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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 852 - ver ahora
Transcripción completa

Samuel, me siento culpable.

Usted se ha desvivido por mí.

A postergado usted sus propios intereses.

Y mil veces volvería a hacerlo.

-"No quiero que la consuele".

Necesito que la persuada de que siga acompañando a Samuel Alday.

¿Por qué?

Tanto mi marido como yo consideramos que puede ser peligroso para ella.

-"Para aceptarte como criada en su casa,"

exigió que yo no apareciera nunca y que nunca te tratara.

-Pero si don Maximiliano me encontró por casualidad en la calle.

-No, hija, eso te hizo creer,

pero él estaba detrás de que nos separaran.

-Yo nunca me voy a separar de usted, madre.

"Yo, lo que quería pedirles"

es que mi madre se viniera a vivir conmigo

a la casita de guardeses. -Antes muerta.

"Creo recordar que le advertí a usted"

sobre el interés de Samuel Alday.

Sus atenciones para con usted no están exentas de egoísmo.

No puede probarlo usted.

Como tampoco puedo probar que esté relacionado

con la muerte de su tío.

Padre, no dejaré de lado a Samuel por mucho que me insista.

Incluso le puedo defender legalmente. Y prestarle dinero.

Tan solo voy a poner una condición.

Aléjese de Lucía.

Es mi familia. ¿Acepta?

-"He decidido organizar"

una merienda, un ágape o lo que se tercie, da igual,

para hacer partícipe a todo el barrio

sobre la verdad de Casilda. -Yo me muero.

¡Me vas a matar, mala hija! ¡Fallezco!

-Ay, madre,

tranquila, que dejaré claro que usted desconocía los hechos

hasta ahora. Y que Casilda fue concebida

antes de que mi padre le rondara a usted.

-"No hace falta que le recuerde"

las malas pulgas que tiene doña Rosina.

¿Qué cree que diría si se entera de que la obra no se representa

porque no le da la gana?

-Que me quedaría sin chiscón. -Exacto.

Le despediría. "Lo que le pido"

es que no vuelva.

Samuel... No quiero recibir sus visitas,

al menos hasta que las aguas vuelvan a su cauce.

No se piensa ir, ¿verdad?

¿Le duele?

Sí.

No lo puedo ocultar.

Buena faena me han hecho en la mano.

Mírese, dolorido,

con una mano catastrófica, arruinado,

amenazado...

¿Cómo piensa que le voy a abandonar ahora?

Yo se lo pido.

Una amiga no abandona a su amigo cuando más lo necesita.

Lucía, por favor, le ruego que haga lo que le pido.

Deje de visitarme, olvídese de mí

durante un tiempo. Deme una razón válida.

Están a la vista solo con ver mi mano.

Cerca de mí corre peligro.

Me han atacado una vez y podrían volver a hacerlo.

¿Se imagina cómo me sentiría si la próxima vez que esos malnacidos

vinieran a por mí, usted sufriera algún daño?

No creo que eso suceda.

Estoy dispuesta a correr ese peligro.

No puedo permitirlo.

No tienen interés en hacerme daño a mí.

Ni me conocen.

Me han roto los dedos, sabiendo que tallar joyas era la única manera

que tenía de salir adelante.

¿Cree que van a parar mientes en algo?

Están dispuestos a destrozar todo lo que me importa.

No tiene lógica.

Si acaban con lo suyo,

nunca conseguirán cobrar su deuda.

Usted no sabe cómo funciona esa gente.

No, desde luego.

Ellos ya han renunciado al dinero que les debo.

Ahora quieren usarme como ejemplo para sus deudores.

Acercarse a ellos cuando se retrasen en el pago,

y decirles: "¿No van a pagar? ¿Recuerdan a Samuel Alday?".

Canallas.

Les sale rentable.

Con nosotros no van a poder.

Lucía,

agradezco lo que quiere hacer,

sus palabras, pero si estoy así es por mi culpa.

No quiero arrastrar a nadie conmigo.

Samuel, usted no habla por su propia boca,

hay otros que lo hacen a través de ella.

No sé por qué me dice eso.

Celia y Felipe.

Los argumento que usa, ya se los he escuchado a ellos.

No son simples argumentos, son grandes verdades.

Tras la muerte de su padrino,

Felipe y Celia son los familiares más cercanos que tiene,

y debe escucharlos.

No tienen derecho a meterse en mi vida.

Hablan desde el cariño y de la experiencia de vida.

No podría permitirme que usted sufriera algún daño.

Y para más inri, alejarla de ellos.

Samuel, soy una mujer libre

y, tomaré mis decisiones por encima de las suyas

y las de Celia y Felipe,

por mucho aprecio que les tenga.

Serán unas semanas, hasta que pueda solucionar mi situación.

Y yo estaré a su lado mientras lo haga, no le quepa duda.

Y voy a dejar bien claro a todo el mundo,

que yo soy la única que decide en mi vida.

(Sintonía de "Acacias 38")

Esto no me lo tomo.

-Tómesela.

Ya sabe lo que le dijo la dueña de la botica,

que era lo mejor para la respiración.

-Lo que no dijo es que es lo mejor para abrirme las tripas.

-No exagere. -Pruébelo usted, pruébelo.

Venga.

-Hmmm.

-Mire que está feo mentir, ¿eh?

-Está bien, sabe a rayos.

-Eso. -Pero es lo que tiene que tomar.

Se la daré, aunque sea con un embudo.

-Que no, que no. -¿Servando, cómo está?

Me ha dicho Íñigo que ha estado a punto de entregar la pelleja

de un ataque de tos. -Exageraba.

-No, que yo le he visto.

Tosía como si fuera a echar el pulmón a cachos.

Hasta morado se ha puesto.

Venga, tómese la infusión.

-Aunque sea por no escucharla, me la voy a tomar, "señá" Agustina.

-Uy, uy.

-(SE QUEJA)

Es usted un "desmedío".

