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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 841 - ver ahora
Transcripción completa

No pienso comprar ninguna de estas joyas.

Si es que merecen tal nombre. -Marquesa, tal vez,

si observara con más detenimiento alguna de las joyas o...

No. Ya he perdido bastante tiempo con ellas.

-¿Cómo es posible que nadie le conozca en el hospital donde ejerce?

-No me extraña que nadie le haya podido dar razones sobre mí.

-Será el único al que le parece algo normal.

-La explicación es muy sencilla.

Al estar en el consejo rector del sanatorio,

salvo contadas excepciones, apenas atiendo a pacientes.

-"Mi tripa".

-¿Sí? Yo creo que voy a avisar a un médico.

-Nones, que solo tengo que descansar una miaja.

Esta tarde seguro que estoy bien. -Yo, por si acaso, me quedo aquí,

cuidándote.

Túmbate.

-Tu padrino Joaquín lleva toda la vida trabajando al servicio

de los marqueses de Válmez. No comprendo.

Si él era su secretario personal

y trataba sus asuntos más privados, ¿por qué me dieron

la asignación a mí y no a él?

-Vete a por un vaso de agua, que Trini no se encuentra bien.

-Ramón, que me duele mucho.

-Trini, respira, respira.

(GRITA)

-Ay, ay, ay, ay.

-Ay, la pobre, no levanta cabeza.

-Lo que tendríamos que hacer es avisar a un buen médico.

"Es el dinero que precisa"

para salir momentáneamente del atolladero.

Con lo que hay en este sobre, podrá hacer frente

al requerimiento del banco. Sé que no es mucho, pero al menos

servirá para ganar tiempo. "Déjeme en paz, Úrsula".

No se vuelva a acercar por la chocolatería nunca más.

Ni a mí tampoco.

-"María fue

criada, hace muchos años, de mis suegros".

"Cuando fue mocita,"

mi Maximiliano se encaprichó de ella.

Aquí está de nuevo para mi desgracia.

Es que, de verdad,

tenerla cerca me sigue doliendo en el alma.

Susana, estoy segura

que alberga oscuras intenciones.

"¿Por qué se encargó de mí si no me quería?".

¿Acaso era una obligación? -Lucía, cariño, cálmate,

esto es muy doloroso para ti. En realidad,

es una liberación poder decirle a mi padrino lo que siento.

¿Quién le impuso que se quedara conmigo?

Va a responderme como que me llamo Lucía.

¿Quién le encargó que se ocupara de mi?

Lo pasado pasado está.

¿Quién? Ahora, de nada te valdrá saberlo.

No permitiré que salga de aquí hasta que me diga la verdad.

¿Te quejas de mi falta de afecto?

Pero quizá debería de haber aplicado más mano dura.

Te has convertido en una joven altiva

y excesivamente pagada de ti misma.

¿Crees que puedes obligarme a algo?

Si intenta usted marcharse, llamaré a mi prima y a don Felipe

para que le obliguen a confesar.

De nada te valdrá satisfacer tu curiosidad,

será más difícil para todos.

Deje que sea yo quien lidie con eso.

¿Quién me llevó hasta usted?

Los marqueses de Válmez.

¿Y por qué acepto usted?

Fue la condición que me impusieron para trabajar a su servicio.

¿Que me criara? (ASIENTE)

Pero y,...

¿y qué razones tenían ellos para entregarle a usted a una huérfana?

A no ser...

que yo no sea una huérfana.

A no ser... que yo sea hija

del marqués de Válmez.

(Sintonía de "Acacias 38")

Vaya con Maximiliano. Con lo formalito que parecía.

-Y lo era. No saques las cosa de quicio.

Él tuvo ese lío con la tal María... -Que menuda, también.

-Maximiliano era soltero.

Soltero. Un crío conociendo la vida.

Cuando lo conocí, Maximiliano no andaba

en tratos con ella.

-Pero te dolía el affaire. -Claro que sí.

Me duele y me avergüenza tanto, que soy incapaz de cruzarme con ella.

¿Entiendes por qué me escondo?

-Pues no, francamente no, Rosina.

¿Qué ganas metiendo la cabeza en la tierra como una avestruz?

-Por favor, si es que hasta me flaquean las piernas,

no tengo fuerzas.

He perdido el amor propio, la paz de espíritu.

Y si me apuras, he perdido casi el apetito. Estoy fatal.

-¿Me estás diciendo que te acobardas por una simple criada?

Rosina,

eres una señora.

Acepta tu condición y plántale cara al asunto y a ella.

Yo, desde luego, no le tengo ningún miedo.

-Claro, porque no la conoces.

A ti no te va ni te viene el lance. -Eso no es verdad.

Cualquier cosa que afecte al honor y a la fama de una amiga,

me afecta también.

Y en este caso más.

Por el amor de Dios,

¿cómo vamos a consentir

que el servicio nos amedrente?

-¿Qué vas a hacer? ¿Qué quieres que haga yo?

¿Cómo lo voy a impedir? Me tiene en sus garras.

-¿En sus garras? Naranjas de la China.

¿Desde cuándo una criada acogota a una señora?

Ya no es por ti, Rosina, es por todas nosotras, por nuestra clase.

Esa María

no se va a subir a nuestras barbas. -¿Ah, sí?

¿Y qué vas a hacer para impedirlo?

-Pues voy a impedirlo de una manera rápida, quirúrgica y definitiva.

Haciendo que don Higinio la despida.

-Pero no puedes hacer eso.

Ella, en venganza, contará lo de Maximiliano.

Y es vengativa, créeme.

