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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 825 - ver ahora
Transcripción completa

Con la apertura de las galerías más exclusivas,

ha llevado el apellido de su padre, reputado joyero,

a la estratosfera. -Y tanto.

Nada tienen que envidiarle a las galerías de Londres o París.

-Ya era hora de tener algo lujoso y exclusivo.

-"Ardo en deseos"

por ver cómo ha quedado el edificio

con los nuevos retoques y con las obras colgadas en las paredes.

No será preciso que espere usted.

Quiero que sea usted la primera en conocer las galerías.

-La señora se vio y no se gustó.

-¿Cómo que no se gustó?

-¿Te quieres callar? -Se vio gorda, vieja y fea también.

Desde ese día,

se puso a dieta.

¡Casilda! -"La tata Concha empezó"

a empeorar de repente.

Yo le dije a Lolita que quería quedarme,

pero me dijo que no, que me ocupara del negocio.

Y sí, yo creo que tiene razón.

-"Las galerías Alday"

serán todo un éxito.

-Dios quiera. -Mejor lo quiera la gente

que es quien han de ir a gastarse los reales.

-Propongo un nuevo brindis.

Por el verdadero merecedor de todos los aplausos,

por don Samuel Alday.

(TODOS) Por don Samuel Alday. -"Mañana, a la inauguración"

iré de la mano de Samuel.

-Lucía, no me gusta esa amistad.

-Lo sé, pero lo cierto es que no comprendo por qué,

no hay nada amoroso entre nosotros. -Pese a todo.

Ya lo entenderás.

Parece que poco puedo hacer para evitarlo yo.

¿Esto es una máquina de tortura? -Es una faja eléctrica.

La anuncian en los periódicos, aseguran que es milagrosa.

-¿A ver?

-Los científicos dicen que es la solución

para el sistema circulatorio,

cerebral y muscular. ¡Ah! Y encima adelgaza.

-"Tengo especial interés"

en ver un retrato que se exhibirá mañana.

-¿Qué retrato?

-El de los marqueses de Válmez.

-Me temo que ese cuadro no será expuesto hasta mañana.

Supongo que habrá de esperar usted.

-Esperaré pues.

¿Salimos para el paseo?

-Por supuesto.

Señorita, está usted guapísima.

-Gracias, Carmen, pero me siento extraña.

No parezco yo. -No diga usted tontunas.

Es la misma mujer linda y elegante de siempre,

solo que ahora está preparada para ser

el centro de todas las miradas.

-No estoy acostumbrada a serlo.

Carmen, ¿no me habré arreglado en demasía?

-No. De ninguna manera.

A la inauguración de las Galerías Alday va a acudir

la flor y nata de la ciudad,

señorita.

-Espero estar a la altura. -Eso no lo dude.

Pero, si me lo permite,

yo me pondría unos pendientes un poquito más largos

para que realcen su cuello.

-Quizá tengas razón. Ahora voy a buscarlos.

Carmen,

¿te puedo hacer una pregunta?

-Lo que desee.

-Disculpa por entrometerme en tu vida,

pero el mimo y el cariño con los que me tratas me invitan a hacerlo.

-Bueno, pues hágalo.

-Adivino en ti unas maneras que no son propias de una criada.

¿No es así?

Lamento haberte incomodado con mi curiosidad.

No era mi intención.

-Descuide, señorita, no lo ha hecho.

Y no, no le falta razón.

Yo...

no siempre fui criada.

Nací señorita

y a mí también me gustaba vestir mis mejores galas

para ir al teatro.

-Carmen, ¿cómo es que ahora eres...?

-¿Qué más da?

¿Y... te gustaba ir al teatro?

-Gustarme, no. Me apasionaba.

No me perdía ni un estreno de los que venían a la ciudad.

Incluso... Incluso soñé con ser actriz cuando era joven.

¿Se imagina usted? ¿Yo actriz?

Mi familia me hubiera matado.

-Carmen, te prometo que un día te llevaré.

-No. No estaría bien, señorita.

Yo ahora solo soy

una simple criada.

-¡Lucía!

¡Estás preciosa! -¿Le gusta?

-¿Cómo no me va a gustar?

Si me da reparo marchar a tu lado.

Voy a salir perdiendo en todas las comparaciones.

-Sabe que no es verdad.

-Mírate, hasta hace nada, eras una niña

y ahora cualquier hombre bebería los vientos por ti.

Aunque me da que solo hay un hombre al que quieras

impresionar.

(Sintonía de "Acacias 38")

Señora, aquí tiene su vestido arreglado.

Agustina y una servidora hemos pasado la noche en vela cosiendo.

-Fabiana, os lo agradezco.

-Bueno, aguarde a ver el resultado para hacerlo.

Ha sido un trabajo de chinos.

-Pero ¡bueno, Fabiana,

es admirable!

No parece que hayáis deshecho la costura y lo hayáis vuelto a hacer.

-Bueno, ¿a qué espera?

Póngaselo, que faltan pocas horas para el festejo.

-¿Para qué?

