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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 832 - ver ahora
Transcripción completa

Son unos gemelos de oro macizo de mi yacimiento. Bonitos, ¿verdad?

-Lo siento, señora, pero no puedo aceptarlo.

-Usted se merece esto y mucho más.

-Usted gana, pero que conste que acepto por no ser descortés

con una dama de su tronío. -"Vengo de informarme"

sobre un reclamo que ha puesto

una empresa de bebidas medicinales.

Tónico El Coloso

lo llaman y dicen

que levanta un muerto, Antoñito.

-Te vas a presentar, ¿verdad?

-No sé, no lo tengo claro todavía.

-Que sí, preséntate, Peña, no seas gallina. Vamos los dos. ¿Pagan?

-Y no mal.

¡Apiádese! ¡Apiádese! -¡Suéltame!

-Necesito aliviar mi alma.

-Suelta.

No tengo a dónde ir. -En la beneficencia

se arreglan casos como el tuyo.

-"Según el director del psiquiátrico,

la sometieron a un tratamiento de choque"

Las evaluaciones no dejan lugar a duda. Está cuerda.

-Nunca estuvo loca.

-Quizás el tratamiento la ha mermado.

-O quizá,... aún peor, esté fingiendo.

-"Resulta que mi madre"

alquila una vivienda justo aquí, en el 38.

Se ha quedado sin inquilinos.

-No puede ser, ¿de verdad?

-No creo que tenga inconveniente

con la opinión inmejorable que tiene de usted.

-"Es Samuel, padre".

Desde que volvió

de intentar arreglarlo con los acreedores,

no ha salido de casa. Tampoco se ha dejado ver.

"Temo que esta situación se le vaya de las manos".

¡Ah!

(LLORA)

-"Ni siquiera tienes valor para acabar con todo".

(Risas)

(Puerta abriéndose)

¿Samuel?

Samuel, ¿está usted en casa?

¿Samuel?

¿Samuel?

¡Samuel! ¡Samuel!

¡Samuel, eh, eh, vamos!

Está vivo.

¡Samuel, vamos, reaccione, vamos!

Venga arriba, cójase.

¡Arriba! ¡Vamos!

Con cuidado. Cuidado.

Vamos.

Con cuidado.

Ahí está.

-Felipe... -Samuel, ¿qué ha bebido?

-No lo sé.

Todo lo que he encontrado.

-Será mejor que se dedique a beber agua y café.

Tome.

Le sentará bien.

¿Qué ha ocurrido para que haya terminado así?

-No lo sé. No tengo ganas de hablar.

-Ya.

Me imagino. Será mejor que descanse un rato.

Iré a buscar a Carmen

para que le prepare una infusión

y le ayude a acostarse.

Mañana tendrá un dolor de cabeza monumental.

Espérese aquí.

(Sintonía de "Acacias 38")

(Campanadas)

Todas las sirvientas que han trabajado aquí

han estado muy a gusto en esta cocina.

-No lo dudo. Es amplia y luminosa.

-Yo, cuando era pequeña, adoraba dibujar y pintar en esa mesa.

-Es que mi hija siempre ha sido de gustos excéntricos.

Pintar, dibujar, escribir...

-No debe afligirse porque sea una joven cultivada.

-No se moleste en explicárselo.

-Acompáñeme por aquí. -Encantado.

-Y este, como puede suponer, es el salón principal.

-Magnífico, me parece un piso magnífico.

-Sí. Siéntese, doctor.

¿Y qué, doctor? ¿No tendrá dudas? ¿Se lo queda o no?

-Pues... el único inconveniente que le veo

es el precio que usted me ha dicho que pagaba

el anterior inquilino.

-Por ser usted, no le vamos a subir ni un real.

-Y yo se lo agradezco, pero es que, aun así, no puedo pagarlo.

-¿Le parece alto? Tenga en cuenta que es uno de los mejores barrios

de la ciudad. -No, no, no, no, no.

El piso me parece maravilloso y sé que el precio es el adecuado,

pero mis ingresos no me permiten asumir el importe mensual

que vale un piso de esta categoría.

-Pero no entiendo, si usted es médico,

los médicos tienen sueldos sustanciosos, ¿no?

-Tiene toda la razón. Se trata realmente de mi situación personal.

No las quiero aburrir, pero regresé a España hace bien poco.

-¿Estuvo en el extranjero? -Así es.

Viajando por lo más recóndito del África.

Los médicos debemos sacrificarnos

y llevar nuestra ciencia allá donde más hace falta.

-Qué gran verdad, doctor.

-Lo que iban a ser seis meses fueron dos años.

Y son sitios en los que un médico no cobra por su servicios.

Así que tuve que financiarlo.

Pedí créditos y ahora los estoy pagando.

Por eso debo ajustar mis gastos. -Pongamos las cartas sobre la mesa.

¿Cuánto está dispuesto a pagar, doctor?

-Si es que me da vergüenza decirle mi presupuesto.

El de un barrio mucho peor que este.

-Olvide eso, ¿cuánto?

-Haciendo un gran sacrificio, la mitad de lo que usted pide.

-Bueno, así sea.

Así será durante el primer año y, dentro de 12 meses,

volvemos a hablar. -Es usted muy generosa,

doña Rosina.

-Tanto...

que no me lo puedo ni creer.

-Es que ha salvado la vida de mi esposo.

Es lo mínimo que puedo hacer

como agradecimiento. -No, no. Perdóneme

por haber dicho que sí, pero no puedo aceptarlo.

Salvé la vida de don Liberto porque era mi obligación como médico.

-No sea insensato y acepte.

No es muy fácil que mi madre le perdone un céntimo a alguien.

-Doctor, si no se queda a vivir en esta casa,

me va a ofender.

-Siendo así, lo último que pretendo es ofenderla,

doña Rosina. -Pues estupendo.

Muy pronto le haré llegar el contrato.