-La venganza de una criada que no tiene donde caerse muerta.

Por un oído me entra y por el otro me sale.

Y si tiene el valor de decir algo,

será su palabra contra la nuestra.

¿A quién crees que creerían nuestras amistades?

-Es verdad, dicho así,

no suena tan mal. -Claro que no, mujer.

Tu miedo no te dejaba razonar con claridad, pero para eso estoy yo.

-¿Y cómo vamos a conseguir que el doctor Baeza

despida a su fiel criada?

No podemos soltarle la tostada de golpe. ¡Hala!

-Déjalo de mi cuenta, tengo la táctica infalible.

Las horas están contadas para esa criada en Acacias.

-"Total,"

"pa" no hacérselo "mu" largo, me marché sin rematar la faena.

"Na" de apagar los candiles ni de barrer después de la cena.

Nones. Me marché, que yo ya había "laborao" bastante.

-¿Y qué pretexto le diste a la señora?

¿Lo que te aconseje de que tenía mala cara para irse a dormir?

-Quía, no. Eso no. Lo intenté, pero no funcionó.

Es que estaba su maridito haciéndole carantoñas.

Así que "na", al final le dije

que era servidora la que tenía un dolor de mollera,

que no se lo saltaba un gitano.

-(RÍE) -Me fue difícil.

Pasé apuro y bastante canguelo, pero el engaño resultó

tan fetén, que fue doña Rosina la que me mandó a la piltra.

-¿Lo ves, alma cándida?

Por echar una mentira a la señora, no nos va a castigar Dios.

-Ya. Además,

en casa de doña Rosina está más que "justificao".

Me tiene harta achuchándome "to" los días

con faena y más faena.

Señor, parece que le ha hecho la boca un fraile.

Y más últimamente,

que está más nerviosa "ende" que no quiere sacar las napias de la casa.

-Pues me alegro de que hayas decidido poner un tope

a sus exigencias.

-Y yo le agradezco a usted las consejas que me ha "dao", María.

Es verdad que hay que tener mucho descaro y frescura,

pero funciona.

Es mano de santo. -¡Basta ya, Casilda!

Deja de decir barbaridades.

¿Desde cuándo tienen que ver los santos con nuestra vagancia, eh?

-Pero "señá" Fabiana, esto no es vagancia.

Lo que pasa es que yo ya me he "deslomao" lo mío.

Y hasta aquí hemos "llegao".

-No se amostace usted, Fabiana.

Nosotras también hemos de defendernos de las exigencias

y caprichos de las señoras. -Cállese, que me tiene contenta.

Acaba de llegar y ya me está emponzoñando a la muchacha.

-Me callaré cuando no tenga nada que decir.

De emponzoñar, nada.

Lo único que hago es darle a la Casilda consejas

que la salven del agotamiento.

-A mí me va a enseñar lo que es el agotamiento.

Que duele y desespera, sí,

pero eso es lo que Dios nos ha marcado a las criadas.

De "na" vale resistirse.

-"Señá" Fabiana, nadie está diciendo que no haya "apencao" lo suyo,

que yo sé que usted lo ha hecho, y sin rechistar,

pero yo también me he "deslomao" toda mi vida.

Yo no puedo aguantar a doña Rosina como se está poniendo ahora,

que se está poniendo de largo con tanta imposición y apremio.

-Pues a doblar el lomo y a bajar la cerviz, que "pa" eso es tu señora.

-Pero no su dueña.

¿No ve que hasta las criadas tenemos derecho a defendernos de los abusos?

-Además, es lo que son, abusos. -"Dejaos" de palabrerías.

Lo único que hacéis es disculpar vuestra vagancia.

-Más vale pasar por vaga como defensa,

que afanarse hasta desfallecer. -De "na" tiene que defenderse

la que trabaja sin tacha.

Casilda, deja de escuchar a María como si fuera la palabra de Dios,

que te vas a meter en un lío de los buenos.

¿No ves que las señoras siempre podrán con nostras?

-Yo lo que no entiendo es por qué se pone usted así.

Si usted es una de nosotras.

-No, no. Yo soy criada, sí, pero no de las vuestras.

Yo sé muy bien dónde está mi sitio, abajo,

y donde está el sitio de los señores,

arriba.

Y escuchando a María, solo se trastorna

el orden natural de las cosas.

-Entonces, los señores pueden hacer lo que les venga en gana.

Y "na", aquí a nada se le llama abuso tampoco.

-¿No lleva razón la muchacha?

-Deje de malmeter o tendremos mucho de qué arrepentirnos.

-María no malmete. Lo que está haciendo

es enseñarme a no perder la salud. -Si tanto la defiendes, allá tú.

Pero luego, apenca con las consecuencias.

Con Dios, Cifuentes.

Gracias, Sol, que tenga buen día.

-Don Liberto. -Don Felipe.

-Le han concedido la Cruz de la Beneficencia a Machaquito.

-No, todavía no he llegado a las páginas de la fiesta nacional.

-Una condecoración bien concedida.

El torero evitó que un astado corneara a unos espectadores

que habían caído al ruedo. Hubiera sido una carnicería.

-Una carnicería ya son los toros en sí mismo, ¿no le parece?

Seguro que esa fiesta terminará prohibiéndose.

Buenos días, caballeros. Don Samuel.

-Qué alegría verle. Tome asiento.

-¿Qué, cómo va todo? Bien, bien.

No se les puede ocultar a ustedes

que he atravesado una difícil situación.

Pero parece que poco a poco, todo se va solucionando.

