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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 885 - ver ahora
Transcripción completa

Golpéeme tantas veces que quiera,

yo seguiré poniendo la otra mejilla.

Es un cobarde afeminado.

Como usted diga,

pero creo que golpearme es lo mejor que puede hacer.

Golpearme hasta la muerte.

Porque solo si me mata,

conseguirá usted apartarme de Lucía.

-Esos hoteluchos no están a la altura de un hombre de mi categoría.

-Javier, pues yo no tengo más dinero.

-Ese no es mi problema,

encuéntralo. Necesito 200 pesetas.

-¿Doscientas pesetas? -Y tienes hasta mañana.

Terminé golpeándole, Lucía. Yo no quería.

Bien sabe Dios que yo no soy así,

pero me provocó para sacarme de mis casillas.

Pero ¿qué le dijo?

No, no quiero hablar de ello,...

pero le diré una cosa,

no pienso permitir que nadie le haga daño ni hable mal de usted.

No tendrás adónde ir, no tendrás a nadie que te ayude,

solo a mí.

Porque cuando ya no tengas apoyos,

allí estaré yo para recogerte. -"Don Venancio me lo ha contado".

Que ha faltado a las últimas clases. -(RESPIRA ALIVIADA)

Es verdad.

-Rosina, te encantaban esas clases. ¿Por qué no has ido?

-Nos encomendó una tarea a Susana y a mí y, yo no sabía hacerla

y no quería ir sin haberla hecho. "Es un Pereda y Salgado".

Estaba usted en lo cierto. ¿Cómo has podido saberlo?

Qué buena intuición tienes, Lucía. Sin duda, esto es lo tuyo.

Y me temo que esto significa que tampoco vas a venir a cenar.

¿Puede usted encargarse de Alicia?

-"¿Importación de productos?". -De las colonias, hijo,

materias primas que aquí no hay.

Se cotizan al alza y se llegan a ganar auténticos dinerales.

Pronto dejarás de cargar cajas arriba y abajo en el mercado,

que da pena verte con esos harapos.

Aléjese de Lucía Alvarado

o me va a obligar a emplear otros métodos,

métodos que no tienen vuelta atrás.

Y me va a dar igual que sea usted el sacerdote de Acacias

o el mismísimo papa de Roma, no me va a temblar el pulso.

Veo que ha comprendido mis palabras

y entiende todo lo que tiene que perder

si se interpone en mi camino.

¿De verdad cree que va a librarse de mí con una simple amenaza?

Siempre he creído que los hombres se dividen en dos clases,

los que tienen miedo a la muerte

y los que no.

El primer grupo es mucho más numeroso.

Hasta hombres de los que nadie dudaría de su coraje

tiemblan como niños cuando se acerca el momento,

pero yo no.

Nunca la he temido.

¿Y usted, don Samuel? Dígame,...

¿a qué grupo pertenece?

Si supiera que va a morir, ¿sentiría miedo?

¿Ahora es usted el que me amenaza?

Lo sospechaba, esa es la diferencia entre nosotros.

Sus amenazas no me asustan,

no temo a la muerte,

en cambio, usted sí.

Por lo demás, no somos tan distintos.

Quizá usted cuente con más contactos, y sea capaz

de elucubrar mil maneras de hacerme daño,...

pero yo también podría sorprenderle.

Soy capaz de hacer cosas

que no atisba a imaginar.

Aunque sea un sacerdote,...

estoy dispuesto a todo.

(Sintonía de "Acacias 38")

-(RESPIRA ALIVIADA)

Por fin se ha ido.

(GRITAN)

Ay, Agustina, casi me matas del sobresalto.

-¿Y usted me acusa de eso, señora?

Si a poco no se me escapa el corazón por la boca.

-Pero ¿qué haces aún aquí,

a estas horas? -Me había quedado dormida

con la faena.

¿Y usted qué hace moviéndose como un ladrón en su propio negocio?

¿No estaba atendiendo al viejo párroco?

-Que yo sepa, no tengo por qué darte explicaciones de lo que haga

o deje de hacer. -No se moleste, señora,

una no quiere meterse donde no le llaman,

pero salta a la vista que...

que algo raro ha sucedido.

O no aparece por la sastrería o viene bien entrada la noche.

-Qué pesada eres.

Ya sabes que el párroco necesita de mi auxilio cuando está pachucho.

-Tal preocupación le honra,

pero haga caso a Agustina:

por atender otra casa no descuide la suya.

Una no sabe qué más excusas darle

a su profesor de dibujo. No deja de venir a la sastrería

preguntando por usted.

¿Por qué la señora no le atiende

de una santa vez?

-Agustina, nadie te ha dado vela en este entierro.

-Yo solo quiero ayudarla. Ese hombre...

tiene mucho interés en verla,

¿y si desea cortejarla?

-Agustina, por favor, no digas sandeces.

Deja de incomodarme y de meterte donde no te llaman.

Y más te vale no ir contando nada a nadie.

Ya te lo advertí el primer día, mi condición para emplearte

es que fueras discreta.

Lo que pasa entre estas cuatro paredes

no es de la incumbencia de nadie.

-Descuide, señora, que así será. -Eso espero.

Y ahora pongámonos a la faena, que tenemos muchos encargos retrasados.

-¿A estas horas?

-No haberte quedado dormida en el taller,

además, seguro que después del sueño estás descansada.

-"Javier, pues yo no tengo más dinero".

-Ese no es mi problema, encuéntralo.

Necesito 200 pesetas.

