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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 866 - ver ahora
Transcripción completa

Pude escuchar cómo planean estafarnos y luego abandonarla,

dejarla en la estacada, confiando en que nosotros

volvamos a hacernos cargo de ella.

-Tenemos que salvar a Casilda de esos canallas.

-Y entregarles a las autoridades por estafa.

La portera del 30 me ha "contao" que doña Rosina anoche zurró a mi madre.

Díganme que no es cierto.

-¿Habéis visto a Casilda?

-No, no, pero cuéntanos, ¿cómo estás, y tu madre?

-En casa. Afortunadamente, María no la ha denunciado.

-Me alegro, porque yo me temía lo peor.

¿Y cree que volvería a agredir?

-Sin lugar a dudas, pero no son sus golpes lo que más temo.

-Entonces, ¿qué es? -Que termine

por ponerte en mi contra. -No, madre.

Eso no va a ocurrir nunca. -Esa mujer es capaz de inventarse

cualquier mentira sobre mí, no la escuches, hija mía.

-El doctor ya le ha visto. -Sí, ¿y qué ha dicho?

-Pues no quiero engañarte, Fabiana,

pero su opinión no es demasiado halagüeña.

Todo hace pensar

que la neumonía se va a llevar por delante a nuestro querido portero.

-(TOSE) -"No he venido 'namás'"

que "pa" pedir lo que me corresponde.

Voy a marcharme de la ciudad, me voy a ir muy, muy lejos.

Me voy a vivir con mi madre.

-Un mozo ha traído esta nota. Es "pa" usted.

Gracias.

-"Úrsula, ¿sucede algo?".

Solo venía a anunciarles que el padre Telmo

no podrá oficiar la misa.

-¿Cómo dice? Lo lamenta,

pero le ha surgido un imprevisto. Le advierto,

como no dé la orden al cochero de volver a Acacias,

le denunciaré por llevarme a la fuerza.

¡No puede seguir en silencio! Le exijo una explicación.

"¿Sabes dónde está Lucía?". ¿No está aquí?

Ah, pues yo la hacía ya en la calle.

He "cerrao" la casa y seguro que ahí no estaba.

"¡Lucía! ¡Lucía!".

No, no, no.

(GRITA)

¡Suélteme, suélteme! No, Lucía, no volverá a Acacias

hasta que escuche lo que debo contarle sobre Samuel Alday.

Lucía, ¿estás en casa?

Compruebe el dormitorio, se lo ruego.

¿Está? Ni rastro.

¿Y mi marido? Ha ido a comprobar el dormitorio.

Miraré en la cocina. ¿Qué ha pasado?

Ya habrá tiempo de preguntarse eso luego.

-No desesperes, aparecerá.

-Es muy raro, el día de la procesión,

cuando nosotras tenemos que portar a la virgen.

-Eso no tiene nada que ver,

estoy seguro. ¿Sabes algo del padre Telmo?

-Sí, ha tenido la gentileza de avisar a otro párroco.

(Pasos)

No está.

-Lolita nos lo había dicho.

Cuando cerró la puerta, la casa estaba vacía.

Es mucha casualidad que también el padre Telmo

se haya desvanecido, ¿no?

¿Usted cree que...?

Desde luego es demasiada casualidad.

Dos desapariciones en el día de la Virgen, como dice mi esposa.

Quizá hayan tenido que ocuparse de alguna cuita

y vuelvan en seguida. Eso espero.

-Mirad.

Lucía no sale nunca sin su bolso.

O ha salido con urgencia o... -No te pongas en lo peor.

La casa está ordenada, no hay signos de altercado.

Pronto volverá y tendremos la explicación.

(Sintonía de "Acacias 38")

So.

Gracias.

Salga, por favor.

Bájese, no se lo pediré más de buenos modos.

Suélteme. Suélteme o grito.

¡Nadie la va a escuchar! Váyase.

¡No, no, no, no, por favor!

(LLORA)

¿Por qué hace usted esto? No tiene nada que temer.

Esto es un secuestro. ¿Me está secuestrando?

No. Solo quiero hablar, quiero que usted me escuche,

que sepa lo que tengo que decir.

Hasta ahora, no me lo ha permitido. Nada quiero escuchar de usted.

Lucía, necesita consejo,

información y consejo, créame. No necesito consejo,

yo no soy una niña. Quizá una niña no,

pero sí una jovencita atolondrada,

a juzgar por sus decisiones.

Hago lo que me parece, lo que creo que es correcto.

Y no tengo por qué escuchar a un cura como usted.

No le hablaré como cura, si no quiere,

le hablaré como amigo. No soy su amiga

y, menos ahora.

¿Me cree tan tonta como para confiar en mi secuestrador?

¡No soy un secuestrador! y, aunque lo fuera,

solo lo hago por su bien.

Esa es la cantinela de todos los curas del mundo.

Déjeme en paz.

Sí, la dejaré en paz, pero después de que escuche un par de verdades.

¿Cree que no conozco sus verdades?

Ya lo ha intentado usted,

ya me ha dicho que desconfíe de Samuel,

que está implicado en la muerte de mi padrino,

que solo busca mi dinero. Ya me lo ha dicho y, no le creo.

¿Va a ser distinto porque me obligue a escucharle?

Tengo pruebas, Lucía.

