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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 801 - ver ahora
Transcripción completa

-Silvia, no insistas. No veo nada.

Espero que no sea compasión lo que hay en vuestras caras.

-No, no es compasión. -No hay por qué.

Una vez perdí la visión por completo y al poco volví a ver.

-¿Y cuánto tiempo duró ese incidente?

-Minutos, media hora a lo sumo.

-Voy a llamar al doctor,

llevas una hora. -No, Silvia.

Iré a descansar. Mañana estaré mejor.

-Le acompañaré a la alcoba, señor.

-Y no te quedes de guardia. Es una orden.

-Te quiero.

(Sintonía de "Acacias 38")

-"Debo hablar con él y tú no me lo vas a impedir".

¡No me vuelvas a tocar nunca más!

Me das asco. -Padre, haga el favor de ayudarme.

A ver si entre los dos podemos hacerla entrar en razón.

-"Se ha transformado en otro".

"Y solo hay una culpable, Úrsula".

Ella te ha manejado como un títere. A su antojo, Samuel.

Ella está detrás de todo esto, ¿verdad?

Samuel, escúchame. Debajo de esa crueldad

sigue existiendo un hombre bueno. Resístete.

"Que Úrsula no te transforme para siempre".

-"¿Ha oído, padre?". -"¡Suéltame!"

"Que me sueltes". -¿Me oye?

Nadie debe saber la verdad. -Suéltame.

-Cállese. -Suéltame.

-Cállese, padre.

-Suéltame.

-Blanca volverá a mi lado, ¿me oye?

"Cállese".

Padre.

-Señor. Está usted aquí.

En la calle solo se habla de cómo se llevaron a doña Úrsula.

Los vecinos están impresionados.

La mordaza, la camisa de fuerza...

Aunque se nota cierto alivio general.

-Te dije que acabaría con ella. Que tus pesares habrían terminado.

Ya no tienes nada que temer. -Gracias, señor.

-"Poco más hay que decir".

Muerto el perro, se acabó la rabia. -Y tanto.

Parecía un perro rabioso con el bozal puesto en la boca y "to".

-Se llama bocado. Para que no se pueda morder a sí misma.

-Entonces es peor que un chucho. Los chuchos

no tratan de morderse a sí mismos. -Ni llevan camisa de fuerza.

Loca de atar que se dice. Y por la pinta, no creo que Úrsula

salga del sanatorio en vida. ¿Y vosotros qué,

no cenáis nada?

Para mí que sabéis más de lo que aparentáis.

-Y don Felipe también.

-¿Estabais en el ajo, perillanes?

-Madre, por Dios, ¿qué más da ahora? -Ah, eso es que llevo razón.

Me has estado ocultando sucesos.

Liberto, ¿te has callado lo que sabías

del lance más jugoso del siglo? -Algo habíamos escuchado.

Pero no está en nuestra mano dar explicaciones.

Tendremos que esperar a que los Alday nos cuenten los pormenores.

-Poco hay que contar, de todas maneras.

Que doña Úrsula estaba como un cencerro ya era cosa sabida.

-Fabiana. ¿Has visto al señorito?

Su padre quiere hablarle.

-En mi cocina estará, señora, que lleva varios días

pisando lo "fregao" con el dichoso invento.

-Pues en tu cocina no está. Uy.

¿Y ustedes qué hacen aquí?

Reunidos tan democráticamente, debatiendo.

-No sabes lo que te has perdido, Trini.

Se acaban de llevar a Úrsula a una casa de reposo.

-¡Ah! -Y más encadenada que un nazareno.

-Uy.

-Quiero decirte, por último, que tanto Blanca

como mi hermano y yo te agradecemos todo lo que nos has ayudado.

Sin tu colaboración, quizá Úrsula seguiría campando a sus anchas.

-He hecho lo que me dictaba mi conciencia.

Riera tiene mucho mérito,

señor. Él también arriesgó su vida.

-Todavía no sabemos nada de él, ¿verdad?

No dudes en decírmelo en cuanto dé señales de vida.

-Así lo haré, señor. De eso quería hablarle.

¿Podría seguir ocupando mi camastro del altillo?

Al menos hasta que él vuelva.

-¿Es que piensas marcharte después?

-Tendré que buscar trabajo.

-¿Qué tienes en contra de quedarte en esta casa?

Yo te necesito.

Tenía pensado instalarme aquí, sí. Quería contar con tu ayuda.

-Nada me gustaría más, señor.

Sé que llevo tiempo queriéndome marchar,

pero solo porque doña Úrsula me obligaba a ser su cómplice.

Pero ahora que puedo elegir, la verdad...

Es que le he cogido mucho cariño al barrio.

Y a su gente. -No se hable más entonces.

-Sabe usted que puede confiar en mi fidelidad.

¿Quiere que le prepare ahora algo de cenar?

-Sí, por favor.

-"Pues yo me enorgullezco de poder llamarme amigo de Samuel Alday".

A pesar de que Blanca eligió a su hermano, él nos ha dado a todos

una lección de nobleza. -Si a eso hoy se le llama nobleza...

En mis tiempos, consentir que tu esposa se fuera con otro,

por muy hermano que sea, eso se le llamaba lo que es, consentidor.

-Susana, por lo que más quiera, se trata de un asunto del corazón,

y para eso no hay reglas escritas.

-Hay reglas para todo, querida.

Ir de hermano en hermano, como ha hecho Blanca,

eso es una inmoralidad.

Y Samuel tenía que haberse impuesto como esposo.

Que es como decir... propietario, vamos.

-Pero Susana, por favor, ¿tú te estás escuchando?

¿No te das cuenta que Samuel ha renunciado a su felicidad

por la de Blanca y Diego?

-¿Quién sería el niño que Blanca llevaba en brazos?

-¿Quién sabe?

Samuel se merece un monumento.

-Bueno, mujer, tanto como un monumento...

-Estoy de acuerdo con Liberto y Leonor.

Si de verdad amas a alguien, quieres que sea feliz y libre.

Lo demás es feudalismo y derecho de pernada.

-Qué bonito don Felipe. Lástima que no lo entienda del "to".