-¿Doscientas pesetas? -Y tienes hasta mañana,

y ya sabes lo que te va a pasar si no pagas.

-Arrea, qué fortuna, "señá" Carmen, está usted hecha una "potentá".

-No te creas, Casilda, es mucho menos de lo que preciso.

Casilda.

¿Tú no estarías interesada en comprarme estos pendientes?

Son buenos.

-Ah.

La verdad es que no dudo que sean buenos, no,

pero una no tiene monís "pa" caprichos.

-Te los dejaría a buen precio.

Tú dame lo que puedas y santas pascuas.

-Es que lo que le puedo dar es "na".

"Amás", que tampoco me gustan tanto como "pa" andarme con dispendios.

Pero ¿sabe una cosa? Por lo que sí me apretaría yo

el cinturón es por ese chal tan bonito que "tie" usted "guardao".

-No, Casilda.

Ya me deshice de él en una ocasión

y lo recuperó mi hijo por mí.

Me daría mucha pena volver a perderlo.

Lo siento. -No, descuide, lo entiendo,

aunque yo tampoco me sentiría cómoda llevándolo sabiendo el valor

que tiene "pa" usted.

"Señá" Carmen, ¿qué le sucede? La noto "preocupá"

por culpa del monís. ¿Es que "tie" alguna emergencia?

Mire que podemos hablar

con la "señá" Fabiana, ella le puede hacer un préstamo

del bote común que tenemos ahí.

-No, no será necesario,

y te agradecería que no le contaras nada,

porque ella se preocupa mucho por mí y no quisiera darle más quebraderos

de cabeza.

-Bueno, como usted quiera.

Yo me marcho a la faena.

-¿Madre? ¿La he asustado?

¿Qué hacía? -Nada, hijo, nada.

-Últimamente está usted muy nerviosa.

Ya sé lo que le pasa.

-¿Lo sabes?

-Sí. Está alterada por la repentina vuelta de mi padre.

Comprendo que le cueste asimilar su regreso, pero pierda cuidado,

no tiene nada que temer. Mi padre es un buen hombre,

ya lo ve,

hasta le han rebajado la condena. -¿Un buen hombre?

Tu padre es un vividor que siempre se ha aprovechado de los suyos.

-Ahora ha cambiado, madre.

Ya verá como todo ahora es diferente.

Ayer estuve toda la tarde con él...

y me contó que tiene intenciones de hacer un nuevo negocio

y sacar dinero limpio.

-Espero que así sea, hijo.

-Téngalo claro.

Me marcho, no quiero llegar tarde al trabajo.

Tenga buen día.

-Aquí tiene, doña Trini, su segunda taza de chocolate.

Se ve que se ha levantado con apetito.

-O que estoy cogiendo fuerza, Flora, que va a ser un día muy importante.

Esta tarde voy a ganar el concurso de postres.

-En tal caso, debería tomarse otra taza,

pero para ir aliviando el disgusto.

Ese premio ya tiene dueño, Lolita y una servidora.

-Eso estará por verse,

que me da a mí que no soy yo la que va a llorar,

por muchos milagros que le pidas al Altísimo.

-Yo no preciso de ayuda divina para ganarlo.

Además, creo que Nuestro Señor

ya anda muy ocupado cuidando a sus representantes en la tierra.

¿Ha reparado usted en el porrazo que se ha pegado don Telmo?

-Bueno, como para no verlo, que tiene el pómulo y amoratado,

que está hecho un Cristo, el pobre, con perdón.

-Se cayó al bajar del púlpito.

Pues sí que le ha protegido Dios.

-Me da a mí que esas marcas tienen más que ver con el hombre.

Que se rumorea que don Samuel Alday y el padre Telmo discutieron.

Vamos, hay hasta un vecino que asegura que los vio discutir

y que Alday le dio un mandoble al sacerdote.

-Pero eso es imposible, los curas no mienten.

-Uy, Flora. El cura te puede asegurar

que se cayó al bajar del púlpito, pero me parece a mí

que la que se ha caído del guindo eres tú.

Flora, hija,

los curas son de carne y hueso, como todo hijo de vecino.

-Entonces,

¿usted cree que Samuel le ha pegado?

-El Alday, con la cara de bueno que tiene,

ese es capaz de meterse hasta con Jesucristo.

Y entre don Samuel Alday y don Telmo hay mucha tirantez.

-La verdad es que aquí, en la chocolatería,

he escuchado comentarios de las señoras extrañadas

de por qué Lucía ya no es tan devota.

Ya ni siquiera pisa la iglesia. -Ah, ¿lo ves?

Te lo digo yo, ahí hay algo raro.

-Raro será que el sereno no sepa nada.

Cesáreo,... ¿puede venir un segundo?

-¿Sucede algo?

-Eso nos preguntamos.

Se rumorea que Samuel ha agredido a nuestro párroco, ¿sabe usted algo?

-No. No, no.

Con Dios.

-Con Dios.

Le agradezco su visita, Alicia.

Tan solo venía a interesarme por usted y a comentarle lo bien

que me lo pasé en el paseo. Me alegra escucharlo,

y lamento no haber podido acompañarla.

Descuide, ya sé que está ocupada.

Y una ya está acostumbrada a estar sola.

Si lo desea, hoy puedo acompañarla.

Algo me dice

que será difícil sacar a Lucía del estudio.

Samuel me conoce bien

y sabe que debo seguir trabajando en el lienzo.

En ese caso, acepto su oferta, Samuel,

será un placer que me acompañe.