Mentira. Es usted quien se me muestra turbio,

usted quien me está forzando.

Tal vez sea de usted de quien deba desconfiar.

¿Adónde me ha traído?

Es una ermita propiedad

de la Orden del Cristo Yacente. Nadie la visita.

Su orden, su oscura Orden del Cristo Yacente.

¿Necesito más pruebas para saber lo que pretende?

Eres una insensata. Perdona que te lo diga con tanta franqueza,

pero no me queda otra. María te la está dando con queso.

-María es mi madre, señora.

No me tire de la lengua,

que yo también me puedo acalorar y montar la de Dios.

¡¿Me estás amenazando, a la señora de Hidalgo?!

-Sí que lo estoy haciendo.

A usted, con la calorina de la pendencia,

se le olvida una cosa,

que yo, como hija de Maximiliano, que en gloria esté,

soy hasta más Hidalgo que usted.

Porque usted lo es por casamiento, pero yo lo soy por sangre.

¿Es o no es, hermana?

-No os enredéis en ese tipo de debates, por favor.

-Leonor lleva toda la razón. Es inútil que discutáis,

solo conseguiréis decir algo de lo que os arrepentiréis.

-Ahí le doy la razón, don Liberto,

que una es muy sentida y, luego se arrepiente de "to".

-¡Ella es la buena de la familia, como siempre!

Te doy la razón, hija,

eres buena, ¡pero de tan buena, pareces lela!

-Ya está bien, madre. -Y termino.

No te das cuenta de que te van a limpiar,

te van a dejar más pulida que un pasamanos.

-¡Es suficiente! ¡Cállate de una vez!

-Otra vez le doy la razón. -¡Y tú también, Casilda, chitón!

Ya dirimiremos esa cuita en otra ocasión.

-No, señor,

si la cuita está más clara que el agua del monte.

A mí se me da lo que es mío y, aquí paz y después gloria.

-¿Estás segura, Casilda? -Claro que está segura.

¿No lo veis?

Cogerá su herencia y correrá a dársela

a ese par de truhanes.

-¡Que no tenga "na" que ver con ese matasanos!

Yo quiero irme al campo a plantar coles y a cuidar cabras

con mi madre,

que una está cansada de tanto estiramiento en la ciudad.

-Lo único que te pido es que te lo pienses bien, Casilda,

ninguno de los que estamos aquí queremos perderte.

-Nadie tendrá que perderme, señor. Nuestras puertas estarán abiertas

"pal" que quiera acudir a vernos.

-Casilda, te lo digo como la madre que he sido para ti.

Como la madre que he intentado ser, al menos,

te están engañando, te estafarán.

-No, doña Rosina. No me hable como si no hubiera roto un plato

en su vida. No me va a convencer.

-¡Te lo digo por tu bien, porque te quiero!

Higinio Baeza no es médico, te lo juro.

Es un jugador vicioso y calavera.

Ha hecho pasar a su amante como criada.

-¿Qué dice?

No le ha hecho pasar por nada.

Lo único claro en este brete es que mi madre

ha sido una criada toda la vida. -Y también su querida.

Te lo juro. Ese falso doctor y tu madre

son puro egoísmo. No te cuentan entre sus planes.

Tenemos pruebas.

-No. No, no, no es verdad. ¿Cómo va a hacer eso?

Mi madre, lo único que quiere es tener una vida sencilla.

Sencilla y conmigo.

-Está bien, Casilda, tú ganas.

Marcharte si quieres, que yo no te pondré trabas.

-Está bien. ¿Y lo mío?

-Tendrás tu dinero, claro que sí. Yo soy una señora.

Que te aproveche.

Mejor, que le aproveche a ellos. Pero, te digo una cosa,

cuando te lo arrebaten y te veas en la calle, ¡aquí no vuelvas!

-Ni soñando volvería.

Pues nada. No hay más que hablar.

-Casilda,

una última cosa.

-¿Qué? ¿Qué se va a inventar usted ahora?

-No voy a inventar nada.

Solo quiero decirte que...

si te lo arrebatan todo y te ves en apuros,

vuelve sin inquietud, que aquí estaremos.

Esta será siempre tu casa.

(LLORA)

-No llores, mi amor, no llores.

Volverá, te aseguro que Casilda volverá

y tendremos la familia completa.

-No voy a permitir que estafen a mi hermana.

Nadie se va a reír de ella y, menos esos dos.

Y ya sé cómo evitarlo.

Se puede cambiar de religión,

que ya lo hacían cuando se pasaban al moro,

pero cambiar de cura de un día "pa" otro,

como la que se cambia de enaguas, me resulta "estralafario".

-No te quito la razón,

pero se dice estrafalario.

-Como se diga, que a mí bien me suena.

-¿Y qué me decís de que ni doña Celia ni su prima

hayan llevado a la virgen? Un disparate.

La Virgen de los Milagros, que va de mano en mano,

como la falsa moneda.

-No ha resultado una procesión muy lucida, no.

-Arrea, Fabiana, por los cuernos de los carneros de Cabrahígo,

¿qué le pasa? Ni que hubiera visto un difunto.

-Siempre tan oportuna tú, hija.

-La osa.

¿Va de difuntos entonces la cosa? -¿Es por Servando?

-Se nos muere. -Ay.

-Me ha "contao" don Ramón que lo ha "certificao" el médico.

