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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 821 - ver ahora
Transcripción completa

-Arturo, no. No, por favor, Arturo.

Te qui...

Amor. -Te amo.

-Arturo, ¡no!

-Es evidente que el disparo se hizo desde aquí.

-Una buena panorámica del barrio y de la iglesia, sin duda.

-Y desde donde vigilar la boda del coronel de forma discreta

y actuar en el mejor momento.

-Me robaron su llave, por eso no la encontraba.

-¿Quién puede estar detrás de todo esto?

-¿Acaso lo duda?

Blasco.

-"¿Eso te gustaría?".

Quedarte a solas con Moisés, apartarme de esta casa.

-No. No, Samuel, yo no pretendía... -Tal vez sería mejor

que volviera a dar aviso

al enfermero y que se lleve al niño. -No. No hagas eso, por favor.

Haremos lo que tú quieras. -¿Mis planos?

Y la patente. Pero es imposible,

¿cómo lo ha conseguido?

-Eso ahora no importa.

Eran tuyos y lo justo es que volvieran a tus manos.

-¿Ha hablado con la policía?

¿Ha habido algún avance en la investigación?

-Lo lamento.

El comisario no tiene ningún indicio.

-"Tú me conoces,"

no soy ni malvado ni cruel, tan solo un hombre enamorado,

dispuesto a hacer cualquier cosa por ti.

-"Tú tienes un futuro por delante," Antoñito, que también es el mío,

así que es mejor que tú te quedes arreglando lo de tu invento

y yo mientras marcho a Cabrahigo.

-Pero yo quiero ir contigo. -Pero no voy a cambiar de parecer.

-Te prometo, amor mío,

que no dormiré en paz hasta encontrar al hombre

que nos arrebató la vida y, entonces

me cobraré mi propia justicia.

-"¿Estás lista para abandonar" Acacias para siempre?

-Sí.

Estoy lista.

-Me ha venido bien estar con los Palacios, aunque todos

hubiéramos preferido velar al coronel hasta bien entrada la noche.

-Es la costumbre, pero hay que entender a Silvia,

es de lo más normal que quiera despedirse del coronel a solas.

-Qué fatalidad, cada vez que lo pienso.

Pobres.

Ahora que la vida empezaba a sonreírles.

-Tenemos que permanecer atentas, Silvia puede venirse abajo

en cualquier momento. Y nos necesitará.

-No te preocupes que estaremos a su lado para consolarla.

Estaremos con ella

y en disposición de ayudarla.

Ojalá den pronto con el asesino.

-Y esa será una de las situaciones más delicadas.

Nada menos que te digan quién

te ha arrebatado lo que más querías. Deben darte ganas de gritar,...

de llorar, hasta de saltar encima del asesino.

-No exageres, Lucía. -Don Arturo era el amor de su vida.

-No digo que no, pero nadie debe tomarse la justicia por su mano.

Subamos a casa, anda, que es tarde.

Lucía, ¿qué haces? Puede verte algún vecino.

-Algo ha debido suceder.

Es impropio de un caballero como Samuel Alday no acudir al velatorio

del coronel.

-Bueno, no es apropiado escuchar detrás de las puertas.

-No he visto a Samuel en todo el día, y ahora tampoco

se escucha ruido en su casa. -Ya, Lucía, pero ni siquiera eso

es motivo para espiarle. Por favor, entra en razón,

le habrá surgido cualquier inconveniente

y habrá tenido que salir del barrio.

-Voy a llamar.

-No, no, no, no. Ni se te ocurra, ¿a estas horas?

Lucía, eres una señorita, por favor.

(Sintonía de "Acacias 38")

(SE QUEJA)

(TOSE)

(SE QUEJA)

(GRITA)

-¿No lo ha escuchado usted?

-Por favor, Lucía, deja de buscar excusas para fisgonear.

-No es una excusa, ha sido un golpe, como una caída o algo así.

-Lucía, subamos.

Si hoy ha sido un día aciago, mañana no lo será menos.

Tenemos que acompañar a don Arturo al camposanto.

Venga, por favor, vamos.

-Te quería.

Ven.

-No, señora.

Lo justo sería que fuera yo quien la consolara a usted.

-Ven aquí.

-¿Quiere que le prepare algo?

¿Una tisana?

¿Dejaste las llaves en el buró, estás segura?

-Del todo, señora. Más que segura.

-Entonces, alguien tuvo que cogerlas para entrar en casa

de los Álvarez-Hermoso, ¿no es así?

-Así ha tenido que ser.

-¿Qué personas nos han visitado en los últimos días?

-Algunos vecinos...

-Felipe y Celia, Lucía.

-Esos no han podido llevársela.

-No,

claro, son de confianza.

-También ha estado aquí, claro,... don Javier,

pero también es de confianza.