Si mientras yo esté luciendo este vestido,

mi Ramón va a estar en el notario.

-Bueno, señora,

lo pasará usted bien, ya lo verá.

-No, sé perfectamente lo que va a pasar, como si lo hubiera vivido.

Ramón me va a mandar del brazo

de Antoñito.

-Tampoco es mala compañía. -Lo es,

porque Antoñito se va a poner a hablar con Liberto.

A mí, ni caso: voy a ser como cucaracha en baile de gallina.

Luego Ramón pedirá disculpas a Samuel por tardar.

Y saludará a todas las personalidades y a mí ni me verá.

-Bueno, señora, lo mismo se lleva usted una sorpresa.

-De verdad que agradezco mucho el trabajo que habéis hecho

por tener el vestido preparado a tiempo, pero...

Pero es que no me apetece ir, no voy

y punto redondo.

-Pero, señora... -Nada de eso.

Por supuesto que vas a acudir

a la inauguración de las galerías. ¿Y sabes qué?

Que vas a entrar allí cogida de mi brazo.

-¿De verdad, Ramón?

¿Y el notario? -El notario

que espere, tengo cuitas de mucha más enjundia que atender.

Perdóname, mi amor. No sabía lo importante que era para ti

que fuésemos allí juntos,

menos mal que Fabiana me lo hizo comprender.

Los negocios pueden esperar,

pero el amor de mi vida, no.

Menudo trasto inútil.

¿Te crees que me he caído de un guindo? Tú no vales para nada.

-Pero ¿aún estáis sin arreglar?

¿Qué estáis haciendo? -Pues leer.

Bueno, más acertado sería decir

que lo estoy intentando.

-¿Y qué te lo impide?

Entiendo.

Amor mío, veo que te has decidido

a probar la faja.

-No cantes victoria.

¿Eh? Yo creo que esto no vale para nada.

¿Cómo va a conseguir este artilugio infernal

que recupere mi antigua figura?

-¿Y por qué no te la pones y pruebas?

No tienes nada que perder. Piensa que, si no funciona,

yo sería el culpable de todo.

Y tendrías motivos suficientes

para regañarme el resto del día.

-Eso sí que es tentador.

-Claro.

-¡Casilda, ven a ayudarme!

-Liberto, deberías avergonzarte por engañar así a mi madre.

Es obvio que tiene razón, esto no le va a hacer adelgazar.

-Pues es posible,

pero yo no podía quedarme de brazos cruzados

dejando que se acomplejara.

-Tampoco creo que se quede muy satisfecha cuando compruebe

que no sirve para nada.

-Sí, tal vez, pero,...

si no la revitaliza, como dicen los proveedores,

podemos hacerle ver que ha funcionado a las mil maravillas.

-¡Ah! Conque ella se lo crea es más que suficiente.

-Así es. A mí, tu madre me sigue pareciendo

que está igual de bella que el primer día.

Pero ahora debe verse así.

-Sí, no está mal pensando. ¿Y cómo funciona

el invento?

-Pues está compuesta de baterías de corriente galvánica

que producen descargas eléctricas.

-¿Descargas? -Pero no te inquietes,

que aquí dice que son un ligero cosquilleo.

Nada más. -¡Ah!

-¿Un cosquilleo, Liberto?

-¡Ah, Liberto!

Pero ¿qué pretendes, electrocutarme?

¡Ay, Dios!

¡Ah! ¡Siéntame ya en la silla eléctrica! ¡Ah!

(Calambres)

¡Ayúdame! -Cariño, no exageres. ¡Ah!

-¡Quítamelo! -¡Liberto!

-¡Oh! -¡Ay!

Buenos días, don Samuel.

-Buenos días. -Está muy elegante.

Permítame que se lo diga. Hoy es un gran día.

Está en boca de todos.

-¿Contrató a los cocheros?

-Por supuesto.

Todos los carruajes estarán aguardando

a la hora para llevar a los vecinos a los almacenes.

-Muy bien, dé aviso a los invitados. -Sí, señor.

Ahora mismo. -Samuel, precisamente nos dirigíamos

al palacete. -¿Qué indicaciones damos al cochero?

-Descuiden.

Cesario ya ha contratado los coches precisos para trasladar

a los invitados. Los cocheros tienen

la dirección del palacete y cuentan con un plano.

-Pues es un detalle. Ha sido muy minucioso.

-Es una gran deferencia con los invitados

asegurarles el transporte.

-En realidad, es mérito de Lucía. La idea fue suya.

Ya saben que es extremadamente considerada.

-Sí, siempre piensa primero

en cómo contentar a los demás.

-No es porque esté usted aquí, pero su prima es encantadora.

-Hablando del rey de Roma.

-Lucía, está usted preciosa.

-Es usted muy amable.

-No, solo soy sincero.

La verdad es que Susana ha acertado con el color,

me favorece. -Le favorece, dice, Agustina.

Parece que se han abierto las puertas del cielo

y ha caído un ángel a la tierra.