-Hay que ir a verle.

-Quieta "pará", que ahora duerme el bendito.

-¿No han servido de nada las medicinas?

-De "na", Carmen.

Se nos va...

en unos días,

puede que en horas.

-Como una vela. -Como una vela, hija, como una vela.

El pobre lleva un tiempo "desahuciao"

y ninguna de nosotras lo ha visto venir.

-Algo se podrá hacer, que estamos en el siglo veinte.

-Rezar las que sepan.

El médico ha sido muy tajante.

Y ahora ya está en manos de Dios.

-Y nosotras preocupadas por quién tenía más texto

en la obra.

-Sin ni siquiera darnos cuenta

de que la obra se había escrito "pa" animarle,

como un regalo "pa" él.

-Todas hemos sido unas egoístas,

las que estáis en el teatro y las que no.

-Fabiana.

(Llaman)

Don Telmo. Abra la puerta, don Telmo.

Pasen, señores, pasen ustedes.

¿Dónde está el padre?

No lo sé. Nada me dijo.

¿Ha pasado por aquí Lucía?

No hoy, no que yo sepa.

¿Está segura? Ni se le ocurra mentirnos.

¿No se han ido juntos?

No. Bueno, yo no los he visto.

¡Diga la verdad, bruja! ¡Cálmese, por favor!

Lucía estaba muy emocionada con la procesión y, también el padre.

Para ambos era su primer día de la virgen.

Y yo vi a ese cura en el callejón. ¿Y si se la ha llevado a la fuerza?

Déjeme hacer a mí, está muy nervioso.

Espéreme en la calle, ¿quiere?

No se fíe, Felipe. Su simpleza es fingida.

La conozco bien. Váyase, por favor.

Nos entenderemos, ¿verdad, Úrsula?

(ASIENTE)

Disculpe a Samuel.

Corteja a Lucía desde hace poco y, es normal que pierda los nervios.

Si sabe algo, dígamelo,

estamos muy preocupados.

No tenga miedo.

De estar con el padre Telmo, me quedaría más tranquilo.

No lo sé, don Felipe, le juro que no lo sé.

Se marcha, no atiende a razones.

Y a mi madre, por un lado se la llevan los diablos

y, por otra, está desconsolada.

-Todavía no está todo perdido.

Por lo que me has contado, Casilda no se irá

hasta que no reciba su parte. -Puedes estar seguro.

Aunque ella quisiera, ese par de buscones no le dejarían.

-Tenemos tiempo, por tanto, para un último intento de retenerla.

-Por eso estoy esperando a Fabiana,

porque quiero hablar con los dos, a ver qué podemos hacer.

Fabiana, Fabiana,

ven con nosotros.

¿A qué esa cara?

-Cosas del altillo.

-Venga, mujer, que no somos doña Susana,

a nosotros puedes contárnoslo.

-Servando.

-¿Ha vuelto a montar un cisco con la función?

-Peor.

-Fabiana, por el amor de Dios,

habla.

-Se nos va, señora.

-¿Adónde?

-Al otro mundo.

-No, pero... Fabiana, no es posible.

Pero si hace dos días estaba en su salsa y dando la murga

a todo el mundo.

-Ha "empeorao", señora. Lo ha dicho un matasanos.

-Lo sentimos mucho, Fabiana.

-Fabiana,

quería pedirte un favor, pero con las nuevas... no debería.

-Diga, señorita,

que si es una encomienda, más me vale estar "ocupá"

que pensando "to" el día. Al fin y al cabo,

la parca ha de venir "pa" tos.

-Díselo, mujer.

Al fin y al cabo, se trata de Casilda

y, la intervención de Fabiana es vital.

-Si es por la Casilda,

lo que tenga a bien mandar. -No es una orden,

es un favor.

-Yo lo haría cualquiera que fuera el caso.

¿Qué pasa con la Casilda ahora?

-Quiero que me ayudéis los dos.

Tú, Fabiana, porque fuiste la que nos advirtió de que María

e Higinio eran amantes.

Y tú, porque siempre sospechaste de él.

-No tienes que convencernos.

Dinos lo que quieres que hagamos.

-Fabiana,... Casilda no atiende a razones

y se marcha con su madre y su parte de la herencia.

Ella cree que se va a establecer en el campo,

y estoy segura de que su madre la dejará...

-Compuesta y sin novio. -Sí.

Y mi familia,

tanto mi madre, como Liberto y yo hemos intentado quitarle

la venda, pero no hay manera. -Menuda es cuando se pone.

-De modo que vosotros, que no sois su familia,

de los que ella no puede sospechar que tengáis otro interés

que la amistad, tenéis que convencerla.

-Descuide,

que le voy a cantar las cuarenta. -Gracias.

Fabiana, de corazón,

gracias.

El doctor ha dado poco margen a la esperanza.

Desde que vino a verle, no ha hecho otra cosa que empeorar.

La temperatura sigue subiendo. Es el peor síntoma en una neumonía.

Se nos va y...

-Padre, sea usted fuerte.

-Han sido muchos años, hijo, muchos años con ese zampabollos,

sus cabezonerías y mis reprimendas...

Muchos años, los mejores años.

-Ramón, ni que fuera un discurso fúnebre.

Lo estás enterrando antes de tiempo. Mientras respire hay esperanzas.

