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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 799 - ver ahora
Transcripción completa

-Pues cuéntenos.

¿Qué es eso que quiere decirnos? -Sí,

¿qué era eso que quería aclararnos?

-Quiero contarles algo importante, algo por lo que me he comportado

de forma extraña estas últimas semanas.

-Las últimas semanas, dice.

-Díganos, coronel.

Le escuchamos.

-Verán.

Me estoy quedando ciego.

-¿Lo "cualo"? -¿Perdone?

Me han diagnosticado una enfermedad ocular.

Ya prácticamente

no veo nada. -¡Madre!

-Pero ¿cómo es posible? -Son cosas que pasan.

-Claro, y por eso

usted no salía de casa.

-Durante un tiempo, intenté disimularlo.

Y lo conseguí gracias a la ayuda de Agustina

y a la de don Felipe,

que ha demostrado ser un gran amigo,

quizá el mejor de los que haya tenido.

-Es lo menos que podía hacer por usted.

-Felipe...

-Estoy aquí.

-Gracias de corazón.

Siento no haberles contado la verdad,

pero me sentía avergonzado.

Silvia

me ha hecho entender que no debo sentirme así

y que no puedo seguir ocultando lo que pasa.

-Pues claro que sí.

Muy bien que ha hecho, Silvia, y usted,

coronel, no tiene nada de qué avergonzarse.

-Ahora lo comprendo

gracias a esta mujer excepcional que tengo a mi lado. Sin ella,

estaría perdido. Es mi bastón, mi faro, mi guía.

-Solo soy tu prometida. -Y doy gracias a Dios por ello.

Tú lo eres todo, querida.

-Pronto se operará y se recuperará.

-Estoy convencido. -Hoy en día,

hay grandes avances en medicina.

-Claro que sí, don Arturo.

(Sintonía de "Acacias 38")

¿Y qué significa eso?

-Lo que Blanca trata de decirle es que Úrsula

está haciendo cosas raras.

-La he oído,

pero ¿a qué cosas se refiere?

-Cosas que denotan un comportamiento desequilibrado.

-Verá, comisario, mi madre intentó suicidarse

en casa de doña Rosina, ha encarado en la calle a los vecinos

y el otro día casi llega a las manos con las criadas.

-Les admito que no son fruslerías,

pero si no ha cometido

ningún delito, nada puedo hacer yo. -Lo sabemos.

Solo queríamos contárselo para que estuviese informado.

En cualquier momento, doña Úrsula puede perder la cabeza del todo.

Lo peor ha sido lo que ha dicho sobre Samuel.

-¡No les escuche!

-Quietos.

-Están mintiendo.

-¿Cómo ha entrado aquí?

-Dígame qué sarta de mentiras le han contado.

-Por favor, no se altere.

-Cuando me dijeron que el comisario estaba aquí,

supe perfectamente que vosotros ibais a envenenarlo

con vuestra ponzoñas.

-Solo le hemos puesto al día de que anda usted mintiendo,

acusando a mi hermano Samuel del asalto donde casi perdemos la vida.

-¿Qué?

¿Qué sabéis vosotros de eso?

No es mentira, es verdad,

tan verdad como que estamos aquí,

reunidos. -Por favor,

deje de mentir.

-Samuel fue uno de los asaltantes,

eso es lo que fui a decirle a la comisaría.

Pero juro que es verdad.

¡Tiene que creerme!

No se miren así.

¡Es cierto, todo lo que digo es cierto!

-Madre, por favor.

-¡Es verdad, hija!

Es verdad.

No puedo respirar.

Me ahogo.

-¿Otra vez hace teatro?

-Ah.

No puedo...

Ah... -Diego, creo que es verdad.

Creo que no está fingiendo. -Ya es tarde para creerla.

Ya es tarde para que nadie la crea.

-¡Maldito seas!

¡Soltadme!

-Avisen a un médico, rápido. -¡Maldito seas!

¡Maldito! ¡Maldito seas! -¡Vayan!

¡Vayan!

No me lo puedo creer.

-Pues así es.

Estás ante el nuevo dueño de La Deliciosa.

-¿Tú estás seguro de que os la ha cedido?

-Y tanto. El mismísimo Felipe

nos ha entregado las escrituras puestas a nuestro nombre.

-Es asombroso, jamás pensé que pudiera hacer algo así.

-Ni tú ni nadie.

Mi hermana y yo estamos que no terminamos de creerlo.

Al parecer se decidió al verse encerrado en la cárcel.

-Pero ¿qué razón tenía para hacer tal cosa?

-Dice Felipe que para recompensarnos por los sinsabores.

No sé, puede que sea verdad que está enamorado de mi hermana.

-Puede.

-Hombre, don Antoñito.

-Antoñito. -¿Qué va a construir usted?

¿Una casita para pájaros?

-Mejor.

voy a inventar algo que me va a hacer rico.