-Está fetén, señora, el vestido le queda como un guante.

-Os lo agradezco de corazón. Pero ya sabéis lo que dicen:

aunque la mona se vista de seda,

mona se queda. -Señora, ¿y eso ahora a qué viene?

-Pues verde y con asas.

Ese palacete va a estar lleno de personalidades.

Pero si se rumorea que lo mismo viene

hasta el rey. -No haga caso a las habladurías.

-Y aunque así fuera,

mejor que mejor, va a lucir delante de un rey.

-Sí. Puedo hacer un ridículo real.

Ay, Fabiana, que a mí me da mucho miedo no estar a la altura.

Me moriría de vergüenza si hago quedar mal a Ramón.

-No sea usted siesa, que eso no va a pasar.

-Pues yo prefiero no correr el riesgo.

Mira, Fabiana, vamos a hacer una cosa.

Vas a decirle a Ramón que no puedo ir, que me encuentro indispuesta.

-¿Cómo?

¿Ha perdido usted el oremus?

-Nunca he estado más cuerda.

Lamento mucho el esfuerzo que habéis hecho por tener el vestido.

-Por eso no se preocupe, pero es una pena que se quede sin ponérselo.

-Más que una pena

es una tontada como un templo.

¿Qué le ha pasado, señora?

Usted es una mujer fuerte y valiente.

Una dama de los pies a la cabeza

que no se ha achantado nunca ante nada ni ante nadie.

Al contrario,

usted seduce allá donde va con su gracia y su simpatía.

¿Acaso no recuerda lo mal que la trataron

durante años las señoras de esta calle?

Y a usted se la repampinflaba.

-Fabiana tiene más razón que un santo.

¿Qué más darán los demás? Además, con ese vestido puesto,

lo único que puede ocurrir es que apoque a los visitantes.

Esta usted preciosa.

-¿Sabéis lo que os digo?

Que tenéis razón.

No voy a permitir

que dos condes y cuatro duques

amilanen a una de Cabrahígo.

Vamos, hombre.

Muchas gracias, Agustina.

¡Fabiana, gracias, gracias!

-¡Huy! -¿Qué?

-Señora, que me va a arrugar el vestido.

¿Qué le trae por esta casa, Servando?

-Vengo a avisar a tus señores que tienen

un carruaje esperándoles para trasladarles a la inauguración.

-Arrea, un carruaje. Qué detalle por parte

de don Samuel. Doña Rosina, con lo agarrada que es,

se va a poner la mar de contenta.

-Bueno, que ha puesto un coche para cada vecino y están todos allí.

Faltan ellos nada más.

A este paso, en vez de inauguración, van a llegar al cierre o final.

-Rosina no termina de arreglarse.

Pero don Liberto y doña Leonor

están listos desde hace un rato.

Están haciendo tiempo en el jardín.

-Pues deberías meterle prisa a tu señora.

-Ay, no, no, no, no, ni harta de vino,

con las malas pulgas que tiene...

Pero vaya usted si se atreve.

-Algo habrá que hacer

porque van a ser muy puntuales en los actos.

Y van a estar periodistas y fotógrafos.

-Pues entonces ya sé, vamos a decirle que, si no se da prisa,

no va a salir retratada.

-Yo voy avisando a doña Leonor y a don Liberto.

-Casilda, ¿y mi hija y Liberto?

-Esperándola en el jardín. Por cierto, ha venido Servando,

que dice que don Samuel ha puesto

a su disposición un carruaje

para que les lleve. -Mira qué bien.

En tal caso, no lo hagamos esperar, ya estoy lista.

Eso sí, esta faja del demonio no me la pongo ni loca.

-No, si ya lo imaginaba yo, que no iba a parecer usted

en el festejo con este artilugio.

-Claro que no, no voy ni a la inauguración ni a la Conchinchina.

A punto estuve de morir electrocutada con esto, ya lo viste.

Como si no tuviera bastante con los calores de la edad. Me la puse

por no hacerle un feo a Liberto.

-¿Y qué es lo que tengo que hacer con esto entonces?

-Tirarla. Me voy, que si no, llego tarde.

-Señora.

-Lo dicho, tírala a la basura.

-¿Esa es la famosa faja eléctrica? -Pues sí.

La misma que viste y calza.

Pero es al parecer un instrumento de tortura china.

Tendría que haber visto a doña Rosina.

Así, pegando botes de los calambrazos

que le estaba dando.

-Estaba visto que iba a ser un timo. Yo me la llevo y la tiro

a la basura. Así no tienes que ir. -Ah, pues sí.

Muy amable, Servando.

Muchas gracias. -Nada, con Dios.

-Con Dios.

¿Te sucede algo? Parece como si temblaras.

Señores de Palacios.

-Ay, Ramón que somos de los últimos.

-Mejor, así todas las miradas se posarán en ti

y yo podré presumir de esposa bella.

-Pues qué bien.

Mira. Allí están nuestros amigos.

Vayamos con ellos.

-Por fin aparece, padre.

