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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 893 - ver ahora
Transcripción completa

Tenemos que evitar que las fiebres se propaguen.

Nos pondremos en marcha de inmediato.

Cada minuto que pase puede ser un contagio más.

¿Dónde los meteremos? Los enfermos, aquí;

los sanos, en la iglesia.

-¿Sabe usted de lo del periódico?

-No.

-Quieren fotógrafos que les envíen imágenes de cuando pasa algo.

Y no hay lugar en toda la ciudad donde pasen más cosas

que en Acacias.

Me envía el padre Telmo a decirle que si tiene bollos atrasados

o cualquier otro alimento, los done a la iglesia.

Por supuesto, que cuente con ello,

pero dígale al padre Telmo que estaríamos más conformes

si enviara a los enfermos a un asilo, donde estén bien cuidados.

Me preocupa mucho que Lucía pase tanto tiempo en la casa parroquial

con las fiebres contagiosas que dicen que hay allí.

No crea que a mí me agrada la presencia de Celia.

Quizás si pudiera convencerlas a las dos de que deben cuidarse.

Descuide, haré todo lo que esté

en mi mano para alejar a ambas de allí.

-Don Samuel me va a despedir.

-A ver, si don Felipe y don Ramón la creyeron a usted,

seguro que le convencen.

-Ya, pero él no me ha creído.

Y no es que se pensara que iba a robar,

ya sabe que yo llamé a la policía,... pero es por mi hijo,

no se ha creído que él fuera inocente.

-¿Qué pasa aquí? -¿Qué es ese papel?

-Déjenme pasar, a ver.

Qué vergüenza. -Madre del amor hermoso.

-Doña Susana, un hombre como Dios lo trajo al mundo en su sastrería.

-¡Cállate, Lolita!

-Aquí traigo la orden de ingreso de su marido en el penal

firmada por el juez. -Pero ¿cómo no está ya en el penal?

-De momento en calabozos, pero se le traslada

para que no lo tenga cerca y para que no pueda influir

y llevar por el mal camino a su hijo.

Ser cristiano no es ir a misa,

ser cristiano es ayudar al prójimo cuando lo necesita,

es por eso

que no les voy a pedir que recen por ellos,

les voy a pedir comprensión y cariño.

(Aplausos)

"Espero que no me entretenga demasiado tiempo,"

todas las manos son pocas para ayudar a los afectados

por la desgracia del Hoyo. Y no lo pongo en duda,

pero también tenemos otros asuntos de los que ocuparnos.

Por supuesto, pero la homilía del padre Telmo

me ha calado profundamente.

En estos momentos debemos hacer todo

lo que esté en nuestras manos para ayudar al prójimo.

Precisamente por eso quería comentarle que he regalado la talla

del Cristo a los marqueses de Viana.

Ah.

Me parece bien.

Aunque dudo que esos señores estén faltos de nada.

Lo he hecho pensando en ayudar a don Felipe.

Tiene que limar asperezas con ellos y la talla le ayudará.

En ese caso, estupenda idea, todo lo que sea ayudar a mi prima

y a su marido cuenta con mi beneplácito.

Me alegro, por un momento pensé que mi decisión podía incomodarla.

Bueno, ya sabe lo poco que aprecio los bienes materiales.

El único inconveniente que veo es que el trabajo no está terminado,

aún me quedan unos días para terminar la restauración.

Podría terminar su tarea en casa de la marquesa.

Sí, sí, sería cuestión de poco tiempo.

Bueno, si no tiene nada más que decirme, estoy deseando

ir a la casa parroquial.

Lo de la talla era un asunto menor. Por favor, siéntese,

ahora viene lo gordo.

Usted siempre con sus sorpresas.

He hecho un gran descubrimiento.

He averiguado una pista que puede llevarnos a conseguir

el retablo de San Miguel.

¿Es eso cierto?

(Sintonía de "Acacias 38")

Según se cuenta, como usted bien sabe, el retablo fue robado

del Real Monasterio de Santa María de Pedralbes.

Y nunca más se supo de él.

Eso no es del todo cierto.

Parece ser que terminó en manos

de una adinerada familia de Toledo y lo colocó en una capilla privada.

Me parece una gran injusticia que semejante obra de arte

no pueda ser contemplada por casi nadie.

Podríamos hablar de justicia divina.

Hace poco que esa familia terminó por arruinarse

y ahora venden todas las obras de arte que poseen.

¿Incluido el retablo? (ASIENTE)

Sospecho que sí. Según me han informado,

hay una pieza de madera con unas características muy similares

a las del retablo de San Miguel.

Me encantaría dar con esa pieza.

Bueno, ya se lo he dicho muchas veces, es una auténtica joya.

Podríamos ir a verlo y salir de dudas.

Con un simple vistazo sabríamos lo buena que es la pista.

¿De verdad?

Está situada a tan solo tres horas en una finca de aquí.

Podríamos ir y volver en el mismo día. ¿Qué le parece?

Bueno, eso es demasiado tiempo.

Pero merecería la pena si se trata el retablo.

Me encantaría que fuera así, Samuel, pero yo no puedo marcharme

un día entero, mi sitio por ahora está con la gente que me necesita.

Esos sentimientos la honran,...

pero es una oportunidad que no se presenta muchas veces.

Sí, pero hay muchos enfermos que atender

y no puedo dejar sola a mi prima y al padre Telmo.

Es usted una mujer maravillosa.

Confío en que el retablo nos espere por unos días.

Bueno,

pues debo marchar a la casa parroquial.

Le acompaño a la puerta.

-Susana, ¿no crees que deberíamos salir a la calle?

-Bien que me gustaría.

Nos hemos perdido la homilía.

-Ya, y seguro que todo el mundo se ha dado cuenta de nuestra falta.

-Qué egocéntrica eres, Rosina, ¿qué más da lo que piense la gente?

-A mí sí que me importa, nunca me ha gustado andar en boca de la gente,

y más por faltar a un acto religioso.