-Aun así, está tan solo el pobre...

Sé que las chicas le atienden y le dan cariño, pero...

-Servando es duro, cariño,

más duro que la cabeza de un sargento de carabineros.

-Tengo que hacer algo por él. -Cuente conmigo, padre.

-¿Algo como qué?

-Ayudarle, aliviarle

de su soledad y también de sus miedos.

-Yo creo que deberíamos de avisar a Paciencia.

-Ya lo he hecho.

Servando me dictó una carta para ella,

pero hasta que la carta llegue

a La Habana y haya respuesta, pues...

-¿Qué?

-Que en ese tiempo puede haberse producido el óbito.

-Podríamos mandar un telegrama. -No.

Un telegrama es muy seco.

Pobre Paciencia.

Además, que iría al puerto a buscar un barco,...

y todo,

todo sin saber si llegara a tiempo.

-Servando tendrá sus cosas, pero es buena gente.

Ha sido un admirador de mis inventos, incluso del polígrafo.

-Hijo, ¿es que no puedes pensar en otra cosa?

-¿Qué tiene de especial el aparatejo ese?

-No quieras saberlo.

Tenéis que ayudarme a encontrar una manera de consolar a Servando.

Susana, no te lo tomes todo tan a la tremenda.

-¿No me digas que la procesión no ha quedado deslucida?

-Deslucida, deslucida tampoco.

Ha sido diferente. -¿"Diferente"?

Diferente hubiera sido haberle cambiado el hábito a la virgen,

o que alguien, al paso de nuestra Señora, se hubiera soltado

cantando una jota. -Ni ha sido diferente.

Se ha honrado a la virgen como todos los años.

-No.

No todos los años, un párroco desconocido por sus fieles

se larga una homilía para salir del paso.

-En eso llevas razón.

Ese párroco nos ha despachado con una faena de aliño.

-Y me vais a perdonar, pero tampoco

es normal que la encargada de portar a la virgen

haya hecho de su capa un sayo.

-De mi capa un sayo nada. Mi prima ha desaparecido.

-No veo que se haya personado porque tú abandonaras a la virgen.

-Doña Susana, por el amor de Dios.

Qué intransigencia.

Celia,

¿tenemos noticias?

-No. Y cada minuto que pasa se agrava.

Nadie nos da razón de ella.

-Celia,

perdona, no quería ofenderte.

-No me has ofendido, me he apenado.

-Buenas tardes, señoras. -Buenas.

-¿Hay novedades?

-Hemos recorrido todas esas calles,

hemos preguntado a propios y ajenos...

Nada.

Nadie ha visto a Lucía, ni saben de ella.

-¿Necesitan ayuda?

-Nos queda ir a los hospitales y a comisaría.

A eso venía. ¿Me acompañas, cariño? -Claro, por supuesto.

-Las mantendremos informadas.

-Con Dios.

-Apenas has dicho nada, Rosina, y a ti no se te escapan estas cosas.

-¿Qué cosas?

-Se refiere a lo del cura y esa joven.

-No, por favor,

chismes sin fundamento, no. -Sin fundamento,

sin fundamento...

Que hayan desaparecido los dos el mismo día y a la misma hora,

es un hecho.

Lucía.

Lucía.

Abra, por favor.

Solo dígame que me escucha.

(LLORA)

¿Quiere dejar de una vez esa actitud infantil?

¿Cree usted que así se comporta una mujer?

Encerrarse es una niñería, es no querer saber la verdad.

¿Se siente usted mejor así, ciega y sorda?

Lucía, por favor,

abra la puerta. No he de hacerle ningún mal.

Solo quiero hablar, contarle,

hablar como dos personas de orden, o mejor aún,

como un sanador de almas a una señorita atribulada.

¿Sanador de almas?

No he conocido a ningún cura que se lleve a la fuerza a sus feligresas.

Ya se lo he dicho, Lucía,

era la única forma de que me escuchase.

Y yo le he dicho que ya sé lo que quiere usted contarme.

No me interesan sus embustes. Tengo pruebas, Lucía.

Pruebas que me pueden costar la excomunión, pero las tengo.

Y supongo que para mostrármelas, debo abrir esta puerta, ¿cierto?

Ni siquiera será necesario.

No me cree usted cuando le hablo de Samuel y sus intenciones,

¿verdad? Lo sabe usted bien.

¿Por qué me ha traído a una ermita propiedad de su Cristo Yacente?

¿Sigue intentando convencerme de que no trabaja usted para ellos?

Soy un simple párroco, Lucía, por eso sé lo que sé.

¿Me escucha usted?

¿Ha hablado de excomunión?

Lo que voy a contarle es secreto de confesión.

Jamás hubiera creído que un día haría algo así,

pero... quiero salvarla a usted, aunque yo me condene.

Hace unos días recibí en confesión a Jimeno Batán.

Como sabe, Samuel debe mucho,

mucho dinero al señor Batán. Dinero que no puede devolver.

La situación de Samuel Alday es desesperada y agónica.

Nada nuevo, padre.

Sí, claro que sí, claro que hay novedades.

Jimeno Batán y Samuel han llegado a un acuerdo.

Batán tendrá paciencia hasta que Samuel consiga el dinero.

