganado. Hasta mañana.

Con Dios, padre.

Me gustaría que don Samuel entrara en el piso

antes de que lo desinfectaran, a ver si se contagia.

Úrsula, por favor, eso no son pensamientos cristianos.

Mañana mismo la quiero en el confesionario.

-Cuando nuestro púgil recibió el golpe de derecha en el mentón,

yo pensé que lo habíamos perdido todo.

-Y yo, es increíble que se recuperara, son hombres de cemento.

-Y cuando inició el contraataque. Un, dos, izquierda, derecha.

-El adversario cayó como un saco al suelo.

-Igual que el dinero de las apuestas cayó con la misma fuerza

en nuestros bolsillos. Vamos a La Deliciosa,

le invito a un elixir que guardo para ocasiones especiales.

-Se lo acepto, pocas noches en nuestra vida serán tan rentables

como la de hoy.

Vamos a catar ese elixir.

-¿Qué hacéis aquí, sucede algo?

-Mentiroso.

Eres un canalla. -¿Te has vuelto loca?

-¡Que no quiero volver a saber nada más de ti!

-Pero ¿se puede saber qué pasa? -¿De verdad lo preguntas?

-Es que no sé, no sé qué he hecho. -Encima hipócrita.

Has decepcionado a tu novia y me has agravado los síntomas

de la enfermedad a mí.

Ahora me tendré que tomar otra vez la medicina.

No se imagina cómo necesitaba ese baño.

El agua caliente relaja el cuerpo

y también el alma. Lo celebro.

Así me ha dado tiempo de prepararle su sopa preferida.

No se lo va a creer, pero...

a veces, cuando me iba a dormir y pensaba que todo iba a salir mal,

y que ni don Felipe ni doña Celia ni yo íbamos a sobrevivir,

lo único que me consolaba pensar

era en tomarme una buena sopa como esta.

Tiene usted razón.

No le creo, pero agradezco que me lo diga. ¿Le sirvo?

¿Por qué no se sienta y cena conmigo?

Yo no soy digna de tal cosa.

No diga eso, venga, siéntese.

Por favor, don Telmo, no me obligue a hacerlo,

no me sentiría cómoda.

Bueno, como quiera,

pero no me gusta que me traten como alguien diferente.

Lo es. Es usted un santo.

No. Eso no es cierto.

Sí, lo es.

Y a los santos hay que tratarlos con devoción y respeto.

Solo soy un hombre y, como todos los hombres

y todas las mujeres, Dios nos hizo a todos iguales.

Tengo contradicciones, soy capaz de lo mejor y de lo peor.

También soy capaz del mayor de los heroísmos,

y de la más abyecta

de las mezquindades.

Soy capaz

de hacer grande a Dios,... pero también de pecar.

No se engañe conmigo.

Hasta su modestia le hace santo.

Es usted imposible.

Mmmm.

Es magnífica.

Esto sí que es capaz de revivir a un muerto.

Si algo hay milagroso en Acacias, ese es su caldo.

No blasfeme, padre.

¿Por qué no prepara en una tartera

algo de caldo mientras yo me tomo este?

¿Para qué?

¿No irá usted a salir?

Sí, iré a ver a los Álvarez-Hermoso.

Si este caldo provoca en ellos el mismo efecto que en mí,

en pocas horas estarán más sanos que nunca.

Por favor, padre, no salga, descanse.

Haga lo que le pido.

Los dos enfermos me lo agradecerán.

Como mande.

-Señora,

¿está segura que no quiere desayunar?

-Claro que lo estoy.

-Pero es que anoche tampoco cenó. -Casilda, qué pesada eres.

Si te digo que no, es que no.

-Claro, cenaría pasteles de La Deliciosa, por eso esta mañana

estaba la cena que le dejé ahí en la cocina sin tocar.

-Casilda, de verdad, ¿no te puedes callar ni un solo minuto?

He dicho que no quiero desayunar y ya está,

tú lo único que tienes que hacer es callarte.

-Perdóneme usted, señora, servidora no quería nada más que ayudar.

-Pues calla y vete a la cocina, que seguro que tienes mucho que hacer.

-Como usted mande, y a ver si se le pasa la nerviosura.

(Llaman a la puerta)

La puerta.

¿Quién será, está usted esperando a alguien?

Porque es muy raro que a esta hora del día vengan visitas a esta...

-Casilda, ¿no puedes callar la boca ni un solo minuto? Ve a abrir.

-A los buenos días, Casilda.

Traigo unos bartolillos y unos suizos recién hechos.

-Mira, Íñigo, no estoy de humor,

ni para bartolillos para escucharte.

¡Casilda, vete a la cocina! -Que sí, que sí.

-No me digas que sigues enfadada conmigo.

-No me digas que tienes el descaro de preguntármelo.

-Pero, Leonor, si... -No, ni peros

ni nada.

Íñigo, que estoy enfadada contigo, que estoy dolida y decepcionada.

-¿Por unas apuestas sin importancia? -Las apuestas son lo de menos.

Por mentirme.

Bueno, lo de menos, claro que son importantes, las apuestas.

-Leonor, eran unas apuestas pequeñas sin mala intención,

mero divertimento. Además,

los beneficios los he dedicado a obsequios para Flora y para ti.

-Me diste plantón en casa de mi madre

por seguir apostando, ¿y es solo divertimento?