-Tú a callar, miquitusa,

que los señores no necesitan de tu venia.

-Eso es.

He aquí alguien que todavía sabe cuál es su sitio y cómo conservarlo.

Hale, marchaos, que esto os viene grande.

-Susana,...

no deberías tratarlas así, ¿eh?

-No, claro, deberíamos tratarlas como princesas, no te digo.

Viva la vida. Esposas veletas, maridos cornudos

y criadas metomentodo.

Vamos, ¿qué será lo próximo?

-Que las mujeres voten a diputados en Cortes.

(RÍE)

-Sin duda, es una buena noticia que Diego, Blanca y su criatura

se hayan librado de Úrsula.

Pero ¿saben qué van a hacer ahora?

-No me cabría más felicidad ni aunque ensanchara.

Os quiero más que a mi vida, Blanca.

-Dime que ha terminado todo.

Que nuestros días

serán así a partir de ahora. -Días...

sin sombras.

¿Por qué sigues teniendo miedo?

-Sé que es aprensión, pero...

no puedo evitar la sensación de...

que mi madre pueda aparecer en cualquier momento por esa puerta.

-Olvídala. No volveremos a verla más.

Mi amor, esa mujer ha desaparecido de nuestras vidas.

No volverá a hacernos más daño. -Ya, Diego, pero es mi madre.

Me dan escalofríos al imaginarla en ese sanatorio.

Estoy triste, Diego.

Haber visto a mi abuelo...

No sé, todo podría haber sido diferente.

-Míralo.

Es precioso.

Él es lo único que debe ocupar tus pensamientos ahora.

Estamos los tres juntos.

Es lo que queríamos y lo hemos conseguido.

-Lo sé.

-Entonces, disfrutemos lo que tenemos.

-Quizá consiga enterrar mis miedos.

Pero no creo que sea tan fácil con los recuerdos.

-Había pensado...

A ver qué te parece.

Si estamos de acuerdo, lo haremos.

Podríamos dejar esta ciudad.

-¿Y adónde iríamos?

-Tengo contactos en Huelva.

Creo que no me sería muy difícil conseguir un trabajo allí.

¿Qué te parece?

Sería una solución.

-Voy a prepararlo todo, entonces. Cuanto antes, mejor.

-Espera.

Diego, creo que antes de marchar, deberíamos dar una explicación

a nuestros amigos...

que nos han ayudado. A los vecinos

que se han preocupado por nosotros.

Creo que deberíamos presentar a Moisés.

Y confirmar

su existencia.

-Cuanto antes.

-La cocina brilla como los chorros del oro.

Lista para la reapertura.

-A ti te dan igual ocho que 80.

-Flora,...

más no, ¿eh?

Ya lo hemos hablado esta tarde.

Peña nos ha cedido la chocolatería y es legítimo que la explotemos.

-Nada de lo que hagamos tú y yo será nunca legítimo.

Hemos vivido siempre subiéndonos a la chepa de la gente,

y seguimos igual.

-El Peña no quiere que se venga abajo el local por falta de uso.

Quiere que le saquemos rédito.

¿Dónde está el mal? -¿No puedes coscarte de eso?

El mal está en que el propietario del negocio

está en chirona.

-Y yo lo siento mucho, Flora. Pero yo no soy el juez,

¿qué puedo hacer?

-Ha apechugado con la muerte del indio, y encima

nos proporciona un medio de vida, ¿y qué podemos hacer nosotros?

¿Pues ayudarle y no dejarle en la estacada?

-Es más fácil decirlo que hacerlo.

Ya has hablado con don Felipe, te ha dicho que no le puede defender.

Se nos acabaron las opciones. -Y un jamón.

Podemos vender La Deliciosa para sacar un buen parné

para pagarle la defensa.

-Supongamos que lo hacemos.

¿Qué nos garantiza que le salvaremos?

Al contrario, todo el mundo, incluido don Felipe,

opina que no tiene salvación.

Eso sí, nosotros nos quedamos con una mano delante

y otra detrás. -¿Por qué le odias tanto?

-Tendría mis motivos, pero yo no le odio.

Al contrario, le agradezco que te haya sacado del presidio

y que nos haya cedido... esto.

Cada vez me cae mejor, hay que ser realistas.

-No pienso porfiar más. Piénsatelo.

Si decides, como el egoísta que eres, quedarte con La Deliciosa,

muy bien, yo voy a vender mi parte

al primero que la quiera comprar. Y ayudaré al Peña.

-No firmaré.

-¿Qué?

-No voy a firmar ningún documento de venta.

Ni la mitad ni entera. No vendemos.

Tú eres mi hermana y estás soltera. Estás bajo mi tutela.

Así que no compras ni vendes nada sin mi consentimiento.

-Bueno,...

siento tener que dejarles.

Que pocos días tenemos tan sustanciosos en castigos divinos.

Pero tengo que cerrar la sastrería. Con Dios.

Señores, señoras. -Pues no, no, tieta,

yo no me voy a quedar con Dios. Le ayudo con el cierre.

-Pues te vas a casa solito,

porque a mí los disgustos me dan hambre.

Hace horas que me rugen las tripas. ¿Vamos, hija?

-Madre, usted no pierde el apetito ni aunque se abran los cielos.

Vamos.

-Con Dios. -Con Dios.

Don Felipe.

¿Se ha pensado ya lo de la defensa del Peña?

-Todavía no.

Tengo en cuenta su interés y el de su marido.

Pero también me debo

a mi carrera profesional. Y ese caso está perdido.

-Sí. Sobre todo si no tiene a nadie que le eche una mano.

-Disculpe la pregunta.

¿Por qué tanto interés por ese muchacho? Es un desconocido.

-Bueno, es que Lolita nos pidió ayuda

después de escuchar a Flora confesarle su amor por el Peña.

¿Qué quiere que le diga? En Cabrahígo somos romanticonas.

Aunque le hagamos caceroladas a los novios.

Pero es el amor, don Felipe. El amor no tiene precio.

-¿Y por qué no me lo pidió a mí Lolita?