-Pues eso es una fruslería al lado de los problemas que tenemos.

Como se descubra todo el pastel,

ahí sí que nos van a criticar y van a hablar de nosotras pero bien.

-Ay, Dios no lo quiera. -Ni los Escalona.

Me da a mí que ese dibujo es toda una amenaza.

-Bueno, a lo mejor no han sido ellos,

a lo mejor el dibujo acabó ahí por casualidad, no sé.

-Claro, ha venido con una ráfaga de aire,

¿se puede ser más pánfila? -No es razón para que me faltes.

Yo lo decía por animar, a lo mejor la cosa

no es para tantos aspavientos.

-¿Ah, no? Pero ¿tú has visto el dibujo?

-No me lo enseñes, que me entran los males.

Ay, qué impudicia, calla.

-Pues acostúmbrate a verlo, porque creo que nos va a perseguir

como si le debiéramos 1000 duros a un banco.

-Espera, espera, detente, Susana, ¡espera!

Hay algo detrás escrito, mira, mira.

-"Tienen cinco días

para reunir el dinero, si no lo hacen,

aténganse a las consecuencias".

-Ay, ay, que sí que era una amenaza.

Que esos malnacidos van en serio.

-A qué mala hora me dejé convencer por ti para ir a esa escuela

del demonio, con lo tranquilita que estaba yo en mi negocio.

-Y más aburrida que una almeja en conserva.

Si te lo dije es porque soy buena amiga,

para entretenerte, por hacerte un favor.

-Flaco favor.

Cuando quieras ayudarme otro día, me sacas un ojo, que me dolerá menos.

-¿Sabes qué? El mundo está lleno de desagradecidas.

-Ah, perdóname

por no darte las gracias por estar a punto de hundir

mi vida y mi negocio. -Eres una ingrata.

-¡Petarda! -Oye,...

-Pero bueno, ¿qué os ocurre? Que os vengo oyendo desde la calle,

¿qué gritos son estos? -Ah.

¿Qué gritos ni qué gritos? No sé, serán los niños

en la pérgola, que están jugando. -Ya.

¿Y por qué no habéis venido a la homilía del padre Telmo?

-Nos ponemos a hablar y se nos va el santo al cielo.

-Sí, sí, sí, nos ponemos a charlar y ya no atendemos ni a relojes

ni a compromisos, ¿verdad? Pues sí, no conocemos a nadie.

Vamos, que hay un incendio y no nos enteramos.

(RÍE) -Ya.

¿Y qué es eso que dicen...

de que ha aparecido un dibujo en tu escaparate de un hombre?

En porretas, vamos.

-Ah, eso no es nada, un garabato,

una broma pesada de los muchachos del barrio.

-Pues según tengo entendido, de garabato nada, vamos,

que era un dibujo con todo lujo de detalles.

Que se veía que era un hombre a primera vista.

-Qué morbosa eres. Si te digo que no era nada,

es que no era nada, y punto redondo.

Y ahora, humo,

que tengo muchas cosas que hacer y me estáis entreteniendo.

Hala, las dos, venga.

Cuídate, ¿eh?, cuídate, cariño.

(RESOPLA)

-Esto ya está.

Procura no moverte mucho.

-¿Se ve bien el agujero?

-¿Cómo se va a ver bien? Está cerrado y cosido.

Aunque, bueno, tampoco parece que se cierre bien del todo.

-Lástima que no haya quedado agujero, podría cobrar 10 céntimos

a los chicos del barrio por meter el dedo.

-Ay, Raúl, no digas enormidades.

¿Te duele?

-¿No ha de dolerme? La bala me atravesó todo el hombro.

-Maldito sea tu padre por dispararte.

Nunca se ha visto un padre peor. -Ay, madre,

prefiero no hablar de él.

-Sí, mejor que lo olvidemos.

-Pronto ha de estar camino del penal,

allí estará encerrado mucho tiempo. Ha de ver como no volverá

a molestarnos nunca.

-Al menos algo nos ha salido bien.

-Pronto yo estaré con mi trabajo

y esto no será más que un mal recuerdo.

-Seguro que sí.

-Madre. ¿Puede ayudarme para ir al retrete?

-Está bien, pero ve con mucho cuidado.

-Pierda cuidado,

estoy hecho un Sansón.

¿Ve como puedo andar?

-Sí, pero no vayas tan deprisa. -Puedo yo solo.

Madre.

-Raúl. -Madre.

¡Agustina! ¡Agustina, ayúdeme!

-¿Qué ocurre, qué le ha pasado? -Que se me cae el chico.

Se ha intentado levantar y casi se me cae.

Siéntelo usted ahí.

-Sosiéguese.

Respira sin dificultad,

tan solo le ha dado un vahído.

-Raúl. -¿Lo ve? Parece que reacciona.

-Raúl, hijo. ¿Estás bien?

-Está ardiendo como si fuera unas brasas.

-Sí, le acaba de subir la fiebre. -Hay que ponerle compresas frías.

-Agustina, ¿se ocuparía usted de eso?

Mientras yo voy a buscar un médico. -Sí, cuente con ello.

Corra.

-Tendrías que haber visto el dibujo, un hombre bien musculoso y apuesto

desnudo como su madre lo trajo al mundo.

Algo tremendo.

-Pero ¿tú lo has llegado a ver? -No, no, gracias a Dios.

-Entonces, ¿cómo sabes que es cierto?

-Porque me lo han contado. -Bueno, a la gente

le gusta mucho hablar.

Me extraña sobremanera que Susana consienta semejante barbaridad.

-No, si ella no consiente.

Cuando lo ha visto, lo ha quitado al momento.

-Qué historia tan extraña. A mí me da que aquí hay gato encerrado.

-Lástima que Servando no tenga todavía la cámara fotográfica.

Le podríamos haber hecho un retrato del dibujo.

Esa sí que va a ser una noticia.