¿No se imagina de dónde piensa sacar el dinero

y por qué Batán se encuentra tan desacostumbradamente paciente?

Pagará a Batán con su herencia. Pero tiene que casarse con usted.

Samuel ha puesto su dinero, su herencia

y su patrimonio en garantía del préstamo.

Pero... le rompieron los dedos por esa deuda.

No. Un asalto pactado.

Querían que usted supiese de lo grave de la situación,

querían su compasión.

Lucía, lo tienen todo previsto y planeado.

Cualquier cosa por su dinero.

Hasta prostituir el sacramento del matrimonio.

¿Me escucha usted?

¿Va a salir usted ahora?

(TOSE)

-Lolita, está ardiendo.

-¿Cómo está, Servando?

-Quitando que tengo sudores fríos

y que me duele hasta la gorra, bien.

-Ande, tómese esta tisana que me han "dao" en la botica.

Dicen que abre los pulmones. -¿Y las navajas también?

-Que los abre por dentro, alma de cántaro. Y facilita el resuello.

Venga. -Tómeselo, verá qué alivio.

-(TOSE)

Me duele hasta el beber.

-Servando,

en Cabrahígo había un hombre al que llamaban el tío Zenón, que se apostó

una botella de vino y un duro

a que le quitaba el anillo al obispo.

-¿Y se lo quitó?

-Nadie le creía capaz, pero un día

vino el obispo al pueblo,

sería "pa" "to" los Santos, sí;

y este se hizo pasar por el tonto del pueblo,

así que se plantó ante su eminencia como "pa" besarle la mano.

-Vaya,

eso les priva a sus eminencias.

-Total, que hacía como que babeaba

y se dejó en la boca una miaja de aceite,

y entre besuqueo y besuqueo,

le "escurrío" la sortija al obispo sin que se coscara.

Se dio cuenta de que se la había "quitao", cuando se fue al catre.

-(RÍE) -¿Y se la devolvió

el tío Zenón? -No. Mandó al verdadero tonto

del pueblo a devolvérselo y, este se ganó su tintorro y su duro.

-(RIENDO) Vaya, qué cosas.

-¿Dónde tiene usted su "sentío" del humor, Servando?

A usted, los obispos siempre le han hecho mucha gracia.

-Y me la hacen, me la hacen.

-¿Y hambre? ¿Tiene usted ganas de zampar?

-No os preocupéis tanto por mí.

-No diga "tontás".

Si no nos preocupamos cuando uno de nosotros se pone malo,

¿cuándo nos vamos a preocupar?

-No, Fabiana, yo no estoy malo.

Estar malo es tener un constipado,

un sarpullido, la sarna,...

pero yo estoy en las últimas. (TOSE)

-Va, ande, qué simpleza, hombre.

Usted todavía tiene que dar guerra.

Nos va a enterrar a "tos" y baila un "zapateao" sobre nuestras tumbas.

-Dicen que...

las ánimas salen en noviembre de madrugada, pero...

no tienen piernas,

así es que, no podré hacerle

el "zapateao".

De verdad,

qué faena esto de morirse,

verbigracia, espicharla, rediez.

(TOSE)

¿Me oye, Lucía?

¿Ha escuchado lo que le he dicho?

No es cierto, padre.

Diga que no es cierto lo que me ha contado.

Es la verdad, Lucía.

Lo siento.

(LLORA)

Dicen que Servando tiene un pie aquí y otro allá.

-Eso me ha dicho Fabiana. Ella no se separa de él ni a sol ni a sombra.

-Las pulmonías son muy traicioneras.

-La enfermedad de los fuelles, si no se cuida...

-¿Nadie notó nada durante los ensayos?

-Quiá. Allí cada uno iba a lo suyo. Y él no se quejaba.

-Es valiente.

Para estar en las últimas y no decir ni mu, hay que ser muy hombre.

-Y un poco imprudente, si se me permite.

-A mí se me pone un nudo, que parece que ni pueda tragar.

-Hablemos de otra cosa.

Aunque los ensayos se hayan anulado,

habrá que pagarle a Agustina el laboro.

-Ya solucionaremos eso cuando corran mejores tiempos.

-Si llegan a correr algún día.

-No estamos en los mejores momentos.

Y la desaparición de Lucía es la gota que colma el vaso.

-Las señoras están bien descontentas con lo deslucido

de la procesión y de la festividad.

Sobre todo, con la espantada de don Telmo.

-Seguro que piensan que hay coincidencia

con la ausencia de Lucía.

-Ganas de cotilleo no han faltado, pero se han contenido.

-Eso es porque doña Rosina no está en su mejor momento.

-¿Es verdad que Casilda quiere coger

su dinero y ahuecar el ala? -Se le ha metido en la mollera

establecerse con su madre en una granja y vivir apartadas.

-Nanay. Ese Higinio es más del bronce que Luis Candelas,

un bandolero. Se queda con el dinero

de Casilda. -Sí. Por eso quería pediros un favor,

atended el negocio mientras yo trato de deshacer el entuerto.

Querría ayudar a Leonor y a la familia Hidalgo.

-Descuida, vigilaremos el "terrao".

-Y, si yo estoy muy liado,

no olvidéis preguntar por Servando, a ver si podemos ayudar.

-Descuida.

Ahora mismo te saco el vestido.