-No me extrañaría que esto fuera veneno

y, que me lo estén dando entre la boticaria y ustedes.

Algo contra mí.

-Lo que le faltaba, inventarse intrigas.

-No va a volver el señorito Íñigo, ¿no?

-Muy entero le veo para haber estado a punto de entregar la pelleja.

-Quita, que ha sido una simulación. -¿Qué?

El susto que me he llevado, ¿y usted estaba haciendo teatro?

-No sabía cómo quitarme de encima al señorito Íñigo.

Está muy pesado para que dé la autorización y Leonor publique

los escritos. Hasta me ha "amenazao"

con meter a doña Rosina.

-Es usted un embustero.

Que sepa que no me volveré a preocupar por sus achaques.

-No entiendo por qué no le da esa autorización.

-¡Porque la historia es solamente mía!

-¿Se imagina que hubiera dicho don Quijote?

-Asunto suyo. Además, yo no he leído el Quijote.

-Pero sabe quién es. -Un "chiflao".

-Como quiera.

Yo no voy a discutir sobre Quijote y Sancho Panza.

Solo le digo una cosa, si vuelve a fingir,

nadie le va a creer

y, va a entregar la pelleja, pero de verdad.

Le dejo, antes de enfadarme más

todavía. -Y yo.

-Buah.

Dame otro beso. -Se me van a gastar.

-Eso nunca.

Si un día no me das un mínimo de 20 besos, me muero.

-Pues no puedo permitir que eso pase. Tengo que salvarte la vida.

-¡Alto en nombre de la autoridad!

Sepárense.

¿Qué mosca le ha picado, Cesáreo?

-Ustedes. Cuando les vi, no hubiera imaginado

que se trataba de dos vecinos respetados

por el barrio. -Pues ya ve.

Si nos deja en paz, tengo media docena

de besos que darle a mi novia. -Va en contra de las normas.

-¿Va en contra de las normas que mi novio me dé besos

si a mí me parece bien? -Va en contra

de las normas que lo hagan en la calle.

Ordenanza municipal de 1896, capítulo tercero.

Trata del decoro y escándalo público.

Multa y privación de libertad,

amén de publicar sus nombres en los periódicos.

-Escándalo es que me quite la ropa y corra por Acacias desnuda.

¿Se cree que no me atrevo?

-Ni se le ocurra.

Tendré que detenerla y pasaría una noche en prisión.

O puede que más de una noche. Le enviarían a una clínica para locos.

-A ver, vamos a tranquilizarnos.

Flora no ha corrido desnuda por la calle.

Somos dos enamorados dándose arrumacos.

Así que, siga con su ronda y, nosotros seguiremos

con nuestros besos. -No.

¿Saben qué ocurriría si doña Susana se entera

de que les he permitido cometer escándalo público

en la calle?

-Doña Susana ha cerrado la sastrería y, ahora estará en casa

cenando, rezando o lo que ella quiere que haga.

-Creo que esa mujer tiene ojos hasta en las farolas.

Y si lo descubriera, mi próxima ronda sería

bajo las estrellas del desierto en el Norte de África.

Así que si quieren seguir besándose, a su casa.

-En casa sería peor. No solo faltaríamos

a la ordenanza municipal, también a las leyes de Dios.

-No, de eso nada. Hasta que no pasemos por el altar, nada.

-Ya la ha oído.

-¿Y si le diera un real?

¿Haría usted la vista gorda? -¿Un real?

-(ASIENTE) -Dos, el otro lo pongo yo.

-No, no, ni por un duro de plata.

Y marchando, que todavía les mando detener por soborno.

Vamos.

Y cada mochuelo a su olivo.

Vamos.

(RESOPLA)

¿Qué he hecho para que todos quieran verme muerta?

-¿Quién quiere verte muerta?

-Qué melodramática, Rosina. -Eso mismo le dijeron

a mi tía Visitación, y mira.

-Nunca he oído hablar de ella.

-Era mi tía abuela. Murió de los disgustos que le daban.

Un día, la pobre estiró la pata. Y luego todo el mundo diciendo:

"Pobre tía, Visi, no tendríamos que haberle dado tanto tormento".

¡Pero ya nada se podía hacer! ¡Nada se podía arreglar!

-Estás perdiendo la cabeza. -Ya me lo contarás en mi tumba.

Ahí lo habláis entre vosotros, que yo no estaré para mucha queja.

-¿Y cuáles son esos disgustos tan grandes

con los que todo el mundo conspira contra ti?

-¿Me lo dices de verdad? ¿Te parece poco la que tengo encima?

Casilda quiere meter a María en casa,

Leonor, que no contenta con eso,

quiere contarle a todos ¡quién es esa friega orinales!

¡Solo falta que Casilda tenga una hermana gemela!

-Eso sí que tendría guasa, ¿ves?

-¡Por favor, estoy muy mal!

-Yo, en lo que sí estoy de acuerdo contigo es,

que no me gustaría nada vivir bajo el mismo techo

que el amante de mi marido. -Su marido soy yo

y, yo no tengo amantes. -Ni se te ocurra.

-Bueno, el amante de su primer esposo.

-Yo la ponía en la calle, en cuanto cruzara la puerta.

-Diga que sí. Muchas gracias por su ayuda.

Es lo mejor que podría decirle a Rosina para tranquilizarla.

-Solo digo la verdad. -¡Pero ¿yo qué hago, ¿eh?!

¿¡Le arranco los ojos en cuanto la tenga delante?!

-Eso ni se te ocurra, Rosina.

Ya me encargaré de esto.

Conseguiré que esa mujer no venga a vivir a esta casa.

-¿Y cómo, vas a hablar con Leonor? -Todavía no sé

con quién voy a hablar, pero tengo una idea que creo dará resultado.

-Yo solo quiero que esa mujer esté en la calle.

-En la calle no, Rosina.

Pero intentaré que a todos se les olvide la idea

de que venga a vivir a esta casa. -Vale.

Pero que por aquí no aparezca.

