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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 806 - ver ahora
Transcripción completa

-Lo que voy a decirles, Muñiz me lo contó con la confianza

de creerme su amigo. Estoy seguro de que no mentía.

-¿Qué fue lo que le dijo?

-Samuel organizó el asalto al carruaje.

El robo fue solo una tapadera.

Buscaban su muerte, Diego.

-"Ahora no eres tan valiente, ¿eh, cacharrito?".

Di algo, cacharrito del demonio.

(Ruido de cristales rotos)

Ay, Lolita, que la has liado bien gorda.

-"¿Qué estás haciendo aquí?".

¿Y Moisés? -Descuiden, que el niño está bien acompañado.

Su tío se quedó al cargo y me dijo que podía marcharme.

-No. -"Le declaro..."

inocente de todos los cargos.

No queda duda que actuó en legítima defensa.

-Eres libre, mi amor.

-Otra vez no.

¡Otra vez no!

(LLORA)

-¡Maldito Samuel!

Blanca,...

Blanca, no hay rastro de ellos. Mi amor, Samuel se lo ha llevado.

-¿Adónde? -No lo sé.

-¿Adónde se ha llevado a mi hijo? -Ven.

-Has perdido la color, hija,

¿son malas noticias?

-¿No me digas que le ha pasado algo a Celia?

-No, no, descuiden, la carta no es de Celia.

Si me disculpan.

-"¿Dónde está Moisés?".

-Blanca,...

Moisés no está bien. -"¿No ha terminado la operación?".

-La anestesia no estaba actuando como debiera.

Si continuábamos operando, podríamos haber perdido al paciente.

-Qué demonios.

-"Entonces, ¿Arturo no va a volver a ver?".

-"Aún es pronto para decirlo".

"Con un poco de fortuna, creo que recuperará algo de vista,

especialmente en uno de sus ojos. -Dé dar aviso al doctor Guillén".

Ya están aquí sus padres, querrán oír sus explicaciones.

-Será mejor que no le digamos nada a Samuel de lo que sabemos.

Todavía no.

-Cuando el señor Alday trajo a su hijo,

presentaba un cuadro de fiebre muy alta.

No le oculto que nos asustó.

-¿Le ha bajado? -Con mucho esfuerzo, sí.

Hemos tenido que bañarle incluso en agua helada.

-Ay, pobre. -Al menos ha respondido.

-¿Y qué tiene?

-Seguimos observando.

Lamento no tener un diagnóstico, la afección cursa con vómitos.

-¿Le están dando alguna medicación?

-Sí, le hemos suministrado suero,

pero soy partidario de limitar a eso el tratamiento

hasta que sepamos algo más.

Para niños de tan corta edad, los compuestos pueden ser peligrosos

sin un diagnóstico previo. -Pero, entonces,

¿me está diciendo que propone que nos quedemos aquí,

de brazos cruzados, mirándole mientras la enfermedad avanza?

-Esa es mi prescripción, sí.

Esperar a que su organismo combata la calentura.

Estas criaturas son fuertes. -¿Puedo cogerlo?

-Mejor sería dejarle descansar.

-No exagere, doctor, poco contraproducente

es ponerse en los brazos de una madre.

-No conviene moverlo, háganme caso.

-Se ha dormido.

(Sintonía de "Acacias 38")

-Señor Valverde, ¿qué ha hecho usted?

-Te dije que no te quitaras la venda hasta que no llegara el doctor.

-Ha sido usted un imprudente. -No puedo ver.

No veo nada.

-Bueno, tranquilícese que voy a revisarlo.

Aún es pronto.

¿Percibe usted claridades o sombras?

-Es suficiente. -¿Cómo que es suficiente,

si dice que no advierte nada?

-La operación ha sido un fracaso.

Quiero volver a mi casa de inmediato.

-No, no, no es conveniente el traslado por el momento.

-Haz caso al doctor.

-No puede retenerme. -¡Enfermero, ayúdeme!

¡Enfermero, venga aquí!

Por favor, enfermero, venga, ayúdeme.

-¡Suélteme! ¡Quíteme las manos de encima!

-Estese quieto. -¡Suélteme, por Dios!

-No, por favor, coronel. -Aquí no pueden hacer nada por mí.

-Estese quieto. -Me voy.

-Por favor, coronel.

-Uy.

Si es que esto está más "achuchao", que recortarle las patillas

al tío Dionisio, que las quería con la forma

de la comarca de Cabrahígo.

Antoñito, de esta, me tira al pilón y me deja a remojo

hasta que sea san Cerezuelo.

-La leche, Lolita, ¿tú qué haces aquí?

-El... el guiso, la Fabiana, que tenía no sé qué apuro

y me ha dejado a cargo de la pitanza.

-¿Y a ti se te ha olvidado la encomienda?

-Pues, con que no se haya quemado...

-Huele bien. -Por los pelos, doña Trini.

Que digo que... si solo venía usted a ver cómo estaba la comida,

ya se puede ir a sus ocupaciones.

Como se dice en nuestro pueblo, zapatero a sus zapatos.

Y no se preocupe, que ya me encargo yo de laborar

"pa" que almuercen como reyes.

-Está bien.

-El pitorrillo este...

Qué coraje me da, que no cabe en ningún agujero de estos.

A ver cómo le digo yo a mi Antoñito que tiene que zapar otro agujero

"pa" meter el pitorrillo este de mis pecados.

