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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 874 - ver ahora
Transcripción completa

El padre Telmo y yo estábamos hablando tranquilamente,

entonces

empecé a sentir que me mareaba.

y antes de que pudiera decir una palabra más,

perdí el conocimiento.

Eso es todo lo que recuerdo

hasta un tiempo después.

"La vi hablando con esa tal..."

-Alicia.

No las he escuchado,...

pero por sus gestos y actitudes, denotaba mucha confianza.

-¿Crees que les une algo más que ese interés por la restauración?

-Estoy seguro de ello. "Lo siguiente que recuerdo"

es que me desperté desnuda,

en la cama junto a él.

-"¿Por qué pregunta por ese cochero?".

¿Y por qué quiere saber si Samuel estaba al tanto?

Todas las señoras están en mi contra

y, ahora que el padre Telmo está ausente,

no hay nadie que pueda protegerme.

Es por eso por lo que preguntaba tanto.

¿Y no hay otra causa?

Le aseguro que no. "Toma este dinero".

Es usted muy generoso.

Mientras tanto, siga trabajando en minar a Úrsula.

A esa mujer

solo le queda un empujón para caer.

No se ha demostrado nada,

ni la drogué ni abusé de ella. Guarde silencio.

-"Señoras,"

este es mi hijo Raúl.

Cariño, estas son mis compañeras,

la señora Fabiana y la señora Agustina.

-Sé bienvenido, muchacho.

-¿Por qué no le pedís a Leonor que os enseñe a escribir?

Con la cantidad de chismes que tenéis,

material no os iba a faltar.

-Ay, que no es mala idea. Podríamos escribir una novela

y todo. -"Algo te pasa".

-Nada, deja de darle a la mollera.

Cuando tenga algo en firme que contarte lo haré,

no te preocupes.

Supongo que ya tiene la sentencia.

Le hemos encontrado culpable. No esperaba otra cosa.

¿Qué pena me imponen?

¿Piensa dejarme encerrado en mi celda el resto de mis días?

No.

Solo hasta que prepare su viaje. ¿De qué viaje habla?

He estado meditando sobre su futuro

y he llegado a una conclusión.

Lo mejor para un samaritano como usted

es ir a las misiones.

Voy a destinarle a Jartum.

¿No ha encontrado un lugar más remoto

al que mandarme?

África central será un buen lugar para usted,

allí podrá colaborar con los discípulos de Daniel Comboni.

Es una gran labor, pero no creo que ese sea mi sitio.

Se equivoca,

trabajar en las misiones es su única salida,

así podrá asistir a los más desfavorecidos.

¿No es esa su verdadera vocación?

Lo es.

Me gusta proteger a quien lo necesita.

No soporto dejar desamparado a alguien débil

a merced de un poderoso.

¿Está usted hablando de Lucía?

Es posible.

¿De verdad piensa que es una mujer débil y desprotegida?

¿No se da cuenta de que es una de las mujeres más ricas

y poderosas de España?

Y la más desvalida.

Ya entiendo.

Ahora empiezo a comprender

por qué no ha obedecido mis órdenes,

por qué se ha complicado la vida de esta manera.

¿No irá a decirme que un sacerdote como usted

se ha enamorado de esa mujer?

¿O sí?

(Sintonía de "Acacias 38")

¿He de repetirle la pregunta?

Padre Telmo, ¿se ha enamorado usted de Lucía Alvarado?

Claro,

por eso no ha llevado a cabo la misión que le encomendé,

porque se sentía atraído por ella.

Nada más lejos de la realidad.

Lucía es solo una feligresa de mi parroquia, una mujer indefensa que,

como otros, necesitaba mi ayuda.

Solo he tratado de ayudarla.

¿Está usted seguro de eso?

Completamente.

Lucía es solo una oveja de mi rebaño, la más débil,

y sigue siéndolo.

Por eso le ruego que reconsidere la condena que me ha impuesto.

No puedo alejarme ahora de Acacias, ella me necesita.

Ya hemos hablado de eso, padre. Y me gustaría seguir hablando,

he de ayudar a Lucía. ¡Usted no ha de hacer nada!

Le envían fuera de España,

¿es que no lo entiende? Usted...

no regresará jamás a su antigua parroquia, nunca.

El tribunal eclesiástico le envía a las misiones de Jartum,

y eso es exactamente lo que va a hacer.

Sea sensato y no insista más.

Y dé gracias a que por lo menos le estamos dando la oportunidad

de redimirse.

-Ay, Fabiana, no sabe usted lo que es volver a ver a mi hijo de nuevo,

volver a tenerlo conmigo.

-Ya imagino, Carmen,

que un hijo es un hijo, y a un hijo "tie" que tenerlo una al "lao".

-Cierto, pero ya sabe usted que la vida a veces

te lleva por otros derroteros. -¿Y qué más da?

Ahora lo tiene usted aquí, con usted.

-Y no sabe lo feliz que me hace eso.

Y más que el maldito Adonis esté preso,

eso ya me da alegría infinita. -Imagino, ya imagino, ya.

¿Y cómo reaccionó su hijo al verla?

-¿Cómo reaccionó, a qué se refiere?

-Pues le recuerdo que cuando usted me contó la historia de su pasado,

también me contó que su hijo no se portó muy bien.