Veo que está avanzando en su trabajo.

No se imagina usted hasta qué punto.

Perdón por interrumpir.

Usted nunca interrumpe, querida, siempre es bienvenida.

Quería darle los buenos días a Lucía,

se ha marchado tan deprisa esta mañana,

que ni siquiera he podido verla.

Dé gracias que interrumpí mi trabajo por ir a dormir.

Ahora iba a contarle a Alicia el descubrimiento que hicimos.

No te detengas por mí, aún estoy asombrada.

Bueno,

sospechaba que el marco podría estar ocultándonos la firma

de su verdadero autor, pero por el estilo de pintura,

ya sospechaba de quién podía ser. Y no se equivocaba.

Así es,

la pintura es obra de Antonio de Pereda y Salgado.

-¿Perdón?

Sí, el pintor famoso, el representante de nuestro barroco.

Claro que sí, no,... no lo había escuchado bien.

Así que es un Salgado.

-Se le conoce como Pereda.

-Señora, preguntan por usted.

-Te dije que no estaba para nadie.

-¿Tampoco para mí? -Rosina, pasa para dentro.

Agustina, déjanos solas. -Descuide, señora.

¿Podría aprovechar

para pasar un rato a terminar el postre para el concurso?

Fabiana me está aguardando. -Haz lo que te venga en gana,

pero no me molestes más, hale.

-Perdón.

-¿Te has atrevido a cruzar? ¿No temías que don Venancio te abordara?

-Más que la parca.

Llevo dos días pegada a la ventana y, ese hombre parecía haberse mudado

a vivir a La Deliciosa, a todas horas allí.

-¿Entonces? -Hoy no ha acudido

y he aprovechado para venir a verte.

-¿Don Venancio ya no viene al barrio?

-Sí, por fin.

¿No te alegra? -No, al contrario, su ausencia

todavía me inquieta más. ¿Y si lo han cogido preso?

-Ay, no digas eso ni en broma, siendo así,

no tardarían en cargarnos el muerto, nunca mejor dicho.

-Yo no puedo más, Rosina, no puedo más.

Estos días no he podido ni acudir a misa.

-Si acabamos en prisión, tendrás tiempo para rezar.

-Yo tengo que confesar mis pecados sin tardanza,

al menos salvar mi alma. -A tu alma déjala tranquila,

Susana, quedamos en no contar ni una palabra de lo sucedido a nadie,

y ese nadie incluye al párroco. -Pero he de expiar mis culpas.

-Susana, si quieres, vamos juntas a la iglesia a rezar

todo el santo día, pero nada de hablar con don Telmo.

Así se lo digo, padre, le agradecería sobremanera

que hablase con Trini sobre las peculiares costumbres de Cabrahígo.

¿Ha vuelto a tener alguna petición extraña?

No, pero no ha de faltar mucho, el embarazo es muy largo.

Si usted le dijera que esas creencias

no son más que supersticiones que no son compatibles

con la actitud de una buena cristiana...

Pero don Ramón, no puedo decirle tal cosa,

la iglesia no comparte tales costumbres, pero las respeta,

siempre y cuando no vayan contra la fe verdadera

o no hagan daño a nadie.

¿Y el marido que vive aterrorizado con esas creencias no cuenta?

Me temo que no, la de Cabrahígo es la cultura de Trini,

y ni su esposo ni su pastor pueden despreciarla.

Sus creencias populares no son incompatibles

con sus creencias religiosas. ¿Y tengo yo que cumplir

con esas tradiciones?

Eso depende de las ganas que tenga de complacerla.

O del miedo que le inspire.

Mucho de lo primero,

pero le confieso que bastante más de lo segundo.

Lamento no serle de más ayuda. No, descuide,

si me ha servido de desahogo. Al menos la tengo entretenida

con el concurso de postres. ¿Es esta tarde?

Eso espero, porque estoy engordando con tantos dulces

que me hace probar, cada día hay una receta nueva.

Esperemos que su sacrificio no sea inútil y se lleve el premio.

Dios le oiga.

Y cuídese ese golpe.

-Padre, ¿tiene un momento?

Por supuesto, Cesáreo, ¿qué le ocurre?

Ya ha pasado,

y temo que solo sea el principio.

Descuide, no volveré a tropezar en el mismo escalón.

No estoy muy seguro de eso, pero debería evitarlo,

manténgase al margen de ciertas cuitas.

Cada uno tiene su sitio, yo ya sé cuál es el mío

y me apenaría que usted no supiera

cuál es su lugar. Como ha visto,

puede acabar mal. Le agradezco su preocupación,

y sé que es sincera.

No lo dude, temo por usted, padre. No debe preocuparse,

sabré apañármelas y, aunque lleve sotana, no soy tan blando.

Tampoco lo es su enemigo.

Lo tendré en cuenta. Y ahora, le dejo,

que tengo una importante cita a la que no debo llegar tarde.

Aquí me tienes, Carmen, ¿qué querías decirme?

Disculpe que le moleste, señor, créame que no es plato de buen gusto

tener que pedirle esto.

Yo estoy muy satisfecha a su servicio y por nada del mundo

me gustaría importunarle.

Empiezas a hacerlo con tantos rodeos. Ve al grano, Carmen.

Señor,...

¿usted podría concederme un adelanto de mi jornal?

¿Cuánto necesitas?

Doscientas pesetas. No es poco.

Lo sé, señor, lo sé, pero se lo iré devolviendo con mi sueldo.

