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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 903 - ver ahora
Transcripción completa

Los resultados indican que, lamentablemente,

doña Celia sí podría estar contagiada.

¿Ha podido transmitirle a Jimeno mi deseo de entrevistarme con él?

Lamentablemente, el señor Batán ha salido de viaje.

Pero he dejado el recado de que cuando vuelva venga a verle.

Pase lo que pase con tu señora,

la vida debe seguir.

Insisto.

-Corre a la botica a por este compuesto

que ha recetado el doctor.

-¿Está peor?

-Sí, no te entretengas.

¿Cómo voy a dejar solo a Felipe con esto?

Felipe tiene una criada que debe estar a las duras y a las maduras.

No puedo creer lo que estoy escuchando.

Don Felipe está haciendo lo que el doctor le ha recetado.

Que nadie se acerque a Celia. -¡Ah!

-¿Y lo dices como si fuera normal?

Eso huele a infección, a riesgo.

-Lo mismito he dicho yo.

-¡Pero esto es un peligro, una amenaza para el barrio!

¿Aquí se apuesta? -Yo no, pero sí.

Algunos se han dejado media fortuna.

-Ah, pues quedémonos.

Podríamos probar con unas perras.

Nada, solo para...

sentir más interés por los...

¿Cómo ha dicho que se llamaban? Los púgiles.

"No vengas. Stop".

"Te mareas".

"Stop".

¡Ceferino, de Cabrahígo! -¿De dónde, si no?

-¡Ay!

No te había reconocido sin las hogazas debajo de los brazos.

-Estoy en la ciudad por ti y nada más que por ti.

-¿Por mí?

-Claro, cordera.

Es hora de hacer lo que tenemos que hacer.

¿No?

Anda que tiene guasa la Dolores.

Padre, me estoy muriendo.

Lo sé.

Y quiero irme limpia de pecado.

(TOSE)

(LLORA)

(LLORA)

¿La ha escuchado?

Sí.

Sí.

No he podido evitarlo.

Es horrible.

Esperemos que no esté en lo cierto

y que no sea tan grave como ella piensa.

¿Y si lo es, padre?

¿Y si Celia se muere?

Nuestra vida solo está en manos de Dios.

Desde que nos la da

hasta que decide que ha llegado el momento de devolvérsela.

Espero que el Señor tenga otros planes para ella.

Es injusto.

No se la puede llevar.

Nunca se sabe qué ocurrirá con seguridad.

En sus manos está.

¿Cómo puede Dios estar haciendo esto

a una persona tan buena?

¿De verdad va a dejar que se muera?

Lucía, tranquilícese.

Mientras queda vida, queda esperanza.

De nada vale oponerse a los designios del Señor.

Solo pedirle que, en su infinita misericordia,

no se lleve a quienes más queremos.

Y si lo hace, que sea para estar eternamente

a su lado.

Me doy cuenta de mi egoísmo.

Pienso más en mí misma que en ella.

Es normal, Lucía.

Cuando perdemos a un ser querido,

algo que todavía no ha ocurrido,

nos sentimos solos y desamparados.

Pero padre, ¿qué va a ser de mí si mi prima se muere?

Ha sido todo mi apoyo en estos últimos meses.

Dios nunca nos deja solos.

Usted nunca se quedará sola.

Somos muchos los que le amamos.

Gracias, padre.

Me siento tan abandonada.

Tiene razón, padre.

No podemos enfrentarnos a Dios,

sino suplicarle por su clemencia.

¿Le importa si rezamos por mi prima Celia?

Claro.

Tome.

Nada llegará con más fuerza que sus súplicas.

Ningunas pueden ser más sinceras.

(REZAN EN LATÍN)

Ha sido una de las tardes más divertidas de toda mi vida.

-No me extraña, divertida y rentable.

-No me imaginaba que me iba a gustar tanto el pugilismo.

-Sea sincero, el pugilismo se la trae sin cuidado.

Lo que le apasiona es el dinero que ha ganado.

-Bueno, tiene razón.

Si es que he ganado en una tarde

más reales de los que gano en La Deliciosa en un mes.

-Hay que reconocer que ha tenido buen ojo.

-Bueno, ojo y buenos consejos.

En las tres primeras peleas aposté por el que usted me señaló.

-Sí, pero en la de apuestas más sustanciosas usted decidió.

-Reconozco que algo

en la mirada del boxeador me dijo que iba a ganar el combate.

-A veces, nos fijamos en la estatura, la musculatura,

la técnica o en su historial.

Pero nos olvidamos de algo intangible, pero más importante.

Es el deseo de vencer en la mirada.

Eso es lo que vio en ese luchador.

-Quién sabe, a lo mejor tengo un don.

Algo similar a lo que tienen los médicos,

el ojo clínico.

-Sí, quién sabe.

De todos modos, le aconsejo que amplíe sus conocimientos.

La suerte nos acompaña sin saber por qué

y del mismo modo, nos abandona. -Es cierto.

Agradezco mucho sus consejos.

Yo creo que deberíamos repartir entre ambos os beneficios.

-Ni hablar, la idea de apostar fue suya.

Los beneficios han de ser suyos.

-Me aceptará una invitación para brindar por el éxito.

-Eso no se lo puedo negar, pero en otro momento.

