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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 894 - ver ahora
Transcripción completa

El retablo fue robado

del Monasterio de Santa María de Pedralbes.

Y nunca más se supo de él. Eso no es del todo cierto.

Parece ser que terminó en manos de una adinerada familia de Toledo.

Podríamos ir a verlo y salir de dudas.

Con un simple vistazo, sabríamos lo buena que es la pista.

Me encantaría que fuera así, Samuel, pero yo no puedo marcharme

un día entero.

Mi sitio por ahora está con la gente que me necesita.

"¿Cómo se encuentra" el muchacho?

-Se me está yendo, Agustina.

El remedio que le ha dado el doctor le está haciendo menos efecto

que si se hubiese tomado una tila. -Debe de darle tiempo.

Esas medicinas tardan en actuar.

-Tiempo es lo que menos tenemos.

Aunque estoy lleno de dudas,... he decidido no despedirte.

Siempre te has comportado con lealtad conmigo

y me parecería muy injusto no corresponderte con la misma moneda.

"Tienen cinco días..."

para reunir el dinero, si no lo hacen,

aténganse a las consecuencias".

-Ay, ay, que sí que era una amenaza.

Que esos malnacidos van en serio.

-"Mi paciencia se ha agotado ya,"

si quieren sincerarse conmigo, ya saben dónde estoy.

En ese momento, les brindaré todo mi apoyo.

-Yo solo espero que sea lo que sea lo que tengan, se les pase rápido

y entren en razón las dos.

-Me temo que eso es mucho pedir.

"He conseguido que las obras del albergue se lleven a cabo".

Es usted increíble.

Es un gesto muy generoso el que estás teniendo.

Bueno, solo se trata de dinero.

Lucía no puede tocar ni un real hasta los 23.

Pero puede pedir un préstamo.

¿Qué necesidad tiene de hacer eso?

Los intereses a pagar serían cuantiosos.

Eso parece importarle menos que dar dinero al cura.

¿Le ha dado dinero al padre Telmo? Sí.

Para sufragar las obras de acondicionamiento

del albergue para pobres del Hoyo. Espero por su bien,

que no esté perdiendo el control sobre esa niña.

Eso no es cierto.

Lucía no ha escapado de mi control.

Entonces, ¿cómo explica lo que ha hecho esa muchacha?

Se ha implicado mucho en la desgracia del Hoyo

y, eso le ha llevado a tomar decisiones imprudentes.

Estúpidas, diría yo.

Ha puesto en riesgo su fortuna por unos menesterosos

que no le importan a nadie. A ella parece que le importan

y, mucho,

hasta el punto de poner en riesgo su fortuna.

¿Sabía usted lo que pensaba hacer?

Por supuesto que no. Pues lo ha permitido.

Será la última.

No pienso permitir que Lucía vuelva a tomar decisiones

que pongan en riesgo los intereses de la sociedad que tenemos.

¿Cómo piensa evitarlo?

Empleando la fuerza contra ella si fuera necesario.

Si usted no consigue controlar a esa muchacha,

lo haré yo.

A mí no me va a temblar el pulso.

Le daré un consejo,...

aléjela de ese cura.

Algo me dice que es nuestro querido sacerdote

quien la está manejando,

y no usted.

Eso no es cierto.

Aléjela del padre Telmo,

hágame caso.

¡Maldito seas, Telmo!

(Sintonía de "Acacias 38")

Ay.

Susana, debemos resistir, hemos de mantenernos unidas

y fuertes, no podemos sucumbir a la extorsión, que implica estar atadas

a ellos de por vida, ¿no te das cuenta?

-Madre.

Madre. -Es que,...

cada vez nos pedirán más y más.

Es el cuento de nunca acabar.

-¡Madre! -¡No, no me haga daño!

-Madre, tranquilícese que soy yo,

soy Leonor. -Ay, hija, vaya susto me has pegado.

Ni que fueras una ratera acechando.

-Es que estaba usted hablando sola, ¿está bien?

-Claro, estoy perfectamente, ¿por qué iba a estar mal?

-Porque no ha salido de casa en todos estos días

y ahora la encuentro hablando sola en plena noche.

-De verdad, qué forma tienes de retorcer las cosas.

-¿Me dirá que estaba rezando?

-Sí. Estaba repasando un responso

por los enfermitos del Hoyo. Y por ti, para que no te atropelle

una bicicleta,

un tranvía... -Madre, basta.

Oculta algo que no nos quiere decir.

-Qué cosas tienes, ¿qué voy a ocultar yo?

Tanta lectura te está nublando el entendimiento.

-Haga lo que quiera, yo solo le digo que tanta extravagancia

tiene su límite. Abur.

-(RESOPLA)

Esto tiene que acabar ya.

Huele que alimenta.

Y sabe, que levanta a los muertos.

-Lolita, espérate a las demás.

-Lo siento, es que tengo la tripa "pegá" a la espalda.

¿Dónde están las otras?

-Carmen no se separa de la cama de su hijo.

Y Fabiana, por solidaridad, tampoco.

-La Fabiana es más buena que el chocolate.

Tiene un corazón más grande que el campanario de Cabrahígo.

-La "señá" Fabiana lo pasó tan malamente con su hija

doña Cayetana,

que es la mejor que puede entender a la "señá" Carmen.

-Tenga. -Gracias.

No creo que salgan a cenar.

Me da que vamos a cenar las tres solas.

-Bueno, pues les guardamos la cena "pa" cuando les entre el hambre.