No me contaste cómo fue tu encuentro con Samuel.

-Ten cuidado al hablar de esto, no quiero que Lucía sepa nada.

-¿Viene? -Estaba en su alcoba.

-No, tan solo lo digo para prevenirnos.

La reunión fue bien.

Su situación es tan mala, que no podía negarse a mi ayuda.

-Me preocupa que tu proposición sea mal interpretada.

-Solo quiero apartarla de él.

No quiero que Lucía pase por peligros.

La única condición que le puse para ayudarle es,

que deje de frecuentarla.

-Me da tanta pena hacer esto. -Es lo que debemos hacer.

No nos queda otro remedio. Nuestra obligación ahora

es protegerla.

Buenos días. -Buenos días, Lucía.

¿Desayunas con nosotros? No.

Solo quería preguntarles

si están satisfechos con estar arruinando mi amistad con Samuel.

-Cometes un grave error.

¿No me digan que no tienen nada que ver

con que haya decidido negarme su amistad

y me haya pedido que no le conceda mi compañía.

-Deberías escuchar nuestras razones

y valorar nuestras intenciones. -Y pensar lo que dices.

Nosotros no tenemos nada que ver con la decisión de Samuel,

aunque la respaldemos.

No sabes hasta qué punto son graves sus problemas.

Ni ustedes hasta qué punto es firme mi determinación.

No quiero que se inmiscuyan en mi vida.

Mis errores y aciertos serán míos, ¿lo entienden?

-Lucía, solo queremos tu bienestar.

Ya saben mi opinión y mis deseos.

Y les agradezco que me estén dando techo y alojamiento,

pero eso no les convierte en mis padres.

Y si me obligan, me marcharé.

(Se cierra una puerta)

¿Qué vamos a hacer?

-De momento esperar.

Ya sabes que no es bueno tomar decisiones en caliente.

Y sobre todo, sabes que todo lo que hacemos,

lo hacemos porque es lo mejor para ella,

no por interés propio.

Así que, tranquilidad.

-"No puedo ofrecerle ni un mísero whisky".

El coronel se lo llevó todo con él.

-No se preocupe por eso.

No he venido a tomar un whisky, sino a hablar con usted.

-Si quiere que hablemos en La Deliciosa...

-De verdad, don Higinio, no insista. -Bien, pues usted me dirá.

-Mucho polvo.

-Ya sabe mis circunstancias. -Ya.

Las conozco perfectamente y, no quiero criticar.

Pero sus obligaciones y su trabajo no le permiten ocuparse

de su casa como es debido.

De su alimentación, indumentaria...

-Poco a poco iré manejándome mejor.

-Pero esa no es la solución.

Lo dice la Biblia: "Un hombre no puede estar solo".

Y eso tiene fácil arreglo además.

-Pues dígamela, que yo solo no discurro para tenerlo todo al día.

-Readmitiendo a María.

-¿A María?

¿Y soportar la ira, y los reproches de doña Rosina?

Liberto, prefiero que el polvo

conquiste cada rincón de esta casa. -Eso fue un error de mi esposa.

Ella está arrepentida, pero no lo va a declarar

por no dar su brazo a torcer.

-Quedó demostrado que María era una ladrona.

Me costó mucho despedirla después de leal servicio,

pero despedida está.

-Yo creo que aquello del robo fue exagerado.

¿Y si fue un malentendido?

-Recuerdo la tenacidad de doña Rosina para que la despidiera.

No puede decirme ahora que tiene dudas.

-Está bien. Le seré sincero.

Hemos tenido noticia de...

ciertos asuntos del pasado de su antigua criada,

que nos ha hecho cambiar nuestra opinión sobre ella.

-Pues ilústreme.

-Sabe que María es la madre de Casilda.

-Sí, la criada bajita y simpática que les atiende a ustedes.

Ya es casualidad que yo la haya traído aquí para que se encuentren.

-Pero eso no es todo. ¿Usted sabe quién es el padre?

-Ni la más remota idea.

-Maximiliano.

El primer marido de mi consorte, Rosina.

En ese caso, entenderá que queramos mantenernos alejados de ella.

-Jamás lo habría imaginado.

Vaya, qué historia de novela gótica.

La criada y doña Leonor hermanastras.

-Le ruego discreción. María no sabe que nosotros lo sabemos.

-Por supuesto, pero hay un problema.

Yo no tengo dinero para volver a contratar a María.

Mi trabajo con Sisebuto aún no ha dado resultado

y, ando escaso de caudales.

Apenas puedo juntar las pesetas que le tengo que pagar a Rosina

por el alquiler. -No se preocupe por eso.

Si readmite a María y vuelve a trabajar en esta casa,

le eximiremos del alquiler. Por un tiempo.

Todo por el bien de mi esposa.

-Está bien, pero que conste que solo es por ayudarles

a ustedes.

Alojaré a María y guardaré su secreto.

-Le estaré eternamente agradecido.

-¿Algo más? -No.

Voy a visitar a Samuel, a ver cómo marchan sus asuntos.

-Preséntele mis respetos.

-Qué susto, cómo tosía el portero.

-A mí, Lolita me dijo que estaba respondiendo bien al tratamiento.

-No te miento.

Su cara parecía la paleta de un pintor.

-Así, sin exagerar ni nada.

-Ya me hubiera gustado verte a ti allí, que parecía que iba a echar

el pulmón por la boca y, yo sin saber qué hacer.

Buenos días, don Ramón, ¿va a tomar algo?

-He venido con mi esposa y Celia. Se han sentado ahí fuera

en esa mesa. Han empezado a hablar de cotilleos,

y se me ha puesto un dolor de cabeza...

He venido aquí para ver si encuentro una charla más interesante.

-No sé si la va a encontrar. Me contaba Íñigo que Servando ha tenido

una crisis respiratoria.

-Bien gorda. Tosía.

Le costaba respirar. -Pero si Fabiana me había dicho

que estaba casi recuperado. -Pues habrá tenido una recaída.