Quiero subir a ver a mi esposa y preguntarle por Celia.

Estoy muy preocupado. -Vaya usted.

Esperemos que sean buenas noticias.

Esto, don Liberto.

Una pregunta que le quiero hacer.

¿Sabes si se hacen combates a diario en la Sociedad Gimnástica?

-A menudo.

Hay días que se hacen combates matutinos entre los socios

y hay veladas vespertinas de exhibición.

Ahí es donde participan los mejores púgiles.

-Bueno, pues muchas gracias.

Hablaré con usted para ir a otra.

-Estoy a su entera disposición.

Hasta mañana. -Hasta mañana.

(SUSPIRA)

Gracias por esperarme para cenar, Casilda.

Que me quedaba sola.

-No hay de qué, señora Fabiana.

Yo también me he retrasado.

Los horarios en casa de mis señores

están más desorganizados que nunca.

En tiempos de don Maximiliano, no pasaba.

Se servía todos los días la cena a la misma hora.

-¿Y ahora no? -No.

Ahora es la casa de tócame, Roque.

Entre la gimnasia de don Liberto,

los amoríos de doña Leonor y la locura de doña Rosina...

-Eh, moza, un respeto por la señora.

Lo de doña Rosina no son locuras, sino peculiaridades.

-Pues el mismo respeto que se tiene ella a sí misma.

¿O me va a decir que eso de andar pintando tiparracos en cueros

lo hace una marquesa?

-La moral de los señores y la nuestra no es la misma.

-¿Entonces, qué pasa, que no tienen que cumplir la ley de Dios?

-Es distinta para ellos y para nosotras.

Ellos pagan un dineral a la Iglesia y los pecados...

Se esfuman.

-¡Pues es injusto!

-¿Quién te ha dicho que el mundo es justo?

En el mundo, hay ricos y pobres y ya está.

Y si no lo quieres aprender,

más golpes te dará la vida de los que tiene previstos para ti.

-Pues me voy a ir a Cuba con Servando.

¿No lo llaman el nuevo mundo?

Habrá cosas que habrán cambiado con respecto al viejo mundo.

-Tendrás que irte de polizona en la maleta.

Aunque no sé si él se va a ir.

-¿Ha dicho algo?

-No, pero se ha quedado muy chafado con el "letegrama".

-No se dice así, se dice "metetrama".

-Bueno, "letregrama" o bueno, eso que ha recibido.

Ni un mal cariño de la Paciencia.

No vengas, te mareas.

Para decir eso, más le valía no decir nada.

-Pues tiene usted razón, señora Fabiana.

Si le hubiera dicho: no vengas, amor mío, que te mareas,

verídicamente te digo. -¿Te acuerdas?

No se le caía esa palabra de la boca.

¡Ay! ¿Qué le habrá pasado para estar tan seca?

-A las buenas noches, si es que son para bien.

-¡Qué cara aviesa!

¿Está peor doña Celia?

-Pues mejor no está.

Se han quedado con ella Lucía y don Telmo.

-¡Arrea!

¿Para darle los óleos? -¡Te voy a dar!

-Espero que no, no seas bruta.

-No hay quien saque partido de ti.

¿Qué te pasa, qué has comido que estás tan maledicente?

-Lo de todos los días.

-Espero que con los cuidados médicos

y con los rezos, doña Celia se mejore.

-Pues sí, eso, que le hagan efecto los cuidados del médico.

Porque lo otro, no sé, está Dios tan atareado.

¡Ay!

-Te la has ganado.

-¡Señora Fabiana, qué daño!

¿No me diga que no es para enfadarse con Dios y con todo?

Doña Celia, con lo buena mujer que es, enferma.

Servando, las ganas que tiene de ver a su esposa

y esta casi lo desprecia con un "metetrama".

¿Y tú, Lolita, qué me dices?

Con la ilusión que te hacía casarte

y ya no sabes si te casas o no te casas.

-Bueno, lo mío es lo de menos.

No estoy para fiestas estando doña Celia como está.

-Pues eso, que la ocasión la pintan calva.

Que tampoco sé qué significa eso,

pero es muy adecuado para este momento.

-Yo tampoco sé qué quiere decir.

Me voy al catre.

-¿Sin cenar, Lolita?

-Eh...

Tengo el estómago cerrado.

Hasta mañana.

Pobre Lolita.

Si la espicha doña Celia, es como si se muriera un pariente.

¡Ay!

-¡Ya está bien, no se va a morir nadie!

Come y calla.

-Se ha pasado.

¿Por qué has mandado meter en agua hirviendo la loza?

-Un médico me ha dicho que es lo mejor para evitar contagios.

-¿Hay que hacerlo a diario?

-Mientras haya riesgo de epidemia, sí.

¿Te parece mal? -No, lo ha dicho un médico.

Aunque deberíamos limitarnos a la loza que se haya usado.

-Cuanto más seguros estemos, mejor.

-Lo que digas, pero no te obsesiones.

Si te tienes que contagiar, lo harás.

Si no es por la loza, será por tocar el pomo de la puerta

que haya tocado un enfermo. -Es verdad, los pomos.

-Buenos días, Flora. -Buenos días.

¿No sabrá nada de doña Celia?

-He visto entrar al doctor Quiles en su casa.

A lo largo de la mañana sabremos qué le ha dicho.