-Pobre Carmen, lo mal que lo ha "pasao" con ese muchacho.

-Y por culpa de su marido.

Menudo endriago sin corazón.

Casarse con él

y cambiarle la suerte a la pobre.

-Un "malnacío" como la catedral de Segovia.

Parece que hay gente que solo ha "nacío" para hacer daño.

-Con lo feliz que se le veía con el hombre ese, ¿cómo se llamaba?

-Riera. -Ese.

Ese sí que la quería.

-Sí, pero les digo una cosa, era muy misterioso.

"Naide" supo nunca en verdad qué era lo que ocultaba.

-Lo que no ocultaba es que la amaba por encima de todo.

Ojalá que se hubiera "fugao" con él.

El pobre,

qué mala suerte, acabar diñándola. -Tampoco eso.

Si se hubiera fugado con él,

no hubiera visto a su hijo ni hubiera recuperado su cariño.

-Tiene razón.

A ver si poco a poco le van las cosas mejor a la Carmen.

Por ahora, los guardias se han "llevao" preso al "marío".

-Y al final no ha perdido el trabajo.

Don Samuel se ha apiadado de ella.

-Yo no apostaba un duro porque le perdonara.

Cuando le escuché hablando con doña Celia,

pensé que la echaba a la calle. -Yo también.

Creía que la veríamos pidiendo en la iglesia como una menesterosa.

-O peor, en el penal. -Peor que todo eso

es ver a un hijo postrado en la cama temiendo por su vida.

-Verdad. -Verdad.

-Ay, y todo por culpa de haberse casado con el Adonis.

¿Veis como es mejor no casarse nunca?

-Bueno, Agustina, que la Carmen "escogío" mal al "marío",

que eso le puede pasar a cualquiera. -Bueno,

todos parecen buenos, hasta que resulta que no lo son tanto.

Yo por eso, nunca me casé

y preferí atarme solo a mis señores.

-Bueno, pues, yo me casé con el Martín,

que en paz descanse.

Era más bueno que "to" lo que se menea.

Y la verdad es que...

los años que estuve casada con él

fueron los años más felices de mi vida.

¿Hay alguien ahí?

Susana.

¿Susana?

¿Susana?

Oh.

Señor, dame valor.

(GRITAN)

¿Qué haces aquí? Me has dado un susto de muerte.

-¡Tú me has dado un susto de muerte a mí!

Pensé que estabas en peligro.

-En peligro por tu culpa.

Casi me da un infarto.

¿Qué haces con unas tijeras?

-¡¿Y tú?! Anda que era pequeña.

(RESPIRA AGITADA)

He visto luz y el cartel de cerrado,

y pensé que alguien había entrado.

¿Qué haces aquí a estas horas?

-Inventario.

Haciendo inventario de mis mejores telas.

-¿Inventario, para qué?

-Voy a venderlas.

-Pero ¿cómo vas a vender tus telas?,

las necesitas para confeccionar trajes.

-Ya sabré cómo me las apaño, no aguanto con tanta tensión.

-Uy.

Venderé las telas y lo que haga falta para pagar

a los Escalona. -Susana, escúchame.

-¿Qué? Mira, ¿sabes lo que voy a hacer?,

vender la sastrería. -¿Qué?

-Como lo oyes.

-Estás sacando las cosas de quicio.

-¿Yo?

¿Y ellos, crees que ellos van a andarse con remilgos?

-Susana, vamos a calmarnos,

vamos a pensar las cosas con tranquilidad.

-No puedo estar tranquila, no puedo estar tranquila hasta que esa gente

no me deje en paz y, no me dejan en paz hasta que pague.

¿Tú no quieres pagar tu parte?,

perfecto, yo sí voy a pagar la mía.

-(RESOPLA)

¡Ah!

Detente, loca.

¡Susana, basta, hombre!

No voy a permitir que eches por la borda, ¿me oyes?,

años y años de esfuerzo y sacrificio, el trabajo de una vida.

-No podrás evitarlo. -Mírame, Susana.

A ver, mírame bien.

Vamos a salir de esta juntas, ¿me oyes?

Saldremos de esta, pero lo haremos juntas.

Además, ¿tú te crees que esa gente se va a detener cuando pagues?

-¿No?

-Por supuesto que no, Susana.

En cuanto pagues, se van a dar cuenta de que tienes dos cosas:

dinero y miedo.

Sí. Las dos cosas que necesitan para seguir extorsionándote.

¿Crees que se van a detener en cuanto empieces a pagar?

Te van a pedir cada vez más y más.

Además, no olvidemos que Liberto se huele algo.

Está muy enfadado con nosotras.

Los vecinos pegan la hebra a nuestra costa.

Si encima tú y yo empezamos a dudar, mal vamos.

Insisto, ¿crees que se van a detener cuando pagues?

Tenemos que resistir,

tener entereza y resistir ante todo.

-¿Y qué hacemos, Rosina?

-No lo sé.

Pero te garantizo que vamos a salir de esta.

Amiga mía,

lo haremos juntas.

Juntas y unidas.

Madre. -Raúl.

Hijo, la fiebre ha remitido.

-¿No se lo dije?

Le dije que no era tan fácil terminar conmigo.

(Llaman)

¿Molesto?

Señorita, pase.

¿Qué hace por aquí?

He venido a ver cómo se encontraba el enfermo.

Estaba preocupada.

Hablábamos de que se encuentra mejor, casi no tiene fiebre.