(Se abre una puerta)

-Anda, que ya vienes tú embalado como un toro

a seguir con tu invento, ¿no?, que te lo noto.

-No. Ya está terminado. -Me mata, Antoñito me mata.

-Lolita, tenías que haber escuchado el alegato de don Felipe.

Ni Cicerón, pura oratoria de la buena.

El Peña ha tenido mucha suerte de poder contar con él.

-Espero no necesitar yo a don Felipe para mi defensa.

-Recuérdame que le diga a Fabiana que no hace falta

que tape mi limpia lunas, está diseñado

para soportar la intemperie, los elementos y todo tipo de agresiones.

-¿Y "pa" los olores de la olla? No querrás presentarlo

con tufo a albóndigas.

Que lo he cubierto "pa"... los olores de los humos.

-Sabía que ibas a reconocer el arte que tiene mi invento.

Gracias.

-Pero, si te digo la verdad, Antoñito,

esto no lo veo yo muy resistente.

Parece una miajilla quebradizo.

-¿Sí? A ver. -Y digo,...

inventor mío, ¿cuándo vas a presentar el invento

a las "panentes" estas?

-Patentes.

Mañana.

Es que se me ha ido el santo al cielo con lo del juicio.

-Mañana,

pero ¿tú estás seguro? ¿Y si a alguien

se le ocurre lo mismo y lo presenta antes que tú?

-Sería una hecatombe.

-Claro. Arreando que es gerundio. A quien madruga, Dios le ayuda,

y eso es una verdad como un templo. Tira.

-No tardaré. -Lo que necesites, yo aquí estoy.

¡Uy!

-Sería preferible que le dejara descansar.

-Yo no le noto caliente.

-Eso es bueno.

-Entonces, ¿podríamos llevárnoslo a casa?

Si no le están dando ninguna medicación.

-No puedo aventurar cuándo tendrá un próximo acceso de hipertermia,

pero si le sobreviniera estando en su domicilio,

tendrían que traerlo

y, el tiempo del trayecto sería, bueno, irrecuperable.

Señora, se lo pido por favor, la salud de su hijo

es mi responsabilidad. -Y la mía también.

-Blanca.

Blanca, todos deseamos que Moisés vuelva a casa lo antes posible,

pero para eso creo que debemos hacer caso al doctor.

-También pienso lo mismo.

Será mejor que le dejemos aquí hasta que sepamos

que la fiebre no le volverá.

-Si ya sabía yo que Dios no iba a dejar que se ajusticiara

a un inocente. -Tú conocías la voluntad de Dios,

igual que yo la de su excelencia el juez.

-Sabía que por una vez en la vida, la suerte no se me iba a torcer.

Por el Peña y su libertad. -Por el Peña.

Yo me alegro como la que más,

Flora, pero lo que le ha pasado al Peña no es cuestión de suerte,

sino de derecho,

porque el Peña no se merecía que fuera condenado solo por defenderse.

-Y, en particular, porque ni se cargó al Indio interfecto ese.

-Ay, deja ya eso, recontra, que no quiero acordarme nunca jamás.

Bastante tiene ya una con la conciencia.

Además,

hasta me acongoja que el fanático ese acabara de tan mala manera.

-Pues no sé yo, pero acongojada o no, yo te veo cara de gozo.

-¡Peña!

(RÍE)

Hombre.

-Ay, que de buena te has librado, perillán.

-Si es que hay que ver, ¿eh?, bicho malo nunca muere.

-Casilda, eso no lo hubiera dicho tan bien ni el juez.

-No es a mí a quien hay que felicitar, sino a mi abogado,

don Felipe Álvarez-Hermoso.

Sin él y su ilustración, ahora mismo sería carne de presidio.

-O algo mucho peor. -Y dale.

-No quiero contradecir a mi defendido, pero es de justicia

felicitar a nuestro testigo de cargo.

La declaración de Cesáreo inclinó a su señoría a nuestro favor.

-¿Ese? ¿Y qué mérito tiene alguien que dice la verdad,

toda la verdad y solamente la verdad?

Si hubiera mentido,

pues tendría más mérito y sería de agradecer,

que hubiera caído en perjurio, que para eso hay que tener dos bemoles.

-Bueno, dejemos de hablar de Cesáreo,

no vaya a ser que aparezca y se ponga aquí a pavonearse.

Quiero decir del juicio final, se entiende.

-Sea el mérito de quien sea, aunque te cueste creerlo,

me alegro del veredicto. Bienvenido, Peña.

-Gracias por acudir al juzgado,

su presencia nos ha dado mucho ánimo a Flora y a mí.

-¿Y ahora qué empeño tiene, si puede saberse,

se va a quedar por el barrio?

-Ya veremos. Ahora necesito

tiempo para pensar y... para otras cosas.

-Bueno, pues tómate el tiempo

que te encante, Peña, ya sabes que en el altillo tienes tu casa

y nadie te va a apurar. -Gracias, Fabiana.

Me alivia saber que sigo teniendo un techo.

-Tenemos que cumplimentar trámites para que sea un hombre libre.

-Arreando pues.

A ver si es la última vez que piso un edificio oficial.

(RÍEN) -Y que mis ojos lo vean.

-Flora.

¿Volverá a buscarte?

-Pues... por una vez en la vida, no tengo afán.

Lo que tenga que ser, será.

-Leonor, se me olvidaba. ¿Sabes algo de Diego y Blanca?