-Esperemos que sean buenas noticias, que falta nos hace.

-¿Le sucede algo al pomo?

Si sigue frotándolo así,

aparecerá un genio y le concederá tres deseos.

-No bromee con esto.

Se llama higiene y sirve para que no se contagien las fiebres.

-¿Y se propaga a través de los pomos?

-A través de todo.

Me he pasado la noche midiéndome la temperatura.

-¿Y? -Estoy medio sana.

De momento, aunque tengo síntomas.

Picores, lagrimeo.

-Que no sea nada.

Voy a tomarme un chocolate. -Hemos hervido las tazas.

Buenos días, Íñigo.

¿Me pone un chocolate? -Ahora mismo.

-Veo a Flora un tanto obsesionada con las fiebres.

-Está convencida de que se van a extender.

-Dios no lo quiera.

-El pomo ya está. -Pues ya sabes.

Ahora, las superficies bruñidas. Sobre todo, de latón.

-Es verdad, voy.

Oiga.

¿Sabe si hoy se va a celebrar un combate?

-Mucho le ha gustado.

-Es un sport apasionante.

-Tenga mucho cuidado con las apuestas.

El dinero que llega fácil se va más fácil.

-Son cantidades pequeñas, solo es un divertimento.

-Solo le aviso, ya es mayorcito para saber lo que hace.

Sí, esta tarde hay pelea de aficionados.

Yo estaré entrenando.

-Pues allí nos veremos.

-¿Sabe usted que don Maximiliano,

el padre de Leonor y primer esposo de Rosina,

tenía problemas de adicción al juego?

-No, yo no sabía.

-Pues será mejor que Leonor no sepa nada de las apuestas.

Se alarmaría.

-Innecesariamente. -Ya.

Como ya le dije, solo le aviso.

Le veo esta tarde por allí.

Con Dios. -Con Dios.

-Me la llevo a hervirla.

¿De qué hablabais tan serios? -De la epidemia.

Buenos días, señoras.

-¿El doctor ha salido ya?

-No, sigue en casa de doña Celia.

-Ojalá diga algo bueno.

-Yo vengo del mercado y hay barrios donde hay muchos contagiados.

-Así ha de empezar el fin del mundo.

-¿Cómo, con una fiebre?

-Con desgracias de todo tipo.

-¿Y qué hay que hacer para no contagiarse?

-Rezar.

Y lavar lo que hayan tocado los enfermos.

-Y si no da resultado, que Dios nos pille confesadas.

-¡Bueno, bueno, bueno!

Reunión de pastores, oveja muerta.

¿De qué se trata?

-Estamos hablando del asunto de las fiebres.

Pero a usted no le inquieta porque como se va a Cuba...

-Quita, quita. Vengo de la naviera.

De pagar la reserva. -Le llevará un regalo, ¿no?

-¿Además de mi presencia?

-A las mujeres nos gusta saber que han pensado en nosotras.

-Me podría preparar un ramo de flores.

-Servando, que llegarían a Cuba hechas un asco.

¿No irá a presentarse con un ramo seco y chuchurrío?

-Mejor llévele un dije.

Con la imagen de la Virgen de los milagros.

-O algo español, una mantilla.

-¿Qué hay más español que unas sardinas?

Servando.

¿Está seguro de ese viaje?

Yo estoy muy preocupada con el "pentagrama" de Paciencia.

-El telegrama.

-Pues eso.

-Ya saben cómo es.

Siempre ha sido muy escueta en palabras.

-Servando.

Le estaba buscando.

¿Se ha comprado una guayabera?

-¿Una qué? -Guayabera.

Es lo que llevan los hombres elegantes en Cuba, una camisa.

Si Paciencia le ve llegar con una, se muere de amor.

-¿Y dónde se compra eso?

(TOSE)

-Doña Celia, necesito que respire fuerte.

Déjeme ver.

-Doctor, dígame ya algo.

-Necesito que permanezca en silencio.

Está tan débil que no logro percibir sus latidos.

-Discúlpeme.

-He acabado.

Arrópela mientras recojo los instrumentos.

-Ahora vuelvo, cariño.

Doctor, ¿cómo está?

-Las noticias no son buenas. Ha contraído las fiebres.

Su evolución está siendo más rápida que en otros pacientes.

-¿Por qué?

-La medicina no puede contestar a esa cuestión.

Es posible que sus defensas no puedan combatir la infección.

-Doctor, ¿debo ponerme en lo peor?

-Vamos a intentar evitarlo, pero no puedo darle seguridad.

Vamos a seguir las instrucciones.

Pondremos el piso en cuarentena.

-¿Eso qué significa?

-Solo podrá entrar personal sanitario protegido.

-¿Me está diciendo que debo salir y abandonar a mi esposa?

-Me temo que sí.

-Me niego.

-¿No lo entiende?

Si usted permaneces a su lado,

serán dos vidas las que se pierdan.

Yo creo que vi una vez una guayabera

en una tienda junto al mercado de Santa Marta.

-¿Cómo son?

-Unas camisas de manga larga o corta para el calor del trópico.

Con bolsillos y una tira bordada de arriba abajo.

A las buenas, Marcelina.

Cuánto tiempo sin vernos y ahora nos vemos casi a diario.