-Aparecen hombres desnudos en el escaparate de una sastrería.

Pues sí sería un buen titular. -Menudo escándalo se iba a formar.

(Llaman a la puerta)

Buenas noches.

Vengo a recoger las ollas con la sopa de ajo para la cena

de los afectados del Hoyo. Voy a escape a por ellas.

-No, espere, espere. ¿Es necesario

que le acompañe tanta gente?

Preciso ayuda para cargar las ollas.

Entrarán cuando esté todo listo. Merceditas, por favor,

ayuda a mi hermana.

¿Qué tiene de malo esta pobre gente?

¿No escuchó usted la homilía del padre Telmo?

Perfectamente, y estoy de acuerdo con el padre,

pero es que mis clientes se marchan porque temen que sus pobres

les contagien. Pamplinas.

Los enfermos están en la casa parroquial.

Los que me acompañan no sufren mal alguno.

¿Y eso lo sabe usted a ciencia cierta?

Yo no soy médico.

Pues será mejor que salgan.

No tienen por qué hacerlo. Este es mi local, señora,

¡y en mi casa mando yo!

-Ya están las ollas listas, pueden pasar a recogerlas.

-Ahora sí, adelante, acompáñenme.

Es usted una santa.

Que Dios le pague su sacrificio. No es para tanto,

que son solo unas sopas. Todos debemos ayudar.

Si todo el mundo tuviera tan buen corazón como usted,

otro gallo cantaría.

¿No es cierto, don Íñigo?

¿Qué te ha ocurrido con ella? -Nada.

Una pequeña discusión.

-Muchas gracias, doctor.

-Carmen,... ¿qué ha dicho el médico?

-Nada bueno, Fabiana.

Que parece que la herida se ha infectado.

-¿Cómo puede ser eso? Si tiene usted a su niño entre algodones

y más limpio que la patena.

-Dice el médico que es normal en este tipo de heridas.

Que la bala hace entrar en el cuerpo restos

de las ropas y que estos infectan la herida.

-Qué mala sombra, con lo bien que se le veía al chiquillo.

-Ya, Fabiana.

Yo también me las veía felices, pero míreme ahora.

-Ay, "pobrecico".

Vamos a tener que rezar mucho, mucho por él.

-Eso y lo que haga falta. Yo no voy a dejar de luchar

por mi Raúl ni un segundo.

-Ya sabe que puede contar con nosotras "pa" lo que sea menester.

-Es un consuelo tenerlas a mi lado.

-Ande, ya verá como entre todas ponemos bien a su hijo

en un decir "Jesús", ya lo verá.

-Ojalá bastara con la buena voluntad,

que ustedes, de eso, van sobradas.

-Ande,

ande y no se desespere, Carmen.

Raúl es fuerte como un roble,

si fuésemos alguna de nosotras, estaríamos "aviás",...

pero él tiene la fuerza de la juventud, y eso hará

que él tire "palante".

-Tiene usted razón, Fabiana.

Ahora no me puedo amilanar, lo primero es

darle la medicina que le ha recetado el médico.

-Venga, corra, corra a por ella,

que lo primero es bajarle la fiebre al niño.

-No sé dónde ir, Fabiana, que ya han cerrado todos los boticarios.

-No, mire, vaya a la botica que hay en la plaza del Conde,

el boticario vive en el piso de arriba.

Aunque sea muy tarde, seguro que podrá hacer el preparado.

-¿Y usted cree que querrá atenderme?

-Seguro que sí, usted dígale que va de mi parte.

Me debe un favor

y nunca he tenido ocasión de cobrármelo. Venga.

-Fabiana,... yo no sé cómo darle a usted las gracias.

-Ande, ande y déjese de monsergas y vaya a por el remedio,

que cada momento que pasa es peor "pa" el niño, venga.

-Enseguida vuelvo. -Vaya tranquila, vaya tranquila

que yo cuido del muchacho.

Debemos darnos prisa, que tenemos mucha tarea que hacer.

Estoy deseando llegar a la casa parroquial para meterme en faena.

Ya veo lo dispuesta que estás.

La verdad es que la homilía del padre Telmo fue muy inspiradora.

Y tanto, creo que sus palabras hicieron mella

entre los parroquianos. Esperemos que no todo se quede

en buenas intenciones

y nuestros vecinos se rasquen el bolsillo y den buenas donaciones,

que falta hacen para pagar las obras del albergue.

Veo que está cambiando tu actitud hacia el padre Telmo.

La verdad es que tengo que reconocer que está demostrando

tener una gran valía para este asunto.

-Buenos días.

Me alegro que estéis aún en casa. He de pediros algo muy importante.

Os ruego, por favor, que no volváis a trabajar en la casa parroquial.

-Cariño, no puedes pedirnos eso.

No podemos dejar de prestar nuestra ayuda.

Cada día hay más enfermos y estarían desbordados sin nosotras.

¿Acaso no has oído al párroco

decir que la situación es cada vez más complicada?

-Sí, lo sé,

y por eso me cuesta más haceros esta petición.

Pero es que no alcanzo a entender por qué nos la hace,

me parece de lo más insolidario.

Lucía, me duele que me digas esto.

¿He de recordarte que tanto Celia como yo fuimos los primeros

en acudir al Hoyo para prestar nuestra ayuda?

Razón de más para no dejar de colaborar.

¿Qué es lo que ha cambiado, Felipe?

Sé que no estaréis de acuerdo conmigo,

pero insisto en que no regreséis.

Temo que podáis enfermar.

-Cariño, eso no tiene por qué pasar.

-Cariño, vuestra bondad no os hace inmunes.

Esas fiebres son muy fuertes,

podrían acarrear terribles consecuencias.

No podemos abandonar a esa gente a su suerte,

es nuestra obligación como cristianas.

No. Nadie puede obligaros a exponer vuestra salud.

-No debes temer nada, estamos siendo muy cuidadosas.