¿Se han marchado ya? -No tengo noticias.

He estado toda la mañana en los juzgados con usted.

-Diego.

¿Cómo está el niño? ¿Qué hacen con él?

-El doctor sigue haciéndole pruebas para encontrar un diagnóstico.

-Pero ¿qué diagnóstico?

Que no, que no, que Moisés no necesita ningún...

-Lamento tener que pedirle esto, pero...

necesito hacer entender a mi esposa que estos numeritos no ayudan.

Tiene tendencia a perder los nervios y... necesita algo de mano dura.

Me gustaría que nos dejara un par de minutos a solas.

-Diego, tratan de engañarnos.

Moisés está bien, lo sé, puedo sentirlo.

-Sosiégate, Blanca, que no sospechen.

No puedes significarte más, hazlo por Moisés.

-Quiero llevármelo a casa. Diego, esto es una burla,

es una mentira muy bien urdida y Samuel está detrás de todo esto.

-Chist, baja la voz.

Blanca, no sabemos muy bien por qué ni para qué, pero ponerle en alerta

no nos va a ayudar.

-Samuel quiere retrasar nuestro viaje,

quiere retenernos para poder quedarse con el niño.

-Procura contenerte, Blanca, puede que sean estas las razones,

puede que haya más o que sean otras.

Creo que lo mejor será que ocultemos lo que sabemos.

-Yo no puedo. Diego, no puedo fingir.

Me gustaría saltar sobre él como la madre de un cachorro maltratado.

No puedo disimular. -Tendrás que hacerlo.

¿Crees que yo no siento lo mismo?

Estrangularía a Samuel con mis propias manos.

-Yo solo quiero tener a Moisés conmigo.

-Mi amor.

Eh. Y lo tendrás.

Pero es precisamente por su seguridad por lo que hacemos esto.

¿No te das cuenta de que nos están vigilando todo el rato?

-¿Esos enfermeros?

-Exacto. No nos dejan ni a sol ni a sombra,

ni se alejan de Moisés. Hemos de andar con pies de plomo.

-¿Y qué hacemos?

-Mostrarnos abatidos, indefensos, como quiere Samuel.

Que se crea que nos hemos tragado el sapo.

Que confíe en nosotros, que esté seguro.

-Pero ¿hasta cuándo? -Hasta que baje la guardia,

y arrancaremos a Moisés de Samuel y nos iremos los tres de aquí.

-Es mucho lo que me pides, Diego.

Yo no sé si voy a poder fingir con Moisés delante.

-Tendremos que hacerlo.

Tendremos que ser más fuertes que él,

que ellos.

(Campanadas)

Parece transformada tras el rezo.

Su mirada es... no sé, como gozosa, iluminada.

-Siempre me pasa lo mismo tras escuchar al párroco.

Sus consejos y admoniciones y su perdón final me elevan.

¿A ti no?

-Lo cierto es que me pone un poco nerviosa.

Sus palabras me resultan algo obsoletas.

-¿Obsoletas?

Es un clérigo tradicional, eso sí, pero a mucha honra.

Ay, a las jóvenes de hoy en día, en cuanto os ponen impedimentos

para la coquetería y el atrevimiento, os parece arcaico.

-No se sulfure,

que tengo buen apego a la iglesia.

De hecho, su señor párroco me recuerda a mi confesor en Salamanca.

Algo anticuado, pero un solete.

Entrañable. Haré buenas migas con su cura.

-Eso espero.

Como todas, las jovencitas de hoy en día también necesitáis

un hombre de Dios que os escuche y os aconseje.

¿Por qué crees que he propiciado

tu confesión con mi párroco?

Porque noté tu tribulación y congoja esta mañana al recibir esa carta.

Don Felipe. -¿Una confesión urgente?

-No, ¿qué va a ser? Doña Susana, que vela en demasía por mi alma.

Suelo hacer de oficio la confesión una vez a la semana.

¿Cómo ha ido el juicio?

-Ha sido todo un éxito. Mi defendido está en libertad.

Precisamente vengo ahora de hacerla efectiva.

-Eso viene a decir que el Peña volverá a regir La Deliciosa,

y digo regir por decir algo.

-Siento no poder darle explicaciones, doña Susana.

Supongo que este asunto +tendrá que ser tratado entre los interesados,

léase Íñigo, Flora y... -El Peña, sí.

Menudo elemento.

Y La Deliciosa, de mano en mano,

como si fuera la falsa moneda.

Ay, bueno, me retiro a la sastrería. Con Dios.

-Con Dios. -Con Dios.

-Don Felipe, buscándole estaba. Tenemos nuevas de Blanca y Diego.

Están en el hospital.

-¿Y eso?

-Don Samuel me ha enviado una nota para tranquilizarme.

Moisés, la criatura, ha enfermado repentinamente

y requiere cuidados.

-Van a posponer el viaje.

-¿Es grave?

-Pues no me han informado hasta ese extremo,

pero Dios quiera que no sea así.

-Venga, venga, ven.

-Qué cabezona con que suba al altillo.

-Es que te has atocinado mucho con el invento, Antoñito.

Además, ¿no dices que ya funciona que da gusto?

Pues ya está, se acabó, a otra cosa, mariposa.

-Ya, pero tengo que probarlo, para ver si funciona

en situaciones extremas como el hielo, granizo, un calor tórrido.

-¿Calor tórrido?

Calor tórrido el que te voy a dar yo a ti.