-Sí, pero...

era más pequeño, y manipulable, y estaba bajo la influencia negativa

de su padre.

-Entiendo.

-Ahora,

lejos de la largada y perversa mano de su padre,

todo cambiará.

-Espero que así sea, Carmen.

Es usted una buena mujer y merece que las cosas le salgan bien.

-Después de todo por lo que he pasado, yo también lo creo.

-Desde luego.

-Ya está Servando roncando a pierna suelta.

-Ay, cosa que significa que ya está bien.

-Mucha fiebre no parece que tenga.

-Dios mío, por fin todo vuelve a la normalidad.

-Ahora que estamos las tres solas,...

me gustaría hablarles de un asunto. -Usted dirá.

-Sé que ayer mi hijo

no les habló muy bien a ustedes.

-No se apure usted, Carmen,

que "na" de culpa tienen las madres de las cosas que hacen sus hijos.

Por experiencia propia se lo digo,

que mi hija Cayetana

no fue siempre un angelito. -Es que no se esperaba

que hubiese pasado de señora a criada,

pero pese a todo, quería decirles que es un buen chico,

que es noble y generoso, pero tanto tiempo con su padre...

-Pues claro. No se excuse usted.

-Ahora que está conmigo, mi Raúl volverá a ser

el niño adorable que siempre fue, ya verán.

Solo les pido un poco de paciencia. -Toda la paciencia

se la damos, Carmen.

-Voy a llevarle esto a mi Raúl,

para que tenga algo que echarse a la boca cuando amanezca.

-Hay que ver cómo le ha cambiado la cara a Carmen, es que parece otra.

-Solo espero que ese muchacho no sea una fuente de problemas.

-Todos los hijos lo son, Agustina, así que supóngase usted

este que huele a problemas a lo lejos.

(Campanadas)

-Uy, Dios mío, se me ha echado el tiempo encima.

Me bajo a la sastrería antes de que doña Susana salga de misa.

-Apúrese, y deje, que ya se lo llevo yo.

-Gracias. -Adiós.

Las escaleras, Agustina, no corra.

-¿Te ha gustado la homilía del nuevo párroco?

-¿Estás de chanza? Me ha aburrido como una ostra.

-Las del padre Telmo eran vibrantes, sinceras, emotivas.

-Sí, no como esta, que he perdido el hilo y me ha dado por pensar

si cambio las cortinas o no.

Cómo están, están fatal por los puros del coronel.

-Ay, que Dios lo tenga en su gloria. -Ay, sí.

Y después me ha dado por pensar en comer, qué hambre,

cómo me gustan las perdices escabechadas, y eso me ha llevado

a una cacería que hice con Liberto por los montes de Toledo.

No sabes lo apuesto que estaba apuntando con su escopeta.

-No, no sigas, no necesito saber de tus barruntes.

Por algo el aburrimiento es la mejor arma para el diablo.

-No sé, qué pena haber perdido a un párroco tan espléndido

como don Telmo, pero ¿quién sabe? Lo mismo regresa de Oviedo, ¿no?

-Dios te oiga.

Daba gusto madrugar para ir a misa cuando estaba aquí.

Tú nunca madrugas para ir a misa, ¿qué haces aquí?

-He venido a por ti.

-¿A por mí?

-Sí, para emplazarte a una reunión con Leonor.

-Con tu hija, ¿para qué?

-Le conté la idea de Liberto y le ha parecido espléndida.

Cuanto antes empecemos con las clases, mejor.

-¿Tan pronto? -¿A qué hemos de esperar?

-No sabía que era tan urgente. Además, no tengo pensado

sobre qué escribir. Y voy a estar pensando y pensando

y tu hija tendrá cosas mejores que hacer.

-Pero ¿y tu historia del barrio y sus gentes,

los vecinos? Parecía entusiasmarte, Susana.

-¿Vienen de misa?

-Como señoras de bien.

Por cierto, no le he visto por allí,

todo sea dicho. -¿Cómo ha ido el oficio?

¿Es el sacerdote nuevo tan bueno como el antiguo?

-No. -No.

-Lo imaginaba. -Superar a don Telmo

será difícil.

-Sí, es que sus homilías conseguían calarte en el fondo y, claro, así,

estabas despierta. -¿Despierta?

-Se refiere a la palabra de Cristo, a la fe.

-Por el bien de la iglesia, espero que esto sea algo transitorio.

He contabilizado menos afluencia desde que el párroco se fue.

-Sí, pero no depende de él, sino de la providencia.

Al parecer, tiene un familiar gravemente enfermo

y ha tenido que trasladarse para velar por él.

-Eso he oído. Mientras, solo nos queda amoldarnos

al nuevo y a sus misas, aunque no sean tan buenas.

-Pero bueno, el nuevo párroco tiene algo bueno.

-¿El qué? -Va a echar a Úrsula del barrio.

-No veo el momento de perder de vista a esa hija de satán.

-¿Va a hacer eso? -Sí.

Le dijimos lo mala que había sido con todos nosotros

y la va a poner de patitas en la calle.

-¿Así de sencillo? -La verdad y la convicción

tienen más poder que mil cañones.

-Pues sí que tienen influencia.

-¿Acaso lo dudaba? -Por favor.

"¿Hace mucho que se han ido mi prima y Felipe?".

-A primera hora, pero su prima doña Celia me ha dicho que no tardarán.