El salón está lleno de políticos y nobles,

es una oportunidad de oro para hacer buenas relaciones para los negocios.

-Vamos de peor en peor.

-Los diarios no se equivocaban.

La fiesta de inauguración de las Galerías Alday

es un acontecimiento sin precedentes.

-Así parece, lamentamos el retraso. -Descuide.

Le agradezco que nos haya quitado el honor de ser los últimos.

De todos modos,

todavía llegan a tiempo.

No se ha inaugurado. -Aún no han sacado

nada de comer, ni un miserable canapé.

-Nunca imaginé acudir a un evento de tanto postín

con semejantes invitados.

-Tú no te dejes asombrar por su posición y sus títulos.

-Tienes razón. Ellos tendrían que rabiar de celos al verme

con la mujer más bella y más maravillosa de toda la fiesta.

-Quien parece moverse como pez en el agua es Samuel.

-Sí. Se aprecia que está en su elemento.

-Lucía, permítame presentarle al marqués de Moraleda.

Marqués.

Permítame presentarle a la señorita Lucía.

-Un placer.

-Tu prima está radiante. Es evidente que Samuel la tiene en estima.

-Sí. Lucía ha cambiado mucho en este breve tiempo en Acacias.

-Ha hecho un gran trabajo ayudando a Samuel a organizarlo todo.

Estimados invitados, disculpen un momento.

Quería agradecerles que hayan acudido hoy a acompañarnos

en la inauguración de las galerías.

Citando a una estimada amiga

y colaboradora sin la que hoy

no estaríamos aquí, Galerías Alday

es un lugar para la belleza y una belleza de lugar.

Así que espero que así lo aprecien

y que disfruten

de la experiencia.

Tan solo lamento

que mi padre, quien tanto trabajó

por nuestro buen nombre,

no pueda estar con nosotros

para disfrutar de tan cordial compañía.

Quedan inauguradas las Galerías Alday.

(Música clásica)

-¡Ay! La comida al fin. ¿Vamos, Liberto?

Bueno, pues aquí tienen unos altramuces para ir abriendo boca.

-Gracias por el convite, Carmen,

hoy vamos a almorzar como señores. -Y a beber también.

-No me lo agradezcan a mí,

sino a mi señor, que me dio dinero

para convidarles. Hoy es un día muy importante para él

y ha querido que lo celebremos y brindemos en su honor.

-Descuide, que brindaremos una y otra vez

para que todo les salga bien.

Vamos allá.

-Por don Samuel. -Por don Samuel.

-Esperaremos a Servando y a Casilda

para empezar a comer, ¿no?

-Sea, aunque a mí me extraña que Servando, con lo hambrón que es,

todavía no haya subido al olor de las albóndigas.

-No creo que tarde.

Qué lástima que no esté Lolita con nosotras.

-La pobre,

debe estar pasando mucha angustia temiendo perder a su tata Concha.

-Bueno, esperemos que todo salga bien

y tampoco sufran por su ausencia,

que si no estuviera allí, estaría en la inauguración

del brazo de su prometido. -Es cierto,

me olvidaba de que Lolita no es como nosotras.

-Eso tampoco, Agustina.

Lolita, con o sin señorito, siempre será de las nuestras

y, en verdad,

de una buena que se ha librado hoy,

que no me la imagino yo a la pobre metida en semejante sarao.

-Para chasco que sí, a su señora le temblaban

las piernas y temía estar fuera de lugar.

¿Qué hubiese pasado con Lolita?

-Ya ha debido comenzar la inauguración, ¿cómo irá todo?

-Seguro que a pedir de boca.

Su señor y la señorita Lucía

se han encargado de cada detalle. -Eso espero.

Por cierto, ¿han visto ustedes a la señorita? Iba preciosa.

-Para chasco que sí,

parecía un ángel. -A mí ya me lo parecía antes

sin necesidad de tales galas.

Esa muchacha

es toda dulzura y bondad. -No como otros.

-Espero que no hayan empezado a festejar sin un servidor.

-Temple, que le estábamos esperando junto a Casilda.

-A Casilda no hace falta esperarla, que hubiera estado más lista.

-¡Che, quieto parado!

A Casilda se la espera y punto redondo.

-¿Qué es eso que lleva consigo, Servando?

-Con el hambre que tengo,

se me había olvidado darles un notición pasmoso.

-A ver qué tontada se la ha pasado ahora por la cabeza.

-De eso nada. He obtenido una maravilla

de la tecnología. Un milagro

fruto del progreso. -¿Una faja?

-Perdone, Servando, pero para mí que eso

ya está inventado.

-Es una faja, pero no es una faja cualquiera, es una faja...

eléctrica.

-¿Y para qué sirve? -Diga usted mejor

para qué no sirve. Esta faja,

aparte de cuidar su figura,

hace desaparecer el dolor de huesos

y de espalda.

-Arrea, pues no me vendría nada mal.

Todos los días me acuesto con unos dolores insoportables.

-Usted y todas, Agustina, ya no tenemos años

para dejarnos la piel faenando.