Más calorina y quemazón que un prado de Cabrahigo en agosto.

-La verdad es que no sería mala idea volver a tu pueblo

y poder probar el limpia lunas.

-¿Y si te dijera

que hemos subido al altillo a celebrar

que ya has registrado la "pantente"?

-Patente, patente.

Y no sé cómo quieres celebrarlo aquí.

-Así.

-Eso ha sido un beso.

-Y más que tengo guardados "pa" ti si quieres usarlos.

-¿Cómo, cómo, cómo? ¿No me fallan los oídos?

-Tú ves a la habitación, a ver si es verdad que te fallan o no

esas orejitas.

Tira.

Vamos.

-O sea, me estás proponiendo ir a tu habitación a seguir besándome.

-Sí. -Tú.

La misma que exige un año de noviazgo

por respetar sus costumbres.

-¿Costumbres? Costumbres

las que te voy a dar a ti, "resalao".

Tú tira "pa" la habitación, que yo me planto allí en un periquete.

Tira. Venga.

Hale.

-Lolita, ¿tú has aviado la cena "pa" tus señores?

"Pa" don Felipe y la visitante, digo.

-Sí, sí, la tengo ya "prepará", la he dejado en la fresquera.

Es que me he subido al altillo a rellanarme un poco,

que ha sido un día de aúpa.

-Oye, ¿te han relatado ya lo del Peña?

Dicen que sale libre como un jilguero.

-Ah, pues me alegro mucho.

-¿Tú sabes algo de la Agustina?

No ha vuelto desde que se fue al sanatorio con su señor.

-Por aquí no ha pasado.

-Pues eso es que la operación no habrá ido muy bien.

Si es que con los luceros, no pueden jugar ni los cirujanos,

¿no te parece?

-Ay, Fabiana, pues vaya usted al hospital, que allí se lo relatan

de primera mano.

-Qué humos, zagala. Te dejo.

Que ya veo que tienes otros bretes en los que rumiar.

Me voy a preparar la cena a mis señores.

-Con Dios.

-¡Lolita!

¿Vas a tardar mucho en darme ese calorcito tórrido?

-Ay.

-Y colorín colorado, nuestro famoso letrado se hizo con el juez

y la justicia triunfó.

-Yo, la verdad, es que me alegro un potosí por el Peña.

Lo que me cuesta creerme

es que el Cesáreo se presentara allí por su buen corazón.

Si ese hombre no tiene entrañas,

ni tampoco sabe lo que es hacer un favor de balde.

-A las pruebas me remito. -No dudes de mi marido.

-Lo que usted diga, "señá",

pero ya le digo yo. ¿El Cesáreo?

Ese hombre tiene mucho jeto.

Hale, ¿mandan ustedes algo más? -Pues mira, sí, vete oreando

y planchando el traje, que lo voy a necesitar en un par de días.

-Usted descuide, que le voy a dejar la raya de los calzones,

como si fuera una navaja de Albacete.

-¿Se puede saber para qué quieres tú el traje de gala?

Lo digo porque en mi agenda no tengo anotado ningún acontecimiento

que se merezca semejante pompa.

-Pues no es una recepción de palacio,

pero no quiero que me retraten para la entrevista en traje de diario.

-O sea, que sí, ¿no?, que al final vas a ir a que te hagan retratos

para ese papelucho. -¿Por qué no habría de hacerlo?

-Porque es una tontería, Liberto.

Por favor, para cuatro gatos que leen ese libelo.

Es más, he estado pensando.

Podría ser una mancha, para tu honor y tu imagen pública.

-Una mancha.

Si fuiste tú la primera que decía sentirse muy orgullosa

cuando salió la primera entrevista, o eso me dijiste a mí.

-Me alegré, pero eso fue antes de tener constancia

de que esa revista solo la ojean, porque la ojean,

ni siquiera la leen, cuatro jovenzuelas sin fundamento.

-Eso no es del todo cierto.

En el Ateneo son mayoría los caballeros y altos cargos

que la leen con interés. -Ah, sí, interés.

Será porque exhibe anuncios de corsetería.

-No lo creo. Las opiniones de sus articulistas

son de lo más comentado en tertulias y camarillas del gobierno.

-¿Qué gobierno ni qué gobierno? Por favor, Liberto.

¿A santo de qué necesitas tú de caballeros, ateneístas y gobiernos?

¡Con tu santa esposa te sobra!

No quiero que te retraten, y listo.

-Estuviste a la altura, Cesáreo. Un testimonio muy bien cimentado,

claro y preciso.

-Y exculpatorio. -Y sin modestias, ¿eh?

Que estos hombres saben perfectamente lo que se dicen.

-Agradecido, señora, pero no requiero de lisonjas.

Como encargado del orden, es mi deber decir siempre la verdad.

Tanto si condena como si absuelve. -Todos sabemos de tu rectitud,

pero eso no quita para que se te elogie por tu conducta sin tacha.

-El señor es muy benevolente.

Me tiene a su disposición las 24 horas del día,

así caigan chuzos de punta o el sol de Rita las meninges.

(RÍEN)

-Un poquito más empalagoso, y se nos hace miel de la Alcarria.

-Lo que le faltaba al dichoso sereno.

Otro elogio más y este exige hacer la ronda bajo palio.

-Si los señores no me requieren más, debo seguir vigilando

el barrio. Con Dios.

-Con Dios. -Con Dios.