-Este hombre...

Iré después a verle un rato.

Capaz de no tomarse la medicación.

-Padre, ni Servando es tan irresponsable.

-Tú has estado mucho tiempo fuera del barrio

y te has perdido la mitad de las barbaridades

que ha cometido Servando. Todo lo que se espere de él es poco.

-Esa esposa que dice que tiene, la tal Paciencia, ¿existe de verdad?

-Existe. Y tiene el doble de sentido común que él.

-Y por eso se fue a La Habana.

Padre, he visto que doña Trini y Celia

están hablando bastante serias.

-Habrán cambiado de tema.

Están preocupadas por el asunto de Rosina y la criada del doctor.

Que si no le deja dormir en el altillo, que si le ha robado,

en fin, que le ha cogido ojeriza. -Mal asunto que doña Rosina

coja ojeriza a alguien.

Tú sabrás lo que pasa en casa de tu futura suegra.

-Yo solo sé que en boca cerrada no entran moscas

y que tengo mucho trabajo. Con su permiso.

-Aquí hay gato encerrado, hijo.

-¿Gato? Tigre de bengala, y bien grande.

-"¿Te ha dicho algo Rosina?".

-Ni media.

-Es muy suya.

Y de vez en cuando hace cosas raras.

¿Te acuerdas de cuando se ató a ese árbol?

-Como para olvidarlo. Pobre Maximiliano.

-Siempre gana excentricidades para conseguir algo.

Pero esto de María no lo entiendo.

¿Por qué impide que la criada duerma en el altillo?

Ni le va ni le viene. -No lo sé.

Y te doy la razón.

¿Permitir que la criada duerma en la calle, en la iglesia?

Eso es de ser mala cristiana, y Rosina no lo ha sido nunca.

-Pues eso, que o nos la han cambiado o algo no nos han contado.

Y sí le va y le viene.

-Vamos a poder preguntar.

-Buenos días. -Leonor.

¿Te sientas un rato?

-Iba a darle los buenos días a Íñigo.

-Bueno, pero seguro que puede esperarte cinco minutos.

Nosotras nos morimos de ganas de hablar contigo.

Te haces cara de ver, ¿eh?

-Pero sin ceremonias.

Venga, pregunten.

No me creo que me hayan pedido que me siente solo por pasión por verme.

-Hija, qué directa. -Pues mira, sí.

Pero nos viene bien, Celia.

A ver, Leonor, ¿qué está pasando en tu casa?

Últimamente no tenemos a Rosina tan radiante como es ella.

-No lo está, para qué engañarnos.

-¿Ha ocurrido algo?

-No. Es que son asuntos familiares.

-Pues hija, nos matas de curiosidad.

Y de preocupación, también.

-Mañana les invito a merendar y les hago un anuncio de cómo es

la nueva situación familiar.

-¿Mañana? Nos vas a dejar sin dormir.

-Pero Leonor, ¿es grave?

-Todo depende de cómo se mire.

Pero es una buena noticia.

Ahora sí que las dejo. Voy a saludar a Íñigo.

Con Dios.

-Con Dios.

¿Qué será lo que quiere contarnos?

-No tengo ni la menor idea.

Ni pensándolo todo el día y toda la noche

nos acercaríamos. -Bueno,

vamos a tener que esperar a mañana para enterarnos.

No perdamos el tiempo, te toca a ti.

¿Qué es lo que te tiene tan mustia? -No quería que se me notara.

-Pues lo has hecho fatal.

Por Lucía.

-Por Lucía, por Samuel...

-Hija, la que fuera casa de Cayetana parece gafe.

No hay un inquilino que la habite que no dé problemas:

la propia Cayetana, Samuel, Úrsula.

-Y que lo digas. Que no digo yo que sea el edificio.

Ese collar perteneció a mi abuela.

Se lo hizo mi abuelo cuando cumplieron 25 años de casados.

No entiendo de joyas,

pero me da la impresión de que se trata de obras de arte.

Más por la habilidad de mi abuelo como tallador,

que por los materiales, que son de lo más comunes.

Es una pieza que admira más un entendido, que un advenedizo

que quiera gastar unos cientos de pesetas en joyas.

¿Y está seguro de que quiere desprenderse de todo esto?

No me queda otro remedio, Liberto. Necesito liquidez

y, en estos objetos puedo encontrarla.

Pero es la historia de su familia:

de su padre, de su abuelo...

Nadie dijo que la vida fuera fácil.

Son objetos.

Cierto que portan recuerdos, pero cuando la necesidad aprieta,

los recuerdos deben guardarse en la memoria.

Quizá podría ayudarle algún amigo.

No. Eso sería pasar la deuda de unas manos a otras.

Ya sabe el refrán: si le prestas dinero a un amigo,

se pierde el dinero y el amigo.

Los refranes no siempre llevan razón.

Olvídelo, Liberto.

Con lo que consiga, no solucionaré mis problemas, pero ganaré tiempo.

Si quiere ayudarme, compre uno de ellos,

quién sabe si en un futuro podré recomprárselo.

No dude que lo haré.

Y difunda por el barrio la noticia de este pequeño mercadillo:

el patrimonio de los Alday a precio de saldo.

(Llaman)

Mire mientras voy a abrir. Vaya, vaya.

-Liberto,

no sabía que estaba aquí. -Sí, pero ya me iba.

Don Samuel, esta tarde volveré, espero que con todos los vecinos.

Gracias por su visita, Liberto.

Queden con Dios.

-Con Dios.

¿Va a venderlos?

Así es.

Con lo que consiga, intentaré solucionar mis asuntos.

Espero que lo logre.

Sé que le ha pedido a Lucía que se aleje de usted.

Creo que es lo mejor para ella.

Usted ha cumplido su parte del trato pidiéndole que se aleje,

yo cumpliré con la mía. Le dije que le haría un préstamo.

¿Cuánto dinero necesita? Nada.

No lo he hecho por dinero.