Entonces, ¿yo qué soy? ¿Un pasatiempo?

-No saques las cosas de quicio. -No me trates como una idiota,

que no sabe la importancia que tienen las cosas.

Te he explicado lo que sufrimos en esta casa

por culpa de la adicción de mi padre.

-Leonor, pero es que yo no soy adicto.

-Si no reconoces los problemas,

es que hay algo que no funciona entre nosotros.

Déjame sola.

¿Hay novedades?

Lo que hay son ganas de desayunar.

No me hagan sufrir, que estoy ansiosa por saber las noticias.

Pues tenemos buenas noticias,

¿no es así, padre Telmo? Creo que sí,

que podemos considerarlas buenas.

Pero dígalas de una vez, por favor.

Dígalas, doctor, que temo que la señorita Alvarado

se ponga violenta.

Me complace anunciarle que la situación crítica ya es historia.

¿Eso significa que puedo subir a visitar a mis primos?

La casa ha sido desinfectada y ellos la están esperando.

Gracias. Gracias a los dos.

Me voy corriendo.

Un desayuno de primera, que nos lo hemos ganado.

No olvide poner chocolate y bollos suizos.

Bien está lo que bien acaba.

No hay refrán más certero.

Solo tengo una pregunta.

¿Por qué dejó de enviar mensajes a aquellas horas durante su encierro?

Sabía que les podría asustar, pero no me quedó más remedio.

Antes de que llegara la mejoría, los resultados

de la medicación experimental no fueron buenos.

No quería dar malas noticias a los que estaban fuera.

No sé si el sufrimiento por la ausencia de noticias

compensó la angustia de saber la verdad.

Muchos vecinos pensaron que también usted había sido contagiado.

Siento que fuera así.

Allí dentro me pareció la mejor solución.

De lo que puede estar orgulloso es del gran afecto

que le tienen.

No solo su criada, Úrsula, también y muy especialmente la señorita Lucía.

Su sufrimiento no era fingido, lo garantizo.

Aquí está nuestro desayuno.

Disfrutémoslo y olvidemos

por un instante las penurias.

Gracias.

-Hijo,...

¿has visto las noticias que vienen de Colombia?

La cosecha de café ha sido magnífica.

-Pero ¿está pensando en meterse en eso?

-Tenemos el negocio de las cafeteras,

la red comercial está hecha.

Si traemos el café, podríamos tener una buena entrada en el negocio.

-¿Y lo que me dice siempre de los huevos en distinto cesto qué?

-A veces hay que olvidarse de los consejos que se da uno.

Piénsalo.

Tenemos el café, las máquinas para hacerlo.

El mismo comercial que va a las cafeterías

podría ofrecer ambas cosas a la vez.

Tenemos que echar cuentas, pero yo creo que puede ser rentable.

-Es que usted es un hacha en los negocios, padre.

-Podrías encargarte tú de ello.

-¿Yo? No, no, olvídelo. Mi cabeza no da para nada

que no sea Lolita.

-Antoñito, hijo, hay que saber separar los problemas

y darle a cada uno la atención que se merece.

Yo sé que no lo estás pasando bien, pero quizá atender los negocios

podía hacer que te olvidases un poco del tema.

-Ya, pero es que yo no puedo, yo no soy como usted,

si me da pánico salir a la calle por si me encuentro con ella, o peor,

con el mamarracho ese de Cabrahígo,

que a saber cuál es la nueva tradición de su pueblo.

-Es cierto que no es fácil entender tanta irracionalidad.

-Padre,...

yo...

estoy pensando regresar a América.

-Hijo, no te precipites. -No, no, si lo he pensado mucho

y a su lado he aprendido bastante, podría seguir trabajando con usted,

pero desde allí. ¿Se acuerda lo que leímos

el otro día, lo de los frigoríficos para el hogar?

-Decían que aún estaban en proceso de desarrollo.

-Sí, pero podría ponerme en contacto con los inventores.

Imagínese que somos los primeros en importarlo aquí en España.

O en Europa.

-Me encantaría, pero eso va a tardar, al menos,

ocho o diez años.

-Sí, pero seguro que hay muchos otros inventos americanos

que podamos importar aquí. -Antoñito, hijo,

deja de hacer castillos en el aire

y vamos a centrarnos en el problema real.

Lolita.

-Lolita y su estúpido pueblo. -Al parecer,

el que interpreta la fidelidad a las costumbres es el tío Genaro.

Esperemos que la carta que le hemos escrito sirva de algo.

Lo mismo cuando conteste

se arreglan las cosas.

-Que no, que el tío Genaro es de Cabrahígo,

seguro que su interpretación es todavía más descabezada

de lo que imaginamos.

Es que yo creo que en ese pueblo, los niños, cuando nacen,

les dan con una piedra en toda la cabeza.

-No insultes a los cabrahiguenses o cabrahigueros, que al fin y al cabo,

Trini es de allí.

-Si lo sé, padre, y no quiero faltarle al respeto a usted,

ni a Trini, ni a Lolita, ni a nadie, pero...

yo estoy harto, padre. Lo he intentado, de verdad, pero...

me voy a ir a América.

Estoy cansado de Lolita, del tío Genaro y de cualquier cosa

que se les pase por la cabeza.

Yo regreso a América y así no vuelvo a saber nada de ellos.

(Llaman a la puerta)

Felipe. Lucía.

Pensaba que no te volvería a ver. No, no diga eso ni en broma.