No dejamos de asearnos cada vez que tocamos a un enfermo.

Te juro que no va a ocurrirnos nada.

-Eso espero. No podría vivir sin ti.

Bueno,

es evidente que no puedo hacer nada para convenceros.

-Me temo que así es.

Con permiso, prima, he de hacer una gestión

antes de ir a la casa parroquial, la veo allí.

Como gustes.

Qué extraño, no hace ni cinco minutos que estaba deseando

ir a la parroquia y ahora se marcha a hacer otra cosa.

-Tal vez hayan calado en ella mis palabras.

-Conociéndola, no lo creo.

En fin.

Me marcho,

todavía tengo que pasar por casa de Trini a hablar un asunto

de Rosina y Susana.

Gracias por preocuparte tanto por mí.

-Mejor sería si en vez de agradecérmelo, me hicieras caso.

-Te quiero, Felipe Álvarez-Hermoso.

-El asunto pinta mal, Servando.

El pobre muchacho "tie" una infección de caballo.

-¿Y qué le ha dicho el médico? -Pues "na",

le ha "recetao" un remedio y a esperar a que mejore.

-Eso va a ser lo mismo que si le ponemos un cirio a san Cucufato.

-No sea hereje, Servando, además, ese santo es "pa" encontrar

las cosas que se han "perdío", no "pa" sanar enfermos.

-No, si no es por hacer de menos al santo, yo al que critico

es al galeno, que hay veces que saben menos de su ciencia

que un barbero. -Ya.

El caso es que la Carmen, desde que ha "llegao" del boticario,

no se separa del chiquillo ni un momento.

-Es lo mejor que puede hacer, porque si no le apañan los "cuidaos"

de una madre, ya "puen" ir buscando un sitio "pa" el muchacho

en el camposanto. -Eso ni lo nombre, Servando.

¡No lo diga ni en broma!

A la de la guadaña, ni nombrarla.

-Parece que ha terminado pronto la faena.

-Y tanto,

doña Susana ha decidido que hoy no se abre la sastrería.

-Pues por algo muy gordo "tie" que ser,

que esa mujer solo cierra los domingos y fiestas de guardar

y porque no le queda otro remedio. -Dice que se siente indispuesta.

-No, pues otra cosa "tie" que ser, porque vamos,

ella no cerraría ni aunque le estuvieran dando los santos óleos.

(RÍEN)

-¿Cómo ha dicho que era, como un pepino?

-Unas tan serias y otros mondándose de risa.

A ver.

-Pues que venimos del "mercao" y que no se habla de otra chusma.

-No saben ustedes las risas que se están corriendo "tos"

a costa de doña Susana y, bueno,

y el dibujo de un mozo que ha "aparecío"

en la fachada de su negocio,

pero que el mozo "dibujao" estaba en pelotas.

-Que lo vimos solo unos pocos, pero no se habla de otra cosa.

Unos dicen que es el novio de la sastra y otros,

que lo ha "pintao" ella "pa" consolarse de tanta viudedad.

-La verdad es que el mozo está de toma pan y moja.

-Niña, no digas barbaridades, ¿eh?, que...

-Que no lo decimos nosotras, que lo dicen las de los puestos.

-Yo no me puedo creer tal cosa.

¿Cómo va a aparecer un dibujo así en la fachada de mi señora?

Eso son bulos de comadres.

-Que no, Agustina, que de eso "na",

que servidora lo vio con estos ojitos.

-Y exactamente,

¿qué se veía en el dibujo?

-Pues ya se lo hemos dicho, un mozo muy bien "plantao",

muy apuesto, como Dios lo trajo al mundo y,

la verdad, es que muy bien servido.

-Vaya con la sastra, y yo que creía que las únicas imágenes que tenía

eran de santos. -Pues este no tenía corona.

(RÍEN)

-Ya está bien.

No me parece decente reírse así de una señora, no.

-Además, en el altillo no están las cosas como para andarse de chanza.

Raúl sigue muy malito.

Así que venga, cada mochuelo a su olivo,

venga.

-Perdón.

-¿Y qué se veía, qué se veía? -Agustina.

Muy gordo.

-Vaya con la sastra, si es que,

con la edad no se le ha ido la calentura, pues muy...

Pues muy bien hecho, sí señor.

(RÍE)

-Pues no se habla de otra cosa en todo el barrio.

-Es que el asunto es de lo más chocante.

-Yo es que nunca había escuchado nada ni parecido.

Un dibujo sicalíptico en el escaparate de un comercio decente.

-¿Tienes la certeza de que es cierto?

-Y tanto, que Lolita lo vio. Y se lo contó a Antoñito,

y luego Susana me lo reconoció,

aunque trató de quitarle importancia.

-Qué vergüenza tiene que estar pasando.

-Imagínate.

Lo bueno es que no estuvo mucho tiempo expuesto,

pero sí el suficiente para que lo viera mucha gente.

-¿Y por qué lo pondrían allí? -Pues, hija, no lo sé,

pero es que a mí no me pega que Susana haya hecho un dibujo

de ese tipo, y muchísimo menos que tenga a bien en exhibirlo.

-Tendrá algo que ver con que hayan dejado de asistir a la academia?

-¿Quieres decir que lo hayan colocado ahí como represalia?

-A lo mejor a don Venancio le sentó mal perder a dos alumnas

y quiso humillarlas.

-Ay, no creo, Celi, don Venancio es un caballero, no haría algo así.

-Ya, tienes razón, pero estuvo merodeando mucho por el barrio, ¿eh?

-Aun así, no es motivo suficiente para cargarle con semejante felonía.

-Trini, el asunto del dibujo es de lo más extraño, ¿eh?

-Lo sé, tendrías que haber visto cómo me sacó Susana ayer

de su tienda, estaba desquiciada. -Es de entender, ¿no?

-Bueno, Celi, pero solo en parte. Que me sacó a empellones, hija.