-Por eso lo he conseguido, porque me acuerdo de ustedes. Tome, Fabiana.

Va a ver cómo desaparecen todos sus achaques.

Eso sí, antes va a tener

que acoquinarme un pequeño precio de alquiler.

-¿No te amuela? -¿Va a cobrarme por usarlo?

¿No lo había cogido

por nuestro bien?

-Para su bien y para el bien de mi bolsillo.

-Por una servidora, se la puede comer con patatas,

que una no es tan tonta como para pagar

para que le den calambrazos. Yo debería

cobrarle a usted. -Aguarde.

Si es verdad que la faja

va a aliviar los dolores, vale la pena gastar un poco.

(Música clásica)

Todos te observan boquiabiertos.

Nunca te había visto tan elegante. -Calla.

-Pero si es que eres la más bonita de la fiesta.

Mira, en el grupo en que están Íñigo y Leonor

hay unos cuantos ministros del gobierno.

-Sí parece gente de postín.

Sí. -Vayamos con ellos.

-No creo que sea buena idea, Ramón, ¿por qué no vas tú solo?

-Lo pasaremos bien con ellos.

-No estoy yo tan segura.

Entonces... -Disculpen, ¿interrumpimos?

-En absoluto, don Ramón.

Leonor nos está hablando de este cuadro.

-Es una auténtica delicia.

A mí me sobrecoge

la soltura de la pincelada

y el uso del claroscuro.

-Sí, bueno, supongo que el caballero retratado

ha quedado muy guapo. -Caballero, dice.

Si es una monja.

-¿Cómo?

Si parece que tenga mostacho.

-Doña Trini, usted siempre tiene tan buen humor, siempre bromea.

-Es culpa del autor, que lo ha dejado

todo tan oscuro que apenas

se diferencia a la susodicha. -El autor es maestro

del claroscuro tenebrista.

-Pues me parece un maestro de la tacañería, que ya podría

haber gastado algo en velas. -(CARRASPEA)

-Disculpen.

Voy al...

Al tocador de señoras.

Trini, que en boca cerrada no entran moscas.

-¿Adónde vas, mi amor?

-Al aseo, ya te lo he dicho.

-¿Y entonces por qué vas en dirección contraria?

Parece que buscaras la salida.

-Bueno, pues, mira, quizás habría sido lo más sensato.

No, realmente, lo más sensato habría sido no venir.

-No digas tonterías.

-Ramón, por favor,

déjame que me marche y no te abochorne más.

-Nunca lo has hecho.

Eres la mujer que amo, y hagas lo que hagas y digas lo que digas,

no vas a conseguir avergonzarme, todo lo contrario.

Te voy a querer aún más por ser tan sincera.

-Mira que eres lisonjero.

-¡Trini! Haz el favor de controlar tus expresiones de afecto.

Te recuerdo que estamos en un lugar público.

-Ya ves que no todo el mundo valora como tú mi espontaneidad.

-¡Ay!

Samuel, perdone que le interrumpa.

-Les dejo a solas.

Solo quería despedirme y agradecerle de nuevo la invitación.

-¿Cómo, ya se marcha? -Sí.

He de volver a mi negocio.

Estuve a punto de no asistir.

Pero quería venir a dejar mis parabienes y brindar por usted.

-Agradezco que lo haya hecho y espero que todo saliera a su gusto.

-Así ha sido.

La inauguración ha sido un éxito rotundo, puede estar satisfecho.

Muchas gracias, doña Susana. -Adiós.

-A más ver.

Samuel, te alegrará saber que algunos de los invitados

están realizando importantes compras.

En unas horas, apenas quedará nada que vender.

Aquí tiene,

lo convenido por la faja.

¡Arrea!

¿Y ahora qué tripa se le ha roto, que me mira con esa cara de perro?

-¡Ay! Ya va otro calambrazo.

-Precisamente eso es lo que me pasa,

que se la ha prestado a Carmen y a Fabiana.

-¿No te amuela? Yo se la presto a quien me dé la gana.

-Ya, pero es que yo la faja se la he alquilado a usted.

Ellas deberían pagar por separado. -Yo le he pagado por todo el día.

Lo que haga con ella en ese tiempo

es asunto mío.

-Tiene razón, no dijo nada de que no pudiéramos.

-Y no tema, que se la devuelvo en menos de lo que canta un gallo.

-Mujer, pero si las descargas son como cosquillas.

-Pues yo no me río ni una miaja, voy a entregar la pelleja

con tanto calambrazo.

Que no, yo no pienso volver a ponerme este invento del demonio,

que bastante sufre una ya al cabo del día. Tenga.

-Qué antigua es usted, Fabiana.

-Y tú, un listo que piensa cobrarnos por electrocutarnos.

-Yo, ya que he pagado,

voy a probar.

Carmen, ayúdeme a ponérmela.

-Perdonen, no he podido venir antes. -Tranquila, hija,

que te esperábamos. -Hay que venir a la hora.

-Pero ¿qué hace aquí la faja del demonio?