Qué buena noticia.

Es un muchacho fuerte y luchador como su madre.

No debería haber venido.

Es usted pan de oro. No es ninguna molestia.

¿Cómo no voy a preocuparme por vosotros,

con lo bien que te has portado siempre conmigo?

Calle, no diga eso, que va a hacer que me ruborice.

Carmen, digo la verdad. Desde que llegué a Acacias,

ha sido la persona que más se ha preocupado por mí,

y lo sigues haciendo.

Definitivamente, es usted un ángel, señorita.

Bueno, ángel o no, iré volando a prepararle un zumo a Raúl.

Seguro que le sienta estupendamente.

He conseguido naranjas para la gente del Hoyo.

No, usted no hará nada, yo lo prepararé.

Ni hablar.

Tú te quedarás a los pies de la cama de tu hijo.

Ya, pero... Carmen,

no admito un no.

¿Crees que se me van a caer los anillos por preparar un zumo?

Ahora mismo regreso.

-Madre. -Hijo, ¿qué ocurre?

-Tengo que hablar con usted. -¿Qué tienes, necesitas algo?

-Decirle algo que...

llevo pensando desde hace días.

Aunque aún estoy débil,

poco a poco voy a mejor, lo suficiente

como para decirle lo que tengo que decirle.

-Pues hijo, dime. -Doy gracias por lo que ha pasado.

-Das gracias, ¿por qué?

-He aprendido una lección.

La mayor lección que he aprendido en toda mi vida.

He abierto los ojos, madre.

-¿Con respecto a qué?

-Con respecto a quién es mi padre.

Y con respecto a quién es usted.

Ahora me doy cuenta de la madre que tengo,...

de lo buena y valiente que es usted.

-Raúl,

ya nada malo nos va a pasar.

Te prometo que al fin estamos a salvo.

Que nadie nos va a volver a hacer daño, nunca más.

Anda, ven aquí.

-¡Ah! -Hijo, perdón.

Perdona. ¿Te he hecho daño? -No.

Aquí tienes.

Lleno de vitaminas.

Seguro que con eso te encuentras mejor.

Muchas gracias, señorita Lucía.

Me voy, que seguro que me están echando de menos en la iglesia.

Luego te veo.

-Muchas gracias. Y con Dios. Con Dios.

Muchas gracias.

Pronto dispondremos de un albergue para que estén cómodos

y mejor atendidos.

Doña Trini. Padre Telmo.

¿Qué tal va su labor?

Doña Celia y Lucía están haciendo una labor encomiable.

Por cierto, ¿ha visto a Lucía?

Ando buscándola. No.

Acabo de bajar de casa y no la he visto.

Si la ve, le dice que la necesitamos en la parroquia.

¿Urgente?

No, no. Lucía lleva el control de la medicación de los enfermos

y Úrsula quiere saber si puede dispensar de la medicación.

Descuide, si la veo se lo diré.

Gracias, Padre.

Siento mucho no poder ayudarles, pero mi esposo me lo ha negado.

No tiene que darme explicaciones.

Lo primero es la criatura que lleva en su vientre,

y su esposo tiene razón, no ha de ponerse en peligro.

Si enferma sería terrible.

Sí, pero no quiero que piense que soy una insensible.

Sé que no lo es.

Los demás podemos atender a los enfermos mientras usted se cuida

y cuida de su hijo. Gracias por su comprensión.

De todos modos,

si hay algo que pueda hacer dentro de mis limitaciones, hágamelo saber.

Vale.

Con Dios.

(RESOPLA)

Agustina.

-Doña Trini, ¿qué ocurre?

-No quiero ser indiscreta

y sabe Dios que tampoco quiero importunarte

y, si no quieres, no me digas nada, pero...

¿Que no le diga nada, sobre qué?

-Estoy muy preocupada por Susana.

Sé que es muy extraño que haya cerrado su negocio

de un día para otro. Dime, ¿tú sabes si...

tiene algo que ver con el dibujo que apareció en el escaparate?

-Ojalá lo supiera.

-¿No sabes nada de verdad?

-¿Acaso cree que doña Susana me lo cuenta?

-De verdad, tan reservada como siempre,

con lo fácil que es pedir ayuda. -Si le sirve de consuelo,

yo también ando preocupada.

Sé que algo sucede y me gustaría ayudar también.

-Descuida, Agustina, que entre las dos,

conseguiremos saber qué le pasa.

Aprecio mucho a Susana.

Sabe Dios que no quiero que le ocurra nada malo.

La vamos a ayudar con su consentimiento o sin él.

-Muchas gracias, doña Trini. Con su permiso.

-Por supuesto.

¿Lleva mucho esperando?

-Un poco. Habíamos quedado hace 10 minutos.

-No se queje, que ya estoy aquí y eso es lo que importa.

¿Ha pasado algo en mi ausencia?

-Está esto como muy aburrido, pero...

creo que vamos a tener suerte, lo presiento.

Espero que sus presentimientos se cumplan.

Quiero ser una reportera famosa.

-(RIENDO) Lo que está usted deseando

es cobrar esas 10 pesetas, no me lo niegue.

-También, a qué engañarle.

La labor no parece difícil, en Acacias siempre pasan cosas.

El barrio parece un folletín. -Sí.

Yo llevo aquí viviendo años, pues esta barrio nunca ha "defraudao".

-Y de todo lo que ha pasado,

¿qué es lo que más le hubiera gustado retratar?