¿Se va a quedar la casa amueblada?

Los muebles son del otro inquilino.

-Son elegantes, si no tiene inconveniente...

-Al contrario, me evita el problema de almacenarlos.

Considere suyos todos los enseres. -Si el anterior inquilino

no los reclama, no tengo problema.

-No los reclamará, no se preocupe. ¿Cuándo se piensa instalar?

-Mañana mismo. -Está bien, mandaré a Casilda

que venga a ayudarle y a quitar el polvo

de estas semanas. Ay, perdone, qué vergüenza. Vámonos.

-Sí, vámonos.

Doctor, disfrute mucho esta casa.

No se imagina la cantidad de recuerdos que trae estar aquí.

Hemos pasado

tantos momentos entre estas cuatro paredes, toda mi infancia.

Hemos vivido mucho, mucho aquí.

-Intentaré estar a la altura.

Son libres de venir cuando deseen.

-Bueno. -Gracias.

-Vámonos antes de ponernos sentimentales,

que todo nos recuerda a su padre. -Sí.

-Salgo con ustedes,

que he de organizar el traslado de mis escasas pertenencias.

-"Pues yo me alegro"

de no haber vuelto a saber nada de Úrsula.

-Susana, no digas eso.

Era una más de nosotras. -Pero, Celi,

de eso nada. Úrsula nunca ha sido una de nosotras.

-Ni lo ha sido ni lo será, como agua y aceite hemos sido.

No se pueden mezclar de ninguna manera.

-Pues a mí me da pena, ¿qué queréis que os diga?

Entre verla severa y con sus vestidos negros y verla mendigando,

es que casi prefiero lo primero. -Puede que tengas razón,

pero tú eres muy buena y lo perdonas todo.

-Como nos han enseñado que debe ser.

-Mira, Lucía, no la hay más piadosa que yo,

pero creo que todo tiene un límite.

-Todo el mundo tiene derecho a arrepentirse de sus pecados.

-Cómo se nota que no conoces a Úrsula.

No la he conocido más mala en mi vida.

Viéndola como una indigente que no le rige la cabeza,

no me fío de ella.

-Pues a mí me dio mucha lástima cuando la vi acercarse.

Le aseguro que nada queda

de su altivez de otros tiempos. -Menos mal que tu hermano la echó.

Porque tú eres capaz de contratarla.

-No seas mala.

-Que no, Celi, que no nos iba a servir.

En esa mujer solo hay maldad.

No me fío por mucho tratamiento que le hayan hecho en la cabeza.

-Veo que hay unanimidad,

les espanta.

-No por mi parte, no creo que haya nadie tan malo que no se salve.

Me da mucha pena verla tan desvalida.

Tal vez esté así por los tratamientos de la clínica.

A saber dónde está ahora.

-Seguro que buscando dónde pasar la noche.

-Pues yo ni lo sé ni me interesa. A ver si esto va a hacer

que nos olvidemos de la alegría de la recuperación de Liberto.

-No, por supuesto que no.

Tenemos que pensar en algo para darle la bienvenida.

-¿Cuál era

su postre favorito?

Podríamos preparárselo.

-No sé, pero me enteraré.

Como es tan goloso, seguro que le gustan todos.

-A él le gusta su Rosina. -Pues ahí viene.

-A las buenas, señoras.

-Nos estábamos preguntando cuál es el postre favorito de Liberto.

-¿Su postre favorito? Pues yo, está claro.

(RÍEN)

-Os lo dije. -Madre, por favor.

-Qué quieres, hija, es la verdad.

-¿Y de los postres

normales?

-El tocino de cielo,

doña Susana.

-Me encargo, voy a pedir que lo hagan.

-¿Cómo está su marido?

-Muy bien, gracias a Dios.

Le hemos dejado porque teníamos que enseñar el piso.

-Que, por cierto, ya tenemos inquilino.

El doctor Higinio Baeza.

-Un doctor aquí, qué buena noticia.

-No teníamos ninguno desde don Germán.

-Buenas tardes, señoras.

-Buenas tardes, padre. -Quería preguntarle por don Liberto.

-Está estupendo, gracias, padre. -Me alegro.

-Que aproveche la merienda. -Si gusta.

-En otro momento, gracias. Señoras.

-Padre.

-Discúlpenme.

Padre. Perdone.

-¿La puedo ayudar?

-Es Samuel, padre.

No sé nada de él y temo que pueda estar mal.

-No sé qué puedo hacer. -Si se pudiera pasar

por su casa...

-Lo haré, no se preocupe.

Por cierto, he recibido unos libros que quizá le interesen

para su investigación sobre su cruz.

¿Por qué no pasa por mi casa y los consulta?

-¿Por su casa? -Sí.

Pásese.

-Gracias. ¿Le viene bien mañana?

-Perfecto. Con su permiso, tengo que ir a confesar.

Le soy sincero, no hay nada más aburrido.

¡Eh!

¿Qué hace, Servando? -¿Qué voy a hacer? Comer pan.

-No, aquí se bendice la mesa, ¿no lo sabe?

-Ah, pensé que estaba bendecida.

-Pensé que, pensé que...

¿A quién le toca hoy?

-A mí.

Que Dios bendiga los alimentos

que vamos a tomar.

Amén. (TODOS) Amén.

-¿Ya? -Sí.

-¿Ya se han enterado de que ha vuelto Úrsula?

-Hasta la vieron. -Dicen que parece una mendiga.

-Eso dicen.

Pero yo no me lo creo. -Ni yo.

La que es mala en vida muere mala.

Y hasta que no la vea en el cajón

no me voy a quedar tranquila.

-¡Arrea, "señá" Fabiana!

Qué imagen tan horrorosa.

Pero si usted no es así.

Usted no es así de rencorosa.

Con ella sí, Casilda.

Con ella soy la venganza en persona.

-Pues imagínense yo lo poco que me fío.