¿Quiere que le suba unos dulces de La Deliciosa?

Seguro que eso le alegra el espíritu.

No tengo apetito. "Tie" que hacer un esfuerzo,

señorita Lucía, ha de comer algo.

(Llaman a la puerta)

Ahí la tiene. Ha venido a verla don Samuel.

Y le he traído unos roscos de miel con almendras de una confitería

muy exclusiva del centro.

Uh, se está convirtiendo usted

en un especialista en dulces. ¿Se los sirvo, señorita Lucía?

Verá que eso le alegra el ánimo. Bueno, probaré uno.

¿Un café, don Samuel? Con leche, por favor.

¿Quizá me he excedido al pedir ese café?

¿Preferiría que la deje a solas? No.

Precisamente estaba pensando en ir a hacerle una visita.

Ayer estuve hablando con la señorita Alicia en la chocolatería.

¿Y?

Ella no tiene dudas de que el padre Telmo la ultrajó.

Lo sé.

Samuel, el problema es que yo sí.

No puedo asegurar que el padre Telmo

se propasó conmigo, esa es la verdad,

y faltaría a ella si dijera que sí.

Entiendo que esté usted confusa,

las hierbas que el padre Telmo le dio,

al fin y al cabo generan eso, confusión.

Lo que quiero decir es que... Lo que quiere decir ya lo sé,

lo que tiene que hacer ahora es dejar de pensar en ello,

a veces hay que dejar descansar la cabeza.

Usted ya hizo todo lo que tenía que hacer, es ahora

el tribunal eclesiástico quien debe emitir sentencia.

Yo sí creo

que el padre Telmo es culpable.

Y lo mío me cuesta no arremeter contra él con toda mi furia,

pero debo tener confianza en que se va a hacer justicia.

Espero que así sea y ese hombre reciba la condena que merece.

Pero ¿por qué no dejamos de hablar del padre Telmo

y salimos a dar un paseo?

Hace un día estupendo.

Se lo agradezco, pero no me apetece salir.

¿Está segura?

Me han dicho que en el museo municipal acaban de adquirir

unas tallas de madera que datan del siglo XVI

y son una auténtica preciosidad.

Venga,

salir le sentará bien. No me haga suplicar.

De acuerdo.

Tal vez esta tarde, cuando me encuentre más animada.

¿Le parece bien?

No, pero tendré que conformarme.

Buenos días. -Buenos.

-A ver.

¿Saben algo de escritura?

-¿Algo como qué? -No sé, ¿alguna vez

se han enfrentado a una página en blanco?

Pues a ver si con estas pequeñas lecciones conseguimos escribir

un relato breve, un cuento.

Lo más difícil siempre es empezar.

-Yo pensaba que lo más difícil era terminar.

-Sí, eso también, pero me refiero a la elección del tema.

-¿El tema? -De qué va a ir el escrito.

¿Alguna idea?

A ver, doña Susana,... ¿qué tema le interesa a usted?

Quiero decir, ¿a qué dedica

la mayor parte de su tiempo? -A mi sastrería.

-Ya, de su tiempo libre, no de su tiempo de trabajo.

-Ah, a Dios, a la Virgen y a la Santa Madre Iglesia.

-Vaya tema, hija de mi vida.

-¿Qué le pasa a mi tema? -Muy entretenido no es.

-No lo será para ti, pero a mí ir a misa me entretiene muchísimo.

-Cualquier tema es bueno, cualquiera.

La literatura religiosa puede ser una buena exploración, ¿por qué no?

Doña Susana, ahora tiene que pensar algo concreto sobre este asunto.

¿Y usted, madre?

¿Qué tema le interesa a usted?

-A tu madre solo le interesa la comida.

-No es verdad, qué poco me conoces. Hay muchas cosas que me interesan

y desconoces, millones. -¿Millones?

-Sí.

Pues... mi casa, mi mina, mi jardín,...

¿Quién habrá recogido los higos este año?

-Otra vez comida. -Ay, yo no tengo la culpa,

la comida está en todas partes, si te apuras, hasta en la Biblia.

Que si los panes, los peces, el vino,...

-No blasfemes, si no te importa. -No se enfaden, por el amor de Dios.

Madre, usted, si quiere escribir de comida, hágalo.

Y usted, doña Susana, escoja el tema religioso que más le inspire.

Cualquier tema es bueno.

-¿Y cómo se llama?

El hijo de Carmen, digo. -Raúl.

-¿Y cuántos me habías dicho que te pusiera, nueve o 10?

-Doce, mejor que sobren.

-Pues no sabía que Carmen tuviera hijos.

-Ni yo tampoco.

Por lo visto, la Carmen... lo pasó muy malamente en su matrimonio.

El esposo, que era un malasangre. -¿No me digas?

-Sí, por su culpa se quedó sin "marío" y sin hijo.

Por eso la Carmen, la pobre, no dijo "na" cuando llegó a Acacias.

Solo lo sabía la Fabiana. -¿Y es guapetón? El hijo, digo.

-"Pos" tampoco es feo, tiene el pelo de la Carmen.

Es resultón, y bien "plantao", solo que...

-¿Qué?

-"Pos" que se trae unos aires de grandeza.

-¿Y eso qué quiere decir? -Que se cree un marqués,

pero con la tripa "pegá" a la espalda.