¿Dónde está Celia?

Te he oído llegar, qué alegría.

Celia.

¿Me ves muy mal? No, en absoluto.

Bueno, cara de cansada, pero ya verá como en unos días

está igual que siempre.

-Es lo mismo que le he dicho yo.

Cuando has llamado estaba preparando un poco de leche caliente

para Celia. Voy a por ella y así os dejo solas.

Prima, no he dejado de pensar en usted ni un minuto.

Sabía que saldría con vida.

Yo no he sido muy consciente. Solo veo que ya estoy mejor.

Siento haber estropeado la petición de mano de Samuel.

Prima, si le soy sincera,...

no me he acordado en todo este tiempo.

Tal vez podríamos retomarlo para mañana.

Será un retraso pequeño, ¿cuánto han pasado, tres días?

¿Tres días?

Prima, lleva en la cama entre la vida y la muerte

casi dos semanas.

No puede ser.

¿No fue antes de ayer la petición de mano?

¿Le ha comentado al doctor que ha perdido la noción del tiempo?

Bueno, sí, estoy un poco confusa,

pero el médico me dijo que era normal.

-Cariño, aquí te traigo la leche.

No quiero que te dejes ni una sola gota, ¿eh?

Ahora te traigo el diván.

-¿Te lo puedes creer? Mi marido yendo a la cocina

para darme algo de comer.

Tendrías que ver qué caldo me dio ayer.

-Gracias al padre Telmo, que vino a traerlo.

Es increíble cómo se ha portado ese hombre.

Tenía que ver cómo se han desvivido su esposo

y el padre Telmo por usted.

Tiene mucha suerte de tenerles a su lado.

-Pues si doña Rosina me da permiso, le voy a preparar un bizcocho

a doña Celia y a don Felipe. -Muy buena idea,

y si ella no te deja, ya lo preparo yo.

-No creo que vaya a decir "na", "señá" Fabiana, si son tan amigas.

-Con doña Rosina nunca se sabe, lo mismo se levanta

"agarrá" a sus dineros.

¿Y Servando?

-Servando, ¿está usted ahí?

-Sí, que estaba arreglando la maleta que me ha "dao" el portero del 28.

-Y ¿"pa" qué quiere usted una maleta?

-¿"Pa" qué la voy a querer?

"Pa" ir a Cuba. Esta misma tarde voy a por los billetes,

que si no los cojo esta semana, pierdo el dinero de la reserva.

-Servando, yo pensé que usted ya no se marchaba a Cuba,

y más sabiendo lo de la "señá" Paciencia.

-No, no, no, es que ahora con más razón tengo que ir, a rescatarla,

lo está pasando fatal, la pobrecilla.

-Pero ¿a rescatarla de qué? -De ese hombre malvado

que la ha "hechizao", vaya usted a saber con qué bebedizo.

-Hombre, que la ha "hechizao", eso claro está, pero lo de los bebedizos

no lo tengo yo tan "despejao".

-¿Y qué otros motivos puede haber para decirme

que está enamorada de él... en lugar de mí?

Yo soy su marido

ante los ojos de Dios. -Ay, Servando, no le dé más vueltas.

Paciencia ha "cambiao" después de darle los aires del Caribe

y probar las frutas tropicales.

A saber cómo está ella ahora.

Seguro

que ha "mudao" las ropas negras

y los refajos por "vestíos" de colores.

-Eso sí que no. -Ay, Servando,

qué ganas "tie" usted de sufrir. -Pero bueno, que es mi esposa.

-"Pue" que lo sea de nombre, porque el corazón

ya no le pertenece a usted. -Ahora le pertenece al mulato,

y si usted va "pa" Cuba, solo va a perder dinero

y que le dé un mareo.

-Sí, y llevarse un disgusto de padre y muy señor mío,

a parte de un sopapo que le puede dar el mulato.

-En cuanto me vea entrará en razón. Que yo sé cómo seducirla.

-¿Y si es verdad que está "hechizá"?

¿Y si es verdad que le han "dao" un bebedizo

que le ha "anulao" la razón?

-Yo tengo el antídoto "pa" esas hierbas y esas frutas tropicales.

Castañas de Naveros.

Con un "puñao" de estas asadas,

la Paciencia vuelve a mí aunque sea nadando.

-Pero, Servando, usted ha "perdío" la chaveta, hombre,

que no haga locuras.

-Que ya no es usted un niño chico.

-Bueno, ¿qué, no tienen nada que hacer?

Porque yo tengo que ir a llenar la maleta,

que en dos semanitas estoy en las Antillas. Hala, con Dios.

-Ya he preguntado, y me han dicho que no puedo ver a Celia y a Felipe,

que tengo que esperar unos días.

-Ya te dije que en tu estado hasta un catarro era un problema.

-Ya lo sé, Ramón, pero yo me muero de ganas por ver a Celia.

-Normal.

Trini,...

¿por qué no me ayudas a encontrar un nombre para una marca de cafés?

¿Te parece bien

Cafés Palacios?

-¿A qué viene eso ahora? -Verás,

estoy pensando en importar nuestro propio café, desde Colombia.

Lo traeríamos, lo moleríamos aquí, lo tostaríamos y aprovecharíamos

la red de distribución de nuestras cafeteras.

-Bueno, es muy buena idea, y Cafés Palacios suena bien, pero

no sé,

yo creo que a mí me gustaría más algo como Cafés Cabrahígo.