Que no creo ni que pueda dormir.

-Cuente ovejas, mano de santo.

-Servando, por el amor de Dios.

Esperemos que esa mujer no vuelva a atacar.

Y más ahora, que ni siquiera

está mi Riera para protegerme. -Descuide que, por lo que he oído,

esa no está en condiciones de atacar a nadie.

Ya veremos si no la encontramos pidiendo

en la puerta de la iglesia. -No venda usted

la piel del oso sin cazarlo, que Úrsula tiene siete vidas.

-Con razón enseñan que el miedo es libre.

Pero se puede una reponer.

Tenga ánimo y fe en Dios.

La ha protegido de doña Úrsula y lo volverá a hacer.

-¿Y qué me queda si no, Agustina? Fe...

y poco más.

-Servando, no sé si sabe que doña Rosina

ha alquilado el piso.

Mañana viene el nuevo inquilino.

-¿El piso de don Arturo?

Pero allí hay cosas personales suyas.

-"Señá" Agustina,

yo mañana tengo que ir a limpiar el piso.

Si usted quiere conservar algo,

dígamelo y se lo pedimos a doña Rosina.

-Lo que quiero conservar es su recuerdo.

-Agustina, ese se lleva aquí, en el corazón.

-Y en el caletre.

-Como dice el refrán,

el muerto, al hoyo, y el vivo al bollo.

Aunque yo jamás olvidaré

al coronel.

-Eso le honra, Agustina.

-Y el inquilino ese

es un doctor muy reputado, ¿no?

-Exactamente, el doctor Higinio Baeza.

El hombre que le ha salvado la vida a don Liberto.

-Ah.

Entonces bueno será tenerlo por aquí, por el barrio.

Que al médico acaba uno yendo de vez en cuando.

A ver. ¿Alguien quiere repetir?

-Yo me comería un poquito más.

-Usted sí que tendría que ir a que le viera el médico.

Parece ser que tiene una solitaria en la tripa.

Que le digo que no, Peña,

que hacemos pesas para el concurso o no nos van a coger.

-¿Pesas para qué?

El tónico se llama El Coloso.

¿Para qué vamos a hacer pesas?

Van a buscar a alguien como Hércules.

Aparte de ser un portento de la virilidad, claro.

-Antoñito, pero ¿usted me ha visto? Un brazo de hierro.

A mí a un pulso no me gana ninguno de los que se presentan.

-Que tiene brazos de enclenque. -¿Quiere probar?

Le echo un pulso.

-Nada de pulsos, a ver si alguien se va a hacer daño.

Que tú no necesita hacer pesas, así estás perfecto.

-¿Yo estoy perfecto también?

-Pues, más que pesas, lo que le vendría bien

es un par de cocidos con sus garbanzos y su morcilla.

Bueno, me voy a recoger

la terraza.

-Ya ha oído. No tienen nada que hacer.

-Porque está cegada de amor.

Lolita diría lo mismo de mí. -En unos días le preguntamos.

-Tengo unas ganas de verla...

Por cierto, me gustaría preparar

alguna velada especial.

¿Se le ocurre algo?

-Bueno, puede llevarla a pasear por el río,

ver el atardecer desde el mirador de la ermita.

Subir en barca.

-Ya, ya.

Yo pensaba algo más divertido.

No sé, ir al teatro, un café cantante

o bailar hasta el amanecer.

-Oiga, ¿y por qué no vamos los cuatro?

Ustedes dos, Flora y yo. Podría ser la noche del año.

-Sí, sí, me parece muy buena idea, apunte, apunte

todo lo que se le ocurra.

Por la noche del año. -Por la noche del año.

Y venga

ese pulso.

Buenos días. Tenga cuidado, "señá" Juana,

y no se quite el refajo, que el tiempo está traicionero.

Matute, déjenos la calle como los chorros del oro.

Que se pueda comer en el suelo.

-Fabiana...

-Doña Úrsula.

Menudos andrajos que me lleva.

Ande y aséese.

-Ni para jabón tengo.

¿Cómo estás?

-Harta de saber que no deja de rondar por aquí.

-Tengo hambre.

¿Puedes ayudar aunque sea con un mendrugo de pan?

-Pero ¿qué le han hecho en esa clínica?

-Curarme.

Pero ahora no tengo nada.

Allí al menos comía.

-Me cuesta decir esto porque me costaría con cualquier ser humano,

pero no será de mi mano

de la que reciba ayuda.

Usted me hizo tanto daño...

-¿Qué te hice?

-¿No recuerda?

No me lo creo.

Fue muy grande el mal

como para que lo olvide.

-Fuera lo que fuera,

perdonar es de cristianos.

-Pues me iré al otro mundo con este pecado.

Pero no la perdono, lo único que quiero es tenerla lejos de aquí.

Váyase de Acacias.

-No sé dónde. -Ni tiene nada que hacer aquí.

Que se ande los pasos que la han traído a este barrio. ¡Largo, largo!

-¡Celia!

-¿Doña Úrsula?

-Usted era amiga de Cayetana.

Tengo hambre, Celia.

¿Puede ayudarme con unas monedas para comprar pan?

-¿Qué le ha pasado? ¿Cómo se ve así?

-Nunca nadie tenga que verse así.

¡Ah, gracias!

Gracias, Celia...

¡Gracias, Dios la bendiga!

Úntale al señor mantequilla en el pan.

-Puedo yo.

-Es que a mí no me importa.

Es más, yo estoy aquí para eso.

Además, lo voy a hacer con mucho cariño.

-¿Has dormido bien?

-Como un bendito.

Si no fuera por esto, ni me acordaba de que estaba enfermo.

-Pues a mí

ese vendaje que lleva usted me recuerda mucho a un turbante

de esos que llevan los encantadores de serpientes.

Y he de decir que, aún con él puesto,

está más bonito que un San Luis.

-Casilda, las conversaciones de los señores son de los señores.