-Esperemos que sea así.

Vamos a necesitar clientes de posibles para La Deliciosa.

-¿Cómo? No comprendo. -No es de extrañar.

Yo todavía ando pasmado. Se va a quedar usted

de piedra.

El Peña nos ha cedido a mi hermana y a mí La Deliciosa.

-Bueno, lo celebro, pero no sé, no me maravilla tanto.

El Peña siempre me ha parecido una muy buena persona.

-Tanto como eso... Que ese hombre tiene un pasado oscuro como la pez.

-Ha cometido errores, pero no quiere decir que sea un facineroso.

-Le recuerdo que ha confesado un crimen.

-Sí, pero en defensa propia, el tal Indio ese

intentó matarlo. -Si los jueces fueran

tan indulgentes, las cárceles estarían vacías.

-Bueno, digamos que, cuando uno se ha visto en un brete parecido,

se vuelve más comprensivo.

En fin, entonces van a reabrir

La Deliciosa.

-Aún no sé lo que haremos. Antes bromeaba con eso.

-No entiendo por qué, es un gran negocio.

-Es que ni siquiera hemos tenido para pensarlo.

-Este negocio, con un poco de dedicación, es una mina de oro,

mejor que la que tienen su madre

y mi padre. -A ver, Antoñito.

-En fin, me voy, que tengo...

Tengo cosas. Con Dios.

-Con Dios. -Con Dios.

No sé cómo voy a poder agradecerte que nos hayas dado La Deliciosa.

-Era lo justo.

-Nada de eso, lo justo está muy lejos de lo que has hecho.

Esa cafetería es tuya, la has pagado con tu dinero.

-Vosotros os la merecéis más que yo.

Convertiste ese lugar en un negocio rentable.

-Le voy a decir a mi hermano que solo lo aceptaremos

si, cuando salgas de aquí,

la llevamos los tres juntos.

-Flora,... no seas ingenua.

Yo nunca saldré de aquí.

-No digas eso.

-Es la verdad.

-Te vamos a sacar de este lugar oscuro y gris.

-Es imposible. En el mejor de los casos,

pasaré aquí tanto tiempo que, cuando salga,

seré tan viejo que no podré ni trabajar.

-Calla, por favor, has de ser optimista.

-Lo era, te lo juro. -¿Qué ha cambiado?

-Don Felipe me abrió los ojos.

Y no para regularizar los papeles de La Deliciosa

y ponerlos a tu nombre.

-¿Qué te dijo?

-Me explicó cuál era mi situación y me lo puso muy negro.

-Ese abogado es un cenizo.

-No, es realista.

Y yo he de asumir mi realidad.

Nunca saldré

de este lugar.

Estábamos con Méndez cuando apareció ella.

-Y entonces

¿qué ocurrió?

-Se dio cuenta de que había llegado tarde,

que la habíamos destapado ante el comisario contándole

todas sus mentiras. -¿Y ahí qué hizo?

-Perdió el oremus por completo. Se puso a gritar,

a hacer que le faltaba el aire.

-No sé qué hubiera pasado si no llegáis a adelantaros contándole

lo que iba diciendo de mí y del asalto al carruaje.

-Samuel, nadie podría creer eso, tranquilo.

Nadie podría creer que tú eras

uno de los asaltantes. -No lo sé.

Esta mujer difunde infamias y la gente la cree.

Mira cuando dijo que yo había matado padre.

Hasta me había colocado pruebas falsas.

-Sí, sé que puede ser terriblemente convincente, pero esta vez

no se ha salido con la suya.

Mi amor, ¿qué te ocurre? ¿Estás bien?

-Diego,

yo creo que esta vez mi madre no estaba fingiendo.

-Siempre finge, vive mintiendo,

haciendo teatro, ya la conoces.

-Ya, pero algo me dice que esta vez no hacía teatro.

-¿De verdad lo crees?

-No paró de gritar y patalear hasta que el médico

le inyectó ese calmante.

-Reconozco que yo también dudé, pero yo ya no me la creo.

-Avisaré a Felipe para que vaya al hospital a ver cómo se encuentra.

Debemos estar contentos, Blanca,

todo está saliendo según lo planeado.

Al final vamos a asistir a algo que llevamos mucho tiempo deseando,

el final de Úrsula Dicenta.

Me he enterado de que ha sufrido una crisis

de nervios.

He venido a ver cómo se encuentra.

¿Está mejor?

Los vecinos de Acacias

están muy preocupados por usted.

Todo el mundo sabe que está pasando una mala racha

y lo que le está ocurriendo tiene relación con ello.

Doña Úrsula, dígame algo. Dígame al menos que me oye.

-No finja interés por mí.

-¿Perdón?

-Todos me odian,

incluso usted.

-Odiar es una palabra muy grave.

-Dejémonos de hipocresías.

Usted y todos apoyan a mi hija y a los Alday.