-¿La conocías? -Para chasco que sí,

era de doña Rosina. Pero ella no aguantaba los calambrazos.

-¿Lo ven? -Pues la ha traído Servando.

-¿Para que la prueben? Qué detalle. -No tanto,

que hemos tenido que pagarle nuestros buenos cuartos.

-Una minucia.

Bueno, apenas un precio simbólico.

-"Ende luego", Servando, que tiene más cara que espalda.

Mire que hacer negocio a costa de sus comadres y encima con algo

que iba para tirarse. -¿Cómo que iba para tirarse?

-Explícate, Casilda.

-Ahora no, Casilda, mejor vamos a probar

esas albóndigas que huelen que alimenta. ¿No les parece?

Sí, hala.

-Pero...

(Música clásica)

Se han vendido casi todos los cuadros y esculturas.

-Por no hablar de las joyas.

Está resultando ser un éxito apabullante.

-Y aún no ha terminado la fiesta.

-Esto no lo habría logrado sin usted.

-Me alaba en demasía. -No.

Los dos sabemos que no. Usted se ha volcado en ayudarme.

Es el primer momento que no está atendiendo a los invitados.

-La verdad es que no me ha faltado entretenimiento.

He estado tan ocupada que ni siquiera he tenido tiempo

para ir a ver el cuadro.

-Esta es su oportunidad, está allí. Lo han traído hoy mismo.

-Justo a tiempo. -Sí, por un momento, creí

que no podría exhibirlo. ¿Quiere que le acompañe?

-Se lo agradezco, pero iré yo sola. Usted ocúpese de sus invitados.

-De acuerdo, pero no tarde. Todavía hay personas

que quiero presentarle.

Gracias.

(Calambre)

Ay, conque apenas se notaban...

Llega a doler y me quedo en el sito.

¿Qué hace aquí, señora? La hacía en la inauguración de don Samuel.

-De allí vengo.

No quería dejar el negocio desatendido tanto tiempo.

-Haberse quedado. Yo ya me encargaba.

Es una pena que no haya podido disfrutar más.

-La verdad es que lo estaba pasando muy bien.

El evento ha resultado ser una maravilla.

Se va a recordar durante mucho tiempo en la ciudad.

-En tal caso, no sea tonta y vuelva de inmediato.

Yo me encargaré de la sastrería.

Además, tenga en consideración

que dudo mucho que hoy tengamos clientela.

-En eso tiene razón, medio Acacias

estaba en la inauguración. -¡Ay!

-¿Qué sucede, Agustina?

-No es nada, señora. No se preocupe.

-¿Cómo que no? Parece que tienes el baile de San Vito

con esos respingos.

-Es que acabo de recibir un calambrazo.

-Cada vez te entiendo menos.

-Sí, señora, es que debajo de la blusa llevo una faja eléctrica.

-En ocasiones he oído hablar de esas fajas terapéuticas,

pero nunca les he dado mucho crédito, ¿funcionan?

-Ya le digo que sí.

Aliviar el dolor de espalda, no sé, pero da unos calambrazos de espanto.

-Pues ya me contarás si quita los dolores.

-Quizás usted quiera probarla.

-No me gustaría gastarme el dinero en ella

y que luego fuera una estafa. -No hace falta.

Servando alquila la faja que llevo puesta por días.

-¿Que alquila la faja? -Ya le digo,

la hemos probado Carmen, Fabiana y yo misma.

-¿Cómo se os ocurre? Eso es un artículo personal. ¿No os da asco?

-La verdad que no lo habíamos pensado.

Puede que la señora tenga razón.

-Claro que tengo razón. Este sinvergüenza me va a oír.

Servando, ven aquí de inmediato. -Sí.

¿Puedo ayudarla en algo,

doña Susana?

-¿Es verdad que estás alquilando una faja?

-Sí, sí, ah, que está usted interesada.

Pues que sepa que está teniendo muy buena acogida.

-Sí, eso me estaba diciendo Agustina.

Eres un cochino.

¿Acaso no te parece

antihigiénico alquilar un artículo así?

Una faja pasando de cintura en cintura.

-Pues la verdad... y ahora que lo pienso...

no le veo inconveniente.

-No sé si las autoridades pensarán lo mismo.

-Atiza, ¿qué tienen que ver con esto?

-Que te voy a demandar por ser una amenaza.

-Bueno, bueno, bueno, no nos pongamos estupendos.

-Voy a buscar a un guardia.

-No, no, no, no. Doña Susana, no.

Piénselo, doña Susana, que me busca la ruina.

-¡Ay!

¡No puede ser!

¿Cómo...?

¿Cómo tiene la marquesa la misma cruz que me dejó mi madre?

Como sigas abanicándote con tanto ahínco,

vas a acatarrar a todo el salón.

-No me encuentro muy cristiana. Me siento hinchada.

-Eso sí que es extraño.

¿Y no tendrá que ver eso con las bandejas de canapés?

-Borra esa sonrisa de tu rostro, canalla.

Yo, a las puertas de la muerte, y tú, bromeando.