-¿Usted sabe algo de cómo ha salido la operación de Arturo?

-Me disponía a ir al hospital para recabar nuevas,

que, por cierto,

el niño de Diego y Blanca también está ingresado.

-Sí, algo hemos oído. Por fiebres, ¿no?

Ay, pobre Moisés. Bueno, y pobres padres,

que no salen de una y ya andan metidos en otra.

-Manténganos al tanto del estado del niño, se lo ruego.

(Pasos de caballos)

-¿Necesita ayuda?

-No, gracias.

-Ha sido imposible convencerla que viniera a casa a descansar.

Le he propuesto turnarnos, pero no quiere separarse de Moisés.

-Es natural en cualquier madre, pero en este caso es imprescindible

que siempre quede alguien custodiando al niño,

no sabemos lo que pretende Samuel.

-Ha conseguido que aplazáramos nuestro traslado a Huelva.

-Supongo, por el atrevimiento de sus acciones y sus engaños,

que no se conformará con eso.

-Yo soy de la misma opinión.

¿Solo para retenernos? No.

Solo para eso no tenía que implicar a personal médico del hospital.

-Hábleme de eso. ¿Cuántos son los custodios?

(SOPLA)

-Siempre hay un enfermero rondando, dos si estamos con el niño.

-Y no colaboran en los cuidados del paciente.

-Ni siquiera parecen ocultar su condición de vigilantes.

-Mala cosa.

-Por esa razón Blanca y yo hemos decidido

no enfrentarnos,... dejar que Samuel crea que nos tiene embaucados.

-Les halago por su prudencia.

Yo no sé si hubiera sido capaz de contenerme,

no cuando sé que ha colaborado en el asalto y que, de alguna forma,

se confabuló con Úrsula para lo de su señor padre.

-Eso es lo que me está desesperando más, Riera.

Pero no tenemos otra opción, tenemos que seguir fingiendo

para salvar a Moisés.

-Usted que lo conoce bien, es un hombre capaz de matar a sangre fría.

-No quiero ni pensarlo, Riera, no...

Tengo pesadillas en las que veo a mi hermano asesinando a mi padre

con sus sucias manos. -Calma, don Diego.

No vaya usted a estropear el esfuerzo que están haciendo

mostrándose ignorantes de su perfidia.

-Mientras Samuel piense que los tiene en la inopia,

no orquestará nuevas intrigas.

-Entonces encontraremos el hueco para llevarnos a Moisés,

sí, Riera, lo sé.

Lo sé.

Le aseguro que la furia no me traicionará.

-Le creo.

Lo contrario sería fatal.

Si su hermano de usted pensara por un momento que lo han descubierto,

quién sabe de lo que sería capaz.

-No dudaría en atentar contra mi hijo.

-Procuraremos que no suceda.

-Le quiero pedir algo, Riera.

Que no le cuente a nadie nada sobre este lance.

Le ruego que ni siquiera se lo diga a Carmen.

-Descuide, confío en ella sin resquicios,

pero mejor que permanezca ignorante, incluso por su propio bien.

Samuel no se saldrá con la suya.

-Yo no sé si...

Blanca será capaz de mantenerse serena y...

seguir con todo este engaño.

No habría que exigirle nada así a ninguna madre.

-Cuánto nos alegramos de tenerle de vuelta en el barrio.

Lo que necesite, aquí estamos.

-¿Nadie se va a atrever a preguntar lo que la curiosidad les exige?

-Bueno, ya habrá tiempo de hablar largo y tendido.

-Le esperamos en las tertulias, hemos vuelto a reanudar

nuestras conversaciones en La Deliciosa.

-Responderé yo mismo, ya que prefieren continuar con su paripé.

La operación ha sido una derrota.

Una ofensiva ridícula que no tenía más remedio que fracasar.

-No hables así.

Hasta en la mayor de las derrotas hay que mantener la cabeza alta,

y eso lo sabes tú.

-No cuando es una derrota ridícula, tan ridícula como yo.

Damas y caballeros, el coronel Valverde ha sido vapuleado

y se ha quedado más ciego que un topo.

¿Necesitan más explicaciones?

¿Un informe de campaña en el que se detalle el infortunio?

-No, no, no, coronel.

Lo lamentamos de corazón y,

como ya he dicho, nos tiene aquí

para lo que necesite, usted no se merece esto.

-Yo prefiero que no muestren compasión en mi presencia.

Y eso de que no me lo merezco, es solo una opinión desinformada.

Es muy posible que Dios haya dispuesto esta catástrofe

precisamente por mis merecimientos.

Agustina.

Vamos.

-¿Estás bien?

-Gracias. Gracias.

Ha sido mi pecado, no el suyo.

Yo le insistí en esa intervención y le inculqué falsas esperanzas.

-Sé que es fácil decirlo, pero tiene que sobreponerse

y armarse de paciencia.

¿Qué explicación le ha dado el doctor Taronjí?

-Se ha mostrado optimista, claro.

Supongo que para dar ánimos a Arturo.

Ha dicho que es probable

que recupere la visión paulatinamente,

pero no ha resultado muy creíble.

-Los médicos no son gente que lancen las campanas al vuelo.

Todo lo contrario, suelen ponerse en lo peor.

Quizá merezca algún crédito.

-Aun así,

no puedo seguir pidiéndole a Arturo que confíe y espere.

-Quizá no de inmediato,...

pero la necesita.

-Sí. -Es lo único que le queda.