Anda... que no se tomaba en serio

las lecciones que le daba a don Arturo.

¿No estará usted pensando que don Javier ha tenido algo que ver?

-No. No, claro que no, es...

es mi cabeza, que se va por los Cerros de Úbeda

para alejarse del dolor. Agustina,

deje eso ya. Suba a descansar.

Ya lo recogerá mañana.

Tiene que reunir fuerzas para el entierro.

-¿Le importa si me quedo esta noche aquí?

-Claro.

Hágalo en el cuarto de invitados.

-No, no, señora. Eso no.

Me quedaré velando al señor.

-Lo velaremos juntas.

-No espere usted a la Agustina, Carmen, que tardará en subir.

No quiero ni pensar cómo le habrá quedado la casa

después del velatorio.

-Puede que sea mejor que tenga faena en qué pensar en su cabeza.

La pobre, estaba tan afectada como la señorita Silvia.

-Natural. Ella bebía los vientos por su señor,

y con razón, que no digo yo que no, al fin y al cabo,

pasaron juntos por muchas cosas. Las pasaron "morás".

-Y los reveses de la vida, Fabiana, que, quieras que no,

te acercan más a los que te rodean.

-Anda, y que no se desvivió ella por su señor

cuando le cayó encima la ceguera.

Ahora, eso sí, también hay que decir que él se volcó con ella

"pa" enseñarle a leer.

-Los hombres buenos, asesinados

y los canallas, saliéndose con la suya.

-Ojalá sea verdad lo del juicio final,

ahí pagarán todos los malditos.

-Perdone usted que no confíe mucho en ello.

Juzgados en esta vida quisiera verles yo.

-Pues peor me huele a mí la justicia de los sayones, pero de eso

¿qué sabe una?

-Fabiana,...

¿ha oído eso de que la bala iba dirigida a la señorita Silvia?

-Sí, eso dicen, que el coronel

sacó pecho adelante para llevarse el tiro.

-La pobre, al menos podrá confortarse con el valor

del que iba a ser su marido. -Puede que sea así,

pero así mismo le perseguirá hasta la tumba

el pensamiento de que ella tuvo la culpa de la defunción.

No hay "na" que lo consuele, "na".

El tiempo, ni a "puñaos".

-Fabiana,...

¿le importaría que me quedase aquí un ratito con usted?

-¿Qué ha de importarme, mujer?

Siéntese sin compromiso. Que en noche de difuntos,

mejor estar acompañada.

Chist.

Tenga usted cuidado y no despierte al señorito.

-¿Qué señorito?

-El señorito Antoñito, que se empeñó en que le dejara pelar la pava

esta noche con Lolita, que mañana ahueca para Cabrahigo.

-¿Y lo ha consentido?

-Porque me ha "prometío" que no haría "na" que no hiciera un obispo.

Pero, como "to", yo he ido a echarle un ojo

para ver que se está comportando.

Y sí, están dormidos. Él, en una silla,

como está mandado, ¿eh?

-¿Sabe lo que le digo?

Que me parece muy bien que haya dado el visto bueno,

porque en la vida no van a ser todo faenas y pesares.

Y Lolita no ha tenido otras alegrías que no hayan sido ese amor.

Señorita Lucía.

-Menos mal que todavía estáis levantadas.

-¿Ha ocurrido algún percance? -No, percance no, bueno, eso creo.

Solo sé que no podré conciliar el sueño si no hablo con Carmen.

-Usted dirá.

-Carmen, no he visto a Samuel en todo el día

y, me extraña que no haya podido pasar a darle el pésame

a doña Silvia.

¿Sabes dónde puede estar?

-Le dejé hace unas horas en su casa y me dio permiso

para acompañar a Agustina en el velatorio.

-¿Y él no pretendía acudir?

-Dijo que lo intentaría,

aunque, la verdad, es que también me pidió

que le expresase mis condolencias a la señorita Silvia.

-Bueno, pues cada mochuelo a su olivo, que la cosa ha "quedao" clara

como el agüita de la fuente.

-Clara nada, si estaba en casa,

¿por qué no ha ido a cumplir su deber con su vecino y amigo?

Hay algo que no me termina de oler bien en todo esto.

¿Qué... ha podido pasar?

-Señorita, ¿se quedaría usted más tranquila si fuese yo a su casa

a comprobar si el señor está bien?

-Creí que no me lo ibas a proponer nunca.

Vamos.

-Pero...

¿acaso va a entrar usted en casa de un hombre a estas horas?

-¿No vas a entrar tú?

Pues igual, vamos.

Déjame pasar.

-Sí, pero no haga usted ruido, se lo pido.

El señor estará durmiendo, no querría sobresaltarle.

Está todo como lo dejé, señorita.

-Ve al dormitorio a ver si de verdad duerme.

-Enseguida vuelvo.