Disculpe, un café con leche. ¿Quieren tomar algo?

Un cortado. Un café solo, por favor.

-Gracias.

No debe ser fácil superar un revés como el que usted ha sufrido.

Sobre todo en el aspecto financiero, con la rigidez de los bancos.

Siempre hay solución si uno se esfuerza en encontrarla.

-Permítame que le felicite, amigo. Conozco a muy pocos hombres

que podrían dar la vuelta a su situación.

-Me sumo a esos parabienes.

He pasado lo mío,

no se lo puedo negar,

pero pronto volveré a ser el que era antes.

Mi posición financiera y, también por dentro.

Gracias.

Me gustaría brindar por usted, pero con café no me atrevo.

(RÍEN)

Parecen ustedes muy optimistas esta mañana.

Buenos días, padre. -Buenos días, padre.

-Da gusto ver que un amigo supera un mal trance, ¿no cree?

Naturalmente.

La amistad es el sentimiento con que Dios

quiso premiar el amor al prójimo.

Pues si es a Dios a quien he darle las gracias,

en su presencia lo hago.

Nuestro amigo,

parece superar su trance.

No podían darme mejor noticia. Dios aprieta, pero no ahoga.

¿No dicen eso? Me alegro, no solo por usted, Samuel.

Me consta que hay otra persona que andaba muy preocupada

por su estado. Tan preocupada, que hasta ha venido a consultarme.

Agradezco a esa persona su desvelo.

Tampoco crea que me gusta que mis problemas anden de boca en boca,

aunque sea en un confesionario. No nos pongamos tan picajosos,

nadie ha pregonado nada.

Su situación era de sobra conocida.

¿No le apetece tomar nada, padre?

Gracias, pero me aguardan mis ocupaciones.

A decir verdad, solo me he detenido para preguntarle a don Felipe

por Lucía.

Pues no anda muy católica.

Quiero decir que,...

está pachucha,

pero cosa de nada. Lo lamento.

(SUEÑA)

(Explosión)

Esto es lo único que conservo de mi madre.

¿Se ha fijado en las marcas que tiene?

-El pavo real es un símbolo de la casa de Válmez.

Parece que la conexión

entre la cruz que me dejó mi madre y los marqueses es evidente.

Lucía.

Lucía.

Lucía, despierta.

Es solo un mal sueño. ¿Qué?

¿Qué sucede? No sucede nada.

¿Una pesadilla, tal vez?

¿Estás bien?

Sí.

Sí, bueno, eso creo.

¿Seguro?

Te noto muy afectada desde que hablaste con tu padrino.

¿Qué te contó que te tiene tan agitada?

Discúlpeme, pero prefiero no hablar del tema de momento.

No pasa nada si no quieres contarme ahora.

En cualquier caso, la presencia de tu padrino no es buena.

Y menos para ti.

Felipe ya le ha pedido que se marche.

No. No se puede ir.

¿Por qué le defiendes?

Dejó claro que su afecto hacia ti es cuanto menos interesado.

No importa. ¿Dónde está?

Pues creo que ha ido a comprar el billete de regreso a Salamanca.

No se puede marchar sin hablar conmigo.

Lucía, por favor.

Cálmate.

No puedes ir a ningún sitio así.

Prima, pero... Por favor, Lucía.

Voy a prepararte algo para calmarte.

No quiero dejarte sola, pero Lolita está enferma, la pobre.

Ahora hablamos.

Vuelvo enseguida.

(Se cierra un puerta)

¡Lucía! "Dígale a Lucía"

que le deseo una pronta recuperación.

A veces, las enfermedades del alma son tan peligrosas

como las del cuerpo.

Bueno, pues buenos días. Un placer charlar

con ustedes.

Yo le voy a acompañar un trecho, que también tengo mis obligaciones.

Esta vez voy a dejar que me conviden.

Buen día. Con Dios.

-Con Dios.

También me retiro. Samuel, espere.

Será solo un momento.

¿Qué quiere usted?

No le voy a negar mi sorpresa ante ese ánimo que parce demostrar.

¿Duda de mí? No podría ser de otro modo.

Estoy al tanto de su reunión con la marquesa.

Creo que contradice el ánimo con el que se muestra.

Está bien. Agradezco su interés, aunque peque de entrometido.

Cierto, no fue un trago fácil el desprecio de la marquesa.

Pero no es el fin del mundo.

La adquisición de sus joyas era la única alternativa

que parecía manejar. Ya no. La marquesa

no es la única compradora.

Encontraré a quién vender las joyas.

Pensaba que no estaban a la altura. Así es.

Comprender eso es lo que me ha sacado del pozo.

Volveré a tallarlas, a mejorarlas,

hasta que estén a la altura de mi padre, de la firma.

Me alegro de esa nueva inyección de energía y optimismo.

Le deseo lo mejor, ya lo sabe.

Gracias, don Felipe.

Si me disculpa.

Con Dios. Con Dios.

Gracias, doctor Aguado.

Hágame llegar los honorarios de ambas consultas. Le acompaño.

-Anime esa cara, Trini.

Y tú también, Lolita.

Diagnosticada la enfermedad, la recuperación será pronto.

-El señorito tiene razón.

Hay que animarse.

Y tú, Lolita, cuando puedas, sube a cambiarte.

No sé cómo has bajado en camisón.

-Pues no. Si quiere me visto de alcaldesa "pa" que me vea el médico.

-Ay, Lolita,

no me hagas reír, que me dan retortijones.

-Ya habéis escuchado al doctor, saldréis de esta.