-He estado fuera. Estaba cansada de prisas y mareos.

-Y yo, pero no me quedan más cáscaras que seguir faenando.

-Ya. Oye, ¿y qué ha sido del Jacinto?

-De mi primo.

-Anda por los campos de Dios con sus ovejas.

Marcelina, ¿quieres tú para algo a mi primo?

-¡Para nada!

Simple curiosidad.

Creo que te llaman tus compañeros.

Con Dios.

-Casilda, ven.

Así os lo cuento a todos. -¿Qué ha pasado?

El médico aún está en casa de doña Celia.

Y... Tiene las fiebres.

-Ay, Jesús, María y José.

-¿Entonces, se muere?

-¡Vaya afán con matar gente tienes!

-Van a poner la casa en cuarentena.

-¿La de ellos o el edificio entero?

-Creo que el piso de ellos solo.

-¿Cuándo os dicen qué hay que hacer?

-Yo no lo sé.

Me subo a ver si don Felipe necesita algo.

-Si podemos ayudar, dínoslo.

Me subo contigo.

No sé si don Samuel querrá darme alguna instrucción.

-Ay, Dios mío, esto tiene que ser el Apocalipsis.

Vamos a ver, ¿qué significa que está en cuarentena?

Que se tiene que quedar en casa aislada.

Solo puede verla personal sanitario.

-¿Sola? Qué crueldad.

No nos dejan estar ni a su esposo ni a mí.

-Ay, Dios mío, Felipe debe estar hecho polvo.

-Si los médicos han decidido tomar esa medida, sus motivos tendrán.

-Vamos a hacer una cosa.

Felipe y tú os quedáis aquí.

Gracias, doña Trini, pero no hace falta.

¿Por qué? Ya se ha ocupado Samuel.

Iba a pedirle a Carmen que lo organizara todo.

Además, usted está embarazada

y la boda de Antoñito está en puertas.

En casa de Samuel, hay sitio de sobra.

-Como quiera.

Pero ya sabe que las puertas de esta casa

están siempre abiertas. Se lo agradezco.

Ah, doña Trini.

Esta carta se la envía mi primo para usted.

"Querida Trini:

sabes que no hay nada que me gustaría más

que verte y hablar contigo como siempre".

"Reírnos, comentar y hasta criticar a las demás vecinas".

"No hagas nada por venir a verme".

"Lo primero es tu hija".

Está convencida de que será una niña.

"Cuídala".

"Y escríbeme de vez en cuándo".

"Hasta que me cure y podamos vernos de nuevo".

Yo espero que se cure pronto.

-Ya verás como sí, mi amor.

Hasta yo voy a rezar para que lo haga.

Buenas. ¿Se puede?

-Pasa, no hay nadie.

Que no haya nadie no significa que nos tomemos tantas confianzas.

-¿Tantas confianzas? Mujer, que estamos en capilla.

Prácticamente casados a todos los efectos.

-De eso nada, ni tocamientos ni nada.

-Bueno, pues nada.

¿Qué haces?

-¿No lo ves? Pelar patatas.

Para la comida del altillo.

Como no puedo ir a casa de doña Celia,

así soy útil para mis compañeras.

-Ni se te ocurra ir a casa de tus señores.

No quiero que te contagies.

-Que te crees tú que frenar una epidemia

va a ser tan fácil como cerrar una puerta.

Si Dios lo quiere así, nos contagiamos todos.

Y si no, pues no.

-Lo que tú digas, pero no te acerques a Celia.

-Ya está bien de miedos.

Que en esta vida, hay que tener mucho más coraje.

(RECUERDA) "Entonces, no me digas más".

Has venido a la ciudad a echar una cana al aire.

Que siempre fuiste mucho de mirar las faldas.

-Mirar no te digo que no mirara, pero nada más.

Estoy en la ciudad por ti y nada más que por ti.

-¿Por mí?

-Claro, tontorrona.

Ha llegado la hora de hacer lo que tenemos que hacer.

Mira que tiene guasa la Dolores.

Huy, huy, huy, a ti te pasa algo.

-Pues que doña Celia está en su casa encerrada.

Y nadie puede verla y tengo que retrasar mi casamiento.

¿Te parece poco? -Sí, te pasa algo más.

-Bueno, no me agobies.

Lo mejor va a ser que me dejes pelar patatas.

Déjame, no seas pesado.

-¿No te encontrarás mal?

-No.

-Si estás contagiada, te tienen que ver.

-No estoy contagiada, solo quiero hacer un guiso de patatas.

Así que vete, a ver si viene alguien,

nos ve solos y a ver qué van a pensar de mí.

-Pues nada, como quieras.

Pero tú estás muy rara.

-Fuera.

"Diles a nuestras amigas que las echo de menos cada minuto".

"A Susana, a Rosina".

"Espero que pronto se termine esta pesadilla

y podamos reunirnos con unos chocolates y unos picatostes".

"Nunca extrañé que fuera a extrañar tanto esos ratos".

-Pobre Celia.

Dicen que las fiebres esas son letales.

-Susana, hija, no podemos pensar eso.

-En manos de Dios está.

-Pues vamos a la iglesia.

Vamos a pedir una misa por cada día hasta que se pueda levantar.

Y un rosario. -Buenas tardes.

-Buenas tardes, Rosina.