-Y no tardes, mi prima se enfadaría

si me pillaran en casa de un hombre a estas horas.

-Por no hablar de que sería usted la comidilla del barrio.

-Tenemos que hacerlo, Carmen, ve al dormitorio.

¡Carmen!

¡Carmen, ven! Samuel.

Samuel. ¿Qué le ha pasado?

Samuel. ¡Carmen, corre! Samuel.

-Señorita, ¿qué es lo que ocurre?

-Samuel. ¡Ayúdame!

-Dios.

Espero que no esté muerto. -Espera, espera.

Tiene pulso.

Vive, gracias a Dios. Carmen, llama a un médico.

Ya viene un doctor.

Te recuperarás, te recuperarás.

Aguanta, por favor, resiste.

(LLORA)

-(LEE) "Querido prometido".

"A lo mejor te enfadas al verte más solo que la una,

pero no te enfades con tu Lolita, que tampoco es para tanto".

"No te he despertado porque se me hubiera hecho un nudo en el gaznate

más gordo que el reloj del Ayuntamiento".

"Y, claro, con ese nudo no me hubiera podido despedir de ti,

que una,

aunque parezca una burra, también tiene su corazoncito".

"Antoñito, ¿ya te has despertado del 'to'?".

"Eso es bueno, que así te enteras mejor de lo que voy a decirte".

"Escucha:

ten paciencia, que volveré pronto".

"En cuanto la tata Concha ya no me necesite,

salgo de Cabrahigo a escape, no puedo vivir sin ti, que te quiero,

mucho, mucho, mucho".

"Paciencia y come,...

tu Maritornes".

-¡Don Antoñito!

(Llaman a la puerta)

¡Señorito! -Voy.

-Haga el favor, abra. -Voy.

(Llaman a la puerta)

-Don Antoñito. -¡Voy!

(Llaman a la puerta)

Menos escándalos, Fabiana, que no te has dado tanta prisa

para avisarme que Lolita se iba sin despertarme.

-Arrea, señorito, déjese de regañinas que no hemos pegado ojo

en toda la dichosa nochecita.

Qué infortunio, señorito.

Sobre Acacias ha caído una de las plagas de la Biblia.

-¿Qué dicen que ha pasado en el principal?

-¿En el principal? ¿Qué ha sucedido?

-Una catástrofe. -Pero ¿a mis padres?

-El percance le ha ocurrido al señorito Alday.

-¿A quién, a Samuel?

-Alguien le ha dado una "estocá" y ahora tiene un pie aquí

y otro en el otro mundo,

pero mejor será que baje usted

y se lo expliquen "to" bien explicado.

-Blanca.

Blanca. -Don Diego.

Miraré en las habitaciones.

¿Cómo habéis conseguido entrar por fin?

-Hemos ido a casa de Samuel a buscar una llave.

¿Cómo le ha ido a usted?

-Diego no está en su pensión,

nadie lo ha visto o, al menos, nadie ha querido darme razón de él.

¿Tenéis noticias de Samuel? -No, el doctor

y el cirujano le estaban atendiendo cuando hemos llegado a su casa.

Pero no nos han dicho nada.

-En estos casos, los médicos se resisten a dar un diagnóstico

para no pillarse los dedos.

-Ya, lo único que hemos sacado en claro es que la intervención

de Lucía ha sido providencial. De haber llegado unos minutos

más tarde, Samuel hubiera muerto.

-Nada. Ni un alma en toda la casa.

-¿Faltaba ropa u otros enseres de valor?

-No lo parece, los armarios y cajones estaban ordenados

y hay marcos de plata a la vista. No han sido ladrones.

-Me alivia saberlo. Reconozco que tenía mis dudas,

también podrían haber atentado contra Blanca y Diego.

-Me temo que se han marchado. -¿Adónde?

-No lo sé.

Podrían haber tenido que volver al hospital con el pequeño.

-Pasé por el hospital.

Consta que se marcharon con Moisés, vi sus firmas,

pero no han registrado el nuevo ingreso.

-No puede ser mera casualidad que justo la noche que atacan a Samuel,

ellos desaparezcan.

-Por tu salud, no vayas siempre por delante de los acontecimientos,

no tienes indicios que relacionen las cosas.

-Estoy de acuerdo con Leonor, las casualidades no existen.

-¿Por dónde cree que podemos empezar a tirar del hilo?

-Recemos para que Samuel se recupere y pueda darnos más información.

Por el momento, poco más podemos hacer.

Sigamos buscando, a ver si encontramos alguna pista.

-No me regañe usted que, si no llega a ser por mí,

quizá tendríamos que estar lamentando otra desgracia.

-Lucía, solo quiero que comprendas

que te podrías haber metido en un lío.

-Poco me importa lo que hubieran podido decir los lenguaraces.

Tenía que venir.