-Sí, perdone.

-No me gusta que le eches piropos.

Ya se los echo yo. -Deja que la chica me eche piropos.

A mí me gusta.

-Porque eres un sinvergüenza.

-Ahí tiene, señor, el panecillo pringado de mantequilla.

-¿No tendrás un poco de mermelada?

-Me la he dejado.

Perdone usted. Enseguidica la traigo.

-Esta muchacha tiene la cabeza en Babia.

Cumple años de edad, pero no de sensatez.

-Ninguna te aguanta, no te quejes.

-Pero ¡bueno! -Por cierto, hoy se muda el doctor.

¿No es así?

-Eso me dijo. Has visto el contrato, ¿no?

-Sí, pero creo que hay un error

en el precio.

-No hay ningún error.

Le he bajado un poco el alquiler.

-¿Un poco? Cariño, se lo has dejado a la mitad.

-Bueno, piensa que está muy bien tener a un médico en el barrio.

No, sí. Además, me dijo

que no podía pasar tanto.

-Que no me puedo creer que te haya convencido.

-¿Por qué? Tú piensas como todo el mundo que soy una tacaña.

-¿Tú una tacaña? ¿Quién va a pensar eso?

Me alegro mucho de que le hayas bajado el precio.

Al fin y al cabo, fue quien me salvó la vida.

-Por eso le he bajado el precio y le he dicho que se puede quedar

con los muebles.

-Por cierto, la "señá" Agustina se quiere quedar con algún recuerdo

del coronel.

-¿Te vas a meter en todas nuestras conversaciones?

-Perdone, lo siento. -Casilda, date la vuelta,

que le voy a dar un beso a la señora a ver si así conseguimos

que te perdone.

-¿Qué? ¿Le unto la mermelada?

-Por supuesto. -Ahí está.

¿Dices que durmió en la calle?

-No lo sé, que no la vi, pero esa era la impresión que daba.

Iba desgreñada y con la ropa sucia. -¿Qué le habrán hecho a esa mujer

para que haya salido así?

-Pues, según dicen, curarla, pero para mí

que han acabado con ella.

Me dijo que tenía hambre, que le diera algo.

-¿Y pudiste ayudarla?

-No.

A lo mejor he sido una mala samaritana,

pero es que no soporto ver cómo esa mujer no paga por sus maldades.

-Bueno, al parecer sí está pagando, Fabiana.

-No seré yo quien le dé ayuda,

no después de lo mucho que me ha hecho sufrir.

Ni hablar.

Doña Celia le dio algunas monedas, calderilla.

-¡Qué bochorno!

-Fabiana, ponme un café rápido,

que tengo una reunión y ya voy que vuelo.

¿De quién hablabais que era un bochorno?

-De Úrsula. -¿Sigue por el barrio?

-Sí, señor.

Esta mañana la vi.

Iba hecha una pordiosera,

menuda facha que llevaba. -Pobre mujer.

Que ninguno de nosotros se vea en esa situación.

Espero que no cause problemas en el barrio

porque, con todo el mal que ha hecho,

no va a ser este el lugar en el que la ayuden.

-Esa mujer no da puntada sin hilo.

Creará problemas.

Ya lo verá.

-¿Adónde se supone que vas vestido así y haciendo estupideces?

-Voy a hacer "sport", padre.

-¿"Sport"? -Sí.

Voy a ir corriendo hasta el río.

Allí se juntan los "sportman" para levantar pesas.

-¿Qué has hecho?

¿Una promesa a la Virgen? ¿Por eso te vas a sudar de esa facha?

Yo no me meto.

-Por favor, no sea antigua,

que ya lo decían los romanos. "Mens sana

in corpore sano". Hay que cultivar el cuerpo

para que pueda florecer la mente.

Correr, hacer pesas.

-Correr es de cobardes.

-Antoñito, hijo,

a mí no me engañas.

Bueno, que me voy a presentar de modelo

para un tónico masculino. Tónico El Coloso, se llama.

-¡Yo he leído sobre eso!

Es un tónico

para la virilidad.

-Eso es, por eso hay que estar en forma.

No van a coger a un alfeñique.

-¿Virilidad? ¿A qué le llaman virilidad?

-¿Qué preguntas son esas? Publicidad,

hombría, cumplir como el que más.

-¿Y vas a salir en los periódicos anunciando eso?

-Pero que no, que es un medicamento, padre.

No es nada ilegal ni sicalíptico. -Ramón, no seas antiguo,

tú no lo necesitas, pero muchos hombres sí.

-No comentes nuestras intimidades en público.

-Sí, por favor, no hace falta. Ya desayuno luego,

se me ha quitado el apetito, gracias.

-Bajo contigo,

aunque me da vergüenza que me vean

a tu lado vestido de esa facha.

Bueno, Trini, luego volveré. -Hasta luego.

Ay, señora. Señora,

¿y usted cuándo le va a decir a su marido

que no tiene ninguna duda de su hombría?

-Mañana, Fabiana.

Estoy preparando el momento.

A estas alturas,

para nosotros un embarazo es algo muy especial, pues que se note.

-Pues se va a poner más feliz que nunca, ya lo verá.

(Llaman a la puerta)

Buenos días, padre.

Buenos días, Lucía.

-¿Puedo pasar? -Sí, pase.

Siéntase como en su casa.

-Es muy bonito el lugar. -Humilde y tranquilo.

Lo único que necesito.

Tome asiento

y eche un ojo a ese libro de la mesa.

He marcado las páginas que contienen grabados.

¿Qué le parecen los dibujos?

-Me temo que no hay nada

que se parezca a los grabados de mi cruz.

-La paciencia es la compañera que la sabiduría,

decía San Agustín. -No ceje, aquí hay más libros.

Es cierto.

A veces soy demasiado impaciente.

-Tenga este. Quizá tenga suerte.