-Mi amor, no estás agonizando.

Simplemente sufres de indigestión.

-Mira tú, y yo que ignoraba estar casada con un insigne médico.

-No hace falta ser un doctor para adivinar

tus males. -¡Liberto, no me incomodes!

Ve a buscar a Leonor para irnos.

Espero llegar a casa. -¿Y quieres que paremos

en el hospital o en el cementerio?

-¡Ay, va!

-Doña Rosina.

Apenas he tenido tiempo para saludarla.

¿Disfruta de la fiesta?

-He de reconocerle que ahora estoy algo acalorada.

-Sé de algo que puede reconfortarla.

-¿Sí? -Mirar un bello cuadro.

Quién sabe, quizá

quiera adquirirlo. -Pues la verdad es

que iba a comprar varios, pero no termino de decidirme.

-Porque no ha reparado en el indicado.

Mire. Mire qué maravilla.

-Sí, sí.

La verdad que, si el precio es acorde a su tamaño,

debe costar una fortuna.

-¿Se le pone precio a la belleza?

Observe qué trazos,

qué color.

Se puede observar el alma oscura del artista.

Imagine cómo quedaría en su salón. -Sí. Quedaría muy bien.

Pero es que luce tan bien aquí que me da pena.

-¿Ve como tenía razón?

¿A que se siente ahora más reconfortada?

-"El gobierno debe tomar cartas en el asunto"

de inmediato. Si no es así, toda Europa se va a reír de nosotros.

-Ay, no te acerques, Trini.

-Ya ven cómo es mi padre:

si le dejan, él solito podría solucionar todos los problemas

que tiene este país y rápido.

Se lo aseguro.

¿Cuándo terminará esta pesadilla?

(Explosión)

(Toses, gritos)

(Toses, gritos)

¿Qué ha pasado?

¡Auxilio! ¡Auxilio!

¡Ramón!

¡Dios mío! ¡Ramón!

¡Ramón!

¡No siento mi brazo, Ramón!

¡Mi brazo! -¿Estás herida?

-¡No puedo moverlo! -Tranquila, yo te saco.

¡Antonio!

¡Antonio, hijo!

-¡Socorro!

-Ayúdame, está atascada.

-¡Antonio,

el techo se cae! -Le arrancaré el vestido, padre.

-¡Ah!

(GRITA)

-Ya está, ya está.

-(GRITA)

-Tranquila, mi amor, ya está.

-¡No, no, no!

¡Liberto!

¡Liberto! ¡Liberto!

¡Ayuda!

¡Ayuda!

¡Liberto, tranquilo! ¡Auxilio!

-¡Ah! -Trini, ya estamos fuera.

-¡Por Dios, mi brazo!

¡Me duele mucho, Ramón!

¡El niño!

¡Antonio!

¡Antoñito!

¡Ramón!

-Túmbate, túmbate.

-¡Mi brazo!

Samuel, ¿qué ha pasado?

-¡Por todos los demonios!

¡Cálmense!

¡Cálmense!

¡Cálmense todos!

¡Otra vez no!

¡Liberto! -¡Rosina!

-¿Estáis bien?

(Crujidos)

(Crujidos)

¿Qué ha pasado?

¡No, el cuadro!

¡No!

¡No, tengo que encontrar la cruz!

¡Tengo que encontrarla! ¡Tengo que encontrarla!

¡Tengo que encontrarla!

-¿Ha perdido el juicio?

¡Vamos! -No, déjeme.

-¡Vamos! -¡Suélteme!

¡Suélteme, por favor! -¡El techo se va a caer!

¡Hay que salir!

¡Hay que salir!

(Gritos)

El hospital está desbordado.

-Esperemos que el doctor

que le han asignado a Trini sea un hombre templado.

Y que también tenga paciencia

para informar a mi padre. -¿Está grave?

-En principio solo tenía un corte en el brazo, pero...

ha perdido mucha sangre en el traslado.

Estaba muy mareada.

Te dije que nos marcháramos, ¿te acuerdas?,

porque tenía un mal presentimiento.

Y tú te reíste de mi presentimiento, de mis tripas.

Había comido algo en mal estado.

Mira, mira, mis tripas tenían razón.

Tenían el don del vaticinio, la profecía.

-Madre, no es juicioso que hable en esos términos.

Liberto solo quería disfrutar un rato más del acontecimiento.

-Menudo acontecimiento. Maldita la hora en que Samuel nos invitó.

-"¿Y esas caras de funeral"

que me traen? ¿Qué ha pasado?

¿Tan peliaguda es la cosa?

-Doña Celia le dio la noticia a Servando, Casilda.

Y sí, sí es peliaguda.

-Pues entonces, por favor, suéltenlo de una vez,

que una no tiene el corazón para trotes.

-Escucha.

Tu patrón está en una cama, hija, y dicen que algo más que pachucho.

-¡Don Liberto!

¿No va a ir ni a dormir? -Mi madre es así.

No se va a separar de la cama de Liberto.