No dudo de que lo hicieras, Carmen,

pero ahora mismo no dispongo de ese dinero,

tengo ciertos problemas de liquidez, lo lamento mucho.

Siempre has tenido un comportamiento ejemplar

en esta casa

y me gustaría poder complacerte y darte ese dinero, pero apenas

puedo adelantarte unos pocos jornales.

Se lo agradezco, señor.

¿Por qué necesitas tanto dinero?

Tienes un techo y alimentos, ¿acaso ha sucedido algo con tu hijo?

Así es,

pero descuide, bastará con lo que el señor tenga a bien darme.

Toma, entonces, estas 25 pesetas.

Agradecida, señor.

Necesito 10 veces esto.

Carmen, ¿puedes limpiarme estos pinceles?

Carmen, ¿estás bien?

Sí, no se inquiete, señorita,

traiga esos pinceles, que ahora se los llevo.

-Veo que Lolita ha puesto solo dos servicios.

-Así es, hoy nuevamente Lucía no nos acompañará a comer.

No hay quien la separe del taller de restauración.

-Samuel ha sido muy astuto.

-¿A qué te refieres? -¿No te das cuenta?

Ha sabido traerse a Lucía hasta su casa con ese taller.

-No creo que haya actuado de una forma tan premeditada.

-Eres tan ingenua como tu prima.

En fin, hablando de Samuel,

esta tarde es cuando ha citado a todos los vecinos en su casa,

¿sabes qué se trae entre manos?

-No, sigue sin soltar prenda, pero sea lo que sea,

me da que tiene que ver con mi prima Lucía.

-Yo también lo creo así.

-Aquí tienen el primer plato. -¿De qué se trata?

Estoy hambriento. -Pues se trata de una delicia

que he "inventao" yo misma. Les va a encantar.

Lo he "llamao" "Fantasía de la huerta".

-Hace falta mucha fantasía para que esto resulte apetitoso.

-Pero, Lolita, es una vulgar ensalada,

un poco de lechuga y tomate, no creo que te haya llevado mucho tiempo

preparar tal delicia. -Doña Celia,

en la sencillez está la virtud,

ni en los mejores restaurantes de la ciudad probarían algo semejante.

-De eso estoy seguro,

me sirven algo así y se lo pongo de sombrero al camarero.

-Lolita, déjate de disimulos,

que apenas has trabajado esta semana,

te la has pasado en la chocolatería creando la receta para el concurso.

-Mi esposa ha dado en el clavo.

-Tiene más razón que un santo. Estos dos últimos días

no he "faenao" como acostumbro, pero "pa" Flora es muy importante

ganar ese concurso.

Intenta hacer borrón y cuenta nueva con lo del del Peña

y ha puesto "to" su empeño en el concurso.

-Comprendo. -"Pa" mí...

que ella quiere demostrarse a sí misma que es tan buena repostera

como él,

y que ni La Deliciosa ni ella le necesitan "pa" "na".

-La marcha de Peña fue muy repentina,

tiene que estar pasándolo muy mal.

-¿Y cuándo es el concurso?

-Esta misma tarde. De hecho, quería pedirles permiso,

"pa" terminar de preparar el postre.

-De acuerdo. Cuando nos sirvas el segundo, te puedes marchar.

Espero que te hayas esmerado más. -Claro, don Felipe.

Se van a chupar los dedos.

He "preparao"...

sorpresa de salmón.

-¿Más ensalada?

-Pero con un poquito de salmón.

-Será mejor que luego haga unos huevos fritos.

-No me extraña que Lucía no se vea tentada de venir a comer a casa.

-Hablando de Lucía,

creo que nos está engañando con esa nueva amiga, Alicia.

-¿Por qué lo dices?

-Yo creo que no es una experta en restauración,

y mucho menos en pintura.

Antes pude apreciar

que no tenía ni idea de quién era Antonio de Pereda y Salgado.

-Tal desconocimiento no es propio de una amante del arte.

-Eso digo yo.

-Pero ¿quién es ella? ¿Y por qué tiene tanta cercanía con tu prima?

-Sobre todo, ¿por qué Lucía quiere engañarnos?

-Descuida, me encargaré personalmente de averiguar

toda la verdad sobre esa mujer.

-¿Sabes, querida? Mi alma está reconfortada

ahora que he escuchado la palabra de Dios.

-No me preocupa tanto lo que hayas oído, sino lo que hayas dicho.

Creí que quedaba claro que no podías confesarte con el padre Telmo.

-Descuida, no sabe lo que hicimos. No debes temer nada.

-Llevo días que no hago otra cosa, temerlo todo.

¿Cuándo terminará este calvario?

-Me temo que acaba de comenzar. Corre, ocultémonos.

-Pero ¿qué sucede? -He visto a don Venancio,

ha vuelto a por nosotras. -¿Era él?

-Segurísima.

Debemos poner pies en polvorosa. -¿Dónde lo has visto?

-Ahí mismo.

-Ese no es don Venancio, creo yo.

-Sí que es, y está hablando con tu yerno.

-Me temo que tienes razón. -¿Qué le estará contando ahora?

-Ahora mismo lo voy a averiguar.

-No, calla, detente. -Que no, que estoy harta, Susana,

es momento de coger al toro por los cuernos.

-A mí siempre me ha gustado verlos desde la barrera.

Vámonos, Rosina, que nos causas la ruina.

-¿Qué sucede?

-Perdón, nos hemos equivocado de persona.