-No sé si seré tan fuerte.

(RÍE)

-Chist, para, para, que solo llevamos media partida, va, dale.

-Sí, si me importa mucho la partida. -Te has comprometido a jugar.

-Es que me has dicho que el que perdía

se tenía que quitar una prenda. -Uh, y así es, mira.

-Así es para mí, que mira cómo estoy y tú te has quitado un zapato.

-Bueno, porque has "perdío" y yo he ganado.

-Ya. 90 minutos jugando y tú has perdido una baza, ¿me lo explicas?

-Porque yo era la mejor de Cabrahigo. Mira.

(RÍE)

-¿Y en Cabrahigo cómo son las noches de novios?

Porque a este ritmo, yo me imagino que a lo mejor

amanece el día siguiente y la novia lleva puesta la diadema todavía.

-Anda, calla, bobo,

y tómate la infusión, va, que solo le has dado un sorbo.

-Es que sabe a pies.

No los tuyos, claro, que son pura ambrosía.

-¿Yo no te he dicho que esta infusión

es para levantar los ardores?

(RÍE)

-Varias veces, sí.

Pero que yo no necesito pociones ni afrodisíacos,

que soy Antoñito Palacios, el Garañón.

-Uy. Antoñito, para.

Antoñito, para.

Para. Antoñito, para, para.

¡Ay! Para. Antoñito, para. ¡Ay!

Para.

¡Para, no! ¡No!

(RÍE)

No me hagas chillar que las chicas, si nos pillan,

nos van a poner de vuelta y media, y a ti la Fabiana

te va a correr a escobazos. -¿Sí?

-Sí.

Me voy y sigo con el invento, así me olvido de tus carnes, ¿no?

-Túmbate.

Que me vas a conocer cuando me sale el cariño.

-Oye, yo creo que la infusión esta no funciona,

porque me estoy quedando dormido. -Que sí, que sí, que nunca falla.

-Tú...

cierra los faroles, que te voy a dar una sorpresa

que me vas a agradecer. -¿En serio?

(LOLITA ASIENTE)

-¿Y qué sorpresa?

-Es que, si te lo digo, no tiene gracia.

-(ANTOÑITO ASIENTE)

-Uno no se arredra cuando sabe que de su proceder

pende la vida de un hombre. O sea, la suya, Peña.

De modo que, ni corto ni perezoso, encaré al fiscal y a su señoría

y les solté la verdad,

o lo que es lo mismo, lo que don Felipe

me había dicho que testimoniara.

-No sé cómo mostrarle mi agradecimiento.

-Ya se nos ocurrirá algo para que no medien deudas entre nosotros.

¿Seguirá trabajando en La Deliciosa?

-Por mí encantada, pero tengo que hablar con Íñigo.

Cuando decido por mí misma, suele caérseme el cielo encima.

-Va, no te aflijas, ya veremos.

-Sigo mi ronda, en cuanto me retraso unos minutos,

ya está toda el hampa de la ciudad hormigueando por las esquinas.

-¿Sabes?

No me habría importado la muerte ni la trena de no haberte visto allí,

sufriendo por mí.

En un vilo. -Olvidemos eso y empecemos de cero.

-¿Empezar de cero? Ni loco.

Eso sería como olvidar lo mucho que te adoro.

Flora,... bebo los vientos por ti.

Nunca había querido así.

-Don Felipe.

Seguid, que falta nos hace ver a alguien que rebose de felicidad

en el barrio. -¿Son novios?

-Es... solo la alegría de verle libre.

¿Y por qué esa necesidad por el gozo ajeno?

-Porque venimos de visitar a Blanca y la pobre está que no vive.

-No es de extrañar, después de lo que han pasado,

sería una traición que perdieran a su hijo por unas fiebres.

-Dios no lo quiera.

-Los hermanos Alday están hechos fosfatina.

Parecen una familia muy unida.

-Solo nos cabe esperar

y confiar en los doctores. Mañana volveré al hospital.

Don Felipe,

¿ha tenido más noticias del coronel? -No, nada.

Dejaré que reflexione durante la noche, mañana llamaré a su puerta.

-En fin.

Buenas noches, Lucía. Don Felipe.

Marcho a visitar a Íñigo. -Nosotros también,

¿no quieren tomar algo? -No, gracias,

es tarde y marchamos a casa.

-Buenas noches. -Buenas noches.

-Buenas noches.

Tengo que escribir a Celia.

Aun a sabiendas que se llevará un soponcio cuando se entere

de la situación de Moisés y de la ceguera de don Arturo.

-También se alegrará por la exoneración del Peña,

y por el papel que ha cumplido usted.

-Eso espero.

Como también espero no tener que darle más malas noticias.

-¿Lo dice por la carta que recibí?

-No la recibiste con muy buena cara.

-No era nada.

Al menos, nada que deba preocuparle a usted.

-Doña Susana cree que te afectó bastante.

-Mi padrino Joaquín me informaba del fallecimiento de un conocido.

Quizá fue un jarro de agua fría, pero doña Susana exagera el impacto.

-En eso te doy la razón, doña Susana suele exagerar.

Subamos.

(Llaman a la puerta)

-Lolita. Abre, Lolita, corre.

(Llaman a la puerta)

¿Lolita? -Ya va, ya va.

(Llaman a la puerta)

Uy.

(Llaman a la puerta)

-Lolita, que ya ha llegado el coronel, y sigue cegato.