-Mujer, es difícil pensarlo, sí, y no precisamente por defecto,

sino por todo lo contario. -Pues a mí me gustaría retratar

una boda de postín. Seguro que ahí se ha celebrado más de una.

-Sí, más de una se ha "celebrao", solamente que en Acacias,

las bodas no han tenido buen fario.

-¿Qué dice? Una boda es una alegría siempre.

A la gente le encanta verlas y gritar: "¡Vivan los novios!".

-Acuérdese de la boda del coronel Valverde.

-Es verdad. Al hombre lo mataron de un tiro.

-Por no decirle la boda de don Ramón y doña Trini, que...

-¿Qué pasó en esa? -Una bomba

en la iglesia.

Murió don Maximiliano, el padre de Leonor

y el que era entonces el marido de doña Rosina.

-Jesús, Maria y José. Los duros del retrato no merecen ese sacrificio.

-Por eso le decía que cualquier cosa sería mejor que una boda.

-Pues nada, vamos a sentarnos, seguro que serán dos minutos.

Gracias, Úrsula.

¿Cómo está Adela?

La mujer del pelo blanco.

Ah, sigue con fiebre.

Yo diría incluso que tiene unas décimas más.

Le ha cambiado los paños de agua fría.

Sí, le he dado algo para ver si le baja la temperatura.

Remedios tampoco ha mejorado, igual que su hija.

Las dos han perdido el apetito y tienen la visión borrosa.

Remedios

ha tenido un desmayo repentino.

Yo no sé si vamos a tener medicinas para todos.

Doña Celia ha ido a buscar más a la casa de la caridad.

¿De verdad? Sí.

Y ha dicho que si no le dan suficientes, ella misma

irá a la botica y comprará más a su cargo.

Dios bendiga a mi prima.

Se nota que las dos son de la misma familia.

Tienen ambas un alma caritativa

y bondadosa. Bueno,

cualquiera haría lo mismo por nosotras.

No se confunda, no todo el mundo lo haría.

Ellos, los que están aquí

yaciendo enfermos, tampoco lo harían.

¿Qué le ocurre, Úrsula?

Estaba pensando en cuando conocí a doña Celia.

Las primeras veces que la vi,

no podía entender como una persona

tan angelical y bondadosa

podía ser la mejor amiga de doña Cayetana.

Durante un tiempo pensé que ocultaba algo,

que una persona así no era real.

Mi prima es la persona más transparente que conozco.

Dudo que guarde secretos.

Es buena de corazón, buena de verdad.

Ahora lo sé.

No tengo ninguna duda.

(Los enfermos tosen)

¿Y... quién es esa mujer?

Cayetana.

La he oído mencionar varias veces desde que llegué a Acacias.

Era el demonio.

No he conocido jamás a alguien con tanta maldad dentro.

Es la peor persona que he conocido nunca.

Pero por fortuna, eso forma parte del pasado.

Íñigo, ¿qué hace usted aquí?

Con su permiso. He venido a traerles esto.

Es algo para ayudarles con los enfermos.

¿Bollos atrasados? No, son recientes.

Son unos suizos,

unos merlitones y pan para hacer unos emparedados.

¿Ha cambiado usted de opinión?

Le pido disculpas por como reaccioné el otro día.

Yo solo pensé en mis intereses

y en los de mi negocio, no pensé que esta gente necesita nuestra ayuda.

Así que, espero estar a tiempo de rectificar.

Por supuesto que sí.

Cualquier ayuda es poca.

Y me alegro de que por fin hayan hecho las paces.

¿Y qué puedo hacer? ¿Cómo les puedo ayudar?

El padre Telmo está con los hombres,

vaya con él, seguro que necesita que le echen una mano.

Le acompaño.

Muchas gracias, Úrsula.

(TARAREA)

¡¿Dónde está mi novia preciosa?!

-¿Qué haces?

¿De dónde has salido?

La puerta estaba abierta y te quería dar una sorpresa.

-Pues me has dado un pasmo, más bien.

-Ya sabes que soy yo. ¿Me das un beso o no?

¿Qué te pasa? -Nada. ¿Qué me tiene que pasar?

-Nos conocemos, algo te pasa.

-No sé. Dímelo tú.

-¿Yo?

-¿No hay "na" que me quieras decir?

-Sí, sí, te quiero decir que...

-¿Sí?

-Que hace un día precioso y podemos ir a pasear tú y yo.

-¿Y ya estaría?

-El pelo.

Te has hecho algo en el pelo. Estás guapísima, como siempre.

-¿Algo más?

-¿Qué vas a tener que darme un beso si no quieres que me muera de pena?

-Antoñito, ¿no hay algo

que hace mucho tiempo que quieres preguntarme

y que por fin ha llegado el momento de hacerlo?

-¿No me puedes dar una pista?

-Si te tengo que dar una pista es que no lo deseas lo suficiente.

-¿El qué? -Pues tú sabrás.

Hale.

Perdónenme, la puerta estaba abierta.

-Sí, sí.

Pase, pase, don Samuel, si... Pase.

-¿Le puedo ayudar en algo?

Buscaba a don Felipe, ¿está en casa?

Sí, ahora le busco. ¿Desea tomar algo?

No, gracias.

-Me voy, les dejo a solas.

Tengo asuntos que atender. Buenos días.

Buenos días.

Pero ¿yo ahora qué he hecho?

(Agua de la fuente)

Un momento.

Servando. -¿Qué, qué? ¿Dónde?