Yo estoy acostumbrada a que sea Rosina la que actúe

de forma alocada, pero la sastra le está cogiendo el relevo.

-Eso te quería decir, que ni Rosina ni Susana

han acudido a la homilía. -Fui a preguntarles.

Me dijeron que se les había pasado la hora.

-No me lo creo, pero si estaba convocado todo el barrio.

-Y ellas, que no se pierden un evento, y muchísimo menos

si es un acto religioso. ¿Fabiana? Fabiana, ¿eres tú?

-Sí, soy yo, señora. -Haz el favor, ven un momento.

¿Has escuchado algo en el barrio del asunto de doña Susana?

-¿Se refiere usted a lo del dibujo del hombre en cueros?

-Sí. Buscamos novedades. -Bueno, Agustina me ha "contao"

que hoy no abren la sastrería porque su señora está indispuesta.

-A las puertas de la muerte tendría que estar Susana

para hacer algo así.

-Esto es más gordo de lo que pensábamos, Celi.

-En fin.

¿Quieren tomar algo las señoras? -No, gracias, Fabiana.

-¿Eh?

¿Qué le parece la mediación de don Antoñito?

Ha "dao" buen "resultao", ¿eh?

-Es asombroso. Cada día las hacen más pequeñas,

si no tiene ni patas ni nada.

-Si dentro de poco se podrán llevar en el bolsillo,

como los relojes.

-No creo que lleguen a tanto,

pero con esta tenemos suficiente para sacar buenas fotos

y ganar duros.

-Creo que menos de los que usted piensa.

-¿Es que duda de nuestra capacidad como reporteros gráficos?

-No, no, lo que pasa es que don Eulalio ha sido menos generoso

de lo que pensábamos.

-¿Cuánto nos cobra por dejarnos la cámara?

-La cámara es gratis, pero quiere la mitad

de nuestras ganancias. -Entonces de gratis nada,

que se va a llevar un duro por cada fotografía que nos publiquen.

-Pero o pasamos por el aro

o, en vez de retratos, tenemos que vender dibujos a carboncillo.

-A ver, es un buen pellizco el que nos pide,

pero como vamos a hincharnos a hacer retratos habrá ganancias para todos.

-Vaya, bonita cámara de fotografías. -Ahora le interesa el tema, ¿eh?

-No, ni lo más mínimo.

Estoy harto de tener que lidiar con ella.

No encontrará cosa más tozuda,

yo prefiero mantenerme al margen de sus proyectos.

-Oiga, no la coja así, que esto es un artículo de precisión

y no la puede tocar cualquiera.

Cada ruedecita de estas y cada botón

tiene una función. -Servando, como siga girando así

esa rueda, se va a cargar el fuelle.

-¿Y esto "pa" qué es?

-Hombre, pues en algún sitio tendrá que meter la película.

-¿No decía usted que era un experto?

-Sí, pero este modelo es muy nuevo,

pero no se preocupe, que estoy 10 minutos con él

y la manejo como si la hubiera "fabricao".

-Esperemos que sea verdad. ¿Puedo salir a hacer algún retrato?

-Bueno, dado que no tenemos muchos clientes, ves,

y ya me encargo yo del negocio.

-Que estaba yo pensando...

que, en vez de decirle a don Eulalio

todas las fotografías que vamos a hacer, que van a ser muchas,

con que le digamos la mitad ya se va a llevar él un buen dinero.

-No sé yo si eso está bien.

Hemos llegado a un acuerdo y un trato es un trato.

-Pero es que es de pardillos, también,

que él se va a llevar sus buenas pesetas

sin levantar el trasero.

-Mal se empieza si lo primero en lo que se piensa

es en engañar a un socio. -No, que esto no es engaño,

que don Eulalio se quiere aprovechar de nosotros.

-Pues no haber aceptado, que lo que usted propone es una felonía.

-¡Oiga, no creo que sea usted

el más "indicao" "pa" dar consejos de moral,

más si cabe, habiendo sido contrabandista!

-¿Por qué te tienes que meter donde no te llaman?

Ya has hecho enfadar a mi socio. Ahora voy a hablar con él.

-Flora, ten cuidado con quien te juntas,

que igual que trata de timar a ese tal don Eulalio,

terminará intentándolo contigo.

-Qué bien huele y qué buena pinta tiene.

La ha preparado Úrsula, no le haga usted un feo.

Le ha vuelto a subir la fiebre.

Así es.

De seguir así no sé cuánto aguantará.

Vamos, Gloria, por favor, coma algo, que está muy flaca.

Hágalo por mí, que le tengo mucho aprecio.

Ahora tú sola.

Veo que se sabe el nombre de todas las enfermas.

Es lo menos que puedo hacer si quiero ayudarles.

Pocas damas se entregan con tanto empeño

en atender a los desfavorecidos.

No tiene mérito, les tengo mucho cariño.

Con ellos se crió mi hijo.

¿El nació en el Hoyo?

Y allí vivió hasta que lo adoptamos. Pensaba que lo sabía.

Conocer a Tano y a sus vecinos

dio un nuevo sentido a mi existencia.

La comprendo bien,

no hay nada más gratificante para un buen cristiano

que ayudar al prójimo.

En eso tiene toda la razón, me han dado más ellos a mí que yo a ellos.

He de decir que Lucía y usted son dos mujeres ejemplares.

Muchas gracias por sus palabras, padre,

estamos haciendo todo lo que está en nuestra mano.

Su ayuda me resulta valiosísima,

por el trabajo que me quitan y por el ejemplo que dan.

La verdad es que Lucía se está desviviendo por ayudar.

Sí, en algunos momentos me preocupa pensar que el trabajo

pueda ser excesivo para ella.

No se apure, padre, esto le está haciendo muy feliz.

Es posible, yo también la he visto cambiada.

Lucía ha vivido momentos muy amargos e infelices desde que descubrió

que los marqueses de Válmez eran su verdadera familia.