-¿Del hambre? -Más que el perro de un ciego.

-Oye,... ¿Carmen se apellida Asensio?

-Puede ser, ¿por?

-Porque creo que es el mismo que anduvo por aquí preguntando

por la señora Asensio. Le regalé unos bartolillos

de lo desmayado que me venía.

-Es que, por lo visto,

el zagal se ha "llevao" una decepción al ver que la Carmen

era "criá". -En todos los lados cuecen habas.

-Uy.

¿Por qué dices eso, qué te pasa?

-Nada, déjalo.

-¿No será porque al Peña no le hace gracia que ensayes la obra de teatro

esta de la compañía?

-Sí y no. -¿Sí y no?

-Sí porque lo que me pasa tiene que ver con él

y, no porque no es porque esté ensayando la obra de teatro.

-Entonces, ¿por qué es?

-No sé.

Está raro, pero por lo de la zarzuela no es, es otra cosa.

-¿Y qué cosa?

-Pues eso me gustaría saber a mí.

-Buenos días.

-¿Ya me has "preparao" los suizos, Flora?

-Sí, aquí los tienes.

Has llegado tarde, cariño, ¿ha ocurrido algo?

-No, no, es que tenía cosas que hacer.

-¿Has visto? Ya te digo yo que le pasa algo.

¿Y sabes qué me temo?

Yo creo que está con otra mujer.

-¡Calla, loca!

-Que estoy segura. -Que no.

Que el Peña te quiere una barbaridad, no puedes dudar ahora

de golpe y cachiporrazo de él.

-No, de golpe no, que llevo dándole al magín un buen rato.

-Flora, ¿qué haces? -Ay, Dios mío.

-¿Qué es eso?

-El motivo por lo que está tan raro. Que es un anillo.

Que va a pedirme matrimonio, Lolita. -Qué buena noticia, Flora.

-Que voy a casarme, Lolita, que voy a casarme.

-Guárdalo.

-Doña Susana, ¿se le ocurre algo?

-La verdad es que no.

Tengo la mente en blanco. -Tómese su tiempo.

-Yo creo que la creatividad no es lo mío.

-Ay, pero lo mío sí. ¿Te lo enseño ya?

-Sí, sí, ha escrito mucho. A ver.

¿De qué va a tratar su relato? -Bueno, pues he pensado

que podría escribir un cuento sobre cómo conocí a Liberto

y sobre cómo me enamoré de él.

A lo mejor hablo de las segundas oportunidades.

O quizá puedo hablar de lo guapo que es Liberto,

de lo mucho que me quiere y de lo afortunado que es de tenerme.

También podría hablar sobre mis numerosas cualidades,

sobre todo, sobre mi belleza infinita, pero también

sobre mi generosidad, mis dotes de mando, mi saber estar

y también sobre mi cuerpo esbelto, sobre mis ojos,

mis labios carnosos,... -Basta, Rosina.

Nos hemos hecho una idea. -Me gustaría no habérmela hecho.

-¿He dicho una mentira? ¿Mis labios no son carnosos?

-Escribir sobre eso es pecado.

Ahora entiendo por qué tu hija se pone a escribir historias

de mujeres que se besan, de tal palo, tal astilla.

-Por favor, no compares.

No es lo mismo hablar de esa porquería que ha escrito ella,

que hablar sobre mis ojos y mis labios.

-Las dos cosas son cochinadas.

-¿Se dan cuenta de que estoy presente?

-Se acabó. Esto no es lo mío.

-¿Cómo? -Si no sé escribir,

¿por qué tengo que perder el tiempo en esto?

-Vaya fracaso.

-Doña Susana, no debe rendirse ahora,

tiene que darse una oportunidad.

¿Qué es esto?

-Unos figurines que estoy terminando.

-Pero esto es maravilloso, doña Susana.

-Son solo unos figurines.

-¿Cómo no me he dado cuenta antes? Lo suyo no es la escritura,

es el dibujo.

-¿Tú crees?

-Claro. Tiene que apuntarse a clases de dibujo y dar rienda suelta

a su talento, que a la vista está que es mucho.

-La verdad es que no es mala idea.

Así podré pintar mis propios cuadros de santos y mártires.

-Qué cansina, Susana, qué cansina.

-Le agradezco que haya accedido a atendernos a mi esposa y a mí.

-¿Por qué habría de negarme? ¿En qué puedo ayudarle?

-El motivo por el que queríamos hablar con usted es,...

porque estamos muy preocupados por Lucía.

Sabemos que ustedes han tenido contacto en estos últimos días

y... queríamos saber cómo la encontró.

-¿Cómo la encontré?

-¿No sabe qué es lo que le preocupa a Lucía?

-Solo hablamos de la afición que compartimos, las antigüedades.

-¿No le contó nada respecto a sus tribulaciones?

-Siento no serles de ayuda, pero no hablamos de nada personal.

¿Por qué creen que tiene tribulaciones?

-Recientemente está pasando por un duro trance.

Algo relacionado con su origen.

¿No sabe usted nada?

-Entiendo. Pensábamos que quizá le había contado

qué le preocupa últimamente.

Está muy triste y no sabemos por qué.

-Quizás les tranquilice saber que don Samuel también creía lo mismo,

por eso nos puso en contacto. Me dedico a la restauración,

solo hablamos de técnicas, métodos de restaurar y cosas así,

pero creo que le ayuda,

la noto más animada e ilusionada desde que conversamos.