Traiga, que disparo. -No tan deprisa.

Solo me preguntaba que...

¿no le parece raro que la sastrería esté cerrada?

-Pues sí, es un poco extraño

que doña Susana no haya abierto, pero de ahí a que sea una noticia...

Me había hecho ilusiones. -No sé.

Quizá, si investigamos un poco, descubrimos que hay algo noticiable.

¿Y qué va a haber?

Que a doña Susana le ha "entrao" un mareíllo

y se ha quedado en su casa.

-¿Está seguro que no merece la pena intentarlo al menos?

-Ande, siéntese,

siéntese y estese atenta, a ver si va a pasar algo de verdad

y estamos distraídos haciendo retratos atontaos.

-Ay... Ojalá volvieran los mozos de ayer y sus peleas.

-Eso no pasará, así que más vale que se nos ocurra algo

antes de que muramos del aburrimiento.

-¿Que se nos ocurra algo?

-¿Qué?

-Calle, calle, que...

creo que se me está ocurriendo algo.

Don Ramón, ¿quiere que baje a La Deliciosa a por dulces?

-No, no, muchas gracias, Casilda, con el café tengo suficiente.

Lo que sí quiero pedirte es que nos dejes a solas.

-Está bien. Estaré en la cocina.

-¿Ha ocurrido algo, don Ramón?

¿Se trata del yacimiento de oro? -No se trata de eso.

No vengo en calidad de socio, sino de vecino y amigo.

Mi esposa está preocupada con su tía.

-Entiendo.

-Trini me ha contado el incidente que tuvo lugar en la sastrería.

-¿Se refiere al dibujo que apareció pegado

de un hombre en paños menores?

-¿Se lo ha contado su tía?

-Ni mi tía ni mi esposa, que también estará al tanto de todo.

Me enteré por los rumores que corrían por el barrio.

-Seguro que es la chiquillada de algún gracioso.

-Imagino. ¿Era eso de lo que venía a hablarme?

-No, no, eso es una fruslería.

Pero no lo es...

que su tía haya decidido cerrar la sastrería.

Estaremos de acuerdo en que ese no es su estilo.

Mi esposa anda preocupada por el asunto,

y yo quería ofrecer mi ayuda por si sucede algo que yo pueda solventar.

-Ojalá lo supiera.

-¿Qué quiere decir?

-Que yo también ando algo preocupado, don Ramón.

Fui a hablar con mi tía sobre lo del asunto del cierre,

y me salió con la excusa de que tenía jaquecas.

-Intuyo que no la creyó. -Ni una palabra.

He visto a mi tía faenar detrás de un mostrador al borde de la muerte.

-Ese sí es su estilo. -Sí.

Mi tía y mi esposa llevan...

un tiempo bastante raras,

sobre todo desde que se apuntaron a las clases de dibujo.

Me planteé ir a la academia a hablar con don Venancio, su profesor.

Imaginé que él sabría mejor que yo lo que les preocupa.

-¿Y por qué no lo hizo?

-Porque no quería entrometerme en sus cosas.

Esas clases son su reducto, es algo solo de ellas.

-Hizo bien.

Seguro que si doña Susana tuviera algún problema,

usted sería al primero al que buscara.

-Eso espero.

-Si lo hace.

Quiero que sepa que estoy dispuesto a lo que sea para solucionar

cualquier problema que pudiera tener su tía.

Por la amistad que nos une, que ya son muchos años que nos conocemos,

por la estima que le tengo a usted

y por la preocupación que tiene mi esposa sobre este asunto.

-Se lo agradezco de veras, amigo.

Le tomo la palabra.

-"Hablaré con ella".

Debe estar a punto de llegar a casa.

(Se abre una puerta)

Lucía, ¿eres tú?

¿Me llamaba, Felipe?

Samuel, ¿qué hace aquí?

Por favor, toma asiento.

¿Ocurre algo?

Estábamos hablando de las condiciones del préstamo

que conseguiste en el banco.

¿Y?

Son una temeridad.

¿Por qué no nos pediste ayuda? ¿A quién?

A nosotros.

A los hombres.

Bueno, tome la decisión que creí conveniente.

No necesito a ningún hombre que me autorice.

Lucía, no se trata de que te autoricemos.

¿Y qué es, Felipe?

Con el préstamo he conseguido que el acondicionamiento

en el albergue se lleve a cabo

y poder reconstruir las casas del Hoyo.

He conseguido ayudar a los más necesitados

y, eso es ahora lo que más me interesa.

El futuro debería importarte.

Mi futuro está asegurado.

Lucía,

tan solo trato de decirte que podrías haber contado

con nuestra opinión o con la de tu prima.

Hablar las cosas con los que te quieren o sopesar decisiones,

no es nada malo.

¿Qué es lo que teme, Felipe?

¿Perdón?

El crédito será pagado por los dueños de las casas.

En cómodos plazos, claro.

¿Y si no es así, y si no pagan?

No son maleantes, es gente honrada que necesita ayuda.

No sabe lo que son, Lucía.

No les conoce.

Pero de acuerdo,

supongamos que lo son, responda a mi pregunta,

¿qué hará usted si no paga?

Ese dinero tendrá que abonarlo usted.

Los pobres no están acostumbrados a pagar créditos.

No son gente en la que se pueda confiar.

No van a pagar. Y va a perder usted mucho dinero.

Podrías perder mucho dinero.

Pagarán.

Confío en las personas y sé que pagarán.