Mi petición a Lucía ha sido altruista.

Es mejor que no se arriesguen a que la vean conmigo.

Mis acreedores son unos verdaderos canallas.

Pero necesita dinero.

Bueno,

hay objetos de gran valor.

Espero que los vecinos sean generosos con sus ofertas.

Menos mal que el sereno nos interrumpió ayer.

-¿Menos mal? Le hubiera matado.

El mejor momento del día es cuando puedo quedarme

a solas contigo. -Y el mío,

pero si no aparece Cesáreo, no sé cómo habríamos acabado.

Tendría que estar confesándome.

-¿Ah, sí? ¿Y te habría perdonado tus pecados el padre Telmo?

-Tendría que estar rezando 200 avemarías por lo menos.

-Exagerada.

Aunque yo, rezaría 100 por cada beso tuyo

y, me parecerían bien empleados.

-¿Cien por un beso? -Ajá. Y saldría ganando.

Cada beso tuyo vale por lo menos... mil o más.

-Pues dime cuánto vale este.

-Pues yo a este le doy...

¡Flora!

¡Flora! ¡Peña!

¡¿Qué es esto?!

-Perdón. ¿Es que os habéis vuelto locos?

-Se acabó el espectáculo.

Todos a beber chocolate y a comer picatostes.

-Tened cuidado, por favor.

Esto da mala imagen al negocio.

Por no hablar de que la policía os puede llevar al calabozo

por escándalo público. -Tienes razón.

-Un poco de cabeza.

Y de decencia, que es mi hermana,

demontres.

-No podemos seguir así.

Ni en casa, porque está Íñigo,

ni en la chocolatería porque están los clientes,

ni en la pérgola porque aparece Cesáreo.

-Tenemos que buscar un sitio para estar a solas.

-Tu pensión.

-Nunca me has llevado, no la conozco.

-¿Mi pensión?

-"Las he visto".

Hay objetos que son obras de arte.

-¿Y por qué no las lleva al Montepío?

-Supongo que no quiere que su nombre se vea asociado.

-En el Montepío podría recuperarlas cuando quiera.

Es lo que hay que hacer con las joyas de valor.

-Dios me libre de ir a empeñar las joyas de la familia.

-Por Dios, que todas sabemos que cuando Maximiliano

quedó cesante, tuviste que empeñar los pendientes

de oro de cuando Leonor era niña de leche.

-Eso fue hace mucho.

Y pocas semanas, las recuperé enseguida.

-Eso debería hacer don Samuel.

-El caso es que las quiere vender y, dar la oportunidad a los vecinos

de comprarlas a buen precio.

-Con las joyas hay que tener cuidado,

que se les contagia el destino

y las maldiciones de sus dueños.

-¿Qué?

-¿No leísteis lo del diamante negro del marajá ese de la India?

-No.

-Su madre lo compró, enfermó y murió,

luego, él se lo regaló a su prometida, lo mismo.

-¡Ah!

-Así que lo enterraron, pero llegaron unos exploradores ingleses

y se lo llevaron a Londres. Cinco muertes

llevan ya. -Por Dios.

-Le digo una cosa, muy bien empleado les está a los ingleses,

por expoliar las riquezas de donde quiera que van.

-Los españoles no nos quedamos atrás.

-Para hacer iglesias hemos usado nosotros la plata,

no había mejor uso. -Uy.

-Bueno, vamos a dejarnos de marajás y de majaras.

¿Quién va a venir a la venta de Samuel Alday?

-Para mí, imposible, vienen dos clientas a tomarse medidas.

-Yo tampoco puedo.

Tengo que ir a una reunión de negocios con Ramón.

Es una cosa aburrida, solo ha de firmar unos documentos,

pero que no... -Ya.

-Yo me inventaría algo,

pero te digo la pura verdad, ni me interesa

ni quiero joyas de ese hombre. A ver si es verdad

lo de la maldición.

-Como queráis, pero estáis perdiendo una buena oportunidad.

Voy a contárselo a mis amigos del Ateneo,

que seguro que muestran más interés. Con permiso.

-Con Dios.

-Ya me encargaré de que mi esposo tampoco vaya.

-Te va a costar.

-Mi sobrino es muy terco,

si ha decidido ir, no lo impide ni un terremoto.

-No me gusta que ande en amistades con Samuel.

Un hombre metido en asuntos turbios, acaba ensuciándolo todo.

-Te doy la razón.

-Quien mal anda, mal acaba.

Y Samuel Alday lleva tiempo caminando por el lado proceloso.

-Por no hablar de la maldición del marajá ese.

Luego nos vemos en la iglesia.

Buenas tardes y que aproveche. -Buenas tardes. Si gusta.

Comentábamos las noticias del barrio.

No puedo, muchas gracias, en otro momento.

He oído que don Samuel va a hacer una venta

de algunos objetos de valor. -De eso hablábamos,

de que ha cometido muchos desmanes.

En el corazón de un cristiano se halla el perdón.

-Padre, ¿cree que debemos ir?

Cada uno debe obrar según su conciencia,

pero es de buenos vecinos ayudar al que lo necesita.

-No crea que no lo hemos intentado.

-Ese hombre se empeña en tomar atajos donde no debería.

Ya digo, obren según su conciencia.

Y me voy, que tengo rezo del rosario.

Con Dios. -Con Dios.

-Con Dios.

Qué pesados los curas modernos con la conciencia y el libre albedrío.

Me gustan más los de antes,

los que decían: "Por aquí". Y todos en fila.

-A mí me da igual,

que yo no voy donde Samuel.

-Ni yo. Y no voy a volver a pensarlo.

Rosina, cuéntanos,

¿qué es eso que quería contarnos Leonor mañana?

-¿Leonor? Ni idea.

-Sí.

-No sé, cualquier tontería.

Seguro que mañana se le habrá olvidado.

Sí, coge. -Gracias.

-Coge. Sí, sí. -Gracias.