-Bueno es saberlo. -Siento no serles de más ayuda,

así que, si me disculpan. -Con Dios.

-Poco hemos descubierto.

-Al menos sabemos que está más animada.

-Sí. Empiezo a pensar que Samuel estaba en lo cierto,

que lo único que le pasa es que no termina de aceptar

la verdad sobre su pasado.

¡Servando! -¿Eh?

-¿Se "pue" saber qué hace de pie?

Debería estar descansando.

-Que no, que ya estoy bien, Fabiana,

me encuentro estupendamente. -¿Sí?

A la cama a la de ya, antes de que me enfade.

-Que no, que no me mande a la cama, que me aburro y me entra el hambre.

-Se aguanta, ¿o no escuchó a don Ramón?

Hay que esperar a que el médico diga que está "curao".

-Pamplinas, fruslerías, "tontás" y de las gordas.

-¿Ha visto usted a la Carmen?

-Pues no, ¿por qué? -Porque don Ramón

le ha "dao" permiso al niño de la Carmen

"pa" que se quede unos días más en el altillo.

-Ah. Pues no, creo que se ha ido a hablar con su señor, sí, pero vamos,

que no la he visto.

Y hablando de todo un poco, ¿usted sabía que tenía un hijo?

-Sí, algo sabía, sí.

-Pero yo no, no sé por qué no nos lo ha "contao".

¿Qué pasa, que no somos de confianza?

¿Es que no somos aquí los del altillo como una familia,

verbigracia parentela?

-No se me atormente usted, Servando, que si "na" mencionó

es porque el menester la tenía "apená" del "to".

No lo pasó bien.

-Pues bien o mal,

las penas son menos si se las cuenta uno a los "allegaos".

-Mire, Servando, la vida

no siempre es fácil. A veces,

las cosas vienen mal dadas y una lo que hace es arremangarse

y tirar "palante" sin más.

Solo espero que el muchacho no le dé mucho tormento a Carmen.

-¿Por qué habría de dárselo?

-Agustina me contó ayer que el sereno vio cómo robaba una cartera

que se le había caído a un caballero.

-¡No me diga! -Lo que oye.

-Y con los aires de grandeza que trae.

-Aires de grandeza o no, el que tiene hambre, tiene hambre,

Servando.

-Al final va a resultar que es un vulgar ratero como cualquier otro.

-No, un muchacho con necesidad, "na" más.

Marcho, que tengo que hablar con la Carmen.

-Yo también tengo que irme a hablar con don Ramón,

a ver si me da el visto bueno y puedo volver a la portería porque,

de verdad, la echo de menos.

-No, no, usted no va a ningún sitio. Ya hablaré yo con don Ramón

"pa" que suba a verle. -Bueno, pues "na", aquí me quedo.

-Destripaterrones.

Gañanes.

-Pero ¿tan mal se le ha dado? -No lo sabes tú bien.

Un desastre para inventarse historias.

En cambio, a mí no paraban de venirme ideas a la mente,

es que era un fluir constante de ideas.

-¿Y mi tía, cómo se ha quedado? Supongo que muy decepcionada.

-No me extraña que Leonor sea escritora, ha heredado mi talento.

-Mi tía, Rosina, mi tía, que qué ha pasado con ella.

-Bueno, sí, sí, tu tía ha decidido apuntarse a dibujo y pintura.

Cree que eso se le dará mejor.

-Ah, mira, pues no lo veo mal, de hecho me parece una idea estupenda,

pero porque mi tía dibuja muy bien.

Y segundo, sin duda, porque eso la va a distraer.

-Lo malo es que se va a poner a dibujar santos y vírgenes.

-¿Tú crees?

-Va, lo creo yo, que lo ha dicho clarito, está obsesionada con Dios.

-Bueno, pero eso de siempre, cariño, ya sabes que a mi tía la reconforta

sentirse cerca de Dios, no veo qué hay de malo en ello.

-Que a mí no me apetece ponerme a dibujar ni santos ni penitentes.

-También puedes dibujar otra cosa. -O puedo decir que se apunte sola.

(Llaman a la puerta)

Casilda, espera. Antes de abrir, ven.

Si es doña Susana, aprovechas y le pides perdón,

¿entendido?

-Qué contenta te vas a poner, Rosina,

cuando te cuente lo que he venido a decirte.

-Espera, porque antes Casilda tiene que decirte una cosa.

-Perdón.

-Casilda, puedes irte.

-Bueno, cuéntame, ¿qué es eso que me ibas a contar?

Sorpréndeme.

-He encontrado una academia de arte y, hay plaza para las dos.

Podemos inscribirnos esta misma tarde.

-Qué bien. -Hasta he comprado

un juego de carpetas,

cuadernos, lápices y carboncillos para cada una.

¿Estás contenta? -Uh, claro,

¿no me ves? No sé si saltar de alegría o irme a celebrarlo.

-¿No quieres apuntarte conmigo?

-¿Cuándo dices que empezamos? -Esta misma tarde.

Qué bien, tengo unas ganas de empezar.

Oye, ¿tú crees que María Magdalena era rubia

o morena?

¿Has visto cuánta gente dibujando?

-Sí, ya lo veo, ya. -Me muero de ganas

de empezar.