-¿Qué se sabe de Celia?

-De eso hablábamos.

-Vamos a encargarle unas misas. -¡Ah, se ha muerto!

-¡Rosina, no seas agorera! Unas misas para que se recupere.

-Vaya susto me habíais dado.

Liberto me ha dicho que se ponía la casa en cuarentena.

Ya me imaginaba encerrada, sin poder salir.

-La que no puede salir es Celia.

-Mejor, no nos vaya a contagiar. -¡Rosina!

Mira que eres burra. -Sí, burra.

Ya os quejaréis.

-¿Por qué no vais yendo a la iglesia? Ahora os alcanzo.

Si yo juraría que este es el Cefe.

Podrán contar ustedes con todo lo que precisen.

Gracias, Samuel, pero no necesitamos nada más.

Lo único que deseo es que queden bien instalados.

Mejor que en el hotel París vamos a estar

con los dormitorios que ha preparado Carmen.

Felipe.

Tiene que ver el cuarto que le ha preparado.

Con su propio baño, al final del pasillo.

Va a estar mejor que si hubiese ido al Palacio Real.

Aprovechando que está usted aquí,

quisiera propiciar un encuentro con el Marqués de Viana.

Lograremos limar las diferencias entre ambos.

-Se lo agradezco.

Yo tampoco voy a reemprender mis trabajos de restauración

hasta que todo se solucione. Dejaré libre el despacho.

Mandaré que vuelvan a instalar la mesa y el resto de muebles.

Así podrá utilizarlo usted cuando desee.

No se moleste.

No me pienso quedar aquí. Me voy con mi esposa.

Felipe, por favor. Han dado órdenes estrictas.

Órdenes estrictas para que no me contagie.

Pero me da lo mismo contagiarme o no.

Yo quiero estar junto a ella.

Si Celia se muere,

no quiero seguir viviendo.

Felipe, ni una va a morir ni otro ha de ir tras ella.

Por favor. Samuel, haga algo. Felipe, piense en Tano.

¿Va a dejar que se quede solo en el mundo si algo ocurre?

Si Celia muere, alguien tendrá que cuidar de él.

Celia no va a morir. ¿Entendido?

Por supuesto. Yo no he dicho tal cosa.

Solo quería que reaccionara. Felipe, por favor, tranquilícese.

Por favor.

¿Cefe?

¿Ceferino?

-¡Ahí va, la Trini!

-De la Trini, nada.

Doña y de usted, que no es la romería.

-Perdone usted, qué ceremoniosa.

Venga, que eres la Trini, la de al lado de la acequia.

Más nerviosa que rabo de lagartija.

-Ahora soy señora y tú eres muy de meter la pata.

¿Qué haces aquí?

Me dijeron que te fuiste con una moza al extranjero.

-En mal momento me rejunté con una forastera.

La Pilarín, que en gloria esté. He estado en Francia, Italia.

En Alemania. -Vamos, que no has parado.

-Penando por nostalgias de Cabrahígo.

-¡Ay, a mí me lo vas a decir!

Cabrahígo tira mucho.

-Más que una carreta con seis bueyes.

-¿Estás de paso hacia Cabrahígo? Tienes que ver a Lolita.

-No, si ya la he visto. Esperando que me diga algo estoy.

-¿De qué? -De cuándo se viene conmigo.

-¿Cómo?

-Que uno de Cabrahígo tiene que estar con una de Cabrahígo.

Yo me fui con la Pilarín y ella murió.

Los forasteros, para las forasteras.

-Me vas a perdonar, pero no entiendo.

-La Lola y yo estamos hechos el uno para el otro.

Lo sabemos desde chicos.

Ha llegado la hora de ir a la iglesia del brazo.

-¿Tú has hablado de esto con Lolita?

-Lo he intentado.

Pero debía tener prisa, no me atendió.

Pero me va a decir que sí.

-¿Y eso por qué?

-Porque son las tradiciones, Trinidad.

Así está escrito desde los tiempos de los abuelos,

de los abuelos de nuestros abuelos.

Cuando la veas...

Cuando la vea usted, señora,

le dice que estoy esperando, pero que no tengo todo el año.

¡Ay, Dios!

¡Uf!

No que te dijo el cliente de hervir la loza no es una tontería.

-Yo, por mí, lo herviría todo, hasta las mesas y las sillas.

-No exageres.

-Me contó que hay un científico que se llama Koch

que dice que unos bichitos que propagan las enfermedades.

-Sí, los microbios.

Lo he leído. -Eso.

Bichitos que, por muy buena vista que tengamos, no se ven.

Son más pequeños que las chinches. -Solo con microscopio.

-Eso propaga las enfermedades y es lo que hay que matar.

Y si hay que matar hirviéndolos, habrá que hacerlo con las tazas,

los platos, las sillas, las ropas.

-Y con nosotros mismos, pero no dejaré que me hiervas.

-No había caído en eso. Nadie nos salva de las fiebres.

Ni de la muerte.

-No seas tan pesimista, por el amor de Dios.

Seguro que somos más fuertes que esos bichitos.

-O no. ¿No te das cuenta que la cuarentena no sirve de nada?

Si esos bichitos son tan pequeños,

pueden escaparse por debajo de las puertas.

-Los microbios llevan millones de años existiendo

y no han acabado con nosotros.