(Llaman a la puerta)

Servando, adecéntese,

que tiene visita. -Sí, sí. Un momento.

Un momento.

Adelante.

(TOSE)

-Servando, vengo a ver cómo te encuentras.

Perdone que no me levante,

don Ramón, pero ya me ve, estoy en las últimas.

-No exageres, hombre, que se te ve mejor que días atrás.

-Fabiana,

ofrézcale un té o una achicoria?

-Ya se la he "ofrecío", pero me ha dicho que nones.

-No he venido a hacer gasto.

He venido para que sepas que,

los vecinos estamos deseando que te recuperes cuanto antes.

Y te he traído un detallito. -Traiga, don Ramón.

No se preocupe.

Esto "pa" las fámulas. Aunque Servando no esté bien de salud,

nosotras daremos buena cuenta.

-Por no hacerle un feo, don Ramón.

Aunque no me entran en el cuerpo.

-Pues eres muy buen actor, porque pareciera que tuvieras apetito.

-Este es el estertor del último momento

del que está a punto de caer al agujero.

-No estarás exagerando, ¿verdad?

Mira que si me entero de que lo haces,

te podemos poner de patitas en la calle.

-Fabiana, llévese esto.

Me los he comido por agradar a don Ramón,

pero es que no me entran en el cuerpo.

-Servando,

ten cuidado, que estás jugando con fuego.

-Anda que...

¡Ah!

¡Hipócrita!

Samuel.

¿Cree que me puede engañar?

Socorro, no me haga nada.

Con su nueva cara de bondadosa engañará a todos, menos a mí.

No me haga daño, por favor, no me haga daño.

¡¿Cree que soy tan estúpido

como ese cura al que ha engañado?!

Déjeme, señor. ¡¿Dónde está el dinero?!

¿Dónde lo tiene escondido? Yo no tengo ningún dinero.

Me lo va a decir

por las buenas o por las malas. Sabe que soy capaz de matar.

Úrsula, Úrsula, despierte.

Uy, qué vergüenza.

Perdone, padre, me he quedado traspuesta.

La noto alterada.

Tenía una pesadilla horrible.

¿No huele a quemado?

Ah...

Lo siento, padre, merezco un castigo,

se me ha quemado la cena.

Seguro que habrá algo para no irnos a la cama con el estómago vacío.

Le prepararé unos pichones, que le gustan.

Espere.

El mejor escribano hace un borrón

y, quedan muchas horas para la cena.

Lo que me preocupa es que la veo preocupada por algo.

¿Es por el sueño?

Siéntese

y cuénteme.

La pesadilla... Aparecía don Samuel Alday.

Ese hombre no goza de la simpatía del barrio, eso desde luego.

Tenga cuidado con él, padre, no es una buena persona.

Descuide, Úrsula,

solo ha sido una pesadilla.

Don Samuel Alday... lleva el diablo dentro.

Ese hombre, padre,

es capaz de matar.

¿Por qué me dice eso?

No lo sé, exactamente.

Mi mente está confusa y no recuerdo con claridad,

pero... lo sé.

Estoy segura de que a ese hombre

no le importa nada.

No se detiene ante nada, ni siquiera ante la vida humana.

¿Cuántas botellas de champán has puesto a enfriar?

Cuatro.

No van a ser suficientes.

Eran las últimas cuatro que quedaban, señor.

¿Tan desabastecida está?

Siento decírselo.

Tampoco quedan más vinos.

Bien, no nos pongamos nerviosos.

Quizá mañana, si las piezas se venden a buen precio,

podamos comprar lo mínimo para atender alguna visita.

No llenes las copas de champán.

Es una ordinariez.

¿Les ofrezco una copa a todo el que entre?

Sí, eso sí. Acércate a ellos con la bandeja. Pero solo una vez.

Si quieren repetir, que tengan que llamarte.

Sí, señor. Te pido perdón de antemano,

pero si se acaban, tendré que echarte la culpa a ti.

No se preocupe, señor, no le dejaré mal.

Los canapés me los han fiado en La Deliciosa,

en cuanto cobremos, habrá pagarlos.

Si quiere, yo mismo bajo.

Está bien. Ve a por las botellas de champán.

(Llaman a la puerta)

Buenas tardes, don Felipe.

¿Viene solo? Sí.

Mi esposa me pide que la disculpe, no podrá venir.

En realidad, la gente tendría que haber venido ya.

¿Tiene algún reloj de pulsera en la colección?

Los relojes de pulsera son un invento muy reciente,

aquí solo muestro joyas familiares.

No creo que mi padre ni mi abuelo usaran uno.

Yo tampoco. Solo quería ver si tenía alguno a la venta.

¿Qué le parece este?

Maquinaria suiza,

caja de plata, incrustaciones de oro en forma de flor,

tallado a mano. La leontina es de plata también.

Pero lo usa usted.

Todo está en venta en esta casa, los tiempos lo demandan.

Carmen, ¿no le has ofrecido una copa de champán

a don Felipe? -Sí, señor, pero me la ha rechazado.

-Gracias, no quiero nada. -Don Samuel,

ha llegado nota de doña Susana, no podrá acudir.

Y doña Rosina y su hija Leonor tampoco.

¿No va a venir nadie, don Felipe?

-Los demás, no sé.

Yo estoy aquí dispuesto a comprar ese reloj.

Póngale precio. No. Olvídelo.

No voy a venderle el reloj por lástima.

Por favor.

Todos me han abandonado,

me han desahuciado antes de tiempo.

Tenga. -Gracias.

-Servando, yo no creo que doña Rosina entre en razón.

No la conoceré yo. Menuda es cuando algo se le mete en el caletre.

-Seguro que las otras señoras, doña Trini y doña Celia

la están intentando convencer. -¿Por qué piensa usted eso?

-Porque ellas son buenas y, lo han demostrado miles de veces.

Y porque no están contentas

con que María pase la noche sin techo.

-No sé yo.

La verdad es que he "perdío" la confianza en el ser humano.