-Doña Úrsula...

-No, no, no. No me mienta.

Yo he mentido tanto...

Pero estoy cansada, muy cansada.

No tengo fuerzas para nada.

Me estoy volviendo loca.

Quizá es lo que merezco.

Terminar completamente ida.

Tal vez sea lo mejor.

Si pierdo la cabeza definitivamente,

podré olvidar...

todo lo que he sufrido en mi vida.

Todo.

No me dan contentura ni las desgracias ni los pesares ajenos.

Pero esa demonio se lo tiene merecido.

-Pues yo le digo una cosa, llamarla demonia

es quedarse muy corto, "amos",

y sobre todo después de haber estado cuidándola.

-Úrsula le da lecciones a pateta y lo deja de aprendiz

para abajo. -Dicen que hay tanto histerismo

que la han tenido que medicar.

-Pues que la dejen un ratico bien "medicá".

-¿Me acercas el pan?

¿Me haces el favor?

Cada vez está peor el servicio aquí.

(IMITA A UN GALLO) Agarraos, que traigo carnaza.

-¿Noticias frescas? -Cogidas de la calle.

-Desembucha, muchacha.

-El coronel se ha quedado cegato perdido.

-¿Lo "cualo"?

-Que ve menos que un pimiento.

-¿Qué dices, loca?

-Que se lo ha dicho él mismo a los señores.

Y yo me he enterado de refilón.

-Que me hubiera dado cuenta yo.

Que soy la mar de observador, verbigracia, mirón.

-Lo he escuchado con mis dos orejitas.

-Pero ¿no ve nada

de nada?

-Parece que poco, pero doña Silvia dice que les van a operar.

-Que no, hombre, que tú has escuchado mal.

¿No ves que yo soy muy perspicaz?

Sí, que soy un lince, que me entero de todo.

-Solo quería un poco de agua, estoy sedienta.

Buenas noches.

-¿Estaba aquí la Carmen?

Hasta que el médico le dio un tranquilizante, no dejó de gritar.

-Esa mujer va a acabar mal. -Esa mujer ya ha acabado mal.

Aunque mejor de lo que me esperaba. No la visteis en mi casa.

Si no es por Liberto, a día de hoy estamos en su entierro.

-Y lo de la calle, porque no paraba de dar un espectáculo

tras otro.

-Las cosas del magín tampoco son

para chanza. -Y que lo digas, peligrosas son.

Es un viaje de ida, que de vuelta no lo hay.

Cuando una pierde el oremus,

lo pierde para siempre. -No, Rosina,

tampoco exageres, no creo que no se pueda curar

con un poquito de descanso. -Y descansar

ella de sí misma,

porque esto le ha pasado por la maldad que alberga.

-Ahí te tengo que darte la razón.

Su crueldad se ha vuelto en su contra.

-Sea por lo que sea, no está bien, la crisis ha sido importante

y hubo que llevarla al hospital. -Y porque no le dio

por atacarnos en la calle.

Si no, los del hospital

somos nosotros mismos. -Tampoco será

para tanto. -Tú misma lo has dicho.

Los males del magín no son fruslerías.

-Felipe ha ido a visitarla.

Nos contará su estado de salud.

-Lo que no entiendo es lo que hacía en la mansión Alday.

-A lo mejor tiene que ver con lo que nos dijo.

¿Recuerdas, Susana?

-¿Y qué les dijo? -Que iba a sacar a la luz

la cara oculta de Samuel, o algo así dijo.

Nos enteraremos pronto porque al final

se sabe todo. -Además de verdad.

Mirad al coronel. -¿Sabíais vosotros eso?

¿Lo sospechabais?

-Jamás lo hubiera dicho,

que me parta un rayo si miento, qué bien lo ha ocultado.

-Hay que ser un maestro para eso.

-Se nota su pasado militar y está habituado

a manejar información.

-Lo que ha hecho es más propio

de los actores de teatro. -El coronel nunca dejará

de sorprenderme.

-A mí me ha impresionado mucho, pero así sabemos

por qué no salía de casa

y se mostraba tan arisco con doña Silvia.

-Las cosas mejorarán. -Retomarán

sus planes de boda.

Es una pareja muy bonita. -Por eso y porque nos pirramos

por ir de boda.

-Además de verdad.

-"Entonces"

¿lleva mucho tiempo escondida? ¿Y por qué no se me ha informado?

-¿Y quién se cree que es usted

para tenerle que informar, el Papa de Roma?

-El portero de este respetable edificio.

-No me ha oído, Carmen me pidió que no lo contara

y eso lo incluye a usted, sobre todo a usted.

-Lo que me extraña es que no me haya dado cuenta yo antes.

-Lo que sería extraño es que usted se enterara de algo,

por favor, si se pasa media vida

en la Luna de Valencia.

-Es que no se entera, Servando.