Yo no tengo prejuicios.

Bueno, si no es así,

finalmente me equivoco y no pagan,

pues es que me dará igual,

porque a mí el dinero no me importa, no me importa nada.

Haré lo que mi corazón me dicte ahora y siempre.

Casilda, a ti quería verte.

-¿A mí? ¿Y eso por qué? ¿Qué ha "pasao"?

-¿Has visto a Lolita?

-No la veo "ende" anoche.

Debe tener mucha faena en casa de sus señores,

porque no se ha "dejao" ver por el altillo.

¿Se barrunta usted algo?

¿Sabes si tiene algún problema o si está preocupada por algo

o ha sucedido algo en casa de don Felipe o doña Celia?

-Arrea, ¿y a qué viene tanta preocupación?

¿Ha notado usted algo extraño?

-La veo como enfurruñada, esquiva, enfadada, vamos.

-Ah, ya lo sé, eso son gases.

-Gases.

-Sí, son como unas pompitas,

unas burbujitas que te hinchan la tripa

y hasta que eso no sale, te pone de una mala jandina que...

-Sé lo que son los gases, pero no es lo que le pasa a Lolita.

-Porque usted lo diga.

Mi tía, la Aurelia, la pobrecica mía

padecía de gases y tenía una cara de "amargá".

A la pobre no se le quitaba hasta que echaba "to" "pa" fuera.

-Casilda, estate atenta y, si te enteras de algo, me lo cuentas.

Me voy, que llego tarde a una reunión con un cliente.

-Con Dios.

A las buenas, padre Telmo.

¿Qué ocurre, Casilda?

Pues mire, le traigo esto,

que es un puchero que hemos cocinado

las chicas del altillo con unos reales que hemos podido reunir.

Que no se lo coman muy rápido porque da gases.

(RÍE) También le traigo

estas viandas.

Con esto va a tener "pa" alimentar a un regimiento de coraceros.

Dios la bendiga, Casilda.

Pues sí, que falta hace.

Ay... "Ende" luego que "naide"

tendría que pasar por lo que están pasando ellos.

Al final, los que más dan son los que menos tienen.

Gracias de nuevo.

Y transmita mi más sincero agradecimiento a las criadas.

De su parte, padre.

Hay que ver lo buena persona que es.

Qué "educao" y que requeteguapo que es el cura.

Y encima me llama de usted.

A mí no me llaman de usted ni los chiquillos de la calle.

Qué hombre.

-Con estas manos desnuco a la Casilda.

No cuente conmigo. -Lolita, Lolita.

Ven.

-¿Qué te pasa? -¿A mí?

A mí no me pasa "na". ¿Y a ti qué te pasa?

-A mí muchas cosas, pero me preocupa el Servando,

que se está volviendo loco. -Loco.

-Sí. Ha "perdío" el oremus del "to".

-¿Y eso?

-¿No te ha "contao" la idea que ha tenido?

-Vamos a ver, no le hagas caso, atiéndeme a mí.

He tenido una idea, la mejor que he tenido en años.

-Pues eso no me suena "na" bien.

-Uy.

-¿Y usted, "señá" Flora, qué pinta en "to" esto?

-Escucha, escucha la idea.

-Vamos a ver, necesito que la Lolita y tú os lieis a tortazos.

-¿Mande? -Y cuanto

más fuertes sean los tortazos, mucho mejor.

Después, Flora os hará un retrato

y, ya está. Es fácil, ¿no?

Nada, ni caso.

¿Me pones un café, que me lo llevaré a la terraza, por favor?

-Leonor.

¿Estás bien?

-Estaría mejor si supiera a qué hora va a terminar mi novio

de cocinar para los refugiados. -Se ha puesto a cocinar para ellos.

-Sí. Ha pasado de malmeterles a querer colaborar en todo.

Preo lleva mucho rato en la cocina cocinando y sin salir.

-Te entiendo,

Celia y Lucía están igual. -Gracias.

No me confunda, si a mí me encanta que sea generoso y quiera ayudar,

pero me gustaría que me dedicara algo de tiempo.

-A mí me lo vas a decir. Celia y Lucía no han venido a comer.

Creo que no las veo desde esta mañana.

-Ahí viene.

-Gracias.

-Cariño, estoy aquí.

-Amor, no te estaba buscando a ti, sino a Íñigo.

Leonor, ¿sabes si están listas las viandas?

-Nada, doña Celia, no sé nada.

-Cariño. -¿Qué?

Tengo que hablar contigo. -¿Ahora?, tengo mucho lío.

-No puede esperar. Estoy muy preocupado por ti.

-Por mí, ¿por qué?

-No duermes y, apenas comes.

Tienes mala cara, vas a enfermar. -Estoy bien.

-Estás extremadamente cansada.

-Amor, esa gente me necesita. -Sí, te necesitan sana y salva.

Por darle de comer a ellos, no tienes que dejar de comer tú.

-A veces hay que alimentar el alma y no el estómago.

Cariño, esto me hace feliz.

Confía en mí.

Todo esto va acabar muy pronto. -¿Pronto?

-Sí.

Gracias a Lucía se han reactivado los trabajos del albergue.

Pronto podrán trasladar a los afectados

que se han quedado sin hogar.

-De eso precisamente quería hablarte.

Creo que Lucía no ha actuado con cordura.

Samuel vino a verme.

Está preocupado por cómo arriesga su dinero.

-¿Ahora estás de acuerdo con él? -Parece que se preocupa por ella.