Y tuvo que molestar a ustedes. -Porque piensa que, siendo criada,

usted no la tendría en cuenta. -Vamos, usted sabe que yo soy

mucho más liberal que todo eso.

-Eso espero, don Felipe, eso espero. Es más,...

pongo la mano en el fuego a que si Celia estuviera aquí,

también le rogaría por la ayuda de esos pobres enamorados.

-¿Qué rumias, Servando?

-Castañas de Naveros del Río, verbigracia, ambrosía de los dioses.

-¿Alguna nueva en todos estos desaguisados que vive el barrio?

-Sí, y una bien gorda.

-Ah. Qué bien.

-Eh, oye. ¿Ni siquiera me vas a preguntar

ni cómo de gorda es? -Va, ¿"pa" qué?

Si usted nunca se entera de la misa, la media.

-¿Ah, no? Pues que sepas que anoche

vi con estos ojitos a doña Blanca

con una criatura en brazos. -Imposible.

-Como te estoy viendo a ti. La acompañaba don Diego.

-Pero si su hijita murió en el parto,

¿qué pinta un crío en todo esto?

-Pues eso es lo que hay que averiguar ahora mismo.

Y, además, bien arropadita que la llevaba.

Mira, noticia por noticia. Léeme esto.

-"El Ministerio de la Guerra ha adquirido una de las piezas

de artillería que más enorgullecen a la industria británica".

"Se trata

del famoso cañón dikker, arma letal

donde las haya".

-El famoso cañón... Pues no tiene que ser muy famoso

el cañón dikker, cuando mi menda no lo conoce de nada.

-Porque su menda es un ignorante en materia bélica.

El cañón dikker es el artificio

más letal en la actualidad. Su poder de destrucción es bíblico.

Su alcance se mide en leguas

y es el arma más temida por la infantería.

Aniquila.

-¡Bum! -La leche.

-(RÍE)

-Buenos días. -Buenos días.

-Te tuvieron hasta las tantas esos clientes, ¿no?

-¿Estabas despierta cuando llegué? -No, adormilada.

Y Antoñito, ¿qué?

¿Acudió a la reunión? -Ya le he dicho a Fabiana

que le despierte y le avise para que venga.

Me va a oír, Trini.

No se puede ser un hombre de negocios

y zafarse de sus obligaciones.

Y mucho menos cargando a su padre con más compromisos.

-Si es que está empeñado con el dichoso invento.

-Pues le voy a quitar yo el empeño ese con un pescozón.

(Se cierra una puerta)

Yo no digo que abandone sus proyectos, Trini,

solo que se dedique a ellos en sus tiempos de ocio.

-Buenas.

Me ha dicho Fabiana

que quería hablar conmigo, padre.

Menuda nochecita me ha dado la pierna.

-¿Te duele mucho, hijo?

-Bueno, no es para tanto, pero ya sabe que la nocturnidad

agudiza el dolor.

Será cuestión de días. Siempre y cuando siga...

guardando reposo, claro.

-Gracias por intentar no preocuparme, hijo.

Pero la verdad es que estoy bastante inquieto.

Tanto es así,

que he hablado con el doctor Quiles para que te explore

y estudie la posibilidad de operarte.

-¿Operar? No, hombre, no.

Eso yo creo que es algo desproporcionado.

Es cuestión de días.

Espero que el doctor le haya tranquilizado.

-No, no, no, todo lo contrario. El doctor dice que,

en vista de que no mejoras, lo más prudente sería sajar

y observar el estado del hueso.

-Pero...

Yo no es por nada,

pero a mí el doctor este me parece un poco hipocondríaco.

Lo mejor es esperar a ver cómo voy evolucionando yo.

-No, no, no, todo lo contrario, hijo, no es bueno esperarse,

no sería prudente. Arréglate,

que el doctor nos está esperando con el quirófano ya listo.

Si te tiene que operar, sería contraproducente demorarlo.

-(TOSE)

-Nos vamos al hospital, ya te mandaré recado

con el resultado de la operación.

Venga. Vete arreglando, hijo.

Me va a doler a mí más que a ti.

Si es que no hay más calvario que la enfermedad de un hijo.

-A ver, a ver, a ver, un momento.

Porque yo creo que es un error darle tanta importancia,

si es un dolorcillo. ¿Qué digo dolorcillo?

Si es una molestia, si... es inapreciable.

A ver,...

que dolerme, me duele, pero... se me olvida.

Sí, sí, sí, quería ganar tiempo para construir mi invento.

Usted me dice que le gusta que tenga iniciativa.

-Y lo mantengo.

Lo que no soporto son los embustes.

Tengo muchas ideas, pero no puedo llevarlas a cabo

si vendo máquinas de café.

-Las máquinas de café son el negocio familiar, y las que nos permiten

vivir con cierto desahogo. No seas desagradecido.

-No es ingratitud, es empuje. No creo que sea pecado

que yo intente labrarme un futuro por mí mismo

y, no siempre bajo la férula de mi padre.

-Puedes dedicarte a cualquier cosa,

siempre que demuestres responsabilidad.

Y la responsabilidad se demuestra cumpliendo

con tus obligaciones.

Así que, al trabajo.

Si no lo haces, me veré obligado... a arrojar

tu supuesto invento por el albañal.

-Como haga eso, padre,...

no volveré a hablarle nunca más.

-Por el momento, soy yo el que ha dicho la última palabra.

¡A trabajar!

¡Ja!

-Ramón, querido.

Quizás lo del albañal ha sido un poquito cruel.

-Ni se te ocurra defenderlo.

-"No, no, no, los veladores más separados".

Que los clientes no tengan que estar unos encima de otros.

Esmérate.

En esta nueva etapa, quiero que causemos impresión.

-Tan cabezón como siempre, ¿verdad?

Hágase tu voluntad, ¿no es eso?

-Es que vender no es una opción. Métetelo en la mollera.

-Claro, el señor propietario

se siente a sus anchas en su tinglado.

Aquí es el amo y señor, y que el Peña se pudra en galeras

se la trae al pairo.

-No quiero recordarte lo mucho y malo que ha hecho el Peña.