-Don Ramón, hoy, le he oído,

pero he entendido menos, que cuando el cura canta en latín.

-Se trata de una simple gastroenteritis.

-Ahora sí se ha "explicao" usted.

-Es un mal de tripas. Se produce cuando comes algo en mal estado.

-En vuestro caso,

por un empacho de cardillos de Cabrahigo.

Os atiborrasteis.

-Es que están muy buenos.

-Tengamos la fiesta en paz.

La cosa no tendría mayor importancia si no fuera porque estás embarazada.

-¿Eso es malo "pal" bombo?

-No es que la gastroenteritis haga peligrar el embarazo,

pero el empacho de cardillos

debería ser un aviso para ella.

-Será mejor que me muera de hambre.

-No digo que tengas que ayunar una vez estés recuperada.

Pero ese empacho debería hacerte sacar tus propias conclusiones.

Ha sido una temeridad, un desatino.

-Anda que...

Ramón, si dices eso en Cabrahigo,

te corren a palos.

Solo han sido unas tortillas y cardillos.

En Cabrahigo se lo damos a los enfermos para que se les entone

el cuerpo.

-Ha sido mala suerte.

-Calla, Maritornes.

-Ya veo.

Aquí todos se preocupan por la señora, pero por mí, nadie.

-Bueno,

no quiero más discusiones.

Ahora voy a supervisar tu dieta, Trini.

-Eso. Y a mí que me parta un rayo.

-De hecho, voy a ir a la cocina

y me voy a deshacer de todos los alimentos que representen

un riesgo para el embarazo.

Fabiana, Antoñito, venid. -¿Yo, por qué?

-Todos los que estamos en esta casa, seremos responsables

de lo que Trini coma o deje de comer.

Esté yo presente o no.

-Ay, Ramón.

-Yo voy a cuidar de ti.

-A ver si es verdad.

-Me da que se me han acabado los cardillos para los restos.

-Oh. Y a mí,

que después del padre va el hijo.

-Yo no sé si merece la pena una vida sin cardillos, ¿eh?

-(NIEGA)

"Pa" mí que no.

Esto ha sido una puñalada trapera.

Una afrenta a mi honor y mi dignidad.

La cosa no se va a quedar así, como que me llamo Servando.

No.

Yo no soy de los que se tragan las afrenta,

yo soy de los que las cobran con la misma moneda.

Se van a enterar de quién soy yo. -Arrea.

¿Qué le ha hecho el suelo? ¿Acaso ha resbalado?

-¿Por? -Por como barre.

-Más parece venganza que higiene. Está castigando el piso.

-Menos guasa, que no está el horno para bollos.

-No se lo tome así.

Pronto va a ser la imagen de Tónico El Coloso,

un modelo para los hombres. -Menos pitorreos, que le doy.

-Si lo digo en serio.

¿Cuándo ponen los carteles?, que quiero verlos.

-¿No sabe usted nada?

-¿De qué? -De nada.

-No me diga que han cancelado la campaña.

-Yo qué sé, tengo cosas más importantes que pensar en la cabeza.

-¿Cómo va eso, Servando?

¿Hoy no se ha paseado para lucir palmito?

-Algo parecido le decía yo.

Yo, andaría por ahí presumiendo de facha,

aunque no estén los carteles.

-Ya los pondrán, ¿verdad, Servando?

-Sí. -Y así todos podrán verlos.

-Pues a ver si es verdad y nuestro portero se anima un poco.

Con Dios, señores.

-Gracias.

-¿Por qué?

-Por estar "callao".

-La discreción es una de mis virtudes.

-Se lo agradezco.

Me ha dicho Fabiana que se ha "enterao" de lo que han hecho

con mi retrato y, bueno, no ha hecho leña del árbol caído.

-No es mi carácter.

¿De verdad cree que hace falta un examen tan minucioso de todo?

-Eso digo yo, señor. Al fin y al cabo,

toda la vida, las embarazadas han comido lo mismo que los demás

y, con más brío.

-Y por eso se pierden tantas criaturas durante la gestación.

Hay que estar a la altura de los tiempos.

Hoy en día, la dieta es parte de la medicina.

Esta salsa, que mi esposa ni la huela.

Y el picante ni mentarlo.

Los dulces tampoco.

Verduras y hortalizas, sí.

Esto, esto no lo debería ingerir ni una cabra en estado.

¿Y esto?

Esto tiene más grasa que el motor de un trasatlántico.

-La grasa es buena para hacer chichas,

y una madre necesita chicha. -A callar. Ni una palabra más.

-¿Y qué vamos a hacer con estos alimentos?

-Llevarlo a la beneficencia.

Aquí no lo quiere ver más.

Fabiana, si las chicas del altillo lo quieren, te lo puedes llevar.

-Se lo agradecerán sin duda, señor.

-De, de, de, de... Te ayudo, Fabiana.

-"Agradecía", señorito.

-Ahí. -Ea.

Pues "pal" altillo. -Al altillo.

-Estos dulces, tampoco.

A la cesta.

Vaya, vaya, vaya, la hacendosa de María.

-Buenos días, doña Susana.

Qué remedio le queda a una que ser hacendosa.

Ya me ve, camino del lavadero.

-Y no llevas poca ropa.

Así me gusta, que no le tengas miedo al trabajo.

-¿De qué me valdría, cuando la obligación hay que cumplirla igual?

-No debe ser fácil complacer a don Higinio.

-Y que usted lo diga.

Aunque esté centrado en su trabajo, no quita ojo

a las tareas.

-Es normal que sea puntilloso. Las eminencias como él lo son.