-¿Y con quién creían que hablaba? Que venían hechas unos basiliscos.

-No, con nadie, siga hablando con su amigo. Adiós.

Vamos, Susana. Adiós.

-Vaya cara de "avinagraos" que tienen los del "jurao". Dan miedo.

-Aguarda que prueben nuestro postre, seguro que les endulza el carácter.

-"Pos" falta les hace.

Ay, estoy muy nerviosa. ¿Habremos "acertao" con la receta?

A mí me gustaba más el Napoleón,

que llevaba higos y chantilly. -Calla,

que llevaba demasiados higos y chantilly, pero nada de membrillo.

Yo soy Flora, soy la dueña de La Deliciosa.

-Se van a chupar los dedos. -El premio es todo nuestro,

Agustina. Vamos.

-Esto está a punto de empezar, ¿eh?

-"Alea jacta est", la suerte está echada.

-Sí, bueno, más que la suerte, lo que están "echaos" son los dulces.

No están doña Trini y la Casilda,

no han traído su postre.

-En casa están, liadas con la receta.

-Pues ya se pueden ir espabilando, a ver si las van a descalificar

por no aparecer a tiempo.

-Anda, que también ha sido mala pata que se nos quemara

la base de la tarta, ¿eh? -Señora, yo ya se lo dije

que olía a chamusquina. -¿No te ondula?

Pues haberlo dicho antes, no cuando parecía ceniza de un puro

de lo "chamuscao" que estaba. -Nada ganáis echándoos la culpa.

-Ramón, mejor que te calles, no vaya a ser que termines pagando el pato.

-Yo solo quiero que te tranquilices,

porque con esa actitud no vais a acabar el dulce,

y mucho menos a ganar. -¿Y eso que lo dices,

para que me tranquilice? -No quiero que te soliviantes.

Si no llegáis a tiempo, no es el fin del mundo, que es solo un concurso.

Venga, acompáñame a casa de Samuel. -Que no, Ramón, que no,

ya encontrarás motivo para excusarme.

Casilda y yo vamos a bajar a ese concurso y, no pensamos volver

hasta que tengamos el trofeo. -Pero ¿qué dice, señora?

¿Y si no ganamos qué, pasamos la noche a la fresca?

-Descuida, niña, que eso no va a pasar.

-Bueno, pues voy a ver cómo va esto.

-Quieta "pará" ahí, que se va a pasmar.

-Al menos ahora sí que huele que alimenta.

-Pues mejor sabrá.

Venga, date prisa, que el concurso debe estar a punto de empezar.

Ramón, ¿qué hora es? -Mejor ni te lo digo.

-Ay, Casilda, que no tenemos tiempo, corre.

Ay. -No, no, no, señora,

esto todavía no está listo. -Da igual, no nos da tiempo, sácalo.

-Esto va a acabar como el rosario de la aurora.

-Ay, Ramón.

-Ay, Rosina, ya no puedo casi ni con mi alma, estoy...

agotada.

-No eres la única,...

tantas noches sin dormir, soportando la tensión de saber

que don Venancio está tras nosotras...

-Y ahora que al parecer ya no nos busca, casi le temo más.

-Debemos intentar descansar y no ponernos en lo peor, Susana,

creo que estamos viendo fantasmas donde no los hay.

Por poco metemos la pata con Íñigo.

-¿Por poco, dices?

¿Crees que no se ha dado cuenta?

Y toda la culpa la tienes tú, te recuerdo.

-Perdí los nervios. Ya te he pedido perdón.

-No me van a servir tus disculpas cuando me vea frente al garrote.

-Ay, no digas eso ni en broma.

A ver, don Venancio quizá venga al barrio a interesarse por dos alumnas

que han desaparecido.

-Y han dejado un cadáver en su aula.

-Hija, ¿qué haces aquí?

Buscarlas. ¿Se puede saber qué les sucede?

-¿A nosotras? Nada.

-Simplemente estamos descansando después de haber acudido a clase.

-¿Así que al final se atrevió a dar la cara ante su profesor?

-Anda, pues claro, hija, me planté frente a don Venancio

y le dije que no me sentía preparada para sacar adelante la tarea,

pero que más adelante me enfrentaría el trabajo que nos encargó,

por supuesto.

-Pues antes... he estado hablando con Íñigo

y me ha dicho que las notó muy raras.

-¿Qué? Qué tontería.

-¿No sucede nada?

Está bien, en fin, ¿me acompañan?

-¿Adónde?

-¿No recuerdan que Samuel Alday nos ha convocado en su casa?

-Lo había olvidado por completo.

-Luego dicen que no están raras. Miren,

voy a buscar a Íñigo y las espero allí.

-Rosina, no podemos seguir así, esta culpa nos está matando.

-Pues no debería ser así, porque Alexis, murió porque era asmático,

nosotras no hicimos nada.

-Ese es el problema, no hicimos nada,

lo dejamos allí tirado, como una colilla.

Ni siquiera nos esperamos a que volviera el profesor.

Ay, no se me puede quitar de la cabeza su imagen, allí, muerto.

-Y desnudo.

-Deberíamos hablar con don Venancio, y explicárselo.

Decirle que tuvimos miedo,

saber de una vez por todas

a qué nos enfrentamos.

-Si es que no hay derecho a hacernos esperar tanto,

con estos olores tan apetitosos.

-Pero ¿no ves que todavía no han llegado

ni doña Trini ni Casilda? Pensaba que les tenías en mejor estima.