-Ni de lo de Carmen

ni de la ceguera del coronel.

¿Sabe que el Antoñito y yo estamos prometidos?

-Muy graciosa, sí, señor.

¡No me creo lo de la ceguera!

¡Os engañan como a bobos!

Agustina, ¿es verdad que el coronel

no ve tres en un burro?

-Tiene cataratas, Servando, no sea usted bruto.

-Entonces es verdad.

-Pues claro que es verdad. ¿Cree que alguien haría broma

con algo tan triste, tan doloroso?

-No, es verdad, no.

-Es que tiene usted unas cosas,... pues claro que es verdad.

Él lo ha pasado fatal y yo también,

que lo mío me ha costado guardar el secreto,

pero, gracias a la insistencia de doña Silvia,

el coronel por fin

lo ha hecho público.

-O sea que ese era el secreto que usted guardaba con tanto celo

y que tan mal se lo ha hecho pasar.

-A ver.

Pero gracias por estar a mi lado,

gracias por tratar de convencerme

de que me quedara.

-Usted no se entera de nada,

pero aquí la Fabiana se entera de todo y las mata callando.

-A ver, más sabe el diablo por viejo

que por diablo, qué quieres que te diga.

Agustina, ¿y cómo van las cosas por su casa?

Algo mejor, ¿no?

-Algo sí, a qué engañarnos.

Que el señor y la señora

están requetebién y ya no se discuten.

-¿Pero?

-Pero aún hay marejadilla, que la señora está empeñada

en que el coronel se opere

de los ojos y él teme

que pase algo serio. -¿A que pase algo serio

se refiere a estirar la pata?

-Servando, qué boca tiene, hombre,

me recuerda a mi tío Cosme.

-Todo va a salir bien, Agustina, hoy en día

hay médicos peritos en esto. -Para chasco que sí.

Además que su señor es un hombre fuerte

y bien alimentado. "En seguro"

que no hay de qué preocuparse.

-O sí.

-¿A qué viene

ese mal fario? -Porque yo sé de la vida

y, como lo sé, te lo voy a contar.

Los ojos van directamente conectados

con el corazón

y, si los ojos fallan,

puede que se pare el corazón. -¡Ay!

-Ni caso, que Servando no tiene idea.

-Pero hablaba con el doctor

que vivía en el principal, don Germán de la Serna,

y me comentaba todo sobre la disciplina que practicaba.

-Calle y no sea tan agorero.

-Es posible que por una vez Servando tenga razón.

Por algo se dirá que los ojos son

el espejo del alma. -Ahora que lo dices,

en Cabrahígo, cuando alguien ve mal,

cuecen los bigotes del gorrino y se lo restriegan por los ojos.

Lo mismo eso le ayuda a su señor.

-Ni caso, venga, vamos para su cuarto,

que la ayudo a acostarse, que ha tenido usted un día muy largo.

¿Leche o azúcar? -Ambas.

¿Y qué, cómo va el plan contra Úrsula?

-Bien,

supongo.

-¿Supones?

-El episodio de ayer me dejó mal cuerpo.

-¿La crisis que sufrió?

-Estaba realmente mal.

Dudo que estuviera fingiendo.

-Entiendo que todo lo que está sucediendo te haga sentir incómoda.

-Y culpable.

-Pero ahora tienes que pensar en ti y en tu hijo.

-Tienes razón. Vamos a dejar de hablar de Úrsula,

que no hace más que entristecerme.

¿Qué tal con Íñigo?

-Pues la verdad es que, desde que no nos escondemos, mejor.

Ahora estoy preocupada por Flora.

-¿Flora?

-Está muy angustiada por el Peña.

-¿Sigue en prisión?

-Y ella está locamente enamorada de él.

-Y las dos sabemos lo que duele

estar lejos de la persona a la que amas.

-Lo malo es que a lo mejor en el caso de Flora y Peña

esto es para siempre, yo no sé cómo va a terminar este asunto.

Pero no tiene muy buena pinta.

-Mirad a quién traigo.

-¡Ay!

Mi niño...

Hola, mi amor. Ven aquí. Ven aquí.

-Pensaba que teníais

que tenerlo oculto y a buen recaudo.

-Sí, así es,

pero Felipe me contó que vio a Úrsula

completamente ida en el hospital. Está abatida.

-¿Y no es igualmente peligroso? -No.

Samuel me aseguró que hoy nuestro plan

llegaría a su fin.

Y yo no podía aguantar más, así que decidí ir a buscarlo.

-Es el niño más bonito de toda la ciudad.

-Y tú, la madre más hermosa del mundo.

Doña Rosina, que ya están. -¡Qué ganas tengo de ver a Liberto!

-Aquí tiene los 20 ejemplares que me pidió.

-Voy a ser la envidia de mis amigas.

Seguro que mi hombretón sale hecho un pincel.

¿Este señor quién es?