Pero con él dentro o fuera, todos tenemos que seguir viviendo.

Y La Deliciosa es nuestro futuro, nuestro único futuro.

-Tienes la cara como el granito.

¿Nuestro futuro? Pero si no hace ni cuatro días

que perdías el culo por deshacerte de este porvenir.

Querías vender a toda costa, ¿no te acuerdas?

-Eran otras circunstancias y, si no lo quieres ver,

es que estás ciega.

-Bueno, pues ciega o tuerta, hazte a la idea.

Puliré mi parte en cuanto encuentre un comprador.

-Cómo se echaban de menos sus cafelitos, señores.

-Hombre, don Felipe, la sequía ha terminado ya.

Un café expreso para el señor.

¿No se sienta usted? -Ahora, en cuanto charlemos.

Venía a decirles que don Ramón Palacios me ha rogado que

defienda al Peña.

Y, como no podía ser de otra manera,

he aceptado el caso. -¿De verdad?

Es usted un ángel, un caballero con armadura,

de la casta de los hombres buenos.

Es usted un primor. -Bueno, bueno, bueno.

¿No se alegra usted, Íñigo?

-Claro.

¿Cómo no, cómo no?

Pero bueno, ya sabe usted que nosotros

no somos gente de posibles y, espero que don Ramón

se haga cargo de la minuta.

-Su hermana solicitó mis servicios en primera instancia.

Ella se hará cargo de los gastos. -Naturalmente.

No sufra por ello, don Felipe. Su ayuda no tiene precio.

Aunque sí le pido que me permita pagarle de a poquitos.

-Fije usted misma los plazos.

Ni qué decir tiene que le haré precio de amiga.

-Si lo que yo digo, es usted pan de azúcar.

Ahora mismo me pongo a faenar y todo lo que gane será para la defensa.

No lo olvidaré nunca, don Felipe.

No, no, no, no, no.

A partir de hoy, su dinero no vale en esta casa.

Quiero decir, que se lo apuntaré hasta que quedemos en paz.

-No es necesario.

-Gracias.

Iré a comunicarle la noticia a Leonor.

-Con Dios.

-Otra vez esa gentuza al frente de un negocio honrado.

Farsantes.

Farsantes y embaucadores.

-¡Susana!

¿Qué haces ahí, pegada al cristal como si fueras una mosca

aplastada contra el ídem?

-¿Tú te crees que hay derecho y decencia en este mundo?

(RESOPLA)

Ahí están, esos dos otra vez, esos dos hermanos o lo que sean,

aprovechándose de la bien ganada fama de La Deliciosa.

-Susana, no hay quien te contente. Si está cerrada,

porque está cerrada, si la abren, porque la abren,

el caso es poner el grito en el cielo.

-Ay, si de verdad el Señor escuchara mis gritos.

¿Ya no queda gente decente

para llevar negocios decentes? -Bueno, menos humos.

Te recuerdo que mi hija e Íñigo se visitan

y no está bien que insultes al muchacho en mis narices.

-¿Estás defendiendo a ese iconoclasta?

Tu hija, como cualquier viuda,

y sé de lo que hablo, se siente sola

y se encapricha, pero ese no le va a durar ni dos días.

-Ojalá llevaras razón, pero me temo que no. Conozco a mi hija.

Sé cuando se ilusiona de verdad.

Lo malo es que sería mi tercer yerno, qué vergüenza.

Ay, si está ahí mi Liberto en toda su pompa y esplendor.

Ay, no me digas que no está más bonito que un san Luis.

Qué "resalao". -Un hombretón.

No está bien que yo lo diga, pero mi familia

ha dado buenos varones.

Así con un aire a lo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán.

-Ay. -No puedo creer lo que me ha pasado.

-Déjame que te lo adivine.

¿A las muchachas se les escapan las miradas a tu paso?

-Caliente, caliente. -¿Cómo que "caliente, caliente"?

¿Puedes ser un poco más explícito? -Me han pedido un autógrafo.

-Ah. -Eran cuatro,

pero cuatro señoritas

de lo más coquetas y arregladas.

El caso es que, al cruzarnos, han comenzado a reírse,

y una de ellas me ha venido con el ruego.

Que si le podía firmar un autógrafo, me dice.

Increíble, qué tirón.

-A ti te voy a tirar yo de las orejas.

¿Y esas muchachas no tienen recato?

-Son los tiempos, Rosina.

No te puedes hacer una idea de la ristra de clientes

que han venido preguntándome por Liberto.

Está en el candelero.

-Antes, la revistucha esa no llegaba al barrio,

y ahora resulta que la leen hasta las analfabetas.

Y tú, que no se te suba el pavo, Liberto.

Recuerda que llevas el anular anillado

para mostrar quién es tu dueña.

Y tú, Susana, si alguna pelandusca te pregunta por mi marido,

le dices que está mimando a su santa esposa, ¿estamos?

-A sus órdenes. -Vamos.

Anda ya.

-¿Las invitaciones son para esta tarde, señor?

-Por eso le agradecería que las llevara de inmediato.

Procure recibir confirmación.

Gracias.

Hermano,...

me alegro que hayas decidido quedarte con Carmen.

Es una buena persona.

Y gracias por permitirnos que nos ayude en la presentación de Moisés.

-Comprendo que hayáis decidido contar la verdad.

Supongo que están corriendo rumores sobre que tenéis un niño.

Pero lo que no comprendo es la prisa, ¿por qué hoy?

-Perdona, de hecho, quería contártelo

antes de que me preguntaras y también he venido por eso.

Nos vamos.

-¿Adónde?

-Estamos hablando de Huelva.

Trabajaré en la industria minera.

-Pero ¿por qué, Diego?

-Blanca todavía siente terror.

Es irracional, ya lo sé, pero así es el miedo.

Aquí no conseguiríamos tener la serenidad

que necesitamos.

Demasiados recuerdos,

demasiado dolor, demasiada amargura.

-Pero... todo se olvida con el tiempo, se atenúa.

Que ahora Moisés os va a absorber

y, Úrsula ni siquiera será un mal sueño.

-Hermano,... sé que te contraria la decisión.