Parece, tú lo has dicho.

Pero ha habido muchas cosas raras en la relación de Lucía con Samuel.

Alicia, por ejemplo.

¿O te has olvidado que se fue de un día para otro?

Nunca supimos realmente quién era. -No,

no me he olvidado. -Entonces, ¿qué te pasa?

-Estoy empezando a pensar que...

el interés de Samuel por Lucía es sincero.

¿Y si nos equivocamos con él?

Así no, Lolita, dale más fuerte.

-¿Cómo le voy a dar un torta?, que es mi mejor amiga.

-Que es de mentira, todo esto es una farsa.

-Por eso mismo, que no me gusta mentir.

-Hombre, tampoco es mentir.

Estamos ayudando a unos amigos a que se ganen unos reales.

-¿Y "pa" qué quiere más reales, no le vale con su jornal?

-Lolita, esto es arte.

Tú jamás lo entenderías.

-Esto es lo de siempre, que usted es un "agarrao"

e intenta garrapiñar unos céntimos.

-¿Nos vas a ayudar o no, Lolita?

-Lo haré, lo haré, aunque no me parece bien.

-¿Te parecería mejor si te diéramos parte de lo que ganáramos?

-"Pa" chasco que sí.

A mí me parece muchísimo mejor, dónde va a parar.

-Deje usted de repartir, que al final no nos va a quedar nada.

-Si nos están ayudando las dos, es lo justo.

-Lo justo es que entre amigos se ayude sin pedir nada a cambio.

Pero... Está bien,

con tal de que se callen y sacar una buena instantánea...

Venga, vamos.

Ahí. Vale, vale.

¿Os vais a pegar o no?

-Ah, sí.

Lola, eres una criada muy mala, malísima.

-Tú eres un poco burra, burrilla como una zapatilla.

-De verdad, vamos a ver, ¿esto es un insulto?

A mí me ha sonado casi a piropo.

Yo tengo broncas mucho más violentas con mi cepillo.

-Como le piropee yo con la mano abierta, le dejo seco.

-Eso mismo, pero a ella.

Venga.

-Déjelo, Servando, si la Lola no tiene sangre en las venas.

-Que no tiene sangre...

-Casilda, no le sigas el juego. -Dile algo, dile algo

sobre su pueblo, venga.

-No me calienten...

-Mira,...

los de tu pueblo, Lolita, son más tontos que Abundio.

-Toma. -Casilda, que no estoy "pa" fiestas.

-Y tú eres más bruta que un "arao".

¿Y sabes lo que se dice en mi pueblo de las tradiciones de Cabrahígo?

-Casilda, ya está bien, que te...

Basta ya.

Te voy a dar una... -¿Se puede saber qué pasa aquí?

¿No saben que están prohibidas las peleas en la calle?

-El que faltaba.

Esto se acabó, yo me rindo. Yo no...

-Servando, Servando, espere.

Tengo una fotografía que podría interesarle al periódico.

¿Ve ese cartel que está a punto de caerse? Es un peligro, ¿no?

-Ah.

Y eso es una noticia, ¿no? Uy, ¡mire!

Mire, un niño jugando con la pelota.

Igual se le cae la pelota y hacemos una exclusiva.

-No hace falta que se ría usted de mí.

-Vaya por Dios.

Esa muchacha es pan de oro.

-Sí. La señorita Lucía es una bendita.

Como se nota que es prima de doña Celia.

-El padre Telmo tampoco se queda corto.

Esa pobre gente tiene suerte de que estén los tres

en este mundo.

¿Le dije que estuve repartiendo el puchero que preparamos?

-¿Ah, sí?

-Comida caliente hecha con todo el amor del mundo.

Esa pobre gente se chupaba los dedos.

-Ay, qué alegría me da oírla.

No hay nada como darle contentura a alguien

llenándole la panza.

Y encima, el hijo de doña Carmen parece que empieza a recuperarse.

Ay, Agustina,

parece que todo empieza a ir buenamente otra vez.

(Ruido)

-¿Ha oído usted eso?

-Habrá sido un gato.

Ya no hay nadie en la calle a estas horas y, eso que no es tarde.

-Pero ha variado el tiempo.

Ya empieza a hacer un poco más de frío.

-Sí.

Y este cielo amenaza tormenta.

-¿Cree usted? -Uy,

ya lo verá.

Me lo dicen esas nubes y mis huesos,

que me duelen una barbaridad cada vez que cae un chaparrón.

Por cierto, ¿hasta cuándo cree usted

que va a tener su señora la sastrería "cerrá"?

-¿Es eso un hombre?

¿Quién es ese?

-¡Oiga, ¿qué hace ahí?!

-¡Fuera de ahí!

-¡Venga, fuera!

¡Cesáreo! -¡Sereno!

(LAS DOS) ¡Sereno!

Cesáreo, venga. -Corra, rápido.

¡Rápido!

¿Qué ocurre?

-Se ha ido por ahí. ¡Corra! -Venga, venga.

Agustina,

¿qué dicen esas letras?

-Fur...

...ci... ¡Ah!

-Madre... -¡Ah!

Se agradecen estos momento de paz, ¿no cree?

Supongo.

Lo cierto es que me alegra tenerla otra vez aquí.

Últimamente no resultaba fácil cruzarse con usted por el barrio

y, mucho menos conversar.

Bueno, esto ya está.

¿No quiere compartir un té conmigo?

¿Ha estado en el diario? -De ahí vengo.