Llámelo pálpito, si quiere, o arrogancia de la juventud,

pero sabía que había algo raro en la ausencia de Samuel.

-Dicen que lo encontrasteis ya sin sentido.

-Y con la palidez fría de un cadáver. Ahí mismo,

en el suelo, casi sin aliento.

Tuve hasta que tomarle el pulso.

-Qué valor, Lucía, qué sangre fría.

-Lo peor fue darle la vuelta y ver la sangre.

-Calla, que me estoy mareando.

Si llega a ser por mí, yo no habría sido capaz de ayudarle.

-¿Cómo que no?

-Hombre.

-Era cuestión de vida o muerte, ya lo han dicho los doctores.

Unos minutos más y no hubieran podido hacer nada.

Claro que hubiera sido usted capaz. -Ya, pero no con tu ánimo.

A Carmen todavía le temblaban las piernas.

-Pero tuvo la suficiente presencia de ánimo

como para ir a buscar ayuda, y eso no es poco.

-No. -Después de haber perdido

tan recientemente a su novio, y en circunstancias tan similares.

-Ya le han cosido la herida,

pero le ha empezado a subir la fiebre.

-¿Ha vuelto ya en sí? -Sigue inconsciente.

Parece que lo de la temperatura es normal.

-¿Y el doctor ha dicho que hay esperanzas?

-Dice que aún es pronto para emitir un diagnóstico, señora.

-¿Y si muere?

-Lucía.

Cariño, no pienses en eso.

No lo pienses. Tú...

Las dos habéis hecho todo lo que estaba en vuestra mano.

-Fue la señorita quien tuvo la intuición de que algo no iba bien

y se atrevió a subir al altillo, señora.

-Ya, si a mí también me comentó su inquietud por Samuel.

Y yo no le hice caso.

Venga, vámonos a casa, que necesitas descansar.

-¿Descansar? No, no podría.

-Lucía, cariño, si aquí ya no hacemos nada,

y seguro que los médicos nos avisan si hay alguna novedad.

-Yo les avisaría.

-Yo no me voy de esta casa hasta que no sepa a qué atenerme.

Voy a ver si los doctores necesitan algo.

-Fue como volver a ver a Riera.

-Ay, Carmen, no pienses en eso.

Sí que es verdad que han sido muchas desgracias en poco tiempo.

-¿Por qué no pueden los hombres vivir en paz?

-¿Has sabido algo de Leonor?

-Ha ido a buscar a don Diego y doña Blanca,

también estaba muy inquieta.

-Ojalá no tengamos que lamentar ningún percance más.

-Ay, calle usted.

Perdone, señora. -No te preocupes, Carmen,

no estamos para protocolos.

Quiero comentarte una inquietud que me agobia.

-Usted dirá.

-No me gustaría tener que obligar a Lucía a salir de esta casa

ni pienso hacerlo, pero, como comprenderás, Lucía es una señorita

con una reputación que cuidar.

-Ya se lo dije yo anoche, señora, cuando se empeñó en que bajáramos.

Que no debería, de madrugada, entrar en la casa de un hombre.

-Ni debería ahora quedarse a solas con él.

-Bueno, estando don Samuel a un paso de la muerte,

nadie barruntará nada indecente.

-Sí, porque pensarán que se está volcando con su cuidado

cuando no son nada el uno del otro.

No entenderán tanto desvelo cuando solo son vecinos.

-Sí, eso sí, alguno habrá que tal dirá.

-¿Me ayudarás?

-Descuide, señora, que no les dejaré solos ni a sol ni a sombra.

-Gracias. -Y, si fuera el caso,

ya me encargaría yo de desmentir cualquier bulo o infundio.

-Gracias.

A Lucía ahora no le preocupan las murmuraciones,

pero temo que acabe afectándole el qué dirán.

-Ya. Pierda cuidado, doña Celia.

Si todo va como esperamos y don Samuel se recupera,

la señorita Lucía tendrá en mí un testigo de su honestidad.

-¡Maldita sea mi estampa!

Parece que nos ha mirado un tuerto. -¿Qué refunfuñas, Servando?

-Nada, señor, cosas mías.

-¿Has arreglado la cerradura?

-Sí, sí, señora, sí,

el trabajo está "finiquitao", "terminao".

Fuera quien fuera el que ha "entrao",

no se volverá a colar.

He puesto una cerradura a prueba de bombas.

-¿He de recordarte que no la forzó, sino que entró con una llave?

-Sí, señor, ya lo sé. Soy lo suficientemente juicioso

para haber caído en eso, sí.

-Pero no para percatarte de quien entra y sale de este edificio.

-Sabía que iba a pagar yo el pato.

Le ruego que no me lo tenga en cuenta y que disculpe mi descuido,

pero el coronel Valverde me invitó a su ceremonia

y yo le tenía en muy alta estima.