Fue una sorpresa terrible para ella.

Desde ese momento estuvo perdida,

pero parece que ayudar a los más necesitados hace que se olvide

de esa triste etapa.

Yo también rezo para que haya superado el trance

y pueda salir adelante.

No se merece menos.

Así es.

Lucía es una mujer bondadosa e inteligente,

espero que nada interfiera en su destino.

Dios le oiga.

Voy a seguir con la tarea,

que aún queda mucho por delante.

Paca.

¿Cómo está?

-Padre, no.

No lo haga. Déjela.

-Sosiégate, hijo mío, que nadie va a hacerte daño.

-La pistola, la pistola.

-Mi pobre niño.

Se me abren las entrañas de ver cómo sufres.

-¿Cómo se encuentra el muchacho?

-Se me está yendo, Agustina.

El remedio que le ha dado el doctor le está haciendo menos efecto

que si se hubiese tomado una tila. -Debe de darle tiempo.

Esas medicinas tardan en actuar.

-Tiempo es lo que menos tenemos.

Cada minuto que pasa está más débil.

-Tenga fe. Pediremos a Nuestro Señor

que le saque de este trance. -Eso es lo único que nos queda.

Rezar.

-¿Por qué no se echa un rato en la cama?

Tiene que estar rota.

-No puedo separarme de mi hijo.

-Yo puedo ocuparme de él,

y usted necesita descansar.

No ha dormido nada en toda la noche.

-No se apure, Agustina,

no podría cerrar los ojos de la angustia que tengo.

-Aunque no duerma, al final va a enfermar también.

-Poco me importa lo que a mí me pase.

Está ardiendo como un tizón otra vez.

-Ya veo que no se va a separar de él

por mucho que yo insista.

-Este es mi sitio, hasta que sea menester.

-Voy a prepararle un vaso de leche caliente,

al menos así tomará algo que le entone.

-Agustina.

Muchas gracias por todo lo que están haciendo Fabiana y usted.

Son oro molido.

-No tiene que agradecernos nada,

Raúl ya es como si fuera nuestro hijo.

-No sé si...

a la postre don Samuel me despedirá, pero...

vaya donde vaya,

nunca voy a olvidar todo lo que están haciendo por nosotros.

-Pues pienso que no nos ha ido tan mal con don Eulalio.

-No sé yo, perdemos cinco pesetas por cada fotografía.

-Cinco cada uno, tampoco me parece tanto.

-Ya, pero es que si a hacemos 1000, le tenemos que pagar 5000.

Muy cara nos está saliendo la cámara.

-Si hacemos 1000 retratos, tendremos una fortuna

y no nos importará pagar tanto. -Eso es lo que hace falta,

que hagamos muchos.

-Ya sé cuál va a ser la primera que hagamos.

Vamos a retratar las galletas con las que ganamos el concurso.

-Eso no es noticia de enjundia, eso es un concurso de vecinas.

-Pero las galletas quedaron que da gloria verlas.

Merecen un retrato sí o sí.

-Bueno, está bien, haré una instantánea,

aunque sea solamente por no discutir.

-Ahora podríamos ir a la parroquia a retratar a los pobres del Hoyo,

la gente tiene que saber lo que allí pasa.

-Pero en el periódico llevan días publicando noticias y fotos

sobre esos "desgraciaos", de eso está "to" el mundo "enterao" ya.

-Pues podemos esperar a que un pobre muera de las fiebres

y le hacemos un retrato.

-Por Dios, Flora, no me sea usted morbosa.

La gente quiere noticias novedosas,

agradables.

Además, las fotos de los muertos ya no están de moda.

-Ya está, vamos a los Jardines del Príncipe

y retratamos a los enamorados contemplando la puesta de sol.

-Desde luego, usted o se pasa o se queda muy corta.

Eso a nadie le importa.

-Pero es romántico, y a la gente le encanta las cosas románticas.

-Ya, pero ¿a quién le importa una parejita paseando de la mano?

Eso se ve todos los días.

-Pero es bonito. -Bueno, sería bonito

si fuera el presidente del gobierno y el ministro de gobernación

los que fueran de la mano paseando, mira, eso sí que nos lo comprarían.

(Golpes)

¡A escape, venga,

hágale una foto, que lo mismo se matan!

-¿Para separarles? -No, para sacar una instantánea.

-Pero tire ya la foto, que lo mismo se reconcilian.

-Si es que no paran quietos un segundo.

Ey, ey. -¿Se puede saber qué están haciendo?

-Intentando ganar unas pesetas,

pero con su intromisión se ha ido todo al traste.

-Ya indagaré yo con en eso de hacer fotografías en la calle.

Voy a separar a esos dos antes de que ocurra una desgracia.

-¿Y no puede dejarles? -No, tengo que velar

por el orden público. ¡Oigan!

-Para una fotografía buena que teníamos,

llega el tuercebotas del Cesáreo

y lo manda todo al traste, si es que es peor que la peste.

-Ya teníamos un par de duros. -Sí, pues se han ido volando.

Esto va a ser "complicao", ¿eh?

-No desfallezca tan pronto,

seguro que nos sale otra oportunidad mejor. Solo tenemos que buscarla.

¿Le hace ya la foto a las galletas?

-Qué remedio.

Tómesela toda, que le irá bien.

¿Y Lucía? ¿No estaba a punto de llegar?

Sí, ya debería estar aquí.

¿Y no le dijo qué era lo que tenía que hacer?

No, solo que tenía unas gestiones pendientes.

Confío en que se habrá entretenido con alguna galería de arte.

No creo, no en este momento.

Buenas tardes.

Me van a tener que disculpar por haber llegado tan tarde,

pero tenía algo de mucha enjundia entre manos.

No tiene que disculparse,

usted nos dedica el tiempo que puede.

Yo estaba un poco inquieta por ti, no sueles demorarte tanto.

Es por una buena razón.