-Que no basta con cerrar la casa de Celia.

Habría que cerrar el edificio. Y hasta la calle Acacias.

-Flora, ¿cómo vas? ¿Has hervido muchas cosas más?

En la calle hay un banco que tiene muy mala pinta.

Yo me lo llevaba a la cazuela. -Tú ríete.

Pero lo mismo te estoy salvando la vida, ignorante.

Tu hermana está obsesionada.

-Qué me vas a contar.

Se negaba a coger las monedas sin guantes.

-Quién sabe si tendrá razón.

-No empieces tú también.

-No te preocupes, yo no temo que me contagies nada.

-Ni yo, que tú me contagies a mí.

-Es la primera vez que nos besamos y no aparece santa Rosina.

¿Será que es nuestro día de suerte?

-Quizá debería aprovechar y apostar a algo.

-No, ni se te ocurra. No me gusta el juego.

¿Quieres que esta tarde demos un paseo por el río?

Van a inaugurar el puente nuevo.

-Esta tarde. Imposible.

¿No lo podemos dejar para mañana?

-Sí, supongo que sí.

No creo que dure un día en pie.

¿Qué tienes que hacer?

-Quería acompañar a Liberto a la Sociedad Gimnasta.

Ayer fui con él y me gustó mucho. -Pues ya me contarás.

No sé qué os da a los hombres con el sport.

-Y a las mujeres, con la moda.

Son aficiones. -No a todas.

Pero sí, sé lo que dices.

En fin, tengo que irme.

Ya me contarás qué tal.

Adiós.

-Adiós.

¿Sport?

¿Tú?

-Pugilismo, sí.

-No me lo creo ni loca.

Algo que traerás entre manos.

La culpa es de la misma Celia.

Por meterse a cuidar a los del Hoyo.

-Eso mismo dije yo desde el primer momento.

-Hay que ser buenos cristianos.

Pero ya damos limosnas.

No hay razón para meterlos en casa.

-Y que lo digas. Que Dios me perdone,

pero los pobres solo traen incomodidades y desgracias.

Siempre ha sido así y así será. Se les ayuda, pero de lejos.

-Qué razón tienes.

El padre Telmo está para los del Hoyo.

Pero en la parroquia no hay nadie.

Y la pobre Celita, con un pie en la sepultura.

-Ay, Jesús, María y José.

Dios no lo quiera. -Buenas tardes.

Viéndolas ya sé de qué están hablando.

De las fiebres.

-Y de doña Celia, la pobre.

Esperemos que se cure. -Difícil lo veo.

Con esos bichitos en casa.

-¿Qué bichitos?

-Los de la enfermedad.

Son tan pequeños que ni se ven, pero hacen mucho daño.

-Ahora tenemos que preocuparnos por los bichitos.

Estamos vivos de milagro.

-Venía a por tela para servilletas.

Como la única manera de matarlos es hervirlos,

las echo en aguar hirviendo y tardan en secarse.

-Te saco una pieza enseguida.

-¿Qué es lo que hay que hervir?

-Todo, aunque mi hermano solo me deja la loza y los manteles.

-Ya sé qué va a hacer Casilda.

Ningún bicho de esos me lleva al otro barrio.

¿Nos habremos contagiado?

-Todo el barrio está en peligro. Anoche apenas dormí.

Picores, los ojos me escocían, granitos.

-Igualito que yo.

-Venga, basta ya de inventarse síntomas.

No os hagáis las enfermas cuando Celia está moribunda.

-Lo mismo estamos igual en un par de días.

-O en menos.

-Ya me lo contaréis.

Me vuelvo a la parroquia, a ver si encuentro al padre Telmo

y le encargo el rosario y las misas de una vez por todas.

A más ver.

-Esto...

¿Tú crees que habrá que hervir el rosario?

¡Ay!

¿Qué hace aquí?

Me he enterado que usted y don Felipe se han instalado aquí.

He querido venir a verla.

A Samuel no le va a gustar que haya venido.

Lo sé, pero no podía pasar sin venir y recordarle

que puede contar con mi apoyo.

Que no estará sola. Se lo agradezco, padre.

Rezar con usted fue balsámico. Lo repetiremos cuando lo necesite.

Le tomo la palabra.

Será mejor que se vaya. Samuel puede verle.

No temo a don Samuel.

Solo quiero recordarle la energía que tiene usted dentro.

No lo olvide. Padre, váyase, por favor.

¿Qué hace usted en mi casa?

Visitar a los feligreses que sufren y necesitan consuelo.

He venido a cumplir mi deber como párroco.

Sin ánimo de menospreciar u ofender a nadie.

Si es así, haga el favor de entrar.

No se quede en la puerta como si fuera un menesteroso.

Siempre que a la señorita Lucía no le importe.

¿Importarme?

Lo que el padre Telmo le hizo en aquella ermita

no es fácil de olvidar.

No sería yo quien la culpara si fuese incapaz de perdonar.

¡Es un cínico!

Sabe perfectamente que aquel día no ocurrió nada.

Pensé que cuando decía que venía sin ánimo de ofender era sincero.

Es igual de sincero que con Lucía. ¡Bueno, basta ya!

No es momento para peleas.

¿Están olvidando que mi prima está a unos metros en cuarentena,

entre la vida y la muerte?