Y ese cuidado por los detalles

es lo que hace grandes a los hombres como él.

-Cuánta razón tiene. No se le escapa una, se fija en todo.

-Por eso salva vidas.

Le estoy tan agradecida por lo que hizo por mi sobrino...

Tanto, que llevo pensando cómo podría mostrarle mi complacencia.

-Ah, ¿y no da usted con qué? -Sí.

En pensado en un detallito que complementaría el traje que le hice.

-Que le sienta como un guante.

-Le voy a bordar un pañuelo, que le irá que ni pintado.

-Es usted pan bendito, señora.

-Poca cosa.

¿Podrías recogerlo cuando vuelvas del lavadero?

Lo tendré ya terminado.

-Descuide. Se va a poner loco de contento.

-Nada, es un gesto.

-Pero que le honra.

Vuelvo en un momentito.

-Cesáreo.

¿Puede venir un momento?

-A mandar, señora.

-Me gustaría hablar con usted.

-No es por alardear, pero sus requerimientos han sido satisfechos.

-¿Qué requerimientos?

-La pérdida de costumbres que le preocupaba.

He dado varios escarmientos a las parejas

que pelaban la pava en la pérgola.

Pierda cuidado, que gracias a mi vigilancia,

no habrá comportamientos inmorales en la vecindad.

-Una buena noticia. -Gracias.

No tiene que felicitarme. -¿Felicitarle?

¿Por qué?

¿No es su deber como autoridad municipal,

evitar desmanes y vulgaridades?

No debería haber esperado a que yo levantara la liebre.

Felicitarle dice.

-No quería pecar de vanidad. -Olvidémoslo.

No es por eso para lo que le requería.

-Diga usted. Estoy a su entera disposición.

-Quería pedirle su colaboración para un cometido

que también redundaría en la moralidad del barrio.

Ese cometido estaría

debidamente retribuido. -No tiene más que explicarse.

-También precisa de discreción.

¿Es usted capaz de guardar un secreto?

-Soy una tumba.

Padrino, espere, por favor.

¿Qué más quieres de mí, Lucía?

Necesito algunas aclaraciones más.

Aclaraciones que no tengo por qué darte.

Padrino, me lo debe.

Después de tantos años,

debería darme una explicación sobre mis orígenes.

Sé que usted nunca me quiso.

Pero si alguna vez llegó a apreciarme

un poco... ¿Qué más detalles quieres?

Todos. Quiero saberlo todo.

Si el marqués era mi padre,

cuál era la verdad sobre mi madre, ¿era de verdad una criada?

La marquesa era tu madre.

¿Era hija de los marqueses? Así es.

Y entonces, ¿por qué no me criaron ellos mismos?

Me temo que esa pregunta solo ellos podrían haberla respondido.

¿Y por qué solo a su muerte puedo entrever la verdad?

¿Por qué me dejaron una asignación si se desentendieron de mí en vida?

No lo sé, créeme.

Yo solo me limité a cumplir sus instrucciones.

Padrino, son los pobres los que con todo el dolor de su corazón

abandonan a los hijos.

Los millonarios no.

¿Por qué los marqueses sí?

¿Por qué me rechazaron?

Me temo que no puedo serte de utilidad.

Sí, conozco su cantinela.

Usted era un simple corre ve y dile.

Pues algo así, sí.

Un abogado mediocre, sin mucho futuro,

que solo pudo acceder a una posición como la que alcancé

con los marqueses pues, obedeciendo, sin preguntar.

Mediocre, pero ambicioso.

Como la mayoría de los jóvenes sin una fortuna destacable.

No soy un dechado de virtudes, Lucía.

Pero tampoco soy

un saco de maldades.

¿No?

Claro que no.

Usted se limita a ser frío,

a actuar sin mucho escrúpulo y luego lavarse las manos.

Contigo,...

yo lo hice lo mejor que supe.

Pero no lo voy a negar, el encargo de los marqueses

supuso una fuerte carga para mí.

Fue un gran sacrificio. Criarme

fue un tormento para usted. Aun así,

llegué a quererte.

Vamos, padrino.

No voy a exagerar diciendo que como una hija propia, pero...

te quise. A mi modo, te quiero.

Siento no habértelo sabido transmitir,

En realidad, me transmitió todo lo contario.

Pues me arrepiento.

De todos modos,

nunca te faltó de nada. Actué con mucha responsabilidad.

No la suficiente, padre.

Llévaselo.

¿Le digo algo, señor? No.

He metido una nota en el ramo.

Asegúrate de que Lucía la lea.

No regreses hasta obtener respuesta.

¿Desea informarme sobre el contenido de la nota?

Para que yo sepa si debo conformarme con cualquier respuesta.

Solo tiene que responder sí o no.

Es para una invitación para cenar esta noche.

¿En su casa, señor?

Ajá.

Voy ahora mismo.

Mis ojos no me engañan.

¿Qué hace usted aquí?

Le he hecho una pregunta.

Dicen que...

me he curado.

¿Curada de qué? Nadie puede curar al diablo.

¿No sabía que Úrsula había vuelto al barrio?

Primera y desdichada noticia.

No ponga usted mientes en ello.

Parece mentira que diga usted eso.

¿Cómo no parar mientes en tenerla

de nuevo aquí amenazando la convivencia?

Sé cómo se siente, pero la tenemos vigilada.

Parece que en el sanatorio anularon su personalidad.

No es ni sombra de lo que fue.

¿A qué se dedica?

El nuevo cura, don Telmo, la tiene cobijada.

Le hace las labores domésticas.