-Y así es, don Antoñito, pero cuando mi estómago

se enfrenta a mi corazón, siempre gana el primero.

-Parece que va a dar comienzo el concurso.

-Pero ¿y la Casildilla?

-Mejor, un competidor menos.

-Bueno, no se muestre tan satisfecha, doña Flora,

que aun así tienen todas las de perder.

Nosotras ganaremos el concurso.

-Fabiana, ¿no ha "escuchao" eso

de no vender la piel del oso antes de haberlo "cazao"?

-¿Qué decís del oso?

¿Es que acaso también había que preparar un plato de carne?

-Atención, sin más dilación

vamos a dar comienzo al concurso de postres patrocinado por...

-¡Por favor, deténganse!

Casilda, hija,

casi nos perdemos el concurso por tu culpa.

-¿Y qué hubiera "preferío", que trajéramos el postre a medio hacer?

-Tranquilícese, a ver si le va a pasar algo a mi hermano

con tanto nervio. -¡De los nervios me ponéis vosotros!

-Que no se ponga ahora a darle a la sinhueso,

que nos están esperando.

-En fin, creo que podemos

dar comienzo al concurso.

-Madre mía.

-Casilda, la nuestra, qué nervios.

¿Cómo estás? -Bien.

-¿Cómo irá el concurso?

Dejé a Trini muy nerviosa.

Pero ¿qué necesidad tendrá esta mujer

de meterse en tales embrollos en su estado?

-Ya conoce a su esposa, don Ramón, ella es así.

Es incapaz de quedarse quieta.

Y en cuanto a los nervios por el concurso, todas están igual.

-Cierto, Lolita casi no ha trabajado en toda la semana,

todo el día probando recetas con Flora.

-Y otro tanto para Flora,

se ha obsesionado tanto, que solo espero que gane.

-Yo también, o tendremos una auténtica tragedia griega

en la chocolatería. -(RÍEN)

-¿Seguro que estáis bien? Os sigo notando un tanto raras.

-Que no nos pasa nada, pesado. -Te lo hemos dicho 20 veces.

-Pues igual necesito que me lo digáis 40 para que os crea.

-Rosina, ¿no quieres? -No, no tengo apetito.

-Para que luego diga que no le pasa nada.

Queridos vecinos, les agradezco su presencia.

Díganos el motivo de la reunión, Samuel, todos tenemos curiosidad.

En un momento quedará saciada.

Como muchos sabrán, Lucía es una gran amante del arte.

-Así es, no nos descubre nada nuevo.

Lo que quizá para algunos sí resulte una novedad,

es que haya decidido volcar todo su conocimiento

en la restauración de obras de arte.

Por ese motivo

le cedí mi despacho a modo de taller

y unas pocas piezas que había adquirido

para ser restauradas.

Y no estaba equivocado acerca de su valía.

En tan solo unos días, Lucía ha conseguido dejarme boquiabierto.

Está restaurando un lienzo

que es una auténtica maravilla. Me halaga en exceso, Samuel.

No, Lucía, no digo más que la verdad.

Pensé que sería egoísta no compartirlo

con nuestros vecinos,

por ese motivo he decidido mostrar el trabajo de Lucía,

para que todos puedan admirarse de su esfuerzo.

Créanme que hasta hace un instante desconocía el motivo

de esta reunión.

Agradezco sinceramente las palabras de Samuel,

pero no va con mi carácter

ni exponerme ni presumir.

Lucía,

no debe negarse a que su obra sea admirada.

Debe darle al mundo la oportunidad de disfrutar de su trabajo.

Por ese motivo, pienso organizar una gran recepción

para exponer el trabajo de Lucía.

Por Lucía.

-(TODOS) Por Lucía.

Está bien, veo que no puedo negarme.

(RESOPLA ANGUSTIADA)

-Ya no parece estar tan segura de ganar, ¿eh, Fabiana?

-¿Cómo es posible que todas

hayamos hecho un postre con membrillo?

-¿Acaso lo duda, "señá" Agustina?

Porque aquí es imposible guardar un secreto.

-Bueno, tampoco hay mayor problema,

al jurado le encanta el membrillo, ¿no?

-Pues el nuestro está todo repleto. -Pues como el de todas, Fabiana,

que, al parecer, hemos "agotao" la cosecha de membrillo nosotras solas.

-Eh, calla, Lola, parece ser que va a hablar el juez.

-(CARRASPEA)

-Estimado público, concursantes, vamos a anunciar nuestro veredicto.

Antes de nada,

nos gustaría apuntar

que nos ha sorprendido la falta de originalidad propuesta.

Casi todos han optado por el membrillo,

dulce que, todo sea dicho,

no es de nuestro agrado.

-¡Ah! -Arrea.

-Y, aunque no fuese así,

nos hubiera gustado encontrar mayor variedad,

un postre moderno, atrevido, un dulce clásico,

con el sabor de antaño,

algo original,

diferente, con brillo.

-Atiza, quizá no oí bien a los jurados

y no quisieron decir un postre con membrillo,

sino un postre con brillo.

-Y la ganadora de la edición de este año es,

la señorita Perlado y el chantilly con higos.

-¿Higos?

(Aplausos)

-Yo le mato.

-Yo, si me disculpa, don Antoñito,

voy a ir yendo a la portería.

-No, quédate, ¿no vas a probar los postres?

-Quite, si es que ya me ha "pasao" hasta el hambre.

-Aguarde, Servando, que le vamos a dar entre "toas" a usted membrillo.

-Un sillazo se va a llevar. -Servando.