-Bueno, dejadlo ya.

Servando, muchas gracias por arreglar la cerradura.

Apenas he podido dormir

pensando que esa llave estaba en manos de un asesino.

-¿De un asesino? ¿Es que se sabe quién disparó al coronel?

-Nada se sabe, Servando.

-Ya, pero su señora ha dicho "asesino", en masculino.

¿Acaso sospechan ustedes de alguien? -Muchas gracias, Servando.

-El coronel era mi héroe,

el mío y el de muchos españoles de todo tipo de catadura.

Les ruego que me tengan al tanto si saben algo sobre su homicidio.

-Sí, Servando, te mantendremos al tanto. Muchas gracias.

-Muchas gracias a ustedes. Si me disculpan,

voy a vestirme para el entierro.

-Sabes tan bien como yo que es imposible que Servando

pueda supervisar a todo el que entra en el edificio.

-Nunca está de más una reprimenda a un subalterno con aires de grandeza.

Te recuerdo que no puede dar razón de quien subió a casa de Samuel.

-No mentía cuando he dicho que me he pasado la noche en blanco.

El infortunio se ha cebado con el edificio.

¿Cuándo va a terminar esta pesadilla?

-Cuando atrapen a los asesinos.

-¿Crees que Silvia estaba en lo cierto al sospechar de Blasco?

-Analizando los acontecimientos, me temo que sí.

Voy a salir un momento.

Antes de ir al entierro, quiero pasar a interesarme por Samuel.

-Voy contigo.

Todavía no hemos comentado lo de Blanca y Diego.

-Espero que tengamos noticias de ellos cuanto antes.

Vamos.

-No me diga usted eso, doña Rosina, que bastante cargo de conciencia

tengo yo ya con los dos óbitos.

-Es que se le escapan a usted los asesinos como las pelotas

a un portero de fútbol.

-El hombre ya le ha pedido disculpas.

-Las disculpas valdrían

si estuviéramos hablando de unos golfillos que han roto un cristal

con una piedra, pero estamos hablando de homicidas

de pelo en pecho y usted, en Babia.

-En el caso del coronel, acepto mi responsabilidad,

sobre el señor Alday, habría más que hablar.

Comprenderán ustedes que no tuviera yo los ánimos dispuestos

para hacer la ronda después de ver cómo caía ese hombre fulminado.

-No se atormente,

que le entendemos perfectamente.

Ni el mejor agente del orden podría evitar todas las calamidades.

-¿Todas? Es que no ha evitado ninguna.

-Ande, váyase usted y procure en adelante andar con ojo avizor.

-Descuiden, no habrá esquina ni rincón sin revisar.

-El sereno no es santo de mi devoción,

pero no me parece justo que cargue con todas las culpas.

Los asesinos sabían muy bien lo que querían

y supongo que tomaron todas las precauciones.

-Sobre eso he estado pensando yo.

¿Y si no eran dos los asesinos, sino solo uno?

-Habría trabajado a destajo.

-Se vio obligado

por las circunstancias. Veréis,

ese canalla disparó al coronel Valverde desde la ventana

y, al salir de casa de don Felipe, se dio de bruces en la escalera

con Samuel Alday

y tuvo que callarle la boca.

-No sería una mala teoría de no haber sido

que se encontraron a Samuel en su casa

y a medio vestir. -Y sin contar

con que había sangre en su dormitorio.

-Pero de nada sirve especular.

Dejemos esas pesquisas para la policía.

El comisario Méndez ha dado muy buena señal

de que sabe hacer su oficio bien.

-Pues precisamente...

Don Felipe, ¿trae noticias frescas de comisaría?

-Ya les he puesto al corriente,...

tanto del intento de homicidio de Samuel como de la desaparición

de Diego, Blanca y su hijo.

-¿Ha recuperado Samuel la consciencia?

-No. Las heridas se han curado, pero sigue con fiebre.

Lucía, y Carmen, por supuesto,

cuidan de él.

-¿Es que no van a terminar nunca las calamidades en este barrio?

Además, eso no puede ser bueno para los alquileres.

-No me avergüence más.

-Era un decir.

Por favor, no me digáis que no es como si Dios

quisiera darnos un rapapolvo. -Dios escribe derecho

con los renglones torcidos. -Requetenrevesados, querrás decir.

Todo lo que ha pasado. Primero, el pretendiente de Carmen,

después el coronel y ahora Samuel, que vive en un ay.

-Y se está olvidando usted de Diego y de Blanca y Moisés.

-No me extrañaría

que dentro de unos días nos enteráramos que están secuestrados.

-Por Dios, Susana, no eches más leña al fuego.

¿Quién les iba a secuestrar?

-¿Cómo que quién?

Todos estáis pensando lo mismo que yo.

Úrsula, ¿quién si no?