-Mira, ni me nombres a ese pueblo.

He estado hablando con Antoñito y el pobre está destrozado.

-Ya, Ramón, pero es que el pueblo no tiene la culpa.

-No, el pueblo no, quien tiene la culpa

son esas costumbres antidiluvianas y la manía de hacer caso

a las ocurrencias de un abuelo.

-Mira, querido, no te metas con mi pueblo y tengamos la fiesta en paz.

-Eso es imposible, Trini, porque estoy seguro que en Cabrahígo

hay una costumbre que impide irse a la cama sin discutir.

-Pero no para todo el mundo ni todo el año.

Solo para los primos hermanos que se casan entre sí y en otoño,

así que eso a ti y a mí no nos incumbe.

-Vaya locura, no quiero ni pensarlo.

Trini, a mí lo único que me importa

es que mi hijo sea feliz, antes de que se marche y no volvamos a verlo.

-Ay, que no puede hacer eso, Ramón. -Pues lo está pensando.

Tenemos que encontrar una manera de impedírselo.

-No sé, Ramón, no sé qué puedo hacer yo.

-Seguro que en Cabrahígo

hay una costumbre que anula la tradición

de tener que casarse con alguien a quien hayas dado un beso

una noche de tormenta después de que hubo granizo, era así ¿no?

-Ramón, hijo, lo dices como si fuera una costumbre absurda y gratuita.

-No me hagas hablar, Trini, que terminamos discutiendo.

El empeño de Lolita está haciendo mucho daño a mi hijo,

y eso es lo único que me importa.

¿No hay una manera de poder revertir el destino?

-Bueno, yo puedo escribirle al tío Genaro

y rogarle que nos dé una solución.

-Eso si contesta, porque la última vez ni se dignó.

-Bueno, yo no sé por qué no contestó la vez anterior, pero

si le envío un telegrama urgente.

-Inténtalo, aunque ya te adelanto que no tengo mucha fe

en esa gestión.

-¿Qué haces ahí parado? Hay que atender la terraza.

-Pues pídeselo a la camarera.

-No, si teníamos que acabar así. Leonor enfadada,

tú en la inopia, yo enferma,

que solo resisto gracias al medicamento ese.

Y La Deliciosa, dejada de la mano de Dios.

Pues te lo mereces.

-Pero si yo no he hecho nada malo.

-Pero ¿tendrás desvergüenza?

Pero si ya sabes que el que siembra vientos, recoge tempestades,

así que allá tú.

-Mire que le advertí que anduviera con cuidado.

-¿Cómo está Leonor? -¿Cómo quiere que esté?

Descorazonada, abatida. Y lo peor de todo

es que no tiene mucha intención de volver a hablar con usted.

-Está exagerando, don Liberto, no es para tanto.

-Don Íñigo, haga el favor de ser consciente.

Le advertí de lo de su padre y de su opinión sobre el juego.

-Pero es que yo no soy su padre, don Liberto, yo no estoy "enviciao".

-¿Ah, no? ¿Está usted seguro de eso?

Darle plantón para ir a apostar no me parece el mejor de los síntomas.

-Está bien.

Tiene razón. No supe ver que el asunto era tan serio.

-Y siendo grave, hay algo todavía peor para ella, que le mintiera.

-No quería preocuparla innecesariamente.

-No, si a mí no me lo tiene que decir, pero tiene que darse cuenta

de que todo lo que ha hecho es cometer un error tras otro.

-Sin duda.

¿Y ahora qué?

-No tengo ni idea.

-¿Me ayudará?

-A mí no me meta, don Íñigo.

Además, tampoco tengo forma de hacerlo.

-Hable con Leonor, se lo ruego.

Y se lo agradeceré eternamente.

-Al final acabaré yo escaldado, como si lo viera.

-Ay, qué alegría más grande, don Felipe, verle "recuperao" del "to".

-Te creo, Lolita, te creo,...

pero imagínate que viene la señora y nos ve abrazados.

¿Qué podría pensar? -"Pos" "na", que su señora

no es tan mal "pensá" como usted.

Y que con esto se le olvidan "toas" las congojas.

-Me alegro de verte.

-Voy a ver si doña Celia quiere que le ayude a vestirse.

-Yo voy a ver si me pongo con el correo recibido.

(Llaman a la puerta)

-Uy. -Mira a ver quién es.

Don Felipe, qué alegría. Samuel.

Esperaba verle mucho más débil.

Me encuentro mejor, gracias a Dios, de hecho, estaba empezando a leer

todo el correo recibido estos días.

He estado ocupándome de sus asuntos con el marqués de Viana,

para que la situación se reconduzca lo antes posible.

Se lo agradezco,...

pero le diré algo: no he dedicado ni un solo pensamiento al marqués.

Pasar por un trance como este

te hace darte cuenta que hay cosas mucho más importantes

que lo que pueda pensar el marqués sobre mi trabajo.

Lo entiendo, claro que sí,

pero ya verá como en unos días todo vuelve a la normalidad.

Les traigo un té.

Y a usted, su medicina, don Felipe, que ya es la hora.

-Gracias, Lolita.

-De un trago, ¿eh? Aunque sepa mal, es lo que le ha "curao".

-Sí que sabe mal, sí. De hecho, sabe a rayos.

-Eso es porque cura. Con permiso.