Discúlpeme, Lucía. Tiene usted razón.

Me marcharé.

Si necesita mi ayuda, puede llamarme.

Vendré de inmediato.

Se lo agradezco, padre.

No comprendo cómo puedes soportar la presencia de ese hombre.

Samuel, ¿acaso va a juzgarme?

Porque si es así, quizá he cometido un error

aceptando su hospitalidad y quedándome en su casa.

Tiene razón, Lucía, discúlpeme.

¿Se puede?

¡Doña Susana!

Doña Susana.

-Buenas.

¿Qué quieres, Servando?

-No sé cómo comportarme.

No vengo como portero, sino como cliente.

-¿Quieres que te hable de usted? -No, no hace falta.

-Pues dime lo que quieres.

-No sé si sabrá usted que marcho para Cuba.

-Algo he oído.

Una locura, si me permites que te lo diga.

No sé cómo los señores te han dado permiso.

Y más ahora, con la cuarentena.

-Lo siento, pero ya tenía programado el viaje.

Antes de que cayera la señora mala.

Quería llevarle un detalle a Paciencia, a mi santa.

Siempre le ha gustado mucho esta sastrería.

-Dime el presupuesto y buscamos lo que sea.

Si no ha engordado, tengo sus medidas en el archivo.

-Dos pesetas.

-Como no quieras llevarle un pañuelo...

Y si lo quieres bordado, tendrás que pedirle el favor

a Agustina, que no te da para tanto. Agustina.

¿Le bordarías un pañuelo a Servando para su señora?

-Claro.

-Sin cobrar y fuera de horario de trabajo.

-No se preocupe, Servando.

Le voy a bordar un pañuelo primoroso.

Verá qué contenta se pone. -Muchas gracias.

-Ya está solucionado.

-Sí, no, pero quería consultarle otra cosa.

¿Usted sabe lo que es una guayabera?

-Claro que sé lo que es una guayabera.

-¿Y usted sabe hacerlas?

-¿Por quién me tomas?

Claro que sé hacer una guayabera. Soy maestra sastra.

-Sí, sí, claro.

Dicen que los hombres elegantes en La Habana van con una.

Me gustaría bajar del barco con una puesta para que Paciencia

se sienta orgullosa de mi donosura.

-Ya.

Pero una guayabera es muy cara.

-¿Cuánto cuesta?

-No sé, pero de 10 duros no baja.

Lleva tejido ligero,

bordados... -Yo bordaría gratis.

-Aunque me bajara 10 pesetas, se me sale del presupuesto.

-Espera, que aún vas a tener suerte.

Ah.

A ver si te está bien.

La encargó en embajador de Santo Domingo y no vino a por ella.

-De un embajador, nada menos.

-Se la van a comer los gusanos.

Pasa al taller, a ver si te está bien.

-Ah, pues muchas gracias.

Muy agradecido, con permiso.

Le hace tanta ilusión tener una guayabera.

-No me vengas con historias. Esto es un negocio.

-Pero hágale un descuento, se lo pido por caridad.

Servando lleva años sin ver a su esposa.

Estaría haciendo una gran obra.

-Yo no estoy para eso.

-¿Eh? -Pues te queda bien.

-Tengo hechura de embajador plenipotenciario.

-Quítatela y no la manches. Agustina,

hay que plancharla antes de que se la lleve.

-Un momento. ¿Cuánto es?

-Llévatela por un duro.

Pensaba tirarla.

-¡Es usted un cacho de pan!

-¡Quita, hombre, vete! -Muchas gracias.

Gracias. -Vete, que no me arrepienta.

¡Qué hombre!

Déjelo en la puerta del fondo, donde el obrador.

-Hola.

-Vienes sin libros.

-Sí, todo lo que hay publicado

sobre los microbios. -Me interesa.

-Esta tarde voy a estudiar.

A ver si lo de hervir la loza es útil.

-¿Te apetece un chocolate?

-Vamos.

-Tráenos dos chocolates, por favor.

-¿Y tú qué tal, cómo estás de tus síntomas?

¿Te has convencido de que no son fiebres?

-Tu madre tiene los mismos síntomas.

-Mi madre es el niño en el bautizo y la novia en la boda.

Tiene todos los síntomas de todas las enfermedades.

Hasta las de los varones. -No te lo tomes a guasa.

El barrio está en peligro.

-No arreglamos nada preocupándonos.

Íñigo ya se ha ido a la Sociedad Gimnástica, ¿no?

-Sí. ¿No te parece raro?

-Está de moda entre los hombres aficionarse al sport.

Ya se le pasará. -No sé.

Si fuera el deporte que se juega con los pies, el football,

me lo creería.

Pero ¿pugilismo? Nunca le ha gustado la violencia.

-Pero no es violencia.

Quiero decir, es un sport con reglas, con normas.

-No sé, a mí esto del sport...

-Y a mí menos.

Hasta rechacé escribir un artículo en el periódico.

Pero si ellos se divierten así, allá ellos.

Gracias, Merceditas.

Te quito esto.

Lolita.

Yo sé que lo de doña Celia es un mal trago.

Pero los médicos ya se ocupan de ella.

-Yo no sé si fiarme más o menos.

Yo llamaría a la tía Cándida y que le diera hierbajos.