-Pues su esposo no es.

-Ya lo veo. ¿Quién es Cándido López?

-Uno que colecciona plumas. -¿Dónde está mi esposo?

-No sabría qué decirle, lo mismo no ha salido todavía en este número.

-Entonces ¿para qué quiero esto?

-¿Cómo?

-¿Para qué la quiero si no sale mi esposo?

-Usted me hizo el encargo y yo ya he adelantado el dinero.

-Lo siento, pero te advertí.

-Señora, tiene que pagarme. -Ni hablar del peluquín.

-¿Qué ocurre aquí?

-Su señora me hizo un encargo y no me lo quiere pagar.

-Bueno, pero le encargué una revista en la que salías tú,

y aquí sale un señor más feo que un pie y un oso.

-¿Cómo iba a saber yo eso? -¿Querías presumir

entre las amigas? -Pues sí.

Para una vez que haces algo así... -Pero mira que eres bonita.

-Menuda jugarreta

le has hecho. La pobre

va a tener que correr con el gasto. -¿Yo?

-Yo mismo me encargaré de pagar los ejemplares.

-¿De verdad? -Por supuesto que sí.

Lo repartiré en el Ateneo,

allí hay aficionados a las estilográficas.

-Dios le bendiga, que pensaba que tenía

que poner la guita. -No te preocupes.

Dame una y el periódico y luego vendré a por las demás,

antes tengo que ir a hablar con el coronel.

-Tenga. -Con Dios.

-Con Dios.

Vaya, estoy impresionada, cada vez se te da mejor.

-Con voluntad y tesón, todo se consigue en la vida.

-No hay hombre en el mundo que tenga mayor tesón que tú.

-¿Estás contenta con mi confesión en la calle?

-Estoy feliz y no me dirás que no te has quitado un peso.

-Tenías razón, hacerlo público ha sido para bien.

(Llaman a la puerta)

-¿Quién llama con tanta insistencia?

-A las buenas. Coronel,

que soy doña Trini, por si no me ha visto.

-Lo justo, la verdad, pero Dios me quitó la vista, no el oído.

Así que por su suave voz he adivinado quién era.

-¿Qué puedo hacer por usted? -A la vista está que nada.

A la vista no lo digo con segundas,

es una manera de hablar, pero que ya sé

que usted no tiene fin

a la vista, que...

A ver, que lo que yo pretendo

es decirle que soy yo

la que ha de hacer algo por usted, que,

desde que nos comunicó lo de su problemilla,

pues que yo no paro de pensarlo.

-¿Usted?

-Que debe estar más aburrido que una mona, así que he dicho

voy a distraerle. -Estoy muy bien, no se preocupe.

-Eso es lo que usted dice, pero no es lo que mis ojos ven.

Que no lo digo

porque... -Doña Trini,

¿le apetece tomar algo?

-No, gracias, no quiero molestar.

-Ya.

-Coronel, he de decirle que creo

que ha hecho usted muy bien en dejar la comisión.

¿Cómo va a trabajar si no ve tres en un burro?

Si no...

Si no tiene la vista fina...

-No se apure,

es la verdad.

-¿Sabe lo que podemos hacer?

Salgamos a dar un paseo.

Tiene que ver el día tan maravilloso que hace.

-Doña Trini, ¿está segura de que no le apetece tomar un té?

Puede que hasta le siente bien.

-Un cubo, estaría bien,

a ver si dejo de decir inconveniencias.

(Llaman a la puerta)

-¿Quién será ahora?

-Soy Liberto, don Arturo.

¿Cómo se va viendo?

A ver, que no quería decir viendo en el sentido literal.

Que ya sé que ver no ve usted

un pimiento...

-Le entiendo perfectamente.

-Le traigo una revista.

"El bazar ilustrado" se llama.

Entrevistan a un coleccionista de plumas.

Ya verá cómo le gusta cuando la ojee.

-No es que sea torpe,

algo cansino sí. -¿Cómo?

-Aunque no es el único, los dos.

-¿Eso lo dice por mí?

-Así es. Verá, Trini,

yo no les he pedido que vengan a verme.

Estoy bien, tranquilo, relajado,

no necesito ni ayuda ni compasión.

-Lo lamento, coronel.

Tan solo pretendía que se distrajera un rato.

-Es que no necesito distracción.

Me distraigo yo solo, no quiero que mi vida se vea alterada

ni alterar la vida de los demás.

No lo conté para que me trataran como a un inválido.

Cuando necesite algo de ustedes, se lo pediré.

Mientras, les agradecería que me dejaran en paz.

-Por supuesto.

-Les acompaño a la puerta.

-Gracias.

Coronel, lo lamento mucho.

A más ver.

No sé. Yo creo que Flora está realmente enamorada.

-Ojalá pudiera responder que no.

-Antes, cuando la vi entrar en comisaría, y eso que estaba lejos,

vi su cara de tristeza infinita.