¿Cómo se encuentra doña Celia? Descansando.

La enfermedad fue más cruel con ella que conmigo.

Todavía está muy débil.

Hay que reconocer que sin su valentía,

su recuperación no habría sido posible,

por no hablar de los que apoyamos desde fuera.

Solo el padre Telmo,

solo él arriesgó su vida,

se esforzó y aguantó lo indecible.

Solo él, nunca lo olvidaré,

y tendrá en mí a alguien que se lo agradecerá todos los días.

Desde luego.

Samuel, ¿podría pasar por la parroquia

para decirle al padre Telmo

que nos visite?

Claro que sí, lo haré al salir.

Es un placer tenerle de vuelta, don Felipe.

Con Dios, Samuel. Con Dios.

-Sepa que no habríamos venido a hablar con usted,

si no supiéramos que su ayuda es fundamental.

-Y muy importante.

-¿Por qué no me decís lo que queréis y os dejáis de circunloquios?

-¿Circun... qué, señor?

-Que me lo digáis sin rodeos y que vayáis al grano,

vamos.

-Es por el Servando por lo que hemos venido.

-¿Otra vez? Pero ¿qué demonios le pasa ahora?

-Pues que se quiere ir a Cuba, que dice que su esposa está "embrujá".

-Por el mulato.

-Hasta donde yo sé, tiene razón.

La ha embrujado, pero no con los brebajes, sino con su...

natural donosura y su forma de bailar el danzón, supongo.

-Eso es lo que creemos nosotras también,

pero lo que queremos es ahorrarle esa imagen tan grotesca

que va a dar Servando allá. -"Pa" chasco que sí,

no le va a salvar ni su guayabera del ridículo.

-Pues estoy muy de acuerdo con vosotras,

pero no sé qué puedo hacer yo,

porque tiene las vacaciones concedidas

y el viaje se lo ha pagado de su bolsillo.

-Hombre, usted puede hacerle entrar en razón.

-¿Yo, con lo cabezón que es? Servando tiene la cabeza más dura

que he visto nunca.

El otro día lo intenté y ya visteis el resultado.

-Le puede usted prohibir que viaje. -¿Prohibirle yo?

Yo no soy quién para prohibir nada a nadie,

Servando es dueño de sus actos.

-Pero ¿de qué va a ser dueño, si es un insensato, y un cabezota?

-Sí, terco y obstinado,

pero dueño de sus actos.

Si Servando decide ir a Cuba, allá él.

Si su mujer hace vida marital con ese mulato,

que la denuncie,

que se venga en el siguiente barco para España,

pero yo no soy quién para prohibirle nada a nadie.

-Es que se va a llevar un disgusto muy grande, don Ramón.

-¿Vosotras habéis pensado que a lo mejor tiene razón?

A lo mejor Paciencia recuerda los buenos años que pasó a su lado

y decide regresar a España. Y si él la perdona,

¿quiénes somos nosotros para decir nada?

-Por lo menos hable usted con él,

don Ramón.

Se lo pido de rodillas. -Señora Fabiana,

por el amor de Dios, ¿qué haces? Levántate, mujer.

-Por favor, don Ramón,

a usted va a escucharle.

-Está bien, veré lo que puedo hacer.

-Pues eso es todo, ha superado usted la infección,

ahora sí que estoy seguro.

-¿Y eso qué quiere decir, doctor?

-Eso quiere decir que les declaro a ustedes sanos a todos los efectos.

-Gracias, doctor.

-No tiene que dármelas. Es mi trabajo y lo hago con pasión.

Al que deben agradecer es al párroco de este barrio, el padre Telmo.

Si estuviera en mis manos, le mandaba erigir un busto en la calle.

-El doctor acaba de decirnos que estamos sanos.

Por fin, por fin.

Estoy convencido que él también agradece las muestras de cariño.

-Claro que sí, ven aquí, esposo mío.

-Que estén curados no significa que hagan lo que les dé la gana.

Deben de ir poco a poco, sin excederse.

Descanso suficiente, alimentos sanos, cuidar los horarios

de la ingesta del medicamento.

-No se preocupe, doctor, vamos a ser los pacientes más obedientes

y respetuosos que haya tenido jamás.

-Esos son los que sobreviven.

(Llaman a la puerta)

-Perdonen, está el padre Telmo, ¿"pue" pasar?

-Dile que pase. Tenemos una noticia,

Lolita.

Estamos curados.

-Bravo.

Uf.

Voy a por el padre y vengo. -Corre.

-Tendrías que haber visto el beso y el abrazo que me dio Lolita.

Le tengo que preguntar al padre Telmo si debo confesarme.

-(RÍE)

Me alegro que haya vuelto el buen humor a esta casa.

Buenas tardes.

Por los rostros risueños, veo

que las noticias deben ser muy buenas.

-Gracias a usted, padre Telmo.

-Lolita, me prometiste ese abrazo.

-Perdón.

Que no sabe lo feliz que soy, doña Celia.

-Anda, ve a avisar en el altillo, y diles a todos que voy a preparar

una merienda para todo el mundo.

-Se van a poner más contentas,

que el día que el rey anunció su boda.

Que a su "marío" y a usted los tienen en alta estima.

Voy corriendo.

-Debía de hacerle pruebas también a usted, padre Telmo,

pero se ve que está sano.

Gracias a sus medicinas, doctor.

Dejen de echarse flores el uno al otro.