-No, Susana, no te molestes,

no estoy de ánimo para pruebas. -¿Es por Servando?

-Y por mi esposo, le aprecia más de lo que parecía.

Pobre Servando.

-Lolita iba para el mercado llorando como una magdalena.

-En el altillo están todas consternadas.

-Tiene guasa la vida.

-Uy, te partes. Vamos, una juerga.

-Hablo en serio.

Pienso que nuestra existencia no es más que un ir y venir de chistes.

-¿Por qué lo dice usted?

-Tú no conociste a Paciencia, la esposa de Servando.

-Una bellísima persona.

Algo olvidadiza, pero fiel donde las haya.

-Paciencia se fue a Cuba a cuidar de su hermana, que, según noticias,

andaba en las últimas.

Y ahora la hermana está viva y coleando

y, es Servando el que dice adiós.

-Paciencia tendría que volver inmediato.

O lo antes posible, vamos.

Deberíamos redactar un telegrama.

-Ya lo hemos pensado, pero no es opción.

No se le puede dar a una esposa una noticia así,

tampoco estaría en condiciones de llegar a tiempo.

-Quiera Dios que Servando viva mucho.

-No es lo que opina el doctor.

De todos modos, mi Ramón dice

que ya le ha enviado una carta que le dictó Servando.

Estaba muy inspirado y se notaba el amor en las palabra.

-Siempre ha sido de buen querer el portero.

No como vosotras, titiriteras,

que ni os habéis percatado de su enfermedad mientras ensayabais.

-No creas que no me duele. -Mira Agustina, que de ningún modo

quiso participar en ese aquelarre.

No está ya una para subirse a escenarios.

-Poco debes preocuparte ya por eso, los ensayos se han suspendido.

-Pobre Servando.

-(SUSPIRA)

Fabiana,

¿lista?

-Don Íñigo, no es que lleve mi mejor día hoy según "pa" qué.

-¿Servando, no?

-Lolita se ha "quedao" con él. Me tiene el corazón en un puño.

-La entiendo a usted. El portero,...

con sus cosas y todo, se hace querer.

-Es un cacho pan, con sus cosas y todo, como usted dice.

Pero, en fin,

hale, que también Casilda se merece un empeño.

-Y en Leonor, no se olvide usted.

Leonor es una víctima más de todo este enredo.

-Sea. Demos con Casilda.

Mire,

puede que no tengamos que andar muy lejos.

Casilda, Casilda, ven.

Acércate, ¿quieres? Ven.

-Mande "usté", Fabiana.

-Menos coba, que "na" tengo yo no soy nadie "pa" mandar a una señora.

¿Qué recontra estás haciendo? -¿De qué me habla "usté"?

-Fabiana... -Sin de paños calientes.

Estás haciendo el canelo, y alguien tiene que decírtelo.

¿Es que no sabes deslindar entre quién te quiere bien y quién no?

-Mire, Fabiana,

si empieza con la copla, me voy, que no tengo el horno "pa" torrijas.

Me lo tenía que haber "imaginao" al verla aquí

con el novio de mi hermana.

-Tú lo has dicho, tu hermana, porque eso es lo que es Leonor,

tu hermana.

Y doña Rosina,

por muy loca que parezca, es una madre "pa" ti.

-Me marcho.

-Espera, Casilda.

Fabiana solo te ha dicho lo que todos vemos.

Del cariño que siente por ti Leonor poco hay que dudar.

Y doña Rosina, y Liberto y Fabiana,

y yo, y todos, lo único que queremos es protegerte.

-¿Protegerme?

¿Y de quién, si se puede saber,

de mi madre?

Suele ser al revés, son las madres las que protegen a los hijos.

-Pues qué mala suerte has tenido, mira por dónde.

Tu madre se ha "acercao" a ti

al olor del monís, ¡y no le des más vueltas!

-¿Ah, sí? -Sí.

-¿No dicen que está liada con el matasanos,

entonces "pa" qué quiere mi parné? En eso no habían "pensao", ¿no?

-Doña Rosina te ha dicho la verdad.

Baeza no tiene donde caerse muerto,

es todo fachada. Ni médico, ni dinero, ni reputación.

Llegaron aquí huyendo de sus deudas

y buscando una fuente de dinero. -De las deudas

y puede que de la policía, porque el interfecto ha "engañao"

a gente cobrándoles por sanarles sin tener los papeles de médico.

¿Por esos desgraciados

te vas a largar dejando aquí a tu verdadera familia?

-Está "usté" hablando de mi madre, sangre de mi sangre.

-¿"Cuidao"?

¿"Cuidao", Casilda?

¿Es que ya no te acuerdas de lo que hemos sido tú y yo?

Ni te reconozco, hija.

¿No te has "dao" cuenta de que ni por Servando me has "preguntao"?

Esta no es mi Casilda.

Esta no es mi Casilda.

¡Tú no eres mi Casilda!

-Pero "señá" Fabiana,

sigo siendo la Casilda de siempre, solo que tengo una madre.

"Usté" me enseñó que cada uno "tié" que querer a los suyos

y darlo todo por ellos. ¿Qué pretende ahora,

que diga que mi madre es una sacacuartos?

-Nadie ha dicho que tu madre sea mala,

si te dio a luz a ti, tiene que ser de buena casta.

Pero ha caído en manos de ese bandido,

que la ha cegado para quitarte el dinero,

tu dinero.