-Pues yo rezaré por él, Fabiana, pero ya mañana.

-Pero ¿y la Agustina qué? ¿Qué va a ser de ella?

Esa casa va a ser peor que las calderas de Pedro Botero, ya verás.

-Pues mañana le echamos una mano, pero mañana, Fabiana.

-¿Qué ganas tienes tú de que yo ahueque?

¿Qué guardas ahí?

No será tu prometido ese flemón de la colcha, ¿no?

-Fabiana, no chille, que no es lo que parece.

-Lo que parece es un bulto de aduana.

Y tú ya me estás explicando.

En cualquier lugar del mundo es pecado tener al novio en la piltra,

y más en Cabrahigo, o bueno, eso decías tú.

-Que no, Fabiana, que yo respeto las costumbres de mi pueblo.

Aquí no ha pasado "na".

Que solo me lo quería traer lejos del invento ese que está fabricando.

-¿No decías que ya había renovado el invento?

Eso es que ya lo ha acabado.

-Lo había acabado.

Que me lo he cargado.

-¿Del "to"? -Pues casi.

-¿Y piensas tenerlo en Babia por el estropicio?

¿Hasta cuándo, panoli?

-Cuando se entere, me deja, Fabiana.

Este me deja.

-Ay, ay, ay, ay, ay, ay.

Anda, ven, ven, ven.

Ven, ven, que ya se nos ocurrirá una farsa, mujer.

-Esto huele que alimenta.

-Ya te dije que no subieras nada.

No tengo apetito.

-Mi amor, no puedes abandonarte.

Eso no ayudará a Moisés y, sin embargo, puede enfermarte a ti.

-Aunque me apeteciera,

no... podría comer con tanta gente mirándome.

-Discúlpenla,

discúlpenla, no está acostumbrada a los protocolos del hospital.

Querida.

Estos señores están aquí para ayudarnos.

Actuarían si Moisés vuelve a sufrir una crisis.

-No creo que eso vaya a ocurrir, señor, su aspecto es sereno,

incluso alegre.

-Ríe de vez en cuando, ¿verdad? -Sí, señora.

Tan jovial como un angelito. -Sí, pero el doctor ya ha dicho

que la temperatura podría subirle de improviso.

-Ahora creo que entiendo por qué buscaban ustedes con tanta urgencia

a don Samuel. Creían que...

-Sí, estábamos muy preocupados por no encontrar a Moisés.

Suerte que mi hermano estaba allí

cuando sufrió el acceso para traerle al hospital.

-Fue el peor momento de mi vida.

Y pasaron horas hasta que pudimos saber qué ocurrió en realidad.

-Aun así, siguen sin casarme los hechos.

Una enfermedad tan repentina, no sé.

Había cuidado de Moisés sin que mostrase ninguna señal de calentura

o cualquier otro malestar,

como ahora, vamos.

-Yo también lo veo sano. Creo que estaría más cómodo en casa.

En su cunita.

-Mujeres.

Siempre creen que conocen a sus hijos, incluso mejor

que los propios médicos.

-Puede que tenga usted razón, señor,...

pero ver a las criaturitas en un hospital,

tan vulnerables, nos sobrecoge.

-Hace que no pensemos con claridad.

-¿Quiere que vaya yo a ver si consigo que salga?

-Preferiría dejarle a solas un poco más, darle su tiempo.

-¿Qué le ha dicho él?

-Absolutamente nada. -Que no quería recibir visitas.

-Ya.

Lo siento.

-No quería engañarle a usted, pero tampoco pretendía

que se sintiese usted un intruso presentándose aquí.

Pero excepto lo de las visitas de ayer, cuando llegamos,

se metió en su dormitorio y no ha vuelto a emitir palabra.

-Ni siquiera a mí.

-Y eso que la pobre Agustina dijo que velaría su sueño aquí.

-Que no tenía más que pedir lo que necesitara.

-Se ha pasado la noche en blanco, sin subir al altillo.

-Ni siquiera me he cambiado y... Discúlpeme, don Felipe.

-No, por favor.

Solo puedo admirarme de su fidelidad.

-Quizá, Agustina, aprovechando que está Felipe aquí,

quiera subir al altillo a asearse y descansar.

-¿Y si me llama el señor? -Yo le aviso de inmediato,

suba tranquila. -Y descanse,

que bien lo necesita usted. -Como prefieran los señores.

A media mañana bajo y le preparo algo rico a don Arturo.

-Con Dios.

-Va a ser difícil que vuelva a recuperar la confianza en sí mismo.

-Vamos, no desespere.

-Otro hombre más práctico se haría sus componendas,

se engañaría a sí mismo, buscaría un señuelo para seguir adelante,

pero Arturo no, no.

No lo conseguirá.

-No quiero ponerme en lo peor.

Todos sabemos que es un hombre orgulloso,

pero también es muy inteligente.

Sabrá encontrarle el lado bueno a la vida.

-¿Y lo tiene? -Por supuesto que sí.

No dude usted.

-¿Y la madre?

-Ha salido hace un momento. -¿A comer?

-No ha consentido en probar bocado, aunque su hermano

le trajo ayer la cena.

Ha salido a por unas gasas.

-¿Y Diego?

-De eso no puedo informarle.

No le he visto cuando llegué hace un momento.

Tiene buen aspecto.

-Demasiado buen aspecto.

Ya me ha oído.

-No pienso hacer algo así.