Fue a ver al Peña, ¿no?

Tiene que estar pasándolo realmente mal.

-¿Qué quieres que haga yo? -Que la comprendas por lo pronto.

Y que le des tu apoyo después. -¿Mi apoyo?

-Sí, Íñigo, creo que deberías ser más sensible con tu hermana.

-Yo ya soy sensible. -No, eres demasiado duro con ella.

-Trato de protegerla. -Ella se sabe proteger sola.

-Tú no la conoces.

No tanto como yo.

A veces necesita que le abra los ojos.

-¿Qué quieres decir? -Que es ingenua,

confiada, bondadosa. -Y mayorcita para saber

de quién se enamora.

-Tiene la cabeza llena de pájaros.

Se ha enamorado del tipo menos recomendable de la Tierra.

-Pues yo no lo creo.

-¿Le vas a defender? Que ese hombre no es trigo limpio, Leonor.

-No era trigo limpio.

Pero ¿ahora?

-No ha hecho más que fastidiar

desde que llegó,

tratar de perjudicarnos.

-¿Y he de recordarte que llegasteis suplantando su identidad,

fingiendo ser matrimonio

y fingiendo saber de chocolate y bollos?

Además, puede que no lo haya hecho bien en el pasado,

pero se ha entregado para sacarla a ella de prisión.

-En la que la metieron por su culpa.

-Fue un accidente. -Y si no fuera por mi hermana,

estaría muerto.

Es un cobarde.

-Entregándose ha demostrado que no.

Además, que os ha dado La Deliciosa.

¿No me vas a reconocer que eso ha sido un gesto generoso?

-En eso, te doy la razón.

Quizá antes no fuera un tipo bueno.

Pero ahora ha demostrado que se puede confiar en él.

Al menos ha demostrado que Flora le importa.

Deberías comprender que las cosas no siempre son blancas

o negras,

y que la gente comete errores y que tiene que tener la posibilidad

de repararlos.

¿Qué lleva ahí?

-Cosas que he comprado para mi invento.

-¿Para tu invento?

¿Sigues con eso? -Estoy a punto de terminar.

-Tira para dentro. Tira, tira.

Antoñito,

lo que deberías es estar visitando a los clientes de las cafeteras

y no jugando.

-Mi padre me ha dicho que iba él.

-Porque piensa que estás lesionado.

-¿Qué te ocurre?

-Que me prometiste que hoy te ibas a reincorporar a tu trabajo.

-Ya le he dicho que estoy a punto de terminar,

solo necesito un día más.

-Que ni un día ni medio, que me has mentido.

-Le di mi palabra porque creía que hoy iba a terminar,

solo he errado por muy poco.

Necesito un día más solo. Se lo juro.

-Que no es cuestión de días,

sino de confianza. Me diste tu palabra y ya veo que no vale nada.

-Bueno, tampoco diga eso.

-¿No te acuerdas de lo mucho que nos costó confiar en ti

después de todas sus tropelías y tus meteduras de pata?

¿Quieres tirar toda esa confianza?

No entiendo

por qué pierdes el tiempo en jugar con el dichoso invento

que no va a funcionar.

-Sí, sí que va a funcionar.

-Como todos tus últimos inventos. -Eso no es justo.

-Lo que no es justo es que mientas a tu padre después de todo.

-Pues muy bien.

Muchas gracias por su apoyo.

Después de esto, seguro que triunfo con mi invento.

-Ahora encima te enfadas tú.

¡Antonio!

-Doña Trini, ¿qué ha pasado aquí?

-Tu novio tiene

mucha cara. -¿Mucha cara?

-Lolita, que está fingiendo una lesión que no tiene

para no ir a trabajar y vivir del cuento como siempre,

y mi esposo, deslomándose.

-Mi Antoñito ya no es así.

-Lolita, la cabra tira para el monte.

Hay personas que nunca cambian.

-"Veo que las noticias vuelan".

-Bueno, así sucede en todos los barrios.

Solo que en Acacias vuelan más rápido.

-Ya, ya me he dado cuenta.

-Lo comentamos todo, pero siempre con buena intención.

Después de los desplantes que le hemos visto al coronel

propinarle a usted y del mal genio que se gastaba, ahora es agradable

ver que todo se debía a una gran razón.

-No dudo de que lo hacen con la mejor

de las intenciones. -Desde luego.

-Esta mañana, Liberto me ha pedido que le acompañara y no he podido.

Y se me llevan los demonios al pensar

que ustedes pensaban de mí

que no ofrecía mis respetos.

-Pero ¿quién pensaría mal de usted?

-Ay, por cierto, ¿su prometido dónde se encuentra?

-Descansando, sí. Pero le diré que ha venido usted y le agradecemos

de antemano su visita. -Sí.

-Pero antes... ¿qué?

-¿Qué de qué?