-Ay, las mujeres,

siempre apechugando con malandros.

-A tu madre, a María, quizás no podamos arrancarla de sus garras,

pero a ti podemos salvarte.

Y debemos hacerlo.

La policía ya está informada.

Nos han asegurado que iniciarán una operación de búsqueda.

¿Y en los hospitales?, nada, claro. -Los hemos recorrido todos,

uno a uno. Hasta los dispensarios de los conventos hemos visitado.

¿Y el cura?

No lo diga así, parece como si le despreciara.

Perdón, no era mi intención. ¿Se sabe algo del padre Telmo?

-Tampoco, ni un indicio de dónde ha podido ir.

-Las vecinas me han dicho que no ha vuelto al barrio

y, que el cura que le sustituyó ha preguntado en el obispado

y no le han dado razón de él.

-¿Qué le ocurre?

Esta maldita mano, me tiene atormentado.

No es constante, pero a veces...

-Venga al despacho. Tengo allí un linimento que quizá le alivia.

(Puerta)

¿Ha oído eso?

Sí. Parece que ha venido alguien.

¿Señora?

-Por Dios, qué susto.

¿Qué hace ahí?

Iba a llamar, pero la puerta de servicio estaba abierta.

¿Qué quiere?

Sé que están ustedes preocupados por la ausencia de Lucía.

¿Sabe usted algo?

De su paradero no, pero...

sí sé que, al contrario que ustedes,

que la preocupación de don Samuel por ella es fingida.

Es Úrsula y ha pronunciado mi nombre.

Voy a ver qué quiere esa bruja. Samuel,

¿no cree que eso es mi obligación?

Vaya, entonces, vayamos. No presiento nada bueno.

También yo tengo esa impresión, pero actuemos con cautela.

Ha venido a contar algo, tal vez solo a mi esposa.

Dejemos que hable. Hágame caso. Pero...

Créame, doña Celia,

mi intención no es enredar, como usted dice,

solo pretendo ayudar. ¿Por qué?

Si le digo la verdad, no estoy muy segura del por qué.

Quizá porque me da pena la señorita Lucía,

tan afable, tan valiente y tan ingenua al mismo tiempo.

¿Qué sabe usted de ella? De ella apenas nada,

pero si me consta que el padre Telmo

se preocupa por ella, y mucho.

Yo también me preocupo por sus cuidados. ¿Dónde está el mal?

No digo que haya nada malo.

Usted cuida de ella, como el padre Telmo, pero de manera diferente.

Para él, su principal resquemor

es que no ve con buenos ojos que la señorita y don Samuel...

Tengan una relación.

Siga.

Estos últimos días,

el padre Telmo recibió dos visitas;

una de un hombre bastante fornido,

con entradas en el pelo, que se hacía llamar Gutiérrez.

Puede ser un feligrés, un abastecedor de la parroquia.

No. Yo supuse que era más un cochero.

¿Y la otra visita?

Un algo cargo de la Orden del Cristo Yacente,

el prior para más señas,

el prior Espineira. ¿Y qué sabe usted de ese prior?

Sus señas.

El padre Telmo me envío a llevarle una nota

al domicilio donde se hospeda.

Puede que sepa dónde se encuentra el padre.

Esa es mi idea.

Escriba aquí sus señas.

Ese es un dinero caído del cielo, Casilda.

Pero nada de derroches. Miraremos cada céntimo.

De hecho, no compraremos ganado mayor al principio,

solo algunas gallinas para empezar.

-Bueno, y un corderito o unas cabritas, que son tan rebonicos...

-Eso, poco gasto.

No necesitamos despilfarrar para ser felices.

Qué suerte, hija, cuánta gente te quiere.

-Sí, parece que ahora me quiere todo el mundo.

-¿Y qué te pasa?

No te veo tan entusiasmada con la granja como otros días.

-Madre, dicen que usted es una mentirosa.

-¿Yo? Pero ¿quién dice eso?

Ah, la almidonada de Rosina.

Arrogante y soberbia como ella sola.

-Dicen que la tiene "cautivá" don Higinio,

y que él es un estafador y un tramposo.

Y también, que usted es su querida.

-¿Y tú les crees?

Me decepcionarías mucho, Casilda, si es así, ¿eh?

-No sé, madre.

-Solo quieren separarnos, ¿no te das cuenta?

Separarnos y quedarse con tu dinero, el dinero de tu padre.

-Madre, por favor, no me defraude.

-No, hija, jamás, nunca.

Ven aquí, ven.

-No sabe usted

lo mucho que la eché en falta cuando era una niña.

-También yo a ti.

Rezaba a todas horas porque tuvieras el futuro que yo soñaba.

Dios sabe lo que me desviví por mandar cuartos al pueblo,

para que fuerais felices,

una felicidad que yo no podía compartir.

¿Confías en mí ahora, me crees?

-(ASIENTE)

-Pues ve con Dios, hija.

(Llaman a la puerta)

¿Cómo está, Fabiana?

No tengo ni ánimo para entrar a verle.

-Peor.

Con decirle que no tiene fuerza ni "pa" engañarnos.

-Pero siéntese, que enseguida le preparo una achicoria

y le levanta el ánimo.

-Tenemos que hacer algo, Fabiana, pero no sé qué.