-No va usted desencaminada, doña Susana,

y se lo digo porque yo también he tenido esta sospecha,

pero Úrsula sigue en la casa de reposo,

me he cerciorado.

-Esperemos que don Samuel pueda dar un poco de luz al asunto

en cuanto vuelva en sí.

Es hora de que vayamos hacia el cementerio.

-Antoñito, Trini, que no llegamos.

-Sí, lo siento, padre, siento la tardanza.

-No te preocupes, si no eres el último,

Trini todavía se está pintando.

La coquetería en el camposanto. -No diga eso, padre,

es normal que queramos cuidar nuestro aspecto

ante una situación así para honrar al difunto y a su familia.

-¿Estás siendo sensato o son imaginaciones mías?

-La duda ofende, padre.

-No, hijo, si me parece de perlas.

En más de una ocasión te he dicho que el mundo de los negocios

puede ser muy cruel,

pero con algo de tesón y sin soberbia,

puede aprender uno mucho hasta de los contratiempos.

-Si lo dice por míster Welles, llega tarde, que ya he sacado yo

mis propias conclusiones.

-Ya casi estoy, pero nos podemos ir yendo.

-Espera, Trini, que estoy teniendo con mi hijo una conversación

de lo más interesante. ¿Qué conclusiones, hijo?

-Que después de un fracaso, uno no se puede quedar

con los brazos cruzados, hay que seguir adelante, y más yo,

que tengo un negocio que atender.

-¿Eso lo dices por el negocio de las cafeteras?

-Sí, antes de empezar a arreglarme, me he puesto a organizar

mi agenda de clientes, para poder visitarles mañana.

-Si este no es un nuevo Antoñito, que baje Dios y lo vea.

-Déjale que se explique, Trini, por favor.

-No hay mucho que explicar, padre. Con Welles o sin él, la vida sigue

y, no sé,

nosotros somos muy afortunados de tener un negocio propio

y, funciona bastante bien.

-Eso es hablar con cordura

y ponderación.

Ni me imaginaba que ibas a salir tan pronto y con tanto arrojo

del revés de tu míster.

-Me he dado cuenta que la profesión de inventor es dura como el mármol

y, además, muy desagradecida.

No lo sé, imagino que tendré

que empezar a recuperarme de este golpe.

Y eso es lo que estoy intentando.

-No creas que te va a resultar tan fácil sobreponerte.

-Ramón, no le desanimes tú ahora.

-No, todo lo contrario, si estoy tratando

de darle toda mi comprensión y apoyo

y algo de templanza.

Hijo,...

habrá días en que lo pases muy mal,

habrá días en que recuerdes lo que pudo ser y lo que no fue,

pero tú no cejes, muchacho.

Recuerda en todo momento la resolución que estás tomando ahora.

-Lo intentaré, padre.

En fin,

les espero abajo.

-¿Tú le crees? -Lo intento.

-A lo mejor solo lo hace para que le dejemos un poco en paz.

-Si sigue trabajando en la empresa familiar,

no me importarían mucho sus razones.

Ahora, si se trata de una pose, volverá a las andadas

y más dura será la caída.

(Campanadas)

-¿Le sube mucho la fiebre? -No le baja.

-Váyase a descansar, que ya me quedo yo con él.

¿No se fía usted de mí? -No tengo sueño.

-Vamos, señorita,

hemos pasado la noche juntas, y sin pegar ojo.

-¿Tú te vas a acostar?

-No, pero es mi señor. -Y es mi amigo.

Fin de la discusión.

-Le haré compañía entonces.

-Gracias.

-No tiene usted por qué mortificarse.

-¿Qué tratas de decirme?

-Pues que fue su intuición la que lo salvó, señorita,

la que se lo arrancó a la muerte.

Y que no ha de sentir que ha de sacrificarse

porque a veces tendemos a confundir ser cristianos con torturarnos.

-No es eso lo que me retiene a su lado.

-Ya verá como le estará muy agradecido

cuando recobre la consciencia.

-Si la recobra.

-Tengamos fe.

-Pero sin falsas ilusiones.

-No es usted de las que echan las campanas al vuelo, ¿no?

-Ya habrá tiempo para eso.

-Me pondré con la cena, ¿le apetece? -Sí, tenemos que recobrar fuerzas.

-Iré primero al mercado, que no hay gran cosa en la fresquera,

pero no tardaré mucho. -Tómate el tiempo que necesites.

-El caso es que...

no me gusta dejarla sola.

-Pierde cuidado, Carmen.

¿Mi prima Celia te ha dicho que no me dejes sola?

Como si lo viera.

-Iré.

-No se crea que me hago muchas ilusiones, no soy tan ingenua.

No ha puesto usted mucho empeño en conocerme mejor.