-¿Es verdad que no ve nada?

-Ve poco, pero estamos estudiando la posibilidad

de que se someta a una operación.

-Ay, ay, ay.

Sí, sí.

Bueno, pero es que antes me preguntaba

cómo puede afectarme a mí eso. -¿A usted?

-Como casera.

-¿Y por qué tendría

que afectarle a usted como casera? -¿Me está preguntado eso?

A lo mejor debo adaptarla casa.

Debo hablar con él.

-Perdón, es que no sé a qué se refiere.

-Por favor, hacer reformas.

No sé, ampliar las ventanas, cerrarlas,

pongo las luces más altas, las quito.

¿Es que qué necesita

uno inquilino ciego?

-Bueno, pues cada uno preferirá una cosa.

Pero usted no tiene nada que hacer.

Y, ahora, si me disculpa, tengo muchos recados que hacer.

-Muéstrele mis respetos a su prometido.

-De su parte.

-Doña Rosina. -Don Felipe.

-Con Dios.

-Han discutido, ¿verdad?

-Siéntese, por favor.

¿Cómo ha ido? ¿Ha dado con el especialista?

-No he tenido mucha suerte.

No he encontrado nada.

-Pues yo sí. -¿De verdad?

-Llamé a algunos de mis amigos

y me puse en contacto con un compañero de trabajo.

Existe un especialista, Eugenio Taronjí,

discípulo de Henry Smith.

Henry Smith es un oftalmólogo internacional

que está especializado en operar el globo ocular.

-Es muy buena noticia.

-Desde luego, supone una luz a la esperanza.

Mi amigo se pondría contacto y nos informará con lo que sea.

-Felicidades, Silvia, no era fácil dar con un doctor

que pudiera operarle.

Tan difícil como encontrar una aguja en un pajar.

-Esas operaciones son peligrosas,

pero existen muchas posibilidades de éxito.

-Ahora solo falta una cosa.

Una tontería.

-Conseguir que Arturo se opere,

pero eso va a ser más difícil que lo de la aguja.

-Sería más fácil ver como el hombre llega a la Luna.

Don Felipe, la señorita Flora desea verle.

-¿Flora? -¿La hago pasar?

-Dile que pase.

Flora, ¿qué ocurre?

¿En qué puedo ayudarle? -Siento presentarme sin avisar.

Sé que no habíamos concertado cita, pero necesito hablar con usted.

-Siéntese, por favor, cuénteme.

-Disculpe que le pida esto, don Felipe.

Sé que no soy señora y que no tengo categoría para estar en esta casa

a estas horas y suplicarle a usted nada.

-¿Suplicarme?

-Estuve hoy en la prisión viendo al Peña.

-¿Y?

-Tenemos que ayudarle, don Felipe.

Doña Úrsula.

¿Cómo se encuentra usted?

-Bien.

-Solo me ha acercado a informarle de que tiene usted visita.

-¿Visita?

-"Él está abatido,"

como triste, ¿sabe? Como si hubiera tirado la toalla.

-Entiendo.

-No lo entiende porque nunca ha estado dentro,

creyendo que iba a morir en el garrote y que no había salida,

pero yo sí sé lo mal que se pasa.

Son muchas horas en una celda con nada más que tu cabeza

barruntando y dándole vueltas al magín, ¿entiende?

Y si uno no tiene voluntad de luchar,

está perdido.

Y el Peña, don Felipe, ya no tienen fuerzas para luchar.

-Flora, siento mucho por todo lo que está pasando ese hombre.

Pero si ha venido aquí a pedirme que le represente,

he de decirle que no va a poder ser.

-Pero... -La defendí por Leonor.

Pero no puedo hacerme cargo de todos los desdichados.

-Pagaré lo que usted me pida.

Ahora, volvemos a ser los propietarios de La Deliciosa.

Asumiré todos los gastos para la defensa del Peña.

Pero tiene que ayudarle, don Felipe,

tiene que ayudarle porque...

Tiene que ayudarle...

porque le amo, le amo con toda mi alma.

-Tenga.

Supongo que no hace falta que me regocije.

Ambos sabemos que ha perdido.

-Lo que tú digas, Samuel.

No tengo fuerzas para un enfrentamiento.

-Me alegro de que ni siquiera lo discuta usted.

-Márchate, te lo ruego.

Solo quiero dormir un poco.

Necesito descansar y olvidarme de todo.

-Eso no va a ser posible.

Alguien ha venido a verla y sería de mala educación no atender

a las visitas.

(HABLA EN RUSO)

(BEBÉ, LLORA)

¡Padre!

(HABLA EN RUSO)

Pero, Ramón, ¿cómo es eso de que no puedes cenar en casa?

-Ya te lo expliqué.

-Pues no me he entrado de la misa la media.

-Verás, he quedado a cenar en el Ateneo

con uno de mis mejores clientes de las cafeteras.