Ardo en deseos,

te lo prometo. -Y yo, yo también.

-Buenos días, señoras.

Bienvenidas a esta humilde pero reputada academia de dibujo.

Don Venancio, su maestro, para servirles.

-Encantada. Susana, viuda de Séler,

y ella es la señora de Méndez, mi amiga Rosina.

-Muy bien. ¿Y qué las trae por aquí?

-Hemos venido a aprender a dibujar.

Es algo que yo siempre había querido hacer,

pero nunca me había atrevido.

-Hasta ahora, gracias a Dios. -Una amiga me convenció.

Creo que no se me va a dar mal,

siempre he tenido cierta facilidad para el dibujo.

-¿Y por qué ahora? ¿Por qué quiere usted aprender?

-Le reconozco que me siento un poco sola, soy viuda

y mis hijos ya no viven conmigo

y mi negocio, aunque próspero,

no me llena todas las horas del día.

-La entiendo muy bien,

yo también soy viudo y sé de lo que me habla,

pero no se apure,

que aquí va a pasarlo usted de maravilla.

Le enseñaré las nociones básicas para que pueda empezar

por el principio.

-Mi ilusión es pintar vírgenes y santos.

-Ah, muy bien,

yo le enseñaré para que dibuje usted lo que quiera.

¿Y usted? Supongo que más o menos

lo mismo. -No.

Yo estoy felizmente casada, y entretenida,

y a mí lo de dibujar vírgenes me da sopor.

Vengo más que nada para acompañarla a ella.

-Muy bien. Bueno,

cualquier excusa es buena si la trae a usted aquí.

Si me disculpan, voy a por unos formularios para que puedan ustedes

inscribirse. Disculpen.

-¿Has visto qué atento? -Y apuesto.

-Es todo un caballero.

-Pero apuesto, y viudo. -Cállate.

-Aquí están.

Rellenen ustedes esto

y cuando formalicen la matrícula, ya pueden empezar.

Estoy deseando ver

lo que son capaces de hacer ustedes.

-Y yo deseando ponerme en sus manos.

-Bueno, tomen asiento, por favor.

-¿Qué? -¿Qué de qué?

-Que a qué vienen esas miraditas.

-Nada, solo me preguntaba que cuando vamos a tener un ratito

para estar juntos. A solas.

-¿Para qué?

-Para hablar de nuestras cosas.

-Ah. Claro, sí, sí, sí.

-¿Qué, ha "hincao" ya la rodilla

y te ha pedido matrimonio? -Nones,

pero no creo que tarde.

-¿Y a qué está esperando? -Debe haber preparado algo especial.

-¿Algo como qué? -No sé, pero no todos los días

se le pide matrimonio a la mujer que más quieres.

-Claro que no, que se lo digan a Antoñito, que lo suyo le costó.

Recontra. -¿Qué?

-¿Y si...?

-Y si, ¿qué? -¿Y si hacemos una boda a cuatro?

-¿A cuatro? -Claro, el Peña, Antoñito, tú y yo.

-Qué buena idea, Lolita. Podríamos ir juntos al altar

y después venir a celebrarlo aquí a la chocolatería.

-Pero primero voy a preguntarle a Antoñito.

-Ya, y esperar a que Peña me lo pida, que aún no lo ha hecho.

-Flora, ¿tú estás segura de que tu novio te quiere pedir la mano?

-Sí, ¿por, a qué la duda? -Que ni te ha "mirao".

-Pero porque es muy responsable cuando trabaja,

pero tú no te apures, que el Peña va a pedirme que me case con él.

Estoy convencida.

-Bueno, "pos" que pases buena tarde.

# Cuando salí de La Habana, válgame Dios.

# Nadie me ha visto salir...

(Suena la campanilla)

(TARAREA)

Sonsoles, date prisa que ya conoces a doña Matilde.

(TARAREA)

A las buenas, "señá" Carmen,

¿qué hace usted aquí, no tendría que estar faenando?

-Sí, pero he aprovechado que mi señor se ha ausentado

para venir a ver cómo estaba mi hijo.

No he podido comer con él, pero sí voy a poder merendar.

¿Le has visto? -Pues la verdad es que no,

y llevo aquí un buen rato planchando.

-¿No ha salido de la habitación? -Pues se ve que no.

(TARAREA)

-Uh, ¿qué haces aquí tan sola?

-Hombre, sola no estoy, que ahora estás tú,

y también la "señá" Carmen, que anda por ahí.

-¿Sabías que tenía un hijo? -Ni pajolera idea.

-Ya.

Un zagal, eso sí. -"Pos" sí.

Y alto como un monumento, y también con el pelo rojo, rojo,

como un "bongambante", hay que ver, ¿eh?

Además, que tampoco es un crío de pecho ya.

-¿Sabes qué? Que la Flora se va a casar.

-Arrea, ¿qué me dices? -Que sí.

-Pero qué suertuda, la mozalbete.

-El Peña está a punto de pedirle matrimonio.

-Hay que ver, qué maravilla, Lola.

Lo que echo yo de menos a mi Martincico, que en paz descanse.

-Que Dios le tenga en su gloria.

-Mi hijo no está.

-¿Qué?

-Mi Raúl, mi hijo, que ha desaparecido,

no está él ni están sus cosas.