¿Alguien le ha advertido de quién es ella y el mal que ha causado?

Lo sabe.

Aunque no sé si es consciente de ellos, de todo lo que fue.

Como ella ahora está así. Pero no se preocupe,

los vecinos saben a qué atenerse.

Nadie trata con ella.

Al contrario, solemos tomar distancia cuando aparece.

Verla así da escalofríos, ¿verdad?

Es doloroso y hasta humillante.

En fin, doña Susana, con Dios.

Con Dios.

¿Hola?

¿Doña Susana?

(Puerta)

¿Qué haces tú aquí?

-Me pidió que pasase a recoger un pañuelo para don Higinio.

-Sí, claro. No me tomes por tonta, te he citado yo,

pero lo que me extraña es encontrarte dentro de mi sastrería.

-La puerta estaba abierta. -Quizá, pero me extraña.

Tengo un dinero en la caja y suelo ser muy cuidadosa cuando eso ocurre.

-A lo mejor olvidó cerrar.

A mí me pasa a menudo. -Supongo que sí.

¡Dios del cielo, me han robado!

-Señora, ¿está segura, no habrá puesto el dinero en otro sitio?

-Se lo han llevado todo.

¿Tú sabes algo?

-No había nadie cuando he entrado

ni me he cruzado por la calle con nadie.

-¿Y tú? ¿Has sido tú?

-¿Cómo? Jamás he puesto la mano encima de algo que no sea mío.

-De eso nada.

No te vas a de aquí hasta que no arreglemos esto.

-Suélteme. Yo no he visto su dinero ni de lejos.

-Ahora veremos. Cesáreo, venga aquí de inmediato.

-A mí no me acusa usted en vano.

-¿Qué se le ofrece, señora?

-Se han llevado el dinero de la caja, todo.

-¿Esta?

-Yo no he tocado esa caja ni su contenido.

-Vamos a comprobarlo.

Suerte ha tenido de que estuviera por aquí.

-¡Suélteme! -De eso nada.

-Regístrela. -¡No me toque!

-Déjate hacer o va a ser peor.

Te pongas como te pongas, de aquí no sales,

hasta que le dé la vuelta a tus bolsillos.

-Está bien.

Haga lo que quiera, nada va a encontrar.

Eso sí, jamás olvidaré este lance.

Haré que se les caiga la cara de vergüenza a los dos.

-Menos ínfulas. Proceda, Cesáreo.

-¿Lo ve?

Ya se lo decía yo, no llevo ni un chavo.

Doña Susana se dejó la puerta abierta,

cualquiera podría haber sido.

-Pero tú has dicho que no habías visto a nadie.

-¿Cuánto dinero le falta, doña Susana?

-115 pesetas. Acababa de hacer el fajo.

Llevaba un lacito azul.

-115 pesetas como 115 soles

y un lazito azul. ¿Un fajo como este?

-Ay, gracias a Dios.

¡Ustedes lo han puesto ahí! ¡Yo no he tocado ese dinero!

-Ni caso. Estos cacos se inventan unas mentiras absurdas.

-No soy un caco. ¡Yo no he sido, no he sido!

-Ah.

-Vamos.

-¿Qué miran?

Gracias a Dios solo es una gastroenteritis.

Pero no sabe lo mal que lo he pasado.

-Ya me ha comentado Lolita. ¿Los cardillos?

-A saber con qué lo riegan en Cabrahigo.

-Son de secano. -Pues a saber con qué los abonan.

Al principio,

pensé que lo que iba mal era el embarazo,

y me hubiera llevado un disgusto. -Bueno, todo quedó en un susto.

Servando, ¿qué, pensando en La Habana?

-No.

Sueña en el momento que vea su rostro en los carteles.

-Es cierto,

va a salir en todos los carteles.

Si no fuera porque estoy casado y un futuro padre,

hasta te tendría envidia.

No te vas a despegar a las muchachas.

-No se crea, señor, no se crea, porque...

al fin y al cabo, es un retrato,

otro retrato, un hombre, otro hombre.

Lo que realmente importa es lo que hay en el interior.

-No era esa tu opinión hasta hace poco.

Yo te he visto alardear sobre tu complexión y tu talle.

-Estoy cambiando, señor.

Si me disculpan, seguiré con mis obligaciones.

Todas relacionadas con mi empleo, eso sí. Señores.

-Este no es nuestro Servando, nos lo han cambiado.

-Veremos cuánto le dura la molestia y el sentido común.

-Se le pasará cuando se vea en las paredes.

-(RÍE)

Le pedí a Cesáreo que la registrara,

pero ni me imaginaba que fuese verdad

que ella me hubiese robado el dinero.

-Chica, me dejas de piedra. ¿También ladrona?

En casa de mi Maximiliano

se aprovechó de él, pero jamás se llevó otra cosa.

-Pues así fue.

Y no creas que se molestó

en guardarse el fajo en las entretelas.

En el bolsillo lo llevaba, como si fuera suyo.

-No le daría tiempo a encontrar un escondite mejor.

-Eso debió ser, que llegué sin darle tiempo a más.

-Pues suerte que tuviste, chica.

Si tardas más, te desploman. ¿Qué te pasa en el ojo?

-Me desesperas, Rosina.

¿No te dije que tenía una idea para quitárnosla de encima?

-¡Ah, la idea!

La idea, la solución a mis males.

-Ten cuidado, no te vayas de la lengua.

Que esto es pecado, y de los gordos.

-Demasiado, quizá.

-A grandes males, grandes remedios.

Y ni un apalabra a tu marido ni a tu hija.