-Cuénteme, que me tiene el alma en vilo.

-Me han asegurado que mi retrato tiene posibilidades

de salir publicado.

-¿De verdad? -Lo que escucha.

Al redactor que me ha atendido,

le ha parecido buena idea denunciar lo que el consistorio descuide

y que pueda resultar un peligro. -"¿Son 'pa' mí?".

¿Ya está?

¿No tienes "na" más que decirme? -Sí, quiero decirte que sé...

porque estás tan malhumorada conmigo.

-Menos mal, que ya te iba a pasar de un cuerno al otro.

-No es necesario, sé que tu enojo es porque he olvidado algo.

-"Pos" sí, eso es, vas bien "encaminao".

-Perdón, había olvidado preguntarte cómo iba el parto

de la vaca de tu primo

y, sé el cariño que le tienes al animalito.

-"Qué raro,"

¿dónde se habrá metido la sastra?

-Señora, ¿no le habrá ocurrido algo malo?

-Los trabajos para acondicionar el albergue están avanzados.

Hay un ala a la que se puede ir trasladando a los damnificados.

¿Qué sucede?

No se han alegrado.

Tienes usted razón, Celia.

Es muy buena nueva.

Pronto no tendremos que atenderles aquí.

-"El Adonis" ya no puede hacerles daño.

Y su hijo está casi "recuperao".

-Casi no,

ya del todo.

De hecho, estaba pensando en ir hoy a faenar al mercado.

-¿Has perdido el oremus?

Tú no estás para cargar cajas. -Pero madre,

quizá pueda ayudar en otros quehaceres.

-No. -¿Pretende tenerme encerrado?

-Así es, como si fueras la princesa de un cuento.

-¿Va a poner a un dragón a vigilarme?

-No, tranquilo,

de eso se encargará Casilda.

-Casi hubiese preferido al dragón.

-Muchas gracias por el cumplido.

-Descuide, que ya me encargaré de que no salga de aquí.

-"¿Te lo voy a preguntar" por última vez?

¿Qué es lo que está pasando aquí?

-Nada.

-Veo que insistes en mentirme.

Rosina, primero el dibujo, luego ese soez insulto.

Está claro que aquí está pasando algo.

Rosina, te conozco perfectamente

y sé que estás al tanto de lo que está ocurriendo.

Pero no entiendo por qué me ocultas la verdad.

-Te equivocas, Liberto. Yo... -Ya está bien, ya está bien.

No es necesario que sigas mintiéndome.

Te advertí que era la última vez que te lo iba a preguntar.

"Lucía,"

sé que es muy duro lo que usted vivió,

pero veo que a pesar del tiempo transcurrido,

no parece aceptarlo.

No es eso, Samuel, se equivoca.

El tiempo terminará por abrirle los ojos por completo

y, entonces comprenderá lo canalla que es ese hombre.

Tranquila, Lucía.

No pretendo presionarla más.

Solo quiero que sepa que cuando llegue ese momento,

yo estaré junto a usted

y no permitiré que ese hombre vuelva a hacerle daño.

"Aquí me tiene, señora".

Medio barrio me he "recorrío" buscando a Susana.

-Y por lo que veo, sin éxito.

-Señora, una no "pue" hacer milagros.

Parece ser que a la sastra se la ha "tragao" la tierra.

Señora, y si está tan "preocupá", ¿por qué no avisa a la policía?

-No, a la policía ni muerta.

-Madre mía,

hay que ver el canguelo que le ha cogido a los guripas, señora.

Ni que usted fuera una "criminala".

¿Sigue creyendo que le hice daño?

Me cuesta creerlo.

Sobre todo tras esta semana,

que le he visto desvivirse por los demás.

Veo la bondad en su corazón, padre.

Y me cuesta creer que...

hizo algo como lo que se supone que me hizo a mí.

Es que yo no le hice nada a usted.

Entonces, ¿cómo explica lo que ocurrió?

Hay una explicación clarísima, Lucía,

Samuel. "¿Lo ve, prior?".

Debería haber tenido más cuidado

a la hora de escoger sus colaboraciones.

Más le hubiese valido aceptar mi acuerdo.

¿Acaso hubiera sido sabio confiar ciegamente en usted?

Al parecer, más que dejar sus intereses

en manos de ese sacerdote desobediente.

En fin, prior,

usted quiso las cosas así,

ahora deberá correr con las consecuencias.

Le deseo suerte.

Pero dudo que esta le acompañe

mientras el padre Telmo siga rondando por Acacias.

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  • Capítulo 894

Acacias 38 - Capítulo 894

21 nov 2018

Samuel trata de convencer a Jimeno de que sigue teniendo el control sobre la herencia de Lucía. Felipe y Samuel encaran a Lucía por las condiciones del crédito, pero a ella le da igual perder ese dinero. Mientras cierran el quiosco, Fabiana y Agustina impiden un acto vandálico contra la sastrería.

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  1. María José

    Jajaja me parto, cada personaje tiene lo suyo, pero algún día cogerán al malo malisimo porque o se escapan o supuestamente mueren o se hacen buenos de repente. Que será de Samuel necesitamos venganza ya jajaja.

    22 nov 2018
  2. Liliana

    Jajajaj, còmo me hacen morir de risa Susana y Rosina, son lo màs!! que de disparates que dicen como... "mi tijera es màs pequeña" jua jua. Liliana P:D: para què me hacen escribir nùmeros?

    22 nov 2018