-Pero ¿y eso cómo puede ser? -¿Seguro que no le has visto?

-No, seguro que no, "señá" Carmen.

-¿No sabes dónde puede haber ido? -Yo no me lo he "cruzao".

-¿Creéis que se ha podido marchar?

-Pero, "señá" Carmen, ¿por qué iba a marcharse?

-¿Qué hacemos?

-Hombre, tampoco es que a mí el crío me caiga divinamente,

pero tenemos que ayudar a la "señá" Carmen a encontrarlo, ¿no?

-"Pos" sí.

-Hale, recoge la plancha, Lola, y vamos.

Ya verá qué bien lo pasamos en el museo municipal.

Me han dicho que la exposición es un auténtico lujo.

Le agradezco todos los esfuerzos que está haciendo por contentarme.

¿Yo? A ver si se cree que lo hago por usted,

yo solo quiero ver la exposición con una experta en artes

y no conozco a ninguna otra.

Luego, si le parece bien y le apetece, podemos ir a tomar un zumo

en las terrazas de la orilla del río.

¿Qué le parece? Quizás.

No se lo prometo, pero quizás.

Con eso me conformo. Disculpen la intromisión.

Vamos con algo de prisa.

Solo quería preguntarle si ha hablado con el cochero.

¿Perdón?

El cochero que llevó al padre Telmo de viaje.

Hace unos días que partió y estoy preocupada por él.

No, no me ha dicho nada.

¿Sabe qué pasa?

Que el nuevo párroco está sopesando prescindir de mis servicios

y me extraña sobremanera que el padre Telmo se haya marchado

dejándome tan desprotegida.

Algo malo le debe haber sucedido.

Señorita Lucía, ¿no podría usted contactar con él?

Me sería de gran ayuda.

Lo lamento, no tengo forma de hacerlo.

Estoy convencida de que algo raro está pasando.

¿No podría usted hablar con su orden?

La señorita ya le ha dicho que no sabe nada y vamos con prisa.

-¿Qué? ¿Qué tal van esos primeros bocetos?

-¿Qué le parece?

-Muy buen primer trabajo, doña Susana.

La felicito. -Gracias, don Venancio.

-¿Nunca había recibido usted clases?

¿Y usted, cómo lo lleva?

-Bueno, aún no he terminado. -Bueno, como todo el mundo.

En cualquier caso, me gustaría verlo.

Es...

¿Cómo le diría? -Diga, diga, diga.

-Es curioso.

-¿Curioso?

Ah, bueno.

-Quizá debería usted empezar por lo general

y luego ya centrarse en los detalles.

-Sí, por supuesto, es lo que he hecho.

-Ah, bueno, pues siga así, siga así.

-¿De verdad le gusta?

-Constancia, doña Rosina, constancia y paciencia,

son las claves del éxito. -En eso sí que tiene usted razón.

Yo soy sastra y bien lo sé.

-Ah, es usted sastra.

-Soy propietaria de la sastrería Séler.

-Yo también soy propietaria. -En Acacias.

-Y sí, sí, donde vivo, yo también vivo en Acacias.

-Ese es el nombre de mi negocio.

Quizá lo conozca. -Sí, me suena, sí.

-Llevo toda mi vida regentando ese lugar.

-Me tapa usted el bodegón, profesor.

-Ahora entiendo por qué tiene usted tanta mano para el dibujo.

Llevará años dibujando figurines.

-¿De verdad piensa que tengo mano para el dibujo?

-(ASIENTE)

¿No es magnífico este profesor?

-Supongo.

-¿Le habéis encontrado?

Yo tampoco. -"Señá" Carmen, ¿qué hacemos ahora?

-Si es que ya no sabemos "ande" buscar.

-Vosotras habéis de subir a casa de vuestros señores,

que ya es la hora de servir la cena y no quiero que os reprendan.

-Pero ¿y usted, qué va a hacer, "señá" Carmen?

-Seguir buscando.

Don Samuel me ha dado permiso para ausentarme.

-Lo lamento, Carmen, no haber "dao" con él, digo.

-Habéis hecho más de lo que habéis podido.

Gracias por ayudarme.

A las dos.

Eh, muchacho.

¿Necesitas ayuda?

¿Te has perdido?

¿Tienes hambre?

Ten.

Eh, muchacho.

Tú no eres de por aquí.

No.

¿Vienes de muy lejos?

¿Tienes dónde cobijarte esta noche?

Yo te ayudaré.

¿Por qué iba a hacerlo?

Porque lo necesitas.

La gente no se suele ayudar.

Ya.

Las personas no suelen ayudar a las personas.

¿Has tenido alguna mala experiencia?

La gente de este barrio no me ha tratado nada bien.

A mí tampoco.

Anda, sígueme.

¿Seguro que no quieres que te prepare una hierbaluisa

antes de acostarte? Estoy bien, prima, gracias.

¿Cómo fue en el museo? Lo cierto es que la exposición

fue una auténtica joya. Debería ir.

Le encantaría.

Sí, quizá lo haga, aunque no sé si Felipe me acompañaría,

no es muy aficionado al arte. Bueno, le acompaño yo,

no me importaría volver a verla.

(Llaman a la puerta)

Voy a ver.

Sé que no son horas de andar con visitas,

le ruego que me disculpe, doña Celia.