-Disculpad por haberos desatendido, pero...

es que Celia quería que Ramón y yo escogiéramos unas lanas

para una toquilla que ha mandado tejer.

-Di la verdad, Trini. Nos hemos retrasado

porque Ramón no se decidía por ninguna.

Ninguna era suficientemente delicada y suave para la criatura.

-Ay, la verdad es que cada vez está mas cargante.

Sobre todo con lo que no puedo comer, o sea todo, nada.

Me voy a quedar como el espíritu de la golosina.

-No te lo tomes así. Al menos es bueno que te dé el aire.

-Es bueno que me dé todo lo que no alimente, ahí lleva razón.

Me voy a tener que alimentar del aire.

-Bueno. Pero ¿por lo menos estás mejor de tu dolencia?

-Sí, sí, mejor.

Era...

gaston, gastron...

Bueno, una dolencia del estómago que se cura con un remedio del doctor.

Le echa la culpa a los cardillos.

En Cabrahigo arreglamos los males del estómago con cardillo.

-Bueno, me alegro mucho de tu mejoría.

-Gracias. -(RÍE)

-Tengo un embrollo que contaros.

¿A que no sabéis lo que ha hecho

la chacha de don Higinio?

-Cuenta, cuenta, Susana,

que tiene miga.

-Uy, no, Rosina, no hables de migas

ni de nada de comer, por favor.

(Risas)

La madre que me pa... ¿Quién ha podido hacer esto?

-Servando, ya lo siento.

-Pero ¿el contrato que firmé

les da derecho a hacer esto?

-Me temo que sí. Les diste permiso para utilizar tu imagen.

-Me lo imaginaba.

-Vaya,

parece que los del tónico van a vender sus botellas a espuertas.

-Ha sido usted, miserable.

Ha logrado mi ruina laboral y estética.

Ha hundido mi reputación como galán sin tacha.

-¿Qué culpa tengo yo de que usted sea un ejemplo de fofería y gordura?

Usted no es el Coloso,

es el Goloso.

-(RÍEN)

-Sí, rían.

Rían ustedes,

si hay motivo. Aquí me tienen humillado y...

Justo reconocerlo. Un poco fondón, pero...

¡Rían, rían hasta reventar!

Y mientras se ríen del prójimo, ojalá sus vidas sean más vivibles.

-Vamos, Felipe.

-Qué remedio. Pobre Servando.

-(RÍE)

Don Liberto, doña Rosina, pasen.

Excúsenme por no poder atenderles como merecen.

Mi criada ha salido y tardará en volver.

-Ay, Dios mío. -¿Se encuentra usted bien?

-No.

¿Le importa que me siente? La debilidad me impide seguir de pie.

-Por favor. Está usted en su casa, nunca mejor dicho.

-Disculpe la intromisión, don Higinio, pero...

el disgusto de mi esposa me ha obligado a venir con esta premura.

-¿Qué disgusto?

¿Puedo ayudarle? -Más de lo que cree.

La recuperación de mi esposa depende de usted.

-Ya le dije que no puedo atender a pacientes fuera del hospital.

Su caso fue una excepción. -No me malinterprete doctor,

la ayuda que le pido no tiene que ver con sus conocimientos.

-¿Y con qué?

-Liberto, déjate de rodeos y ponle en antecedentes.

La desazón me impide respirar.

-Mi amor,

díselo tú.

Haz un poder.

-Sea quien sea el que hable, nada impide que nos sentemos, ¿no?

Por su tono y sus caras,

el asunto debe ser grave.

-Muy grave, muy grave. Díselo. -Muy grave.

-¿Es algún error u omisión que haya podido cometer?

-No, doctor, nada tiene que ver con usted.

-Directamente no, pero un poco sí, la verdad, por más que me duela.

-Si tuvieran a bien dejar de darle vueltas y encarar el asunto.

-A eso vamos. Bueno, voy.

De verdad, Liberto, gracias.

A ver, doctor,

usted ya debe saber, aunque no haga mucho que me conoce,

que no soy una mujer para nada entrometida.

Mis inquilinos gozan de total libertad en mi piso.

-Sí, no tengo queja. ¿Por qué?

-Porque..,

sintiéndolo mucho, si quiere usted permanecer

en mi piso, debe cumplir una condición

insoslayable. -¿Una condición?

No creo haber cometido falta alguna,

ni moral ni material.

-Lamentándolo mucho, debo pedirle a usted que...

despida a su criada.

-¿Por qué?

Esa mujer me atendió antes de mi viaje a África y,

nunca me ha dado queja

ni a mí ni a mis vecinos. -Pues ahora sí.

¡Su criada ha robado en la sastrería!

Sí, a mi amiga Susana,

que es como mi hermana. ¡¿Adónde vamos a ir a parar?!

-¿Ha robado el qué?

-¡¿Qué va a ser?, dinero! ¡No va a robar un acerico

con alfileres! ¡Ha robado dinero,

115 pesetas como 115 soles!

Díselo, Liberto. -115 pesetas.

-Ay.

Daba pena el hombre. Pena de verdad.

-No es para menos. ¿Qué habéis hecho?

-Fui con don Ramón a consolarle.

Después fui con otros vecinos a arrancar los carteles.

Servando es un fanfarrón, pero nadie se merece algo así.

-Le va a costar olvidar el trance. Pobre.

-¿Y tu tío Joaquín, se ha marchado ya?

-No, no se ha marchado.

Lucía no me ha contado de qué hablaron.

-¿Dónde está ella?

-Esa es otra.

Está cenando con Samuel.