Tampoco es un plato de buen gusto para mí.

Me hubiera quedado tan ricamente aquí, en casa.

-Que lo haga Antoñito,

que es su obligación.

-Deja de hacer el cojo ya. Que me he enterado.

No puedes seguir de cojo

y tu padre, haciendo toda la faena por ti.

-Pero me queda muy poco, estoy a punto de terminarlo.

Sujeta aquí y te lo enseño.

-Que no sujeto. Déjate de chismes. Ve con tu padre.

-Que sí, que voy.

Pero sujeta y te lo enseño. Mira.

¿Eh? -"Al extraer las cataratas,"

permitiríamos la entrada de la luz en el ojo,

pero precisaría de la ayuda de un monóculo o de un anteojo

para arreglarse en su vida corriente.

-Ya es mucho más.

-Aún no he terminado. No les voy a mentir.

La técnica utilizada en la operación es complicada.

Se corren serios riesgos. -¿Riesgos?

-Podría quedar completamente ciego.

Quizá merece la pena.

-Así lo considero yo.

El doctor es una eminencia y ha costado mucho que venga.

Tienes la oportunidad de operarte con él.

No la desaproveches.

-Quizá no sea una oportunidad, sino una condena.

¿Y si me quedo ciego para siempre?

-Arturo, perdona

que te hable con dureza,

pero, si no haces nada, es probable que acabes igual,

completamente ciego.

Estoy deseando abrir La Deliciosa.

Acacias necesita este lugar y nosotros necesitamos parné.

¿Te sucede algo, Flora?

Nunca te he visto hacerle ascos al monís.

-Es que no sé si hacemos bien reabriendo con el Peña en presidio.

-"No, mujer".

Felipe entenderá que es cosa tuya.

Sabe que estas cuitas no me conciernen en nada.

-¿Cómo que no te conciernen?

¿No te ha dicho la muchacha que está coladita?

Ramón, a veces no tienes corazón.

-Disculpen, pero no sé de qué están hablando.

-Tiene razón, Felipe,

le pido disculpas.

Tan solo estamos interesados en conocer su opinión

sobre la acusación a la que se enfrenta

ese tal Peña. -"De no ser por lo que nos dijo"

nunca hubiéramos llegado a buen puerto.

-Yo solo hice lo que debía.

Además, tenía que protegerme

de esa mala mujer. -Descuida.

Ahora ya estás a salvo.

-Mientras su madre esté libre, nadie está a salvo.

Sé que debí denunciarla, pero...

Pero le temo demasiado.

-No es menester ninguna denuncia.

Úrsula caerá para siempre.

-Su condena está ante nuestros ojos en este precioso instante.

-"Sepa que don Samuel"

vino con un señor de avanzada edad a visitarla,

y llevan encerrados en la casa desde entonces.

-¿Y quién era?

-Ni la menor idea.

No soy un chismoso, aunque sepa usted que parecía

que se había tragado un palo de escoba.

No me daba muy buena espina.

-¡Arrea! ¿Qué será lo que está pasando ahí dentro?

-Nada bueno, se lo aseguro.

Úrsula es un peligro.

-Por eso no me arrepiento de lo que hemos hecho.

Era la única solución.

-Permítame que aquí muestre ciertas reservas.

Juzgar a otra persona o tomarse un juicio por su mano

es un gesto que jamás podría aplaudir.

-¿Ni siquiera tratándose de Úrsula? -Ni siquiera.

Ha sido un verdadero placer hacer negocios con usted.

-Lo mismo digo,

señor Koval.

  • Capítulo 799

Acacias 38 - Capítulo 799

06 jul 2018

Arturo cuenta a todos que se está quedando ciego y se siente agobiado por las atenciones que le brindan los vecinos. Silvia informa a Felipe que ha encontrado un posible cirujano para Arturo. Flora intenta animar al Peña en prisión, pero él considera que está todo perdido.

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  1. Marilu

    Dudo que los guionistas se hallan cansado de Ursula como lo estamos, creo, la mayoría de los espectadores, y le den el adiós definitivo al personaje, estaré a la expectativa, ver para creer .- Me pareció muy buena la escena, luego que a Ursula se la llevan, la imagen detrás del ventanal, de espaldas, primero Cayetana, luego Ursula y por último Samuel, los tres principales malvados de la serie

    10 jul 2018
  2. regia mexicana

    ojala que si sea ya el final de Ursula, en verdad ya hartó la trama. Que le den un gran giro a la novela de 100° o de una vez el final. siempre lo mismo todos tienen angustias y malas rachas, desgracias etc. etc. y no se han visto unas vecinos de acacias 38 razonables, sobresalientes y satisfechos.

    09 jul 2018
  3. indepe

    Esto de Acacias, ya es mucho peor que los pperos con la independencia de Cataluña. Que vergüenza!!!!

    09 jul 2018