-Claro. Y no me extraña. Porque ya lo dicen:

"El hombre

es un lobo para el hombre".

-Y la mujer una loba "pa" la mujer.

-Y viceversa y "cruzao":

y la mujer para el hombre y, el hombre para la mujer.

-Todos lobos para todos. -Oh.

-(SUSPIRA) En fin, me voy a marchar.

Póngase usted bueno. -Muchas gracias.

-Casilda.

-A las buenas, "señá" Fabiana. Andaba de palique con Servando.

Pero ya marcho. -Muy bien, hija. A más ver.

¿Qué? ¿Sigue todavía en la cama?

-¿Y dónde voy a estar,

si me queda un hálito de vida?

-Se va a buscar la ruina, yo solo le digo eso.

-¿Le ha dicho algo don Ramón?

-¿Se cree que don Ramón no se ha "coscao"

de que tiene mucho cuento?

No le basta lo que le hizo a don Íñigo

simulando un ataque de tos, encima quiere engañar a don Ramón,

que solo tiene buenos actos con nosotros.

-No es lo mismo una cosa y la otra.

Don Ramón... A ver, los pasteles

me produjeron una mejoría corta, pero sincera.

En cambio, lo de don Íñigo fue distinto.

Él quería que le diera permiso para la obra de doña Leonor.

-¿Y? Déselo y aléjese de problemas.

-¡No puedo!

-¿Por qué?

-No se lo puedo decir.

-Mire, Servando, siga usted con sus jueguecitos

y se verá de patitas en la calle, sin oficio

ni beneficio y de vuelta al pueblo.

Y no porque quiera probar las castañas,

sino porque los señores van a acabar hartos

de sus bobadas. -Que no, que no.

Es una cuestión importante, no es una bobada.

-Bueno,

pues cuéntemela y, si tiene razón, yo le ayudo.

-Pues, a ver...

No puedo, porque...

cuando se estrene la obra,

mi Paciencia se va a enterar

de un secreto que ha estado oculto durante estos años.

-¿Un secreto? -Sí, un secreto,

que tal vez...

lleve a mi Paciencia... a que no confíe más en mí.

(RÍE)

Pero

esto es una pocilga. ¿No has limpiado nada?

-Sabes que me cuesta.

-No soy tu criada.

-¿No? -No.

-Pues todos creen que lo eres.

Me han pedido que te readmita.

-(RÍE) -Sí, sí, sí.

-Pero limpiamos a medias. -Pues como siempre.

Si no lo he hecho ha sido para dar pena:

pobre Higinio, que ha tenido que despedir

a su criada de toda la vida.

Siento que hayas tenido que dormir en la calle.

-Ha sido duro.

Necesito un baño. ¿Me lo preparas?

-Claro. Pero antes tenemos que hablar.

-Antes o durante el baño.

-Los negocios son los negocios, el placer viene después.

-Está bien,

vamos a sentarnos.

-Lo primero, informarte de un éxito:

le puse una condición a Liberto para readmitirte.

-¿Cuál?

Durante una temporada no pagaremos el alquiler.

-¡Bien!

-Y lo más importante de todo:

Casilda va a heredar una parte

de la mina de oro que dejó ese hombre en herencia.

Ahora tenemos que conseguir que lo comparta contigo.

-Recuerda que es mi hija, quiero lo mejor para ella.

-Y Casilda quiere lo mejor para ti.

No me vengas con remilgos y céntrate en lo que hemos venido a buscar,

el dinero de doña Rosina.

¿Eh?

Está claro que nadie va a venir, lo mejor será recoger todo esto.

Tendré que superar mi vergüenza y acudir al Montepío.

No tiene por qué causarle pudor.

Es un lugar serio y cotiza bien las piezas.

Lo sé, pero siempre he tenido la impresión de que es el lugar

al que acuden los desfavorecidos para empeñar lo que tienen.

Una visión falsa. Va todo tipo de gente.

El problema es mi visión de mí mismo,

me cuesta aceptar que me he convertido

en alguien desfavorecido.

(Se rompe la figura)

¡Maldita sea! Le ayudo.

Tal vez se pueda recomponer.

Déjelo, probablemente Carmen tenga que recogerlo con la escoba.

(Llaman a la puerta)

Ojalá pudiera hacer lo mismo conmigo.

¿Es aquí donde se han puesto a la venta piezas de arte maravillosas?

¿Qué haces aquí?

Me gustan las piezas que llevan el sello Alday.

De hecho,

quiero comprar esta. Lucía, por favor.

Primo Felipe, espero que no le moleste

que le pida que me deje a solas,

quiero negociar con él cuánto va a cobrarme.

No quiero que piense que soy una mujer implacable con el dinero.

Como quieras. Mis respetos, don Samuel.

Con Dios, don Felipe.

Le agradezco lo que ha hecho, pero como ya le dije ayer,

le repito que no me perdonaría que usted sufriera algún daño

por mi causa.

¿Podrá arreglarlo sin que queden muestras

de la fractura?

Por encima del dinero, lo importante es que usted esté aquí.

No sabe lo que significa para mí, saber que puedo contar con usted.

Me ha "costao", pero a la postre he descubierto

por qué se había "enrocao" Servando con lo de doña Leonor

y su obra de teatro. -Pues cuente, cuente,

que eso es un misterio.

-Según me confesó, no quiere que se sepa

que una de las protagonistas le hacía tilín.

-Pues iba "apañao",

porque el gusto de esa mujeres era otro.

-Le daría a "to", la susodicha.

Porque hasta me dijo que se dieron un beso,

aunque fuera de lo más inocente.

-Para ser su gran secreto, se ha quedado en nada.

-Y entonces, ¿por qué no quiere que se sepa "to" esto?

-Porque teme que Paciencia se entere algún día y se ponga como una hidra.

-"Flora me ha propuesto visitar mi pensión para estar a solas".

-Bueno, ¿cuál es el problema?