Me siento culpable, Felipe.

Debería haberme preocupado más por ella,

por su relación con mi tío.

Debería haberla ayudado. -No te atormentes.

-¿Qué podías hacer tú si no se abría a ti?

-De haberlo pensado un poco más... No sé.

Mi tío ya daba muestras de desapego.

-No lo soporto. Es un advenedizo.

Un hombre capaz de todo por mejorar su posición económica.

Lo quiero fuera de nuestra casa. -Ya ha comprado el billete de tren.

-Cuando se marche, podremos dedicarnos a recomponer

los sentimientos de Lucía.

Conseguiremos que vuelva a sentirse querida

y que goce finalmente de saberse en familia.

Gracias por las flores.

Es lo mínimo que podría ofrecer para agradecer su lealtad,

que no ha decaído durante estas semanas.

Parece más animado. Lo estoy.

Parece que la marquesa,

aun sin saberlo, me dio el empujón que necesitaba.

¿Está usted triste?

Un poco.

Sabe que puede confiar en mí.

Aunque no le apetezca contarme

sus cuitas, yo estaré a su lado, aun a ciegas.

Me gustaría poder devolverle el apoyo y el cariño que me brindó.

Estaré en la cocina si me necesita.

Gracias, Carmen.

Samuel, yo no soy quien creía ser.

¿Cómo?

Soy hija de los marqueses de Válmez.

Ladrona, más que ladrona.

-Mentira. -Corre.

-Con las manos en la masa la pillaron, y dice que no.

-Usted no estaba en el embrollo, que es lo que fue, un truco de manos.

-¡Silencio!

Esto no es una fonda de carreteros. Aquí no se grita.

-Se da cobijo a rateras, peor. -He desayunado en el Ateneo.

-Buen lugar. -Sí, pero...

me ha llegado un rumor que me ha dejado preocupado.

Es sobre Samuel... -Samuel Alday

y la marquesa de Urrutia. -Sí. ¿Lo conoce?

-No con detalle, pero suponía que se hablaría de ellos.

-La marquesa ha comentado con sus amistades

que las joyas son deficientes, que empaña el nombre de su padre.

¿Tan imperfecta es la colección que le mostró?

No sé a qué espera don Higinio para poner en la calle

a esa criada. Es una vergüenza que tenga a una ladrona viviendo con él.

-Tranquila, Rosina, él sabrá lo que tiene que hacer.

El refrán dice: "Cada uno en su casa y Dios en la de todos".

-Te recuerdo que la casa del doctor es mía.

-No, madre, no se equivoque.

Mientras le pague el alquiler, esa casa es de él, no suya.

-Anda. ¿Has estudiado derecho y no me había enterado?

-"Espero no volver a esta casa".

Tampoco deseo que lo haga.

La maleta es esa, cógela. Ahora voy yo.

-Han traído esto para usted.

"¿Ha visto usted a doña Lucía?".

No. Aunque al pasar por delante del número 38 de Acacias,

me ha parecido ver una sombra tras la ventana del salón.

Quizá se tratara de doña Celia, no lo sé.

Hace días que la señorita Lucía no le visita en casa, ¿verdad?

Tampoco ha asistido a misa. Tomé en consideración sus palabras,

ya sabe que la tengo en alta estima.

Pero...

pedí explicaciones a mi criada y lo que me contó me satisfizo.

-¡Es una ladrona! -Eso no es así.

Es una muy buena criada que lleva conmigo toda la vida.

No sé qué malentendido ocurrió, pero doy la cara por María....

-¿Eso significa que va a quedarse sin castigo?

Queremos pedirle que cambien a Cesáreo a otro barrio.

-Que no lo queremos en Acacias. -Hale.

Por decirles que se andaran sin circunloquios, derechitas.

-Eso que pedís es muy grave. ¿Qué ha ocurrido?

-Pues creemos...

que el sereno no es un hombre que tenga buen fondo, o peor,

que estamos seguras. -Todavía no ha "pasao na",

pero no se sabe lo que puede pasar. -"Dígame la verdad".

¿Por qué le ha dado a mi esposa ese empeño por esa criada?

-¿Te parece poco que sea una ladrona?

-Seamos sinceros.

A mi esposa solo le importa lo que le toca directamente,

y a ella no le han robado, sino a usted.

-Que mala imagen tienes de tu esposa.

-La conozco muy bien. Y sabe que tengo razón.

Tieta, si no me lo cuenta, no podré ayudarla.

Tiene sus problemas, y sin embargo, aquí está, ayudándome.

¿Cómo podré agradecérselo?

Dejando que le cuide.

Ahora voy a preparar algo de cenar,

que sin fuerzas, no se consigue nada.

"Creí que salir de la situación en la que me encuentro

sería algo inmediato, y no es así".

Será un camino largo y de obstáculos,

pero al alcance de mi mano.

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  • Capítulo 841

Acacias 38 - Capítulo 841

05 sep 2018

Susana decide hacer algo para que María salga de sus vidas. Con la ayuda de Cesáreo y Susana, acusa a la criada de un robo cometido en la sastrería. Ante la evidencia de las pruebas, Rosina exige a Higinio que despida a María. Joaquín le cuenta a Lucía todo lo que sabe de su relación con los Marqueses de Válmez: le impusieron la condición de hacerse cargo de la joven si quería trabajar con ellos. Lucía le confía a Samuel su secreto: es la hija de los Marqueses.

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  1. Alfonso

    Lo dije en los comentarios de episodios atrás Lucía es hija de Los marqueses de Válmez

    07 sep 2018