-¿De Cabrahígo?

-Sí.

-No es por insultar a tu pueblo,

pero la ciencia ha avanzado más fuera de Cabrahígo.

Peor vamos a olvidarnos de eso.

¿Sabes lo que me ha contado Agustina?

-¿Qué? -Que Servando tiene guayabera.

Doña Susana tenía uno de un embajador

que no fue a buscarla y se la ha vendido por un duro.

-Me alegro mucho por él.

-Hija, estás imposible.

-Lolita, tengo que hablar contigo.

Carmen, ¿nos dejas a solas?

-Claro.

-¿Ha empeorado doña Celia? -No.

Sigue igual.

He visto a Ceferino.

-Doña Trini, yo no sé qué hacer.

-¿Cómo que no sabes qué hacer?

Lo mandas a Cabrahígo de un puntapié.

-No puedo. -¿Cómo que no puedes?

Te vas a casar.

-No puedo faltar a las tradiciones de Cabrahígo.

Las consecuencias son terribles.

-Ay, Lolita.

Dime que no besaste a Ceferino

con la luna en cuarto menguante y después de una granizada.

-Lo hice.

Lo hice.

¿Está el preparado? -Sí.

-Póngale una goma para que se vea bien la vena.

Vamos a recogerlo todo, hay que llevarlo a esterilizar.

-Disculpe, ¿le dejamos el suero puesto?

-Sí. -Muy bien.

-¿Qué hace aquí?

-No voy a estar alejado de mi esposa.

-Váyase, podría contagiarse. -No me importa.

Si ella se muere,

lo haré con ella. -Por favor, don Felipe.

Nosotros vendremos dos veces al día a cuidarla.

-Yo cuidaré de ella.

Celia, cariño.

Estoy aquí.

Ya ve, doctor.

Posiblemente, ya estoy contagiado.

-Es una locura.

-Sí.

Es una locura.

Pero este es mi lugar.

Se ha acercado a su esposa y la ha besado en los labios.

No puedo creer lo que me cuenta.

¿Cómo ha sido capaz Felipe de hacer algo así?

Es de suponer que por amor a su esposa.

Ha venido un mozo del pueblo al barrio.

Que sus padres y mis padres

decidieron casarnos cuando tuviéramos edad.

-Son cosas de los pueblos.

Lo mismo se concierta una boda que se vende una vaca.

-Ojalá fuera mentira.

Pero o me caso con el Cefe

o la desgracia se cebará con nosotros.

-Ay, Dios.

Espero que no perdiera mucho. -Qué iba a perder, mire.

Todo han sido ganancias.

-Tenga mucho cuidado.

No me cansaré de advertirle del peligro de las apuestas.

¿Qué opinión le merece el gesto de Felipe?

¿Ve razonable una acción así?

Es algo desesperado y muy generoso.

Lo da todo por su esposa.

¿No hay algo de pecaminoso en ello?

Preocúpese más de su propia conciencia

y no de la del resto de sus conocidos.

"Que te quedes donde estás, Servando".

"Stop".

"Es lo mejor. Stop".

"Verídicamente te lo digo. Stop".

-Pues no entiendo nada.

Qué mensaje más raro me manda mi esposa.

-Vaya. Cualquiera diría que no quiere verle.

Necesitaba hablar con alguien.

Y lo cierto es que me siento muy reconfortada en su compañía.

Me alegra que sea así.

Podemos dar un paseo por los jardines

y luego rezar por nuestros familiares y amigos.

Lolita y yo estamos enamorados.

Llevamos un año prometidos y ahora vamos a casarnos.

-Eso está por ver.

-No, no está por ver.

No vamos a romper nuestro compromiso por una niñería.

-Para empezar, un respeto con las costumbres de mi pueblo.

Que no son cosas de críos.

-Pero usted entenderá que para los forasteros,

son costumbres que, como poco, pueden resultar peculiares.

Que tengan que casarse porque se dieron un beso...

-¿Usted se cree que estoy aquí por gusto?

No tengo ni pizca de ganas de casarme con la Dolores.

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Acacias 38 - Capítulo 903

04 dic 2018

Lolita no menciona la llegada de Ceferino ni siquiera a Antoñito, pero Trini se lo encuentra por casualidad. Lolita confirma a Trini que se besó con Ceferino y según las leyes de Cabrahigo están comprometidos. Íñigo está deseando volver a la Sociedad Gimnástica para seguir apostando ya que ha obtenido grandes beneficios. Flora y Leonor empiezan a sospechar de su comportamiento.

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  1. Mayte

    No me deja verlo en mi tele y tampoco online ... porque ??? Desde LA CALIFORNIA

    05 dic 2018
  2. Bocapach

    No se puede ver el capitulo 903. Tardará mucho en arreglarse?

    05 dic 2018
  3. Maritza de Arenas

    Vivo en Venezuela y no transmitieron hoy "Acacias 38" a las 4pm (hora de acá) por Mas Chick (por Net 1) : ¿a qué hora la transmiren ahora?

    05 dic 2018
  4. Eugenia

    Se habían olvidado que Trini estaba embarazada ? y de golpe se dieron cuenta y le hicieron " crecer la panza" en dos días como si hubieran pasado dos meses,; bueno, a cualquiera " se le escapa la tortuga "

    05 dic 2018