Le pedí que viniera para darle las gracias.

No era necesario el aviso. De momento vendré a diario,

hasta que pueda moverse con libertad por el barrio.

Padre,... ¿le parece si vamos a comprar un ramo de flores?

Este salón necesita alegría.

Encantado. Iremos al quiosco de Fabiana.

-Aprovecho y les acompaño.

Ya me han oído,

nada de cometer excesos. -Descuide, doctor.

No le hemos preguntado si podemos...

Ya sabes.

-¿El qué?

-Eso.

-Cariño, no sé a qué te refieres.

-Esta noche lo hacemos sin falta, y si nos morimos, mala suerte.

Buenas. ¿Interrumpo?

No, pase, Samuel.

La puerta estaba a medio cerrar,

perdonen que haya aparecido así. Venía a ver a Lucía.

Se ha marchado con el padre Telmo, no creo que tarden,

pero vaya usted a saber.

-"Entonces,"

que no me ha quedado claro,

¿don Ramón va a hablar con Servando o no?

-Pues la verdad es que no lo ha dicho a las claras,

y eso que nos ha dicho a nosotras que no habláramos con "circunslos".

-Circunloquios.

-Eso, eso es, "señá" Agustina.

A nosotras nos ha dicho que fuéramos al grano,

pero él a sí mismo no se "tie" por "avisao"

y habla a medias, así que no sabemos si ha dicho que sí o que no.

-Ay, aunque hable con Servando, no sé si le iba a convencer.

-Ya, la verdad es que eso tampoco lo sé yo, "señá" Agustina.

Al Servando, Dios le ha "dao" una cabeza tan dura,

que con ella podría tirar casas.

Y también, don Ramón "tie" sus problemas, y problemas graves.

-¿Qué le pasa?

-"Pos" el hijo, que le ha dicho que está harto de las costumbres

de Cabrahígo y que se vuelve a vivir a los "Nuevayores" de las Américas.

-¿Qué?

¿De "ande" has "sacao" eso, Casilda? -Ay, Lola, que sí,

que lo he "escuchao",

pero a lo mejor lo he "entendío" mal,

que yo, de "jografía", ando pez.

-¿Quién te ha dicho que Antoñito se vuelve?

-Él mismo, se lo ha dicho a su padre en la pérgola.

-Eso son cosas que se dicen sin pensar.

Mejor tener calma y no echar las campanas al vuelo.

-Esto tenía que pasar.

Que se ha "cansao" de mí. ¿Te ha dicho si se va "pa" siempre?

-Pero vamos a ver, Lola, que a mí no me lo ha dicho,

que yo lo he "escuchao" al pasar,

que a lo mejor lo he "entendío" mal.

-Si es que no entiende que tengo que respetar las costumbres

de mi pueblo, de los míos.

-Es que tu pueblo también se las trae.

No se lo han puesto fácil al mozo.

-"Pos" "na",

habrá que olvidarse de "to".

-No te precipites, Lolita.

Desde la experiencia que me dan los años,

te aconsejo que no tires por la calle de en medio

sin pensártelo de antemano.

-Deberías de hacer caso a la "señá" Agustina,

"tie" más razón que un santo. Anda que no nos hemos visto

en peores y hemos "salío" con vida.

-Clases sociales distintas: él, señorito y yo, "criá".

Él, "viajao" y yo, más de campo que las amapolas.

Él, de ciudad y yo, de pueblo.

Él, rico y yo,

más pobre que las ratas. -Y a pesar de todo,

os queréis.

-Pero no podemos estar juntos, Agustina.

Me voy a mi cuarto.

Ah,...

que venía a decirles que doña Celia y don Felipe

ya están "recuperaos" del "to".

-Ah.

-Que van a hacer una merienda "pa" nosotros.

-Ay, de verdad, que "to" me pasa por irme de la lengua.

Más me valdría haber "nacío" con los labios "pegaos".

-Ay, no, si Lolita tiene razón, por mucho que se empeñen,

quizá

no puedan estar el uno con el otro.

-Sé razonable, Leonor, te lo ruego. -Te he dicho que no, y que no.

-Pero si yo estoy de acuerdo contigo en todo.

Íñigo ha faltado a la confianza que tenías en él, te ha mentido,

te ha ocultado lo de las apuestas, pero eso no significa que no merezca

una segunda oportunidad. -Esa es tu opinión, no la mía.

Yo pienso que no, que no se la merece.

-Sé perfectamente que no debo meterme en discusiones de pareja...

-Pues no te metas, mira qué fácil.

-¿Crees que por un calentón merece la pena

echar por tierra una historia de amor tan bonita?

-Si lo fuera, Íñigo no me hubiera andado con ocultaciones y embustes.

Me ha demostrado que todo esto era falso

y que nuestra historia de amor tiene menos valor, que una apuesta

en un combate de box. -Eres tú la que decide,

pero simplemente quiero que sepas

que he pasado por La Deliciosa y he podido ver a Íñigo muy arrepentido.

-La arrepentida soy yo por haberle dado mi confianza.

Y soy yo la que tiene derecho

a estar dolida y no él. -¿Qué dices, Leonor?

¿Dolida por qué?

-(RESOPLA)

-Mire, madre, sí,

se lo voy a explicar. Íñigo me ha mentido,

y mientras me decía que se iba a la sociedad gimnástica,

estaba apostando en un combate de box.