Amas a Moisés tanto como nosotros,

pero lo siento, Blanca y yo lo hemos estado hablando

y lo sentimos.

-Claro.

-Nuestro futuro como pareja está en juego,

y como familia,

incluso la plena felicidad de Moisés.

Necesitamos hacerlo.

-Me parece bien.

-Agradezco tu comprensión. Se lo dije a Blanca.

"Le dolerá", le dije,

"pero Samuel sabe sacrificarse por los demás".

Ven aquí.

Te echaré de menos.

Pero alegra esa cara,

podrás ver a Moisés cuando quieras. Lo prometo.

-Un poco apresurada, la invitación. -Es en la chocolatería,

y no requiere atuendo especial.

Carmen, la criada de don Samuel, espera confirmación en la cocina.

-No podemos acudir.

Escribiré una nota de disculpa.

(Llaman a la puerta)

-Abro mientras usted escribe.

-Buenos días.

-Buenos días.

-¿Cómo se encuentra esta mañana mi buen amigo?

-No ha querido levantarse. -Ni ha desayunado.

Perdón.

-Agustina, ¿nos puede traer un poco de café, por favor?

Gracias.

No ha querido salir del dormitorio. Siéntese, por favor.

-Mal asunto.

-Se ha pasado la noche sin dormir.

Quería comprobar constantemente si había recuperado la visión parcial

como ya le sucedió en una ocasión. -Y me temo que no ha sido así.

-Sigue ciego. Está aterrado.

-No es de extrañar.

-Trata de ocultar el temblor de sus manos

y se esfuerza por contener las lágrimas.

Dios mío, no quiero ni pensar cuánto tiempo ha estado así,

ocultándose, fingiendo, sufriendo esa angustia

y lo que para él es vergüenza.

-Yo siempre he tratado que se abriera a los demás,

pero es un hombre muy orgulloso.

-Afortunadamente, ha contado con usted y con Agustina.

No saben lo mucho que se lo agradezco.

-Le tengo afecto, señorita,

poco hay que agradecer.

-No desfallezca, ahora no.

-He hablado mucho con él cuando usted no estaba, señorita.

Es orgulloso, sí, pero también es fuerte

y sabía que este momento podía llegar.

Dominará su angustia.

-Y se encerrará

más en sí mismo si cabe.

Se sentará en el sillón mirando al frente y compadeciéndose.

-Vamos.

Usted es la primera que no tiene que dar muestra de su decaimiento.

No está dicha la última palabra.

Aún puede operarse, no es el final. -Lo sé,

pero no puedo insistir en la cirugía,

necesita tiempo.

Y no hablo solamente de la intervención,

necesita tiempo de recuperación.

¿Cómo afrontará este proceso, si no es capaz

de enfrentar su día a día?

-Con este faldón de batista bordado, el niño estará precioso.

¿No te parece? -Cierto.

Y le pondremos un gorrito. -Oh.

Ha sido muy buena idea, y además muy valiente,

presentar a Moisés a los vecinos.

-Diego y yo no lo hemos dudado.

-La gente está empezando a murmurar.

Ya sabes cómo son en este barrio.

-A partir de esta tarde, todos sabrán la verdad.

No tendrán nada más que fisgar.

-Me duele que os marchéis, ¿eh?

Lo comprendo, lo comprendo, pero...

eso no quita que me entristezca.

Te voy a echar tanto de menos. -Yo también a ti.

Hemos estado tan cerca, tú y yo.

-Mira, tampoco te pongas así, que me vas a hacer llorar.

-Prométeme que vendrás a visitarnos. -Pues claro.

Y me vais a tener que devolver aquí atada en el tren correo.

(RÍEN)

-Disculpe.

-Carmen.

-¿Podría hablar con usted un momento, doña Blanca?

-Claro.

-Yo voy a ir a probarle estas ropitas a Moisés.

-¿Qué sucede, Carmen?

-Sé que no es buen momento, que ustedes se mudan en breve, pero...

Riera no ha vuelto y ya no sé qué pensar.

-Nosotros también lo hemos pensado. No tiene explicación tanto retraso.

-Exacto, al menos una explicación tranquilizadora.

Se fue siguiendo la pista de ese hombre y...

-Muñiz.

-Muñiz, sí.

¿Cree usted que le haya podido hacer algo malo?

-Por lo que le conozco, no me parece Riera un hombre

que se deje sorprender fácilmente.

-En su oficio, nadie es capaz de salir con bien siempre.

¿Cree usted que su madre

tiene algo que ver? -No.

Mi madre ya no tiene poder alguno. Además, ya no recibiría noticias.

-No sé, señora, pero tengo un mal presentimiento.

-Carmen, mi madre no,

pero Riera volverá.

Ten paciencia.

-Menudo cañón tiene que ser ese dikker.

Tiene que disparar unas peladillas que le dejan a uno hecho fosfatina.

-Pero, Servando, ¿qué hace usted hablando solo?

-Nada, nada, nada que le interese a una fémina,

son asuntos de táctica militar, cosas que no entenderías,

alta estrategia. -Ah.

Pues hablando de militares, que sepa usted que están las doñas

en el mercado todas revolucionadas. Se nos ha llenado la ciudad

de soldados.

-Eso son los quintos, que vienen de los pueblos a la ciudad

para incorporarse al servicio.

-Que no, Servando, que a los quintos me los tengo yo muy vistos.

Estos son más figurines, con los uniformes que da gusto verlos,

y estos se lo tienen más creído que la Biblia.

-Ya ves.

-Eh. -Eh.

-O aplica usted la escoba con más tino o me veré obligado a multarle.

¿Es que no ve que está molestando con este polvo

a los clientes de la chocolatería y a los transeúntes?

-¿Qué quiere, que le ponga a la escoba un saco

para que recoja el polvo y las pelusas?

Pues cuando se barre, se levanta polvareda, ley de Dios.

-Pues barra bien de mañana y así no incomoda a nadie.

-No por mucho madrugar se despierta uno más temprano,

que yo tengo mi orden del día.

-Cambie usted el horario o multa al canto, y no lo repito más.