-Por un lado me apetece, y mucho, pero por otro,...

tengo miedo de que la situación se me vaya de las manos.

Y ya sabe usted cómo acaban estas cosas.

-Ya. No. Me encantaría...

saberlo, pero, pero no lo sé. Lolita me tiene a pan y agua.

-Algún abrazo le dará. -Pocos.

-Tengo que avisarte.

El asunto de María va de boca en boca.

Es la comidilla de todo el barrio.

-Me barruntaba que acabaría sucediendo.

-Corren rumores de todo tipo.

Hasta nuestras amigas se preguntan qué sucede.

-Ay, Susana,

esto es terrible.

No he dormido por culpa de este asunto.

Estoy destrozada.

-Hay que hacer pública la noticia.

-Pero... señora, ¿está usted segura

de que quiere que todo hijo de vecino se entere que somos familia?

-Es lo que corresponde en este momento, Casilda.

-Yo no estoy tan convencida.

-No te preocupes, que yo sé lo que me hago.

Mañana anunciaré que Casilda y yo somos hermanas.

Es hora ya de aclararlo.

-"¿Y tú,"

ya has pensado el día que me vas a llevar a tu pensión

para aprovecharte de mí?

-Sí, sí, sí. Bueno, no.

Primero tendré que pedirle permiso a la dueña para subir una visita.

-Pero ¿qué es eso de pedir permiso?

Si es menester, nos colamos sin que nos vean.

Somos novios para algo más que vernos en esta chocolatería.

-Sí, mi amor, pero todo dentro de un orden.

-Amor, todas las parejas necesitan algo de intimidad.

-"Fabiana, ¿no tendría"

una fuente grande para prestarme?

-Sí. Ahí las tiene todas. Coja la que más le guste.

-Tengo que preparar un asado para mi señor,

que se le ha antojado para la cena.

-¿Y no será que tiene invitados?

Que a la señorita Lucía se le ve mucho por ahí.

-Pues... no le digo ni que sí, ni que no.

-Eso va a ser que sí. -"Buenas tardes".

Gracias por estar aquí.

Supongo que están intrigados por saber el motivo de la convocatoria,

así que iré al grano sin preámbulos.

El motivo de la reunión es porque quiero hablarles de estas mujeres.

Como bien saben, son madre e hija. Han estado

separadas y, el destino las ha unido.

Hay algo que quiero decirles.

Algo que... considero que deben saber los vecinos

de Acacias.

Casilda y yo somos...

-No, Leonor, espera.

"Las lesiones que ha sufrido Samuel,"

puede que le impidan volver a trabajar como joyero.

Alabo su caridad cristiana.

Pero le vuelvo a pedir que se mantenga alerta.

¿Va a pedirme otra vez que me distancie de él?

El ataque que sufrió Samuel es algo de lo más extraño.

Y aunque esto le moleste escucharlo,

puede que Samuel esté implicado en la muerte de su tío.

"¿Conseguiste hablar con Lucía?".

-Sí. Pero no he conseguido que se sincere conmigo.

-Me preocupa que otros puedan aprovecharse

de lo insegura que está.

-No andas desencaminado.

Esta noche, Samuel la espera en su casa para cenar.

-Es una mala noticia. No conseguimos apartarla de él.

-Tendremos que seguir intentándolo.

No está solo. Estoy a su lado.

Creo que ha llegado el momento

de que me cuente qué está sucediendo.

¿Quiénes eran esos hombres que le atacaron?

Puede confiar plenamente en mí,

ya los sabe.

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Acacias 38 - Capítulo 852

20 sep 2018

Lucia se niega a abandonar a Samuel; ella es la única que decide su vida y no aceptará imposiciones. Se enfrenta a Felipe y Celia por intentar alejarla de Samuel. Servando finge un empeoramiento de su salud que hace que Ramón se preocupe. Al final descubre que es una pantomima del portero. Liberto convence a Rosina para que Higinio readmita a María en su casa. A su regreso Higinio le recuerda su objetivo. Samuel organiza una subasta de objetos de arte, pero la mayoría de los vecinos disculpan su ausencia. Desoyendo las recomendaciones de todos, Lucia se presenta en la subasta y compra una obra de arte para restaurar.

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  1. Mercedes

    Gracias María, lo voy a intentar

    22 sep 2018
  2. maria

    Debes descargar Acacias 38 y luego resumen semanal.Y podrás ver los capítulos del día q se graban automáticamente.

    21 sep 2018
  3. Maria

    Para Mercedes,busca acacias 38 Y luego avance semanal , el avance semanal lo tienes a partir del Domingo o lunes, y si un día no puedes verlo se te queda grabado el Capítulo, así no te perderás ni uno.

    21 sep 2018
  4. Aurea

    No puedo ver la serie ahora en mi cel. Ocurre algo?

    21 sep 2018
  5. Mercedes

    Qué pena que después de tres años viendo la serie tenga que dejar de verla porque no consigo ver los capítulos. Cómo hacéis los que los podéis ver porque yo hace varias semanas que no consigo ver ni uno

    20 sep 2018
  6. Freddy Martínez

    Gracias por la serie está feten, no me la pierdo de lunes a viernes, q bueno que la presenten también los fines de semana.

    20 sep 2018
  7. Freddy

    Gracias por esta serie está feten

    20 sep 2018
  8. Freddy

    Buena serie enganchado un feten

    20 sep 2018
  9. Eloísa

    La señorita Lucía, arrogante y altanera, debería llevar a cabo lo que les dijo a sus primos, que se iría de su casa. Es lo que debería haber hecho ya, sobre lo que le dijo a Samuel : "no tienen derecho a meterse en su vida " que " ella es mayor y tomará sus propias decisiones ", tiene razón en alguna sentido pero como tampoco le falta con que vivir, yo que sus primos la " invitaría gentilmente " a mudarse de casa.; se ha transformado en una persona desagradable a mi criterio y para colmo de males apegada tenazmente a otro ser despreciable SA

    20 sep 2018