-Ay, Dios mío, ¿apostando?

-Se trata de pequeñas apuestas sin importancia.

-¡¿Cómo que de pequeñas apuestas sin importancia?!

Espero que no sea eso lo que tú haces allí.

-No, no es lo que hago, Rosina, sabes perfectamente que no apuesto.

-Bueno, pues más te vale. Ese joven es un gañán,

un inconsciente, un insensato. Leonor, espero por tu bien

que no te dejes engañar. -Descuide, madre.

-Qué exageración.

Estáis teniendo reacciones primarias.

-¡Ah, primarias! ¿Encima nos insultas?

-Disculpa, cariño, no quería decir eso.

Lo único que quiero decir es que las decisiones

hay que tomarlas en frío. -Madre, Liberto no tiene la culpa,

él solo quiere que no nos equivoquemos.

Bueno, y hacer de abogado de las causas perdidas como la de Íñigo.

-Ante el nefando vicio del juego, no hay equivocaciones posibles,

Liberto. Espero no enterarme

de que tú también apuestas, porque sería peor que una infidelidad.

-Puedes descansar tranquila, cariño, que ni apuesto ni te soy infiel,

te doy mi palabra.

-Buenas tardes, Lolita.

¿Te pasa algo, chica?

-De "to". Cesáreo, me pasa de "to".

Que no sé por qué he "tenío" la mala suerte de nacer "ande" he "nacío".

-Bueno, eso no lo podemos escoger,

no merece la pena tirar piedras al cielo.

-Yo, a veces, pienso en liarme la manta a la cabeza

y no hacerle caso a nadie.

Hacer lo que a mí me dé la gana.

-Mejor eso que andar penando por las esquinas.

-Cómo se nota que no ha "nacío" en Cabrahígo.

La tía Basilia...

dice que de nosotros depende que el mundo

siga dando vueltas.

-Te voy a confesar una cosa,

yo no me creo eso de que el mundo sea redondo.

-¿Y cómo es?

-Plano. Bueno, plano, como un plato.

Porque si fuera plano, el agua de los mares se saldría por los bordes.

-Eso es una locura, Cesáreo. -Pues sí,

pero no más que pensar que el mundo va a dejar de dar vueltas

porque no se cumplan las tradiciones en un pueblo perdido

en mitad de ninguna parte.

Eso sí que es una locura, piénsalo.

Me voy a seguir con la ronda.

-A ver si el sereno va a tener razón.

No en lo del mundo en forma de plato, en lo de Cabrahígo.

¿Que por qué "to" va a tener que ver con cómo hagamos las cosas

en Cabrahígo, si de una manera u otra?

A lo mejor, si nos saltamos las tradiciones "pos"...

no pasa "na".

Y a ver quién se atreve.

Yo, "ende" luego, no.

-Hola, cordera.

-¿Cómo te tengo que decir que no me llames "cordera"?

-¿Cómo te llamo? ¿Lolita, como los demás?

Como si no tuviésemos "na".

-"Pos" sí, Lolita, que era como me llamaba mi madre.

-¿Qué pasa? ¿Estás llorando, por qué lloras?

Oye, que si alguien te ha hecho daño, le rompo "tos" los huesos.

-Siéntate, que quiero hablar contigo.

Yo estoy "enamorá" de Antoñito.

-Bueno, pues ya se te pasará, te enamorarás de mí.

-¿Y si no me enamoro?

-Bueno, no pasa "na", el roce hace el cariño.

Ya verás como de dormir juntos el uno al "lao" del otro

se nos da por hacer criaturas y tenemos media docena de hijos.

-Que yo estoy "enamorá" de Antoñito...

y lo voy a estar siempre.

La ley de Cabrahígo no dice

que yo pueda amar a quien a mí me venga bien

o que tú y yo tengamos criaturas por muy "casaos" que estemos.

-Mujer, alguno habrá que hacer.

-Ni hablar.

Antoñito se va "pa" las Américas...

y ya me he "quedao" sin él.

No voy a ser yo la que se salte las leyes de Cabrahígo,

aunque sea una locura tan grande como que el mundo es un plato.

-Eso no lo he "entendío", me lo tienes que repetir.

-Cosas mías.

Que...

Que voy a cumplir,...

que me caso contigo.

-¿En serio?

(RÍE DE ALEGRÍA) Ya sabía yo que podía confiar en ti.

¿Te puedo dar un beso?

-Ni lo sueñes, y de criaturas, "na".

-No pasa "na", ya verás como una noche de invierno

cambias de parecer.

-Ni hablar, Ceferino.

Me voy al altillo.

Vamos, que tenemos que llegar antes de que Fabiana

cierre el quiosco. Padre, tenemos tiempo de sobra.

Además, que estoy disfrutando tanto del paseo,

que no me apetece regresar. Opino lo mismo,

pero hace ya casi dos horas que salimos de casa de don Felipe

y doña Celia a comprar flores y todavía ni lo hemos escogido.

Pero tenemos un as en la manga: conozco los gustos florales

de mi prima a la perfección y, no nos equivocaremos.

Eso espero, los dos se merecen el mejor ramo de flores

que encontremos.

No sabe lo que he aprendido de su amor en estos días.

No, no lo sé, pero me encantaría que me lo contara.

Hubo un momento, cuando...

parecía que todo estaba perdido,...

que no quedaba ninguna esperanza,

cuando su prima perdió el conocimiento

y don Felipe estaba casi igual,

en un gesto casi instintivo, él le tomó la mano.