-Más vale que se preocupe de los soldados que andan por la ciudad,

que donde hay soldados, hay altercados,

que seguramente no se habrá apercibido usted de su presencia.

-Ya estoy más que informado.

Y no son de los que dan faena, son artilleros de élite

que no tienen tiempo para grescas. Vienen de maniobras

al Cerro de los Carboneros. -Prácticas de artillería.

-No, navales.

¿A qué van a venir al Cerro, insensato?

-Era una manera de hablar, que ya sé que el Cerro de los Carboneros

era un antiguo campo de tiro.

-Pues ya le van a dar utilidad de nuevo.

Con Dios, que uno tiene una ronda que cumplir

y en el horario oportuno, no como otros.

-Desde luego, ese hombre es más estirado que una cuerda de tender.

-Ya, ya, estoy seguro que han venido a practicar con el cañón dikker.

Sí. Hoy es un día de orgullo para la ciudad, vamos a demostrar

nuestra potencia de fuego a los amigos

y a los enemigos. -Pues no sé yo

a qué tiene tanta contentura, las armas las carga el diablo.

-Bueno, ya has oído al pedante,

son artilleros de élite, que no hay nada que temer.

-Ya. Y eso fue lo que dijeron de los últimos que dispararon en ese cerro.

Y tuvieron que cerrar el campo de tiro, porque se les escapó un obús,

cayó en un gallinero

y no quedaron ni las crestas.

-Ya me acuerdo yo, hubo una lluvia de plumas,

que parecía que estaba nevando.

Pobres criaturitas.

-Pues eso, Servando,

menos contentura con los obuses.

-¡"Shum"!

(RÍE)

-Y usted no tenía otra cosa que hacer que decírselo a mi padre.

-Toma, claro.

No iba a permitir que te quedarás aquí, tan ricamente, holgazaneando,

mientras tu padre se deja la piel con los clientes.

-Muy bien, pues usted y yo hemos terminado, que lo sepa.

No pienso decirle nada en una buena temporada.

-Ah, muy bien.

¿Y cómo nos vamos a saludar, con gestos como hacen los indios?

-Muy graciosa. Usted por su camino y yo por el mío.

Y ya veremos si algún día la perdono, acusica.

-¿Acusica?

Pues mira, Antoñito, no te lo niego, ¿eh?,

que te di la oportunidad para que salieras del brete con decoro,

pero no, tuviste que abusar hasta agotar mi paciencia,

la mía y la del santo Job, si hubiera estado aquí.

-Mire, señora, si no le importa, tengo mucho trabajo que hacer.

Que ahora, por su culpa, casi no voy a tener tiempo

que dedicar mi invento. -Mira, Antoñito, por favor,

déjate de pamplinas.

Y si no quieres cabrear más a tu padre, recoge esto y bájate conmigo

a la merienda de Diego Alday y Blanca, ¿eh?

-No, no pienso, porque tengo faena, y yo no pinto nada

en meriendas de sociedad.

-Eres un crío malcriado,

y un egoísta, por si fuera poco,

pero ¿sabes lo que te digo? Haz lo que te dé la santa gana.

Ya te las verás con tu señor padre.

-Uh, ¿qué le ha pasado a doña Trini,

que me ha pegado un bufido, que casi me vuela la peineta?

Es más padre que mi madre y, además, una chivata.

-¿Un canapé, Felipe? -No, gracias.

-Yo voy a tomar uno.

-Muy buenas tardes a todos.

Íñigo, Flora,

decirles antes que nada

que nos alegramos mucho de esta reapertura.

-Se agradecen, Liberto.

La Deliciosa volverá a ser la misma de antes,

el local capaz de hacer olvidar las penas al vecino que lo necesite.

-Enhorabuena a los dos.

-Uy, que creí que llegaba tarde.

-Menos prisas, Trini,

que los anfitriones no se han dejado ver todavía.

-Ah. -¿Y Antoñito?

-Se ha quedado en casa. Te diría que tiene jaqueca,

pero no me vas a creer.

-¿Alguno ha hecho cábalas sobre a santo de qué nos convocan hoy aquí?

-Pues imagínatelo, alma cándida,

para explicarnos la enajenación de Úrsula, aunque no hay mucho

que explicar, siempre le ha faltado un tornillo, o dos.

-Bueno, también tendrán que darnos razón de quién era esa criatura.

-Calma. No tardarán mucho en aparecer Blanca y Diego

y despejarán sus dudas.

-Ahí los tienen.

-Oh.

-Vecinos, amigos,...

este es nuestro hijo.

-Se llama Moisés.

-Oh.

Hola, Moisés,

hola.

Hola.

-Y cuando le he dicho lo que pensaba de ella,

ella me llama infantil.

Infantil yo, y me lo dice ella, que se ha chivado a mi padre

como si estuviéramos en la escuela.

-Y digo yo, ¿no crees que tienen un poquito de razón

tu padre y doña Trini?

Que lo primero es el trabajo y traer perras a la casa.

-No, por favor.

Tú también no, que yo trabajo.

Hoy he visitado a tres... a cuatro, cuatro clientes.

Lo que pasa es que no tengo tiempo que perder en merendolas.

-Antoñito de mi corazón, que tampoco es "pa" tanto.

Que es echar media hora tomando un chocolate con unos señores

y parloteando un "poquico". -Se acabó.

Yo tengo derecho a invertir mi tiempo libre

en lo que me dé la real gana,

aunque nadie me apoye. -Yo sí que te apoyo, Edison.

-Es que...

-Que para carantoñas sí que tienes tiempo,

¿eh? -Gracias.

Gracias por estar a mi lado.

-A las duras y a las maduras.

-Ya verás, ahora a lo mejor te parece una tontería,

pero yo creo que este invento va a cambiar nuestras vidas.

-¿Y para qué necesitamos más?

¿Es que no estás contento con lo que tienes?

-Que no, que no, que no es eso, pero...

pero no sé, se trata de algo más, de hacer algo útil por la humanidad y,

sobre todo, por uno mismo,...

no siempre estar bajo el amparo de mi padre y de su dinero.