-Carmen.

¿Qué, no te alegras de verme?

¿Ese es el comportamiento que se debe esperar

de una esposa?

-Es el que te mereces.

-Con lo que yo te estimo. Carmen,

¿qué llevas en las bolsas? -Nada que te interese,

la basura de mi señor. -Sí, sí, ya he visto por la ventana

que tenía un convite. -Sí.

Se ha reunido con sus vecinos.

-Trae.

Trae, trae, trae, que seguro que les ha ofrecido exquisiteces.

¿Oh!

-¿Qué haces? ¿Te vas a comer su basura?

¿Tú, que te alojas en el hotel París?

-Sí. La basura de los ricos seguro que es mucho más sabrosa

que la comida de los pobres.

¿Y qué celebra tu señor?

-Nada que sea de tu incumbencia.

-Tienes razón, hay otras cuitas que me interesan mucho más.

¿Dónde está mi dinero?

-Aún no se ha cumplido el plazo, me quedan unas horas.

-¿Lo tienes o no?

¿Qué es esta miseria?

Te dije que necesitaba ¡200 pesetas!

-Javier, eso es todo lo que he podido reunir de momento.

He malvendido lo poco que tenía y hasta he pedido dinero.

-Pero ¿cómo puedes ser tan tonta como para no darte cuenta

de que te la estás jugando?

-Javier, por favor,

me pediste demasiado dinero, no sé de dónde sacarlo...

-¿Has visto lo que me obligas a hacer?

Vámonos a resolver esto fuera de miradas indiscretas.

-Te lo ruego, no me hagas daño, por favor.

Ya se han marchado los invitados.

Samuel, debo darle las gracias.

¿Por qué motivo?

Por permitir

que este cuadro vuelva a ser admirado.

Y por comprender mi pasión y ponerme en el camino adecuado

para satisfacerla.

Gracias por acompañarme, Samuel.

Y...

gracias por reconocer mi valía ante todos.

En fin, que gracias por su compañía.

No, Lucía,...

soy yo quien debe estarle agradecido.

Usted me ha ayudado a superar el dolor por la pérdida de mi esposa

y de mi hijo.

Ahora soy un hombre nuevo y, todo es gracias a usted.

Le prometí que le mantendría puntualmente informado

de mis movimientos.

Celebro comprobar que al fin tiene claro a quién sirve.

Y lo que es aún más importante,... tengo claro por qué lo hago.

Samuel Alday no me lo está poniendo nada fácil,

pero estoy seguro de que al final lograré lo que nos proponemos.

Espero por su bien que así sea.

Mucho le costó convencerme...

para que le dejara volver a Acacias,

espero no arrepentirme de no haberle enviado a Jartum.

Tenga seguro que no se arrepentirá.

Nuestro acuerdo está más vivo que nunca

y yo soy el primer interesado en cumplirlo.

Sé cómo lograr que Lucía done la herencia de los marqueses

a la orden.

Ya tuvo su oportunidad de lograrlo, ¿qué podría cambiar ahora?

Sencillo, que ahora soy consciente de que Lucía me ama.

Continúe.

Lucía es una chica ingenua

que se siente sola en esta vida.

No me será complicado volverla loca de amor por mí.

¿Y qué ganaríamos con eso? Sería entonces

cuando descubriremos al mundo que esa chica

ha corrompido a un sacerdote

haciéndolo renunciar a sus votos

y, todo su mundo la repudiaría.

Es verdad que sería un gran escándalo.

Un escándalo del que solo tendría una salida, el convento.

Lucía Alvarado,

la heredera más rica de España,

se convertiría en sierva del Cristo Yacente

y toda su herencia sería donada a la orden.

Suena tentador, pero me temo que debo rechazar su propuesta.

No sé por qué.

El plan es perfecto, nada puede fallar.

Se equivoca.

Hay un elemento que sí lo hará con toda seguridad.

Usted.

¿Yo? Le conozco bien,

es demasiado honesto para burlar a esa muchacha.

Descuide, la desesperación nos hace olvidar nuestros principios.

Pero no nuestros sentimientos.

Sé que estima de veras a la heredera,

ha demostrado mucha preocupación y afecto por ella.

Más fuerte que mi estima por Lucía, es mi odio por Samuel Alday.

No tendré piedad,

acabaré con él, caiga quien caiga.

Quiero resultados,

antes de que Lucía cumpla 23 y herede toda su fortuna.

Los tendrá, no se arrepentirá.

Es usted el que más puede lamentarlo.

Le aseguro que si me vuelve a fallar,

Jartum le parecerá un destino agradable,

comparado con lo que le haré padecer.

Créame, haré todo lo que esté en mi mano

para que Lucía caiga en mis redes.

Veo que el interés por salvar su pellejo y su odio a Samuel Alday

son mucho más poderosos que sus antiguos principios.

Así es.

No lo dude ni un segundo.

Ha sido una jornada muy larga, puedes marcharte a descansar.

Mañana revisaremos la lista de asistentes.

Agradecida, señor.

Yo también le estoy muy agradecida, Samuel.

¿Por qué? ¿Por la recepción?

Es un acto de pura vanidad,

solo quiero exhibirme junto a su obray junto a usted.

-De no ser por los restauradores,

ya habríamos perdido parte de ese patrimonio.

-Como el vallisoletano Pereda y Salgado.

-Exactamente. Ya lo comenté con doña Celia.

-Algunos pintores profesionales opinan que las tareas

de restauración no deberían ser puntillosas en exceso,

podrían desnaturalizar la obra.