Tiene bastantes ilustraciones

sobre iconografía cristiana de todos los tiempos.

¿Qué sabe de don Samuel?

¿Recupera el ánimo?

-Ojalá fuera así, y más ahora,

que ha reaparecido la mujer que se casó con su padre,

doña Úrsula.

Nunca había oído hablar tan mal de alguien con tanta unanimidad.

-He oído hablar de ella, pero no la he conocido.

¿Tiene mucha ascendencia sobre Samuel?

-No lo sé, no conozco tanto a Samuel.

Y tampoco he coincidido con ella antes de ir

al centro de enfermos mentales. -A veces los hombres

no quieren que nadie se entrometa.

Y mucho menos si se trata de sacerdotes.

Samuel debe recobrar el espíritu por muy difícil que sea.

-Se había esforzado mucho por levantar las galerías.

El atentado ha sido un duro golpe

y económicamente le va a costar recuperarse.

¿Y su hermano no le ayuda? -No creo que tuviera

buena relación con él.

Se marchó de la ciudad con la que era esposa de Samuel.

Un escándalo mayúsculo en el barrio -Lucía,

si era su esposa, lo sigue siendo.

Dios no acepta componendas.

Pero ese no ahora el asunto principal. Samuel

saldrá adelante.

-¿Usted cree?

-Los reveses te hacen más fuerte. Se sale de ellos

con fortaleza y sabiduría.

-Pienso lo mismo.

El exceso de comodidades te hace ser más débil.

Por ejemplo,

la asignación que me han dejado los marqueses de Válmez.

Siento que me está lastrando.

Me está imposibilitando levantar el vuelo y alcanzar mi propio camino.

-¿Estaría dispuesto a renunciar a ese dinero?

-Pienso mucho en eso.

Me parece una locura.

-Locura son los actos de los locos, de los orates.

Y tengo la sensación de que usted está muy cuerda.

-Yo a veces lo dudo.

-Lucía, no tema dar el paso.

Piénselo y medítelo.

Y sobre todo, obre en consecuencia.

-Gracias, padre.

¿Puedo llevarme este libro y así lo puedo ojear en casa?

-Claro.

Ojalá encuentre lo que busca.

La acompaño a la puerta.

Con Dios. -Con Dios, padre.

Mercedes, por favor, saca tú las rosquillas,

que llevo yo ahora los cafés. ¡Uf!

Cómo estamos.

Vale.

-A las buenas, Peña.

¿Podemos hablar un segundo?

-Tengo la terraza llena. Deme un segundo.

Mercedes, saca tú los cafés, por favor.

Mesa 4 y mesa 1, están esperando.

Dígame, disculpe, ¿es para hacer un pedido?

-Sí.

Sí, sí, uno muy especial. -Pues espere que cojo papel y lápiz.

-Buenas, Trini.

¿Qué tal, Peña? ¿No tendrás un vasito de agua con hielo?

-Sí, ya me lo han traído de las hieleras de la sierra,

pero no le voy a echar hielo en el agua.

-¿Eso por qué?

-El agua helada sienta mal cuando uno está sofocado.

-Sí, tiene razón, Felipe el Hermoso se murió por beber agua helada

después de cazar. Hale, viento. -Venga, por favor.

Otro.

Una hora de pesas

Y luego otra hora corriendo. ¿Se me nota?

¿Tengo ya músculos?

-Pues no, estás igual que esta mañana.

No pasa nada, que estás sano.

Eso es lo importante. A descansar.

-Qué orgullosa se va a sentir cuando me vea

anunciando el Tónico El Coloso. -Sí, claro.

Y teniendo que aguantar a tu padre poniendo el grito en el cielo.

-¿Ya ha pensado dónde vamos a llevar a nuestras novias?

-No podía pensar y hacer pesas a la vez.

He dicho: "Elige, Antoñito". Y he elegido pesas, pesas.

-Ay, doña Trini, que estaba haciendo un pedido.

-Sí.

Un chocolate.

Y... picatostes.

-¿Solo eso?

-Agua.

Y me lo saca, por favor, que tengo una mesa libre.

-Yo voy a querer más agua también. -¿Agua?

¿Estás segura de que no quieren nada más?

-Nada más.

Bueno, sí.

Como ya le he dicho antes, picatostes sin azúcar.

Pepe, mira, el grande te lo llevas a la entrada.

El pequeño, al dormitorio. Yo coloco todo. Y, por favor,

daos prisa, que abajo en el portal queda otro más.

Muchas gracias.

-Veo que te apañas a la perfección.

-A ver, si es que llevo media vida enredando

en esta misma cocina. -¿Has servido en esta casa?

-Sí, desde chica hasta hace dos años, que doña Rosina compró otra.

Si quiere usted, cuando tenga contratada

una criada, me vengo un día y le enseño todos los intríngulis.

-Eso sería estupendo.

-Buenos días.

Doctor Baeza, soy don Cesáreo,

el sereno del barrio, para servirle. -Buenos días, Cesáreo.

Puede llamarme Higinio. -Gracias, don Higinio. Solo venía

a ponerme a su servicio y a darle una cordial bienvenida.

Sepa que es un honor para todo el barrio

tener como vecino a un doctor tan ilustre.

-Muchas gracias. Lo que hace falta es que nadie necesite mis servicios.

-Dios lo quiera. ¿Necesita ayuda

con los bultos? -No, ya están los mozos cargando.

Además, como don Higinio no ha traído muebles,

está todo organizado.

-Pues nada, sin necesita algo, llámeme.

A su servicio.

-Muy amable, Cesáreo.

Qué redicho el sereno.

-Para chasco que sí.

-Al que no conozco es al portero. -¿A Servando?

Al principio es un poco cascarrabias,

pero "a luego", cuando se le conoce, se le coge cariño.

¿Querrá usted que le encuentre una criada?

-No, tengo una, María, ahora está en el pueblo,

pero la mandaré llamar.