Me va a hacer llorar, padre.

Le aseguro que fue una de las cosas más tiernas y bellas

a las que nunca he asistido.

Ella, que hacía horas que no reaccionaba,

apretó su mano.

Le juro que lo vi. Qué hermoso.

En esas manos entrelazadas pude ver el amor verdadero.

Y debo reconocer que sentí envidia.

¿Sabe lo que pensé?

Que ese amor que llega hasta

los últimos instantes de la vida, solo lo puede conceder Dios.

Pero ¿ese amor entre dos seres humanos,

entre un hombre y una mujer?

En verdad, pocos "peros" se le puede poner al amor,...

aunque sea carnal y sea entre quienes sea.

Quizá en la iglesia deberíamos recapacitar sobre esto.

Padre, es usted un hombre muy especial.

No empiece con la cantinela de que soy especial.

Solo cumplí con mi obligación.

Sí, cumplió su obligación como sacerdote,

pero yo estoy hablando que es usted muy especial como hombre.

Pero déjeme decirle una vez más que considero un desatino

que se case con ese hombre. No va a hacerla feliz, Lucía.

Me espanta que cometa ese error. -"Rosina"

se ha enterado.

-Seguro que mi suegra me ha puesto a caer de un burro.

-Y no sabe hasta qué punto. Si fuera por ella, no volvería usted

a ver a Leonor ni en retrato.

-Que si yo me caso con el Ceferino y me voy "pa" el pueblo,

a mi Antoñito no le pasa ninguna calamidad.

-Casándote con Antoñito y mandando al otro a freír espárragos,

conseguirás lo mismo y todo el mundo más felices que unas pascuas, hija.

Necesito que prepares la cena más fastuosa que hayas hecho nunca.

¿Para cuándo, señor? Para esta misma noche.

Seremos dos personas.

-Muy bien.

-"Lolita, tú eres consciente de que si nos separamos ahora"

nunca vamos a ser felices, ¿no?

-¿No he de saberlo? Más que mi nombre,

pero...

tengo que cumplir, Antoñito.

Que me tengo que casar con Ceferino.

-Tú has estado todo el tiempo más sana que una lechuga.

El medicamento que te di era más falso que un duro de seis pesetas.

-Eso no puede ser. Si fue tomarlo y empezar a mejorar.

-Pues ese frasco solo tenía chocolate,

esencia de almendra y un buen chorro de coñac, eso te curó.

-El Ceferino es viudo de amor,

así que la única forma de romper el compromiso

es que el Ceferino le dé un beso de amor a una viuda.

-¿A una viuda?

-Según pone en la prensa: "Un huracán ha barrido la isla de Cuba".

-¿Se sabe si ha habido víctimas?

-No. Se han cortado las comunicaciones

y no se sabe nada de la isla.

-Un huracán en Cuba, ¿y ahora qué hago yo?

¿Acaso le molesta que hable con el padre Telmo?

Pues en parte sí.

No comprendo cómo ha podido recuperar el contacto

con una persona que la trató de forma tan deshonesta.

¿Acaso ha olvidado lo que ocurrió en la ermita?

Samuel, ya hemos tratado este tema en otras ocasiones

y no tengo gana de volver a hablar de ello.

-¡Antonio, Casilda es nuestra salvación!

-Claro, ella es joven, es pequeñaja, está de buen ver,

es más maja que las pesetas y que está viuda.

-¡Viuda! ¿Tú crees que querrá hacerlo?

-"Pos"...

habrá que convencerla, ¿eh? Como sea.

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  • Capítulo 909

Acacias 38 - Capítulo 909

13 dic 2018

Lucía quiere entrar a ver a los Álvarez-Hermoso, pero todavía es pronto. Leonor y Flora reciben a Íñigo muy enfadadas por sus apuestas en el boxeo. Íñigo intenta pedir perdón a su novia, sin éxito. El chocolatero recurre a Liberto para que le ayude.

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Añadir comentario ↓

  1. Marilu

    Victoria: opino prácticamente lo mismo; el cura no puede mas con su amor " terrenal " por Lucía, ojalá se le dé, ya que ella no es indiferente; quizás halle alguna manera de retirarse de la iglesia y seguir siendo devoto creyente, pero al lado de su amor, no sería el primer ni el último cura en hacerlo.- Y en cuanto a Lolita me limito a repetir un dicho muy común en mi país y que a ella le cabe como anillo al dedo: " quien nació para pito, no llegará nunca a corneta"

    14 dic 2018
  2. Victoria

    Me encanta el personaje de Telmo, esa bondad que tiene, su forma pausada de hablar, de caminar, sus diálogos con Ursula; su forma de dirigirse a Lucía, cómo la mira, cómo le cuenta lo que ha "aprendido" del amor de Felipe y Celia ... para mí es una gozada. Mis felicitaciones a Dani por su magnífica interpretación. Con la que no puedo es con Lolita y sus tonterías "cabrahiguenses"; una mujer como un castillo, que lleva tanto tiempo en Acacias en contacto continuo con los Alvarez-Hermoso y con los Palacios, que aprendió a leer ... ¿cómo es posible que no se le haya "pegado" algo más de delicadeza en su forma de expresarse, en su vocabulario?. La música de la serie también es magnífica.

    14 dic 2018