-Vayan al hospital sin apuro. Flora y yo sacaremos esto adelante.

-No va a ser fácil, Peña.

No quedará ni un alma que no se acerque a comentar el suceso.

-En peores garitas he hecho guardia.

-Agradecido. -Gracias, Peña.

-¿Vais al hospital? -Sí, a ver a Liberto.

Y a intentar que mi madre descanse. -Ay, la juventud.

Todavía piensan que descansar está en manos de una.

Ante la imposibilidad de dormir,

me he pasado la noche rezando por mi sobrino y por Trini.

Os acompaño al sanatorio.

Mediodía y no la han traído. No es una buena señal.

-¿La ha visto? -Sí, pero apenas unos instantes.

Me puse tan latoso que el celador no tuvo más remedio que dejarme verla.

-¿Le comunicaron el diagnóstico? -No,

creo que los doctores no tienen idea y tratan de ganar tiempo.

-No se ponga en lo peor. -Tampoco me dan esperanza.

Y tengo una mala sensación.

-Eso son nervios y fatiga.

-Ojalá. ¿Qué saben de Liberto?

Pobre doña Rosina, de verdad.

Yo sé que ella tiene sus cosas.

Pero en el fondo es muy bonachona y no quiero que se quede viuda.

-No creo que eso pase.

A don Maximiliano yo le tenía mucha devoción,

con su porte de funcionario,

pero estaba el hombre un poco cascado.

Don Liberto está lleno de vitalidad,

es todo juventud y vigor.

-"Señá" Fabiana, tiene que estar también en un ay.

Su señora es pan candeal. -Pues sí.

Que no se me cae de la mollera,

pero poca cosa puede hacer una si no es rezar,

que es lo que llevo haciendo desde anoche.

La chocolatería es una bendición. -¿Ahora te das cuenta?

Claro que lo es.

Nos ha sacado de los caminos y nos permite estar juntos.

-No lo digo solo por eso, que también.

Lo digo porque, de no habernos visto obligados

a atender a nuestros clientes,

habríamos acudido a la inauguración.

-Ay, Virgen santa, que ni lo había pensado.

-No solo le debemos a la chocolatería nuestra felicidad,

también nuestra vida.

Encontrarás a ese hombre que anhelas.

-Claro que sí. Pocas conozco que lo merezcan tanto como tú.

Por cierto, ¿habéis visitado a Samuel?

-Sí.

Esta mañana.

-¿Está muy abatido?

-Está abatido. Sí, pero, más que nada, tenso.

Alerta.

Como si fuera a saltar sobre una presa.

-Lo entiendo. Por supuesto que lo entiendo.

-¿Lo entiendes?

¿Saltar sobre quién?

¿No estará planeando vengarse del que puso la bomba?

No me digas más lo que tengo que hacer.

-Alguien tendrá que hacerlo, padre, que está descentrado.

-Pocas veces en mi vida ha estado más seguro

de lo que tengo que hacer. -¿No se puede quedar

e intentar descansar aunque sea en un sillón?

-Haga caso al señorito.

No se me enrosque como una pescadilla.

-No seas impertinente, Fabiana.

-Fabiana tiene toda la razón, que está usted obstinado.

-¿Soy un obstinado por querer estar junto a mi amada esposa?

-No, señor, eso es normal... siempre que le permitan estar con ella.

-Me permitan lo que me permitan, allí estaré.

No sé dónde fue la detonación,

yo solo sentí

como si me empujaran y se me cayera el mundo encima.

-Nosotros queríamos seguir buscándote,

pero no nos lo permitieron.

Nos dijeron que el riesgo de derrumbe era muy alto.

No me quité la congoja hasta que no te vi entre la gente,

entre los evacuados. -Me sacó un nombre.

Un desconocido. -No le vi.

-Yo perdí el conocimiento y tampoco

pude agradecerle su valor y su disposición.

¿Cómo están nuestros amigos?

-"Debería cambiarse de ropa".

Le ayuda a uno a sentirse mejor.

-Curaré esos raspones, señor.

A ver si usted puede convencerle.

-Carmen tiene razón.

-Aunque sean superficiales, con el polvo de la explosión,

se le podrían infectar.

-Samuel, está hecho un eccehomo.

-¿Ha resultado alguien muerto?

-Dos personas.

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Acacias 38 - Capítulo 825

13 ago 2018

Todo el barrio se viste de sus mejores galas para la inauguración de las Galerías Alday. Samuel queda boquiabierto cuando ve lo hermosa que está Lucía. Rosina da un voto de confianza a Liberto y se prueba la faja eléctrica que él le regaló; pero el resultado no es el esperado y ella tira la faja a la basura. Servando la recupera y comienza a alquilarla entre las criadas. Susana amenaza al portero con denunciarle al enterarse del negocio. Trini se pone muy nerviosa en la inauguración; no quiere dejar en ridículo a Ramón. El desconocido que hablaba hace unos días con el prior Espineira, aparece por sorpresa en las Galerías y vigila de cerca a Lucía.

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