Ni me mira, ni se fija,...

no soy nadie para usted,...

pero usted para mí, sí.

No estoy muy familiarizada con estas cosas de pelar la pava.

Mi padrino, Joaquín, sabe poco del corazón de una señorita.

Lo poco que conozco

lo he aprendido en mis novelas,

en algunas conversaciones algo atrevidas con las criadas

y los carboneros.

Ojalá tuviera el valor de hablar con usted cuando se recupere.

Por ahora bástele saber que,

sea lo que sea lo que siento,

empezó la primera vez que le vi.

Fue como... un guiño o algo parecido.

Madre mía.

Como mi prima Celia se entere de esto,

me mata. Porque, encima,

usted está casado.

Vamos, que tengo yo un ojo...

Pero Blanca no le quiere, Samuel, eso se ve a la legua.

Aunque pareciera que estaban enfadados,

yo creo que sigue enamorada de don Diego.

Quizá...

podría usted pedir la nulidad y sería libre.

Ay, Lucía, que y estás como el cuento de la lechera.

(SUSPIRA)

Si le pasara a usted algo...

No se puede morir.

No puede.

No te mueras.

No te mueras, por favor. No te mueras.

-Muchas gracias. Hasta la próxima.

-Buenas tardes, Peña. -Buenas tardes.

-Ponme algo fuerte.

Desde luego,

jamás pensé que pudiera afectarme tanto

la muerte de un hombre que me retó en duelo a muerte.

-Pues sí que es raro, sí, aunque ambos salieron vivos de aquel lance.

-Por poco.

Aunque también es cierto que hacía ya mucho tiempo

que no le guardaba ningún rencor.

El coronel.

Aquel huraño coronel que llegó a Acacias había cambiado mucho

últimamente.

Supongo que desde que empezó su relación con Silvia.

-Ay, amigo, el amor, que todo lo puede.

Me lo van a decir a mí. -(RÍE)

-Buenas.

Por decir algo.

Mucho le va a costar a Silvia rehacer su vida.

-Eso si lo consigue,

la pobre estaba muy afectada en el entierro.

-Antoñito, ¿otro?

-Sí, sí, gracias.

Mi padre también estaba muy afectado.

-Es normal, son vecinos y amigos,...

pero bueno, será mejor que dejemos de hablar ya del entierro.

-Pues sí, el muerto al hoyo y el vivo al bollo.

-No seas descarado, Peña.

-Ah, perdón, es un dicho popular.

-A ti te hace falta Lolita, ¿eh? Se nota.

-Sí, sí, mucho.

Su risa, su presencia es lo que me da coraje en el día a día.

Sin ella estoy como una sombra, me cuesta mucho recomponerme

de las dificultades.

-Pero ¿ha ocurrido algo últimamente?

-Míster Welles, el que iba a comprar mi invento, se ha ido de la ciudad,

con todo el esfuerzo que hizo mi padre para recuperar los planos

del limpia lunas.

Ay. Yo quería que Lolita

viera el contrato millonario y se sintiera muy orgullosa de mí.

-Pero es que Lolita va a estar orgullosa de ti

con contrato y sin contrato. -Ya, pero no es lo mismo.

-Ya.

-Liberto, usted...

tenía buenas relaciones con la junta directiva del Ateneo, ¿verdad?

-Pues sí, algún amigo tengo por allí.

-Ya. -A ver qué se te ha ocurrido ahora,

Antoñito, que miedo me das. -Eh...

-Doña Silvia,...

le acompaño en el sentimiento. Sepa que puede contar conmigo

para lo que sea menester. -Gracias, Flora.

Y gracias a todos por acompañarme.

Ahora, si nos disculpan, estamos muy cansadas.

-Faltaría más. Vaya para casa. Ya pasaremos a interesarnos.

-Si me disculpan, yo también tengo que volver a La Deliciosa.

-Hoy nada es un consuelo, pero...

reconforta ver la cantidad de asistentes al entierro.

-Sí, la verdad es que estaba hasta los topes.

-Muchos amigos y camaradas de armas.

Solo he echado de menos a don Javier,

el que fuera profesor de don Arturo. -Y eso que, según cuentan,

habían hecho muy buenas migas maestro y alumno.

-Puede que se nos haya escapado entre el gentío.

-Quizás sí.

-Perdonen que no me quede más tiempo,

pero para mí ha sido como un padre,

bueno, qué digo yo como un padre,

Como el hombre que te dirige en la batalla.

En fin, buenas tardes.

-Yo, señora, también voy a ahuecar el ala, si usted tiene a bien

no mandar otra cosa.

-Ojalá sea la última vez que tengamos que visitar el camposanto.

-Ojalá. Yo propongo que,

en grupo o turnándonos,

estemos pendientes de Silvia. Es que a ratos me daba pavor

verla tan quebrada.

-No puede con su alma, eso te lo digo yo.