-¿Y lleva mucho tiempo con usted?

-Toda la vida.

Por cierto, cuando llegue necesitará que le ayude a conocer el barrio.

No sé.

Qué tendero sisa, los mejores lugares para comprar...

Esas cosas que tú debes conocer al dedillo.

-Más me vale.

Delo por hecho. Entre todas las criadas la ayudaremos.

-Tengo el presentimiento de que mi criada y tú

os vais a llevar a la perfección.

-Aquí me tiene para lo que sea menester.

Y ahora, si me disculpa, me vuelvo a la faena.

-Muy bien.

¿Dice que doña Úrsula le pidió unas monedas como una vulgar pordiosera?

-Eso fue a doña Celia.

A mí me pidió para comer.

-¿Y usted le dio? -Ni los buenos días le di.

Con el daño que me ha hecho a mí esa arpía.

-Yo le sigo temiendo

como a un toro bravo. Y con motivos, Carmen.

Pero ahora sí, ahora sí que parece

que está vencida. Ya no es ni sombra

de lo que era. -A las buenas tardes.

Han subido ya los baúles del médico nuevo.

-¿Y qué tal es?

-Pues no lo sé, porque no se me ha presentado.

-Vaya, ¿y no será que es usted quien tiene

que presentarse ante él?

-Yo soy el portero de Acacias 38,

un edificio de primera. Yo tengo mi nivel.

-Un día algún vecino le va a poner

en su sitio, Servando.

-Qué equivocadas estáis con la posición social

del portero. El portero es

como el embajador del edificio donde trabaja.

-No se haga ilusiones.

El portero está justo encima del criado de a pie.

-La aristocracia de los criados.

-A las buenas.

Hale, ya tengo apañada la casa del matasanos.

Tenga, "señá" Agustina.

¿No quería usted un recuerdo del coronel?

Ahí lo tiene.

-Muchas gracias.

¿Le ha dado permiso don Higinio? -Oh, sí. Es un nombre

la mar de simpático.

-¿Y va a contratar criada?

-Nones, trae ya una.

Tendremos que hacerle hueco aquí.

-De momento, hay hueco. Y si no hay, se le busca.

-Yo espero que sea simpática, trabajadora y guapa.

-Y dale Perico al torno. Servando, que es usted

un hombre casado,

que no saque las patas del tiesto. -No sé cómo os aguanto.

-Porque no le queda otra, Servando.

A falta de Paciencia,

nosotras somos como sus esposas.

-Media docena, menudo harén.

-¡Ay!

Bueno, y hablando de todo un poco, ¿habéis visto

cómo ha salido vestido don Antoñito?

-Iba hecho un adefesio.

-Qué pena

habérmelo perdido. -De "sposmas".

Decía que iba a levantar piedras al río.

-¿Para qué? -Si no me equivoco,

para lo del Tónico El Coloso.

Es que van a escoger a un modelo

que sea un hombre fuerte,

apuesto,

que esté bien dotado de los músculos. Se van a presentar el Peña

y también el Antoñito.

-A mí me parece que está más fuerte el Peña.

-Pero Antoñito es más guapo. -Para mí son los dos apuestos.

Yo me daba un paseo por el río con los dos

y luego los miraba bien mirados.

-Casilda, que estás hablando del novio de una amiga tuya.

-Yo solamente estoy hablando de mirar.

Entiéndame, soy una mujer joven,

viuda, que lleva mucho tiempo sin pegarse una alegría.

-¿No creen

que yo tengo opciones para ganar ese concurso?

-¿Usted, Servando? -¿Que yo qué?

-No sé. -¿Que no se lo creen?

Ahora mismo me voy a apuntar.

-¿Os imagináis la cara

de Servando empapelando la ciudad?

-Eso es para irse a vivir

al campo y no volver.

-Ay, pobre.

Pase, pase. ¡Pase, hombre, pase!

-¿Y este secretismo?

He subido cuando me han dado aviso. -Necesito hacerle un pedido.

Pero no quiero que se enteren.

-¡Ah!

Por eso no habló delante de Antoñito.

-¡Premio! Es usted listo, Peña, ¿eh?

-No se mofe de mí, doña Trini.

Cuénteme cuál es ese pedido tan sorpresivo.

-Disculpe, es un pedido para mañana.

-Peña, pero ¿qué hace aquí? Yo, beber agua.

Estoy todo el día comiendo y bebiendo.

No sé si el ejercicio va a merecer la pena.

-Antoñito, hijo,

¿te has percatado de que trato de hablar con el Peña?

-Sí, sí, pero que podéis seguir hablando. Yo no molesto.

-¿Te vas o no?

-Pero ¿por qué no pueden hablar mientras esté yo delante?

Uy, ¿ven? Ya han hecho que me interese el tema, me quedo.

-Está bien.

Como podrá comprobar,

no hay intimidad en esta casa ni tampoco en el barrio.

En fin, quería alquilarle

el local para mañana por la noche.

Para la cena, el local entero.

-Mañana por la noche, el local entero.

Sí, ningún problema.

¿Para cuántas personas? -Dos, solo mi esposo y yo.

-Ah. -¿Los dos solos?

-Sí, eso he dicho, sin ningún inoportuno como Antoñito

o ninguna criada que dance por ahí

o ninguna señora que entre a contar un chisme.

Quiero un sitio tranquilo para disfrutar, unas ricas viandas,

un gramófono con música.

Vamos, lo que viene a ser máximo sosiego.

-¿Es por algo especial?

-Bueno, eso me lo reservo

para mi esposo y para mí.

-Doña Trini, por favor.

Pero es muy buena idea.

Yo organizaré algo parecido para cuando regrese Lolita.

-Sí, pero doña Trini me lo ha pedido antes que usted.

Así que va a tener que esperar.

Doña Trini, cuente con ello.

-Muchas gracias. Ah, y esto va

por los dos. Necesito máxima discreción.