He conseguido que las obras del albergue se lleven a cabo,

y espero que pronto podamos trasladar allí a los enfermos.

¿Acaso ha oído? Maravilloso.

¿Cómo ha conseguido semejante hazaña?

He dispuesto una parte de mi asignación para pagar las obras.

Pero eso no es posible, no puedes disponer de tu herencia

hasta que no cumplas 23 años.

Bueno, simplemente he pedido un adelanto.

¿Quién es tan generoso de dar esa suma?

Un banco. No es muy difícil que le den dinero

a una cuando saben que va a heredar la fortuna de los marqueses.

Sus buenos intereses se van a llevar.

Es usted increíble.

Es un gesto muy generoso el que estás teniendo.

Bueno, solo se trata de dinero.

No existen adjetivos para calificar su bondad.

La verdad es que me hace muy feliz que la herencia que me dejaron

sea de utilidad.

Esta gente se lo va a agradecer siempre.

El único agradecimiento que busco es que se curen.

¿Y no deberíamos empezar a trabajar ya?

-Carmen,... ¿cómo sigue Raúl?

-Le ha bajado un poco la fiebre

y han cesado las pesadillas. Está tranquilo.

-Bien, entonces siéntese y procure descansar,

que enseguida le traigo una tisana con un chorrito de cazalla,

que le va a dejar el cuerpo como nuevo, ya verá.

-Que se pusiera bueno mi hijo,

eso sí que me iba a apañar,

pero no lo veo fácil, Fabiana.

Si pudiera cambiarme por él.

Total,

a mí poco me queda ya por hacer en este mundo.

-Venga, mujer, y no se me derrote,

que usted tiene todavía mucho que guerrear.

-Es que me siento muy culpable por todo lo que le está pasando

a mi hijo, Fabiana. -Pero bueno, ¿qué culpa

va a tener usted de la desgracia que le ha "pasao"

a Raúl?

-Me ha dado por pensar... que el cielo me ha castigado

por ceder a las pretensiones de mi marido.

-Déjese de enormidades, que usted hizo todo lo que pudo

"pa" que no pasara "na" más.

-Nunca debí aceptar su plan para asaltar la casa de mi señor.

-Las cosas, cuando vienen "torcías", difícil son

que se vuelvan a enderezar.

-Para mí que hay una justicia humana

y otra divina.

Si la primera te perdona, te castigará la segunda,

y a mí me ha castigado con mi hijo.

-Ay, ay, Dios mío,

pero ¿cómo la va a castigar Dios a usted, Carmen?

Pero si usted es más buena que un querubín.

-Pero débil.

No tuve redaños para enfrentarme a Javier.

-Está muy claro que usted no tuvo más salida que decirle amén

a ese malnacido. -Si hubiese tenido...

una oportunidad, por pequeña que hubiese sido,

y le hubiese mandado a freír espárragos.

-¿Ve como usted no es mala?

-Sí, pero no lo hice.

Si pierdo a mi hijo, no me lo voy a perdonar nunca.

(Pasos)

A las buenas tardes.

Vengo a ver a Carmen.

¿Cómo sigue tu hijo?

Voy a ver cómo se encuentra Raúl, les dejo solos.

-Ahora duerme, pero la infección sigue su curso.

¿Se ha pensado ya qué va a ser de nosotros?

He pensado mucho en lo sucedido...

y la verdad es que no lo tengo nada claro.

Entonces, ¿qué va a pasar?

¿Nos tendremos que ir?

Aunque estoy lleno de dudas,... he decidido no despedirte.

Siempre te has comportado con lealtad conmigo

y me parecería muy injusto no corresponderte con la misma moneda.

Perdón.

Yo siempre he tratado de servirle lo mejor posible.

Y me consta que así ha sido.

Por ese motivo no puedo ponerte en la calle,

especialmente ahora que tienes a tu hijo malherido.

(LLORANDO) Le juro que no se va a arrepentir.

Supongo que una madre sería capaz de cualquier cosa por su hijo,

y eso te honra.

Yo también habría hecho cualquier cosa por mis hijos,

si me hubiesen permitido ser padre.

Gracias.

-¿Todavía no ha salido tu madre de su alcoba?

-Sigue encerrada.

Según dice, tiene un dolor de cabeza de proporciones bíblicas.

-Pues tal vez sea una epidemia, porque ya son dos las afectadas.

-No comprendo.

-Que mi tía me ha dicho lo mismo, Leonor.

He ido a visitarla a su casa y me ha asegurado que no podía recibirme

por causa de una jaqueca.

Ni siquiera ha ido a trabajar a la sastrería.

-Sería la primera vez que doña Susana no abre la sastrería

en un día que no es festivo.

-Algo de mucha enjundia les pasa a estas dos.

-No han asistido a la homilía. -Y ayer por la noche, tu madre,

cuando llegó a casa, se fue directamente a la cama sin cenar.

Ella, que se salta antes un río que una comida.

-Y hoy no ha salido de aquí en todo el día.

-Y todo el mundo habla de un dibujo que apareció colgado

en la sastrería.

-Liberto, creo que tenemos que hablar con mi madre.

Nos debe una explicación. -No serviría de nada,

llevo semanas intentándolo y solo he conseguido evasivas.

-Pero algo tendremos que hacer. -Yo estoy harto.

He decidido no volver a hablar ni con mi tía ni con mi esposa.

-No puedes dejar que corra así.

Imagínate que están en un lío. -Por supuesto que puedo,

estoy hasta las pestañas ya de que me mientan.

-¿Y qué piensas hacer? ¿Rendirte, tú?

-Leonor, les he brindado mi apoyo hasta la saciedad,

he ido tras ellas y no he obtenido respuesta, qué quieres que haga?

-Ya, te entiendo. Mi madre, cuando quiere, es insufrible.

-Mi paciencia se ha agotado ya, si quieren sincerarse conmigo,

ya saben dónde estoy.

En ese momento, les brindaré todo mi apoyo.