-Pues yo, si hubiera nacido en una casa de parné,

no sé yo si me hubiera tirado la vida faenando

y sacando mierda.

-No, no creo,

y estarías en tu derecho. Yo quiero demostrar lo que valgo.

Me lo debo a mí y te lo debo a ti.

-Si tú lo dices.

-Esto me ha sabido a gloria, gloria con azúcar glas.

-Pues ¿sabes lo que te puede saber a gloria también?

El chocolate con suizos que dan los Alday, que también tiene azúcar.

-Que no, Lolita, que no tengo tiempo que perder.

Yo sé que tú, además de ser preciosa,

lo entiendes y me apoyas.

-Pues claro que sí, Antoñito. Yo me quedo contigo

hasta el amanecer, si hace falta.

-Úrsula dejó a esa pobre niña muerta al lado de Blanca

y nos arrebató a Moisés,

el varón a quien en verdad Blanca había dado a luz.

-Solo esa mujer es capaz de un acto tan... sin entrañas.

-Pero gracias a Samuel,

y a otros amigos que nos ayudaron, sin temor a las consecuencias,

pudimos desentrañar el enredo y recuperar a Moisés.

-Úrsula, en su locura,

pretendía ejercer de madre de Moisés,

educarlo a su imagen y semejanza.

-Pues de menuda se ha librado, el hombrecillo.

(RÍEN)

-Mi madre se sentía...

decepcionada y traicionada por sus hijas,

por mí y por mi hermana. -Que en paz descanse.

-Y por su pupila.

-Cayetana. -Que en paz descanse, también.

-Y quería hacer de Moisés el hijo que le diera las satisfacciones

que creía haberse perdido. Esa fue la razón de su locura final.

-Espero haber satisfecho su legítima curiosidad.

-Pues no. Yo todavía tengo una pregunta.

¿Quién ese anciano que, al parecer, dio la puntilla final a doña Úrsula?

-Un familiar suyo.

Se requería su firma para ingresar a Úrsula en el sanatorio.

-La opción de la casa de reposo es mucho más piadosa que el presidio,

lugar que se merece por sus hechos.

(El bebé lloriquea)

-Déjame al niño, Blanca,

que hoy no queremos penas.

Hoy es una ocasión alegre. Mira, Moisés.

-Es una preciosidad. Cuchi, cuchi.

-Ay, Leonor, déjame que lo coja una miaja.

Moisés, ven conmigo.

-Parece ser que a su mujer le vendría bien un muñequito parecido.

-Qué bonita es La Deliciosa, ¿eh?, ¿que te gusta, que la miras?

-¿Qué piensas?

Blanca, tu madre está en el sitio que debe estar.

No te atormentes.

-Me gustaría que sanara y...

poder perdonarla algún día.

-Quizá suceda,

pero ahora debes pensar en nuestro futuro.

La vida dichosa que vamos a tener los tres.

Tengo buenas noticias.

Los ingleses de las minas me han respondido al telegrama.

Trabajaré con ellos, Huelva te va a encantar.

-No termina de agradarme eso de trabajar en la mina.

-No tendré que hacerlo, me encargaré de la seguridad de los trabajadores.

Tendré que visitar de vez en cuando las minas.

-¿Cómo se ha tomado... Samuel la noticia de nuestra marcha?

-Ha tratado de mostrarse amable.

-¿Y qué ha dicho? -Nada.

Pero le ardía por dentro.

Él hubiera preferido criar con nosotros a Moisés.

-Se lo prometimos.

-Ya, Blanca, a mí también me duele, pero...

tenemos derecho a pensar en nosotros.

-Lo siento.

Lo siento mucho, Diego.

Sin él, puede que no tuviéramos a nuestro hijo.

-Podría estar usted peor.

Cuando uno se acostumbra, esa indumentaria no le sienta mal.

-Pareces muy satisfecho.

-No es para menos.

-Borra esa estúpida sonrisa de tu rostro.

-No sé si lo ha notado, pero sus deseos

ya no son órdenes para mí. -Cuánta altivez

sin fundamento, cuánta vanidad.

¿De verdad crees que te has salido con la tuya?

-Veámoslo así.

Yo estoy aquí de visita y usted,

bueno, usted no lo está.

¿No se puede considerar eso un triunfo?

-Veámoslo así. Yo estoy aquí,

sí, y tú estás libre,

sí, libre...

y solo.

¿Con quién está Blanca,

cornudo?

¿Qué piensa Blanca de ti, cobarde?

-¿Quiere que esta entrevista termine y regresar

con sus babosos compañeros de infortunio?

-Eres muy poquita cosa, Samuel.

Sin mí no eres nadie, un pobre hombre.

No te temo.

Nadie te teme.

Cuando me traicionaste, firmaste tu sentencia

de soledad.

(RÍE)

Blanca se estará riendo de ti,

¿no la oyes? Óyela.

(RÍE)

Pero no estará a tu vera por mucho tiempo.

¿Cuándo marchan? -¡Cállese!

-Ah.

Pensabas que se quedaría contigo, que criaríais

vosotros tres juntitos a Moisés.

Eres más engreído y ridículo de lo que creía.

-Tengo mis recursos. -Ah, recursos.

Te han dejado

formar parte de la familia

mientras te han podido utilizar y, ahora se alejarán de ti.

No.

Nada tendrás de ellos, solamente te enviarán un retrato

de Moisés por su cumpleaños. -Sé cómo retener a Blanca.

-Ah, él sabe cómo retener a Blanca.

¿De verdad?

Bien, ¿cómo?

-Haré lo que usted

nunca tuvo el valor de hacer.

-Flora.

-Buenos días, doña Susana. -Buenos días.

Me ha dicho un cliente esta mañana

que La Deliciosa está en venta, ¿es eso cierto?

Hasta me ha dicho que va a hacer una oferta.

-"Don Samuel", ¿sigue por el barrio?

-Sí, instalado en la casa que era de doña Úrsula.

Han cambiado mucho las cosas en el barrio, ya te irán informando.

-Don Felipe, habrá que darle una propina.

-Ah, sí.

Tome, puede irse.

-"¿Es que uno no puede tener" ni un momento de paz?