-En cuestiones técnicas, siempre hay opiniones para todos los gustos.

-Eso es cierto. ¿Qué cree usted que debería hacerse con los tonos?

-¿Con los tonos? -"¿Usted no conocerá a alguien"

que me pueda...

prestar dinero?

-No lo sé. También depende. ¿De qué cantidad estamos hablando?

-Unas perras.

-Ya, pero unas perras...

Claro, para cada necesidad hay una posibilidad, claro,

quiero decir que hay muchos tipos y calañas

de prestamistas, y depende de lo que uno, bueno, en este caso una,

vaya a pedirle,

tendrá que dirigirse a... -120 pesetas.

-Rediez, ¿120 pesetas? Eso son 480 reales.

-Sí, lo sé, Servando. ¿Conoce usted a alguien

que me pueda prestar esa cantidad?

-¿Malas noticias, doña Susana?

-A la faena, metomentodo.

Solo faltaba que tuviera que compartir contigo

mi correspondencia personal.

Carmen.

Carmen. -"Ha llegado el fin, Rosina,"

el esperado apocalipsis.

-De verdad, qué agorera, Susana, ¿qué fin?

-Don Venancio.

Me ha mandado una carta, quiere que nos reunamos con él.

-¿Para qué? -¿Tú qué crees?

No lo pone, pero que yo sepa, solo tenemos un asunto pendiente.

-No vayas. -Sí, como para que se presente

en la sastrería con bota y merienda por si le hago esperar,

no, ni lo sueñes.

No pienso jugar al ratón y al gato,

vamos a verle y sanseacabó.

-Estábamos hablando del entusiasmo con el que Samuel Alday

está dando a conocer el trabajo de la señorita Lucía Alvarado.

-Entusiasmo y parné,

que esto no se paga con el sueldo de un pocero.

-Esta tarde va a dar una recepción, supongo que estará usted invitado.

Llegue a donde llegue la muchacha,

la primera restauración la hizo para usted.

Allí estaré, no le quepa duda.

-"Al parecer,"

el hombre, Alday de apellido, perdió toda su fortuna

en un mal trance. Su padre era un joyero muy reputado.

Hasta en palacio llevan sus joyas. -Eso es picar muy alto.

Te veo bien informado, hijo, aprendes rápido, ¿eh?

-Ojos y oídos abiertos, ¿eh? -Aprendes muy rápido.

Algo le quedará, ¿no? El que tuvo, retuvo, el señor Alday.

Además, no se puede quejar, vive en una de las fincas

más importantes de la ciudad.

-Eso sí, todos los vecinos tienen el riñón

bien cubierto. -Ah.

Antes he hablado con Alicia, es una conversación muy entretenida.

¿Y le ha dicho si va a ir a casa de Samuel?

Pues no, pero tampoco me hagas mucho caso,

hemos estado hablando de tantas cosas...

Parece que no le gustan mucho las reuniones sociales.

Es una chica sencilla.

De todos modos, ¿no te parece un poco exagerada?

Que no le interesen las reuniones de parloteo, lo entiendo,

pero que tampoco le interesen las que tienen un motivo artístico...

Bueno, cada uno es como es y, debemos respetarla.

Claro.

Así lo hago. Si no lo digo con reproche,

es solo que me extraña.

Si te soy sincera, hasta he llegado a pensar

que no es tan experta en arte.

Los Álvarez-Hermoso me andan rondando, sospechan de mí,

no se han tragado mi historia. ¿En qué basas tus acusaciones?

Me hacen el alicate entre los dos, me preguntan continuamente,

tratan de que me contradiga. Quieren pillarme en un renuncio.

¿Desde cuándo?

Preguntas sueltas desde hace unos días.

pero esta mañana don Felipe ha insistido,

creo que lo tenía todo preparado para cazarme.

No, no puedo tener a Celia y Felipe en mi contra,

me estás poniendo en un brete, tienes que marcharte,

no deberías haber vuelto.

-Don Venancio.

-¿Don Venancio? ¿Está usted por ahí?

Ya, ya hemos cumplido, hala, para casa.

-Es un informal, me cita por escrito y ni siquiera aparece.

-Nadie podrá decir que no lo hemos intentado.

-Pues a casita tan ricamente.

(GRITAN)

-Está dispuesto a comerse el mundo.

-No digo que no, pero...

suele exhibir aires de grandeza, hijo.

-¿Por qué no le cree? Es usted un poco rencorosa, ¿no?

-¿Rencorosa?

Abre los ojos.

Tu padre nunca tuvo las ganas ni la paciencia para dedicarse

a una actividad honrada, hijo.

-Lo que no ha tenido son las ganas y la paciencia de dedicarse

a un oficio de perdedores. -Fue Lucía quien me lo pidió.

Eso me da igual. No le puede dar igual,

porque significa que Lucía no confía en usted

como usted quiere creer.

No te metas donde no te importa.

Cuando todos estén contemplando el cuadro,

tú recoges tus cosas y te marchas para siempre.

Si vuelvo a verte por aquí, no seré tan amable.

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  • Capítulo 885

Acacias 38 - Capítulo 885

08 nov 2018

Telmo no se amilana ante las amenazas de Samuel. Es más, afirma que es el Alday quien debería de temerle a él. Cesáreo acude a prevenir al sacerdote, pero Telmo se mantiene firme. Agustina, preocupada por la actitud de su señora, intenta descubrir qué le ocurre.

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