No tiene ni el denuedo de escribirle a Elvira y contarle lo sucedido.

Me ha pedido que lo haga yo. -Menuda papeleta.

¿Cómo se le dice a alguien que su padre ha muerto?

-¿Se ha fijado usted en que hasta a don Ramón

se le saltaron las lágrimas durante el responso?

-No he visto a Javier. -Toma, porque no estaba.

O sea, quiero decir que no le he visto.

-¿Verdad que no?

Aunque vete tú a saber, había tantos amigos, que ya no recuerdo

a todos los que se acercaron.

Y Javier me dio el pésame en el velatorio.

Agustina, vaya a echarse.

-Bien sabe Dios que lo necesito,

pero le traeré un caldo.

-Felipe y Celia, Lucía.

-Esos no han podido llevársela.

-No, claro, son de confianza.

-También ha estado aquí, claro, don Javier,

pero también es de confianza.

Señorita,...

don Javier quiere darle el pésame.

-He venido en cuanto lo he sabido, aún no puedo creerlo.

-Las llaves de los Álvarez-Hermoso, creo que van a estar fuera hoy.

-No se preocupe, ya quedaré con Celia

cuando se lo tenga que entregar. -Como quiera.

-Con Dios. -Con Dios.

-Con Dios. -Agustina, por favor.

-El caldo, señora, le entibiará el alma.

(SE QUEJA)

(TOSE)

(SE QUEJA)

-Samuel.

Samuel.

¡Samuel!

¡Samuel! ¡Samuel!

-Silvia. -Felipe, no le había visto.

Vengo ensimismada

pensando en mis cosas, se me cae la casa encima.

-Lo entiendo. -Vengo del Centro de Ciegos.

-De allí era Javier, el profesor de don Arturo.

-Allí le conocí, me abordó en la puerta,

pero en el centro no saben quién es. -¿Cómo que no saben quién es?

-Carmen, tienes tiempo, el sacristán se queda

hasta que terminan los rezos. -No te entretendremos.

¿Sabes algo de Blanca?

-Nada, señora.

-Es que es todo tan raro.

-Lo único que le oí decir a don Samuel cuando vino a visitarle

su marido, era que tal vez estaban en Huelva.

-A mi marido eso le pareció raro.

-Necesitaría un piscolabis de La Deliciosa.

Quiero impresionar a los empresarios,

a ver si alguno compra mi invento.

-De eso nos encargamos nosotros.

-Caviar, salmón, champán francés.

-Y tortilla de patatas,

no olvide el toque español.

-Y la factura para don Ramón.

-No, no, a mi nombre, es mi negocio, así que yo me encargo y,

por supuesto, están invitados. -Mira, eso está muy bien.

-Sí, pero mi hijo no piensa.

Lo organiza todo él y lo paga todo él, bueno, todo él,

¿qué te apuestas a que soy yo el que termina pagando todo?

-Ramón, no rezongues.

-¿Y te crees que lo ha organizado todo bien

y con el tiempo suficiente?

¿Sabes cuándo empieza el acto? -¿Cuándo?

-Pues exactamente, dentro de 35 minutos.

-Ramón, pues date prisa que no vas a llegar.

-No pienso ir.

-Es un columnario de ocho reales, de Felipe V, acuñado en 1741,

¿lo conoces? -Sí.

Ha tenido que costar caro.

-Nada es lo bastante caro

para que tú estés contento.

-Sin duda, es una moneda valiosa,... pero mi perdón no está en venta.

-"¿Adónde cree" que va el amor cuando se olvida?

-¿Se olvida?

-No lo sé, o sí. Pero si el amor es de verdad,

no se olvida.

-¿Ni cuando perece otro?

¿Cree usted que no se puede amar a alguien cuando ya has amado antes

a otra persona? -Se puede amar a alguien nuevo,

pero el amor antiguo no desaparece. Quizá se transforme.

-Doña Silvia. -"Tengo algo que es suyo".

-¿Algo mío? -Sí.

Una pluma estilográfica que se dejó en mi casa el otro día.

-Era de muy poco valor, no merece la pena.

-Espere que la encuentre.

Si no la encuentro, me obligará a ir al Centro Instructivo a llevársela.

-Ya le digo que no merece la pena.

-Vaya, no la encuentro.

Quizá me la he dejado en casa. ¿Quiere subir?

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Acacias 38 - Capítulo 821

07 ago 2018

Lucía, inquieta por Samuel, convence a Carmen para entrar en el principal. Los vecinos acusan la desaparición de Blanca y de Diego con su hijo, a pesar de las peleas de la pareja en esos últimos días. Antoñito no consigue reunirse con Welles, quien ya se ha marchado de España. El joven Palacios parece que le hace caso a su padre y olvida sus inventos para centrarse en las cafeteras.

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