No quiero que se entere nadie.

Es una sorpresa para mi Ramón.

Ni con tortura china me lo van a sonsacar.

-Más te vale, por tu bien.

-Por mi bien voy a seguir bebiendo agua.

Celebro que esté mejor. -Unas horas de sueño

y un afeitado mejoran el aspecto de cualquiera.

Por favor, siéntese.

Quería agradecerle su aparición de ayer.

No sé qué habría ocurrido

si no hubiera decidido usted abrir la puerta.

-Pues nada, se habría pasado mucho más tiempo en el suelo.

Y ahora tendría mucho más dolor de huesos, pero nada más grave.

-A veces es bueno desdramatizar las cosas.

-Es lo primero que se aprende en mi profesión. No hay nada tan grave

sobre lo que no se pueda ironizar y frivolizar.

-Seguramente tenga usted razón, don Felipe.

Pero mi situación actual no tiene nada de frívola.

-Mírelo con perspectiva.

Su problema más acuciante es el económico.

-Así es. No merece la pena ocultarlo.

-Su padre le dejó muchas cosas, además de lo económico

que se perdió con la bomba.

También le formó como un joyero excepcional.

-Cierto, pero lo he perdido todo. No podré conservar ni la joyería.

-Seguro que en su familia alguien empezó desde cero, sin joyería,

solo con las ganas de labrarse una fortuna

y la habilidad de ejercer su oficio.

-Ese fue mi abuelo. -Siga sus pasos.

Tan solo tiene sus conocimientos,

úselos. -Este negocio no es como otro.

Requiere de herramientas, pero también de materia prima.

Oro, plata, rubíes, diamantes,

y estos materiales no son baratos.

No es una profesión para pobres.

-¿Y si yo le dijera que le puedo conseguir un contacto con alguien

que le adelantaría un dinero para gastos en materiales?

-¿Quién?

-La marquesa de Urrutia, es una gran admiradora

de su trabajo y estaría encantada de tener varias piezas suyas.

¿Qué me dice?

-Claro, es una gran oportunidad. -La avisaré para decírselo

y para que se reúnan a hablar

de las piezas que quiere. Se va a poner muy contenta.

-Felipe, nunca podré pagárselo lo suficiente.

-No diga eso, uno nunca sabe las vueltas que da la vida.

-Quería pedirle una cosa más.

Es algo que me da un poco de vergüenza.

-Dígamelo.

Si está en mi mano, cuente con ello.

-No me gustaría que le contara a nadie

el estado en el que me encontró ayer.

Ni siquiera a la señorita Lucía. -No se me ocurriría.

-Gracias.

Tengo que intentar mantener el poco nombre que me queda.

¿No vas a contarme nada de lo que has pensado hacer?

-Sí, ahora, cuando venga Fabiana. ¿Has visto a Antoñito esta mañana?

No, pero me han dicho que ha salido como un esperpento.

-Bueno, llevaba pantalones bombachos como los que usaba tu madre

cuando lo de la bicicleta, igual. -Sí.

-Yo pensaba que Ramón iba a armar en cólera.

-¿Y no? -No.

A ver. Se enfadó un poco

y se quejó. Pero ya le da igual.

Yo creo que se está acostumbrando a las locuras de Antoñito.

-¿Y por qué los llevaba?

-Porque está haciendo deporte

para hacer los músculos más grandes.

Es que ahora quiere anunciar el Tónico El Coloso.

-Pero ese es el que anuncian en los periódicos

para la virilidad.

-Ese mismo.

-¿Y tú sabes si funciona?

-Celi, ¿no me estarás tratando de decir que Felipe no...?

-Felipe sí, funciona a la perfección.

Es curiosidad nada más.

-Ya, ya.

-Trini, que no, que ni se te ocurra pensarlo, que Felipe es un titán.

¿Te imaginas que se tomara el tónico ese?

La batalla de Waterloo se quedaría en una merienda campestre.

-Pero ¡Celi!

Ay, Fabiana,

que te estábamos esperando.

Que tengo que contaros que ya tengo todo organizado para dar la noticia.

-Señora, no sé a qué viene dar

tantas vueltas. Si el señor se va a poner más feliz que nunca

en su vida. -Bueno, pues he reservado

La Deliciosa para dos, sin interrupciones.

-Qué buena idea, Trini.

-¿Y no habría sido mejor aquí, en casa?

-Sí, pero hay que dar un poco de emoción

a estas cosas. Además, que yo no sé si Ramón

se lo va a tomar mal. Al fin y al cabo, ya no es un crío.

-Dale Tónico El Coloso.

-Que sepas que Ramón tampoco lo necesita.

También es un titán.

Lo que ya no sé si tendrá tantas ganas

de jugar con niños y cambiar pañales.

-¿Un hombre cambiando pañales? ¡Qué barbaridad!

-¿Quién es ese hombre que tiene que cambiar pañales, Fabiana?

-No, no, que he leído en una revista femenina que ahora los hombres

deben ayudar a cambiar los pañales.

-Menuda estupidez.

Cualquier día van a querer

que seamos nosotros también los que paramos.

Menos mal que a mí ya me pilla mayor estas costumbres.

-Pero ¿no lo harías?

Con María Luisa y Antoñito nunca tuve que hacerlo, solo faltaba.

Y ahora ya no corro peligro.

-Ay, señor. No tiente al diablo.

El hombre pierde antes el diente

que la simiente. -Eso no es más que un refrán,

Fabiana.

Bueno, me voy al despacho, a leer el periódico.

Aquí les dejo, hablando de hombres y de pañales.

(Llaman a la puerta)

Don Liberto, doña Rosina, ¿qué tal? -Buenas, ¿qué tal?

-Pasen, no se queden ahí. -Gracias.

-Lo que siento es no poder ofrecerles algo de beber.

-No se preocupe. Veníamos a ver si estaba usted

bien instalado. -De maravilla.