-Yo solo espero que, sea lo que sea lo que tengan, se les pase rápido

y entren en razón las dos.

-Me temo que eso es mucho pedir.

Me voy a la sociedad gimnástica a hacer un poco de ejercicio.

(Toses)

Ese cura ha llenado el barrio de chusma.

Señor Alday,...

venga un momento.

¿Qué le trae por aquí? No teníamos concretada

ninguna reunión. Traigo malas noticias.

¿Qué sucede?

Se trata de Lucía.

¿Le ha ocurrido algo? No. A ella no.

A su dinero.

Desembuche, ¿qué es lo que está pasando?

Uno de los banqueros donde tiene su dinero

me ha dado un soplo. Lucía ha dispuesto

de una importante suma.

Pero ¿qué patraña es esa?

Lucía no puede tocar ni un real hasta que no cumpla los 23.

Pero puede pedir un préstamo a cuenta del dinero

que recibirá entonces.

¿Qué necesidad tiene de hacer eso?

Los intereses a pagar serían cuantiosos.

Eso parece importarle menos que dar dinero al cura.

¿Le ha dado dinero al padre Telmo? Sí.

Para sufragar las obras de acondicionamiento

del albergue para pobres del Hoyo.

Se alarma usted en exceso,

es una mala noticia, pero tampoco nada preocupante.

La fortuna que recibirá Lucía es enorme.

No he terminado.

El préstamo no es solo para el albergue,

ha pedido también para pagar la reconstrucción

de todas las viviendas del Hoyo.

¿Lo entiende?

Ha pedido una cantidad descomunal.

Cuando tenga que devolver ese préstamo,

su fortuna quedará muy mermada.

Debemos analizar la situación fríamente.

Espero, por su bien,

que no esté perdiendo el control

sobre esa niña.

-Es que cada vez nos pedirán más y más, es el cuento de nunca acabar.

-Madre, madre. -¡No, no me haga daño!

-Madre, tranquilícese que soy yo,

soy Leonor. -Ay, hija, vaya susto me has pegado.

Ni que fueras una ratera acechando.

-Es que estaba usted hablando sola, ¿está bien?

-Claro, estoy perfectamente, ¿por qué iba a estar mal?

-Porque no ha salido de casa en todos estos días

y ahora la encuentro hablando sola en plena noche.

No permitiré que Lucía tome decisiones que pongan en riesgo

los intereses de nuestra sociedad. ¿Y cómo piensa evitarlo?

Empleando la fuerza contra ella si fuera necesario.

Si usted no consigue controlar a esa muchacha, lo haré yo.

A mí no me va a temblar el pulso.

-Estoy... haciendo inventario de las mejores telas que tengo.

-¿Inventario para qué? -Voy a venderlas.

-Pero ¿cómo vas a vender las telas?

Las necesitas para tus trajes, para confeccionarlos.

-Ya veré cómo me las apaño, no aguanto con tanta tensión.

Venderé las telas y lo que haga falta para pagar a los Escalona.

-A ver, Susana, escúchame.

-Mira, ¿sabes lo que voy a hacer también?

Vender la sastrería. -¿Qué?

-¿Ha pasado algo en mi ausencia? -Está esto como muy aburrido,

pero yo creo que vamos a tener suerte, lo presiento.

"Úrsula, yo no sé si vamos" a tener medicinas para todos.

Doña Celia ha ido a buscar más a la casa de la caridad.

¿De verdad? Sí.

Y ha dicho que si no le dan suficientes, ella misma

irá a la botica y comprará más a su cargo

Dios bendiga a mi prima.

Se nota que las dos son de la misma familia.

Tienen ambas un alma caritativa

y bondadosa.

Cualquiera haría lo mismo por nosotras.

No se confunda, no todo el mundo lo haría.

"¿Qué te pasa?".

-Nada. ¿Qué me "tie" que pasar?

-Venga, que nos conocemos, algo te pasa.

-No sé. Dímelo tú.

-¿Yo?

-¿No hay "na" que me quieras decir?

-Sí, sí, te quiero decir que...

-¿Sí?

-Siéntese y estese atenta, a ver si va a pasar algo de verdad

y estamos distraídos haciendo retratos a "tontás".

Ay. Ojalá volvieran los mozos de ayer, y su pelea.

-Eso no pasará. Más vale que se nos ocurra algo

antes de que muramos del aburrimiento.

-¿Que se nos ocurra algo?

-¿Qué?

-Calle, calle, que...

creo que se me está ocurriendo algo.

-"Estoy muy preocupado por ti".

-¿Por mí, por qué?

-No duermes, apenas comes, tienes mala cara, vas a enfermar.

-Estoy bien.

-Estás extremadamente cansada.

-Amor, esa gente me necesita.

-Te necesitan sana y salva.

Los pobres no están acostumbrados a pagar créditos,

no son gente en la que se pueda confiar.

No van a pagar, Lucía. Podrías perder mucho dinero.

Confío en las personas y sé que pagarán.

Yo no tengo prejuicios.

Bueno, y si no es así y finalmente me equivoco y no pagan,

es que me dará igual porque a mí el dinero no me importa,

no me importa nada.

Haré lo que mi corazón me dicte, ahora y siempre.

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  • Capítulo 893

Acacias 38 - Capítulo 893

20 nov 2018

Samuel propone a Lucía marcharse de Acacias a por un retablo, pero ella lo rechaza. Los Escalona ponen un plazo a Susana y Rosina para entregar el dinero. Raúl empeora: su herida se ha infectado. Samuel perdona a Carmen lo ocurrido en el robo. Servando y Flora consiguen una cámara y surgen las primeras discrepancias. Felipe intenta que Celia y Lucía dejen de trabajar en la casa parroquial para evitar que enfermen. Lucía pide un préstamo para sufragar las obras de acondicionamiento del albergue y Jimeno Batán informa a Samuel de lo que la joven ha hecho.

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