¿Ocurre algo? Solo quería hablar con Lucía,

espero no importunarlas. ¿Le prepare algo?

No, no, gracias, no tardaré mucho.

¿Me permite? Por supuesto.

Pero le ruego que sea breve, estoy algo cansada

y me gustaría irme a dormir.

He venido de inmediato porque me he enterado de algo

que sabía que podría interesarle saber.

¿De qué se trata? Del padre Telmo.

Van a enviarlo a Jartum de inmediato.

¿A Jartum?

Está en África. Sí,

sé dónde está Jartum.

El tribunal eclesiástico le ha declarado culpable

de las vilezas cometidas y le ha expatriado

para que expíe sus culpas en las misiones.

Pese a que preferiría que se pudriera en la cárcel,

me alivia saber que estará muy lejos de aquí

y que no volverá a molestarla.

Lucía, ¿está bien?

¿Qué le ocurre?

No sé qué creer.

No sé en quién confiar.

No tengo a nadie con quien hablar de esto.

Lucía, puede hablar conmigo.

Puede hablar de lo que sea, que nada le diré a nadie.

Su secreto está a salvo. Me tiene para lo que precise.

Llueva o nieve, haga frío o calor, puede confiar en mí, se lo aseguro.

Llore.

Tranquila.

Yo estoy aquí.

Yo estoy aquí para protegerla.

Me encargaré de que nadie vuelva a hacerle daño.

Se lo aseguro.

¿Me cree?

¿Me cree?

-A ver quién me echa una mano. A ver.

-Servando, pero ¿y esas viandas? ¿Y ese vino?

-¿Eh?

-¿A qué se debe este dispendio? -¿Esto? "Pa" convidaros.

-El Servando invitando, le ha "subío" la fiebre.

-Que no, al contrario, precisamente eso es lo que estamos celebrando.

El buen doctor al final me ha dicho que estoy curado.

-¿Sí?

Sí, soy yo.

Está bien. Entendido.

-"Señoritas,"

señoras,

van a enfrentarse ustedes...

a la belleza clásica... en todo su esplendor.

-"Cesáreo,"

¿qué se le ha perdido a usted por aquí?

-Vengo en busca de Carmen.

-Aquí me tiene. -Mire, mire,

que no es buen momento "pa" que le venga usted con sus "tontás".

-Descuide, solo venía a darle nuevas sobre su hijo.

-¿Mi Raúl? ¿Acaso le ha visto?

-Anoche mismo, durante mi ronda.

Lo vi junto a Úrsula camino de la iglesia.

-"Hay una criada,"

una tal Carmen.

Trabaja en casa de Samuel, el hijo del famoso joyero.

Sí, y antes estuvo a mi servicio.

¿La conoces?

Sí, la conozco.

Carmen es mi madre.

"Tenemos que hacer algo con Úrsula".

Ayer tuvo la osadía de abordarme en plena calle,

mientras paseaba con Lucía.

No estaba al corriente. Me preguntó por su señor,

el sacerdote, y tuvo el atrevimiento de dirigirse a Lucía

para pedirle que tratara de encontrarle.

¿Y qué puedo hacer al respecto?

Lo que hagas me da igual, lo único que me importa

es que consigas que esa mujer desaparezca de estas calles.

¿Queda claro?

-"¿Sucede algo, Flora? -Espero que no".

¿Sabes algo del Peña? Se fue por la mañana y no sé dónde está.

-Lo mismo está preparando tu pedida de mano.

-¿Tú crees? Ojalá sea eso.

Muchas gracias, Lolita,

a más ver.

(Llaman a la puerta)

¿Qué hace usted aquí?

¿Sucede algo?

"Puede contar con mi dinero"

siempre que lo precise.

Muchas gracias, Lucía.

¿Quiere regresar a casa

o prefiere merendar algo? Si no le importa,

vayamos a la iglesia, me gustaría conocer al nuevo párroco.

Lamento interrumpir sus oraciones,

bien sabe Dios que las necesita.

¿Ha llegado el momento?

Sí, un carruaje le espera.

Debe partir rumbo a Jartum de inmediato.

-Que el nuevo párroco se haga cargo de la iglesia definitivamente,

aunque tengo que deciros que no las tengo todas conmigo

con el sacerdote elegido. -Claro, es que la homilía

que escuchamos, nada tiene que ver con las del padre Telmo.

-Sí, va a ser difícil de olvidar a nuestro antiguo párroco.

Ha dejado una huella muy honda en todos nosotros.

-Es una lástima que haya tenido que marcharse tan precipitadamente

de Acacias.

-Debe ser el padre,

no debía estar dentro de la iglesia.

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  • Capítulo 874

Acacias 38 - Capítulo 874

23 oct 2018

La llegada del nuevo párroco a Acacias es mal recibido por todos; echan de menos a Telmo. Felipe y Celia interrogan a Alicia sobre lo que le ocurre a Lucía, pero la muchacha no les cuenta la verdad. Por su parte, Samuel intenta acercarse nuevamente a Lucía tras el juicio.

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  1. Clara Martinez

    El regreso del padre le da vida a la novela

    25 oct 2018
  2. Clara Martinez

    El regreso del padre le da vida a la novela,vendrán cambios.

    25 oct 2018
  3. Clara Martinez

    Perfecto el regreso del padre, ahora es que esta interesante

    25 oct 2018