Aunque todavía me falta por abrir ese baúl.

-¿Y por qué no lo ha hecho Casilda?

-Soy un poco maniático con mis cosas

y no me gusta que anden trasteando en ellas.

No es por Casilda, que me ha parecido una criada ejemplar.

Es por mí, que tengo mis rarezas. -Diga usted que sí.

Cada uno con sus cosas. A mí, por ejemplo, me molesta mucho

que toquen mis monedas. -Espero que me permita verlas.

Nunca he sido aficionado a la numismática,

pero tiene que ser muy interesante.

-Por supuesto que sí, cuando usted quiera.

Es más, sería un honor para mí.

-Muchas gracias. ¿Me permite ver su vendaje?

-Por supuesto. -Siéntese, por favor,

quítese el sombrero.

-¡Ay!

-¿Va algo mal? -No, no, no, no.

Todo lo contrario, lo veo perfecto.

Es solo que con la gorra no lograba apreciarlo.

-¡Ah!

-Es un regalo que me hizo mi tía Susana.

-Muy elegante. Tendré que ir a visitar su sastrería

cuando ya me haya hecho con el barrio.

-Lo va a hacer enseguida, es un barrio muy agradable.

¿Ha conocido al resto de vecinos?

-No, todavía no.

El único que me ha hecho una visita ha sido el sereno...

No recuerdo el nombre.

-Cesáreo. Lleva poco tiempo en el barrio.

-Un hombre muy cordial.

Y me pasaré por la dolorosa.

-La Deliciosa.

-La Deliciosa. Me pasaré por La Deliciosa.

Supongo que es la forma de conocer a los vecinos.

-Así es. Y ya, cuando pueda, le presentaré a don Ramón,

a don Felipe...

Le encantarán las tertulias con ellos.

No lo dudo, pero usted todavía no puede salir mucho.

No le quiero de tertulia hasta que no le hayan quitado el vendaje.

A ver si ahora, por mucho correr, nos vamos a estrellar.

-Yo le ato bien corto.

Una última cosa antes de irnos.

Me comentó Casilda que se va a traer usted a su propia criada.

-Así es, una buena criada es un tesoro, no hay que dejarla marchar.

-Mientras tanto, si necesita algo, pídaselo a Casilda.

-Le tomo la palabra. -Nos vamos y le dejamos tranquilo.

No queremos ser los caseros

típicos metomentodo.

-Doña Rosina, mi casa es su casa. Les acompaño.

-Gracias, pero ya sabemos el camino. -(RÍEN)

-Iré a conocer esa colección de monedas.

-Por supuesto que sí, doctor, cuando usted quiera.

-Con Dios. -Con Dios.

Yo no quiero desmerecer a su hijastro, pero, con todo el respeto,

mi novio es mucho más apuesto y musculoso.

-Bueno, la verdad es que puede ser.

Pero mi Antoñito tiene un encanto y una donosura que ya la quisieran.

De todas formas da igual, porque yo prefiero que gane el Peña.

-¿Qué hay de malo en que salga Antoñito?

-Pues, hija,

su cara estaría por toda la ciudad promocionando ese tónico.

¿Tú sabes la de mujeres que irían detrás de él?

-"Creo que sería buena idea que organizase un ágape"

en su casa.

-¿Un ágape?

Si usted lo dice...

-Es una buena oportunidad para presentarse.

-Me consta que las señoras están deseando conocerle.

-¿"Un café de varietés"

con mujeres alegres?

-Sí, eso es lo que pone.

-Seguro que están planeando irse de picos pardos.

Seguro que quieren ver

a esas bailarinas picantonas bailando cancán.

Don Samuel se encuentra algo restablecido

y quiere verla.

-¿Cuando quiere que pase por su casa?

¿Ahora mismo? -No,

ha dicho que quiere convidarla a usted a merendar.

-Dile a tu señor que allí estaré.

-"¿Viene de visita?".

-No, ni que fuera señora. Vengo a servir

y que Dios me dé muchos años para seguir haciéndolo,

que en este oficio nunca falta ni el techo ni el condumio.

-Pues bienvenida sea, que "semos" del mismo gremio.

-¡Ah! -Sí.

-"El padre Telmo fue"

quien me salvó la vida en el momento de la explosión.

Desde entonces me ha ayudado buscar una explicación

a los signos que hay en las dos cruces.

Y gracias a él he encontrado esta pista.

-Tengo que enseñarte una cosa.

-Gracias, me vendrá bien tomar algo caliente.

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Acacias 38 - Capítulo 832

23 ago 2018

Samuel recupera la esperanza gracias a una idea que le propone Felipe: hacer una colección de joyas para la Marquesa de Urrutia, gran admiradora de los Alday. Higinio será el nuevo inquilino del piso que ocupaba el coronel. Liberto se entera que Rosina le cobrara la mitad del alquiler; ella lo hace.

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  1. Maritza

    Eso mismo pensaba yo.. Ojalá Telmo sea bueno y NO lo maten

    24 ago 2018
  2. Betty

    No termina de gustarme el padre Telmo, evidentemente esconde algo y está preparando quizás que cosa. Desconfío de su aparente bondad, ¿será otro " tapado " y nuevo malvado de la serie ? Como " enviado " para controlar a Lucía, se involucra en exceso con el resto .-Y que decir de Trini, tantas " vueltas " para dar a conocer su estado ? a ese paso mejor que se apure pues no le va a hacer falta decirlo ya que se le notará notablemente

    24 ago 2018
  3. Alfonsina

    Impecable y hermoso el vestuario de Lucía para mí, el mejor de la serie

    24 ago 2018
  4. Belén

    El nuevo párroco toma como criada a Ursula ( No sabe en que se metió ) Los próximos capítulos serán para " alquilar balcones "

    24 ago 2018
  5. Santi

    que vuelva Cayetana

    23 ago 2018