Soy doctor en Medicina, hice un juramento que me lo impide.

-¿Ahora recuerda usted el juramento? -Que es solo una criatura.

-Eso ya lo sabía, pensé que las cosas habían quedado nítidas.

-Pídame otra cosa, cualquier otra cosa, pero eso no.

-Eso es lo que necesito, y lo necesito pronto.

-Piénselo, don Samuel, lo que está intentando... -¡Cállese!

-¿Qué sucede? ¿Por qué le gritas al doctor?

-Déjenos a solas.

-(LLORA MOISÉS)

-No le toques.

-Sé cómo cuidarle, no le voy a molestar.

-He dicho que le dejes.

-¿Por qué? Solo quiero abrazar a mi hijo.

¿Por qué no puedo tenerlo en brazos?

-(LLORA)

-Espero que hayas descansado,

tenemos La Deliciosa llena de clientes.

-Toma este delantal, Peña, ponte a la faena.

Y di a la clientela que hoy tenemos unos pasteles de coco

que quitan el sentido.

-Pero...

pensé que iba a costar más que me dieran empleo.

¿Está seguro que quiere que trabaje aquí?

-Más que seguro.

No olvido lo bien que te has portado con mi hermana.

-"Esto es absurdo, Rosina,"

¿hasta cuándo vamos a seguir con esta majadería, eh? Dime.

¿Y todo esto por querer hacerme las fotografías?

Pues me las voy a hacer, es una buena oportunidad.

-¿Para quién? ¿Para las jovencitas que te paran por la calle,

que te piden autógrafos, que se derriten al conocerte?

-Eso es un dislate. Una buena oportunidad para que los empresarios

se me acerquen a mí y me ofrezcan buenos negocios.

-Dudo mucho que los empresarios quieran algo de un hombre

que parece más bien un actor.

-Esa es una manera muy torticera de ver las cosas.

-No, lo que es torticero es que yo te pida por favor

que no te hagas esos retratos y, que tú te comportes

¡como el que oye llover! -¡Te voy a decir una cosa, Rosina!

Tú no eres nadie para darme permiso para hacer nada.

Pero ¿tú quién te has creído que eres?

-¿Qué pasa? Si funcionaba perfectamente.

(SOPLA)

-A ver, Antoñito, hijo, si no nos lo explicas...

-Mi limpia lunas, padre, funcionaba a la perfección.

La biela hacía que se moviera la varilla, limpiaba el agua,

pero ahora... -¿Ahora qué?

-Ahora no funciona nada.

Es... como si un cabestro con manos de oso

se hubiera puesto a toquetearlo todo.

-"Lucía, espera," me gustaría hablar contigo.

Ahora que no está Celia, creo que es mi obligación.

-¿He hecho algo mal? -No, no, no, en absoluto,

pero me siento responsable.

Sé que has recibido una carta de la que no has dicho nada.

También sé que has dado un óbolo bastante cuantioso en la iglesia.

-¿Cómo lo ha sabido?

-Bueno, la gente cree que es el confesor el que se entera de todo,

pero no es así, es el abogado.

Solo quiero saber

si ha ocurrido algo que debería saber

y en lo que te pueda ayudar.

-Su reacción a la anestesia no fue la esperada.

Es la primera vez que nos encontramos con esto,

de ahí que nos movamos en un terreno que desconocemos.

-¿Tú lo sabías, Silvia?

-Sí lo sabía.

-Te pedí que no me mintieras, que no me ocultaras nada.

Solo por confianza en ti me embarqué en esto.

-Yo se lo pedí, coronel.

-Vi a Samuel discutir con el doctor Guillén.

-¿De qué? -No sé, no pude oírlo,

pero me temo que le estén haciendo daño a mi hijo.

-No quería incomodarle con mi visita.

-Le repito que estoy encantado.

-Más tarde iré a la iglesia, me acordaré de la familia Alday

en mis oraciones.

-No sé si Dios nos tiene entre sus prioridades.

-No sea pesimista,

estoy segura de que Dios le tiene a usted entre sus favoritos.

Igual que le tienen muchos otros.

# Arrorró, mi niño.

# Arrorró, mi sol.

# Arrorró, pedazo de mi corazón. #

-Chist.

(MOISÉS LLORIQUEA)

-Nos vamos,

Moisés.

  • Capítulo 806

Acacias 38 - Capítulo 806

17 jul 2018

El doctor Guillén da parte del estado de Moisés. Blanca y Diego optan por fingir que le creen y ocultar a todo el mundo lo que descubrieron de Samuel. El doctor Taronjí confirma que Arturo se ha quedado ciego.

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  1. Paqui martinez garcia

    Que no ,que no mola tanto sufrimiento que sois malos los que escribir la serie que siempre triunfan los malos ya hasta con un bebe haciéndonos sufrir que no que escribáis ya algo que se nos habrá él pecho joer

    23 jul 2018
  2. Francisco Franco Bahamonde

    Yo ansío saber si habrá algo entre Lucía y Samuel. La "relación" entre Flora y "El Peña" parece algo falsa. VIVA ESPAÑA

    18 jul 2018
  3. Ana Lage

    Estoy impaciente d que salga el siguiente programa,es una serie de 10

    18 jul 2018
  4. Ana

    Pobre Coronel espero q se recupere pronto,en cuanto Samuel haber si deja en paz a Diego y a Blanca y q puedan vivir su vida tranquila.

    18 jul 2018