-Hoy habíamos quedado, para ir de compras, los encargos de Cabrahígo.

-No, no, pues hoy no puedo, vamos mañana.

-Pero hoy tengo libre, mañana no.

-Lolita, que no puede ser y no puede ser.

¿Tan difícil es de entender que alguien pueda estar ocupado?

-"Me alegra verte en pie".

-He venido a decirte algo.

-Tú dirás.

-Llama al doctor Taronjí, que prepare todo cuanto antes,

me opero. -"Buenas tardes",

¿se acuerdan de mí? -¿Cómo la vamos a olvidar?

-Lucía,

¿piensa quedarse por mucho tiempo?

-Si de mí depende, para siempre.

-En tal caso, nos veremos por aquí, sin duda.

Ha sido un placer.

Liberto, luego nos vemos,

tengo asuntos que resolver.

-"Le agradezco que se haya hecho cargo de mi defensa".

¿Se lo pidió Flora?

-Es más complicado que eso.

Me lo pidió Ramón Palacios.

A Ramón se lo pidió su esposa Trini, a Trini, Lolita,

pero detrás de todo esto está Flora.

-"Madre, no sé si me entiende",

pero estoy segura de que pronto estará mejor.

Samuel ha buscado una clínica

y le han recomendado la más avanzada en España.

-"Yo creo que una mujer tan malvada..."

nunca ha estado en pleno uso de sus facultades mentales.

-¿Mentales?

Quizá debería decir morales.

-Tiene razón, quizá no esté loca, pero estoy seguro

que ha de estar encerrada y, al parecer,

no soy el único que lo piensa.

De ahí que su padre no dudara en firmar los papeles.

-Sea sincero, ¿cómo convenció a ese hombre?

-"¿No hay nada" que pueda hacer para convencerte?

-Lo siento, Blanca.

Lo único que os pido es que le cuidéis.

Iré a verle siempre que pueda.

Tengo grandes planes para él.

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  • Capítulo 801

Acacias 38 - Capítulo 801

10 jul 2018

Todo el barrio queda conmocionado al ver cómo los enfermeros se llevan a Úrsula a la casa de reposo. Y a esto se le suma la sorpresa al ver a Blanca abrazar a Moisés en el portal del 38. ¿Qué habrá ocurrido esta vez con los Alday?. Silvia y Felipe están preocupados por Arturo; no va a ser fácil convencerle para que se opere. Blanca y Diego anuncian a sus allegados que se marchan lejos de Acacias, a Huelva; pero antes quieren reunir a los vecinos y contarles qué ha ocurrido en las últimas semanas. Íñigo se niega a vender la chocolatería para pagar los abogados que necesita El Peña. Felipe accede a defenderle después de que Ramón le convenza animado por Trini. Servando se asusta con la noticia de que el ejército va a probar un potente cañón cerca. Después de haber descubierto el engaño de Antoñito, Ramón se enfada y le ordena que trabaje para las cafeteras. Liberto se vuelve famoso por el reportaje de la revista. Rosina siente celos. Samuel visita a Úrsula en el sanatorio. La señora se burla de él, pero Samuel no se amedranta: tiene un plan para hacer sufrir a Blanca y a su hermano.

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    Capítulo 875 24 oct 2018 Telmo hace un pacto con Espineira para librarse de su destino en las misiones. Lucía no es capaz de olvidar al sacerdote. ¿Qué le habrá pasado tras el juicio?. Rosina se ofende cuando ...
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    Capítulo 874 23 oct 2018 La llegada del nuevo párroco a Acacias es mal recibido por todos; echan de menos a Telmo. Felipe y Celia interrogan a Alicia sobre lo que le ocurre a Lucía, pero la muchacha no les cuenta la verdad....

Añadir comentario ↓

  1. MARLENE ABAD

    Por qué los españoles hacen teleseries tan largas. Aprendan de los coreanos que tienen temas excelentes y pocos capítulos.

    13 jul 2018
  2. Ursula

    La forma como resuelven los hechos en la serie si que carecen de todo sentido, de lógica, de verdad, we realidad, oh!!!!! Creo que la escriben y la producen para niños menores de 3 añitos.

    11 jul 2018
  3. Juana

    Los escritores de este jamón, que se decidan, estiran esta serie como chicle, y otras de calidad las dejan solo en un par de capítulos. Por favor alguien que libere al publico de esta producción.

    11 jul 2018
  4. Verónica

    A mí me da pena blanca y Diego por lo que le va a venir de Samuel. Úrsula le a vuelto tan malo a Samuel . Yo creo que Moisés espero que no le pase nada. Al coronel espero que se opere para que recupere la vista.

    11 jul 2018
  5. Mabi

    ... Y el pobre Peña pagará por todos los crímenes de Cayetana , Ursula y las fechorías que hará, de ahora en más, Samuel...

    11 jul 2018
  6. Sandra

    Y esto q no tiene fin, ahora el malo Samuel, q termine ya

    11 jul 2018
  7. Amparo

    Serie a la altura del chavo del ocho y gym tony, no se puede ser mas absudo que ese guion. Lo mejor es verla y partirse de risa. No olvideis que esta deleznable serie, la pagamos todos los españoles. Yo enviaria a los guionistas a recoger cebollas a ver si por lo menos aprovechan para algo

    10 jul 2018
  8. Victoria

    La escena de la presentación de Moisés (precioso niño) a los vecinos, en brazos de Blanca y acompañada de Diego, las caras de cada uno de los presentes, los diálogos y las explicaciones de Blanca, me ha parecido preciosa. Otra escena muy buena ha sido la de D. Ramón engañando a su hijo diciéndole que tiene que operarse a fin de que "confiese" que está mintiendo. Genial (como siempre) Rosina, a la que no le ha gustado nada que su marido tenga "fans" femeninas ... ¡hay que ver! Liberto no aprende. Susana está espléndida una vez más. Pero el plano de la reencarnación del mal en Cayetana, Ursula y Samuel ha sido fantástico, aunque Ursula es la "maestra" de los otros dos y creo, además, que no está "acabada", volverá.

    10 jul 2018