Ya hace usted bastante

con pagarle el médico y subir a interesarse por él.

-Eso no es nada, Fabiana. No puedo decir que seamos amigos,

porque siempre ha habido la distancia jerárquica, pero...

he llegado a apreciarle, y mucho.

-Y lo ha "demostrao".

Pocos señores se hubieran "portao" así con un simple portero.

¿Qué más puede hacer usted?

-No se lo va a creer usted, padre. -No estoy para adivinanzas, hijo.

-No es una adivinanza, lo pone en el periódico.

No me mire así, que parece que piensa que soy tonto.

-No me tires de la lengua. -El doctor

don Salustiano García Paredes va a dar una conferencia en el Ateneo.

-Hijo, no quiero ser desagradable,

pero no estoy yo ahora para conferencias.

-No se entera. Es una eminencia en enfermedades respiratorias.

Es el mejor del país y del extranjero.

-Déjame ver.

Va a estar aquí unos días. Puede ser la última oportunidad

de curar a Servando. Si no lo consigue él,

no lo consigue nadie.

-Moveré cielo y tierra para conseguir verle.

Tendrá que escucharme.

Vamos, hijo.

-Se lo merece usted, Servando, ya lo creo que se lo merece.

Ya falta menos.

¿Ha pasado algo?

¿Y por qué has estado llorando?

-No puedo hacerle a mi hija lo que pretendemos, simplemente, no puedo.

-¿Qué?

¿Por qué no quiere usted hablar?

¿Tiene hambre?

Tenga usted.

Lleva sin comer no sé cuántas horas.

Solo un poco, para recuperar el color.

Debería ver el color de su rostro,

es como una madonna de El Greco.

No me entraría.

Podemos volver a Acacias cuando usted lo desee.

La estarán buscando.

Nos estarán buscando.

Sí. Y a saber con qué intenciones.

Al menos en lo que a mí respecta.

¿Vamos?

Necesito tiempo, padre.

No mucho, no sé. Tiempo.

Claro, tiene que hacerse a la idea.

No.

La idea ya está instalada.

Le creo a usted, padre,

no hay mucho que pensar.

Procure no albergar rencor en su corazón.

¿Puedo hacerle una pregunta?

Si puedo ayudarle...

¿Por qué ha roto el secreto de confesión?

¿Por qué se expone usted a la excomunión?

No me lo merezco, padre.

Y no me diga que lo hubiera hecho por cualquier otra feligresa.

Por otro pecado.

¿Qué pecado?

Porque siento algo que...

no debería sentir por usted.

¿Qué han dicho, don ramón?

-No me ha dado buenas noticias, Fabiana.

El doctor García Paredes es una eminencia.

Ha observado el estado de sus pulmones.

Dice que la enfermedad está muy avanzada

y que ya poco se puede hacer con los remedios tradicionales.

¿Y este trajín?

-Son una enfermera y un celador que han venido a tratar a Servando.

A ver si entre todos le salvamos la vida.

-¿Salvarle la vida, qué me dice? -Así es.

Casi todos los médicos han rechazado su caso.

Será la última oportunidad que nos queda.

Ojalá no la desperdiciemos.

¿Podría poner en su conocimiento que don Higinio

ejerce la medicina de forma ilegal?

-Es una acusación muy grave y, conlleva penas de cárcel.

¿Está seguro? -Completamente.

Tengo pruebas que así lo demuestran.

-Somos dos desgraciados que solo se tienen el uno al otro.

Estamos condenados a estar juntos.

Cojamos ese dinero y huyamos.

-"Casilda, ¿no te das cuenta que te" estás metiendo en la boca del lobo?

Si tu problema ahora es que tienes dinero,

pues tira el dinero a la basura y sé la Casilda que quieres ser.

"¿Dónde andará?".

-Celia, no sé si lo has pensado, pero...

es demasiada casualidad que Lucía y Telmo desaparezcan a la vez.

Lo mismo tienen algún tipo de relación que no conocemos.

"¿Quiere que volvamos a Acacias?".

No. Prefiero quedarme aquí esta noche

si es posible.

Buscaré la forma de prepararle una cama aquí mismo.

La más confortable en la que haya dormido nunca.

Sé que buscan a un cochero que para por la Plaza de Calderón.

-Sí, así es.

-Y también he sabido por la descripción

que responde al nombre de Gutiérrez. -¿Lo conoce?

Necesito hablar con él.

No voy a permitir que me la arrebates.

Lucía es mía.

Lucía.

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Acacias 38 - Capítulo 866

10 oct 2018

Telmo lleva a una ermita abandonada a Lucía, que se niega a hablar con él. Telmo le cuenta lo que le relató Jimeno Batán en confesión. Ella se muestra afectada. Samuel presiona Úrsula para averiguar dónde está Telmo. Celia y Felipe intensifican la búsqueda de Lucía. Úrsula les cuenta las visitas del Prior Espineira y de un hombre corpulento llamado Gutiérrez. Ramón se plantea como ayudar a Servando. Fabiana y Lolita se desviven por el portero, que parece despedirse del mundo. Antoñito descubre que un eminente especialista en enfermedades respiratorias está en la ciudad. María vuelve a engañar a Casilda, pero se derrumba: no puede seguir así. Telmo confiesa a Lucía que siente algo por ella.

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